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Recortes de Prensa     Miércoles 21  Febrero  2001
#El cambio es posible
Editorial ABC 21 Febrero 2001

#PAIS VASCO: DEL CALVARIO DE HOY A LA ESPERANZA DE MAÑANA
Editorial El Mundo  21 Febrero 2001

#Crisis de Gobierno, Zarzalejos al fondo Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  21 Febrero 2001

#El poder del voto
Editorial El País  21 Febrero 2001

#Elecciones y soluciones
Edurne URIARTE ABC  21 Febrero 2001

#Bajo la dictadura del miedo
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón  21 Febrero 2001

#Ibarretxe tira la toalla
Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC  21 Febrero 2001

#Al amigo ausente, al político silenciado
JAVIER ROJO El País  21 Febrero 2001

#Unas elecciones bajo la dictadura del miedo
P. de La Serna - Madrid .- La Razón   21 Febrero 2001

#Ibarretxe, tras aferrarse al poder durante nueve meses, convoca elecciones para el 13 de mayo
VITORIA. J. J. Saldaña ABC 21 Febrero 2001

#La legislatura más corta se agotó al fracasar Estella
BILBAO. M. Alonso ABC 21 Febrero 2001

#El PNV contrató la semana pasada las vallas publicitarias
C. R. El Mundo  21 Febrero 2001

#La estrategia de la araña
ANTONIO ELORZA El País   21 Febrero 2001

#El nacionalismo es el problema
 Enrique de Diego Libertad Digital   21 Febrero 2001

#La prueba del 13 (de mayo)
Por M. MARTÍN FERRAND ABC  21 Febrero 2001

#Miserable disolución
Carlos DÁVILA ABC 21 Febrero 2001

#¡Aleluya!
FÉLIX DE AZÚA El País 21 Febrero 2001

#La maldición nacionalista
Lucrecio Libertad Digital  21 Febrero 2001

#Apuntes preelectorales
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC  21 Febrero 2001

#El aliado de Arzalluz
Enrique de Diego Libertad Digital  21 Febrero 2001

#Un folleto de la Generalitat limita a la democracia la historia común con España
BARCELONA. M. J. Cañizares ABC   21 Febrero 2001

#Enfrentados con educación
TONIA ETXARRI El Correo    21 Febrero 2001

#26 meses de frustración
MANUEL ARROYO BILBAO El Correo 21 Febrero 2001

#Una buena noticia
XABIER GURRUTXAGA El Correo  21 Febrero 2001

#La apuesta soberanista condena al Gobierno vasco
M. RAMIREZ El Mundo  21 Febrero 2001

#Una sima sin precedentes
ALBERTO SURIOSAN SEBASTIÁN El Correo  21 Febrero 2001

#El monólogo del lehendakari
Editorial El Correo  21 Febrero 2001

#POLÍTICA LINGÜÍSTICA Y ESTADO DE DERECHO
FRANCESC De Carreras EL PERIÓDICO DE CATALUÑA 21 Febrero 2001

#Pensar en la libertad y en el día después
RAFAEL AGUIRRE El País  21 Febrero 2001

#Diálogo sí, pero electoral
FEDERICO ABASCAL El Correo  21 Febrero 2001

El cambio es posible
Editorial ABC 21 Febrero 2001

Forzado por los acontecimientos, y con varios meses de retraso en el cumplimiento de su propia palabra, el lendakari Ibarretxe ha decidido que las elecciones se celebren el día 13 de mayo. Ni siquiera en el anuncio del adelanto electoral ha abandonado Ibarretxe ese falso aire de solemnidad institucional que ha dado a sus últimas actuaciones. Desde el mes de octubre, cuando empeñó su palabra en que disolvería la Cámara si no lograba el apoyo de las fuerzas políticas a su triple compromiso de urgencia, Ibarretxe se ha dedicado exclusivamente a cambiar su triste realidad política por meras apariencias, a liberarse de lo que realmente ha supuesto su mandato en el País Vasco para revestirse con los disfraces adecuados a cada momento. Por eso ha querido suplir su fracaso imputando culpas a socialistas y populares, presentados como soboteadores de la convivencia política; ha burlado su precariedad parlamentaria entregándose a actos públicos de exaltación de su persona y de su mensaje y se ha hecho la víctima inocente de unos y de otros, es decir, de HB, por un lado, y de PP y PSOE por otro.

Pero Ibarretxe se equivoca si cree que esta inmensa farándula en que ha convertido la política vasca va a cancelar la memoria histórica. Quizá lo piensa cuando envida a los populares y socialistas a retratarse ante la sociedad para exponer sus modelos de sociedad y sus planes de gobierno. Al final todo se pega, y el nacionalismo vasco también echa mano de la intimidación a los constitucionalistas. Esta amenaza demuestra ese aire chulesco y prepotente del nacionalismo, muy propio de quien se cree dueño y señor del gobierno vasco. Sin embargo, en estas elecciones, en esta precampaña que hoy empieza, quienes tienen que retratarse son Ibarretxe y los partidos que le han apoyado. El falso Ibarretxe del diálogo y de la integración de última hora es el que alcanzó la presidencia a lomos de ETA y de HB; el que pactó con ETA la ruptura de relaciones con los partidos constitucionales; el que obedeció las consignas del pacto de Estella; el que defendió la quiebra constitucional y estatutaria; el que recluyó a los no nacionalistas en la marginación política; el que financió instituciones creadas al calor de ETA, como Udalbiltza; y el que abandonó a las víctimas a su suerte, sentando a un etarra en la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento.

En esta campaña se va a hablar de los dos años de frente nacionalista y de sus resultados, le guste o no al PNV. Es lo lógico de un sistema democrático, en el que rinde cuentas quien tiene el gobierno. En estas elecciones habrá que hablar, y mucho, de cómo se ha dirigido a la Ertzaintza en la lucha contra ETA y contra la violencia callejera; de si los medios públicos de comunicación han actuado con imparcialidad en el tratamiento de la realidad política vasca; de cómo se han empleado los presupuestos de la Comunidad; de cómo se ha ejecutado la política de enseñanza; y de cómo se ha utilizado el euskera como ariete de la doctrina nacionalistas, por citar sólo algunos aspectos de la devastación nacionalista. No va a ser el PNV el que decida la agenda electoral. Éstas no van a ser las elecciones cómodas del «diálogo nacionalista» sino del sonrojante balance del gobierno nacionalista del pacto de Estella.

Tiene toda la razón Ibarretxe. Éste es el momento de dar cuenta ante la sociedad vasca de lo que ha hecho cada uno en estos dos largos años de destrucción progresiva de la democracia en el País Vasco, bajo su mandato y su responsabilidad. Poco deben temer los partidos constitucionales de una campaña electoral, más allá de la violencia etarra, porque se presentan ante los ciudadanos con la fuerza moral de haber soportado un bienio de terror sin flaquear y con un Pacto contra el Terrorismo y por las Libertades que ha desarticulado la doble falacia nacionalista de que ETA es invencible y de que un Gobierno del PNV es inevitable. Si los ciudadanos no nacionalistas creen firmemente en que el cambio es posible —y realmente lo es— y lo defienden sin miedo, apurando aún más sus dosis diarias de heroísmo, el nacionalismo vasco habrá sufrido su primera derrota, porque habrán puesto fin a la resignación y al fatalismo que permitieron a los nacionalistas cimentar su hegemonía.

PAIS VASCO: DEL CALVARIO DE HOY A LA ESPERANZA DE MAÑANA
Editorial El Mundo  21 Febrero 2001

No es la primera vez que escuchamos al jefe de un Gobierno que se ve obligado a convocar elecciones anticipadas denigrar a la oposición y culparla de su propia debilidad política. Lo hizo Felipe González en 1993 y 1996 y lo repitió ayer Juan José Ibarretxe cuando acusó a PSOE y PP de haber creado un clima de crispación que hacía inevitable la disolución de la Cámara.

El lehendakari compareció ante los medios de comunicación para anunciar que las elecciones se celebrarán el próximo 13 de mayo, poniendo fin a una legislatura que va a durar dos años y cuatro meses, la más corta de la historia en el País Vasco.

Ibarretxe aprovechó la comparecencia para reprochar a la oposición que «carece de educación» y que «insulta», como si su problema estuviera en los malos modos de sus adversarios políticos -ojalá todas las agresiones en el País Vasco fueran de índole verbal- y no en su incapacidad para gobernar por falta de apoyo.

La realidad es que el adelanto electoral era inevitable desde el 21 de enero del 2000 cuando ETA asesinó en Madrid al teniente coronel Blanco, rompiendo la tregua que había durado desde septiembre de 1998. Aquel día el Gobierno, basado en el pacto parlamentario entre PNV, EA y EH, se desmoronó. Si hasta ese momento Ibarretxe podía justificar su alianza con el brazo político de ETA como el precio que había que pagar por la paz, los crímenes de la banda dejaron en evidencia que sólo podía seguir gobernando con el apoyo de los cómplices de los violentos.

PECADO ORIGINAL. Ibarretxe nunca ha podido sobreponerse al pecado original con el que nació el Gobierno que ha presidido: la dependencia de EH, cuyo respaldo ha estado siempre condicionado al avance hacia un proyecto soberanista y exluyente, trazado en el Pacto de Lizarra. Si la sociedad vasca se ha movido en los dos últimos años en una dinámica de frentismo, las causas hay que buscarlas en ese desdichado acuerdo nacionalista.

El momento más drámatico de la larga agonía del Gobierno de Vitoria fue probablemente el asesinato de Fernando Buesa, el 22 de febrero del año pasado, cuando quedó en evidencia que los amigos de sus socios políticos mataban no sólo a uno de los dirigentes de la oposición sino a una persona con la que el lehendakari había compartido tareas de Gobierno cuando PNV y PSOE eran aliados.

Ibarretxe tenía que haber convocado elecciones al día siguiente de los funerales de Buesa, pero prefirió aguantar con el apoyo de los 14 escaños de EH. Su intento fue baldío. Acabó por perder ese infamante respaldo sin lograr recuperar una credibilidad política que había dilapidado irremisiblemente. Los últimos cuatro o cinco meses han sido un verdadero calvario para Ibarretxe, que, tras perder una votación tras otra, ni siquiera se atrevió a enviar unos nuevos Presupuestos al Parlamento. Las mociones de censura presentadas por PP y PSOE en octubre no pudieron prosperar al carecer de mayoría absoluta pero sirvieron para poner de relieve la orfandad política del Gobierno de Vitoria.

No es exagerado decir que el único acto coherente de Ibarretxe en los últimos tiempos ha sido la convocatoria de estas elecciones, que serán, sin duda, las más importantes que hayan tenido lugar jamás en el País Vasco.

LA ALTERNATIVA. Lo que se ventila el 13 de mayo es mucho más que una simple alternancia de poder entre partidos. Lo que está en juego es la defensa de las libertades y de un marco constitucional de convivencia del que se ha ido alejando el PNV. Por primera vez, PP y PSOE acuden a las urnas con un pacto que, mas allá de intereses electorales, plantea una alternativa democrática al modelo excluyente de los nacionalistas.

Los últimos sondeos revelan un virtual equilibrio de fuerzas entre unos y otros, lo que convierte en una posibilidad real y tangible que PP y PSOE puedan gobernar juntos, con un lehendakari no nacionalista, algo que jamás ha sucedido en el País Vasco.

Pero la campaña no va ser fácil para quienes aspiran a derrotar al PNV, que ha ido fagocitando las instituciones y poniendo las bases de un clientelismo profundamente arraigado. Surgen fundados temores de que la televisión vasca y el aparato mediático y social que controlan los nacionalistas se comporten de forma sectaria en estos próximos meses. Todo está en contra de PP y PSOE, que tendrán que pedir el voto en un clima de hostilidad política cuando no de amedrentamiento físico. Especialmente difícil lo va a tener Mayor Oreja, que ni siquiera ha sido proclamado aún oficialmente candidato por el PP y al que Arzalluz y los suyos demonizarán como paradigma de lo antivasco pese a ser tan hijo de la tierra como ellos.

Lo deseable, como abogó ayer Ibarretxe, sería una campaña respetuosa con el adversario. Pero eso parece demasiado pedir en el País Vasco, donde por defender unas ideas se corre el serio riesgo de perder la vida. Las elecciones de mayo son una gran oportunidad para impulsar ese cambio de rumbo que necesita la sociedad vasca, que no se merece un Gobierno a la deriva como el que ha tenido en estos dos últimos años.

Crisis de Gobierno, Zarzalejos al fondo
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  21 Febrero 2001

Después de un año de trapisondismo criminoso, Arzallus ha convocado elecciones vascas agitando a su muñequito gubernamental articulado, J.J. Ibarreche, que, por cierto, al anunciar los comicios que venía negando contumazmente desde hace meses parecía esa señora del anuncio, aliviadísima después de su "momento all-brand". Es la prueba de lo mucho que creía en sus propios argumentos: si convoca ahora, ¿por qué no antes? En fin, lo que ha hecho el PNV hasta estas elecciones es tan repugnante como lo que probablemente hará a partir de ahora, con Ibarreche de delantero y árbitro, pero al menos tiene fecha límite.

Ahora le toca al Gobierno de España, este sí legítimo, dejar en libertad al candidato del PP, Jaime Mayor Oreja, actual ministro del Interior. Crisis que Aznar, en nuestra modesta opinión, no debería solventar con un solo cambio obligado sino con el de dos o tres ministros más cuya ineficacia o incompetencia están ya pluscuandemostrados. La reciente encuesta de "El Mundo" lo demuestra. Pero pese a sus alardes de humildad en "Blanco y Negro", Aznar está demasiado ensoberbecido como para hacer una concesión en su teatralizada voluntad de Poder, así que es de temer que no saque del horno ni a los ministros-pavesa.

Hace pocas semanas, Aznar quería hacer sólo un cambio, lo cual significaba extraer al neoministro de fuera del Gobierno o del segundo nivel gubernamental, no del Consejo. También hace un mes, el favorito era Acebes, pero entre tanto se ha embarcado en una reforma de la Justicia tan amplia que difícilmente la verá concluída y no parece razonable quitarlo antes de comenzarla. Arenas apetecería el cargo, lo mismo que Ruiz Gallardón, pero, por razones absolutamente opuestas, no es fácil que Aznar les conceda el sillón eléctrico del Paseo de la Castellana.

En estas condiciones y salvo en el improbable caso de que Martí Fluxá decidiera volver a la política, el favorito es Javier Zarzalejos. Sólo tiene un problema, pero muy grave: sostuvo la línea contraria a la de Mayor Oreja durante la tregua-trampa de ETA y el todavía ministro no lo puede ni ver, aunque ambos lo disimulen. Sucede que ni Mayor le quiere decir a Aznar quién querría cómo sucesor ni tampoco Aznar se lo puede preguntar. Entre galgos herméticos y podencos autistas, podemos tener dos Zarzalejos por el precio de uno.

