AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 19  Febrero  2001
#Hacia la moción de censura contra Leovigildo
Federico Jiménez Losantos 19 Febrero 2001

#En busca del voto católico y nacionalista
Ignacio Villa Libertad Digital 19 Febrero 2001

#Sembrando confusión
Editorial ABC 19 Febrero 2001

#¿Alineados con Setién?
Enrique de Diego Libertad Digital 19 Febrero 2001

#Error episcopal
Ignacio SÁNCHEZ CAMARA ABC 19 Febrero 2001

#LA IGLESIA DEBE PREGUNTARSE POR QUE HAY TANTOS CATOLICOS MOLESTOS
Editorial El Mundo  19 Febrero 2001

#Negativa eclesial para impedir un cisma episcopal
Editorial La Estrella  19 Febrero 2001

#Los obispos
Jaime CAMPMANY ABC  19 Febrero 2001

#La autodeterminación y la izquierda
FÉLIX OVEJERO LUCAS El País 19 Febrero 2001

#El Gobierno reta a los obispos a explicar a los católicos su «ambigûedad» ante Eta
L. R. N. - Madrid .- La Razón 19 Febrero 2001

#Los proetarras atacan la vivienda de un concejal socialista en Getxo
Libertad Digital 19 Febrero 2001

#Apóstatas
Juan Manuel DE PRADA ABC 19 Febrero 2001

#Redondo: «Setién parece el portavoz del PNV»
El Mundo  19 Febrero 2001


 

 

 

Hacia la moción de censura contra Leovigildo
Por Federico Jiménez Losantos 19 Febrero 2001

El PNV, partido cuyo fundador debería estar públicamente estigmatizado como apóstol del odio racial y propagador la encefalopatía moral, se ha unido a Izquierda Unida, cuyo núcleo comunista recibía fondos de ese almacén de crímenes llamado Unión Soviética en 1981, para pedir al Congreso español que condene el Golpe de Estado del 23-F de ese mismo año. Como todos sabemos que esa cámara estuvo secuestrada durante un día por las metralletas de Tejero, parece claro que se trata de crear la idea, o la hipótesis maliciosa, de que una parte del Congreso estaba con el Golpe, algo tan falso por ir a donde va como siniestro por venir de quienes viene. Pero que si se vota, alimentará la confusión creada por los enemigos de la democracia española, entre los que han estado y están la extrema derecha y la extrema izquierda, los nacionalistas de toda laya y sus compañeros de viaje, hoy en el pacto de Estella, proyecto de destrucción del Estado Constitucional y de la unidad nacional.

A ver si alguien del PP se toma esta astracanada en serio y lleva a debate en el Congreso la traición del PNV en la Guerra Civil y su rendición a los fascistas en Santoña. O se frena esto de una vez o pronto veremos en el Orden del día el debate sobre las Cuentas del Gran Capitán o la moción de censura contra Leovigildo. Claro que a lo mejor así también acababa debatiéndose lo del Oro de Moscú. ¡Gran Velada!

En busca del voto católico y nacionalista
Por Ignacio Villa Libertad Digital 19 Febrero 2001


Durante estos últimos días se está escribiendo mucho sobre la actitud de los obispos respecto al “pacto antiterrorista” firmado por el PP y el PSOE. En cambio, poco se ha dicho sobre los motivos que han llevado al Gobierno ha iniciar una campaña demoledora, en todos los medios afines al Ejecutivo, en contra de la Conferencia Episcopal.

Estamos leyendo y escuchando a toda la artillería mediática cercana al Gobierno, orientada hacia los obispos, en una cuestión que tiene unos claros visos electoralistas. ¿No estaremos asistiendo a una gran ofensiva del PP en el País Vasco en vísperas de las elecciones? ¿No será esta una ofensiva "popular" en la que todo vale? ¿No estaremos asistiendo al inicio de una búsqueda desesperada del voto católico y nacionalista?

A cualquier analista que se precie no le puede pasar inadvertido que una victoria de los populares en las elecciones vascas pasa por una “huida” del voto nacionalista desde las filas del PNV. Un votante que, por circunstancias históricas, en muchos casos se puede etiquetar de voto católico y nacionalista.

Sinceramente, la duda es muy clara: el Gobierno quiere que la Conferencia Episcopal firme el “pacto antiterrorista”; o, más bien, prefiere crear un ambiente de confusión, de desconcierto, entre el electorado vasco que reúne las dos condiciones citadas –católico y nacionalista– para pescar en río revuelto. Por lo que parece, al Gobierno de Aznar le viene mejor este ambiente de confusión, creada desde sus propias filas, para arramblar con lo que sea antes de llegar a una solución discreta.

Este PP, no se engañen, es el mismo que en las últimas elecciones generales realizaba un llamamiento indirecto al votante católico con sus propuestas sobre la familia y los valores. Es el mismo, también, que está enfadado por el posicionamiento de la Conferencia Episcopal respecto de la Ley de Extranjería.

Y es que esta derecha española no escarmienta. Siempre confundiendo. Por favor, cada uno en su casa. No mezclemos churras con merinas.

Sembrando confusión
Editorial ABC 19 Febrero 2001

La Iglesia española debería ser consciente de que se está convirtiendo en fuente de discordia entre los ciudadanos españoles, católicos y no católicos, por su actitud huidiza ante el compromiso social y político frente al terrorismo. No se trata de negarle a la Iglesia su fidelidad al quinto mandamiento, porque el respeto a la vida humana es la base de la doctrina cristiana. Pero cuando se habla del terrorismo y de la situación del País Vasco es preciso superar el umbral de los consensos milenarios, convertidos por algunos en obviedades, y los lugares comunes, porque todo atentado terrorista tiene un antes y un después con los que la Iglesia católica española no quiere enfrentarse y que son los que desdibujan su mensaje hasta diluirlo en la insatisfacción, contradiciendo incluso la deslumbrante claridad con la que siempre se ha manifestado el Papa Juan Pablo II. El último pronunciamiento de la Conferencia Episcopal sobre el Pacto contra el terrorismo y por las libertades empuja a la Iglesia a un estado de soledad que esta vez no será el fruto de quedarse a solas con la verdad, como en tantas ocasiones le ha sucedido a la Iglesia católica, para honra de su historia y de sus fieles, sino de la distante frialdad de su respuesta a una demanda social justa y legítima. Las palabras del vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy, reflejan con decepción esa cosecha de confusión que está sembrando la Iglesia española.

