AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 13 Julio   2000
#Pedagogía para acomplejados
Javier Elorrieta Libertad Digital 13 Julio 2000

#Terror y escarnio
Editorial ABC 13 Julio 2000

#¿Medidas políticas?
GERMAN YANKE El Mundo 13 Julio 2000

#Aniversario macabro
Juan Manuel DE PRADA ABC  13 Julio 2000

#Atentado en Madrid
Editorial El País 13 Julio 2000

#EL COMANDO MADRID ENSEÑA SUS GARRAS
Editorial El Mundo 13 Julio 2000

#Terror en Madrid
Pablo Sebastián La Estrella 13 Julio 2000

#Callao
ERASMO El Mundo 13 Julio 2000

#Salvajadas para una 'construcción nacional'
Editorial La Estrella 13 Julio 2000

#Prácticas mafiosas
Editorial La Razón 13 Julio 2000

#Aniversario con coche-bomba
José María CARRASCAL La Razón 13 Julio 2000

#Tiempo de bombas variadas
Lorenzo CONTRERAS La Razón  13 Julio 2000

#Rompiendo la espiral del silencio
JAVIER FERNÁNDEZ SEBASTIÁN El País 13 Julio 2000

#La lección más triste
VICTORIA PREGO El Mundo 13 Julio 2000

#El trabajo sucio
ABC 13 Julio 2000

#ETA hace estallar un coche-bomba en una de las zonas comerciales más transitadas de Madrid
MADRID. Luis de Vega ABC  13 Julio 2000

#La banda despliega una de sus ofensivas más duras y planificadas de la década
ISABEL C. MARTÍNEZ, Vitoria El País 13 Julio 2000

#Que empiece el PP
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 13 Julio 2000

#Primera resaca
Ramón PI ABC  13 Julio 2000

#Historias
MIGUEL GARCÍA-POSADA El País 13 Julio 2000

#El Consejo no ampara a los jueces
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital

#La defensa de lo común
José Antonio SENTíS La Razón 13 Julio 2000

Pedagogía para acomplejados
Por Javier Elorrieta Libertad Digital 13 Julio 2000

El precedente del Foro Ermua fue un manifiesto de 22 relevantes personalidades del sector universitario al lehendakari Ardanza. Tan angustiosa como respetuosa solicitud de mayor sensibilidad institucional ante el constante atentado contra las libertades fue respondida por Ardanza, espoleado por los mismos dirigentes de su partido que negociaron con ETA, de forma tan infantil como indigna.

Ibarretxe, sin embargo, ha hecho olvidar muchos aspectos negativos, y mejorar en el recuerdo el papel político de quien tampoco estuvo a la altura de las necesidades democráticas de la sociedad vasca.

Tras todo lo ocurrido hace ahora tres años, y ante la gran conspiración contra las libertades y la democracia que han supuesto los acuerdos del PNV con ETA y la materialización del frente nacionalista de Estella, el Foro Ermua ha mantenido con claridad un mensaje sencillo pero escrupulosamente democrático frente a los que usan el concepto del “diálogo sin límites ni condiciones” no para aprender democracia sino para trajinar con ella. Sus integrantes son los que han sostenido que no puede haber ninguna negociación con ETA, los que defienden el marco legal y apelan a los parlamentos como principales foros de debate. Son los que dicen con claridad que no puede haber ninguna transacción política al margen de los argumentos y los votos.

Como plataforma de ciudadanos, es un referente de pedagogía democrática frente a los que subyugados, acomplejados, o extrañamente fascinados por el nacionalismo, avalan de una u otra forma su concepto patrimonialista del País Vasco, que es lo que genera la cultura política del partido-régimen con tics autoritarios. Y no es el menor de éstos, la creencia de que inexorablemente deben ser ellos los que gobiernan siempre porque lo contrario, dicen, "sería crispar".

El Foro Ermua es, asimismo, un referente para ir comprendiendo que la normalización política del País Vasco requiere que el nacionalismo sea desplazado del poder político tras 20 años de ejercerlo y haber cosechado un fracaso estrepitoso ya que los problemas de gobernabilidad y convivencia plural, lejos de haber sido solucionados, se han agravados por la gestión nacionalista. Por eso, la alternancia política al nacionalismo implica el cambio necesario para conseguir ese marco de convivencia en libertad, permanentemente cuestionado por un proyecto impositivo donde el ciudadano, sujeto de derechos, es considerado objeto de la construcción nacionalista de Euskalerría. Trasmutación que el euskofascio denomina eufemísticamente “democracia vasca”.

El Foro Ermua ha sido un estímulo de firmeza y pedagogía y los partidos democráticos lo saben. Incluso algo han aprendido.

Javier Elorrieta es uno de los fundadores del Foro Ermua. Es escritor y, en la actualidad, miembro independiente del Grupo Socialista en el Parlamento Vasco

Terror y escarnio
Editorial ABC 13 Julio 2000

EL atentado con coche-bomba que ayer cometió ETA en Madrid —y van 27 en la capital de España— perseguía causar tanto terror entre los ciudadanos como escarnio a víctimas pasadas. La Plaza del Callao, lugar donde ha sucedido la explosión, es uno de los principales núcleos de comercio y de transportes de Madrid. Flanqueada por grandes centros comerciales y locales de ocio, en el eje central de la Gran Vía madrileña, por esa plaza transitan diariamente miles de ciudadanos y vehículos públicos y privados. 

Sólo la temprana hora de la explosión —las 6:30 de la mañana— evitó que el atentado causara una carnicería, provocando únicamente heridas a diez personas, aunque es probable que la intención directa de los terroristas fuera acabar con la vida de los policías y artificieros que acudieron a la zona. Esta es la finalidad principal del terrorismo: atemorizar de forma indiscriminada para que nadie se sienta seguro, en ningún lugar ni a ninguna hora. 

Pero este atentado no sólo pretendía causar muerte y terror. ETA ha buscado el insulto a las víctimas, haciendo coincidir este atentado en el mismo lugar donde hace cinco años mató a un policía municipal con el mismo sistema y en el día en que se cumple el tercer aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en el Ayuntamiento de Ermua, cuya memoria ha querido profanar la organización terrorista. 

Si los atentados de hace unos días en Las Arenas (Vizcaya) y Ordicia (Guipúzcoa) fueron un aviso a los empresarios vascos para que paguen el «impuesto revolucionario», el de ayer quiso ser el contrapunto más que simbólico al movimiento cívico que surgió tras el salvaje asesinato de Blanco en torno al Foro de Ermua y de otras organizaciones sociales que han puesto cerco a la doblez del nacionalismo vasco frente al terrorismo etarra.

Aunque ya resulte tedioso, después de cada atentado es inevitable pensar en las formaciones nacionalistas vascas, por si en ellas hubiera un gesto mínimo de reacción ética. Sin embargo, la unidad con la izquierda proetarra no va a romperse por este atentado que, para tranquilidad de sus conciencias, no ha tenido víctimas mortales. El PNV sigue firme en la senda de la construcción nacional a la que, como programa máximo, se comprometió con ETA en papel sellado. A dos días de su Asamblea, la banda terrorista ha querido recordar al PNV —y, de paso, al lendakari Ibarretxe, desahuciado políticamente— el sitio que ocupa cada uno en el frente soberanista que pactaron en agosto de 1998. 

La indemnidad física y moral de los dirigentes nacionalistas frente a la violencia terrorista y la convicción de que la unidad nacionalista es más importante que las diferencias de procedimientos, es lo que explica que el PNV esté ahora discutiendo no cómo desvincularse definitivamente de Herri Batasuna, sino cómo mejorar sus relaciones con la coalición proetarra a partir de un nuevo pacto soberanista, propuesto en un documento hurtado al conocimiento de los militantes del PNV. 

Las rupturas de algunos pactos municipales —como si la paz fuera por pueblos— no son más que fuegos de artificio para acallar algunas voces críticas internas, la «grasa» que sobraba según Arzalluz, y que están, por otro lado, cada vez más domesticadas. Tras este atentado, la Asamblea del PNV será la ocasión propicia para medir la capacidad de sus militantes y dirigentes para plantar cara a la demencial política frentista de Arzalluz y Egibar. 

Lamentablemente, no hay razones para esperar un cambio de actitud, que exigiría un liderazgo moral alternativo del que carece en estos momentos el nacionalismo. Los atentados de ETA están lastrando al nacionalismo y hundiéndolo en el conformismo con su fracaso absoluto en la política de alianzas soberanistas. El PNV está practicando una permanente huida hacia adelante, negándose a aceptar la evidencia de que su política de pactos sólo ha beneficiado a la organización terrorista y a la izquierda proetarra, convertidos en árbitro de una situación política empantanada.

¿Medidas políticas?
GERMAN YANKE El Mundo 13 Julio 2000

Cuentan que en otros tiempos, más felices, la gente tomaba un café para despertarse y, después, leía el periódico. Desde hace ya bastante, la gente se conmociona con lo que aparece en las portadas y, ya despiertos, se toma el café sin derramarlo. La vida está llena de sustos: corrupción en las cloacas y en la superficie de la vida política, maniobras empresariales sospechosas, robos, violencia familiar, agresiones y violaciones a las mujeres. No vivimos seguramente tiempos peores que los pasados, pero lo que ocurre está más a la vista.

No suele ser habitual, sin embargo, que, ante estos hechos, la reacción de los ciudadanos, de los políticos y de los columnistas sea una suerte de esperanzado deseo por alcanzar el paraíso. Ante el robo no se responde reclamando una negociación urgente, ante las violaciones no se propone el diálogo (ni se lanzan improperios contra quienes no quieren hablar con los violadores), ante la corrupción no se solicita la «unidad de los demócratas». Lo que se suele hacer, con sentido común y aprecio a la justicia, es, además de aceptar que nunca viviremos en el limbo, pedir que la policía persiga a los delincuentes y que caiga sobre ellos el peso de la ley.

