AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 3 Febrero  2001
#El compromiso de los intelectuales contra ETA
Edurne Uriarte. Profesora de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco ABC 3 Febrero 2001

#El terrorismo como patología moral
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC  3 Febrero 2001

#Arzalluz y la reserva mental
Enrique de Diego Libertad Digital 3 Febrero 2001

#Gandhi
MARTIN PRIETO El Mundo 3 Febrero 2001

#UN PARLAMENTO SURREALISTA
Editorial El Mundo 3 Febrero 2001

#El cocinero y el asesinato de trámite
Lorenzo Contreras La Estrella  3 Febrero 2001

#Los proetarras queman un camión que transportaba ocho vehículos
Libertad Digital   3 Febrero 2001

#Amigo de los nazis
José Antonio VERA La Razón Libertad Digital   3 Febrero 2001

#La Oveja Negra de la prensa aberzale
JAVIER ARMESTO  A CORUÑA La Voz  3 Febrero 2001

#La UPV denuncia el «deterioro de la convivencia» y pide a ETA que se disuelva
OLATZ BARRIUSO BILBAO El Correo   3 Febrero 2001

#Del absurdo al ridículo
Editorial El Correo 3 Febrero 2001

#A Pilar Urbano, cristianamente
Carlos HERRERA, cherrera@Andalucía.net ABC 3 Febrero 2001

El compromiso de los intelectuales contra ETA
Por Edurne Uriarte. Profesora de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco ABC 3 Febrero 2001

MUCHOS años de estabilidad democrática, unidos al hundimiento de algunos de los grandes mitos del siglo XX, llevaron a desterrar del vocabulario de los intelectuales la palabra compromiso. Pero, sin quererlo, ETA le ha dado de nuevo contenido a esta palabra. El compromiso vuelve a tener sentido en el País Vasco, y lo tiene en forma de la lucha, cada vez más decidida y unitaria, de los intelectuales contra ETA. Porque ya no se trata de unos pocos intelectuales aislados, sino de un grupo cada vez más numeroso, que, además, interviene decisivamente en los movimientos ciudadanos contra ETA.

Este compromiso tiene una enorme trascendencia, tanta que creo que nos coloca ante el fin de ETA. Por dos razones. En primer lugar, porque tiene capacidad para socavar los restos de legitimación social que aún sostienen a los terroristas y ante los cuales ni la acción de la Policía ni de la Justicia pueden ser totalmente eficaces. En segundo lugar, porque este compromiso actúa de impulsor de la reacción de toda la sociedad civil contra ETA, una reacción que está consiguiendo que la lucha contra ETA ya no sea sólo cosa del Estado, sino de toda la sociedad. Otra historia es por qué los intelectuales no reaccionaron antes, pregunta incómoda pero necesaria de la que me ocuparé al final.

Respecto a la legitimación de ETA, tienen razón los nacionalistas y los dialogantes cuando dicen que las soluciones policiales no son suficientes para acabar con ETA. Porque policías y jueces poco pueden hacer contra las justificaciones y comprensiones que hasta ahora han acompañado a ETA. Y me refiero a la legitimación directa, la que ETA recibe de su entorno cercano, pero también a la legitimación indirecta, fundamentalmente, la que le proporciona el nacionalismo moderado con las constantes alusiones a la necesidad de diálogo, o a las razones históricas que explican a ETA, o al conflicto político en el que debemos entender a ETA.

Los intelectuales están impulsando el cuestionamiento de las bases de esa legitimación. Por ejemplo, cuando más de 700 miembros de la Universidad del País Vasco presentan un manifiesto «Contra la opresión terrorista» e identifican con claridad a los etarras como los opresores de los ciudadanos. Por ejemplo, cuando la Facultad de Ciencias Sociales, también estos días, aprueba un comunicado que titula «Todos estamos en la diana» y transmite a toda la sociedad la convicción de que cualquiera de nosotros puede ser asesinado por ETA, porque ETA persigue la destrucción de todos los que osen expresarse libremente; o cuando esta misma Facultad manifiesta la «voluntad inquebrantable de combatir a ETA, de luchar por la libertad» y apunta con claridad la dirección del compromiso del mundo de la cultura, y deja en evidencia a las autoridades del Gobierno Vasco, incapaces de sustituir sus rogativas a ETA «para que pare» por la decisión de combatirla.

Además, los intelectuales han puesto en el primer plano la posición de la sociedad civil contra ETA, y no sólo porque ellos mismos sean sociedad civil, sino también porque esta vez han salido de sus cátedras y de sus libros y se han implicado en la movilización ciudadana. Por eso su compromiso es activo; no sólo denuncia con las palabras, sino que baja a la calle a reivindicarlas junto al resto de ciudadanos. Fernando Savater, en su alocución en Estrasburgo con motivo de la entrega del premio Sajarov a ¡Basta Ya!, dijo que «hemos salido a la calle y hemos alzado nuestras voces porque estamos convencidos de que, cuando la democracia está en peligro, los ciudadanos no pueden refugiarse en su anonimato y esperar mansamente a que todo se resuelva en las altas esferas del poder político».

Los intelectuales han asumido un liderazgo que la sociedad demandaba. Y es que este grupo mantiene un prestigio social y una capacidad de ser referencia válida para la sociedad que tienen una importancia especial en momentos de excepcionalidad como los que vivimos. Los intelectuales tienen mucha más influencia de la que ellos mismos se atribuyen, porque los ciudadanos confían en su capacidad para entender los problemas, para denunciar las falsedades, para explicar las palabras. Y, además, les otorgan más prestigio que a unas elites políticas muy cuestionadas en todas las democracias (injustamente, pero esa es otra historia).

