AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 30  Agosto   2000
#Apología y consentimiento
Editorial El Correo 30 Agosto 2000

#Un paso al frente
JAVIER ELZO El Correo 30 Agosto 2000

#Capitanes sin rumbo
ANTONIO ELORZA El Correo 30 Agosto 2000

#Revolución de las conciencias
Edurne URIARTE ABC 30 Agosto 2000

#Contra Eta y HB no hay medias tintas
EDITORIAL La  Razón  30 Agosto 2000

#Los auténticos imprescindibles
Carlos Martínez Gorriarán, Profesor de Filosofía de la Universidad del País Vasco ABC  30 Agosto 2000

#Disolución anticipada
Editorial ABC  30 Agosto 2000

#DE HENDAYA A ZUMARRAGA: LOS NAZIS MATAN AQUI Y AHORA
Editorial El Mundo  30 Agosto 2000

#Indiano
ERASMO  El Mundo  30 Agosto 2000

#Siete negritos
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón  30 Agosto 2000

#Ganar la libertad
CARLOS ITURGAIZ El Mundo 30 Agosto 2000

#Un País Vasco para todos
MARIA SAN GIL  El Mundo 30 Agosto 2000

#Héroes de nuestro tiempo
José María CARRASCAL La Razón 30 Agosto 2000

#El suma y sigue de los crímenes etarras
Lorenzo Contreras La Estrella  30 Agosto 2000

#Objetivo, romper el PP
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC   30 Agosto 2000

#Presiones
Ramón PI   ABC   30 Agosto 2000

#Legitimar el terrorismo
Ignacio Villa Libertad Digital 30 Agosto 2000

#El duelo
Jaime CAMPMANY ABC  30 Agosto 2000

#Aquí se viene a morir
David GISTAU La Razón   30 Agosto 2000

#Cuando las palabras tienen doble filo
Manuel MARTÍN FERRAND ABC  30 Agosto 2000

#La política como semántica o al revés
Joaquín MARCO La Razón   30 Agosto 2000

#No nos vale el dolor del PNV
Carlos DÁVILA ABC  30 Agosto 2000

#¿Medidas excepcionales?
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón  30 Agosto 2000

#El sofisma y la ruina
Valentí PUIG ABC 30 Agosto 2000

#Jean Pierre Chevènement, un político de principios
Impresiones El Mundo 30 Agosto 2000

#Los pistoleros de Eta se ensañaron con Indiano y le dispararon a bocajarro en trece ocasiones
M. R. Iglesias - Zumárraga (Guipúzcoa) .- La Razón  30 Agosto 2000

#Vecinos de Zumárraga se enfrentaron a los concejales proetarras al grito de «asesinos»
M. R. Iglesias - Zumárraga (Guipúzcoa) .- La Razón  30 Agosto 2000

#Aznar: «No hay espacio intermedio entre la democracia y los terroristas»
Redacción - Gdansk (Polonia) .-  La Razón  30 Agosto 2000

#Los altos hornos del terror nunca se apagan
Pedro CORRAL ABC  30 Agosto 2000

#Las madres jóvenes parirán huérfanos
Editorial El País 30 Agosto 2000

#El amigo objetor
Editorial El País 30 Agosto 2000

 

Apología y consentimiento
Editorial El Correo 30 Agosto 2000

Las balas de ETA volvieron a arrebatar ayer la vida a una persona por el mero hecho de representar a sus conciudadanos en el Ayuntamiento de Zumarraga a través de las siglas PP. La saña con que los terroristas dieron muerte a Manuel Indiano es el ejemplo más elocuente del exterminio físico y moral con que el terror trata de acabar con el adversario para obligar a arrodillarse a todo un pueblo. Junto a los pistoleros, adiestrados en el fanatismo hasta ser inmunes a la mirada de sus víctimas, la barbarie se perpetúa sobre la doble complicidad de la apología y el silencio. Ciertamente, toda indignación es poca cuando se contempla cómo grupos de enardecidos gritan consignas amenazantes en un alarde del poder que transfieren a ETA para que actúe en su nombre. Pero además, desde la apología hasta el consentimiento, el terrorismo ha logrado agrupar en torno a sí auténticos círculos concéntricos de conciencias envilecidas y alienadas que jamás serán capaces no ya de condenar las actuaciones etarras, sino ni siquiera de solicitar tímidamente a la banda que abandone la violencia. La izquierda abertzale se ha convertido en un monumento a la sumisión ante ETA. Esa misma sumisión es la fuerza que arrastra tras de sí a toda una masa incapaz de sentir compasión alguna ante el dolor ajeno. En un artículo reciente, el coordinador de la Mesa Nacional de HB, Joseba Permach, escribía: «Sé que no somos los únicos que sufrimos. Pero, igualmente, sé que no somos nosotros los culpables, que no somos nosotros quienes deseamos la prolongación de esta situación, que no somos nosotros quienes quieren que sigan fluyendo más lágrimas». Pretender dialogar políticamente con alguien que habla así consigo mismo no es sólo una quimera, sino la forma más estúpida de alimentar su cruel desvarío.

Manuel Indiano murió asesinado en plena juventud, y un nuevo ser humano vendrá al mundo con una pregunta en el alma: «¿Por qué este país dejó que mataran a mi padre?». Es la pregunta que debe hacerse la sociedad vasca, y en especial los responsables políticos. No nos vamos a engañar. La acumulación de la tragedia, muerte tras muerte, genera tanto hastío como insensibilidad. La noticia de un nuevo atentado es recibida por muchos ciudadanos como un hecho desagradable del que mejor no hablar. Un lamento distante y obligado puede estar presente en los comentarios de la gente. Un deseo tan cierto como callado de que todo esto se acabe. Pero, como si el asesinato formase parte de la normalidad, la vida cotidiana apenas se resiente. El dolor de las víctimas no ha llegado a desgarrar la conciencia colectiva este verano; y ningún festejo ha sido suspendido por respeto a los que más sufren. Cuando pasen las horas de la emoción y las inmediatas muestras de solidaridad, una nueva familia percibirá la soledad por la ausencia del ser querido que les fue arrebatado para siempre. Y esa otra soledad, impuesta por el olvido de su drama en una sociedad poco dispuesta a mostrar su rebeldía ante el exterminio, hará menos llevadero su dolor. Mientras tanto, un número creciente de ciudadanos vivirá indefenso y atemorizado, con tal sensación de impotencia que sólo la vivencia de la fatalidad atenuará su pavor.

La escalada de ETA evidencia que su propósito nada tiene que ver con cualquiera que sea la solución que la sociedad vasca decida dar a sus problemas políticos. Por eso, los despliegues de ingeniería con que determinadas organizaciones pretenden allanar el camino del diálogo -en esta ocasión a través del llamado ‘tercer espacio’- no sólo representan ejercicios estériles y siempre arriesgados, sino que además constituyen una muestra de la extraordinaria insensibilidad con que -en nombre de la responsabilidad política- la presencia cotidiana de la muerte se convierte en elemento especulativo. Durante demasiado tiempo los artífices de Lizarra han insistido en que condenar los actos de violencia no era suficiente; que era necesario hallar la solución del problema. Sin embargo, los acontecimientos nos vuelven a presentar el mismo problema que aquejaba a la política y a la sociedad vasca con anterioridad a 1988: un panorama de división propicia la persistencia del terror.

El problema no es que condenar la violencia resulte insuficiente; el problema es que la condena no se está produciendo con la rotundidad, firmeza y ánimo unitario suficiente como para que active la reacción de la sociedad democrática. Una vez más, el lehendakari Ibarretxe ha pedido una respuesta «sin fisuras» frente a la violencia. Pero son los hechos de su política los que tienen que corroborar sus propias palabras. Mientras el lehendakari y su partido rehuyan participar en la recuperación del consenso democrático contra la violencia, seguirán aportando más fisuras que unidad frente al desafío de ETA.

 

Un paso al frente
JAVIER ELZO El Correo 30 Agosto 2000

Es posible decir algo nuevo, que no se haya ya dicho y redicho, después del último asesinato de Zumarraga, del concejal del PP Manuel Indiano Azaustre? ¿No es añadir dolor y morbo a una situación que se está rutinizando? Siempre lo mismo. Asesinato en sitios distintos para dar muestra de capacidad a la par que ridiculizar a las fuerzas de seguridad. Interrupción de la vida oficial. Autoridades que se dirigen presurosas al lugar del crimen. Declaraciones de los políticos, mirados con lupa por los demás políticos y por los comentaristas y tertulianos de oficio. Páginas a rebosar en la prensa con descripción detallada del asesinato, declaraciones de familiares, conocidos, amigos... Biografía del asesinado y de su familia: un hijo de siete meses en el vientre de su madre, en este caso. Artículos y más artículos. Como éste. Telediarios casi monopolizados por el asesinato. Entre tanto, la ciudadanía queriendo mirar a otro lado presa de angustia, impotencia, rabia y hastío.

Pero no hay que callar. Tres ideas me vienen a la cabeza en este momento. En primer y principal lugar, la absoluta necesidad de manifestar a los más cercanos al asesinado así como a las víctimas potenciales (todos lo son, pero unos mucho más que otros), a los que, hoy por hoy, tienen más boletos en la trágica lotería de ETA, que la sociedad está con ellos. Hoy, ya sé que la frase puede sonar retórica, pero estoy seguro de que en el corazón de muchos no lo es, hoy todos somos Partido Popular. Como ayer fuimos Guardia Civil y anteayer empresario nacionalista.

Es absolutamente fundamental que en el interior de cada ciudadano y de cada ciudadana se instale con fuerza, sin remilgos, sin vacilaciones, sin distingos, que nunca, nunca, se justifica el asesinato político. Sea quien sea la víctima. Lógicamente nos dolerá más cuando más próxima esté la víctima de nuestra vida pero es imprescindible la rectitud moral de rechazar y condenar todo asesinato y, ante tanta bajeza y silencio, decirlo, cada uno desde su posición, en voz alta. Sacudiéndose el miedo, si fuera preciso. Esto me lleva a la segunda idea. No vemos la salida del túnel a corto plazo. Pero no hay que olvidar que todo túnel tiene salida. Entre tanto debemos tener la consciencia histórica de que nuestros hijos y nuestros nietos nos juzgarán por nuestro comportamiento en estos momentos.

Se preguntarán si nos callamos y miramos a otro lado o fuimos capaces de no doblegarnos y mantuvimos incólume nuestra dignidad de mujeres y hombre libres. Se preguntarán, dentro de unos años, si fuimos capaces de enarbolar la bandera de la libertad de Euskal Herria, la libertad de nuestro pueblo o nos dejamos amedrentar, encerrados en nuestra casa, con las ventanas echadas, temerosos de la hidra que ha surgido entre nosotros dispuesta a acabar con nuestro orgullo, nuestra dignidad y nuestro nombre a lo largo y ancho del mundo.

La tercera idea la expresaré muy brevemente. Es casi una súplica. ¿Cuantos muertos más necesitan las personas de EH/HB que dicen que son contrarias a la violencia de ETA (yo creo en su sinceridad) para dar, al fin, un paso al frente y empezar a ser, ellos también, hombres y mujeres libres? Nadie les pide que renuncien a sus ideas. Solamente que salten al carro de la libertad. Sacudiéndose, también ellos, el miedo, si fuera preciso.

Capitanes sin rumbo
ANTONIO ELORZA El Correo 30 Agosto 2000

El viernes 25 de agosto, desde Zarautz, Xabier Arzalluz, en su nuevo papel de Le Pen vascongado, envía literalmente a la basura al presidente del PP vasco por exigir que el PNV rompa definitivamente con Lizarra. Cuatro días después, el 29 de agosto, Manuel Indiano, concejal independiente dentro de las listas del PP, es acribillado a balazos por la organización terrorista con la cual el PNV pactó ese acuerdo del que deriva el actual curso trágico de la política vasca. Eso prueba que para el tándem Arzalluz-Egibar, por muchos crímenes que caigan, ETA puede aparecer como adversario, pero el PP, en cuanto a encarnación actual de la política española, es el enemigo. En consecuencia, las muertes, lo mismo que la presión fascista que obliga a profesores a abandonar la Universidad del País Vasco, no surten el menor efecto político.

Estamos, pues, en un callejón sin salida. La única fórmula mágica que siguen exhibiendo Arzalluz e Ibarretxe es la necesidad de un diálogo, sin exclusiones, pero con la condición que haría posible un Lizarra sin Lizarra. En cuanto a lo primero, nuestro lehendakari todavía no se ha enterado de que EH se ha quitado la máscara y es más que nunca el brazo legal de una organización de terroristas en plena actividad, capaz incluso de celebrar actos de masas dignos del mejor nacionalsocialismo para exaltar a unos sembradores de muerte. Y sigue aceptando el diálogo con ellos aunque nada rectifiquen.

Por añadidura, sugiere Arzalluz que es preciso agradecer a los líderes de EH no haber incendiado Bilbao en el curso de sus fiestas fúnebres. A esto conviene replicar que el único deber consistiría en exigir responsabilidades a un Gobierno vasco, con el consejero de Interior en primer término, por haber tolerado desde su constitución el libre despliegue de las organizaciones juveniles entregadas a la kale borroka, vivero de mayores empresas.

Las declaraciones publicadas en un diario madrileño por un representante sindical de la Ertzaintza son escalofriantes: se ven obligados a acudir cuando el vandalismo tuvo ya lugar, nunca pueden realizar una investigación preventiva, aunque les lleguen los más claros indicios. Conocemos el argumento por las películas americanas de la serie negra; el mejor servicio que puede prestar la policía a unos gánsters, por órdenes superiores, es no investigar. Una vez preparado en la impunidad el dispositivo de matar, sólo cabe decir que «aquellos polvos trajeron estos lodos», pero al parecer importa más seguir cerrando los ojos ante la realidad y olvidando qué hay detrás de la simpática coalición patriótica que tantas ikurriñas exhibe, y que tan bien adiestra a sus jóvenes en el aurresku y en la txalaparta.

Ante la ola de sangre, Lizarra tiene que quedar en suspenso pero todo está dispuesto para que reaparezca si la tormenta pasa. Entre otras cosas, porque ya precisó el mismo Arzalluz que los principios de Lizarra siguen siendo válidos. Como consecuencia, la fórmula de diálogo planteada por el fiel Ibarretxe comprende el habitual recurso al eufemismo para señalar el fondo de la cuestión y la no menos usual condición de apariencia inofensiva y democrática que permite la deriva hacia un Lizarra sin ETA (o mejor, con ETA pero detrás del telón).

Lo primero, porque el problema de Euskadi no es de ‘derechos humanos’, con una mención al derecho a la vida que recuerda los tiempos de Ferminito; es de violencia terrorista. De otro modo, preparamos el terreno para confundir desde un primer momento el acercamiento de los presos con las bombas lapas. Y lo segundo, el respeto de Madrid a lo que decidan los vascos o «el marco vasco de decisión» implica a su vez otros deslizamientos irrecuperables.

