AGLI

Recortes de Prensa    Martes 14  Marzo 2000
#Estella, nuevo fracaso
Editorial ABC 14 Marzo 200

#España en una nueva era
José Antonio Zarzalejos Director de ABC 14 Marzo 2000

#Asesores de lujo para centrar al PP
XAVIER VIDAL-FOLCH El País 14 Marzo 2000

#Que no pierda la E
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 14 Marzo 2000

#El gran salto del PP en el País Vasco
José Alejandro VARA ABC 14 Marzo 2000

#Fronteras permeables
Editorial El País 14 Marzo 2000

Estella, nuevo fracaso 
Editorial ABC 14 Marzo 2000

TRAS el 12-M, se ha impuesto en el País Vasco, por la libre voluntad de sus ciudadanos, un escenario político en el que comienza a desmontarse de forma evidente la hegemonía del nacionalismo. Los resultados electorales podrán matizarse por la abstención de Herri Batasuna, que ha incidido fundamentalmente en la redistribución del voto entre las formaciones nacionalistas. Pero esa abstención —el 35,52 por ciento— no distorsiona los perfiles de unos resultados que establecen una nueva correlación de fuerzas de la que se han de extraer forzosamente conclusiones y criterios de actuación. El Partido Popular recibe casi noventa mil votos más, situándose a veinticinco mil del Partido Nacionalista Vasco; aumenta su representación con dos escaños más, empatando con el PNV; y se convierte, como anunció Aznar en su discurso del Palacio de Euskalduna, en una opción de gobierno para el País Vasco, con el 28,24 por ciento de los sufragios. Por su parte, el PNV recoge el fruto de la proporcionalidad —aunque paradójicamente sea desproporcionado— al lograr dos escaños con un incremento de sólo treinta mil votos, procedentes del electorado de EH/HB y de los más de diecisiete mil votos perdidos por Eusko Alkartasuna. Para el PSOE, el País Vasco ha reflejado también el retroceso producido a nivel nacional, si bien por razones distintas, al perder un escaño y más de treinta mil votos.

Una primera conclusión es que los partidos no nacionalistas que han obtenido representación parlamentaria suman más del 50 por ciento de los votos y cuatro escaños más que el bloque PNV-EA. Por tanto, Estella ha vuelto a fracasar en el refrendo electoral, lo que unido a la mayoría absoluta del PP deja al PNV con muy poco que ofrecer a la sociedad vasca en Vitoria y en Madrid para la solución de lo que llaman «conflicto vasco». La debilidad del Partido Socialista de Euskadi no le permite acudir en auxilio del «lendakari» Ibarretxe para salvar su Gobierno, salvo que asuma el riesgo de volver a ser castigado aún más por las urnas.

Durante mucho tiempo, los socialistas han jugado con la ambigüedad frente al nacionalismo, actuando como si Estella no existiera o fuera menos peligroso de lo que parecía, queriendo situarse como amigables componedores entre el PNV y el PP y mantener vivos los contactos con Sabin Etxea para asegurarse su apoyo en un pacto de legislatura que ya no se producirá. El socialismo ha pagado la confusión que ha provocado y la falta de firmeza que le pedía su electorado natural, la sociedad no nacionalista que no ha entendido la condescendencia hacia el PNV, finalmente mejor y más representada por la coherencia del Partido Popular. El electorado no nacionalista se ha sentido atraído y respaldado por los mensajes claros del presidente Aznar en defensa del Estatuto y de la Constitución Española, santo y seña de sus discursos en el País Vasco, especialmente el que pronunció en la Sociedad «El Sitio» de Bilbao. El éxito de José María Aznar ha consistido en dar a esos ciudadanos vascos no nacionalistas el estímulo político necesario para superar sus prevenciones tradicionales frente al nacionalismo y traducir en votos una actitud de resignación fatal que ha llegado a su fin.

En estas condiciones una convocatoria anticipada de elecciones es la salida lógica a una situación en la que han variado sustancialmente las coordenadas de la correlación social de las fuerzas políticas, resultantes de las elecciones autonómicas de octubre de 1998. Es absurdo persistir en el mantenimiento de un gobierno minoritario, dirigido por un «lendakari» desbordado por los acontecimientos y privado de autonomía y de autoridad por su partido. La responsabilidad del socialismo es, a partir de ahora, no maquillar esta situación en función de sus intereses de partido. Los resultados del 12-M, unidos a los obtenidos por los partidos no nacionalistas en las elecciones municipales de junio del pasado año, permiten afirmar que el actual Parlamento vasco refleja una realidad social y política superada.

