AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 20 Abril   2001
#El miedo
Carlos DÁVILA ABC  20 Abril 2001

#El tripartito
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón  20 Abril 2001

#El PNV juega con la ley
Editorial ABC  20 Abril 2001

#La embarazada
Jaime CAMPMANY ABC 20 Abril 2001

#Pactar con Eta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  20 Abril 2001

#Serenidad y sosiego
Ignacio Villa Libertad Digital   20 Abril 2001

#Cuerpo electoral vivo, muerto, amenazado
Nota del Editor  20 Abril 2001

#Derecho y realidad
Editorial El País  20 Abril 2001

#El ocaso de Jordi Pujol
Juan-José López Burniol  El País  20 Abril 2001

#Oposiciones
Nota del Editor 20 Abril 2001

#El trío de la Barceloneta 
Z. Rana La Estrella 20 Abril 2001

#Los 0bispos llaman a votar
Editorial  El Correo 20 Abril 2001

#BONO Y LOS NACIONALISMOS
ENRIQUE CURIEL La Voz  20 Abril 2001

#Antagonismos
Nota del Editor 20 Abril 2001

#POR LA LIBERTAD, CONTRA EL EXTERMINIO
Marita RODRÍGUEZ Presidenta de la Asociación por la Tolerancia. ABC-Cataluña 20 Abril 2001

El miedo
Por Carlos DÁVILA ABC  20 Abril 2001

El disparate de Atucha sobre la integración de los asesinos de ETA ha disimulado la pasión que sufre el Foro de Ermua para editar su revista. Sépase esto: la publicación se está editando ¡en Granada! porque ninguna imprenta vasca quiere acogerla, y se «tirará» en Madrid porque ninguna rotativa vasca quiere imprimirla. Sépase, también, esto otro: la segunda marca de un Banco español superpoderoso, el primero, no ha querido abrir, en su sucursal de Vitoria, una cuenta para la suscripción a la revista. Ello no guarda con certeza ninguna relación con que «Ardi Beltza» incluya en su último número un miserable reportaje de denuncia contra la familia mayoritariamente propietaria del Banco citado.

El miedo se derrama desde las pequeñas cosas. Dos ejemplos: en un céntrico kiosco de Bilbao se esconde literalmemente ABC, mientras se despachan con espectacularidad «Deia» y el filoterrorista «Gara». El lector pide este periódico, el vendedor otea el horizonte, se vuelve de espaldas y extrae un ejemplar de la catacumba del establecimiento. Unos metros más allá, los grandes almacenes por antonomasia se aguantan las ganas de exhibir la esclarecedora y valiente biografía que, sobre Arzalluz, firman Isabel Durán y Díaz Herrera. El libro hay que solicitarlo como si fuera un ejemplar perdido en un ropavejero, pero las cultas empleadas de la librería lo encuentran, eso sí, rápidamente en el rincón en que está depositado.

Son las pequeñas cosas que ocurren en un País en el que supura el miedo no sólo ante ETA, sino ante el nacionalismo. Ayer, un heterodoxo peneuvista, Javier Guevara, fabulaba sobre los efectos de la posible derrota del aún su partido: «El PNV —decía— perdió su condición de movimiento social, que trasciende a la mera política, para pasar a ser una formación más que pierde progresivamente influencia en la sociedad vasca». Añadía Guevara que esta sociedad aceptó —era una fábula fechada en 2025— el cambio sin aspavientos y que el miedo empezó a terminarse. Los que ahora lo sienten harían bien en no esperar hasta entonces.

El tripartito
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón  20 Abril 2001

El PSOE, desde hace ya bastantes meses, había hecho una lectura correcta de lo que acontece en el País Vasco que le conducía a la inesquivable conclusión de que sólo yendo a la raíz del problema se podía poner remedio a una situación caracterizada por la escandalosa falta de libertad y por una serie de rasgos típicamente predemocráticos. Eso significaba que no bastaba con clamar contra el terrorismo sino analizar por qué se ha llegado hasta esos extremos, después de veinte años de hegemonismo nacionalista en aquella Comunidad. Y a partir de ahí se imponían por su abrumadora lógica dos conclusiones tácticas: En primer lugar, que no cabe sino gobernar allí con la otra fuerza que apuesta por el marco constitucional y estatutario, es decir el PP. En segundo lugar, que el PNV debe pasar a la oposición, tanto porque es uno de los grandes responsables de esta caótica situación como porque democráticamente la alternancia es siempre positiva. Cuando un partido ha agotado sus propuestas positivas y sólo sabe proponer el salto en el vacío se impone el relevo. Sólo así el interés general recuperará el lugar que le corresponde, después de haber sido desplazado por los intereses de partido. Sólo así se podrán desmantelar las redes clientelares que se generan cuando un partido, especialmente si es nacionalista, permanece mucho tiempo en el poder. En otro caso, el totalitarismo, más o menos sutil, se impondrá sobre la democracia, como ya ocurre en el País Vasco.

   Pero cuando parecía que este análisis estaba asumido oficialmente por el PSOE, hemos vuelto a escuchar declaraciones de importantes dirigentes socialistas, incluido el propio secretario general del partido, que aluden a la posibilidad de un gobierno tripartito, PNV, PSOE, PP, como la solución mágica para lo problemas del País Vasco y como un horizonte deseable para después de las elecciones del 13 de mayo. Además, algunos hablan del tripartito, pero se les adivina el deseo de recurrir una vez más a la vieja, ineficaz y gastada fórmula de los gobiernos vascos PNV-PSE (PSOE), con el apéndice de EA. Saben además que el PP no se prestaría nunca a tamaño enjuague y arrullados por las invitaciones de Arzallus no descartan un nuevo matrimonio político con el PNV, al que no pedirían mucho más que una declaración formal de ruptura con el entorno de ETA, al que, sin embargo, cada vez están más atados. Está visto que hay gentes que no aprenden nunca nada y que parecen sometidos a la pulsión de repetir una y otra vez los errores añejos.

   Bien pensado, estas ambigüedades del PSOE no pueden sorprender porque cada vez es más evidente que este partido no ha superado su crisis ni ha encontrado el equipo dirigente adecuado para hacer una oposición eficaz y con capacidad de convertirse en alternativa política. Zapatero se mueve entre la inanidad de sus intervenciones parlamentarias, especialmente en las sesiones de control del Gobierno, y las contradicciones permanentes de sus declaraciones públicas, en las que dice todo y lo contrario.