El poder del voto
Editorial El País  21 Febrero 2001

Quien tenía capacidad para hacerlo ha decidido anticipar al 13 de mayo las elecciones del País Vasco. A Ibarretxe no le quedaban ya argumentos -ni siquiera ocurrencias- con las que justificar su tenaz negativa a hacer lo que aconsejaba desde hace por lo menos un año la lógica democrática, la normalidad política y los intereses de la institución que encarna. La convocatoria era una condición ineludible para acabar con el bloqueo político que ha permitido a ETA optimizar el efecto desmoralizador que pretende con sus crímenes.

Había motivos políticos y morales para haber disuelto la Cámara hace tiempo. Como mínimo, desde que Euskal Herritarrok (EH) oficializó su abandono del Parlamento en septiembre, dejando al Gobierno de Ibarretxe en minoría. En una democracia parlamentaria, esa situación conduce a la inmediata convocatoria de elecciones, o al menos a un acuerdo con las otras fuerzas democráticas para fijar la fecha. 'Si de mí dependiera, terminábamos la legislatura; veremos quién se desgasta', declaraba Arzalluz en noviembre pasado. Un mes después, el mismo dirigente consideraba que ya 'han pasado los peores momentos para Ibarretxe'. Se equivocaba, y el efecto no sólo ha sido un acelerado desgaste del lehendakari, sino envenenar como nunca las relaciones entre los políticos, trasladar esa crispación a la sociedad y provocar el desprestigio de las instituciones: el escenario favorito de ETA.

Ello es consecuencia también de la dimensión moral que ha acabado adquiriendo el debate sobre la convocatoria electoral. El lehendakari fue investido con los votos de EH. Ello sólo fue posible por la existencia de una tregua. Rota ésta, cada día que pasaba sin tomar ninguna decisión respecto al Gobierno (pacto alternativo o disolución) se convertía en una afrenta a las víctimas: aceptaba seguir gobernando gracias al respaldo recibido de quienes se habían convertido nuevamente en justificadores de ETA. Ninguna declaración de solidaridad ha podido anular la fuerza de ese mensaje. Y ello ha minado a los ojos de muchos ciudadanos la legitimidad de las instituciones, justo cuando más la necesitaban frente a la ofensiva terrorista. La propia figura del lehendakari se ha visto sometida a un desgaste nunca antes conocido: ni Garaikoetxea ni Ardanza (y mucho menos Aguirre o Leizaola) se vieron en una situación comparable.

El argumento de que las elecciones no servirían para nada porque los resultados serían más o menos los mismos ha sido muy desafortunado. Primero, porque ese criterio es incompatible con la lógica misma del sistema democrático; pero además, porque es falso: sin tregua, el PNV no podría pactar con EH, luego incluso si se repitieran los resultados habría una nueva situación política, empezando por un Gobierno apoyado sobre una mayoría diferente. El empecinamiento del lehendakari llevó a la oposición a plantear una serie de iniciativas que escenificaran la minoría en que había quedado el Gobierno. Fue así como perdió más de 50 votaciones, algo impropio de un Gobierno en un sistema parlamentario. Ibarretxe intentó contrarrestar esa debilidad en la Cámara con llamamientos de corte peronista a la adhesión directa de la sociedad y a iniciativas como la representada el domingo pasado en San Sebastián.

Por todo ello, la convocatoria era una necesidad. Se despeja una incógnita, aunque queden otras. La primera, si el PNV se presentará solo o en coalición con EA, y con qué programa. Un motivo para optar por la coalición es asegurarse la primera posición en escaños, pero si el PNV y EA van juntos, la opinión pública tenderá a comparar sus resultados no con los del PP o el PSOE en solitario, sino con la suma de ambos. EA defiende presentarse con un programa abiertamente soberanista, pero ello supondría una pérdida entre el electorado nacionalista moderado de las ciudades.

Pese a las exhortaciones del lehendakari a que los demás se definan, su partido es el que tiene más necesidad de hacerlo. Por ejemplo: si su primera opción es un Gobierno nacionalista (PNV-EA) con el refuerzo de IU, como dijo su máximo dirigente, o si tratará de reeditar una alianza con los socialistas, como transmiten otros destacados nacionalistas. Y si sus mensajes van a dirigirse a retener al electorado moderado tentado de irse al PP o a captar con propuestas radicales a esos 50.000 votos que, según algunas encuestas, puede perder EH. Ambas cosas a la vez no son posibles.

Ibarretxe hizo ayer un llamamiento a favor de un comportamiento respetuoso y leal entre los adversarios. Sería deseable que esa lealtad implique la renuncia a utilizar el argumento de que si gobiernan los otros habrá más terrorismo: la batalla por la derrota de ETA deberá ser conjunta de Gobierno y oposición, al margen de cómo repartan el poder los electores.

Elecciones y soluciones
Por Edurne URIARTE ABC  21 Febrero 2001

En un día trascendental para el País Vasco, Juan José Ibarretxe exhibió ayer una vez más toda la impotencia del nacionalismo gobernante. Olvidó su papel y sus responsabilidades institucionales y aprovechó para hacer otro alarde de victimismo y de culpabilización de la oposición, porque se comportan muy mal, dicen que no a todo y no comprenden el pluralismo nacionalista. También se puso constructivo y pidió «modelos de soluciones» a PP y PSOE porque, les dijo, la sociedad vasca ya ha entendido la solución de los nacionalistas, pero está a la espera de conocer la de la oposición.

El lendakari minusvalora la capacidad de entendimiento de los vascos. Porque a falta de casi tres meses para las elecciones, los ciudadanos están más que informados sobre los dos modelos de soluciones sobre los que van a decidir el 13 de mayo, el del diálogo con ETA y la independencia del PNV y EA, y el del combate a ETA y el autonomismo del PP y PSOE.

En IU, ni ellos mismos saben lo que quieren, y en EH lo saben demasiado bien, que ETA siga matando. PNV y EA proponen el diálogo y el respeto al pluralismo, palabras cuya traducción a contenidos los ciudadanos, efectivamente, ya han entendido. Es decir, diálogo con ETA e independencia, llamada también soberanismo y derecho de autodeterminación.

Y los ciudadanos también conocen la alternativa que les ofrecen PP y PSOE: poner el Gobierno vasco a trabajar para combatir a ETA y defender el modelo autonómico, que ha servido para integrar a nacionalistas y no nacionalistas.

Las cosas están más claras que nunca, porque lo que nos jugamos en estas elecciones es más importante que nunca: si la democracia resiste o no al terrorismo y si nuestro modelo autonómico se estabiliza de una vez por todas o si nuestros temores sobre la deriva independentista quedan definitivamente confirmados.

Bajo la dictadura del miedo
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón  21 Febrero 2001

Hay que dar la bienvenida a las elecciones en las provincias vascongadas. La presión democrática ha quebrado la resistencia de Arzallus e Ibarreche. Los grandes partidos han acogido con palabras albriciadas la decisión del lehendakari, que tiene carita de alumno al que van a catear.

    La convocatoria de elecciones es, en todo caso, positiva. Dicho esto, ¿para qué nos vamos a hacer demasiadas ilusiones? El País Vasco no vive en democracia plena. El miedo no es libre. La situación en aquella región es mucho peor de lo que se cree en el resto de España. Los vascos tienen miedo a Eta, que mata, hiere, secuestra y extorsiona. Pero también tienen miedo al PNV, que presiona, excluye, coacciona, reparte credenciales de vasquismo. Los nacionalistas han creado, a lo largo de veinte años, un oscuro tejido de intereses creados.

    Bajo la dictadura del miedo, bajo la coacción del PNV, pues, se van a celebrar las elecciones en las Vascongadas. Los grandes partidos nacionales deben emplearse a fondo para obtener una votación que, aunque resulte buena, nunca será tan positiva como lo hubiera sido si los electores acudieran a votar en un clima de libertad plena. Ah, y no dejo la pluma, claro, sin espolvorear unos gramos de canela fina sobre la pregunta del millón: ¿qué fichas moverá José María Aznar en su tablero monclovita ante la saga fuga de Mayor Oreja hacia el País Vasco?

Ibarretxe tira la toalla
Por Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC  21 Febrero 2001

Juan José Ibarretxe ha aprovechado el anuncio de la cita electoral vasca del 13 de mayo para justificarse culpando a los demás de los fracasos de su Gobierno. Pactado con ETA-HB para alumbrar la «paz abertzale» gestada en Lizarra, sólo ha parido este aborto que ha disparado las alarmas, no sólo vascas y españolas, sino también europeas. Su política ha roto todos los consensos estatutarios sobre autogobierno que hubo entre nacionalistas moderados y constitucionalistas. La disolución anticipada del Parlamento vasco llega cuando Ibarretxe no tiene más remedio que admitir la evidencia: condenado a sufrir derrota tras derrota legislativa, su Ejecutivo no puede sufrir esa agonía insoportable. Además, la opinión pública muestra indicios de estar harta de ese tropel de lapas y percebes agarrados al poder por puro pánico al día después de perderlo. Ibarretxe ha conseguido algunas cosas difíciles: unir al PP y PSOE en un frente común superando sus grandes diferencias; profundizar la brecha entre vascos; desacreditar instituciones autonómicas como la Ertzaintza —al borde de la rebelión interna— y el propio Gobierno vasco; soliviantar a la pacífica y acomodada universidad; alimentar cierta nostalgia de la grisura de Ardanza, y un largo y triste etcétera.

Todo comenzó con la pseudotregua de ETA de 1998 y su final en noviembre de 1999. ETA engañó a un PNV que deseaba el engaño y soñaba poder invertirlo en beneficio propio. Pero la realidad se ha impuesto. Con la firma del acuerdo de Lizarra, Ibarretxe dijo que la tregua era irreversible. Cuando ETA proclamó su fin, prometió dimitir al primer asesinato; han hecho falta veintinueve —y muchísimos otros frustrados— para que cumpliera su palabra, quedando como un donnadie sin ella, a la sombra grosera del gran timonel Arzalluz y su delfinesco Egibar. Las elecciones de mayo prometen ser históricas, para bien o para mal. Por primera vez, es verosímil un Gobierno vasco sin nacionalistas y, por tanto, consagrado a derrotar al terrorismo, reforzar al tambaleante Estado de Derecho y restaurar consensos heridos. Porque si el nacionalismo volviera a tener mayoría de Gobierno —algo casi imposible, si ETA mantiene el boicot al Estatuto—, la situación sería muy difícil. Muchos vascos expresan su intención de tirar la toalla y abandonar el país en el supuesto de otros cuatro años de soberanismo y terrorismo. Y el Gobierno español probablemente tendría que intervenir para proteger los derechos de muchos miles de ciudadanos españoles en peligro. Realmente, nos jugamos muchas cosas el 13 de mayo. Sin confesarlo, los nacionalistas razonables están deseando la derrota de sus partidos, único modo de rescatarlos de la extinción histórica que conlleva su vil alianza estratégica con ETA contra los «españolistas». De momento, es Ibarretxe quien tira la toalla y abandona su terco pugilato contra la realidad. Aleluya.

Al amigo ausente, al político silenciado
JAVIER ROJO El País  21 Febrero 2001

Javier Rojo es vicepresidente segundo del Senado y secretario general del PSE-EE de Álava

Mañana, 22 de febrero, un año después, recordamos con tristeza al compañero caído, al amigo ausente, al político silenciado, al hombre bueno que nos arrebataron. Y Fernando, sin duda, se encuentra por méritos propios entre ellos.

Pero, a la par, recordamos con esperanza y con nostalgia, por qué no reconocerlo, a quien defendía con tesón la grandeza del noble oficio de la política, concebida como una actitud vital de servicio público. Oficio éste —como a él le gustaba denominar a su dedicación— que contribuyó a dignificar con su trayectoria personal, desde la clásica idea ilustrada que siempre nos repetía: las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz.

Su carácter tolerante y su discurso, imbuidos de una tozuda pedagogía, se asentaban sobre la convicción de que la tolerancia es la auténtica prueba de civilización. Así, la lealtad, el valor de la palabra dada, el compromiso y el acuerdo por encima de cualesquiera otras consideraciones constituyeron en todo momento las pautas que definieron sus modos y maneras de abordar el debate y el trabajo político, al que dedicó, sin escatimar esfuerzos, los mejores años de su vida.

Compartir con Fernando mi vida en la política ha constituido para mí un inmenso orgullo y un ejemplo incomparable de dignidad personal.

Fernando creía básicamente en los valores de la persona, en la condición de ciudadano que la sociedad le otorga, en el inmenso reto diario por la recuperación de la soberanía personal en esta tierra en que el mito de la colectividad, de la patria, ampara todo tipo de atentados a la libertad, a la dignidad y a la vida de las personas.

La desolación no es una semilla que pueda germinar en tierra alguna. Porque no hay patria que pueda edificarse sobre el luto o el terror, ni patriotismo que exija verter la sangre de sus mejores hombres. Por ende, su patria, a menudo lo decía, era su familia, eran sus amigos, sus compañeros. Era el lugar en el que darse cita con sus afectos, en el que cultivar la amistad, en el que departir con sosiego.

Pero este compromiso con el ser humano, con la universalidad del pensamiento, no le impidió amar profundamente a su tierra, a Euskadi, donde creía que su trabajo resultaba más necesario: en una Euskadi en la que reivindicar la vida y la libertad como valores irrenunciables. Él reclamaba la corresponsabilidad a todos, porque la política no es ni debe resignarse a ser coto exclusivo de políticos. Y los retos que afrontamos, el dolor que padecemos, la ausencia de libertad que nos vemos obligados a sobrellevar, no pueden ser ajenas a la sociedad y al compromiso exigible a ésta. A cada cual en su ámbito de responsabilidad, de relaciones personales, de trabajo, de amistad. Porque la arquitectura de la libertad no se levanta sobre la indiferencia, ni sobre la equidistancia; ni tan siquiera sobre la tibieza del pusilánime, sino desde el compromiso y desde la firmeza democrática de que, con el sacrificio personal y diario, nos diera tan buen ejemplo Fernando Buesa.

En esta larga marcha por la libertad, le arrebataron la vida, como a tantos. Pero hoy decimos, en su memoria, que su muerte no fue inútil, que su ejemplo no resultó baldío. Nos queda el ejemplo de su trayectoria vital que hoy reivindicamos; de su memoria que hoy recordamos; de la dignidad que como ser humano supo imprimir a su vida. Valores todos ellos que se alzan desde el recuerdo sobre la miseria existencial de sus verdugos. Para que aprendamos sobre nuestros fantasmas más oscuros, sobre las tentaciones exterminadoras que laten siempre bajo la mentira de las razas, bajo el siniestro romanticismo de la pureza de los pueblos.

Su ejemplo y su memoria permanecen entre nosotros, en su tierra, Euskadi, en la que, recogiendo el testigo de Fernando, trabajamos desde la firme convicción de que la razón acabará por imponerse a la sinrazón de quienes, arrumbando los derechos humanos más básicos, impiden por la fuerza la legítima aspiración de libertad.