España en una nueva era 
José Antonio Zarzalejos Director de ABC 14 Marzo 2000

LAS democracias amojonan su historia con hitos que acaecen, en ocasiones, inesperadamente. España se introdujo el pasado domingo en una nueva era sin que apenas los españoles nos dierámos cuenta. Tuvieron que ser los anglosajones los que advirtieran que nuestros país se adentraba en un «nuevo siglo de oro» («The Economist»), para que en estos lares reparásemos en el verdadero pulso nacional. «Su país -España- ha cambiado profundamente para mejor», sostenía la acreditada publicación británica, mientras una izquierda confusa, precipitadada y anacrónica se retrotraía a los ochenta con un mensaje ininteligible para una sociedad que se percibía gobernada en libertad por una derecha democrática que había interiorizado la legitimidad que los avatares de este siglo, a modo de pesada e injusta herencia, trataban de regatearle. Los «progresistas» no leyeron con perspicacia a Jean-Francois Revel en ABC: «España ha consumado una doble victoria, contra el franquismo y su herencia y contra la izquierda comunista». Pero el autor de «La gran parada» sostenía, además, otra tesis sin cuya consideración no puede entenderse la razón por la que España atravesó el domingo el umbral de una nueva época: «La izquierda intelectual europea se niega a sacar todas las consecuencias del hundimiento del comunismo» afirmaba, también en este periódico, el pensador galo. La correcta concatenación de ambas opiniones de Revel ayudaría a comprender los últimos y radicales significados de los resultados electorales del pasado domingo. Se superó el franquismo; se superó el comunismo como permanentes fetiches hispánicos.

Si la arrolladora victoria socialista de 1982 supuso el estertor de la transición hacia la democracia en sentido estricto e inauguró un periodo de madurez en el ejercicio de las libertades, luego malbaratado por un socialismo que confudió gobernar con mandar, el triunfo del PP de Aznar significa otra zancada histórica: la apuesta mayoritaria por el reformismo económico-social y político y el reinicio de la recuperación de la conciencia nacional de España. Los españoles, incluso aquellos que lo hicieron por omisión al no respaldar a la conjunción de izquierdas, emitieron un mandato diáfano a los nuevos gobernantes: continuar con las reformas al ritmo iniciado en 1996 e intentar invertir las tendencias territoriales centrífugas que, enquistadas en el nacionalismo más irracional de Europa -el vasco-, amenazaban el éxito de uno de los logros más acabados de la Constitución de 1978 que en su frontispicio garantiza «la autonomía de las nacionalidades y regiones de España» pero también su unidad.

El desolador perfil de una izquierda inquietantemente inmovilista que estaba perdiendo su carácter nacional y el encampanamiento de un nacionalismo que, en plena irrealidad entraba en coyunda con el terrorismo etarra en septiembre de 1998 con el malhadado pacto de Estella, han remitido a la sociedad española a los problemas más reales de nuestro tiempo: la arteriosclerosis de la izquierda española que para sostenerse en el poder entró en junio pasado en extrañas y vergonzantes relaciones con fuerzas políticas disgregadoras y localistas y que permutó parcelas de mando por la contorsión imposible del Estado, y el fanatismo de determinados nacionalismos que, rebasados por la globalización y la porosidad de las sociedades desarrolladas, se parapetan en los argumentos más arcaicos y superados del pasado siglo, reinterpretando una especie de romanticismo victimista que ha transitado dramáticamente de la poesía bucólica y ruralista -etnocentrismo incluido- a la metralleta, la extorsión y el asesinato.