Esta simbiosis entre los intelectuales y el resto de los ciudadanos es letal para ETA. Por tres motivos. En primer lugar, acaba con la ficción etarra de que ellos luchan contra el poder, es decir, el Estado y sus representantes, y pretenden liberar a la sociedad. Porque la sociedad les dice que ella se siente también objetivo, que está oprimida por ETA y que, por lo tanto, va a resistir y a combatirles. En segundo lugar, refuerza ese Estado contra el que ETA dice luchar, porque intelectuales y ciudadanos reivindican que el Estado es un instrumento para la defensa de los intereses de la sociedad, y que, en estos momentos, el interés principal es que el Estado utilice todos sus instrumentos para acabar con ETA. En tercer lugar, traslada el mensaje contra ETA, quizá excesivamente alojado en las esferas de la política hasta ahora, a todos los rincones de la sociedad. El repudio a los criminales ya no está sólo en la política, sino que se instala plenamente en la calle.

Ahora bien, dicho todo esto, la pregunta inevitable es dónde estaban esos intelectuales hasta ahora. Por supuesto, algunos estaban ahí desde siempre. Pero es verdad que podemos hablar de intelectuales como grupo amplio comprometido contra ETA desde hace relativamente poco tiempo. ¿Por qué? Ha dicho Juan Aranzadi (Claves, 109) que los intelectuales han empezado a reaccionar cuando se han sentido objetivos de ETA. Aranzadi tiene algo de razón, y su tesis deja simplemente en evidencia que la dejación, la miseria moral o el miedo afectan a los intelectuales como a todos los demás.

Pero hay más razones. He mencionado más de una vez el complejo antifranquista que ha tenido muchos efectos en una intelectualidad mayoritariamente de izquierdas, a la que ha costado interiorizar con todas sus consecuencias que el franquismo acabó hace 25 años y, con él, tanto su represión como su incapacidad para resolver el problema de los nacionalismos.

Pero, además, los intelectuales españoles, al igual que sus colegas de otros países, sufren de dos enfermedades, la del cientificismo y la del relativismo. La primera se caracteriza por pensar que para entender los problemas no hay que implicarse en ellos y que cuanta más distancia se ponga entre ellos y el estudioso, más científico y, por lo tanto, respetable, será el estudioso. La enfermedad del relativismo es incluso más devastadora, porque lleva a pensar que todo es relativo, luego todo es entendible, aceptable, o admisible, incluso las ideas antidemocráticas o criminales.

ETA nos ha mostrado que ni el cientificismo ni el relativismo valen para acabar con la dictadura que nos han impuesto. Cuando un grupo de asesinos aterroriza a la sociedad y mata a quienes disienten de su proyecto totalitario, no caben ni las distancias ni los puntos intermedios. Sólo cabe combatir a los asesinos. A eso se le llama compromiso intelectual, y en el País Vasco ha vuelto a renacer.

El terrorismo como patología moral
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC  3 Febrero 2001

La reapertura del Parlamento vasco exhibe la consabida e insoportable debilidad del Gobierno de Ibarretxe, que se resiste a cumplir con el imperativo democrático de la convocatoria de elecciones. El Ejecutivo vasco comienza un período de derrotas parlamentarias con sus dos primeros trofeos: las selecciones deportivas y las banderas. Lo peor de esta obstinación política es que puede contribuir al retraso de la solución del problema del terrorismo, la más profunda patología nacional. Cada vez resulta más difícil volver a ocuparse del terror. Es comprensible, ante tanta brutalidad, sentir la tentación del silencio, nacida del hastío, o la inclinación a relegarlo del primer plano de la atención a la pequeña crónica de sucesos. Pero no es posible. Y no lo es, sobre todo, por razones históricas y morales. Lo primero, porque el terror persigue la destrucción de España. Lo segundo, porque aspira a edificar un sistema totalitario y consiste, ante todo, en una grave patología moral.

Hechos como la rectificación inducida de los cocineros o la negativa de unos presuntos sacerdotes a oficiar un funeral en memoria de Gregorio Ordóñez, confirman que el mal no es periférico sino que amenaza con invadir, si no lo ha hecho ya, a buena parte de la sociedad. El heroísmo no constituye, probablemente, un deber inexcusable, pero sí lo es resistirse a la claudicación política y al envilecimiento moral. La aceptación como inevitable y normal de lo que es de suyo aberrante conduce inexorablemente al envilecimiento. Quizá exista un punto intermedio entre el heroísmo (del que muchos españoles, vascos o no), están ofreciendo un testimonio ejemplar y la pura degradación. Pero aceptar como normal que hoy pueda hablarse sin exageración, en esta España democrática del siglo XXI, de un exilio vasco es simple miseria moral.

