AGLI

Recortes de Prensa     Martes 18   Julio 2000
#EL PNV TRATA DE LLEVAR EL AGUA DE ETA A SU MOLINO
Editorial El Mundo  18 Julio 2000

#Uriarte
Ramón PI ABC  18 Julio 2000

#El crimen y la biznaga
Trinidad de LEÓN-SOTELO ABC 18 Julio 2000

#Dolor y algo más
Manuel Martín Ferrand La Estrella 18 Julio 2000

#El mal absoluto
Pablo PLANAS ABC  18 Julio 2000

#El perfil de la sangre
Alfonso USSÍA ABC  18 Julio 2000

#Jazmines de sangre
Antonio García Barbeito * La Estrella 18 Julio 2000

#Al borde de la complicidad
Editorial La Razón 18 Julio 2000

#Una sociedad inerme
MANUEL HIDALGO El Mundo 18 Julio 2000

#Estado de emergencia
José María CARRASCAL La Razón 18 Julio 2000

#Futuro
ERASMO El Mundo 18 Julio 2000

#Ni venceréis ni convenceréis
Iñaki EZKERRA La Razón 18 Julio 2000 

#Tres en raya
ANTONIO ELORZA El País 18 Julio 2000

#El mensaje genocida
Enrique de Diego Libertad Digital  18 Julio 2000

#La patria de la paz
GUILLERMO BUSUTIL El Mundo 18 Julio 2000

#La ciudad de Málaga recuperó ayer el «espíritu de Ermua»
EVA DIAZ PEREZ. Enviada especial El Mundo 18 Julio 2000

#Aznar replica al PNV que no va a "doblar la rodilla" ante ETA
ARGEL El País 18 Julio 2000

#El Gobierno corresponsabiliza al PNV de los últimos crímenes de Eta por pactar con EH
C. M./Redacción - Madrid/Bilbao .- La Razón 18 Julio 2000

#La historia y sus perfiles
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 18 Julio 2000




EL PNV TRATA DE LLEVAR EL AGUA DE ETA A SU MOLINO
Editorial El Mundo  18 Julio 2000

Si la talla de los políticos se comprueba en los momentos graves, cuando los ciudadanos que representan se sienten conmocionados, los dirigentes del PNV acaban de dar prueba de su desvarío y su bajeza. Apenas unas horas después del asesinato de José María Martín Carpena, y de la explosión de un coche bomba junto al cuartel de la Guardia Civil de Agreda, la reacción de Xabier Arzalluz y Joseba Egibar no ha sido otra que pretender responsabilizar al Gobierno del PP de los actos terroristas de ETA y ofrecer la más falaz versión de sus propias relaciones con la banda.

Nada hay más ignominioso que aprovechar los últimos asesinatos y atentados para tratar de llevar el agua tintada de sangre por el terrorismo a su molino. La referencia de Egibar a «un diseño policial absolutamente maltrecho» no es sólo un modo grosero de cuestionar la eficacia de la lucha antiterrorista, sino una cínica trampa para seguir proponiendo el perverso proyecto del PNV: que se ceda políticamente ante sus pretensiones de modificar el marco jurídico. Arzalluz lo ha expuesto con vulgar dogmatismo al plantear que las cosas podrían ser distintas en el caso de que se les proporcionara terreno para solucionar la situación «de otra manera».

A la desvergüenza hay que añadir que esa alternativa, que el PNV ha dado en llamar vía soberanista, es profundamente antidemocrática. Sus pivotes siguen siendo el Pacto de Estella y la colaboración del PNV con el brazo político de ETA. Tienen ahora la desfachatez de pretender presentarse como equidistantes cuando, en realidad, el PNV sigue voluntariamente atrapado en la estrategia de ETA. Dice Egibar que el Pacto de Estella está «inmóvil, congelado» y dice bien aunque quiera simular otra cosa, porque el propio PNV lo mantiene vigente, sin atender las peticiones de que lo abandone, en lo que tiene de más esencial y, al mismo tiempo, de menos democrático: la pretensión de que se pague un precio institucional para que ETA deje de matar.

Otro tanto ocurre con la Asamblea de Municipios y la colaboración política con EH, que no es sino la colaboración con ETA a través una coalición totalmente desdibujada y dependiente de la voluntad y la estrategia de los terroristas. El PNV quiere dar la impresión de que rompe sus relaciones aquí y allá con el entorno de ETA como si se tratara de una cuestión cuantitativa y no, como realmente es, cualitativa. No hay, desde luego, mejor muestra de la complicidad entre el PNV y la banda que la repulsiva ocurrencia de presentar a las víctimas no como tales, sino como prueba de que el fin de la violencia depende, sencillamente, de someterse a sus designios. No cabe otro remedio que seguir desenmascarándoles.

¿Está usted de acuerdo con estas opiniones? Aporte sus ideas en el foro abierto sobre cada editorial en la dirección: www.elmundo.es/diario/opinion

Uriarte
Por Ramón PI ABC  18 Julio 2000

El atentado de ETA con coche-bomba contra un cuartel de la Guardia Civil en la localidad soriana de Ágreda viene a cerrar el tríptico terrorista de la semana que empezó con coche-bomba en la madrileña plaza del Callao y siguió con el asesinato del concejal malagueño José María Martín Carpena. Los periódicos han publicado sus comentarios editoriales tras cada acto terrorista, y de ellos se extrae, para resumir, este resultado: salvo Deia y Gara, es argumento reiterado y vehemente la exigencia al Partido Nacionalista Vasco que rompa con los amigos de los asesinos, abandone el pacto de Estella, acabe con los apoyos que recibe de EH en el Parlamento vasco, termine su connivencia con EH en los Ayuntamientos vascos en que siguen del brazo y haga cesar la indignidad de subvencionar a Udalbiltza con caudales públicos. En suma, que vuelva a los patrones democráticos.

Por su parte, Gara, próximo a EH y a ETA, repite su mismo discurso: los atentados producen dolor; si queremos acabar con el dolor, hay que dialogar. O sea, justo la dialéctica del gangsterismo, que se caracteriza por ofrecer a las víctimas protección frente a los propios forajidos. Deia también despliega el mismo discurso, pero desarrollado aparentemente desde fuera del gangsterismo: «Diálogo no es sinónimo de claudicación, ni supone la cesión al chantaje violento. Es, simplemente, el camino que mejores resultados ofrece en política y el que deja al desnudo la terrible inutilidad de la violencia» (editorial de ayer, «Responsabilidad moral y política»). Es muy difícil, pero a lo mejor alguien, al leer esto, se olvida de lo que pasó cuando se produjo el alto del fuego de ETA y se celebró el primer, y único, encuentro entre enviados del Gobierno y de la organización terrorista: que no hubo manera de acercar posiciones, como por otra parte era previsible, puesto que la famosa «tregua» era una trampa, según reconoció la propia ETA. Con este leve recordatorio, el párrafo transcrito sólo puede deberse a una de estas dos causas: o a una pluma severamente indocumentada, o a una exhibición de cinismo cómplice con ETA. No de otro modo puede interpretarse el colosal olvido de que cada acto terrorista es una vulneración gravísima de la legalidad, y que debe ser perseguido implacablemente en un Estado en el que la Ley signifique algo.

Gara, en su editorial de ayer («Tres acciones armadas en una semana»), ya ni repite la cantinela del diálogo, y se dirige directamente al PNV: «Es innegable que las vías abiertas por el acuerdo de Lizarra (Estella) sufren un parón en estos momentos, seguramente por falta de valentía. A pesar de ello, hay que insistir en que los contenidos de ese acuerdo tienen la llave para solucionar este conflicto. Otros planteamientos, las estrategias represivas o los caminos intermedios, no aseguran sino un mayor sufrimiento».

El País («Escalada asesina») dice que «los pronunciamientos recientes de la patronal vasca Confebask exigiendo el mantenimiento del actual marco jurídico y la defensa abierta del Estatuto de Gernika, o el desusado por lo contundente del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, condenando de forma explícita y radical el terrorismo de ETA y su entorno, añaden presión al PNV y Eusko Alkartasuna, los socios del Gobierno vasco, y ponen contra las cuerdas al Lehendakari».

Es curiosísimo lo que ha pasado con este artículo del obispo de San Sebastián, al que me referí hace un par de días en esta misma sección. Lo envió a los medios, y lo publicaron varios periódicos, entre ellos Deia y Gara. Y Deia, ayer, en el editorial mencionado, dice al respecto: «El obispo, junto a la reprobación moral de los actos violentos, se refiere también a sus consecuencias sociales: “Lejos de favorecer la defensa de los objetivos con frecuencia proclamados por sus autores, contribuyen a sembrar con respecto a aquéllos un descrédito social creciente”. Es ese “descrédito” el que demuestra la distancia enorme que separa a ETA de la voluntad de la ciudadanía vasca (...) Pero no es menos cierto que tras los crímenes asistimos de manera invariable a una cascada de declaraciones, interesadamente amplificadas, que también buscan el crédito político inmediato a través de la falsa identificación del nacionalismo vasco con la violencia. También esta actitud es reprobable desde el punto de vista moral y social. Quien así se comporta elude de forma reiterada la responsabilidad en la solución de los problemas».

