AGLI

Recortes de Prensa    Lunes 29  Mayo  2000
#La lengua española en la Unión Europea
José Luis Manzanares La Estrella 29 Mayo 2000

#UNA PROPUESTA VALIOSA, PERO EXTEMPORANEA E IMPRUDENTE
Editorial El Mundo 29 Mayo 2000

#Pluralismo
ENRIQUE GIL CALVO El País 29 Mayo 2000

#El vergonzante desfile de Montjuic
Lorenzo Contreras La Estrella 29 Mayo 2000

#Partidos, sindicatos y el Foro de Ermua rinden homenaje a Lacalle
BILBAO. I. Souto ABC 29 Mayo 2000

#Tiempos modernos
JOSÉ MARÍA RIDAO El País 29 Mayo 2000

#Carta de Ítaca
MIRA MILOSEVICH El País 29 Mayo 2000

 


La lengua española en la Unión Europea
José Luis Manzanares La Estrella 29 Mayo 2000

El Parlamento Europeo venía relacionándose con la prensa mediante boletines informativos en once idiomas, pero desde ahora sus textos sólo serán redactados en inglés, francés y alemán. Se habla de una decisión experimental que tendría como objeto la reducción de gastos. Ninguno de nuestros parlamentarios votó en contra e incluso el más caracterizado, el vicepresidente de la Cámara, respaldó la iniciativa. El horizonte se presenta sombrío, porque no hay muchas razones para que en el futuro se altere la selección de lenguas privilegiadas. Se parte ya de un criterio de valoración que ha producido aquel resultado, de modo que los esfuerzos para romper la inercia recaen sobre quienes postulen el cambio. La noticia, que ha coincidido con la visita de los Reyes de España a la sede del Instituto Cervantes en Bruselas, nos ha cogido por sorpresa y ha suscitado reacciones en las que la indignación nos ciega un poco.

Las críticas suelen aceptar la ubicación del inglés y del francés en el grupo de los elegidos. Los méritos del inglés se reconocen sin reservas porque es, en sentido estricto, una lengua sin fronteras. Muchos países la tienen como propia a lo largo y ancho del universo mundo, y su importancia en los foros internacionales, en la economía, en el comercio, en la navegación y en las nuevas técnicas no admite discusión. A favor del francés se aducen su doble papel como expresión de una gran cultura y como tradicional lengua diplomática. Parece así que nuestros comentaristas tienden a identificar la defensa del español con la pugna por el tercer puesto, desalojando y sustituyendo al alemán. Es cierto que los castellanoparlantes de la aldea global superamos en cuatro o cinco veces a quienes se expresan en la lengua de Lutero, pero el panorama varía sustancialmente dentro de la Unión Europea.

Aquel argumento, válido para las Naciones Unidas, pierde fuerza en el ámbito europeo, donde el factor demográfico se inclina decididamente a favor del alemán. A los setenta y cinco millones de habitantes de la República Federal hay que añadir ocho millones de austriacos, y en la misma frontera quedan tres millones de suizos. La influencia del idioma alemán en otros países del centro y este de Europa es también muy destacada, sobre todo entre las clases dirigentes. Los españoles somos cuarenta millones. Y los italianos cincuenta y cinco. En tales términos nos correspondería la quinta posición.

Más realista y prometedora sería la aspiración española a integrarse en un grupo de cinco idiomas básicos, junto al inglés, el francés, el alemán y el italiano. La muy considerable extensión del castellano en América y el interés de esos pueblos -y de sus gobiernos- por conectar con la Unión Europea, precisamente a través de España como trampolín idiomático, jurídico y político, constituyen una baza de primer orden para avanzar hasta el tercer o cuarto puesto en el índice de preferencias lingüísticas. El victimismo y la confrontación son malos consejeros. Mejor sería buscar soluciones dentro de la concordia, la comprensión mutua y la probable compatibilidad de intereses.

Y no nos engañemos. Los enemigos de nuestra lengua abundan más dentro de la piel de toro que fuera. Buena ocasión es ésta para mostrar nuestro agradecimiento a esos relevantes políticos que en los foros internacionales gustan de comunicarse en inglés, francés o alemán, pese a la posibilidad de hacerlo en el idioma oficial de todos los españoles.