El máximo imperativo intelectual es la búsqueda de la claridad. Por desgracia, la claridad no basta para derrotar al terror. Es condición necesaria para la solución del problema, pero no suficiente. Debe ir acompañada del coraje cívico y de la dignidad moral. La primera obligación de quienes escribimos es quizá la de contribuir a arrojar un poco de luz. Como toda enfermedad moral, los síntomas deben ser tratados con la terapia adecuada, pero la solución radical sólo puede ser pedagógica y moral. Un fin político puede merecer el sacrificio de la propia vida, mas nunca el asesinato. Quizá pocas cosas sean tan urgentes como desmantelar la falacia del conflicto político y de la guerra. Extraña guerra en la que unos atacan y otros ponen las bajas. Si la falsa hipótesis de la existencia de un conflicto político que genera una guerra fuera correcta, entonces la llamada «guerra sucia» estaría justificada. Si unos utilizan unas armas para romper España e instaurar el terror totalitario en el País Vasco, otros podrían legítimamente utilizar las mismas para mantenerla intacta y defender la libertad. Los crímenes de Estado pasarían a ser simples operaciones bélicas. La «guerra sucia» es ilegítima porque un Estado de Derecho no debe combatir a una organización terrorista con sus mismas armas.

En el País Vasco se dan hoy bastantes de las condiciones que caracterizan el deslizamiento de una sociedad hacia el fango totalitario: el terror, el exilio, los silencios cómplices, los colaboracionistas, la debilidad y el desarme moral, la actitud de mirar hacia otro lado, la de quienes pagan su tranquilidad y bienestar con dinero que sirve para financiar el crimen. Por fortuna, no faltan tampoco los ejemplos de signo opuesto: los resistentes, los que proclaman la verdad, los héroes, quienes se juegan la vida por un idea, los verdaderos patriotas que van a vencer porque ya han vencido.

Arzalluz y la reserva mental
Por Enrique de Diego Libertad Digital 3 Febrero 2001

La reserva mental es una figura de la moral por la que se oculta el pensamiento de manera que no se diga mentira. Carden o no la lana, la fama la llevan en la materia los jesuitas. Hay un chiste que ilustra la materia: un franciscano consultó a su director espiritual si podía fumar mientras rezaba. El director le reconvino por esa dependencia del vicio distractor. Acudió un jesuita a su director espiritual y le preguntó si podía rezar mientras fumaba. Tal muestra de devoción fue elogiada.

La reserva mental es un medio lícito para la Iglesia católica, por ejemplo para evitar el martirio, pero su utilización habitual es una de las muestras más edulcoradas de hipocresía. Desde luego, Arzalluz carda completamente la lana hasta niveles de perversión moral. La insinuación reciente de que la banda terrorista debería atentar contra objetivos de mayor entidad que un cocinero tiene diversas interpretaciones, como toda reserva mental, pero una de las más directas es que Arzalluz considera convenientes algunos asesinatos, e incluso no le haría ascos a ser el ideólogo de Eta o a marcar objetivos. En ese sentido, hay pruebas abundantes de que Xabier Arzalluz es un columnista más influyente en Eta que Pepe Rei.

La ilustrativa polémica sobre las acanalladas negativas a celebrar los funerales por Gregorio Ordóñez muestra la extensión perversa de la reserva mental en los eclesiásticos vascos. No deja de ser chocante que una de las Iglesias más politizadas del orbe –recientemente el 50 por 100 de los sacerdotes de Vizcaya emitían un comunicado estrictamente político y a Setién no se le conoce una frase religiosa— haya recurrido al argumento de la politización para negar una celebración eucarística en varios templos por el alma de una víctima del terrorismo, que además era un católico coherente, practicante y comprometido.

La persecución de los discrepantes por el padre Echarte no es otra cosa que la participación en el general clima autoritario y de amenaza contra la libertad del nacionalismo, pero lo curioso es que tal nivel estrictamente inquisitorial se hace en nombre de la paz, uno de los términos que ha más ha padecido por la tortuosa reserva mental.

Las últimas declaraciones de Xabier Arzalluz, con sus recomendaciones sobre los objetivos, se produjeron poco después de que inaugurara una sede del PNV en Vitoria. La sede era bendecida por un sacerdote. Si los jesuitas, sacerdotes y pastores de la Iglesia vasca quieren buscar argumentos, por favor, que no salgan con lo de la política y la despolitización, porque en sus reservas mentales –más a favor de los verdugos que de las víctimas— y en sus compromisos patentes está una parte de la responsabilidad de lo que sucede.

Gandhi
MARTIN PRIETO El Mundo 3 Febrero 2001


El mahatma Gandhi (alma grande) no ha tenido suerte en los múltiples listados periodísticos del siglo XX. Para unos era demasiado espiritual para conducir con bríos la emancipación del imperio británico; para otros era político en exceso colgándose del brazo de Lady Mounbatten, cuando el Estado Mayor del esposo de ésta, el último virrey, ultimaba la partición que dio vida a Pakistán, en la peor división posible, la religiosa, que originó una de las grandes hecatombes del siglo, migrando musulmanes e hindúes hacia sus respectivos nuevos países, pasándose a cuchillo con fruición. Fue un alma grande pero muy poco entendible para un observador europeo. Abogado occidentalizado en Sudáfrica, hizo votos de castidad ante su esposa, pero luego yacía junto a su joven y hermosa sobrina para fustigar las miserias de su carne. Cuando el mariscal Rommel avanzaba aparentemente imparable por Cirenaica hacia Alejandría (en El Cairo los ingleses quemaban sus archivos), y el general Yamasita campeaba por Birmania, una gigantesca pinza nazi-japonesa se cerraba teóricamente sobre la India, ocupada la tropa británica en apagar los disturbios y la desobediencia civil que encendía Gandhi, quien no hubiera dudado en negociar la independencia con potencias antidemocráticas y militaristas. 

