AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 24  Diciembre  2000
#Terror en las aulas
J.A. Fúster - .- La Razón  24 Diciembre 2000

#Carta abierta al lehendakari
JAVIER ROJO El Correo 24 Diciembre 2000

#El pacto
Jaime CAMPMANY ABC  24 Diciembre 2000

#EL PNV, AL BORDE DE LAS URNAS
Editorial El Mundo  24 Diciembre 2000

#El fracaso de Ibarretxe
Editorial ABC 24 Diciembre 2000

#Gesto por la paz y el terrorismo
Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 24 Diciembre 2000

#Pujol y Rodríguez Zapatero
José María CARRASCAL La Razón  24 Diciembre 2000

#Sinrazón de una negativa
SANTOS JULIÁ El País  24 Diciembre 2000

#Pildorazos vascos
Carlos DÁVILA ABC 24 Diciembre 2000

#Largo invierno del pacto
FERNANDO LOPEZ AGUDIN El Mundo  24 Diciembre 2000

#El miedo en las aulas o tristes historias de Lejona
HERMANN TERTSCH, Bilbao El País 24 Diciembre 2000


#La Universidad, herida
LOURDES PÉREZ BILBAO El Correo  24 Diciembre 2000


#El atentado de por vida
S. Recio - Madrid .- La Razón    24 Diciembre 2000

#Justicia y compromiso
Ernesto LADRÓN DE GUEVARA .- La Razón  24 Diciembre 2000

#Ética, patética y política
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 24 Diciembre 2000

#Jueces
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 24 Diciembre 2000




Terror en las aulas
Eta y los proetarras están perdiendo la batalla de la inteligencia universitaria, por eso ponen bombas
J.A. Fúster - .- La Razón  24 Diciembre 2000

En 1980, cuando la Universidad del País Vasco se constituyó como una institución académica sólida, muy pocos estudiantes y profesores de la Universidad del País Vasco se concentraban en contra de Eta y de sus submundos. Eran los tiempos de una tibieza oficial que convocaba protestas pero que no detenía las clases. Eran los tiempos en los que manifestarse en contra del asesinato de un guardia civil era una prueba de ser un «español fascista», algo no permitido en una universidad dominada de principio a fin por el abertzalismo nacionalista e independentista. La hegemonía y el poder de intimidación de las asociaciones universitarias próximas o hijas de Jarrai era incuestionable gracias al apoyo tácito de las autoridades académicas. Estas vivían con la preocupación constante de conseguir un campus en paz, y por eso procuraban no molestar a los abertzales.
   
«Alumnos patriotas»
De aquellos fangos se llegó a principios de los 90. Hace tan solo diez años, la Universidad del País Vasco estaba en manos de un grupo minoritario de estudiantes (extremadamente activos y bien organizados) que se agrupaban en torno a la asociación «Ikasle Abertzaleak» (alumnos patriotas), satélite de Jarrai, del imperio del terror de KAS. Apenas había una mínima oposición planteada. Todas las asambleas de facultad eran una y otra vez dirigidas y manipuladas por los votos y la intimidación de los alumnos abertzales, con el apoyo sin reservas de decenas de profesores batasunos e incluso ex etarras.

    Sin embargo, hacia 1991, como han reconocido los abertzales, algo cambió. La caída del Muro, el fin del marxismo y ciertas «actuaciones» de Eta provocaron una durísima crisis en el seno de las asociaciones universitarias controladas de siempre por Jarrai. Una fuga masiva de los estudiantes menos comprometidos con la construcción nacional de Euskal Herria, pero más comprometidos con la utopía marxista-leninista, dejó en cuadro a IK, que fue perdiendo el poder que había acumulado. Aun así, de vez en cuando organizaban actos con cualqueir excusa para que todos recordaran que la intimidación es una asigantura en la que los abertzales sacan matrículas.
   
Excusas para la acción
Un ejemplo perfecto lo tenemos en 1995, cuando Ikasle Abertzaleak convocó una jornada de lucha en la Universidad del País Vasco «contra el autoritarismo» (el autoritarismo al que se refería IK era la decisión del Rectorado de contratar un servicio de vigilantes jurados). Cientos de proetarras encapuchados trataron de destrozar el edificio del Pabellón de Gobierno. La Ertzaintza entró en acción y durante dos horas la UPV fue una batalla campal. Ese día, muchos estudiantes (hartos de algaradas sin sentido) se alinearon en contra de los abertzales.

    Otra de las claves, cómo no, fue el giro en la estrategia etarra que comenzó en el verano de 1997 con el asesinato de Blanco. Allí comenzó un cambio radical en las posiciones de las autoridades académicas, tan radical que cada asesinato interrumpía oficialmente las clases para que pudiera haber concentraciones de repulsa «masivas».

    Pero lo que no se puede decir es que los jarraitxos y demás abertzales se quedan quietos. Su estrategia se centró en la reivindicación de una enseñanza íntegramente en euskera. Esta no era, y no es, más que una coartada para que los campus de la UPV volvieran a vivir días de «jaias» (juergas, manifestaciones, algaradas, kale borroka...) Y decimos que es una coartada porque la UPV tiene problemas para encontrar profesores que den sus clases en esta lengua española. Sin embargo, la que nunca ha tenido problemas para conseguir que antiguos militantes se hayan convertido en profesores, ha sido Eta. La base de su movimiento universitario es la «doble vía». Primero, un buen número de alumnos entra en la banda armada. Cuando son detenidos, se convierten en referentes para las nuevas oleadas de estudiantes abertzales. En su paso por prisión, terminan la carrera, cumplen la condena y luego son acogidos por los llamados «sistemas de reincorporación». Al poco tiempo, el ex alumno, ex etarra y licenciado por la UNED, se convierte en profesor de la UPV gracias a la presión de los claustrales abertzales.
   
El euskera como arma
   Además, está la verdad irrebatible de que en la UPV, y sobre todo en las asignaturas técnicas, son legión los alumnos que entienden que el euskera no es una lengua práctica. Tan es así, que incluso el último informe preparado por un grupo de profesores abertzales, alerta del fuerte «retroceso» de la enseñanza universitaria en euskera. Ellos aseguran que se debe a la permisividad de las autoridades académicas. El mundo académico, por contra, entiende que es un proceso natural, sobre todo cuando la UPV recibe a un número creciente de alumnos no euskaldunes de regiones limítrofes con Euskadi.

    La segunda parte del nuevo plan de acción de IK fue la intimidación alumno por alumno y profesor por profesor. De la presión al cuerpo docente mucho se ha escrito en los últimos meses. De la presión a los estudiantes, mucho más desconocida, REPORTER cuenta con la historia completa de un alumno, desde que llega a la universidad, hasta que tiene que «exiliarse». Es la historia de Mikel, hoy un universitario que vive «sobre todo muy tranquilo» y estudia en Madrid.
   
La historia de Mikel
   Mikel comenzó a tener problemas en los días en los que los etarras tenían secuestrados a Ortega Lara y Delclaux, los días de la campaña del lazo azul, un trocito de tela fácil de llevar en Chiclana (por poner un ejemplo), difícil de lucir en Amurrio, Villabona, Hernani... «Veía que poca gente lo llevaba, así que unos cuantos amigos nos fuimos a una mercería de Vitoria y compramos trozos de cinta de medio metro y unos cuantos imperdibles. No lo volvería a hacer, pero en aquel momento teníamos 17 años, íbamos en grupo y con ganas de armarla...»

    Mikel sí que la armó, sobre todo el día en el que iba solo, «sin lazo gigante ni nada», y le salió al encuentro un grupo de jovenes proetarras, «jarraitxos» que se quedan con la cara del que sea y que siguen la política del ya te cogeremos. «El secreto para enfrentarse a ellos está en no caerse. Mientras sigas de pie, aunque sea corriendo, sólo te insultan. Pero si te caes, o si logran tirarte... mal asunto. Se lanzan como fieras. Cinco segundos, diez patadas». Mikel se cayó tres veces y sus padres lanzaron tres gritos de alegría cuando le llegó el momento de marcharse «lejos», a la facultad de Periodismo, en la localidad de Lejona.

    [Esta villa vizcaína tiene vínculos muy fuertes con el submundo abertzale. Como muestra debe bastar reseñar que fue aquí donde se constituyó Jarrai; aquí también han celebrado asambleas «nacionales» grupos como Gestoras Pro-Aministía. Incluso «Zutik», la pretendida corriente crítica contra Eta, pero incardinada dentro del proceso «Batasuna», eligió Lejona -en euskera, Leioa- para darse a conocer.]
   
Sin ganas de bronca   
Mikel llegó sin ganas de meterse en broncas. «El objetivo era completar el primer ciclo ahí y luego irme para Madrid. Y luego estaban mis padres, que me hicieron prometer que no me metería en nada. Te juro que esa era mi intención, pero ya ves...» El que le vio fue uno de los abertzales de su ciudad, que también había ido a estudiar a Lejona. A la primera semana de clase, un jarraitxo (en la universidad los de Haika se integran en IK), se le acercó y le dijo que tuviera cuidado, que sabían quién era y que mejor no fuera solo. «Durante los primeros meses mi objetivo era estar acompañado. Vamos, como que no fui al baño ni un solo día».

    Mikel estudiaba en el turno de tarde, en el que se reúnen la mayoría de los que no son del País Vasco. Por la mañana muchas de las clases son en euskera, las favoritas de los de IK, y son las impartidas por la mayoría de los profesores más próximos a HB y submundos por el estilo. «Por cierto, oye, que la bomba del otro día la pusieron por la mañana... ¡Qué juerga! ¿No? Si llega a estallar, lo mismo se habría llevado por delante a unos cuantos abertzales».

    Todo fue bien, más o menos bien durante el primer trimestre. En ese «bien» no entra que cada vez que un alumno de la UPV entra en el edificio de la facultad, la que sea, soporta una descarga propagandística proetarra brutal. Carteles a favor de los presos-asesinos, carteles en honor de «valientes» gudaris muertos, carteles en contra de lo que ellos denominan la «represión» y el «autoritarismo» del Rectorado y carteles a favor de la enseñanza universitaria íntegramente en euskera.

    «Y eso -asegura Mikel-, que por lo que me contaron algunos profesores y alumnos de doctorado, ahora estamos en el momento más relajado para los estudiantes. A finales de los ochenta y principios de los noventa, los batasunos, a través de sus asociaciones, eran mucho más fuertes en la Universidad Pública. Eso sí, ahora, como hace diez años, un cartel o una pintada en contra de Eta o de los abertzales no dura ni cinco minutos. Uno a favor, muy a favor, dura por lo menos una semana, hasta que lo retiran con cuidado los guardias de seguridad el sábado. Eso sí, el lunes se reponen».

    Pero ese trimestre terminó demasiado pronto. Nada más pasar las navidades, los abertzales le demostraron que no le habían olvidado. «Primero fueron insultos en los pasillos. Me cruzaba con tipos que no había visto en mi vida y me decían de todo. Luego fueron los empujones, las zancadillas... aquello parecía una clase de primero de básica».

    «Más tarde -continúa Mikel- empezaron a seguirme a la salida de la Facultad, hasta que un día llegué a la casa donde vivía y a los dos minutos llamaron al telefonillo y me dijeron: "ya sabemos dónde vives". No salí a la calle en tres días. Pero lo peor fue cuando empezaron a aparecer por todas partes dianas con mi nombre dentro. Fui al decanato, llegué hasta el Rectorado, lo denuncié a la Ertzaintza...
   
