AGLI

Recortes de Prensa   Jueves  10 Febrero 2000
#Xabier y Pakito
JAIME CAMPMANY ABC 10 Febrero 2000

#España es una Nación plural
M. MARTÍN FERRAND ABC 10 Febrero 2000

#«Miremos al País Vasco...»
ABC 10 Febrero 2000

#La Junta Electoral prohíbe la difusión de un folleto sobre los logros de Fraga
EFE, Madrid El País 10 Febrero 2000

#Racismo y destrucción
DARÍO VALCÁRCEL ABC 10 Febrero 2000

#Detenidos en Madrid tres etarras a los que la banda ordenó que no huyeran a Francia
MADRID. D. Martínez / J. Pagola ABC 10 Febrero 2000

 

Xabier y Pakito 
Por JAIME CAMPMANY ABC 10 Febrero 2000

EL problema vasco bascula entre Xabier Arzalluz y Francisco Múgica Garmendia, alias Pakito. El uno está en Babia, si por Babia se entiende el territorio de la utopía y la ucronía, y el otro está en la cárcel. Arzalluz se encuentra fuera de lugar y fuera del tiempo, y Pakito se encuentra fuera de la sociedad, de la civilización y de la norma natural. O sea, los dos se hallan fuera del mundo real, en una galaxia poblada de sueños siniestros y de negras pesadillas. Uno sueña disparates y el otro sueña disparos. Uno sueño metas inalcanzables y el otro matanzas sin fin. Don Pedro Calderón de la Barca diría que ambos «sueñan lo que son aunque ninguno lo entiende». Se necesitan mutuamente. El uno no existiría sin el otro, ni el otro sin el uno.

Según los conocedores del macabro mundo etarra, Pakito es el terrorista más sanguinario que ha nacido de la reducida y patológica demencia vasca. Por su biografía espantable, parece que hubiese nacido para matar, tanto por su orden como por su mano, y considera el asesinato como el medio más inmediato y eficaz para conseguir cualquier objetivo. Unas veces mata sin mirar, porque ésa es su manera de discutir, su único argumento, y otras veces mata a los suyos para imponer la autoridad y administrar el castigo. Es el artífice del coche-bomba, es decir, de enviar el recado de muerte desde lejos, el mensaje mortal desde seguro, quizá porque hay que preservar la vida del que mata, una vida que sólo sirve para seguir matando.

A Pakito nos lo ha entregado Francia. Ha llegado aquí con las manos atadas, unas manos hechas a matar y a señalar víctimas, y ésa es una estampa en cierta medida tranquilizadora. Sólo en cierta medida, porque el problema vasco no se acaba desgraciadamente con la aprehensión y encarcelamiento de un Pakito o de muchos pakitos. Ahí sólo termina una obligada operación de la policía y de la justicia. Mientras en el otro extremo del problema vasco se encuentra la estampa de Arzalluz, legitimando el terror como instrumento político, del subfondo del pueblo vasco surgirá sin remedio otro Pakito, igualmente sanguinario. Ni siquiera estamos ante el problema del huevo y la gallina. Aquí, la gallina fue antes, y se llama Arzalluz.

La rabotada, o la «espantá» de Juan José Ibarretxe durante la visita del presidente Aznar al País Vasco ofrece la certidumbre de que el PNV, bajo la dirección frenética de Arzalluz, fuerza una política de gestos para llevar a sus últimos extremos el irrealizable sueño de la independencia. Ordena Arzalluz, e Ibarretxe obedece puerilmente una indicación descabellada. Cree «la gallina» que con eso quiebra la unidad de España, resquebraja el Estado y hace pedazos la Constitución y el Estatuto. Ninguno de los dos, ni Arzalluz ni Ibarretxe, se percata de que lo único que consiguen es dar una muestra de mala educación y una pirueta de rabieta ridícula. Se lo han dicho cruelmente: «Ibarretxe prefiere la compañía de Josu Ternera a la de Aznar.»