Ante todo, aceptar la premisa tradicional de ETA de que existe un ‘contencioso vasco’ sin el cual no puede resolverse el problema del terrorismo. De inmediato la negociación sobre el futuro de Euskadi, inmediatamente transformado en la ‘Gran Euskal Herria’ pasará a primer plano para que la fiera se amanse y la solución no podría ser otra que la independencia disfrazada de soberanía.

Además, admitir un ‘marco vasco de decisión’ implica romper con el ordenamiento constitucional y estatutario sin contrapartida alguna, olvidando de paso que en derecho nunca puede tener validez una decisión alcanzada bajo la violencia.

Otra cosa es que Ibarretxe plantease su foro centrado en la obtención de la paz, entre demócratas, abierto a EH de abandonar ésta el recinto del terror, y sin renunciar a sus objetivos políticos, que serían planteados cuando la vida política en Euskadi estuviera normalizada.

La autodeterminación está bien, pero plantearla en un ambiente como el que vivimos, de exterminio físico del otro, no es sino una forma de complicidad con el terror.

Buen conocedor del refranero castellano, Arzalluz dijo en Zarautz que donde manda patrón, no manda marinero. Sin duda, no ha tenido ocasión de leer a Locke cuando el filósofo inglés recuerda que el papel del piloto en la navegación, el del hombre en la política, es servirse de su sombra, esto es de la razón, para evitar los escollos; y, obviamente, mal capitán es el que se lía a lanzar denuestos y bravatas en lugar de corregir un rumbo que lleva a su barco, la sociedad vasca, hacia escollos demasiado visibles.

 

Revolución de las conciencias
Por Edurne URIARTE ABC 30 Agosto 2000

La desolación, la indignación y la condena que hoy proclamamos por el asesinato de Manuel Indiano no son suficientes. Porque mañana nos tranquilizaremos, pasado mañana quizá olvidemos el nombre de Manuel Indiano, y al día siguiente empezaremos a creer que llevamos una vida normal. Los ciudadanos y los políticos. Y ETA sentirá que puede seguir matando, porque esta sociedad parece tener una capacidad ilimitada para interiorizar sus crímenes como si nada o casi nada hubiera pasado.

O rompemos esta dinámica de apariencia de normalidad o esta crónica mortal no tendrá fin. Necesitamos una revolución generalizada de conciencias en el País Vasco, de los ciudadanos y de los políticos. No podemos seguir por más tiempo haciendo como que llevamos una vida normal mientras que en nuestros pueblos, ayer en Zumárraga, mañana en cualquier otro, uno de nuestros vecinos es acribillado a balazos, ayer Manuel Indiano, mañana cualquier otro.

Vivimos en una situación excepcional, y sólo nos sirven las reacciones excepcionales. Los ciudadanos deben salir de una vez de su silencio y de su pasividad. No valen ya las condenas susurradas a escondidas y en privado. Porque ésas no las oyen ni ETA ni EH, y es a ellos a quienes hay que transmitírselas, y en público y en alto.

Y para los políticos es hora de dejar de dar vueltas a estrategias de «normalización» y mesas de «pacificación» que sólo sirven para rellenar el vacío moral que afecta a muchos de ellos. No confundamos más con las apelaciones a la complejidad del problema y a las sutilezas de la estrategia. No queda nada por debatir o discutir. Sólo cabe una movilización generalizada y permanente frente a los asesinos. Ahora, mañana, pero también pasado, cuando comencemos a olvidar el nombre de Manuel Indiano.

Contra Eta y HB no hay medias tintas
EDITORIAL La  Razón  30 Agosto 2000

La banda terrorista Eta cometió ayer su duodécimo asesinato desde que decidió que había terminado su tregua táctica para rearmarse. Esta vez escogió como víctima otro objetivo fácil. Un concejal del PP en Zumárraga, Manuel Indiano, solo en su pequeña tienda, al que dos pistoleros acribillaron con saña al más puro estilo mafioso. Un hombre que deja huérfana a una hija que aún no ha nacido, a la que ha destrozado la vida, como lo ha hecho con las de su mujer y su familia. Un nuevo «acto de fuerza» para obligar al Estado democrático a que se doblegue y pague el chantaje de un precio político si quiere detener la sangría criminal.
  
Uno de los nuestros
Pese a la trágica rutina de los asesinatos, el de este indefenso concejal ha vuelto a gol- pear con dureza a los ciudadanos, convocados una vez más a manifestarse en rechazo cívico de la violencia terrorista (y por ende, de los objetivos que ésta persigue). El joven Manuel Indiano ha sido reconocido por el pueblo español como «uno de los nuestros», parafraseando una desafortunada intervención del peneuvista Román Sudupe tras la muerte del empresario Corta. Por fortuna, Sudupe tuvo la sensibilidad de reconocer su error, y calificó también a Indiano como «uno de los nuestros». Porque así es, en efecto. Todas las víctimas de Eta son «de los nuestros», es decir, de la ciudadanía honrada y pacífica, tomada como diana en el repugnante tiro al blanco de los terroristas contra todos los que no se sometan a su bota totalitaria. O, como dijo ayer Iturgaiz, que no tengan «el salvoconducto del Pacto de Estella».    

Situación excepcional
A estas alturas de la situación, parece imposible que los terroristas lleguen a entender algún día que, por mucho sufrimiento que causen, nunca lograrán su objetivo. Por ello, con ellos sólo se puede hablar en el terreno de la persecución policial, para mitigar en lo posible los daños que causan, de la misma manera que se intentan frenar las violaciones deteniendo a los violadores, o al narcotráfico luchando contra las mafias de la droga. Hace ya tiempo que los terroristas no dejaron otra salida, porque en su maximalismo sólo plantean esa alternativa: victoria o muerte.
    Es evidente que se hacen ahora más actuales que nunca las voces de aquellos que consideran que la situación en el País Vasco es excepcional, y hay que afrontarla con energía, convicciones y sin complejos. Tanto en el terreno ya mencionado de la investigación policial, como en el de cuantas reformas legislativas sean necesarias, y cuantas actuaciones judiciales procedan para acabar con el terrorismo y con quienes les apoyan, homenajean, jalean o colaboran. Porque la sociedad española vive ya con escándalo irrefrenable la apoteosis de la apología del terrorismo, del que el «compañero» de los terroristas Otegui, o el cabecilla «Ternera» son ejemplos lacerantes.    

Los equidistantes
Pero hay otra dimensión del problema que corresponde al tacticismo de determinados partidos, incapaces de salir del cinturón de hierro del nacionalismo terrorista, sometidos a ocultos e inconfesables pactos, o utópicos buscadores de una solución «equidistante». Aquellos que hablan de la «paz» como si ésta requiriera concesiones, sin entender que los únicos que la vulneran, los únicos que están en guerra, son los terroristas.
    El papel del PNV, buscando el equilibrio bienpensante con propuestas ambiguas de foros, mesas o reuniones que incluyan a los cómplices de Eta, ya es definitivamente lamentable. Además, queda claro que no van a rectificar, paralizados por el miedo y la duda.
    Pero también es lamentable que algún otro partido caiga en la trampa de esa equidistancia, por muy buena voluntad que le guíe. Es el caso del PSOE, que, a nuestro juicio, comete un error al dar un balón de oxígeno al PNV (y, por tanto, a HB) aceptando participar en el «foro Ibarreche» sin exigir previamente que éste no incluya a los proetarras.
    Porque la cuestión no está para maniobras políticas. El PNV justificó que pactaba con HB para atraerla al mundo democrático. Ahora el PSOE quiere pactar con el PNV para atraerle a la unidad de los demócratas. Ni el partido de Arzallus logró su propósito (si lo tuvo), ni el PSOE logrará el suyo. Al PNV no hay que atraerlo. Al PNV hay que exigirle que aísle a los proetarras, y si no lo hace, aislarlo también a él. Ya no caben medias tintas.    

Trampa para el PSOE
Los nacionalistas (y los proetarras) le están preparando una trampa de elefante al PSOE, por si la inexperiencia de Zapatero le llevara a ella. Tal vez el secretario general del PSOE debería leer con atención el comunicado batasuno sobre el último atentado, con su inequívoca alusión a la unión de fuerzas «abertzales y progresistas». Sin duda, el sentido de Estado largamente probado por el PSOE, y defendido por su actual líder, sabrá esquivar la celada.

Los auténticos imprescindibles

Por Carlos Martínez Gorriarán, Profesor de Filosofía de la Universidad del País Vasco ABC  30 Agosto 2000

BERTOLD Brecht hizo una famosa clasificación de los luchadores por la libertad: los que luchaban un día, y esos eran buenos; los que luchaban muchos días, que eran mejores, y los que luchaban toda la vida, los verdaderos imprescindibles. En la España actual, nuestros imprescindibles son los sencillos concejales constitucionalistas que llevan la carga de la libertad en las pequeñas poblaciones del País Vasco. Yo no conozco gente más valiente ni valiosa que esos ediles de lugares como Ermua, Rentería, Durango, Zarauz o Zumárraga, pueblos donde ETA ha asesinado a uno o más de estos concejales constitucionales. Los empresarios perseguidos por los terroristas pueden emigrar a tierras más benignas; los profesores amenazados, como los policías, militares y otros funcionarios, pueden obtener un traslado o una licencia y huir, al menos por una temporada reparadora, de esa cárcel virtual que es su país para tantos vascos amenazados.

Los líderes políticos pueden ser promovidos por los votos o por su partido, obtener mayor protección y perseguir activamente a los terroristas desde cargos influyentes. Pero, ¿qué pueden hacer los concejales constitucionalistas vascos? Muchos de ellos, la gran mayoría, eran y son trabajadores o poseen un negocio muy modesto. Zamarreño y Caso eran obreros, Iruretagoyena trabajaba en el pequeño almacén de madera familiar, Miguel Angel Blanco un chico recién licenciado que empezaba a trabajar, y así un largo etcétera.

Manuel Indiano Azaustre tampoco era un potentado, salvo que se considere tal cosa explotar una pequeña tienda de golosinas -de chuches, como dicen los críos- en Zumárraga, población industrial. Los tópicos izquierdistas que identifican de modo automático militancia en el PP con vida regalada y especulación altoburguesa quedan en ridículo cada vez que un concejal popular vasco es asesinado. La biografía de la víctima revela, con la austeridad incontestable de los hechos irrefutables, que el concejal asesinado no era banquero ni promotor inmobiliario, sino que formaba parte de eso que la sociología clasifica como clase trabajadora o media. Dato testarudo que no debería echar en saco roto quien quiera comprender la naturaleza de la lucha por la libertad en el País Vasco, que como es usual enfrenta a desposeídos o modestos con prepotentes y dueños. A diferencia de las víctimas, y a pesar de estéticas engañosas, muchas veces sus asesinos han disfrutado y disfrutan de todas las ventajas y comodidades de la sociedad del bienestar. En un espléndido artículo publicado en La Vanguardia, Kepa Aulestia ha subrayado que la continuidad del terrorismo vasco es posible, entre otros factores, porque no pone en peligro el alto bienestar de quienes no se oponen a su barbarie y porque resulta habitual que el terrorista disfrute, entre crimen y crimen, del arraigado reconocimiento, protección y comodidad que regala el pequeño y mezquino mundo comunitario abertzale, hegemónico en muchas poblaciones vascas.

A diferencia de sus verdugos, esos concejales no podían disfrutar en absoluto de las enormes ventajas que comporta ser de acomodada familia «de toda la vida», libre a ojos nacionalistas de toda sospecha de españolismo y constitucionalidad. Cuando asesinaron a Iruretagoyena, concejal de Zarauz, muchos nacionalistas e incluso vecinos corrientes se extrañaban de que los terroristas hubieran acabado con «un chico de aquí, euskaldun, de toda la vida»; eso les pasaba a los otros. En efecto, la familia de la víctima era vascohablante y arraigada, y en su modo de vivir era semejante a miles de familias similares. ¿Qué falló entonces? Que Iruretagoyena, como los otros concejales asesinados o que pueden serlo mañana, se negó a imitar a los avestruces escondiendo la cabeza ante el terrorismo. No creía que la libertad sea una broma o una palabra vacía.

Los concejales del PP, como en general todos los modestos políticos constitucionalistas del País Vasco, no se meten en política para forrarse, y menos en una minoría municipal sitiada; parece que Manuel Indiano ni siquiera estaba afiliado al PP. Las probabilidades de hacer una gran carrera política siendo concejal de pueblo vasco son, fuera de los partidos nacionalistas, remotas; las de sufrir vejaciones, amenazas y atentados, seguras. A diferencia de cobardes como el alcalde nacionalista de Marquina, saben que el cargo conlleva, si se enfrenta al fascismo abertzale, el riesgo de la propia vida. Y la seguridad de vivir en un estado de excepción permanente, sin poder hacer las cosas corrientes que hace cualquiera, tales como salir de copas o cenar en un sitio concurrido o pasear con los hijos por el parque vecino; no digamos ya ir de excursión despreocupada por los hermosos parajes de la Guipúzcoa o la Vizcaya profundas.

Un modesto concejal que vive de su trabajo no puede pedir un traslado ni un año sabático. Debe renunciar o asumir el riesgo. La obligación de algunas rutinas inexcusables le convierten, por añadidura, en el blanco fácil que todo terrorista persigue. Y los terroristas los cazan como a conejos porque es sencillo hacerlo y porque, además, asesinándoles matan lo que su vida significa: un compromiso auténtico con la libertad. Práctico, cotidiano, callado, sin grandilocuencia ni ventajas personales y con infinitos riesgos e inconvenientes. Es increíble lo que están haciendo esos modestos concejales. No es otra cosa que hacer posible la democracia, testimoniar la libertad de elegir y de pensar. Demostrar el valor de la ciudadanía frente al calor de ese establo borreguil, unánime y pestilente, vigilado por perros rabiosos, que es en tantos lugares la comunidad nacionalista. La democracia puede sobrevivir a gobernantes ineptos e incluso corruptos, a partidos políticos ínfimos o disparatados, a crisis económicas y a desastres naturales. Puede soportar a Arzalluz, pero no puede existir sin esos modestos cargos elementales que ponen su vida en peligro, y la pierden como la ha perdido Manuel Indiano Azaustre, para testimoniar que la libertad no es solamente cosa de textos legales, sino un compromiso personal y práctico. Devuelven a la política, tan denigrada, dignidad y altura. Dando ejemplo de libertad allí donde la libertad está en peligro mortal son, como decía Bertold Brecht, los verdaderos imprescindibles.