«Será mejor que te vayas»
   La respuesta siempre fue la misma: «será mejor que te vayas». «Bueno, así se arreglan las cosas por allí, con lo de ancha es Castilla. Se habla mucho del éxodo de profesores, pero sería interesante saber la cantidad de estudiantes vascos que, teniendo en una facultad de lo que quieran estudiar en Euskadi, se van a Madrid. Lo cierto es que antes de que llegaran los exámenes finales yo estaba de vuelta en casa. Al año siguiente llegué a Madrid y aquí vivo tranquilo, estudiando, a lo mío. Fíjate que hasta puedo ir al baño solo...»

    Sin embargo, no todos los estudiantes no nacionalistas que han pasado por el campus de la UPV han tenido esos problemas. Una ex alumna de Santander vivió un paso «absolutamente normal» por el campus de Lejona... «A ver, yo te puedo hablar desde mi experiencia. Yo fui a estudiar, a aprender, a conocer. Por supuesto que si eres vasco y tienes un pasado reconocido de anti-nacionalista, podías tener problemas, pero no era mi caso. Claro que tenía profesores que sabías perfectamente que eran abertzales, incluso amigos míos han recibido clase de profesores que tiempo atrás fueron etarras, pero en mi clase nunca se habló de política. Claro que te podías sentir agredido por los carteles, pero era una agresión menor».
   
Sólo malas maneras
La tibieza de esta estudiante no es nueva. De ella se alimentó durante muchos años IK para imponer su ley en el campus. Un ejemplo sangrante ocurrió hace tan sólo dos años, cuando los proetarras interrumpieron el claustro durante 45 minutos para reclamar enseñanza íntegra en euskera y llegaron a zarandear al entonces rector Pello Salaburu, quien aseguró que lo ocurrido le había hecho recordar al 23-F. Desgraciadamente, a la hora de las críticas, el consejo de estudiantes aseguró que los métodos utilizados por IK «no nos parecen maneras». Sólo eso y nada más.

    Pero el golpe definitivo a IK llegó con el final de la tregua-trampa de Eta y con la llegada al Rectorado de Manuel Montero. Lo primero le ha supuesto a los abertzales ver recortado su poder en las asambleas, hasta el punto de que si en 1996, IK dominaba la representación claustral de los alumnos en candidaturas únicas, hoy apenas tiene el diez por ciento.

    La llegada de Montero ha supuesto un cambio muy fuerte en los mensajes institucionales de la UPV en contra del terrorismo. Como muestra, esta parte del comunicado de la UPV después de que un escolta encontrara el paquete-bomba en el ascensor de la Facultad de Periodismo: «Hoy Eta podía haber dejado cadáveres en los suelos de la universidad, pero nuestra respuesta no va a ser menos clara y contundente. Nos manifestaremos en contra de una organización terrorista a la que nada debe nuestro pueblo, en contra de una banda que sólo deja a su paso muerte, amenazas y extorsión».

    Así, la Universidad del País Vasco, la misma que tiempo atrás demostraba una tibieza que da alas al independentismo, ha entendido que su puesto está del lado de esa inteligencia que vence cualquier discurso cavernario... pero por eso Eta le pone bombas, por eso busca la confrontación de vascos contra vascos.

    Para demostrar el poder de la inteligencia frente al poder de la intimidación, no nos resistimos a contar un suceso pasado, en San Sebastián, el día de la gran manifestación de «Basta Ya»: entre el grupo de abertzales que intentaban reventar a los manifestantes desde las escaleras de la catedral del Buen Pastor, sobresalía la figura de un sujeto de estética penosa. En su cara barbada mantenía una toba de puro raída y lo único que hacía era aplaudir y gritar: «¡Galindos, sois todos unos galindos, fascistas, galindos... jo, jo, jo!». Y en esas salió de entre la marcha un hombre, se dirigió hacia él y le dijo (desde la distancia que le marcaba un sargento de la Ertzaintza): «¡asesino!». Fue un detonante. La manifestación llegó a detenerse. Todos a una le cantaron al sujeto del puro gritos de desprecio: «a-se-sino, a-se-sino», «naaaaa-zi, naaaaa-zi», pero él no se achantó. Volvió a aplaudir, con su toba empapada en la comisura, y a gritar: «Galindos, venid aquí, galindos». Y entonces ocurrió. Alguien, harto ya de tanta sandez, gritó desde la mitad de la manifestación de Basta Ya: «¡Eh, tú, el intelectual de la barba... Me cago en tu madre!». Y el hombre del puro, estética penosa, se volvió loco. Su cara enrojeció, empezó a bracear furioso, arqueó el cuerpo hacia adelante y sólo balbuceaba: «¿Que te cagas en mi madre?» Y el de «Basta Ya», el que había sabido tocar la fibra de aquel, volvió a acertar: «En tu madre y en tu padre, casero de mierda». Y de la manifestación salió una carcajada mientras el del puro se abalanzaba hacia la marcha, fuera de sí, gritando: «¿Casero, yo? ¿Que yo soy un casero? Te mato, te mato, te voy a matar...» Y no dijo nada más porque, al oír la amenaza, un agente de la Ertzaintza se fue hacia él y le arreó dos porrazos. El puro resistió el primero. En el segundo, cayó al suelo. No hubo más. El sujeto se volvió de espaldas y se colocó detrás del grupo.
   
«¡Tontos, tontos!»

Pero la masa de Basta Ya había aprendido la lección. Volvieron a pararse y nadie grito «asesinos» ni «nazis». Lo que gritaban era «¡muertos de hambre!», «¡tontos, tontos!», «¡daros una ducha, cerdos!». El grupo de proetarras estaba frenético, había perdido la serenidad necesaria para poder intimidar a una muchedumbre. Los abertzales ya no repetían consignas independentistas, sino que cada uno hacía la guerra por su cuenta. No hizo falta más que un par de «Eta, mátalos», para que la Ertzaintza cargara y ya no quedara rastro de la contramanifestación.
    «Basta ya» había ganado demostrando que la inteligencia derrota a la demencia. La misma lección que se imparte, aunque desde hace poco, en la UPV. Lo malo es que a Eta no le gusta la inteligencia y por eso ha vuelto a las aulas.
 

Carta abierta al lehendakari
JAVIER ROJO El Correo 24 Diciembre 2000

Hace apenas dos años, lehendakari, que tomaste la decisión de emprender un camino hacia ninguna parte. Obnubilado por el tótem de aquella paz prestada, de aquella libertad vigilada por los militares de ETA, te embarcaste en un proyecto de exclusión. No importó entonces, ni tan siquiera hoy, que aquella singladura dejara al margen a la mitad de una sociedad que tenías la responsabilidad de liderar.

Así, aupado a la lehendakaritza con los votos de Herri Batasuna, comenzaba este bienio negro que buena parte de los vascos nos hemos visto obligados a padecer en nuestras propias carnes. Iniciaba la andadura un Gobierno que, bajo tu dirección formal, se sustentaba en pactos excluyentes suscritos entre ETA y tu partido. Una buena parte de tu país sufría entonces la persecución de los jóvenes de la gasolina. Violencia de baja intensidad -decíais de modo eufemístico- que con tanta desenvoltura toleraste mirando hacia otro lado desde tu Consejería de Interior.

Al parecer, el hecho de que no se matara tendía un velo tolerante sobre una realidad en la que se acosaba, se incendiaba y se destruía a lo largo y ancho de Euskadi. Y aquella connivencia, aquel ‘fair play’ con la impunidad, devino en la cantera que hoy ha heredado la máquina del terror de los militares etarras.

En una primera fase nuestras haciendas, más tarde nuestros amigos y compañeros, irían pereciendo uno tras otro en el altar levantado sobre las huecas palabras solemnizadas en Estella. Y te ocurrió que, como a la paloma del proverbio, cuando empieza a frecuentar a los cuervos, sus plumas permanecen blancas, pero su corazón se vuelve negro.

Dos años después, tras más de veinte funerales y otras tantas capillas ardientes, viudas y familias desgarradas, vuelves una vez más a organizar una de tus particulares Plazas de Oriente. Al parecer la gloria del César es ajena al sufrimiento de su pueblo, distante y anónimo tras los barrotes de tu residencia. Así, en febrero, las calles de Vitoria se poblaban de enseñas y se rendían al culto a tu persona, pateando nuestro dolor por la muerte del amigo con vuestra soberbia. Estos días, el marco elegido ha sido la Casa de Juntas de Gernika. Una tribuna desde la que aleccionarnos sobre tu compromiso ético para con tu país.

Como si de un cuenta cuentos se tratara, parapetado tras las instituciones, te diriges una y otra vez a tu pueblo escondido tras las palabras, tras la retórica de discursos vacíos, ajeno a una tozuda realidad que golpea las conciencias. Rodeado de equidistantes, e instalado en la comodidad de quien se sabe a salvo de las balas, nos indicas con suficiencia qué hemos de hacer para acabar con nuestro sufrimiento.

Apelando al diálogo, te diriges con reiteración a quienes no eres capaz de garantizar los más básicos derechos. Huérfanos de garantías y privados de libertad, te exigimos que abandones tu autismo y te sitúes en el lugar de las víctimas. ¿Qué nivel de diálogo exiges de quienes se han visto obligados a abandonar Euskadi con sus familias, sin una palabra de consuelo por tu parte? Todavía no he oído de tu boca una sola frase, un aliento de ánimo por parte de tu Gobierno para con los vascos que tienen que huir y se ven obligados a soportar la indignidad de un lehendakari enmudecido. Porque, como bien sabes, la historia nos dice que solamente se huye de las dictaduras en busca de espacios de libertad. Y el pensamiento se ve obligado a emigrar día a día, incapaz de germinar en esta Euskadi que atosiga y silencia la conciencia. En esta Euskadi en que la profesión de escolta se ha convertido en el principal yacimiento de empleo.

Por eso, el acto que protagonizaste en Gernika traía a mi mente imágenes en blanco y negro de aquellos gobiernos del este de Europa en los momentos previos a la caída del muro de Berlín. Dirigentes impertérritos, de gesto adusto e inmutable, de espaldas a la realidad de sus pueblos; ajenos ante las demandas de quienes sólo ansiaban libertad.

No estamos ante un problema, lehendakari, sino ante una tremenda tragedia que ha superado el marco geográfico de Euskadi para salpicar de desolación al resto de España. Por ello, socialistas y populares hemos suscrito un acuerdo por la libertad. Esto sí que constituye una exigencia ética y moral. Porque frente a la individualidad de valores como el de la vida y la libertad, no pueden anteponerse conceptos colectivos como el de la patria. Porque ante el chantaje de los asesinos, no puede dialogarse sobre contrapartidas políticas. No hay precio que pagar por valores básicos como la vida.

Me temo que no es éste, lehendakari, momento para admoniciones. Porque hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra pronunciada, el daño infringido y la oportunidad perdida. Convoca elecciones, por tanto. Devuelve la palabra a los ciudadanos. No sigas arrastrando tu cargo con tanta indignidad, en función de coyunturas electorales.

Quienes te apoyaron, aquellos que votaron tu investidura, vaticinan treinta años de terror. Culpabilizan de las muertes a sus víctimas. Este dato, por sí sólo, constituye el epílogo de una legislatura que toca a su fin, en espera de que halles el coraje suficiente para rubricar el decreto de disolución del Parlamento vasco.