UNA PROPUESTA VALIOSA, PERO EXTEMPORANEA E IMPRUDENTE
Editorial El Mundo 29 Mayo 2000

El presidente del PSE-EE, José María Benegas, ha hecho pública una propuesta de paz para el País Vasco basada en el modelo irlandés. En síntesis, lo que el veterano político socialista propone -siempre con la condición de que ETA deje de matar al menos durante dos años- es un método de negociación a dos bandas: por una parte, Gobierno y ETA resolverían la situación de los presos y la entrega de las armas; por la otra, una mesa de todos los partidos se encargaría de las cuestiones políticas. Benegas expone su plan de paz con todo lujo de detalles: traslado de los presos al País Vasco dos meses después del anuncio de tregua y creación de la figura de la libertad vigilada como fórmula más cauta que el indulto. Incluso plantea que para que prospere cualquier reforma en la mesa de los partidos sea necesario un consenso del 70% de los votos.

No se le puede negar a Benegas el mérito de haber articulado una propuesta interesante. En otro momento del proceso y con otros protagonistas podría resultar útil. Pero, desgraciadamente, en el País Vasco de hoy se trata de una iniciativa inoportuna por dos motivos fundamentales: primero, porque se da de bruces con la realidad ya que ETA no quiere negociar la paz, sino imponer la independencia; y segundo, porque puede ser un balón de oxígeno para quienes han radicalizado su estrategia pactando con EH, a pesar de los atentados. La prueba es que los únicos partidos que han aplaudido a Benegas son el PNV y EA.

En su propia formación tampoco la idea ha sido bien acogida. El senador Javier Rojo ha dicho que sólo introduce «confusión». Benegas tuvo ayer ocasión de comprobarlo en un acto de homenaje a Ramón Rubial, donde el líder de los socialistas vascos, Nicolás Redondo Terreros, dijo que su partido no tiene intención de «ser la tabla de salvavidas de Arzalluz, del Gobierno de Ibarretxe ni de Lizarra». Precisamente. El plan Benegas resulta especialmente inoportuno para los socialistas vascos, necesitados de un discurso uniforme, porque puede ser utilizado por el PNV como coartada para justificar su empecinamiento en pactar con EH.

Benegas asegura hoy en EL MUNDO que su propuesta coincide con la estrategia de su partido y que no se debe pactar con el PNV mientras no salga de Lizarra. Pero él, que no es ningún ingenuo, debe saber que plantear ahora un plan, basado en unas condiciones casi utópicas, resulta inconveniente porque sólo sirve para dar bazas a quienes pretenden poner precio político a la paz.

Pluralismo
ENRIQUE GIL CALVO El País 29 Mayo 2000

La decisión de celebrar el Día de las Fuerzas Armadas con un desfile del Ejército español desplegado sobre las calles de Barcelona parece una provocación, pues no venía en absoluto a cuento. ¿Qué sentido tiene humillar innecesariamente al nacionalismo catalán, obligándole a tragarse semejante píldora sin contrapartida ni negociación? ¿Acaso se trataba de un ritual etológico destinado a marcar el territorio, a fin de ostentar desde un comienzo la nueva mayoría absoluta españolista? ¿Suponía un aviso dirigido a navegantes, que si ofendía a un aliado bajo control, como es Pujol, sólo se hacía para escarmentar en cabeza ajena cualquier otra posible tentación soberanista? ¿O era un simple gesto de consumo interno, a modo de guiño de complicidad sólo escenificado de cara a la propia galería, para contentar a cuantos se desgañitan en Génova insultando a Pujol cada noche electoral? Puede que se trate de todas esas cosas a un tiempo, pues el crecido Aznar está demostrando ser aplicado aprendiz de Maquiavelo. Y de ser esto así, lo más probable es que señales análogas a ésta volverán a darse.

Tres días antes del desfile, Aznar recibió por fin a Chaves y aceptó satisfacer las reivindicaciones históricas andaluzas, restañando viejos agravios comparativos con Cataluña. Y es posible que esto anuncie la negociación de una nueva plataforma antinacionalista, por el estilo de pasadas loapas y loapillas. Así se confirma que Aznar está cambiando de adversario político, pues su estrategia ha dejado de ser prioritariamente antisocialista para concentrar todos sus recursos en la cruzada antinacionalista. Por eso el desfile del sábado no parece más que la primera escaramuza de la continua guerra de desgaste que se piensa orquestar durante la presente legislatura. Otro episodio quizá inmediato será la probable resurrección de la abortada Comisión de Humanidades, que buscó unificar la enseñanza de la plural historia de España. Y qué duda cabe de que a Aznar le gustaría cerrar su campaña antes de las elecciones con un desfile militar celebrado en el Arenal de Bilbao: hacia allí apunta la bofetada que acaba de recibir Pujol.

