AGLI

Recortes de Prensa    Lunes 13 Marzo 2000
#Hundidos los nacionalistas y la izquierda
Lorenzo Contreras La Estrella 13 Marzo 2000

#Por segunda vez: La gran ilusión
José Luis Balbín La Estrella  13 Marzo 2000

#La gran victoria
Editorial ABC  13 Marzo 2000

#La agresividad de Beiras frena el impulso del BNG
IMPRESIONES El Mundo  13 Marzo 2000

#Mayoría absoluta del centro-derecha
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA  ABC  13 Marzo 2000

#Al día siguiente
ALBERTO OLIART El País  13 Marzo 2000

#El PP ocupa el centro
César Alonso de los Ríos La Estrella  13 Marzo 2000

#La Derecha rompe su techo
Editorial La Estrella 13 Marzo 2000

#En campaña
EDUARDO HARO TECGLEN El País  13 Marzo 2000

#Sábado de violencia callejera
El Mundo  13 Marzo 2000

#El antirracismo selectivo
EDUARDO GOLIGORSKY La Vanguardia 13 Marzo 2000




Hundidos los nacionalistas y la izquierda
Lorenzo Contreras La Estrella 13 Marzo 2000

Cataclismo electoral. Ni los populares más optimistas podían calcular el resultado de estas elecciones generales. Los ciudadanos votantes han barrido a todas las fuerzas políticas que mantenían cercado al PP gobernante hasta ahora. Ya no precisa el partido gobernante -el que va a serlo en proporción mayúscula a partir de hoy- la asistencia de los nacionalistas catalanes y vascos. Tampoco de los canarios. Franquicia completa para gestionar políticamente durante los próximos cuatro años.

Se ha demostrado la eficacia de la campaña electoral popular conducida por Mariano Rajoy. Con él triunfa la tecnocracia frente al mensaje ideológico. El centro-derecha se ha movilizado lo suficiente para dejar por primera vez la situación política en absoluta diafanidad.

Las elecciones del 2000 van a determinar una profunda crisis de la izquierda. Se han derrumbado los cimientos de una inteligencia verdadera y viable entre el PSOE e IU. Esto ha sido la ruina de la segunda y un auténtico descalabro para el primero.

Para Joaquín Almunia es el final. Sería impensable su continuídad al frente de la secretaría general del PSOE. Y si apuramos la interpretación, hasta se desinfla el mito González. El líder en la sombra se comprometió excesivamente en estos resultados mediante una intensa participación durante la precampaña y la campaña electoral. En realidad, ha sido el gran derrotado, con unas consecuencias políticas de signo personal que difícilmente pueden ser ignoradas.

Una gran crisis se abre en el seno de las distintas formaciones políticas. Sólo ETA se yergue en el horizonte, ahora más que nunca, como la gran amenaza.

Por segunda vez: La gran ilusión
José Luis Balbín La Estrella  13 Marzo 2000

De todos los aspectos de los resultados electorales a analizar, quédense los más obvios para la información inmediata y para los especialistas, que yo no lo soy. Hay dos que a alguien le pudieran parecer secundarios, o también obvios, decisivos para mí.

El primero, que los nacionalistas ya no son inevitables para gobernar a la nación. Se acabó el chantaje. Se acabó que minorías sectoriales o territoriales impongan sus intereses sobre el bien general. Es la segunda vez que ocurre. Sucedió en 1982, cuando una cantidad insospechada de millones de españoles se lanzó a las urnas, y después a las calles, para celebrar la esperanza de que un amago de democracia -a cuyos organizadores tampoco hay que restarles mérito, dadas las circunstancias anteriores- pudiera convertirse en la primera democracia real de España. Nunca había sido tan mayoritaria la ilusión de los españoles demócratas, ni tanta la decepción siguiente, consecuencia de un empecinamiento inesperado de los destinatarios de aquella confianza, digno de más nobles empresas. Fue el hundimiento constante en la ciénaga, reiterativo, incluso chulesco, ante los ojos atónitos de sus electores, que una y otra vez concedían de nuevo la oportunidad, creyendo que era equivocación ingenua de sus elegidos, no una manera profunda de ser.