Obviamente, esta última reflexión no aparece en el artículo del obispo por parte alguna, así que no se sabe si Deia está contestando a monseñor Uriarte o si trata de hacer creer al lector que lo está interpretando, en la razonable seguridad de que el obispo no va a salir ahora criticando al PNV y citándolo con todas sus letras. Eso no lo suelen hacer los obispos.

El crimen y la biznaga
Por Trinidad de LEÓN-SOTELO ABC 18 Julio 2000

UNA negra pistola —seis balas de salvajismo— ha destruido la vida de José María Martín Carpena. Un crimen. El crimen. El asesino había salido de una tenebrosa guarida en la que se planeó la muerte de un hombre. De un hombre que salió de su casa en la mejor compañía —la de su familia— para dirigirse a una verbena en la que pronunciaría el pregón de la biznaga. Esta hermosísima flor de penetrante olor a jazmín es muy peculiar: no nace de la naturaleza, es el hombre quien la crea. De un tallo que crece en el campo y que se abre en delicadas y numerosas florecillas son éstas arrancadas y sustituidas por jazmines. El resultado impacta los sentidos por su belleza, por su olor.

Cuando el biznaguero coloca los tallos en blanco florecidos sobre una penca, el conjunto es un destello luminoso que trasmina un aroma que envuelve todo cuanto le rodea de una fragancia dulce y embriagadora. Esta flor, tan malagueña, iba a ser cantada por José María Martín Carpena.

En un tiempo en el que, ¡ay de todos los ayes!, todavía existen quienes confunden víctimas y verdugos en un reprobable, increíble y lacerante reparto de papeles iba a sustituirse un acto popular de alegría compartida por un capítulo más en una historia macabra.

En la noche de uno de esos días que José María Martín Carpena había soñado de paz y satisfacciones, llegó el estampido salvaje de las balas. Caía muerto alguien muy diferente a quien le provocaba su último suspiro. El asesinado era una persona que se había responsabilizado —sus vecinos lo cuentan— de su condición humana. Algo que está lejos del ánimo de su asesino, porque no basta nacer de mujer para tener la talla de un ser humano. El criminal salió de la oscuridad y regresó a ella. José María se dirigía a homenajear la existencia cuando lo arrancaron de su casa, de su barrio, de su trabajo, de la vida. Pero nunca estará en la oscuridad. El blanco fulgor de una biznaga siempre estará con él.

Dolor y algo más
Manuel Martín Ferrand La Estrella 18 Julio 2000
Las condolencias, las voces de protesta y de condena y cuantos actos litúrgicos, civiles y religiosos quieran organizarse en memoria y respeto a las víctimas están muy bien. Pero ETA sigue ahí, rearmada y revitalizada tras lo que, visto desde hoy, fue, al menos en parte, "una tregua-trampa". Ahora son los concejales del PP el blanco principal de los asesinos. Dicen algunos analistas que la banda "está desesperada". Decirlo es gratis e, incluso, abre caminos a la esperanza de los ciudadanos; pero, ¿es la desesperación el motor que empuja a los bandoleros vascos?

Es evidente que nuestras policías muchas no resultan suficientemente capaces. Después de más de treinta años desde que ETA una ETA distinta de la de hoy comenzara a matar, el logro en su persecución resulta escaso. Son, evidentemente, muchos los terroristas que ya están en las cárceles del Estado, pero son tantos o más los que colean sus odios y sus pistolas, los que matan y extorsionan, los que hacen difícil la convivencia y el futuro.

No diré yo que no convenga buscarle al problema una solución política. También estaría a favor de la práctica de exorcismos si alguien creyera en la participación de espíritus malignos en el caso. Pero ninguna de las soluciones (teóricamente) posibles descarta una primera, la que se sustenta en la fuerza de la Ley: la policial y, por ende, la judicial. Tengo la sensación es posible que por falta de información de que en ese terreno avanzamos poco. El ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, confía mucho ¿demasiado? en la solución política y mueve más palillos en esa dirección que en la tradicional y clásica de un ministerio como el suyo. En eso cuenta con la asistencia de José María Aznar. Mayor es, con Rajoy, "el hombre del momento" y su proximidad al presidente, política y amical, no deja lugar a muchas interpretaciones.

En el seno del PP, con nueve concejales en la lista de víctimas, a la natural sensación de dolor y pesadumbre se añaden la inquietud y el desánimo. No ha brotado la crítica frontal, pero algún runruneo ya cursa por las sedes del partido, especialmente por las periféricas. La figura del secretario general, Javier Arenas, se ve con menos entusiasmo que hace unos meses y un notable diputado popular no son muchos los notables me decía ayer mismo: "En estas situaciones difíciles y dolorosas echo de menos a Álvarez-Cascos". Es lógico, por otra parte que, ante la saña etarra, la alegría no cunda por las sucursales de la calle Génova.

El terrorismo de ETA no es un problema político. Es la consecuencia patológica de algo que sí lo es, el nacionalismo vasco. El terrorismo se limita a administrar el miedo, que es un ingrediente inseparable de cualquier planteamiento no democrático y totalitario. El verdadero problema político se centra en dos polos: el PNV y cuanto pudiéramos resumir en la sigla HB y sus distintas marcas de actuación. La crisis interna del PNV, más honda de lo que parece, unida a la ambigüedad crónica de la formación, a las secuelas del Pacto de Estella y a la fiebre soberanista inducida por él, confirman una buena parte de las tensiones presentes.

ETA puede seguir matando, los demócratas condoliéndose, el PNV balbuciendo difusas condenas y todos, con mejor o peor intención, buscándole apaños y/o consuelos a la situación; pero es imprescindible, desde un planteamiento meramente constitucional, que la policía las policías actúe con rendimientos. Los terroristas han aprovechado la tregua, tramposa o no, para rearmarse y reorganizarse. Estamos viendo el fruto. Es fundamental volverles a la situación de acoso, con la ayuda internacional, previa a esa tregua de la que arranca, con el motor de Estella, el lamentable momento presente.

El mal absoluto
Por Pablo PLANAS ABC  18 Julio 2000

La connivencia con el terrorismo pasa también por la perversión semántica de atribuir a un crimen la calificación de lucha armada. Claro que para un teórico del etnocentrismo vasco hablar sin propiedad el castellano debe ser un síntoma de pureza más que de ignorancia. La tal lucha armada que para el común de los mortales (nunca mejor dicho) es un asesinato, para los nacionalistas vascos adquiere unas reverberaciones que confieren al acto violento una autoría colectiva. Esto es, el gatillo no fue apretado seis veces por un solo dedo, sino que intervinieron muchas manos, entre ellas las de quienes inequívocamente están en contra de la violencia, que tendrían más culpa que quienes ante estos episodios se confirman en la idea de que la muerte de un concejal del PP de Málaga es una «expresión del conflicto de Euskalherria». Al cabo, el terrorista no deja de ser un sujeto pasivo sobre cuyo dedo se cierne un gatillo empujado por quienes son incapaces de ver más allá de la razón. Una víctima, incluso, digna de mayor conmiseración que los propios muertos ¿Cómo es esto posible, cómo puede ser que quien está en contra del terrorismo sea más culpable que quienes tratan de encontrar justificaciones para los asesinatos? Bueno, durante muchos años se dio por sentado que las mujeres no tenían alma o que la tierra era plana y hubo quien pagó con su vida el sostener lo contrario. Este es un viejo problema sobre el que Ibarretxe no va a arrojar mucha luz. Quizá Arzalluz fuera más capaz, desde un punto de vista didáctico, de explicar las razones por las cuales Martín Carpena era un enemigo del pueblo vasco, pero el haber perdido la dignidad no significa que se carezca del sentido de la prudencia. Si le pudiéramos preguntar al autor de los disparos (entiéndase al ejecutor material), probablemente se amparara en el cumplimiento de las órdenes. Y si se pudiera acceder al que da las órdenes, seguramente nos remitiera a los desórdenes y desajustes del método asambleario de toma de decisiones. Así que, como es habitual en estos casos, el muerto tiene muchos deudos y ningún deudor. La «lógica» terrorista es un poco basta, pero muy eficaz para disipar las responsabilidades y hallar el detonante de las pistolas en las palabras de quienes jamás han empuñado un arma. Además, si un asesinato conmociona a la población, basta con cometer unos cuantos más para desactivar el primer efecto, con lo cual, es de suponer que a eso iba destinado el coche-bomba de Ágreda. Si un clavo quita otro clavo, ¿qué no conseguirán diez clavos?