¿Qué pensar de semejante apertura de hostilidades? Hay que reconocer que la defensa de la unidad constitucional es perfectamente legítima, aunque sea la derecha quien la emprenda. E incluso puede resultar conveniente, pues una pasada por el antinacionalismo reforzaría el pacto federal previsto por la Constitución, contrarrestando las tendencias confederales asimétricas o soberanistas. La democracia se basa en la división de poderes en equilibrio que recíprocamente se oponen y contrarrestan. Por eso no hay nada que temer en la elevación de la tensión política entre centro y periferia, que es algo consustancial a la democracia entendida como antagonismo civil. Cualquier nivel de hostilidad es legítimo y asumible con tal de que todas las partes tengan un respeto exquisito por la limpieza del juego. Y lo único inadmisible es hacer concesiones a quienes amenazan con romper las reglas. Así que, bienvenido sea el antinacionalismo si es que frena los abusos nacionalistas. No obstante, también cabe matizar esta posición.

Si bien el antinacionalismo es legítimo, y puede convenir pasar un tiempo bajo su predominio, sin embargo a largo plazo no debe vencer eliminando al nacionalismo definitivamente. Quiero decir que ambas posiciones, nacionalista asimétrica y antinacionalista federal, deben permanecer y coexistir, enfrentándose abiertamente, pero sin terminar de imponerse por completo ninguna de ambas. Y si conviene mantener viva esta tensión nacional es porque, como ha señalado J.M. Colomer, se trata de la principal fuente de pluralismo político permitida por la Constitución, que en lo demás favorece la concentración bipartidista de un poder mayoritario que excluye la participación ciudadana. Por eso, acabar con el nacionalismo periférico sería como arrojar al bebé con el agua sucia del baño, renunciando a la casi única forma con que contamos para dividir y redistribuir el poder, poniéndolo al alcance y bajo el control cercano del pluralismo ciudadano.

El vergonzante desfile de Montjuic
Lorenzo Contreras La Estrella 29 Mayo 2000

Neutralizado como potencial fuerza golpista por las transformaciones políticas de España tras la muerte de Franco y la Constitución de 1978, el Ejército no ha perdido para ciertas minorias su carácter de símbolo del pasado, contra el que se movilizan muchachadas que no vivieron ese pasado y que han sido alimentadas por el caldo de cultivo de los independentismos de Cataluña, País Vasco y Galicia. Cuando esa Fuerzas Armadas pierden su carácter de organización por conscripción y pasan a ser profesionales, lo cual significa que las juventudes agitadas por sentimientos prefabricados ya no pueden esgrimir una hostilidad basada en la objeción de conciencia o la insumisión, sucede que el pacifismo -cruel paradoja- toma el relevo de todos los motivos o pretextos a la hora de mantener el "fuego sagrado" contra la idea o el concepto de España.

De esto se trata. El Ejército, en sus distintas modalidades, continúa siendo la referencia última y definitiva de los recalcitrantes. Hombres -y ahora también mujeres- formados en una idea del patriotismo siguen siendo objetivo irrenunciable de los manipulados por propagandas pacifistas y nacionalistas inveteradas. El uniforme, las banderas, los cánticos pueden más en el fomento de los odios ajenos que el mero material de guerra, que ya lo querrían para sí las llamadas nacionalidades. Porque no hay estado moderno, ni separatismo aspirante que sea verdaderamente adversario de su propia defensa. Lo que no quieren pacifistas y separatistas en modo alguno es que el Estado que odian porque los abarca a todos aspire a representar ese concepto de la defensa común. Ya les gustaría que el desfile hubiera sido de su propia cosecha, a base de "mossos d'Esquadra", somatenes y otras variedaes de los cuerpos armados.

De todos modos, más valdría que el desfile de Barcelona no se hubiese celebrado o hubiese escogido otro escenario que Cataluña. La gente que inundó la Diagonal, principal vía barcelonesa, en 1981, no ha tenido comparación con la menguada asistencia de ciudadanos en la nueva oportunidad. Y no porque no haya público suficiente, sino porque entre las autoridades pujolistas y el Ministerio de Defensa "desactivaron" la fiesta patriótica española o, si se prefiere, la parada militar que todas las naciones modernas celebran en determinadas ocasiones o fiestas de resonancia histórica.

