AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 4 Agosto   2000
#Nacionalismo vasco
Francisco Rodríguez Adrados, de la Real Academia Española ABC 4 Agosto 2000

#Arzalluz no se sabe la lección
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 4 Agosto 2000

#El envilecimiento del PNV 
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 4 Agosto 2000

#El vacío de Ibarreche y la oferta del obispo
Lorenzo Contreras La Estrella 4 Agosto 2000

#La oración
Alfonso USSÍA ABC  4 Agosto 2000

#Euskadi: ¿qué soberanía? ¿qué independencia?
JORDI SOLÉ TURA El País 4 Agosto 2000

#¿Hay un camino a la izquierda?
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 4 Agosto 2000

#Verano 2000: sólo una nube
José María CARRASCAL La Razón 4 Agosto 2000 

#Los radicales tratan de reventar una concentración pacifista
EFE Libertad Digital 4 Agosto 2000

#¿Sirve para algo la Historia?
JAVIER PANIAGUA El País

#Nota del Editor: Un nacionalista culto
4 Agosto 2000

#El español será la segunda lengua opcional en el bachillerato libanés
EFE Libertad Digital 4 Agosto 2000

Nacionalismo vasco
Por Francisco Rodríguez Adrados, de la Real Academia Española ABC 4 Agosto 2000

EL nacionalismo vasco, que prometía un futuro adámico, paradisíaco, ha repartido miedo, desesperanza y cadáveres por toda la nación española. Empezando por el País Vasco. No ha conseguido nada, fuera de eso. El llamado problema vasco, invento de unos cuantos vascos, se ha propagado como un virus y hoy nos afecta a todos. Inútil negarlo. Hace que una nación dinámica, como es España, se encuentre en riesgo. Es desesperante, pero ahí está el tema. Produce reacciones viscerales, es bien lógico. Quizá también debamos intentar racionalizarlo, sin adjetivos ni términos morales. Claro que cada cual tendrá su verdad.

Yo presentaría tres postulados.

Primero, el nacionalismo vasco es independentismo, no otra cosa, por mucho que esto se envuelva. Segundo, es un todo, por muchas diferencias y odios internos que haya. Tercero, ha fracasado. Tendrían que sacar, ellos, las conclusiones.

Primer postulado. Los partidos constitucionalistas (o sea, españoles) han hecho infinitos esfuerzos para distinguir entre los violentos y los demócratas y aliarse a éstos contra aquéllos. Lo han conseguido a veces: pacto de Ajuria Enea, gobiernos PNV-PSOE, alianza PNV-PP, etcétera. Al final todo ha quedado claro: la diferencia bombas / no bombas es importante, pero la diferencia nacionalistas / no nacionalistas ha tenido más peso.

Otra cuestión (secundaria) son las relaciones entre ellos: quién es rehén de quién, quién se llevaría al final el gato al agua, si triunfaran. Pero es tonto seguir con esos eufemismos: «los violentos», «los demócratas». Unos y otros hasta dan y niegan patentes de democracia. Y al final todos son nacionalistas. Es decir: independentistas. Todo eso de la «construcción nacional», «la autodeterminación», «el ámbito vasco de decisión», etcétera, no son sino eufemismos. Lo sabe todo el mundo.

Segundo postulado. Toda esa inmensa maraña: partidos diversos, HB, ETA, ideologías diversas, jóvenes bien educados y gamberros teledirigidos, sindicatos, «dialogantes» tipo Elkarri, etcétera, no son sino ramas del viejo árbol del PNV. Se odian, se harán la guerra, si llega el caso, pero son ramas del mismo árbol, que ha echado toda clase de retoños. Todos los intentos de separarlos han fracasado. La raíz sigue íntegra, confesada o no: la independencia. Es decir: difieren los métodos y las personas, el objetivo se mantiene. ¡Y ahora los socialistas del País Vasco, una vez más, hacen como que no lo ven, les dan oxígeno! Se apoyan subrepticia o abiertamente: pactos, cobertura, hacerse el distraído, dar información manipulada, concesiones diversas. Usan los recursos de la democracia contra la democracia. ¿Qué es eso de estar dentro de las instituciones españolas y tratar de sustituirlas por otras, sólo vascas?

Tercero: han perdido. La baza democrática no ha llevado al PNV más allá de un gobierno autonómico. La menos democrática (¡aliarse los que ejercen un poder constitucional con quienes atentan contra la nación a que se refiere esa Constitución!), le ha llevado a ser un apéndice, sin quererlo sin duda, del terrorismo, un rehén de él. Condenado (si aquél triunfara) a extinción violenta. Tienen cerrados todos los caminos. No los abrirán con tontas mesas. Quieren, con ellas, ganar tiempo y aumentar la confusión.

Total: han fracasado y fracasarán, pero seguimos pagando todos. Europa Occidental es Europa Occidental y no aprueba el modelo de las secesiones. Y seguirán fracasando. Ningún gobierno español aprobará esa secesión, que ninguna consideración histórica recomienda: sólo un mito y una intoxicación. Después de ella, vendrían otras. Sería el finis Hispaniae.

Se han enfrentado a todos. No es una cuestión ETA / PP, como dice Solé Turá. Es independentistas / todos.

Ha habido un error terrible del PNV. Creyó que las cosas estaban maduras. Que las nueces iban a caer. No caen. Tienen que cambiar de objetivo, no idear métodos diversos para alcanzarlo. Volver a hacerse razonables por un rato con ayuda de los tontos útiles, recomponerse, ¡y otra vez a las andadas!

El problema está en la dinámica de los nacionalismos. Tras el enfrentamiento de izquierdas y derechas en los años treinta, este nuevo enfrentamiento es el drama español de nuestros días. Aun así, puede llevarse de modo tolerable y menos tolerable. Ya se sabe: un movimiento nacionalista se encuentra en una posición difícil cuando consigue un estatuto. El dilema es: quedarse en él (y para eso no hacen falta ya los nacionalistas) o ir a por el poder total. Si no, la gente dice: ¿qué falta hacen ya éstos? Como no sea para ejercer y repartir poder.

Bien, hay términos medios. Pujol ha hecho y dicho cosas que todos aprobamos. Y, al tiempo, ha jugado bazas extremas con su política lingüística, por ejemplo (se las han pasado). De todos modos, en honor de Pujol: hace envites arriesgados, pero no lanza pujas imposibles.

