AGLI

Recortes de Prensa    Domingo 16  Abril  2000
#El Kerensky vasco
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo 16 Abril 2000

#El 'no' de Pujol
Editorial El País 16 Abril 2000

#Las culturas y la globalización
MARIO VARGAS LLOSA El País 16 Abril 2000

#¿'Borroka' o terrorismo?
CAMILO VALDECANTOS El País 16 Abril 2000

#Invenciones sobre España 
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Abril 2000

#Retirarse a tiempo
SANTOS JULIÁ El País 16 Abril 2000

#PP y PSE acusan a Ibarretxe de mantener bajo cuerda los pactos con EH 
BILBAO. I. Souto ABC 16 Abril 2000

#Las editoriales descubren a los autores africanos que escriben en castellano
JUANA VERA, Madrid El País 16 Abril 2000

#En los armarios de Europa hay fantasmas
ADAM MICHNIK  El País 16 Abril 2000


El Kerensky vasco
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo 16 Abril 2000

EL PNV ha desaprovechado esta semana una oportunidad tan obvia de abandonar el pacto de Estella que todo sugiere que seguirá llevando esa piedra atada al cuello hasta que le provoque el hundimiento de la pérdida del poder. Si ni siquiera la negativa de EH-HB a reclamar una nueva tregua a ETA es suficiente motivo para deshacer una alianza que las bases no entienden y los cuadros directivos no desean, eso significa que la soberbia y el empecinamiento de Arzalluz exceden con mucho su propio instinto de conservación. Cuando un político con aspiraciones de estadista opta por dedicar buena parte de su tiempo a atacar con sus nombres y apellidos a los periodistas que escriben cosas negativas sobre él, está ya a diez minutos de responder -al margen de las derivaciones terroristas expuestas aquí mismo hace dos semanas- al estereotipo del cineasta que deja de hacer películas para poder entregarse a fondo a la refutación de la crítica cinematográfica.

Tanto él como sus escuderos y portavoces -Egibar en el País Vasco, Anasagasti en el foro de la política nacional- fueron certeramente equiparados, cuando pactaron con el brazo político de ETA, con los apaciguadores que en los acuerdos de Múnich aceptaron en 1938 el deshonor con la vana pretensión de evitar la guerra, y muy pronto tuvieron que asumir ambos desastres a la vez. La experiencia está demostrando, sin embargo, que Arzalluz tiene mucha menos dignidad -o bastante peor fe- que Chamberlain a la hora de reaccionar a las provocaciones del conglomerado nazi al que sigue asociado. Si el asesinato del teniente coronel Blanco fue el equivalente cronológico a la anexión de Checoslovaquia, el de Fernando Buesa -líder de la oposición en el parlamento autonómico- debería haber tenido al menos el mismo efecto detonante que la agresión a Polonia. Pero las tragaderas de este PNV, la capacidad de impostura de este PNV, la pérdida del sentido de la realidad de este PNV son tan inauditas que uno se pregunta -toda vez que dicen que Mayor pone los coches-bomba y Aznar cosecha «votos de sangre»- si no hubieran tomado por miembros de una compañía teatral a los supervivientes de Auschwitz y Treblinka.

Pues bien, en esa deriva suicida hacia el abismo Arzalluz y sus compinches están cincelando -naturalmente, con el inestimable concurso del interesado- una figura fronteriza entre el esperpento y la tragedia en la persona del lehendakari Ibarretxe. Tanto por el carácter provisional que tras el abandono parlamentario de EH ha empezado a tener su Gobierno -¿a dónde se puede ir con 27 escaños en una cámara de 75?-, como por su obstinada pretensión en mantener la equidistancia entre legalidad y revolución es preciso remontarse aún más atrás en el tiempo para encontrar en Alexander Kerensky la elocuencia del paralelismo histórico.

Aunque ambos nacieran bajo el signo de Aries, ambos llegaran prematuramente al poder rondando la cuarentena y ambos tuvieran el aire frágil de esa clase de individuos a quienes siempre parece que el abrigo les queda demasiado grande -Ricardo Martínez se ha inspirado para el dibujo de hoy en la fotografía de Kerensky el día que fue a detener a la zarina a su residencia de Tsarskoye Selo-, aparentemente sus caracteres no podrían ser más opuestos. Kerensky era un orador tan brillante, apasionado e incendiario como Lenin y su egolatría política tenía como complemento una vanidad mundana cimentada en la sucesión de cartas de amor que le enviaban las jóvenes de las mejores familias de San Petersburgo. Ibarretxe es el antidivo: un tímido recalcitrante con vocación gregaria, siempre al servicio de un equipo, cuya única pareja al margen de su novia de toda la vida ha sido la fiel bicicleta que tantas horas de felicidad le ha proporcionado en el silencio autista del cicloturismo.

Lo que, sin embargo, les hermana en el túnel del tiempo es la tozuda perseverancia en el error transformada en ciega huida hacia adelante, la insensata insistencia en flirtear con quien está afilando el cuchillo para cortarte la garganta, la estólida incapacidad de percibir que el suelo está hundiéndose bajo tus pies y que la teórica autoridad que detentas empieza a carecer de mecanismos para hacerse respetar en la práctica.

Los lectores que estén coleccionando la Historia del Siglo XX a través del Cine habrán podido captar tanto en Nicolás y Alejandra como en Rojos algunas impresiones del drama de Kerensky como jefe del Gobierno Provisional. «Tenía un pie en el campo de los soviets y otro en el de los liberales», ha escrito el historiador Orlando Figes. Por eso tanto en relación con el tratamiento que cabía dar a la familia imperial, como respecto a la forma de acabar la gran guerra, como en todo lo vinculado a la reforma agraria cabe aplicar el diagnóstico de su colega John Bradley: «Las medidas de Kerensky no eran suficientemente radicales para satisfacer a los extremistas, pero fueron lo bastante lejos para alienarle cualquier apoyo de los conservadores y liberales». ¿Cómo no sentirle reencarnado en Ibarretxe -un Ibarretxe que días antes de la ruptura de la tregua proclamaba que «EH hace un gran esfuerzo ante la violencia que no se valora»- cuando este último historiador subraya que la gran obsesión de Kerensky era «defender los avances revolucionarios tanto contra las amenazas de la izquierda como contra las de la derecha»?

Ibarretxe nunca tendrá que abandonar Euskadi en un coche con banderín de la embajada americana, ni se verá en la frustrante tesitura de tener que llamar a la Guardia Civil en su auxilio como Kerensky hizo con las unidades de cosacos a las que mantenía fuera de San Petersburgo por considerarlas tropas extranjeras. Su final no será ése porque, por mucho que él y su partido se empecinen en equiparar moralmente a ambos bandos, la correlación de fuerzas en el País Vasco del 2000 no se parece en nada a la de la Rusia de 1917. Mientras del régimen zarista no surgió una burguesía lo suficientemente numerosa y fuerte como para servir de sustento a un proceso democrático, el mejor exponente del éxito de la transición española es ya la reiteración con que los ciudadanos vascos respaldan electoralmente a aquellos partidos que proponen sus programas dentro del marco de la Constitución y el Estatuto. El PNV era hasta hace poco uno de ellos y le fue bien. Ha dejado de serlo y le irá mal. A Ibarretxe y su gobiernillo provisional no los derrocará la revolución, sino las urnas. Pero pasarán a la posteridad, al igual que Kerensky, como quienes, queriendo ser a la vez una cosa y su contraria, se quedaron absolutamente en nada. pedroj.ramirez#el-mundo.es

El 'no' de Pujol
Editorial El País 16 Abril 2000

EN LAS negociaciones para configurar las alianzas políticas de la nueva legislatura ha vuelto a suscitarse la cuestión de la presencia de ministros de Convergència i Unió en el Gobierno español. Es un tema recurrente que los líderes de la coalición nacionalista catalana han rechazado siempre de plano. José María Aznar, sin entrar en negociación alguna, ha dado a entender que era una cuestión que dependía de la disponibilidad de CiU. Aritméticamente, Aznar no les necesita, pero tampoco desdeña una oportunidad que obraría a favor de su imagen centrista y de la desactivación de la cuestión autonómica. Lo que no quiere es dar ninguna batalla por esta cuestión. Si lo quisiera, el presidente tiene todos los ases en la mano para forzar a CiU en la dirección que más le convenga.