El desfile de Montjuic, escenario nada céntrico de la capital catalana, ha sido vergonzante, como esos ejercicios de cualquier tipo, o esas demostraciones públicas que se realizan como pidiendo perdón por el atrevimiento. No desfilaron ni la Legión ni la Guardia Civil, seguramente a instancia de la Generalidad de Cataluña. Se eligió un sábado, que no un domingo, bajo un cielo que al parecer desaconsejaba la tradicional exhibición aérea. No se cubrió televisivamente para toda España lo que hubo de parada, como si resultara conveniente no brindar en directo a los ojos de los españoles en general el espectáculo disminuido que entre unos y otros se había gestado. La consigna de la Generalidad -desfile que no fuese una "exhibición de fuerza"- había sido escrupulosamente respetada dentro de lo posible, porque cierto armamento no podía ocultarse pese a la "buena voluntad" de las autoridades centrales y sus representantes en Cataluña. Se evitó, menos mal, que el ridículo se consumara con la presencia de miembros de las ONG que prestan sus servicios humanitarios en el mundo, las cuales se habrían incorporado al desfile en una absurda e incongruente mezcla de intenciones desnaturalizadoras y, valga repetirlo, vergonzantes.

Ha habido algo de afrentoso en los detalles del espectáculo. Se ha demostrado que no hay una firme política del Gobierno central en Cataluña. A fin de cuentas, Fuerzas Armadas significan Estado y derecho a demostrar y mostrar el aparato de la Defensa nacional en su verdadera y legítima amplitud.

Todas las autoridades presentes sufrieron menoscabo en su decoro. Para empezar, el Rey, jefe natural de las Fuerzas Armadas según la Constitución, tuvo que presidir una parada que jamás habría sido "la suya". El ministro de Defensa, señor Trillo, desempeñó un "papelón" muy en consonancia con su creciente tendencia al pasteleo. Y Jordi Pujol, primera autoridad civil del Estado en el acto, terminó entre abucheos su forzada presencia. Para colmo se despidió de la recepción oficial posterior al desfile antes de que lo hicieran los Reyes. Todo muy ejemplar y dentro del protocolo.

Partidos, sindicatos y el Foro de Ermua rinden homenaje a Lacalle 
BILBAO. I. Souto ABC 29 Mayo 2000

En el cementerio de Andoáin se reunieron ayer cientos de personas -entre las que se encontraban representantes del PP y del PSE, miembros del Foro Ermua y dirigentes de Comisiones Obreras- para celebrar un homenaje al periodista José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA el pasado día 7. Los participantes destacaron la lucha de López de Lacalle por la libertad y su compromiso con la democracia.

Asistieron al acto la viuda e hijo de López de Lacalle, así como el senador del PP por Guipúzcoa Gonzalo Quiroga, el secretario general del PSE en Guipúzcoa, Manuel Huerta, el secretario regional de CC.OO., Santiago Bengoa, y el ex alcalde de Andoain por EE, Carlos Sanz.

Agustín Ibarrola, miembro como López de Lacalle del Foro Ermua, estuvo presente en el cementerio de Andoáin y responsabilizó al nacionalismo democrático de lo que considera colaboración con ETA. «Hoy vivimos aquí no una guerra entre nacionalistas y no nacionalistas -dijo-, sino entre el fascismo y la democracia; vivimos una situación confusa por el grado de colaboración que ha prestado el conjunto del nacionalismo al fascismo».

El secretario general de CC.OO. del País Vasco, Santiago Bengoa, destacó el papel de López de Lacalle en el camino hacia la «superación de la barbarie». «De personas como ellos, comprometidos con la libertad, con el futuro de este pueblo, soñando en este futuro de autogobierno, de construcción pacífica de nuestro porvenir, aprendimos a valorar la libertad». Participó también en el homenaje el escritor Raúl Guerra Garrido, quien hizo la ofrenda de un libro de Francesc Escribano titulado «Descalzo sobre la tierra roja», una metáfora sobre la lucha por la libertad.

El respaldo a las víctimas del terrorismo se expresó también ayer en el bosque de Oma, atacado recientemente por los proetarras. Allí, la coordinadora Gesto por la Paz realizó un acto de apoyo al creador del bosque pintado, Agustín Ibarrola.

Gesto por la Paz plantó dos retoños de árbol como gesto de desagravio, denunció la pertinaz violencia que ejercen los violentos sobre muchos vascos como el escultor Agustín Ibarrola y expresó su solidaridad con «todos los ciudadanos atacados por una violencia absurda motivada por razones ideológicas».