Allí donde ha confluido la debilidad de una izquierda española que no se ha mirado en Gran Bretaña y Alemania, con la ansiedad del nacionalismo, el centro-reformista ha recibido el impulso de los electores como medida terapeútica. La presencia del PP es hoy plenamente nacional, después de que las listas centristas obtuvieran incrementos sustanciales en el País Vasco y Cataluña, en tanto que las de la izquierda resultaban castigadas en aquellas regiones -Baleares, Galicia, Aragón y el propio País Vasco y Cataluña- en las que el PSOE ha teorizado esotéricas propuestas federalistas o ha despreciado la superioridad, casi intocable, de valores históricos y constitucionales en los que se sustentan la cohesión nacional. La denuncia de la postración en el socialismo español de la idea nacional la denunció con lucidez César Alonso de los Ríos en su «La izquierda y la Nación» y Juan Pablo Fusi ha elaborado una obra de referencia -«España, la evolución de la identidad nacional»- que avisaban, con el carácter premonitorio de las admoniciones intelectuales, de los problemas nucleares que sin una exteriorización dramática son percibidos por los ciudadanos como relevantes y, probablemente, definitivos. La izquierda en general, y no sólo la que milita en los partidos de ese espectro ideológico, ha despreciado de manera sistemática a sus propios disidentes sin distinguir entre aquellos que lo han sido por resentenmiento y los que se marginaron por frustración intelectual. Y esa misma izquierda, instalada en el «gauchismo» verbalista de la progresía huera, ha tomado la España democrática como una especie de realidad petrificada en los tópicos del pasado que le garantizaban indefinidamente una supuesta autoridad moral sobre la sociedad democrática española. Sobre el error de diagnóstico, sumaron el estratégico, al intentar consolidar su inmovilismo con la acumulación de fuerzas procedentes de los ámbitos políticos e ideológicos más disolventes de la entidad nacional que han progresado en España al calor de intereses territoriales pervirtiendo el profundo sentido histórico y de futuro de la Constitución autonómica de 1978.

Salvador de Madariaga, en su insuperable «España», tituló su capítulo XIX «la anomalía de España». Después de aquella anomalía que glosase uno de los mas deslumbrantes intelectuales españoles de este siglo, la democracia que arrancó en 1978 generó en nuestro país otras diferentes, hijuelas de las que Madariaga se dolía. Es muy posible que, el domingo pasado, también las anomalías de una España pinzada por los complejos de la izquierda y de la derecha, heredadas consciente o inconscientemente de la historia reciente, hayan quedado fulminadas. El ingreso español en una nueva era, que desde fuera se imputa sólo al progreso económico y al bienestar social, tiene, sin embargo una mayor significación, acaso menos material y más moral. Porque la libertad es, primero, al alma, y sólo después, al bolsillo.

Asesores de lujo para centrar al PP
XAVIER VIDAL-FOLCH El País 14 Marzo 2000

El viento procedente de Valladolid se ha convertido en huracán en toda España. A la campaña, las urnas, los festejos y las tristezas al aire libre le sucedieron ayer las reuniones a puerta cerrada en todas partes salvo en el PP, que hoy vuelve a clase tras su sobresaliente. La digestión.

La más pesada, la del PSOE. Pero también equiparable con los usos democráticos occidentales: dimisión de su líder, convocatoria de congreso y objetivo de renovación. Si su modelo estratégico era la "izquierda plural" francesa, quizá convenga profundizar en el análisis de algunas diferencias.

Entre ellas destacan un liderazgo casi enteramente nuevo -la pareja Lionel Jospin/Martine Aubry-; un mensaje mucho más renovado, más oenegero/ humanitarista q ue de izquierda clásica; un reconocimiento más claro de los errores del pasado, facilitado por la ausencia de François Mitterrand, pero que en ningún caso denigró su herencia ; un pacto más plural, que equilibraba la alianza con unos comunistas más actualizados que aquí añadiéndoles ecologistas y radicales.

Si el partido socialista pretende renovarse a fondo y no sólo generacionalmente, ¿por qué no someter también a análisis las modalidades prácticas de su política de alianzas? Porque todo indica que él ha aportado más -no en votos, sino en cultura de modernidad y credibilidad- a sus amigos de IU que lo recibido de ellos.

Asimismo, ¿por qué no examinar el modelo de partido surgido de Suresnes? No es que carezca de ideas incluso en su interior, como la pulsión de Pasqual Maragall hacia una suerte del Partido Demócrata norteamericano, más abierto a la sociedad y menos burocrático. Si no aborda también estos asuntos, corre el riesgo de quedarse, como desde 1996, a medio camino, y, pues, en la nada por largo tiempo. O de sustituir el aparato simplemente por un aparato de mediocres menos conocidos. Este asunto será carne de crónica durante tiempo. Pero hay más.