La principal novedad, esta vez, es que el debate ha prendido en el seno de la coalición nacionalista. Seis miembros del consejo de dirección de Unió Democrática se han mostrado partidarios de entrar en el Gobierno. Conociendo el funcionamiento de este partido, es casi imposible que sus opiniones no contaran, por lo menos, con el consentimiento de Duran Lleida. Y en la propia Convergència Democràtica aumenta el número de dirigentes que dicen, aunque sea en voz baja, que sería hora de dar el paso decisivo. Algunos incluso lo ven como el único camino posible para el futuro de un proyecto que ha basado su estrategia en la permanente reivindicación. En unos momentos en que la coalición está en declive electoral, su presencia en el Gobierno de España podría ser una inyección de energía positiva.

Salvo que Aznar decidiera apretar las clavijas -y no lo parece-, no es previsible que haya ministros nacionalistas catalanes en el próximo Gobierno. Pujol no lo quiere, porque desea mantener tanto tiempo como pueda el doble juego (por ejemplo, con el incondicional a la investidura y la moción contra el desfile del Día de las Fuerzas Armadas en Cataluña) como forma de supervivencia política. Pujol no quiere perder nunca el derecho al pataleo, aun sabiendo que la gravísima situación financiera de la Generalitat le deja sin margen de maniobra, a expensas de lo que Aznar disponga. Y, hoy por hoy, la palabra de Pujol sigue siendo la decisión soberana en Convergència i Unió. Tampoco quiere, en contra de la tradición del catalanismo, un representante en el Ejecutivo central que pueda hacer sombra a su liderazgo. Pujol ha dicho no. Cuestión zanjada. Sin embargo, el debate no habrá pasado sin dejar huella: habrá contribuido a ir normalizando la idea de que los nacionalistas catalanes puedan gobernar algún día con la derecha española y habrá servido para seguir marcando diferencias entre Convergència i Unió, confirmando que el partido de Duran Lleida siempre ha sido más proclive a romper los tabúes del nacionalismo catalán.

En política conviene ajustar el poder institucional a la realidad. Si PP y CiU están condenados a entenderse a lo largo de la legislatura, habría sido interesante que esta sintonía se concretara en la formación de Gobierno. La mayoría absoluta del PP daba además un valor añadido al experimento, en la medida en que no era fruto de la necesidad de ninguna de las partes. Pujol no lo quiere, porque, una vez más, quiere tener las manos libres. En realidad, quien se queda con las manos libres es Aznar. Por ejemplo, si hubiera elecciones anticipadas en el País Vasco y el PP obtuviera un gran resultado, Aznar podría estar interesado en forzar elecciones en Cataluña, con malos augurios para CiU. Si PP y CiU gobernaran juntos, Aznar tendría que pensárselo dos veces antes de mover sus peones en Cataluña para no provocar un conflicto en el Gobierno. Quizás algún día CiU lamente no haber aprovechado esta oportunidad que, hay que decirlo todo, Aznar nunca ha llegado a concretar.

Las culturas y la globalización
MARIO VARGAS LLOSA El País 16 Abril 2000

Uno de los argumentos más frecuentes contra la globalización -se lo escuchó en los alborotos contestatarios de Seattle, Davos y Bangkok- es el siguiente:

La desaparición de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligirá un golpe de muerte a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitologías y patrones de comportamiento que determinan la identidad cultural de cada comunidad o país. Incapaces de resistir la invasión de productos culturales de los países desarrollados -o, mejor dicho, del superpoder, los Estados Unidos-, que, inevitablemente, acompañan como una estela a las grandes trasnacionales, la cultura norteamericana (algunos arrogantes la llaman la "subcultura") terminará por imponerse, uniformizando al mundo entero, y aniquilando la rica floración de diversas culturas que todavía ostenta. De este modo, todos los demás pueblos, y no sólo los pequeños y débiles, perderán su identidad -vale decir, su alma- y pasarán a ser los colonizados del siglo XXI, epígonos, zombies o caricaturas modelados según los patrones culturales del nuevo imperialismo, que, además de reinar sobre el planeta gracias a sus capitales, técnicas, poderío militar y conocimientos científicos, impondrá a los demás su lengua, sus maneras de pensar, de creer, de divertirse y de soñar.

Esta pesadilla o utopía negativa, de un mundo que, en razón de la globalización, habrá perdido su diversidad lingüística y cultural y sido igualado culturalmente por los Estados Unidos, no es, como algunos creen, patrimonio exclusivo de minorías políticas de extrema izquierda, nostálgicas del marxismo, del maoísmo y del guevarismo tercermundista, un delirio de persecución atizado por el odio y el rencor hacia el gigante norteamericano. Se manifiesta también en países desarrollados y de alta cultura, y la comparten sectores políticos de izquierda, de centro y de derecha. El caso tal vez más notorio sea el de Francia, donde periódicamente se realizan campañas por los gobiernos, de diverso signo ideológico, en defensa de la "identidad cultural" francesa, supuestamente amenazada por la globalización. Un vasto abanico de intelectuales y políticos se alarman con la posibilidad de que la tierra que produjo a Montaigne, Descartes, Racine, Baudelaire, fue árbitro de la moda en el vestir, en el pensar, en el pintar, en el comer y en todos los dominios del espíritu, pueda ser invadida por los McDonald's, los Pizza Huts, los Kectucky Fried Chicken, el rock y el rap, las películas de Hollywood, los blue jeans, los sneakers y los polo shirts.

Este temor ha hecho, por ejemplo, que en Francia se subsidie masivamente a la industria cinematográfica local y que haya frecuentes campañas exigiendo un sistema de cuotas que obligue a los cines a exhibir un determinado número de películas nacionales y a limitar el de las películas importadas de los Estados Unidos. Asimismo, ésta es la razón por la que se han dictado severas disposiciones municipales (aunque, a juzgar por lo que ve el transeúnte por las calles de París, no son muy respetadas) penalizando con severas multas los anuncios publicitarios que desnacionalicen con anglicismos la lengua de Molière. Y no olvidemos que José Bové, el granjero convertido en cruzado contra la malbouffe (el mal comer), que destruyó un McDonald's, se ha convertido poco menos que en un héroe popular en Francia.

Aunque creo que el argumento cultural contra la globalización no es aceptable, conviene reconocer que, en el fondo de él yace una verdad incuestionable. El mundo en el que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local, que el que dejamos atrás. Fiestas, vestidos, costumbres, ceremonias, ritos y creencias que en el pasado dieron a la humanidad su frondosa variedad folclórica y etnológica van desapareciendo, o confinándose en sectores muy minoritarios, en tanto que el grueso de la sociedad los abandona y adopta otros, más adecuados a la realidad de nuestro tiempo. Éste es un proceso que experimentan, unos más rápido, otros más despacio, todos los países de la Tierra. Pero, no por obra de la globalización, sino de la modernización, de la que aquélla es efecto, no causa. Se puede lamentar, desde luego, que esto ocurra, y sentir nostalgia por el eclipse de formas de vida del pasado que, sobre todo vistas desde la cómoda perspectiva del presente, nos parecen llenas de gracia, originalidad y color. Lo que no creo que se pueda es evitarlo. Ni siquiera los países como Cuba o Corea del Norte, que, temerosos de que la apertura destruya los regímenes totalitarios que los gobiernan, se cierran sobre sí mismos y oponen toda clase de censuras y prohibiciones a la modernidad, consiguen impedir que ésta vaya infiltrándose en ellos y socave poco a poco su llamada "identidad cultural". En teoría, sí, tal vez, un país podría conservarla, a condición de que, como ocurre con ciertas remotas tribus del África o la Amazonía, decida vivir en un aislamiento total, cortando toda forma de intercambio con el resto de las naciones y practicando la autosuficiencia. La identidad cultural así conservada retrocedería a esa sociedad a los niveles de vida del hombre prehistórico.

Es verdad, la modernización hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero, al mismo tiempo, abre oportunidades y constituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. Es por eso que, en contra a veces de lo que sus dirigentes o intelectuales tradicionalistas quisieran, los pueblos, cuando pueden elegir libremente, optan por ella, sin la menor ambigüedad.

En verdad, el alegato a favor de la "identidad cultural" en contra de la globalización, delata una concepción inmovilista de la cultura que no tiene el menor fundamento histórico. ¿Qué culturas se han mantenido idénticas a sí mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarlas entre las pequeñas comunidades primitivas mágico-religiosas, de seres que viven en cavernas, adoran al trueno y a la fiera, y, debido a su primitivismo, son cada vez más vulnerables a la explotación y el exterminio. Todas las otras, sobre todo las que tienen derecho a ser llamadas modernas -es decir, vivas-, han ido evolucionando hasta ser un reflejo remoto de lo que fueron apenas dos o tres generaciones atrás. Ése es, precisamente, el caso de países como Francia, España e Inglaterra, donde, sólo en el último medio siglo, los cambios han sido tan profundos y espectaculares, que, hoy, un Proust, un García Lorca y una Virginia Woolf, apenas reconocerían las sociedades donde nacieron, y cuyas obras ayudaron tanto a renovar.