No hay argumento doctrinal ni evangélico que impida a la jerarquía española sumar su voz a la defensa del ordenamiento jurídico vigente, que es el que garantiza la libertad de los ciudadanos y el desarrollo de nuestra sociedad, y al repudio de toda cesión al terrorismo. Si dice el Catecismo que «corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias», la Iglesia católica se aparta de esta enseñanza al desdeñar un pacto alcanzado por las formaciones que representan a más del 80 por ciento de los ciudadanos y avalado por el Gobierno legítimo de la Nación. Un Pacto esencial y fundamentalmente ético, porque ha creado el más amplio acuerdo existente hoy en día entre instituciones, partidos y ciudadanos, alzando por encima de las ideologías los valores de la libertad y de la dignidad del hombre.

En pocas ocasiones como en esta que motiva el terrorismo etarra la Iglesia española ha utilizado un discurso tan débil y quebradizo. La insolvencia de la actitud de la jerarquía española se demuestra cada vez que tiene que explicarla de forma mínimamente admisible. Al final, colando por medio alguna apelación de tufo aldeano sobre el deseable origen local de los obispos destinados al País Vasco y a Cataluña, acaba encadenando error tras error en el enfoque del problema más grave que tiene en este momento la sociedad española, echando mano de ese argumento tan burdo y de brocha gorda que es reprocharle al pacto su condición política. ¿Y qué? El camino emprendido por la Iglesia desembocará en la frustración de los católicos y en la indiferencia de todos, excepto, claro está, de quienes encuentran en esa actitud una especie de absolución sin penitencia para sus pecados. Véanse los elogios de Arzalluz a los obispos españoles. Si la preocupación de la jerarquía católica española es preservar su autoridad moral aislándola de la pugna política, se equivoca radicalmente, porque es la oposición frontal a la degradación que sufre el País Vasco por culpa del terrorismo, de sus cómplices y de sus rentistas lo que está devolviendo esa autoridad moral a tantos que, por miedo o comodidad, habían callado hasta ahora. Y es la pugna política por las libertades individuales lo que convierte al País Vasco en el escenario de la última contienda por la democracia que resta por librar en Europa.

Nada pasa en balde y los costes para la Iglesia ya son visibles. La realidad actual no es otra que la de una institución que lleva dos mil años haciendo política —y esta evidencia no es una descalificación, como sonó en boca del portavoz de la Conferencia Episcopal, sino el reconocimiento a la fuerza moral de sus argumentos— y que, ante la destrucción de la convivencia social en el País Vasco, responde con un mensaje que resulta frustrante para quienes, ansiando la comprensión de sus pastores, reciben palabras medidas y huecas.

¿Alineados con Setién?
Por Enrique de Diego Libertad Digital
19 Febrero 2001

La Conferencia Episcopal no ha conseguido explicar con claridad cuál es su postura, que si no es incomprensible, está llamada a ser incomprendida. El primer error es que en la materia ha habido dos portavoces, el oficial, y el obispo emérito de San Sebastián, más nacionalista y cada vez más cerca de los verdugos, desde que dejó el cargo. Antes, en un caso similar, el obispo en cuestión se iba a la Cartuja con voto de silencio, ahora se va a Euzkaltelebista. La imagen es que la Conferencia Episcopal se ha alienado con Setién, quien, con el estilo coactivo y chulesco tan propio de la tribu nacionalista, recurrió a la manifiesta amenaza de que los obispos vascos se echaban al monte.

El argumento de que el pacto es político o está mal expresado o rompe de raíz el discurso eclesiológico que desde el Vaticano II predica precisamente el compromiso. La cuestión más de fondo es que hay una percepción general de que la Iglesia católica en el País Vasco tiene responsabilidad en el conflicto, que resulta más fácil oficiar un funeral por un etarra que por Gregorio Ordóñez y que muchas parroquias parecen sedes del PNV. O sea, que, en la materia, la Iglesia ha funcionado con un exceso de politización, sólo que unidireccional y en una línea que no sólo ha fracasado, además la mayoría de los ciudadanos la perciben como inmoral.

Las contradicciones en las que vive la Iglesia sobre el conflicto en uno de sus antiguos viveros de vocaciones –y ahora el más yermo— han aflorado en esta aparente ambigüedad enervante, celebrada sólo como “normal” por Xabier Arzalluz, lo que es un síntoma pésimo. El Gobierno juega con la ventaja de que un cierto anticlericalismo vende y además en cuestión de terrorismo la “unidad de los demócratas” no pasa por la inhibición episcopal.

En realidad los obispos han dicho –aunque Setién no ha dejado que se les escuche— que tienen como Iglesia otros cauces para hacer oír su voz “espiritual”, y si bien el espiritualismo puede ser un escapismo, parece lógico que muchas de las cuestiones planteadas en el pacto antiterrorista no sean suscritas por los obispos, no porque no estén de acuerdo, simplemente porque no es materia de su competencia, y pretenderlo es una forma de clericalismo. Pero para ser coherente, la Conferencia Episcopal, tenía que haber hecho público su propio documento de “condena” del terrorismo e incluso del nacionalismo, que es materia sobre la que Juan Pablo II ha hablado con mucha claridad y bastante acierto. Así está pareciendo que el presidente de la Conferencia episcopal es José María Setién.