También sobre el País Vasco, respecto del cual no creo que haya ningún analista que se atreva a decir qué piensa y qué pretende el líder del primer partido de la oposición y teórico precandidato a la presidencia del Gobierno. El resultado final de esta permanente «baile de la yenka», como se decía antes, en virtud del cual cada paso hacia adelante es contrapesado por otro u otros pasos hacia atrás es que el PSOE, temeroso de hacer seguidismo del PP, corre el peligro de repetir un estéril seguidismo del PNV, que le convertiría en cómplice de las manipulaciones totalitarias y anticonstitucionales de los nacionalistas.

   Estas ambigüedades del PSOE oficial contrastan con la línea clara y definida de tantos socialistas vascos, como los Redondo, Rosa Díez, Rojo, etc., que saben muy bien hacia dónde hay que ir y que no dejan de proclamarlo, con valentía y sin que nadie les pueda acusar de que no defienden tanto los intereses de su partido como esos intereses generales de los que tan a menudo se olvidan algunos políticos. Los actuales dirigentes del socialismo vasco se han impuesto sobre la «vieja guardia» de los Benegas, Jáuregui y Elorza, que cuentan con el apoyo en la sombra de Felipe González. Pero es lamentable comprobar que la dirección nacional del PSOE no acaba de apostar abiertamente por los actuales dirigentes y, decidida a guardarse todas las cartas, puede acabar perdiendo totalmente la partida. No sé si los socialistas han calibrado que la imagen tan ambigua y poco definida que proyectan sobre el electorado, les va a pasar factura necesariamente el 13 de mayo. Se sabe qué se vota danto el voto al PNV o al PP, pero hay dudas acerca de qué puede significar un voto al PSOE. No ciertamente si se escucha lo que dicen Redondo y los de su línea. Pero, ¿les dejará actuar después del 13 de mayo la otra corriente, apoyada desde Madrid?

   En el fondo, las diferencias entre unos y otros derivan del carácter que se atribuye a las eleciones del 13 de mayo. Los que miran al PNV se plantean esa consulta como una más y por pereza mental y política tratan de repetir las viejas fórmulas. Los otros perciben que se trata de una fecha en la que es mucho lo que está en juego. Una fecha excepcional, que exige remedios excepcionales, tan excepcionales como gobernar en el País Vasco con el partido con el que, en el ámbito nacional, se compite legítimamente por el poder. Pero, desde Ermua, hay un mensaje claro de la ciudadanía vasca al que no pueden permanecer sordos ni el PP ni el PSOE: Convertir en mayoría política y parlamentaria, la silenciosa mayoría social, atenazada por el miedo, arrinconada hasta ahora por el nacionalismo totalitario.

El PNV juega con la ley
Editorial ABC  20 Abril 2001

El Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna están pagando las consecuencias de haber pactado una coalición forzados sólo por el temor a perder las elecciones y no por convicción. La obsesión enfermiza de cerrar el paso, a toda costa, a las fuerzas constitucionalistas en su camino a Ajuria Enea se ha traducido en un apaño electoral, más que en una coalición seria con vocación de permanencia y de gobierno, algo certificado por la condición impuesta por EA de poder crear, a partir del 14-M, un grupo parlamentario propio que le asegura autonomía frente al PNV. Tanto se centraron los estrategas nacionalistas en cómo sortear la legislación parlamentaria para complacer a EA, que no cayeron en la cuenta de que la solución decidida —crear una coalición electoral específica para Guipúzcoa llamada PNV-EA-Eusko Abertzaleak— creaba un problema electoral definido y resuelto por el artículo 83.3 de la Ley de Elecciones al Parlamento Vasco. Según este artículo, las formaciones políticas «que presenten candidaturas sólo en una o dos circunscripciones tendrán derecho a tiempo gratuito de propaganda electoral (...) en aquellos medios de radio y televisión de titularidad pública cuyo ámbito territorial o el de su programación no exceda del de la circunscripción en que se presenten».

A la vista de que los nacionalistas presentan dos coaliciones, la Junta Electoral del País Vasco ha aplicado el artículo 83.3 y les ha excluido de los espacios gratuitos de los medios públicos que tienen cobertura en los tres territorios vascos. La situación, desde luego, es anómala al afectar al principal partido del País Vasco, pero la responsabilidad no es de la Junta Electoral ni de la Ley; es de los dirigentes nacionalistas por organizarse electoralmente sin reparar en las exigencias ni en las consecuencias legales. PNV y EA han presentado un recurso contra la decisión de la Junta Electoral, impugnación que el ex vocal del Consejo General del Poder Judicial y candidato del PNV por Álava, Emilio Olabarría, defendía con facundia de leguleyo, tachando la resolución como una interpretación «literalista, estricta y materialmente injusta». Como sucede habitualmente, los nacionalistas aplican a la Ley el rasero estricto o laxo que más les conviene en el momento, exigiendo a los jueces el rigor absoluto para evitar «garzonadas» contra ETA o reclamando para ellos lo que, en este caso, sería una privilegiada inaplicación de la norma. En cualquier caso, es una satisfacción comprobar que el mayor problema que tienen los nacionalistas con su campaña electoral es el de no poder utilizar —por ahora— los espacios gratuitos de los medios públicos, algo que, en última instancia, se compensa pagando. Para populares y socialistas, la campaña electoral no es un esfuerzo de dinero, sino de riesgos para su vida. Esta es la trágica y antidemocrática diferencia que media entre unos y otros.

La embarazada
Por Jaime CAMPMANY ABC 20 Abril 2001

Salta a la vista que la ciencia o el arte del eslogan publicitario no es el fuerte de los nacionalistas vascos. Ni de los nacionalistas criminales, como Arnaldo Otegui, que disparó contra mi amigo Gabriel Cisneros, padre de la Constitución, ni de los nacionalistas moderados como Juan María Atucha, que quiere recuperar a «ETA» e integrarla. Sólo se recupera lo que se ha perdido, y eso de la recuperación hace pensar que «ETA» era cosa de ellos, del PNV de Atucha y de Arzalluz. Ahora resulta que también el «moderado» es la órdiga. Y además, la integración. Integrar a la «ETA», ese es el deseo, que vuelva a estar con ellos y entre ellos. Quieren integrar a la banda del terror entre los viejos aliados y cómplices, una vez asumidos por el PNV sus objetivos separatistas.

