AGLI

Recortes de Prensa    Lunes 19 Junio  2000
#«Estrategia electoralista»
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 20 Junio 2000

#Porcelana de Sèvres
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 20 Junio 2000

#Normal
EMILIO LAMO DE ESPINOSA El País 20 Junio 2000

#Jiménez de Parga previene de los «nacionalismos fanáticos»
SANTANDER. ABC 20 Junio 2000

#"Salvé la pierna de milagro", declara el brigada del cuartel atacado ayer en Bilbao
P.C., Madrid/Vitoria EL PAÍS 20 Junio 2000

#La goma de borrar
Juan Van-Halen Escritor ABC 20 Junio 2000

#El Estado autonómico, en el número de junio de la 'Revista de Occidente'
El País 20 Junio 2000

«Estrategia electoralista»
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 20 Junio 2000

LA propuesta del Partido Socialista, aprobada por el Parlamento vasco, de crear una nueva mesa de diálogo que pretende superar la división de los partidos democráticos, ha nacido prácticamente muerta. Dejando a salvo la presunción de la bondad de la intención de sus promotores, lo cierto es que se trata de un grave error político que se aproxima, si no rebasa, los límites de la deslealtad institucional. El PP, EA y EH, por diferentes motivos, se han opuesto. Tal vez éste fuera en gran parte el efecto buscado por algunos dirigentes socialistas: difundir la falacia de que el PP se abandona en brazos de la intransigencia y el radicalismo y comparte las peores compañías.

Sin embargo, el PSOE sabía que hacía una oferta que el PP no podía aceptar. El Gobierno ha dejado muy claro que mientras el PNV no rompa sus acuerdos con EH, la colaboración con el PP es imposible. Un foro democrático sólo puede estar compuesto por partidos democráticos. Y un partido democrático no puede mantener acuerdos de gobierno con otro que no condena los crímenes terroristas sino que los justifica, ampara o comparte.

Los socialistas vascos, después de lanzar su inasumible propuesta, que presta un apoyo gratuito a un PNV que mantiene intacto el infame pacto de Estella, han añadido a su grave error el lastre de la descalificación a sus rivales, al acusar al PNV y al PP de impedir la unidad democrática. Por lo que se refiere a los nacionalistas, las acusaciones parecen sobradamente justificadas. No así por lo que respecta al PP, segunda fuerza política en el País Vasco, que está dando un ejemplo de lealtad constitucional, de respeto a los principios democráticos y de civismo heroico difícilmente superables.

Pues a pesar de todo esto, el secretario de Relaciones Institucionales del PSE ha reprochado al PP que «continúa sometido a la estrategia electoralista de Mayor Oreja». El reproche bordea la infamia. Lo de la estrategia electoralista es un extraño argumento que se suele invocar cuando faltan otras razones. Si una propuesta es indigna o negativa, no se descalifica como electoralista. Si se acude a este expediente suele ser porque la actitud o la propuesta son, en principio, irreprochables. Bendito electoralismo si conduce a la justicia y al bienestar de los ciudadanos. Si algo es electoralista y además conviene, favorece o convence al electorado, es democráticamente irreprochable.

Pero además, en este caso, la apelación al electoralismo de Mayor Oreja resulta especialmente desafortunada y adornada con ribetes repugnantes. Cuando los concejales del PP en el País Vasco, y también representantes del PSOE, caen víctimas del odio totalitario del nacionalismo radical, lo mínimo que la decencia política y el decoro exigen es pensar que el primer objetivo de Mayor Oreja, responsable además del Ministerio del Interior, es impedir que esos concejales y cargos públicos caigan como víctimas del terrorismo. Insinuar que la estrategia del PP frente al PNV obedece a razones electoralistas es una deslealtad y una falacia. Mayor Oreja tiene razón. El único foro democrático posible es el que convoque a todos los partidos democráticos y sólo a ellos. Y EH no lo es. Si el PNV rompe con ellos y se integra en el foro, pero por ese orden, entonces será posible entablar conversaciones entre los demócratas por un lado y EH por el otro para intentar poner fin al terror. Ésa es la estrategia de la razón y no la del electoralismo. Pero el PSOE vive la noche de las ideas y la eclosión de las ambiciones. Bono se baña en multitudes y pide todo el poder. González se destapa como si fuera un joven meritorio que aspira a analista internacional. Y Maragall rebasa a Pujol en fervor nacionalista. Desde luego, parece que el PSOE carece de «estrategia electoralista».