Disolución anticipada
Editorial ABC  30 Agosto 2000

El nuevo asesinato de la banda terrorista ETA —en lo que constituye una auténtica «cacería» contra representantes municipales del Partido Popular dentro y fuera del País Vasco— remite necesariamente a la responsabilidad política del Partido Nacionalista Vasco y, muy en particular, del lendakari Juan José Ibarretxe. El PNV está directamente concernido por los asesinatos etarras porque su política, primero de estricta colaboración con su entorno, y luego, por su resistencia tozuda y soberbia a rectificar pese al fracaso del denominado pacto de Estella, mantiene la comunidad de fines con ETA —reiterada por Xabier Arzalluz hace escasas fechas— y neutraliza para la democracia y la defensa de la libertad y la seguridad de los ciudadanos, el sistema institucional autonómico vasco por entero.

Ibarretxe fue elegido presidente del Gobierno vasco con los votos de los parlamentarios de EH, los mismos que consideran «patriotas» y «compañeros» a los que ayer asesinaron en Zumárraga a Manuel Indiano, después de suscribir con Arnaldo Otegi —el mismo que formuló graves amenazas contra la Ertzaintza— un pacto de legislatura que está vigente porque ni los proetarras ni el PNV lo han denunciado. Este último partido, a través de las instituciones que controla, alimenta financiera y políticamente los acuerdos alcanzados con EH y ETA en Estella, amén de ese desvarío llamado Asamblea de Electos, y su discurso ampara la barbarie en la medida en que se presenta equidistante entre las víctimas y los verdugos. Los pésames voluntaristas, los discursos vacíos y repletos de obviedades del lendakari y la apelación reiterada a los grandes conceptos de la convivencia, no diluyen, sin embargo, la nitidez de esa complicidad entre los dirigentes del nacionalismo vasco y el entramado etarra.

Ibarretxe debe disolver el Parlamento vasco de manera inmediata y llamar a las urnas a los ciudadanos vascos, porque desde octubre de 1998 hasta el presente tanto el PNV y EA como EH han perpetrado un embuste histórico contra la sociedad vasca. Esta gran mentira pasa además por el sostenimiento del actual Ejecutivo autónomo con los votos de parlamentarios de la catadura moral de Otegi y Josu Ternera lo que, automáticamente, deslegitima democráticamente al Gobierno y le impide abordar la prioridad esencial que la sociedad reclama, que es: la integridad de los derechos humanos más allá de concepciones políticas e ideológicas. Un nuevo Ejecutivo —que ojalá estuviera integrado por los partidos estatutarios y constitucionalistas— tendría un enorme valor terapéutico, ya que, aunque no resolviese por entero el problema terrorista, garantizaría una actuación a fondo de la Ertzaintza contra la banda y sus cómplices; lideraría el aislamiento social y político del entorno etarra; cercenaría el suministro de financiación pública a las iniciativas subversivas puestas en marcha por el pacto de Estella; introduciría en el sistema educativo los correctos valores de la convivencia y, por último, reorientaría la marcha general de las instituciones autonómicas hacia unas relaciones leales y fructíferas con la Administración central en todos sus niveles competenciales.

Todo esto no puede hacerlo Ibarretxe porque fue apoyado por EH —los cómplices políticos de quienes ayer asesinaron a Manuel Indiano— para que su política fuese exactamente la contraria. No puede hacerlo tampoco la actual dirección del PNV, sometida a los dictados de EH y atemorizada por sus amenazas hasta el punto de utilizar su misma dialéctica agresiva —recuérdese el mensaje del «capitán omnipotente» pronunciado por Arzalluz el pasado viernes— y sus mismos criterios morales al distinguir las víctimas «nuestras» de aquellas que no pertenecen al ámbito sociopolítico del «abertzalismo».

Se trata, en definitiva, de provocar una catarsis en la sociedad vasca que depure al nacionalismo vasco de su contaminación antidemocrática, en línea con el discurso de nacionalistas sensatos y demócratas y con el que sostienen, con coherencia, el Gobierno, su partido y el Partido Socialista.

DE HENDAYA A ZUMARRAGA: LOS NAZIS MATAN AQUI Y AHORA
Editorial El Mundo  30 Agosto 2000

Parecía imposible sobrepasar el alto listón de sangre y horror establecido por ETA este verano. Pero la abyección de la banda armada carece de límites. Ayer, con una crueldad rayana en el sadismo, dos de sus pistoleros acribillaron a balazos en Zumarraga al joven Manuel Indiano, concejal independiente en las listas del PP.

El asesinato de Indiano resulta especialmente conmovedor por las circunstancias que se dan en este caso: tenía solamente 29 años, se había instalado en el País Vasco hace tres años tras a conocer a su mujer, embarazada ahora de siete meses, y regentaba un modestísimo comercio de golosinas, en el que se hallaba cuando recibió los disparos que le segaron la vida.

Decía hace pocos días Iñaki Aldecoa, dirigente histórico de HB, que hasta en las guerras más implacables «se respeta a los civiles desarmados». ETA no respeta nada ni a nadie. Manuel Indiano había pedido que se le retirara la protección, confiando en que su condición de independiente haría desistir a la banda de atentar contra él. Su error fue trágico, porque a ETA le resultan totalmente indiferentes esos matices. Mata cuando puede y a quien le resulta más fácil.

El asesinato de Indiano refleja dramáticamente el miedo y el deterioro de la convivencia en el País Vasco. La víctima había aceptado ir testimonialmente en las listas del PP como número seis en las pasadas elecciones municipales. El que figuraba en el lugar número dos salió elegido pero renunció al cargo en abril pasado tras sufrir diversas amenazas de muerte. Los tres siguientes en la lista se negaron a ocupar su plaza e Indiano aceptó valientemente. Cinco meses después, le han asesinado.

Desde 1995, son diez los concejales del PP que han perdido la vida a manos de ETA. Indiano es el tercero asesinado tras el final de la tregua, pero otros 30 compañeros más han sufrido agresiones contra sus bienes o sus hogares desde el otoño pasado.

Está claro que la banda pretende conseguir, a través del crimen o mediante el pánico, la eliminación del PP -el segundo partido más votado en las elecciones autonómicas de octubre de 1999- de la escena política vasca. Ha logrado colocar a sus militantes y representantes en una situación límite, en la que defender un credo político implica asumir la condición de héroe o mártir, algo a lo que muy pocos están dispuestos.

Por ello, lo que está en juego en Euskadi es nada más y nada menos que la democracia. El Estado y los ciudadanos tienen que ganar la batalla contra el terror. Y el primer frente en que se libra es el policial. La prioridad del Ministerio de Interior debe ser acabar con la impunidad con la que están actuando los asesinos. Si para ello hay que poner más medios materiales o llevar a cabo reformas legales, hagáse cuanto sea necesario. Pero no se puede consentir que una parte de la población vasca viva amedrentada de forma permanente, mientras gentes como Otegi y Josu Ternera se adueñan de la calle para homenajear a los asesinos.

El segundo frente en que se libra la batalla contra ETA es en el político. El lehendakari Ibarretxe dijo ayer que le «repugnan» las acciones de ETA. De nada sirven las condenas retóricas si no van acompañadas de la acción política. Si tanto le repele la violencia, el lehendakari y su partido deben romper de manera clara y sin equívocos con EH, lo que supone obviar cualquier tipo de relaciones con quien se niega a condenar los asesinatos. No caben «espacios intermedios» ni «tibieza», como ayer coincidieron Aznar y Zapatero, entre los demócratas y los que matan.

A este respecto clama al cielo la falta de solidaridad del PNV con el PP. Sólo así se puede calificar la actitud de dirigentes como Arzalluz y Egibar, que no pierden ocasión de atacar y ridiculizar las personas y la política del PP. Una actitud mezquina, por no decir inmoral, cuando el oponente está bajo el punto de mira de los pistoleros de ETA.

Tampoco resultan fácilmente entendibles posiciones como las de Javier Madrazo, cooordinador de IU en el País Vasco, siempre presto a dejarse utilizar por el nacionalismo, o las de Pere Esteve, dirigente de CDC, que tachó ayer frívolamente de «autoritaria» la política del Gobierno.

La ausencia de sensibilidad de los nacionalistas hacia la situación límite del PP quedó anoche en evidencia en el homenaje en Irún a Lluis Companys, organizado por el PNV. Sus patrocinadores no tuvieron ni siquiera el gesto de suspender el acto, que, para más inri, contaba con EH entre sus promotores.

Se conmemoraba precisamente la entrega, hace 60 años, del presidente de la Generalitat en Hendaya a Franco por parte de los nazis. Companys fue fusilado tras un simulacro de juicio. A Indiano le negaron incluso esa oportunidad. Y es que los nazis se han reencarnado en la vida política vasca. Han vuelto, están aquí, cerca de Irún, al lado de los que se estremecían ayer ante los horrores acaecidos en el pasado. ¡Qué terrible sarcasmo!

Indiano
ERASMO  El Mundo  30 Agosto 2000

Decíase en estas líneas hace nada: parabellum, telediarios, condenas, condolencias, funeral, diálogo, unidad de los demócratas y vuelta a empezar. Ahora, Manuel, acribillado trece veces, encaró la muerte cuando su primer hijo aún no ha estrenado la vida.

Portavoces siguen con rasgos de humor negro y piden a ETA que deje de matar: son el eslabón perdido entre el plato y las tajadas.

Siete negritos
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón  30 Agosto 2000

Con los datos que se amontonaron en mi mesa de trabajo durante el mes de mayo, el vaticinio era fácil. Eta había decidido matar a una decena de concejales del PP. Así lo anuncié en esta columna de canela fina. Como en los Diez negritos de Agatha Christie, la banda quiere que caigan sus víctimas, una a una, hasta poner de rodillas al Gobierno. Es la estrategia del desgaste y el horror. Es la vesania cuidadosamente meditada. Antes de la tregua trampa, Eta asesinó a siete concejales populares y tenía muy reblandecido al PP cuando citó con la muleta, que el Gobierno, exceptuemos a Mayor Oreja, embistió. En este nuevo periodo, tras fracturar cuando le convino su armisticio, lleva tres. Quedan siete negritos señalados en las agendas del terror.

    El pájaro oscuro de la muerte aletea sobre concejales del PP en toda España. El órdago es atroz para Aznar y su partido. El hombre imperturbable ha anunciado que no se doblegará a las exigencias de Eta, pero la oscura herida del alma, al presenciar la sangre derramada y asistir a los entierros de sus compañeros de ideas, se hace tormento para José María Aznar. Los terroristas saben dónde pueden hacer más daño. Se producirán sin duda otros asesinatos: jueces, fiscales, militares, periodistas, empresarios, guardias civiles, policías. Pero, ¿quién será y en qué ciudad de España el próximo concejal que caerá acribillado bajo las balas de Eta, tal vez despedazado por una bomba lapa? Manuel Indiano fue ayer la tercera cuenta del nuevo rosario de concejales a los que los terroristas han decidido asesinar para que Aznar se postre de hinojos.

PRIMER PLANO/Los terroristas vuelven a asesinar
Ganar la libertad  
CARLOS ITURGAIZ El Mundo 30 Agosto 2000

Hoy tenemos menos democracia y menos libertad. Ayer asesinaron la palabra y el pensamiento de un demócrata llamado Manuel, pero la lucha de los asesinos es inútil y están condenados a perderla.

Por ese motivo, hoy más que nunca hay que censurar a quienes con su apoyo explícito unas veces e implícito otras inyectan a los asesinos dosis de esperanza en que el ejercicio del terrorismo acabará cobrando una determinada renta política. Y ese comportamiento, inaceptable políticamente y moralmente, merece el máximo de los desprecios.

Hoy más que nunca la opción y el compromiso con el País Vasco pasa mucho antes por ser demócrata antes que nacionalista o no nacionalista, y ése es un compromiso que los demócratas vascos debemos renovar día a día. La ambigüedad no debe desprenderse del discurso político, hay que ser radicales en la defensa de la libertad, de la democracia y de la paz. Y ésa es la máxima en la que debe buscarse la unidad de los demócratas. Al Partido Popular del País Vasco nos están golpeando directamente por defender un País Vasco donde se conviva en paz y en tolerancia, por no ceder al chantaje de los terroristas. No somos héroes, somos personas de convicciones profundas. Podrán matar a uno, a otro, a 16, a 32, pero siempre habrá alguien dispuesto a sustituirlo.

El País Vasco tiene futuro, pero debemos ganarlo entre todos, y sólo se gana haciendo de la firmeza democrática un acto diario de coraje cívico que permita abrir espacio de libertad entre tanta intolerancia que algunos se empeñan en llevar a cabo en nuestras calles.

Algunos demócratas no podemos dar una mano a los terroristas y a sus cómplices y la otra a los demócratas. La regeneración democrática que necesita nuestra tierra pasa por un compromiso inequívoco con la defensa de la libertad. Todo aquel que en estos días esté dudando en apoyar los actos y actividades que promueven el conjunto de los demócratas estarán dando un balón de oxígeno a los terroristas, que quieren que el miedo se apodere de la libertad de los vascos. La unidad de los demócratas, la acción de la Justicia, la actuación de la Ertzaintza y los cuerpos de seguridad del Estado, junto al aislamiento social de aquellos que apoyen la barbarie que ayer se cometió en Zumárraga, son las armas que los demócratas debemos esgrimir, fortalecer y acentuar para luchar contra el terrorismo.

Estoy convencido que la generación de la democracia es más fuerte y es mayor que los degenerados terroristas y quienes les aplauden. Por eso, todos los demócratas vascos debemos agradecerte a ti, Manuel, a tu familia por entregar lo mejor de ti, tu propia vida, en la búsqueda de un País Vasco más libre, más demócrata y más tolerante.

Carlos Iturgaiz es presidente del Partido Popular en el País Vasco.

PRIMER PLANO/Las reacciones políticas
Un País Vasco para todos
MARIA SAN GIL  El Mundo 30 Agosto 2000

La muerte de Manuel Indiano hace que surjan en mí sentimientos contrapuestos: al lado de la inevitable pena brota una ira incontenible.

Como ciudadana vasca, estoy indignada. Pero mi indignación no es con los asesinos, que ni siquiera la merecen. La cólera brota al ver que, esos que se hacen llamar demócratas hoy muestran su solidaridad, aunque no hayan aparecido en la concentración, pero luego, por miedo, por convencimiento o quizás por sus acuerdos, nos dan la espalda.

Llevan 30 años dejándonos plantados, como hoy, y no sabemos en nombre de qué. No quedan resquicios en la vergüenza humana para seguir manteniendo una ignominiosa y absoluta equidistancia entre los demócratas y ETA.

Escribo con la desazón de haber pasado hoy los tres peores minutos de mi vida. Enfrente tenía a una mujer, Encarna, destrozada por la muerte al tiempo que alberga en su seno la vida de un niño que nunca verá a su padre. ¿Qué palabras pueden calmar semejante desazón?, ¿qué argumentos pueden justificar el sufrimiento de esta persona?, ¿y quién le explicará a este niño cuando nazca lo que ha ocurrido?