La noción de "identidad cultural" es peligrosa, porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad. Desde luego, no niego que un conjunto de personas que hablan la misma lengua, han nacido y viven en el mismo territorio, afrontan los mismos problemas y practican la misma religión y las mismas costumbres, tenga características comunes. Pero ese denominador colectivo no puede definir cabalmente a cada una de ellas, aboliendo, o relegando a un segundo plano desdeñable, lo que cada miembro del grupo tiene de específico, la suma de atributos y rasgos particulares que lo diferencian de los otros. El concepto de identidad, cuando no se emplea en una escala exclusivamente individual y aspira a representar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase mágico-ideológico de signo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y creativo en el ser humano, aquello que no le ha sido impuesto por la herencia ni por el medio geográfico, ni por la presión social, sino que resulta de su capacidad para resistir esas influencias y contrarrestarlas con actos libres, de invención personal.

En verdad, la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica, cimiento del nacionalismo, que, para muchos etnólogos y antropólogos, ni siquiera entre las comunidades más arcaicas representa una verdad. Pues, por importantes que para la defensa del grupo sean las costumbres y creencias practicadas en común, el margen de iniciativa y de creación entre sus miembros para emanciparse del conjunto es siempre grande y las diferencias individuales prevalecen sobre los rasgos colectivos cuando se examina a los individuos en sus propios términos y no como meros epifenómenos de la colectividad. Precisamente, una de las grandes ventajas de la globalización, es que ella extiende de manera radical las posibilidades de que cada ciudadano de este planeta interconectado -la patria de todos- construya su propia identidad cultural, de acuerdo a sus preferencias y motivaciones íntimas y mediante acciones voluntariamente decididas. Pues, ahora, ya no está obligado, como en el pasado y todavía en muchos lugares en el presente, a acatar la identidad que, recluyéndolo en un campo de concentración del que es imposible escapar, le imponen la lengua, la nación, la iglesia, las costumbres, etcétera, del medio en que nació. En este sentido, la globalización debe ser bienvenida porque amplía de manera notable el horizonte de la libertad individual.

El temor a la americanización del planeta tiene mucho más de paranoia ideológica que de realidad. No hay duda, claro está, de que, con la globalización, el impulso del idioma inglés, que ha pasado a ser, como el latín en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo, proseguirá su marcha ascendente, pues ella es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales. ¿Significa esto que el desarrollo del inglés tendrá lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de cultura? En absoluto. La verdad es más bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en un incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podrán hacer suyas, si lo quieren), por afición, pero también por necesidad, pues hablar varias lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valiosísima para el éxito profesional en nuestro tiempo. Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del español. Hace medio siglo, los hispanohablantes éramos todavía una comunidad poco menos que encerrada en sí misma, que se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines lingüísticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millones de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el gobernador Bush y el vicepresidente Gore, hagan sus campañas presidenciales no sólo en inglés, también en español.

¿Cuántos millones de jóvenes de ambos sexos, en todo el globo, se han puesto, gracias a los retos de la globalización, a aprender japonés, alemán, mandarín, cantonés, árabe, ruso o francés? Muchísimos, desde luego, y ésta es una tendencia de nuestra época que, afortunadamente, sólo puede incrementarse en los años venideros. Por eso, la mejor política para la defensa de la cultura y la lengua propias, es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en que vivimos, en vez de empeñarse en la ingenua pretensión de vacunarlas contra la amenaza del inglés. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gentes incultas, que disfrazan su verdadera vocación: el nacionalismo. Y si hay algo reñido con la cultura, que es siempre de propensión universal, es esa visión parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La más admirable lección que las culturas nos imparten es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por burócratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, más bien, las folcloriza y las marchita. Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antigüedad, el latín no mató al griego, por el contrario la originalidad artística y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana y, a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles, llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.

En un célebre ensayo, Notas para la definición de la cultura, T. S. Eliot predijo que la humanidad del futuro vería un renacimiento de las culturas locales y regionales, y su profecía pareció entonces bastante aventurada. Sin embargo, la globalización probablemente la convierta en una realidad del siglo XXI, y hay que alegrarse de ello. Un renacimiento de las pequeñas culturas locales devolverá a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamientos y expresiones, que -es algo que suele olvidarse o, más bien, que se evita recordar por las graves connotaciones morales que tiene- a partir de fines del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, el Estado-nación aniquiló, y a veces en el sentido no metafórico sino literal de la palabra, para crear las llamadas identidades culturales nacionales. Éstas se forjaron a sangre y fuego muchas veces, prohibiendo la enseñanza y las publicaciones de idiomas vernáculos, o la práctica de religiones y costumbres que disentían de las proclamadas como idóneas para la Nación, de modo que, en la gran mayoría de países del mundo, el Estado-nación consistió en una forzada imposición de una cultura dominante sobre otras, más débiles o minoritarias, que fueron reprimidas y abolidas de la vida oficial. Pero, contrariamente a lo que piensan esos temerosos de la globalización, no es tan fácil borrar del mapa a las culturas, por pequeñas que sean, si tienen detrás de ellas una rica tradición que las respalde, y un pueblo que, aunque sea en secreto, las practique. Y lo vamos viendo, en estos días, en que, gracias al debilitamiento de la rigidez que caracterizaba al Estado-nación, las olvidadas, marginadas o silenciadas culturas locales, comienzan a renacer y dar señales de una vida a veces muy dinámica, en el gran concierto de este planeta globalizado.

Está ocurriendo en Europa, por doquier. Y quizás valga la pena subrayar el caso de España, por el vigor que tiene en él este renacer de las culturas regionales. Durante los cuarenta años de la dictadura de Franco, ellas estuvieron reprimidas y casi sin oportunidades para expresarse, condenadas poco menos que a la clandestinidad. Pero, con la democracia, la libertad llegó también para el libre desarrollo de la rica diversidad cultural española, y, en el régimen de las autonomías imperante, ellas han tenido un extraordinario auge, en Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, principalmente, pero, también, en el resto del país. Desde luego, no hay que confundir este renacimiento cultural regional, positivo y enriquecedor, con el fenómeno del nacionalismo, fuente de problemas y una seria amenaza para la cultura de la libertad.

La globalización plantea muchos retos, de índole política, jurídica, administrativa, sin duda. Y ella, si no viene acompañada de la mundialización y profundización de la democracia -la legalidad y la libertad-, puede traer también serios perjuicios, facilitando, por ejemplo, la internacionalización del terrorismo y de los sindicatos del crimen. Pero, comparados a los beneficios y oportunidades que ella trae, sobre todo para las sociedades pobres y atrasadas que requieren quemar etapas a fin de alcanzar niveles de vida dignos para los pueblos, aquellos retos, en vez de desalentarnos, deberían animarnos a enfrentarlos con entusiasmo e imaginación. Y con el convencimiento de que nunca antes, en la larga historia de la civilización humana, hemos tenido tantos recursos intelectuales, científicos y económicos como ahora para luchar contra los males atávicos: el hambre, la guerra, los prejuicios y la opresión.

© Mario Vargas Llosa, 2000.© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SA, 2000.

¿'Borroka' o terrorismo?
CAMILO VALDECANTOS El País 16 Abril 2000

El cuarto poder. Así se acuñó la expresión -hasta convertirla en tópico cada vez más desgastado y más en desuso- para referirse a la prensa.

Algún poder tienen los periódicos. No es aquí donde hay que debatirlo, pero lo que parece claro es que se trata de un poder muy endeble frente al lenguaje; tan frágil que resulta derrotado con excesiva frecuencia. Las deformaciones más clamorosas se cuelan como Pedro por su casa.

En este periódico se ha llegado a publicar, en el mes de febrero, el siguiente texto: "Estoy esperando la noche mala en la que ya no habrán (sic) más palizas y ya no habrán (sic) más violaciones". Dos por el precio de una en el mismo párrafo. Lo que parecía reservado al lenguaje deportivo de la radio y a las declaraciones de personajes de pacotilla -y no tan de pacotilla- había tomado carta de naturaleza escrita en una crónica enviada desde Washington. El embajador Mariano Baselga denunció el atropello. El empleo correcto del verbo haber como impersonal corre serio peligro.

Pero esto es sólo un ejemplo próximo y alarmante de contaminación del lenguaje escrito por trasvase del mal hablado. El riesgo mayor, y el más difícil de combatir, no procede del mal uso de la gramática ni de la sintaxis, aunque las maltratemos con demasiada frecuencia, sino de las jergas que campan a sus anchas en distintos colectivos, sean profesionales o políticos. A veces es mera incorrección institucionalizada -como la del lenguaje judicial-, pero hay supuestos mucho más sibilinos y peligrosos.

