AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 14  Mayo   2001
#Como en el 93: tener votos no es tener razón
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Mayo 2001

#UNA SOCIEDAD BLOQUEADA
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 14 Mayo 2001

#UN PNV HEGEMONICO ANTE EL RETO DE ADMINISTRAR SU VICTORIA
Editorial El Mundo 14 Mayo 2001

#La última oportunidad del PNV
Editorial ABC 14 Mayo 2001

#La tierra de los hijos
Fernando R. Lafuente ABC 14 Mayo 2001

#Gana Ibarretxe
Editorial El País 14 Mayo 2001

#«... De los vascos y las vascas»
Iñaki EZKERRA La Razón 14 Mayo 2001

#La derrota del totalitarismo
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Mayo 2001

#Gana Lizarra, pierde Ermua
Lorenzo Contreras La Estrella 14 Mayo 2001

#La decepción
Jaime CAMPMANY ABC 14 Mayo 2001

#Unas elecciones presidencialistas
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ El País 14 Mayo 2001

#Perder Euskadi para ganar España
C. ÁLVAREZ DE TOLEDO ABC 14 Mayo 2001 

#¡Qué éxito... qué fracaso!
VICTORIA PREGO El Mundo 14 Mayo 2001

#¿De verdad ganó el nacionalismo?
Fernando JÁUREGUI La Razón 14 Mayo 2001

#Soberanismo por vía pacífica
FERNANDO ONEGA El Mundo 14 Mayo 2001

#EL PNV ha de administrar el voto anti-Eta
Editorial La Razón 14 Mayo 2001

#A pie de urna
JAVIER PRADERA El País 14 Mayo 2001

#Contra la violencia
Enrique de Diego Libertad Digital 14 Mayo 2001

#Realidad inapelable
Editorial El Correo 14 Mayo 2001

#Un inquietante 13 de mayo
Lorenzo CONTRERAS La Razón 14 Mayo 2001

#Los buenos vascos
ANTONIO GALA El Mundo 14 Mayo 2001

#Crisis en el PSOE
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 14 Mayo 2001

#El vaso de agua
José María CARRASCAL La Razón 14 Mayo 2001 

#Triunfo PNV y derrota PP
Pablo Sebastián La Estrella 14 Mayo 2001

#La vida sigue igual
José Antonio SÁNCHEZ La Razón 14 Mayo 2001

#Gane quien gane
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 14 Mayo 2001

#Política negociada, paz democrática
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 14 Mayo 2001 

#El mayor desencanto
GERMAN YANKE El Mundo 14 Mayo 2001

#Segunda oportunidad
TONIA ETXARRI El Correo 14 Mayo 2001

#El voto útil da una victoria histórica al PNV
CASIMIRO GARCIA-ABADILLO El Mundo 14 Mayo 2001


#Hernani: vuelco electoral en el santuario del radicalismo
JOSE L. LOBO. Enviado especial El Mundo 14 Mayo 2001

#Adiós, Euskadi
GABRIEL ALBIAC El Mundo 14 Mayo 2001

#Lo previsible
Antonio GARCÍA-TREVIJANO La Razón 14 Mayo 2001 

#Una sociedad dividida
JUAN FRANCISCO MARTIN SECO El Mundo 14 Mayo 2001

#EH roza el abismo en los pueblos que ETA ha elegido para asesinar tras la tregua-trampa
VITORIA / MADRID. ABC 14 Mayo 2001

#EH coaccionó a los dirigentes del PP, PSE y Foro Ermua
M.R.Iglesias/Redacción - San Sebastián/Vitoria/Bilbao.- La Razón 14 Mayo 2001

#El sutil espíritu represivo de la Herriko 'Kaberna'
ALFONSO ROJO. Enviado especial El Mundo 14 Mayo 2001

#Los países hispanohablantes se unen para hacer oír el español en la ONU
NACIONES UNIDAS. Alfonso Armada, corresponsal ABC 14 Mayo 2001 

#La ocasión
JOSEBA ARREGI El Correo 14 Mayo 2001


#El vasco en contra de los españoles
Nota del Editor 14 Mayo 2001

Como en el 93: tener votos no es tener razón
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 14 Mayo 2001

Según el recuento de la noche electoral -noche negra en todos los sentidos- seis de cada diez vascos están más o menos de acuerdo, más bien más que menos, con el nacionalismo; y cuatro de cada diez no lo están en absoluto. Si los números tuvieran un valor moral, el nacionalismo habría demostrado que tiene razón. Pero en realidad lo que demuestran esos números es que hay una mayoría relativa de vascos que prefiere mirar hacia otro lado cuando se margina, discrimina, amenaza o asesina a los vascos no nacionalistas. Había una mayoría mucho mayor de alemanes que votaron a Hitler y apoyaron al nacionalsocialismo mientras exterminaba a los judíos y a todos los que no fueran "buenos alemanes". Buenos según los nazis, claro.

La disyuntiva que se plantea ante unos resultados electorales es de dos tipos: política y moral. En lo político, por lo que hace al poder, hay que aceptar los resultados que la realidad arroja. En lo moral, hay que ver si esos resultados caminan en la dirección que moralmente se considera deseable o no. Si van en dirección contraria, hay que rearmarse de valor y de razones para seguir resistiendo el avance del mal. La realidad vasca es hostil a los principios morales más elementales. El crimen, el racismo y la cobardía se enseñorean de una sociedad envilecida por el terror. Es una razón añadida para luchar contra el terror y contra sus consecuencias. Es el momento de apoyar, más que nunca, a los que desde anoche se sienten un poco más solos, un poco más amenazados, un poco más víctimas. Hay que apoyar, más que nunca, a las víctimas contra los verdugos.