Como representante de la sociedad, una se siente en el deber de explicar lo inexplicable. Una se siente culpable por la responsabilidad que tiene, como político, de sacar adelante este pueblo. Porque la gente confía en nosotros y llegamos a sentir que les defraudamos. Pero no está en nuestra mano que haya quien intenta rizar el rizo del dolor.

Hay que decirle hoy al PNV que debe dar un paso atrás y reconocer el error en el que ha caído. La nave en que se embarcó con ETA ha encallado. Nos dicen que Lizarra está suspendido, pero en Udalbiltza sus ayuntamientos, como Zumárraga, comparten todavía asiento con los gobernados por EH.

Ya nadie se cree la gran mentira del Partido Nacionalista Vasco. Esos perversos malabarismos del lenguaje que persiguen el equilibrio sobre la cuerda del digo pero no digo y que han dado con sus huesos en el suelo.

No valen las buenas intenciones seguidas, dos días después, de declaraciones que no se solidarizan con las víctimas. Basta ya. Estamos hartos. Hartos y aburridos de ver pésames sin actos consecuentes.

No podemos seguir permitiendo que las calles no sean libres en este país. Que persistan el amedrentamiento, el chantaje y la amenaza. No podemos y no lo haremos.

Mientras que hay personas en el País Vasco que luchan y mueren por la libertad de todos, otros luchan sólo por la suya. Y no se dan cuenta de que la construcción de una nación no puede hacerse nunca sobre cadáveres.

María San Gil es presidenta del PP en Guipúzcoa.

Héroes de nuestro tiempo
José María CARRASCAL La Razón 30 Agosto 2000

Héroe no es el que está dispuesto a matar por una causa, por una idea, por un país, por un semejante. Héroe es el que está dispuesto a morir por ello. Matar es muy fácil. Sólo se necesita sangre fría -o demasiado caliente- y falta de escrúpulos. ¡Pero morir! Para estar dispuesto a morir por algo se necesita tal valor, tal generosidad, tal arrojo que se traspasan los límites de lo humano. Pues lo humano es vivir, no morir, y sólo los seres verda- deramente excepcionales son capaces de tal desprendimiento. Sobre todo si se es joven y se tiene toda la vida por delante, si se está rodeado de los seres queridos, y se goza de la libertad que ofrece una democracia. Entonces sí que verdaderamente cuesta morir, entonces sí que se hace cuesta arriba dejarlo todo para siempre, sin posibilidad de vuelta, sin otro consuelo que unas exequias póstumas y unas palabras dolientes de personas a las que ni siquiera se conoce, para pasar al cabo de unos días al olvido. ¡Ése sí que es heroísmo!

    Es ya un lugar común decir que nuestros tiempos no son heroicos. Que la vida moderna, con sus comodidades, sus distracciones, su vulgaridad y grisura no es un buen caldo de cultivo para el heroísmo. «Tiempos de mediocridad y cobardía», estamos cansados de oírlos definir con cierto desdén. Y sin embargo no es exactamente así. Tal vez la mayoría de nosotros seamos mediocres y vulgares, posiblemente a casi todos nos haya ganado la molicie y el cinismo. Pero eso no quiere decir que en nuestro tiempo no haya héroes. Los hay. Puede incluso que más que en la mayoría de los tiempos anteriores. Los hay a cientos, a miles incluso, concentrados en una esquina del territorio español. Héroes anónimos, hasta que algunos de ellos, para su desgracia, dejan un día de serlo al conjuro de unas balas o unas bombas asesinas. No son héroes a la antigua usanza, héroes de la guerra, sino héroes de la paz, de la convivencia, de la democracia. La democracia no nos exige ser héroes. 

Reconoce la debilidad de la condición humana y acepta que en situaciones arriesgadas o de peligro, cada cual mire para sí antes de mirar por los demás. Podría incluso decirse que el derecho a la cobardía se incluye entre los derechos constitucionales. Por eso es doblemente valioso el heroísmo en la democracia. Por eso asombra, admira, enternece que haya tantos héroes hoy en España. Son todos aquellos que aceptan un destino o cargo público en el País Vasco, donde una banda de forajidos trata de imponer su ley, que consiste precisamente en acabar con todo tipo de leyes. Alcaldes, concejales, jueces, profesores, policías, simples votantes de los partidos no nacionalistas. Saben que por el mero hecho de serlo están condenados a muerte. Y sin embargo, lo aceptan. Y sin embargo, continúan. Y sin embargo, siguen muriendo. Hombres y mujeres modestos, del montón, tenderos y amas de casa, periodistas y campesinos, empleados y funcionarios, empresarios y artistas. Ninguno de ellos pretende ser héroe. Nada más lejos de sus propósitos. Lo único que quieren es servir a su comunidad. Por eso precisamente les asesinan.

    Estoy seguro que muchos de ellos, si no todos, han tenido sus dudas antes de aceptar el cargo o destino que se les ofrecía. De que sus familiares, amigos y conocidos trataron de disuadirles de ello. A fin de cuentas, la recompensa no guardaba ni las más remota relación con el inmenso riesgo que iban a correr. Los más afortunados encontraron la comprensión e incluso el ánimo de sus mujeres e hijos. Los demás tuvieron que hacerlo contra el deseo de los suyos. Seguro también que tuvieron sus dudas, que les costó noches de insomnio, tremendas vacilaciones, desgarros interiores hasta decidirse. ¿Por qué lo hicieron, por qué aceptaron? Sólo hay una explicación: porque tenían madera de héroes, esa madera rara, exótica, preciosa, que nos falta a la mayoría. El verdadero héroe vence sus dudas y derrota al miedo, ya que sin miedo no hay auténtico heroísmo.

    No han tenido el reconocimiento del que son acreedores. No se les ha homenajeado como se merecían, por más funerales solemnes y palabras doloridas que se escuchan cuando cae cada uno de ellos. No se ha evaluado debidamente la generosidad, el sacrificio, la nobleza que han derrochado todos y cada uno de los que integran la larga -demasiado larga- lista que de momento cierra Manuel Indiano. Es tan fácil desde la distancia condenar a los asesinos, como es difícil teniéndolos cerca alzarse contra la dictadura que tratan de imponer. Lo fácil es escapar, decirles «Ahí os quedáis, que os pudráis con vuestra tiranía». Pero si lo hicieran todos, como los asesinos pretenden, las luces se apagarían para siempre en el País Vasco, como se apagaron en la Alemania de 1933. Gracias a estos hombres y mujeres dispuestos a sacrificar sus vidas, la luz se mantiene todavía allí encendida, aunque sea cada vez más tenue. Gracias a su valor, a su civismo, aquella comunidad puede presumir de instituciones democráticas e incluso los que cobijan, amparan y pactan con los asesinos pueden gozar de las mismas. Es la más cruel de las paradojas: que los demócratas tengan que morir para que los totalitarios se aprovechen de la democracia. Pero nunca ha sido fácil instaurar una democracia y todas se han asentado en la sangre de sus héroes. «La vida sin el valor para morir es esclavitud», escribió un romano de Córdoba, Séneca. Veinte siglos después sigue teniendo vigencia en el otro extremo de Hispania. Hay quien quiere esclavizar el País Vasco vertiendo sangre, y hay quien trata de impedirlo levantando un muro con su sangre. Nunca sabremos los españoles pagárselo como se merece.

El suma y sigue de los crímenes etarras
Lorenzo Contreras La Estrella  30 Agosto 2000

Con el asesinato del concejal popular de Zumárraga, ETA estrecha el cerco de la ciudadela democrática, cada día más indefensa ante las andanzas libres de estos emisarios de la muerte. Como en el cine negro, el asesino anda suelto. La nueva víctima, como otras, no llevaba escolta. Su propia insignificancia social de vendedor de golosinas le pudo hacer creer que con él no iría la cosa. Pero le han buscado en su tienda y le han acribillado a balazos. Nadie con un mínimo de representación está libre de la agresión directa. De las consecuencias "colaterales" de los atentados, nadie con representación o sin ella. Ese enemigo público número uno que es ETA obra con la seguridad del cazador que a veces apunta y otras dispara al azar con la seguridad de que siempre habrá botín.

El asesinato de Manuel Indiano, aunque perteneciente al censo de probables, entra en la categoría de fáciles. Indiano ni siquiera se consideraba amenazado remotamente. Y le han metido doce balas en el cuerpo. Para ETA, aparte de satisfacer su odio sádico, la cuestión es hacer número. Ya ha acumulado doce víctimas desde que rompió la tregua.

Como de costumbre, se han hecho las clásicas convocatorias de protesta y condena. Opera en esto una macabra rutina. Y se ha agotado los gestos y las palabras. La indignación está ya saturada. El problema fundamental del Gobierno, más con la inflación o cualquier otro aspecto de la vida pública, es la imposibilidad de mostrarse insensible o sacar provecho de las condenables acciones terroristas. Cuando la descalificación acaba convirtiéndose en mérito del descalificado, dentro de una repugnante estadística de atrocidades, la situación, que dura ya más de treinta años, está reclamando otras respuestas.

Pero no las hay. O no es fácil encontrarlas. Históricamente, el único idioma que entendió la banda fue el contraterrorismo de los GAL. Pero bien se sabe que "eso" no es democrático. Están en la cárcel los principales responsables de tales prácticas. Y podrían estar algunos otros que lograron eludirla. Se llenan las cárceles de etarras y ¿qué se consigue? Dar mayores "argumentos" a los amigos y partidarios de los presoak, a sus familiares, que podrían alguna vez volver sus ojos hacia ETA y considerarla culpable de que sigan encerrados. Pero no lo hacen. Y si lo piensan, no lo dicen.

ETA no sólo rompe vidas. También rompe calendarios. Perturba las agendas de los políticos, sus posibles víctimas en cualquiera de sus aspectos. A José María Aznar le han cambiado el programa de visitas. Tenía que ir a Quintanilla de Onésimo, por ejemplo, y ya no lo hará porque el desdichado Manuel Indiano reclama con su muerte una preferencia política en la administración de los gestos.

Es tal el ritmo de crímenes que habrá oportunidad de que los políticos no sepan qué capilla ardiente elegir. Ya ha ocurrido en alguna ocasión. Tienen que repartirse las presencias. La banda juega a la dispersión de los dolientes oficiales. Y mientras tanto, el PNV juega a recetar soluciones envenenadas. Ahí está su famosa alternativa de Lizarra, de la que la mismísima ETA se mofa.

Cuando la muerte de un modesto concejal de pueblo, como Manuel Indiano, cumple, con la conmoción que produce, los propios objetivos de ETA, y los sirve, ningún sentido parecen tener los rituales del dolor. Pero menos sentido tendría que a cada crimen se le aplicase una dosis de silencio, limitando su repercusión. Es decir, ETA gana siempre porque utiliza armas ventajosas. La ley democrática, la persecución judicial legítima, la policía encargada de miramientos son otras tantas responsabilidades incomparablemente inferiores en eficacia a los métodos expedidos del terrorismo. Y, sin embargo, hay que manejarlas como se pueda. Como se dice en Derecho, no hay igualdad de armas. Y así, inevitablemente, ¿hasta cuándo?

Objetivo, romper el PP  
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC   30 Agosto 2000

Decimos que ETA asesina para romper la paciencia de la sociedad española hasta tal punto que el Estado pierda la contención a la que le obliga la Constitución o lleve la aplicación de ésta a sus consecuencias más extremadas. Y lo decimos con razón. ETA tiene esa pretensión. Cada vida que siega es un argumento para llevar al Ejecutivo a la sinrazón que es su norma habitual. ETA quiere llevar al Estado a la monstruosidad que es su propia condición.

Pero además de este objetivo general, ETA tiene otros fines específicos y uno de ellos es la destrucción sistemática del PP, no sólo desde el punto de vista de la representación política como es dejar a una parte del pueblo sin sus portavoces sino al partido como tal, a la organización partidaria como tal. Lo hizo en su día con UCD. Lo intenta ahora con el PP. Sabe que este partido puede con toda esperanza y sin voluntarismos aspirar a ser el primer partido del País Vasco o, en todo caso, poder formar gobierno en Vitoria, que puede tener un lendakari. Y esto debe impedirlo como sea, con todos los asesinatos que sean precisos. Puesto que los partidos abertzales van perdiendo votos y EH tuvo que renunciar a presentarse en las últimas elecciones generales, sólo le queda el camino de arrasamiento por el terror.

Vigilante del modelo abertzale, tutora de los brazos políticos que juegan en el campo institucional, ETA elimina a los competidores, unas veces al PSOE, otras al PP, de forma más insistente a este último en esta fase sin duda por las razones que acabo de señalar. Odia a los dos con la misma intensidad y por las mismas razones etnicistas. Para ETA el mejor de los destinos de populares y socialistas es desaparecer. Pero ahora insiste en matar representantes del PP porque considera prioritaria su eliminación.

ETA no puede soportar el funcionamiento del sistema de partidos porque sencillamente piensa en términos totalitarios pero en este recorrido le secundan los sedicentes partidos democráticos: el PNV y EA.

El PNV y EA están concernidos por estos asesinatos a concejales del PP de una forma directa. Su responsabilidad no se funda en la insolidaridad, en la dejación, en la permisividad. El pacto de Estella les convierte en coautores políticamente y les alcanza una responsabilidad criminal.

Arzalluz admite que el pacto de Estella es un fracaso pero que no por ello lo rompe. ¿Le viene bien acaso que ETA mate representantes del PP? ¿Qué debe suceder para que su defensa de la vida y de las instituciones democráticas le lleve no sólo a desdecirse de lo acordado en Estella sino a enfrentarse de forma activa a ETA y a Euskal Herritarrok?

Pero siendo el PNV y EA los principales amparadores de la destrucción del sistema de partidos, no son los únicos. No es difícil encontrar en los medios de comunicación artículo o intervenciones que vienen a denunciar al PP como partido franquista y que por esa razón se enfrenta al PNV. Todos sabemos lo que en el lenguaje y en el sublenguaje acuñado en estas últimas décadas quiere decirse cuando se habla de un partido «franquista». Sencillamente viene a justificarse cualquier acción que pueda ejercitarse sobre él, lo cual resulta espantoso en unos momentos en los que una organización criminal, totalitaria, está castigando a ese partido.

Con el tiempo aparecerán con toda nitidez las responsabilidades de todos, y en esa cuenta tendrán que estar los que han venido legitimando indirectamente a los asesinos. Claro que los que han contemplado la destrucción del Muro de Berlín sin autocrítica, están viviendo en la desesperación de quien ha fracasado históricamente.

El PP no necesitaba héroes, como Manuel Indiano, para probar su condición democrática, pero sí otros, totalitarios irredentos, estalinistas residuales, bobos de la historia.