Los periódicos no han sido capaces de desprenderse por completo del lenguaje que trató de imponer el terrorismo. Se ha avanzado mucho, sin duda, pero el éxito no es completo, ni mucho menos.

Alguien acusado de un triple asesinato todavía puede verse retratado en el periódico como autor de un atentado, sin mayores precisiones. Los ejemplos podrían multiplicarse.

La manifestación más novedosa del terrorismo de ETA y del entorno que lo apoya es lo que se ha dado en llamar kale borroka (violencia callejera). La expresión resulta sospechosa por encubridora. Destrozar papeleras, bancos o escaparates tras una manifestación agresiva es una muestra expresiva de violencia callejera. Pero la faena que acometen con renovado encono cada fin de semana grupos de jóvenes en distintos lugares del País Vasco va mucho más allá.

La vida de muchas personas ha corrido serios riesgos en numerosas ocasiones. Ha habido muchos heridos, y la magnitud de los destrozos es muy superior a la que pueda ocasionar una trifulca protagonizada por cualquier grupo de alborotadores.

La Ertzaintza (policía autonómica) ha explicado en varias ocasiones cómo se han utilizado auténticas técnicas de guerrilla urbana. Lo más grave es que los autores de los desmanes y sus mentores han acuñado un término en euskera para designar este fenómeno: kale borroka. El diccionario traduce borroka por "pelea, lucha, combate, enfrentamiento".

El Defensor del Lector no quiere entrar en disquisiciones filológicas -en las que se declara lego-, pero, si se acepta cualquiera de los tres significados que cuadran con el fenómeno -lucha, combate, enfrentamiento-, parece claro que se cae en la trampa de quienes los proponen.

Alguien lucha, combate o se enfrenta a algo o a alguien por alguna causa. Ahí justamente está la trampa que tienden los promotores de la expresión. Si se acepta, se está hablando de luchadores y de combatientes: dos términos que, en principio, tienen aura de actitud noble y de prestigio.

Luis Lucena Arribas se ha dirigido al Defensor del Lector para protestar en una doble dirección. La expresión kale borroka ha llegado a utilizarse directamente en algún titular, algo que, en su opinión, puede hacerlo incomprensible para muchas personas. Pero, sobre todo, su traducción habitual -violencia callejera- le parece insuficiente por desfiguradora de la cruda realidad. El Defensor del Lector comparte la queja en sus dos vertientes. Además, se la han transmitido varios redactores.

Claridad y precisión
Hace pocos días se planteó un debate rápido y espontáneo en una sección de información local del periódico, concretamente en la de Madrid. En ella participaron redactores de otras secciones: el 40% no supo precisar el significado de kale borroka. Basta ese dato para convencerse de que fuera del periódico deben de ser mayoría los que ignoran la expresión escrita en euskera.

Pero el problema de fondo, sigue siendo su significado. Luis Lucena proponía hablar directamente de terrorismo callejero. Más de un redactor del periódico, en conversación informal con el Defensor, se ha mostrado partidario de esta denominación. Hablar de violencia -a secas y de forma genérica- supone edulcorar una situación que se agrava paulatinamente. La magnitud de los estragos y el riesgo para las personas rompen las costuras que evoca la expresión "violencia callejera".

Sonroja oír a dirigentes nacionalistas vascos cuando hablan de "los violentos" para no decir terroristas. El fenómeno de la llamada kale borroka no es tan claro. Se llegó hasta la estulticia al denominarlo "terrorismo de baja intensidad".

No hay fórmula precisa ni el Defensor del Lector tiene capacidad para proponerla. La necesidad de evitar la kale borroka en los titulares ofrece pocas dudas en un periódico escrito en español. Como la urgencia de repensar su traducción para lograr que refleje la gravísima realidad que oculta.

Los lectores pueden escribir al Defensor del Lector por carta o correo electrónico (defensor@elpais.es), o telefonearle al número 91 337 78 36.

Invenciones sobre España 
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Abril 2000

LA oposición de los nacionalistas catalanes al desfile de las Fuerzas Armadas en Barcelona y las acusaciones de «españolismo» a Antonio Gutiérrez en el Congreso de Comisiones Obreras, por el simple hecho de reivindicar la idea de España, son la manifestación brutal de una realidad que, sin razón alguna, damos constantemente por superada.

Ahí están, sin embargo, fieles a la cita, las obsesiones de la izquierda y de los nacionalismos. La una y los otros siguen encastillados en la idea de España como un hecho histórico inaceptable, peligroso, y en el convencimiento de que algunas de sus instituciones básicas son perversas en cuanto representan el fundamento de aquélla. Concretamente, las Fuerzas Armadas.

Tales hechos le producen al cronista sentimientos encontrados. Desde luego para nada le alivia comprobar que la realidad viene a darle la razón y que sus aprensiones no son hijas de la imaginación. Lo que le resulta más desesperante no es que el conocimiento de la historia no haya conseguido barrer las invenciones sobre España; ni que la lógica consiga ocupar el lugar que le corresponde; ni que el sentido de responsabilidad corrija los intereses desmedidos (de los nacionalistas); lo que lleva al abatimiento al cronista es comprobar que ni la mayoría de la izquierda ni los nacionalistas han comprendido el sentido del proceso político español desde la Constitución hasta hoy.

En su ceguera unos y otros no son capaces de «ver» los resultados deslumbradores del 12 de marzo. Por lo mismo, unos y otros lo pagarán caro.

Pero si no me llamó la atención la reacción de Agustín Moreno por cuanto es el exponente fiel de la incapacidad de la izquierda española para entender la idea democrática de nación y para intuir siquiera que la fuente de la solidaridad es la comunidad nacional de «ciudadanos», especialmente en estos momentos de fragmentación del mundo del trabajo y de globalización del capital... me sorprendió gratamente la rotundidad de Gutiérrez y su militancia en la lógica.

Al abandonar la secretaría general de CC.OO., Antonio Gutiérrez ha abierto una estela política, no sólo sindical, que no debería extinguirse en el cielo de nuestra memoria. Si ello sucediera sería una prueba más de la miseria de los partidos de izquierda.

Dadas las connivencias entre los nacionalismos y la izquierda cada vez se hacen más necesarios políticos como Paco Vázquez o como Antonio Gutiérrez que sepan sacar a aquella de las servidumbres etnicistas y de los espejismos autodeterministas.

En todo caso ni la izquierda ni el centro derecha deberían olvidar que los apoyos de Pujol a la gobernación de España suponen la renuncia de éste a sus concepciones nacionales. Para él las Fuerzas Armadas son un hecho constitutivamente anti-catalán por cuanto son la base de la realidad histórica y actual de España; para él y para Esquerra de Cataluña y para la cúpula del PSC son el símbolo de un pasado que explica la opresión histórica de Cataluña. Del Ejército sólo están dispuestos a aceptar sus aplicaciones humanitarias, propias de una ONG porque, según ellos, Cataluña es pacifista y antimilitarista. No como el resto de España. Quizá lo más odioso y arbitrario de todo lo dicho ha sido que la «entrada de los tanques en la Diagonal» podría evocar hechos dolorosos. Como si Cataluña hubiera sido alguna vez la reserva de la democracia arrasada por la «España fascista». Una construcción tan maniquea como falsa, hecha a la medida de las ensoñaciones nacionalistas ¿cómo puede ser aceptada por quienes tienen una mínima idea de nuestra Historia?

Retirarse a tiempo
SANTOS JULIÁ El País 16 Abril 2000

El atasco político de Euskadi "radica en que ETA y quienes no pueden condenar la violencia no asumieron el resultado jurídico-institucional por el que la compleja y plural sociedad vasca optó hace 20 años". He aquí un diagnóstico con el que resulta imposible no estar de acuerdo. Procede de Joseba Arregi, diputado del PNV en el Parlamento de Euskadi. Arregi es vasco, nacionalista y parlamentario, todo lo cual no obsta para que plantee sus propuestas políticas partiendo de esta realidad incontrovertible: que la sociedad vasca es compleja y plural y que así viene expresándose desde hace décadas.

Arregi no tendrá que convencer a sus correligionarios de esa realidad compleja que es Euskadi: todos parten de ella. Lo que diferencia su posición de la mantenida por la actual dirección del PNV es la estrategia a seguir una vez que se ha reconocido este hecho. Arregi defiende una forma de construir nación respetando la pluralidad y la complejidad; la dirección del PNV ha optado por una forma de construir nación que pretende constreñir esa pluralidad, reducirla hasta alcanzar el sueño de una Euskadi dotada de una sola y fuerte personalidad colectiva; una Euskadi que habría dejado de ser plural y compleja.