Digo que los eslóganes publicitarios no es lo suyo. Recuerdo aquel lema para llamar al turismo que cada año más desertaba del País Vasco. «Ven y cuéntalo». En cualquier otro lugar habría resultado sugestivo para el turista. Pero Vasconia estaba sembrada de muertos, asesinados por la «ETA». El gran Antonio Mingote dibujó uno de esos muertos y copió al lado el inoportuno eslogan. Quisieron llevar a Mingote a los Tribunales, cuando a quien hay que llevar a los Tribunales es a los asesinos. Y ahora sacan el eslogan al eslogan de las elecciones. El eslogan, ya lo habéis visto, nos muestra una mujer embarazada y desnuda. La fotografía, sin asomo de procacidad ni impudor, va acompañada de esta leyenda. «Una nación libre está a punto de nacer. EH».

¿Y quién es la mujer embarazada? ¿Quién es la madre de esa «nación libre» que está a punto de nacer? Se supone, digo, que esa madre será España. «ETA» nos dice que, gracias a su banda de asesinos, España va a parir una «nación libre». Nada nuevo traería ese acontecimiento a la Historia del mundo. España, útero fecundo, ha dado a luz más de veinte naciones libres, que por cierto fueron descubiertas y civilizadas gracias a la aventura y la hazaña de muchos vascos ilustres. España se dejó por ahí un reguero de hijas que pronto se soltaron de la mano de la madre, pero que todavía la llaman con ese dulce nombre de Madre Patria. El País Vasco, o Euskalerría, como queráis llamarla, no sería una hija igual que aquellas. Sería la hija de una violación brutal y desgarradora.

Lo que Euskal Herritarrok llama el nacimiento de una «nación libre» no sería un parto más o menos doloroso, como el de las otras hijas de España, sino una mutilación. Esos locos etarras no quieren que España, nación libre, madre libre de naciones libres, dé a luz una nueva nación, sino que se deje amputar un trozo de su ser, un trozo de sus entrañas y de sus entrañas más ilustres, más nobles, más laboriosas. ¿Qué hija sería ésa que intenta nacer amputando pedazos de su ser a quien se lo da y asesinando a su madre? ¿O es que esa muchacha desnuda y preñada, con el vientre hinchado por la esperanza, quiere representar a una de aquellas furias coléricas, o una de las parcas hilanderas que cortaban el hilo de la vida del hombre?

Qué audacia y qué desvergüenza la de estos proetarras que se atreven a representar su siniestro proyecto de muerte como la tierna escena de una madre que está a punto de alumbrar un ser nuevo y libre. O esa muchacha embarazada es la futura madre de un monstruo engendrado por la violencia y con violencia, o es la imagen de España, y entonces le faltan las cicatrices y los impactos que la afligen. Y qué audacia y que desfachatez la del Defensor del Pueblo Vasco, que defiende a los que matan para ponerlos junto a las víctimas. Y sobre todo, para que nazcan en el País Vasco niños libres, lo primero que hay que lograr es que los terroristas tiren las armas.

Pactar con Eta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  20 Abril 2001

Si fuera simpatizante del PNV y hubieran dicho de mi partido que había pactado con Eta, saldría públicamente a decir que es imposible contratar con los que trafican con la muerte, que es imposible convivir con quienes matan por no tener sus ideas y que es imposible llegar a acuerdos con quienes se sientan en la mesa con una pistola.

   Si fuera votante del PNV hubiera escrito una nota diciendo que es mentira que mi partido quiera una sociedad esclavizada, que mis dirigentes nunca firmarían un pacto teñido de sangre y que a ningún demócrata se le ocurre subscribir nada con terroristas.

   Si hubieran dicho de mi partido que había pactado con Eta, llamaría mentirosos a los que se atrevieran a sostener esa afirmación, me enfrentaría con ellos en cientos de cara a cara en todas las televisiones del mundo para que nuestra postura quedara meridianamente clara, y llamaría por teléfono personalmente a todo aquel que pudiera trasladar el mensaje de que mi partido quiere la Libertad y la Democracia.

   Si fuera dirigente del PNV tendría muchas horas ocupadas desmintiendo que hubiera pactado con Eta, porque eso significaría engañar a la gente, jugar con la buena fe de los que creen en un país sano y dinámico, y dinamitar con sus bombas cualquier atisbo de esperanza.

   Si hubieran dicho de mi partido que había pactado con Eta, no estaría en silencio esperando que todo se olvidara, oculto tras sus pistolas, aguantando el chaparrón de un acto indigno.

   Eso lo haría si fuera simpatizante, votante o dirigente del PNV y si mi partido no hubiera pactado con Eta. Y si hubieran pactado, los despreciaría.

Serenidad y sosiego
Por Ignacio Villa Libertad Digital 
  20 Abril 2001

La campaña electoral vasca se hace ya larga, intensa y dura. No ha comenzado oficialmente y parece que llevamos semanas y semanas de actos políticos. Y es que, el próximo 13 de mayo se antoja como una fecha histórica para el País Vasco. Con todos estos condimentos, se hacen necesarios más que nunca la serenidad y el sosiego, y más cuando el nerviosismo de la hora de la verdad aflora en los políticos y en sus partidos.

En este sentido hay sendos ejemplos, precisamente de serenidad y sosiego, de dos protagonistas: Mayor Oreja y Redondo Terreros. Los candidatos del PP y del PSE aparecen, ahora mismo, como un ejemplo a seguir por otros dirigentes de sus partidos que, desde Madrid, tensan la cuerda y buscan un protagonismo que no les corresponde.

Estos dirigentes, que teledirigen en la distancia declaraciones y apariciones, bien podrían tomar como referencia a Mayor Oreja y a Redondo Terreros quienes, jugándose mucho personal y políticamente el próximo 13 de mayo, están dando el nivel y el tono de su capacidad para articular el futuro del País Vasco. Están demostrando que saben lo que tienen entre manos. Saben cuál es el camino adecuado y, sobre todo, demuestran que conocen mecanismos y resortes para controlar en el futuro la grave crisis que atraviesa el País Vasco.