El Partido Popular llegó hace cuatro años, por el contrario, como a regañadientes. Prometió profunda renovación democrática. Pues no. Ahí están los malos ejemplos de las televisiones públicas, de la entrega a los imperialismos mediáticos, de ciertas corruptelas, del trágala nacionalista. Pero nada de ello resultaba comparable a la catástrofe democrática de sus predecesores. Por otra parte, también tenían razón en cuanto a la hipoteca que se veían obligados a pagar a algunos acreedores, por los apoyos correspondientes. Al fin y al cabo, eran los electores quienes habían decidido no darles margen para ello y la excusa consiguiente. El caso es que la reforma en profundidad no llegó. Ahora ya no habrá disculpa. Y sin que sea necesario recurrir al despotismo anterior. Tampoco es eso. Los nacionalismos deben tener su sitio -y el Senado, entre otras reformas posibles, puede ser una mina para conseguirlo-, pero no usurpar el de los demás.

El segundo aspecto para mi decisivo, es el del fin posible del "felipismo". En su momento, faltó poco para elevar a Felipe a los altares políticos. Había motivos o, por los menos, indicios de tal posibilidad. Y, sin embargo, fue la ciénaga. Más pronto que tarde, al felipismo se le vieron "maneras": maneras dictatoriales, inspiradas en nuestra historia triste; maneras maniqueas, traicionando a sus bases ideológicas, pretendiendo ser de izquierdas, de derechas, de centro -es decir, él y sólo él-, como todos los tiranos que en el mundo son; maneras persecutorias, felizmente no completadas, porque se le acabó a tiempo el tiempo y porque, mal que bien, había una Constitución. Persiguió a tirios y troyanos, también a los suyos (a Alonso Puerta, a Pablo Castellanos, a Luis Gómez Llorente),  a los que denunciaban cesarismo y corrupción. Casi paralelamente, reclutaba a todos los traidores de otros partidos, para humillarlos inmediatamente después, o para introducirlos en la cadena de los tráficos de influencia y corrupción en general, que parecía proteger hasta la aparente complicidad. Se puede mentir a todos una vez, o a uno siempre; pero no a todos todas las veces. En las anteriores elecciones generales todavía había muchos que se negaron a ver la infamia. Ahora parece que la venda cayó.

José María Azanr está en una posición inmejorable para recuperar la antorcha. Los resultados de ayer prueban que los electores son buenos vasallos y que buscan un buen señor, al margen de las siglas partidistas. Ha prometido reformas democráticas en profundidad, dice desear un pacto de Estado para conseguirlo: la ley electoral, la de financiación de los partidos políticos, la pluralidad informativa, las televisiones públicas... Confiemos en que no defraude. Estamos más escaldados que antes. Por segunda vez, para muchos es la gran ilusión.

La gran victoria 
Editorial ABC  13 Marzo 2000

EL 12-M marcará en la historia de la democracia española el inicio de la definitiva consolidación de un nuevo centro-derecha homologable con las formaciones populares europeas de mayor tradición. La confianza de los ciudadanos en José María Aznar se ha traducido en la concesión de una mayoría absoluta parlamentaria, la primera que recibe una formación de centro-derecha en España desde la recuperación de la democracia, lo que confiere a los resultados de ayer el doble valor de la apuesta inequívoca por el programa del Partido Popular y del deseo de una legislatura estable, sin sobresaltos ni precariedades, pero que también ha de mantener el diálogo y la integración como puntos de referencia.

Las razones de este éxito no se encuentran sólo en una campaña electoral bien dirigida, jalonada con propuestas constructivas y expresada con mensajes que han generado una ilusión y una esperanza similar a la que llevó a los socialistas al poder en 1982. Las principales razones de la victoria de José María Aznar se hallan en los cuatro años de un Gobierno eficaz en la gestión de los asuntos públicos, constructivo e integrador en las relaciones con los nacionalismos democráticos, con una notable capacidad para alcanzar acuerdos y moderado, que no débil, en la realización de reformas y cambios.

Frente a la solidez del balance que José María Aznar presentaba al juicio electoral de los ciudadanos, el Partido Socialista ofrecía una prolongación de la caótica situación que comenzó la «dulce» derrota de 1996. A los votantes no les ha convencido un partido que improvisó en pocos días todo un acuerdo de gobierno con una izquierda pura y dura, aún sin pasar por el reciclaje de los nuevos tiempos. Tampoco les ha convencido un candidato que fue repudiado en las primarias de su partido que él mismo organizó ni les ha atraído la posibilidad de un gobierno nacional paralelo a gobiernos autonómicos y locales pactados con formaciones independentistas.