No hace muchos años, en la sociedad española vivimos un momento similar, en el que las urnas negaron lo que la moral cívica afirmaba. En 1993, tras disolver y convocar elecciones acosado por los escándalos, la gente votó de nuevo a Felipe González. Funcionó el voto del miedo. O del miedo al cambio. Y entre la clientela del PNV y la del terror, está claro que hay más voto del miedo en el País Vasco que en el conjunto de España en el 93. No obstante, ni González tenía razón en el 93, sino el PP, ni, mucho menos, tiene razón el PNV en 2001. Tenía votos González. Tiene votos Arzallus y, no es casualidad, González con él. Hay, pues, tres razones para seguir resistiendo cívicamente, pese a los resultados: el proyecto totalitario de Estella; la realidad piafante de Arzallus; y el recuerdo presente de González. En 2001 como en 1993, los votos son sólo votos. La moral no se vota: se tiene o no se tiene. En 1993, la gente prefirió taparse la nariz. En 2001 ha preferido taparse los ojos. Pero hay muchos, también vascos, que no quieren vivir ni ciegos, ni mudos, ni en un muladar. Estamos con ellos.
  

 

UNA SOCIEDAD BLOQUEADA
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 14 Mayo 2001

Llevamos escuchándolo desde hace mucho tiempo: los partidos son los responsables de la falta de salidas en que vive el País Vasco. ¡Pues no señor! La responsable es la propia sociedad. No otra cosa han demostrado las elecciones autonómicas de ayer.

Aún en caliente, transcurridas apenas unas horas del cierre de las urnas, sería posible hacer muchas lecturas de los resultados de unos comicios que nos han dejado un gusto amargo a todos los que habíamos pensado que sería de esta vez, que por fin los vascos enviarían un claro mensaje en favor de la alternancia.

Cabría, así, insistir en la importancia del hundimiento de EH, o en el hecho de que la dirección del PNV sale reforzada del envite, o en el no menos evidente de que, por más que poco a poco, los nacionalistas van perdiendo espacio electoral en favor de los no nacionalistas.

Pero todo ello no sería sino una forma de mirar para otro lado. Porque lo cierto, por duro que ello pueda resultar, es que la sociedad vasca han votado de una forma que si algo demuestra es que es una sociedad bloqueada para encontrar, por sí misma, una salida del atolladero al que han conducido años y años de violencia terrorista. Tan bloqueada, que el drama que hemos vivido estos últimos dos años, acongojante hasta el punto de haber mantenido en vilo a España entera, apenas ha servido para algo más que para que un partido que es el frente electoral de un grupo armado haya perdido unas docenas de miles de votantes.

Es alucinante, pero las cosas son así: ¡ni más, ni menos! Y porque son así, aunque a millones de españoles nos gustaría que fueran de otro modo, es por lo que los partidos democráticos de Euskadi tienen hoy, mucho más que la han tenido siempre, la obligación de buscar una salida al oscuro callejón de una sociedad que vive bajo un permanente estado de excepción. El paisaje después de la elección es el más difícil que cabría imaginar: el de una sociedad atenazada e incapaz de ordenar un giro de timón.

A sus representantes toca ahora esa tarea: hay que esperar que estén a la altura de esa inmensa responsabilidad.

UN PNV HEGEMONICO ANTE EL RETO DE ADMINISTRAR SU VICTORIA
Editorial El Mundo 14 Mayo 2001

El PNV obtuvo ayer su mayor victoria electoral desde que gobierna el País Vasco hace ya más de veinte años. El resultado es decepcionante para quienes hemos defendido una alternativa que apostaba por la defensa de las libertades individuales y los derechos humanos frente a los mitos y realidades del nacionalismo vasco.

Con un 42,7% de los votos, es evidente que la coalición PNV-EA ha obtenido un triunfo que refuerza su hegemonía en el País Vasco y revalida a sus líderes políticos. El lehendakari Ibarretxe va a poder seguir presidiendo un Gobierno monocolor, ya que los 33 escaños de su coalición suman más que los 32 obtenidos por el PP y el PSOE-PSE. Desde este punto de vista, su situación es incluso mejor que la que tenía en la anterior legislatura.

Los excelentes resultados del PNV tienen mucho que ver con el descalabro electoral de EH, la gran derrotada de la jornada. La formación de Otegi baja de 14 a siete escaños tras perder más de 80.000 votos y ello a pesar del fuerte aumento de la participación. En términos porcentuales, EH desciende del 17,9% al 10,1%, lo que convierte a la coalición radical en una fuerza política marginal. Su estrategia de extender el sufrimiento a toda la sociedad vasca les ha llevado a la debacle. Seis de los siete escaños evaporados han ido a parar al PNV.

FRACASO. Los partidos identificados con la defensa del Estatuto y la Constitución han ganado casi 100.000 votos respecto a las elecciones de 1998. Pero han fracasado en lograr un trasvase suficiente de sufragios del bloque nacionalista, que, en términos porcentuales, pierde peso electoral. El PP y su aliado UA pasan de 18 a 19 escaños, con un ligero aumento porcentual de voto. El PSOE se queda en 13 escaños, uno menos de los que tenía, con un porcentaje casi idéntico de apoyo.

Los resultados van a generar, sin duda, un gran decepción en sus filas ya que existían a priori numerosos elementos que hacían pensar que PP y PSOE podían acercarse a la mayoría absoluta. La complicidad del PNV con EH, los despropósitos de Arzalluz y su defensa del Pacto de Lizarra y la incapacidad del Gobierno vasco para atajar la violencia callejera podían haber pasado factura al nacionalismo moderado. Pero no ha sido así, a pesar de que Mayor Oreja y Redondo Terreros eran candidatos atractivos y con capacidad de liderazgo.

A lo largo de toda la campaña, el PNV y EH se esforzaron en presentar a los líderes del PP y del PSOE como marionetas de Madrid. El cliché ha calado en un sector de la sociedad vasca, que ha optado por la continuidad por temor a que la victoria de los partidos constitucionalistas provocara un retroceso en su amplia autonomía política y económica. Por añadidura, el PP no ha sabido capitalizar su gestión en Alava, donde ha sido superado en número de votos por el PNV a pesar del buen gobierno del Ayuntamiento de Vitoria y de la Diputación Foral.

Javier Madrazo, que logra tres escaños para IU, tiene buenas razones para sentirse satisfecho. El electorado ha valorado su «tercera vía» y probablemente se ha beneficiado de algunos votos desencantados de EH.

