AGLI

Recortes de Prensa   Miércoles 9 Febrero 2000
#Verdugos
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 9 Febrero 2000

#La barbarie étnica
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 9 Febrero 2000

#El Ejido
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 9 Febrero 2000

#AZNAR, CONTRA EL «GIRO SOBERANISTA» DEL PNV
EDITORIAL El Mundo 9 Febrero 2000

#El estado de los partidos
Editorial ABC 9 Febrero 2000

#Entrega esperada
Editorial El País 9 Febrero 2000

#La Austria de Torberg
HERMANN TERTSCH El País 9 Febrero 2000

Verdugos
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 9 Febrero 2000

Las imágenes de dos encapuchados sobre los restos humeantes de unas chabolas de El Ejido han convencido a muchos de que, sobre el problema de fondo, que es el de la difícil convivencia de dos grupos humanos que no comparten más que una misma condición mortal y, en su caso, criminal, se alza la vertiginosa sombra de los asesinos profesionalizados, de los encapuchados, que es como siempre aparecen en la Historia los verdugos.

Sorprende, sin embargo, que dos encapuchados en Almería subleven tantas conciencias sensibles, mientras docenas de encapuchados en Bilbao, San Sebastián, Pamplona o Vitoria sean considerados desde hace muchos años parte del paisaje urbano, aunque se dediquen exactamente a lo mismo.

Se ve que el discurso nacionalista, incluido el terrorista, está asumido por una parte de la opinión pública de izquierdas como relativamente legítimo, y que los verdugos identificados con el racismo antimoro y antimarroquí tienen peor prensa que los verdugos nacionalistas del racismo antiespañol.

Se subraya poco que si algo recordaba la muy criticada actitud timorata y pasiva de las fuerzas policiales en Almería era precisamente la deliberada y escandalosa inacción de la policía autónoma vasca ante los encapuchados proetarras.

La diferencia es de fondo, ya que no de forma. La policía española y la Guardia Civil tendrían que esforzarse mucho para eliminar de las lomas blanquecinas de los Campos de Níjar esas siluetas encapuchadas de los jóvenes verdugos que pasean con agilidad profesional por los altillos del teatro de sus hazañas. Al menos unos cuantos de esos bípedos pagarán en la cárcel su emboscada condición de linchadores enmascarados. No habrá capuchas que valgan.

En cambio, no es probable que los que se pasean por los tejados y las esquinas del País Vasco quemando viviendas y apaleando a concejales del PSOE o del PP tengan que preocuparse demasiado por la actividad policial, la política y la opinión pública.

La diferencia entre el norte y el sur de España es que arriba, donde llueve, ya no se espera que actúe la ley, que exista el Estado de Derecho, con la policía y la represión precisa contra los delincuentes; mientras que abajo, donde no llueve, aún se reclama airadamente su existencia, su presencia y su contundencia.

Frutos dijo ayer «sentirse inmigrante» sin distinguir el legal del ilegal. Inmigrante musulmán, claro. Con los inmigrantes del resto de España en el País Vasco y con los vascos no nacionalistas, Izquierda Unida-Ezker Batua se identifica muy poco. Al revés: hasta ayer mismo estaba en el Pacto de Estella. Con los verdugos.

La barbarie étnica 
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 9 Febrero 2000

ES la misma barbarie: la de El Ejido y la de la «kale borroka», la que acaba de estallar en Almería y la que hace su cotidiana cosecha, desde hace tanto tiempo, en el País Vasco. Los mecanismos son los mismos: el odio al otro, al distinto, al de fuera, al que se ve como un peligro para la cultura «propia», para las costumbres patrias, a veces para la religión, para el idioma... En un caso, son los abertzales vascos los que persiguen a los odiosos «españoles»; en otro son los españoles los que persiguen a los odiados marroquíes. En el País Vasco el objetivo son los maketos; en El Ejido, los moros. En Cataluña, los charnegos se han hecho resignadamente a la discriminación cultural y social.