La vocación analítica de las personas normales les obliga a preguntarse por qué ETA mata. En el caso de Martín Carpena, queda claro que su asesinato demuestra de nuevo la capacidad de los terroristas para matar a cualquiera. Es decir, si un concejal de Málaga puede servir de víctima, toda la sociedad está en el mismo saco. Pero a esta conclusión ya habíamos llegado varias decenas de muertos atrás. Puede ser, por el contrario, que toda esta locura no sea más que eso, un problema relacionado con el Mal absoluto, con una maldad pura disfrazada de resentimiento y odio en la que la patria vasca no sea más que una excusa para dar cobertura psicológica al placer de hacer daño. Algo de eso había, por ejemplo, en algunos de los torturadores más abyectos de la Argentina de Videla, para quienes el ejercicio de sus funciones no era una consecuencia del régimen totalitario, sino un arte en sí mismo que superaba infinitamente los efectos ejemplificadores. Después, cuando un azar feliz de la historia o de los hombres convierte la tragedia en recuerdo, muchos se llevan las manos a los ojos y nos dicen así que ellos no sabían lo que en realidad estaba pasando. Esta debe de ser una de las formas de sobrevivir al horror. Esta y el perdón, porque cuando se vivió el espejismo de la tregua, la realidad sociológica aventuraba un sentimiento favorable al hecho de pasar página y olvidar, la más generosa forma del perdón. Ahora estamos otra vez en la era del plomo, en ese julio violento de siempre, en esa época del alma en la que afloran los peores instintos de los criminales, en la que se agudiza el autismo de quienes no quieren ver.

Cuenta Mario Onaindía en su «Guía para orientarse en el laberinto vasco» que Josu Ternera tuvo algunos problemas para decidir su vestuario de diputado. Finalmente, se puso un jersey militar, con coderas, como guiño al IRA o la solución irlandesa, y un pañuelo palestino en señal de apoyo a la «kale borroka». Cuesta imaginarse a Ternera en esa tesitura, entre ridícula y prosaica. Es como esos ciclistas que asomaron en la etapa final del domingo en el Tour. Pedían la «repatriación» de los presos vascos mientras en Málaga se velaba el cadáver de Martín Carpena y lo hacían al trote tocinero de un cicloturista en sus horas más bajas. Es imposible saber hasta qué punto esas personas eran conscientes de lo que había pasado en Málaga, de lo que había estado a punto de pasar en Madrid y Ágreda. Quizá la insensibilidad no sea más que un recurso fácil, y cómplice, para sobrevivir entre tanta maldad.

El perfil de la sangre
Por Alfonso USSÍA ABC  18 Julio 2000

Nada tengo de original. Me sucede lo que a decenas de miles de personas. En el macabro paisaje del crimen sólo una imagen se presenta diáfana. La imagen de la víctima, destrozada, callada y dormida sobre un charco de sangre. La de los asesinos es nebulosa. Una sombra cubierta por un pasamontañas, unas manos aferradas al volante, una huida entre nieblas y calles tristes. El perfil de los asesinos sólo se muestra, tal y como es, cuando son detenidos. Entretanto aparecen figurados en el lienzo, sin ojos, sin líneas concretas, como manchones de rasgos irreconocibles. Pero de un tiempo a esta parte, todo ha cambiado. Vemos a la víctima, que no puede esconderse en su muerte, y se nos presenta de golpe la imagen de Javier Arzallus. Quiénes han sido los ejecutores del asesinato ha dejado de importar. Es Arzallus el que aparece, nítidamente, dibujado sobre un perfil de sangre derramada. Detrás de Arzallus se advierten otros rostros, los de Ibarreche, Eguíbar, Anasagasti, Urcullu, Otegui, Sodupe, Setién, Rubalcaba, González de Chávarri... pero no son los fundamentales en el protagonismo. En Arzallus se concentra toda la fuerza de la responsabilidad y el liderazgo. De un lado se contempla al muerto; del otro, al culpable de esa muerte, que ya no es la sombra cubierta por el pasamontañas, sino la claridad rubicunda e hiriente del hombre que ha llevado a los vascos al clamor del odio.

Me pregunto qué sensación experimentan los hombres de Arzallus cuando se reúnen y coinciden, por circunstancias normales de la vida, con los que sufren la violencia. ¿De qué hablará, por ejemplo, el empresario Javier Chalbaud con sus amigos de toda la vida, muchos de ellos empresarios amenazados por los socios de su íntimo Arzallus? ¿Siguen en el mismo lugar de siempre los Sota y los Ortúzar? ¿Se hablan entre ellos los que saben que se envían unas cartas y los que las reciben? ¿Se atreven los amenazados a increpar en público o privado a los elegantes cómplices del exterminio? ¿Comparten en el Golf o el Marítimo las mismas mesas, los últimos chistes, las charlas normales de los amigos? ¿Se dan la mano de la paz en la Parroquia de San Ignacio de Las Arenas cuando coinciden en la Misa de doce? ¿No habrán llegado las cosas hasta aquí porque nadie ha marcado la raya del «no soportamos más»? Son admirables los empresarios vascos que mantienen sus empresas, y los miles de puestos de trabajo, y las incontables persecuciones de los nacionalistas, pero tendrían que reaccionar uniéndose contra su único enemigo. No se engañen. El PNV ya está con los que secuestran y asesinan. ¿Juegan al tenis en Jolaseta un empresario que está pagando todavía un secuestro y un amigo de toda la vida que frecuenta al socio de los secuestradores? ¿Toman juntos su aperitivo en Los Tamarises o en el «Bar Basque» de San Sebastián? ¿Se casan sus hijos por acuerdos incitados o pactos de intereses? Alguien lo decía. El problema de muchos vascos no nacionalistas es que todavía no saben que son nacionalistas. Quizá de ahí venga esa amnistía, esa hipocresía social, esa cautela claudicante ante los que han reconocido serlo. La historia va a terminar como lo han decidido los amigos de los asesinos, es decir, los seguidores nacionalistas de Javier Arzallus. Unos acabarán por rendirse en beneficio de su tranquilidad y la de su gente, y otros cruzarán el Ebro para no volver a una tierra que es más suya que de los canallas que la están destrozando. Y siempre, como responsable máximo, el perfil de Javier Arzallus dibujado sobre la sangre de los inocentes. Sólo dibujado, pero sin firma del autor.

En mi caso, el dibujo tiene firma. Y en el de decenas de miles de españoles —vascos incluidos, claro—, también. Sólo él es responsable de que el terrorismo se haya escondido en una huelga falsa, se haya rearmado y vuelto a asesinar. Ahora lo hace con el apoyo institucional de un partido burgués y cristiano. No caigan más en la estupidez del «nacionalismo democrático». Es sólo étnico, depredador y lentamente exterminador de las disidencias y libertades personales.

Jazmines de sangre
Antonio García Barbeito * La Estrella 18 Julio 2000

No, no eran las cinco de la tarde, pero el octosílabo de Federico estaba allí, mentado por todos los que lo vieron; el mismo octosílabo que fue primer sudario de la sangre de Ignacio Sánchez Mejías: "¡Qué no quiero verla! Que se acerquen los jazmines / con su blancura pequeña". Es el sur, es verano, y si en Sevilla el verano –las noches de verano– es un bando de palomas dormidas en una bandeja, un bando de palomas que lleva un muchacho que va dejando tras de sí un camino de olores eternos (me aclaro: quiero decir que la noche del verano en Sevilla es una bandeja de moñas de jazmines; jazmines ensartados en horquillas, para que la mujer se ponga un oloroso palomar en el pelo), en Málaga el verano es eso mismo, pero con biznagas en vez de horquillas, o sea, más natural, todo campo y arriate. En verano, cuando la biznaga es un paraguas que sólo tiene varillas, Málaga la entela de jazmines y sale a la calle con las manos llenas de olor –no hay ni que pregonarlos, es un pregón de olores–, para que se sepa que es verano, que es Málaga.

El maestro Manuel Alcántara, tan universalmente malagueño, torero del endecasílabo y la soleá –o sea, torero de lo más difícil–, tiene un soneto cuyo final sólo se entiende si se es del sur o si el alma es capaz de hacerse del sur al leerlo. Es un final para exquisitos, para gente de alma elevada, para gente peligrosa, ya saben. Manuel cuenta un día de su niñez, por Málaga, un verano. Alcántara lo escribe y deja ese final terrible, intraducible, eterno, ese endecasílabo por el que se puede medir la altura de un poeta, por el que el poeta –él– llega a los cielos del buen gusto, de la imaginación, del quiebro. Y se hace clásico. Decía que el poeta habla de un día de su niñez quizá por El Rincón de la Victoria, y remata con el último terceto: "...No estábamos en guerra aquel verano. Mi padre me llevaba de la mano. Yo estudiaba segundo de jazmines". ¿Cómo se traduce ese último verso? ¿Cómo explicar que un chiquillo estudia "segundo de jazmines"? ¿Qué es eso? ¿Qué carrera son los jazmines? Así salió Manuel, claro: doctor en jazmines. Porque no es el jazmín aislado, es la cultura del jazmín, la cultura del verano, la cultura del olor, la cultura que en el sur se asienta en las razones aparentemente menos razonables. Es la cultura del buen gusto.