Sin embargo, curiosa paradoja, cuando la noticia que aparece en las primeras páginas es un asesinato, un chantaje o un atentado de ETA, escuchamos y leemos toda una panoplia de propuestas extravagantes: desde el mítico diálogo sobre no se sabe muy bien qué, hasta la negociación misma con la banda terrorista pasando por apelaciones a una curiosa «unidad de los demócratas» en la que no se especifica en qué deben estar de acuerdo y sin la cual, al parecer, no se podría desplegar a las fuerzas de seguridad en la persecución del crimen. Se diría que no consideran delitos los atentados que comete ETA. O que piensan que no son delitos como los demás, que el matiz político de los delincuentes les debe proporcionar un trato distinto al del resto de los mortales.

Y si no llegan a tanto, habría de concluirse que, todos estos acomplejados desconfían en realidad del Estado de Derecho que dicen defender. Y que viven, además, de una ilusión especialmente absurda: que, si se les hace caso, alcanzaremos el paraíso, la paz absoluta, la felicidad total del pueblo vasco. Si todavía no en el paraíso, en el más extraviado de los limbos está Julio Anguita, que nos regala doctrinas tan alejadas de la inteligencia como que a ETA hay que acorralarla con «el diálogo y la flexibilidad». A ETA se la combate con la eficacia policial, que no es algo alejado de la política si está sujeto a la legalidad. Y a sus soportes políticos, con la expresión de una convicción elemental: que ETA no va a conseguir nada de lo que pretende y va a ser combatida por la policía. Da cierta lástima, la verdad, saber que Anguita volverá a dar clases en un instituto...

Aniversario macabro
Por Juan Manuel DE PRADA ABC  13 Julio 2000

Los terroristas se muestran muy respetuosos de las efemérides. Temían que su hazaña más heroica, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, ingresase en el olvido, y han querido conmemorar su aniversario con fuegos de artificio. Así nos recuerdan que siguen ahí, agazapados, dispuestos a seguir embadurnando el calendario de rojo y añadiendo nuevas festividades a su liturgia macabra. La explosión de la Plaza de Callao se ha saldado sin víctimas; pero lo que a estos sacerdotes de la muerte les interesaba no era tanto sembrar la mortandad como el miedo. Una organización que ha hecho de la sangre su único argumento necesita mantener viva la extorsión espiritual que ejerce sobre la sociedad; necesita someternos a una cotidiana zozobra, hasta inocularnos la sensación de que nuestra vida depende de su voluntad o de su capricho. Y necesita, también, que ese perpetuo estado de zozobra promueva un resignado derrotismo; del mismo modo que el cultivo del crimen genera cierto hastío, la convivencia con el terror apabulla nuestro ánimo y degenera en una especie de desalentada conformidad. Esta estrategia amedrentadora ha rendido ciertos frutos entre quienes anteponen sus delirios ideológicos sobre la sangre derramada: si hasta hace poco la frontera que separaba a los asesinos y a sus hipotéticas víctimas parecía nítidamente delineada, hoy, esa nitidez se ha emborronado de ambigüedades, de posturas vergonzosamente tibias, de condenas medrosas. Como si el chantaje y la barbarie admitiesen interpretaciones «equidistantes».

Los terroristas se muestran muy respetuosos de las efemérides. Como suele ocurrirles a las sectas más envilecidas, se aferran desesperadamente a sus ritos, como si su repetición machacona sirviese para retardar la agonía de sus doctrinas. Pero ETA, pese a la «comprensión» de los tibios, murió hace ya mucho tiempo; los zarpazos que sigue lanzándonos son los de una bestia acorralada que camufla su desesperación con aspavientos de fiereza. Como esas estrellas difuntas que un día perdieron su brillo, aunque sigan enviando su luz en un espejismo de supervivencia, ETA se suicidó hace exactamente tres años, cuando ejecutó a Miguel Ángel Blanco, haciendo del terror una intriga dilatada y abominable. Quizá ya llevase mucho tiempo muerta, pero aquella gran representación macabra reveló su pavorosa putrefacción. Una sociedad unánime y asqueada espantó aquel día la sombra del anonadamiento para proclamar la defunción de la bestia; aunque luego no hayan faltado quienes, con su flojedad, la han intentado reanimar, la bestia ya no resucitará nunca. Enfrente se halla una sociedad que no volverá a claudicar, una sociedad sorda a sus chantajes y amenazas.

Los terroristas se muestran muy respetuosos de las efemérides. Podrían haberse ahorrado el gesto. Una sociedad que no olvida ni perdona mantiene intactas en la memoria aquellas horas de incalculable horror en que una banda de chacales secuestraron a un joven sin culpa y decretaron su muerte por anticipado. Aquel ultimátum, que anhelaba el desmoronamiento de una sociedad entera, sirvió por el contrario para que entre todos rescatáramos nuestras últimas reservas de coraje; creían que su regodeo en la bestialidad les procuraría una sociedad de hinojos, y se tropezaron con una sociedad erguida, lacerada por el dolor, pero inquebrantable en su determinación, una sociedad sin resquebrajaduras que mostraba su sien y su pecho para que los ejecutores de Miguel Ángel Blanco repitieran su cenagosa abyección. Desde entonces, vanas han sido las maniobras de esa cofradía de chantajistas: ni su tregua exánime, ni sus asesinatos póstumos han servido para engañarnos. Están muertos; y aunque contemplamos y sufrimos sus desmanes, sabemos que son como los coletazos con que una serpiente maquilla los estertores de la muerte. ETA mata y prosigue sus extorsiones para distraernos de lo que verdaderamente importa: su derrota definitiva e irrevocable.

En su respeto a las efemérides, ETA sólo exhibe ese temblor epiléptico que precede al rigor mortis. Hoy, mucho más temibles que el terrorismo etarra, ese cadáver ambulante, resultan quienes le prestan una respiración asistida, quienes le suministran alambicadas justificaciones, quienes lo disfrazan con fantasmagóricos ropajes ideológicos. Pero la bestialidad no tiene ideología; la sangre derramada no admite delirantes justificaciones folclóricas. Los terroristas, tan respetuosos de las efemérides, han fundamentado su religión sacrílega sobre mitologías mohosas que ninguna persona cuerda puede aceptar. Esto quizá los terroristas no lo sepan, porque ya están muertos; pero sí lo saben, en cambio, quienes les otorgan su condescendencia o sus vagas recriminaciones. Y lo sabe, desde luego, una sociedad puesta en pie que hace tres años dejó de temblar. Hoy, con el olor de la pólvora todavía palpitante en el aire, sólo nos resta pedir por enésima vez que los enfermeros que prestan su respiración asistida al cadáver lo dejen, por fin, ingresar en la morgue de las mitologías mohosas. Estamos hastiados de convivir con su presencia pútrida.

Atentado en Madrid
Editorial El País 13 Julio 2000

ETA ESTAMPÓ ayer en el corazón de Madrid su firma habitual -un coche bomba con más de veinte kilos de explosivos-, coincidiendo con el tercer aniversario del asesinato del concejal del PP en Ermua, Miguel Angel Blanco. La organización terrorista repetía el método seguido cinco años atrás en el mismo escenario. Entonces se cobró la vida de un policía municipal; ayer causó nueve heridos, uno de ellos grave. Es el segundo atentado que ETA comete en la capital de España tras la ruptura del alto el fuego.

El aviso previo y la hora de la explosión, a las seis y media de la mañana, no pueden servir de atenuante. La ausencia de víctimas mortales es más el resultado de un azar afortunado que de la voluntad de los terroristas. No es un dato insignificante que la explosión se produjera antes de la media hora anunciada por los comunicantes anónimos. No se sabe si por un fallo del temporizador fijado a la carga explosiva o, como han deducido los responsable policiales, porque el objetivo de los terroristas fuese matar a los miembros del equipo policial enviado para su localización y posible desactivación.

Poco nuevo cabe comentar sobre la naturaleza genuinamente fascista de los actos de ETA y sobre su estrategia de imponer mediante el terror sus objetivos soberanistas al conjunto de los habitantes del País Vasco. Desde la ruptura unilateral de la tregua, el pasado mes de diciembre, la organización terrorista ha encadenado siete atentados, con resultado de cinco víctimas mortales, que, sin duda, serían más si no se hubieran interceptado dos furgonetas cargadas de explosivos y desarticulado un comando que preparaba un atentado en Bilbao.

A medida que se ensancha la estela terrorista resulta más injustificable que el PNV se revele incapaz de romper totalmente sus lazos políticos con quienes, como HB o EH, han demostrado su incapacidad para elaborar un discurso autónomo de ETA. No debe extrañarse, pues, el partido nacionalista de que en momentos dramáticos como el vivido ayer las miradas de los ciudadanos converjan hacia él y le recuerden la profunda contradicción en la que vive mientras no tenga el coraje de desandar un camino que no sólo no lleva a la pacificación de Euskadi, sino que tiende a romper en dos la sociedad vasca. El PNV no puede permanecer sordo al mensaje que le llega de todos los que están amenazados por el solo hecho de no ser nacionalistas. Y ya no basta con dejar en suspenso el Pacto de Lizarra o los organismos creados en ese marco. La asamblea que celebra el PNV esta misma semana es una nueva ocasión para dar pasos decisivos que de una vez rompan cualquier lazo con los terroristas y sus abanderados políticos.

A la luz de la amenaza permanente de ETA y del reguero de muerte y sufrimiento que deja tras de sí, querellas como la suscitada por el trasvase de información entre las fuerzas de seguridad del Estado y la Policía Autónoma Vasca resultan sencillamente irresponsables. Por ello, hay que felicitarse del acuerdo entre los Gobiernos central y vasco para compartir la información sobre ETA que obtengan por sus propios medios, tanto la Guardia Civil y la Policía Nacional como la Ertzaintza. Cualesquiera que sean las diferencias políticas entre los Gobiernos de Madrid y Vitoria y los intereses electorales de los partidos que les apoyan, no tiene justificación alguna que se ponga en entredicho una colaboración institucional legalmente obligada y de la que depende la seguridad de muchas personas.