Error episcopal
Por Ignacio SÁNCHEZ CAMARA ABC 19 Febrero 2001

Creo, aunque no descarto la posibilidad de equivocarme pues no hablo «ex cathedra» como algunos anticlericales, que la Conferencia Episcopal española se ha equivocado en la posición adoptada hacia el pacto antiterrorista firmado por el PP y el PSOE. Y no tanto por no firmarlo como por las razones aducidas y la actitud mantenida hacia él. Lo decisivo no era la firma. Lo importante era dejar clara la actitud de apoyo. Los obispos españoles no firmaron la Constitución y, sin embargo, quedó patente la posición favorable del Episcopado español hacia el nuevo régimen democrático. ¿Por qué los obispos no condenan moralmente la actitud política del nacionalismo vasco hacia el terrorismo?

Ninguna persona de buena fe puede dudar de que la Conferencia Episcopal condena, sin reservas, el terrorismo. El error no estriba, a mi juicio, en una comprensión o tolerancia, que no han existido, hacia lo que constituye un mal absoluto. El error estriba en la falta de apoyo moral al pacto y en la razón principal aducida para soslayarlo. No creo equivocarme si afirmo que la mayoría de los católicos españoles hubieran preferido una clara y determinante posición de sus obispos a favor de un pacto presidido, entre otros, por un principio irrenunciable: que el terror no obtenga dividendos políticos, que asesinar no produzca beneficios. Invocar aquí la separación entre moral y política es un error intelectual y una torpeza moral. A menos que la Conferencia Episcopal se haya rendido repentinamente a los encantos del maquiavelismo y a su tesis de la separación entre ética y política. ¿Por qué aquí la neutralidad y no en el caso de la regulación legal del aborto, o de la libertad de enseñanza, o de la financiación de la Iglesia? ¿Es acaso el aborto una cuestión moral y la lucha contra el terrorismo una cuestión meramente política?

Ignoro las razones que han conducido a este error. Aventuro una hipótesis sin otro valor que el de aventurada conjetura. Quizá los obispos no hayan querido granjearse la animadversión de la parte nacionalista de su grey. No hay que olvidar que el extravagante pastor Setién cuidaba con el mismo pastoral y solícito celo de los lobos que de las ovejas. Pero un nacionalismo del tipo hacia el que ha derivado el vasco constituye un atentado absoluto contra los valores cristianos. Nada tan opuesto al espíritu católico (universal) como el particularismo. El nacionalismo, al menos el que tiene un componente racista y excluyente, hace acepción moral y política de personas. Si el mensaje cristiano, en lugar de caer en las manos de hombres como Pablo de Tarso, imbuidos de cultura griega, hubiera caído en las del fanatismo nacionalista, para entendernos, en las manos de un Setién hebreo, el cristianismo habría desaparecido o se habría convertido en una secta o variante doméstica del judaísmo.

A mí me hubiera gustado ver a la jerarquía eclesiástica codo con codo con la Universidad, con los valientes del «¡Basta ya!», con todos los que arriesgan su vida por la justicia, con el País Vasco real y español que se enfrenta a la fantasmagoría del País Vasco oficial, torvo y particularista, del nacionalismo. Otra vez será. La lógica impide identificar la parte con el todo, aunque esa parte sea la jerarquía. No todo lo que está más elevado a los ojos de los hombres, lo está a los de Dios.

LA IGLESIA DEBE PREGUNTARSE POR QUE HAY TANTOS CATOLICOS MOLESTOS
Editorial El Mundo  19 Febrero 2001

No han sido inusuales en la historia reciente de este país las quejas de la jerarquía de la Iglesia Católica sobre el comportamiento del poder político. Pero hay muy pocos precedentes de lo contrario: que un miembro del Gobierno, con rango nada menos que de vicepresidente, se lamente públicamente de la conducta de la Iglesia.

Mariano Rajoy emplazó ayer a la Conferencia Episcopal a explicar por qué no se ha sumado al Pacto Antiterrorista, subrayando ‹como hizo recientemente la presidenta del Congreso‹ que, como católico, no entiende que la Iglesia se «quite de en medio». El vicepresidente afirmó que no es cierto que el Pacto Antiterrorista sea «un asunto político» sino que se trata de un acuerdo para defender los derechos humanos y la vida en el País Vasco.

Los argumentos de Rajoy, compartidos por la gran mayoría de la sociedad española, son dignos de tener en cuenta. Pero no tanto por la negativa de los obispos a apoyar públicamente el Pacto Antiterrorista como por la pasividad que mucho católicos perciben en la actitud que mantiene la Iglesia respecto a la violencia de ETA y su entorno.

No es justo reprochar a la Conferencia Episcopal que no haya suscrito el Pacto Antiterrorista y menos aún que no lo haya hecho por las presiones de Setién. Nadie ha censurado por ello a los sindicatos, las asociaciones de consumidores o las federaciones deportivas. La Iglesia no tiene por qué suscribir un acuerdo no ya de naturaleza política sino entre partidos. Pero el malestar de Rajoy y de muchos ciudadanos no deriva probablemente tanto de que los obispos no hayan querido secundar la iniciativa de PP y PSOE como de la actitud cotidiana que la Iglesia vasca está manteniendo respecto a discursos nacionalistas que alientan o justifican a ETA.

Ciertamente, los obispos vascos intentan mantener una imposible equidistancia entre los verdugos y las víctimas que ofende, sobre todo, a quienes ven pisoteados todos los días sus derechos cívicos. La Iglesia vasca se ha comportado de forma tibia y ambigua para no perder la clientela nacionalista y la Conferencia Episcopal se «ha quitado de en medio», como dice Rajoy, para no enfrentarse a los obispos vascos.