Porcelana de Sèvres
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 20 Junio 2000

El martes pasado, durante la tertulia de Gabilondo, mi amigo Ramoneda expresó un temor: el de que Aznar, al impugnar el Pacto de Estella, pudiera suscitar la idea equivocada de que los proyectos independentistas son siempre antidemocráticos. Ninguno de los que le acompañábamos en la tertulia pusimos empeño en contradecirle y luego se echó el tiempo encima y cada cual se fue a su casa. Algunas ideas, sin embargo, son como moscones y después de formuladas continúan bordoneando en ese espacio impreciso que media entre el píloro y el occipucio. En ésas me vi yo tras el encuentro tertuliano. De modo que aprovecho esta columna para abrir otra vez la boca y despedir con viento fresco al moscón pertinaz.

Desde determinado punto de vista, el asunto no es polémico. El manifiesto de Estella no es sólo un documento escrito, sino la manifestación visible de un acuerdo conspirativo y secreto sellado entre una serie de partidos y una organización terrorista. En parejo sentido, el manifiesto cumple todos los requisitos para no ser democrático, de la misma manera que una porcelana de Sèvres, estampada contra la cabeza de un fulano, cumple todos los requisitos para entrar en la categoría de las armas ofensivas. Ahora bien, ¿constituye la porcelana, en sí misma, un arma ofensiva?

Tendemos a pensar que no. Las cosas no están tan claras, sin embargo, en lo que se refiere a la Declaración de Estella. No discuto que un régimen democrático debe albergar el derecho a la disensión y que, entre estos derechos, está incluido el de la disensión territorial. Ahora bien, existen dos puntos en el texto de Estella que se me antojan muy cuestionables en términos democráticos. El primero se refiere a la causa alegada para justificar el propio texto: a saber, la persistencia de un terrorismo inextinguible por los medios disponibles en un Estado de derecho. Este extremo es inquietante por cuanto consagra, por definición, la eficacia de la violencia. Si la democracia armada no ha apaciguado a los no demócratas, no hay ninguna razón, ninguna en absoluto, para suponer que los últimos fueran a cambiar de talante ante una democracia desarmada. Salvo en el caso, claro, de que las conversaciones enderezadas a crear el orden salvador y nuevo partiesen de la concesión inexpresa de varias, o muchas, de sus reivindicaciones. Pero entonces no estaríamos ante un proyecto de paz democrático, sino, a todo tirar, ante una paz conseguida a costa de la democracia.

El segundo extremo interesa a la distribución territorial. Sería democráticamente legítimo invocar la independencia conjunta de Sevilla y, qué sé yo, dos pedanías de Ourense y otra de Valladolid. Pero resultaría perverso subordinar la fundación de ese Estado en ciernes a lo que determinara un referéndum celebrado en Sevilla y las pedanías de marras. Los orensanos y los vallisoletanos podrían afirmar, con razón, que su compromiso con la democracia ha tomado cuerpo en el contexto mayor de España y que no se sienten vinculados por la voluntad expresada en el territorio escuetamente sevillano. El argumento es trasladable, por motivos obvios, a Navarra y Álava o a las circunscripciones guipuzcoanas y vizcaínas de mayoría no nacionalista.

Éstos son, por supuesto, graciosos ejercicios virtuales, a los que es lícito entregarse cuando surgen cuestiones de índole puramente intelectual. En el plano político, es decir, en el de la realidad, nos encontramos con que las democracias establecidas son pactos que presuponen un sujeto soberano y que no hay reglas para inventarse de rondón y por las bravas un sujeto soberano nuevo. ¿Qué hacer cuando las reglas no nos auxilian? Aquí interviene algo más importante que la legalidad democrática: a saber, el sentimiento democrático. Un crecimiento progresivo e indefinido del nacionalismo en tal o cual región, acompañado de fórmulas convivenciales civilizadas, y hasta atractivas para quienes no son nacionalistas, terminará por hacerse irresistible en todas partes. Quiero decir, lo mismo dentro que fuera del territorio emergente. Y, al cabo, vendrán las negociaciones, y las compensaciones, y lo que haga falta. Pero no es esto lo que está ocurriendo en el País Vasco. Ha tiempo que con la porcelana de Sèvres se hace allí algo más que tomar el té.