En el País Vasco, los nacionalistas han rebasado esa línea intermedia. Se han pasado. Tenían un gobierno con poderes políticos, económicos, policiales, educativos, televisivos. El País Vasco estaba a sus pies, soportando su propaganda y solicitando ayudas y subvenciones, nombramientos, sinecuras diversas. Imponían una lengua (lengua entrañable para sus hablantes, una joya para los lingüistas) que a los más no les interesaba (ni interesa). En fin: había, hay, un entramado completo de intereses creados.

Pues no se contentaron. Quisieron más. Por la mínima vanidad de tener unos señores que se llamaran ministros o embajadores. Y con bombas o sin bombas, con acuerdo o desacuerdo entre ellos, fracasaron. Tienen un gobierno que no gobierna y han destrozado el País Vasco. Y eso que acuden, buscando ayuda, a rivalidades españolas. Ya desde antiguo. Cuando los socialistas y los catalanistas organizaron la revolución del 34 y ya en esa fecha hubo una colusión con los vascos nacionalistas, aunque no culminó. Luego vino la guerra: la unión contra Franco lo justificaba todo. Y tras la guerra, la izquierda aplaudía a ETA: eran buenos demócratas, ya se amansarían. Los socialistas se oponían a las leyes antiterroristas.

Ahora mismo, prohombres socialistas del País Vasco toman partido a favor de la enésima «mesa». Quieren recuperar un trozo de poder. Otros, en el propio partido, están en contra: han aprendido. Pero están divididos. En Cataluña, con unas bases no nacionalistas, los socialistas hacen política nacionalista. Deberían unirse de una vez: la E de PSOE es «español».

¿Qué hacer, entonces, ahora? ¿Cuál es la conclusión? El PNV dice que no irá a la Asamblea de Municipios (órgano anticonstitucional, que ya tuvo antecedentes en el 34) mientras HB no condene la violencia. ¡Y rompe con HB...en Durango! No es suficiente. La violencia es condenable. Pero hay objetivos que no deben seguirse ni con violencia ni sin violencia. Esa Asamblea y ese pacto están fuera de todo contexto político racional, en cualquier circunstancia. Son anticonstitucionales. Los alcaldes no están para eso. Ni los partidos españoles. Ninguno debería darles oxígeno.

Dicen que la violencia callejera se resolverá cuando se resuelva el problema político de fondo: es decir, que es un arma para conseguir un resultado político, el mismo que ellos buscan, la independencia. Córtenla de una vez.

Pues bien: para ser admitidos sin despertar sospechas en el foro democrático español, los nacionalistas, todos, deberían decir ya de una vez que renuncian a la independencia. Que se contentan con ser gerentes, con los demás partidos, del Estatuto. Que se dejan de «fases estratégicas», de «mesas» y demás. Que cambien de objetivo. Esta es su única salida. Lo demás es confusión, eufemismos hipócritas y, al final, sangre. Que es todo lo que han conseguido para sí y para los demás. ¿Por qué no lo dejan?

Arzalluz no se sabe la lección
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 4 Agosto 2000

Ese movimiento elemental y pueblerino que es el nacionalismo vasco, a propósito del cual se ha escrito una montaña de literatura crítica, innecesaria y finalmente mitificadora, ha producido los dirigentes que se merecía.

Si José Antonio Aguirre y la dirección del PNV comprometieron a este partido clerical, tradicionalista y burgués con el Frente Popular, Arzalluz lo ha puesto en manos de una organización terrorista cuya ideología es una explosiva mezcla de leninismo y racismo, marxista para unos, fascista para otros: totalitario en definitiva. Si el primero llevó al PNV a la guerra y al exilio; el segundo lo está llevando al colaboracionismo con el terrorismo y a la destrucción. Por esa razón hace poco escribí en esta página que este político de vocación tardía que es Arzalluz no sólo es perverso para la convivencia española sino que es nefasto para su propia organización.

El error más grave de todos los que está cometiendo Arzalluz, y que supone un desconocimiento teórico verdaderamente impropio de un profesor de Derecho Público, es atribuir a ETA el privilegio de la administración de la violencia y, de este modo, reconocerla como un principio de Estado. No se trata de una equivocación de tipo táctico y coyuntural, ni siquiera estratégico: es un error que pone en peligro la existencia misma del PNV.

En efecto, desde el punto de vista de alguien que pretende «construir» un Estado no puede cometerse un error mayor que ceder el monopolio de la violencia a una organización extraña ya que eso equivale a concederle la legitimación que se merece al Estado. Como se sabe, sólo el Estado está legitimado para desempeñar esa función y ello porque, como dice Norbert Elías, los ciudadanos renuncian a ella mediante un acto de autocoacción en favor de aquel («Los orígenes de la civilización»).

Al firmar el Pacto de Estella, Arzalluz y la dirección del PNV han venido a reconocer en ETA el contrapoder eficaz y, por lo mismo, un proyecto de Estado vasco a la contra del español. De este modo se ha dejado la dirección del proceso independentista al nacionalismo extremista y radical quedando en posición subordinada el nacionalismo «moderado». Los Arzalluz, Egibar, Garaicoetxea... se consideran muy maquiavélicos al dejar el trabajo sucio a ETA mientras ellos hacen el juego institucional. Sus protestas de paz y sus proclamas contra los atentados son pura retórica ya que la verdad va por el pacto de Estella, es decir, por el acuerdo con el brazo político de ETA y por tanto con ETA misma. El PNV es consciente de que sin la colaboración de los terroristas no hay sueño independentista.

En esta lucha entre fuerzas abertzales por conseguir la hegemonía del proceso, el colectivo EH-ETA es el ganador. Él es el que ejerce desde la oposición las actividades propias del Estado hasta el punto de ser una amenaza para los propios miembros, dirigentes incluso, del PNV. Es ese proyecto de Estado totalitario el que marca con asesinatos la línea divisoria entre el universo abertzale y el «españolismo», el que decide con quiénes se puede pactar y con quiénes no, de tal modo que a veces llega a cortar con el asesinato posibles entendimientos entre el PNV y fuerzas políticas no abertzales.

La última ofensiva de ETA es no sólo una campaña de intimidación dirigida a la sociedad española sino una demostración de que quien manda en el mundo abertzale es ella y que el PNV es un compañero de viaje que pasa de la protesta a la colaboración más siniestra.

A rastras o voluntariamente, el PNV aparece cada vez más como la fuerza consentidora de un proyecto de Estado totalitario, identificado con ETA, que es la administradora exclusiva de la violencia, la que tiene el monopolio de ésta y que quizá algún día termine dirigiendo contra los propios dirigentes del PNV en el caso de que ofrezcan resistencia al proyecto acordado en los papeles de Estella.