Los tiempos en que vivimos no requieren medias tintas, sino compromisos decididos contra la violencia. Los ciudadadanos esperan mucho más que rezos colectivos de unos obispos que han tenido valor para pedir al Gobierno que modifique la ley de Extranjería pero que callan cuando hay que denunciar los proyectos excluyentes que sirven de coartada a los que ponen bombas. La Iglesia debería preguntarse por qué su actitud molesta tanto y a tantos.

Negativa eclesial para impedir un cisma episcopal
Editorial La Estrella  19 Febrero 2001

Ayer, el vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy, hizo unas declaraciones a la agencia Europa Press en las que hubo una especial referencia a la negativa de la Conferencia Episcopal Española a sumarse al pacto antiterrorista y por las libertades firmado entre el PP y el PSOE. Concretamente, el ministro ha reaccionado con mucha dureza y ha reconocido sentirse dolido como católico por el hecho de que 'la Iglesia -ha precisado- se haya quitado de en medio en el tema del pacto antiterrorista'. Censura Rajoy que la Iglesia haya centrado su negativa en el argumento de que el pacto es un asunto político, cuando en realidad -ha concretado- 'es un asunto que afecta a la dignidad de las personas y a sus derechos individuales, y en esto no caben ni ambigüedades ni medias tintas'. Como es bien sabido, la respuesta de la Iglesia se produjo inmediatamente después de que el ex obispo Setien advirtiera que si la Conferencia se uniera al pacto habría de ser sin la presencia de los obispos vascos.
Tanto la actitud del órgano de la Iglesia como las palabras del ministro son de una especial importancia en estos momentos y de sus consecuencias se hablará con toda la seguridad en los próximos días. El clima ambiental de las manifestaciones de Rajoy no puede ser más delicado. Por una parte, el ya largo cáncer del terrorismo y la crisis de relación del nacionalismo vsco con el Gobierno; por otro, el debate ya iniciado a estas horas de la falta de solidaridad de la Iglesia con la iniciativa antiterrrorista de los partidos constitucionales; y en tercer lugar las declaraciones, como siempre polémicas,  del obispo emérito de San sebastián, José María Setien, constituyéndose en abanderado del nacionalismo eclesial vasco para poner a los demás obispos españoles sus condiciones.
Son datos que ennegrecen considerablemente el escenario de convivencia y de diálogo. Hasta ahora, la Iglesia ha dado muestras de no negarse a intervenciones conducentes al logro de la paz, por ejemplo la mediación entre el gobierno y ETA de monseñor Uriarte, actual obispo de 

San Sebatián. Si entretanto los obispos vascos, a través de la singular portavocía de un obispo emérito, han hecho público su amago de 'cisma', procede aquí subrayar que lo que la Iglesia Española quiere ahora no es tanto ser insolidaria como impedir, con esta negativa,  la división en el seno del episcopado. La deducción parece lógica y, desde el punto de vista de la propia Iglesia, no le falta sentido y justificación. Otra cosa es que, una vez más en asuntos de altura y de interés general, la Conferencia Episcopal haya sabido actuar alargando la mano de ayuda a unos sin retirársela a otros.

La explicación episcopal de que el pacto antiterrorista es asunto político y electoralista no puede calificarse más que de superficial y poco inteligente. Aparte de la mención anterior a la medicación de monseñor Uriarte, no sería la primera vez que en su historia reciente la Iglesia Española hubiera entrado en cuestiones políticas de interés general. Recientemente, para sopresa de muchos españoles, esta misma Iglesia, a quien ahora parecen repugnar los 'asuntos políticos', pidió a la sociedad católica que retirara el voto a los partidos abortistas. No rechazmos aquí su derecho a ésta y otras intervenciones. Sólo expresamos la natural sorpresa por esto y por no haber sabido dar mejor respuesta a algo tan urgente y requerido como su intervención en contra de la violencia en forma del pacto PP-PSOE.

Razones no le pueden faltar ni Setien ni a los obispos vascos, ni al episcopado español para cerrarse cada cual en su actitud. Pero el hecho de que el obispo emérito se haya caracterizado precisamente por haber ejercido, respecto a asuntos de terrorismo, una pastoral conceptuada desde sectores mayoritarios de la opinión pública española como más nacionalista que cristiana, pone ahora a toda la Iglesia Española en una situación muy comprometida, de la que no sería nada sorprendente que tuviera que rectificar con más de una explicación. Es previsible que las presiones sociales y políticas desde los sectores católicos no cesen a partir de ahora en esta dirección. 

Los obispos
Por Jaime CAMPMANY ABC  19 Febrero 2001

Cada hijo de Dios y heredero de su gloria que haga lo que le pete, pero yo confieso aquí que seguiré poniendo la cruz en la casilla de mi declaración de la renta correspondiente al tanto por ciento que le dan a la Iglesia Católica. En el momento de tomar esa decisión, en vez de acordarme del obispo Setién, me acordaré del papa Marcelo como aconsejaba santa Teresa. La actuación de la Iglesia vasca, unas veces disimulada y otras veces secundada por la Conferencia Episcopal en pleno, quizá con alguna discreta discrepancia, no es pecadillo de curas que se repare mediante el regateo de unas monedas. El cura ha dicho en la homilía algo que no me ha gustado, y ya no echo este domingo el sestercio en la bandeja de la colecta ni la limosna acostumbrada en el cepillo de las Ánimas.