Normal
EMILIO LAMO DE ESPINOSA El País 20 Junio 2000

"Aún no sé qué vamos a obtener. Ni siquiera estoy seguro de que vayamos a obtener nada, lo digo con toda humildad". Son palabras de Pujol pocas semanas antes de las últimas elecciones. Feo papel el de quien pedía de entrada más de medio billón para empezar a hablar de su apoyo al PP. Pero puede que sus problemas no hayan hecho sino empezar.

Pues, mientras la ministra de Educación anuncia un nuevo Decreto de Humanidades, y a la espera del nuevo plan de financiación de las CC AA, la política de normalización lingüística no recibe sino varapalos. Ya la tramitación de la Ley de Política Lingüística de 1998, que sustituía a la de Normalización de 1983, fue objeto de polémica y sólo un acuerdo de última hora impidió que el Defensor del Pueblo la recurriera por anticonstitucional. Poco después fue la batalla por los doblajes de películas al catalán, también perdida por la Generalitat frente a las distribuidoras. Y ahora se abre por dos frentes la "normalización" universitaria.

El primero, en la más catalanizada de las universidades, la Rovira. La sanción a una profesora por desobedecer órdenes (verbales, práctica más que sospechosa) de no entregar exámenes de selectividad en castellano dio lugar a una denuncia ante los tribunales, que suspendieron el Reglamento de Usos Lingüísticos de la Universidad imputando al rector en un duro juicio por prevaricación. La reacción del catalanismo fue por lo demás exagerada. El Parlament oyó al rector en un asunto sub iudice y más de un centenar de alcaldes de Tarragona firmaron otro documento de apoyo denunciando "una actitud de hostilidad contra la lengua catalana" que, "por medio de un recurso de inconstitucionalidad", trataba de frenar la normalización. Al parecer, solicitar amparo ante los tribunales puede ser desacato.

La historia se repite en la menos catalanizada de las universidades, la Pompeu Fabra, y acerca de la definición del catalán como idioma oficial propio de la Universidad. Según el juzgado de lo contencioso de Barcelona, ni las universidades pueden tener idiomas propios (competencia no amparada por la autonomía universitaria del art. 27.10 de la CE) ni éste puede ser sólo el catalán. Y de nuevo las reacciones son poco prudentes; el director de Política Lingüística de la Generalitat acusa a los jueces de ser "juez y parte, ya que... entienden que pueden pasearse por toda España sin necesidad de saber catalán, gallego o vasco".

Pero el problema no es ya el de la normalización de la lengua catalana, por fortuna plenamente conseguida. Nada menos que el 95% de los catalanes son bilingües, sin duda como consecuencia de la inmersión lingüística, una política que pudo parecer errónea, pero que el tiempo (y la comparación con otras CC AA, como Euskadi) ha mostrado acertada. Todo un éxito en menos de 20 años. La normalización es tan obvia que en las recientes pruebas de selectividad en la Rovira sólo el 3% de los estudiantes solicitaron el examen en castellano.

Dejemos, pues, de abusar del lenguaje. "Normal. Dícese de lo que se halla en su natural estado", asegura la Real Academia. Pues bien, lo que no estaría en su "natural estado" es que en una comunidad bilingüe, en la que el 46% de los ciudadanos utilizan el castellano (el 45% usa el catalán), lógicamente con dos idiomas oficiales, en la que el 55% tuvieron el castellano como lengua materna (y sólo un 39% el catalán), lengua en la que está escrita buena parte de su literatura y su historia, no se puedan realizar exámenes en castellano o se dé preferencia al uso de ninguna (y, repito, ninguna) de las dos lenguas. Lo que en este caso tiene además consecuencias académicas que afectan a la libertad de cátedra: Gösta Esping-Andersen, profesor visitante en la Pompeu y prestigioso sociólogo, ha sido denunciado por las juventudes de Esquerra porque no acepta exámenes en catalán. El problema es que él, que habla francés, inglés, alemán, italiano y español, no entiende el catalán.