Ya he recordado que Winston Churchill no dudó en meterle en la cárcel. Su aniversario de hace unos días ha traído a cuenta una declaración clarificadora desde el Foro de Ermua: «Somos pacíficos pero no pacifistas». Esa es la compleja enjundia gandhiana, recogida en una sola palabra: satyagraja. La marcha de sal sobre el mar, las huelgas de hambre, la rueca y el hilado personal de la túnica, el boicot a los productos ingleses, una paz en acción constante, la movilización permanente, como la que con coraje estimula Fernando Savater. Esta satyagraja, todo lo contrario que la kale borroka, reclama también a los periodistas, y si mi querida Pilar Urbano fuera hindú y no del Opus Dei entendería la beligerancia que se le debe a ETA y a todos sus mariachis (incluidos los que quieren dialogar el calendario de la independencia), sin necesidad de que los informadores o analistas tengan que ser podencos del Ministerio de Interior. Los pacifistas siempre han acabado, aun a su pesar, en colaboracionistas pasivos de algún terror organizado. Los pacíficos han de beligerar y no reunirse sufrientes en asamblea mansueta en la que sólo se escuche el silencio de los corderos pidiendo tregua. Ante los holocaustos no cabe la objetividad, el distanciamiento, la equidistancia, la imparcialidad de la que sólo extraen provecho los propietarios de la matraca. La no violencia de Gandhi tiene poco que ver con el lamento bovino de las reses camino del matadero políticamente correcto del PNV.

UN PARLAMENTO SURREALISTA
Editorial El Mundo 3 Febrero 2001

La primera sesión del Parlamento vasco tras las vacaciones puso ayer en evidencia el nivel de surrealismo al que ha llegado la política en esta comunidad debido a que Ibarretxe ha hecho de la resistencia numantina su razón de ser. Los debates y votaciones de distintas propuestas fueron la escenificación del mundo al revés. El PNV y EA se comportaron como si fueran la oposición y el PSOE y el PP, con la ayuda de UA, actuaron como si estuvieran en el Gobierno, haciendo valer su mayoría en la Cámara.

De esta forma, resultaron aprobadas tres proposiciones no de ley, en contra de la coalición PNV-EA. Una, en la que se insta al Gobierno a ampliar las partidas dirigidas a la atención psicosocial de las víctimas del terrorismo. Otra, en la que se recorta el papel exclusivo de las selecciones deportivas vascas. Una tercera, en la que se pide a Ibarretxe que coloque banderas españolas, tal y como obliga la ley, en los edificios públicos donde sólo ondea la ikurriña. ¿Es posible imaginar un país democrático donde el Parlamento tenga que instar al Gobierno a cumplir la ley? A tal grado de disparate se ha llegado. No menos extraordinario y antidemocrático es que el Ejecutivo no albergue la menor intención de cumplir las resoluciones parlamentarias. Y ya resulta un escándalo que para ahorrar al PNV el disgusto semanal, el presidente de la Cámara haya decidido convocar el pleno cada quince días.

Ibarretxe, mientras tanto, reflexiona sobre otra de sus fantasmales propuestas que tampoco servirá de nada. Más sincero, Egibar ha pedido que EH acuda en defensa del PNV para frenar la «reconquista española». O sea, cada oveja con su pareja.

El cocinero y el asesinato de trámite
Lorenzo Contreras La Estrella  3 Febrero 2001

Arzallus ha venido a decir en un batzoki de Bilbao que ETA se ha equivocado de víctima cuando ha matado a un cocinero y que, a sensu contrario, lo que debería de haber hecho es elegir un concejal, un dirigente de partido, un militar, un policía y, cómo no, a un periodista, a ser posible tertuliano o "mercenario y machacante" de la radio. Cuando terminó de insinuar esto, el líder del PNV no propuso a quienes le escuchaban un minuto de silencio, sino "unos vinos de patriotismo".

La escalofriante indiferencia con que se asiste a la muerte cotidiana como el que consume el pan de cada día queda registrada en esa pequeña ceremonia del batzoki. De seguro que quienes bebieron ese vino ni siquiera necesitaban beber para olvidar la tragedia que el padre Arzallus comentaba. Llevaban ya el olvido puesto. A fin de cuentas, ¿qué importa en Euskadi un muerto más o un cocinero menos? Es posible, sin embargo, que dada la afición gastronómica de los vascos, el asesinato de Ramón Díaz llevara incorporada la connotación de algo valioso dentro de la rutina en la industria de matar.

De todos modos, esa muerte ha sido una de las más significativas del repertorio macabro. Porque se da la circunstancia de que el cocinero era uno de esos ciudadanos maquetos que, aparte de vivir desde muchos años atrás en Euskadi, han procurado identificarse con la tierra, integrándose en la sociedad y en sus costumbres, en su nomenclatura, hasta el punto de meter el santoral vasco en casa para que los hijos, sobre la partida de nacimiento, pudiesen contrarrestar con el nombre de pila el factor diferencial de apellidarse Díaz. Ahora esos pobres muchachos tienen base para razonar si vale la pena tanto esfuerzo de integración, tanto interés por borrar las señas de origen y confundirse con el suelo que acabó tragándose a su padre en el peor de los sentidos.

