AGLI

Recortes de Prensa    Viernes 4 Febrero 2000
#Peor que la sangre
ALFONSO USSÍA ABC 4 Febrero 2000

#Haider, en casa
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC  4 Febrero 2000

#El 'caso Haider'
IGNACIO SOTELO El País  4 Febrero 2000

 

Peor que la sangre 
Por ALFONSO USSÍA ABC 4 Febrero 2000

AYER, los españoles que seguimos con interés los espacios informativos de las distintas cadenas de televisión, tuvimos que tragarnos unas imágenes espeluznantes y vergonzosas. No advirtieron previamente que su visión podía dañar la sensibilidad de las personas honradas. Peor que un cuadro dantesco de fuego, sangre, sufrimiento y muerte, porque el horror estaba en la actitud, en la normalidad de un atentado moral, cínico y brutal contra todos los ciudadanos. ¿Adónde vamos y qué principios defendemos? Todo se desmorona cuando una nación acepta como inevitable que una imagen como la de ayer pueda ser captada.

Ayer, los tres sonrientes, los tres amigables, los tres hermosamente compenetrados, abandonaron juntos el salón donde se había celebrado la reunión de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco. Peor que unas imágenes de sangre derramada, de terror enloquecido, de vidas quebradas. Los tres miembros de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco sonreían. Eran José Antonio Rubalcaba, del Partido Nacionalista Vasco, supuestamente de origen democristiano, de comunión diaria, golpes de pecho y ojos en blanco durante el rezo de la penitencia; Jone Goricelaya, sobrina carnal del obispo Uriarte, abogada de Herri Batasuna, parlamentaria por Euskal Herritarrok, ferviente defensora del uso de la pistola para satisfacer sus sueños políticos; y Josu Ternera, uno de los más competentes, eficaces, sangrientos y salvajes asesinos que haya tenido la banda terrorista en sus filas. Eran tres, los tres amigos, los tres sonrientes, los tres felices y unidos en la desvergüenza común.

¿Qué nación es ésta que permite a un asesino formar parte de una Comisión de Derechos Humanos parlamentaria? ¿Qué nación es ésta que admite un homenaje público a un criminal durante el cual se le entrega una preciosa talla de madera con la alegoría de la ETA? Del mismo árbol, la talla y el féretro. Libre como el viento, tratado con exquisita cortesía por un beato del PNV, amparado por la perversidad devastadora de una abogada de criminales, el infame asesino, el parlamentario indigno, su señoría el homicida, posaba tranquilo y sosegado pocos minutos después de haber intervenido en una Comisión de Derechos Humanos. Asco de país, podredumbre de país, miseria de país. ¿Hacia dónde va España con nuestra colaboración de silencios, pasividades, cautelas y complejos? Directamente al foso, directamente a la humillación, directamente a la mierda.

Su señoría José Antonio Urruticoechea, militante de la lucha heroica, triunfador contra tres niñas fuertemente armadas de libros de colegio, «donuts» y muñecas, abrazaba hace poco a sus dos hijos después de abandonar la cárcel tras cumplir una ridícula condena. Aquellas niñas que él ordenó matar, aquellas peligrosísimas enemigas de los libertadores vascos, tendrían hoy la edad de sus hijos. Ni una arruga de compasión, ni un gesto de arrepentimiento, ni una ráfaga de dolor ensombrecía la abierta sonrisa de los Urruticoechea cuando se apretaban en un abrazo largo y emotivo. Miró el asesino a su hija, y se sintió orgulloso. Miró el criminal a su hijo y abrió aún más su gesto de complacencia. Tan alegre, tan vasco, tan «jarraichu», tan suyo. Ahí estaban, vivos y exultantes, los tres saltando de gozo, el héroe y sus bienamados hijos, el asesino y sus retoños, el criminal y los suyos, celebrando el retorno de quien tuvo el coraje de vencer al enemigo, tres niñas que iban al colegio, tres niñas como la suya, tres cuerpos con sangre maqueta, tres olvidos, tres sombras, tres pequeños obstáculos salvados para alcanzar el objetivo.