La gran incógnita es qué va a hacer el PNV a partir de hoy con el gran capital político ganado ayer. Si el partido de Arzalluz atiende al deseo de sus electores, se orientará probablemente hacia la moderación. Ya no necesita el apoyo de EH ni mantener los cantos de sirena a un nacionalismo radical aplastado en las urnas. Puede correr la tentación de seguir adelante con su proyecto de soberanismo excluyente pero en ese caso toparía con los poderes del Estado, cuya obligación es garantizar los derechos constitucionales de todos los ciudadanos.

EFECTOS COLATERALES. Aunque los resultados son aceptables para el PP, las expectativas que habían suscitado Aznar y Mayor Oreja se han visto, en gran medida, defraudadas. Aznar pretendía derrotar al PNV con la baza de la política antiterrorista. Pero la carambola le ha salido mal porque Arzalluz ha salido fortalecido.

Otro efecto colateral que el líder del PP tampoco había previsto probablemente es que los resultados de ayer favorecen un cierto renacimiento del nacionalismo en Cataluña y Galicia, decaído en los últimos años. El liderazgo de Rodríguez Zapatero tampoco sale reforzado de estas elecciones.

PP y PSOE están obligados ahora a aceptar el diálogo que Ibarretxe volvió a ofrecer ayer. Y el lehendakari tiene una oportunidad de oro para gobernar de forma no excluyente y reconstruir el Pacto de Ajuria Enea, hoy más necesario que nunca.

A pesar de haberse quedado lejos de sus expectativas, PP y PSOE deben mantener su unidad y seguir haciendo una oposición constructiva. El PP fue también vencido en 1993 contra todo pronóstico y ganó las elecciones tres años después. El esfuerzo de los dos partidos no ha sido inútil. Han logrado el apoyo de casi 600.000 electores y, sobre todo, han conseguido sensibilizar a la sociedad vasca contra la repugnante violencia de ETA y sus cómplices, los grandes derrotados de ayer.

La última oportunidad del PNV
Editorial ABC 14 Mayo 2001

LAS urnas han hundido al nacionalismo vasco radical, lanzando a ETA y a HB un mensaje inequívoco de rechazo. El PNV ha sido el beneficiario principal de la bajada de la izquierda proetarra, alcanzando un respaldo electoral que al mismo tiempo que le vuelve a dar la opción de gobernar, le deja toda la responsabilidad de administrar el nacionalismo vasco. Al PNV se le han acabado las excusas para seguir culpando a los demás de su fracaso como gobernante. Porque como tal se ha de calificar el gobierno de veinte años que se salda con una fractura social sin precedentes y una discordia ciudadana que las elecciones de ayer no han resuelto. La legitimidad democrática de los resultados no esconde la complejidad de los códigos y criterios con que se ha guiado la sociedad vasca para decidir su futuro, pero resulta preocupante comprobar hasta dónde llega la impermeabilidad de sectores nacionalistas ante la crisis de toda índole provocada por sus dirigentes.

Desde hoy mismo, el PNV debe demostrar que ha entendido la gravedad del encargo recibido y decir a los ciudadanos vascos si su opción es la soberanía o el Estatuto, si llevará a las instituciones democráticas otra vez los principios de Estella o dará el paso de liderar con sentido común el abandono del aventurerismo soberanista. El problema es que el PNV no parte de cero en la respuesta y merece toda la desconfianza. Lo más probable y desolador es que sus dirigentes más dañinos se sentirán refrendados, que la disidencia interna quede barrida y que la ortodoxia partidista se imponga con mano de hierro. Sin sus críticos y sin la hipoteca de HB, el PNV se quita sus impurezas para reafirmarse en su sentido esencialista de la política vasca.

SIN embargo, la resolución de la alternativa entre soberanía o Estatuto no es inocua porque junto al nacionalismo se mantiene un sector de la sociedad vasca que ha hecho causa irrenunciable de la defensa de la Constitución y del Estatuto y que mantendrá su compromiso con una y otro si el nacionalismo aprovecha su mayoría para socavarlos. El Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo que firmaron PP y PSOE en diciembre de 2000 sigue siendo una referencia irremplazable en la política vasca. Sus principios y compromisos nunca quedaron condicionados a un determinado resultado electoral, porque sellaban una defensa de la Constitución que ahora quizá más que nunca hay que sostener, especialmente frente a las tentaciones revisionistas de quienes, entre indiferentes y complacidos, ven en el resultado de ayer una confirmación de sus tesis sobre cómplices transversalismos con el PNV. Este partido, por el hecho de haber ganado las elecciones de ayer, no puede dar por borrada su nefasta experiencia de pactos y alianzas con ETA y HB, ni menos aún pensar que su victoria conlleva la deslegitimación de cualquier política que no sea la de volver a reconocerle patente de corso para gobernar. 

Si el nacionalismo radical se ha hundido ha sido por la desaparición de toda expectativa política para la violencia de ETA, algo que en nada se debe al PNV. Por eso, el voto de HB, el más radical, se ha ido al PNV, en la búsqueda de un terreno propicio para los objetivos soberanistas, en el que el terrorismo no actúe como una losa. Han sido la política de firmeza del Gobierno frente a ETA, la convergencia del PSOE con el PP en el Acuerdo de diciembre de 2000 y el respaldo de la sociedad española en su conjunto los que negaron la más mínima posibilidad de cesión a ETA y ayer recogieron el fruto de un rechazo social sin precedentes a la banda terrorista y a su entramado político.

HB sólo tendrá desde hoy las llaves —aquellas que con tanta arrogancia se atribuía Otegi— que el PNV quiera darle, porque si el PNV se lo propone, el nacionalismo radical puede quedar desde hoy recluido en la más absoluta marginación social, política e institucional, y este debería ser el objetivo prioritario del nuevo Gobierno vasco. Por eso, el esfuerzo del constitucionalismo vasco no ha sido en balde. El País Vasco no es un terreno neutral para todos sus ciudadanos. Unos están libres y otros no. Unos pueden opinar, expresar y pensar sin temor y otros tienen miedo. Y esto es algo que ningún análisis debe olvidar, porque hacerlo, porque ignorar a los muertos, y todo lo que con ellos moría cada vez que ETA asesinaba, es escupir en su tumba.