EL destino ha sido implacable con Almunia, víctima de sus dos grandes ideas —las primarias y el pacto con Izquierda Unida— como líder de una izquierda que ya no cree en sí misma. Por esta razón, la dimisión de Joaquín Almunia era absolutamente inevitable a tenor de la contundente derrota electoral. Sin embargo, no es el fiel reflejo del fracaso colectivo del socialismo español, cuya responsabilidad es compartida por muchos que ahora buscarán chivos expiatorios dentro y fuera de sus filas. Es probable que en los próximos días la principal preocupación de los líderes socialistas sea culpar a IU del fracaso del pacto y buscar mensajes de consolación. Pero la realidad les impone una renovación de personas y de ideas, que será imposible si la dirigen los mismos que han llevado al PSOE a un fracaso ni siquiera precedible por la más pesimista de las encuestas. La salida de Felipe González de la Secretaría General, a hurtadillas y casi por la puerta de atrás, supuso un cierre en falso de una crisis que ha permanecido latente durante los cuatro años del Gobierno del PP. Tendrán que asumir que hoy la sociedad española ha rechazado al socialismo como opción de gobierno y ha castigado su labor de oposición.

LA derrota socialista es un factor que aumenta la responsabilidad que tendrá el nuevo Gobierno de José María Aznar de administrar su mayoría absoluta con los criterios de moderación y eficacia que le han dado los 183 escaños. Es la ocasión de articular una opción de centro-derecha estable en la que ha de contar con los nacionalismos democráticos, especialmente el catalán y el canario, que durante estos cuatro años aseguraron la estabilidad de su Gobierno. El reformismo centrista impulsado por el Partido Popular tenía que superar la prueba de la coordinación con las fuerzas nacionalistas y lo ha hecho pese a los mensajes amenazantes lanzados desde las filas socialistas. Para el otro nacionalismo, el vasco, también se abre un período de decisiones inaplazables, siendo la primera de ellas la redefinición de sus alianzas, tras unos resultados muy esclarecedores sobre la verdadera correlación de fuerzas en el País Vasco. El aumento de su representación parlamentaria es resultado directo de la abstención defendida por Herri Batasuna y queda absolutamente ensombrecido por el aumento del Partido Popular hasta provocar una equiparación absoluta de escaños —siete— y una aproximación sensible de votos recibidos. El PNV se adentra en una situación de pobreza política sin precedentes, ahogado en el charco en que se ha convertido el pacto de Estella y descolgado de una colaboración parlamentaria con el Gobierno, que le confería un protagonismo dilapidado de forma absurda.

PERO las urnas no sólo han confirmado las bondades de una determinada forma de hacer la política. Han servido para demostrar que a la nueva sociedad española, representada por los más de dos millones de jóvenes que votaban por vez primera, no le sirven ya los viejos estereotipos fantasmales de la derecha que Joaquín Almunia y sus asesores propalaron durante la campaña. Existe realmente esa nueva sociedad española, que Aznar ha sabido constatar con mucha mayor precisión que el socialismo, quizá porque mientras sus dirigentes estaban confiados únicamente en que el miedo a la derecha volvería a funcionar como reclamo electoral, los populares se han aplicado a unos diagnósticos más realistas de la sociedad. Y en ella han calado unos mensajes basados en la esperanza para el futuro a partir de la confianza en los propios ciudadanos. Aznar ofreció ayer, en sus primeras palabras tras la victoria, diálogo, acuerdos y colaboración a todas las fuerzas políticas y sociales. Ese debe ser el camino a seguir en estos cuatro años.

Este es el acierto del Partido Popular y, particularmente, de José María Aznar: haber cogido el pulso vital de la realidad española y estimularlo con unas propuestas electorales que la enfrentan directamente con un siglo XXI a cuyas puertas se presente la posibilidad real de que España alcance los niveles de desarrollo económico, social y cultural de los países más avanzados de Europa.

PARA lograrlo será imprescindible una legislatura de fuertes contenidos políticos y de una gestión que aborde las transformaciones precisas para que la sociedad española no pierda más trenes en el viaje por la Historia. Las urnas han querido que sea José María Aznar quien, al frente del Gobierno del PP, asuma, con mayoría absoluta, la responsabilidad de esta tarea.