En la homilía del funeral por el cocinero, el obispo de San Sebastián, monseñor Uriarte, pronunció unas palabras cargadas de realismo: "Miramos con preocupación el riesgo de fractura y escisión social que la cruda confrontación presente puede acabar generando". La importancia añadida que la rutinaria muerte del cocinero ofrece es que afecta sabinianamente a la depuración social de la que tanto escribió el fundador del PNV y de manera tan clara invocó la propia ETA en el manifiesto que hizo coincidir con los pactos de Lizarra.

Es mucho creer que la actual situación puede perdurar indefinidamente, con media sociedad dejándose acosar por el diez por ciento, contando sus bajas con medrosa paciencia y contentándose con manifestarse a cada paso en el más absoluto convencimiento de que practica el derecho al pataleo. A través del asesinato de Ramón Díaz se percibe el horror de la eliminación de trámite, de tal manera que este caso se repetirá en proporción al grado de autoprotección que las víctimas potenciales de primer orden sepan y puedan procurarse.

Los proetarras queman un camión que transportaba ocho vehículos
Libertad Digital   3 Febrero 2001


Los proetarras han atacado en la noche de este sábado un camión que transportaba ocho vehículos. Como consecuencia de esta acción, seis coches han resultado calcinados. El camión que los transportaba estaba estacionado en una zona limítrofe entre las localidades guipuzcoanas de Pasajes y Rentería.

Los bomberos, que fueron avisados por un particular que observó las llamas desde un punto elevado de Rentería, pudieron salvar dos de los coches y la cabina del camión, pero no pudieron evitar que los otros seis vehículos quedaran totalmente calcinados. El camión estaba cargado con ocho turismos Renault Laguna y se hallaba estacionado en un arcén del vial que conecta Pasajes con la autopista A-8, un lugar restringido al paso de peatones, por lo que la Ertzaintza no ha encontrado por el momento testigos del suceso.

La Policía Autónoma Vasca informó de que existen "indicios" de que el fuego fue provocado e investiga en estos momentos el método empleado por los presuntos saboteadores para incendiar el camión.

Amigo de los nazis
José Antonio VERA La Razón Libertad Digital   3 Febrero 2001

El problema, entiendo, es que el pobre Cossiga está mal informado. No es que chochee, o sea tonto, o esté gagá, o le hayan «comprado», como dicen. El problema, en fin, es que al pobre le han deslumbrado los elogios de Arzallus e Ibarreche, las palmaditas de Eguibar, el bonito nombre del premio que le han dado -«amigo de los vascos»-, los focos de la etebé, los micrófonos de euskadi-irratia, las páginas del deia. El pobre Cossiga, insisto, no ha tenido tiempo de contrastar la información que le han mandado y se dedica a vituperar a unos y a otros, a insultar a Aznar, a vilipendiar a Iturgaiz, a confundir a las víctimas con los verdugos, a mezclarlo y enredarlo todo, pues no puede ser mas que fruto de la confusión el haber llamado a Sabino Arana «patriota de alma grande», o el haberse deshecho en elogios hacia su admirado Arzallus, ese magno dirigente que instó el otro día a Eta a que elija mejor sus objetivos y a que mate a gente importante, caramba, a más personalidades, a más políticos, a más concejales y empresarios y dirigentes sociales en general, tú, que ya está bien de cocineros y de obreros, de gente de la puta base que a ningún sitio te lleva, en fin. Algo que, por lo que se ve, ha emocionado al tal Cossiga, militante frustrado de la cosa étnico-abertzale y colega entusiasta de Herrero de Miñón y de Margarita Robles, igual de entregados a la causa de Sabino. O sea. A la causa nazionalista. 

Porque, no es novedad. Lo escribieron recien Román Cendoya y Jaime Ignacio del Burgo, aunque muchos aún no se han enterado. El tal Arana, perdona, era un racista y un xenófobo, y los que hoy le siguen y jalean caminan por la misma senda, dicen las mismas tonterías, enarbolan la misma bandera y pretenden el mismo objetivo absurdo y delirante. O es que acaso, pregunto, no le dijeron a Cossiga que su admirado Arana habló en sus libros de expulsar a los «maketos» y españoles del País Vasco, «no autorizándoles en los primeros años de independencia la entrada en el territorio bizkaino», que quedaría reservado «para los ciudadanos de raza euskeriana». O es que quizá no le dijeron tampoco que algo parecido postuló Hitler cuando escribió en el Mein Kampf que «nadie, fuera de los apellidos por cuyas venas circula la sangre alemana, podrá ser miembro de Alemania y residir en ella». 