No es el momento de los protagonismos innecesarios que tensan, que colocan entre la espada y la pared a quienes viven el día a día político del País Vasco y que les dificultan las cosas para el día 14 de mayo. Es una pena que, algunos que deberían saber trabajar sin hacer ruido, busquen de forma desesperada un primer plano.

Todos condenamos la situación de miedo e impunidad en la que vive la sociedad vasca. Todos queremos un nuevo horizonte de paz y de esperanza. Todos apelamos al sentido común para que el fortalecimiento de la democracia sea una realidad en el País Vasco. Pero, en todo ello, sobran los políticos segundones que quieren salir en la foto complicando una situación ya de por sí complicada.

Serenidad y sosiego son las armas de los demócratas que están utilizando a la perfección Mayor y Redondo. Son ellos los protagonistas de la historia presente. Y también futura.

Mayoría absoluta sin EH
JAVIER PÉREZ ROYO El País   20 Abril 2001

Todo proceso electoral democrático se descompone jurídicamente en múltiples fases, pero políticamente lo hace fundamentalmente en dos. Una primera, la campaña electoral, en la que se pone el énfasis en el enfrentamiento entre los diversos partidos que concurren a las elecciones. Y una segunda, el momento de la votación, en el cual un cuerpo electoral único pone fin al proceso a través de su manifestación de voluntad, decidiendo hasta la próxima consulta en quiénes deposita la confianza para dirigir políticamente a la comunidad, bien sea en el Gobierno o en la oposición. La primera es un momento de división de la sociedad, de acentuación de la discrepancia y del conflicto, esto es, opera centrífugamente, en tanto que la segunda debe ser todo lo contrario, un momento de clarificación como consecuencia de la decisión de un árbitro inapelable y un momento de pacificación y reunificación social, que opera de manera centrípeta. Así es, así debe ser y así suele ser en toda sociedad democrática normalizada. Por muy dura que sea la campaña electoral y por muy ajustado que sea el resultado de la votación, la decisión del cuerpo electoral tiene que ser aceptada. Y tiene que ser aceptada de verdad. Nadie va a decir abiertamente que no acepta el resultado de una votación. Pero hay formas encubiertas de no hacerlo.

Tengo la impresión de que algo de esto último puede ocurrir en las próximas elecciones vascas. Aceptar el resultado no supone simplemente dar por buenos los votos y los escaños que cada uno tiene, sino hacer posible la formación de un Gobierno a partir de los mismos. La no formación de Gobierno en un régimen parlamentario es una forma de no aceptar el resultado de una votación. ¿De qué sirve decir que se acepta el resultado de la votación si después no se extrae la consecuencia práctica que de la misma tiene que extraerse? Este es el canon con el que se va a tener que valorar la conducta del PNV, PP y PSOE a partir de la madrugada del 13 de mayo. Una vez que estén contados los votos, la suerte está echada. El cuerpo electoral ha hecho su trabajo. Son los partidos los que tienen que interpretar su voluntad traducida en escaños. Y en este momento vamos a ver si de verdad se acepta o no el resultado. Porque, para la formación de Gobierno, solamente vale la mayoría absoluta. Y solamente vale una mayoría de este tipo porque los escaños de EH están inutilizados desde un punto de vista positivo, pero no negativo. Se puede no contar con los escaños de EH para constituir Gobierno, pero lo que no se puede es impedir que cuenten para evitar que se constituya. El voto negativo de EH a un candidato del PNV sumado al voto negativo de PP y PSOE impediría su investidura. Pero lo mismo podría ocurrir con el voto negativo de EH al candidato de PP-PSOE sumado al voto negativo del PNV. Sólo habrá Gobierno sin EH con mayoría absoluta.

La prueba de la aceptación del resultado radica en no dejar en manos de EH la gobernabilidad del País Vasco. A esto es a lo que todos los partidos deberían comprometerse antes de las elecciones: a que no se va a permitir que dependa de EH la formación de Gobierno. Ni en positivo ni en negativo.

El 14 de mayo, los ciudadanos tienen que saber que va a haber Gobierno con los resultados del día anterior, independientemente de lo que decida hacer EH. Tal vez haya una mayoría absoluta en alguna dirección que haga que el problema se resuelva fácilmente. Pero ¿y si no la hay? ¿Están todos los partidos democráticos, nacionalistas y no nacionalistas, dispuestos a comprometerse a formar Gobierno haciendo abstracción por completo de los escaños de EH? Esto es lo que de verdad supone aceptar el resultado electoral y jugar limpio. Y esto afecta por igual al PNV, al PP y al PSOE. Y sería una cuestión que debería despejarse antes del 12 de mayo. Este es un punto central de cualquier política antiterrorista, en el que no cabe jugar con ambigüedades.

Cuerpo electoral vivo, muerto, amenazado
Nota del Editor  20 Abril 2001

Estos de El País, siempre andan revolviendo para favorecer las vergonzosas posiciones del PSOE que nos robó la esperanza, el de Filesa, Gal, fondos reservados, Rumasa, etc., haciendo un flaco favor a los otros del PSOE que se juegan la vida en las vascongadas. Cualquier hipótesis de los resultados electorales que no tenga en cuenta el estado de terror del cuerpo electoral vivo,  merece la más profunda repulsa puesto que, asumiendo una situación normal, tratan de condicionar a parte del electorado a suponer que aquí no pasa nada y todo puede seguir igual.

Derecho y realidad
Editorial El País  20 Abril 2001

La coalición de PNV y EA tiene argumentos para recurrir la decisión de la Junta Electoral de Euskadi que les impide el acceso a los medios públicos. Pero resulta ridículo que hablen de 'campaña de acoso' y acusen a la Junta de intentar 'silenciarles'con una 'decisión política' cuando ese órgano administrativo se ha limitado a aplicar una ley que los propios nacionalistas votaron. La pretensión de que la ley se aplique con flexibilidad para reconocerles como una sóla coalición a efectos de presencia en los medios y como dos coaliciones diferentes a efectos de la constitución de grupos parlamentarios separados suena excesivamente ventajista.