El mayor compromiso que podemos brindar al legado de Fernando y a todas las víctimas del terrorismo es el trabajo diario por la libertad, reclamando rebeldía y compromiso a los ciudadanos. Rebeldía social frente a la indiferencia. Y compromiso colectivo en favor de la vida.

Unas elecciones bajo la dictadura del miedo
Los votantes de PP y PSOE volverán a las urnas del País Vasco con el riesgo que representa su preferencia política
El 13 de mayo, los ciudadanos vascos volverán a las urnas para elegir «lendakari». Algunos, los nacionalistas, lo harán sin nada que temer. Otros, los partidarios de PP y PSOE, lo harán con el miedo de pensar que un voto equivocado, en el lugar equivocado, puede marcar su vida para siempre.
P. de La Serna - Madrid .- La Razón   21 Febrero 2001

Un ciudadano de a pie, cualquier español, en día de elecciones, procede siempre del mismo modo. Acude al colegio electoral que le corresponde, prepara, si no la lleva de casa, la papeleta del partido al que desea votar, y la deposita en la urna, sin más. Por la tarde, en su casa, con la familia, o a solas, espera los resultados con tranquilidad, tal vez con la inquietud propia del que espera que ganen los suyos. No hay más preocupaciones.

    Un ciudadano vasco, pongamos que residente en la comarca guipuzcoana de Tolosa o en cualquier otro caserío perdido del País Vasco profundo, no tiene la misma perspectiva del asunto. Lo que en otros puntos de la geografía española es el ritual básico de la «normalidad democrática», votar, en algunos pueblos de esta comunidad española es un suplicio que puede llegar a condicionar notablemente el futuro de todo aquel que no sea partidario de la «construcción nacional en Euskal Herria» y vote algo diferente a lo esperado por los seguidores de Eta y su entorno.

    Hablar de libertad en una región en la que todos los concejales del PP y del PSOE realizan sus tareas cotidianas acompañados por un par de guardaespaldas porque están amenazados de muerte, y de la que muchos intelectuales, como el antropólogo Mikel Azurmendi, deben emigrar forzosamente, a Estados Unidos en este caso, acosados por los proetarras, es más un deseo que una realidad.

    El próximo 13 de mayo, las urnas volverán a abrirse en el País Vasco para que todos los ciudadanos que así lo quieran expresen sus preferencias políticas, aunque no todos lo harán con libertad y libres de miedo. «Si no votas como yo quiero, atente a las consecuencias», les dicen con demasiada frecuencia a los militantes y seguidores del PP y del PSOE en los pueblos de Tolosa los proetarras seguidores de EH. En esta comarca, como en muchos otros pequeños pueblos de Guipúzcoa y Vizcaya, sobre todo, la mano de los proetarras es alargada y se deja sentir sin ambigûedades.

    Algunos militantes del PP ya han relatado a este periódico, en más de una ocasión, que en estos lugares la libertad de voto no existe y que las amenazas pueden más que los deseos de democracia, que las preferencias de algunos ciudadanos por dar la alternativa a socialistas o populares. «Aquí se conocen todas las personas, sus casas, sus familias, sus hijos, dónde trabajan o donde salen a pasear, lo que hace más difícil que en un pueblo de menos de 500 habitantes alguien se atreva a depositar en la urna una papeleta para un partido nacional. A la hora del recuento, se sabría quien ha sido el valiente», dicen.

    Colegios electorales sin compartimientos cerrados para votar; retrasos en las comunicaciones a los vecinos que son designados miembros de las mesas electorales para que estas no se formen y, de este modo, no se vote; o simple intimidación física con su presencia a la puerta de los colegios electorales no son sino el botón de muestra de como se las gastan aquellos que, por lo criminal o por lo civil, no están dispuestos a tolerar injerencias en sus planes.

    La ausencia de libertad, de seguridad, en la que viven enfrascados muchos ciudadanos vascos no están, sin embargo, inevitablemente ligada a los pequeños pueblos. También en las grandes ciudades, en lugares como la universidad, teórica cuna del pensamiento y de la libertad de expresión, se deja sentir el yugo de la opresión proetarra. Mikel Azurmendi es sólo un ejemplo, pero la lista es larga y no promete menguar a corto plazo. Qué un paseo por los pasillos de estos centros nos «agasaje» con pancartas, en vascuence, alusivas a la «falta de democracia en España», no invitan al optimismo.

    A pesar de tan desolador panorama, Partido Popular y PSOE, inasequibles al desaliento, siguen llamando a los votantes a las urnas, siguen casi implorando a los responsables de seguridad que garanticen la seguridad de los votantes. Y todo ello, a pesar de que son perfectamente conscientes de que en el País Vasco, la gente prefiere dedicarse a su familia, a sus hijos, y dejar de lado algo tan «dictatorial» como «su» política.

Ibarretxe, tras aferrarse al poder durante nueve meses, convoca elecciones para el 13 de mayo
VITORIA. J. J. Saldaña ABC 21 Febrero 2001

El presidente del gobierno nacionalista vasco, Juan José Ibarretxe, terminó ayer por ceder a la lógica democrática y puso fecha al final de su agonía política al anunciar que convocará los comicios autonómicos para el 13 de mayo. En minoría tras perder el apoyo del brazo político de ETA, EH, en la Cámara, a quien debía el cargo, el dirigente del PNV culpó a la oposición de no poder gobernar.

Ibarretxe, después de aferrarse al cargo durante nueve meses pese a estar en minoría y sin Presupuestos, anunció una disolución de la Cámara autonómica que no podrá ser efectiva hasta dentro de un mes. Y lo hizo culpando a los partidos de la oposición de su propio fracaso, pues tras perder el respaldo de EH antes del verano había sostenido la teoría de que debían ser populares y socialistas los que le permitieran seguir en el poder aunque hubiera llegado al cargo gracias a los proetarras.

El PNV había intentado alargar la legislatura pese al fracaso de su apuesta por el proyecto independentista de Estella y su posterior aislamiento político que le llevó incluso a quedarse fuera de los organismos internacionales democristianos.

Al final, el pacto por las libertades y contra ETA suscrito entre PP y PSOE, los datos de la tendencia al alza del PP en los sondeos, la imposibilidad de negociar el Concierto económico por su propia inestabilidad, las 58 derrotas parlamentarias sufridas en la Cámara autonómica y la amenaza de que la oposición le reformara la ley electoral en detrimento de las expectativas de IU, obliga a Ibarretxe a acatar la lógica democrática de convocar a las urnas porque carece de la mayoría suficiente para gobernar. Desde hace un año -ayer se cumplió el primer aniversario del asesinato del portavoz socialista en la cámara de Vitoria, Fernando Buesa- las fuerzas de la oposición habían clamado por ese adelanto electoral visto el callejón sin salida al que había conducido el PNV a las instituciones autonómicas tras comprometerse con ETA y su brazo político EH a hacerlas volar desde dentro.

Ayer, Ibarretxe rehusó hacer balance de la legislatura inconclusa, arremetió contra el PP y el PSOE y por rechazar sus propuestas, y se negó a confirmar que será candidato del PNV.

Con el semblante sonriente y apariencia serena, Ibarretxe señaló que su gobierno ostenta el ingrato récord de «haber sido, antes de haber nacido, condenado por el PP y el PSE», y agregó: «No debe permitirse ahora ninguna excusa a ninguna formación para saber exactamente lo que propone cada cual para avanzar en los problemas que tenemos». En tono irónico, apostilló: «No se si se trata del secreto mejor guardado, pero debo decir que no conozco ninguna alternativa ni proyecto sobre el desarrollo, social y pacificación de Euskadi, a los que, una y otra vez, ha presentado el lendakari».

Pese a su fracaso, Ibarretxe se mostró convencido de que su discurso de las últimas semanas para ganar tiempo, lo que llama «triple compromiso, a favor de la vida, del diálogo político sin condiciones ni exclusiones, y del respeto a la voluntad del pueblo vasco», ha calado en la sociedad, «por mucho que les pese al resto de partidos y a los medios de comunicación».

El lendakari añadió que la sociedad vasca «se rebela» ante «la incapacidad de diálogo que tenemos los partidos políticos, también contra el no al diálogo del PP y del PSOE, y frente el no a la vida de ETA». También expresó su preocupación ante la relación de los partidos políticos con la sociedad, reprochando al PP la «escena» protagonizada hace unas semanas con la judicatura y la iglesia, y ante el hecho de no asumir «la pluralidad» , y reclamando «respeto, educación y tolerancia». «El que no tiene educación, el que tiene que insultar a otro para defender sus ideas, no merece la confianza de ninguna sociedad», indicó.

El lendakari explicó que la fecha del 13 de mayo permitirá que el parlamento de la VII legislatura y el nuevo gobierno se constituyan «antes del verano» y que «en septiembre u octubre puedan ser aprobados los presupuestos del 2002». Ibarretxe firmará el 20 de marzo el decreto de disolución, que incluirá la fecha de las elecciones. Un día después, tras su publicación en el boletín oficial, la cámara quedará disuelta.

La legislatura más corta se agotó al fracasar Estella
BILBAO. M. Alonso ABC 21 Febrero 2001

Por fin. Con estas dos palabras puede resumirse el sentir de los parlamentarios vascos de todo signo que han vivido la larga agonía de la legislatura que se inició el 25 de octubre de 1998 y durante la cual el Gobierno de Juan José Ibarretxe sólo ha conseguido sacar adelante diez leyes. La falta de mayoría parlamentaria del Ejecutivo, a consecuencia de la cual ha tenido que encajar 58 derrotas en la Cámara de Vitoria, y la tensión política generada por el mantenimiento, durante meses, de una situación insostenible, han provocado momentos de crispación sin precedentes.

Juan José Ibarretxe ha perdido una votación tras otra en el Parlamento vasco, hasta 58, desde que el pasado mes de septiembre EH abandonó la Cámara de Vitoria y dejó de sostener al Gobierno vasco. Al mismo tiempo, el lendakari ha ignorado todos los acuerdos aprobados democráticamente en el Parlamento vasco por los partidos de la oposición.

La legislatura que concluirá en breve, la más corta de las vividas en la Comunidad vasca, se inició con una mayoría parlamentaria de los partidos nacionalistas PNV, EA y EH, aunque no hubo un acuerdo formal con el partido de Arnaldo Otegi hasta mayo de 1999. No obstante, los votos de EH sacaron al Gobierno vasco de todos los apuros mientras los parlamentarios proetarras acudieron al Parlamento vasco e, incluso, apoyaron la designación de Juan José Ibarretxe como candidato a lendakari cuatro meses antes de firmar el pacto de legislatura con PNV y EA. El acuerdo concreto estuvo vigente nueve meses, hasta su suspensión en enero del año pasado y su ruptura definitiva tras el asesinato de Fernando Buesa, en febrero, pero lo cierto es que funcionó a todos los efectos durante año y medio, desde el inicio de la legislatura hasta el pasado septiembre.

Desde este último mes, el lendakari Juan José Ibarretxe ha estado en minoría parlamentaria y ha tenido que afrontar dos mociones de censura, una del PP y otra del PSE. El Gobierno de Juan José Ibarretxe ha conseguido aprobar únicamente diez leyes en los dos años y medio que ha durado la legislatura, ninguna de ellas de las importantes que figuraban en el programa electoral del PNV.

DIEZ LEYES EN DOS AÑOS
Destacan los Presupuestos para el año 2000, la liquidación de las cuentas de 1996 y 1997, la Ley del Taxi y varias reformas menores de otras normativas vigentes.

El Presupuesto de 2000, el único aprobado en toda la legislatura, con los votos de PNV, EA y EH, es el que se mantiene vigente, a pesar del requerimiento de los partidos de la oposición al Ejecutivo de Ibarretxe para que presente un presupuesto para el 2001. En el último pleno parlamentario, celebrado el pasado día 16, PP, PSE, UA, y también IU, partido que ha votado junto a los nacionalistas en los últimos meses, hizo nuevamente la petición al Gobierno de unos presupuestos para el 2001, que, según el acuerdo del Parlamento vasco, el lendakari debía presentar antes del 1 de marzo.

No parece que la convocatoria electoral tenga relación alguna con la decisión del lendakari de no cumplir ese acuerdo del Parlamento vasco, porque han sido muchos otros los acuerdos de la Cámara incumplidos por el Gobierno presidido por el lendakari. Ibarretxe no ha hecho caso a dos emplazamientos para la mejora de la eficacia en la lucha contra la violencia callejera, que se aprobaron con los votos de PP, PSE y UA en junio y en febrero. Tampoco tuvieron en cuenta los partidos que sostienen al Ejecutivo, PNV y EA, la petición aprobada en el Parlamento el pasado mes de noviembre para la creación de una comisión específica para las víctimas del terrorismo. Ni hizo caso el lendakari a la instancia que le realizó el Parlamento el pasado abril para que «asuma plenamente su responsabilidad como garante de la libertad de los ciudadanos».

POLÍTICA DE EUSKALDUNIZACIÓN
Debido a la situación de desgobierno en la Cámara autónoma, ha sido la oposición la que ha tomado el timón del Parlamento vasco durante los últimos seis meses de la legislatura y ha impuesto al Gobierno la obligación de desarrollar un programa educativo en los centros públicos que fomente «un movimiento democrático de repulsa al terrorismo».

Mandato del Parlamento que el lendakari no ha cumplido, como tampoco ha respondido a la reclamación realizada por la Cámara en noviembre para que se pusiera en marcha una estrategia institucional para prevenir, tratar y reinsertar las tendencias hacia la violencia de una parte de la juventud vasca.

Entre las iniciativas de la oposición destacó la modificación el pasado mes de noviembre de los Presupuestos del 2000 para anular la subvención de 25 millones de pesetas a la autodenominada asamblea nacionalista de municipios vascos, Udalbiltza, o la inclusión del Día del Estatuto como festivo en el calendario laboral.

Las medidas aprobadas por PP, PSE y Unidad Alavesa alcanzan los ámbitos más dispares, desde el educativo al urbanístico, pasando por transportes, sanidad y empleo. En octubre, el Parlamento pidió al Gobierno «cuantos recursos sean necesarios para que todos los municipios con menos de 3000 habitantes tengan servicio de biblioteca». Previamente, en mayo, el Parlamento aprobó la implantación del ciclo escolar de cero a tres años, pero el Gobierno no ha presentado, como le requirió la Cámara, ni el mapa escolar, ni el plan de ordenación y financiación.

El Parlamento exigió en junio medidas a Educación para garantizar el estricto cumplimiento de las exigencias legales sobre las horas en castellano que se deben impartir en los centros de «modelo D» (enseñanza en euskera con el castellano como asignatura). Los votos de la oposición sirvieron también para que en septiembre, el Pleno instara al Departamento de Educación a crear el Consejo Social de la Escuela Pública Vasca y para que la Cámara emplazara en octubre al Gobierno a solicitar un informe a la Real Academia de la Historia sobre los contenidos de los libros de texto de Historia y Geografía e instara a Educación a modificar un decreto de Desarrollo Curricular en Bachillerato y Formación Profesional, en lo que respecta a ambas asignaturas, para adecuarlas a la verdad científica y a las exigencias jurídico-constitucionales».