Tampoco se ha podido superar la inercia de veinte años de hegemonía nacionalista, ejercida sobre las conciencias y las haciendas hasta límites tan poco sospechados que ayer, cuando la expectativa de cambio parecía probable, demostró su verdadera capacidad de presión. El nacionalismo nunca tuvo tanto miedo a perder y, por eso, nunca tuvo tanta necesidad de ganar. Pero, aunque parezca que nada ha cambiado, la tarea de normalizar al País Vasco ya ha comenzado con la derrota electoral de ETA y de HB, y es algo que sólo pueden reconocerse como mérito propio las víctimas y los amenazados, los que se sobrepusieron al miedo para plantar cara a la violencia en las propias calles, en la Universidad, en los Ayuntamientos, allí donde hasta hace muy poco tiempo sólo había silencio y resignación. Ese esfuerzo heroico de miles de ciudadanos no merece ahora un catálogo de reproches por las expectativas frustradas ni un abandono a la resignación ni menos aún una variación acomodaticia en las relaciones con el nacionalismo.

EL camino se ha hecho más largo pero ya ha quedado abierto y ni se va a cerrar ni las víctimas van a estar solas nunca más en su andadura. Este mensaje no debe ofrecerle duda al PNV. Cuando el nacionalismo tensó la cuerda de la convivencia y tentó la fuerza de la democracia al pactar con ETA y HB, calculó mal las resistencias de las instituciones y se encontró con un Estado que no cedió y con unas fuerzas políticas que se unieron ante la más grave de las agresiones contra la Constitución de 1978. Y así debe seguir siendo en el futuro. La responsabilidad del Gobierno y de los principales partidos políticos, PP y PSOE, es no ceder un palmo a las pretensiones nacionalistas que rompan el sistema constitucional y deberán oponer a ellas toda la fuerza que ese mismo sistema permita. Por encima de la legitimidad del voto al nacionalismo se sitúa la soberanía del pueblo español, expresada en la Constitución, y ningún acto ni estrategia que la socave debe ser consentido. El PNV tiene en su mano conducir el gobierno de la Comunidad vasca por un camino de cordura o mantenerlo en la discordia permanente. Depende de que  se proponga o no combatir a ETA hasta derrotarla. Nunca tendrá una oportunidad tan clara.

La tierra de los hijos
Por Fernando R. Lafuente ABC 14 Mayo 2001

HOY comienza una nueva etapa política en el País Vasco. Por más de un motivo. Tras veinte años de presencia inequívoca del nacionalismo radical con la firme voluntad de «borrar las huellas del mestizaje» (Patxo Unzueta). El movimiento nacionalista radical —en su última legislatura— de inequívoco carácter revolucionario (José Varela Ortega) se ha visto reflejado en los espejos cóncavos del Callejón del Gato valleinclanesco, como un sangriento esperpento, como el epílogo del último exotismo español, como la metáfora de la borrachera sin límite que el estereotipo étnico ha elevado a la categoría de espectáculo dramático y callejero. 

Lo que empezó como un reclamo turístico en las primeras décadas del siglo XIX —«Voyage en Navarre» (1836) de Joseph Agustin Chaho— deviene en la paradoja de la huida de sí mismos. No es casual que quien como José Bergamín abrazara en sus últimos años la misma causa abertzale, por entender que albergaba a los últimos españoles, fuera quien escribió que «la paradoja es un paracaídas del pensamiento». Y tanto. En cierto sentido, la apelación a que las soluciones devienen de la imposición violenta cumplía una tradición dramática —tres guerras civiles en el siglo XIX y una en el XX—, pero vulneraba una de las mayores conquistas de la transición política en el resto de España, la ilustrada combinación de libertad individual y orden ciudadano. La creación de una cultura política común, la secularización de la vida pública.

 Es decir, dentro del Estado de Derecho todo era posible; fuera del Estado de Derecho, ni el agua. Es la línea que separa el Antiguo Régimen de la modernidad. Pero en el vaivén de esa línea se ha movido la sociedad vasca a lo largo de las dos últimas décadas. Ahora, en más de un sentido, todo empieza de nuevo. Albert Camus recordó que el fracaso del totalitarismo lleva «a cada uno a realizar su duro oficio de hombre en un universo cuyo sentido no es perceptible». Es probable que una manera de entender el nacionalismo radical vasco se haya quedado en el camino. 

Esa manera de apelar a la historia de una Arcadia perdida en el luengo abismo de los tiempos; esa melancolía irredenta del viaje a la semilla imaginaria; esa inversión de la narración histórica que consiste en comenzar al revés: el hoy es malo, pero hubo un tiempo en que el Paraíso se cobijó bajo estos bosques. Ir hacia atrás en busca del futuro, y poblar el viaje al «huerto de los antepasados» (asaba zaarren baratza) de José María Aguirre «Lizardi», desde el «áspero desierto» (eremu latz) cantado por Gabriel Aresti; «desierto» impuesto, claro, por el «dominio extranjero» (erbes tepean) que glosara, milenarista, Sabino Arana. 

Con esos mimbres el viaje hacia atrás, el de la confianza en una restauración cultural y en una no lejana liberación política, se convertía en irreversible. El «bosque genealógico» (Juaristi) irreprochable, por cuanto se institucionalizaba la narración. Es la infeliz conjunción entre la etiología (historia) y la cosmología (filosofía). La construcción de una Arcadia en la nebulosa vacía de los tiempos: «Muchos nacionalismos —escribió Juaristi— arguyen una pérdida original no corroborable por los datos históricos. En rigor, el objeto perdido del nacionalismo es una mítica comunidad originaria, cultural y lingüísticamente homogénea, endogámica, igualitaria y sometida a una autoridad patriarcal que, en la leyenda nacionalista, se identifica a menudo con el héroe epónimo o padre primigenio». 