La coalición se presenta en Vizcaya y Álava como PNV-EA, pero en Guipúzcoa añade a esas siglas la expresión 'Eusko abertzaleak' (patriotas vascos), con el fin de que EA pueda constituir en su día grupo propio. Pero para acceder a los espacios gratuitos en los medios cuyo ámbito sea el conjunto de los territorios de la Comunidad es preciso presentar candidatura en las tres circunscripciones de la misma. Ese requisito no se cumpliría, en opinión de la Junta, por la diferente denominación empleada en Guipúzcoa.

En su recurso, PNV y EA invocan el principio según el cual 'las normas se interpretarán en relación a la realidad social' y 'atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de las mismas'. Es evidente que se trata de una misma coalición, y que el principio de equidad debería primar sobre otras consideraciones a la hora de interpretar la norma. Ello daría pie para admitir el recurso. Sin embargo, si PNV y EA decidieron introducir una variación en el nombre fue para esquivar otra norma que ellos mismo aprobaron, el Reglamento del Parlamento vasco, que impide constituir grupos parlamentarios separados a formaciones que se hayan presentado formando una sola coalición. O son dos o es una: ambas cosas a la vez no puede ser.

El recurso menciona como antecedente la coalición entre los socialistas e Iniciativa en las últimas elecciones catalanas. Lo que allí se planteó fue si el hecho de que en Barcelona se presentasen por separado permitía sumar los tiempos de ambas formaciones en los medios públicos. La respuesta fue negativa. Por otra parte, el PP planteó en enero pasado una consulta a la Junta Electoral sobre si una eventual coalición con Unidad Alavesa circunscrita a esa provincia afectaría a los tiempos de presencia en los medios. La respuesta fue que sí, y por ello la coalición se formalizó en las tres provincias. Debería encontrarse una solución que evite algo que parece un contrasentido político. Pero no favorece esa solución la forma, arrogante y ventajista, al margen del Derecho, como PNV y EA han planteado su derecho.

El ocaso de Jordi Pujol
Juan-José López Burniol  El País  20 Abril 2001

Juan-José López Burniol es notario de Barcelona.

La debilidad congénita del Estado liberal español le impidió, desde siempre, cristalizar en un Estado unitario y centralista fuerte y eficaz, a imagen y semejanza del Estado francés. Y es que la realidad hispánica ofrecía y ofrece tal pluralidad que el empeño resultaba inviable. Desde una perspectiva económica, porque ha existido y existe en la Península un tejido económico con diversos centros que no han podido ser reducidos a la unidad de un sistema que gire rígidamente en torno a Madrid. Pero, además, la Península presenta una fuerte pluralidad cultural, cuya manifestación más evidente son las distintas lenguas que coexisten en su ámbito. Por ello, si bien España ha sido presentada 'oficialmente', durante algunas épocas, como un Estado-nación unitario, siempre ha sido 'de hecho' una realidad histórica manifiestamente plural, o -si se quiere- solapadamente federal. Es lógico, por tanto, que -tras la negación cerril de la dictadura franquista- la Transición se vertebrase en Cataluña en torno al eje de su autodefinición identitaria, y es lógico que, durante una prolongada etapa, los catalanes hayan depositado su confianza política, en el ámbito autonómico, en aquel líder -Jordi Pujol- que ha encarnado de un modo más explícito y fiable esta idea de afirmación nacional. Porque, en este caso, el líder ha precedido a su partido, hasta el punto de que el voto de muchos ciudadanos se ha depositado confiando más en la persona de Pujol que en el 'movimiento' -Convergència Democrática- que aglutina. En este sentido, Pasqual Maragall reconoció un día que 'Cataluña tal vez necesitaba una pasada por el nacionalismo'; es decir, precisaba lo que los anglosajones llaman, con expresiva frase, 'enseñar la bandera'.

A este espíritu de 'enseñar la bandera' ha respondido sin desmayo la política de Pujol durante veinte años: afirmación identitaria inexorable, centrada en la defensa y potenciación de la lengua propia como factor definitorio axial de la nación catalana; y reivindicación constante de las competencias que integran un autogobierno merecedor de tal nombre. Al servicio de esta idea obsesiva, Pujol ha aportado su vocación y aptitud políticas -que son grandes-, su talento -que no es menor-, así como su dureza, su dogmatismo y su ambición personal -que no desmerecen en nada a sus otros atributos-. Y en esta misma obsesión han hallado su fundamento los mayores éxitos y las más graves limitaciones de la acción de gobierno de Pujol. Así, entre los primeros, la tajante voluntad de conformar una sola comunidad educativa que eluda los riesgos de la fragmentación social; y, entre los segundos, no tener suficientemente en cuenta -como dijo Joan Raventós- la pluralidad de la sociedad catalana, en especial durante sus periodos de mayoría absoluta. Por lo que procede cuestionar -tras esta etapa de fijación identitaria- la conveniencia de prolongar indefinidamente la afirmación ensimismada de 'quiénes somos', en lugar de planteamos 'qué queremos y podemos hacer por el futuro', con los instrumentos de autogobierno de que ya se dispone. Es tiempo de 'cosas concretas'.

En esta línea, cabe pensar que hay políticos para el 'onze de setembre' y políticos para el 'dotze de setembre' y , normalmente, no son las mismas personas. No se trata de sacralizar 'el cambio por el cambio', lo que constituiría una frivolidad. La idea de 'cambio' debe ser afrontada, en política, desde una perspectiva puramente instrumental. Por lo que sólo procede el cambio cuando se observan signos de anquilosamiento en el líder o de obsolescencia en su programa. Y ambos signos se manifiestan en la realidad política catalana actual, que viene definida por estas tres notas:

La primera es la soledad de Pujol. De sus viejos compañeros -alguno de ellos político de alta calidad- no queda hoy a su lado ninguno. Su personalismo, progresivamente exacerbado, le pasa ahora una factura onerosa, porque, sin desdoro de las cualidades de sus continuadores, ¿está de veras garantizada una sucesión adecuada? ¡Qué poco se parece Pujol a Prat de la Riba en algunas cosas! En los primeros tiempos de la Lliga -y sin perjuicio del liderazgo de Prat-, la división del trabajo era efectiva: el propio Prat en Cataluña, Cambó en Madrid y Duran i Ventosa en Barcelona. Algo parecido ha sido siempre inimaginable en CDC.