Presiones
Por Ramón PI   ABC   30 Agosto 2000

EL asesinato del concejal del Partido Popular en Zumárraga, Manuel Indiano, me ha quitado las ganas de presentar ante el paciente lector cómo los diarios de mayor circulación de España tratan asuntos del tipo de la telefonía móvil de última generación, del incendio de la torre de comunicaciones de Moscú o la entrada del BSCH con nada menos que un 10 por ciento en el Commerzbank alemán. Son noticias que, ante el nuevo crimen de ETA, se han quedado repentinamente como desprovistas del mínimo atractivo.

Lamentablemente, la Prensa de ayer también nos suministró informaciones enjundiosas sobre la situación del País Vasco, así que iré por este camino, igualmente relevante aunque no se hubieran atravesado los tiros en la nuca contra ese hombre que ni era militante del PP, ni acudía ya a las sesiones municipales, porque llegó al Ayuntamiento de Zumárraga desde el número 6 de la lista popular, después de la baja de quienes le precedían. Pero ETA mata por matar, por extender el «sufrimiento», por usar las palabras de Arnaldo Otegi, que La Vanguardia llevó ayer a su portada: «EH exige en tono amenazante al PNV que la Ertzaintza deje de perseguir etarras». Es una exigencia asombrosa: Otegi exige al PNV que dé instrucciones a la policía autónoma para que deje de cumplir con su deber de asegurar el orden público, y permita a los terroristas campar por sus respetos, ya que, de lo contrario, es automáticamente calificada (como la calificó Otegi) de «verdugo» del ministro Mayor Oreja.

Los demás diarios de circulación nacional también ofrecen, como es lógico, esta información, pero han preferido destacar más las palabras del presidente del Gobierno, José María Aznar desde Varsovia, donde está en visita oficial, en las que «aconseja a los socialistas que no apoyen la vía “equivocada” de Ibarretxe» (El Mundo). «Aznar pide al PSOE que resista a las “presiones” del PNV y no rompa el consenso contra ETA» (ABC). «Aznar conmina al PSOE a que no se preste a “determinadas maniobras” del PNV» (El País). «Aznar denuncia presiones sobre el PSOE para que rompa el consenso. Pide a los socialistas que no acudan a la convocatoria de Ibarretxe» (Diario 16). «Aznar teme el auxilio del PSOE al PNV. El presidente pide a los socialistas que no se dejen engañar por Ibarretxe» (La Vanguardia). Aznar desveló que «les advirtió de que iban a recibir presiones para abandonar la unidad antiterrorista» (El Mundo).

La respuesta de los socialistas a este requerimiento de Aznar no se hizo esperar: «Caldera replica que sus principios son firmes y le aconseja que “dirija bien la lucha antiterrorista”» (El País). «Los socialistas replican al Gobierno que no confunda su apoyo con “falta de criterio”» (Diario 16). «El PSOE se muestra decidido a acudir al nuevo foro propuesto por Ibarretxe. Responde a Aznar que no confunda la lealtad con la falta de criterio» (ABC).

El País funde en una misma información las crónicas de J. Comas, desde Varsovia, y de L. R. Aizpeolea, desde Madrid. En la crónica resultante, muy valorativa, se dice que «la primera intervención pública del curso político del presidente del Gobierno (...) abrió una fisura en sus relaciones con el PSOE en materia de política antiterrorista (...) Los dirigentes del PSOE respondieron irritados (...) Ambas posiciones (del PP y del PSOE) responden a estrategias distintas: el PSOE defiende el diálogo para sacar al PNV del Pacto de Lizarra y el Gobierno cree que sólo se logrará mediante la presión».

El Mundo («País Vasco: acudir a una reunión no obliga a suscribir nada») decanta su posición hacia la actitud del PSOE. «Hay ocasiones en que -tal vez por culpa de la demasiada presión- los dirigentes del PP vasco adoptan posiciones excesivamente rígidas y tajantes (...) Se trata tan sólo de sentarse a hablar con la máxima autoridad del País Vasco para escuchar lo que tenga que decir. Y de responderle según el propio criterio».

La amenaza de Arnaldo Otegi al PNV y al Gobierno vasco ocupa buena extensión, y en verdad el asunto lo merece, porque llama la atención la habilidad de este personaje para amenazar con palabras que, formalmente, no son más que una especie de conclusión de un análisis: si la Ertzaintza sigue deteniendo terroristas y amigos de terroristas, aumentará el sufrimiento en Euskadi. Para Diario 16 («EH amenaza a la Ertzaintza y al Gobierno vasco»), «se trata de una amenaza en toda regla y digna de tomar en cuenta por varios motivos. Primero, por los evidentes lazos que unen a los líderes de EH (Otegi, Permach) con los asesinos de ETA (...) Segundo, por las connotaciones que tiene el término “sufrimiento” en el léxico eufemístico de uso corriente en este mundo autista que componen las diferentes organizaciones proetarras (...) que traducido quiere decir que ETA se considera legitimada para acabar con la vida de cualquiera que le venga en gana».

Legitimar el terrorismo
Por Ignacio Villa Libertad Digital 30 Agosto 2000

El mensaje lanzado este martes desde la ciudad Gdansk por José María Aznar tiene la importancia de su contenido, pero también del entorno. Gdansk, cuna de la revolución polaca de los ochenta que derribó el régimen comunista, es una ciudad que veinte años después rezuma tolerancia, principios democráticos y respeto mutuo.

Precisamente en ese marco, mientras escuchaba las canciones revolucionarias polacas –que en aquella década llenaron las calles de ese país-, Aznar recibía la noticia del último atentado de ETA. Un entorno de libertad, que ha sabido despojarse de los fantasmas del pasado; contrasta fuertemente con la bestialidad etarra. Con ese contraste como punto de inflexión, el presidente del Gobierno ha recordado los puntos básicos de la estrategia contra ETA: movilización social, responsabilidad democrática de las instituciones, Estado de derecho y, sobre todo, que el PNV abandone la legitimación permanente del terrorismo.

Esos son los puntos básicos que José María Aznar desarrollará los próximos días, aunque, ciertamente, la clave es una: cada atentado provoca un mayor alejamiento del PNV, la legitimación del terrorismo enfría sus maneras democráticas, el nacionalismo se acerca a la barbarie.

El duelo
Por Jaime CAMPMANY ABC  30 Agosto 2000

Los españoles hemos vivido estos dos últimos meses en un duelo continuo, sucesivo y constante. Y así seguimos viviendo, y así vamos a continuar porque a este largo rosario de muertos no se le ve la punta. No hemos terminado de enterrar a un muerto cuando tenemos que llorar sobre otro. Podemos hacer una cuenta macabra. Cada tantos días, un muerto. Cada tantas horas, un muerto. Cada semana, un muerto, o más de un muerto. No voy a decir que es un goteo insoportable de cadáveres inocentes, por la sencilla razón de que no es verdad. Podemos soportar todos estos muertos y muchos más. Esa es la gran impotencia del terror, ese es su gran fracaso, que nos acostumbrará a andar por la vida con la muerte al hombro, a trabajar con la muerte por vecina.

Hay en España muchas gentes vivas y buenas, pacíficas y dialogantes. Somos muchos millones los españoles que amamos la paz y nos damos la palabra. Por muchos de nosotros que asesine el terror, no tendremos que decir con don Francisco de Quevedo, mirando los muros de la patria mía, que «no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte». Todo a nuestro alrededor, menos ellos, es recuerdo de la vida, gozo de la vida, canto de la vida. Sólo ellos traen la muerte a deshora, la muerte prematura de la violencia. Veintinueve años tenía ese muchacho que han matado ayer en Zumárraga. Nosotros lloramos un muerto más. Y ellos, ¿qué han conseguido? ¿Son acaso desde ayer más felices, más poderosos, más ricos?

Hablamos en los duelos, en el duelo de este muerto y del otro muerto, y hablaremos quizá en el duelo del muerto que viene, y nos preguntaremos que de qué mueren estos muertos. Esos ocho o diez balazos en la cabeza denotan que el asesinato esta vez ha sido cosa de inexpertos, cosa de fúnebres alevines de terrorista, de aprendices que ya no se entrenan en el Yemen ni en otro lugar al amparo de la Rusia soviética. Eso es lo único que consiguen los terrorista: convertir en asesinos por la espalda a esos muchachos que salen de la escuela creyendo que son sujetos de una raza superior cuyo territorio ha sido invadido por extranjeros indeseables. Esa soberbia del nacionalismo excluyente y estúpido mata mucho más que las bombas y las pistolas, porque mata a los dos, a la víctima y al criminal.

¿De qué mueren estos muertos? ¿Es que no se puede detener esta epidemia que nos castiga? Ya se ve que el nacionalismo llamado democrático es sólo un beneficiado del terror. Los terroristas son sus aliados contra ese enemigo común que es España. Están locos. Son unos pobres locos. ¿Es que van a matar a España, si España también son ellos? ¿Nos van a matar a todos? ¿Van a gobernar el País Vasco desde el terror, desde la dictadura del miedo, desde la soberbia y el delirio? Aparte de matar por la espalda a algún inocente inerme, ¿qué puede esa banda de asesinos contra el Estado? Y el Estado, ¿qué puede hacer el Estado en esta situación? Porque esa es la gran pregunta que nos hacemos en cada nuevo duelo. ¿Qué hará, qué puede hacer el Estado?

Porque algo se podrá hacer, algo se tendrá que hacer además de ir aprovisionando de muertos al terror, para detener esta maldita epidemia que se cobra un muerto cada pocas horas. Algo podrá y algo tendrá que hacer el Estado con la Ley en una mano y con la Espada de la Justicia en la otra. No se trata de castigar con mano dura ni con mano blanda. Se trata de aplicar la Ley con mano justa. Y se trata, desde luego, de creer en la Ley, de creer en la virtualidad y en la eficacia de la Ley. Tal vez ni siquiera hace falta que trabajen los legisladores. Basta con aplicar limpia y equitativamente la Ley que tenemos. Ni con severo rigor ni con magnánima clemencia. Sólo hay que aplicarla sin cobardía. Repitamos. Contra terrorismo, Constitución.

Aquí se viene a morir
David GISTAU La Razón   30 Agosto 2000

En el repugnante asesinato de Manuel Indiano concurren ciertas circunstancias que, de haberlas pergeñado un guionista de «telefilm» de sobremesa, nos habrían parecido efectistas por su descarada promoción del uso del «kleenex». Lo malo es que son reales. Manuel era un hombre joven que se hallaba en el esfuerzo de construir una vida, para sí mismo y para esa mujer que le acompañaba, a la que puedo imaginar, tantas veces desde que se supo embarazada, suplicando por favor, deja la política. Manuel, 29 años, esperaba una hija y levantaba un negocio, es decir, que para él todo era futuro y esa ilusión sencilla que a todos nos gana cuando despertamos cada mañana junto a alguien que tiene la mirada puesta en nuestro mismo horizonte y que mezclará su estela vital con la nuestra, convirtiéndola en una sola. Así era Manuel, un hombre y su futuro, hasta que se le cruzó en el camino un apache de los que disfrazan con retóricas y banderas, con la ventosidad verbal de su druida loco, con un barniz de falsos mitos que no valen ni como folclore, lo que al cabo no es sino una profesión siniestra: Hijos de Puta, S.A., fabricantes de viudas, borradores de futuros.

    Hoy, tras el atentado, además de la habitual retahíla de tópicos invitando al martirio sumiso -«Nosotros, los demócratas» y demás chorradas-, Enrique Villar, delegado del Gobierno en el País Vasco, expresó una opinión que a uno le pareció escalofriante. Qué más da que nos maten a un concejal, vino a decir, porque pondremos otro. Y cuando vuele un guardia civil, pues lo mismo, nos compramos otro «geyper-man», y asunto arreglado, ya se cansarán de matarlos. Contemplada así, la muerte se transforma en un mero asunto contable, estadístico, que relega a hombres sencillos como Manuel, indefensos como no lo están sus generales a bordo de Audis blindados, a la condición de infantería cuya pérdida en el campo de batalla es asumible: basta con poner a otro. ¿Le pondrán también un marido nuevo a la viuda? ¿Enviarán a un fulano del PP a que ejerza de padre para esa niña que nacerá dentro de dos meses? Hay un frase en «Salvar al soldado Ryan», durante el desembarco, pronunciada por un capitán que dicta órdenes a los infantes protegido por un parapeto: «Aquí se viene a morir». Ese capitán es el político con cargo importante. Y el infante que carga hacia el martirio, todos esos concejales y guardias, hombres sencillos abandonados a su suerte porque alguien ha decidido que podemos asumir su muerte. ¿Sabía Manuel Indiano, cuando entró en política, que aquí se viene a morir? ¿Por eso luchaba por levantar un futuro? Su viuda sabe que Manuel no era un dato estadístico, sino un hombre que colmaba un hueco que jamás se volverá a llenar, ni aún poniendo a otro.

Cuando las palabras tienen doble filo
Por Manuel MARTÍN FERRAND ABC  30 Agosto 2000

Josu Jon Imaz, el evanescente portavoz del Gobierno vasco, a la salida del hospital de Zumárraga en que expiró Manuel Indiano, les pidió a la sociedad y a las fuerzas políticas «una respuesta de serenidad y unidad». Serenidad y unidad son dos palabras hermosas; pero, manejadas en el País Vasco, tienen espoleta y pueden explosionar fácilmente. ¿De qué serenidad hablará Imaz? Las doce personas asesinadas por ETA, en los veintiún atentados producidos desde la ruptura de su tramposa tregua, rebosan serenidad. Los camposantos son serenos. ¿Qué unidad es la que predica el peneuvista? Su partido firmó en Estella un pacto de unión soberanista.

Las palabras de las resacas mortuorias de la violencia vasca son, en ocasiones, tan explosivas como las bombas etarras, hieren tanto como la munición de las pistolas. El lendakari Ibarretxe, por ejemplo, ha pedido «evitar enfrentamientos estériles» entre todos los partidos «que respetamos la vida». ¿La respeta, verdaderamente, quién gobierna desde Vitoria con el indispensable apoyo de EH/HB? ¿EH/HB respeta la vida? En las alegrías valen todas las palabras; pero en la pena, y más cuando la pena cursa con rabia justificada, las palabras tienden a ser cortantes. Sus aristas hieren a las víctimas y, sobre todo, a sus próximos. Le será difícil a la compañera embarazada de Manuel Indiano, recién inaugurada su modesta tienda de golosinas, entender el respeto a la vida que predica —sinceramente, no lo dudo— el lendakari.

Como no hay efectos sin causa, Manuel Indiano ha muerto —¡a los veintinueve años!— porque, en Zumárraga, es tremendamente peligroso ser concejal sin ser nacionalista. Ser demócrata no es condición suficiente, por lo que parece, para ocupar un asiento en el hermoso Salón de Plenos —con mobiliario romántico— del Ayuntamiento. La última vez que estuve allí, hará un par de años, asistí a una devota ezpatadantza en oración a la Visitación de Nuestra Señora, en las puertas de la ermita de Santa María. Posiblemente asistieron también la víctima y sus asesinos. ¿Todos con el mismo fervor?