El envilecimiento del PNV 
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 4 Agosto 2000

A los dirigentes del PNV no les cuesta mucho esfuerzo recurrir al tono plañidero de la queja victimista, porque ha llegado a ser en ellos casi una segunda naturaleza. Son otros los que mueren, pero son ellos los que se quejan. Unas quejas que no son ni un grito de protesta contra los asesinos ni una expresión de solidaridad con las víctimas, sino una manifestación de ese ombliguismo patológico que caracteriza a los nacionalistas. ¿Cómo es posible que después de cada uno de los atentados que esmaltan esta salvaje escalada terrorista arrecien los gritos contra el PNV? La cuestión es relevante y son varias las respuestas que se pueden aportar, después de excluir la paranoica teoría conspiratoria que mantiene el PNV, en virtud de la cual, detrás de cada grito de protesta contra el nacionalismo supuestamente moderado y democrático hay una estrategia del PP, una operación del CESID o las dos cosas a la vez.

    Al PNV, inmerso en su obsesiva manía persecutoria, le cuesta trabajo entender que las recriminaciones de que es objeto no obedecen a ninguna maniobra orquestada, sino que son fruto lógico del proceso de autoenvilecimiento a que se ha lanzado. Un envilecimiento repugnante, ante el que ningún bien nacido puede permanecer silente. Es evidente que ellos no disparan las pistolas ni ponen las bombas y es muy probable que muchas de las condenas contra un terrorismo que ellos nunca llaman así sean sinceras. Aunque el tono de otras permita dudarlo. Pero su «complicidad objetiva» es tan obvia que la gente ya no se lo calla, como ha hecho durante tanto tiempo, sino que lo clama a gritos. Esa «complicidad objetiva» estaba bien clara en la famosa teoría del árbol sacudido y las nueces caídas y recogidas, lanzada hace tiempo por Arzallus, que expresaba una perfecta división del trabajo al servicio de la misma causa y de los mismos objetivos. Cuando el PNV y su séquito insisten en que la paz, es decir el fin del terrorismo, tiene un «precio político» están justificando ese terrorismo en cuanto no se pague ese precio político que, ¡oh, casualidad!, es un precio que ellos también reclaman, por supuesto, por medios pacíficos. No hacen falta pruebas procesales para llegar a esa conclusión política que se impone con evidencia: Hay una «complicidad objetiva» entre PNV y Eta que, además, tiene su concreción institucional en el Pacto de Estella, denominado por Aznar «pacto de ignominia», aunque no le guste a Eguíbar. Quienes gritan en las plazas contra el alcalde de Guecho, contra el lehendakari o contra el gran padrino que es Arzallus, denuncian este hecho escandaloso y el aberrante cinismo de quienes quieren encubrirlo con la mayor de las hipocresías.

    Y este hecho, la conexión entre nacionalismo y terrorismo, no lo ven sólo los españoles y vascos, manipulados por esas perniciosas tertulias, que tan poco le gustan a Anasagasti, sino que es una realidad compartida por todos los analistas serios. En un reciente editorial de The Wall Street Journal Europe titulado «Los demonios de Europa», se atribuye el terrorismo de Eta «a las salvajes imaginaciones de algunos vascos nacionalistas» y se cita a Sabino Arana. Se recuerda que era racista y antisemita y que estimaba que sólo los vascos «étnicamente puros» tenían algo que decir en el País Vasco (lo mismo que dicen ahora todos los nacionalistas cuando hablan del «ámbito vasco de decisión» o cuando, como Arzallus, se quejan de la inmigración, en un expresivo lapsus, lleno de nostalgia por los métodos de la «limpieza étnica», practicada, no obstante, en tono menor, por el PNV, haciendo imposible la vida a quienes no son nacionalistas, y por Eta a tiro étnicamente limpio).

    Lo que está sucediendo es que la naturaleza totalitaria del nacionalismo (la Nación lo es todo para ellos y exige sacrificios de sangre) es cada vez más evidente. En sus orígenes, el PNV fue un partido reaccionario y antiliberal, lo que pone en duda su supuesto carácter democrático. Como les ha sucedido a otros, el PNV ha querido asignarse una irreprochable trayectoria democrática por su opción por la II República, por su oposición a Franco y, después, por su condición de miembro de la Internacional Demócrata Cristiana. Pero la ejecutoria no es cuestión de los clubes a los que se pertenezca sino de los actos que se realizan. No es lo mismo ser demócrata porque no queda otro remedio que serlo porque se aceptan y practican los valores democráticos, ajenos a todo nacionalismo excluyente.

    Durante demasiado tiempo se ha dicho que todas las ideas son defendibles si no se mata. Pero hay ideas que sí matan, aunque quienes las predican no inciten al asesinato. Es muy viejo aquello de que quien siembra vientos recoge tempestades y el PNV no ha hecho otra cosa que sembrar vientos en veinte años largos de democracia. Cuando se propaga el odio contra lo español, cuando se presenta como un hecho histórico la «secular opresión del pueblo vasco» por ese otro pueblo extraño que son los españoles, cuando se fabula una historia inexistente, se están sembrando vientos. Y quien lo hace no puede declararse inocente de los desmanes de otros, perpetrados en nombre de las mismas ideas y de la misma causa. Se deja de ser inocente también cuando se sitúa uno fuera del marco constitucional y se pretende su reforma, no por la aplicación de los mecanismos constitucionales previstos, sino por el chantaje, poniendo encima de la mesa, sin ningún escrúpulo, los cadáveres producidos por esos otros socios descarriados, que comparten los mismos valores de la exclusión nacionalista y forman parte del nosotros, del Volk, en cuyo nombre son aceptables todas las barbaridades. Como escribía Paul Johnson, «la principal razón por la que los hombres deciden vivir juntos, la razón de ese pacto vital y político es la Ley y la Constitución, y ya no la Raza, el Territorio o la Lengua». Pero el PNV no se ha enterado, porque, en su envilecimiento, no se da cuenta que ya hace frontera con el nuevo nazismo.

El vacío de Ibarreche y la oferta del obispo
Lorenzo Contreras La Estrella 4 Agosto 2000

José Luis Rodríguez Zapatero, nuevo secretario general del PSOE, acaba de vivir sus bodas de sangre con el cargo. En la capilla ardiente por el asesinado ex gobernador civil de Guipúzcoa Juan María Jáuregui, recibió el pésame, al parecer muy cálido y reconfortante, de José María Aznar. Zapatero da así en las peores condiciones de ánimo sus primeros pasos en la nueva situación política que le ha deparado el XXXV congreso socialista.