Tan interesante como esto es lo que ocurre entre los nacionalistas catalanes y vascos. Ambos -los primeros más que los segundos- han jugado durante muchos años a la "gobernabilidad", concepto que conjuga tanto una apuesta básica por la estabilidad con la desestabilización puntual: cuando de otra manera no podían alcanzar sus reivindicaciones, o cuando oteaban el final de un ciclo, como ocurrió cuando Jordi Pujol adelantó el final de la tercera legislatura de Felipe González.

Pues bien, el viento de Valladolid sopla ahora en dirección inversa. El nacionalismo español condiciona la estabilidad de los Gobiernos autonómicos encabezados por los nacionalismos periféricos. Ayer mismo, el líder del PP vasco, Carlos Iturgaiz, reclamaba al lehendakari Ibarretexe la disolución anticipada de la Cámara. Quizá esta pugna -que denota también una pelea por un electorado concomitante- acabe con el PNV pidiendo árnica estabilizadora al PSOE.

En el caso catalán la desestabilización es menos aparente. El maestro Jordi Pujol tildó al PSC de "perdedor". Hábil tinta de calamar para ocultar que aun con la grave sangría de 400.000 votos -ante lo que Narcís Serra se mostró extrañamente impasible- los socialistas le han vuelto a ganar, aunque sea por nueve puntos y 200.000 votos.

Pese que su retroceso es suave, CiU ha perdido la gran baza estratégica, su carácter de bisagra y su lema "ser decisivos en Madrid". "Ahora nos convertimos en unos asesores de lujo para que el PP se modere", reconocía uno de sus principales líderes.

Con su consigna de esperar y ver, Pujol se apresta a algún juego de caderas. Como le incomoda -porque le sucursaliza ante el voto útil conservador- recurrir al único apoyo del PP para aprobar el presupuesto de la Generalitat, echa los tejos a Esquerra Republicana (lo que inquieta a Duran Lleida). Pero ésta resucita su idea de "Gobierno tripartito".

El PP apretará a CIU. Pero ¿la ahogará tratando de forzarle elecciones autonómicas adelantadas? Los estrategas convergentes creen que carece de margen de maniobra: "Quien puede echarnos algún día, tanto a nosotros como a ellos, son los socialistas; si encumbran a Maragall, tiran piedras contra su propio tejado".

La triple esperanza de CiU estriba en que su revés estratégico del domingo pase lo más desapecibido posible; torear en el nuevo ruedo minimizando daños y con adaptaciones menores; y que la conversión verbal del PP al centrismo se haga realidad gracias a su concurso. Esto es, ya que no codecidir, al menos influir.

Pero los signos que llegan de Madrid son ambivalentes: Rodrigo Rato tiende la mano dialogante y otros activan el doble fantasma del castizo y non-nato Decreto de Humanidades y del endurecimiento de la Ley de Extranjería. ¿Puede el PP quedarse sólo ante ambos retos? Técnicamente sí. Políticamente, es harina de otro costal.

Que no pierda la E
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 14 Marzo 2000

El PSOE tiene difícil su recuperación como alternativa de Gobierno, pero en cambio tiene fácil, facilísimo, la pérdida de su condición de partido nacional, con lo que toda la izquierda española podría desembocar en un proceso de canibalización interna y desestabilización territorial.

Si de algo sirve la experiencia de AP-PP en su larga y durísima travesía de las mayorías absolutas del PSOE, el mayor error que podría cometer el socialismo español sería el de entregarse en brazos de una pluralidad de partiditos nacionalistas, pensando que en cuadrilla le puede ganar al PP lo que no le gane solo.

Sacar de aquel error histórico a la derecha le ha costado 10 años a José María Aznar, que nunca ha permitido que el PP renuncie a lo español ni a perder de vista su condición de pieza clave en el sistema constitucional y de representación nacional. Aun pactando diariamente con Pujol y compañía.

Por eso, en su noche de gloria, que a algunos nos trajo a la memoria aquel día terrible del atentado etarra, Aznar empezó recordando a las víctimas del terrorismo antiespañol -él tampoco puede olvidar lo inolvidable- y terminó con el elogio a «esta gran nación plural llamada España». Ese sentimiento nacional embargaba, qué duda cabe, a toda la buena gente, joven y menos joven, que llenaba la calle Génova; a esa derecha paciente, sufriente, ejemplar, que ha pasado años y años tragando quina en la oposición, esperando democráticamente una noche como la del 12 de marzo.