Éste el sueño de dirigentes del PNV que en otros tiempos defendían posiciones similares a las que hoy sostiene Arregi. Xabier Arzalluz, por ejemplo, podría cotejar sus declaraciones de hoy con lo que decía hace 25 años para comprobar la enorme distancia que separa unas de otras. No se trata de que entonces no abrigara el objetivo de un Estado propio: no sería nacionalista si no buscara la correspondencia entre Estado y nación. Sino que, al igual que los socialistas de antaño percibían el socialismo como la meta que sólo se alcanzaría tras un perseverante esfuerzo de todos los días, un nacionalista como Arzalluz, sin renunciar al objetivo final, tenía suficiente respeto a la complejidad y a la diferencia como para no forzar la marcha si de esa presión resultaba violencia sobre los otros, ataques continuos a sus bienes, atentados contra sus personas.

¿Qué ha pasado con Arzalluz para que haya abandonado aquella estrategia? Pues quizá un proceso similar al que experimentó un dirigente del socialismo histórico, reformista moderado en su juventud, que no le hizo ascos a la colaboración con Primo de Rivera y que luego fue ministro de la República. Se llamaba Francisco Largo Caballero y nunca renunció a ver implantado el socialismo en vida, aunque, mientras esperaba, fue de lo más cauto que pueda despacharse en política: la experiencia le enseñaba que al socialismo sólo podía llegarse poquito a poco, respetando la legalidad, sin sembrar de cadáveres el camino.

Hasta que un día le entraron las prisas y decidió amenazar con una revolución. Para hacer creíble la amenaza se alió con los comunistas, hasta entonces sus peores enemigos. Cambió de lenguaje: la cautela y las buenas formas dejaron paso a la urgencia y a los malos modos; había que llegar al socialismo ya, avasallando todo lo que se interpusiera en el camino. Modificó su percepción de la realidad y dejó arrullar sus oídos por las canciones juveniles que anunciaban amaneceres radiantes. Todo era cuestión de voluntad; si todos se unían y golpeaban juntos, se iban a enterar los enemigos de clase.

Y así le fue al socialismo español y a la mismísima República: Largo Caballero acabó maldiciendo la hora en que se había dejado empujar por los jóvenes y volvió a ser el reformista que siempre había sido. Por desgracia, demasiado tarde. Y es que los años no siempre son fuente de sabiduría política. En ocasiones, los viejos líderes echan por la borda su pasado y se convierten en unos cascarrabias que serían patéticos si no fuera por el estropicio que pueden ocasionar. Es entonces la hora de prestar un último servicio a su partido y a su causa. Cuesta, desde luego, porque se trata de un servicio que a los mayores suele llenar el alma de pesares. Se llama retirarse a tiempo.

PP y PSE acusan a Ibarretxe de mantener bajo cuerda los pactos con EH 
BILBAO. I. Souto ABC 16 Abril 2000

PP y PSE denunciaron ayer que el PNV mantiene «de hecho» en el Parlamento vasco el pacto de legislatura con EH, roto oficialmente tras el asesinato de Buesa. El portavoz del Gobierno, Josu Jon Imaz, respondió que no se van a alcanzar acuerdos con EH mientras continúe la violencia y que el apoyo que les prestan los radicales debe interpretarse como «una coincidencia».

Socialistas y populares expresaron ayer sus dudas sobre el hecho de que el pacto de legislatura del gobierno de Ibarretxe con EH esté realmente roto, ya que en la práctica sigue funcionando. El secretario general del PP vasco, Carmelo Barrio, calificó de estéticas las declaraciones del portavoz del Gobierno, Josu Jon Imaz, en las que decía que «no se van a alcanzar acuerdos parlamentarios, ni políticos con EH mientras continúe la violencia», porque «el pacto que funciona de hecho es el de Estella y lo ocurrido en el Parlamento vasco es la recompensa de EH al PNV por su falta de exigencia en la última reunión del foro».

«El pacto de Estella tiene consecuencias -manifestó el dirigente del PP- como la presencia en los momentos claves en el Parlamento vasco para apoyar a Ibarretxe, para apoyar las tesis de Egibar, para apoyar al PNV y para no dejarle solo o para no mostrar debilidad».

Por parte de los socialistas, el secretario general de Vizcaya, Patxi López, señaló que «ha quedado demostrado que EH acudió en auxilio del lendakari». «Nosotros seguiremos planteando iniciativas después de Semana Santa -dijo López- para que quede de manifiesto que ese acuerdo que decía Ibarretxe que estaba roto no lo está y que EH va a acudir siempre en su auxilio y, si no fuera así, lo que quedará patente será la incapacidad del gobierno para gobernar».

«CAMINO DE LA NORMALIZACIÓN»
Por su parte, el presidente del Parlamento vasco, Juan María Atutxa, dijo que la participación de EH el pasado viernes para apoyar al Gobierno de Ibarretxe demuestra que «estamos en el camino de la normalización». «Hace dos años -comentó Atutxa- nadie hubiese pensado que en una situación de crispación como la que estamos viviendo, los representantes de esa parte importante de este pueblo (EH) estuvieran presentes y votando, lo que indica que estamos caminando hacia la normalidad de este país».

El portavoz del Gobierno vasco, Josu Jon Imaz, compareció ayer en rueda de prensa para pedir serenidad en el debate político. «Nosotros no vamos a mantener acuerdos como Gobierno con EH -manifestó Imaz- en tanto en cuanto no desaparezca la violencia o no haya actitudes claras de rechazo de la misma». «En ese sentido -añadió-, la posición del Gobierno sigue siendo la misma que ha sido en estos últimos meses, lo que nosotros lógicamente vamos a hacer en cualquier caso es tratar de defender nuestras iniciativas y tratar de buscar más espacios de acuerdo».

Sin embargo, el lendakari no está consiguiendo apoyos en la ronda de conversaciones que mantiene con los partidos. El pasado viernes, Ibarretxe se entrevistó con Redondo, sin que el encuentro cambiara las diferencias entre el PNV y el PSE.

Las editoriales descubren a los autores africanos que escriben en castellano
La novela es el género más común entre los escritores subsaharianos afincados en España
JUANA VERA, Madrid El País 16 Abril 2000

España empieza a publicar a autores africanos que escriben en lengua castellana. María Msue Angüe, Donato Ndongo, Indongo-Vi-Makomé, Justo Bolekia, Francisco Zamora, Ahmed Daoudi, Mbuyi Kabunda, Abdel Hamid Beyuki, Mohamed El Gheryb o Agnes Agboton son algunos de sus nombres. Sus orígenes abarcan Guinea Ecuatorial, ex colonia española, Marruecos, Camerún, la República Democrática del Congo o Costa de Marfil. A través de sus libros podemos contemplar el corazón de unos países complejos y desconcertantes para la mente occidental tradicional.

Lo único que iguala a estos autores es que narran en español y consideran a ésta su lengua. Angüe es una de las primera escritoras de la zona del Golfo de Biafra. Es poetisa, narradora, novelista y cronista de política internacional. Vino a España cuando tenía ocho años. Aquí realizó sus estudios secundarios y en Somalia los universitarios, para redescubrir Guinea Ecuatorial, su tierra natal, a los 21. Su colección de relatos, Los dioses perdidos, es su obra más reciente. "Yo las llamo leyendas porque no soy historiadora. Todo el material que he recopilado procede de la tradición oral, de lo que las mujeres han continuado cantando a pesar de la dictadura", explica la autora cuya novela Ekômo (Unef) publicada en 1986 acaba de ser traducida al francés.

Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, El comercio español con África, Antología de la literatura guineana y Las tinieblas de tu memoria negra, finalista del premio Sésamo de literatura, son algunas de las obras del, también, guineano Donato Ndongo, quien como María forma parte de la inmigración intelectual subsahariana asentada en España. "Pronto saldrá la continuación de la Antología de la literatura guineana", explica este autor que, tras llegar a España en 1965, decidió volver a su país veinte años después como director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano en Malabo, donde estuvo hasta 1992. En esa fecha fue nombrado delegado de la agencia EFE, una ocupación que tuvo que dejar en 1995. "Era difícil ejercer el periodismo en un país sin libertades", aclara.

¿Qué nos aportan estos autores? ¿En qué se diferencian de los escritores españoles? "Nos regalan una visión distinta del mundo. Sus obras son complejas pero llenas de sencillez y esto puede desconcertar a un lector que se acerca a ellos por primera vez. Pueden parecer planas, pero al final descubres que están cargadas de significado y sus conclusiones te deslumbran", explica Miram Tey, directora de Del Bronce, editorial especializada en literatura no occidental.