Siendo alentador que los conductos de colaboración institucional entre Madrid y Vitoria se reactiven, también es hora de pedir eficacia a las fuerzas de seguridad en su conjunto. Hace cinco años, cuando se produjo otro atentado en el mismo lugar, el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, hizo una apelación en este sentido al Gobierno socialista y fue más lejos en sus críticas. Por ello, los ciudadanos estamos legitimados para recordarlo hoy: la normalización institucional es imprescindible para que el clima político rebaje su insoportable tensión, y puede reforzar la predisposición de un sector del PNV a desligarse de una vez de planteamientos no democráticos sobre el futuro del País Vasco. Pero también es urgente la eficacia policial.

El espíritu de Ermua, nacido hace tres años, expresa la profunda determinación de la inmensa mayoría de los ciudadanos a no someterse al chantaje permanente de ETA. Para aplicarlo no se puede ser tolerante con los intolerantes. A los asesinos hay que detenerles y juzgarlos. Para que la sociedad recupere su moral y la normalidad.

EL COMANDO MADRID ENSEÑA SUS GARRAS
Editorial El Mundo 13 Julio 2000

Tras casi seis meses de inactividad, ETA reapareció ayer en Madrid. Lo hizó con un método cruel y cobarde: el coche-bomba. Un vehículo con 20 kilos de dinamita estalló a las seis y media de la mañana en la céntrica calle del Carmen, junto a Callao, provocando diez heridos, uno de ellos, grave.

Como sucedió hace unos días en Getxo, la banda terrorista avisó de la colocación del artefacto, pero éste explotó diez minutos antes de la hora prevista. ¿Fue este fallo un simple error o se trataba de una trampa para matar a un agente desprevenido? Cualquiera de las dos hipótesis tiene la misma verosimilitud.

Pero lo esencial es que la explosión no causó daños irreparables, a diferencia del coche-bomba colocado exactamente en el mismo lugar hace cinco años, que provocó la muerte de un policía municipal.

Por la temprana hora en la que se produjo el atentado, es evidente que ETA no pretendía ayer causar una masacre como las de la República Dominicana o Vallecas. Sus fines eran de naturaleza mucho más propagandística. La banda quería realizar una demostración de fuerza al colocar un coche-bomba en uno de los lugares más concurridos y más vigilados del centro de la capital.

La acción de la calle del Carmen demuestra que ETA ha logrado reconstruir su infraestructura en Madrid, a pesar de las intensas laborales policiales de rastreo desde el final de la tregua. El coche utilizado para colocar el explosivo había sido robado en Madrid en febrero pasado, de lo que se puede deducir que ha estado oculto en algún punto de la capital durante cinco meses y que había sido preparado para estallar en ese zulo-taller. La banda, pues, dispone de un comando legal, no fichado por la Policía, que pudo ser el responsable del asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco el pasado 21 de enero.

El atentado de Callao presenta, además, una siniestra coincidencia: ayer se cumplía justamente el tercer aniversario del asesinato de Miguel Angel Blanco, que convocó a decenas de miles de madrileños muy cerca del lugar donde estalló la bomba.

Poco o nada ha cambiado desde entonces. Como cínicamente dijo ayer Arnaldo Otegi, estamos ante «una acción armada más». Efectivamente, el único lenguaje en el que se expresa ETA es el de la violencia. Por eso, resulta incongruente que partidos democráticos como PNV y EA mantengan acuerdos con los socios políticos de la banda terrorista. Son los nacionalistas los que tienen que revisar sus alianzas y no el Gobierno, que no puede ni debe cambiar de política ni siquiera bajo la amenaza de las garras del comando Madrid.

¿Está usted de acuerdo con estas opiniones? Aporte sus ideas en el foro abierto sobre cada editorial en la dirección: www.elmundo.es/diario/opinion

Terror en Madrid
Pablo Sebastián La Estrella 13 Julio 2000

  El último atentado de ETA en Madrid ha dejado en evidencia la existencia en la capital de España de un nuevo comando, como lo ha confirmado el ministro de Interior, que viene actuando desde la impunidad y el secreto pero siguiendo órdenes muy estrictas de la banda de golpear de manera limitada, como lo prueba el aviso que ETA hizo del coche-bomba.

La interpretación de Interior sobre el atentado diciendo que se trató de un truco horario para causar daños a los artificieros no parece cierta, porque si ETA hubiera querido habría causado una gran catástrofe simplemente sin avisar. Más bien al contrario, parece que Interior no fue lo prudente que merecía el caso desconfiando de la hora dada por la banda.

ETA ha vuelto a encender en Madrid la mecha del terror, como también hizo los pasados días en Guecho, pero controlando su deflagración y avisando a empresarios y gobernantes sobre la escalada que tiene entre manos y que coincide con la tensión y escalada política que se vive en estas semanas en torno al País Vasco.

Asimismo, ETA ha repetido en Madrid un mismo atentado en el mismo lugar, la plaza del Callao, en el que en 1995 puso otra bomba y mató a un policía municipal. Un atentado ése que ocurrió pocas semanas después de otro atentado espectacular contra José María Aznar. Quien a raíz del atentado de la madrileña plaza del Callao en 1995 declaró, entonces, que el Gobierno del PSOE y su Ministerio de Interior demostraban su incapacidad policial contra ETA. Viniendo a decir que cuando el PP gobernara eso no sería igual. La cadena SER de radio reprodujo ayer, con toda intención, estas palabras de Aznar, que hoy dejan en evidencia al presidente y a su ministro de Interior.

Pero sobre todo nos obligan a todos a pensar y a reflexionar sobre la inutilidad de las discusiones y reproches entre demócratas, cuando todos sabemos que ETA no necesita de nadie para provocar una gran catástrofe en el centro de Madrid, que sólo se puede imputar a la banda, hagan lo que hagan los partidos políticos democráticos en sus distintas estrategias en pos de la paz.

Estamos ante una escalada de ETA que va a más y por ello el Gobierno y los demócratas deben estar más unidos que nunca ante la que parece ser una gran tormenta anunciada. Sabemos que el Ministerio de Interior hace lo que puede y que nadie, ni antes ni ahora, debería descalificar en estos momentos a nadie. Sin mezclar la batalla política y partidaria del País Vasco con la lucha policial, que es bastante dura y cuenta con la enorme dificultad de detectar nuevos comandos que actúan en secreto y a traición. Como el que ayer hirió a varias personas y golpeó a Madrid cerca del corazón.

Callao
ERASMO El Mundo 13 Julio 2000

Querencia y fijación con Preciados, campa madrileña, zona de masacres. Otra vez, terror en la madrugada de las señoras de la limpieza. La bomba interrumpe la palabrería, el txirimiri de verbos y sólo dos permanecen: Lizarra/etarra, Estella/estalla. Hasta los vocablos arrastran tras de sí la misma música de hierro de la muerte. ETA viajó a Madrid, a su montería de cada año, cacería del guardia urbano.

Salvajadas para una 'construcción nacional'
Editorial La Estrella 13 Julio 2000

El coche-bomba de ayer en la plaza de Callao de Madrid hacía el número 27 de los colocados por la banda terrorista ETA en la capital de España. En estos alardes de barbarie han muerto ya por manos de los nacionalistas radicales vascos 52 personas. Los heridos suman varias decenas, incluidos los diez que tuvieron que ser asistidos ayer de heridas diversas, entre ellos, uno de gravedad. Aunque el atentado no ha resultado tan grave como podría haber sido, ETA ha vuelto a sembrar la consternación y el dolor en su espiral de violencia. Los etarras se han vuelto a hacer presentes de la mano del terror, que, en España, no conoce precedente, ni aun siquiera en los tiempos de la desdichada dictadura anterior. Con la dinamita, ETA ha dejado sobre la calle, una vez más, su tarjeta de visita, el documento de identidad de quienes aspiran a llevar a buen término su "construcción nacional", su idea soberanista de Euskadi, a base de salvajadas y de sangre con la que parecen querer amasar los cimientos de su patria.

Cuando el debate español está más activo que nunca en materia de polémica nacional en contra de la disgregación y de los nacionalismos disolventes  y utópicos, y cuando ETA ha llegado a colocar al nacionalismo democrático del PNV y EA en situaciones harto comprometidas, las bombas de ETA acuden de nuevo a la cita de la muerte. Es como si, además de recrearse con el dolor ajeno, desearan con sus agresiones que la opinión pública española no deje de enfocar hacia el País Vasco a fin de no dejar de volcar sobre los nacionalistas moderados ya que no tiene sentido hacerlo sobre los radicales las legítimas críticas ante el consentimiento de los lazos directos o indirectos que aún persisten con la parte salvaje del nacionalismo.

Esto explica que el PNV, que, pese a todo posible error no tiene que demostrar a estas alturas su biográfia democrática aunque sí debe defenderla de actitudes ambiguas, reaccionara ayer con rapidez pidiendo a ETA que deje al pueblo vasco en paz, que desaparezca y deje que los vascos rijan sus destinos a través de los principios y los márgenes democráticos. Ha sido una reacción oficial urgente del propio Gobierno y de portavoces del partido en la que se expresa, igualmente, el hartazgo ante las salvajadas de los gudaris de la dinamita y del tiro en la nuca. Felizmente, a pesar de lo que en ciertos momentos pueda parecer, los nacionalistas moderados de Euskadi saben muy bien que su "construcción nacional", si es que fuera posible alguna vez, no lo será matando a todo aquel que se ponga por delante.