Pero tampoco cabe duda de que ese sentimiento, esa cierta idea de España, asiste a casi todo el voto conservado y más aún al perdido voto socialista. No puede haber una mayoría absoluta, ni siquiera una victoria electoral clara de un partido que no represente, frente a la tensión separatista y disgregadora, el factor de cohesión social y duración histórica que, sin alardes nacionalistas pero sin complejos bicolores, supone lo nacional español.

Los representantes del PSOE y del PP que mueren en el País Vasco lo hacen por la libertad y por España, por este orden o al revés. El orden de los factores no altera el producto. Allí el PSOE ha tenido un buen resultado, excelente dadas las circunstancias, porque sigue representando a la izquierda española, no simplemente a la izquierda del Gobierno del PNV, como quieren ciertos políticos chiquis. Ya se ve también en Galicia, en Baleares y en muchas otras partes a qué conduce la dimisión nacional. Pero además, en este caso, lo que le conviene al PSOE también le conviene a España. Que no pierda la E.

El gran salto del PP en el País Vasco 
José Alejandro VARA ABC 14 Marzo 2000

Por vez primera desde 1989, los nacionalismos ya no serán necesarios para que el partido ganador en los comicios pueda consolidar una mayoría parlamentaria. En el País Vasco, donde la apuesta abstencionista de Euskal Herritarrok naufragaba esterepitosamente, el PNV sólo consiguió crecer en dos escaños y 35.000 votos, mientras que el PP lograba el mismo aumento en diputados pero cien mil votos más que en 1996. Además, el PP se consolida como la fuerza más votada en Alava así como en las tres capitales de provincia lo que confirma que una parte del voto nacionalista optó ayer por secundar al partido de Mayor Oreja. Un dato muy importante que evidencia un notable hartazgo de la sociedad vasca con la actual situación y un deseo nada oculto de un cambio radical en el rumbo del nacionalismo. CiU, pese a su tibio retroceso, se convierte en la tercera fuerza política del Congreso, aunque no logra su principal objetivo electoral de ser decisivo en Madrid. Un grave contratiempo para las que han sido últimas elecciones generales de Pujol al frente del nacionalismo catalán. El avance en cuatro escaños del PP en Cataluña es un dato reseñable, como también lo es el diputado conseguido por vez primera en Gerona. Los canarios se quedan como estaban mientras que el salto anunciado del Bloque Nacionalista Galego (BNG) no lo fue tanto, aunque se confirma la nefasta estrategia llevada a cabo por el PSOE en varias Comunidades, ya que son sus socios (BNG, Partido Andalucista, que vuelve al Congreso y Chunta Aragonesa, que debuta en la Cámara con el cantautor Labordeta como diputado) quienes les han hurtado un posible avance en sus respectivas Comunidades. Los hijos, en este caso, han devorado a Saturno.

Los resultados de los trascendentales comicios de ayer evidencian no sólo un drástico vuelco en el panorama político español sino el repliegue del papel de los nacionalismos como formaciones clave para la gobernabilidad de España. Otra cosa es que el PP cuente -y contará, ya lo dijo anoche Aznar- con algunos de ellos. Pero esa será ya otra historia.

Fronteras permeables
Editorial El País 14 Marzo 2000

ESTA VEZ no caben amargas victorias o dulces derrotas. Está muy claro quiénes han ganado y quiénes han perdido, y lo que ahora toca es explicar por qué. Muchos ciudadanos se han sorprendido de los resultados; sobre todo, de una mayoría absoluta que casi nadie había previsto, incluyendo este periódico. Ello significa que no habían sido bien interpretados algunos datos de la realidad: que se habían -habíamos- dado por supuestas hipótesis discutibles y valorado erróneamente, demasiado subjetivamente, signos y mensajes procedentes del electorado.

Los números no lo explican todo, pero, a la vista de los resultados, es patente que antiguos electores de la izquierda han votado al PP, y que ha dejado de ser evidente que en España exista una mayoría social de izquierdas. Puede haberla, pero no es un dato invariable. Tales constataciones podrían sintetizarse en una: la identificación ideológica no es tan determinante del voto como pudo serlo hace algunos años. Es decir, que la sociología electoral de este país se parece cada vez más a la de nuestros vecinos; que ya no hay motivo para que nos sorprenda tanto ver cómo en Francia o en el Reino Unido millones de electores cruzan sin drama la frontera entre formaciones de signo diverso. Eso no significa que no haya diferencias ideológicas entre los partidos, pero la adhesión a los mismos no es algo que se otorgue de una vez por todas. Los motivos para votar varían de una elección a otra, y tienen más que ver con la gestión política y económica que con la ideología. Ello ocurre, sobre todo, entre los más jóvenes: esos votantes que no conocieron la dictadura ni la transición o que únicamente guardan de ellas recuerdos infantiles. Y esas generaciones suponen ya la mitad del censo electoral.