"Aportan luz y conocimiento. Sus obras son capaces de alimentar nuevas percepciones, sonidos, olores. Nuevos mundos en nuestras mentes occidentalizadas. Aportan mestizaje, futuro", detalla Manuel Blanco, director de Vosa, responsable de la edición de La transición en Marruecos, del marroquí Abdel Hamed Beyuki y de Dormir al raso, de Pascual Torregrosa y el marroquí Mohamed El Gheryb. "Nos conceden la oportunidad de leer textos rigurosos sobre la realidad africana actual", señala Basilio Rodríguez Cañada, codirector de la colección Casa de África de Sial.

La novela, seguida por el cuento, la poesía y el ensayo, es el género más común de los autores subsaharianos que escriben en español. Próximamente se publicará Inmigración africana: tragedia y esperanza, ensayo del camerunés Inongo-Vi-Makomé, quien también llegó a España a finales de los sesenta, con el fin de continuar sus estudios de bachillerato e iniciar Medicina. Su lengua primigenia es el batanga, mientras que María Msue es bantú y Donato Ndongo, fang.

El caso de Inongo es, al menos, curioso. Su segunda lengua es el francés, porque el Camerún fue un protectorado de Francia. Pero Inongo emigró a Guinea Ecuatorial de niño y luego a España. Y hoy, piensa y escribe en castellano.

Si Inongo-Vi-Makomé exige una reflexión y una renovación del debate sobre el problema de la inmigración en España y en Europa en su ensayo Inmigración africana: tragedia y esperanza , Mbuyi Kabunda Badi, profesor del máster europeo de Derechos Humanos y Democratización en África de la Universidad de Deusto, expone en El nuevo conflicto del Congo. Dimensión, internacionalización y claves (Sial) una realidad congoleña que reclama la atención y la comprensión de todos, y una urgente solución para lograr la convivencia pacífica que haga posible la creación de escuelas.

Mbuyi Kabunda, María Msue, Donato Ndongo, al igual que Abdel Hamid Beyuki, Mohamed El Gheryb, estos últimos autores marroquíes que viven en España, vislumbran un futuro mestizo y algunos como Mbuyi Kabunda piensan que este "futuro será mestizo o no será".

La transición en Marruecos y Dormir al raso, son las obras escritas por Abdel H.Beyuki y por Mohamed El Gheryb, respectivamente. La primera, nos sitúa en el centro de los problemas sociales y políticos de Marruecos y nos ayuda a comprender sus causas. La segunda, como si fuera un reportaje, nos coloca en las zapatillas del inmigrante marroquí sin tapujos, poniendo al descubierto sus miserias y grandezas, además de las mafias que desangran a esta gente que lucha por una vida más digna.

Otros autores marroquíes que escriben en español son Nouman Aoraghe, Ahmed Daoudi y Abdel H. Beyuki, ambos treinteañeros, y M. E. Gheryb, de 24 años. Ahmed Daoudi ha escrito El diablo de Yudis (Vosa). Una obra en donde la vida del zoco se mezcla con las necesidades del inmigrante. Aoraghe ha estrenado en Toledo la obra de teatro Ardor y con su próxima obra, El grito de la montaña, participará en el Festival de Teatro del Mediterráneo y en el de Aviñón.

"Hago teatro alternativo. Hablo de la inmigración como refugio, como desarraigo, como búsqueda de otra tierra para huir de la represión. Englobo muchos significados en la palabra inmigración. También hablo de mi tierra beréber, del problema de la mujer, de las pateras. Mi región, el Rif, ha dado muchos inmigrantes. Hablo de política", cuenta Aoraghe para quien España representa la libertad, algo que no ocurre en su país.

"España debe prestar más atención a los autores africanos. Debe alcanzar la madurez de Francia en este sentido, tanto en la literatura como en la música. No debe permitir que haya aquí un autor que escriba en castellano, pero que ha sido publicado por una editorial francesa. Algo que ya está comenzando a ocurrir", añade Aoraghe, quien ha traducido la obra de Fernando Arrabal al árabe.

Más dinero, más atención, menos indiferencia
"La obra de Mbuyi Kabunda fue la que abrió nuestra colección Casa de África. Constituye el análisis más riguroso del conflicto de los grandes lagos", explica el director de la colección Basilio Rodríguez Cañada. "Lo lanzamos en la pasada Feria del libro y compitió con otras obras en igualdad de condiciones. Con dignidad. Crear una colección digna, tanto en su forma como en su contenido, ha sido y es nuestra intención. Hemos publicado una Gramática bubi, dos poemarios ( Memoria de laberintos, de Francisco Zamora Loboch y Löbëlia, de Justo Bolekia Boleká), y Las adivinanzas en la zona de los Ntumu. Tradiciones orales del Bosque Fang, de Iñigo de Aranzadi", añade.

"Todos estas obras, salvo la de Mbuyi Kabunda, ahondan en la cultura de Guinea Ecuatorial, ex colonia española", detalla el director de la colección Casa de África, en donde se han publicado estas obras y en la que acaba de aparecer Conflictos y cooperación en África Actual, de la cual él es coautor junto con Jorge Urbano Martínez Carreras.

Rodríguez Cañada señala el incremento de estudiantes africanos que llegan a nuestro país, así como el aumento de estudiantes de castellano en las universidades de países africanos. Apunta la gran labor realizada por la Agencia de Cooperación Internacional, a partir de la cual se apoyan iniciativas como las desarrolladas por su editorial, becas, cursos, conferencias, etcétera. Pero Iñigo de Aranzadi reclama más dinero. Más atención. Más inversión, al tiempo que llama la atención sobre la gran indiferencia "empezando por los gobiernos, tanto español como guineano", hacia la cultura guineana y africana en general.

En los armarios de Europa hay fantasmas
ADAM MICHNIK  El País 16 Abril 2000

El futuro de la democracia europea, basada en el respeto de los derechos humanos y en la aceptación de la economía de mercado, se enfrenta en la actualidad, según el autor, con varios fantasmas del pasado, como el nacionalismo y el populismo, herederos ambos del totalitarismo comunista y fascista. Pero la democracia debe encarar también otros retos nuevos, como los derivados de los límites a la soberanía nacional que ilustran casos recientes como la detención del ex dictador chileno Augusto Pinochet en Londres o el derecho a la intervención de la OTAN en Serbia.

El anticomunismo, como el antifascismo, no es suficiente para garantizar la honestidad de una persona. La vieja mentira sobre la honestidad de los comunistas que hicieron el arreglo de cuentas con el fascismo es reemplazada hoy por la nueva mentira de los anticomunistas que hacen el arreglo de cuentas con el comunismo.

Mientras tanto, la vida nos enseña que prever el pasado es tan difícil como predecir el futuro. Cuando analizamos los debates que se desarrollan en torno a los acontecimientos del pasado que estremecieron tenemos la sensación de que los fantasmas de ayer siguen muy vivos y participan en nuestras controversias de hoy.

La detención de Augusto Pinochet reabrió la polémica en torno a la guerra fría, a los límites de la soberanía, al conflicto que existe entre la lógica de la justicia y la lógica del compromiso.

Las limpiezas étnicas organizadas por el régimen de Slobodan Milosevic en Kosovo y, luego, la intervención militar de la Alianza Atlántica reavivaron apasionadas controversias sobre los límites de la soberanía y el derecho a una injerencia humanitaria.

La sangrienta guerra de Chechenia, provocada por la irrupción de un grupo armado de Shamil Basáyev en Daguestán, planteó nuevamente el problema de la existencia de dos raseros diferentes: el que aplica la opinión pública mundial a los pequeños y débiles y el que emplea con los grandes y fuertes. Un rasero se utilizó en el caso de Serbia, otro se está empleando en el de Rusia.

Por último, el escándalo más reciente: la participación en el Gobierno de Austria del Partido de la Libertad del populista austriaco Jörg Haider, un político que utiliza un lenguaje muy parecido al de los nazis.

Los pueblos suelen embellecer su propio pasado y afear el de los enemigos. Mucho más cómodo es sentirse víctima que verdugo. Por eso solemos esconder en los rincones de la memoria las injusticias que cometimos con otros, pero mantenemos siempre a mano el recuerdo de las que cometieron otros con nosotros. Ésa suele ser precisamente la venganza de los fantasmas que hay guardados en los armarios de Europa.

Por eso es mucho mejor hablar del pasado pensando en el futuro que conformar el futuro con los ojos puestos en el pasado. El primer esquema propicia la adopción de compromisos, como lo demuestran las relaciones polaco-ucranias. La alternativa son conflictos tan sangrientos como los de Yugoslavia y el Cáucaso.