Para coronar la hazaña de ayer en Madrid, el comando permanente que dicen se oculta en la capital de España hizo un alarde más de miseria espiritual, de degradación humana, típica, por cierto, del ensañamiento y la depravación, etarra haciendo coincidir su salvajada con el tercer aniversario del vil asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco. Es la forma en que los autores de la barbarie se regodean con el sufrimiento de sus víctimas, como hicieron cuando, asesinado el concejal del PP en Durango Jesús María Pedrosa, voces anónimas seguían llamando a su casa para insultarle y ofender su memoria. O lo que hicieron cuando, asesinado Gregorio Ordóñez, se acercaban a ultrajar su tumba en el cementerio. Todo un canto a la libertad en nombre de la patria.

Prácticas mafiosas
Editorial La Razón 13 Julio 2000

El coche-bomba que los delincuentes de Eta hicieron estallar ayer en el corazón de Madrid, en la zona más comercial de la ciudad, está cortado por el mismo patrón que el de los dos últimos atentados de la banda. En todos los casos, el objetivo evidente es amedrentar a los empresarios y sembrar el miedo en la población.

    El coche-bomba de ayer, que afortunadamente sólo causó lesiones a diez personas, pudo haber ocasionado una carnicería si la Policía se hubiese apresurado a acercarse al vehículo para tratar de desactivar el artefacto. Como cabía esperar de la perversidad de asesinos de la catadura de los etarras, la bomba estalló antes de consumirse el plazo de tiempo anunciado en una llamada telefónica. Es decir, que pensaban sin duda que el artefacto hiciese explosión justo cuando los policías se hallasen en las proximidades. Parece evidente que los dos individuos a quienes las cámaras de seguridad de los establecimientos comerciales más próximos grabaron en el momento de abandonar su coche-bomba y escapar del lugar, intentaron sin éxito lograr un efecto similar al registrado hace cinco años en el mismo lugar, cuando la banda terrorista colocó otra bomba cuya onda expansiva alcanzó mortalmente a uno de los agentes de la Policía Municipal que mantenían cerrada la zona con un cordón de seguridad.

    Cabe destacar sin embargo el hecho de que los etarras hayan perpetrado su atentado en plena zona comercial peatonal, con el resultado de graves desperfectos en las fachadas y el sobresalto de una ciudad que comenzaba a esas horas a ponerse en marcha. Como ocurrió antes en Ordicia (donde la víctima elegida era un industrial hostelero), y previamente en Neguri, los empresarios están ahora más que nunca en el punto de mira de una banda mafiosa que busca desesperadamente más dinero para engrasar su organización interna. Los datos recogidos por las Fuerzas de Seguridad del Estado, como ha informado LA RAZÓN, han detectado también la avalancha de cartas amenazantes llegadas a industriales de dentro y fuera del País Vasco. Es más, se sabe que también han enviado mensajes de extorsión a esposas y familiares de personas que se habían negado a pagar, para romper su resistencia.

    Desde el final de la tregua-trampa, los asesinatos de Eta han sido los propios de una banda mafiosa cualquiera, y siguen el patrón de los cometidos por los mafiosos sicilianos, los «gangsters» del Chicago de los años 30 o de los cárteles de traficantes colombianos de la droga: en el fondo se trata siempre de lo mismo, de conseguir dinero fácil por medio de la extorsión y del asesinato de quienes son capaces de poner al descubierto sus verdaderas actividades.

    Unirse en un frente común ante el miedo, buscar el apoyo de la sociedad entera, y colaborar con las Fuerzas de Seguridad para aumentar su efectividad, es la mejor defensa contra la mafia etarra.

Aniversario con coche-bomba
José María CARRASCAL La Razón 13 Julio 2000

La forma como Eta ha querido conmemorar el tercer aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco ha sido disponer un coche en el mismo centro de Madrid y hacerlo explotar. A lo mejor, Anasagasti y sus amigos pretenden que demos las gracias a la banda terrorista porque la explosión ocurrió a las seis y media de la mañana y avisaron por teléfono, aunque equivocando la hora, tal vez por si pillaban a algún policía. Lo digo sin ironía. ¿Acaso el portavoz parlamentario del PNV no adjudica a su partido la medalla de la tregua? No importa que más que una tregua fuera una trampa, como ha reconocido la propia Eta. A estas alturas, a los señores del PNV, la realidad les trae absolutamente sin cuidado, entre otras cosas porque la realidad les estorba y les molesta. Mientras al resto de los españoles la realidad nos hiere. Y por lo menos a la mitad de los vascos, les mata. Pero esas son cosas que al «primer partido vasco» le traen sin cuidado. «Lograr la construcción nacional», aunque sea del brazo de asesinos, es para él más importante.

    Los aniversarios propician a la reflexión y la de este día cae por su propio peso: en la crisis vasca, ¿estamos mejor, peor o igual que hace tres años? Cada uno es muy dueño de pensar como quiera, pero para mí, estamos peor, mucho peor. Hace tres años, tras uno de los asesinatos más cobardes, crueles y alevosos de su alevosa, cruel y cobarde historia, Eta se hallaba arrinconada por los éxitos policiales, boicoteada por todos los partidos democráticos y aislada socialmente. Hoy, Eta ha firmado un pacto de futuro e intenciones con los dos principales partidos nacionalistas vascos, ha roto su aislamiento y vuelve a matar dónde y cuándo puede, sin tener que pagar por ello más que con la indignación de las personas decentes y con las lágrimas de los familiares de las víctimas. Todo eso se lo debe al PNV, que puede mostrarse orgulloso del Pacto de Estella, vehículo de tal felonía. Con él, el partido de Arzallus, Egibar y Anasagasti ha permitido a la banda terrorista salir de la cuarentena en que ella misma se había metido y volver a ser no voy a decir presentable, que nunca lo fue, pero sí inevitable en la escena política. ¿Tanto miedo tenían los Arzallus, los Egibar y los Anasagasti de que Eta fuese derrotada, de que los terroristas se quedaran marginados en la solución del problema vasco?

    Al parecer, sí. Sí, porque para evitar esa marginación, para tenderles un cable que les devolviera al centro de la escena política han tenido que pagar muy caro. No me refiero a las vidas que ha costado el que Eta piense que vuelve a tener razón para matar. Esas vidas no cuentan para los auténticos nacionalistas. Me refiero al precio en prestigio, influencia, capacidad de maniobra, autoridad moral y conflictos internos que ha costado al PNV. Porque la cosa está muy clara: no ha sido Eta la que se ha acercado a las tesis del PNV para lograr la independencia, como nos decían era la intención del Pacto de Estella. Ha sido el PNV el que se ha acercado a las tesis de Eta. Y las tesis de Eta son cristalinas como el agua de esos manantiales que brotan en los valles de Euskadi: los objetivos nacionalistas sólo pueden alcanzarse por la violencia. La independencia sólo se logra amedrentando a los que no comulgan con nuestras tesis, extorsionando a los que tienen dinero y asesinando a los se cruzan en nuestro camino. Tan simple como eso. Ya que las urnas no nos sirven para alcanzar nuestro destino, alcancémoslo por la limpieza étnica e ideológica. Ya que no tenemos la fuerza de la razón, impongamos la razón de la fuerza.

    Que Eta piense así no debe extrañarnos. Siempre ha pensado. Siempre ha considerado que el fin justifica los medios, como ocurre a todos los totalitarios. Lo que puede extrañar es que el PNV, que se considera democrático, se una a tal discurso. Porque la democracia se funda precisamente en que los medios no justifican el fin, en que la razón política nunca es superior a la razón moral y en que por encima de los derechos nacionales están los derechos humanos, entre otras cosas porque sin derechos humanos no hay derechos nacionales. Esto es lo que se espera de un partido democrático. Que nunca, y cuando se dice nunca se quiere decir absolutamente en ningún caso, la construcción de una nación puede anteponerse a la vida y la libertad de las personas, lo único sagrado que la democracia admite. Que Eta ignore todo eso no debe extrañarnos ni siquiera indignarnos a estas alturas de la tragedia, porque sabemos lo que es Eta: una banda de criminales, mafiosos y extorsionistas. Pero que en el PNV haya gentes que todavía deshojen la margarita de si conviene o no seguir del brazo de los asesinos es como para caer en la depresión y melancolía.

    Pero eso es precisamente lo que buscan los asesinos, por lo que no debemos caer en ello. Peor estaban los ingleses frente a los nazis en 1940, y ya vieron cómo acabaron los nazis. Nunca la dictadura, por fuerte, brutal y sin escrúpulos que sea, se ha impuesto a la democracia. Siempre la fuerza de la razón se ha impuesto a la sinrazón de la fuerza. Hace tres años, Eta se veía en peligro de verse segregada. El PNV la ha ayudado a salir de ese gueto. Hoy, es el PNV el que corre el peligro de verse al margen de la construcción de la paz y la convivencia en el País Vasco. De entrada, ha perdido el mando del nacionalismo vasco, ya en manos de los violentos. De salida, puede encontrarse convertido en cómplice de los que extorsionan y asesinan. Desde Fausto, que vendió su alma al diablo para recuperar la juventud y lo que recuperó fueron sus complicaciones, nadie había hecho tan mal negocio.

Tiempo de bombas variadas
Lorenzo CONTRERAS La Razón  13 Julio 2000

Eta ha estado a punto, nuevamente, de arrebatarle el protagonismo noticioso a la actualidad política. Una llamada anónima de alarma y la hora elegida para la explosión han limitado la repercusión del hecho criminal,convertido en incruento. Lo cual ahorra a la banda terrorista nuevos testimonios de reprobación al máximo. Es posible que esta circunstancia deje indiferentes a sus cabecillas. Tal vez no. Acaso empiecen a valorar el peso de la opinión pública adversa.