Mientras tanto Juan José Ibarreche, "lehendekari vasco", se enfrenta con el vacío político que provoca en torno suyo el avance de los hechos. En los últimos días ha tenido que soportar algún desplante de Aznar y las numerosas referencias a lo insostenible de una situación que parece reclamar, entre otras medidas, la convocatoria de nuevas elecciones vascas.

Para el "lehendakari" ha podido significar alguna compensación el convenido encuentro con el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, en la basílica de Loyola, en Azpeitia, donde su soledad política frente a los partidos estatales -tampoco se vió con Zapatero- halló la contrapartida del prelado. Una manifestación política revestida de acto religioso que conmemoraba la festividad de San Ignacio un día después de su fecha habitual.

Unas declaraciones previas de Ibarreche sobre la necesidad de que los partidos y grupos políticos adopten flexibles actitudes de diálogo habían sido replicadas por el portavoz del PP, Leopoldo Barreda, para quien "lo que el lehendakari llama flexibilidad se parece mucho a permisividad".

Ha sido fácil percibir, pues, el grado de tensión que se ha abierto paso entre las familias democráticas, para mayor satisfacción de ETA, que ve extremarse la situación buscada por su radicalizada estrategia. En sintonía con Barreda, el presidente del partido socialista de Guipúzcoa, Jesús Eguiguren, abundó en la necesidad de eficacia cuando dijo que se necesita algo más que palabras, como por ejemplo hechos, defensa de los derechos civiles y garantía de libertad para todos los vascos.

En una especie de diálogo espontáneo en medio de la distancia, monseñor Uriarte resaltó en su homilía que "dialogar no es claudicar". Le acompañaban en la ceremonia religiosa, cuarenta sacerdotes concelebrantes, lo cual da ideas del relieve que quiso darse al acto de la basílica.

Pero el mensaje de la homilía no acaba en esa exhortación argumental, sino que se amplió a la conveniencia de "futuros y mayores encuentros". Palabras que en boca del mediador eclesiástico que hubo en el encuentro ETA-Gobierno en Suiza, saldado con fracaso, no dejaba de ofrecer un interés extraordinario.

No hay precedente de un gesto público semejante en los tiempos del anterior obispo de San Sebastián, José María Setién. Aunque monseñor Uriarte recordara en su homilía a los presos etarras y al sufrimiento de sus familias, la línea pensante que sus palabras encerraron sonaron mucho a ofrecimiento de meditación.

La oración
Por Alfonso USSÍA ABC  4 Agosto 2000

Con todos los respetos, y desde el reconocimiento de mi fe, me atrevo a calificar de extremadamente ingenua la campaña de oración propuesta por el señor cardenal arzobispo de Madrid, monseñor Rouco Varela, para pedir el fin de ETA. El mundo está hecho como es, y la perversidad organizada no se deja vencer por las rogativas. Además, el señor cardenal tendría que haber anticipado la campaña unos cuantos años, no para pedir el fin de ETA, sino para exigir el pase a la reserva espiritual de alguno de los obispos de la Iglesia. De haberse dado ese agradable supuesto, quizá la ETA no contaría hoy con el respaldo popular de una buena parte de los católicos vascos. Le recuerdo a monseñor Rouco el sabio y conciso epigrama: «Llegaron los sarracenos/ y nos molieron a palos,/ que Dios ayuda a los malos/ cuando son más que los buenos». En este endiablado problema, hay más buenos que malos, pero los segundos actúan y los primeros se pierden en laberintos semánticos, complejos originales y oraciones a destiempo. Su compañero monseñor Uriarte, obispo de San Sebastián, confía más en «el diálogo» que en los rezos, y eso no supone ninguna novedad. Unos matan, otros mueren, y al final la Iglesia vasca predica que los muertos se sienten a dialogar y negociar con sus asesinos. Porque los muertos somos todos, y los asesinos, sólo ellos.

Se hallaba el capitán O'Ralleigh, profundo creyente, al mando de su compañía, defendiendo una cota estratégica en la sabana de Ulundi. Sus doscientos soldados respondían con heroica tozudez al ataque de veinte mil guerreros azules. Cuando ya no les quedaban ni balas, ni piedras, ni fuerzas ni nada, el capitán O'Ralleigh gritó: «¡Dios está a nuestro lado!». Fue entonces cuando el soldado Frederick Humphry, que se esforzaba en aquel instante en recoger un trozo de su oreja izquierda del suelo, se permitió su última ironía: «Pues menos mal, señor. Es un alivio». No pudo seguir ni recuperar su trozo de oreja por razones que no precisan de una crónica detallada. Dios estaba de su lado, pero no quedó ni uno. Y es lógico, porque a Dios se le pueden pedir milagros, pero no imposibles, y esto que pretende monseñor Rouco Varela es un imposible metafísico.

Cuando los buenos son muchísimos más que los malos y se dejan vencer por estos, no hay duda de que algo falla. Y ese algo nada tiene que ver con las oraciones, y sí bastante con la cobardía y la irresponsabilidad. La sociedad de los buenos, de los pacíficos, admite toda suerte de opiniones y proyectos, siempre que vayan unidos al respeto, la paz y la convivencia. Lo que no se puede admitir es que los buenos seamos tan gilipollas como hasta ahora hemos sido. Se puede acomodar una malvada cuarteta a la situación: «No me llames gilipollas/ llámame negociador/ que quiere decir lo mismo/ y suena mucho mejor». Aquí se negocia, se dialoga, se busca «no herir a los nacionalistas demócratas» (sic), y cada día que pasa los malos asesinan más y los buenos reaccionan menos. La culpa la tienen los legisladores, que no oyen la voz de la calle. Entre las prerrogativas que tienen los buenos, destaca la de imponer desde la Justicia, el castigo que merecen los malos. Un castigo limpio y justo, nunca vengativo ni irreparable. De funcionar así la sociedad, no tendríamos que soportar la presencia de un asesino como «Josu Ternera» sentado en un parlamento y formando parte de una llamada comisión de Derechos Humanos. Pero el miedo y los complejos pueden, y se olvidan las promesas. Ante el terrorismo no caben las generosidades. Los legisladores tienen en su mano acentuar el castigo de los terroristas con el cumplimiento íntegro de sus condenas. Pero ya han salido los tontos de siempre protestando por esta iniciativa, que es promesa apoyada por la mayoría de los ciudadanos con derecho al voto. Y para colmo, nos viene el bueno del cardenal Rouco y nos propone el remedio de la oración. Pues amén, monseñor, amén y amén.