A mí me lo han recordado por e-mail Pastor y Partisano, a los que hoy les digo que el problema, amigos, es que a Cossiga tampoco le dijeron que su admirado Arana escribió textos en los que decía, por ejemplo, que «la fisonomía del bizkaino es inteligente y noble; y la del español, inexpresiva y adusta». Que «el bizkaino es de andar apuesto y varonil; mientras que el español no sabe andar». Que «el bizkaino es inteligente y hábil; y el español corto de inteligencia y carente de maña». Que «el bizkaino es laborioso, y el español perezoso». Que «el bizkaino es emprendedor, y el español nada emprende». Que «el bizkaino no vale para servir, pues ha nacido para ser señor («etxejaun»), mientras que el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo». Que «el bizkaino degenera en carácter si roza con el extraño, y el español necesita de cuando en cuando de una invasión extranjera que lo civilice». En fin, que hay que interrogar al bizkaino y preguntarle, según Arana, «qué es lo que quiere, y os responderá que trabajo el día laborable e iglesia y tamboril el día festivo», mientras que «el español os contestará que pan y toros un día y otro también». Y escribió Arana, aunque tampoco lo sabrá Cossiga, que «en las romerías de bizkainos jamás ocurren riñas», mientras que en las españolas «si no veis brillar la navaja y enrojecerse el suelo, seguros podéis estar de que aquel día el sol ha salido por el oeste». Y decía también que «el aseo del bizkaino es proverbial», mientras que «el español apenas se lava», y que «el bizkaino es amante de su familia y hogar», mientras que «entre los españoles, el adulterio es frecuente». Como escribió asimismo, aunque parezca increíble: «Oidle hablar a un bizkaino y escuchareis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oidle a un español y si sólo le oís rebuznar podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias».
    Total, que este es el credo sublime del singular Arana. Leyéndolo se entienden muchas cosas. Por ejemplo, la actual perturbación de Arzallus y sus delirios de patriota enloquecido y la teoría del erreache. Es lógico que con semejante cacao Arana haya sido declarado por sus fieles «padre-de-la-patria-vasca», pues no se recuerda majadero más egregio en los anales de la historia. Por eso es normal que le hayan dedicado tantas plazas y calles y por eso se entiende tanta admiración, premio y homenaje. También se entiende la fascinación de Cossiga y el entusiasmo de Herrero y de la Robles. Y es que, hablando más en serio, a Cossiga le han engañado. Le dijeron que Arana fue un ilustre patriota cuando en realidad sólo fue un ilustre mentecato, un chiflado importante que al final de sus días se dio cuenta de los despropósitos que había escrito y cambió de chaqueta para abrazar el españolismo militante. Claro que esto no se lo han contado a Cossiga. Al pobre Cossiga le han comido el tarro con historias de marginación y derechos históricos, cuando lo único que aquí hay es un hombre enfermo, un fanático loco convencido de la superioridad de la raza euskaldun y de la inferioridad de España. El pobre Cossiga no sabe bien quién era Arana y tampoco sabe el lío en el que se ha metido. Porque quedó fascinado cuando le dijeron que le nombraban «amigo-de-los-vascos», pero se va a quedar helado cuando se entere de que lo que en realidad le han hecho es «amigo-de-los nazis». ¿O es que no se quiere enterar?

La Oveja Negra de la prensa aberzale
La revista de Pepe Rei, investigada por la Audiencia Nacional, aborda los mismos temas que provocaron el cierre de «Egin»
«Queremos tirar del hilo de una forma seria y comprometida, sin miedo y con la verdad por delante, como hacíamos en Egin». Así se definían los impulsores de «Ardi Beltza», la revista dirigida por Pepe Rei, a quien la Audiencia Nacional acusa de marcar objetivos a ETA. Financiada mediante suscripción popular, la Oveja Negra del periodismo aberzale fustiga a políticos, jueces y fuerzas de seguridad. Los profesionales de los medios de comunicación son el último blanco en su polémico vídeo «Periodistas, el negocio de mentir», donde sus autores ponen en práctica las mismas maniobras que pretenden denunciar.
JAVIER ARMESTO  A CORUÑA La Voz  3 Febrero 2001

Ardi Beltza es un producto de la factoría EKHE, iniciales en euskera de Sociedad para la Difusión de Medios Vascos, constituida en agosto de 1998 a raíz del cierre del diario Egin. Con un capital de 1.200 millones, aportado por unos 9.000 accionistas, EKHE es la matriz de los proyectos editoriales y radiofónicos aberzales. Nació, según sus promotores, para que Euskadi «pueda tener voz propia». Su primer fruto fue Gara, el periódico oficial de la izquierda radical vasca, que el 30 de enero de 1999 tomó el relevo de Egin.
Pepe Rei, antiguo jefe de investigación en Egin, quería seguir con «aquel trabajo», según sus propias palabras. Para evitar que el costoso proyecto de Gara fuera objeto de otra intervención judicial, decidió publicar en Ardi Beltza los reportajes más «comprometidos» del periodismo aberzale. En la revista se abordan temas relacionados con la cárcel, los tribunales, las fuerzas de seguridad y, ahora, también el «periodismo del Estado». Hay una sección «confidencial» y otra de agenda, en la que se informa de las convocatorias y movilizaciones radicales.
La suscripción anual a Ardi Beltza cuesta 14.000 pesetas (19.000 si es fuera del Estado) y ofrece doce números más cuatro libros, en castellano o bilingües (euskera).

La UPV denuncia el «deterioro de la convivencia» y pide a ETA que se disuelva
En el manifiesto ‘Contra la opresión terrorista’, la comunidad universitaria se solidariza con los «compañeros exiliados y amenazados» por expresar sus ideas El texto, que sostiene que la libertad está «en peligro», ha recibido casi 2.000 apoyos
OLATZ BARRIUSO BILBAO El Correo   3 Febrero 2001

La Universidad del País Vasco hizo un alto ayer en la rutina diaria para expresar públicamente su rechazo a la «opresión terrorista» que padecen profesores, alumnos y trabajadores de la institución docente, para denunciar el «deterioro de la convivencia» en las aulas y para exigir a ETA, con una sola voz, su disolución definitiva.