En aquel foro donde habló un día Manuel Azaña, ha hablado ahora Aznar, y ha invitado una vez más, pero esta vez más cerca, al PNV a que se comprometa de una vez a defender las libertades en lugar de hacer con ETA las «bellaquerías detrás de la puerta», y claro está que esto de las bellaquerías es mío después de ser de Góngora. Fueron las de Aznar palabras claras y unívocas. Tienen al menos una virtud: la de que nadie pueda llamarse a equivocidad y a engaño. El PNV, con el apoyo violento de ETA, intenta «desmantelar el Estatuto, desactivar el consenso de Ajuria Enea y neutralizar y archivar el espíritu de Ermua». Ah, y conste que Pakito es un mandado.

España es una Nación plural 
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 10 Febrero 2000

IGNORO cuál pueda ser la rentabilidad electoral del magnífico discurso de José María Aznar en un escenario de tanta emoción liberal como «El Sitio» de Bilbao. Tampoco importa mucho y, más aún, hubiera preferido escucharlo hace seis meses, o dentro de tres, porque es una pieza cabal, infrecuente por su limpieza conceptual en el ambiente de palabras huecas y/o demagógicas en que ha decaído la tribuna política española. Es una reflexión, más intelectual que política, y por ello mismo merece atención y análisis.

Si hubiera que destilar una frase, sólo una, de todo el texto, me quedaría con esta definición: «España es una Nación plural.» Es una fina enmienda a la acuñación interesada, perezosa y distante del rigor histórico según la cual «España es una Nación de naciones». Cuando la Revolución Francesa le dio un nuevo sentido a la palabra, como reacción de la burguesía —del pueblo— a los privilegios del Antiguo Régimen, quedó claro que la Nación es un conjunto de personas —básicamente eso— con una misma Historia, intereses compartidos, costumbres semejantes y con tradición —conciencia, decían los clásicos— unitaria de gobierno propio. El asunto idiomático era, y es, menor; especialmente si se arranca de una lengua que, entre varias, sirve para la necesaria comunicación entre todos los ciudadanos de ese ámbito.

En su discurso, Aznar, más en actitud de hombre de Estado que en condición de candidato electoral, advierte del riesgo de contraponer la idea de pueblo a la sociedad —la gran tentación nacionalista— y por eso dice que «cuando los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos, empezando por la vida, no cuentan, o simplemente se subordinan (...) a la obsesión identitaria, se allana el camino que conduce inexorablemente a la intolerancia, a la coacción y a la violencia».

Aznar ha señalado la responsabilidad del PNV en su «giro soberanista» y, midiendo las palabras para no incurrir en el españolismo que tanto desasosiega a los nacionalistas vascos, ha marcado rotundamente las fronteras entre política y terrorismo al tiempo que, para evitar equívocos, anunció la persistencia de la acción policial contra ETA. Sin despreciar otros caminos para la solución del problema, se pierden complejos al señalar la prioridad del policial. En suma —y ya tenía ganas de poder escribir una cosa así—, el jefe del Ejecutivo ha prescindido de la retórica voluntariosa para hablar claro sobre un problema que nos angustia a todos.

«Miremos al País Vasco...» 
El presidente del Gobierno, José María Aznar, pronunció el martes un discurso en la sociedad El Sitio, de Bilbao, en el que subrayó que no cree «en políticas de apaciguamiento en la lucha contra el terrorismo, estén o no guiadas por buenas intenciones y por mejores propósitos». Por su interés, reproducimos un amplio resumen de la conferencia del jefe del Ejecutivo.
ABC 10 Febrero 2000

Miremos al País Vasco. Si la Constitución articula y vertebra España como estado autonómico, son la Constitución y el Estatuto los que vertebran y articulan el País Vasco por primera vez en la historia. Son la Constitución y el Estatuto los que definen, por primera vez, un verdadero ámbito propio de decisión para el País Vasco con un contenido real. Son la Constitución y el Estatuto los que incorporan y reconocen por primera vez la voluntad de los vascos en la decisión sobre sus instituciones de autogobierno.

Son la Constitución y el Estatuto los que dan eficacia práctica y vigencia real a los derechos históricos al situarlos en el marco constitucional precisamente, para que sean realizables. Son la Constitución y el Estatuto, en fin, los que salvaguardan y potencian el Concierto Económico que deja así de ser el resto del naufragio foral.