De modo que no hay intención alguna de desestabilizar el proceso lingüístico, salvo que desee aludir a la intención de desestabilizar el castellano "en su natural estado". Estamos ante un problema de derechos humanos y de libertad de expresión. Normalizado el catalán, por favor, hagamos normal el castellano. De verdad que no hay nada anormal en ello.

e.lamo@iuog.fog.es

Jiménez de Parga previene de los «nacionalismos fanáticos»
SANTANDER. ABC 20 Junio 2000

El magistrado del Tribunal Constitucional Manuel Jiménez de Parga manifestó ayer en Santander que los «nacionalismos fanáticos» serán uno de los principales problemas en el horizonte del siglo XXI.

Jiménez de Parga pronunció la primera conferencia del ciclo de la Universidad Menéndez y Pelayo «Equipaje para un nuevo siglo» y destacó que en la centuria que está a punto de comenzar «la cultura digital hará que desaparezcan barreras actuales de los ordenamientos jurídicos».

El magistrado del TC consideró «muy positiva» la ampliación de los espacios judiciales y calificó de «conquista, aunque por el momento de alcance difícil» la instauración del Tribunal Penal Internacional

"Salvé la pierna de milagro", declara el brigada del cuartel atacado ayer en Bilbao
Tres artefactos estallan de madrugada en la Comandancia de Marina
P.C., Madrid/Vitoria EL PAÍS 20 Junio 2000

Tres encapuchados colocaron en la madrugada de ayer cuatro artefactos incendiarios en la Comandancia de Marina de Bilbao. Los militares de guardia vieron por las cámaras a los agresores. Oyeron dos estallidos, que destrozaron dos coches. Y una pareja de soldados se acercó a la puerta para inspeccionar una garrafa. El brigada mecánico le dio una patada; décimas de segundo después, explotó. "No me quedé sin pierna de milagro", relató ayer

Eran las cuatro y media de la madrugada, y el brigada mecánico y otros soldados del cuartel veían El Zorro por televisión cuando el vigilante de guardia detectó por las cámaras de seguridad cómo se acercaban tres encapuchados con garrafas sospechosas. Segundos después oyeron "el gran estruendo" de dos detonaciones.

El brigada mecánico y una pareja corrieron hasta la puerta del cuartel, donde los radicales habían dejado una garrafa de cinco litros para guardar aceite que "olía muchísimo a gasolina" y tenía la mecha encendida. Sin pensarlo mucho, el brigada le dio una patada. "Décimas de segundo después", contó ayer a este periódico, el artefacto explotó. Quedó ardiendo en la acera. Era del mismo tipo de los que habían destrozado un vehículo blindado y "chamuscado" una furgoneta y el coche de representación del comandante. El brigada mecánico salvó "la pierna", o la vida, "de milagro". Tampoco se sorprende demasiado: "El terrorismo de baja intensidad es un cuento chino de los políticos. No es más que trasladarlo a la calle; si te pilla, te lleva por delante igual que un disparo en la nuca".

Además de las que estallaron en el aparcamiento, una garrafa ardió simultáneamente en un lateral de las instalaciones de la Comandancia, en la calle Ibáñez de la capital vizcaína. Los artefactos estaban confeccionados con líquido inflamable y mechas, según informó la Ertzaintza.

El brigada mecánico dijo ayer que en los 10 años que lleva en el cuartel nunca habían sufrido un ataque "de esta envergadura". A su juicio, la situación va "a peor". Con lo de ayer, la kale borroka (lucha callejera) se ha cebado en lo que va de año con cuatro casas-cuartel y una comisaría de policía.

El brigada, de 44 años, sólo sale del cuartel de noche; de día es "arriesgado, hay más gente y es difícil controlar a los que te quieren atacar". No acude, por lo tanto, a lugares concurridos. Pasa las jornadas en lo que llama "la topera": su cuartel, sin patios, con habitaciones individuales, sin "comunicación con el exterior", por motivos de seguridad. Al final se queja: "Nuestra vida aquí es un encierro". Estar "al aire libre es peligroso".

La goma de borrar
Por Juan Van-Halen Escritor ABC 20 Junio 2000

HAY quien se ha tomado al pie de la letra aquella definición napoleónica de la historia como «una sencilla fábula que todos hemos aceptado». Aún recordamos el revuelo comprensible que armaron unas afirmaciones del ex presidente del Gobierno Felipe González sobre el protagonismo y la agenda de nuestro proceso constitucional. Se trataba de un episodio histórico que, por el viejo y a menudo eficaz procedimiento de la reiteración y de la supuesta validez de la fuente, se intentaba deformar, de modo que una impostura se aceptase como verdad. Quería convertirse la Historia en fábula a la mayor gloria de su inductor. Por desgracia no es un caso único; los ejemplos cunden y machaconamente nuestra Historia está sometida a un pertinaz acoso. Unos y otros pasan sobre ella sin decoro e impunemente la interesada goma de borrar.