Sus Señorías abandonaron la sede del Parlamento Vasco con la satisfacción del deber cumplido. La defensa de los Derechos Humanos no puede estar depositada en mejores manos. Rubalcaba, a toda prisa, acudió a la misa de ocho. Había ingerido un bizcocho durante la reunión, pero pasada la hora, podía comulgar sin rogar la dispensa. Jone Goricelaya se dirigió a la sede batasuna, para llorar junto a sus compañeros la detención del pobre «Ghadafi». Y Josu Ternera, su criminal señoría, corrió a su casa ansioso de recibir el abrazo de bienvenida de sus hijos. Peor que la sangre.

Haider, en casa 
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC  4 Febrero 2000

EL peligro que representa Haider para Austria y para toda Europa ha recordado la situación en el País Vasco. Era inevitable. Si allí es una posibilidad, aquí es una realidad instalada y aceptada. Si en Austria sólo uno de los dos partidos de la coalición —el liberal— es el etnicista y xenófobo, en el caso del País Vasco lo son el PNV, que está en el Gobierno, y EH que lo apoya.

La alarma que ha producido el acceso de Haider al poder ha venido a demostrar que aún quedan recursos morales y principios democráticos en la Unión Europea a pesar de la prevalencia de lo económico sobre lo político. Por lo mismo, la pasividad de la sociedad española ante la evidencia de la política etnicista, excluyente, y discriminadora de los nacionalistas vascos con respecto a la mitad de la población no considerada «vasca», es una prueba de que estamos en el imperio del pragmatismo. Las voces que se levantan entre nosotros con motivo de Haider son un inmenso ejercicio de hipocresía. En España lo único que conmueve a la sociedad es el terror. Asusta la pistola, no la serpiente.

La situación en el País Vasco es, pues, una realidad, no una amenaza. Si en otras partes se teme a las organizaciones etnicistas por el terror que puedan desencadenar, aquí hace tiempo pasamos del temor al terror y estamos en un punto muy avanzado. Éste se lleva a cabo con la cobertura de organizaciones legales (EH) y con la connivencia de partidos en el poder (PNV). Es decir, los Haider no sólo forman parte del «establishment» sino que pretenden la destrucción del sistema desde las instituciones del propio sistema. El juego aniquilador al que estamos asistiendo cuenta con un partido que dice no preconizar el terrorismo, pero que está en el Gobierno gracias a otro que condena las elecciones generales y que va a boicotearlas con el terror, porque está comprometido orgánicamente con ETA, como es de conocimiento general, y como acaba de demostrar una vez más el juez Garzón con las últimas detenciones.

Hasta comienzos de la democracia cabía pensar que el PNV había depurado sus fundamentos racistas y que el surgimiento de ETA permitía hablar de dos nacionalismos: uno democrático y otro totalitario. Durante los años del franquismo y ya en la democracia, la izquierda estatal pasó de apoyar y alimentar al segundo a defender y legitimar al primero. El alejamiento de la izquierda respecto a ETA se debió al carácter terrorista de ésta pero no a su etnicismo ni a su disidencia de lo español, ya que en esos puntos ETA y el PNV son la misma cosa. La izquierda se ha resistido a reconocer que el PNV y ETA están unidos por las vinculaciones de la etnia, la sangre, la tierra, el odio. El Pacto de Lizarra ha sido la vuelta de todos a la casa del padre.

Para la izquierda española la oposición a todo nacionalismo vasco es un signo de derechismo, de españolismo. No se quiere valorar la peligrosidad del carácter discriminador, racial, totalitario de todo nacionalismo —aun el que se declara moderado— ni la consideración que éste tiene de lo español como un elemento a perseguir no sólo luchando contra el Estado, sino contra los que se declaran simplemente españoles. Lo más llamativo de nuestro caso es la ceguera de la izquierda para los Haider caseros.

Por el contrario sueña con que el Haider moderado nos libere del Haider terrorista. No se da cuenta de que ambos forman parte de un proceso, de una totalidad, que el terror es consecuencia del racismo e instrumento para la construcción de eso que el PNV y ETA llaman la construcción de la sociedad vasca.