Sé muy bien que todas éstas son verdades silenciadas. En el País Vasco se vive una verdadera ofensiva de ruptura y descrédito de la obra política y de convivencia más fructífera que esta sociedad ha conseguido.

Pero tengo la seguridad de que no van por ahí las aspiraciones mayoritarias de la sociedad vasca, aunque sí su inquietud.

Los ciudadanos saben reconocer mucho mejor que algunos de sus dirigentes lo que significa la Constitución y el Estatuto, dónde están las claves de su progreso y bienestar y cuáles son los caminos de futuro, ahora, cuando desde la radicalización y el afán de ruptura se quieren poner en cuestión frontalmente todos los marcos de convivencia y acuerdo que nos han permitido llegara a donde estamos.

Soy consciente de que al decir estas cosas me expongo a que se me acuse de intentar apropiarme de la Constitución o atribuirme en exclusiva su defensa. Bien al contrario, creo que la Constitución es el patrimonio común más valioso del que disponemos y como tal tiene que ser tratado.

La Constitución se puede reformar pero, más allá de esta verdad de perogrullo, hay que saber el qué, el cómo y el cuándo se reforma; el porqué y el para qué.

Tengo que decir sinceramente que en esta materia hay demasiados brindis al sol y ninguna explicación concreta, ninguna propuesta clara. Es más, creo que quienes hablan de reformas constitucionales evitan deliberadamente el debate político de fondo y con una frivolidad asombrosa, en unos casos hacen de la reforma constitucional un componente más de cuidadas campañas de imagen o, en otros, la convierten en una cortina de humo de su espiral excluyente que sólo conduce hacia la ruptura.

La reforma constitucional no puede ser un instrumento de márketing político, ni una cortina de humo, ni un titular sin noticia, sino una iniciativa que exige claridad en las propuestas, consenso en su realización, respeto a las reglas del juego, lealtad en su motivación y un interés claro para el conjunto de los españoles. No por conocida me deja de parecer oportuno insistir en mi discrepancia absoluta con estas ideas, algunas confusas, otras simplemente, en mi opinión, disparatadas y completamente distantes de nuestra realidad social. Respeto los puntos de vista contrarios, pero es mi derecho, y entiendo que también mi deber, poner de manifiesto la irresponsabilidad que se comete al proponer cambios tan profundos en nuestro ordenamiento político sin explicar qué cauces se quieren seguir para llevarlos a cabo y, sobre todo, cuál es el resultado final que pretenden.

Hace unos meses, en este mismo lugar, afirmé que si algo puede definir el ejercicio de la política en democracia es la tarea de fortalecer la convivencia plural. Esa tarea en el País Vasco se presenta como un esfuerzo de perfeccionamiento y de lealtad a las decisiones básicas sobre las que hemos articulado nuestro sistema político y nuestras libertades, a partir de la Constitución.

Creo que ese es el tema de nuestros días en el País Vasco, porque hoy el desafío principal que los sistemas democráticos tienen que afrontar dentro y fuera de sus fronteras es el retorno de los discursos etnicistas, el fundamentalismo cultural, la incapacidad para construir identidades abiertas y el repliegue hacia posiciones reaccionarias y excluyentes.

Cuando se contrapone la idea de pueblo a la de sociedad, cuando se reconoce el pluralismo, pero sólo como un estorbo que hay que eliminar para despejar el proceso de construcción nacional, cuando los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos, empezando por la vida, no cuentan, o simplemente se subordinan a lo que dicta en cada momento al obsesión identitaria, se allana el camino que conduce inexorablemente a la intolerancia, a la coacción y a la violencia.