La memoria nacional polaca tiene en su armario dos fantasmas: el nacionalista y el clasista. El primero se relaciona con el antisemitismo. Es un cadáver que sigue desenterrado, porque nunca se consiguió hacer un auténtico y profundo ajuste de cuentas con el odio antijudío. Ahora bien, aunque el antisemitismo no fue en Polonia un fenómeno marginal, sino un importante elemento de la corriente nacionalista, fuerte en el escenario político de antes de la Segunda Guerra Mundial, jamás fabricó colaboracionistas, como sucedió con los nacionalistas franceses durante la ocupación hitleriana. Por el contrario, entre los nacionalistas polacos hubo muchos heroicos combatientes de la resistencia antifascista, que después de la guerra fueron encarcelados, torturados e incluso asesinados por los comunistas. ¿Cómo arremeter contra aquellos hombres por su antisemitismo si la dictadura los perseguía y castigaba?

De la dictadura comunista se puede decir que funcionó como una especie de congelador que permitió que se conservasen intactos las ideas y sentimientos nacionalistas de antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando se restauró la democracia, al escenario político retornaron las viejas agrupaciones, que veían con buenos ojos el totalitarismo, aunque no el de signo comunista. Los partidarios de aquellas viejas agrupaciones reaparecieron como adversarios del régimen comunista, etiqueta que los presentaba como combatientes por la independencia y la libertad. Aunque podían estar muy cerca de la ideología fascista, como se oponían al comunismo, parecían ser buenos. En el pasado fue el comunismo el que consiguió la etiqueta de la bondad, porque dio una gran contribución al aplastamiento del fascismo. Hoy, al contrario, se considera bueno todo lo que es anticomunista. Sin embargo, de la misma manera que ayer la opinión pública veía en el fascismo el mal absoluto y no quería pensar en el terror y la crueldad del Gulag, en los millones de víctimas y en la política expansionista de Stalin, hoy se trata como mal absoluto el comunismo, se glorifica todo tipo de anticomunismo, se olvida que Adolfo Hitler también fue un anticomunista singularmente rabioso.

Al segundo cadáver tampoco se le ha dado sepultura, porque aún no se ha hecho el arreglo de cuentas definitivo con la dictadura comunista. Sin embargo, ha llegado el momento de decir toda la verdad sobre su teoría e historia, sobre su doctrina y su práctica, el momento de los hechos, de los documentos y de los testimonios de las víctimas. También ha llegado el momento de reflexionar sobre la utopía comunista que permitía creer en la posibilidad y conveniencia de construir por la fuerza un mundo de igualdad y justicia, libre de conflictos. Por último, ha llegado el momento de decir la verdad sobre la dictadura del proletariado y el papel rector del partido, pero también sobre el conformismo colectivo que hizo posible que el totalitarismo comunista durase tanto tiempo.

No es fácil eliminar del presente los fantasmas del pasado, porque los resucita constantemente la lucha por el poder y por el dominio sobre la memoria. Lo demuestran dos mecanismos: el de la "descomunistización" y el de la "verificación". El verdadero objetivo de quienes proponen la "descomunistización" es excluir a la gente de la antigua nomenklatura de la vida normal, pero no porque cometieron delitos, sino porque fueron miembros del aparato comunista. La "descomunistización" ha de servir, pues, de pretexto para despojar a parte de los ciudadanos de sus derechos y libertades, y al conjunto del electorado, de la posibilidad de decidir libremente cuál ha de ser la composición del Parlamento. El mecanismo de la llamada "verificación" tiene como fin desenmascarar a los antiguos agentes y confidentes de la policía comunista. El problema consiste en que el mecanismo se basa en los documentos que fabricaron los servicios secretos comunistas durante años contra los ciudadanos. Hoy, los papeles fabricados por la policía de la dictadura se emplean para valorar el comportamiento de gente honesta; son los ex policías comunistas con sus declaraciones quienes certifican si alguien fue honrado o no. ¿Pudo una mente sana imaginar algo más enfermizo?

Las mentiras siempre generan mentiras. En el último decenio, la ideología y la práctica comunistas fueron sometidas a una crítica despiadada. Pero el comunismo moribundo pudo reaccionar de dos maneras. La primera era aceptar las reglas de la democracia y de la economía de mercado y crear nuevas agrupaciones políticas integradas por personas con biografías parecidas y con el mismo temor a la "descomunistización". Esas agrupaciones -como sucedió en Polonia y Hungría- optaron por un pragmatismo tan marcado que linda con el cinismo. A esas agrupaciones les interesan las técnicas del marketing, y no las discusiones sobre el pasado, que definen como "tema aburrido e insignificante". Esa gente respeta las reglas democráticas, pero con su actitud priva a la democracia de ese importantísimo contenido que es la reflexión sobre el pasado. Sin la verdad sobre el pasado, la democracia se ve atacada por el virus de la corrupción espiritual y material.

Pero el comunismo moribundo pudo buscar refugio también en otra realidad, en la nacionalista y populista. El imperialismo ruso promovido por Ziugánov y el chovinismo serbio de Milosevic son otras caras del comunismo reconvertido, su cara imperialista o nacionalista.

Augusto Pinochet volvió a plantear el problema de cómo salir de una dictadura. ¿Hay que buscar esa justicia que muchos de sus adversarios definen como revancha o, por el contrario, hay que tratar de alcanzar la reconciliación, que los críticos consideran muy peligrosa porque impide distinguir entre el bien y el mal? Los primeros dicen que a la gente del régimen anterior hay que eliminarla de la vida política con ayuda del Código Penal. Los segundos creen que esa gente tiene que ser incorporada al sistema democrático. Por eso, los primeros quieren montar algo parecido al Tribunal de Núremberg, mientras que los segundos prefieren el entendimiento y la reconciliación. Los primeros sueñan con algo similar a la "desnazificación" llevada a cabo en Alemania Occidental después de la Segunda Guerra Mundial, mientras que los segundos se sienten fascinados por la transición democrática en España.

Pero la detención de Pinochet puso en un aprieto a unos y otros, porque en los tiempos de la dictadura comunista la oposición interpretaba la opresión del régimen de dos maneras: unos condenaban el comunismo porque era un régimen opresor, mientras que los otros condenaban la opresión porque era comunista. Para ellos, Pinochet, que derrocó un Gobierno legal con ayuda de un golpe de Estado militar y seguidamente implantó una dictadura muy sangrienta, es un héroe de la cruzada anticomunista, que hay que admirar y adorar, aunque sus actos provocaron miles de muertes.

Los otros decían: "El comunismo es un mal terrible, pero no por el proyecto filosófico que promueve, sino por el carácter inhumano de los métodos de opresión que utiliza. Rechazamos, pues, el comunismo no por sus leyes dialécticas ni por su materialismo histórico, sino porque torturaba a la gente, y las torturas son inadmisibles independientemente de la justificación que se les dé". Pero si las torturas y los asesinatos son inadmisibles y dignos de la más firme condena, lo son también cuando se llevan a cabo bajo la bandera de la lucha contra el comunismo. Y es que no hay asesinatos ni torturas de derechas o de izquierdas, progresistas o reaccionarios. Todos los asesinatos y todas las torturas se merecen la más firme y enérgica condena.

Se puede, pues, decir que la polémica en torno a Augusto Pinochet surgió en Polonia ya en el momento en que ese general dio su golpe. Su detención en Londres actualizó una vez más el problema. Sus partidarios afirmaron que su arresto era una venganza de la conspiración del comunismo mundial por su heroica lucha contra los marxistas. Sus adversarios aseguraban que al fin se había hecho justicia y el sanguinario dictador sería juzgado por sus crímenes. Es curioso que los partidarios de Pinochet no querían oír hablar de la gente torturada y rechazaban su dolor y sufrimientos. Por su parte, los acusadores de Pinochet no exigían que se encarcelase a Fidel Castro, otro dictador con crímenes y víctimas en su conciencia.

A esa polémica se incorporaron los partidarios de una tercera visión del mundo que consideraban que no había que castigar al verdugo. Los partidarios de esa concepción eran enemigos de toda dictadura, tanto de la comunista como de la anticomunista. Eran, no obstante, conscientes de que las razones políticas chocaban con los argumentos jurídicos y, con frecuencia, también con las razones morales. Había que responder a la pregunta de qué era más moral: hacer justicia aunque surgiese el peligro de una nueva guerra civil u optar por la paz social renunciando a la justicia. Los partidarios de esa última concepción señalaban que tanto en Chile como en Polonia había que optar por la reconciliación. Ahora bien, la reconciliación y la amnistía no pueden imponer la amnesia. El entendimiento basado en el compromiso no tiene que acarrear por fuerza la falsificación de la historia ni la justificación de los crímenes. La pregunta principal era entonces: ¿quién justificaba los crímenes? ¿Los que dicen que es mejor aplicarle a Pinochet la amnistía que provocar un nuevo conflicto o aquellos que afirman que el general chileno no fue un criminal, sino un héroe de la cruzada anticomunista?