La actitud de buena parte del clero y de casi toda la jerarquía eclesiástica del País Vasco es mucho más grave que todo eso, y puede tener consecuencias más aflictivas, tanto para la Iglesia como para el pueblo de Dios. Y si eso es grave, el hecho de que los obispos de la Conferencia Episcopal se enrolen en una legión de ángeles neutrales, lleva la gravedad hasta el pronóstico reservado. Se plantea una cuestión doctrinal y de fondo, que afecta al concepto de la misión de la Iglesia en la sociedad y a la esencia de su predicación. Creo sinceramente que la Iglesia no puede y no debe lavarse las manos en la jofaina de Pilatos ante una organización criminal que de manera sistemática, profesional, fría, calculada, continua y cruelmente se dedica a violar el quinto mandamiento de la Ley de Dios, y el mandato esencial del derecho natural.

Porque no es un pecador contrito, ni siquiera obstinado, el que sale del País Vasco día tras día y noche tras noche para matar a seres inocentes. A ese pecador, la Iglesia tendrá siempre los brazos abiertos para recibirle en el perdón y las manos dispuestas para conmoverle con el bálsamo de la caridad. No es Caín, que cayó en el desagrado del Señor, ni es Judas, que se ahorcó de la rama de un árbol y que «más le valiera no haber nacido». Es una banda de caínes y de judas, donde unos venden por treinta dineros y otros matan con la quijada de burro porque quieren tener supremacía de poder sobre sus hermanos. Es una organización ideada, estructurada, mantenida, dirigida y pagada para sembrar la muerte y el terror, y llevan un cuarto de siglo ejecutando una orden de Herodes, o de sabe Dios quién, para degollar inocentes.

Dicen los obispos que no firman y no se adhieren al pacto por la paz y la libertad que han propuesto los dos grandes partidos de nuestra democracia porque eso sería un «acto político». Válgame Dios y qué cosas le hace oír el sanedrín de los obispos a esta grey de cristianos diezmada y desatendida, a estas ovejas aterrorizadas sin contar las que ya no pueden escucharles. ¿Acaso no es política querer dictar al Estado la definición de la familia? ¿No es política exigir leyes que no permitan el aborto? ¿No es política pedir libertad de enseñanza para la Iglesia y protección económica para las escuelas católicas? ¿No es política presionar moralmente al Estado para que incluya en los tributos una parte de contribución a la Iglesia? ¿No es política pedir el amparo y la subvención de los poderes públicos para las obras de caridad de los institutos religiosos? ¿No es política bendecir las banderas de los ejércitos? ¿No es política predicar la obligación de votar a los partidos que no persigan o rechacen la religión? ¿No es política andar por el mundo del brazo de los estados obedientes y procurar trasladar a las leyes de los hombres los mandamientos de la religión?

Y eso sin hablar del pasado reciente. Hablar del pasado sería terrorismo anticlerical.

La autodeterminación y la izquierda
FÉLIX OVEJERO LUCAS El País
19 Febrero 2001

Félix Ovejero Lucas es profesor de Metodología de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona.

En alguna esquina de los programas de la izquierda siempre ha tenido cabida el derecho a la autodeterminación. Las razones de su inclusión se hunden en la historia, y casi siempre, en sus idas y venidas, desde Marx en adelante, incluido Stalin, tienen que ver con consideraciones tácticas, de oportunidad política, precisamente lo que nunca puede suceder con los derechos, que siempre son incondicionales: si el derecho al voto depende de cómo estén las cosas es que no hay tal derecho. Los derechos se justifican desde los principios y los argumentos, no desde las circunstancias o, dicho sea de paso, los pulsómetros: los ciudadanos de la región X no tienen menos derecho al voto o a lo que sea que los de Y porque sean menos los que los ejerzan o reclamen. El caso es que la izquierda no se ha entretenido mucho en justificar su reivindicación del derecho de autodeterminación, que ha permanecido en los programas al modo de esos objetos que se depositan en cualquier lugar al llegar a casa y, con el tiempo, acaban por formar parte del mobiliario sin que nadie se pregunte qué pintan allí.

Porque lo cierto es que para la izquierda la justificación no es sencilla. No puede hacerlo desde una perspectiva nacionalista. La izquierda está comprometida con la defensa radical de ciertos valores y, consiguientemente, con ciertos modelos sociales e institucionales en los que esos valores cristalicen, mientras que el nacionalismo está incondicionalmente comprometido con la defensa de un conjunto de individuos que participan de alguna característica carente de significación moral: en el mejor de los casos, haber nacido en cierto lugar, en el más habitual, compartir una misma cultura o identidad, y mejor no preguntar qué se entiende por cultura o identidad. A la izquierda le importan los escenarios políticos en los que se asegure el autogobierno de los ciudadanos y la participación democrática, y esos principios valen lo mismo con señas de identidad que sin señas, con sondeos favorables que sin ellos. El nacionalismo de la izquierda sólo puede ser instrumental, un medio para mejor realizar su objetivo de una sociedad justa, y como tal, llamado al abandono cuando deje de servir. Y sucede que un nacionalismo instrumental es como un círculo cuadrado o una amistad comprada: un imposible.