La diversidad de los racismos ibéricos estriba en que algunos son ya movimientos clásicos, con raíces centenarias, mientras otros acaban de manifestarse al calor de las emigraciones recientes. En Euskadi fue la invasión de castellanos y aragoneses la que excitó la xenofobia de los primeros nacionalistas; ahora es la llegada de los marroquíes la que provoca la reacción de los almerienses, al igual que hace unos meses la de trabajadores catalanes de Ca n'Anglada. El tiempo y las formas políticas dan a los nacionalismos étnicos un aire de respetabilidad, una vitola de seriedad, mientras que los racismos que emergen carecen de historia, de líderes, de aparatos partidarios. En el País Vasco el racismo abertzale tiene toda una literatura, se ha fabricado una historia, unos mitos, cuenta con representantes democráticamente elegidos hasta el punto de controlar la mayoría parlamentaria, está apoyado por una sociedad «biempensante», en buena medida confortablemente instalada y ha segregado un brazo que llaman militar y que es, en realidad, pistolero.

La apariencia casi casual y «popular» de El Ejido no debería engañarnos respecto al poso histórico que lo anima. El odio al marroquí viene del hondón de nuestra personalidad hecha en la conflictividad, con frecuencia en la intolerancia.

La barbarie que ha asolado El Ejido durante estos días es un aviso que deberá ser tenido en cuenta por los partidos políticos o, de lo contrario, el miedo y la inseguridad irán creando situaciones similares a medida que aumenten las oleadas migratorias. Nada podrá impedir que los bien pensantes tiendan a explicar los desajustes de la convivencia a los de fuera, al bárbaro en el sentido etimológico, al que con su mera presencia disturba todo. A él se le achaca la destrucción del supuesto paraíso que existía antes de que él llegara, hasta el punto de considerar paradisiaca la vida miserable en que estuvo instalado El Ejido antes de la emigración, esto es, hace tan sólo unos pocos años, antes de la riqueza.

La realidad que ha explotado en El Ejido tiene el mismo caldo de cultivo en muchos pueblos, en muchos barrios, y podemos aventurar que no faltarán a la cita los Haider y los Le Pen que pretenderán estructurar políticamente la irracionalidad del movimiento.

Muchos se vienen preguntando desde hace tiempo dónde se oculta la extrema derecha española y por qué razones no se manifiesta. No se han enterado de que ese franquismo nostálgico, que consideran vigente, es casi testimonial, prácticamente inexistente, que el «mal» que se busca en la sociedad está en uno mismo, en la mentalidad xenófoba, en los militantes de derecha y de izquierda, supuestamente democráticos, como los seguidores derechistas y comunistas de Le Pen, como los votantes conservadores y socialistas de Haider. Esa es la barbarie. Ahí está la extrema derecha.

El Ejido
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 9 Febrero 2000

El Ejido es España, toda España, el Ejido es la historia, nuestra historia, judíos, moros y cristianos. Los judíos trajeron a Platón, y los moros la visita del agua, los cristianos tenían a su Dios, y así se hicieron guerras, se hizo España, y hoy somos un poco de todo, pero nos hemos constituido en españoles, hemos desbastado la raza, o eso creemos, no soportamos a los inmigrantes, el negro ya es el Otro, el árabe es el Otro, el Otro que llevamos dentro y por eso lo odiamos, le tememos, es el jarrapellejos del Ejido.

¿Qué otra cosa es nuestra historia sino la historia de las Tres Culturas, como bien lo vio Américo Castro? Pero el proceso de partición no empieza con las razas, sino con las ideas, las religiones y las dinastías. Aquí hemos hecho guerras carlistas y estamos haciendo la guerra de las Autonomías, que sirve para diferenciar a un catalán de un valenciano, cosa dificilísima, así a primera vista, para un periodista de las Cortes, desde tan arriba. En tiempos de paz ahorcamos al perro del vecino y en tiempos de guerra fusilamos al hijo de la portera. España es una guerra de nacionalismos, un Ejido del odio y el parentesco, no sabemos en qué nos diferenciamos, pero nos sentimos diferentes unos de otros.

Con piedras y con palos, a patadas, queremos deslindar este yoísmo, esta locura del Yo que fue la de Don Quijote, «yo sé quién soy». Aquí nadie quiere parecerse a nadie, síntoma de pueblo pobre e inculto, porque la homogeneidad la da la cultura y el diálogo lo da el tema común, que suele ser la común cosecha.