El pacto
Por Jaime CAMPMANY ABC  24 Diciembre 2000

Se comprende mal, o mejor dicho, no se comprende esa resistencia, casi cerrazón, de algunos partidos políticos a sumarse al pacto antiterrorista del PP y el PSOE. Cuando los dos grandes partidos del arco parlamentario, adversarios naturales en la aspiración a gobernar, dejan a un lado las estrategias partidistas de oposición sistemática y acuerdan una actitud conjunta contra el terror que no cesa, algunos nacionalismos que rechazan la violencia y el crimen como instrumentos políticos se resisten a firmar los principios que proclaman y se escabullen del compromiso. Las razones que alegan huelen a pretexto sin fundamento a cuarenta leguas y no se tienen en pie por mucho que las apuntalen.

De todos esos nacionalismos, el de mayor responsabilidad en esa actitud negativa es sin duda Convergencia i Unió. Primero, porque es el más importante en número de votos y diputados y su decisión puede ser ejemplo para otros. CiU ejerce un liderazgo tácito sobre los restantes nacionalismos. Segundo, porque el nacionalismo catalán jamás ha sido violento y nunca ha amparado la defensa de sus principios políticos con actos de fuerza, de desorden ni mucho menos de terror. Ni siquiera la proverbial zorrería de un político tan astuto como Jordi Pujol, maestro en la ambigüedad calculada y en la ponderación de las circunstancias de tiempo y lugar, puede justificar esta fuga de la lógica y la realidad, fuga interpretada con instrumentos desafinados.

Y al fin y al cabo, los nacionalismos pueden agarrarse a la excusa del «espíritu de cuerpo» y desentenderse de un pacto que de alguna manera deja en evidencia la política del PNV, uno de los suyos. Menos se entiende la actitud de Izquierda Unida, aunque desde hace tiempo el viejo partido comunista se despliega abiertamente junto al radicalismo vasco. Ese señor Madrazo, que encabeza allí el vestigio del comunismo, anda siempre asido del brazo de Arzallus y de Otegui, y ya se sabe que quien va con un cojo, al poco cojea, y si no cojea, al menos renquea. Pero también se produce el desconcierto en la dirección nacional. Es curioso que un partido que siempre ha defendido de manera férrea el centralismo a ultranza, se marche ahora hacia el extremo opuesto, y apoye las tesis de un partido democristiano, o sea, la bicha. A no ser que se pretenda la debilidad del Estado liberal. Lo tengo dicho. Este nuevo baranda del comunismo «Llama-zares» y acuden soviets.

Jordi Pujol ha intentado salvar la dignidad y la cara de su partido en el asunto del terrorismo. Se encontraba más obligado que nunca porque los tres últimos atentados de ETA se han perpetrado en tierras de Cataluña y en muy pocos días. Alguna explicación tenía que dar para justificar su negativa a firmar el pacto anti-ETA. Y ha insertado en los periódicos, como publicidad pagada, un comunicado cuyos puntos coinciden en esencia con los del pacto entre populares y socialistas, pero hace la salvedad de mantener el diálogo con el PNV. Al fin y al cabo, después del pacto de Estella, se produjo el de Barcelona. Es difícil mantener encendidas y derechas la vela a Dios y la vela al Diablo.

Y para vestir ese muñeco deforme y contrahecho, Pujol patrocina un manifiesto de «intelectuales» abajofirmantes al estilo de la más vieja tradición de la política de «lobby». Se trata de una ampliación de aquella frase de la actriz Gemma Nierga, lectora del manifiesto de la «morcilla», cuando añadió por su cuenta la incitación al diálogo. «Esto no estaba en el guión», explicó Pujol en aquella ocasión. Pero Gemma Nierga, que también firma como «intelectual» este manifiesto, sólo estaba ofreciéndonos un aperitivo de lo que luego sería la justificación de lo injustificable. Hizo sonar la campanilla del monaguillo.

EL PNV, AL BORDE DE LAS URNAS
Editorial El Mundo  24 Diciembre 2000

Hace poco más de un mes, Xabier Arzalluz declaraba fanfarronamente que no iba a haber elecciones anticipadas en el País Vasco porque el Gobierno podía prorrogar los Presupuestos otros tres años más. «Igual ha llegado el momento de ir a validar cada uno de los proyectos en las urnas», declara hoy a EL MUNDO Joseba Egibar, portavoz del PNV.

Con este eufemismo, Egibar justifica la disolución de la Cámara por la conveniencia de plantear un refrendo democrático sobre dos grandes alternativas políticas: la de los nacionalistas y la del «frente español», como él dice. Pero sus palabras hacen de la necesidad virtud, ya que el Gobierno vasco no tiene otra opción, dado que los dos partidos que lo apoyan (PNV y EA) suman menos escaños que PSOE, PP y UA.

Si Ibarretxe no convoca elecciones anticipadas antes de acabar enero, término de las vacaciones parlamentarias, corre el altísimo riesgo no sólo de no poder gobernar sino además de asistir a la humillación de ver cómo prosperan las iniciativas de la oposición. Sin ir más lejos, hace unos días, PSOE y PP aprobaron una moción para que el mensaje real de esta noche fuera emitido por Euskal Telebista, cuyo consejo ha tomado la insólita decisión de no acatar una resolución del Parlamento.

Todo indica que el PNV se ha tenido que rendir a la evidencia y que Ibarretxe se dispone a convocar elecciones para marzo o abril. La invitación de ayer de Otegi a los partidos nacionalistas a reunirse para revisar el Pacto de Estella es un claro signo. Otegi sabe que las encuestas le dan un fuerte retroceso electoral a EH en favor del PNV y trata de retomar la iniciativa política. Pero el PNV -como Anasagasti, declaró ayer- no quiere saber nada de Otegi en vísperas de una casi segura confrontación electoral. Con excepción de las despectivas declaraciones sobre Emilio Guevara, al que invita a abandonar el partido, Egibar ofrece un rostro relativamente moderado en la entrevista que hoy publica EL MUNDO, en la que se distancia tanto de la izquierda abertzale como del PSOE y del PP.

La admisión del portavoz del PNV de que las elecciones son casi inevitables es, en el fondo, la constatación de un fracaso: el del Gobierno de Vitoria, que no ha sido capaz de recomponer la tremenda fractura que divide a la sociedad vasca. Durante el 2000, han hablado las pistolas. El año que viene, hablarán las urnas gracias a la tenacidad del PP y del PSOE y a la movilización de parte de la sociedad vasca, harta del talante y del modelo de sociedad de ese nacionalismo excluyente que encarnan Arzalluz y Egibar, que no sólo demonizan a los no nacionalistas sino que expulsan a las tinieblas a los disidentes de su propio partido, como Emilio Guevara.

¿Está usted de acuerdo con estas opiniones? Aporte sus ideas en el foro abierto sobre cada editorial en la dirección: www.elmundo.es/diario/opinion

El fracaso de Ibarretxe
Editorial ABC 24 Diciembre 2000

La actitud que mantiene el Gobierno de Ibarretxe ante el Parlamento vasco puede calificarse como desobediencia antidemocrática e inconstitucional, que demuestra la falsedad de las apelaciones que el lendakari viene haciendo para que se respete la voluntad de los vascos. Desde que Euskal Herritarrok abandonó la Asamblea de Vitoria, el Gobierno nacionalista de Vitoria se ha enrocado en una política de desprecio a la mayoría parlamentaria, formada por el bloque de partidos constitucionalistas. El resultado ha ido más allá de las cuarenta y nueve derrotas acumuladas por el Ejecutivo de Ibarretxe, porque ha desvelado el desprecio del nacionalismo dirigente por cualquier manifestación de la soberanía popular que contradiga sus postulados nacionalistas. El saldo legislativo de Ibarretxe es impresionante: sólo diez leyes aprobadas, entre ellas la de presupuestos para 2000, con el apoyo de EH a cambio de un buen riego financiero de Udalbiltza, y la del Taxi.

A Ibarretxe y a su partido le han fallado muchas previsiones y estrategias de salón que pasaban por convertir al Parlamento en el desierto que agotara a la oposición, con la estimable colaboración —no querida, pero bien aprovechada— de la violencia etarra. Esta estrategia dio comienzo cuando el lendakari anunció —o amenazó con— iniciativas que obligarían a todos a dejar claras sus respectivas posturas. Desde luego, así ha sucedido pero con unas consecuencias que el lendakari nunca imaginó. Sus compromisos éticos y políticos de última hora contra la violencia se han desinflado a medida que ETA seguía matando y el PNV, lejos de ejecutar políticas reales de oposición a la banda terrorista, subía el nivel de su discurso soberanista, hasta ponerlo a la altura de los dirigentes más ortodoxos de la izquierda proetarra. En este sentido, Egibar y Arzalluz han sido los más eficaces denunciantes de la doblez moral y política de las iniciativas de Ibarretxe, al consolidar un discurso de tranquilidad para las bases batasunas que les permite mantener la puerta abierta para nuevos pactos y, al mismo tiempo, rebañar votos útiles frente al fantasma de los partidos no nacionalistas. También les ha fallado la previsión de que estas formaciones no aguantarían la tensión de una legislatura completa. Lo dijo Egibar: «Se quedarán sin aliento». Quizá pensaba este espeso oráculo del soberanismo en que socialistas y populares arrojarían la toalla por los golpes del terrorismo antes de lograr la convocatoria anticipada de elecciones. Pero ignoraba el portavoz del PNV que la violencia causa miedo, pero también compacta los ánimos y las fuerzas, como les ha sucedido a PP, PSE y Unidad Alavesa. Tanto les ha unido esa violencia supuestamente invencible que han firmado el pacto más importante de los últimos tiempos, desde el punto de vista político, ético y cívico, con el que se han frustrado todas las esperanzas del PNV en seducir a los socialistas para salir del paso.

Quien al final se ha quedado sin aliento, o como mínimo se le ha helado, es Ibarretxe, cuya situación ha calificado de «angustiosa» el propio Anasagasti, hasta el extremo de que ahora el adelanto electoral es para el lendakari más auxiliador que necesario para la oposición. Su fracaso como gobernante se ve reflejado en el espejo de un Parlamento al que pretende soslayar, dando salida a la veta totalitaria que el nacionalismo dirigente ha querido imponer a la sociedad vasca desde que pactó con ETA la estrategia secesionista. Ya es triste para un gobernante tener que depender de los votos de la rama política de una organización terrorista, pero nada ha hecho Ibarretxe para remediarlo, sino aumentar día tras día la evidencia de su debilidad política —rehuyó cobardemente el debate sobre los presupuestos no presentando la ley— y de su incapacidad para hacer verosímil su mensaje de respeto democrático, que empezaría por acatar las resoluciones del Parlamento sobre la reforma de la educación, la elaboración de una ley de régimen local o la transmisión del mensaje de su Majestad el Rey por la televisión vasca. Ibarretxe ha aprendido que un Parlamento nunca pierde un pulso.

Gesto por la paz y el terrorismo
Por Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 24 Diciembre 2000

Es probable que haya gente escandalizada por actos como el que Gesto por la Paz celebró ayer, donde la protesta contra el terrorismo unía a las víctimas de ETA y a algunos de sus verdugos, por ejemplo a los últimos cuatro etarras exterminados en Bilbao por su propia bomba. Adelantándose a una reacción previsible que ya han padecido antes en circunstancias similares otros grupos cívicos, como Denon Artean, un colectivo ejemplar atacado por algunos fariseos por lamentar la muerte de los terroristas, el portavoz de Gesto se ha apresurado a advertir que ellos distinguen perfectamente entre las víctimas de las salvajadas terroristas y los verdugos destruidos por su propia brutalidad. 