    De todos modos, una bomba en Callao y en Madrid, en su centro neurálgico, tiene garantizada la resonancia pública, nunca mejor dicho con más de veinte kilos de dinamita por medio. Mientras tanto, circulaban los ecos de la declaración de San Millán de la Cogolla sobre Humanidades. Otra bomba, ésta política. Porque un interés institucional, de partido -el PP-, por la formación cultural del pueblo español, repitiendo la línea intentada por Esperanza Aguirre cuando era ministra, afecta a sensibilidades nacionalistas y a celos partidistas, los del PSOE, capaces de alterar el limpio significado del proyecto. Sin embargo, poca polémica racional admite la denuncia de una monumental tergiversación de la historia común española, que hace de muchos de sus ciudadanos auténticos analfabetos en tan esencial materia.

    Y nada se diga de la lengua oficial de España, contra cuyos cimientos y murallas se estrellan las políticas lingûísticas de las llamadas nacionalidades, a su vez combatidas por resoluciones judiciales. Lo cual no acaba con el problema, claro está. El problema del ciudadano que ha de moverse con embarazo en las Comunidades Autónomas donde los excesos nacionalistas se manifiestan. Ese es el punto candente de la cuestión. Por supuesto que el español no peligra. Menuda salud tiene. Lo que peligra es el interés legítimo del ciudadano que no quiere y muchas veces ni puede renunciar al cultivo y práctica de su lengua patria. Se trata, pues, de un conflicto que lastima los derechos del ciudadano hispano-hablante, en las Comunidades bilingûes. Como si las lenguas vernáculas padecieran por culpa del idioma oficial, reconocidas como están constitucionalmente, y tuvieran que defenderse de un supuesto acoso español. Todo tergiversado, todo al revés.

    Se acerca, entretanto, la hora del Congreso socialista, que ha de establecer nada menos que el control del PSOE, hasta ahora interferido por la inextinguida influencia del felipismo. Ésa es otra bomba política, todavía pendiente de estallar. Que estallará, sin duda, sea cual fuere su resultado. Porque en los últimos días, la protección felipista de Bono ha cambiado en favor de Rodríguez Zapatero. O se va decantando hacia el diputado leonés, más cómodo mañana para González, ese vigilante ojo del «Dios» de Suresnes.

Rompiendo la espiral del silencio
JAVIER FERNÁNDEZ SEBASTIÁN El País 13 Julio 2000

Para quienes vivimos el ocaso del franquismo, la crisis del País Vasco tiene el aire inconfundible de un fin de régimen. La obstinación de los principales beneficiarios del sistema en restar gravedad a la situación y aferrarse a sus poltronas, el empeño continuista de encauzar las imprescindibles reformas a fin de evitar desbordamientos y tratar así de preservar a toda costa su hegemonía, los continuos guiños dirigidos al poder fáctico (militar, por supuesto) por parte de una vieja clase política en declive que envuelve su gestión en rancia retórica patriótica, la violencia callejera de los incontrolados contra quienes aspiran a una auténtica democratización... Incluso los llamamientos de los sectores más aperturistas a la moderación de las demandas de los opositores para facilitar una evolución controlada que dé paso a un pluralismo bien entendido. Todo tiene, como digo, un aire de déjà vu, y no sería difícil encontrar paralelismos muy significativos entre las actitudes de ciertos políticos vascos en activo y algunas de las figuras más caracterizadas del tardofranquismo en los momentos previos a las elecciones de junio de 1977.

La comparación es inadecuada, se me objetará, pues, más allá de algunas semejanzas superficiales, ¿qué puede haber de común entre las postrimerías de una dictadura como la franquista y una crisis política ciertamente grave, pero que tiene lugar en un marco institucional plenamente democrático? Por supuesto, soy consciente de que las diferencias entre una y otra situación son inmensas, y con la expresión fin de régimen en absoluto hago referencia al improbable eclipse de un estatuto de autonomía que, por su amplio asenso, parece muy difícil de superar como punto de encuentro entre la ciudadanía. Estoy hablando de otra cosa. Me refiero a la impresión generalizada de que por fin parece posible a corto plazo el relevo del nacionalismo gobernante. Y eso es a todas luces mucho más que un cambio de gobierno.

Es sabido que, por debajo del ordenamiento institucional, en el País Vasco ha venido operando durante las últimas dos décadas una llamémosle constitución material que incluía no pocas normas tácitas y sobreentendidos. Que los cargos públicos fundamentales -políticos, económicos y culturales; desde la presidencia del Gobierno vasco hasta el rectorado de la Universidad pública, pasando por las directivas de empresas y cajas de ahorros- debían necesariamente recaer en manos de nacionalistas era una de esas normas jamás escritas, pero no por ello menos operativas. Es sabido también, aunque muchos pretendan ignorarlo, que la vida cotidiana en el País Vasco ha estado profundamente marcada por una serie de anomalías que de facto han desvirtuado gravemente el marco jurídico de libertades hasta el punto de convertirlo en papel mojado. Durante el último cuarto de siglo ha sido plenamente operante entre nosotros una variante extrema de esa clase de control social que Elisabeth Noelle-Neumann bautizó a comienzos de los ochenta como la espiral del silencio. Con esta expresión, la investigadora alemana aludía a un proceso sociopsicológico en virtud del cual aquellos individuos cuyas opiniones divergen de las posiciones aparentemente mayoritarias tienden a ocultar sus puntos de vista. El temor al aislamiento social que induce al conformismo vino a agudizarse en nuestro caso por una doble circunstancia. De un lado, el dominio incontestado de los nacionalistas moderados en el poder autonómico aconsejaba discreción a quienes, pese a no comulgar muchas veces con sus patrióticas ruedas de molino, tenían escasas esperanzas de que una política alternativa pudiera abrirse paso en las instituciones. De otro, la omnipresente amenaza de una banda terrorista infiltrada en el tejido social sellaba los labios de los discrepantes. Así las cosas, a despecho de los textos legales (artículo 20 de la Constitución incluido), el ejercicio de algunos derechos básicos se volvió imposible en la práctica.

Ahora bien, si el simple hecho de manifestar en público divergencias profundas con el establishment nacionalista resultaba poco menos que una temeridad, la política vasca durante todos estos años se ha ido tejiendo sobre una urdimbre de chantajes y de mentiras. La hegemonía aplastante del discurso oficial (nacionalista) en el espacio público, que tenía a menudo la contundencia de un monopolio de la opinión, explica no sólo la errática deriva de algunos sectores de la izquierda, sino, lo que es más grave, la puesta en práctica de aparentes consensos (como la política lingüística) que no lo serían en condiciones de verdadera democracia.

Pues bien, es ese estado de cosas el que, de manera creciente, ha comenzado a cambiar desde hace tres años. A partir de las movilizaciones de Ermua el sector no nacionalista de la población ha irrumpido en el espacio público, ha recuperado la voz y se hace cada vez más visible en las calles. Frente a todo ello, el mundo nacionalista puso en pie una serie de pactos, secretos y públicos, orientados a romper esa dinámica, recuperar la iniciativa e impulsar un proceso de construcción nacional al amparo de un falso proceso de paz. El halcón, disfrazado de paloma de la paz, llegaría encapirotado sobre el brazo de los nacionalistas con la soberanía de Euskal Herria en el pico. Los desastrosos efectos de esa política sectaria están a la vista de todos.

Hoy parece posible desbancar democráticamente a los nacionalistas de las instituciones autonómicas, y hacerles pasar a la oposición (¿acaso no se lo han ganado a pulso, después de su gravísimo error político y de más de veinte años ininterrumpidos de gobierno?). Las fuerzas políticas constitucionalistas deben articular una alternativa creíble y demostrar (como ya lo están haciendo en Álava) que hay otras maneras de ser vasco. Y, sobre todo, deben poner las instituciones al servicio de la democracia a fin de asegurar el ejercicio de los derechos de todos y el cumplimiento de la ley.

Frente a las Casandras que anuncian toda clase de males si los nacionalistas son desplazados del poder, es hora de afirmar que la ciudadanía vasca -especialmente en sus más dinámicos segmentos urbanos- es suficientemente madura, plural y responsable para superar tutelas y lacras históricas que ansía dejar atrás.

En las manifestaciones de estas últimas semanas en las calles de Bilbao, Vitoria y San Sebastián volvía a reclamarse sencillamente libertad y democracia, como en los inicios de la transición. Hace un cuarto de siglo, el afán de los españoles por asentar un sistema civilizado de convivencia, contando con el apoyo de la prensa y de los principales líderes políticos, fue capaz de superar todos los obstáculos y consolidar el nuevo régimen democrático. Hoy nos encontramos de nuevo en el País Vasco con una sociedad que anhela salir del zulo, y sabe que para ello deberá hacer frente a la democracia orgánica del búnker nacional-sindicalista vasco, atajar el fascismo callejero y combatir con firmeza un terrorismo involucionista que pretende perpetuar su dictadura del silencio.

El problema es inverso al de la transición española: esta vez tenemos el esqueleto jurídico (Constitución y Estatuto), pero nos falta rodearlo de carne democrática, de un entorno social respetuoso con los derechos y libertades de todos que ahuyente definitivamente los demonios de la tribu. El asentamiento de una nueva cultura democrática, sin embargo, no se improvisa, y será preciso comenzar pacientemente desde abajo. Junto a la enseñanza, el papel de los medios de comunicación parece ahora tan crucial y decisivo como lo fue en un pasado ya lejano que hoy nos vuelve a parecer extrañamente familiar.

Javier Fernández Sebastián es profesor de Historia del Pensamiento en la Universidad del País Vasco.

La lección más triste
VICTORIA PREGO El Mundo 13 Julio 2000

Aquel día muchos millones de españoles recibimos una rápida y angustiosa lección de geografía: Ermua, un nombre desconocido para casi todos nosotros, se levantó de pronto en el mapa de España y adquirió una presencia atónita y sobrecogida, idéntica a la expresión del rostro del padre de Miguel Angel Blanco cuando, al volver a su casa a la hora de comer, se bajó de la furgoneta y antes siquiera de entrar en el portal supo que su hijo había sido secuestrado.