El niño odia ser confundido con otro niño, cuando todos los niños son iguales. El funcionario odia ser confundido con otro funcionario, y para eso se han inventado los coleccionismos, las curiosidades, las manías. El que no tiene originalidades tiene manías. Vale decir que España se hizo por acumulación, que primero luchamos unos con otros por el poco terreno que había, y eso creó una raza victoriosa, o varias, unas heráldicas y unas genealogías que se prolongan en el hidalgo. El hidalgo es el heredero de la nada donde estuvo todo, y sabe que tuvo antepasados y ganó batallas. En Judíos, moros y cristianos, de Cela, un mendigo le pregunta a otro si él tiene el «don». Todavía era importante tener el «don», aunque no se tuviese comida ni tabaco. Cuando yo he tenido el «excelentísimo», hay quien me lo pone en las cartas. El español no es nadie sin un título. Esto revela dispersión interior, una diversidad insegura que conviene empaquetar mediante la raza, el título, la familia o el diploma. España es un Ejido de olvidanzas y pendencias. El Ejido es una España breve y peleona donde se cuidan frutales, pero se detesta al moro que trajo el regadío. Nadie nos lo había explicado y ahí está.

Cada español, sea o no vecino del Ejido, lleva dentro un judío y un moro. Más el cristiano que tiende en vano a santificarlos. Eso, cuando el cristiano no se vuelve también integrista. No nos gustamos a nosotros mismos, no nos queremos, somos un fin de raza, y lo malo del árabe es que viene a recordarnos esto. Los nacionalismos no son sino Ejidos que llegaron en patera a la Constitución.

AZNAR, CONTRA EL «GIRO SOBERANISTA» DEL PNV
EDITORIAL El Mundo 9 Febrero 2000

José María Aznar pronunció ayer su más dura requisitoria contra el nacionalismo vasco desde la tribuna de la Sociedad El Sitio. Si el contenido de la conferencia compendía sus propuestas para el País Vasco, la tribuna está llena de significado histórico. La Sociedad El Sitio fue constituida por los liberales que defendieron Bilbao del asedio carlista de 1874 y, desde entonces, su sede ha sido para muchos vascos «el Palacio de la Libertad», y su estrado ha servido para que expusieran sus ideas buena parte de los intelectuales y políticos del siglo XX, desde Manuel Azaña a Miguel de Unamuno.

«Sin color ni grito» es el lema de la centenaria sociedad bilbaína, y Aznar quiso fundamentar ayer sus reflexiones fuera del color etnicista de algunas propuestas y lejos del grito de la violencia terrorista que, tras tantos años de golpear a los ciudadanos, parece haberse convertido para el nacionalismo vasco -y no sólo para quienes tradicionalmente lo apoyaron- en algo explicable, e incluso en moneda de cambio para pretensiones políticas. La crítica del presidente a lo que se ha dado en llamar «giro soberanista del nacionalismo» se encuadró, por ello, no sólo en la repulsa a una determinada «cuestión de organización de las Instituciones», sino en el análisis de un problema previo: la subordinación a una «obsesión identitaria» que no tiene reparo en allanar el camino a la intolerancia o la violencia.

Aznar replicó a recientes declaraciones de Arzalluz en las que se refería al terrorismo callejero como respuesta a «tretas electorales» del Gobierno o señalaba a quienes son sus víctimas como quienes se benefician de la violencia. Y presentó al presidente del PNV como prueba de la deriva absurda a la que pueden llevar las «buenas intenciones» de apaciguar el terrorismo dándole la razón. Sobre todo cuando ETA responde con más asesinatos.

Frente a la cesión, propone Aznar la movilización social contra ETA que, a su juicio, el PNV trata de neutralizar. Frente a la nación étnica, España concebida como una «nación plural». Frente a la «construcción nacional», sugiere una «construcción social» que reconozca la pluralidad real. Frente a la utopía de un «nuevo marco» que tiene por única concreción integrar en la mítica Euskal Herria a Navarra y el País Vasco francés, el pacto estatutario en el seno de un sistema constitucional que no es inmutable, pero sí debe ser siempre el referente de un consenso eficaz.

El Sitio no fue nunca nacionalista, pero siempre fue plural. Lo importante del discurso de Aznar, además de su personal formulación política, es que subraya, en Bilbao, que la sociedad vasca no es la sociedad nacionalista, ni sus pretensiones las de ésta. Sólo desde la intolerancia puede el PNV tratar de conformarla sin tenerlo presente o, lo que es lo mismo, buscar mayorías -que sólo son virtuales- con los que están fuera de la democracia.