Entre los muchos efectos malignos de la presente ofensiva de ETA —tan disparatada, tan sangrienta—, hay dos que, sobre los evidentes, producen especial desazón. El desgaste de un partido centenario, el PNV, que en su indecisión y tibieza puede quedar inhábil para la vida democrática, y la pérdida de valor de todas las palabras de dolor y condena. Como dijo ayer José María Aznar, «no hay espacios intermedios» entre la «barbarie» etarra y el Estado de Derecho. Los demócratas, los asesinos y sus amigos tienen claras sus propias posiciones. El PNV trata de ocupar un intersticio que es sólo virtual, que sólo existe en los sermones de Xabier Arzalluz, pero la realidad está ahí. Vestida de negro.

La política como semántica o al revés
Joaquín MARCO La Razón   30 Agosto 2000

Conviene siempre atender a la renovación de algunas palabras, cuya vida es comparable a la de los seres humanos que las utilizan. El resto del lenguaje se mantiene con escasas transformaciones a nuestros ojos, aunque el paso del tiempo acabará por darles la vuelta. Ya Rubén Darío temía que un día todos hablaríamos inglés. Los políticos son maestros en las sutilezas de la semántica, en convertir las palabras en dardos o en adormideras. En el fragor dialéctico no dudan en utilizar términos gruesos, que han de servir para los ataques directos al contrario, tachado, con o sin razón, de lo que más convenga; pero cuando se sirven de las sutilezas héte aquí que son capaces de diferenciar lo que en otras ocasiones pasarían por alto. Por ejemplo, la diferencia que suponen los verbos «lamentar» o «condenar». Lo acabamos de ver en el País Vasco, donde se escribe y habla un excelente castellano o español. 

Mientras EH lamentaba determinados actos de violencia; los partidos democráticos los condenaban. Todo ello va más allá del lenguaje y esconde una compleja actitud política. Si se lamentan hechos en lugar de condenarlos, quiere decirse que se contemplan negativamente, aunque se comprenden. Lamentar una muerte infligida supone considerarla desde una perspectiva humana, aunque pueda admitirse también que ha sido necesaria, conveniente o imprescindible. La política de las palabras en el País Vasco esconde, como sabemos todos, otra más brutal de violencias fácticas. 

No sé si la que se practica allí y desde allí debe entenderse como el mayor problema de España, pero lo es, al menos, para los propios vascos que juegan a la esgrima y al floreo verbal al borde del precipicio. Los semánticos podrían realizar un excelente estudio, amparados por sociólogos y hasta semióticos, sobre el área semántica de la violencia. Algo quiere decir sustitutir Eta por «Movimiento Vasco de LIberación». Sin llegar a calificar a los asesinos de «luchadores por la libertad del pueblo vasco», pueden ser considerados como «compañeros», «mártires» o el amplio y jugoso repertorio con el que se designan entre los hablantes y escribientes que juegan a su favor. Incendiar, destruir bienes ajenos, atentar contra personas puede tacharse de «lucha de baja intensidad». 

No carece de sentido político, antes al contrario, calificar las acciones de la banda como parte de una «guerra contra el Estado español». Cierto es que la mayoría de la prensa descarta tal repertorio semántico. No es de extrañar, por consiguiente, que Arzalluz arremeta contra los medios al servicio del PP, del PSOE o de cualquier enemigo (hace tan sólo unos meses alabado aliado del PNV). Pero las palabras revelan también el paso del tiempo y, como los partidos, se desgastan, envejecen y mueren; son utilizadas con descaro por el entorno de (otro eufemismo) «los violentos». La mayoría de los comentaristas políticos, en su objetividad, evitan caer en sus trampas, pero, en ocasiones, la tendencia marcada por el grupo, acaba contagiando al hablante o escribiente. También las palabras constituyen armas políticas. Hay que emplearlas con la debida precaución para que no nos estallen bajo las narices.

No nos vale el dolor del PNV
Por Carlos DÁVILA ABC  30 Agosto 2000

Mientras los nacionalistas sigan afirmando que en el País Vasco existe un conflicto político, no hay nada que hacer: ETA seguirá matando, porque a ETA el nacionalismo le suministra su gran argumento. Hay un conflicto —afirman el PNV y Eusko Alkartasuna— y los etarras entienden que hay que resolverlo como saben: con el asesinato, con el chantaje, con la amenaza. Pero no hay un conflicto; hay un problema, un problema con siglas: ETA, una banda de criminales que recoge las nueces del árbol que agita, tan irresponsable como dolosamente (¿por qué no decirlo ya?), el PNV y el partido que ahora dirigen dos discípulos, especialmente «desaventajados», de Garaicoechea: Begoña Errazti y Gorka Knörr.

Por esto, de nada vale la condena, las repulsas y ni siquiera el lamento sincero de los diversos ejecutivos nacionalistas, en tanto sigan cargando con justificaciones de «conflicto», las pistolas de los etarratas (un vocablo que se debe al fallecido Juan Tomás de Salas). Su dolor, por cierto que sea, no es nuestro dolor; no compartimos compañía, no compartimos fines, ¿por qué, pues, tenemos que compartir dolor? Ahora mismo el Partido Popular entierra a otro de sus muertos, y no como quiere, que diría el insoportable Xabier Arzalluz, sino porque debe, porque no le cabe otro remedio. Los terroristas de ETA murieron por manipular armas de muerte, destinadas a la muerte; Manuel Indiano, como nueve más de sus compañeros concejales, del PP, ha sido asesinado por manipular caramelos y, por creer, desde su independencia partidaria (valga aquí el retruécano), que se puede trabajar, hacer política y ciudadanía, sin otro rifle, sin otra bomba que la sola palabra.

ETA ha vuelto a aplicar la misma mortal receta: más sangre, el «sufrimiento» que hace sólo unos días anunciaba ese miserable, Otegi, con el que Arzalluz, Garaicoechea, Ibarretxe y Sodupe, se han dado la mano tantas veces, para tantos objetivos compartidos. La sangre que han vertido los conmilitones de Otegi, mancha, se diga como se diga, las manos de todos los socios de Estella, incluso del político probablemente más estúpido que existe en España, Madrazo, aún dirigente de una coalición, Izquierda Unida, a la que él ha contribuido, en enorme medida, a hundir definitivamente.

Y no es verdad, como dice Imaz, que ETA esté atentando contra todo el pueblo vasco; no, siempre mata a los mismos: a los que se oponen a su proyecto independentista aunque sea con la mínima voz (¡fíjense qué importancia podía tener la de Manuel Indiano!), de un incógnito concejal del Ayuntamiento guipuzcoano de Zumárraga. En el comunicado estudiadamente rotundo del lendakari Ibarretxe hubo ayer muchísima repugnancia, sentimiento también, pero no existió ni una sola referencia, ni una sola, a lo que todos venimos esperando como síntoma de que el PNV ha terminado con los asesinos. Ni una sola vez dijo Ibarretxe, por ejemplo, esto: «Hemos acabado con ellos, ni un solo pacto, ni un solo acuerdo más con ellos». Ese hubiera sido el signo de que el PNV abandona la sinrazón y el apoyo de los etarras y sus compinches. Y no ha querido transmitir ese síntoma; ni él, ni el PNV, ni EA, por tanto todo sigue igual.

Tan igual que otros nacionalistas, los de Convergencia (¿qué hace Unió ahí?), asisten juntamente con los etarras de Euskal Herritarrok a un presunto homenaje al fusilado Lluís Companys. El PNV no se va de ningún sitio, y algunos nacionalistas, que en nada se pueden comparar con el dúo nocivo Arzalluz-Egibar, continúa en Babia, creyendo que, por ser nacionalistas, el PNV puede guardar, aún, alguna razón.

Y no la tiene. Pero juega con otras razones, con otros argumentos, o idea martingalas sucias para que el PSOE le saque del atolladero, le ayude a salvar la cara tras el estrepitoso fracaso del pacto de Estella. Todavía el PSOE, unido con toda cordialidad (de corazón) al dolor del PP que otras veces fue suyo, declaraba ayer en boca de Redondo que no renunciaba a sentarse con Ibarretxe para constituir Dios sabe qué otro foro. Bien, pues con la sangre tan reciente del malogrado joven de Carabanchel, hay que devolver a Nicolás Redondo la misma pregunta que hace poco tiempo él mismo planteaba: «¿A qué vamos a sentarnos con ellos?». ¿Otra vez, Rodríguez Zapatero, van a ofrecer un respiro al PNV?

¿Medidas excepcionales?
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón  30 Agosto 2000

El jueves pasado, en Santander, el que fuera durante mucho tiempo ejemplar jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, hizo unas afirmaciones que dichas por una figura pública de la entidad, seriedad y experiencia del interviniente, exigen cuidadoso y tranquilo análisis. Se preguntaba en voz alta el ilustre académico y militar si la tragedia vasca, esa mezcla horripilante de irracionalidad, odio, sangre y oprobio colectivo, no requeriría «medidas excepcionales» sin «complejos del pasado», y señalaba que siendo la situación en aquella torturada tierra verdaderamente anormal el planteamiento de un tratamiento asimismo fuera de los cauces ordinarios no debería ser descartado sin más.

    Solamente los hombres y las mujeres que están fuera de cualquier sospecha de interés personal o partidista, y que contemplan los avatares de la vida colectiva con la mirada serena de los que ya no tienen que demostrarse nada ni a sí mismos ni a los demás, pueden con toda naturalidad y autoridad, exponer audiblemente lo que casi todos piensan y pocos se atreven a formular. De Gaulle popularizó en su día la expresión chienlit y la aplicó a la mascarada sucia y grotesca del 68, con esa capacidad de la lengua francesa para expresar desprecio supremo. Cabe preguntarse cuál sería el vocablo adecuado para describir en un único trazo sonoro la ignominia abyecta en la que se revuelca enlodada la parte de la sociedad vasca que reclama para sí la representación genuina de sus esencias.

    Sabino Fernández Campo ha dado un aldabonazo en la puerta cerrada de muchas conciencias. En el País Vasco no existe la democracia ni están mínimamente vigentes las libertades y derechos elementales que distinguen a la civilización de la selva. Se dan muchas, por no decir casi todas, las condiciones aludidas implícitamente en los artículos 55, 116 y 155 de la Constitución. La calle es de los vándalos, el Parlamento de los terroristas, la política de los asesinos, el orden público de los subversivos, la escuela de los fanáticos y la iglesia de los desalmados. Como en las antiguas culturas precolombinas, la hecatombe de sacrificios humanos a dioses tan falsos como crueles forma parte de la vida cotidiana y semejante pesadilla es considerada tácitamente por un número considerable de ciudadanos como algo soportable, como un misterioso y espeluznante tributo a no se sabe bien qué mitos delirantes, como un medio asumible al servicio de un fin insensato, pero que resulta heroicamente arriesgado poner en duda.

    Es posible que la impasibilidad ante el monstruo hidrofóbico que nos arrebata uno tras otro a los mejores, a los más valientes, a los más dignos, a los más abnegados, a los más inocentes de entre nosotros, sea el camino correcto. Pero el interrogante abierto por Sabino Fernández Campo también está ahí, ardiente y enhiesto, clavado en nuestro dolor, un dolor que no acepta fácilmente la normalidad de lo excepcional, un dolor al que a veces le cuesta separar la serenidad de la impotencia.   

El sofisma y la ruina
Por Valentí PUIG ABC 30 Agosto 2000

La combinación de sofisma y terror conduce irremediablemente a la ruina, como comprende la ciudadanía vasca, abrumada por la experiencia cotidiana de la zozobra y el estupor. Al contrario de como dijo ayer el «lendakari» Ibarretxe ante el atentado mortal de ETA en Zumárraga, lo paradigmático de un asesinato terrorista no es la cobardía de quien lo ejecuta, sino su fuerza de coacción social, de efecto capilar y envolvente. Detenerse en la psicología de quien mata puede llevar a olvidarse de quien muere y de su ausencia entre quienes le amaban. Estamos así a pocos centímetros del sofisma, por inconsciente que fuera.

Los goznes del terror chirrían pavorosamente y nadie sabe cómo es posible no defraudar las palabras y negarse a aceptar que la coacción y su entorno disloquen su significado. Por ambivalencia o evasión, una circunstancia de patología pública como la del País Vasco engendra sofismas y errores semánticos que se hacen cómplices de la estrategia de la ruina. Se constata en la intersección desoladora entre el proyecto de «construcción nacional» y la armería ambulante de Lizarra. Ahí Otegi es el sofista brutal con el hacha y la urna, mientras que Arzalluz practica el sofisma excrementicio y determinista.

Entre la pesadumbre histórica y la nada, la perdición de la palabra es a la larga de tanta consecuencia como la destrucción de la vida. De poco serviría continuar expresando los más bellos sentimientos de condolencia si no se ponen la palabra y la acción al servicio de aquella política del entendimiento que -como dijo Aron- busca salvaguardar ciertos bienes o alcanzar un objetivo único en situaciones siempre nuevas que se suceden sin organizarse. Frente a las incertidumbres legítimas del político de entendimiento, la política como sofisma sabe bien cómo acelerar la ruina.

Jean Pierre Chevènement, un político de principios
Impresiones El Mundo 30 Agosto 2000

No cabe duda de que Jean Pierre Chevènement, que ayer dimitió como ministro francés del Interior, es un hombre con principios. Lo ha demostrado con creces a lo largo de su dilatada y brillante carrera política. Tres veces, con la de ayer, ha renunciado a seguir en el Gobierno de su país y todas ellas porque sus convicciones no coincidían con el pragmatismo que imponían los primeros ministros respectivos. En 1983, dimitió como ministro de Industria por considerar demasiado liberal la política económica de Delors, en el 91 en desacuerdo con la Guerra del Golfo. Esta vez se va porque no comparte la decisión de Lionel Jospin de otorgar a Córcega un estatuto de autonomía sin que las organizaciones separatistas de la isla hayan renunciado expresamente a la violencia. Hasta sus detractores se quitan el sombrero ante su dimisión, en un momento en el que no abundan políticos en Europa que renuncien al puesto por razones de conciencia. Chevènement es un hombre de izquierdas, defensor a ultranza de la unidad de la República francesa, al que le aterra -y así lo ha dicho- que la autonomía corsa abra la Caja de Pandora de la disgregación territorial. La dimisión de Chevènement ha creado una situación política muy incómoda para Jospin, que pierde a un referente de la izquierda plural que gobierna en Francia. También el Gobierno español tiene motivos para lamentar la marcha del veterano político, uno de los máximos valedores de la colaboración hispano-francesa contra el terrorismo de ETA. Hay que esperar que su sucesor, un hombre próximo a Jospin, continúe en la misma línea.