También en octubre, el Pleno pidió al Gobierno un informe sobre las causas del «alto grado» de fracaso en la euskaldunización de profesores. Las proposiciones aprobadas en el Parlamento vasco por la oposición se refieren a temas como la gratuidad de los libros de texto, becas, inmersión lingüística, parejas de hecho, menores, registro, o suelo e impidieron, por ejemplo, la petición de PNV, EA e IU para incorporar distintivos autonómicos en las matrículas de los vehículos.

EL AÑO ACABA CON INSULTOS
La pérdida de votaciones por parte de los partidos que apoyan al Gobierno vasco ha originado tensos debates, que han llegado incluso al insulto. No se recuerda mayor crispación en los escaños a pesar de que la historia de la autonomía vasca ha generado situaciones muy complejas, como la provocada por la escisión del PNV, único precedente de disolución anticipada de la Cámara vasca.

Pero sin duda alguna, el fracaso del Gobierno de Juan José Ibarretxe y su incapacidad para articular una mayoría en el Parlamento vasco tiene su origen en la apuesta que hizo su partido en septiembre de 1998 por la unidad de las fuerzas políticas nacionalistas en el denominado Pacto de Estella o Lizarra, cuyos principales propósitos, no alcanzados, eran la soberanía de Euskal Herría, el fin de la violencia de ETA y la incorporación de Euskal Herritarrok a las instituciones.

Fracasado el intento soberanista de Estella y, por ende, toda la estrategia nacionalista de los últimos años, hasta el PNV se ha visto obligado a reconocer que fue engañado por ETA durante la tregua-trampa que decretó. Pero a pesar de ello, el partido liderado por Xabier Arzalluz no sólo no ha rectificado, sino que continúa abiertamente alineado con la filosofía auspiciada desde EH para superar el marco jurídico vasco y las fronteras española y francesa.

El PNV contrató la semana pasada las vallas publicitarias
C. R. El Mundo  21 Febrero 2001

VITORIA.- Varios partidos políticos vascos criticaron ayer al PNV y se quejaron, malhumorados, por el hecho de no haber podido contratar vallas publicitarias que estuvieran bien ubicadas ya que, según pudieron saber, el partido que preside y dirige Xabier Arzalluz se había preocupado de alquilarlas hace una semana.

Según ha podido saber EL MUNDO de fuentes de al menos dos formaciones políticas, «los peneuvistas han dejado la calderilla, las vallas situadas en los peores lugares». Al parecer, nada más tener noticia de que Ibarretxe iba a anunciar la fecha de las elecciones, sus respectivos equipos de campaña se apresuraron a ponerse en contacto con las agencias de publicidad con el fin de alquilar esos espacios para hacer publicidad de la formación política, durante la precampaña, y del candidato, ya en campaña.

Su sorpresa fue enorme cuando les informaron de que el PNV había reservado los mejores lugares en esos espacios, aprovechando que era el único partido que conocía la fecha electoral. Además, el pasado domingo, Xabier Arzalluz, en lo que parece una jugada de despiste, pidió a Ibarretxe que prolongara la legislatura. Según algunas fuentes, ni siquiera sus socios de Gobierno -Eusko Alkartasuna-, supieron con antelación la fecha electoral. Así pues se da la paradoja de que el partido de Garaikoetxea si no se coaliga con el PNV va a tener pocas posibilidades de darse publicidad en vallas.

La estrategia de la araña
ANTONIO ELORZA El País   21 Febrero 2001

El PNV es el único partido político europeo configurado según el patrón de una orden religiosa. Y no sólo porque el lehendakari del exilio, Jesús María de Leizaola, se autocalificara alguna vez socarronamente de 'jesuitón', ni porque sea larga la lista de abertzales cuyo estilo de pensamiento cobró forma en la forja de la Compañía de Jesús, desde el propio Xabier Arzalluz al recién incorporado compañero de viaje -o de 'diálogo'- Javier Sádaba. Fue el fundador, Sabino Arana, quien siempre consideró a los 'gudaris de Jesús' como un modelo de comportamiento y de organización, y a San Ignacio, como ejemplo supremo de dirigente, 'caudillo invencible de la Compañía más temible que cuenta el ejército de Cristo'. Arana había estudiado en el internado de los jesuitas de Orduña, pensó en ser uno de ellos y llegó a escribir que la Compañía era tan infalible como el Papa, por lo cual, pensando sin duda en sí mismo, podía decirse a su juicio que 'el amor a la Compañía de Jesús es signo de predestinación'.

De los planteamientos de la Compañía se llevó Arana a su partido una serie de elementos sustanciales. Ante todo, una percepción dualista de la realidad, según la cual el vasco se encuentra ante una confrontación radical entre la causa de Cristo, que para Arana es también la causa del patriotismo vasco, y el Enemigo, Satán sobre la Tierra, encarnado en la dominación española. No hay compromiso posible entre esos dos polos opuestos: la afirmación de Euzkadi requiere la eliminación de España. Pero eso no es algo que pueda ser obtenido de inmediato. El absolutismo de los principios ha de conjugarse con el pragmatismo en los medios, hasta el punto de aceptarse la convivencia temporal con el Enemigo siempre que de ello surja la victoria de la causa sagrada: lo que cuenta no son las concesiones, sino el desenlace, ver si 'salimos con nosotros'. Y para que esa flexibilidad táctica pueda llevarse a cabo, hace falta el instrumento, una organización férreamente disciplinada, donde ningún pensamiento propio obstaculice la obediencia ciega al superior: éste ocupa el lugar de Cristo, por lo cual 'ninguno ha de querer guiarse por su cabeza'. Es más, si una pared es blanca y la Iglesia declara que es negra, afirmará que el muro es negro. 'Doctrinas diferentes no se admitan ni de palabra, ni por libro que se escribiese', prescribían las Reglas de la Compañía, fijando la norma a que deberán atenerse en más de un siglo de historia los afiliados al PNV. El único momento de libertad es el de la elección de campo, como hizo notar Roland Barthes en su estudio sobre San Ignacio; una vez dado el paso de 'hacer elección', la libertad desaparece.

El PNV fue y es un partido de disciplinados creyentes. La dureza de la confrontación con el Enemigo -España, la política española, los vascos españolistas- justifica el énfasis puesto en la obediencia, de suerte que en más de cien años nunca han sido posibles escisiones partiendo del interior de la organización. Un partido que al iniciarse la década contaba sólo con un 10% de independentistas, ha aceptado a ciegas por unanimidad el 'soberanismo' dictado por Arzalluz en la Asamblea Nacional del pasado año. La vida política, si como tal se entiende la participación en el debate y las decisiones, se limita al vértice del partido; los demás ya recibirán la palabra que Arzalluz, en su papel de señor de Arriba (tal cosa significa etimológicamente Jaungoikua, Dios, en euskera), imparte en la inauguración del batzoki nuestro de cada fin de semana. Discutir la política de Arzalluz, aun antes de que el viraje 'soberanista' fuera sancionado por la Asamblea, equivalía a sentar plaza de 'michelín', grasa superflua a eliminar de la comunidad patriota. Toda disidencia, entendiendo también por disidencia la aspiración al debate interno, implica estar al servicio del Enemigo. Aquel que ingresa en la organización nacionalista, sea ésta el PNV o HB, ya sabe a qué atenerse: obediencia y movilización. Ha elegido, las más veces por preferencia ideológica, alguna quizás para no verse expulsado a las tinieblas exteriores en su lugar de residencia o de trabajo. A partir de ese momento acabó su papel, salvo como peón movido desde arriba.

Por eso será sumamente difícil que se traduzca en un viraje político el desfase observable entre la mentalidad política de muchos seguidores del PNV, sin duda más moderada y realista, y el milenarismo de su dirección omnipotente. Aun cuando resulta evidente desde hoy que fue un desastre para Euskadi haber elegido Arzalluz en Lizarra el frente nacional por la independencia, cancelando la etapa de pragmatismo, con la gestión de la autonomía, para orientarse hacia el enfrentamiento final con el gran obstáculo que frena la 'construcción nacional': seguir integrados en España.

Una vez embocado el túnel que supuestamente conduce a la Gran Euskal Herria, independiente y euskaldún, desde el 'Adurri' (Abour) hasta el Ebro, al lado de los hermanos patriotas de las bombas, el único recurso para seguir adelante es la fe ciega. Así puede explicarse que gran mayoría de los militantes y electores del PNV rechacen 'la violencia', esto es, el terror implantado por ETA, pero que esa misma mayoría admita que el Gobierno de Ibarretxe es quien más hace por la paz. No importa que el rechazo de 'la violencia' se limite a unos gestos de fachada contra la estrategia de la muerte, sin integrar nunca en el discurso las necesarias -y nunca realizadas- actuaciones para enfrentarse al terrorismo en sus atentados o en la kale borroka. El silencio absoluto sobre este aspecto esencial de la acción de gobierno, cuando Ibarretxe dice analizar la situación de Euskadi, constituye la mejor muestra de que la impotencia del Gobierno de Gasteiz frente a ETA es plenamente voluntaria. Arzalluz lo ratifica: si los universitarios vascos tienen miedo, que se les quite imitándole a él... que no tiene sobre sí amenaza alguna. Pura desfachatez. El no a ETA carece así de repercusiones prácticas. A quienes sí se enfrenta el compungido lehendakari es a los partidos 'españolistas', en definitiva estigmatizados por no aceptar la apertura de una mesa de negociaciones con el pie forzado de abrir la senda de la secesión. El lógico rechazo de PP y PSOE a semejante propuesta sirve entonces para fortalecer la cohesión interna de la militancia, ante la que una y otra vez Arzalluz describe la escena del asalto por el agresor español a una plaza sitiada (que, dada la identidad entre vasco y nacionalista, no es únicamente el PNV, sino toda la nación vasca). El terror queda en segundo plano y la confrontación no se establece con ETA, sino con 'Madrid'. Aquélla es un adversario; España, el enemigo.

En sus dos vertientes, el nacionalismo sabiniano sigue fiel a otra enseñanza de Ignacio de Loyola: para alcanzar los objetivos buscados es preciso ejercer previamente el control de las designaciones, esto es, etiquetar con una terminología propia las claves del problema vasco de acuerdo con la doctrina que se profesa. Sabino Arana percibió muy pronto esta dimensión de poder en el lenguaje, al no estar en condiciones de servirse del euskera como vehículo de su proyecto, dado el conocimiento minoritario de la lengua originaria entre los vascos. Inventó así un castellano abertzale, con palabras y ortografía euskerizadas, cauce de la hegemonía propia y elemento para definir el círculo de los enemigos. En los últimos tiempos, ese ejercicio de control de las designaciones ha sido llevado al extremo por todos los sectores del nacionalismo, permitiendo, de un lado, una comunicación política por consignas y palabras mágicas que, como los mantras tibetanos, fijan la identidad del campo abertzale y la subordinación del otro al aceptarlas, y por otra parte permiten un saludable enmascaramiento de los fines políticos asumidos desde el Pacto de Lizarra, disfrazados de inocentes pretensiones que todo demócrata debiera suscribir. ¿Qué puede haber más razonable que 'un pueblo' reivindicando su 'territorialidad' para configurar 'un marco vasco de decisión'? Si el destinatario quiere escapar a semejante trampa, no tendrá otro remedio que desmontar todo el tinglado, recordando que nunca ha habido en la historia un pueblo vasco unificado ni que aspire mayoritariamente a la unidad, que 'la territorialidad' ha sido siempre división en varias unidades administrativas y entre dos Estados, y que superarla creando 'un marco vasco de decisión' supone, por un lado, un irredentismo impresentable en la Europa del 2000, y por otro, ignorar las preferencias políticas de los ciudadanos vascos contrastadas elección tras elección y encuesta tras encuesta. Una situación que solamente podrá verse alterada ante la amenaza del terror de ETA, lo que PNV y EA debieran reconocer que no es ciertamente un aval democrático para la 'autodeterminación' (nueva máscara, con el 'soberanismo' para la secesión y la independencia de una entidad vasca de naturaleza mítica).

Estamos, pues, ante una deformación intencionada y sistemática del lenguaje, que alcanza de lleno a las dos palabras claves de propaganda nacionalista: paz y diálogo. Lo que su Gobierno dice buscar es ante todo la paz, y no hay, insiste Ibarretxe, otro camino para la paz en Euskadi que el 'diálogo', pero a este mantra hay que ponerle comillas, porque a su vez ese diálogo para la paz impone la autodeterminación (siempre eufemismos: 'La consulta al pueblo vasco para que decida su futuro'). Una autodeterminación ejecutada sin duda bajo control de ETA (pues es condición sine qua non la presencia de HB en la mesa a constituir 'sin límites ni exclusiones') y bajo la guía del Gobierno nacionalista sin participación de instancia exterior alguna ('marco vasco de decisión'). ¿Lealtad al punto de partida estatutario? ¡No faltaba más! El Estatuto sirve para legitimar el protagonismo del lehendakari y de su Gobierno abertzale al frente del proceso. Las fórmulas jurídicas ya llegarán.

De ahí que la propuesta aparentemente pacifista de Ibarretxe en el Kursaal viniera, no a potenciar el objetivo de la paz, sino a subordinarlo de forma indisoluble a la puesta en marcha de un proceso de secesión, saltando por encima de las instituciones legalmente establecidas. Ha tejido así una tela de araña destinada a atrapar a los demócratas vascos, nacionalistas incluidos, acentuando la huida hacia adelante que el PNV emprendió a partir de su acuerdo con ETA en el verano del 98. Pero en el Kursaal quedó claro que la capacidad de captación de su propaganda estaba agotada. Insistir sin resultados era exponerse al ridículo. Así que más valía proclamar que si no hay 'diálogo' es porque los otros no quieren y hacer del propio fracaso signo de virtud política, tratando en una campaña electoral de ganar a codazos la posición -en términos baloncestísticos- de la defensa por el 'diálogo' de la ansiada paz.

Un antiguo proverbio vasco reza: 'Atean usso, ichean otso, alavicicaria gaixto', 'Puertas afuera, paloma; por dentro, lobo; vivir así es malo'. Para Euskadi y para el propio PNV. A los ciudadanos vascos toca ahora lograr la rectificación.

El nacionalismo es el problema
Por Enrique de Diego Libertad Digital   21 Febrero 2001

El PNV reconoce el fracaso de Estella/Lizarra. Esa es la lectura más directa de una convocatoria electoral, que debió anunciarse el mismo día que Eta rompió la tregua por un gobierno que nunca debió pactar con Hb. El PNV ha fracasado de manera completa en cuanto a las soluciones. Se ha demostrado que no existe una solución nacionalista. Profundizar en el nacionalismo es intensificar el conflicto.

El fracaso más notorio del gobierno vasco se ha producido en la política de orden público. Estella/Lizarra ha sido, entre otras cosas, la decisión política de subvertirlo desde arriba –en pinza con Eta— superando el marco legal. Eso ha tenido la consecuencia práctica de la desprotección de los constitucionalistas y el conjunto de los ciudadanos vascos ante la violencia callejera. Inhibición policial que ha sometido a un profundo descrédito social a la policía autónoma y ha permitido, al tiempo, el surgimiento de la nueva Eta.