A partir de aquel instante, Ermua dejó de ser lo que había sido para convertirse en el centro emocional y político del país entero. Luego, cuando el cuerpo de Miguel Angel Blanco apareció en un bosque cercano a la capital, entre cuyos árboles habían destrozado a tiros al joven concejal del PP, también aprendimos de un latigazo en el estómago dónde estaba Lasarte. Y muy poco después, cuando todos nosotros supimos que nos unía la misma ira inmensa y la misma decisión de salir a la calle a retar a los asesinos y a expresar sin miedo nuestra decisión de no seguir callando resignadamente, aprendimos que Ermua era la capital de un talante, de un compromiso de paz y de respeto, de una exigencia de concordia y de una voluntad de rebeldía.

Aquellas lecciones nos llenaron de pena pero también de fuerza y hasta de esperanza. Nos supimos muchos, nos sentimos fuertes y nos creímos escuchados. Pensamos que había vuelto a nuestras manos la posibilidad de doblar el camino divergente de las fuerzas políticas democráticas hasta hacerlas coincidir desde entonces y ya para siempre en una batalla única y unida contra las pretensiones de ETA de imponer sus fantasías políticas por la vía de la muerte y del terror.

Ermua fue una de esas escasísimas ocasiones históricas en las que todo un pueblo se echa a la calle y se sitúa en la vanguardia de la acción política y por eso pasará a la historia de los españoles. Porque aquello no fue, como algunos necesitan todavía explicarse a sí mismos, el resultado de ninguna manipulación de los partidos o de los medios. Aquello fue un grito de hartazgo lanzado desde la tolerancia y desde la paz. Allí no hubo nadie, dígase hoy lo que se diga, que acusara de nada al nacionalismo vasco ni que reprochara a ningún partido democrático otra cosa que no fuera su falta de acuerdo con los demás. Allí no hubo más que un país repleto de voces que se levantaron contra la esclavitud del miedo y recuperaron su libertad.

Pero de Ermua aprendimos otras cosas que nos llevaron más tiempo. Aprendimos, por ejemplo, que no basta con el clamor de un pueblo para alcanzar la meta reclamada y que esa reacción colectiva en exigencia imperiosa del respeto a la vida, por encima de cualquier otra consideración posible en un país democrático, convirtió a millones de españoles, y al nombre del pueblo que encarnó sus sentimientos de entonces, en la más grande amenaza que los asesinos han sentido nunca detrás de sus cogotes. Y aprendimos que el final del camino no está, como pensamos entonces, ni tan cerca ni tan fácil y que aún queda un largo y duro trecho por recorrer, lleno de dificultades.

Esto es exactamente lo que los terroristas nos escupieron ayer poniendo una bomba en la orilla misma de la Puerta del Sol, a los tres años justos de que aprendiéramos todas las lecciones tristes del nombre de Ermua.

El trabajo sucio
ABC 13 Julio 2000

Madrid es un objetivo preferido de ETA. No en vano, es la ciudad más odiada por los «abertzales» vascos por cuanto es la capital de la nación española, que, al decir de Ibarretxe, ha sido desde hace 160 años la enemiga de los nacionalistas y sus precedentes carlistas. De este modo, el «lendakari» ha querido buscar pedigrí al odio.

Madrid recibe de modo sistemático las dentelladas de la bestia terrorista no sólo por ser la capital del Estado sino, sobre todo, por ser el rompeolas en el que muere la beligerancia etnicista.

Hacía tres años Madrid entero se había levantado para impedir el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Asistieron a aquel levantamiento popular contra la barbarie el «lendakari» Ardanza y el consejero Atutxa. Recorrieron el trecho de la manifestación como en volandas de la indignación.

Ayer, cuando la ciudad no había comenzado todavía a desperezarse, los enemigos de la vida hicieron estallar un coche-bomba. Veinte kilos de odio. Tan criminales se les considera que el hecho de que no hubiera muertes fue tomado como un aviso de algo peor. Otros interpretan que el atentado estaba concebido como una bomba-trampa por cuanto la explosión se adelantó a la hora que anunció una llamada anónima. El coche había sido robado meses antes, lo que prueba la existencia de una organización etarra en Madrid.

No hay comentarista ni político demócrata que no le haya recordado al PNV su responsabilidad en este hecho criminal por cuanto sigue manteniendo el pacto con los portavoces institucionales de ETA. En la terrible división del trabajo de la llamada construcción de la nación vasca, el PNV hace la tarea respetable (es un decir) y ETA, la sucia.

Porque lo cierto es que, al hacer la historia, los Ibarretxe funden todas estas tareas en una sola «lucha»: las de los terroristas y las de los «moderados».

ETA hace estallar un coche-bomba en una de las zonas comerciales más transitadas de Madrid
MADRID. Luis de Vega ABC  13 Julio 2000

Pasaba un minuto de las seis y media de la mañana de ayer cuando una fuerte explosión sacudía la plaza de Callao, corazón comercial del centro de Madrid. La deflagración, que se oyó en varios kilómetros a la redonda, podría haber causado una masacre si se hubiera producido sólo un par de horas más tarde. De nuevo la banda terrorista ETA buscó sembrar de cadáveres las calles de la capital.

Madrid volvió a amanecer ayer con el inconfundible y macabro despertador de la muerte que desde diciembre ha vuelto a poner en marcha la banda terrorista ETA.
A las 6.31 de la madrugada la Calle del Carmen, junto a la Plaza de Callao, zona comercial por excelencia del centro de la capital, era el escenario elegido para hacer estallar un coche-bomba cargado con veinte kilos de explosivos. El automóvil, un Renault 21 azul oscuro, había sido robado el pasado mes de febrero en el barrio de Carabanchel y llevaba placas de matrícula falsas. Las cámaras de seguridad de El Corte Inglés registraron a las 5.56 horas la llegada del vehículo con dos personas en su interior.

AGENTES DE PAISANO
Sobre las 6.10 de la mañana, Delegación del Gobierno, Policía Nacional y Bomberos recibían una llamada de teléfono que advertía de la colocación del coche-bomba entre los edificios de los centros comerciales de El Corte Inglés y Fnac. Una voz, con tono nervioso, amenazaba con hacerlo estallar si intentaban moverlo.
Hasta el lugar se desplazó un coche de la Policía camuflado con dos agentes de paisano y un inspector jefe, que inmediatamente se dispusieron a comprobar las matrículas de los tres coches que en esos momentos se encontraban allí aparcados. Pero el Renault 21 hizo explosión mientras los tres agentes se encontraban a quince metros del vehículo, siendo despedidos por la onda expansiva y resultando heridos, aunque no de gravedad. Fue en ese momento cuando saltaron todas las alarmas de la Policía en las emisoras de radio al grito de «Positivo, positivo. ¡Ha estallado!», según relató a ABC otro de los agentes de paisano, que en esos momentos llegaba al lugar desde la plaza de Santo Domingo y al que también derribó la onda expansiva. Todo fue tan rápido que ni siquiera había llegado ninguno de los coches zeta que estaban de camino.
Según este mismo agente, las consecuencias no fueron más graves porque el explosivo estaba preparado sin metralla. «Si llegan a meter en el maletero dos cajas de tornillos destrozan la plaza de Callao y el número de muertos hubiera sido enorme», añadió.
Todo se trataba entonces de una trampa, pues apenas pasaron veinte minutos desde las llamadas de teléfono cuando el artefacto estalló. Los terroristas buscaban una masacre entre las Fuerzas de Seguridad que inspeccionaban los coches. Así lo expuso el director general de la Policía, Juan Cotino, desplazado al lugar de los hechos, que señaló la «gran suerte» porque ninguno resultara afectado de gravedad.
Otra de las posibilidades barajadas, pero que no ha podido ser confirmada hasta el momento, es un posible fallo en el temporizador del artefacto, que los terroristas esperaban poder hacer estallar más tarde, cuando el número de personas que transitan la calle es mucho mayor.

NUMEROSOS DESTROZOS
El estruendo pudo oirse en barrios que distan hasta cinco kilómetros del lugar del atentado. La estrechez de la calle del Carmen multiplicó la onda expansiva del artefacto y sus efectos, además del gran socavón, se dejaron sentir en un radio de un centenar de metros. Las lunas y las marquesinas de los comercios y los cristales de numerosas viviendas quedaron destrozados.
A pesar de la magnitud del atentado, la explosión no causó víctimas mortales, aunque el número de heridos ascendió a diez. El más grave, un indigente israelí que dormía en la calle.
El estupor entre los vecinos y los viandantes que pasaban por la calle a esa hora se unían al temor de la Policía por una segunda explosión cercana a la primera, como ya ha ocurrido en otros atentados de ETA, de ahí la rapidez y el celo de las fuerzas de seguridad en acordonar la zona con un perímetro lo más amplio posible. De esta forma se facilitaba también la actuación de los Tedax (especialistas en desactivación de explosivos).
Una vez las Fuerzas de Seguridad certificaron la ausencia de más bombas, varias dotaciones del cuerpo de Bomberos comenzaron a limpiar la zona, pues a los numerosos destrozos había que sumar el peligro de desprendimientos desde muchas de las fachadas de la zona. En el lugar quedaron además acumuladas varias toneladas de escombros que tardaron varias horas en ser retiradas.
Como cada vez que los terroristas cometen un atentado en la capital, la Policía puso en marcha la «operación Jaula» para intentar detener a los autores. Se trata de extremar los controles de acceso y salida de la ciudad con el fin de dificultar su huida, lo que, en algunos casos, provocó a primeras horas de la mañana importantes retenciones en el tráfico.
Mientras tanto, empleados de las empresas aledañas esperaban autorización policial para traspasar el cordón y poder llegar a sus lugares de trabajo.
La expectación fue máxima durante todo el día, pues la plaza de Callao es uno de los lugares más populares y de mayor tránsito de la ciudad por el gran número de comercios que concentra. Su cercanía a la Puerta del Sol, la Gran Vía o la calle Preciados la convierte en uno de los lugares privilegiados para las personas que visitan Madrid.