La agresividad de Beiras frena el impulso del BNG
IMPRESIONES El Mundo  13 Marzo 2000

Si el escrutinio desmintió al alza los vaticinios de los sondeos (incluso los hechos a la salida de las urnas) referidos al PP, todo lo contrario le ocurrió al Bloque Nacionalista Galego, que de soñar con seis escaños y grupo parlamentario propio, se encontró con sólo tres, uno más que en 1996 pero muy lejos de la soñada reafirmación como segunda fuerza en Galicia. Es muy posible que la causa sea la desconfianza creada entre el electorado gallego por la campaña desaforadamente agresiva de su dirigente, Xosé Manuel Beiras. La apuesta por la radicalización ha chocado frontalmente con un ambiente general de moderación -tanto en lo que se refiere a las reivindicaciones nacionalistas como a los planteamientos económicos-, que es el que ha predominado en todo el país. El Bloque deberá extraer las lecciones oportunas de lo que para él es, pese a su ligero avance, una decepción.

Mayoría absoluta del centro-derecha 
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA  ABC  13 Marzo 2000

EL centro-derecha ha obtenido su primera mayoría absoluta desde el comienzo de la transición. Las urnas tienen razones que el voluntarismo partidista ignora. Si hay que hablar de vencedores, debe invocarse al pueblo español, a la Constitución y a las libertades. Si hay que hablar de éxito, hay que mencionar a Aznar y al Partido Popular. Si hay que hablar de fracaso, cabe referirse al PSOE. Si hay que hablar de derrota cívica y moral, es ineludible mencionar a ETA y a EH, patrocinadores armados de la abstención. Si hay que hablar de mérito cívico, debe reconocerse el voto amenazado de los vascos no nacionalistas.

El PP ha visto convertidos en votos los aciertos de una gestión que, a favor de la coyuntura pero no sólo gracias a ella, ha situado a España en la vanguardia económica de la Unión Europea. También ve recompensada la legislatura más larga y estable de la democracia española, presidida por la recuperación de la normalidad institucional y el sosiego, y por una notable capacidad de diálogo y negociación. Algunos errores e insuficiencias y la limitada capacidad para generar nuevos proyectos no han impedido la obtención de la mayoría absoluta. Los índices de participación y la incorporación del nuevo voto joven también le han favorecido. El pueblo español ha respaldado la continuidad del proyecto de centro-derecha del PP. Su reto es ahora no dilapidar la confianza ni anegar la esperanza y eludir la tentación del rodillo.

La izquierda ha pagado sus errores, que hay que cargar, principalmente, sobre las espaldas del PSOE. Los dirigentes socialistas se ha equivocado en el tono de una campaña tremendista, carente de sintonía con la percepción que la mayoría de los ciudadanos tienen de la situación de España. Las descalificaciones, las amenazas sobre los presuntos peligros que pesarían sobre la democracia española en caso de una victoria del PP y su imprudente invocación de una corrupción, existente pero muy menguante y casi nimia si se compara con la de los últimos años de gobierno socialista, han obtenido un rotundo veredicto en las urnas. El PSOE ha dado casi una lección de cómo se puede malgastar el crédito de la oposición. Pero quizá peor que la campaña ha sido la falta de regeneración y de renovación internas después de su terrible trienio. El socialismo democrático y, por lo tanto, la democracia española, necesitan la recuperación del PSOE. La dimisión de Almunia debe servir para abrir el camino. El pacto con IU no ha hecho sino contribuir al caos y ha desorientado al electorado de izquierdas y, probablemente, ha favorecido su abstencionismo. Su sólido suelo electoral de fidelidades y adhesiones no ha impedido esta vez el fracaso. Se revela así la escasa capacidad taumatúrgica del vocablo «progresismo» por sí solo.

El nacionalismo catalán, aunque ya no es necesario para garantizar la «gobernabilidad» y no puede continuar exigiendo el pago de onerosos peajes, debe seguir participando, con su apoyo parlamentario, en el Gobierno de la Nación. En el País Vasco, el ligero ascenso del PNV se nutre, casi con seguridad, de las filas abandonadas del nacionalismo radical. Casi igualado por el PP, su actual proyecto político, para bien de España, carece de futuro. Todo esto con independencia de que el voto vasco no haya estado libre de miedos y coacciones.

Quizá no sea impertinente añadir que algunos medios de comunicación, abonados al partidismo más sectario, y con ciertas inclinaciones a rebasar su condición de testigos y opinantes para adquirir la de árbitros y aún jugadores, no deberían dejar de extraer conclusiones. Existen en España más ideas y ciudadanos de los que sueña su claustrofobia.