Es probable que quienes protagonizan los acontecimientos históricos estén incapacitados para juzgarlos desde la objetividad, y no es menos cierto que la historia no se escribe comúnmente a gusto de todos. Los vivos sólo son imparciales con los muertos, y a veces tampoco. Si no ponemos los medios razonables para evitarlo, acabaremos ofreciendo a las nuevas generaciones una historia «prêt à porter» que acaso contente a quienes la malbaratan por el camino de su falsificación, pero que resulta científicamente impresentable.

He leído estos días un aleccionador librito (el diminutivo atiende solamente a la extensión del texto) titulado «Nacionalidad, Historia y Educación». En él un grupo de expertos, entre los que se cuentan un profesor catalán y uno vasco, analizan la presencia de la enseñanza de la historia en nuestro sistema educativo, diluida en el océano del área de las ciencias sociales. El resultado de la rigurosa y documentada reflexión de los autores produce en el lector un sentimiento de preocupación. Lo que se extrae de la realidad que ofrece el libro es que puede existir una especie de reparto de la historia entre el Estado y las Comunidades autónomas que, obviamente también son Estado pero que afrontan la enseñanza de la historia desde entendimientos parciales, excluyentes y no complementarios.

Inevitablemente desembocamos en el tan traído y llevado problema de la enseñanza de las humanidades sobre el que ha mostrado su preocupación el Gobierno. Los ejemplos que avalan la necesidad de una reforma, centrándonos en la enseñanza de la historia y de la geografía, resultan disparatados. Así las lagunas y los saltos en el vacío, como el paso del mundo antiguo al moderno sin hacer la menor mención a la época medieval, las referencias a Felipe II o a Felipe IV «de Castilla», o ese libro de texto en el que se lee que el río Ebro «procede de una tierra extraña». Gonzalo Anes, el director de la Real Academia de la Historia, que ha conseguido que la Corporación aparezca como un cuerpo vivo, y convocó no hace mucho por primera vez en Madrid a los académicos correspondientes de toda España para enrolarnos en un magno Diccionario Biográfico Español, declaró recientemente que «la Historia no ocupa en los planes de enseñanza el papel que científicamente le corresponde». La Academia ultima un informe sobre la enseñanza de la historia que habrá que leer con atención.

Pasar por las amarillentas páginas de la historia una goma de borrar para hacer desaparecer o para enmendar aquellos episodios que disgustan, atendiendo a las conveniencias de unos o de otros, por muy legítimas que puedan suponerse, pero desterrando la verdad histórica, tiene no poco parentesco con la censura y responde a una actitud nacida, como se recoge en el librito de referencia, en lo que el escritor libanés Amin Maalouf, que ha llegado a nosotros con éxitos como «León el Africano» o «Samarcanda», denomina «identidades asesinas», o sea las identidades que se practican como pureza, como exclusión. El propio Maalouf escribe: «Se debería animar a todo ser humano a que asumiera su propia diversidad, a que entendiera su identidad como la suma de sus diversas pertenencias en vez de confundirla con una sola, erigida en pertenencia suprema y en instrumento de exclusión».

Éste es el caso de las actitudes inquisitoriales. Calvino respondió ante la hoguera que consumía sus escritos: «Quemar no es contestar». Desde luego borrar la historia no supone el cambio de los sucesos históricos. Esos sucesos son ya parte irremediable del pretérito. Pasar la goma de borrar por la historia es sólo una maquinación perversa para impedir momentáneamente que esa realidad histórica cierta sea conocida por quienes se ven privados de ella. Afecta a las nuevas generaciones que desconocerán la historia real entre el almíbar de la historia ficción. Borrar no es contestar.