José María Martín Carpena, el concejal malagueño asesinado, salió de su casa con su mujer y su hija para ir a una fiesta de la biznaga. ¿Qué es eso? Eso es, mire... Imposible de explicar. ¿O es que tiene sentido, más allá de los porque sí de la elegancia? Es verano; biznagas, jazmines. Reválida de olores que van haciendo patria interior, que van educando en una manera de sentir, de ver las cosas, de pasar por la vida. Un pueblo que es capaz de resumir el verano en una moña de jazmines, en una biznaga llena de jazmines prendidos –vivas, olorosas mariposas de jardín–, es un pueblo que, como mínimo, tiene un especial sentido de la vida. Eso, como mínimo. Si vamos más allá, hablamos de un pueblo que tiene miles de años de culturas, de un pueblo que lo ha vivido todo (todo lo bajo, sí, pero también todo lo alto) y al final se queda con una biznaga con jazmines prendidos. Es cuestión de cultura: aquí no se valora levantar piedras de muchas decenas de kilos, se valora levantar jazmines que pesan –oh, levedad de lo profundo– decenas de siglos de buen gusto. Martín Carpena iba al olor de las biznagas con jazmines. Iba con su mujer, como él, licenciada en jazmines. Iba con su hija, que ahora estudia quinto o sexto de jazmines en la cátedra del Endecasílabo que instituyó Alcántara. Curso de verano para una adolescente que quiere la licenciatura de olores, que la estudia, que las busca, que se pasa las tardes hojeando blancas páginas de jazmineros, de biznagas... Y de pronto, indeseable rayo, cornalón traicionero, viene el plomo asesino –¿qué pinta el plomo aquí, en esta hora de verano y biznagas?– y le deja los jazmines rojos, salpicados de la sangre de su padre. Esa muchacha arrastrará toda su vida una asignatura pendiente –verano del 2000; quinto, quizá sexto curso de jazmines. Han matado al profesor–, y en su licenciatura habrá unos jazmines rojos, siempre rojos, que olerán a muerte. No sé si las banderas, pero estoy seguro de que en Málaga, todo lo que queda de verano, los jazmines –¿verdad, profesor Alcántara?– ondearán a medio tallo. Y no hay derecho. * Escritor

Al borde de la complicidad
Editorial La Razón 18 Julio 2000

La respuesta del PNV a la escalada terrorista de la banda etarra no se ha quedado en la retórica confusa con que el lendakari nacionalista Ibarreche despachó su declaración de condena tras el asesinato del concejal José María Martín Carpena y el atentado contra el cuartel de la Guardia Civil de Ágreda. Faltaba repetir la vergonzosa desunión en las concentraciones de repulsa y escuchar a quienes de verdad llevan las riendas del PNV, Arzallus y Eguíbar, que han confirmado que nada les hará cambiar de bando y regresar al frente de los que defienden las libertades y la Constitución.

    Las palabras de Arzallus, más patéticamente soberbio que nunca, responsabilizando al Gobierno de José María Aznar de la escalada etarra por haber cumplido la Ley, superan todos los límites de la política y entran en el campo de la psiquiatría. Resulta penoso escuchar a quien preside un partido que durante más de un siglo llevó a gala su condición democrática, situar en plano de igualdad a una mafia asesina y a un Gobierno elegido democráticamente por los ciudadanos y sometido a la legalidad. Con sus palabras, con las similares pronunciadas por Eguíbar (el otro «capo» del soberanismo), el PNV se sitúa peligrosamente en el borde mismo de la complicidad con la banda y junto a los que aplauden el uso del asesinato y el terror como arma política para acallar a los demás.

    Como un enfermo contagiado por el contacto mismo con los etarras, al suscribir el terrible pacto independentista, el PNV se muestra incapaz de escapar del callejón de Estella. Se cree obligado a no ceder ante los «españolistas», por más que hoy todos claman por la vuelta del sentido común, desde el propio prelado de San Sebastián a dirigentes empresariales y profesionales vascos, nacionalistas catalanes, sin olvidar a los viejos aliados de IU que hoy repudian el engaño de Estella y a militantes destacados del PNV que sufren en estos momentos persecución interna por haber cometido el crimen de disentir.

    Mantenerse a toda costa en el Gobierno de Vitoria, donde el Ejecutivo de Ibarreche se sostiene sólo por la voluntad de los proetarras de EH, parece un precio demasiado elevado a cambio de pasar a la historia de la infamia. Porque allí es donde termina el camino trazado para el PNV por los cabecillas de Eta, y seguido ciegamente por Arzallus.


Una sociedad inerme
MANUEL HIDALGO El Mundo 18 Julio 2000

Un bar lleno. Un televisor sobre una platafoma. Un informativo de cualquier cadena. La noticia de un atentado mortal de ETA. Silencio, emoción, conmoción. Minutos, segundos después, noticias deportivas durante un cuarto de hora, un programa de concurso, un magazine rosa, un musical ramplón, el Gran Hermano, anuncios. Vuelve el barullo a la barra, risas, comentarios, lo malo ya pasó.

¿Qué hay entre la trágica noticia y el discurso de que la vida sigue como si nada? Nada.

La nada más pavorosa, el desarme total. La nada, sí, porque la vida del muerto ya es nada y la vida de los vivos, pendientes de cosas estúpidas, también es nada.

Pero hay más y peor. Entierran por la televisión al muerto del atentado. Aplausos al féretro en la pantalla. Pero también hay aplausos para los muertos de la carretera de Soria, aplausos para una víctima de los malos tratos domésticos, aplausos para los expulsados del Gran Hermano, aplausos para el vencedor de Mont Ventoux, aplausos para que el que no se cae de culo en el Grand Prix. Aplausos para todos, venga.

Tenemos un problema muy serio con ETA, pero tenemos un problema muy serio con nosotros mismos. Esta sociedad, la sociedad española de hoy, está inerme, desabastecida de causas, de principios, de valores, de resortes, de fundamentos, de cultura, de calidades.

¿Vamos a enfrentar a esos fundamentalistas, a esos creyentes fanáticos, a esos esencialistas pervertidos desde esta inopia, desde esta banalidad, desde esta ausencia de ideas, creencias y proyectos que valgan la pena? 

Lo tenemos crudo. Tenemos, ya digo, las emociones. Víctimas y verdugos, enfatizan algunos. Pero esa división es muy simple cuando no hay ideas complementarias que sirvan para comprender a unos y a otros, objeto de muy distinta comprensión, sino al conjunto de la realidad, indivisible, que tenemos entre manos.

¿Pero que nos traemos entre manos? ¿La mera supervivencia personal?, ¿el capricho de cada uno?, ¿dinero?, ¿éxito? Convivir en paz, dicen los más solemnes.

Pero una convivencia basada en una libertad sin atributos es un puro sálvese quien pueda, el comienzo de una descohesión y de un derrumbe en arenas movedizas.

Sin cultura no hay nada. Las emociones no son nada, aunque estén basadas en principios irrenunciables. Hay que tener un suelo más firme, lejos de los intereses manipuladores de los partidos, cerca una sociedad civil culta y sólida. Televisión, televisión, ¿qué estás haciendo?, ¿quiénes son tus dueños?, ¿qué quieren de nosotros? ¿Quiénes somos nosotros?, ¿las partículas del big bang liberal?

Estado de emergencia
José María CARRASCAL La Razón 18 Julio 2000

¿Y si estuviéramos equivocados desde el principio? ¿Y si nuestro error ante el problema vasco hubiese sido haber errado en los supuestos? ¿Y si no hubiera dos nacionalismos, uno pacífico y otro violento, uno razonable y otro brutal, como venimos creyendo? ¿Y si los dos nacionalismos estuvieran jugando con nosotros como juegan el policía malo y el bueno con quien están interrogando, para sacarle lo que buscan? Ya conocen la táctica: el policía malo amenaza con todo tipo de violencias y hasta utiliza alguna. Pero llega el policía bueno, suavizando la cosa y diciendo que todo puede arreglarse hablando, que sólo hace falta que el acusado acceda a esto y a lo otro. ¿Es esa la táctica que el PNV y Eta están usando con nosotros para conseguir su objetivo común, la independencia?

 ¿Es eso lo que Arzallus quería decir cuando hablaba de los que sacuden el árbol y los que recogen las nueces? Pues vaya usted a saber. Seguro sólo sabemos que han firmado un pacto de sangre en todos los sentidos de esa palabra y que por más barbaridades que haga la banda terrorista, los nacionalistas razonables, los nacionalistas democráticos, los nacionalistas que desde hace un montón de años gobiernan el País Vasco no lo rompen, pese a pedírselo ya todo el mundo, incluidos sus empresarios y su jerarquía eclesiástica. ¿Por qué? ¿Es que los equivocados somos nosotros y no ellos, como veníamos creyendo?