La cuestión clave que se va a dirimir en estas próximas elecciones es si es posible una alternativa superadora del fracaso nacionalista. Ello se vio muy claro en las pasadas elecciones generales cuando el PP ganó con claridad en las ciudades, mientras el PNV se sostenía en las zonas rurales, donde la coacción de la violencia es más intensa. Ello indica que el nacionalismo en su conjunto precisa de dosis de terrorismo para sostenerse. También de estratégicas etapas de paz en períodos pre y electorales. ¿Se dejará engañar alguien si ese relativismo moral tan abyecto vuelve a producirse?.

Que el PP supere en votos al PNV y el PSOE se mantenga, permitiendo un gobierno constitucionalista es difícil pero posible, sobre todo si el PNV presenta a un calcinado Ibarretxe. El pacto PP-Unidad Alavesa y el trasvase de votos desde la inservible IU al PSOE son dos condiciones importantes. Nos jugamos todos mucho en estas elecciones, porque en el País Vasco existe el último proyecto totalitario de Europa. El nacionalismo es una antigüalla. El nacionalismo es el problema, el último reducto de los asesinos.

La prueba del 13 (de mayo)
Por M. MARTÍN FERRAND ABC  21 Febrero 2001

Hubo un tiempo, lo recordarán los lectores que hayan superado la impertinencia de la juventud, en que era habilidad común multiplicar y dividir sin máquina calculadora alguna. Por precaución complementaria, si la cuenta era larga y compleja se verificaba con la «prueba del nueve». Renuncio a explicarla ahora para que estas líneas puedan ser comprendidas en su integridad incluso por un muchachito recién licenciado en cualquiera de las sesenta universidades que ilustran la Nación.

En el terreno político la prueba que se lleva esta temporada es la del 13 (de mayo). Ayer la presentó en sociedad el lendakari Juan José Ibarretxe. Funciona igual que la del nueve y servirá para comprobar —¡el día de la Virgen de Fátima!— si la cuenta efectuada en el País Vasco, por unos y por otros, está bien hecha o encierra algún error en su interior. Las elecciones, tradicionalmente, son en sus resultados la gran prueba del acierto democrático. Lo original en este caso, según sea la posición del observador, es: a) haber tardado todo un año en convocarlas desde que el equilibrio en Vitoria se convirtió en imposible tras la ruptura, fuera de Estella, entre el PNV y Euskal Herritarrok o b) adelantarlas en dos años sobre el calendario teórico posible después de uno de esperpento democrático en Vitoria.

Las elecciones autonómicas vascas —éstas serán las séptimas que se celebren— cursan siempre con un excesivo toque de dramatismo. La sombra de la violencia le merma libertad a los ciudadanos y la actitud del partido tradicionalmente mayoritario, el PNV —21 escaños en 1998— arrastra razones que superan las del debate político tradicional para llegar, incluso, a lo antropológico y racial. En esta ocasión, los dos grandes partidos no nacionalistas, el PP y el PSE-EE —16 y 14 escaños en el 98— se presentarán sin las agresiones cruzadas que en las ocasiones anteriores pudieron debilitar su presencia en la Cámara Vasca. Ya veremos, porque como predica Baura, el análisis preelectoral cursa en el territorio de la futurología mientras que el post suele ser ocasión para el ejercicio de la piedad y la conmiseración.

A fecha de hoy, lo más concreto y cierto es que la previsible conversión de Jaime Mayor Oreja en candidato a lendakari abra la muy anunciada sustitución/remodelación en el Gobierno de Aznar. Si fuera sólo sustitución, el relevo tendría que llegar del exterior, a donde es peligroso asomarse. Si procede del interior ya estamos en, por lo menos, dos nombres y, a más de que no hay dos sin tres, las anotaciones del cuaderno azul del presidente, cuadriculado y de gusanito —el cuaderno, claro—, lo tienen todo previsto. Con tres años de legislatura por delante y en la consideración del natural desgaste de los materiales, pudiera resultar tentador arrebujarse en la situación y sacar de ella nombres y causas que puedan contribuir a la solidificación del «milagro» español, porque esta ocasión, por calva que la pinten, tiene pelo. Aun así, los aznarólogos no se atreven ni a descartar a Anna Birulés para Interior. Hasta el 13 de mayo no se puede hacer la prueba. La del algodón, sí; pero esa es ya cosa de los telediarios comerciales de la TV pública.

Miserable disolución
Por Carlos DÁVILA ABC 21 Febrero 2001

Lo que tenía que pasar pasó. Pero ha sucedido cuando se esperaba menos. Y no es que no se esperara en una situación de impracticabilidad parlamentaria. Las últimas declaraciones del jefe de Ibarreche, Arzalluz, fueron una invitación al alargamiento de la legislatura. Arzalluz dijo que, «¡hale, Ibarreche, a aguantar!» y el lendakari no le ha hecho maldito caso. Con lo cual, debe establecerse una primera conclusión: que dentro del PNV hay, como diría un clásico, «tomate». Ello no impide que se siente una segunda conclusión válida para el ámbito nacionalista: que de aquí al domingo electoral, el PNV cerrará filas. En «Sabin Etxea» se enjalbegarán las fisuras y se intentará lo que ahora resulta más difícil: que los «hermanos separados» de Eusko Alkartasuna se dignen acudir en coalición a las elecciones. Los oscuros sucesores de Garaicoechea exigen buenos puestos y, sobre todo, que se respete un grupo propio en el venidero Parlamento. Ibarreche ha clausurado una época anormal, y hoy mismo empieza otra que puede ser trascendental, porque se aventa un cambio en la primogenitura política del País Vasco. Un conglomerado aún sin vocación preelectoral, del PP y del PSOE, puede sustituir en mayo a un PNV que ha pasado por ser imprescindible en Vitoria. Las encuestas no niegan el cambio, pero poco más se puede decir de ellas; una muestra con un cuarenta por ciento de «no sabe, no contesta» es únicamente una tendencia. El PP debe tomar decisiones rápidas, la más importante, desde luego, el nombramiento del candidato a lendakari. Mayor Oreja es el elegido y es él quien, además, tendrá que presentar su renuncia como ministro del Interior. Es seguro que Aznar tiene perfectamente pensada la «previsión sucesoria», tan cierto como que sólo él conoce el nombre del heredero del que ha sido el mejor ministro del Interior de la democracia. El insólito ataque que ayer perpetró miserablemente contra él, contra el PP y el PSOE, depara idea de lo que espera a los partidos nacionales, a los no nacionalistas, en la campaña que culminará el 13 de mayo; día de Fátima. Que esa Virgen nos asista.

¡Aleluya!
FÉLIX DE AZÚA El País 21 Febrero 2001

¡Uf, menos mal! La Conferencia Episcopal nos dio un buen susto. Por un momento llegamos a temer que firmaría el pacto antiterrorista. Una emanación angélica detuvo su mano en el último segundo, como a Abraham. El pacto, dijo acertadamente el post-obispo Setién, 'tiene un marcado carácter político'. La Iglesia católica, como demostró durante el Tercer Reich, de política, nada. Los judíos todavía lo recuerdan.

Para que la parroquia le comprenda, añade Setién que, de haberlo firmado, se habrían excluido los obispos vascos, los cuales son primero vascos y luego, a título ornamental, obispos. La doctrina de los vascos obispos, muchos de ellos persuadidos de que Jesús habría preferido nacer en Bilbao pero tuvo dificultades con el euskera, es inapelable: nada de sexo, nada de política.

Si la Iglesia de Roma no condena la pena de muerte, ¿cómo van ellos a censurar al gremio de verdugos vascos? En lo que concierne al 'derecho a la vida', la doctrina de los obispos es luminosa. Todo el derecho es del feto, al que debemos proteger con amor infinito e intervención jurídica y policial contundente, incluso cuando tiene la desdicha de no ser vasco. Ahora bien, si el feto se empeña en crecer, allá él. Y si le pegan un tiro, pues mala suerte. Para los obispos, el derecho a la vida es un asunto intrauterino, sin relación ni con el sexo ni con la política, de los cuales se abstienen como los pitagóricos de las habas.

Ya lo advirtió Fernando Savater, quien, además de uno de los pocos políticos sensatos que aún quedan, es un filósofo. Y decía que, para que no te maten en este bendito país, hay que ser cura o del PNV. Su juicio es empíricamente intachable, aunque apura un poco la doctrina de los indiscernibles. Pero si no matan a los vascos obispos y afines, no es por razones políticas, sino por la gran virtud de un manto que les ha proporcionado San Ignacio de Loyola a ellos solos, con el fin de que se note la diferencia. O la identidad. No sé qué es peor.

Así que los obispos nos han librado de la tentación de comenzar a considerarlos seres humanos. Podemos estar tranquilos, continúan siendo lo de siempre, pastores de fetos.

La maldición nacionalista
Por Lucrecio Libertad Digital  21 Febrero 2001

Con el tiempo, dice Ovidio que uno aprende lo más triste. A saber que, casi siempre, todas las cosas basculan hacia su lado pésimo. Todas las convenidas retóricas que fingen al tiempo función sanatoria tratan en vano de ocultarnos eso: no hay cosa, en este mundo, que el tiempo no empeore. ¿Qué es el tiempo, al fin, sino la aritmética convención con que el humano da cifra a la muerte?

El tiempo, a cuya incuria ha sido abandonado, fijó ya para el triste País Vasco un horizonte mortífero. Nada dará marcha atrás a eso. Muchas son ya las décadas de abandono al solo consolador verbalismo de la identidad patria. La identidad, enseñaba el maestro Freud, no es sino el nombre metafórico y sosegado de la pulsión de muerte. ¿Qué es decirme idéntico sino afirmar que nada tengo de común al otro? Nada que, por supuesto, no sea su amenaza: el acoso al cual el otro –celoso de esta plenitud mía— me somete. Todo otro es enemigo mortal del patriota.

Una nación es eso. Trágica herencia del romanticismo, que los muy jóvenes Hölderlin, Schelling, Hegel de 1795 llaman una Mitología de la razón. Una red de leyendas que a sí misma se encubre de supuesta y blindada lógica. Y que, en su intratable blindaje, da fe para morir como la da para hacer que muera el otro, el enemigo. Nacionalismo homicida: redundancia.

Pero esa identidad, acerada en el mito nacional, es al final más dura que razón cualquiera. Se antepone a cualquier lógica, a cualquier análisis preciso. Las Vascongadas son prueba de cuán hondamente el mito nacionalista atraviesa aún a sus adversarios. Las elecciones de marzo serán una prueba de laboratorio. Si el PSE-PSOE acaba por formar gobierno con el PNV –yo estoy convencido de ello— será, al fin, el síntoma de que toda esperanza se ha perdido. También, cualquier razón. Y habrán servido, al menos, para no engañarnos.

Apuntes preelectorales
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC  21 Febrero 2001

—Por vez primera el PNV puede perder las elecciones y pasar al segundo puesto, después del PP. Cabe la posibilidad de un Gobierno formado por constitucionalistas. Lo ha anunciado el euskobarómetro. Lo huelen los expertos.

—El descenso del voto nacionalista en estas dos décadas ha ido rompiendo la idea del destino euskaldún del País Vasco. A pesar de esa evolución del voto, hay miles de españoles que siguen creyendo en el irresistible ascenso del nacionalismo. Tanta ha sido la capacidad de propaganda del mundo «abertzale» y tanta la postración psíquica de los constitucionalistas. ¿Quién iba a creer que a pesar de las presiones sociales de las instituciones vascas y a pesar del terror favorecedor de los nacionalismos, éstos iban a ir perdiendo espacios electorales?

—Más aún. Se puede afirmar que el pacto de Estella ha sido el último recurso ante la confirmación de que la vía electoral no llevaba a «la construcción nacional vasca». En este sentido la realidad ha ido por delante de los ánimos de los autonomistas. A éstos les corresponde el mérito de haber sabido aguantar de forma heroica. No olvidemos que este mantenimiento de la sociedad defensora del Estatuto se debe, en gran medida, a los mártires de la libertad.

—No deja de ser revelador que, desde los medios nacionalistas, se hable de un recrudecimiento del terrorismo en el caso de que los españolistas lleguen a formar gobierno. La verdad es que si éste llegara a ser una realidad, se habría pasado ya lo peor: a partir de él, las Fuerzas de Seguridad vascas y las estatales entrarían en una dinámica arrolladora. Se habría terminado la política del PNV, laxa, permisiva, cuando no alentadora del terrorismo. ETA tendría que enfrentarse a una Ertzaintza realmente beligerante y defensora del Estado de Derecho. Nada sería ya igual.

—A mi entender el factor más disolvente para la moral de los autonomistas vascos es la inseguridad ante la coalición del PP y del PSOE. Es verdad que el pacto antiterrorista ha supuesto una inyección de optimismo pero no ha despejado todas las dudas respecto a un posible pacto del PSOE y el PNV.

—Una vuelta a esta última fórmula sería letal. Si la coalición de socialistas y nacionalistas permitió que el PNV se convirtiera en el partido hegemónico, a pesar de su limitado electorado, y situó al PSE/PSOE en una actitud de subordinación, ahora le llevaría a la anulación total. Por eso es muy difícil pensar que los socialistas no rompan con esa tradición de sumisión al PNV. Si en su día trataron de justificar esa estrategia, en nombre de la distensión y el compromiso, a estas alturas sería una defección sin nombre. Con el pacto de Estella sonaron las señales de alarma y el País Vasco entró en la vía totalitaria bajo el patrocinio del PNV: la liquidación de las libertades, la imposición del terror a los no nacionalistas, la persecución a muerte de los no euskaldunes, la justificación del racismo, la expulsión de miles de ciudadanos vascos mediante la extorsión, la utilización del euskera como instrumento de discriminación y de dominio... A todo esto se ha llegado con esa dictadura encubierta del PNV, encubierta digo en cuanto ha tenido el apoyo indirecto de los terroristas...

—Si los socialistas se convirtieran de nuevo en la caución del PNV, el País Vasco entraría en la etapa final, esto es, en la búsqueda de una salida inconstitucional, en la vigilia de la autodeterminación. Sería, sin duda, la gran noticia para los nacionalistas y socialistas catalanes, que exigirían el tránsito a una fórmula confederal. Obviamente, saltarían ante esa posibilidad los Bono, Ibarra, Vázquez y tantos miles de socialistas. Es una hipótesis que no me entra en la cabeza.

—Es posible, por tanto, el comienzo de la reconquista de las libertades en el País Vasco.

El aliado de Arzalluz
Por Enrique de Diego
Libertad Digital  21 Febrero 2001

En un gobierno vasco que ha oscilado entre el golpismo desde arriba y la inactividad, una de las decisiones más relevantes ha sido pagarle los servicios prestados a Javier Madrazo y sus chicos como coros y danzas de Estella/Lizarra con el descenso del listón electoral del 5 al 3 %. Si se atiende a que tal decisión pretendía ser revisada por los grupos de la oposición a final de este mes, estamos ante una de las claves del presente y del inmediato futuro vasco.