La goma de borrar sobre la historia puede alimentar los sueños, puede intentar lo imposible, pero no impedirá con carácter retroactivo la realidad de que Navarra fuese un reino, que el rey de Galicia don García fuese hijo de Fernando I de Castilla, que el guipuzcoano Elcano diese la vuelta al mundo bajo los estandartes castellanos, que al barcelonés Boscán se le deba nada menos que la incorporación del soneto a la lengua española, o que el Ebro nazca en Fontibre, cerca de Reinosa, Santander, pase por Logroño y Zaragoza y desemboque cerca de Tortosa, que es lo que mi generación aprendió en el colegio. Hay algunos diálogos en el «Calígula» de Camus cuyo recuerdo me reconforta, desde cierta perplejidad de observador. Dice Calígula a Helicón: «Lo que pasa es que, de repente, me entró un anhelo de imposible. Las cosas tal como son no me parecen satisfactorias». Y a Escipión: «Se trata de lo imposible o, mejor, de hacer posible lo que no lo es». Escipión corta: «Pero es un juego sin límites; es el pasatiempo de un loco». El joven extraviado Calígula sucumbió bajo el acero de los pretorianos y probablemente murió sin saber que lo imposible puede imaginarse, puede habitar los sueños, pero no puede realizarse.

Es imposible el reparto de la enseñanza de la historia entre el Estado y sus Comunidades autónomas, ni hay diecisiete historias que se excluyen las unas a las otras, ni es aceptable mantener la falacia de una pugna nacionalismo español-nacionalismos periféricos. Sin embargo, poco o nada hay nuevo bajo el sol. El hispanista inglés Charles Powell recordó recientemente que se suscitó un debate parecido en el Reino Unido, referido a la primacía de la enseñanza de la historia de Inglaterra sobre las de Gales o Irlanda. A esas «cuotas» territoriales en la enseñanza de la historia Powell las considera «ridículas» e «irracionales».

En «L´Espoir», de Malraux, Manuel dice: «Soy un español del siglo XVI». A veces he pensado que yo también lo soy. Lo cierto es que el personaje de Malraux no hubiese podido identificarse con el siglo XVI si hubiera estudiado historia en alguna de las autonomías de nuestro aquí y ahora en cuyos libros de texto se despacha en media docena de líneas el siglo de Carlos I y de Felipe II, de Lutero y de Trento, de Lepanto y de la Invencible, de Nebrija y de Santa Teresa, de Cervantes, de El Escorial y de la Biblia Políglota. El pasado no vuelve, pero no está tan claro que los pueblos no puedan retornar al pasado. Es una cuestión de movimientos: el pasado está quieto; nosotros regresamos. Aplicar una goma de borrar a la historia supone la vuelta a un pasado de inquisiciones, de exclusiones y de anatemas, además de una negación de lo científicamente presentable.

El Estado autonómico, en el número de junio de la 'Revista de Occidente'
El País 20 Junio 2000

El monográfico de la Revista de Occidente dedica su número al análisis de los problemas de funcionamiento, los límites y la evolución previsible del Estado de las autonomías. Coordinado por Luis Mª Diez-Picazo, autor de la presentación, el número se abre con un artículo del catedrático de Historia del Derecho, Bartolomé Clavero, sobre el federalismo como posibilidad abierta en España.

Eliseo Aja, catedrático de derecho Constitucional, expone el déficit de mecanismos institucionales de colaboración entre el poder central y las comunidades autónomas españolas. Se ofrecen a continuación dos análisis de la situación actual escritos por autores que representan la sensibilidad de los nacionalismos moderados catalán y vasco: Enric Fossas, profesor de derecho Constitucional, y Jose Manuel Castell Arteche, catedrático de derecho Administrativo.

Las consecuencias que la integración en Europa ha tenido y sigue teniendo para la estructura autonómica del Estado español son estudiadas por Joan Botella, catedrático de Ciencia Política y de la Administración. José Luis García Delgado, catedrático de Economía Aplicada, cierra el bloque de artículos de la monografía con un texto sobre economía y democracia en la España del final del siglo XX.

El dossier se completa con el discurso pronunciado por el presidente del Gobierno, José María Aznar, sobre la situación política del País Vasco el pasado febrero y la conferencia que el ex secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, dio sobre el Estado Autonómico.

El lector encontrará en esta entrega además un artículo de Jaume Pomar sobre LLorenç de Villalonga que lleva en anexo dos cartas inéditas de Salvador Espriu a la viuda del escritor mallorquín. En las páginas dedicadas a la creación literaria se encuentran poemas de la búlgara, Rada Panchovska y aforismos de Ricardo Martínez-Conde.

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