    Sea éste o no el caso, de lo que ya no queda ninguna duda es de que la pacificación del País Vasco empieza por el cambio de aquel Gobierno. La salida del PNV del mismo es ya condición imprescindible para normalizar aquella situación por una razón tan simple como bochornosa: el Gobierno Ibarretxe no gobierna. Se limita a dejarse llevar por los acontecimientos y a centrar todos sus esfuerzos en perdurar. Y hay más. Hay algo que descalifica y deslegitima a cualquier Ejecutivo: el Gobierno Ibarretxe no es capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos ni de evitar que aquella violencia se derrame por todo el territorio nacional, que es el requerimiento mínimo que se exige a cualquier Gobierno para merecer tal nombre. Quien realmente gobierna hoy en el País Vasco es Eta y sus brazos políticos, que marcan la agenda, deciden qué leyes se aprueban y quién debe vivir allí y quién no, sin que las instancias oficiales hagan nada para evitarlo. Tal vez no puedan, lo que vendría a darnos la razón. O tal vez no quieran, lo que nos la daría por partida doble.

    La realidad es que, hoy, en el País Vasco no se vive una democracia precaria, como se viene suponiendo optimistamente. Se vive un estado de emergencia. A buena parte de los vascos les sorprenderá, pero es el resultado de llevar tanto tiempo sometidos a condiciones extraordinarias. Quienes intenten, sin embargo, salirse de las normas de hierro impuestas por la banda terrorista lo notarán enseguida. Y quienes ya lo han hecho lo han notado y pagado. Algunos con su vida. En cualquier caso, un Gobierno que no es capaz de garantizar algo tan elemental como la vida, la libertad y la opinión de sus ciudadanos se ha autodescalificado y no merece seguir ni un minuto más.

    Será, además, la única forma de acabar con el cáncer terrorista. El terrorismo no se manifiesta tan sólo en el País Vasco en su forma extrema de asesinato. Es una constante en aquella vida que conculca directa e indirectamente derechos individuales y colectivos a todos los niveles. La kale borroka no es un terrorismo de baja intensidad, como ha venido minimizándosele. Es terrorismo a secas, con todas sus secuelas de brutalidad, arbitrariedad, atropello y cobardía. La normalización de aquella situación tiene que empezar por hacer desaparecer tal lacra, y eso sólo podrá hacerlo un Gobierno con ganas y capacidad para ello. Algo que el actual ha demostrado de sobra no poseer. No estoy pidiendo que la Guardia Civil o la Policía Nacional se hagan cargo de aquella lucha antiterrorista. Me basta con que lo haga la Ertzaintza, que es la encargada de ello. Pero para eso deberá cambiar de mando. Algo que sólo puede conseguirse cambiando su última instancia, el Gobierno vasco.

    Nadie debe esperar milagros. Pero sí pueden esperarse cambios substanciales en la situación. En el momento en el que empiecen a detenerse jóvenes que queman autobuses o contenedores de basura, y se les meta en la cárcel o se les impongan fortísimas multas a ellos o a sus padres, el País Vasco comprenderá que la ley ha vuelto a regir de nuevo en él. Es lo que necesita para reconducir la situación, para que cese el estado de emergencia que allí reina, a cargo de los que no respetan ninguna ley, ninguna norma ni ninguna decencia. 

Estoy convencido de que en su fuero íntimo es lo que desean la inmensa mayoría de los vascos, que son gentes honestas y trabajadoras. Lo que ocurre es que llevan tantos años gobernados por visionarios y controlados por los fanáticos que les han contagiado su fiebre y distorsiones de la realidad. Pero las situaciones de emergencia no pueden mantenerse eternamente, ni perpetuarse la mentira. «Puedes engañar a una persona una vez, pero no puedes engañar a todos siempre», reza el dicho norteamericano. Los dos nacionalismos vascos llevan demasiado tiempo con su numerito del bueno y del malo, sin resolver nada. Al revés, la situación se hace cada vez peor. ¿Es eso lo que realmente pretenden? ¿Amedrentarnos, aburrirnos, empujarnos a que les entreguemos la pieza que democráticamente saben nunca podrán obtener? Vaya usted a saber. En cualquier caso, ya han tenido su oportunidad y no han sabido o querido utilizarla. Llega el momento de que las cosas cambien allí radicalmente. De que haya un Gobierno que gobierne, una Policía que combata el terrorismo y un Estado de Derecho en vez de un estado de emergencia.

Futuro
ERASMO El Mundo 18 Julio 2000

Las condolencias, pésames, condenas, incluso los excepto Herri Batasuna, resultan tan innecesarios, por intercambiables, que en tan doloroso trance podría utilizarse únicamente la hemeroteca. Año 2040: prosigue el recuento de las elecciones del Madrid y Sanz solicita el ADN de los votantes por correo. El jefe de Gobierno, Alonso Aznar, se reúne con un embrión congelado de Xabier Arzalluz.

Ni venceréis ni convenceréis
Iñaki EZKERRA La Razón 18 Julio 2000 

En el comunicado que el Foro Ermua distribuyó el domingo en sus concentraciones por el asesinato de José María Martín Carpena se le decía a Eta que «hay ciudadanos que nos hemos juramentado para terminar democráticamente con su iniquidad y su impunidad». Creo que esta afirmación aporta un matiz nuevo al lenguaje democrático contra el terrorismo. Porque no se trata ya de que la democracia como sistema, el Estado de Derecho como ente impersonal, serán capaces de vencerlo. No se trata de que, como ciudadanos de esa democracia y de ese Estado, confiemos en que sea derrotado por la ley o por una suerte de inercia histórica o porque el tiempo corre a nuestro favor. Se trata de aceptar el reto que nos lanza el nacionalismo en su conjunto cuando afirma que el monstruo «no va a ser vencido sólo con medidas policiales». En efecto, vamos a acabar con él también políticamente y no sólo venciéndolo una vez más en las urnas sino venciendo a quienes le dan oxígeno ideológico o táctico para que reviva, dure y logre contraprestaciones.

    Se trata de que muchos ciudadanos españoles nos hemos impuesto personalmente la tarea de derrotar de forma democrática a toda esa subcultura del pasteleo que ya fue derrotada en Ermua moralmente. Se trata, en fin, de algo muy parecido a lo que decía aquella famosa letra de Serrat: «Entre esos tipos y yo hay algo personal». Desde hace muchos años, desde mucho antes de Hipercor o de que Irene Villa perdiera sus piernas, hay ciudadanos que tenemos con Eta, y con los que le dan cobertura política a Eta, «algo personal».

    De tanto repetir que están «en guerra con el Estado español», esta gentuza se ha convencido de que sus asesinatos gozan de alguna legitimidad. Pero hasta las guerras tienen sus reglas. También existen los crímenes de guerra. En una guerra, secuestrar y matar a Miguel Ángel Blanco sería violar la convención de Ginebra. En una guerra, asesinar a José María Martín Carpena ante su mujer y su hija sería un crimen de guerra. Y en un tiempo de paz como el nuestro, ese crimen es más grave si cabe. Es un crimen de guerra en medio de la paz.

    El nacionalismo no sabe muy bien hasta dónde estamos dispuestos a luchar legal y cívicamente muchos ciudadanos para que los asesinos no rebañen ni unas sobras de legitimidad en la sartén del Estado; para que, si algún día vuelven a sus casas, lo hagan con la vergûenza de los genocidas; para que vuelvan sin honor. Los fascistas a los que se enfrentó Unamuno en la Salamanca de 1936 «vencieron pero no convencieron». Como decía el Foro Ermua en su comunicado, estos fascistas de hoy lo van a tener más crudo: «ni vencerán ni convencerán».
 

Tres en raya
ANTONIO ELORZA El País 18 Julio 2000

A veces, es más grave que hacer una mala política no saber explicarla. Desde hace años es lo que le sucede al Gobierno de Aznar con la cuestión vasca. Tomemos algunos ejemplos. Podía existir justificación, y de hecho existe sobrada, para no concentrar los presos de ETA en las cárceles vascas y para optar por un acercamiento atendiendo a casos individuales, pero es absurdo no haber informado a la opinión suficientemente del balance de tales traslados y, sobre todo, de que no existe en el ordenamiento legal español norma alguna que imponga aquella medida. Resultaba y resulta lógico que el Gobierno rechace la invitación a seguir cualquiera de los caminos que se le han propuesto desde el PNV y el Gobierno vasco para convertir un diálogo de paz en una mesa por la independencia, pero nunca ha sido inteligente negar la voluntad de aceptar un diálogo que, todos sabemos, será antes o después imprescindible poniendo los presos como baza de negociación para la paz (cosa que por otra parte el Gobierno aceptó con buen juicio en 1999). Tiene, en fin, poco sentido entrar una y otra vez al trapo, aceptando el significado de "construcción nacional" como independencia vasca que proponen los de Lizarra; cualquier estudio teórico sobre los nacionalismos explica que el proceso de construcción nacional es otra cosa, justamente lo que ha tenido lugar en el marco del Estatuto, frente a la fractura provocada en la sociedad vasca por Lizarra.