La patria arrebatada en un círculo intemporal, la lengua vernácula como territorio mítico, la edad heroica como epopeya nacional y apócrifa. Algo semejante a una lógica de la repulsión que subraya la crispación identitaria como germen de las voces ancestrales que han cuajado de sangre el siglo XX. A su regreso a Argel, Jean Daniel escribió: «Todo lo han transformado en sangre (...) como ya no podían atacar a los franceses, siguieron con los que hablaban francés». Nacionalismos varios y comunismos nacionalistas han sido los oscuros protagonistas del siglo pasado y, ante la perplejidad de los europeos, que desconfiaban, tras las dos guerras mundiales, del nacionalismo radical, éste volvió a resurgir con sus rasgos más genuinos y terribles, hasta convertirse en el principal asunto de la agenda política en los primeros pasos del nuevo siglo XXI (Alan Bloom). 

La regeneración de los mitos nacionalistas ha amenazado la libertad individual; y el equilibrio saludablemente inestable —y por tanto necesitado a cada instante del acuerdo— de toda sociedad democrática se vio vulnerado por los viejos —y nuevos— nacionalismos radicales, en un juego macabro de convulsiones historicistas. Sin embargo, la «multiplicidad de las causas en la historia» (Aron) devolverá a la razón el arbitraje último de los hechos. Y si no al tiempo. El momento es clave, pero para todos. «Quiero declarar, con Edgar Morin, —subrayaba el citado Jean Daniel— que ya no hay que hablar de nuestra madre patria soñando con la supervivencia de nuestra etnia francesa, sino de nuestra tierra patria, manteniendo la mirada fija sobre la vida de nuestra condición humana». La disolución de las viejas culturas nacionales —inventadas y reinventadas— por mor de la inmigración y la globalización es uno de los rasgos más característicos de la formación de la modernidad. 

Las aristas de una geografía abierta, el perfil de una arquitectura cultural basada en la suma de la creación intelectual y no en la resta de los otros. Algunos, a un lado y a otro han exhibido su nerviosismo. Pero ya lo había advertido Cervantes en su ejemplar —y olvidado— prólogo a «Los trabajos de Persiles y Segismunda»: «Viajar hace a los hombres discretos». La discreción respecto a las imposiciones etnicistas —aquellas que hasta ayer han llevado al dudoso espacio del delirio las guerras de razas, las persecuciones religiosas y demás raleas— marcará los próximos años de las sociedades contemporáneas y en ese viaje, viaje hacia el futuro, no caben los añadidos casticistas, salvo para los museos, los archivos y las bibliotecas. 

Entre los apocalípticos del siglo XX estos nacionalismos radicales han jugado su cuarto a espadas y llevan todas las papeletas de la derrota. Así que allá cada uno como administre su éxito. Porque hoy la patria es el mundo entero y la convicción democrática ha roto las fronteras. La minuciosa construcción de grandes espacios de convivencia; la mirada cabal hacia un cruce de culturas propia de una cartografía intelectual y política en la que no sólo se renuncia a una parte de la antigua soberanía sino que se suprimen las distancias históricas, culturales y virtuales. Algo semejante había descrito Ortega: «Hay, empero, otra noción de patria. No la tierra de los padres, decía Nietzsche, sino la tierra de los hijos». Lo que ayer debería haber comenzado en el País Vasco es, precisamente, esa voluntad. La responsabilidad para los que gobiernen a partir de mañana es de órdago.

Gana Ibarretxe
Editorial El País 14 Mayo 2001

La coalición nacionalista (PNV-EA) que encabeza Juan José Ibarretxe obtuvo ayer la máxima renta de la polarización a la que se ha sometido al electorado vasco ante los comicios autonómicos celebrados ayer. Los nacionalistas democráticos se erigen en la alianza más votada, con más del 42% de los votos, y recuperan una parte importante del electorado que en anteriores convocatorias les abandonó en beneficio de Euskal Herritarrok, la gran perdedora de la jornada electoral, con una caída de 7 escaños y más de 80.000 votos de los que consiguió en 1998 merced a la tregua declarada entonces por ETA. Esta brusca caída de EH es una buena noticia para los partidos democráticos en su conjunto. Con una representación parlamentaria reducida a la mitad y apenas un 10% de votos, los electores vascos han facilitado el objetivo de que la próxima legislatura no esté marcada por las maniobras parlamentarias de un partido antisistema.

La altísima participación (cerca de un 80%) demuestra que los ciudadanos vascos han hecho un ejercicio de responsabilidad política, que exige ahora una respuesta igualmente responsable por parte de los líderes políticos. La ecuación de a mayor participación menos voto nacionalista ha quedado desmentida por las urnas, como ya sucedió en 1998. Una primera y provisional aproximación a los resultados parece indicar que la única gran migración de votos se ha producido dentro del campo nacionalista a favor de la coalición PNV-EA y en contra de EH.

Nuevamente las urnas otorgan una ligera mayoría al bloque nacionalista, pero una vez más revelan como imposible cualquier pretensión de gobernar el País Vasco sin pactos transversales, sean éstos de gobierno o parlamentarios. En todo caso, los electores han hecho oír por encima de todos los ruidos ambientales una decisión clara: ETA pierde espacio político, pero ganar la batalla contra la violencia terrorista exige que nacionalistas y constitucionalistas sean capaces de compartir algunos acuerdos básicos.

Los resultados suponen un triunfo inobjetable de Ibarretxe. Con 32/33 escaños (seguramente habrá que esperar al recuento del voto por correo para adjudicar el escaño que baila en Vizcaya) y más del 42% de los votos es impensable que se pueda intentar ninguna mayoría de gobierno alternativa. Incluso si la coalición virtual PP-PSOE llegara a sumar un escaño más. La radicalización máxima de la campaña, que en algunos momentos de paroxismo llegó a identificar a todo el nacionalismo con la violencia terrorista, se ha revelado como un error grave. Sería terrible que se mantuviera esa posición simplista, porque entonces sí estaríamos ante un problema gravísimo: equivaldría a que más de la mitad del electorado vasco está dispuesto a convivir con los violentos.