Al día siguiente
ALBERTO OLIART El País  13 Marzo 2000

El día siguiente al de las elecciones, el Gobierno que se forme se encontrará sobre la mesa viejos y nuevos problemas por resolver. El tema de la justicia, ¡tan importante en este Estado de Derecho!, el del agua, porque España es un país seco y amenazado de desertización en vastas áreas; la educación, que en este siglo XXI va a ser la clave del desarrollo de los países y, desde luego, del nuestro, en una época de rapidísimos cambios tecnológicos y científicos; el desarrollo de nuestra investigación científica básica, que todavía hoy, pese a los esfuerzos está insuficientemente dotada; y también otros problemas. Pero entre todos, como problema político, el número uno, a mi juicio, es el de las reivindicaciones nacionalistas de los catalanes; la fuerza creciente del nacionalismo gallego; el problema del dramático independentismo que ahora enarbola el Partido Nacionalista Vasco.

Reivindicaciones que se plantean a partir de la estructuración política-territorial del Estado español, como el Estado de las Autonomías. Después de veintiún años, las autonomías, todas las autonomías, son una realidad operativa plenamente afianzada; y, en muchos casos, esa organización político-administrativa, ha desarrollado un fuerte espíritu regional, en regiones en las que no existía o estaba en estado de latencia.

El título VIII de la Constitución no preveía la coordinación de la actuación política y administrativas de las Comunidades Autónomas entre sí, ni con el Estado en la toma de decisiones. Las Leyes marcos, o básicas, no son ni suficientes ni plenamente eficaces para obtener una cierta coordinación entre las Comunidades Autónomas.

Ha faltado y falta, establecer con carácter periódico y permanente reuniones de trabajo de los consejeros responsables de cada área de Gobierno de las Comunidades Autónomas con el ministro competente del Gobierno Central. Y han faltado y faltan fluidos y permanentes despachos del presidente del Gobierno con los presidentes de las Comunidades.

Sobre todo sigue pendiente, la reforma siempre anunciada y siempre aplazada, para convertir el Senado en una auténtica cámara territorial de tipo legislativo, en la que las Comunidades Autónomas puedan dialogar, discutir y adoptar decisiones en aquellos asuntos y materias que les afectan como tales Comunidades Autónomas.

Para las reformas necesarias de nuestro Estado autonómico es preciso tener claros los objetivos que se persiguen y los medios para alcanzarlos. Parece que podría ser eficaz que una comisión de expertos independientes preparara un informe que analizara los defectos y logros de la situación actual y propusiese las soluciones técnicas para remediar los primeros y afianzar los segundos. Una Comisión, como las Comisiones Reales inglesas, por ejemplo, que no sólo ilustran a los políticos y al Gobierno, sino también a todos los ciudadanos.

Está claro que las reformas constitucionales, a que diera lugar, la revisión y mejora de nuestro Estado de Autonomías, no resolvería, por sí sola, el problema de los nacionalismos catalán y gallego, y menos el que plantea el nacionalismo independentista vasco. Porque el nacionalismo es, ante todo, un sentimiento, una pasión, que desborda la racionalización y mejora de procedimientos y estructuras políticas o administrativas. Pero la mejora en la coordinación de las Autonomías, el crear cauces que prepararan soluciones parciales o totales a sus reivindicaciones, dentro de un contexto constitucional reinterpretado y, si hiciera falta, reformado, es previsible que aminorara tensiones y recelos, y, aparte de hacer funcionar mejor al Estado en su conjunto, creara el clima de diálogo en el que encontraran solución, muchas, si no todas, de las reivindicaciones nacionalistas. No se puede olvidar que dado el texto del artículo 150.2 de la Constitución, en este tema de las Autonomías, el texto constitucional es un texto abierto.

En cualquier caso, algo hay que hacer. La prudencia necesaria, no es igual al inmovilismo y si el paso del tiempo soluciona algunos problemas, a otros los hace insolubles y mortales. La España de las Autonomías necesita una puesta a punto para corregir los defectos que se han puesto de manifiesto, y a través de las instituciones que institucionalizan el diálogo democrático hay que discutir los problemas que los nacionalismos históricos plantean. Sólo lo que es capaz de transformarse y adaptarse, perdura. Hay que seguir construyendo y adaptando la España plural y descentralizada a las fuerzas y realidades que se pusieron en marcha con la Constitución de 1978 y la aprobación de los Estatutos.