Ciertamente la política del PNV en los dos últimos años es aberrante, desde una perspectiva democrática, pero lo que la opinión espera son explicaciones, no descalificaciones como las que han salpicado el discurso de Aznar hasta la desafortunada entrevista con Ibarretxe. Hay que entender que no es fácil conservar la serenidad cuando te asesinan, uno tras otro, a los cargos de tu partido, y encima alguien repite la gracia de Arzalluz diciendo que con eso el PP gana votos en Euskadi. Sin embargo, dada la complejidad del problema, y el papel que en su evolución desempeña la opinión pública, ese esfuerzo de explicación era y es imprescindible, insistiendo en el presente pues no cabe excluir que se extienda la desesperación en nuestra sociedad ante la proliferación de atentados y la hasta ahora ineficaz respuesta policial. En una palabra, en el tema ETA, Aznar quiere transmitir una sensación de firmeza, y lo que se percibe es sólo rigidez.

Porque conviene tomar en consideración que la oleada de crímenes y atentados en que nos tiene sumidos ETA responde a una lógica bien clara desde el punto de vista de la banda. Es prueba de barbarie, lo que no es nada nuevo, pero no cabe inferir de esa táctica ni debilidad ni los estertores de la agonía. Mayor Oreja ha acertado aquí al señalar el aprovechamiento de ETA de una falsa tregua que le permitió reconstruir sus estructuras organizativas, reclutar nuevos killers a partir de los chicos de la borroka y robar los explosivos -la "machada" que glosó Arzalluz- que ahora le permiten sembrar el país de coches bomba.

Es fácil imaginar el tiempo feliz que debieron vivir mientras el gobierno Ibarretxe se manifestaba públicamente en protesta por la detención de terroristas en Francia o el consejero del Interior, Balza, emitía una protesta por el mismo motivo. De aquellos polvos vienen los actuales lodos y todo indica que la labor policial se ha vuelto enormemente difícil. Pero al margen de esa recuperación, es necesario retener que ETA ha podido salvar el momento peligroso del regreso al crimen porque ese paso no ha eliminado, todo lo contrario, su permanente intervención en el sistema político vasco. Esto es lo que parecía impensable, incluso escuchando las declaraciones del vértice del PNV, y ha sucedido. El atentado de Buesa fue la ocasión para un cambio de rumbo, pero Arzalluz no sólo lo rechazó, sino que escenificó la negativa con la doble manifestación de Gazteiz. Así, los terroristas tendrán que soportar los lamentos de Ibarretxe después de cada atentado, ver como Udalbiltza no funciona -de todos modos nació muerta por culpa de los electores-, pero están ahí, marcando los tiempos y forzando al PNV, a EA y al Gobierno vasco, que por otra parte se dejan forzar de buena gana, a plantear el tema vasco en los términos que ETA desea: terror o independencia (o "soberanía", si a alguien le gustan los eufemismos gratos al PNV).

En estas condiciones, ETA ha pasado a jugar en el interior del tablero vasco a través del PNV, más que utilizando su peón de siempre, EH/HB, limitado al viejo papel de condenar las condenas y legitimar así indirectamente el crimen. No se trata, por supuesto, que el PNV quiera servir de instrumento político al terror; ahora bien, está condenado a cumplir esa triste tarea porque desde la muerte de Buesa, y teniendo en cuenta la fragilidad del Gobierno vasco, su Gobierno de derecho divino, y las pésimas previsiones electorales, ha optado por una huida hacia adelante que le lleva a buscar como sea un sucedáneo de Lizarra, con el PSOE como compañero previsto de viaje, o una recomposición de la alianza con EH/HB, es decir, con ETA, sobre la base de la obtención de una segunda tregua. De otro modo, el gobierno Ibarrtxe, y a su lado el grupo dirigente encabezado por Arzalluz y Egibar, están políticamente perdidos, al haberse negado a retroceder a tiempo. ETA lo sabe y ha decidido acentuar su presión con su recurso de siempre, la siembra de la muerte, pensando que el PNV no tienen otra salida que ceder. El goteo de crimen mensual era insuficiente; basta con incrementar la dosis. Al mismo tiempo, con la generalización de los atentados podrá resurgir el desánimo, y con el desánimo los equidistantes, en una sociedad española atenazada por el miedo, y quizás incluso, en el caos presente del PSOE, la amenaza servirá para que un posible nuevo secretario general, inspirado por la luz de Felipe González, rompa la solidaridad democrática por aquello de que los dos extremos son lo mismo, ETA y el PP.

En consecuencia, algunos políticos nacionalistas pueden decir que Lizarra ya no existe. Se equivocan y Joseba Egibar se lo recuerda con el aderezo de sus puntualizaciones sobre la diferencia existente entre ETA y el llamado MLNV. ETA presiona con sus asesinatos, el PNV lo hace rompiendo una a una las alianzas municipales, pero en el interés de ambos se encuentra una convergencia. Para ETA, porque si nadie hiciese caso políticamente de sus acciones a estas alturas, tendrá que pensar en el retiro; para el PNV, porque si llega a septiembre en minoría el Gobierno vasco, puede verse obligado éste a convocar unas elecciones con alto riesgo de derrota. Con el fin de evitar una ruptura definitiva, mientras suben de tono las condenas de la violencia e Ibarretxe se exhibe contrito (y sin decir una sola palabra sobre lo que hace Egibar), el PNV ha preparado dos redes para evitar que la caída del trapecio resulte mortal. Una es en apariencia del todo inútil: la confusa propuesta por el lehendakari de un diálogo que tendría todas las virtudes, eliminaría las incomunicaciones y vendría a reconocer la pluralidad de la sociedad vasca. Estupendo, dirá el lector, ¿y por qué no volver a la mesa de Ajuria Enea? ¿quién va a sentarse con el nuevo invitado, políticamente inútil por añadidura, EH/HB? Ahora bien, el detalle es que se trata de una posible mesa de diálogo, no sólo por la paz, sino por la "normalización política" vasca, y además por una normalización definitiva. Supuesto que ya nos hemos escapado del Estatuto, no es difícil intuir el contenido que se ofrece a los participantes.

Al mismo tiempo, Egibar hace llegar al brazo político de ETA una nueva propuesta para conseguir un acuerdo de medios y fines en el marco de Lizarra. Es un ejercicio completo de democracia, la asamblea reunida del PNV no tiene acceso al documento, reservado para quien es el verdadero interlocutor del vértice peneuvista. Un buen conocedor del tema me indicaba ayer la posibilidad de que fuera un compromiso para ir a las próximas elecciones el PNV con la bandera de la "soberanía", lo cual reharía la alianza de Lizarra. Necesariamente, para que el ensayo de chantaje político sobre los electores funcionase, con progreso de votos para el PNV, ETA tendría que conceder una segunda tregua. El cansancio de la sociedad vasca, la necesidad vital y económica de escapar a la sombra de la guadaña, podrían garantizar el éxito de la operación. La ola de sangre actual tendría así pleno sentido, ganando Ibarretxe y el tándem Arzalluz-Egibar la supervivencia política. Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense.

El mensaje genocida
Por Enrique de Diego Libertad Digital  18 Julio 2000

En términos “bélicos”, la “ofensiva” terrorista carece de contenido más allá de la administración gratuita y totalitaria de la muerte y el dolor en nombre de la caverna nacionalista. Matar a un indefenso concejal popular, intentar una masacre de ciudadanos indefensos en Madrid o herir a la mujer de un guardia civil en un cuartel de un pueblecito de Soria no tiene más entidad que la tragedia. El hombre es un animal frágil, fácil de matar; basta un instante. Es mucho más difícil, por supuesto, hacerlo vivir y desarrollarse.

La pretendida administración del miedo general choca con el mismo mensaje genocida que encierran esta serie de atentados, realizados incluso con impericia. El hecho de que el mensaje moral sea el asesinato de todos los demócratas –hombres, mujeres y niños-, inocula contra el miedo. Cualquiera de las opciones es mucho peor que la actual porque incrementaría exponencialmente el número de víctimas con los escenarios conocidos de campos de exterminio. No cabe otra opción que la solución policial y el fortalecimiento del estado de derecho, mientras con cada víctima el nacionalismo muestra su relativismo moral de ideología estrechamente relacionada con el asesinato: mientras sigan en Lizarra, las gentes del PNV son “indecentes”.