Por último, el diputado general de Álava, Ramón Rabanera, y la presidenta de las Juntas Generales de este territorio, Xesqui Castañer, recordaron ayer al escolta del dirigente socialista Fernando Buesa, el ertzaina Jorge Díez Elorza, ambos asesinados en atentado terrorista. Rabanera (PP) y Castañer (PSE-EE) se desplazaron al cementerio de San Vicente de Arana, localidad alavesa de donde es originaria la familia del ertzaina asesinado, y a los pies del nicho colocaron un ramo de flores y permanecieron unos minutos en silencio.

Tiempos modernos
JOSÉ MARÍA RIDAO El País 29 Mayo 2000

Como no podía ser de otra manera, el inminente cambio de siglo ha dado lugar a una proliferación de balances económicos, políticos y culturales que, por lo general, suelen coincidir en una idea, hasta cierto punto sorprendente: a la centuria que ahora concluye pertenecen algunos grandes experimentos sociales, como la planificación económica, mientras que el otro gran experimento de nuestro tiempo, la globalización, ha de contabilizarse ya entre los acontecimientos del próximo siglo. Contra lo que pudiera parecer, el principal reproche que cabe hacer a esta idea no es quizá el de su imprecisión cronológica. Al fin y al cabo, la medición del tiempo es convencional y, desde esta óptica, resulta perfectamente razonable la posición de los investigadores y analistas que distinguen entre un siglo XX corto y un siglo XX largo. El primero empezaría con la revolución bolchevique y concluiría con la caída del muro de Berlín, abarcando esos densos y dramáticos años centrales en que tuvieron lugar el ascenso de Hitler al poder o el inicio de la guerra fría. Perteneciendo, sin duda, al siglo XX largo, la globalización formaría parte, sin embargo, de un ciclo histórico distinto al del siglo XX corto, y de ahí que, tal vez por simplificar, se diga por directo que es un fenómeno del siglo XXI.

Desde una visión no estrictamente cronológica, el hecho de contabilizar la globalización entre los fenómenos del próximo siglo podría dar lugar, en cambio, a otras consideraciones. Como es bien sabido, y siempre dependiendo de épocas e ideologías, no gozan del mismo prestigio, de la misma predisposición favorable o desfavorable, lo viejo y lo nuevo, lo antiguo y lo moderno, lo anterior y lo más reciente. Frente a la actitud de los renacentistas o los románticos, hoy se suele preferir lo más cercano a lo más alejado en el tiempo, y de ahí que, por simple proyección de esta preferencia hacia el porvenir, se acabe considerando superior el futuro al pasado. Decir, pues, que la globalización es un fenómeno del siglo XXI -y decirlo, sobre todo, con tanto énfasis, cuando la realidad es que el XX no ha concluido- podría ser sin duda resultado de esa distinción doctrinal entre siglos cortos o largos o, incluso, de la mera constatación de que se está lejos de haber desarrollado aún el potencial de la liberalización de los flujos financieros y del comercio internacionales. Pero podría ser, además, una manera de predisponer a favor de la globalización -lo mismo que se hizo para la planificación- uno de los prejuicios más arraigados de nuestro tiempo. En concreto, el de considerar que la Edad de Oro no se localiza ya en el pasado, como sucedía con la Antigüedad grecolatina para el Renacimiento o con el origen colectivo e inconsciente de las culturas y naciones, según creía el Romanticismo. Para los hombres del siglo XX, la Edad de Oro se sitúa enfrente, está aún por llegar, y por ello ser parte del siglo XXI es siempre preferible a quedar varado en el anterior.

Consideradas las cosas desde esta perspectiva, la globalización no aparece entonces como un fenómeno entero y radicalmente novedoso, sino como expresión de una actitud ideológica que, a poco que se indague, contiene rasgos conocidos y familiares. En este sentido, rara vez se ha señalado la perturbadora coincidencia de la retórica de la globalización con la retórica política de los años veinte y treinta. Así, por ejemplo, cuando ahora se habla de nueva economía, no se está empleando el término nuevo en un sentido diferente del que se le asignaba hace tan sólo algunas décadas, al hablar del hombre nuevo o del nuevo Estado. En cada uno de estos casos, lo nuevo no era nuevo sólo porque era más reciente, sino porque marcaba un camino, supuestamente repleto de posibilidades; era nuevo sin riesgo alguno de obsolescencia. Tampoco se ha destacado con énfasis suficiente una segunda coincidencia, esta vez entre los argumentos que se empleaban para defender la planificación y los que hoy se invocan a favor de la globalización. Así, los avances tecnológicos y la inevitabilidad de los cambios económicos y sociales desencadenados por ellos sirvieron de coartada -según pusieron de manifiesto Hayek o Popper- a quienes optaron en su día por hacer reposar sobre el Estado la entera responsabilidad de la dirección económica; lo sorprendente es que esos mismos argumentos, repetidos palabra por palabra, sean utilizados ahora por quienes defienden la absoluta desregulación del mercado financiero y el comercio internacional.