Madrazo se ha convertido en el aliado más mimado de Arzalluz, en un compañero de viaje del nacionalismo, en su deriva soberanista y en su acercamiento a los violentos en una estrategia común. ¿Cuál será el castigo electoral a una IU tan alejada de los criterios internacionalistas de la mejor tradición de izquierdas? Muchos opinan que el suelo del 3 por 100 es fácilmente conseguible y así lo indican unas encuestas, siempre marcadas por el miedo y el voto oculto, pero tal cuestión ni me parece tan clara ni es predecible. La posibilidad de que IU desaparezca del panorama político vasco sería beneficiosa, pero es además posible e incluso lógica, porque Madrazo ha conseguido que esa formación política carezca de un discurso propio más allá del sucursalismo respecto al PNV. Votar Madrazo es votar Arzalluz de manera tortuosa. Más “útil” que votar a IU en el País Vasco es hacerlo de manera directa al PNV. De nacionalistas al río o a la casa madre, es decir, a Sabin Etxea.

Desde otra óptica, al PSE que mantiene la tradición de izquierdas. Madrazo ya no es de derechas ni izquierdas, es de centro nacionalista. No es nada. Es un profesional de la política que intenta sobrevivir, y vivir del presupuesto, traicionando los ideales de una buena parte de su electorado.

Un folleto de la Generalitat limita a la democracia la historia común con España
BARCELONA. M. J. Cañizares ABC   21 Febrero 2001

La Consejería de Enseñanza ha distribuido en los colegios un folleto sobre la «historia diferenciada» de Cataluña en la que se asegura que esta comunidad fue independiente jurídicamente durante siete siglos, y alude al período democrático como única etapa común con España. De esta forma, la Generalitat responde al informe de la Real Academia de la Historia.

El folleto, escrito en catalán y que lleva por título «Historia de Cataluña ¿historia diferenciada o compartida?», va acompañado de una carta firmada por el director general de Ordenación e Innovación Educativa de la Generalitat, Pere Solà i Montserrat, quien afirma que este material «es una relación que tiene interés para situar los momentos importantes de la evolución histórica de nuestro país, que puede resultar útil para las enseñanzas ligadas con las áreas o materias del campo de las Ciencias Sociales, específicamente de la Historia». En su misiva, enviada en enero a los directores de los centros, Solà insta a sus responsables a distribuir el folleto en los departamentos y seminarios «como material de soporte de sus programaciones de actividades docentes».

Los folletos han sido editados por Òmnium Cultural, asociación promotora de la cultura catalana. En ellos se explica que, «con motivo del informe de la Real Academia de la Historia sobre la enseñanza de la historia en el Estado español, Òmnium Cultural os presenta la siguiente relación de hechos básicos de la Historia de Cataluña, marginada y tergiversada durante muchos años y, por tanto, desconocida». Los autores distinguen entre historia propia y diferenciada; historia compartida pero enfrentada, e historia compartida.

RECONQUISTA CATALANA
La primera categoría comienza con la época carolingia, «en la que las tierras catalanas viven separadas del resto de España y están integradas en el mundo franco (siglos VIII y IX)» y se interrumpe con los «intentos unitaristas y uniformistas de la monarquía (1640-1714)». En esta etapa, se alude a la reconquista catalana de Gerona, Barcelona y Tortosa con ayuda de los reyes franceses (entre los siglos VIII y XII) y a la formación de «una colectividad diferenciada, vasalla del reino de los francos (siglos IX y XII). En esta época se cita la «Cataluña independiente» (entre los siglos X y XIII), la «Expansión territorial» (del XII al XV) y la «Cataluña pionera» en derechos. Con la unión entre Fernando II e Isabel I en 1469, Cataluña pasa a formar parte de la «historia compartida pero enfrentada» debido a los «intentos unitaristas y uniformistas de la monarquía», periodo que comienza con el reinado de Felipe IV y concluye en 1714, cuando «las tropas francocastellanas de Felipe V ocupan Barcelona», con la consiguiente «abolición de las constituciones e instituciones catalanas de gobierno y represión de la lengua y culturas catalanas».

Continúa esta historia enfrentada con el «período de opresión e intentos aniquiladores» (entre los siglos XVIII y XX) cuyo origen se sitúa en el Decreto de Nueva Planta de 1716, se implanta la «obligatoriedad del castellano en las escuelas y de la enseñanza del catecismo». Los autores destacan que «durante buena parte del siglo XIX, Cataluña está en permanente estado de excepción». Se abre entonces la época de «recuperación nacional de Cataluña» que culmina con la aprobación del Estatuto de Autonomía, la creación del Parlamento y de la Generalitat en 1932. Este período es interrumpido por la dictaduras de Primo de Rivera y del general Franco -«historia compartida pero enfrentada»-, en las que se producen hechos «que constituyen un nuevo y claro intento de genocidio cultural, lingüístico y nacional». Concluye esa etapa en 1975, con la consecución de la Democracia, única época en la que se habla de historia compartida.

Enfrentados con educación
TONIA ETXARRI El Correo    21 Febrero 2001

No ha podido aguantar Ibarretxe más de un año desde que ETA le dejara sobre la mesa del Parlamento el cadáver del socialista Fernando Buesa. Demasiada falta de reacción ante la tragedia que volvía a vivir una parte de la sociedad vasca (23 asesinatos más tras la desaparición del que fue vicelehendakari); demasiado agarrotamiento político en las instituciones; demasiada insensibilidad de algún dirigente de su partido hacia el sufrimiento de quien no puede vivir en libertad en Euskadi aunque éste sea, en palabras del propio lehendakari, «un país maravilloso». Dice Anasagasti que la culpa de este adelanto electoral la tiene la oposición del PP y PSE con su «operación desgaste», para justificar, así, el empeño de Arzalluz y Egibar en agotar la legislatura, olvidándose, de paso, de una pequeña cuestión de matiz: si el Gobierno de Ibarretxe se quedó en minoría fue porque eligió, en su día, al socio equivocado, EH, que después de que ETA volviera de su tregua con energías renovadas, le abandonó a su suerte.

Lo cierto es que, con un Parlamento tan dividido en donde el lehendakari ya prefería hablar de diálogo en los pasillos en lugar de rendir cuentas ante la oposición, poco se podía hacer. Sería, pues, bastante retorcido pensar, como se ha insinuado, que las dificultades del PNV y EA para sellar su coalición han sido el factor decisivo para que Ibarretxe se decidiera, precisamente ayer, por anunciar el adelanto de elecciones. Una comparecencia, la suya, en la que existió una recurrente referencia a esa oposición «que no tiene proyecto alternativo» y que contrastaba con la ausencia de una llamada clara, decidida y firme a ETA para que no interfiera en el debate electoral y para que respete la voluntad de la mayoría de los ciudadanos expresada en las urnas. Por ejemplo. Van a ser, en fin, unos comicios tan duros que hasta el propio lehendakari apelaba ayer a la necesidad de que los políticos sean educados. Así es que los insultadores tendrán que reciclarse. Pero todos. Los que llaman «sinvergüenza» (hay más de tres ilustres y no pertenecen todos al mismo partido) y los que se refieren a «mantecosos personajes». Que recurran a los archivos que, como el algodón, no engañan; pero no para cotillear sino para recordar los hechos. Pero, seguramente, quedará todo en la expresión de un deseo porque el deterioro de la relación entre los partidos no permite tomarse ni un respiro. Empieza la cuenta atrás. Y esta vez, hasta los cantantes de otras comunidades que se significaron con su protesta durante la dictadura quieren aportar su grano de arena a la denuncia de la falta de libertad. Luis Eduardo Aute explicaba el otro día, en un concierto, que su canción ‘Al alba’ («Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada...») que muchos la consideraron un bello poema de amor, la compuso en homenaje a los últimos fusilados del franquismo y ahora la tiene que volver a cantar en recuerdo de las víctimas de ETA. A Nicolás Redondo, sentado en primera fila, ese gesto le encogió el corazón.

26 meses de frustración
La «legislatura de la paz» y del entendimiento entre los abertzales se salda con un sonoro fracaso y brechas abiertas en consensos básicos y las relaciones entre los partidos
MANUEL ARROYO BILBAO El Correo 21 Febrero 2001

Las elecciones «no solucionarán nada». Sólo generarán «más crispación». El reparto de fuerzas en el Parlamento «apenas cambiará». Al día siguiente de los comicios, «aquí estaremos los mismos para resolver los mismos problemas». Por lo tanto, ¿para qué convocarlos? Apalancado en un discurso circular y obsesivo, en un inútil ejercicio de escapismo de una realidad adversa que se ha negado empecinadamente a admitir, Juan José Ibarretxe ha tardado más de un año en traspasar la barrera del interrogante que él mismo ha formulado hasta la extenuación. La respuesta es simple. Porque está en minoría y sin margen para aprobar proyecto alguno ni recomponer la situación. Porque su gran apuesta, el órdago al que fió su futuro político y el de su Gobierno -la búsqueda de la paz por el atajo de la soberanía, de la mano de EH-, ha saltado estrepitosamente por los aires. Porque la legislatura de la «ilusión y la esperanza» ha derivado, desde que ETA anunció el final de la tregua -noviembre de 1999-, en una frustración con 24 muertos a sus espaldas y no figurará en los libros de Historia por el final de la violencia, sino, a lo sumo, en el Guinness de los Récords por un hecho sin parangón en las democracias occidentales: las 58 derrotas acumuladas en la Cámara vasca por la coalición PNV-EA. Más las que sume hasta que se pronuncien las urnas.

El lehendakari ha dado su brazo a torcer: ha llamado a las urnas para el 13 de mayo a la sociedad a la que tanto invoca. Pero no ha especificado por qué ha disuelto el Parlamento de forma anticipada por primera vez desde que el PNV se quedó en minoría en 1986, tras la escisión de EA. Ninguna razón ha salido de sus labios. Ni amago de ella. Ni ha formulado autocrítica alguna. Ni siquiera ha explicado por qué anunció la convocatoria precisamente ayer, a falta de casi tres meses para las elecciones, relegando así a un segundo plano informativo la constitución de la Fundación Fernando Buesa, presentada anoche en Vitoria.

El asesinato del portavoz del PSE-EE y de su escolta, del que se cumple mañana un año, ha marcado a sangre y fuego -ninguna metáfora más apropiada- el mandato de Ibarretxe al convertirse en un torpedo en la línea de flotación que hundió el proyecto con el que fue investido el 30 de diciembre de 1998, con los votos de Euskal Herritarrok. El atentado arrasó lo que quedaba del castillo de naipes sobre el que el nacionalismo había edificado su estrategia de pacificación. El lehendakari se había limitado a suspender su pacto de legislatura con EH tras la acción terrorista que costó la vida al teniente coronel Blanco, el 21 de enero de 2000. Sólo lo rompió, un mes después, tras la muerte del dirigente socialista y del ertzaina Jorge Díez, que daba al traste con la ilusión de una nueva tregua que aún albergaba el PNV y abortaba las esperanzas depositadas en la «inequívoca apuesta» de la coalición radical por las vías políticas.

Perder el poder
La alianza entre abertzales para eliminar las «expresiones de violencia» y conseguir la «normalización política» de Euskadi -la gran apuesta en torno a la que giraba la legislatura- volaba así por los aires. También las optimistas expectativas que Ibarretxe dibujó tras firmar el acuerdo con EH, el 18 de mayo de 1999. «Por primera vez una institución -el Gobierno vasco- va a poder ofrecer garantías sólidas para avanzar hacia la paz», algo hasta ahora «imposible», proclamó entonces desde su «confianza ciega» en que la tregua era «un camino sin retorno».

Xabier Arzalluz, quien el domingo apostaba por retrasar las elecciones hasta que se abran brechas en la entente PP-PSE, admite ahora que la banda y EH «engañaron» al PNV, que fue «ingenuo». «Creíamos que estábamos hablando con vascos de palabra», se justificaba la pasada semana entre llamamientos al diálogo y a «ceder en lo que podamos» para alcanzar la paz. No concretó qué está dispuesto a ceder su partido. Las encuestas apuntan que quizás el poder.

Porque, 26 meses después de llegar a Ajuria Enea, Ibarretxe corre el peligro de convertirse en el primer lehendakari nacionalista arrojado a la oposición. Su estrategia soberanista como camino hacia la paz no sólo ha fracasado, sino que ha cortado de raíz los puentes de entendimiento con el PP y los socialistas. También con EH mientras persista la violencia, no se desmarque de ella y le exija unos ritmos y unos caminos hacia la autodeterminación -la ruptura «por la vía de los hechos» con el marco actual- que el PNV no puede aceptar sin exponerse al serio riesgo de una escisión.

Agonía
Solo, sin más compañía que la de EA, acosado por una oposición que ha tomado el control del Parlamento y sin capacidad para pactar con ella proyecto alguno, al quedar dinamitados todos los pilares de confianza, Ibarretxe ha estirado hasta el límite la agonía de su Gobierno, aunque desde hace meses era consciente de que estaba condenado a adelantar las elecciones. Ha sufrido dos mociones de censura con más votos a favor que en contra, aunque no han salido al no reunir la mayoría absoluta. Ha renunciado a la inmensa mayoría de su programa legislativo. De las nueve leyes aprobadas bajo su mandato, la de más calado político es la del Taxi. Los Presupuestos de este año, condenados al fracaso, ni siquiera los ha presentado aunque tenía la obligación de hacerlo... Desde que sus antiguos socios de EH abandonaron el Parlamento en septiembre y dejaron de ejercer de salvavidas ocasional del Gobierno, pese a no unirle lazo alguno con él, la suerte estaba echada. Sólo una tregua de ETA podía evitarle el amargo cáliz de disolver anticipadamente el Parlamento. Pero el alto el fuego se esfumó hace tantos meses como las esperanzas del Athletic o del Alavés de ganar la Liga.

La legislatura se cerrará envuelta en jirones. Consensos básicos largamente gestados se han esfumado, las instituciones han sufrido un desgaste sin parangón, la abierta fractura en las relaciones entre los partidos requerirá titánicos esfuerzos y largo tiempo para quedar subsanada, los riesgos de división social entre nacionalistas y no nacionalistas son más palpables que nunca...

Ibarretxe apela al diálogo como el único ungüento mágico capaz de recomponer los destrozos acumulados en esta legislatura de la frustración. La kilométrica carrera electoral que ahora se abre amenaza con causar aún más desperfectos. La guerra continúa.

Una buena noticia
XABIER GURRUTXAGA El Correo  21 Febrero 2001

El señalamiento de la fecha de las elecciones por el lehendakari constituye una noticia positiva para la sociedad vasca, pues con ello se contribuye eficazmente a poner freno a la absurda y descabezada dinámica de enfrentamiento y crispación. Aunque el hecho de señalar fecha para las elecciones no va a eliminar la confrontación, de aquí en adelante los responsables de los partidos van a tener que dotar de contenido político a las disputas con sus adversarios.