La patria de la paz
GUILLERMO BUSUTIL El Mundo 18 Julio 2000

Contra el ruido rojo de las armas terroristas, Málaga desplegó el contundente silencio de la paz. Una impresionante respuesta pública de los ciudadanos de la capital, de los pueblos de la provincia, de otras zonas del país y que se encontraban de vacaciones en la Costa del Sol, se dieron cita puntual en la céntrica plaza de la Constitución. Una masiva concentración de personas dándole forma humana al libro en el que se basa la convivencia colectiva, pero sobre todo para expresar el sentimiento de repulsa general ante el crimen, con el que ETA golpeó al pueblo asesinando a un hombre del pueblo.

Un concejal que ante todo era una persona sencilla, afable, especialmente estimada en dos de los distritos más populares de Málaga. Tal vez ésta fuese una de las razones de que todas las calles laterales, al recorrido oficial de la manifestación, se convirtiesen espontáneamente en afluyentes de personas que desembocan en ese metafórico río de la paz. Más de 250.000 personas, jóvenes, mayores, matrimonios con hijos pequeños, ataviados con indumentaria de paseo y de playa, avanzaron con gesto serio, abanicándose muchos contra el sofocante dolor interior y esa impotencia que numerosos manifestantes expresaban con la sensación de tener un extraño vacío en el estómago.

Un largo trayecto que avanzó a paso ligero, pero sin pausa, ante la mirada de quienes esperaban, junto a los semáforos latiendo intermitentes en naranja, poder incorporarse a la marea humana. Un frente civil que ocupó los siete carriles del Paseo del Parque hasta llegar al Ayuntamiento, en el que el alcalde Francisco de la Torre, visiblemente emocionado, leyó el manifiesto. Mientras allí se agolpaban abundantes ciudadanos, a la altura de la plaza de la Constitución aún había gente alimentando una nutrida cola de alzadas manos blancas.

Ahora habrá que volver a tener la convicción de que esta necesaria, generosa y solidaria respuesta despliegue su eco blanco, para que la única arma sea la del diálogo civilizado dentro de las pautas democráticas y que nunca más se convierta a las personas en inocentes rehenes. Sólo así se podrá construir un nuevo mundo en el que ninguna vida humana sea el blanco víctima de la violencia asesina. La cual se promociona equivocadamente mediante la repercusión social que tienen sus disparos, las lamentables muescas que hacen en la bandera negra de su causa con la sangre de los que representan a la sociedad y pertenecen a ese vasto pueblo de los que creen en la palabra.

Ese fue el ánimo, el empaque y la cordura, que hermanó a toda la población malagueña que hasta hace poco se había sentido «a salvo» de estas embestidas, pese a que en los últimos años existieron varios intentos frustrados de secuestro y coches bomba. Posiblemente el que esta vez ETA haya conseguido su objetivo, ha sido el detonante de que todo el pueblo de Málaga se haya sentido atentado.

Cuando la luna llena de Málaga se extendió sobre las huellas marcadas en el asfalto, recorrido por la manifestación, en el abiznagado aire de la ciudad aún se escuchaba el impresionante silencio. El que ayer latió como un solo corazón, en el que latía la esperanza de que, en un día no muy lejano, la paz sea la patria común de todos los hombres.

Guillermo Busutil es escritor y periodista. Autor de «Individuos SA»

La ciudad de Málaga recuperó ayer el «espíritu de Ermua»
Más 250.000 personas gritaron, en una masiva manifestación, su repulsa a ETA
EVA DIAZ PEREZ. Enviada especial El Mundo 18 Julio 2000

MALAGA.- Un cauce humano recorrió, ayer, las calles de una ciudad conmovida aún por el asesinato. Había que estar allí y los malagueños se volcaron. Más de 250.000 personas formaron un cortejo fúnebre, de memoria rabiosa, de consternación, de condena y que consiguió recuperar el espíritu de Ermua.

Desde la manifestación de repulsa por el asesinato de Miguel Angel Blanco, Málaga no ocupaba la calle con un sentido tan simbólico. Un joven lleva las manos blancas y consigue que los aplausos queden silenciados por las manos alzadas. Todos recuerdan, otra vez, ese gesto. Todo está preparado. En la cabeza de la manifestación están representadas las fuerzas políticas, sindicales y empresariales. A pesar de que durante todo el día se habló de la posibilidad de que el lehendakari vasco, Juan José Ibarretxe, estuviera en el acto, al final no acudió. «¿Dónde estás Ibarretxe?», se escuchó una voz entre la multitud.

En la pancarta que abría la concentración se leía con el lema: «Málaga por la paz y la libertad». Abrían la gran arteria humana el alcalde de la ciudad, Francisco de la Torre; la ministra de Sanidad, Celia Villalobos; el secretario general del PP, Javier Arenas; el presidente del Parlamento andaluz, Javier Torres Vela; el Defensor del Pueblo andaluz, José Chamizo; los consejeros de Turismo y de Agricultura, José Hurtado y Paulino Plata, respectivamente; la presidenta del PP en Andalucía, Teófila Martínez; el coordinador general del Partido Comunista, Francisco Frutos; el coordinador regional de IU-CA, Antonio Romero; el diputado del PA José Núñez; los secretarios regionales de UGT y CCOO, Manuel Pastrana y Julio Ruiz, y toda la corporación malagueña.

La calle Larios pronto se quedó pequeña. De hecho, la manifestación necesitó de una compleja logística, controlada en todo el momento por voluntarios civiles. En las aceras se iban incorporando gente de los pueblos con sus pancartas. El alcalde, Francisco de la Torre, volvió a recuperar el lema de Málaga: «La primera en el peligro de la libertad». Y volvió a ser tajante: «Basta ya de terror, de bombas, de tiros en la nuca, de chantajes».

Durante buena parte del recorrido, la manifestación transcurrió a ratos alimentada con el ritmo de las palmas, a ratos demudada por el silencio sólo quebrado por el sonido de los comercios que se cerraban. Sólo al final, al llegar al Ayuntamiento, comenzaron algunos gritos. Y se vieron pancartas llenas de rencor: «¡Oreja, ánimo, la silla eléctrica ya!». Pero la mayoría entonaba el mimo lema, «ETA, asesina», con las manos blancas y alzadas del espíritu de Ermua.

Como en Semana Santa
«Hace mucho tiempo que no veía a tanta gente en la calle. Aquí la gente se mueve por muy pocas cosas, la cultura de la calle se ha perdido. Sólo se puede ver a tanta gente en Semana Santa. Pero es increíble lo que puede con tanta gente junta», comenta una profesora de Secundaria, Josefina Rodríguez, que recuerda la manifestación por Blanco.

Enrique Ortega es un trovador de la tragedia. Es un jubilado que ha llenado de metáforas el asesinato. «Consternada llora Málaga, con su tierra cubierta de sangre, la Biznaga perdió su aroma...». Un poema que luego entrega al alcalde y que la gente aplaude cuando lo declama entre la multitud. Después de que el alcalde leyera las palabras de repulsa y declarara: «Nadie arrebatará la libertad, a pesar de que ha costado la vida de uno de los nuestros», concluyó la manifestación, pero pocos se marcharon. La gente siguió reunida cantando la ira. «El domingo estuvimos en el funeral, hoy estamos aquí, pero y mañana, ¿qué pasara? Lo peor es el olvido», comenta Manuel Rollo, un taxista que adivina dónde ha quedado otras veces la fuerza del poder civil.

Aznar replica al PNV que no va a "doblar la rodilla" ante ETA
El presidente afirma desde Argel que no cambiará la política antiterrorista
ARGEL El País 18 Julio 2000

El clima de abierto enfrentamiento entre el Gobierno y PNV a raíz de la escalada terrorista se ha visto hoy espoleado por el presidente del Gobierno, José María Aznar, quien, desde Argel, ha replicado al PNV que el Ejecutivo no va a cambiar de política ni "doblar la rodilla" ante ETA, frente a lo que pretenden "algunos", empeñados en "escribir las páginas más miserables de la Historia" del País Vasco y de España.

Aznar responde así a las declaraciones del presidente del partido nacionalista, Xabier Arzalluz, quien ayer atribuía el recrudecimiento de la ofensiva etarra al fracaso de la "vía policial" con la que el Gobierno afronta el problema vasco.

A juicio del presidente del Ejecutivo, opiniones como la de Arzalluz define a "quienes han doblado la rodilla y eso es exactamente lo que no hay que hacer".

En una conferencia de prensa al término de su reunión con empresarios argelinos y españoles, José María Aznar ha pedido a la sociedad española "aliento para seguir adelante por el camino correcto" y a los vascos que busquen una alternativa asociada a quienes defienden la convivencia, la paz y el Estado de Derecho.

"Se acabó prestar atención a declaraciones altisonantes y escandalosas" que "siempre conducen a lo mismo", ha asegurado el presidente del Gobierno, tras elogiar la "entereza extraordinaria" de las víctimas del terrorismo, que están "escribiendo las páginas más impresionantes de la democracia" con una actitud que la sociedad deberá agradecerles "eternamente".