Ocurre que la visión cotidiana del incendio, del destrozo, del amedrentamiento o de la violencia extrema que acaba con vidas humanas inocentes, repugna a todos, salvo, naturalmente, a la minoría que lo celebra y lo instiga. ¿Qué hacer entonces? Muy sencillo: se buscan salidas fáciles que tranquilizan, sobre todo, a los responsables de esa barbarie. De este modo, los que incendian se sienten aliviados porque se les dice que en realidad lo único que hacen es responder a las tretas electorales del Gobierno. Los que asesinan ya saben que si hacen estallar un coche bomba no es porque sean asesinos, sino porque hay un conflicto histórico que resolver. A los que extienden el sufrimiento y la intranquilidad se les explica que, en realidad, los que desean la violencia son las víctimas, que, en el fondo, lamentan que cientos de kilos de explosivo no estallen. Al intelectual crítico se le trata de anti-vasco, y así queda señalado el objetivo para que el trabajo lo completen los profesionales de la coacción. Y, para que quede claro, al discrepante contumaz se le recuerda como alternativa lo anchas que son las llanuras de Castilla.

Es difícil no recordar a Baroja cuando observaba que la crueldad, como la estupidez, cuanto más adornadas, son más detestables.

Es cierto que la violencia tiene causas políticas, pero no radican en un supuesto conflicto que enfrenta al País Vasco y a España. Ese conflicto, del que siempre se echa mano para aliviar la carga de la condena, sirve de tragadera de todas las barbaridades. Se habla mucho del llamado «giro soberanista del nacionalismo». Y es evidente que se ha producido. Pero no nos engañemos. El problema fundamental que afrontamos no es una cuestión de organización de las Instituciones, de adoptar ésta u otra fórmula constitucional, ni siquiera de una reivindicación soberanista o independentista, que la gran mayoría de la sociedad vasca rechaza. Estamos ante un problema previo de libertad y de democracia.

Cuántos vascos no se sienten libres para hablar de política. Cuántos vascos ven amenazada su integridad, su negocio o su vivienda. Cuántos vascos son extorsionados. Cuántos han asumido la autocensura como forma de supervivencia. Cuántos ciudadanos, dentro de un mes, se verán coaccionados cuando quieran ejercer su derecho al voto. Sólo uno ya sería demasiado. Y hay muchos.

Se ha dicho que «lo históricamente peculiar vasco ha sido, y es, una incapacidad de lograr un consenso identitario abierto a todos». En estos tiempos, hay quienes vuelven a poner manos a la obra para reforzar esa peculiaridad. Yo puedo decir que esa es de las pocas, o tal vez la única peculiaridad, a la que no pienso contribuir, sino todo lo contrario.

Sé bien que no hay recetas fáciles, pero en todo caso es nuestra responsabilidad no cejar en la defensa de las libertades, y en garantizar la vigencia plena del estado de derecho y del marco de convivencia constitucional y estatutario.

No creo en políticas de apaciguamiento en la lucha contra el terrorismo, estén o no guiadas por buenas intenciones y por mejores propósitos. La buena intención no hace buena una mala política. Y cuando los buenos propósitos dan malos resultados, hay que rectificar. Por tanto, es preciso que mantengamos con toda determinación una acción perseverante contra la violencia de ETA y de los que, situados en su entorno, ofrecen a ETA apoyo y cobertura. Debe quedar claro que ni la ley ni los Tribunales criminalizan nada que no haya sido previamente criminalizado por la penetración de la banda terrorista.

ETA ha vuelto a traicionar al pueblo vasco. La ruptura del cese indefinido de sus atentados es la demostración de que el objetivo de ETA no es otro que su propia pervivencia para dictar a través de las armas lo que en cada caso sirva mejor a sus pretensiones o sus necesidades. Pero, por encima de su voluntad, ETA es un fenómeno residual y aislado, que nunca se va a imponer al estado democrático.

Debemos ser conscientes de la amenaza que el terrorismo representa todavía hoy, pero no olvidemos el terreno ganado por la sociedad a la violencia terrorista. Su constancia en la movilización y el avance que se ha producido en la cooperación internacional, que se amplía y fortalece dentro y fuera de Europa.

De la misma manera nos incumbe a todos reforzar, mantener y contribuir a una respuesta social permanente frente a la violencia. Ermua sigue siendo la lección y el ejemplo que pervive y marca un antes y un después en el protagonismo de los ciudadanos que hacen de la paz su aspiración esencial.