Un mes y medio después de que la Ertzaintza lograra desactivar un potente artefacto explosivo de la banda, cargado con tres kilos y medio de dinamita, en un ascensor de la Facultad de Periodismo de Leioa, el Aula Magna del campus vizcaíno sirvió de escenario para la presentación en sociedad del manifiesto ‘Miembros de la comunidad universitaria contra la opresión terrorista’, que ha recabado ya cerca de 2.000 adhesiones de la propia UPV y de otras universidades españolas y extranjeras, ante la «preocupación» de sus integrantes por las «coacciones, amenazas y ataques» sufridos por un amplio sector.

El documento, que consta de un párrafo introductorio y cuatro puntos, fue leído en castellano por el rector de la UPV, Manuel Montero, y en euskera por la vicerrectora del campus de Guipúzcoa, Paki Arregi, en nombre de los docentes, alumnos y personal de administración y servicios de la Universidad que han participado en su elaboración. Desde el estrado, abarrotado por más de un centenar de profesores que quisieron vivir el acto en primera línea, Montero expresó la «protesta y preocupación» de la UPV por el «deterioro de la convivencia» en la sociedad vasca y, por extensión, en la Universidad, «en la que un número creciente de ciudadanos sufren amenazas, coacciones y ataques terroristas por ejercer su derecho elemental a la libertad de pensamiento, expresión y asociación».

Apoyos desde noviembre
El documento -que comenzó a gestarse a principios de curso, meses antes del atentado frustrado contra la profesora Edurne Uriarte, y recibió sus primeros apoyos en noviembre-, disecciona además la «grave» situación diaria de profesores y alumnos, que ha llevado a algunos de ellos a «exiliarse temporalmente». Otros muchos, denuncia, «son objeto de campañas de injurias e intimidación promovidas por grupos muy minoritarios de fanáticos, que interrumpen las clases contra la voluntad de la inmensa mayoría e intentan imponer la exaltación del crimen y la violencia».

Por todo ello, los firmantes constatan que, en el País Vasco, la libertad de cátedra, expresión y representación se encuentra «en peligro» y se hace «muy difícil», por tanto, mantener la normalidad en el día a día de la actividad académica. En este sentido, la comunidad universitaria reitera su solidaridad a «los compañeros exiliados, amenazados o agredidos» y exige a ETA que se «disuelva».

El manifiesto concluye con la petición a las autoridades de que «trabajen» para garantizar el pleno disfrute de los derechos y libertades fundamentales, «hoy en peligro», y subraya el «compromiso» de la UPV de continuar movilizándose por una institución «plural». Al concluir el acto, Montero subrayó, de hecho, que el documento «no es un punto final sino un punto de partida» en la movilización universitaria y anunció que, el próximo 15 de febrero, la Confederación de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) celebrará en el campus de Leioa un acto por la libertad.

Del absurdo al ridículo
Editorial El Correo 3 Febrero 2001

Cuando tanto la opinión pública como los partidos y las instituciones esperan la disolución del Parlamento vasco y la fecha de convocatoria de las próximas elecciones autonómicas, la obstinación del lehendakari y de su partido propiciaron ayer la apertura de un nuevo período de sesiones para mostrar dos facetas que retratan fielmente el momento político en Euskadi. Por un lado, una Cámara cuya mayoría está en manos de la oposición frente a un Gobierno literalmente incapaz de cumplir con su papel. Por el otro, un lehendakari que, restando importancia a lo anterior, se apresta a superar la incapacidad política de su Gobierno adelantando que la próxima semana anunciará su enésima iniciativa por el diálogo. La elocuencia de esa doble fotografía indica que la situación no sólo es insostenible sin que medien una elecciones, sino que ayer se pasó del absurdo al ridículo. Como si fueran a reinventar la democracia, Ibarretxe y su partido han llegado a la conclusión de que hay una razón política trascendente y superior a la que constituyen el juego parlamentario y el gobierno sobre mayorías suficientes; al parecer esa razón debe hallarse en su propia verdad, en la autenticidad de su apuesta por la paz y el diálogo, en su inquebrantable voluntad de guiar al pueblo vasco a través de un camino que ni ellos mismos saben por dónde podría discurrir.

Estableciendo una dicotomía simple y oportunista entre sociedad política y sociedad civil, el mensaje del lehendakari Ibarretxe viene a señalar que, dado que su discurso no goza de la confianza de la Cámara, va a someterlo al refrendo de la sociedad a través de sus invitados. Es, desde luego, una forma insólita de sortear los deberes que a un lehendakari afectan en relación a su representatividad parlamentaria. Constituye una utilización tan abusiva de la primera institución de nuestra autonomía que, lejos de realzar la figura del inquilino de Ajuria Enea, termina haciéndole jugar el papel de un anfitrión terco y excéntrico. Pero además denota una falta de realismo de tal calibre por parte de Ibarretxe que, lo que a todas luces se contemplaría como un acto del candidato más que del lehendakari, puede proyectarse en todo caso como un síntoma de extrema debilidad lejos de propiciar la fotografía de una amplia adhesión social en torno a sus postulados. La sociedad vasca quiere soluciones, necesita esperanza, desea el entendimiento y el diálogo. Pero ello no quiere decir que se identifica con esa fórmula evanescente y reiterativa con que el lehendakari ha trazado su trayectoria última sin siquiera detenerse a mirar si alguien le seguía. Porque, en definitiva, el primer requisito que debe cumplir quien predica el diálogo es saber escuchar. Y el lehendakari no escucha a nadie más que a aquellos que parecen darle la razón.