El estado de los partidos 
Editorial ABC 9 Febrero 2000

LOS partidos políticos son tan insatisfactorios como insustituibles. Los enemigos de lo que califican como «partitocracia» suelen recaer en un mal mucho peor: la dictadura del partido único. Y quienes, partidarios de la democracia, deploran sus inconvenientes, no han encontrado alternativa preferible. El sistema de partidos es el peor, exceptuando todos los demás.

Algunos de los problemas principales que han conducido a la crisis actual derivan de su doble condición de vehículos de la opinión pública y organizaciones para la conquista del poder. Si la democracia es el gobierno de la opinión, los partidos políticos son el único instrumento conocido para transformarla en poder. Pero, cuando prevalece su segunda condición —la búsqueda del poder— sobre la primera —expresión de la opinión—, los partidos dejan de cumplir correctamente las funciones que tienen asignadas.

La crisis de los partidos puede acabar produciendo, si no se atenúan sus efectos, una crisis de legitimidad de las democracias liberales. Entre los factores que han provocado esta situación, destacan: la aparición de tendencias oligárquicas y caciquiles que vulneran el requisito de la democracia interna que exige la Constitución, la corrupción derivada de las insuficiencias del sistema de financiación, la burocratización y el sistema de listas electorales cerradas y bloqueadas, elaboradas por la dirección del partido. Desde el análisis efectuado por el sociólogo Robert Michels sobre el funcionamiento del Partido Socialdemócrata alemán en los primeros años del siglo XX, sabemos que en toda organización tienden a generarse tendencias oligárquicas. La única forma de contrarrestarlas consiste en la adopción de los mecanismos de democracia interna. No puede alegarse que se trate de una limitación a la libertad de organización de los partidos, ya que se trata de instituciones públicas. Quizá sea más fácil dirigir una organización autoritariamente, pero es incompatible con la democracia. La libertad puede generar desorden, pero su falta genera tiranía.

Al servicio de estas tendencias oligárquicas se encuentra en parte el sistema de listas cerradas y bloqueadas, que disminuye la libertad de los electores y aumenta el poder de los dirigentes. No todo son ventajas en el sistema de listas abiertas o desbloqueadas, pero quizá sea ya la hora oportuna de introducir este debate en nuestra vida pública.

La corrupción tiene muchas fuentes, pero quizá la más caudalosa se encuentre en la financiación de los partidos políticos y, especialmente, en el ámbito de la contratación local. El nuevo sistema de financiación continúa bloqueado en el Parlamento. El PSOE se resiste a colaborar en el cumplimiento de la promesa de regeneración ofrecida por el PP.

Todos estos problemas producen el descontento de los ciudadanos, que tienden a ver en ellos más un instrumento de lucha por el poder que el medio de que su voz sea escuchada y atendida. La conclusión es que necesitamos una nueva Ley de Partidos, que devuelva a éstos sus rasgos democráticos perdidos. En realidad, lo que está en crisis no es tanto el sistema de partidos en general, cuanto un determinado modelo de naturaleza burocrática y jerárquica. Frente a este modelo autoritario y vertical habría que optar por uno nuevo de carácter democrático y horizontal, que se conciba como una red de valores, intereses y opiniones de los ciudadanos y no como organizaciones autoritarias en las que la opinión de los militantes y votantes quede suplantada por el interés de las direcciones. El caso de las «primarias» socialistas es, en este sentido, paradigmático. Sin embargo, también es preciso alertar contra los riesgos del abuso de los mecanismos de la democracia directa o asamblearia. Quizá no habría que desdeñar los procedimientos de democracia «electrónica» hacia los que tal vez nos encaminemos, pero tampoco despreciar los peligros que puede entrañar. La salud de las democracias estriba en que acierten a convertirse verdaderamente en el gobierno de la opinión pública. Y esto depende de dos mecanismos delicados: el sistema electoral y la organización y funcionamiento de los partidos.