Creo que Gesto se equivoca en bastantes cosas, por ejemplo en su insistencia en despolitizar la lucha contra el terrorismo, reduciéndola al horizonte ético, pero no es este el caso. Gesto es un colectivo donde el cristianismo y el pacifismo a lo Gandhi tienen mucho peso, y por eso es perfectamente lógico que apliquen la máxima cristiana del perdón a los enemigos protestando contra el homicidio terrorista, incluso cuando la víctima es el propio asesino. 

Yo no soy pacifista ni cristiano, pero no entiendo que a alguien que sí lo sea —o diga serlo— le escandalicen esas actitudes. De lo que se trata es de distinguir con claridad entre quienes han perdido la vida contra su voluntad —las víctimas— y quienes han querido quitársela a los primeros —los terroristas—. Y a continuación localizar las motivaciones del terrorismo. ¿Nace solamente de una aberración ética o psicológica? Pues no, hay una aberración política que está en la raíz misma del terrorismo: las ideas totalitarias y las identidades asesinas que estimulan la supresión del crítico, del odiado, del otro. Son las ideas y la identidad de ETA, pero ese repugnante nacionalismo totalitario no es exclusivo suyo, sino que también lo asumen en parte algunos líderes del nacionalismo llamado moderado, empezando por Arzalluz. 

Por eso la lucha contra el terrorismo es esencialmente política e ideológica, además de policial. Me parece que lo equívoco en la trayectoria de Gesto es su empeño por obviar este hecho fundamental, no el que lamente la muerte de algunos terroristas chapuceros. Al fin y al cabo, los únicos que encuentran motivo de fiesta y de alegría la muerte violenta de otras personas son los terroristas. Los demás deberíamos lamentarlas todas.

Pujol y Rodríguez Zapatero
José María CARRASCAL La Razón  24 Diciembre 2000  

Que Jordi Pujol no acceda al ruego de Rodríguez Zapatero de adherirse al pacto antiterrorista tiene una lectura buena y otra mala. La mala es la más evidente y por eso, la que va a destacarse: el nacionalismo democrático catalán se queda al margen de ese pacto. Por «cuestión de formas», dice él, ya que con el fondo asegura estar de acuerdo. Es como si alguien negase ayuda al que corre peligro porque no se lo han presentado. Pero en fin, allá Pujol y su conciencia democrática y nacionalista, que ambas van a sufrir por ello. La ofensiva de Eta está desenmascarando no sólo a ésta, sino también a cuantos, por una causa u otra, muestran tibieza ante el terrorismo. O, dicho de otra forma, a cuantos no se comprometen plenamente con valores como la vida, la libertad y la integridad de las personas. Algo que en una sociedad democrática termina pagándose. Por más excusas que se den.

    Pero les decía que el rechazo tiene también una lectura positiva. Me refería a ver a Rodríguez Zapatero como vendedor de dicho pacto. Si pensamos en las enormes dudas que aún no hace un mes él y su partido sentían hacía el mismo, nos damos cuenta de los progresos que hemos hecho. Es verdad que la adhesión de CiU -y no digamos ya del PNV- le vendría muy bien. Pero lo verdaderamente importante es que el PSOE esté dentro. Si los dos grandes partidos nacionales están de acuerdo en una determinada política, es muy difícil que esa política no tenga éxito. Podrá tardar más o menos, podrá resultar menos o más difícil, pero lo que se propongan conjuntamente PP y PSOE acabará siempre imponiéndose por simple razón de peso. Si Pujol no quiere unirse será malo para el proyecto, pero será peor para Pujol. A estas alturas, no hay persona decente que no conozca ya la verdadera naturaleza del terrorismo, sus métodos, intenciones, forma de actuar y forma de combatirlo. Y Cataluña está llena de personas decentes.

    Les decía no ha mucho que estos son de esos momentos en los que se conoce la diferencia entre el auténtico político y el vulgar gobernante. A este último le preocupa tan sólo el poder. Y obsesionado por no perderlo, pierde a veces algo más importante: la visión del momento histórico. El momento histórico español apunta al terrorismo como tema principal. El país no puede seguir siendo chantajeado por una banda de delincuentes. En eso están de acuerdo izquierdas y derechas, como acaba de demostrar el pacto PP-PSOE, como creo lo están nacionalistas y no nacionalistas, como demuestran las manifestaciones multitudinarias. Está en el aire y un auténtico político lo detectaría como los perros de raza detectan la pieza de lejos. Rodríguez Zapatero lo ha detectado, cruzando el Rubicón pese a las reservas de su partido. Pujol parece que se queda en la orilla. La extirpación de ese cáncer antidemocrático en la sociedad española va a hacerse sin él. Él se lo pierde.

Sinrazón de una negativa
SANTOS JULIÁ El País  24 Diciembre 2000

Mientras dos asesinos en serie instalados en Barcelona continúan su criminal periplo, la coalición que preside Jordi Pujol se ha sentido obligada a explicarse insertando en los periódicos, como publicidad, un comunicado que desgrana las razones para no firmar el acuerdo PP-PSOE contra el terrorismo. CiU recuerda su aportación "importante y positiva" a la transición democrática, su participación en la redacción de la Constitución, su lealtad constitucional y su apoyo a la lucha antiterrorista, méritos que nadie ha puesto nunca en duda, como tampoco nadie le ha discutido su rechazo del terrorismo como recurso para obtener fines políticos.

El recordatorio de su trayectoria sirve a CiU para reafirmar su convicción de que el nacionalismo democrático vasco, y especialmente el PNV, juega "un papel del todo determinante" y que ningún intento de solución lo puede "ignorar ni arrinconar". Es difícil no compartir este punto de vista. El PNV siempre ha necesitado de otros para gobernar, pero no hay convivencia posible en el País Vasco si se pretende ignorarlo. CiU tiene razón, aunque la habría tenido plena si a esa afirmación hubiera añadido de inmediato, haciendo honor a su proverbial sentido del equilibrio, esta otra: tampoco hay solución posible que intente ignorar o arrinconar a PP y PSOE, un detalle desgraciadamente ausente de su comunicado.

Desgraciadamente, porque de eso es de lo que iban el Pacto de Lizarra y los acuerdos secretos PNV-ETA que lo hicieron posible: de un intento de ignorar y arrinconar a los no nacionalistas. En su muy ponderada negativa a firmar el acuerdo PP-PSOE, CiU pasa por alto este hecho crucial y no toma en cuenta que desde el verano de 1998 lo que se puso en marcha en Euskadi fue una operación destinada a excluir social y políticamente a la mitad de la ciudadanía vasca. Esa maniobra no salió y CiU reconoce su fracaso: el pacto de Lizarra, nos dice, ha fracasado por la reanudación de la acción criminal de ETA, aunque también habría fracasado -añade- si no hubiera conseguido integrar a los partidos no nacionalistas.

Esta asombrosa reflexión evidencia la sinrazón del nacionalismo catalán al enfrentarse con el acuerdo PP-PSOE. Nunca el Pacto de Lizarra podía fracasar por no integrar a los no nacionalistas, puesto que su éxito consistía en eso, en excluir, ignorar, arrinconar a los no nacionalistas. Revisen los redactores del documento las declaraciones del otoño de 1998 y comprenderán que el proyecto del tándem Arzalluz-Egibar consistía en llevar a la segunda posición en el sistema de partidos y a socio de gobierno a una HB transmutada en EH para forzar juntos la marcha hacia la independencia de Euskadi.

Era legítimo, se dirá. Quizá, si esa alianza no hubiera estado sostenida en un pacto secreto e infame con ETA y no se hubiera propuesto avasallar la voluntad de la mitad de la población. Pero, en fin, sea: era legítimo. En todo caso, no más que el acuerdo PP-PSOE. Por supuesto: PP y PSOE han puesto difícil a los partidos nacionalistas su adhesión, pero si los diez puntos del articulado no ofrecen problemas a CiU, tampoco debía ser obstáculo insalvable el preámbulo. Lo único que en él se exige es que PNV y EA admitan el fracaso de Lizarra, un fracaso que CiU reconoce aunque no se atreva a sacar las últimas consecuencias. No se atreve porque ese reconocimiento implica la aceptación del Estatuto como "expresión de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos del País Vasco", según se decía en Ajuria Enea. Ahora, cuando las máscaras de esta tragedia ruedan por los suelos y todos saben dónde está cada cual, no es fácil volver a lo que entonces se consideró intocable. Pero CiU debía comprender que esa vuelta sea el requisito mínimo para que quienes fueron "ignorados y arrinconados" en el doble pacto PNV-ETA y PNV-EH, y son ahora blanco de asesinos, reanuden un diálogo sin otro objetivo que derrotar moral, política y policialmente a ETA.

Pildorazos vascos
Por Carlos DÁVILA ABC 24 Diciembre 2000

No es posible hacer una mezcolanza de asuntos vascos, hay que precisar cada uno de ellos. Con letra gorda y con negrita.

ELORZA.- ¿Qué hace el PP apoyando aún al alcalde de San Sebastián? Elorza, nacional-socialista como Maragall, ni quiere alejar a HB de los cargos remunerados, ni se atreve a retirar las pancartas etarras del Ayuntamiento. El PP debe marcharse del Gobierno municipal.

ETA.- Lleva sobre sus asesinas espaldas mil y pico crímenes, pero que sepan sus actuales pistoleros que toda la dirección de los ochenta (Potros, Mamarru, Txelis, Fiti, Txikierdi, Paquito) está en la cárcel. Bueno, todos no; faltan Ternera y Otegi. Ambos homenajean a Argala.

«DEIA».- ¿Por qué —pregunta la gente— publica el periódico un artículo contra Arzalluz? Muy fácil, porque la crítica, aparte de merecer un aluvión de varapalos, refuerza al patrón, víctima, claro, de una «campaña antinacionalista feroz».

IBARRETXE.- Es un tontaina al que hasta su partido busca sustituto para las próximas elecciones vascas, cuya convocatoria le están programando. También él se ha puesto escritor y pide que los demás expliquen por qué le dejan solo. Pobre.

IGLESIA.- ¡Dios mío! Valga la apelación. Deig, el obispo de Solsona, se alinea con su colega Setién, y Rouco solicita que todos nos pongamos a rezar. Bien, nos ponemos, pero, ¿y por qué no firma la Iglesia el pacto? Esta Iglesia necesita de un rapapolvo como el del Papa a la Curia.

MANIFIESTOS.- Dos: el indecente de los intelectuales catalanes (Llach y Nierga, incluidos) a favor de ETA, es decir, a favor de dar a ETA lo que quiera, y otro, decente, de los profesores y alumnos vascos contra la banda.

TRIBUNAL.- ¡Qué vergüenza, el superior de Justicia vasco! ¡Qué poca vergüenza tienen y qué miedo tienen! El Foro de Ermua no ha podido recibir su premio en el Tribunal, pero los jueces tienen su castigo en el desdén y el desprestigio.

Largo invierno del pacto
FERNANDO LOPEZ AGUDIN El Mundo  24 Diciembre 2000


No es que con el comienzo de la estación invernal haya entrado en hibernación el pacto antiterrorista elaborado por Zarzalejos y Rubalcaba, firmado por Aznar y Zapatero, sino que su futuro no se dilucidará hasta que empiece la primavera.

Hasta que termine el invierno difícilmente podrá ir más allá de donde ha ido. Las mismas razones que explican su gestación a dos manos, entre Génova y Ferraz, son las que, probablemente, van a determinar su congelación a lo largo del próximo trimestre.