A Pilar Urbano, cristianamente
Por Carlos HERRERA, cherrera@Andalucía.net ABC 3 Febrero 2001

Vamos a ver, muchacha, vamos a ver. Vamos a intentar bajar el balón y enfriar el juego, que si no la cosa puede ponerse fea. Por si no hubieras recibido suficientes críticas por tu hagiografía de amanecida sobre Garzón, ahora vas y te metes en el charco de los vivos, los muertos y los periodistas que hemos recibido la visita de la muerte y que, según tú, hemos cambiado el criterio sobre el terrorismo.

No te equivoques, Pilar Urbano, no te equivoques. No quieras ser como Setién o como cualquiera de los pusilánimes vestidos de púrpura que andan por ahí remangándose la sotana para no ensuciarse en los charcos: aquí de lo que se trata, querida, es de que unos matan, otros mueren y otros cuantos debemos no sólo contarlo, sino, además, utilizar nuestro púlpito mediático para combatirlo. Tan fácil como eso. Ignoro si a ti han querido matarte alguna vez, pero en el caso de que no hayas experimentado esa sensación molesta -cosa que, por cierto, no te deseo-, te diré que ayuda a comprender aún más a tantas personas que sufren la doliente herida de la ausencia -miles de ellos- o la agobiante amenaza de la muerte violenta -cientos de miles de ellos-. Ya que hablas tan desahogadamente de mi célebre caja de puros, debo recordarte que esta contenía cerca de un kilo de dinamita, y que solo el milagro de un milímetro de cable desprendido hizo que no me convirtiera en un remedo de papilla.

Aquello, créeme querida, no hizo que yo cambiara mi visión del terrorismo y mi postura ante este, no. Me ayudó, si acaso, a saber a qué sabe la muerte, que tiene un gusto, te diré, a óxido de hierro. Ni Luis del Olmo, al que esperaban matar de forma contumaz, ni Antonio Burgos, al que de milagro no le agujerearon la sien, ni Carmen Gurruchaga, que ya conoce de largo cómo suena una bomba en la puerta de su casa, han esperado a devolverle el saludo a la muerte para arremeter inequívocamente contra el terrorismo de una forma que ya quisiéramos que hicieran algunos otros periodistas especializados en el pasteleo infame al que acabas de suscribirte.

Antonio, Luis, Carmen y, en mi modestia, yo mismo, llevamos más años de los que quisiéramos enfrentándonos con nuestros medios a un sector del nacionalismo vasco -digamos al totalitario para no molestar- que ha decidido matar hombres, mujeres y niños para conseguir determinados objetivos políticos tales como la independencia, el socialismo y otras gaitas.

No nos ha hecho falta una bomba. Cuando estos muchachos mataban antes de la muerte de Franco, a ninguno de nosotros nos asomaba una sonrisa disimulada o una disculpa cómplice. Somos de los que pensamos, ya ves, que la muerte de Carrero fue un asesinato en toda regla tan condenable como el del pobre cocinero al que también han hecho volar por los aires y por el que el resto de cocineros vascos ha abierto una cuenta para amortiguar el dolor de sus conciencias.

Ignoro qué fiebre ha debido sobrevenirte. Tal vez sea el convencimiento de que, haciendo declaraciones tan del gusto de esos hijos de Sabino Arana que dicen que hay que elegir mejor a las víctimas, creas que te pones a salvo tú de una caja de puros, o, en tu caso, que no fumas, de un paquete de medias. Si es así, creo, sinceramente, que te equivocas. No te fíes. Incluso tú eres una enemiga.

Los pasteleos, querida amiga, a la larga pasan factura. Los tibios, tú deberías saberlo, acabarán siendo expulsados de la boca de Jesús. Creo que lo dijo a las puertas del Templo, pero no sé, no estoy seguro. Cuando todo este «conflicto» sea una página negra, ya pasada, en la Historia de España, los mismos que ahora nos hemos enfrentado al terror con todas sus consecuencias difícilmente olvidaremos a aquellos, un grupo magro y notable, que han preferido quedarse pegados a la pared cuando el toro ha embestido con esas sacudidas suyas, negras y sanguinolentas.

En esto, Pilar, no se puede ser un simple observador, porque el que sólo observa -parece mentira que tenga que recordártelo- está diciendo que la «guerra» no va con él y que le da igual quién gane. Aquí, en esta guerra peculiar, unos matan y otros mueren. Unos preparan cajas de puros y otros las reciben. Y por un incalificable egoísmo, yo estoy con quienes las reciben.

Y a pesar de todo lo que deslicéis los pasteleros como tú yo seguiré manteniendo la misma postura ante el terror, ante el asesinato, ante la barbarie, ante el chantaje. Es la misma que mantiene Carmen, que mantiene Antonio o que mantiene Luis y que les honra como seres humanos dignos y valientes y que ha estado a punto de costarles la vida como se la costó a López de Lacalle. Es la misma que sostiene Carlos Amigo, Arzobispo de Sevilla, cuando dice que en esto de la paz no hay términos medios y al que deberías escuchar atentamente cuando utiliza toda la contundencia de su honestidad para evidenciar la medrosa, encogida y timorata postura de alguno de sus colegas o del infame jesuita que anteayer denunciaba en estas páginas de forma estremecedora Alfonso Ussía.

En fin, tanto ejercicio espiritual para esto.

No mereces ni una sola línea más. Estoy deseando encontrarme contigo para ver con qué cara me miras a los ojos cuando me veas. Si tienes valor para aguantarme la mirada, espero que sepas leer en ella cuanto lamento que hayas perdido la cabeza.

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