De la historia reciente del País Vasco, podemos sacar la conclusión de que los pasos más fructíferos que se han dado, los que han conseguido unir a la sociedad vasca y llevarla a sus mejores logros, aquéllos en los que se sostiene su armazón político y social, responden al denominador común del consenso. No es ésta una sociedad condenada a la división, y ahí está el Estatuto, el Pacto de Ajuria Enea, el espíritu de Ermua, que nos demuestran el único camino viable de futuro.

Alguna conclusión habría que sacar del hecho de que precisamente el Estatuto, Ajuria Enea y Ermua sean los objetivos que el terrorismo se ha propuesto batir sin que desde el nacionalismo se ofrezca hoy ninguna resistencia. Más bien al contrario, ha sido el nacionalismo abandonando su centralidad en la vida política e institucional, el que ha hecho suyos los objetivos más radicales que pasan por desmantelar el Estatuto después de declarar su decepción, desactivar el consenso frente al terrorismo y neutralizar la movilización social en su expresión inequívoca contra ETA. A estas alturas, es insostenible presentar una opción estratégica como la que ha adoptado el nacionalismo vasco como simples gestos tácticos para favorecer el abandono de la violencia. Si esa es la intención, el error es mayúsculo.

Desbordar o deslegitimar los espacios de acuerdo no sólo es una irresponsabilidad, sino que es un fraude a los ciudadanos porque, lejos de acercarnos a la paz, reafirma en los terroristas la idea de que la violencia, o simplemente su amenaza, va a permitirles conseguir el precio político que exigen.

Yo, como muchos otros me mantengo entre los convencidos del éxito y del acierto de la apuesta estatutaria y creo haber demostrado, incluso en las condiciones políticas más difíciles y al margen de cualquier contrapartida, estar dispuesto a mantener esa apuesta mediante el diálogo y el acuerdo razonable. Mi empeño va dirigido a hacer posible el reencuentro de los vascos en el acuerdo estatutario. Es posible y es lo deseable y es la única vía real de avance, la única fórmula de estabilidad y de integración política y social.

Tal vez apostar hoy por el reencuentro en el Estatuto de los que lo han abandonado suene a casi utópico, a la vista de la radicalización del nacionalismo. Y no deja de ser, digamos que curioso, que hablar del Estatuto parezca una utopía mientras lo realista sea ahora hablar de nuevos marcos jurídicos que incluyen, por el momento, territorios de un Estado vecino y a una Comunidad Foral diferenciada como Navarra.

Vuelvo a expresar mi convicción y mi voluntad de seguir promoviendo ese reencuentro en el Estatuto, que tiene que producirse a través del diálogo democrático, del retorno al sentido común y a la realidad.

El nacionalismo, que ha gobernado las Instituciones y ha tenido un papel activo y protagonista durante todo el proceso estatutario, tiene que retomar la trayectoria que ha abandonado y replantearse, con todas sus consecuencias, una política equivocada que condiciona el cese de la violencia a la llamada «construcción nacional». Debe asumir que la paz es un derecho de todos y no la ocasión para poner en marcha una nueva mayoría nacionalista, mediante la alianza con los que se mantienen fuera de la vida de democrática, sabotean la expresión libre de la voluntad popular y se niegan a condenar las acciones criminales de una banda terrorista.

Es preciso que el nacionalismo se incorpore, con hechos y no con palabras, a un compromiso auténtico de pacificación. Esto significa, ni más ni menos, que comprometerse con la defensa de las libertades. Cuando están en juego la vida o la libertad no caben equidistancias; es preciso acabar con el lenguaje, con las actitudes, con las posiciones que exculpan de sus responsabilidades a los que atentan diariamente contra personas y bienes, desplazando la culpa de la violencia de quienes la practican a quienes la sufren, expresando estar de acuerdo con sus fines, aunque se rechacen los medios, o alegando el denominado conflicto como explicación legitimadora de la violencia del pasado, de la que sufrimos en el presente y de la que pueda venir en el futuro. Sólo de este modo, restableciendo con firmeza las exigencias democráticas y el respeto a las reglas de convivencia, es posible pensar en la verdadera normalización que anhela la sociedad vasca.