Y hay que hacerlo buscando el consenso de todas las fuerzas políticas, como se hizo en 1977 y 1978, y además, como también entonces se logró, buscando el consenso mayoritario de todos los ciudadanos. Si lo conseguimos, tanto los que hoy no se sienten españoles, como los que el serlo constituye la clave de nuestra identidad, podemos primero respetarnos y después, dentro de cada espacio político, físico y cultural, vivir, juntos en libertad. Y vivir juntos dentro de la Europa democrática a la que pertenecemos. Alberto Oliart es ex ministro de la UCD

El PP ocupa el centro
César Alonso de los Ríos La Estrella  13 Marzo 2000

Los resultados de las elecciones han desbordado todas las previsiones de los ganadores y perdedores que deberían  merecer un análisis pormenorizado.

A mí me ha llamado la atención los argumentos que oía con frecuencia. La calle solía decir que por qué razón podría perder el PP después de cuatro años de Gobierno. Por un lado, veíamos un partido con una gestión brillante en el ámbito económico y al menos discreta en otras materias; que ha hecho una política nacional y antiterrorista muy necesaria: lo que la gran mayoría de los españoles han estado esperando. La gente no veía razón ninguna para que el PP fuera sustituido. No se veía necesidad de alternativa. El PP lo ha reflejado en las urnas atrayendo parte del electorado y ha recogido el centro político, que se albergaba en el PSOE, y sin duda ninguna   también a significativas personalidades de izquierda de este país

Por otro lado, estos resultados demuestran lo que habíamos dicho diversos comentaristas políticos: que la unión de la izquierda fracasó por oportunista, ya que nunca supo sustanciar un programa común. El PSOE ha despreciado sistemáticamente a la opinión pública; no tuvo en cuenta el clamor crítico que se levantó con el pacto de la izquierda.

En la explicación de los resultados hay dos causas. Mientras el PP lanzaba consignas de racionalidad, el PSOE ha mostrado las contradicciones ideológicas a los largo de la campaña con su pacto con IU, que desprendían sensación de caos y oportunismo en las soluciones que no podía dejar de observar la gente. El mensaje del PP, con una gestión clara, contrasta con unas promesas socialistas que desprendían intranquilidad  y que son las causa del triunfo de Aznar y de la derrota de Almunia.

Otra causa, mantenida por muchos analistas políticos, es el error del PSOE en el tratamiento de los nacionalismos. Así el BNG, en Galicia, ha copado los votos del PSOE, mientras en el País Vasco el partido dirigido por Almunia ha quedado con escasa representación y el Partido Popular ha subido, porque tiene clara la política que hay que realizar.

La Derecha rompe su techo
Editorial La Estrella 13 Marzo 2000
E
l PP que viene de la Alianza Popular, después de pasar unos años y refundir los restos de la UCD, ha conseguido en estas elecciones romper el techo máximo tradicional del centro derecha español, pasando de la barrera de los 168 escaños que la UCD alcanzó en 1979, en su momento estelar. Y lo curioso de este resultado ha sido que el PP ha subido sin que sus compañeros del centro derecha nacionalista, los PNV, CiU, CC y regionalistas hayan perdido, a su vez, terreno. La victoria de la derecha se ha cebado y montado esta vez sobre el voto de la izquierda que sufrió un retroceso general en el PSOE e IU.

Esto quiere decir que la derecha española empieza a romper con los atavismos del pasado y que las nuevas generaciones están mas cerca del centro liberal que de una izquierda tradicional, como la que Almunia y Frutos han querido vender en la pasada campaña electoral, sin ofrecer programas concretos económicos y sociales de futuro como los que si ha ofrecido el PP al conjunto del electorado.

Ha sido pues la batalla de la buena gestión y de la oferta de un futuro concreto y esperanzador la que ha movilizado a la mayoría de los electores en favor del PP, mientras en la izquierda se quedaban con un discurso ideológico y trasnochado que no sigue el ritmo de la modernidad y la globalización.

El PP ha roto su techo y el PSOE, por el contrario (como IU) han roto su suelo electoral hacia abajo, sobre todo en comparación con las elecciones de 1996. Una caída muy fuerte y dolorosa para ellos que les obligará a una reforma en profundidad y a una renovación casi total de ideas y personas si quieren recuperar el pulso y mantener contacto con las nuevas generaciones y la modernidad.