La demanda de elecciones se había convertido en el pilar fundamental de la estrategia de populares y socialistas en su enfrentamiento radical con el nacionalismo y particularmente con el lehendakari. La falta de acuerdo sobre la conveniencia de prolongar o no la legislatura tenía dividida en dos mitades a la representación política de la sociedad y se corría el grave riesgo de fracturar la sociedad. Por mucho que el lehendakari deseara continuar, estaba claro que no había otro remedio que señalar cuanto antes la fecha de los comicios. La pregunta que queda en el aire es por qué se ha tardado tanto en tomar la decisión. ¿Qué es lo que ha animado al lehendakari a tomarla ahora y no, por ejemplo, en Navidades? Este impasse de mes y medio no puede tener su explicación en el acto del Kursaal, ni tampoco en el tiempo ganado para hacer llegar a la ciudadanía su triple compromiso. Parece claro, asimismo, que el lehendakari no creía factible lograr el distanciamiento de los socialistas respecto de los populares alargando la legislatura, opción ésta que curiosamente comentaba el fin de semana el propio Arzalluz.

En cambio durante este periodo sí hemos conocido un dato que, aunque a nadie ha pillado por sorpresa, ha extrañado por la contundencia del resultado. Me refiero, dentro del proceso ‘batasuna’, a la debilidad de las posiciones de la corriente ‘Aralar’ en el seno militante de EH, y al escaso margen que tiene el aparato de esta formación para marcar distancia política respecto a ETA. Parece claro que la disidencia se da en los círculos que más se alejan del núcleo y se reflejan más firmemente cuando se llega al votante. Los resultados del debate ‘batasuna’ han despejado toda duda sobre una posible evolución democrática de la izquierda abertzale.

Sean cuales sean las razones, bienvenida sea la decisión del lehendakari. Ahora sólo resta que los partidos estén a la altura de las circunstancias y conviertan la confrontación política en una disputa civilizada.

La apuesta soberanista condena al Gobierno vasco
Los contactos de PNV y EA con ETA marcaron una legislatura mediatizada por el proyecto de construcción nacional
M. RAMIREZ El Mundo  21 Febrero 2001

VITORIA.- La VI Legislatura del Parlamento Vasco, ahora agotada, nació marcada por el Pacto de Lizarra y la tregua de ETA. Los contactos que PNV y EA habían mantenido con la organización terrorista dibujaban en 1998 un escenario de colaboración entre los nacionalistas, de apuesta por una nueva fase política, con la construcción nacional como telón de fondo, que empezaba por condicionar la formación del propio Gobierno autónomo vasco.

Tanto el PNV, el partido más votado el 25 de octubre de 1998, como el nuevo lehendakari, Juan José Ibarretxe, confiaban en que aquella era la gran oportunidad para alcanzar la paz en el País Vasco. Creían asimismo en la firmeza de la apuesta de Euskal Herritarrok (la marca electoral de HB) por las vías exclusivamente políticas. «Esta vez van en serio», era el mensaje que, transmitido por Xabier Arzalluz y Egibar, calaba en la Ejecutiva peneuvista.

El 3 de diciembre se oficializó la ruptura de las negociaciones PNV-PSE e Ibarretxe, tras ser investido lehendakari con el apoyo de EH, cerró en poco tiempo un acuerdo programático con EA. En aquel pacto quedaban marcadas las prioridades del Ejecutivo, fijadas en la búsqueda de un proceso de paz mediante la reivindicación de un diálogo entre partidos, «sin límites ni condiciones previas» .

PNV y EA constituían un Gobierno en minoría y EH les tendía la mano, en una actuación sin precedentes, para dotarse de mayoría absoluta en el Parlamento vasco.

El acuerdo parlamentario entre el nacionalismo moderado y la izquierda abertzale, suscrito en mayo de 1999, fue sin duda uno de los acontecimientos de la legislatura, del que se derivó que EH acudiera con normalidad al Parlamento durante cerca de año y medio y que la mayoría nacionalista viera prosperar sus iniciativas en la Cámara.

Aquel Pacto fue cuidadosamente redactado y presentado a la sociedad como un paso más en el camino hacia la paz, después de que PNV y EA lograran arrancar de sus nuevos socios un compromiso con las «vías exclusivamente políticas» y una declaración que abogaba por la «desaparición de todas las acciones de violencia».

Ese mismo mes, no obstante, la ruptura de la tregua de ETA acabó con el equilibrio del Gobierno, abocado a partir de entonces, cada día, a explicar cómo se seguía apoyando en quien no condenaba los asesinatos de ETA. Había finalizado el período de distensión, pero no se había producido todavía ninguna muerte y, en aquel intervalo, el Gobierno aún pudo aprobar los Presupuestos del 2000 con la ayuda de EH, que conseguiría, a cambio, financiación para Udalbiltza y mayores fondos para el euskara y la cultura vasca.

El atentado, ahora hace un año, en el que murió el portavoz parlamentario del PSE-EE, Fernando Buesa, obligó a Ibarretxe a reaccionar y a romper definitivamente el pacto con la izquierda abertzale, aunque ésta todavía seguiría apoyándole en el Parlamento de forma selectiva, en temas de interés para el nacionalismo.

Desde entonces PNV y EA siguieron una estrategia dilatoria, destinada a ganar tiempo. Alentaban, por un lado, la esperanza de que Otegi y otros dirigentes de EH se desmarcaran de ETA; e intentaban, por el otro, tender puentes con PSE-EE que les permitieran desbloquear la situación.

La escalada de ETA forzó al PNV a dar por «invalidado» Lizarra, a «congelar» Udalbiltza (La Asamblea de electos vascos), y a romper con EH en los Ayuntamientos, aunque el partido de Arzalluz siguió defendiendo los principios que marcaron su compromiso al inicio de la legislatura.

Derrotas del Gobierno
La oposición aprovechó la posición de debilidad del Gobierno, que empezó a acumular derrotas (hasta 58) en el Parlamento, una vez que EH decidió ausentarse definitivamente del hemiciclo. El lehendakari, contra las cuerdas, se enfrentó a dos mociones de censura, que sólo ganó técnicamente, y se negó en septiembre a convocar elecciones.

En un postrero intento por remontar una situación agónica, Ibarretxe planteó en el último debate de política general una triple propuesta en la que fundamentar una nueva etapa en el País Vasco. Son lo que él llama sus tres compromisos: por la vida, por el respeto a la libre decisión de los vascos y por el diálogo multipartito.

A finales del año pasado, el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo entre PP y PSOE acabó con las posibilidades de entendimiento con los socialistas que aún barajaba cierto sector del PNV. Sin duda ese acuerdo fue la puntilla que aumentó la soledad de Ibarretxe y contribuyó a que su plan no encontrara más respaldo político que el de PNV y EA, no dejándole ya otra salida que, una vez acabada su escenificación, pasar a dar el paso anunciado ayer.

Una sima sin precedentes
Las elecciones son la única salida que le quedaba a Ibarretxe, incapaz de propiciar acercamientos ni en el fondo ni en la forma
ALBERTO SURIOSAN SEBASTIÁN El Correo  21 Febrero 2001

Cuando el pasado lunes, el consejero Josu Jon Imaz invitaba a almorzar en un reservado de restaurante de Bilbao al portavoz parlamentario del PSE, Rodolfo Ares, no le revelaba la fecha de las elecciones que tan celosamente guardaba el lehendakari. Imaz buscaba quizá con este encuentro discreto mantener un hilo de relación personal en un ambiente político minado en el que algunas mínimas complicidades empiezan a resquebrajarse fruto de la desconfianza. Pero quizá también quería sondear a los socialistas sobre el alcance de su discurso de oposición sin cuartel. El PNV ha tenido hasta hace poco un íntimo convencimiento de que el PSE exhibía más una pose táctica que una estrategia y que, al final, terminaría por despegarse del PP, entre otras razones, por la necesidad de Zapatero de afianzarse como líder de la oposición. Pero este distanciamiento no se ha producido y el PNV se lanza a la arena electoral, por primera vez, asumiendo la hipótesis de que puede perder el poder por la falta de compañeros de viaje y con un dilema estratégico por resolver.

El anticipo electoral es la única salida que le quedaba a Ibarretxe ante la actual crisis, incapaz de propiciar acercamientos ni en la forma ni en el fondo. Los comicios pondrán término a 28 meses de legislatura traumática, que se inició en otoño de 1998 al calor de la tregua de ETA y del acuerdo de Lizarra y que ha finalizado en plena escalada terrorista y en una radicalización sin precedentes. Una legislatura que se inició con el pacto de gobernabilidad firmado por el PNV y EA con Euskal Herritarrok -rubricado el 18 de mayo de 1999, que tenía como telón de fondo la apuesta por la «construcción nacional» por vías políticas- que fue denunciado como «excluyente» por las fuerzas constitucionalistas y que ha atravesado importantes vicisitudes.

La primera fue su ruptura escalonada tras la decisión de ETA de volver a la actividad terrorista en enero del año 2000 -el acuerdo se rompió formalmente tras el asesinato de Fernando Buesa-, la decisión de EH de no desmarcarse de los atentados ni de la violencia de persecución y la apuesta de la izquierda abertzale por abandonar el Parlamento vasco después del último verano al considerar que consagra un marco de «partición» territorial. En este contexto se produce también el auge y el declive de Udalbiltza, el organismo de los electos municipales nacionalistas. La sima entre nacionalistas y no nacionalistas se va agrandando, y, al mismo tiempo, desde la izquierda abertzale se lanzan contínuos emplazamientos para que el PNV se sume a una estrategia soberanista más ofensiva. Los no nacionalistas reclaman el anticipo electoral, esgrimiendo la precaria minoría de Ibarretxe -con 27 escaños sobre 75- mientras los nacionalistas les acusan de carecer de alternativas y de polarizar interesadamente la situación para desgastar al Gobierno. El momento culminante se la oposición se produce en octubre con la presentación de sendas mociones de censura por parte de populares y socialistas. Las dos iniciativas, muy críticas con la falta de rumbo político del nacionalismo gobernante, obtienen la mayoría simple de la Cámara pero no prosperan al no alcanzar los 38 escaños de la mayoría absoluta. A partir de ese momento, la oposición, mayoritaria, inflige hasta 58 derrotas al Gobierno de Ibarretxe en una presión creciente que termina haciendo mella.

Pese a las declaraciones de Arzalluz, partidario de no precipitar la convocatoria para que el PNV tuviera tiempo de recuperar terreno, Ibarretxe anticipa en el debate de política general de septiembre de 2000 que «si el bloqueo persiste», habría elecciones. El mensaje contrasta con la opinión de la dirección jeltzale de prolongar al máximo la legislatura y demostrar capacidad de resistencia para que, entre otras consecuencias, la oposición llegase desfondada a la meta. El lehendakari anuncia un triple compromiso «por el autogobierno, la paz y el diálogo», que desarrollará en diferentes fases y con distimtas escenografías para que PP y PSE «se retraten». A su vez, la oposición le acusa de carecer de crédito y de prolongar la agonía.

Las urnas forzarán una radicalización del discurso político, en precampaña desde hace tiempo, aunque es posible que los efectos del 13 de mayo propicien a medio y largo plazo un baño de realismo y un cambio de dinámicas políticas en todas las formaciones. El PNV y EA necesitan primero cerrar una coalición que, previsiblemente, saldrá adelante pese a que está rodeada de un cierto escepticismo. El nacionalismo democrático buscará el voto desencantado de EH y se dispone a blindar su propio electorado alertando a la sociología abertzale del riesgo del relevo.

El futuro dependerá de la aritmética. El PNV aspira a que «el parlamento en corto», es decir sin HB, permita que su alianza con EA e IU sea mayoritaria sobre una hipotética entente entre populares y socialistas. La previsible no participación de EH en el Parlamento supondrá un factor de distorsión ya que si el PNV no consigue su pretensión de alcanzar una mayoría operativa, los nacionalistas, árbitros de la política de alianzas en los últimos 20 años, pueden quedarse sin margen de maniobra: o pactan con los socialistas -y consumar un giro difícil de percibir en sus mensajes oficiales- o pasan a la oposición. Un segundo escenario que es el preferido por la izquierda abertzale porque intuye que, libre de las ataduras de la gestión, el PNV acentuará su perfil soberanista y volverá a un guión similar al Pacto de Lizarra.

Esta posibilidad, que el PNV haya dado ya un paso estratégico irreversible, ha llevado al PP y al PSE a madur respectivamente la necesidad de una alternancia y a confíar que un reajuste de escaños precipite un verdadero vuelco. La futura correlación de fuerzas será decisiva para imprimir la orientación futura de la política vasca, con graves problemas aparcados por una sensación permanente de provisionalidad que deberá despejarse en los próximos meses.

El monólogo del lehendakari
Editorial El Correo  21 Febrero 2001

El lehendakari Ibarretxe anunció ayer la convocatoria de elecciones para el próximo 13 de mayo sin responder previamente a una pregunta ineludible: ¿por qué no las convocó antes? Parece evidente que esta pregunta carece de una respuesta razonable por parte del lehendakari y es precisamente esta carencia la que contribuye a debilitar su propia posición de partida en una carrera electoral cuyo ‘tempo’ ha establecido sin encomendarse a nadie. Sólo una fe ciega en los designios de la primera figura institucional de Euskadi puede llevar a alguien a creerse que la fecha señalada para las autonómicas responde a los intereses generales del país o, siquiera, a una estrategia de calado por parte del lehendakari. Porque lo inexplicable es que se haya tardado tanto en proceder a la suspensión de una legislatura que muchos meses atrás se había agotado ya. Su artificiosa y obstinada prolongación ni siquiera ha servido -como quiere creer Ibarretxe- para divulgar y enraizar su ‘triple compromiso’ entre los ciudadanos vascos. Lo único que se ha logrado en estos últimos meses de agónica espera es un deterioro sin precedentes del clima político; un deterioro que se hubiese evitado si la coalición de gobierno PNV-EA hubiese admitido su innanición en el mismo instante en que ETA rompió su alto el fuego o, cuando menos, el día en que EH decidió abandonar el Parlamento vasco. El deterioro del clima político ha afectado a la credibilidad de las formaciones políticas y de las instituciones. Pero lo que resulta increíble es que ni Ibarretxe ni su partido se hayan percatado de que ese deterioro ha afectado especialmente a quien ha tratado de encarnar un papel protagonista en el último período: el propio lehendakari.

Como si se hubiera vuelto incapaz de atender a nada que no suene a aplauso, el propio hecho de que Ibarretxe anuncie la disolución del Parlamento para dentro de tres semanas -de tal forma que la campaña electoral pueda salvar el período vacacional de la Semana Santa- introduce una nueva anomalía a añadir a todo un cúmulo de despropósitos anteriores. El Parlamento vasco está obligado a funcionar mientras el lehendakari no proceda a su disolución definitiva. La indiferencia que muestra el lehendakari con un anuncio a tres semanas vista, realizado sin duda para salir al paso de las iniciativas de la mayoría parlamentaria PP-PSE-UA, no propicia un desarrollo sereno y ‘educado’ de los plenos pendientes, sino que puede suscitar un mayor enconamiento de posturas entre un Gobierno afectado por la doble precariedad de su minoría y del anuncio de elecciones y los grupos parlamentarios de la oposición.