Euskadi: ¿qué soberanía? ¿qué independencia?
JORDI SOLÉ TURA El País 4 Agosto 2000

La imagen de la excarcelación de algunos de los terroristas más brutales de Irlanda del Norte, unionistas unos, miembros del IRA otros, es la expresión más descarnada de lo que el obispo surafricano Desmond Tutu resumió en su reciente visita a Euskadi cuando le preguntaron qué había que hacer para acabar con la violencia. El obispo contestó que no tenía ninguna receta mágica, que cada país es diferente, pero que todos los casos de confrontación violenta que ha conocido, empezando por su propio país, la Unión Surafricana, terminan cuando las partes enfrentadas acaban pactando. Decir esto hoy en Euskadi puede parecer un sarcasmo intolerable. Pero también parecía un sarcasmo intolerable la excarcelación de los terroristas de Irlanda del Norte y ahí están las fotografías de su salida de la cárcel.

Escribo estas líneas bajo el terrible impacto del asesinato de Juan María Jáuregui, otro amigo y compañero, primero en el PCE y después en el PSOE, y no sé cuántos más demócratas van a morir por la furia asesina de ETA antes de que se publiquen. Sé, por consiguiente, que hablar de pacto hoy en una sociedad vasca tan convulsionada por la violencia etarra y la crispación política puede parecer una ingenuidad o una frivolidad imperdonable. Pues bien, a pesar de todo, creo que hay que hablar de pacto y de los caminos que pueden conducir al mismo, aunque sólo sea para aclarar posiciones y definir el terreno político del futuro. En definitiva, pactar quiere decir hasta dónde puede y quiere llegar cada uno, qué puede ofrecer y qué puede aceptar o no del adversario. Dicho de otra manera: si soberanía e independencia son, por ejemplo, dos conceptos que resumen todo el programa de Lizarra, hay que hablar de soberanía e independencia.

¿Es posible, por ejemplo, pensar en una entidad vasca soberana e independiente como perspectiva de futuro? Los firmantes de Lizarra así lo proclaman pero lo cierto es que ambos conceptos, la soberanía y la independencia, están en trance de desaparecer en la Europa comunitaria en construcción. ¿En qué consiste la independencia, por ejemplo, en el marco de la moneda única? ¿Qué nuevas fronteras se pueden crear cuando están desapareciendo las actuales? ¿Qué identidades seguirán proclamándose soberanas e independientes en el marco futuro de la ciudadanía única sin engañarse a sí mismas? Más todavía: en el espacio de la nueva Europa en construcción y en el terreno general de la globalización ¿qué país es realmente soberano e independiente, en el sentido material y concreto, o sea, más allá de los símbolos y de las parafernalias estatales o autonómicas? ¿Lo es España, por ejemplo? ¿Lo son o lo serán los Estados, las nacionalidades, las regiones y las ciudades de la Unión Europea?

Hablar hoy de soberanía e independencia en el nuevo espacio europeo es hablar del pasado cuando lo que está en juego es, precisamente, la construcción del futuro. Éste será, sin duda, muy complejo, pero saldrán adelante las nacionalidades, las regiones y las ciudades que tengan más capacidad de integrar a poblaciones plurales, de conectar y trabajar con los vecinos y de abrir puertas al diálogo, al pluralismo y a la cooperación. Y esto nos lleva a otro gran tema, como es el del modelo de sociedad.

¿Cómo conciben, por ejemplo, la sociedad vasca del futuro los nacionalistas partidarios de la independencia y la soberanía? ¿Cómo una sociedad bilingüe? Hoy ya lo es y sería el colmo de la estupidez y de la vesania utilizar el terror para crear lo que ya existe. ¿Sería, por el contrario, monolingüe? Esto supondría la expulsión de, por lo menos, la mitad de la población vasca, algo que ni esta población, ni ninguna fuerza democrática, ni ningún organismo europeo o mundial se resignaría a aceptar.

¿Y en qué consistiría la economía soberana e independiente? ¿Se mantendría la actual Euskadi bancaria, industrial y comercial, la facilidad de intercambios y las estructuras modernas de ahora? De ser así volvemos a lo de antes: ¿por qué matar con tanta saña para conseguir lo que ya se tiene? ¿O recurriría Euskadi al modelo mafioso e inmoral de un paraíso fiscal, armado hasta los dientes para asustar a los competidores?

Y en el plano cultural ¿jugaría Euskadi la baza de la comunicación y del intercambio en la cultura y en el deporte como ahora? ¿Sería una sociedad plural y abierta a todas las novedades? ¿Para qué matar, pues, si esto ya se tiene? ¿O se enquistaría en una sociedad huraña y aislada y en un país oscuro vigilado por violentos apóstoles de la fe y la raza?

Éstas son algunas de las preguntas sin respuesta que se ocultan detrás de conceptos etéreos como la soberanía y la independencia. Se podrían hacer muchas otras y el resultado sería el mismo. Por esto hay que decir con toda rotundidad que por este sendero no se va a ningún sitio y que el contenido del presunto pacto que algún día acabará con las crueldades y la locura del presente sólo puede girar en torno a tres o cuatro cosas fundamentales, como la posible ampliación de las competencias estatutarias, el fin de la violencia, la presencia o no presencia de determinadas fuerzas policiales en Euskadi, el acercamiento de los terroristas encarcelados y, al final, la liberación de éstos. Por mucho que se hurgue no hay más que ofrecer ni desde el conjunto de España ni desde el conjunto de Europa.

Naturalmente, para que todo esto pueda constituir el núcleo de una indispensable negociación, las fuerzas democráticas deben ir juntas hasta el final -o sea, hasta la liberación de los etarras encarcelados-. Como le dijo el nuevo secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, al presidente del Gobierno, José María Aznar, una cosa es hacer un frente común contra el terrorismo y otra es aprovechar la circunstancia para presionar a un PNV que también está presionado por Euskal Herritarrok y ETA, con la vista puesta en unas elecciones anticipadas y una batalla electoral pensada para convertir al ministro del Interior en lehendakari. Es cierto que los dirigentes del PNV, aferrados al timón contra las olas que les caen, se han encerrado en el torreón, no sé si de proa o de popa, y no ofrecen más salida que protestar y dar tiempo al tiempo. Pero, por más que tiendan al aislamiento, ni el PP ni el PSE -especialmente el PSE- pueden dejarlos de lado, porque en el largo camino hacia la paz y el pacto final ningún vasco va a poder ser neutral y, precisamente por ello, es necesario que el frente de los demócratas, nacionalistas o no, sea sólido, coherente y audaz. Jordi Solé Tura es senador por el PSC-PSOE.