Pero la novedad no está sólo en la ruptura de dicho techo, ni en la victoria absoluta del PP. Sino que nos lleva a una profunda crisis de la izquierda española en general y a la salida de los partidos nacionalistas de la zona de influencia del gobierno de Madrid. Lo que sin duda permitirá una reconstrucción del mapa  territorial español, al margen de las presiones y las escapadas del marco constitucional que en pasados años, propiciaron PNV y CiU, ejerciendo presiones sobre los gobiernos minoritarios de Madrid.

Empieza pues toda una nueva etapa de la vida política nacional con el nuevo siglo. Tenemos una derecha más centrada y con apoyo de las nuevas generaciones, una izquierda en proceso de revisión casi total y unos nacionalismos que deberán templar a partir de ahora sus exigencias y proyectos si no quieren empezar a perder en sus propios territorios presencia política y notoriedad. Y tendremos que ver la experiencia de un gobierno de la derecha con mayoría absoluta a ver cómo nos va. Experiencia inédita en la reciente vida democrática española que suscita sospechas y temores y que solo el tiempo dirá si discurre por vías democráticas o si camina por senderos de autoridad.

En campaña
EDUARDO HARO TECGLEN El País  13 Marzo 2000

Hoy comienza la nueva campaña electoral. La democracia se ha convertido en una propaganda continua, de la que a veces el ciudadano obtiene algún beneficio y se resigna -o no- a alguna pérdida. Normalmente, son los mismos grupos los que ganan y los mismos los que pierden, aunque las alteraciones oposición/poder permiten unos primeros tiempos en los que algunos perdedores regresan. Vargas Llosa acaba de decir que la imperfección de la democracia es lo que nos hace luchar por ella (acaba de publicar un libro en Alfaguara contra una dictadura: la de Trujillo), que es algo que he dicho siempre: la democracia es una aspiración del tipo de la libertad o la felicidad, y se trata de que evolucione hacia mejor. Va al contrario. La democracia es un imaginario, como se dice ahora, de la izquierda. Una oposición a la autocracia, que se llamaba monarquía, aristocracia, y luego se llamó burguesía, capital. Una ecuación simple: el pueblo unido superaba al autócrata y su cámara, equilibraba la riqueza de uno con la unión de todos, y se cotizaba en partidos para que las distintas afinidades de intereses se expresasen y equilibrasen. Cuando la derecha vio que eso iba a suceder, se insertó en la democracia, creó sus partidos, se infiltró en los otros, inventó periódicos, y trató de seguir gobernando. Pasemos a otras páginas de este periódico para una rápida comprobación: no sólo a las electorales: más bien, a las de economía. Alguna izquierda pensó que había que hacer lo mismo, sólo que al revés: entrar en la piel de la dictadura. Desde que lo inició la dictadura democratizada luchó contra ella para empobrecerla y derribarla. Así fue.

No pretendo hacer en treinta líneas la historia de dos siglos europeos, y muy americanos, y sus países satélites. Es una explicación del día de hoy: y de los cuatro años que quedan por venir hasta el nuevo teatro. No sin antes encontrarnos con docenas de elecciones más: autonómicas, municipales, europeas. Otra manera de anegar las democracias: cuanta más extensión, menos intensidad. Cuanto más división en asuntos ajenos a las clases -sexismo, edad, razas, gremios, religiones, nacionalismos, colegios privados, públicos o semipúblicos, consumidores de distintos consumos, especialistas, familias- menos izquierda habrá, más derecha llenará la democracia.

Sábado de violencia callejera
El Mundo  13 Marzo 2000

Varios incidentes se produjeron a última hora de la noche del sábado en el País Vasco. Un grupo de desconocidos lanzó un cóctel molotov contra un transformador de Iberdrola en Portugalete, otro grupo hizo lo propio contra edificios de Hacienda y del Inem en San Sebastián y uno más atacó el vehículo particular de la candidata número dos del PNV al Congreso por Alava. En la fotografía, dos ciudadanos donostiarras observan los desperfectos producidos en la oficina del Inem.