No es que su alcance, como señalan malintencionadamente sus detractores, no vaya a ir más de este siglo e incluso milenio, pero sí que no será posible concretar su perspectiva en tanto no se hayan convocado las elecciones autonómicas vascas. Como todo apunta a que Ibarretxe las acabará convocando antes de Semana Santa, que se celebra este año a mitad del mes de abril, todo indica también que nada más cerrarse las urnas empezará a despejarse la incógnita del porvenir del acuerdo entre el PP y el PSOE.

Porque el auténtico impacto político del pacto antiterrorista tiene su prueba del nueve en las elecciones para la constitución de un nuevo Parlamento en Vitoria. Desde que ha empezado a dar sus primeros pasos es casi un axioma que su supervivencia depende de su ampliación y, a la vez, su ampliación depende de su modificación.

A Pujol le sobra el preámbulo, en el que se critica al nacionalismo democrático por el acuerdo de Lizarra, y a Llamazares le falta la inclusión del punto décimo del Pacto de Ajuria Enea que hablaba de la salida dialogada del conflicto vasco. Dos propuestas, que por ahora son innegociables, que no pueden encontrar eco mientras se continúe viviendo un clima electoral en Euskadi y la violencia terrorista siga cobrándose vidas una semana sí y otra también. No hay ni va a haber voluntad política alguna, tanto por los que lo han rubricado como por los que se niegan a estampar su firma, en aceptar o retirar estas sugerencias o condiciones.

Precisamente la forma en la que nació el acuerdo antiterrorista, en un difícil parto entre dos partidos, reflejaba la imposibilidad de cualquier gestación colectiva y, por supuesto, de su progresiva extensión. El interés político y electoral de Aznar y Zapatero no coincide con los intereses políticos y electorales de Pujol y Llamazares.

Ni llevan camino de encontrar un punto de coincidencia en el próximo trimestre. Pero en materia terrorista, doctores tiene la nada santa madre secta del terrorismo. Dicho de otro modo. Lo que Pujol y Llamazares proponen, Aznar y Zapatero disponen, los pistoleros etarras lo descomponen. Si la actual ofensiva de ETA, especialmente virulenta desde el cálido mes de agosto, se intensifica en el invierno, tanto el líder catalán como el de la minoría de izquierda pueden verse obligados a rubricar lo que no están interesados en rubricar. Lamentablemente, la evolución de la violencia indica que no es una hipótesis desdeñable.

La organización terrorista conserva intacta toda su infraestructura y la inminente convocatoria de elecciones anticipadas puede llevarla a usar y abusar de toda su capacidad asesina. Al fin y al cabo, el eje de toda su presente estrategia pasa por lograr la derrota de Ibarretxe y el triunfo de Mayor Oreja. Cuenta para ello con su mejor arma electoral consistente en elevar el grado de crueldad en su máxima expresión posible. De conseguirlo, y está en sus manos su consecución, todas las siglas nacionalistas se verían extraordinariamente lesionadas en sus perspectivas electorales. ETA, si el nacionalismo democrático no se doblega, no puede tolerar un nuevo gobierno de Ibarretxe. Será entonces, cuando se cierren las urnas vascas, cuando se despejará la incógnita sobre la dimensión del pacto antiterrorista.

Si las cifras electorales se ajustan a las intenciones de voto que señalan las encuestas, obligando a la constitución de un Gobierno entre nacionalistas y no nacionalistas, habría desaparecido la razón que esgrimen Pujol y Llamazares para no sumarse a su redacción y su futuro vendría a reeditar la experiencia de los anteriores pactos de Ajuria Enea y Madrid. Por el contrario, si las elecciones dieran paso a fórmulas gubernamentales frentistas, sean de carácter nacionalista o no nacionalista, acabaría rápidamente convirtiéndose en un papel mojado que perdería toda su virtualidad política en la lucha contra el terrorismo. En su texto nada se dice sobre el escenario poselectoral, y de su contenido pueden desprenderse variadas interpretaciones, pese a que sus firmantes saben mejor que nadie que el pacto antiterrorista vivirá su particular semana de pasión en Semana Santa. Tal vez, por ello, tanto en su discutido preámbulo como en su decena de puntos, no se haga mención expresa alguna de las urnas vascas.

El miedo en las aulas o tristes historias de Lejona
Después del atentado en la universidad del País Vasco en Bilbao se extiende la desesperanza y el temor entre los intelectuales, pero también la voluntad de resistir al nazismo
HERMANN TERTSCH, Bilbao El País 24 Diciembre 2000

Este reportaje se basa, no podía ser de otra manera, en hechos, manifestaciones y personas reales. Pero no cita nombres propios de las fuentes, salvo a autores de algún texto previamente publicado bajo su firma autorizada. La descripción de la situación social y anímica en la Universidad del País Vasco es muy poco ortodoxa, pero creemos que asumible, porque las razones que a ella inducen tienen el peso que tiene la vida de mujeres y hombres que, en gran parte, llevan décadas luchando por la libertad de todos y que hoy ven su propia libertad y su supervivencia física amenazadas por mantener firmes sus principios y su coraje cívico.

Es triste tener que mantener el anonimato de quienes debieran ser celebrados como líderes de la lucha por los derechos ciudadanos y humanos frente al disparate de la tribu. Pero esta tristeza ha de ser aceptada en aras de la seguridad de quienes viven una cotidianeidad en estado de excepción, desamparados y desautorizados por quienes debieran protegerlos por dictado de ley y que confrontan día a día los pros y contras de mantenerse en la barricada o ir al exilio. El reportaje de los anonimatos revela los miedos, pero también la energía que algunos emplean en seguir creyendo en la sociedad abierta y luchando por ella.

Desde que el pasado lunes 18 se descubriera una bomba en un ascensor en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación en Lejona, la Universidad del País Vasco ha sido centro de atención de una sociedad conmocionada, como la española en general y la vasca en particular, ensimismada y temerosa ésta de ver cómo se superan todas las cotas de terror conocidas y nadie quiere intuir la siguiente.

De haber funcionado el detonador, los tres kilos y medio de dinamita del artefacto habrían derribado gran parte del edificio. Las clases estaban repletas. En el decanato se asegura que los muertos habrían sido muchas docenas. "En 150 metros no habría quedado nada, difícilmente alguien vivo". Hay quienes dicen que pudo ser diez veces peor que el atentado de Hipercor en Barcelona y que muy probablemente le habría costado la vida hasta al terrorista que operó el mando a distancia del artefacto desde una posición que permitía ver quién se acercaba al ascensor. "Era un descerebrado al que, por no importarle, no le importa ya ni él mismo", decía el miércoles una autoridad académica que rezumaba desprecio.

El mundo intelectual vasco está en plena insurrección ante el fascismo de ETA y sus cachorros y, quizás más aún, ante la insoportable pretensión de normalidad que emana del Gobierno de Vitoria, "un grupo de zombies cobardes", según uno de los profesores, que no destacan precisamente por su agresividad. "Y no os engañéis con Ibarretxe en Madrid. Es tan iluminado o más que Arzalluz", comentaba una alta autoridad universitaria.

Son decenas las personas entrevistadas respecto a esta acción de ETA que no tiene precedentes, interrogadas sobre su estado de ánimo después de lo que unos llaman "salto cualitativo" del terror, y otros, "mera lógica de la depravación" alcanzada por la banda terrorista y sus colaboradores. Violando las reglas más elementales de la ortodoxia en periodismo, este texto no da nombres ni cita fuentes. El lector habrá de fiarse.

La razón es simple: en Euskadi, la opinión y la idea son ya confidencia o riesgo. No para todos, pero para muchísimos. "Todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra, y no precisamente en un juicio". Por eso no sorprende, aunque sobrecoge, que la inmensa mayoría de los interlocutores contactados exigieran anonimato para sus manifestaciones. Los que admitieron ser citados lo querían ser con frases medidas, distintas a las expresadas en conversación espontánea y privada. Muchos han sido ya amenazados, todos, absolutamente todos, reconocen miedo, por sí mismos, por amigos, compañeros o familia.

La inmensa mayoría miente por higiene mental, aparentan una normalidad inexistente y adoptan indolencias terapéuticas o recursos varios, desde el coraje, cuando no la temeridad, hasta el cinismo o la introspección, para no enfermar bajo la tensión. Casi todos pronunciaron en algún momento frases como "en eso no me cites", "entre nosotros", o "no des mi nombre en esto". El miedo es contagioso, hasta para el cronista. Incita a arrebatos de responsabilidad y cautela. Por eso este texto es ya un mar de citas anónimas. Pero auténticas.

El miércoles 20, dos días después de que los estudiantes de periodismo y publicidad volvieran a nacer, Lejona recibía una vez más la visita de la Ertzaintza. Iban a desalojar a cuatro antiguos profesores asociados que, expulsados hace años, acceden una y otra vez al recinto con ayuda de algún profesor y entran en las clases a hacer agitación a favor de la euskaldunización total de la Universidad; es decir, la abolición del castellano como lengua lectiva. Uno es de Albacete, y otro, gallego. Muy radicales ellos, abuchean y callan a los profesores vascos que imparten clase. Si este pequeño conflicto laboral, tornado político por los interesados, es anecdótico, no lo eran las palabras con que varias decenas de estudiantes recibieron a la policía vasca. Las más cariñosas podían ser las coreadas como "Vosotros también sois perros del PP".

"Son una pequeña minoría, ya ves, no había más de cuarenta". En las elecciones al Consejo de Estudiantes sólo vota un 15% del alumnado. De ellos, Ikazlea Abertzale y Jarrai -dos organizaciones proetarras en la Universidad- votan todos; los otros estudiantes se movilizan poco. "Pese a ello, hay mayoría independiente en el consejo. Eso sí, cuarenta te montan aquí un cirio de cuidado", dice un miembro del decanato de esta conflictiva facultad. "Aquí se juntan futuros políticos y periodistas, se forjan los líderes de opinión, de unos y de otros, y hay mucha gente que está en los colectivos más amenazados, profesores y periodistas", añade una compañera.

El rector de la UPV, Manuel Montero, lleva nueve meses en el cargo y ha estado a punto de quedarse sin su facultad estrella. ETA podía haber dado por concluido el curso académico. A su estilo. Pero hay otras formas de hundir una universidad. Si las autoridades académicas no saben ya cuántos profesores -y alumnos- tienen que acudir con escolta a clase y todo lo que se dice en las aulas ha de valorarse en función del efecto que pueda tener sobre las intoxicadas mentes de los chivatos de ETA allí presentes, no "peligra la libertad de cátedra", como decían el pasado viernes en un comunicado unos 2.000 docentes y alumnos de la UPV. Ésta ya no existe.

El rector y muchos colaboradores en Bilbao, San Sebastián o Vitoria despliegan coraje cívico, hablan claro y se saben objetivos prioritarios de ETA. Todos dicen que "hay que seguir avanzando para asegurar que la universidad sobreviva a esta sinrazón". Pero también es un hecho que todos están cansados, agotados en su continua búsqueda de claves próximas de complicidad en la defensa de la democracia que nunca llegan el nacionalismo gobernante. Y muchos deprimidos, porque la tensión consume. Algunos, como Mikel Azurmendi o Txema Portillo, se han exiliado. Han huido del peligro y buscan una vida homologable a la de cualquier académico en una democracia desarrollada, civilizada.