El 'caso Haider'
IGNACIO SOTELO El País  4 Febrero 2000

El presidente de turno de la Unión Europea, el portugués António Guterres, hizo públicas el pasado 31 de enero las medidas acordadas por los otros 14 miembros para el caso de que en Austria se formara Gobierno con el partido liberal de Jörg Haider. Algo todavía más llamativo: al día siguiente se adhería Estados Unidos. En la historia comunitaria no se conoce intervención tan directa en la política interna de un Estado miembro, incluso cuando se presentó un caso parecido, la coalición del partido de Silvio Berlusconi -ya de por sí derecha dura- con la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, es decir, la reconversión modernizadora del antiguo Movimiento Social Italiano, heredero directo del fascismo.

Se suelen utilizar diferentes canales para hacer saber a un Gobierno los riesgos que podría comportar una determinada política. Lo nuevo y sorprendente es que estas medidas se anuncien, como último recurso, cuando estaba a punto de culminar el pacto. Se comprende que una buena parte de los austriacos hayan reaccionado irritados ante tamaña intromisión. No trasluce mucho respeto por las instituciones y el carácter democrático de los austriacos, sin ofrecer alternativa alguna, ya que prolongar la coalición de los populares con los socialistas sería frustrar un afán de cambio muy extendido, lo que podría llevar a que Haider, en las próximas elecciones, mejorase su posición, lo que también ocurriría si se convocasen nuevas elecciones.

Una primera interpretación de los hechos insiste en que Europa habría avanzado tanto en su integración política y en su conciencia democrática que no estaría dispuesta a tolerar gobiernos nacionales en los que participen partidos de extrema derecha. Por suerte, preside la Unión quien es a la vez presidente de la Internacional Socialista, y habría actuado con la contundencia debida. Ningún demócrata dejará de apoyar que se presione a un país miembro si con ello se frena el ascenso de una ultraderecha, autoritaria y xenófoba, y en el caso de Haider, incluso con concomitancias nazis. Aunque en la conferencia de prensa en la se anunció el pacto, Haider se distanció por completo del totalitarismo nazi, manifestaciones anteriores, suyas o de sus colaboradores, explican el papel puntero que en la toma de estas medidas ha desempeñado Israel, dispuesto a retirar su embajador en el caso de que se constituya un Gobierno de coalición liberal conservador.

Haider interpreta las presiones como expresión de solidaridad de una socialdemocracia que, a excepción de España y Luxemburgo, domina la Europa comunitaria con sus correligionarios austriacos, en el poder desde hace 30 años, y que estarían dispuestos a todo con tal de no abandonarlo. Explicación que resulta poco convincente, pero que alude al problema central, y es que la política de intromisión de los 14, aparentemente tan democrática, veta al segundo partido de Austria, con el 27% de los votos, que lleve a cabo el cambio que exigen los electores. Para un demócrata no hay forma de sustituir, en razón de intereses superiores o en atención a más altos valores, la voluntad popular. Si se manifiesta en elecciones libres como fueron las austriacas, el pueblo es soberano. No se puede salvar la democracia acudiendo a métodos antidemocráticos. Los toleramos en Argelia y el resultado ha sido una guerra civil interminable. En los tiempos de la guerra fría, el Partido Comunista Italiano, por alto que fuese el número de sus votantes, no podía coligarse para formar gobierno.

¿Qué tiene Haider para provocar tal temor? No hay duda de que su ejemplo podría cundir en algunos países con problemas semejantes, un Estado de bienestar sobredimensionado y en crisis y un sistema de partidos agotado. En este contexto, Haider ofrece una combinación, ciertamente harto explosiva, pero electoralmente muy eficaz: un neoliberalismo a ultranza, mezclado con un nacionalismo xenófobo. El viejo fascismo era nacionalista, pero estatalista. Todo en el Estado y para el Estado, nada fuera del Estado. Haider, en cambio, es un liberal extremo, todo en la sociedad y para la sociedad, y nada con un Estado corrupto, pero este individualismo antiestatalista, tan propio de los ricos y los poderosos, Haider lo recubre con un nacionalismo xenófobo, adaptado a las necesidades de los más débiles, que sólo se sienten alguien como parte de un grupo que consideran superior, la raza y la nación a la que pertenecen.

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