Ibarretxe tiene desde hoy cinco o seis escaños más de los que tenía en la legislatura anterior. La suma de PP, PSOE y Unidad Alavesa se mantiene básicamente igual: 32 escaños, o, en el mejor de los casos, 33. En todo caso, quedan lejos de la mayoría absoluta de 38 que les hubiera permitido formar Gobierno sin depender de terceros. El PP, y también el PSOE, tendrán que leer detenidamente el veredicto de las urnas. Desde sus reiterados compromisos por el restablecimiento de la unidad democrática tendrán que restablecer el diálogo con Ibarretxe, al que el PP le ha venido negando la palabra desde hace más de un año.

Eso era lo más importante que se jugaba en estas elecciones: si el nacionalismo democrático sería capaz de recuperar su posición anterior de fuerza mayoritaria tras el fracaso de su apuesta de pacto con EH. La respuesta es que sí lo ha conseguido, aunque no alcance la mayoría absoluta. Tampoco le bastan los tres escaños de IU. Los partidos constitucionalistas deberán ser leales facilitando, mediante alguna forma de acuerdo, la gobernabilidad del País Vasco sin traicionar sus compromisos electorales. PP y PSOE se comprometieron en el Pacto Antiterrorista a no hacer pactos políticos con los nacionalistas si éstos no regresaban al consenso en torno al Estatuto y la Constitución. A su vez, Ibarretxe se ha presentado con un programa en el que defiende la autodeterminación, pero ha hecho del desarrollo pleno del Estatuto una de sus banderas de campaña. Por esa vía debería ser posible una fórmula de convivencia antes de que algunos dirigentes nacionalistas hagan una lectura unilateral de su victoria. Las elecciones han arrojado un resultado a la vez claro y, al tiempo, de muy compleja administración por parte de los políticos. A partir de hoy tendrán que demostrar su capacidad de superar una etapa de exclusión mutua para recuperar la unidad democrática en favor de todos los vascos. 

«... De los vascos y las vascas»
Iñaki EZKERRA La Razón 14 Mayo 2001

Los que siguen invocando el diálogo con Eta y piden que no se criminalice al nacionalismo nadan en contra del propio nacionalismo y de la misma Eta. No ha entendido que ya éstos se criminalizaron ellos solitos sin la ayuda de nadie y que ésa ha sido la estrategia de Lizarra y de estas elecciones: «criminalizarse». No reparan los «dialogantes» en que ni Otegi ni Arzalluz quieren ya que nadie les defienda de la acusación de «nazis» sino que tal acusación los llena de orgullo y de un indisimulado entusiasmo. No se dan cuenta los «dialogantes» de que defendiéndolos les están aguando en realidad la fiesta.

   Sólo por ese orgullo, por esa voluntad de ser identificados con los bárbaros por antonomasia de la Europa contemporánea, pueden entenderse las descaradas apelaciones etnicistas, los ensayados y mussolinianos corrimientos de mandíbula de uno y el unánime comportamiento saboteador de los representantes de EH durante la jornada electoral de ayer. Sólo por una calculada voluntad de amedrentar a la ciudadanía y de reventar la ceremonia democrática pueden interpretarse los numeritos que les montaron a Nicolás Redondo Terreros, a Jaime Mayor Oreja, a Carlos Iturgaiz o a Vidal de Nicolás cuando iban a depositar en una urna su voto constitucionalista. En ese deseo de mostrar el rostro antidemocrático está la clave de los carteles que mostraban en sus mesas los interventores de EH y en los que se repetía un lema de Haika - «Juventud vasca, ¿Adelante!»- que trataba de intimidar a los votantes a la vez que burlar a la legalidad con su pretendida asepsia política.

   Esta vez no han querido ponerse la careta de Gerry Adams. Han querido violentar, aterrar, condicionar a los votantes; practicar el indigno truco del chulo que amenaza y no amenaza al mismo tiempo; vulnerar con flotador el artículo 93 de la Ley Electoral, que prohíbe alrededor de las urnas la coacción y la propaganda «de cualquier género». Han cometido otro error de los muchos que cometen en los últimos tiempos, como el de los responsables de Interior de destruir papeles comprometedores o el de Ibarretxe de negar sus pactos con EH.

La derrota del totalitarismo
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 14 Mayo 2001

Toda consulta electoral entraña una derrota del totalitarismo, cuyo objetivo fundamental es siempre la eliminación del adversario y la rotura de las urnas. Ayer fracasó el totalitarismo en el País Vasco, en primer lugar por la mera razón de que los vascos votaron, aunque, ciertamente no todos pudieran hacerlo con el mismo grado de libertad. Los hechos sucedidos en algunos colegios electorales han sido sencillamente repugnantes. Sea cual sea el resultado electoral, el hecho de que lo haya es una bofetada democrática en el rostro totalitario de los asesinos. Incluso quienes les votan rinden su involuntario homenaje a la libertad.

El totalitarismo también fracasó ayer por los resultados obtenidos por la coalición proetarra: un inmenso hundimiento que les deja reducidos a la mitad de la exigua representación parlamentaria que tenían. Si el cese falsario de los asesinatos les dio un poco de aire electoral, la vuelta al crimen les arrebata lo que injustamente les había dado y aún algo más. Los voceros de EH nunca han podido hablar en nombre del País Vasco. Desde mañana, menos aún. ETA queda electoralmente laminada. Es la segunda buena noticia de la jornada de ayer.

El PNV es, sin duda, el vencedor de las elecciones. Bien es verdad que para ello se ha tenido que beneficiar del trasvase de votos desde el nacionalismo delincuente. Al parecer, muchos votantes nacionalistas continúan pensando que el proyecto de «construcción nacional» posee primacía sobre las más básicas normas de la convivencia democrática, lo que no deja de entrañar una gravísima inversión de los valores, una auténtica corrupción moral que amenaza con envilecer a una porción muy numerosa de la sociedad vasca. En cualquier caso, el PNV, que queda en franquía para gobernar, aunque no en mayoría absoluta, no puede erigirse en el intérprete de la voluntad de «los vascos», sino sólo de algo más de un tercio de los votantes. Tampoco debería olvidar que su voto no es homogéneo e incluye muy diferentes posiciones políticas. La mayoría de sus votantes no son independentistas ni rechazan la Constitución y el Estatuto. Ahora debe cumplir su promesa de no apoyarse en los votos de EH. La probada incoherencia de IU le brindará, sin duda, el necesario apoyo. Los herederos del comunismo, apoyando a los herederos de Sabino Arana. Nada más natural.