La situación en la UPV, de profesores, alumnos y servicio de seguridad, recuerda al ambiente de intimidación, agitación antiintelectual y angustia que describieron escritores alemanes y austriacos en los primeros años del III Reich. Desde Klaus Mann a Torberg, desde Joseph Roth a Kurt Tucholsky, todos cuentan las gestas de las camadas de las SA (unidades nazis) saboteando clases, intimidando a alumnos y aterrorizando a profesores judíos o demócratas. Éstos comenzaron a emigrar tras la promulgación de las leyes antijudías de Núremberg, por cierto, muy similares a las que regirían el trato a los no nacionalistas si se cumplieran los planes públicos de Arzalluz, Otegi y demás planificadores del célebre censo paralelo.

Pero hay más paralelismos. Unos quemaban libros frente a la Universidad de Berlín, otros echan carbón a la puerta del rectorado de Lejona y corean, dos días después del intento de un atentado que pudo matarlos también a ellos, contra la "UPV española", como hacían las SA contra la "universidad judaizante en Alemania". Probablemente algunos consideren que el argumento expuesto en la manifestación de atavismo, folclore y odio del martes es un argumento más que suficiente para volver a intentar dar un escarmiento al profesorado españolizante y a la "Brunete mediática", o a los "carceleros", como llaman a los políticos electos de los partidos que ya no comulgan con hostias de Titadyne especial, servidas en ollas exprés, en Barcelona, Lejona o Madrid. Hay quien está seguro de que tendremos reedición del drama del lunes. "Volverán a intentarlo, no quepa la menor duda".

Desde el nacionalismo del PNV y EA, insisten en que la percepción de amenaza de los intelectuales y periodistas no nacionalistas es exagerada y sirve a muchos como promoción personal. Hasta de generar histeria gratuita con fines políticos se les acusa a los intelectuales del Foro Ermua y otros constitucionalistas. Lo hacen quienes no tienen que tomar más precauciones que Arnaldo Otegi o Josu Ternera, es decir, ningunas.

Todos intentan aparentar cierta normalidad a todas luces inexistente, adoptando indolencias terapéuticas o recursos varios, desde la voluntad de lucha hasta el cinismo, algunos la temeridad, otros el autismo, para no enfermar bajo la tensión. A lo largo de los años se han acumulado los amigos muertos y las ausencias. Las esperanzas se han quebrado una y otra vez bajo el peso de aljibes de sangre que ya se agolpan en la memoria de todos. ¿Quién puede reprochar al condenado a muerte por instancias ignotas el hecho de sentir miedo?

No parece justo culpar a alguien de estar paranoico en las circunstancias personales en que viven tantos profesores, tantos profesionales de todo tipo en Euskadi. "No podéis imaginar la humillación que supone agacharse a diario a indagar por los bajos del coche. Mirar al soslayo al cruzar puertas, ver o creer ver algún sospechoso junto al portal". "Los profesores estamos expuestos como nadie. Nuestra labor es pública, como tu agenda. Todos saben cuándo y dónde dar contigo".

El miedo es el factor determinante en las vidas de cada vez más personas en Euskadi. La estrategia de la "socialización del sufrimiento" de ETA y EH ha sido todo un éxito. Pero entre los intelectuales vascos existe otro sentimiento potente. Es la indignación que induce a superar temores y que se dirige contra asesinos y cómplices, pero también contra el PNV y contra el Gobierno de Ibarretxe, "que se han convertido en colaboradores necesarios del fascismo", como dice sin ambages en su despacho, en la Universidad de Deusto, un conocido catedrático. En la puerta de su despacho -no es el único- figura un nombre que no es el suyo. "Ya sabes, pequeñas precauciones, aunque dudo de que sirvan para algo. Pero ayuda a creernos más seguros".

Está generalizada la percepción en estos sectores de que el Gobierno de Ibarretxe hace menos de lo que podría para garantizar la seguridad de muchos y acabar con la impunidad de los pocos que generan el terror. Hace menos porque no quiere o no le deja su partido. "Creen que presentar a ETA como indestructible les conviene a medio plazo", dice un profesor. "Ibarretxe vino el otro día para hacerse la foto. De paso, además el PNV distribuyó esos cartelitos pidiendo diálogo. ¿Con quién? Con el de la bomba", pregunta otro. Una compañera explica: "Lo que pasa es que los estudiantes tienen una edad en la que están colmados de fe en el ser humano". ¿Quién es capaz a los 20 años de no pedir diálogo para acabar con muertes? Es un "término trampa" en el que caen con la mejor de las intenciones. Como en Barcelona. Pero nadie entre los que viven el miedo perdonan lo que consideran una indignidad política y moral de la que ni Arzalluz ni Ibarretxe podrán jamás recuperarse.

Para los señalados por ETA como enemigos del pueblo, las quimeras son difíciles de digerir. Lo intentan. Simulan hacer vida "normal". Pocos recuerdan lo que eso significa. Los menos afortunados asumen la convivencia forzosa con escoltas, sus perreguis, como dice alguno, en deslizamiento tétrico hacia el síndrome de Estocolmo semántico. Unos tienen problemas familiares; otros, psicológicos, existenciales. Otros tratan de negarse a la evidencia de que carecen de las garantías de que goza un ciudadano de una democracia auténtica.

La UPV se halla en estado de excepción y sus gentes, por vocación y decisión democrática, por su ira desde la dignidad personal, quieren mostrar normalidad. No existe. Pero la esperanza de que vuelva a existir en Euskadi un Estado de derecho radica en estas gentes que, amenazadas de muerte, hablan de diálogo entre ciudadanos y se niegan a la postración de vasallos vencidos ante el nazismo. Habrá más bajas, más dolor y ausencias, pero, como en el gueto de Varsovia, en las playas de Omaha, en las fosas de Katyn o las Adreantinas en Roma, en Euskadi, en la UPV, se está escribiendo una gran página de valentía, de superación del terror y de dignidad. Algún día habremos de saldar la deuda que estamos adquiriendo con quienes, en las peores condiciones, luchan por los valores que han de triunfar y enviarán al basurero de la historia al tribalismo etnicista y fanático que quiere fagocitarnos y nos mata día a día.

Ödon von Horvath, en Bilbao
Buenos chicos. Los más aplicados, inteligentes y volcados a una vocación a partir de su carrera académica en la UPV. No han lanzado nunca un cohete pirotécnico a la policía. No han quemado un cajero y les espanta la gente capaz de pegar un tiro en la nuca a un vendedor de chucherías, a un empresario o a un guardia civil.

Son una nueva generación de jóvenes que estudia con ahínco y ambición en las universidades vascas. No saldrían por la noche con gentes de Jarrai, entusiastas de la cultura de la violencia contra el Estado español que niega todas las libertades a la idílica Euskadi en la que habría armonía si los inmigrantes no hubieran violado su virginidad.

Están destinados a mandar, creen. Están al margen de la lucha de los "intolerantes de ambas partes". Los grandes misioneros -matarifes- de las ideas de redención nacional han nacido, algunos, lejos de Euskadi, ellos o sus padres, aquellos "invasores". Hacen méritos de vasquidad. Los aplicados estudiantes consideran que los atávicos son un accidente del paisaje. Pero los entienden. ¿Quién no quiere ser vasco aun a costa de mancharse las manos de sangre?

Pero lo más triste, como en toda situación fascista o prefascista, no son los fanáticos, sino los equidistantes. "Euskadi es compleja, no hay que mezclar cosas", dicen. Sería odioso tener que tomar partido. El que puso la bomba el lunes es malo, pero la "falta de diálogo" ha podido inducirle a ello. Pobre. Al final, si hay muertos, la culpa es de Aznar. "Todos estamos inmersos en el conflicto". ¿Qué se les ha contado a estos chicos en las pasadas dos décadas? La perversión del lenguaje de esa juventud vasca recuerda los lamentos del escritor Ödon von Horvath en su libro Juventud sin Dios ante el auge de la indolencia moral bajo el nacionalsocialismo. Los jóvenes pierden referencias éticas hasta quedar inermes ante el mensaje de odio y destrucción racista y comprensivos ante la miseria moral nazi.

Se creen algunos menos enemigos de los nazis vascos que de España. Algún día pueden cambiar de idea. Puede también que sea tarde.

La Universidad, herida
La bomba colocada por ETA ha dejado al descubierto la delicada situación de la UPV, un espejo de los miedos, inquietudes y demandas de una sociedad atenazada por la violencia
LOURDES PÉREZ BILBAO El Correo  24 Diciembre 2000

Lunes, 18 de diciembre. Decenas de estudiantes, pertrechados con mochilas y carpetas, se arremolinan tras un cordón policial desplegado en torno a la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la UPV. «¿Qué ocurre?», pregunta un visitante, sorprendido por la presencia de agentes uniformados y por la llamativa aglomeración de alumnos y profesores fuera de sus aulas. «Dicen que puede haber un paquete bomba en el ascensor», le responde alguien, en tono todavía incrédulo. El mismo visitante, que escuchó estupefacto la confirmación de que el artefacto no sólo existía, sino que estuvo a punto de estallar, contempla al día siguiente cómo el campus de Leioa se transforma en el escenario de un nutrido acto contra el terrorismo. Cuando el miércoles vuelve de nuevo a la facultad, se topa con una veintena de jóvenes coreando consignas contra los servicios de vigilancia, guardas jurados vestidos de negro y ertzainas con material antidisturbios. Se registran forcejeos y ‘pelotazos’.

Ése observador anónimo es ficticio, pero si fuera real y hubiera acudido esta semana a la UPV habría sospechado que acababa de sumergirse en un universo paralelo. «¿Que si hay alguna otra universidad que viva nuestra situación? Pues no lo sé, quizás alguna en Sri Lanka...», aventura, con una sorna impregnada de hartazgo, un avezado profesor del campus de Vitoria que prefiere guarecerse en el anonimato. Éste es, quizás, el primer efecto palpable de la violenta irrupción de ETA en la comunidad académica: algunos enseñantes acostumbrados a firmar sus opiniones con nombre y apellidos han optado por dejar de hacerlo, al menos hasta que los ánimos se enfríen. Hasta ahora, la amenaza había sido selectiva: sabotajes contra docentes como Txema Portillo o Mikel Azurmendi, que se marcharon de Euskadi para no correr más riesgos; carteles contra otros colegas, obligados a protegerse con escolta... Pero desde el lunes «es casi imposible mirar hacia otro lado».

«Creo que, por primera vez, hay gente que se está dando cuenta de que las coacciones que venían sufriendo algunos profesores y alumnos no eran ningún bulo», sostiene el presidente del Consejo de Estudiantes de la UPV, Javier Álvarez. Uno de sus compañeros, que también se oculta en el anonimato «por precaución», es más explícito. «La mayoría estamos acojonados», confiesa, mientras rememora el enfrentamiento verbal protagonizado en su clase de Políticas apenas unos minutos antes por simpatizantes de la izquierda abertzale y jóvenes críticos con la violencia.

«Aleccionador»
«Este atentado ha sido especialmente aleccionador. ETA ha pretendido demostrar que es capaz de matar al cura en la sacristía», sentencia el profesor del campus alavés, donde se ubica la Facultad de Filología, Geografía e Historia, una de las más conflictivas. Tras la colocación de la bomba en Periodismo, los responsables académicos e institucionales han reivindicado con mayor fuerza si cabe el papel de la universidad como garante de la palabra y la reflexión. Paradójicamente, en las aulas y en los pasillos se evitan, casi como norma no escrita, los debates políticos, un ejemplo más de que la UPV es uno de los pequeños espejos en que puede reconocerse la sociedad vasca. Y como en ella, la convivencia es «normal» si sólo se discute de fútbol.