La izquierda debe buscar justificaciones acordes con su ideario. Podría invocar la libertad y alegar que el derecho a la autodeterminación se justifica porque garantiza la libertad de las naciones, porque asegura que las naciones no se ven perseguidas. Qué se entiende por 'libertad de naciones' no es materia de sencilla especificación. La idea más inmediata e intuitiva, la ausencia de discriminaciones a los ciudadanos en razón de su 'identidad nacional', tiene vuelo corto y asegura poco; desde luego, no el 'derecho a la autodeterminación'. A lo sumo, compromete con un derecho análogo al que garantiza la libertad de culto. La comparación no ha de extrañar y, además, resulta iluminadora. Al cabo, una religión medianamente apañada conlleva modos de vida y mitología compartida; se entienda lo que se entienda por cultura o identidad, la religión está en condiciones, por lo menos, de puntuar tan alto como la nacionalidad. La izquierda condenaría cualquier intento de prohibir las religiones, aun si está dispuesta a combatirlas, y en muchos casos obligada, en el terreno de las ideas, porque contribuyen a limitar la autonomía de los individuos, porque alientan la superstición o por lo que sea. Incluso podría mostrarse muy satisfecha si, por falta de feligreses, como resultado de sus críticas, esa 'cultura' desaparece. Porque, dicho sea de paso, no hay pensamiento emancipador que pueda suscribir el juicio de que la desaparición de una cultura, aun si resulta, por definición, empobrecimiento cultural, equivale, en tanto que tal, a un empobrecimiento moral; después de todo, el fascismo era cultura y bien contentos estamos con su desaparición. Y ya puestos, en el mismo paso, bueno será añadir que si se está de acuerdo con lo anterior es obligado abandonar esa suerte de ecologismo cultural que da en decir, sin lugar para el matiz, que la 'diversidad cultural' es un 'bien' a conservar: una sociedad como mil sectas talibanes no es más libre que otra en la no queda nadie que defienda ideas racistas.

En todo caso, esta estrategia argumental sólo alcanza a una justificación de una sociedad cosmopolita y a un principio de 'no prohibición' bastante razonable en estos asuntos. Cada uno puede hacer de su capa un sayo, pero no puede aspirar a que las instituciones alienten o favorezcan su particular identidad. En ningún caso se justifica, para seguir con el ejemplo, que si una religión decae deba ser mantenida ni, aún menos, que los miembros de una religión, aun si numerosa, puedan reclamar el derecho a abandonar la comunidad política y establecer, por así decir, 'vaticanos', santuarios que obliguen a seguir ciertas prácticas para gozar de derechos de ciudadanía. Si se trata de proteger la libre identidad de los individuos, se entienda por ello lo que se entienda, si es que cabe entender algo cabal, lo importante es, ante todo, garantizar el derecho de los individuos a cambiar de identidad sin que sus derechos políticos se negocien en ello, y el mejor modo de asegurar ese derecho es que el escenario político carezca de identidad, 'nacional' o de cualquier otro tipo. Porque ese derecho se refiere a la libertad de los ciudadanos a pensar y practicar lo que quieran, siempre que no compliquen la vida a los demás. De hecho, la izquierda, con esa mirada, estaría defendiendo el mismo principio que inspira a muchos ciudadanos a acudir a una manifestación en contra del asesinato de un diputado de un partido distinto al suyo: no acude a defender las ideas de la víctima, que de hecho combate diariamente, sino su derecho a expresarlas. Un principio, por cierto, que goza de los mejores avales para la izquierda: el propio Marx, que escribió aquello de que 'la libertad de cada uno es la condición de la libertad de todos'.

De todos modos, la argumentación más común que desde la libertad conduce a la autodeterminación es otra y, en el fondo, viene a apelar a un principio saludablemente liberal que, por ejemplo, permite justificar el derecho al divorcio: nadie está obligado a compartir su vida con quien no desea y basta su voluntad para abandonar la pequeña sociedad. Lo mismo, se dice, que vale para un club deportivo, un partido político o una pareja, valdría para un país: no hay unidades de destino en lo universal y uno ha de estar en condiciones de elegir libremente sus compañías. Ése sería el principio inviolable, que de eso van los derechos, de inviolabilidad.

Pero la analogía tiene sus problemas. El derecho a la autodeterminación se refiere a un conjunto de individuos. Lo que se dice no es 'yo me voy con lo mío', sino 'yo y los que están por aquí nos vamos'. Y el problema es, por supuesto, con 'los que están por aquí'. Porque si de un derecho se trata, y no de otra cosa se está hablando aquí, hay que conceder a cada uno la posibilidad de decir lo mismo, de decir que tampoco les gusta la nueva compañía y que se van. Desde luego, lo que no resulta aceptable es, a mitad de la carrera, cambiar el pie y decir: 'Bueno, una vez en la nueva comunidad política, lo que funciona es la comunidad de destino'. Y las dificultades aquí se acumulan. La argumentación es antigua, pero conserva toda su eficacia: qué se podría decir a otros, que, a su vez, no contentos con su nuevo escenario político, decidieran ejercer su derecho. Nada o poco más que nada. Ni siquiera cabría imponer unas pruebas de metafísica para demostrar que se comparte mitología, para exhibir una genealogía 'histórica' consolidada, que, por demás, nunca falta cuando se convoca. La voluntad fundamenta el matrimonio y la voluntad basta para disolverlo. Y, por supuesto, bastaría con un individuo obligado a una compañía no deseada para afirmar que el derecho había sido violado. Uno o unos pocos. Por ejemplo, el derecho obligaría a respetar la voluntad de un conjunto de ciudadanos acomodados que, hartos de pagar impuestos y sometidos a la ley de la mayoría, decidieran abandonar con sus propiedades la comunidad política. Pocas dudas caben de que, puestas las cosas de ese modo, la democracia quedaría malparada. La situación sería distinta en el caso de que un conjunto de individuos de la misma nacionalidad se vieran sometidos a explotación o discriminación sistemática en tanto que tales. Pero, en tal caso, la justificación arranca de la injusticia, y acaba con ella cuando desaparece.

El ejemplo anterior merece alguna meditación: muestra que las credenciales democráticas del derecho de autodeterminación no son del todo claras. El diálogo y la deliberación que sirven de justificación a la democracia operan bajo el supuesto de que los individuos no pueden 'salirse' cuando las decisiones, aun si justas, van contra sus intereses. La buena democracia resulta vacía sin el compromiso común con las decisiones compartidas y ese compromiso es imposible si funciona la amenaza estratégica del 'si no me gusta, me marcho'. Si los poderosos pueden abandonar la comunidad política cuando ven sus intereses amenazados, la democracia se aleja de la justicia: a qué molestarse en hablar, mejor aceptar los caprichos o migajas que nos quieran dar.