Tal vez el hecho de que esta última corriente de pensamiento se haya alzado con el monopolio del término liberal, interpretándolo además a su conveniencia, está impidiendo ver que la filiación ideológica de quienes defienden la globalización es, probablemente, la inversa de la que proclaman. Contra lo que suele darse por supuesto, el núcleo del liberalismo no es económico, ni se limita al laissez faire. En realidad, esta consigna no pasa de ser una manera de aplicar a la esfera económica -una manera entre otras posibles- el principio más característico del pensamiento liberal. Para éste, lo decisivo, lo que traza la diferencia entre un régimen de libertades y otro que no lo sea, es la voluntad de construir el espacio público o institucional a partir de lo que es común a los individuos, transfiriendo al ámbito de lo privado todo lo que les diferencia, como la raza, el sexo o las creencias religiosas o políticas. Es en este sentido en el que el liberalismo entronca con una larga tradición de actitudes que daban una respuesta similar al problema de cómo gestionar las diferencias individuales en el interior de una comunidad. Actitudes, por ejemplo, como la del erasmismo, que, ante la diversidad de credos que propició la reforma protestante, defendía que los poderes de la época debían potenciar la religiosidad interior antes que las manifestaciones externas de la fe, ya que eran éstas, en definitiva, las que perturbaban la convivencia y conducían al enfrentamiento. O actitudes como la de la Ilustración, que identificó un conjunto de valores universales -propios e inseparables de cada ser humano por la simple razón de serlo- como procedimiento para diluir las diferencias estamentales y encontrar un terreno público de encuentro entre los individuos, basado en la noción de ciudadanía.

Hayek, Popper, o en fecha más reciente François Furet, han subrayado, en efecto, el carácter antiliberal que compartieron los totalitarismos nazi y comunista. Lo que no hicieron fue analizar el sentido concreto y específico en que ambas ideologías negaron el núcleo del pensamiento liberal, el procedimiento específico que emplearon para destruir esa forma de gestionar las diferencias individuales en el seno de lo colectivo, que el liberalismo compartía con el erasmismo o la Ilustración. Tanto Hitler como Stalin persiguieron una sociedad en la que los rasgos comunes a los individuos -esos rasgos sobre los que el liberalismo aconseja construir la esfera pública- lo ocuparan todo, de modo que se estrangulase la diferencia y no hubiese lugar para el ámbito privado; es decir, para ese recinto íntimo vedado al poder, donde cualquier persona puede ser lo que sea, tener el origen que tenga o hacer las opciones que desee sin perder en ningún caso el derecho a ser tratado en lo público con igualdad, sin agravios ni privilegios. Eso es lo que explica el que para los totalitarismos -sean de este siglo o de otros anteriores- la raza, el origen, la lengua, el credo religioso, las preferencias políticas o sexuales y hasta los hábitos alimentarios, la forma de vestir o de entender y disfrutar el arte acarreasen necesariamente consecuencias, de administrativas hasta penales o, incluso, psiquiátricas.

Con toda probabilidad, la lección sobre los horrores a los que condujo la agresión al liberalismo mediante una asfixiante hipertrofia de lo común ha sido aprendida. Ahora bien, lo que ya no parece tan seguro es que se haya adquirido conciencia de que esta agresión no es en realidad la única posible. De hecho, lo que la globalización podría estar proponiendo es una agresión exactamente simétrica a la del totalitarismo: en el equilibrio permanente entre las esferas públicas y privadas que recomendaba la doctrina liberal, es esta última la que -según los neoliberales- debe primar, la que corre el riesgo de ser hoy hipertrofiada hasta estrangular y vaciar de contenido todo lo que sea común a los ciudadanos. Así las cosas, ¿no resulta una inquietante obviedad el que, como no deja de señalarse con frecuencia, la globalización tenga que convivir cada vez más con unos nuevos fundamentalismos étnicos, religiosos, culturales o de cualquier otra naturaleza? ¿Acaso no es lógico pensar que la hipertrofia de lo privado acabará por conducir a una exacerbación de las diferencias y, por consiguiente, a una pugna entre comunidades y grupos humanos de nuevo cuño, para los que el Estado no representará ya ninguna instancia eficaz de mediación? ¿Y qué tiene de extraño, en este contexto, que la política sea despreciada?