«No es que nos encontremos bajo la dictadura de un sector cada vez más minoritario. Aquí el problema es ETA, que siente que ha perdido la UPV y la quiere recuperar a base de bombas», concluye Carlos Martínez Gorriarán, profesor en la Facultad de Filosofía de San Sebastián y portavoz de ‘Basta ya’. Un vivero de más de 60.000 alumnos se entremezcla a diario con 5.000 enseñantes y administrativos en una universidad que se ha forjado, a semejanza de la sociedad que la acoge, una imagen de institución compleja y plural pero falta de cohesión. En ese limitado universo, Ikasle Abertzaleak representa al 30% del alumnado en el Claustro, un porcentaje sustancial que, según Javier Álvarez, se corresponde no tanto «con un respaldo mayoritario» como a que sus miembros «siempre se movilizan más que nadie».

Es difícil establecer a ciencia cierta el impacto que ha podido provocar la bomba de ETA en los sectores universitarios afines a la izquierda radical: mientras docentes afiliados a LAB han manifestado por escrito su «disconformidad» con el intento de atentado, el dirigente de HB y profesor de Periodismo Karmelo Landa ha puesto en duda que la banda pretendiera perpetrar una acción indiscriminada. «La universidad atraviesa una situación difícil, pero no sólo por lo ocurrido el lunes. Tampoco es normal que la Ertzaintza entre cada dos por tres en el campus», opone una enseñante que rechaza sentirse amenazada.

«Precisamente ahora que hemos sentido tan cerca la barbarie, es preciso que nos convirtamos en un ejemplo de diálogo. No podemos renunciar a eso», plantea el doctor en Ciencias de la Información Ramón Zallo, quien insta al rector a «fomentar el debate» persuadido de que existe un «rechazo generalizado» en la UPV a la violencia. Pero ahí aparece larvada una vieja polémica. «Es que no hay nada que hacer -tercia el profesor alavés- mientras siga habiendo gente que mira hacia otro lado porque piensa que ETA no va a ser capaz de apretar el botón».

El atentado de por vida
Un estudio demuestra que las víctimas sufren secuelas psíquicas tras cada acción de Eta que pueden durar siempre
El 53 por ciento de las víctimas del terrorismo y el 37 por ciento de sus familiares sufren trastornos de estrés postraumático, lo que implica que recuerdan continuamente el atentado en forma de imágenes, sueños o «flashbacks». Estos datos proceden del libro «Trastorno de Estrés Postraumático» presentado esta pasada semana. Uno de sus autores, el doctor Bobes García, ha explicado a LA RAZÓN qué les ocurre a las personas después de sufrir el atentado. Se trata, según dice, de un tipo de un «suptipo de trastorno de ansiedad que se inició cuando sucede el atentado, generalmente relacionado con depresión». El estudio se ha llevado a cabo a nivel nacional y ha sido promovido por las víctimas del terrorismo.
S. Recio - Madrid .- La Razón    24 Diciembre 2000

A simple vista se observa que su cuerpo está mutilado. Tiene una muleta y una pierna ortopédica. A la hora de presentarse, siempre lo hace con una sonrisa, pero no puede estrechar la mano. «Lo he superado porque no tengo rencor, ni rabia, ni odio», afirma cuando ya han transcurrido varios años de su atentado. No le pasa lo mismo a su padre, que desde el día que su hija resucitó no levanta cabeza. Es el trastorno de estrés postraumático o TEPT.

    El doctor y profesor de la Universidad de Oviedo Julio Bobes García, junto al médico y docente de la Universidad Complutense de Madrid Alfredo Calcedo Barba han escrito la obra «Trastorno de Estrés Postraumático», en la que se analiza esta grave enfermedad, el dolor después de cada atentado. «Se trata de un subtipo de trastorno de ansiedad que se inicia cuando se produce el atentado, frecuentemente relacionado con depresión. Otros trastornos son de ansiedad o consumo de sustancias. En definitiva, es el trastorno de ansiedad más fuertemente asociado al suicidio. Asimismo, produce un deterioro del funcionamiento socio-laboral de los pacientes», explica el doctor Bobes.

    Es necesario considerar el atentado desde una doble perspectiva: desde una naturaleza objetiva, lo que implica las muertes o amenazas para la integridad física de la persona o de los demás familiares. Y subjetivamente, cuando se trata de la interpretación que la víctima hace del atentado y la forma en que afronta esa situación.
    El doctor Bobes explica así cómo ante el mismo atentado «no todas las personas desarrollan el trastorno. Por ejemplo, en España desarrollan TEPT el 53 por ciento de las víctimas del terrorismo y el 37 por ciento de los familiares».
   
AVT
Estos datos proceden de un estudio muy amplio llevado a cabo a nivel nacional, promovido por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), que se ha desarrollado bajo la dirección de un equipo de psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales expertos en la materia.

    Las víctimas del terrorismo que sufren esta grave patología padecen una larga lista de síntomas al reexperimentar persistentemente el atentado mediante recuerdos del mismo (imágenes, pensamientos o percepciones). También se tienen sueños sobre un acontecimiento que les ha cambiado para toda la vida.Muchas veces la persona mutilada por la banda terrorista «actúa como si» o «tiene la sensación de que» el atentado está ocurriendo, lo que se denomina reviviscencias o flashbacks.

    En el estudio se dice que hay un «malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que recuerdan o simbolizan un aspecto del atentado».

    La víctima de Eta evita conversaciones en las que se habla sobre la banda terrorista.

Tiene que hacer un verdadero esfuerzo para «evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el acontecimiento traumático». Asimismo, nunca podrán ir a los lugares o tratar con las personas que «despiertan recuerdos del trauma».En las entrevistas mantenidas con individuos que han sufrido un atentado se observa una notoria incapacidad para recordar algún aspecto importante del mismo.

    Los síntomas se completan con «sentimientos de distanciamiento de los otros, restricción de la vida afectiva, sentimientos de un futuro desolador, dificultades para conciliar o mantener el sueño, irritabilidad o ataques de ira, dificultades de concentración e hipervigilancia».

    En el libro se destaca que «comparadas con las cifras de otros países, en España hay un porcentaje elevado de personas que sufren el TEPT, ya que por ejemplo los datos de Estados Unidos nos dicen que el ocho por ciento de los varones que sufrieron un acontecimiento traumático desarrollan el “Trastorno de Estrés Postraumático”».

    También los familiares de las víctimas pueden experimentar el trastorno. «Es decir, que no es necesario sufrir directamente uno mismo el acontecimiento, sino que el mero hecho de estar relacionado, de algún modo, con él (ser testigo, ser familiar, etc) puede desencadenar el trastorno».
   
Terapia
Como en la mayor parte de los trastornos mentales, hay psicofarmacos y terapias psicológicas para combatir ese dolor. En cuanto a las estrategias psicológicas, se utiliza la terapia de exposición, es decir, el paciente debe enfrentarse a las situaciones temidas o a las imágenes de los atentados, sin escaparse de ellas. Otra técnica es el entrenamiento en el control de la ansiedad, donde se enseña al paciente una serie de habilidades para controlar su ira y para hacer frente a la ansiedad en la vida cotidiana.
    En general, se acepta que un tercio de las víctimas no son capaces de obtener una recuperación aceptable tras el atentado y que convivirán siempre con este trastorno.

Justicia y compromiso
Ernesto LADRÓN DE GUEVARA .- La Razón  24 Diciembre 2000

No acostumbro a opinar sobre lo que deciden los tribunales de justicia. De hecho es la primera vez que emito un Juicio al respecto.

    El Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, por mayoría de sus miembros, ha denegado la utilización de los locales del Palacio de Justicia para la entrega del Premio «Carmen Tagle» al Foro Ermua. Como se sabe, este premio se instituyó a raíz del atentado contra la fiscal Carmen Tagle por la Fundación de fiscales que lleva su nombre.

Fue el Presidente del Tribunal Supremo, que es también Presidente del Consejo General del Poder Judicial el que insta al TSJPV la utilización de sus locales para la entrega del galardón. El que sea esa alta institución del Estado la que solicita la cesión del local y que el premio sea concedido por la Asociación profesional de fiscales de España hacen que la resolución del TSJPV desoyendo la petición resulte un sarcasmo. Sobre todo cuando cinco de los magistrados ya han anunciado su disposición a realizar un voto particular.

    El Sr. Zorrilla, Presidente del TSJPV ha reconocido presiones. Aunque no ha citado las fuentes de las mismas es de suponer de dónde le han venido. Quizás el Sr. Olaberría pueda aclararlo. En cualquier caso, a uno que tiene profundas convicciones en el Estado de Derecho le entra un escalofrío solamente al pensar cómo puede ser influenciable una instancia que debiera tener como norma suprema su independencia e imparcialidad y por tanto no plegarse a presiones de ningún tipo. 

Si en una cuestión tan nimia y baladí como la cesión de unos locales a petición del órgano jurisdiccional pertinente, una instancia que tiene como alta función la administración de la justicia se deja influir, y se subordina a las presiones por miedo o por otras circunstancias, es inevitable que los ciudadanos pensemos que su imparcialidad en la administración de la justicia queda en entredicho. 

No se pueden poner «razones de oportunidad» a las decisiones, si éstas implican hacer el bien y dar a cada uno lo que merece, que eso es ni más ni menos la Justicia. Conceder unos locales que, por cierto, son públicos y por tanto sostenidos con el dinero de los contribuyentes para la concesión de un premio a una entidad que se ha caracterizado por la defensa a ultranza de la Justicia y del Estado de Derecho -que son la fuente de la convivencia y de la libertad- creo que es potenciar los valores cívicos de los que esta sociedad está tan carente debido a la exacerbación nacionalista y al terrorismo organizado, y si en esta cuestión el tribunal citado tiene dudas, ¿cómo vamos a esperar algo de su sentido de la Justicia? Los miembros del tribunal que han votado negativamente a la cesión de los locales estiman que «[..] la sensibilidad interpretativa de la opinión pública, las circunstancias sociopolíticas que caracterizan el presente de esta Comunidad autónoma» no aconsejan una respuesta favorable a la solicitud. 

En definitiva: que en sus decisiones influye el clima político más que lo que sea justo, lo cual supone un cuestionamiento de su propia independencia, preocupa a los que estimamos que los tribunales de justicia deben estar por encima de los avatares políticos, al menos si seguimos creyendo en la división de poderes de Montesquieu. Pero, es más, por esa regla de tres podemos llegar a la conclusión de que el que más grita, el que más coarta o coacciona es el que se lleva el gato al agua, y los demás, ciudadanos pacíficos que lo que queremos es que las leyes y la justicia sean el imperio que gobierne nuestra vida para impedir que la ley de la selva nos invada, nos quedamos a la intemperie. Triste es reconocer que quienes defienden la legalidad queden relegados por la influencia de quienes quieren subvertir el orden constitucional. Paradojas de la vida: quienes tienen el alto cometido de velar por el cumplimiento del ordenamiento jurídico no amparan a los que luchan por su preservación, para que no se irriten los que lo subvierten. El mundo al revés.

    Ante la Justicia y la libertad no caben tibiezas ni espacios intermedios, no caben equidistancias, o se está a un lado o al otro, o se está con quienes abogan al mantenimiento del orden jurídico e institucional o se está con quienes, por la fuerza de las armas (Eta) quieren subvertirlo.