Entrega esperada
Editorial El País 9 Febrero 2000

FRANCIA ENTREGÓ ayer a las autoridades españolas al ex jefe máximo de ETA Francisco Múgica Garmendia, Pakito. Detenido en la localidad vasca francesa de Bidart en 1992, ha cumplido condena desde entonces en las cárceles galas por asociación ilícita y deberá responder ahora ante la justicia española por 26 asesinatos. Durante estos años los tribunales franceses han dado el visto bueno a 16 demandas de extradición cursadas por la Audiencia Nacional. A la luz de los indicios acumulados en los respectivos sumarios judiciales, es del todo improbable que se repita lo ocurrido con José Antonio Urruticoetxea, Josu Ternera, también antiguo dirigente de ETA y actual miembro de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento de Vitoria, a quien excarceló recientemente el Tribunal Supremo por entender que no podía ser juzgado en España por los mismos hechos por los que ya había sido condenado en Francia.

El papel dirigente de Pakito, integrado en la cúpula de ETA que bajo el nombre colectivo de Artapalo marcó una de las épocas más sanguinarias de la banda terrorista, parece estar bien documentado en una larga relación de sumarios judiciales que incluye como atentado más sanguinario el cometido en 1987 contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, en el que murieron 11 personas, entre ellas 5 niños.

De esa dirección colectiva de Artapalo formó parte también José Álvarez Santacristina, Txelis, expulsado de ETA en 1998 por abogar por el cese de la lucha armada y ya entregado a la justicia española. Queda por extraditar José María Arregui, Fitipaldi, tercer componente de la dirección etarra que fue desarticulada en 1992 en Bidart, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Más tarde o más temprano, la justicia no deja de pasar factura a quienes la desafían con la jactancia con que lo hizo durante años Artapalo, inspirador y responsable último de la actuación de ETA en una de sus etapas más sangrientas. Pakito tendrá que vérselas ahora con la justicia y dar cuenta de los innumerables crímenes que se le imputan. Sería verdaderamente curioso que este activista dedicado de por vida a la causa del terror pretendiera esconder su responsabilidad tras el carácter pretendidamente colegiado del órgano que establecía la agenda de atentados hasta su desarticulación en 1992. A la justicia le corresponde ahora encontrar el hilo que conduzca desde los ejecutores materiales hasta quienes les daban las órdenes.

La entrega de Pakito pone de manifiesto, una vez más, que la lucha efectiva contra ETA sigue pasando por la cooperación entre Francia y España, así como por una actuación diligente de la justicia en la búsqueda de pruebas que impidan la impunidad de quienes matan o mandan matar.

La Austria de Torberg
HERMANN TERTSCH El País 9 Febrero 2000

El escritor Friedrich Torberg era destacado miembro de un inmenso clan extinto de un país que feneció. Eran ellos una élite atípica y en su mejor sentido. No se definía por dinero o propiedad, por erudición o conocimientos, por origen, posición social o de poder. Su elemento característico era una forma de entender la vida, en la que había generosidad y rigor, un talante especial, elegante y sofisticado, descreído pero fiel a sus principios. Había entre ellos teóricos del marxismo y consejeros áulicos del poder, poetas y funcionarios, industriales, líderes obreros y escribidores insolventes de café. Eran los "Altösterreicher", algo así como los austriacos de viejo estilo. Sobrevivieron al Imperio, lo que explica un especial sentido de la transitoriedad de la cosa pública, de lo efímero de la privada y lo eterno de la íntima. Por supuesto, no todos los austriacos que vieron caer al imperio eran tales. Pero fueron caracteres que gozaron de especial respeto y una influencia difusa pero consistente.

Nacieron en un inmenso Estado con más de 50 millones de ciudadanos a principios del pasado siglo, dos grandes puertos de mar, Trieste y Fiume, orgullosos buques de guerra como el Viribus Unitis y un Ejército que desfilaba tan coqueto y colorido que se decía que era una lástima mandarlo a la guerra. Sobre todo porque hacía siglos que no ganaba ninguna. Esta frívola costumbre de llevar a los militares más al desfile y al baile que a maniobras tuvo que ver con la hecatombe. Pero la razón de la misma fue su incapacidad de ver que su tiempo, en su forma, se había agotado. Aquellos austriacos de viejo talante se convirtieron de repente en ciudadanos de un Estado minúsculo con un miserable andén de carga en el Danubio y unos cuantos lagos tan inútiles como su imagen en postal. Perdieron lo que había supuesto su identidad, orgullosas ciudades fortaleza en el este como Przsemysl y Lemberg, soldados checos, eslovacos y húngaros, marinos italianos en Istria y Dalmacia, serbios fieles que defendían sus fronteras contra el imperio otomano y agricultores alemanes en el oeste y en Transilvania y el Banato, hacendosos y ordenados. Era un Estado peculiar que no se dio cuenta de que cada vez tenía más enemigos hasta que fue tarde. Y era excéntrico. Tenía, por ejemplo, la curiosa manía de pintar de amarillo todos sus edificios oficiales, colegios y academias militares, hospicios y hospitales, oficinas de correos y de Hacienda. Aun hoy, ese amarillo pálido, cuarteado, maltratado por los tiempos y la desidia es un símbolo de Centroeuropa. Era paternalista aquel Estado y, sin embargo, relajado. Contaba con más servicios públicos que cualquier otro país europeo y una efectividad sorprendente. Era un país raro, contradictorio, autocomplaciente y autocrítico a un tiempo, casi sureño en contraste con la seria y rigurosa Prusia.