RELATIVA NORMALIDAD
Después nueve horas de trabajo en la zona, el cuerpo de Bomberos abandonó Callao pasadas las 15.30 horas, cuando un número importante de curiosos seguía en el lugar interesándose por lo ocurrido.
Tanto El Corte Inglés como Fnac pudieron abrir sus puertas por la tarde, cuando la mayoría de las calles que habían permanecido cortadas fueron abiertas de nuevo. Únicamente el tramo de la calle del Carmen en la que fue colocado el coche bomba y en donde los destrozos fueron mayores permanecía cerrada al tránsito de personas.

La banda despliega una de sus ofensivas más duras y planificadas de la década
Ha asesinado a cinco personas y colocado seis coches bomba en el primer semestre del año
ISABEL C. MARTÍNEZ, Vitoria El País 13 Julio 2000

ETA está desplegando desde la ruptura de la tregua una de sus ofensivas más intensas y cuidadosamente planificadas, tanto por el alarde de medios que está efectuando, como por la diversificación territorial y de los objetivos a los que ataca, y la secuencia temporal de los atentados. En menos de medio año, la organización terrorista ha asesinado a cinco personas, una menos que en el primer semestre de 1998, antes del alto el fuego de septiembre del mismo año, y con cada atentado ha golpeado a un sector concreto y diferente de quienes considera sus enemigos.

La dureza con la que la banda se ha empleado desmintió hace tiempo cualquier expectativa que los firmantes del Pacto de Lizarra pudieran albergar, tras el anuncio de la ruptura de la tregua el 28 de noviembre pasado, de que algo hubiera cambiado en la forma de actuar de ETA tras más de un año de inactividad. Bien al contrario, los terroristas han demostrado que su regreso lo era con todas las consecuencias.

La organización terrorista no ha escatimado medios. La utilización de explosivos y el recurso al coche bomba devuelve sus actuaciones a los primeros años 90. Contabilizando las dos furgonetas cargadas de cloratita y dinamita interceptadas por la policía en Calatayud a finales de diciembre, ETA ha puesto en circulación cerca de 2.000 kilos de explosivos. 1.700 viajaban en aquellos dos vehículos y otros 200 han servido para confeccionar seis coches bomba: uno dirigido contra la Guardia Civil en Bilbao en diciembre; el que costó la vida al teniente coronel Pedro Antonio Blanco en Madrid en enero; el que asesinó a Fernando Buesa y su escolta un mes después en Vitoria; el que explotó al paso de una patrulla de la guardia civil en Intxaurrondo a principios de marzo; el colocado en Getxo el pasado 24 de junio y el de ayer. ETA no ha colocado tantos coches bomba en el espacio de seis meses en toda la década, aunque algunos fueron mucho más cruentos. La organización terrorista ha demostrado, además, que dispone de efectivos en las tres provincias vascas y en Madrid. En la capital inició su ofensiva mortal el 21 de enero y a ella volvió ayer, medio año después y tras actuar sucesivamente en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya.

La intencionalidad en la elección de los objetivos es meridianamente clara: en Madrid ha sido el Ejército o, como ayer, simplemente el corazón de la ciudad y probablemente los policías que acudieran a la llamada. En el País Vasco, ETA busca a los representantes públicos de los partidos que han combatido la estrategia de Lizarra (el socialista Fernando Buesa y el popular José Luis Pedrosa), el pensamiento y la prensa opuestos a la "construcción nacional" (José Luis López de Lacalle). También a los empresarios, grandes y pequeños, a los que ha dirigido el coche bomba de Getxo (Vizcaya) el 24 de junio y la bomba lapa de Ordizia, sólo dos semanas después.

Salvo los dos meses transcurridos entre el atentado de Intxaurrondo y el asesinato de López de la calle, ETA ha actuado con intervalos bastante precisos de un mes en el inicio de su ofensiva y de sólo dos semanas desde junio. Entre la intentona de Ordizia y el coche bomba de ayer han mediado sólo cinco días.

Que empiece el PP
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 13 Julio 2000

No hay más que ver las reacciones contra el papelito de San Millán de la Cogolla para comprobar, por si todavía hiciera falta, que ni los nacionalistas ni la progresía instalada van a apoyar ningún plan de Humanidades que suponga el rescate de una formación básica, elemental, en lengua española y matemáticas, mucho menos si incluye en sus contenidos la Historia de España. Y lo peor no son los nacionalistas, que son fanáticos pero limitados en su capacidad de acción. El verdadero cáncer de la educación es la izquierda descerebrada, más del PSOE que del PCE, que domina los claustros y los planes de estudio desde hace un montón de años, los Maravall, Rubalcaba, Solana, Marchesi, y demás padres reales y putativos de la Reforma, que ése sí que es un delito de lesa patria y no la reforma y civilización del Cesid. Ya está claro que si dicen los parlamentarios del PP que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol, terciará Rubalcaba diciendo que «se pretende volver a la imposición memorística de criterios tradicionales afortunadamente superados». También Pujol y sus fontanas fluirán para protestar airadamente por la imposición de un criterio «uniformizador», porque a ver dónde queda la Historia de Cataluña -España no es una nación ni tiene Historia, Cataluña sí- en esa supuesta redondez de la tierra. Naturalmente, proclamar la imperfecta esfericidad terráquea será entendido por Anasagasti como una forma de negación de lo vasco, porque malintencionadamente se olvidan simas y cavernas como la de Zugarramurdi. Y Oliveri dirá que eso de que la tierra gira en torno al sol es típico centralismo maketo: una forma de decir que Euskadi debe girar en torno a España, es decir, la aniquilación del pueblo vasco de dos mil años acá. Es una idiotez y una pérdida de tiempo tratar de consensuar nada con unos sujetos y unos partidos que viven precisamente de la negación de la Historia y de la negación de España.

Pero lo que sí puede hacer el PP es predicar con el ejemplo. Están transferidas las competencias de Educación a todas las comunidades autónomas, incluida la de Madrid. ¿Por qué no se pueden poner de acuerdo en estudiar la Historia de España todas esas autonomías cuyas raíces, siquiera geográficas están en la Corona de Castilla? Cantabria, La Rioja, Castilla y León, Madrid y, si quiere Bono, Castilla-La Mancha no tienen impedimento para crear un texto común sobre lo que sucedió en común. Podrían luego añadirse Murcia, Extremadura, Andalucía y Canarias, hechura castellana de cabo a rabo. Quizás Asturias, cuna de León, Castilla y España, no quiera quedar al margen de esa Historia nuestra tan suya. Y Navarra. Y Galicia. Y Aragón. Pero ya digo: que empiecen las comunidades castellanas del PP y eso que llevaremos adelantado.

Primera resaca
Por Ramón PI ABC  13 Julio 2000

SE apreciaba en los periódicos de ayer la primera resaca del Manifiesto de San Millán. Mencioné ayer algunos editoriales a propósito de la reunión de parlamentarios del Partido Popular, y hoy continúa teniendo interés el asunto, porque aquí y allá aparecen otros comentarios y, en algún caso, comentarios a los comentarios. Ésta es una polémica que se anuncia larga, de fondo y, desde luego, apasionante. De vez en cuando iré teniendo al día al curioso lector, aunque no puedo garantizar un seguimiento exhaustivo, porque a veces hay noticias que se lo llevan todo por delante. Pero el periodismo es así, qué le vamos a hacer.

Diario 16 se refiere al lío de las Humanidades, la lengua y demás en la página 12, en la que hay un poco de todo. Con ocasión del doctorado honoris causa de Jordi Pujol por la Universidad surcoreana de Suwon (hay un cartel en la fotografía que cita a Pujol como «President of Catalonia»), aparece este titular: «Pujol prevé “conflictos” con el PP por el decreto de humanidades». Bajo esta información, esto otro: «Aguirre se jacta de que gracias a que ella sacó a la luz el problema “pocos se atreven a oponerse”». Y a la derecha, dos titulares a una columna: «El Gobierno defiende el “patrimonio común” de los españoles», y «Los académicos apoyan el manifiesto del PP». Se refiere a los académicos Francisco Rodríguez Adrados, de la Española, y a Ramón González de Amezúa, director de la de Bellas Artes de San Fernando.

Julián Casanova, profesor de Historia en la Universidad de Zaragoza, publica en El País un artículo titulado «San Millán, el castellano y la Historia». Es un artículo escéptico, abiertamente disidente del propósito de los parlamentarios del PP y sumamente reticente con la idea misma de la «historia común»: «La llegada de la “normalidad” a España (...) nos ha metido de lleno en esa búsqueda de la historia común que ya tuvimos por la fuerza de las armas y que ahora hallaríamos por consenso. El lado bueno, en fin, de la historia de la construcción del estado español (...) y dejando de lado la parte salvaje de esa historia, la de la secular alianza entre la espada y la cruz, tan lejana en la reconquista y tan cercana con la Cruzada de 1936 y el salvador Franco. Y mientras andan algunos preocupados por los “excesos” nacionalistas en la enseñanza de la historia y ansiosos de encontrar el consenso, nos topamos los historiadores-enseñantes con estudiantes que en el examen de acceso a la Universidad escriben que Hitler quiso crear una raza “aérea” o que Largo Caballero murió asesinado por ETA (...) El asunto es muy complicado y nadie parece tener la receta».

En El Mundo escribe Federico Jiménez Losantos («Glosa apestosa») su habitual columna contra el editorial de El País que mencioné ayer en este mismo rincón: «Nadie pone en duda que hay que mejorar la enseñanza de las humanidades en nuestros centros escolares». Mentira podrida: el PSOE, IU y los nacionalistas se opusieron frontalmente a esa mejora durante la legislatura anterior y se siguen oponiendo a ésta, como demuestran las declaraciones de Chaves, Rubalcaba y demás. Nada se puede consensuar con quien no quiere consensuar nada (...) ¿Cómo van a querer asegurar Pujol y Arzallus la enseñanza de la historia común de España (...) si empiezan por negar la existencia de España y, sobre todo, que deba existir?»