Los pistoleros de Eta se ensañaron con Indiano y le dispararon a bocajarro en trece ocasiones
El edil del PP en Zumárraga fue abordado por los etarras en su tienda. Su compañera sentimental, embarazada de siete meses, tuvo que ser ingresada
La banda terrorista Eta se ha vuelto a «cebar» con los ediles del PP. En este caso su presa fue el joven concejal de la localidad guipuzcoana de Zumárraga, Manuel Indiano Azaustre, de 29 años de edad, que en estos días estaba preparando una habitación de su casa para recibir, en menos de dos meses, el nacimiento de su primero hijo, una niña. Los pistoleros etarras le acribillaron a tiros, recibió entre doce y trece, cuando estaba tras el mostrador de su pequeña tienda de golosinas que montó hace tres meses en la zona alta de Zumárraga. Su viuda sufre un fuerte shock y está ingresada en el hospital de la localidad, donde permanece totalmente sedada. Los asesinos podían pertenecer a un reconstituido «comando Donosti».
M. R. Iglesias - Zumárraga (Guipúzcoa) .- La Razón  30 Agosto 2000

Un poco antes de las nueve de la mañana Manuel Indiano, como hacía todos los días, salió de su casa, ubicada en las proximidades de su negocio, y se dirigió a su tienda para abrirla al público. Entre las nueve y las diez de la mañana vendió sobre todo pan a los vecinos de la zona, y cuando faltaban unos minutos para que el reloj marcase las diez entraron en su tienda unos jóvenes, al parecer dos, que sin mediar palabra comenzaron a pegar tiros a «diestro y siniestro» sobre el cuerpo de Indiano que quedó tendido en el suelo aún con vida. Trasladado hasta el hospital de Zumárraga los médicos certificaron su muerte a las once menos cinco de la mañana.

    Otra familia más, esta vez formada por una mujer y un futuro hijo, ha quedado destrozada y deshecha para el resto de sus vidas. En Zumá- rraga había ayer un mutismo total. Unas discretas vallas amarillas cortaban el pasado a los vehículos hacia la calle Islas Filipinas, una pequeña calle de Zumárraga donde está situada la pastelería y tienda de golosinas que ya nunca volverá a abrir el edil asesinado. Algunos periodistas grabando con cámaras alrededor del negocio, donde unos papeles colocados en las cristaleras tapaban el interior, era el único movimiento que se podía observar durante la tarde en el barrio alto de Zumárraga. Bajo un sol radiante, inusual en esta parte de la geografía española, algunos jóvenes paseaban por las zonas ajardinadas del pueblo. Pero nadie parecía querer creerse que Eta había escogido esta localidad de apenas diez mil habitantes para volver a hacer lo que sabe hacer: asesinar.

    La conmoción envolvía algunos rostros, sobre todo los de las personas mayores que no se atrevían a mirar hacia la zona. Algunos, los más osados, comentaban, aunque siempre en voz baja, que era «un chico muy querido en el pueblo». «No era de aquí pero vino de pequeño y ahora estaba formando aquí su familia y su negocio, esto es imperdonable», y casi con la misma velocidad que hablaban desaparecían de las calles. No querían entremezclarse en la situación. En la parte baja del municipio donde está ubicado el Ayuntamiento el movimiento ya era mayor. Políticos indignados y tristes se acercaban hasta el Consistorio para rendir su homenaje a su compañero de Corpo-ración. En todos el mismo sentimiento: «Eta tiene que dejar de matar», y sólo en algunos una petición clamorosa: «tenemos que estar unidos los demócratas, el PNV debe dejarse de ambigûedades», señalaba con un rostro deshecho la presidenta del PP de Guipúzcoa, María San Gil. 

Tampoco faltó quien quiso cargar más polémica. La representante de Eusko Alkartasuna, Begoña Errazti, en las inmediaciones del hospital donde murió Indiano y donde su mujer, Encarnación Carrillo tiene que estar ingresada, lanzó una dura condena hacia Eta por este brutal asesinato, pero tuvo a bien añadir que «hay un conflicto que tenemos que solucionar entre todos». Enseguida obtuvo la respuesta de diferentes dirigentes políticos, entre ellos, el secretario de los socialistas vascos, Nicolás Redondo Terreros, quien afirmó que el problema que hay en el País Vasco se llama «Eta y las muertes que provoca, eso es lo que tenemos que solucionar». Los restos mortales del concejal asesinado por Eta fueron trasladados a primera hora de la tarde hasta el Instituto Anatómico Forense de Polloe, en la capital donostiarra, donde se le practicó la autopsia. Posteriormente el cuerpo, por deseo expreso de la familia, fue trasladado hasta el Tanatorio madrileño de Caranbachel, donde fue instalada la capilla ardiente. En un principio todas las informaciones apuntaban a que la capilla ardiente se situaría en el salón de Plenos del Consistorio de Zumárraga, pero los familiares se negaron rotundamente a este extremo, y optaron por llevarse el cuerpo hasta Madrid, donde hoy será enterrado. Dos hermanos del fallecido, que residen en Madrid, se trasladaron hasta San Sebastián para hacerse cargo del cuerpo de su hermano. A las seis de la tarde fueron al hospital de Zumárraga para visitar a la viuda, donde apenas pudieron intercambiar palabra y se limitaron a fundirse en un abrazo al estar Encarnación Carrillo bajo el efecto de una fuerte dosis de sedantes. Los padres, invadidos por el dolor que produce que te arranquen un hijo, no tuvieron fuerzas para ir hasta el País Vasco y esperaron a su hijo en Madrid.

    Manuel Indiano sólo llevaba seis meses introducido en la política. Concurrió a las pasadas elecciones municipales como independiente en la lista del PP en el número seis. El PP sólo consiguió dos ediles y Manuel siguió con su vida. Pero hace menos de seis meses cambió su vida, lo que le llevó hasta la muerte. Uno de los ediles del PP, Faustino Villanueva, decidió abandonar la política, y lo sustituyó Indiano. No le gustaba la política, y apenas asistía a las actividades municipales. Ahora su hija nunca podrá conocer a su padre y alguien tendrá que explicarle algún día lo que pasaba en el País Vasco cuando su padre desapareció para siempre.

Doce muertos
Con el asesinato de Indiano se eleva a doce el número de personas asesinadas por Eta desde que la banda rompió la «tregua». La primera víctima fue el teniente coronel del Ejército Pedro Antonio Blanco, asesinado el pasado 21 de enero en Madrid al explotar un coche bomba. El 22 de febrero, mueren en Vitoria el dirigente del PSE-EE Fernando Buesa y el ertzaina Jorge Díez. El 7 de mayo, Eta asesinó en Andoain al miembro del Foro Ermua, José Luis López de La calle. El 4 de junio, en Durango, fue asesinado el edil del PP Jesús María Pedrosa. El 12 de julio, un pistolero asesina al edil del PP en Málaga José María Martín Carpena que resultó muerto. El 29 de julio, Eta mata en Tolosa al ex gobernador civil de Guipúzcoa Juan María Jáuregui. El 8 de agosto, es asesinado José María Korta. Un día más tarde, fue asesinado el subteniente del Ejército Francisco Casanova Vicente. El pasado día 19, los guardias Irene Fernández y Angel de Jesús fueron asesinados.

Vecinos de Zumárraga se enfrentaron a los concejales proetarras al grito de «asesinos»
El PNV mantuvo las diferencias con PP y PSOE y rechazó marchar bajo el mismo lema
Un numeroso grupo de vecinos, que asistió como público al pleno extraordinario convocado por el Ayuntamiento para condenar el atentado, impidió con gritos de «asesinos» que los tres concejales de Euskal Herritarrok en la Corporación presentasen una moción alternativa. La concentración celebrada ayer en Zumárraga para protestar por el asesinato del concejal del Partido Popular, Manuel Indiano, volvió a evidenciar la división existente entre los partidos -PP y PSOE por un lado y los nacionalistas e IU por otro- que se manifestaron con dos pancartas distintas.
M. R. Iglesias - Zumárraga (Guipúzcoa) .- La Razón  30 Agosto 2000

Un grupo de vecinos de Zumárraga que asistió como público al pleno extraordinario convocado para condenar el atentado etarra que le costó la vida al concejal Manuel Indiano, impidió con gritos de «asesinos» que los tres concejales de Euskal Herritarrok en la corporación leyesen una moción alternativa. Durante la sesión se vivieron momentos de fuerte tensión cuando buena parte del público increpó a los proetarras y algunos radicales mezclados entre el público lanzaron gritos a favor de los presos etarras.

    Finalmente la Policía Municipal tuvo que intervenir y la sesión plenaria finalizó con normalidad. El alcalde, el nacionalista Aitor Gabilondo, leyó una moción de condena, que fue aprobada con los votos de PNV, EA, PP, PSE e IU y contó con la abstención de los tres concejales batasunos.
    En el texto se exige a Eta su disolución y el fin de la violencia, se condena el atentado y se pide la unión de los demócratas para luchar por el respeto a la vida y contra el terrorismo.

    A pesar de esta aparente unión de los partidos demócratas la división volvió a aparecer en la concentración convocada a las ocho de la tarde, cuando los partidos políticos se situaron en dos lugares distintos.
    El «lendakari», Juan José Ibarreche, a pesar de haber asegurado que se uniría a todos los actos convocados por el Partido Popular, portaba una segunda pancarta, y junto a sus compañeros de partido realizaron una manifestación por las calles del pueblo del concejal asesinado, mientras que los representantes del PP y PSOE estuvieron durante veinte minutos en silencio en las puertas del Consistorio.

    Todos los dirigentes del PNV que ayer por la tarde asistieron en Zumárraga a la manifestación de repulsa por el atentado etarra que le costó la vida al edil del PP, Manuel Indiano, decidieron situarse bajo su propio pancarta y no acompañar a los militantes del PP que sufrían el dolor de un compañero asesinado.
    Mientras que el PP, acompañado por PSOE y UA, portaba una pancarta con el simple grito de «Eta no, basta ya», el PNV llevaba un estandarte en el que se leía en euskera: «Eta no, basta ya. El pueblo tiene la palabra».
    Según indicó la presidenta del PP de Guipúzcoa, María San Gil, al Ejecutivo de Ibarreche no le pareció bien el lema elegido por los populares.

    El acto comenzó a las ocho de la tarde frente al Ayuntamiento. Tras la primera pancarta se situaron el delegado del Gobierno en el País Vasco, Enrique Villar; los dirigentes socialistas Manuel Huertas, Jesús Egiguren, Rodolfo Ares, Pachi López y los populares Carlos Iturgaiz, Eugenio Azpiroz, Jesus Posada, Rafael Hernando, Antonio Basagoiti y Carmelo Barrio.

    Con Ibarreche estaban, entre otros, el diputado general de Gipúzcoa, Román Sudupe, y el secretario general de EA, Gorka Knûrr.
    Tras la finalización de las dos movilizaciones, la concentración de PP, PSOE y UA, y la manifestación de PNV y EA, los dirigentes políticos populares criticaron al PNV por volver a situarse enfrente de los que buscan la paz, y no ser capaz de unirse a los que lloran por la muerte de un compañero cuyo único delito ha sido ser concejal de un pueblo por el PP.

Aznar: «No hay espacio intermedio entre la democracia y los terroristas»
Redacción - Gdansk (Polonia) .-  La Razón  30 Agosto 2000

El presidente del Gobierno, José María Aznar, aseguró ayer en Gdansk, durante su último día de visita oficial a Polonia, que «no hay, ni puede haber, ningún espacio intermedio ni interpretable entre la libertad y la tiranía, la democracia y la opresión, el Estado de Derecho y los terroristas». En una clara alusión a los nacionalistas vascos, dijo que «quien juega a intentar establecerlo, juega a buscar espacios de confusión y a legitimar y dar la razón a las posiciones de los violentos y de los terroristas». «La raya», añadió, «está muy bien trazada y ahí no hay espacios para la confusión».

    El presidente, tras ser informado del asesinato por el ministro del Interior, suspendió los actos que hoy iba a celebrar en Quintanilla de Onésimo y Medina de Rioseco. «Hoy ha sido asesinado un joven concejal del Partido Popular, 29 años», dijo Aznar ante los presentes en la conmemoración del vigésimo aniversario de la fundación del sindicato «Solidaridad», «y su único delito ha sido creer en lo que nosotros creemos».

    Aznar, tras expresar su solidaridad con la familia del fallecido, pidió «confianza» en las Instituciones y apeló al coraje de los ciudadanos para erradicar definitivamente el «cruel» fenómeno del terrorismo. «Esa fuerza moral, política, de movilización de todos los ciudadanos», afirmó, «hará que allí donde se pone a prueba la libertad, la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho, triunfen por encima de cualquier circunstancia». Aznar advirtió de que esos valores, empezando por el derecho a la vida, «son principios que no nos son dados: hay que luchar por ellos».

    El presidente del Gobierno, que regresó a España tras intervenir en la conferencia, dijo que «es triste recordar que en mi país, que forma parte de la UE, todavía hay personas que son asesinadas por defender la libertad».

Condena al PNV
El Partido Popular Europeo condenó ayer el atentado contra Manuel Indiano, durante el acto celebrado en Gdansk, y criticó al PNV -que hasta el año pasado formaba parte de esta organización- por su alianza con HB. «Los participantes en la conferencia se suman al dolor de la familia, del jefe del Gobierno y del pueblo español», dijo a los periodistas el presidente del PPE, Wilfried Martens, quien también aseguró que «hemos expresado nuestra preocupación sobre un rebrote del nacionalismo en Europa».

    En su resolución, los líderes del PPE consideran «inaceptable» que en la «Europa abierta y plural» que se persigue «sigan existiendo partidos políticos que mantienen lazos de unión con formaciones políticas que actúan como portavoz y brazo político de los terroristas», en clara alusión al PNV y EH.

    «Es ahora cuando más firme y unida debe ser la respuesta de todos los demócratas ante este salvaje e irracional atentado». Además de Aznar y Martens, a la reunión asistieron el primer ministro polaco, Jerzy Buzek, la presidenta de la Eurocámara, Nicole Fontaine, y representantes de partidos democristianos de Alemania, Francia, Italia y Portugal.

Los altos hornos del terror nunca se apagan
Por Pedro CORRAL ABC  30 Agosto 2000

El País Vasco se despertó ayer de nuevo con otro asesinato de ETA. Se despertó dentro de un sueño, como el que sueña que está soñando que se despierta. Trece tiros a bocajarro que sonaron como campanadas a medianoche y una más. En tiempos, cuando las alimañas bajaban del monte para saciar su sed atávica de sangre, el pueblo corría a repicar para dar la alarma. Ahora son ellas mismas, las fieras, las que hacen sonar la campana, mientras una parte del pueblo las jalea y otra sueña.