¿Hay un camino a la izquierda?
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 4 Agosto 2000

El XXXV Congreso del PSOE ha solucionado brillantemente problemas puramente formales. Un nuevo rostro joven y seductor, una recomposición de la unidad, un cambio generacional a todos los niveles, una ruptura controlada con el siniestro pasado de corrupción y guerra sucia, un discurso al fin suelto y alegre, la sustitución del pesimismo por la esperanza y un cambio general de imagen en sentido positivo, ilusionado y dinamizador. Todo esto está muy bien y cualquier español sensato, con independencia de su adscripción política o simpatía partidista, se ha de felicitar de que el país disponga de una oportunidad para que se configure una oposición cohesionada, moderna, fuerte y sensata.

    Sin embargo, una vez arreglada la fachada, hay que amueblar el edificio. El socialismo español no sólo estaba, por lo menos hasta el pasado 23 de julio, moralmente desacreditado sino, lo que es aún más grave, intelectualmente desarbolado. Hacía mucho tiempo que desde la calle Ferraz no surgía una idea atractiva, una conceptualización original o un análisis penetrante. La principal fuerza de la oposición andaba empantanada desde su derrota electoral de 1996 en la repetición mecánica de lugares comunes desacreditados, la crítica mal fundamentada a la acción del Gobierno de Aznar o la exhibición de un guirigay doctrinal que les asemejaba más a un aula revoltosa de adolescentes en ausencia del profesor que a una organización seria y solvente.

    Despejada la cuestión del liderazgo y de la prejubilación más o menos indolora del felipismo, la sociedad española espera de la ejecutiva encabezada por Rodríguez Zapatero respuestas a preguntas que no admiten vacilaciones, indefinición ni demora: ¿Qué Ley de Extranjería para hacer frente a la ola oscura y desesperada que rompe contra nuestras playas huyendo de la enfermedad y de la miseria? ¿Qué reforma de las Humanidades? ¿Qué arquitectura institucional para una Unión Europea de veintisiete miembros? ¿Qué sistema de pensiones sostenible en el medio plazo? ¿Qué modelo de Estado autonómico? ¿Qué concepto de España como Nación plural? ¿Qué línea estratégica para devolver al País Vasco al ámbito de la civilización y rescatarlo de la insania asesina? ¿Qué medidas económicas contra la inflación? El slogan del cambio tranquilo, el propósito de mantener un talante sereno y constructivo en la confrontación con el adversario, la elegancia en el lenguaje y en el gesto, son notas de agradecer, pero las cuestiones pendientes son de tal envergadura y urgencia que el sosiego no puede en modo alguno derivar en inoperancia.

    La izquierda siempre se ha distinguido históricamente por su enorme capacidad de formulación teórica aunque, eso sí, con un pequeño inconveniente: sus gigantescas construcciones ideológicas se han demostrado invariablemente equivocadas. La recién estrenada cúpula del PSOE ha exhibido habilidad, oportunidad y agilidad. Ahora está obligada a probar que tiene un proyecto en la cabeza.

Verano 2000: sólo una nube
José María CARRASCAL La Razón 4 Agosto 2000 

No importa que vaya uno al norte o al sur, al este o al oeste, a las montañas o a la costa, a las islas o al interior: lo encontrará todo lleno de gente. Están abarrotadas piscinas y balnearios, hoteles y campings, museos y restaurantes, bingos e iglesias, senderos y autovías. Madrid, que solía quedarse medio vacío en agosto, sigue teniendo problemas de circulación en las horas puntas y si usted es tan ingenuo como para creer que va a encontrar aparcamiento en la calle va listo. 

En cuanto a las terrazas de la Castellana, cuando se acercan las tres de la madrugada, simplemente, revientan. ¿De dónde ha salido tanta gente?, es lo primero que se le ocurre a uno. Hay extranjeros, sí, ingleses y alemanes, franceses e italianos, holandeses y suecos, japoneses y rusos, de mochila y de hotel de cinco estrellas. Pero la inmensa mayoría de los que atiborran nuestro país en este verano son españoles. Españoles y españolas de todas las edades y condiciones, clases sociales y lugares de origen. Los líderes autonómicos hacen todo lo posible para vender sus comunidades, pero a la hora de la verdad a quienes menos parecen convencer es a sus propios ciudadanos. Se encuentra uno catalanes en Finisterre, gallegos en Almería, vascos en Marbella, andaluces en Santander, aragoneses en Benidorm, asturianos en Gandía y madrileños por todas partes. La España única y plural que proclama la Constitución nunca es tan verdad como en verano.

    Pero volviendo a la pregunta inicial, ¿de dónde sale tanta gente? Una explicación es que medio país está de vacaciones y los que trabajan lo hacen sólo media jornada, saliendo la otra media. Nadie se queda en casa, todo el mundo está en la calle. El verano, modesto, ruidoso, superficial, ardiente, es la estación más democrática. Se vive más de noche que de día, y de noche todos los gatos son pardos. No hay abrigos de visón que marquen diferencias, y una chica con un faldita de rebajas puede batirse sin desmerecer con la compañera de un banquero que se ha gastado en Nueva York cien mil dólares en ajuar de temporada. Todo el mundo bebe cerveza, todos los periódicos se aligeran y todas las vidas se frivolizan. Hay como una tregua estival, que entierra animosidades y aplaza conflictos. España entera se ha lanzado a gozar de este primer verano del nuevo siglo con auténtica pasión. 

Sólo Eta está decidida a aguarnos la fiesta. Ya lo ha hecho más de una vez. Pero si cree que va a acabar con la alegría que impregna este país de punta a punta, está pero que muy equivocada. Se necesita bastante más que una banda criminal y unos políticos de mente torcida para ahogar la jovialidad de un pueblo que finalmente ha resuelto el problema de cómo comer, cómo vestir, cómo convivir y cómo gobernarse, que tantas tragedias le causaron en el pasado. Verano del 2000, nunca habían veraneado tantos españoles, ni nunca tan pocos habían estado tan lejos de la corriente general. Pero ya lo dice el refrán: No hay verano sin nubes.