En una clásica paradoja necrofílica austriaca, recibió su mejor nombre cuando ya había muerto. Se lo dio Robert Musil: era Kakania. Sus ciudadanos se reían de su patria sin mala conciencia y el propio Estado jamás se tomó a sí mismo demasiado en serio. Era Kakania un país suave de trato, en el que la policía torturaba mucho menos que en Rusia, Francia o Prusia. Había tiros, por supuesto. Había revueltas obreras. Pero siempre daba la impresión de que la sangre jamás llegaba al río. El asalto del general Radetzky a Milán fue cruel, pero excepcional. Y fue la última vez que Austria ejercía con éxito la fuerza. Un canto de cisne que mereció una popular marcha militar para el día de Año Nuevo. Nada más.

Vivían en aquel Estado decenas de pueblos a los que se aplicaba siempre las mismas leyes. Se sabía también fuera. Todos los que huían de los países vecinos se refugiaban allí. En las ciudades austriacas de Cracovia, Debrecen, Praga o Hermannstadt se sabía de los pogromos en Rusia por las caravanas de refugiados que llegaban. Volvió a pasar con los pogromos comunistas de 1956 en Hungría, 1968 en Checoslovaquia y 1981 en Polonia. Y como algunos olvidan, mientras España albergaba la orgullosa cifra de unos pocos centenares de kosovares durante la guerra, en Austria eran decenas de miles.

Pero volvamos al pasado. Por entonces, cuando Torberg era un niño, los funcionarios hablaban su propio idioma y además un alemán más o menos raro, y estaban orgullosos de trabajar para una burocracia segura de sí misma. El correo funcionaba. Hasta los trenes llegaban a tiempo. Era un país ordenado, como dice algún compañero de Claudio Magris en relatos austro-húngaros.

Desde la bella Bukovina allá en la actual Rusia hasta los parajes de viñedos junto a Suiza, desde los espléndidos palacios de Bohemia hasta las campas heladas de los Shtetl, los pueblitos judíos de Transnistria, Polonia y Rutenia donde los agricultores vestían levitas negras y se cuidaban los tirabuzones, desde los bosques de Silesia hasta las islas del Adriático, subsistía muy razonablemente un Estado en el que nadie había caído en cuenta de que era una cárcel de pueblos hasta que algunos, normalmente residentes fuera, comenzaron a proclamarlo. Esto fue ya al final, cuando la nueva lógica de las potencias y la peste moderna de los nacionalismos estaban a punto de acabar con Kakania, aquel país en el que un vendedor de castañas recorría al año mil kilómetros sin enseñar jamás un papel de documentación.