La segunda es el mantenimiento, por su parte, de una actitud de desconfianza y conflictividad latente respecto de España. Esta política pone el acento en la existencia de un enemigo exterior, útil tanto para presionar en las negociaciones con el Estado como para galvanizar ocasionalmente a la opinión pública catalana. Aquí se halla, tal vez, una de las causas del desinterés por la política catalana de buena parte de los ciudadanos, manifestada en su abstención en las elecciones autonómicas.

Y la tercera es un cierto anquilosamiento de su visión política de fondo. En efecto, Jordi Pujol, que tantas veces ha profetizado con razón la crisis irreversible de los Estados-nación, no contempla de hecho otra forma de articulación política que el Estado-nación, porque, si bien se piensa, su ideal radica en aproximar lo más posible el status de Cataluña al de un Estado-nación. Por eso, para él, el concepto de soberanía sigue siendo axial, aunque a veces reconozca que lo esencial es la autorregulación de los propios intereses y el autocontrol de los propios recursos.

Con todo, estas sombras no pueden ocultar el saldo positivo de la gestión de Pujol en la etapa histórica que está cerrándose: haber contribuido de forma destacada a la recuperación nacional de una Cataluña que él soñó, en su juventud, 'rica i plena'. Ahora bien, hoy Cataluña es una sociedad en estado de permanente evolución, una sociedad 'mestiza'. Por lo que no cabe ya poner el acento en una Cataluña ideal, entendida como una realidad históricamente conformada por unas señas de identidad inmutables, cuya vigilancia y cuidado ha constituido la razón de ser última de la enorme, sincera y honrada vocación politíca de Jordi Pujol. Por esta razón dijo Maragall -en su despedida del Ayuntamiento- que 'Pujol ha sido un buen presidente de una nación sin Estado, pero un mal gobernante', queriendo destacar que la inversión y el gasto de la Generalitat se han hecho principalmente en función de objetivos intangibles de tipo nacionalista.

Lo que ha provocado que parte de la sociedad catalana se desinterese de la política autonómica, por entender que -dado su acento identitario- no va con ella. Y esto no es bueno. Por lo que procede 'normalizar' el debate político, centrándolo en los temas sobre los que versa habitualmente en los países de nuestro entorno. Con lo que se conseguiría, sin duda, ampliar el ámbito personal de vigencia efectiva del catalanismo político -entendido en su sentido más operativo de voluntad de autogobierno, es decir, de autogestión de los propios intereses y de autocontrol de los propios recursos-, e integrar en él a los sectores procedentes de la inmigración, que son los más refractarios a una política de pura afirmación nacional.

Xavier Rubert de Ventós ha escrito con agudeza que, 'gracias a Dios, la política ya está dejando de ser la religión del siglo XX y está abandonando al Estado para subir al cielo de las religiones tradicionales o bajar a la tierra para habitar entre los hombres y sus aflicciones'. Esta última es la auténtica política. La única. La que versa sobre 'cosas concretas'. La que se adivina tras el ocaso de Jordi Pujol.

Oposiciones
Nota del Editor 20 Abril 2001

Como Francia no aparece en el temario de las oposiciones, cree que España es diferente, quizás porque aquí no hablamos bretón, corso o patois. Aquí sufrimos las autonosuyas y allí disfrutan de los servicios integrados de las comunidades urbanas, y el francés es la lengua propia de Francia.

El trío de la Barceloneta 
Z. Rana La Estrella 20 Abril 2001

El suquet de l’almirall”, simbólicamente en el Paseo Juan de Borbón, no es el “Gaig” ni “El racó d’en Freixa”, pero es un buen restaurante de Barcelona. Se puede comer bien sin llegar a las cuatro o cinco mil pesetas por persona. Quizás por ello allí se reunieron en amigable compaña -la calma tras la tempestad- Jordi Pujol, Artur Mas y Josep Antoni Durán Lleida.

Tras las “desavenencias sucesorias” en que han gastado los últimos meses, a los tres, a cada cual a su modo, les inquietan ya las elecciones autonómicas catalanas previstas para el 2003. No quieren perder y, haciendo gala del pragmatismo local, decidieron compartir unas “picaetas” y un “arros” para limar asperezas, desinfectar heridas y disponerse de nuevo para el combate político.

La guerra interna que vive el PSC, con un Pasqual Maragall crecientemente debilitado por el “asunto Movilma” -feo caso de corrupción- y el descoyuntamiento del PP, con un Josep Piqué descapitalizado, les anima a los patrones de CiU para revitalizar los lazos que les unen y olvidar las rencillas y ambiciones que los separan.

Ni tan siquiera fue un encuentro discreto. Querían fotógrafos y los tuvieron porque de lo que se trata es de mostrar al electorado, harto de crispaciones, la cara más amable de la coalición en la que Mas es ya el “hereu” y Durán, con tal de estar, se resigna al papel de ama de llaves.

El trío de la Barceloneta, el emplazamiento del restaurante, ha querido dejar claro que se terminaron las desavenencias. Es decir, que pueden llegar a acabarse. El instinto de la conservación suele primar en la ecología política sobre el de la reproducción de la especie.

Los 0bispos llaman a votar
Editorial  El Correo 20 Abril 2001

Bajo el título de ‘Votos para la paz’ los obispos vascos han dado a conocer el contenido de la pastoral con que pretenden transmitir a los católicos de Euskadi sus razones para animar la participación electoral. Preocupados ante una situación que no dudan en calificar de ‘grave y delicada’ es evidente que la llamada de los obispos procura aportar serenidad ante una confrontación que se manifiesta descarnada en el ámbito político, y que alcanza una inusitada crueldad cuando el ejercicio de la libertad es objeto de una amenaza de muerte cierta por parte del terror fascista. En medio de la confrontación política, los ciudadanos encuentran a menudo dificultades para identificar la naturaleza de los males que aquejan a la sociedad. En su pastoral, los obispos vascos establecen un orden claro de los mismos. Si la paz centra su mensaje es porque resulta imposible que las instituciones propicien el ‘bien común’ mientras los derechos fundamentales del ser humano son sistemáticamente vulnerados.