Frente a la estrategia de construción nacional, que divide y enfrenta, es preciso fortalecer una estrategia de construcción social que reconozca la realidad plural y promueva una verdadera cultura de tolerancia y respeto a los valores cívicos. Una tarea que fortalezca aquellos factores de cohesión interna que puedan ser compartidos por todos, en vez de resaltar y, peor aún, imponer un modelo político desde y para el nacionalismo.

El nacionalismo tiene que aceptar que es una expresión importante, pero sólo una expresión, entre otras, de la pluralidad vasca y aceptar con naturalidad que hay otras fórmulas, otras alternativas que pueden legítimamente abrirse paso, como de hecho ya ocurre en diferentes niveles de las Instituciones vascas.

Empieza a ser momento de recapitular. No hace falta adquirir perspectiva histórica para darse cuenta de que el País Vasco atraviesa un momento de importancia capital. A la decepción por una esperanza de paz defraudada, se une la inquietud y el desasosiego por la estrategia política adoptada por el nacionalismo contra toda la arquitectura de consenso político y social construida en los últimos veinte años, en función de un objetivo excluyente que enfrenta a los ciudadanos y divide a la sociedad. Una estrategia que el nacionalismo democrático no controla, porque la marca y la condiciona la minoría que lleva décadas combatiendo los principios y valores de la libertad y la democracia, ya sea con su actuación criminal o con su silencio cómplice.

Estoy convencido de que los ciudadanos del País Vasco no quieren ir por ese camino de retroceso, que les aleja de la paz y de la normalización. Debajo de la estridencia, del irredentismo, de los discursos rancios, de los que siguen necesitando enemigos, que buscan fabricar una España opresora, que no existe, simplemente para justificar sus frustraciones, hay una sociedad que ha dejado muy clara su naturaleza plural, su vocación de modernidad, su capacidad de iniciativa, de creación de riqueza y su voluntad de paz y estabilidad dentro del proyecto común de la España diversa y europea (...)»

La Junta Electoral prohíbe la difusión de un folleto sobre los logros de Fraga
EFE, Madrid El País 10 Febrero 2000

La Junta Electoral Central desestimó ayer los recursos presentados por la Xunta -"sin formular", explica, "ninguna alegación acerca del fondo"- y la ordenó que se abstenga de difundir antes de las elecciones del 12-M un folleto, Galicia, terceiro milenio, editado sobre los diez años de Manuel Fraga como presidente. Según ese organismo, su difusión "no constituye una campaña inaplazable por razón de salvaguarda del servicio público" y "puede incidir en la intención de voto de los electores".

La actuación de la Xunta había sido denunciada por los socialistas ante las juntas provinciales gallegas. Tres de ellas, las de A Coruña, Ourense y Pontevedra, se pronunciaron en contra de que se difundiera ahora la mencionada publicación laudatoria para Fraga y el presidente del Gobierno español, José María Aznar, también del PP. A su vez, la de Lugo se inhibió en favor de la Junta Electoral Central.