Torberg y los suyos consideraban que los nacionalismos eran una simpleza zafia inventada por los franceses para dar la lata. Ellos eran lo que hoy Jürgen Habermas llama patriotas constitucionales, entonces de las leyes escritas y no escritas que sancionaban muchas desigualdades sociales, pero ninguna étnica. No es que las gentes fueran felices, pero Torberg y los suyos sabían muy bien de los peligros de la obsesión por la felicidad. Sí eran ácidos críticos de la infelicidad gratuita, en la tradición que va desde Grillparzer hasta Thomas Bernhard, sin olvidar a Karl Kraus o Viktor Adler. Sabían que la plaga nacionalista sería una moda ridícula hasta que infectara a los alemanes del imperio. Viena despreciaba a los teutones de los Alpes, como los llamaba Joseph Roth. Por todo esto es tan absurdo el reduccionismo de ver Austria como un campamento nazi. La desgraciada aritmética electoral que ha llevado al poder al prototipo de teutón de los Alpes da inmensas facilidades para demostrar la suprema osadía de la ignorancia. Torberg, como Gustav Klimt o Adolf Loos, como Hugo von Hoffmansthal, como Arthur Schnitzler, como millones de austriacos surgidos de un crisol de culturas, eran menos simples que estos tertulianos e improvisados analistas de estos días. Tenían amor al matiz y a la complejidad. Muchos eran torturados por los abismos de la vida y la muerte, seres lúcidos en un mundo en el que copulan con violencia la historia y las pasiones, el miedo y la sensualidad, la belleza y la brutalidad, el placer y el dolor. La intolerancia, la violencia y el odio llegaron después, con el nacionalismo alemán y esa simpleza no muy diferente de la que hoy muchos desparraman.

Torberg vivió en un mundo de emociones y reflexión, elegante y canalla, tierno, culto y transgresor como Viena. Era la ciudad venerada por judíos, checos, eslovacos, alemanes, italianos y rumanos, húngaros y rutenos. Viena cosmopolita y mestiza siempre ha generado un cosmos cultural propio. Allí sólo se decían alemanes algunos cursis. Después, cuando el nacionalismo periférico despertó al monstruo nacional germano, se movilizaron los instintos miserables, sus maniobreros, los ambiciosos, los fanáticos y, sobre todo, los simples. Cuidado con los simples y su simpleza. Cuando asaltaron Viena, simbiosis de la vieja Centroeuropa, comenzó la agonía que ha durado medio siglo.

Torberg, menos bebedor que Roth y mucho menos borracho que Peter Altenberg, tuvo una vida más larga de lo habitual entre los hombres lúcidos a quienes la suerte elige para épocas crueles. Era un hombre de honor que no se tomaba muy en serio. Lo contrario que esa sarta de indignos que se consideran la trascendencia pura. Una vez, Torberg escribió una carta iracunda a su editor, en la que le reprochaba en la edición de una de sus obras la falta de tres comas y alguna errata menor.

El editor le respondió con una carta conciliadora. "Querido amigo, llevo décadas editándote. Te aseguro que esas tres comas y esa errata no las notará nadie". La respuesta de Torberg fue vitriólica. "Veo que sigues sin saber que yo escribo para aquellos a los que duelen esas comas".

Ahora que los austriacos se han puesto tan de moda, tan a su pesar, conviene hacer un alegato contra el desprecio a las comas, contra la simpleza, la de aquellos que asesinaron a millones, la de quienes votan a demagogos sin escrúpulos, la de los partidos tradicionales que no saben hacer frente a los nuevos tiempos y se aferran a mezquinos intereses, y también contra las patéticas y peligrosas simplezas que se oyen y leen últimamente en torno a Austria. El hombre sin atributos es el enemigo intelectual y visceral del hombre de atributos rotundos que es Jörg Haider. En Viena están siempre presentes las ambiciones, sublimes y macabras, del hombre. Y hay que mantener alta la guardia. Pero la autocomplacencia que el mundo demuestra hoy en su actitud hacia Viena sólo es comparable al insulto a la inteligencia que supone la existencia del Gobierno Schüssel-Haider.

Altösterreicher. Nunca fueron grandes luchadores. Siempre prefirieron morir de asco a enfrentarse a gentes que despreciaban. A los oportunistas, a los vasallos vocacionales, a los chamanes de los bajos instintos. Haider y Schüssel son eso, no nazis. Pero la mayoría de los nazis fueron antes oportunistas que camisas pardas.

En la Viena en la que Freud inició la exploración de los laberintos del alma, la gran aventura de la complejidad, tenemos un Gobierno de simples ambiciosos dedicados al onanismo político. Creen, los simples, que la historia es corta. Torberg y sus amigos vomitarían al ver a estos personajes instalados en el palacio del Ballhaus. Pero para que Haider y Schüssel sean una mera anécdota desgraciada hay que actuar y hablar como Torberg, sin simplezas, exigiendo las comas bien puestas y mostrando el desprecio que merecen quienes desprecian los valores y los principios. Hasta en la ortografía.

 

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