Los radicales tratan de reventar una concentración pacifista
La Ertzantza tuvo que disparar al aire pelotas de goma para dispersar a los alborotadores que lanzaron amenazas contra los representantes del PP y del PSOE. El Partido Popular ha presentado una querella por estos hechos.
EFE Libertad Digital 4 Agosto 2000

La concentración contra el terrorismo desarrollada en las calles de San Sebastián en la tarde de este jueves ha estado marcada por los continuos enfrentamientos verbales y las amenazadas lanzadas por un grupo de radicales contra los pacifistas convocados por la iniciativa ciudadana "Basta Ya". La tensión se prolongó durante cerca de media hora hasta que intervino la Ertzantza para dispersar a los radicales. Durante los incidentes, los alborotadores profirieron amenazas de muerte a la presidenta del PP de Guipúzcoa, María San Gil, que participaba en el acto pacifista. Su partido ha presentado una querella por estos hechos. Además, la representante popular ha criticado la actuación de la Ertzantza por no impedir desde un principio la contramanifestación. La Policía autónoma ha identificado ya a cuatro de los individios que amenazaron a San Gil con frases como "pegarla hasta la muerte" y gritos de "gora ETA" que constituyen delito por apología del terrorismo.

Los hechos comenzaron a las 20:00 horas, cuando más de 300 personas se congregaron en los jardines de Alderdi Eder, frente al Ayuntamiento donostiarra, en respuesta a la convocatoria que, en solidaridad con las personas amenazadas y agredidas, realiza cada primer jueves de mes la plataforma "Basta Ya", bajo el lema "Por la libertad. ETA fuera". Nada más comenzar la concentración pacifista, que iba a ser silenciosa, se situaron enfrente, a escasos metros de distancia, cerca de un centenar de jóvenes con ikurriñas y una pancarta con el lema en euskera "Dad la palabra al pueblo vasco".

A partir de ese momento, se sucedieron continuos cruces de gritos entre ambos grupos, que tuvieron que ser separados por efectivos antidisturbios de la Ertzantza. Ante la negativa de los alborotadores a deponer su actitud, la Policía Autónoma vasca disparó varias pelotas de goma al aire para dispersarlos. Finalmente, los radicales abandonaron la zona lanzado gritos en los que pedían coches bombas como solución a la represión.

Basta Ya abandona las concentraciones en Bilbao y Vitoria
La iniciativa ciudadana Basta Ya ha suspendido dos de las tres movilizaciones contra el terrorismo que cada jueves primero de mes llevaba a cabo en las capitales vascas. Sólo mantiene la de San Sebastián. La decisión de interrumpir estas convocatorias, según el miembro del Foro de Ermua, Ernesto Ladrón de Guevara, se debe a que no es conveniente “desperdigar las energías” ciudadanas con “movimientos de tipo testimonial” en un momento álgido de atentados de ETA. El Foro de Ermua apuesta en este caso por potenciar una movilización más activa contra el terrorismo.

La concentración silenciosa se ha mantenido en San Sebastián y ha sido la tercera que se celebra desde que el pasado jueves 1 de junio la plataforma inició esta serie de movilizaciones mensuales con independencia de “la agenda criminal de ETA”.Sus promotores consideran que “los objetivos” por los que decidieron convocar una concentración cada primer jueves de mes en la capital guipuzcoana “siguen vigentes”. Entienden que es necesario mantener las muestras de apoyo a todas aquellas personas que padecen amenazas y agresiones “por defender los valores democráticos”.

¿Sirve para algo la Historia?
JAVIER PANIAGUA El País

El informe de la Academia de la Historia sobre la enseñanza de esta materia en la secundaria ha provocado que el tema de las humanidades haya vuelto a la primera página de la actualidad. La cuestión se ha centrado en qué Historia enseñar, es decir, cuáles son los mínimos que un estudiante de la ESO o de bachillerato debe aprender desde el cabo de Creus hasta Tarifa, desde Algeciras hasta las Rías Baixas. Y otra vez se han utilizado parecidos argumentos, con más o menos matices de nuevo cuño, que se emplearon cuando se discutió aquel proyecto de decreto que preparó la ex ministra Aguirre y que supuso la derrota del Gobierno de Aznar en la pasada legislatura porque socialistas y nacionalistas, aunque por distintas causas, votaron en contra.

Según el informe de la Academia, calificado por algunos de frívolo y poco riguroso, se estaría tergiversando una manera de enseñar y difundir la Historia de España desde distintas nacionalidades -Cataluña y Euskadi principalmente-, donde el problema está más agudizado, al transmitir una interpretación sesgada de lo que ha sido dicha historia para, en el fondo, demostrar que eso de España no es más que una unidad de cuartelillos de la Guardia Civil en lo universal o, en todo caso, la Liga de fútbol. Y desde esta perspectiva lo demás forma parte de la ideología de un Estado que ha defendido un españolismo como concepto nacional que nada tiene que ver con la realidad de unas naciones ("nacionalidades" en la terminología constitucional) que no han podido convertirse en Estado como le pasó a Portugal.

Lo que subyace en los académicos (y hago una interpretación libre del informe) es que en los contenidos de diversos libros de textos y la aquiescencia de algunos profesores, que estarían haciendo proselitismo nacionalista, España sería una especie de antigua Yugoslavia, con más tradición en todo caso como unidad histórica, donde el multiculturalismo y las diferencias nacionales habrían sido suprimidas, y, por tanto, proponen combatir la idea transmitida en varias generaciones de historiadores donde se la concibe como una esencia histórica acumulada desde siglos o, en un sentido más suave, desde la llegada de los Borbones a principios del siglo XVIII o, ítem más, desde la aparición de la conciencia nacional con la rebelión frente al Ejército francés en 1808. Liberales, progresistas y moderados, republicanos de todo cuño, incluido los federales, van generando a lo largo del siglo XIX, como ocurre en otros países de Europa, la idea de que existe una unidad "histórica", una voluntad colectiva que se ha ido fraguando a lo largo del tiempo y que ha dado como resultado una entidad, España, que ha pervivido durante varios siglos.