Racismo y destrucción 
Por DARÍO VALCÁRCEL ABC 10 Febrero 2000

MANIFESTACIONES en Klagenfurt, protestas en los dulces valles de Carintia; revuelta explosiva en el sur de España, donde en el curso de tres semanas, tres víctimas mueren a manos de criminales africanos; inmigrantes polacos, checos, húngaros, turcos piden trabajo en países centroeuropeos; mafias que mantienen en la ilegalidad a millares de magrebíes, con mínimos sueldos. Sobre todo ello, un estallido de odio racial. ¿Cómo a tan sólo medio siglo del holocausto judío a manos de los nazis puede revelar Europa una memoria tan corta? ¿Cómo no entender la fuerza destructora del racismo? Sabemos poco del ser humano, pero sabemos algo de su inteligencia. El cerebro avanza por caminos irregulares, pero alguien ha depositado en el espíritu, antes de que el niño cumpla seis meses, unas capacidades lógico-matemáticas, un núcleo de pensamiento que distingue al homo sapiens sapiens de las demás especies. Un grupo de antropólogos británicos explicaba la desaparición del sentido de la responsabilidad como consecuencia devastadora de la sumisión a regímenes autoritarios. ¿Hay agresividad, deseos de venganza, odio en el ejecutor del reo? «Posiblemente hay algo peor: la indiferencia con que el hombre, ciertos hombres, son capaces de renunciar a su humanidad; la tranquilidad con que esa renuncia diluye la personalidad en el orden colectivo». Esto es el fascismo: nada que ver con ideologías de izquierda o de derecha. Posiblemente no hay en el ser humano agresividad innata: es la tendencia a la absoluta integración en el grupo lo que pervierte al hombre: la renuncia al yo, la «adhesión autotrascendental a una causa», como gustaba de repetir Arthur Koestler. Hay una renuncia, cobarde por cierto, a vivir la vida como historia individual. Por eso Estados Unidos ha llegado a ser la sociedad más avanzada: 270 millones de individuos capaces de solidaridad, de sacrificio, pero individuos al fin. Cargados de responsabilidad, de originalidad, de respeto a la tradición (no hay innovación sin tradición). En el otro extremo están los gregarios manifestantes de El Ejido, masa anónima, empeñada en evitar las fotografías, encapuchados que gritan, roban y manejan el bate de beisbol.

El grupo acaba por cambiar el código de conducta del individuo y le lleva incluso a matar. El individuo renuncia a su autonomía en favor del grupo y deja de comportarse como un ser humano. Ese siniestro infantilismo integrador —volvemos a Koestler— se manifiesta en la sumisión a la autoridad del nuevo padre, la identificación incondicional al grupo, la aceptación ciega de un sistema de creencias. Hemos visto la huella de esa adhesión en los suburbios de Argel, en los pueblos guipuzcoanos, en Bosnia y en Kosovo. A pesar de los retrocesos consabidos (el régimen nazi, el Gulag estaliniano y en menor medida numérica pero no inferior miseria moral, los millares de crímenes de Pinochet y Videla) puede quizá probarse que la evolución de la especie tiende a mejorarla. Pero esa evolución necesitará quizá más de 100.000 años y por eso hay que inventar técnicas —la educación, nunca el fútbol; la lectura, jamás el imbécil concurso televisivo— para separar al hombre de su tendencia a la autodestrucción.

La demencia animal de los manifestantes de El Ejido es un síntoma de lo que guardan tantas provincias españolas en su fondo. El cretinismo de algunos columnistas que despiden «con profundo desprecio a monseñor Setién» favorece inevitablemente el empuje destructor de las masas frente a la inteligencia individual. Esas fuerzas destructoras no pueden nada contra la inteligencia organizadora, interesada en las cotizaciones de bolsa y en las posibilidades de la eternidad. En Austria, en Francia, en España, se repiten los brotes terribles. Repetimos: nada que ver con el mundo de las ideas, las ideologías, las fórmulas precocinadas de izquierda o derecha.

Los manifestantes de Klagenfurt, de El Ejido o de Toulon no saben que juegan con un volcán, con una riada de lava que borrará toda vida de la superficie terrestre.

Detenidos en Madrid tres etarras a los que la banda ordenó que no huyeran a Francia 
MADRID. D. Martínez / J. Pagola ABC 10 Febrero 2000

Tres colaboradores del «comando Vizcaya» se encuentran desde ayer detenidos, después de que uno de ellos, Gotzon Beloqui Ortuza, fuera sorprendido por la Policía en el aeropuerto de Barajas cuando pretendía huir a México, y los otros dos, Jorge Macarrón Fuentes y Roberto González Lizarraga, se entregaran en la Audiencia Nacional. ETA les había ordenado que no pasaran a Francia.

Gotzon Beloqui, Jorge Macarrón y Roberto González llevaban a cabo labores de infraestructura para el «comando Vizcaya» de Patxi Rementería y tras la desarticulación parcial de este grupo, el pasado 3 de enero, consiguieron en un principio huir, al igual que otros siete etarras.