El antirracismo selectivo
ES POSIBLE que los "talibanes", que son "el poder en la sombra", representen
un  peligro latente
EDUARDO GOLIGORSKY La Vanguardia 13 Marzo 2000

Según el cronista de la "La Vanguardia", algunos asistentes a la marcha antirracista que se celebró en Barcelona el 20 de febrero "lamentaron que SOS Racisme recalcara tanto los graves sucesos de El Ejido y el pacto de gobierno con la derecha más ultramontana en Austria, pero obviara incidentes mucho más cercanos, como los de Ca n'Anglada, Banyoles o Premià de Mar". Este contraste entre las denuncias contundentes y los silencios cómplices es el que justifica la sospecha de que el antirracismo selectivo de muchas ONG y de muchos políticos y formadores de opinión oculta motivaciones sectarias inconfesables. Las cosas serían muy distintas si todos los implicados se ciñeran al sabio aserto de una pancarta exhibida en la misma manifestación: "No hay razas sobre la Tierra, sólo existe la raza humana".

Si los que se dicen antirracistas lo fuesen de veras, su bestia negra sería el nacionalismo étnico vasco, cuya ideología discriminatoria se nutre en las torpes lucubraciones de Sabino Arana, en tanto que sus operativos callejeros, teñidos de
leninismo, corren por cuenta de los asesinos etarras y de los "chicos de la gasolina" (Arzalluz dixit): los violentos sacuden el árbol y los "moderados" recogen los frutos. En Euskadi, la persecución contra los que un diputado del PNV llamó
"ratas españolas que invadieron Ermua" supera con creces, por su duración e intensidad, a la que han padecido los magrebíes de El Ejido. El número de ataques del entorno de ETA contra adversarios ideológicos aumentó durante 1999 un 82% con respecto al año precedente y estuvieron concentrados en miembros del PP y el PSOE. Los radicales ahora queman... más casas de concejales, negocios o sedes de estos partidos. El año pasado fueron 91 los actos de violencia física, sin contar los pasquines amenazadores, las concentraciones frente a los domicilios de cargos públicos o las cartas y llamadas telefónicas intimidatorias" ("La Vanguardia", 20/II/2000). Aunque la especialidad de ETA sigue siendo la de siempre: asesinar y asesinar.

Los antirracistas selectivos procuran no irritar a estos vánda-los que actúan ante la mirada im-pasible de los etnocentristas del PNV y de su policía autonómica, como denunciara el asesinado Fernando Buesa. Tiene sobrada razón el editorial de "La
Vanguardia" (21/II/2000): "Lo que hace daño a Euskadi no es una denuncia (del Foro de Ermua) ante el Parlamento Europeo. Lo que hace daño es el clima de intimidación y violencia que sufren sus ciudadanos por parte de una organización
que, cuando no mata, sigue utilizando el terrorismo de baja intensidad para conseguir sus objetivos".

Afortunadamente, Convergència i Unió tiene bajo control, a diferencia del Partido Nacionalista Vasco, los virus etnocéntricos que infectan las raíces de todo nacionalismo identitario, aunque es posible que los "talibanes" que según José
Martí Gómez (17/II/2000) son "el poder en la sombra" representen un peligro latente. Pienso también en los energúmenos que impidieron hablar, en la Universitat de Barcelona, a Francesc de Carreras, Jon Juaristi y Aleix Vidal-Quadras.Será útil leer, en este contexto, el libro "Malalts de passat" (Laertes, 2000), donde Miquel Porta Perales, un "inclemente analista y panfletista muy informado" y dotado de "coraje político", según Baltasar Porcel (21/II/2000), rastrea numerosas invocaciones a la raza, el "Volkgeist" y las virtudes étnicas en los escritos de sobresalientes figuras del nacionalismo catalán, desde la Renaixença hasta nuestros días. Desde Josep Torras i Bages ("una raza fuerte, sensata y activa") hasta Josep-Lluís Carod Rovira ("unidad de cultura, de sangre, de espíritu, una raza en el sentido antropológico"), pasando por Jaume Collell, Víctor Balaguer, Josep Pou i Batlle, Josep A. Vandellós, Carles Pi i Sunyer, Josep Ferrater Mora, Josep Trueta, JaumeVicens Vives, Josep Benet, Jordi Pujol, Josep Miró i Ardèvol y muchos otros. Para que los antirracistas
selectivos se enteren de que en todas partes hay "malalts de passat" que se empeñan en ensanchar la brecha que separa a "ellos" de "nosotros". EDUARDO GOLIGORSKY, escritor

 

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