Tal vez el extendido consenso acerca de la pertenencia de la globalización al siglo XXI -separándola del otro gran experimento económico de nuestro tiempo, la planificación- tenga como principal consecuencia la de impedir que se perciba el íntimo parentesco entre algunos de los procesos que han agitado los tiempos modernos, y que pueden volver a agitarlos. Corto o largo, la realidad es que el siglo XX se inauguró con una brutal agresión al núcleo de la idea liberal y es muy posible que se esté despidiendo con otra agresión de signo contrario. Porque la búsqueda de la Edad de Oro, se sitúe ésta donde se sitúe con relación al presente, suele ocultar con demasiada frecuencia una realidad muy distinta de la que se hace servir como señuelo; una realidad invariablemente marcada por los excesos. Confinados en el siglo XX los que se cometieron en nombre de la planificación, ¿existe alguna razón para pensar que el siglo XXI quedará libre de ellos gracias al experimento de los mercados globales?   José María Ridao es diplomático.

Carta de Ítaca
MIRA MILOSEVICH El País 29 Mayo 2000

"Yo también querría matar en Ítaca, pero, como está prohibido, por lo menos voy a componer algunos nuevos versos", escribía en 1919 Milos Cernianski, novelista y poeta serbio, después de volver de la Gran Guerra, donde luchó primero como oficial del Ejército austriaco y luego, después de la muerte de Francisco José, en las filas serbias. Yo también he regresado a Ítaca, a Belgrado, tras dos años de ausencia y con otra guerra por medio. Mi primer intento de ordenar las impresiones del reencuentro con mi ciudad natal terminó con el recuerdo súbito de estos versos rencorosos del autor de Migraciones. Luego me acordé de un libro, que leí hace mucho tiempo, sobre la vida en el Imperio Otomano. Allí se afirmaba que el peor castigo, la más cruel forma de ejecución de la pena de muerte, consistía en atar al condenado a un muerto. Poco a poco, el desdichado se fundía con su compañero en la misma disolución de humores. No sé si algunos serbios han soñado alguna vez lo mismo, pero sospecho que Slobodan Milosevic y sus cómplices (su esposa, Mirjana Markovic, secretaria general del partido neocomunista Nueva Izquierda, y el ultranacionalista Vojislav Seselj) deben verse a sí mismos como un cuerpo muerto al que toda Serbia está atada. Un muerto que sólo produce más muerte. Sospecho que además temen la proximidad del día en que los serbios no tengan otro remedio que quitarse de encima sus cadáveres políticos para poder vivir. Algo así dejan entrever sus comportamientos públicos.

Las características fundamentales del régimen de Milosevic, al menos hasta el bombardeo de Yugoslavia por la OTAN, se ajustaban todavía al modelo de las antiguas instituciones comunistas: así sucedía, por ejemplo, con el control absoluto de los medios de comunicación estatales. Esta política continuista se complementaba con la provocación de conflictos armados fuera del territorio de la república, mediante intervenciones del antiguo Ejército yugoslavo y de grupos paramilitares amparados por el Gobierno de Belgrado, y con el desprecio abierto hacia las fuerzas de la oposición democrática. Sus apariciones en público eran muy escasas, y más aún sus declaraciones. Durante el bombardeo, paradójicamente, la popularidad del presidente yugoslavo aumentó bastante, gracias a las llamadas propagandísticas a la unidad patriótica de los serbios frente a la agresión exterior. Pero ahora, un año después, es evidente que la sociedad serbia ya no admite con tanta facilidad las manipulaciones y la corrupción del régimen, y que va perdiendo la paciencia que antes mostraba respecto de las disensiones de la muy dividida oposición. Los serbios quieren cambios, y la cuestión es cómo van a conseguirlo. Existe una larga serie de motivos por los que Milosevic se aferra al poder, desde la acusación de crímenes de guerra de la que tendrá que responder ante el Tribunal de La Haya hasta la certeza general de que la desmesurada riqueza que han acumulado sus familiares procede de todo tipo de corruptelas. Hace tiempo que en Serbia se da una simbiosis entre régimen político, economía y crimen. El contubernio entre gobernantes, criminales de guerra, asesinos a sueldo y hombres de negocios hace prever que la era Milosevic no tendrá una salida pacífica. De momento, hay muchos síntomas alarmantes. Los discursos del presidente son mucho más prolijos, y tienden a argumentar la necesidad de medidas excepcionales, cada vez más frecuentes, contra la oposición.