Los resultados confirman el estancamiento de la división entre nacionalistas y no nacionalistas. Existen trasvases internos entre cada uno de estos dos grupos, mas no de uno a otro. Dentro del bloque constitucionalista sólo se ha producido un ligero trasvase de votos desde el PSOE al PP, partido que, por cierto, ha obtenido los mejores resultados de su historia en el País Vasco.

Por otra parte, la altísima participación electoral ha confirmado que el PNV, que convocó las elecciones a regañadientes y ante lo insostenible de la situación política, no tenía razón cuando pretendía que no eran necesarias. Tal vez ahora haya cambiado de opinión.

Los electores han dado una última oportunidad al PNV, que puede gobernar sin la hipoteca del nacionalismo criminal. Gracias a la Constitución y al Estatuto, el PNV puede seguir gobernando en el País Vasco. Triunfa la libertad.

Gana Lizarra, pierde Ermua
Lorenzo Contreras La Estrella 14 Mayo 2001

La sociedad vasca, su electorado, no ha castigado al PNV-EA por la aventura de Lizarra, sino a la conjunción PP-PSE-PSOE, dejando de paso a José María Aznar en uno de sus peores momentos políticos. Nada digamos de la situación política personal en que queda Jaime Mayor Oreja, el personaje popular que ha resultado sacrificado en este trance electoral del 13 de mayo.

Las esperanzas han quedado desvanecidas. Los votantes vascos tenían en su mano corregir ejemplarmente las desviaciones antidemocráticas de sus representantes, es decir, lo que normalmente se viene llamando "la deriva" nacionalista hacia lo desconocido. Pero lo desconocido ha resultado ser lo que ya se sabía, la triste realidad de un nacionalismo soberanista nutrido por los votos de su clientela de siempre, más el arrastre complementario de los votos abertzales que han preferido abandonar a EH, creando la sensación, probablemente falsa, de que ETA ha quedado políticamente lastimada y puesta, según algunos optimistas, en vías de paulatina extinción.

Ha triunfado Lizarra y ha fracasado Ermua. Así de doloroso. Si eso no es un éxito de ETA, pese al menoscabo electoral de EH/HB, que venga Dios y lo vea. Al PNV, que podría gobernar solitariamente con el apoyo parlamentario exterior de los radicales de Otegui, le incumbe ahora cumplir su palabra -palabra de Ibarreche- de no contar con ellos. Sería la oportunidad del PSE-PSOE para reconstituir con el PNV viejos entendimientos. O sea, el cumplimiento puntual de las recomendaciones de Felipe González a Nicolás Redondo y a José Luis Zapatero.

El veredicto de las urnas ya está emitido y sólo queda esperar el desarrollo de las combinaciones de poder de acuerdo con la aritmética resultante. Pero ninguna de las conjeturas elaboradas en su momento, tanto en caso de victoria nacionalista como en el supuesto de un éxito electoral constitucionalista o de un empate de fuerzas, dejó de tener en cuenta que en medio de tantas variables, ETA es la única organización capaz de sentirse relativamente tranquila. Justo por situarse fuera de la legalidad está en condiciones de no verse afectada frente a los entendimientos postelectorales de las formaciones contendientes.

ETA ya contaba con el retroceso electoral de EH, cuyas posibilidades pareció respetar con un alto el fuego práctico y fáctico que duró cuarenta y siete días, a partir del asesinato del concejal socialista Florián Elespe, en Lasarte, el 20 de marzo. Cuando el 6 de mayo regresó a la ejecución del crimen, esta vez en la persona del presidente del PP de Aragón, Manuel Fernández Alba, dejaba percibir con claridad que para sus siniestros estrategas no había nada que ganar en la lotería de las urnas.

Era también evidente que a la banda terrorista le traía absolutamente sin cuidado el daño que los nuevos atentados, incluido el de la calle Goya de Madrid, pudieran ocasionar políticamente a sus antiguos socios de Lizarra, el PNV Y EA. De perdidos al río -en términos de votos- y, por supuesto, cuanto peor, mejor. Todo lo que redundase en perjuicio de los nacionalistas no violentos siempre se podría contabilizar en el haber de ETA como comprobación de que sólo ella sería capaz de romper algún día el bloqueo político de la situación vasca.

La decepción
Por Jaime CAMPMANY ABC 14 Mayo 2001

Para decir las cosas desde el principio sin vaselina, sin bálsamos y sin rodeos, el resultado de las elecciones vascas supone una gran decepción para todos los que confiaban —los que confiábamos— en un cierto vuelco electoral. Las cifras del escrutinio, a falta de alguna última e insignificante corrección, denotan que no sólo no ha triunfado la coalición, desconocida hasta ahora en la política española, PP-PSOE, sino que se ha quedado lejos de la mayoría soñada, y que los escaños obtenidos por ambos partidos tampoco permiten seguir soñando en un gobierno constituido sobre la minoría parlamentaria. La estrategia de las dos formaciones constitucionalistas o españolistas ha fracasado claramente. El propósito de dejar fuera del juego político al PNV se ha disuelto como un azucarillo.

Bien es verdad que esa estrategia venía prácticamente impuesta por el cambio de rumbo y de ideas en la trayectoria del propio PNV. La alianza de Arzalluz con Euskal Herritarrok, la tibieza en la lucha y condena del terrorismo, la firma del pacto de Estella, y una justificación más o menos expresa —a veces, más— de la banda etarra, aconsejaban seguramente una actitud de antagonismo con el nacionalismo y un propósito de expulsar del poder a los aliados con el terror. Y eso a pesar de lo dudoso que se presentaba el intento de eliminar al PNV de cualquier fórmula de gobierno en el País Vasco. Habría debido suceder algo muy parecido a un milagro para lograr una hazaña semejante. Y, en efecto, en ningún momento de la campaña los sondeos ofrecían esa esperanza.