Durante el fin de la Semana Grande de Bilbao, ondearon en las farolas del puente del Arenal los retratos de los cuatro etarras muertos en Bolueta al estallarles su propio coche-bomba. «Lepoan hartu eta segui aurrera» rezaba el lema de los carteles, el mismo que EH mostró con jactanciosa impunidad en el homenaje a los asesinos en el Arenal, con Otegui e Idígoras como sumos sacerdotes de la liturgia apologética. «Coge al compañero caído y sigue adelante». La masa que acudía a las «txosnas» y a las atracciones de la Aste Nagusia pasaba indiferente ante aquellos retratos. Indiferente, distraída... ¿O no sería mejor decir entregada, rendida, aniquilada, ante aquellos estandartes que les invitaban a seguir cargando a sus espaldas con la muerte, incluso con la de los verdugos?

Elías Canetti se sublevaba en uno de sus escritos contra la «extraña idea de que se puede luchar contra todo menos contra la muerte, como si hubiera otra cosa contra la que tuviéramos que luchar». Sublevación contra la muerte, contra los asesinos y sus cómplices. El «espíritu de Ermua» fue el primer hito de aquella sublevación, pero en Lizarra la muerte volvió a recuperar terreno, a ganar batallas. En el Arenal bilbaíno, salió al escenario hace unas semanas sin pudor ninguno, saludó puño en alto, desplegó el anagrama del hacha y la serpiente. La jalearon con entusiasmo. Señoras de edad venerable, niños en brazos de sus padres y jovencitas sin plan aquella tarde corearon a voz en grito «Gora ETA Militarra». Y mientras tanto en Bilbao, como en Durango, Hernani o Marquina, decenas de miles de ciudadanos dormían o simulaban dormir la siesta. Las tiendas y los bares cerrados, las persianas bajadas, las calles desiertas. Como en un pueblo siciliano cuando llega la hora de la «vendetta».

«Tened cuidado porque estos matan, estos están haciendo la guerra», nos dijo en San Sebastián un empresario apenas un día después de haber enterrado a su amigo José Mari Korta. Y su advertencia resonó en nuestra cabezas como un eco a lo largo de nuestro viaje por el País Vasco. Un eco paralizante, como el de los coches-bomba, las bomba-lapa o los tiros descerrajados a bocajarro. «Estos matan». Lo sabe ya todo el mundo, desde Sallent de Gállego a Zumaya, pero en el País Vasco esa certeza agarrota las conciencias.

Los «cerebros» de ETA lo saben. Ayer volvieron a sumar un muerto más a su cuenta para seguir aniquilando las últimas resistencias. El agarrotamiento produce un cansancio súbito de los músculos: entonces las fuerzas flaquean y el cuerpo se desmorona. La sociedad vasca está desmoronada, aunque intente ocultarlo cegándonos los ojos con los brillos del titanio del Guggenheim. «Ya no tenemos edad para esto», decía resignado un anciano ante la enésima manifestación proetarra en recuerdo de Rementería y los suyos.Y mientras, los asesinos siguen moviendo fichas de un lado a otro en su ábaco sangriento. Amontonan hoy la muerte de Manuel Indiano, acribillado al más puro estilo mafioso, en ese balance contable que les permite rentabilizar, día tras día, el ejercicio de su poder sobre la sociedad vasca. La sangre de Manuel Indiano asegurará hoy a ETA y sus secuaces políticos el engrase necesario para que siga funcionando su maquinaria de extorsión y de coacción. La fábrica de terror no debe parar su producción, debe salir siempre humo de la chimenea: si se apaga el horno luego puede costar mucho volver a encenderlo. Porque el miedo de una sociedad es un metal que se forja a centenares de grados de muerte constante. A más de ochocientos.

Hoy cuesta decirlo, porque es una certeza que carcome, que debilita: ETA ha conseguido ya lo que quiere. No es la «construcción nacional» de la que hablan sus sicarios en sus comunicados de «guerra» ni sus sanedrines desde sus púlpitos políticos. Nadie puede creerse, ni ellos mismos ni quienes les alientan a seguir aspirando a ese escenario futuro de «país libre», que una Euskal Herria construida con el asesinato y el secuestro, pueda ser aceptada hoy y nunca por ningún organismo internacional. Es otra cosa lo que buscan, lo que tienen ya en sus manos: la dependencia de la sociedad vasca a sus dictados a través de una guerra contra todo y contra todos. Al dictado del que apunta en clase, con la mano que simula una pistola, al profesor «enemigo». Al dictado del que recoge el maletín de un empresario nacionalista que paga por su vida como por un bien alquilado. Al dictado del que escribe entre una diana el nombre de un concejal «españolista» como una diversión de feria. Al dictado del que increpa a un«ertzaina» al grito de «Esta noche mira debajo de tu coche».

Cuando la mitad de los vascos mira por la mañana debajo de su coche,mientras la otra mitad busca entre los posos del café su argumento diario para no sentirse en la lista de objetivos de los asesinos, resulta difícil no certificar que ETA ha escalado hasta su máxima cumbre. Como si en lo alto del Bizcargui, sobre el valle de Guernica, los terroristas hubieran emplazado un sitial de juez para sentenciar, con la pena de muerte o la absolución, a todos los vascos. «¿Qué ha hecho de malo José Mari Korta para ser asesinado»?, se preguntaban los amigos del empresario, desde Ibarretxe a Sudupe. Y sin quererlo, reclamaban una razón a esa alta magistratura siniestra que dicta desde el monte, entre las nieblas, lo que está bien y lo que está mal, lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse. Y sin quererlo, reconocían a ETA como instancia de poder supremo, dador y quitador de vida, que gobierna las justificaciones pusilánimes y las rendiciones morales de los que buscan garantías frente a los pistoleros.

Durango, Tolosa, Zumaya, Zumárraga... Los carteles de población de las autopistas del País Vasco han ido delineando este verano la última cartografía de los crímenes de ETA. Pronto no quedará ningún rincón de esta región que no haya asumido esa condición sacrificial. Los escenarios de la muerte se superponen a todo símbolo local, a todo monumento, ante la resignación fatalista de los paseantes. En Durango, la esquina donde asesinaron a Pedrosa. En Tolosa, el bar donde cayó Jaúregui. En Zumaya, los talleres Korta donde el empresario fue destrozado por el coche bomba. Eran lugares sin historia, marcados por el indolente paso de los días. Hoy son marcas, límites, señales de frontera de ese imperio de terror que va extendiendo sus dominios como una sombra. Un imperio que no entiende de pactos, ni de instituciones ni de partidos, que se perpetúa y consolida en el sufrimiento, en la impotencia, en la aquiescencia, en el silencio.

Contra ese silencio baten las manos de los vascos que se reúnen ante los Ayuntamientos para condenar los asesinatos de ETA, como harán hoy ante la muerte de Manuel Indiano. Aplausos que resuenan entre la indiferencia de muchos, que pasean absorbidos en sus cosas por las calles del País Vasco y del resto de España, pero que sirven para acallar ese eco aniquilador que incluso los indiferentes sienten en sus vidas. Contra ese silencio ha escrito Cristina Cuesta un libro atronador, «Contra el olvido», que nos recuerda nuestra deuda con las víctimas. Una deuda que se acrecentó ayer con la vida del concejal popular de Zumárraga. Como aconsejaba hacer Claudio Magris frente a las víctimas de una muerte sin sentido, hoy los vivos solamente podemos pedirle perdón a Manuel Indiano ante su cadaver acribillado. La sociedad vasca también.

Las madres jóvenes parirán huérfanos
Editorial El País 30 Agosto 2000

EL DESOLADO pronóstico de Bertolt Brecht volverá a cumplirse en Euskadi cuando nazca el hijo que espera la mujer de Manuel Indiano, el hombre de 29 años asesinado ayer por ETA en Zumárraga. Se trata de la duodécima víctima de esa banda desde enero, y del décimo concejal del PP asesinado desde 1995. Tras el asesinato del segundo de esos concejales, Miguel Ángel Blanco, los representantes de los partidos democráticos vascos, con el lehendakari Ardanza a la cabeza, comparecían el 13 de julio de 1997 para decir a los ciudadanos: "No podemos actuar conjuntamente en defensa de ninguna causa, por legítima que sea, con quienes con su palabra de apoyo o su silencio cobarde se han hecho cómplices de tan abominable asesinato".

No es cierto, como a veces se dice para indicar que matar es fácil, que cualquiera sea capaz de hacerlo. Hace falta una cobardía verdaderamente fuera de lo común para entrar en una tienda de golosinas y vaciar el cargador contra un hombre indefenso, que pocos meses antes había renunciado a tener escolta. Frente a las fantasías de quienes quieren ver en cada atentado un mensaje cuidadosamente seleccionado por los jefes de ETA, la evidencia indica que el criterio fundamental para elegir a una víctima es que no pueda defenderse. Así han caído desde la ruptura de la tregua tres concejales del PP, dos guardias civiles, dos militares, dos políticos socialistas, un periodista, un empresario y un agente de la Ertzaintza. Los periódicos de ayer recogían las amenazas de HB contra los miembros de ese cuerpo y la dirección del PNV, a cuenta de la reciente detención por la policía vasca de activistas de ETA. En el comunicado leído por Ardanza hace tres años también se decía: "ETA sigue teniendo cómplices entre nosotros. Se llaman Herri Batasuna. Desde ahora, todos sus anuncios los consideraremos amenazas".

ETA ha asesinado a seis seres humanos en las últimas seis semanas. Arzalluz dijo el viernes que "nadie entiende que mataran a Jáuregui o a Korta", pero igual de injustificado es que maten a un concejal del PP o a cualquiera otra de las víctimas anteriores. Los nacionalistas se quejan de que tras cada atentado se les pida cuentas a ellos, demócratas acreditados. En parte tienen razón, pero si ocurre así es porque la mayoría piensa que el nacionalismo vasco, precisamente por su trayectoria, y también por su identificación con la misma ideología que utiliza ETA como pretexto, estaría obligado a hacer más de lo que hace: en la defensa de las instituciones democráticas, y en la eliminación de cualquier sombra de duda sobre la falta de legitimidad del recurso a la violencia.

No hacen lo suficiente. En su discurso del viernes, el presidente del PNV criticó fuertemente a ETA, pero a continuación identificó al PP, el partido del concejal asesinado, con el franquismo; y la presidenta de Eusko Alkartasuna dijo ayer, tras condenar rotundamente el atentado, que, no obstante, era preciso no olvidar la existencia de "un conflicto político". Conflictos políticos los hay en todas partes; la cuestión es si el existente en Euskadi es de tal naturaleza que justifique el recurso a la violencia.

Si se piensa que no, es irresponsable invocarlo constantemente a sabiendas de que ETA lo va a interpretar como pretexto para seguir. ETA desistirá cuando exista una amenaza verosímil de su brazo político de desligarse de ella (lo que la convertiría en un grupo terrorista sin incidencia política, como los GRAPO). Pero el brazo político no se planteará desligarse de ETA mientras el resto del nacionalismo le siga considerando (en Lizarra, en Udalbiltza) parte de la familia.

Si Aznar, Zapatero y los demás dirigentes políticos se dirigieron ayer prioritariamente al lehendakari y a su partido es porque suya es la mayor responsabilidad para retomar una estrategia de unidad democrática y de aislamiento de los que consideran legítimo que ETA mate concejales. Condicionar esa unidad a la aceptación por los demás de la visión nacionalista del problema (resumida en el ámbito vasco de decisión

Pero populares y socialistas tienen a su vez una responsabilidad directa en hacérselo comprender así al nacionalismo democrático. No puede haber condiciones para el diálogo con un partido democrático como el PNV; pero un acuerdo político con esa formación, por ejemplo para formar Gobierno en Euskadi, sólo será posible tras una ruptura clara con la estrategia plasmada en el Pacto de Lizarra. Es decir, con un regreso a los principios enunciados por Ardanza el 13 de julio de 1997.

El amigo objetor
Editorial El País 30 Agosto 2000

LA DIMISIÓN de Pierre Chevènement como ministro del Interior, anunciada hace ya días y consumada ayer, es consecuencia de la radical oposición de este peso pesado de la izquierda francesa a los planes de su viejo amigo, el primer ministro Lionel Jospin, de dotar a la isla de Córcega de cierta capacidad legislativa autónoma. Chevènement anunció que un plan semejante sólo se realizaría pasando por encima de su cadáver político. El primer ministro ha decidido seguir adelante con el proceso de autonomía, y el ministro del Interior ha sido fiel a su palabra. Se le puede acusar de muchas cosas, pero no de inconsecuencia. Es la tercera vez que dimite de un ministerio por discrepancias con la política de su Gobierno.

La salida de Chevènement sume al Gobierno en una crisis seria. Llega en un momento especialmente inoportuno para Jospin, que quería remodelar el Gabinete en septiembre. Entonces saldrá otro peso pesado, la ministra de Empleo y Solidaridad, Martine Aubry, que presenta su candidatura a la alcaldía de Lille.

Pero la separación de estos dos viejos amigos, Jospin y Chevènement, es ante todo reflejo del debate sobre el modelo de Estado que ha alcanzado ya de pleno a Francia. Jospin cree poder resolver el conflicto corso, incluyendo su expresión terrorista, con la implantación de una autonomía que incluiría ciertos poderes legislativos pero cuyo alcance no es ni remotamente comparable con las competencias de que gozan las comunidades autónomas en España. Chevènement considera que tal concesión es reconocer un privilegio y supondría desatar una dinámica de reivindicaciones nacionalistas en el País Vasco-francés, en Bretaña y otras regiones, lo que pondría en peligro la cohesión y unidad del Estado francés. Probablemente no tenga razón ninguno de los dos. Es tan inverosímil que los nacionalistas radicales y los terroristas corsos se manifiesten satisfechos y declaren zanjado el conflicto como que la República Francesa entre en un proceso de disolución por este acuerdo.

El centralismo del Estado francés, en su tradición jacobina, tiene cierto carácter anacrónico en los tiempos actuales, en que se combina la dinámica supraestatal de la Unión Europea con la descentralización de cada Estado de acuerdo con el principio de subsidiariedad. No es, por tanto, disparatado que París delegue competencias de autogobierno a una comunidad insular con características propias bastante definidas. Pero también es comprensible que sean muchos los franceses que ven esta concesión como una prima al nacionalismo más violento en el Estado francés, que no sólo incrementará las demandas en la isla sino que incentivará movimientos similares en otras partes de su territorio.

Algunos nacionalismos periféricos en España han demostrado en las últimas dos décadas una insaciabilidad en sus demandas que, sin duda, no anima a muchos franceses a acometer un proceso similar de descentralización. Y la actualidad demuestra trágicamente cuáles pueden ser los resultados de generar en ciertos sectores nacionalistas la convicción, falsa o no, de que el terrorismo produce réditos.

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