El veredicto de las urnas no ofrece dudas, pero sería un error interpretarlo como un cheque en blanco. Precisamente porque los motivos para votar han dejado de ser permanentes, una gestión prepotente de esa mayoría sería interpretada como una invitación a cambiarla. La derrota socialista de 1996 fue un efecto aplazado de los abusos que hizo de su mayoría en los años en que casi no tenía rival. Y, en sentido inverso, ahí está la victoria sorprendente de Jospin en Francia para probar que la gente puede rehabilitar a los derrotados si los vencedores son sectarios.

Esa hipótesis alienta las esperanzas de los socialistas, pero se equivocarían si la convierten en una coartada para un nuevo aplazamiento de lo que ya era urgente en 1993. Almunia transmitió ayer la convicción de quien interpreta el mensaje del electorado en términos de renovación. Corresponde a su partido sacar las consecuencias lógicas, como él ha hecho. La gente está harta de bronca, y también de quienes llevan demasiados años de bronquistas. No es cuestión de edad, sino de no seguir mirando atrás; ni con nostalgia ni con rencor.

En el País Vasco no es tan fácil identificar al vencedor, pero no hay duda de que el derrotado ha sido ETA (y su brazo político). Primero, porque su intento ventajista de deslegitimar a las instituciones mediante la abstención se ha saldado con un fracaso total: el descenso en la participación, de siete puntos, ha sido idéntico al producido en el conjunto de España. Es decir, inferior al porcentaje obtenido por HB en las anteriores legislativas (12%), y no digamos al que alcanzó en las autonómicas de 1998, con el señuelo de la tregua (18%). Segundo, porque una parte de ese electorado ha votado al PNV, reforzando al nacionalismo democrático respecto al violento y dándole la ocasión de rectificar el rumbo de Estella sin desgarros internos. Tercero, porque ese refuerzo del PNV no evita el retroceso de las fuerzas nacionalistas respecto a las constitucionalistas: la relación es ahora de 40/60 (y de 33/66 si se incluye Navarra) a favor de los no nacionalistas, de forma que, incluso atribuyendo a HB los siete puntos de crecimiento de la abstención, el PP y el PSOE sumarían una neta mayoría.

Esos resultados no autorizan, desde luego, a decir, como hizo Anasagasti, que, "pese a todo, Euskadi sigue siendo nacionalista". Pero tampoco a afirmar que haya dejado de serlo. Lo que demuestran es la pluralidad de la sociedad vasca. Es posible que en las próximas autonómicas vuelva a producirse una mayoría nacionalista, pero ya no podrá darse por descontado: los resultados indican que antiguos votantes del PNV han apoyado al PP, lo que confirma que también en este terreno la frontera identitaria se ha hecho permeable.

Los resultados afectan a la dimensión española de la política de CiU. Frente a lo proclamado en su campaña, la formación de Pujol ha dejado de ser decisiva. Tal vez no sea ajeno al resultado el fuerte rechazo que en el conjunto de España suscitan las fórmulas de pacto entre el partido del Gobierno y las fuerzas nacionalistas. Seguramente es consecuencia de la forma tan mercantil como Pujol (y también Arzalluz, mientras pudo) ha venido planteando su colaboración a la gobernabilidad, sin tomar en consideración la irritación que tal actitud provocaba en la opinión pública española. Pero sería un error simétrico que Aznar ignorase el papel moderador, en general positivo, que han tenido sobre aspectos centrales de su política los acuerdos con los nacionalistas democráticos. La primera prueba del talante de un PP con mayoría absoluta será la relación que ahora establezca con quienes han sido sus aliados.

Sobra sectarismo y maniqueísmo en la política española. Ojalá que las corrientes de fondo que indican estos resultados sean una invitación a favor de identidades políticas más porosas y de una superación de las trincheras blindadas.

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