Por ejemplo, su discurso del 9 de mayo, en la conmemoración de la victoria sobre el nazismo, consistió en un durísimo ataque contra los disidentes interiores, aunque, en apariencia, estaba dirigida contra la OTAN: "De nuevo nace un sistema de venganza contra los que se resisten al único poder que quiere conquistar hoy el mundo con una propaganda que es más eficaz que la de Goebbels, con espías más poderosos que los de la Gestapo, con La Haya, que es más sucia que Auschwitz. De nuevo, el soporte más fuerte del agresor son sus pequeños servidores dentro del país que quiere conquistar. De nuevo, estos servidores y traidores llaman a su traición 'formar parte del nuevo orden del mundo' o 'el esfuerzo de comprender el mundo moderno'. A veces explican su traición como preocupación patriótica. Pero, de nuevo, el miedo crea la traición". Identificando a todos aquellos que se oponen a su régimen como traidores y servidores "del nuevo orden mundial", no sólo justifica su persecución. Crea además una paranoia social y pone las condiciones para una guerra civil en la misma Serbia.

El cierre de la televisión independiente Studio B (independiente en relación con el régimen, porque estaba completamente controlada por el Movimiento Serbio de Renovación de Vuk Draskovic) es sólo una de las medidas a las que Milosevic ha recurrido para defender el régimen. No supone nada nuevo: ya había sido clausurada varias veces la emisora de radio B92, cuyo director, Veran Matic, fue detenido la primera noche del bombardeo. Desde que Milosevic llegó al poder practicó de manera sistemática el acoso a los medios de comunicación libres. Pero nunca antes la policía había invitado a una "conversación formal" a 60 periodistas yugoslavos y extranjeros para retenerlos como ocurrió el 9 de mayo, cuando la oposición trataba de manifestarse en Pozarevac, ciudad natal de Milosevic. Tampoco antes la policía serbia había torturado a líderes de la oposición por no firmar solicitudes de afiliación a la Nueva Izquierda de Mirjana Markovic como ha sucedido ahora, el 5 de mayo, con los líderes estudiantiles de Otpor (Resistencia), un movimiento universitario independiente de los partidos que va ganando audiencia y credibilidad en medio del creciente descontento.

Serbia se ha convertido en un país donde nadie está seguro, ni siquiera los que tienen estrechas relaciones con el régimen: más de trescientas personas, vinculadas de un modo u otro a los aparatos del Estado y de los partidos gobernantes, han sido asesinadas sin que ninguno de sus casos haya sido resuelto hasta la fecha. Las amenazas personales, las acusaciones de traición, las exageradas multas forman parte de la vida diaria de los personajes públicos que critican al régimen. En las cárceles serbias permanecen alrededor de dos mil albaneses condenados sin pruebas. Casi todos ellos fueron secuestrados en 1999, antes de la entrada de las tropas de la Kfor en Kosovo. Otros son estudiantes que llegaron a Belgrado desde Sarajevo, al poco de estallar la guerra en Bosnia. A comienzos del bombardeo se les acusó de preparar acciones terroristas en la Universidad. La limpieza étnica ha proseguido, por tanto, en los campus universitarios, de los que habían sido previamente purgados los profesores que no quisieron firmar declaraciones de lealtad al Gobierno.

En los próximos meses, bajo una dictadura mucho menos maquillada que nunca, Serbia puede ser arrastrada a la guerra civil. No es probable que Milosevic se avenga a pactar una salida incruenta, que exigiría elecciones anticipadas. No hay que olvidar que tiene a su lado unas Fuerzas Armadas cuya ineficacia para la defensa del territorio nacional ha sido suficientemente probada tras su derrota en Kosovo, pero que pueden ser utilizadas en la represión de la población. Según Newsweek (15 de mayo de 2000), que ha desmentido la información publicada por la OTAN al final del bombardeo, el Ejército yugoslavo conserva casi todos los efectivos, en hombres y material, que poseía a comienzos de 1999: de los supuestos 120 tanques, la OTAN destruyó sólo 14; de la artillería, 20 piezas, y no 450, etcétera. De no mediar una decidida ayuda occidental a la oposición política serbia, Milosevic podría introducir en la Europa del siglo XXI alguna de las más conocidas expresiones del totalitarismo del XX: un fascismo ultranacionalista o una dictadura militar con adherencias ideológicas comunistas.  Mira Milosevich es socióloga serbia, autora de Los tristes y los héroes.

 

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