El Gobierno corresponsabiliza al PNV de los últimos crímenes de Eta por pactar con EH
Arzallus culpa al PP de la ofensiva etarra por mantener sólo una política policial
Gobierno y PP exigieron ayer al PNV que asuma su responsabilidad en la ofensiva etarra. El vicepresidente primero, Mariano Rajoy, y el secretario general de los populares, Javier Arenas, emplazaron a los nacionalistas a tomar conciencia de que su estrategia ha fracasado y de que están en manos de una Eta que quiere doblegarles. Éstos respondieron negando que haya nada que se les pueda imputar. Arzallus culpabilizó al PP de lo ocurrido y le pidió que abandonara la vía exclusivamente policial.
C. M./Redacción - Madrid/Bilbao .- La Razón 18 Julio 2000

El Gobierno y los partidos políticos endurecieron ayer sus críticas contra el PNV, al que exigieron que rompa definitivamente con EH y abandone la fracasada estrategia de Estella. Más allá fueron Mariano Rajoy y Javier Arenas, quienes llamaron la atención sobre la responsabilidad del PNV en los atentados de Eta. El primero, señaló que cuando se asumen o se tienen los mismos fines que una organización terrorista, se corre el peligro de que los medios empiecen a ser algo aleatorio.

    Arenas, que presidió la reunión de la Junta Directiva Regional del PP de Málaga, apuntó que «ya empieza a haber responsabilidad política del PNV» en el asunto del terrorismo debido a su negativa a romper los acuerdos de Estella. En estos momentos, sólo cabe optar entre el proyecto de paz de la Constitución y el Estatuto, y el independentista de Eta.

    El ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, indicó que las últimas declaraciones de los dirigentes peneuvistas confirman que PNV y Eta están en la misma línea. «Cuando a 24 horas del último atentado terrorista alguien dice que hay un fracaso del modelo policial, eso es ser un colaborador con la estrategia de los terroristas», precisó, tras visitar el Cuartel de la Guardia Civil de Ágreda, donde ayer estalló un coche bomba.

    Con parecida contundencia se mostraron destacados dirigentes del PSOE y de CiU. Nicolás Redondo Terreros, desde el PSE, acusó al PNV de haber provocado la división entre nacionalistas y no nacionalistas con su apuesta por la estrategia de EH y de la banda.

    Desde el lado nacionalista, se negó que se les pueda imputar nada en relación a las acciones de Eta. La responsabilidad de las mismas la trasladaron a los populares, a los que el líder peneuvista, Javier Arzallus, emplazó a valorar la conveniencia de cambiar de política tras haber preconizado la vía policial durante cinco años. Arzallus, acusó al Gobierno de «zumbar» al PNV, tras los últimos atentados perpetrados por la banda terrorista, porque carece de una perspectiva de Estado de altura. El portavoz del PNV, Joseba Eguibar, aportó también su peculiar opinión y acusó al PP de tener un «diseño policial, una perspectiva ppolicial absolutamente maltrecha, porque una organización terrorista también sabe buscar lagunas de todo un aparato policial del Estado».

    Por otra parte, el PNV presentará hoy en solitario mociones en contra de la violencia de Eta en once ayuntamientos de Guipúzcoa, lo que supondrá previsiblemente la ruptura de sus pactos municipales con EH. Representantes de PNV y EA se reunieron ayer en Bilbao para estudiar la posibilidad de presentar estas iniciativas de forma conjunta.    

Eta amenazó al PNV en 1995 para que dejara «la vía de España»
Según adelantó este periódico el pasado 27 de junio, Eta advirtió en 1995 al PNV que si «seguía por la vía de España y se situaban entre Eta y España, que eso traería consecuencias directas». La amenaza está contenida en un extenso documento que la banda hizo llegar a todos sus militantes para explicarles los antecedentes y lo ocurrido durante el supuesto «alto el fuego». En el documento, titulado «Etaren Ekimena» («La iniciativa de Eta») se explica el proceso seguido por la banda hasta conseguir que PNV y EA abandonaran los pactos que mantenían con los partidos democráticos. En el texto, Eta enumera las iniciativas que adoptó para cambiar la relación de fuerzas que se creó tras la firma de los citados pactos democráticos y, entre ellas, cita la siguiente: «Una tarea de preparación de la situación actual mediante una política de contactos renovada y no dada a conocer. Atrayendo a sectores sociales en el camino de la reconstrucción de Euskal Herria y expresando con claridad cuáles serían las consecuencias de la responsabilidad de mantener la situación actual. Esto último vale sobretodo para los jeltzales ( dirigentes del PNV) pues en 1995 se les dijo claramente que si seguían por el camino de España, se situaban entre Eta y España, y que eso traería consecuencias directas».

La historia y sus perfiles
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 18 Julio 2000

En ciclismo, las caídas peores son las que ocurren en la zona puntera del pelotón. El hombre venido a tierra traba a los de atrás, y de ahí en adelante es ya todo un lío de cuerpos que van rodando fuera de su curso natural. En ésas se han visto, me parece, los de San Millán de la Cogolla. Se esperaba un pronunciamiento solemne en favor del español, y lo que ha resultado al fin es un rosario de lugares comunes perfectamente inobjetables, pero, también, rigurosamente prescindibles. En el origen de este episodio un poco cómico -se ha soplado un trombón de varas, y se ha oído el sonido de una flauta-, se encuentra, sin duda, el informe fallido de la Real Academia de la Historia. Cuando digo "fallido", tengo presentes dos acepciones a la vez. El informe fracasó objetivamente, por cuanto las opiniones levantadas por él fueron más desfavorables que favorables, o en el mejor de los casos, dejaron el asunto en un empate poco cómodo para el Gobierno. Y el informe falló también porque no estuvo bien planteado, ahora en términos retóricos o escuetamente polémicos. Los académicos fueron muy parcos en detalles, y esto dio pie a que se interpretaran ciertos énfasis, y ciertas condolencias españolas, en términos señaladamente ideológicos. Y aquí la Academia llevaba las de perder, porque lo suyo es salvarguardar la ciencia, y dejar en paz a la nación. Los académicos se zafaron como pudieron y los políticos de San Millán plegaron velas, en espera de ocasión mejor para hacerse a la mar.

Ahora bien, esto dicho, conviene añadir que la reacción al informe ha sido más rara aún que el informe mismo. Quien se haya tomado la molestia de leerlo, habrá comprobado que su tono es razonable, y el recado de fondo, en gran medida defendible. Es cierto que la enseñanza de la Historia está mal organizada, y es cierto, igualmente, que hay mucho autonómico que está sacando los pies del tiesto. Frente a estos hechos, poco cuestionables, se ha blandido el argumento de que el pasado es algo sujeto a tantas lecturas posibles, y tan ambiguo intrínsecamente, que constituye un anacronismo, si no un rasgo inaceptable de autoritarismo, el reclamar una historiografía ceñida a una realidad presuntamente objetiva. Y esto está muy bien para las tesis doctorales, o para darse un garbeo por los andurriales de la metahistoria posmoderna. Pero se echa uno los papeles a la cara, y no puede por menos de pensar que dos más dos son cuatro, y que lo demás es meterse a discutir sobre el sexo de los ángeles. La cita siguiente está extraída de un texto aprobado por el Gobierno Vasco el 22/7/1997. Dice así: "Los euskaldunes tenemos una historia muy rica, atrayente y bonita. Somos una comunidad cultural que ha perdurado desde el arte paleolítico hace 30.000 años hasta hoy en día según la arqueología, antropología, la genética o la lingüística. Pero para sobrevivir ha tenido que estar por un lado cerrada al exterior para apoyar lo propio como ocurre en el campo de la biología con el aislamiento de las especies y aún así hay que saber al mismo tiempo cambiar o evolucionar". La coletilla final atenúa ligeramente el tenor general del mensaje. No obstante, éste es contundente, y habría que ponerse un poco pelmas para no encontrarlo, además de contundente, bastante detestable.

De modo sorprendente ha vuelto a preponderar, entre muchos críticos que uno presumía más avisados, un concepto criptonacionalista de la Historia. Comprendo que se abomine de las transliteraciones casticistas en que incurrió el régimen de Franco. Pero no comprendo, no comprendo en absoluto, que el carácter plural de España se acepte como fundamento para justificar historiografías castizamente galleguistas, catalanistas o vizcaitarristas. Primero, existen en esas regiones muchos ciudadanos que preferirían no ser aleccionados en los mitos fundantes de los nacionalismos respectivos. Y segundo, y más importante, todos los ciudadanos merecen ser aleccionados en los hechos. Si llegamos a la conclusión de que los últimos son esquivos hasta la inaprehensibilidad, y de que no existe la posibilidad de ponerse racionalmente de acuerdo sobre lo que mínimamente fue o dejó de ser, habrá que acudir a una fórmula alternativa: la de reconstruir el pasado cada vez que se fabrica una nueva mayoría parlamentaria. Ese sí que sería un caso de pluralismo extremo. En el espacio... Y en el tiempo.

 

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