El lehendakari quiso ayer transmitir una imagen de tranquilidad y, sobre todo, una sensación de continuidad para después de las elecciones, como si de antemano quisiera descartar la eventualidad de que las urnas ofrezcan un resultado distinto al que él mismo desea. Es comprensible que actuara así, después de repetir hasta la saciedad que unas elecciones no van a cambiar nada. Pero lo que resulta inadmisible es que aprovechara una ocasión tan esperada por la opinión pública para reiterar esa peculiar visión que mantiene sobre el panorama político y las opciones en liza: que sólo él y su partido cuentan con un proyecto de paz y normalización, mientras el PP y el PSE son incapaces de ofrecer algo más que una actitud negativa respecto a su voluntariosa propuesta.

Lo peor del caso no es que en un ambiente preelectoral un líder político -en esta ocasión el lehendakari- trate de subestimar la aportación de sus adversarios. Lo realmente grave es que el nacionalismo gobernante termine creyéndose lo que dice; termine pensando que su alternativa de paz no sólo es la más conveniente, sino que las demás formaciones no tienen qué decir al respecto. Es lógico que el nacionalismo discrepe frontal o matizadamente de la posición política del PP o del PSE/PSOE. La ceguera que revela quién trata de descalificar a estos dos partidos creyendo que su actitud no encierra política alguna y queriendo soslayar, además, la existencia de miles y miles de vascos que sí ven una política alternativa a la nacionalista, y coinciden con ella y con sus posibilidades de convertirse en mayoritaria, es precisamente el dato que desacredita el propósito dialogante de los dirigentes nacionalistas. Porque, en el fondo, el compromiso por el diálogo que el lehendakari Ibarretxe ha convertido en banderín de enganche y en factor distintivo de su larguísima precampaña se convierte en un verdadero monólogo cuando pretende negar que los demás tengan algo que decir que merezca la pena ser escuchado.

POLÍTICA LINGÜÍSTICA Y ESTADO DE DERECHO
FRANCESC De Carreras EL PERIÓDICO DE CATALUÑA 21 Febrero 2001

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat Autònoma de Barcelona.

 Distintas sentencias avalan que las normas priman el uso obligatorio, que no la protección, del idioma catalán en perjuicio de la cooficialidad
 

El auto judicial por el que se suspenden cautelarmente nueve artículos del Reglament per a l'ús de la llengua catalana a l'Ajuntament de Sabadell es un toque de atención más a la legitimidad constitucional y estatutaria de la política lingüística de la Generalitat, que se une a otras recientes sentencias judiciales. En un Estado de derecho, el principio de división de poderes sitúa a los jueces como última salvaguarda de los derechos de los ciudadanos. A la vista de todas estas resoluciones, sorprende la inactividad de los poderes públicos --el Parlament y el Consell Executiu-- que, por el momento, parecen no darse por aludidos.

La lengua oficial de un país es la de sus ciudadanos. Un mero paseo por las calles de nuestras ciudades y pueblos muestra a las claras que en Catalunya tenemos dos lenguas mayoritarias: unos hablan catalán, otros castellano, y la mayoría, una y otra indistintamente. En todo caso, nos entendemos todos, no hay problemas visibles en nuestra sociedad por razón del uso de cualquiera de las dos lenguas. Parece, sin embargo, que estos problemas quieran crearse desde las instituciones políticas y administrativas.

En un país con dos lenguas mayoritarias, lo sensato es que la política lingüística se base en el principio de cooficialidad de ambas y en la libre opción lingüística de los ciudadanos en su uso. Estos principios básicos inspiran los preceptos constitucionales y estatutarios que regulan esta materia, que fueron bien desarrollados por la hoy derogada ley catalana de 1983. 

PERO CIERTOS aspectos de la política lingüística, sancionados por una nueva y desafortunada ley, se han decantado desproporcionadamente hacia el uso obligatorio --que no la protección-- del catalán, poniendo en peligro el equitativo y necesario equilibrio entre ambas lenguas. Hacer caso de las sentencias judiciales es no sólo un deber jurídico de los poderes públicos sino una indispensable medida de prudencia política. 

La cooficialidad de catalán y castellano fue mal regulada en la ley actual. Por un lado, de forma inconstitucional al excluir al castellano, como tuve ocasión de opinar en un voto particular al dictamen del Consell Consultiu. Por otro, de forma excesivamente vaga y ambigua, con poco respeto para la seguridad jurídica: se abusó, sobre todo, de los términos "preferentemente" y "normalmente", aplicados al uso del catalán. Este confuso lenguaje --nada inocente-- daba así carta blanca a la Administración para usar su ámbito de discrecionalidad de forma arbitraria, es decir, ilegal. El desarrollo reglamentario de los preceptos inconstitucionales más el sectarismo nacionalista al interpretar los preceptos confusos han dado lugar a las recientes resoluciones judiciales. De estos polvos provienen los presentes lodos. Así, como dice el auto judicial, la normativa del Ayuntamiento de Sabadell "impone el uso exclusivo" del catalán "sin respetar el principio de cooficialidad del artículo 3 de la Constitución". 

A la vista de la resolución de los jueces, el socialista Manuel Bustos, alcalde de Sabadell, ha trasladado su responsabilidad al Model de reglament per a l'ús de la llengua catalana a l'Administració Local aprobado por la Generalitat y, en este sentido, se ha dirigido a las autoridades autonómicas y locales. En parte no le falta razón, porque su reglamento es copia del modelo de la Generalitat y reglamentos semejantes son vigentes en casi 400 municipios de Catalunya. 

Pero la reacción de Bustos es, también, bastante inconsecuente. Por un lado, los municipios son autónomos y no están sometidos a las directivas de la Administración autonómica; por otro, lo primero que debería hacer es instar a la dirección de su partido para que, dada su probada ineficacia en velar por el cumplimiento constitucional de la ley --tal como había prometido--, proponga su reforma e intente corregir la actual política lingüística. En ello, el PSC encontraría aliados en otros partidos --Alberto Fernández ya ha dicho que es partidario de modificar la ley--, pero sobre todo los encontraría en la sociedad catalana, que tantas muestras de tolerancia y sensatez ha dado en este terreno. 

En todo caso, hay que felicitarse de que la división de poderes, a pesar de los obstáculos, funcione en nuestro país. Y también de los esfuerzos a favor del Estado de derecho de algunos sectores de la sociedad civil. En este caso, debe hacerse mención de Convivencia Cívica Catalana, promotora del recurso, y muy especialmente de José Domingo, su infatigable vicepresidente.

Pensar en la libertad y en el día después
RAFAEL AGUIRRE El País  21 Febrero 2001

El PNV no midió bien ni la radicalización ideológica ni la perversión moral de los socios con los que pretendió dar un salto cualitativo con su proyecto nacionalista. El caso es que los etarras apretaron las tuercas y EH retiró su apoyo, que había sido imprescindible para la investidura del lehendakari y para sacar adelante el plan del Gobierno vasco. Muchos nos sentimos engañados, porque se ocultaron a la ciudadanía unos acuerdos claves que más tarde ETA se encargó de revelar, y nos sentimos también amenazados por un proyecto nacionalista asimilacionista y excluyente, que nos iba a hacer la vida muy difícil a quienes no comulgamos con sus postulados. Al poco tiempo reapareció la actividad de ETA con la particularidad de que elegía sus víctimas según el estrecho patrón del proyecto ideológico excluyente que había aceptado. El caso es que el ambiente político se crispó extraordinariamente y no fue posible, en realidad no llegó ni a plantearse en serio, lo que algunos propugnábamos como la mejor salida a la crisis: un gobierno de concentración y que tuviese como objetivo prioritario combatir el terrorismo, conquistar la libertad y restablecer los consensos sociales básicos.

El Gobierno vasco lleva meses dando tumbos, con un lehendakari que en vez de gobernar se dedica a hacer exhortaciones genéricas con rostro cada vez más compungido. Es absurdo achacar a la oposición las dificultades que nacen del hundimiento del propio proyecto estratégico y de la ruptura con sus aliados. La convocatoria de elecciones era inevitable. Cuando el ambiente está tan enrarecido, la consulta a los ciudadanos equivale a abrir las ventanas y permitir que entre aire nuevo.

La situación se ha podrido tanto que hasta las relaciones personales entre los políticos dan la impresión de que se han deteriorado de forma alarmante y la campaña electoral promete ser larga, crispada y dura. Me parece especialmente importante asegurar que el chantaje y las amenazas de ETA y su entorno no impidan defender con libertad a nadie, en cualquier sitio, sus ideas y proyectos; que se expongan los programas de forma clara y razonada; y que no se meta miedo a la gente. Esto debe ser subrayado de forma expresa en unas elecciones en que existe la posibilidad real de una alternativa de gobierno, lo que pone en danza muchos intereses. Suele ser muy frecuente que los partidos largamente acomodados en el poder intenten ahuyentar la alternativa presentándola como una catástrofe para atemorizar a la gente. Este recurso, nada limpio, ya se ha empezado a utilizar entre nosotros. Si no se desdramatiza la alternativa, no se respeta ni la democracia, ni la libertad. Tan legítimo es que haya un lehendakari nacionalista como no nacionalista. En principio, la alternancia en democracia es buena porque renueva las ideas y los equipos, evita los apoltronamientos y la patrimonialización de las instituciones.

Pero hay una cosa en la que no podemos dejar de pensar: en el día después de las elecciones. En mi opinión, gane quien gane, la gran tarea va a ser recomponer los consensos sociales básicos, asegurar la libertad amenazada por un movimiento totalitario con el que han existido demasiadas contemplaciones y conchabeos, hacer de Euskadi un espacio de convivencia para gentes de sensibilidades nacionales no del todo coincidentes, de ideas muy distintas, convirtiendo la diferencia en riqueza de todos. Para ello tiene que estar claro que la confrontación con el terrorismo y con la ideología que lo alienta tienen que abordarla los demócratas unidos y sin intentar capitalizar políticamente, en ningún sentido, la lucha contra la violencia. No podemos renunciar en el País Vasco a intentar ampliar los consensos sociales básicos y para esto hay que tener flexibilidad y capacidad de diálogo, pero dejando bien claro no sólo que la destrucción del marco estatutario para complacer a quienes lo combaten agranda muy gravemente las rupturas de nuestra sociedad, sino que premiar políticamente a quienes practican la violencia y el chantaje es quedar rehenes de ellos para siempre.

En las próximas elecciones nos jugamos la libertad en el sentido más real, personal y primigenio de la palabra; y nos jugamos una Euskadi para todos. Hace falta que por mucho que sea el fragor de la contienda política se presenten programas con visión de futuro, pensando en el día después y, por tanto, con capacidad de integración de lo diverso y sin pretensiones de asimilación a esencias predefinidas. Confieso que cuando algún cualificado representante del PNV afirma que los principios de Lizarra siguen siendo válidos, me echo a temblar y pienso que no ha aprendido nada del bienio negro que estamos sufriendo.

El País Vasco puede entrar en una noria de ingobernabilidad, de ejecutivos débiles y de parlamentos borrascosos si no hay un acercamiento real entre todos los partidos democráticos, que no pueden permitir que un grupo totalitario y fanático dicte el paso de la vida política. ¿Habrá lucidez para no ceder a los cantos de sirena de la tribu? ¿Habrá capacidad para formular un vasquismo integrador, de identidades que se solapan, se relativizan y se enriquecen con las diferencias? De momento lo que urge es que haya libertad a la hora de votar y que se vote pensando en los muchos que entre nosotros no son realmente libres.

Diálogo sí, pero electoral
FEDERICO ABASCAL El Correo  21 Febrero 2001

Una vez anunciada la fecha de las elecciones vascas, sólo falta conocer sus resultados. Se ha despejado una incógnita y se ha abierto otra, que plantea, a su vez, un abanico de hipótesis. La hipótesis que más tensa expectiva despierta es obviamente la del color del futuro Gobierno, es decir, la de si el constitucionalismo vencerá o no en las urnas a la gama nacionalista. La unión hace la fuerza, y ante la incertidumbre que transmiten los sondeos, no sería arriesgado vaticinar que Arzalluz, a los mandos del PNV, y Garikoetxea, en una cabina de popa de la gabarra de EA, volverán a fundirse en un solo cartel electoral.

Al anunciar ayer el lehendakari la fecha del 13 de mayo, con notable retraso sobre el horario previsible, en el Gobierno del PP se produjo un cierto agrietamiento. Es posible que el ministro Mayor Oreja abandone su cargo uno de estos días, por lo que el líder de IU, Gaspar Llamazares, apremió a Aznar para que extienda la ineludible remodelación de su Gabinete a los sectores más políticamente dañados. La convocatoria de elecciones en el País Vasco plantea así a La Moncloa el dilema de hacer una remodelación o abrir una crisis más amplia, pero de solución sencilla. A muchos analistas les parece, sin embargo, que Aznar no querrá hacer más relevos que el imprescindible de Mayor Oreja cuando aún no ha cumplido un año la legislatura.

Ibarretxe se ha rendido al fin a la evidencia, tras haberla guerreado con extraordinario ardor imaginativo, y ahora le queda el doble consuelo de sentirse liberado de una situación insostenible, pero largamente sostenida, y de presentar a la oposición socialista-popular como un vacío absoluto de proyectos. Pero el lehendakari fingiría ignorar que en el País Vasco no va a lucharse electoralmente tanto por alternativas sociales, culturales y económicas como por dos principios: el del respeto al llamado ámbito vasco de decisión y el del respeto al marco jurídico vigente, constitucional y estatutario. Hasta ahora, ese respeto al ámbito vasco de decisión venía siendo una condición previa del nacionalismo en sus reiteradas ofertas de diálogo. El diálogo se hubiera iniciado conociéndose de antemano su resultado: una rendición total o parcial de los partidos constitucionalistas al postulado del soberanismo.

Algo ha cambiado así al convocarse las elecciones que ponen fin a la sexta legislatura vasca, pues al menos se abre la posibilidad de un Gobierno en Vitoria que se negaría a hablar de reformas del marco jurídico mientras ETA siguiera asesinando. Puede ocurrir obviamente que se repitan el 13 de mayo los resultados electorales de hace poco más de dos años, y hasta que se produzca un empate aritmético entre nacionalistas y constitucionalistas. Y, por supuesto, de una nueva victoria de los nacionalimos. Pero en el País Vasco se aclarará la ambigüedad y, por muy dividida que salga su población de estas elecciones, se haría muy difícil que volviera a intentarse aplacar a ETA con ofertas de diálogo previamente condicionado. La campaña electoral abre ahora un diálogo sin condiciones.

 

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