En ABC, César Alonso de los Ríos («La batalla perdida de las Humanidades») es pesimista: «El fracaso del informe de la Academia de la Historia desde el punto de vista de la opinión pública, y la reacción negativa de todos los demás partidos al manifiesto de los parlamentarios del PP en San Millán de la Cogolla, son las expresiones de un proceso hoy por hoy irreconducible (...) La batalla de las Humanidades se perdió por la conjunción de tres elementos: la transferencia de las competencias de educación unida a la conciencia de los nacionalistas respecto a la utilidad política de la lengua, la historia y la geografía y la carencia de una conciencia nacional, española, en los otros ciudadanos (...) El manifiesto testimonial y simbólico de San Millán de la Cogolla ha tenido un repudio de la izquierda y de los nacionalistas (...) De esta experiencia deberá tomar nota el Ministerio de Cultura: no valen ya las proclamaciones vacuas, voluntariamente retóricas, ni los guiños a los nacionalistas, ni las reafirmaciones del pluralismo cultural, ni siquiera las crípticas peticiones de perdón por la mera existencia de la lengua castellana y la realidad histórica de España (...) La subversión en este terreno es lo políticamente correcto».

La Vanguardia titula su información de la actitud del Partido Popular como si respondiera a la columna de César Alonso: «El PP dice que buscará el consenso para las Humanidades pero advierte que tiene mayoría». Y debajo: «Todos contra la declaración de San Millán».

Historias
MIGUEL GARCÍA-POSADA El País 13 Julio 2000

Hace algo más de tres años, la entonces ministra de Educación, Esperanza Aguirre, encargó a dos comisiones, una de historia y otra de lengua y literatura, que examinaran la situación de los estudios de estas materias en la enseñanza secundaria. La de historia, presidida por el eminente Antonio Domínguez Ortiz, llegó a la conclusión de que su enseñanza en la secundaria dejaba mucho que desear y propuso una serie de medidas. Pero las conclusiones de aquella comisión fueron revocadas, con el generoso concurso del partido socialista, en una votación cuyo único objetivo era pegarle un palo al Gobierno, al margen de lo que dijera éste. Como decía el porquero en el dialoguillo machadiano, no interesa la verdad de Agamenón, que ya se sabe lo que va a decir. Le pegaron un sopapo a nuestro Agamenón particular y se nombraron entonces unas comisiones por consenso, que se enredaron en prolijidades burocráticas y alcanzaron conclusiones descafeinadas.

El problema sigue donde estaba. Así las cosas, llega la Academia de la Historia y vuelve a decir, con más o menos pericia técnica, lo que se había dicho tres años atrás: que imperan los localismos y que la noción general de la historia de España se diluye. Yo estoy con el poeta en que, con la caída de Granada, se perdieron una cultura y una civilización admirables, y estoy con el historiador en que la unidad de España se forjó de manera traumática, con la exclusión de las minorías judía y morisca. Tan traumática fue la primera exclusión que el conde-duque de Olivares intentó el retorno de los judíos, cuya expulsión había descapitalizado a la nación, y en cuanto a la segunda basta leer en El Quijote la historia del morisco para darse cuenta de lo que significó. Precisamente porque estoy de acuerdo con García Lorca, Américo Castro y Cervantes, que son los autores antes invocados, no me cabe en la cabeza que haya quienes tiendan a hacer tabla rasa de una realidad tan existente como España para sustituirla por la historia de su aldea o de su oprimida nacionalidad. (Lo mismo vale para la enseñanza de la geografía.)

Entre el localismo pedagógico y el nacionalismo irredento se están cometiendo atrocidades que, a la larga, no se sabe a quién aprovecharán, salvo al analfabetismo rampante, pues la persona que, por razones de una profesión mínimamente cualificada, tenga que moverse por el mundo, difícilmente podrá andar por él sabiendo -es un decir- que el Ebro es un río catalán que nace en tierras extrañas (¿era sólo catalana la sangre que cayó al río en la desesperada batalla del 38?) o que Cataluña ha sido un territorio oprimido desde 1640, y que el Reino de Aragón ha sido un invento de los historiadores castellanistas.

Somos muchos los españoles que nunca hemos suscrito aquello de España, martillo de herejes y luz de Trento en que se deleitaba don Marcelino Menéndez Pelayo; somos muchos los que hemos soñado desde hace siglo y medio con el Estado federal, pero somos muchos también, quiero creer que somos muchos, los que asistimos con perplejidad e irritación a esa especie de pellizco de monja continuado -eso cuando las molestias no son mayores y más graves- con que se nos obsequia desde determinadas comunidades autónomas, donde las bocas andan a menudo más que expeditas para acusarnos de hablar la lengua del imperio, cuando el imperio nunca tuvo idioma propio, que sólo existió en la mente obtusa de algún fascistilla de bigotito y camisa azul, o, por defender estas cosas elementales, ser zaheridos como herederos de los fusileros franquistas del 36, según le ocurrió hace un año a este cronista, cuando desde Galicia se le obsequió con tan amable epíteto.

El Consejo no ampara a los jueces
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital

El Consejo General del Poder Judicial ha pedido a los políticos que no opinen o que no opinen demasiado abruptamente sobre las sentencias judiciales. A primera vista, estamos ante la enésima queja, tan bobalicona como inútil, de una institución que no aguanta una crítica porque hace tiempo que perdió el Norte y hace mucho que ha perdido los papeles. Algunos pensarán, más radicalmente, que se trata de una censura intolerable contra la libertad de expresión de los representantes del pueblo. Pues bien: ni una cosa ni la otra. En realidad es un acto de acobardamiento de la institución ante el poder político, una abdicación más de estos jueces tan poco jueces a la hora de proteger realmente el fuero judicial.

Porque lo que realmente ha hecho el CGPJ es negar el amparo que pidió un juez de Cataluña, Víctor Rivas, que suspendió el Reglamento de uso del catalán de la Universidad Rovira y Virgili a denuncia de la asociación Profesores para la Democracia. Los políticos nacionalistas, con el Consejero de Universidades de la Generalidad, Andreu Mas Colell, a la cabeza, Esquerra republicana a la cola y la barahúnda de asociaciones más o menos político-educativas del mundo nacionalista criticaron ferozmente al juez. Lo hicieron como hacen los patriotas de nómina con todos los que no obedecen al nacionalismo: manipulando los hechos e imputando malas intenciones al juez. Al pedir éste amparo al llamado, con evidente exageración, Gobierno de los Jueces, éste prefiere hacer una descalificación genérica de las opiniones de los políticos sobre las sentencias judiciales en vez de atender, como era su obligación, la denuncia concreta de un juez concreto muy concretamente agredido por querer defender desde la Ley la propia legalidad constitucional.

De modo que en esta última hazaña judicial no se trata de un acto de prepotencia, sino de medrosidad; no defiende la autonomía del juez, sino que se inhibe en un caso que le afecta. El Consejo General del Poder Judicial hace como que critica a los políticos, de los que proceden sus nombramientos, cuando en realidad los habilitan para seguir alanceando a los jueces molestos. ¡Cómo van a criticar éstos heroes de la toga a los que les dan el cargo!

La defensa de lo común
José Antonio SENTíS La Razón 13 Julio 2000

Cada vez que hay una iniciativa en defensa de algo que suene a España o a español se arma la marimorena. No ha sido menos tras la última «cumbre» del PP en San Millán de la Cogolla. Pero entiendo que, discrepancias menores al margen, el énfasis puesto en la defensa de lo común frente a la obsesión por los particularismos fue un acierto imputable a Arenas, como portavoz de una línea política tras la que se vislumbra la mano de hierro de Aznar y el guante de seda de Rajoy.

    Algunos, muy alarmados, hablan de un intento de refundar España. No diría yo tanto, pero desde luego creo que tras la iniciativa popular hay una cierta vocación de besar a la bella durmiente para despertarla del letargo.

    Es probable que tras la convulsa historia de este último siglo, fuera un acierto potenciar a las partes (llamémosles autonómicas) porque la estructura de un Estado encorsetado por una larga dictadura había empobrecido la libertad de forma lacerante. Recuperar el impulso vital de las partes era pues una bella forma de dar fuerza al conjunto. Pero, obviamente, si los fragmentos del rompecabezas tiran cada uno por su lado, nadie es capaz de componer una imagen coherente. El café con leche (para todos), cuando supera el punto de ebullición, suele desbordar el recipiente.

    La cuestión está, por tanto, en volver a dar importancia a lo que nos une frente a lo que nos separa. La defensa de lo común, no basada en el pasteleo negociador, sino en la sensatez constructiva, es la garantía colectiva. Por el contrario, la victoria pírrica de cercenar el conjunto de España para gloria de una de sus partes sería el mismo «éxito» que tiene el virus ébola: es tan letal que termina él mismo muriendo al matar a su portador.

    Detrás de las ambiciones particularistas hay una lucha patológica por el poder personal, aunque éste se camufle bajo ideales patrióticos. Por ello, su expresión más obscena es el terrorismo que busca la eliminación del adversario aunque ello no conduzca a su propia victoria.

    Da la impresión de que estamos a tiempo. De que hay conciencia de que en los proyectos comunes no se puede prescindir de la fuerza de quienes la integran, pero que tampoco se puede permitir que esta energía se convierta en un pulso soberbio contra la supervivencia colectiva.

    El PP ha acertado en poner el énfasis en la recuperación de los signos de identidad nacionales. Porque es mucho lo que queda por hacer a España. No como hizo en sus mejores o en sus peores tiempos pero sí de otra forma que podría superar listones pasados.

    La asignatura que ahora toca es construir un rascacielos, aunque sus pisos estén decorados con el máximo gusto y se viva en ellos con autonomía y libertad.

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