Se compartan las tesis de Herder, y parte de la filosofía alemana romántica, donde la nación está por encima de la voluntad de los individuos por cuanto éstos, en contra de lo que pensaban los ilustrados franceses, no son seres universales, sino que nacen en una comunidad cultural determinada con una lengua propia en la que piensan y se expresan, o se esté de acuerdo con Renan, para quien la nación sería la voluntad de permanecer unidos en el tiempo, España ha existido, y existe, a pesar de sus problemas y contradicciones. Después vendrán los grandes historiadores-filósofos para interpretar cuál es el ser de esa realidad y en qué tiempo comienza (Américo Castro y Sánchez Albornoz son los exponentes de una polémica clásica). El carlismo sería para algunos investigadores el residuo de unos sectores antimodernos que pretenderían permanecer en el Antiguo Régimen y que se prolongaría, en parte, en las bases ideológicas de los nacionalismos españoles contemporáneos en su modalidad conservadora, la Lliga en Cataluña o el PNV en Euskadi. Un sector del federalismo popular y republicano contribuirá a la asunción de que existen diferencias sustanciales en parte del territorio español y ayudará a fraguar un nacionalismo de izquierda conectado con las clases populares que se concretará en partidos como el de Maciá o Companys en Cataluña. Historiadores como Soldevila, activistas y escritores como Prat de la Riva o Almirall en Cataluña, ideólogos como Sabino Arana en el País Vasco, o Castelao y Vicente Risco en Galicia, así como años más tarde, en la década de los sesenta, Joan Fuster en Valencia con su libro Nosaltres els valencians, entre otros muchos desde principios del siglo XX, reaccionaron contra el concepto de una España única e incluso cuestionaron que se pudiera hablar propiamente de ella más allá de un Estado que no supo articular como el francés, desde la escuela o la Administración pública, una unidad sin grandes problemas nacionales, a pesar de corsos, bretones o vascos franceses.

Y todavía continuamos en el asunto. Cientos de historiadores publican tesis, realizan trabajos de investigación o generan polémicas historiográficas dentro de los claustros universitarios de muy distinto tipo. Que si el nacionalismo es un producto de una burguesía contraria a la política elaborada en Madrid, que si la lengua propia ha permanecido por encima de unificaciones, que si las clases populares son las verdaderas sustentadoras de la defensa nacional, etcétera.

Pero, en mi opinión, el problema no radica en qué historia enseñar o cómo enseñarla, según pretenden los didactas dando más importancia al método y declinando los contenidos, puesto que lo esencial es que el alumno pueda abordar los problemas históricos con "sentido crítico" y la historia sea una asignatura de valores que sirva, en el mejor de los casos, para la convivencia entre todos los españoles al tiempo que pueda contribuir a comprender el mundo, como diría Reglá, saber cómo éramos en el pasado y entender el presente. En este aspecto daría igual los temas a estudiar, porque lo sustancial es transmitir los valores de civilización y convivencia a la vieja usanza ilustrada. ¿Qué más da que los estudiantes sepan quiénes eran los Reyes Católicos? Otros, en cambio, recalcan que una "ciencia" como la historia ha de estar llena de materia sustantiva, lo que implica una docencia con un programa de temas concretos.

Hubo una época -desde los años sesenta hasta pasada la transición- en que la Historia se convirtió en un elemento esencial para entender los tiempos en que estábamos viviendo, fue el momento del auge de las publicaciones historiográficas por ser la clave para percatarnos de cómo evolucionarían los acontecimientos, al tiempo que se recuperaban aspectos de nuestro pasado escondidos por el franquismo. Pero posteriormente la materia perdió crédito popular, no estaba claro que por saber cosas del pasado pudiéramos actuar mejor sobre el presente, y a las pruebas me remito: las opiniones de los historiadores son tan respetables, certeras o equivocadas como las de cualquier ciudadano bien informado, y ningún historiador, por ejemplo, fue capaz de predecir la caída del muro de Berlín y la desaparición de los países de economía planificada. Por tanto, ¿adónde lleva tanta investigación historiográfica en las universidades? Principalmente a un círculo que se sustenta en sí mismo. Ya es importante que el Estado del bienestar dedique partidas presupuestarias a pagar a los que nos dedicamos a enseñar o investigar sobre historia. Es toda una atención a la erudición y a la cultura que otros países no pueden permitirse. Estoy francamente contento de ello, pero tengo la sensación de que nuestros trabajos están sirviendo para ornamentar las conmemoraciones de determinados acontecimientos históricos o discutir con virulencia sobre tal o cual interpretación que tiene escasa incidencia sobre el personal. Claro que eso también ocurre con las publicaciones, por ejemplo, de química orgánica, el problema es que en esta especialidad pueden existir factores que repercutan en el bienestar material, aunque nadie se entere de la multitud de artículos científicos que se publican. El químico no tiene la obsesión de salir fuera y ser conocido, sino reconocido en su ámbito científico. En cambio, el historiador o se hace gacetillero o tertuliano, pero le quedan pocas opciones de hacer de su trabajo algo más que un puro análisis de temas del pasado que quedará limitado a sus departamentos. Mientras tanto, el profesor de secundaria, que no puede abarcar ni tan siquiera al nivel de lectura todo lo que se investiga, se ve obligado a enfrentarse a una generación de estudiantes para los que el franquismo es como el auriñaciense y no le sirve la historia para comprender lo que quiere o desea. Busca el futuro y no está nada claro que para encontrarlo necesite saber lo que ocurrió antes. Por eso todas las interpretaciones que se hagan, nacionalistas o no, servirán para poco, al fin y a la postre muchas gentes de izquierda o conservadores estudiaron en escuelas religiosas o públicas y eso ha sido poco determinante para sus opciones ideológicas como adultos. No porque se enseñe en las ikastolas una determinada concepción histórica va a aumentar o disminuir el nacionalismo vasco. Hoy se imparte de una manera la historia en Cataluña, Castilla o Andalucía porque existe un ambiente determinado, y no al contrario. Lo que haga un profesor en clase será siempre imposible de controlar, a no ser que metamos árbitros-comisarios que paren la explicación y saquen la tarjeta roja, lo que veo difícil en los tiempos que corren.
Javier Paniagua es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales en la UNED.

Nota del Editor: Un nacionalista culto
4 Agosto 2000

En el plano lingüístico al menos, pues aparecen palabras en gallego, catalán y vasco. En cuanto a las ideas, el lector está muy preparado para ver los troncos que pretende pasar entre tanta hojarasca. Llama ideólogo a Sabino Arana.

El español será la segunda lengua opcional en el bachillerato libanés
EFE Libertad Digital 4 Agosto 2000

El español será la segunda lengua opcional en el bachillerato libanés, gracias a un acuerdo alcanzado entre el Ministerio de Educación del Líbano con España y varios países latinoamericanos, según fuentes diplomáticas. Esta decisión se debe a la cantidad de libaneses que tienen el castellano como lengua materna, tras las largas estancias en América Latina.

Hasta ahora el bachillerato libanés se podía cursar en árabe en todas las materias y en inglés o francés en algunas, aunque algunos colegios ofrecían programas en español.

El Instituto Cervantes de Beirut acoge cada año a centenares de libaneses que quieren aprender el español. Este centro es uno de los principales de esta institución en el Oriente Medio

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