    El demencial clima de secuestro de la libertad y de politización de todo lo que afecta a nuestras vidas, en este decadente País Vasco al que nos están llevado algunos, impregna indefectiblemente hasta lo más nimio como es el simple hecho de la entrega de un premio concedido a una asociación caracterizada por la defensa de los derechos humanos y de la libertad -defensa de la libertad que ha producido el que uno de sus miembros fuera cobardemente asesinado por Eta (José Luis López de Lacalle) y el que otros varios, como es público y notorio, hayan tenido que abandonar su actividad habitual y cambiar de destino para preservar su vida-.

    Algo tan simple como defender lo lógico y lo justo en el País Vasco se convierte en heroico. Algo tan elemental como ceder un local para la entrega de un premio concedido por una asociación de fiscales de España para destacar el trabajo a favor de las libertades se convierte en problema. Realmente este País de nuestros amores está enfermo queda patente la degradación moral a la que hemos llegado.

Ética, patética y política
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 24 Diciembre 2000

A lo largo del año que ahora termina la ciudadanía española ha vivido sometida a fuertes emociones. Dos han sido, sobre todo, los tipos de acontecimientos que la han impactado: el de la inmigración masiva de africanos y el del inacabable terrorismo de ETA. Distintos, como son, en su naturaleza, en sus causas y en sus implicaciones, ambos han coincidido en el profundo patetismo de las imágenes que de sí mismos han ofrecido y en la tremenda conmoción que han causado en las entrañas de la población. Piedad, compasión, rabia, indignación, vergüenza y rebeldía han sido algunos de los sentimientos que se han entremezclado y hecho brotar a la superficie algo de la honda humanidad que anida en la gente de bien.

Es bueno que aún podamos emocionarnos. La emoción que sentimos ante acontecimientos tan patéticos como los que este año nos hemos visto obligados a contemplar nos permite recuperar nuestra humanidad tantas veces disipada. Porque, si por algo se distingue el hombre del animal, antes incluso que por su racionalidad, es por su capacidad de compadecerse de sus semejantes. Por eso, al fin y al cabo, más que por inciertas y confusas creencias en el más allá, enterramos a los muertos. Es nuestro último gesto de piedad, ese que un hombre jamás puede negar a otro hombre. En este sentido, el año que termina nos ha presentado, muy a nuestro pesar, demasiadas ocasiones de sentirnos y declararnos humanos. El hambre desesperada de los inmigrantes africanos, de un lado, y la sangre derramada de los injusta e imbécilmente asesinados por ETA, de otro, nos han devuelto, aunque por diferentes caminos, a esa misma frontera originaria desde una de cuyas orillas hemos podido contemplar, sólo a dos pasos, el territorio de la animalidad del que somos oriundos y del que nunca logramos exiliarnos del todo. El pathos, es decir, la emoción y la conmoción del alma humana, es precisamente lo que nos ayuda a trazar, infranqueable, esa frontera y a poner tierra por medio entre el animal que todavía nos reclama y el hombre que no acabamos de hacernos.

La gente ha entendido el significado y la importancia de emocionarse y de dejarse conmover. Lo hemos visto este año en las expresiones espontáneas de solidaridad y condolencia que se han dado en las zonas en que la avalancha de inmigrantes es más fuerte y en las ciudades en que con mayor crueldad ha golpeado el terrorismo. Al dar rienda suelta a su pathos, la gente sabe que está haciendo, si no otra cosa, al menos una afirmación explícita de humanidad.

La política, en cambio, no mantiene una buena relación con lo patético. Se siente incómoda en su terreno. Le pasa con él lo mismo que con el de la ética. Tanto el ethos como el pathos plantean los asuntos en unos términos en los que la política no sabe desenvolverse. La política prefiere, por eso, blindarse frente a ambos, declarando la autonomía o, incluso, la independencia de cada uno de los ámbitos. Cada uno se rige por sus propias reglas, y las interferencias entre ellos resultan indeseables.

De la ética, por la que suele sentirse más acosada, la política ha logrado desembarazarse recurriendo a una interpretación abusiva de aquella ya clásica distinción weberiana entre ‘ética de la convicción’ y ‘ética de la responsabilidad’, y reduciendo tramposamente esta última a una especie de ‘razón de Estado’, que le sirve de coartada para hacer siempre y en todo caso aquello que le resulte más conveniente. Aunque el recurso sea demasiado facilón, respecto de la ética, la política ha hecho, al menos, un esfuerzo para racionalizar las respectivas autonomías.

Con el pathos, es decir, con la emoción y conmoción del alma, la política lo tiene más difícil. En él se expresan, al fin y al cabo, los sentimientos más profundos y humanos de la gente, y de ésta -de la gente- la política se sabe radicalmente dependiente. De ella no puede desembarazarse. La gente está dispuesta a aceptar o, al menos, tolerar que, en relación con la ética, la política disponga de una autonomía que le permita un amplio margen de maniobra. Cuando la cosa viene, por el contrario, al terreno de los sentimientos, la gente no entiende de buen grado la toma de distancias. Ser sensible al sentir de la gente es lo mínimo que ésta exige de la política y de los políticos.

La política se encuentra así, respecto del pathos, en un auténtico compromiso. Sabe que no puede prescindir de él, porque ello sería lo mismo que prescindir de la gente, pero entiende también que desde él, desde la emoción, no puede desarrollarse como política. Para actuar en cuanto tal, la política necesita tomar distancia de los sentimientos, sometiéndolos a la racionalidad. Cuando, como ha ocurrido este año de intensas emociones, la tensión entre implicación en el pathos popular y distanciamiento respecto de él se hace especialmente tirante, la política tiende a poner más de manifiesto su torpeza en el manejo de los sentimientos de la gente. O bien opta por la manipulación desvergonzada del pathos de la población, cayendo en la demagogia y el populismo más obscenos, o bien se refugia en una frialdad elitista y seudoilustrada, que provoca desencanto e indignación entre quienes, conmovidos y emocionados, reclaman mayor sintonía y empatía.

Ejemplos de ambos extremos los hemos tenido en abundancia. Por el lado de la manipulación populista y demagógica, el dolor de las víctimas y la emoción popular por ese dolor causada han sido descaradamente utilizados por la política con el único fin de dirimir sus rencillas internas. Por el flanco de la frialdad elitista y seudoilustrada, el ministro competente ha tenido la desfachatez de declarar que, ante la tragedia de la inmigración, «sobran los sentimientos», y muchos otros políticos, ignorantes o despectivos de la profunda desazón que sufren quienes viven bajo la amenaza continua del terrorismo, han proseguido, como si con ellos no fuera esta patética situación de sus conciudadanos, diseñando sus estrategias de laboratorio, que, en las circunstancias en que vivimos, no pueden ser tomadas sino como insultos a la sensibilidad de una sociedad conmocionada. La política ha dado, así, claras muestras de que su relación con el pathos es patosa y desmañada.

El pathos popular, si no mudo del todo, suele ser a menudo inarticulado. La función de la política consiste precisamente en articularlo e integrarlo en su discurso y en su acción. Lo único que no cabe hacer con él es lo que, salvo contadas excepciones, está haciéndose: azuzarlo irresponsablemente o ignorarlo con desprecio. Porque el pathos, esa emoción y conmoción del alma, puede llegar a ser productivo también en el nivel de la acción política, cuando alguien sabe manejarlo y articularlo. Alguien dirá que así se ha hecho en el reciente pacto antiterrorista entre el PP y el PSOE. Yo, por mi parte, citaré un caso que, tal y como se ha desarrollado este artículo, resultará chocante. Tres concejales de EH han dimitido por no poder aguantar ya más la indecente política de su formación. Ha sido una decisión ‘patética’, adoptada desde el pathos. Y es que, cuando uno se acerca a la frontera que divide la animalidad de la humanidad, las decisiones se toman con el estómago. Es cuestión de cuánto está uno dispuesto a tragar, también en política. Ojalá cunda el ejemplo. Entre todos.

Jueces
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 24 Diciembre 2000

Jueces se enzarzan con jueces; jueces se enfrentan a fiscales; políticos de derecha y de izquierda denuncian a jueces y fiscales de derecha y de izquierda (o progresistas y conservadores, en términos edulcorados); la magistratura no sólo se organiza en asociaciones profesionales bien identificadas ideológicamente sino que, además, se alinea por grupos mediáticos hasta tal punto que llegan a asumir los intereses de aquéllos más allá de lo discreto y aun de lo ético. Se entra, así, en una batalla campal e indiscriminada en la que es difícil discernir las razones de la Justicia del resto de la ganga carrerista. Por su parte, los periodistas elaboran listas de jueces «buenos» y «malos», cambiantes por cierto, ya que en ellas se pasa de héroe a villano, según los intereses en juego, en veinticuatro horas.

Todo esto sería soportable si las polémicas no terminaran provocando una zarabanda con frecuencia barriobajera, escandalosa para los ciudadanos, humillante para el Poder Judicial, vejatoria para el sistema.

En los últimos días el Poder Judicial ha tenido el sospechoso privilegio de volver a ocupar un espacio desproporcionado en los medios. El fiscal Jiménez-Villarejo y Juan Ignacio del Burgo se han acusado mutuamente de nostálgicos del franquismo a propósito de la polémica sobre el caso del lino. Si para uno tiene nostalgia del franquismo quien se ampara en la inmunidad parlamentaria, para el otro la tiene el magistrado que no acepta la crítica por sus actuaciones. Pero si en este caso el político acusador pertenece al centro-derecha, en otros casos el crítico es un socialista. ¿Acaso hemos conocido una acusación más brutal que la de Rodríguez Ibarra al llamar «cueva de prevaricadores» a la Audiencia Nacional? A partir de aquí ¿podrá sorprenderle ya algo al Supremo? Si Jaime Ignacio del Burgo merece para Villarejo la calificación de nostálgico del franquismo ¿qué debería corresponderle al presidente de Extremadura a juicio del fiscal anticorrupción?

La raíz de los males del Poder Judicial está en los compromisos entre éste y los partidos. No quieren entender muchos jueces que a la condición misma del político le va el juego arriesgado de la crítica pero nunca a la del juez, que sólo debe hablar por sentencias. De ahí que el Consejo General del Poder Judicial haya comenzado a investigar el texto de Pilar Urbano sobre la vida y milagros del juez Garzón. Quiere saber si alguna parte del texto se basa en declaraciones de ese juez «que veía siempre amanecer» por si hubiera en ellas violación de secreto judicial. El gesto de la autora (obligado por otra parte) al asumir la responsabilidad de todas las informaciones, no interrumpirá la investigación. Caso curioso el de este libro que les ha venido bien, a la vez, a «El País» y a «El Mundo». A uno para desautorizar a Gómez de Liaño, al otro para demostrar la radical inmoralidad de González.

De todos los episodios en los que ha salido tocada la credibilidad del Poder Judicial, uno de los más significativos ha sido el que ha protagonizado hace unos días el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco: se ha negado a ceder sus locales para la entrega del premio Carmen Tagle al Foro de Ermua. Este hecho es suficientemente ilustrativo de la actitud de una parte del Poder Judicial ante el problema vasco. Entrar en las razones que han podido motivar esta decisión —quizá con implicaciones jerárquicas superiores— nos lleva a sospechas inquietantes. Hay una parte del Poder Judicial que está con la mitad hegemónica de la sociedad vasca. Puede haber miedo pero hay, sin duda, una posición política favorable a los nacionalistas, como sucede en buena parte de la izquierda.

Para entender la miseria del Poder Judicial hay que descender a los ochenta, en los que buena parte de aquél pensó que, al entregarse a un partido y a su líder, encontraba su verdadera independencia.

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