En vísperas de las elecciones generales de 1989 los entonces obispos vascos -Juan María Uriarte entre ellos- manifestaron que «apoyar con el voto las acciones violentas no es compatible con la conciencia moral, y menos aún con la conciencia cristiana». La convicción de que hay en Euskadi opciones electorales que favorecen la perpetuación del mal absoluto -arrebatar la vida al prójimo- es compartida por la mayoría de la sociedad. Pero es esa misma convicción la que invita al creyente-ciudadano a trasladar su reflexión del ámbito siempre trascendental de su fe a un terreno ineludible cuando se trata de unos comicios: discernir qué opciones se apartan -a su entender- del mal y procuran con más acierto el ‘bien común’.

Es verdad que las campañas electorales subrayan las discrepancias; y que en los últimos años la división política amenaza en Euskadi con provocar una fractura social. Pero el esfuerzo moderador con que quienes no participamos directamente en la contienda electoral debemos contribuir a la convivencia en absoluto puede velar la existencia de esas diferencias. No sólo porque constituyen una realidad que resulta imposible superar silenciándola; sino porque además es ahí, en medio de la tensión política o frente a ella, donde el ciudadano ha de forjar su propia posición ante las urnas. La pastoral de los obispos vincula el acto de votar con la paz, y a ésta con la reconciliación. Pero más acá de esa visión utópica y deseable de la paz -de una paz imposible mientras quien la niega no esté dispuesto a admitir su culpa- es preciso que al ejercitar su derecho al voto cada ciudadano, creyente o no, asuma la necesidad de poner límites al terrorismo con los instrumentos propios de la democracia.

BONO Y LOS NACIONALISMOS
ENRIQUE CURIEL La Voz  20 Abril 2001 

Me hubiera gustado que José Bono hubiera escuchado la conferencia que hace escasos días pronunció Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los miembros de la Ponencia Constitucional, en la Universidad Complutense. Afirmó que el éxito de la Transición y, por consiguiente, de la Constitución de 1978, se apoyaba en tres grandes pactos. Uno, el pacto entre la Monarquía y la democracia al aceptarse mutuamente. Dos, el pacto socioeconómico entre la derecha y la izquierda en lo relativo al mercado y a su regulación. Y tres, el pacto territorial sobre la base de una nueva idea de España que reconociese su pluralismo, diversidad y el reconocimiento al autogobierno de las «nacionalidades y regiones». Y defendía Miguel Herrero, y yo lo comparto, que superado el intento de la Loapa tras el 23-F, para recortar y reducir el desarrollo del Título VIII de la Constitución, hoy asistimos a un nuevo deseo reduccionista desde el Partido Popular. Han dicho en varias ocasiones Aznar, Mayor Oreja y Martín Villa, que los nacionalismos disfrutaron de un plus político durante la Transición que no merecían y que, ahora, es preciso revisar. Es lo que se ha llamado la segunda transición. Leyes como las de Estabilidad Financiera de las comunidades autónomas o la anunciada y no conocida de Coordinación Autonómica, caminan en esa dirección. Con independencia de la especificidad del conflicto vasco, distorsionado por la violencia, caben pocas dudas de que se acercan también malos tiempos para los nacionalismos catalán y gallego.

Y lo grave es que si se acentúa una espiral de conflicto entre Madrid y una buena parte de las comunidades autónomas, lo que está en peligro es el consenso constitucional. Maragall sigue pidiendo una inaplazable reforma del Senado, obturada desde el Ejecutivo, como paso ineludible para la adecuación a la realidad territorial, como es el caso del Bundesrat alemán. Así que, querido Bono, a no ser que desde la izquierda aceptemos las ideas de la segunda transición, veo muy difícil que nos situemos en el mismo campo que Aznar. A menos que -lo cual no es imposible- en el ámbito de la propia izquierda española, plural y diversa, no exista claridad para saber por dónde tenemos que tirar en el la nueva etapa de desarrollo del Estado Autonómico. Si existe deriva nacionalista, tanto españolista como catalana, vasca o gallega, tengo para mí que alguien tiró una piedra al estanque sin prever sus consecuencias.

Antagonismos
Nota del Editor 20 Abril 2001

El sentido común para estos elementos de la "izquierda aristocrática"  es una propiedad embargada, por eso no lo usan; vaya contrasentidos de origen y fondo al afirmar "el pacto entre la Monarquía y la democracia al aceptarse mutuamente", consenso constitucional con las comunidades autónomas cuando aún no existían. En fin parece una marea negra entre las neuronas.

POR LA LIBERTAD, CONTRA EL EXTERMINIO
Marita RODRÍGUEZ Presidenta de la Asociación por la Tolerancia. ABC-Cataluña 20 Abril 2001


Las elecciones vascas tienen como protagonista a una ciudadanía atemorizada,
sometida a extorsión.

En el 2000, con la concesión de nuestro modesto premio a la tolerancia a la Iniciativa Ciudadana ¡Basta Ya! en la persona de Agustín Ibarrola, quisimos expresar nuestro reconocimiento al coraje cívico mostrado por esos vascos que se han atrevido a exponer públicamente sus discrepancias con el nacionalismo excluyente y etnicista de Arana y sus seguidores. En un país normal, eso no sería mérito digno de mención, pero en Euskadi, sólo por ello, uno se juega –¡nada más y nada menos!– que la hacienda y la vida, gracias a ETA y a quienes la sustentan.

Cuando le comunicamos el fallo del jurado a Mari Luz, esposa de Agustín
Ibarrola, dijo sentirse especialmente emocionada por lo que significaba
de solidaridad con los que sufren el absurdo horror cotidiano y
asfixiante impuesto por la banda criminal. El galardón –decía– venía a
romper, en aquellos momentos, la sensación que tenían de estar
abandonados a su suerte, como si a nadie fuera del País Vasco le
importara lo que allí pasara a los perseguidos.