La raíz de estas complicaciones es un principio que se da por supuesto y que, al menos desde David Hume, sabemos que es falso: la voluntariedad de la pertenencia a un Estado. Todos, para decirlo con fray Luis de León, 'venimos a nacer' en un Estado o en otro y a nadie le preguntan si está allí por gusto. Siempre estamos en un país 'ocupado'. Sencillamente, sucede que en la comunidad política se está. Se decide dentro de ella, no es ella lo que se decide. Y, como nos recordaba el ejemplo de los poderosos, esa circunstancia, antes que un mal de la democracia, es una condición de la democracia. En todo caso, lo que se ha de pedir es que, una vez se reconozca esa circunstancia, las instituciones políticas sean laicas en lo que atañe a las identidades nacionales. Todas. No es menos impositiva la E de la placa que cualquier otra, incluida la C. La cosa está en que, amén del problema administrativo y una vez reconocido que hay que llevar una placa con algún rasgo común que permita la identificación, sea la E, la SE (por Sur de Europa) o la X, si yo deseo envolver mi coche con las señas de identidad que quiera, pueda hacerlo. No hay otra autodeterminación posible.

El Gobierno reta a los obispos a explicar a los católicos su «ambigûedad» ante Eta
Rajoy critica las «medias tintas» de la Conferencia Episcopal y dice que no cambiará la Ley de Extranjería
El vicepresidente primero del Gobierno y ministro de la Presidencia, Mariano Rajoy, emplazó ayer a la Conferencia Episcopal a explicar a los católicos su negativa a sumarse al «Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo» firmado por el PP y el PSOE. A su juicio, «no es verdad», como han dicho los obispos, que se trate de un asunto político, sino de dar primacía a derechos individuales como la vida o la libertad. Subrayó asimismo que no caben «ambigûedades y medias tintas». «Me ha dolido que los obispos se hayan quitado de en medio en el pacto antiterrorista», dijo.
L. R. N. - Madrid .- La Razón 19 Febrero 2001

«Tengo que decir con claridad que me ha dolido que los obispos se hayan quitado de en medio en el tema del Pacto antiterrorista. Me ha dolido, no lo entiendo y creo que la Conferencia Episcopal debería explicárselo a muchos católicos, sobre todo después de ver las declaraciones del señor Setién, que se ha posicionado muy claramente en contra de muchas personas, y sobre todo no ha sido contundente, como creo que debería haber sido la Conferencia Episcopal, porque decir que éste es un asunto político, no es verdad, porque lo que se pretende es dar primacía a los derechos individuales, al derecho a la vida, a la libertad y a expresarse libremente, frente a los supuestos derechos colectivos», argumentó, en una entrevista concedida a Ep.

    Preguntado por los motivos que han motivado esta decisión, respondió que él «constata un hecho, que la gran mayoría de católicos y ciudadanos exigen un pronunciamiento en este sentido y no quitarse de en medio con el argumento de que este es un asunto político».
    Sobre la posibilidad de que la presión de los obispos vascos sea la que ha impedido que la Conferencia Episcopal se sume al acuerdo, el vicepresidente aclaró que no le consta que eso sea así.

    «Lo que me consta son las declaraciones del señor Setién que yo sinceramente no puede compartir. Si esas declaraciones, al final, han movido a tomar una decisión en la dirección de abstenerse de opinar sobre el asunto, no es algo que a mí me competa. Probablemente se pudo actuar con mucha más prudencia o más tino», añadió.

Discurso de Arzallus
Por otra parte, se refirió también al discurso del presidente del PNV, indicando que no sabe si hace ese «discurso tan radical porque se lo cree o porque intenta captar los votos de posibles votantes de HB», pero, «en cualquiera de los dos casos», le «parece lamentable» porque está llevando a la sociedad a una radicalización sin ningún tipo de sentido.
    A su juicio, «el sentido común, la moderación, el equilibrio y la sensatez de la gente, al final, le dirá al señor Arzallus lo que piensa».
    Por último, explicó que su partido está preparado para las próximas elecciones vascas, siendo lo prioritario que en el País Vasco haya por fin un Gobierno basado en la Constitución, el Estatuto y los valores que estos textos defienden.

Otros mensajes
    - Extranjería. «El Gobierno está dispuesto a dialogar con el PSOE pero, primero, éste debe llegar a un acuerdo interno y, además, no se modificará la ley aprobada recientemente».
    - Elección CGPJ. «Tendremos que ponderar todas las posibilidades y en una negociación uno puede ceder, o no. Pero para el PP es un tema enormemente importante, como lo dijimos en el programa electoral».
    - «Tireless». «No me atrevo a dar una fecha pero creo que esta reparación estará resuelta dentro de no mucho tiempo y, por lo tanto, el submarino se irá del Peñón hacia donde proceda».
    - Reforma laboral. «Las organizaciones empresariales y sindicales aún están en disposición de llegar a un acuerdo. Habrá que tomar decisiones pero lo ideal es que sean pactadas».

Los proetarras atacan la vivienda de un concejal socialista en Getxo
Libertad Digital 19 Febrero 2001


Unos desconocidos han atacado esta noche la vivienda de un concejal del PSE-EE en la localidad vizcaína de Getxo, según han confirmado fuentes del Partido Socialista. La Policía vasca ha informado de que los hechos sucedieron a las once y media de la noche en la calle Diliz Estrada del municipio getxotarra. El artefacto incendiario, que fue arrojado al piso en el habita el edil, impactó contra la ventana. El pequeño fuego que se produjo por el cóctel molotov fue apagado por los propios propietarios de la vivienda.