La polémica en torno al caso de Pinochet se relacionó también con el problema de los límites de la soberanía. ¿Quién tiene derecho a castigar al ex jefe del Estado chileno que entregó el poder por la vía de la negociación con la oposición y de la celebración de elecciones democráticas? ¿Quién tiene derecho a actuar por los chilenos para hacer un arreglo de cuentas con el pasado?

El problema de la soberanía se manifestó de manera brutal durante la intervención militar de la OTAN en Kosovo. Todos coincidían en la valoración negativa de Milosevic. Sin embargo, el bombardeo de las tropas serbias en Kosovo y de las ciudades serbias despertó una cruda polémica. Una considerable parte de la opinión pública no quería aceptar el derecho de la OTAN a intervenir en un asunto que definía como problema interno de Serbia. Los defensores de la injerencia sostenían que la soberanía de un Estado termina cuando ese Estado practica el genocidio. Los adversarios de la injerencia acusaron a sus partidarios de que con las consignas sobre la defensa de los derechos y libertades humanas lo único que se buscaba era encubrir una política imperialista.

Es cierto que efectivamente así solía ocurrir en el pasado. Es cierto también que en el conflicto de los Balcanes no hay inocentes. El nacionalismo contaminó a todas las etnias que habitan la zona y se manifestó en las guerras que se sucedieron en la región. Ahora bien, aunque no hemos olvidado a los serbios que fueron víctimas de las limpiezas étnicas en Croacia, en Bosnia y en Kosovo, tampoco olvidamos que fueron los propios serbios quienes se condenaron al darle el voto en elecciones democráticas a Milosevic y al respaldar su política que provocó tantos conflictos armados. La experiencia de los Balcanes demuestra que las víctimas se contagian también con el odio de los verdugos, con su mentalidad y su comportamiento. Hoy, el histérico nacionalismo albanés es un peligro no solamente para los enclaves serbios en Kosovo que son agredidos, sino también para los albaneses de mentes independientes que no quieren someterse a las consignas coreadas por las multitudes: "Kosovo, para los albaneses" y "fuera los serbios".

Ahora bien, ¿por qué se emplean dos raseros diferentes? ¿Por qué la comunidad internacional castiga a los serbios por actos mucho menos drásticos que los que comete Rusia en Chechenia? Algunos tratan de justificar la intervención indicando que la provocó la agresión de Basáyev a Daguestán, que en Chechenia puede repetirse el caso de Afganistán, país que, abandonado por los rusos, cayó en manos de los musulmanes más fanáticos, y que en el Cáucaso se multiplican los actos de terrorismo, los secuestros y los asesinatos. Esos argumentos, así como el espanto que sienten los dirigentes rusos ante el peligro de la desintegración de la Federación Rusa, no pueden justificar la masacre que se está llevando a cabo en Chechenia.

Hay que confesar con honestidad que, aunque no es cierto que Occidente guarda silencio, efectivamente se aplican dos raseros diferentes. La política internacional nunca fue una actividad de moralidad inmaculada, sino la búsqueda de un compromiso entre lo moral y lo posible. Las razones morales justifican plenamente la intervención humanitaria en Kosovo, una intervención que la realidad hizo posible. Otro es el caso de Rusia, porque nadie en el mundo se atrevería a hablarle con el lenguaje que utilizó la OTAN en Kosovo. Así pues, Occidente tiene un problema muy difícil: ¿respaldar la coja y corrupta democracia rusa o apoyar a sus enemigos étnicos, que quieren construir no solamente un Estado checheno independiente, sino un Estado islámico que sería un enemigo de Rusia.

Para los pueblos de Europa central y del este, la guerra de Chechenia es el aviso de que hay que hacer todo cuanto sea posible para que Rusia no busque en el lenguaje que emplea en Chechenia la solución de los conflictos naturales que pueda tener con sus vecinos, porque ése es el lenguaje de la muerte, también de los rusos.

La actitud frente a la política rusa en Chechenia sirvió de argumento en el debate sobre las sanciones de la Unión Europea contra Austria. El éxito electoral del Partido de la Libertad, de Jörg Haider, fue la piedra que provocó el alud. Austria se siente injustamente castigada. La democracia austriaca, una democracia opulenta, no se siente amenazada por Haider. ¿Por qué los austriacos no pueden votarle a Haider, si se permite a los franceses que le voten a Le Pen y a los italianos que formen Gobiernos con la participación del fascistoide de Fini? ¿Por qué les acepta que los comunistas franceses e italianos participen en las coaliciones gubernamentales en sus países, pero se rechaza que pueda hacer lo mismo el partido de Haider? ¿Europa se ha vuelto loca? ¿Por qué es tan condescendiente con Rusia y tan dura con Austria?

Esas preguntas son correctas, pero también pueden formularse otras: ¿no es Austria la que se ha vuelto loca? ¿Por qué los austriacos le dieron tantos votos a Haider? ¿Por qué la Democracia Cristiana formó coalición con ese político?

Con esas preguntas entramos en un terreno muy difícil y lleno de trampas. Durante 30 años, Austria estuvo gobernada por una coalición rojinegra que era una especie de partido único formado en teoría por dos agrupaciones políticas. Las elecciones eran en Austria democráticas, pero los austriacos nada podían cambiar. Los votos dados a Haider fueron votos de protesta contra la eterna coalición, votos a favor del cambio. Haider no es un nazi y no es el anuncio de una dictadura nazi. Es un político hábil, un populista y un manipulador. Austria quería el cambio y el partido de Haider resultó ser el único instrumento eficaz para conseguirlo. Pero ¿es un buen instrumento?

Hay países que, en ciertas materias, tienen derecho a menos que otros. Por ejemplo, Estados Unidos no puede consentir un lenguaje que recuerde la segregación racial. En Francia no está permitido burlarse del holocausto. En Polonia son inconcebibles las burlas de la religión católica y la utilización del antisemitismo como arma.

Austria también tiene derecho a menos, porque todos recordamos el escándalo que se armó en torno a Kurt Waldheim. Hay que admitir, pues, que Austria no debe tener complejos, pero sí tiene motivos para comportarse con mucha prudencia. Que no se olviden en Austria de que en ese país el nazismo no fue un fenómeno importado. Y ésa es precisamente la causa primaria de la hipersensibilidad de los políticos europeos, exagerada e injusta, pero previsible.

Queda la pregunta de por qué Occidente es menos condescendiente con Haider que con los comunistas o poscomunistas. Es cierto que Hitler y Stalin fueron criminales y que sus crímenes fueron comparables, pero no hay que olvidar que la Unión Europea nació de una realidad antifascista. Fue la derrota de Hitler la que dio vida a la idea de la integración europea. Nadie puede negar que los partidos comunistas formaron parte del frente antifascista. Además, tras la caída del comunismo soviético y la desintegración de la Unión Soviética, la ideología comunista es un cadáver bien muerto.

El caso de Haider ilustra muy bien los problemas que tiene Europa con su historia. Es también un aviso importante para todos los países del continente: los que votan a políticos que, como Haider, utilizan el lenguaje de la xenofobia, la demagogia y la condescendencia con el fascismo condenan a su Estado a ser despreciado por otros países democráticos y por las instituciones de la Unión Europea.

La democracia europea nace de dos premisas fundamentales, que son el respeto de los derechos humanos, basado en el parlamentarismo, y en el respeto de los derechos de todas las minorías, y la aceptación de la economía de mercado que genera la clase media, factor que garantiza la estabilidad social. Alguien dijo que el matrimonio de la democracia con la economía de mercado no nació del amor, sino del sentido común. Esos matrimonios suelen ser muy duraderos, aunque sin amor; es decir, sin valores, carecen de alma y de sentido. Ahora bien, el amor, los valores axiológicos, no pueden ser garantizados ni protegidos por el Código Penal.

Hemos comenzado un nuevo milenio liberados de la fe en que hay verdades absolutas y recetas perfectas. Tenemos fe, no obstante, en el orden democrático, aunque es inestable y siempre está en peligro. Tenemos fe en que podemos defender el orden democrático. Consideramos que el diálogo tiene más virtudes que la violencia, aunque esa última se esconda detrás de los argumentos más nobles. Adam Michnik es director de Gazeta Wyborcza.

 

Recortes de Prensa   Página Inicial