Ibarrola formuló en su discurso de agradecimiento, con motivo de la
entrega del premio, una petición de auxilio: "¡Qué el grito de libertad,
juntamente con el de basta ya, se extienda a todas las comunidades
españolas para que nos ayude a buscar una salida pacífica, del mismo
modo que en otros tiempos luchamos conjuntamente para deshacernos del
franquismo de manera democrática, civilizada, ciudadana!". Y concluyó
afirmando: "El deterioro de la libertad y de la democracia en España
está en función del deterioro de ambas en Euskadi". Convencidos de la
verdad de esta afirmación, nos pareció imposible declinar esa invitación
a la movilización. De ahí nuestra entrada en Plataforma Libertad, una
vez que Foro Ermua, al que pertenece activamente Ibarrola, nos invitara
a unas jornadas, celebradas conjuntamente con Movimiento contra la
Intolerancia, Asociación de Víctimas del Terrorismo y Foro El Salvador,
para tratar del tema.

Para entender lo que ocurre hoy en la País Vasco y la posición de la
Plataforma, así como de otros movimientos cívicos de Euskadi, no hay más
que recurrir a un famosísimo experto en cuestiones de liderazgo social y
dirección de masas: Adolf Hitler. En Mein Kampf lo explica con toda
claridad: "se trata de concentrar la atención del pueblo sobre un solo
adversario, procurando que nada la distraiga. El líder de genio ha de
tener la habilidad de conseguir que diferentes oponentes aparezcan como
si perteneciesen a una sola categoría". Al generar así una oposición
frontal de carácter emotivo, al convertir al adversario en enemigo, se
desacredita una idea sin necesidad de analizarla. Se hurta del libre
examen público, para frenar o impedir su libre desarrollo. Quienes la
defienden, los enemigos, pierden su condición de persona, para
degradarse en meros objetos, frenos para la libre expansión del legítimo
y noble ideal (el de la Patria Vasca, por ejemplo). Desprovistos de su
dignidad de persona, convertidos en objetos, se hallan a un paso, sin
que ningún escrúpulo moral pueda interponerse, de convertirse en
objetivos. ¿Quién condenaría las acciones destinadas a desbrozar el
camino, a remover los obstáculos que se empecinan en oponerse a la
realización de los ideales? Esta es la vía totalitaria que reduce –o
suprime– los prejuicios de carácter ético para permitir la eliminación
–incluso física– del adversario político. Esta es la tenue barrera que
separa en Euskadi la deslegitimación de las ideas no nacionalistas del
exterminio de sus defensores. Un proceso del que, desgraciadamente,
existen muchos precedentes históricos.

Casi novecientas personas han sido asesinadas en estos últimos
veinticinco años; miles de ciudadanos, entre ellos empresarios,
funcionarios, profesores, estudiantes y todo tipo de profesionales,
intelectuales, científicos y artistas –ciudadanos, en definitiva– han
constituido una diáspora silenciosa, oculta, parecida en ciertos rasgos
a la que protagonizaron otros pueblos en los momentos previos al
genocidio nazi.  Son millares los damnificados por el terrorismo difuso,
por la más brutal represión organizada de la historia del País Vasco: la
mal llamada "kale borroka", que no es sino una más de las expresiones
del terrorismo, una continuada noche de los cristales rotos, que
persigue el exterminio de cualquier expresión libre, diferente al
ideario independentista. Conculcación del más elemental de los derechos,
el de la vida; diáspora de disidentes; ataques y coacciones a la libre
manifestación de ciertas ideas; … A todo ello ha venido a unirse,
recientemente, la creación –por defecto– de un censo de no
nacionalistas, de ciudadanos refractarios o "desafectos", como se les
llamaba en nuestro pasado reciente, con el penoso asunto del "carné
vasco". El paralelo con la evolución del totalitarismo nazi es excesivo
para no llamar la atención, incluso de los menos avisados, a menos que
–secretamente– vean en estos signos otros tantos pasos adelante en favor
de sus propios intereses.

En estas condiciones, se abre el nuevo proceso de las elecciones
autonómicas en el País Vasco. Unas elecciones que están, que duda cabe,
bajo sospecha. Unas elecciones que van a tener como protagonista a una
ciudadanía atemorizada, a un electorado sometido a extorsión, en las que
las opciones políticas no concurren en igualdad de condiciones, en las
que distintos obstáculos –desde la mera coacción hasta las argucias
legales– hacen inviable garantizar la presencia de vocales e
interventores de todos los partidos en las distintas mesas electorales.
Unas elecciones en que los candidatos no nacionalistas carecen de
libertad de movimientos y en cuya campaña se asiste al triste
espectáculo de unos representantes de la voluntad popular que se ven en
la necesidad de dimitir para no ver cercenada definitivamente su vida.
Inquirimos a nuestros dirigentes, ¿dónde están la paz, la libertad y la
igualdad, esto es, las condiciones necesarias de unas elecciones
verdaderamente democráticas? Preguntamos a la opinión pública en
general, ¿a qué opciones políticas  puede favorecer la coerción de la
libertad del voto y este clima de indiscutible déficit democrático?

Los ciudadanos no debemos cansarnos nunca de denunciar públicamente al
terrorismo y a sus cómplices, porque el silencio es la actitud que más
contribuye a reforzar la impunidad de su actuación. "El mundo –decía uno
de los protagonistas del exilio provocado por el nazismo, Albert
Einstein– no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos
que consienten la maldad".

Por todo ello, llamamos a la rebelión ciudadana contra la extorsión y el
exterminio de las personas y de las ideas. ¡Luchemos por la recuperación
de las condiciones necesarias para el ejercicio de una democracia en
libertad! Para conseguirlo, creemos que debe superarse el miedo; hay que
acudir masivamente a las urnas y desafiar a quienes quieran torcer la
voluntad popular con amenazas de cualquier género. Pedimos a los
ciudadanos que apuesten por los partidos que se ha dado en llamar
constitucionalistas, puesto que son los únicos que han manifestado de
manera inequívoca su vocación de defensa de las libertades y los
derechos individuales y su voluntad de no sacrificarlos a cambio de
ninguna incierta utopía futura.

Estos son los móviles que llevan a nuestra Plataforma a convocar el
próximo sábado, 21 de Abril, una manifestación bajo el lema "POR LA
LIBERTAD, CONTRA EL EXTERMINIO". Esperemos que la desesperada petición
de Ibarrola no caiga en saco roto.

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