También esta madrugada un artefacto casero estallaba en la puerta de una farmacia de la localidad alavesa de Legutiano, causando daños en la fachada del establecimiento. Los hechos sucedieron a la una menos cuarto en el número 3 de la calle Carmen del municipio. A esa hora hacía explosión el artefacto compuesto por una bombona de camping-gas, un cohete pirotécnico y dos aerosoles. Efectivos de Bomberos se encargaron de apagar el incendio. Hasta el momento se desconoce quién es el propietario de la farmacia y si tiene relación con algún partido político.

Apóstatas
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 19 Febrero 2001

Habría que empezar a designar las cosas por su nombre. Apostasía, si mis endebles conocimientos de griego no me traicionan, significa «colocarse fuera de»; los obispos, cada vez que se pronuncian con tibieza o melindres sobre el terrorismo etarra, están negando la fe cristiana e incumpliendo las obligaciones que, como ministros de Jesucristo, les corresponden. Se están colocando fuera del mandato evangélico y rebelando contra el designio de Dios, que nos procura la vida y nos administra la muerte según su sagrada voluntad. Porque —dejémonos de sofismas— lo que se dirime en la condena del terrorismo etarra no es una forma de organización política, ni nebulosos conflictos jurídicos, ni paparruchas quiméricas disfrazadas de vindicación histórica; condenar el terrorismo etarra significa, pura y simplemente, reprobar a quienes contrarían el designio divino, abominar de unos arbitrarios dispensadores de muerte que pisotean el más hermoso don de Dios y cercenan la misión terrenal de sus criaturas. Quien se niega a anatemizar el Mal, o lo hace mediante ambigüedades y tiquismiquis, es un apóstata.

Nuestros obispos apóstatas se han negado a suscribir o apoyar explícitamente un pacto antiterrorista, aduciendo que la política y la religión deben ocupar compartimentos estancos. Contra estas fangosas excusas se alzaba el artículo de José Antonio Zarzalejos, publicado ayer en Tercera, cuya lectura les recomiendo fervorosamente. La alegación de los obispos, de tan irrisoria y desmentida por la Historia (no se puede entender el devenir de la Iglesia sin atender a los sucesivos poderes temporales que la sustentaron o persiguieron), se remite tácitamente a cierto pasaje evangélico que siempre ha sido interpretado de forma torticera. En vísperas de su pasión, tras su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús fue tentado por los fariseos. «¿Es lícito pagar tributo al César?», le preguntaron, con la esperanza ofidia de que se proclamara en rebeldía. Pero Jesús, tras mostrarles la efigie que aparecía troquelada en los denarios, repuso: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». ¿Podrían explicarme los obispos apóstatas qué efigie resplandece en los rostros exánimes de quienes mueren tiroteados por los asesinos etarras? ¿La del César o la de Dios? La vida de los inocentes no es un asunto sometido a transacción política; quienes caen derribados por el plomo no son un tributo que deba pagarse a ningún César. Rebajar el sagrado don de la vida hasta convertirlo en moneda de cambio para sórdidos cambalaches políticos es propio de lobos; pero cuando los pastores del rebaño se avienen a los designios del lobo, quizá haya llegado el momento de abandonar la majada.

No escribo este artículo instalado en el descreimiento o en el tozudo anticlericalismo. Aunque perseguido por dudas lacerantes (pero también la agonía de la incertidumbre robustece la fe), he profesado los sacramentos y he procurado ajustar mi vida al evangelio de Jesús. Mi catolicismo de oveja descarriada, acechado siempre por la flaqueza, ha recibido embates que lo tambalean, pero siempre ha sobrevivido, con magulladuras y coscorrones, a mi pobre naturaleza pecadora. Si por algo el legado de Jesús resulta vigente hoy es porque borró de un plumazo la imagen de un Dios tonante y ceñudo, atrincherado en su Sinaí, y la sustituyó por otro Dios samaritano que se apiada de sus criaturas y desciende hasta el barro en el que chapotean. Jesús nos enseñó que la efigie de Dios está troquelada en el rostro de cada hombre que sufre, en la sangre derramada de cada hombre que muere víctima de la bestialidad y la barbarie. Mientras mi fe convalece de las dentelladas que le han propinado unos obispos apóstatas, sólo me queda recordar el mandato del Evangelio: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Redondo: «Setién parece el portavoz del PNV»
El Mundo  19 Febrero 2001

BILBAO.- El secretario general de los socialistas vascos, Nicolás Redondo Terreros, criticó ayer con dureza al obispo emérito José María Setién, de quien dijo que «le escribe las notas a Ibarretxe y parece el portavoz del EBB» [la dirección del PNV].

«Fallando Egibar, lo hace mejor que él», continuó. «Eso es el nacionalismo del PNV: interés partidario y religión».

Durante un encuentro con cargos públicos de su partido en Vizcaya, Redondo insistió en que sean convocadas las elecciones autonómicas. «No puede haber unidad democrática sin elecciones», dijo. «Si Ibarretxe hubiera convocado antes los comicios, tendríamos la unidad democrática recuperada».

Redondo Terreros empleó la mayor parte de su discurso en arremeter contra el PNV y su presidente, Xabier Arzalluz, a quien acusó de «banalizar» los ataques que los no nacionalistas están sufriendo contra sus derechos elementales.

Afirmó que, desde que gobierna, el PNV no ha resuelto los dos principales problemas de esta comunidad: la ubicación del País Vasco en el Estado y el terrorismo. «El PNV sobrevive porque siguen esos problemas y no puede solucionarlos porque se rompería la esencia del nacionalismo», manifestó.

«Estoy convencido de que los nacionalistas quieren acabar con ETA, pero también que se les pague un precio político por ello. Si así se hace, se estará legitimando a los terroristas», dijo.

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