Según fuentes de la lucha antiterrorista consultadas por ABC, al parecer los tres recibieron, tras la operación policial, instruciones de la dirección de ETA para que no se trasladaran a Francia, ya que temía que alguno de ellos estuviera vigilado por la Policía y, tras su seguimiento, quedara «quemada» la red de acogida de la banda en territorio galo o las Fuerzas de Seguridad pudieran abrir nuevas investigaciones.

El abandono a su suerte de estos tres colaboradores reflejaría, según los expertos en la lucha antiterrorista, que los dirigentes de ETA no se sienten muy seguros, sobre todo a partir de las últimas operaciones llevadas a cabo en España y Francia.

El caso es que los cabecillas de la banda criminal dieron a estos tres colaboradores dos opciones: replegarse a México o entregarse en la Audiencia Nacional. Gotzon Beloqui Ortuzar optó por la primera de las alternativas.

DE BILBAO A MADRID
A primeras horas de la mañana de ayer Beloqui tomó un vuelo con destino a Madrid desde el aeropuerto vizcaíno de Sondika, donde un día antes había estado el presidente del Gobierno, José María Aznar, visitando las obras de ampliación. Ya en el aeropuerto de Barajas iba a proceder a hacer transbordo con destino a México cuando al mediodía fue detenido por los agentes del Cuerpo Nacional de Policía.

El «laguntzaile» del «comando Vizcaya» portaba su propia documentación por lo que en el control de pasaportes los agentes comprobaron que existía una reclamación judicial por presunta colaboración con ETA por lo que procedieron a su arresto.

En este sentido, las fuentes consultadas recuerdan que hace unos días fue desmantelado el «aparato internacional» de la banda que entre sus cometidos estaba el de facilitar documentos a los huidos. En algunos casos esta documentación era «prestada» por miembros de HB o las Gestoras pro Amnistía «legales», quienes denunciaban su «pérdida» como camuflaje.

LABORES DE «LANZADERA»
Gotzon Beloqui se encargaba, entre otros cometidos, de conducir el vehículo «lanzadera» que precedía en sus desplazamientos a los «liberados» del «comando Vizcaya» para detectar posible presencia policial. En concreto, fue la avanzadilla en el traslado de armas y coches utilizados por el «comando».

Por su parte, Jorge Macarrón Fuentes y Roberto González Lizarraga se presentaron de forma voluntaria ante la Audiencia Nacional donde expresaron su intención de entregarse al saber que estaban reclamados por colaboración con banda armada. Macarrón ya había sido arrestado en otras dos ocasiones. La primera en 1984 y la segunda el 30 de marzo de 1992. En esta segunda ocasión fue acusado también de formar parte de la infraestructura del «comando Vizcaya». Tras permanecer un año en la cárcel fue absuelto y quedó en libertad.

Roberto González Lizarraga fue activista de la organización Jarrai y se presentó en junio de 1996 ante la Audiencia Nacional al conocer que era buscado por la Guardia Civil como integrante de un grupo «Y» de apoyo a ETA. Sin embargo, el juez decretó entonces su puesta en libertad.

ROBÓ EL COCHE BOMBA
González Lizarra está acusado de participar, como integrante del grupo «legal» denominado «Zirikatu» que actuaba como apoyo al «Vizcaya», en el robo del vehículo Ford Fiesta de color blanco que llevaba en su interior unos 20 kilos de explosivos y en el que consiguió huir Patxi Rementería. Con este coche los terroristas pretendían atentar contra una patrulla de la Guardia Civil. El robo del coche fue cometido el día anterior en Eibar y apareció diez días después en la localidad vizcaína de Ochandiano con veinte kilogramos de dinamita robada en el polvorín de Bretaña y un subfusil, entre otros objetos.

Al cambiar ese día el convoy de la Benemérita su itinerario los terroristas decidieron aplazar el atentado. No obstante, la Policía frustó los planes al detener al «liberado» Guillermo Merino Bilbao y a los «legales Jon Urretavizcaya, Julen Uriarte Iturriaga, Javier Cano Arce e Izaro López. Las Fuerzas de Seguridad prosiguen las labores de búsqueda de Rementería.

 

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