Claro está que estas han sido las elecciones del miedo. Y es un sarcasmo o una desvergüenza que las versiones oficiales aseguren que las elecciones se han desarrollado en las tres provincias con toda normalidad. Porque eso es no dar importancia alguna a los abucheos, insultos y provocaciones de los candidatos constitucionalistas —Mayor Oreja y Nicolás Redondo— a la puerta de los colegios electorales, incluso dentro mismo de ellos, con el despliegue de pancartas en las mismas narices de los votantes sin que la fuerza pública haya intervenido a tiempo. Y al fin y al cabo esto sería lo menos grave si se tiene en cuenta que la campaña de estas elecciones se abrió con sangre y se cerró con sangre. No es exagerado decir que han sido unas elecciones ensangrentadas.

Desde el punto de vista de la salud democrática, la afluencia excepcional a las urnas supone un dato positivo. La democracia se ejerce y se demuestra votando. Y no cabe duda de que los vascos se han movilizado hacia las urnas. Un ochenta por ciento de participación es una cifra considerable. Siete u ocho puntos por encima de los últimos comicios. Otra cosa es que el incremento de la participación, lejos de suponer una «movilización para el cambio» ha supuesto una confirmación de lo mismo. Para que todo no sea pesimismo, hay que considerar que el electorado de los proetarras —Euskal Herritarrok— ha descendido prácticamente a la mitad. A falta de alguna corrección de última hora, los catorce escaños de EH se han quedado en siete.

Flaco consuelo, porque esos votos radicales han ido a parar a un partido que hasta ahora se había mostrado moderado, aunque ambiguo, pero que en estos últimos años ha protagonizado un acercamiento evidente hacia los representantes políticos de la banda, incluso a los medios que utiliza. Recordemos las palabras de Arzalluz: «Ninguna independencia se ha logrado sin que unos arreen y otros negocien». Y la frase tan repetida: «Ellos sacuden el árbol y nosotros recogemos las nueces».

Ahora empezarán las cábalas del día después. Sólo se vislumbran dos soluciones: o la reproducción de la entente PNV-EH o la vuelta a más atrás, el acuerdo con los socialistas, o sea, la tesis querida por Felipe González.

Unas elecciones presidencialistas
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ El País 14 Mayo 2001

Juan José Ibarretxe, en particular, por encima incluso de su partido, el PNV, fue ayer el gran vencedor de las elecciones vascas. El lehendakari empezó la campaña en una posición difícil, con una legislatura fracasada y una convocatoria de elecciones arrancada prácticamente a la fuerza por la oposición. Pero en estos 15 días consiguió convertir unas elecciones parlamentarias en elecciones presidencialistas, en las que se enfrentaban dos únicos candidatos: él mismo y el ex ministro del PP Jaime Mayor Oreja. Y en esa confrontación, Ibarretxe ha sido un claro ganador.

El segundo elemento importante de estas elecciones es que PP y PSE no consiguen desalojar al PNV del Gobierno vasco. Ibarretxe no tendrá mayoría absoluta, pero está, desde luego, en mejor posición que antes para gobernar en minoría. El PNV puede sentirse en general satisfecho con el resultado electoral. Primero, porque ha funcionado la coalición con EA (mucho mejor de lo que funcionó en las pasadas municipales), y segundo, porque ha atraído gran parte del voto de EH. El derrumbe de la coalición ha superado los datos más optimistas y el propio Otegi reconoció anoche su fracaso. 'Muchos seguidores de EH han preferido dar un voto útil para hacer frente al españolismo. Ésta ha sido una campaña del miedo', explicó con mucha razón. Estas han sido, como decía el propio Otegi, elecciones muy marcadas por miedos. Miedo al españolismo radical y represor que se ha utilizado como amenaza fantasmal y antigua por parte de todos los nacionalistas, democráticos o no; y miedo de los no nacionalistas a la violencia, la muerte y la opresión a la que se sienten sometidos por parte de un nacionalismo vasco represor y radical. Resulta difícil prever cómo se podrán ahora controlar esos sentimientos, tan alimentados durante toda la campaña. En cualquier caso, es evidente que se ha producido un movimiento de voto espectacular dentro del propio nacionalismo vasco, hasta extremos que muy probablemente no se esperaba ni el propio PNV y que ha dejado al nacionalismo independentista y violento en su peor situación desde que acude a las elecciones.

Falta por ver cómo reacciona el PNV ante esta avalancha de voto procedente de sectores radicales independentistas y hasta que punto cree que tiene un compromiso con ellos. Las declaraciones de Xabier Arzalluz, en su primera aparición tras el anuncio de la victoria del PNV despertó alguna inquietud: 'Hoy comienza el verdadero camino a la paz. Nadie se arrepentirá de habernos votado' .

Las elecciones autonómicas vascas son, probablemente, las que más segundas lecturas y análisis requieren de todas las que se celebran en España, específicamente por las diferencias que plantea en los distintos territoririos de Álava, Vizcaya o Guipúzcoa. Pero siempre señalan una misma situación: la división, voto a voto, persona a persona, de esta sociedad.

Los resultados de esas elecciones son especialmente valiosos para analizar ese enfrentamiento, dado el altísimo nivel de participación. Y ahora se puede decir que en Euskadi hay un 52,7% de la población que tiene una opción política nacionalista y un 46,6% que se opone a ella. La capacidad de relacionarse de esas dos comunidades, puesta en peligro en los últimos tiempos, sigue siendo el principal objetivo de cualquier Gobierno que pretenda suturar las heridas que se han producido ya.

Los sectores del PNV críticos con la línea de Lizarra que han defendido Arzalluz y Joseba Egibar, tienen que volver ahora sus miradas a Juan José Ibarretxe, con la esperanza de que el lehendakari encabece el camino de la moderación y sea capaz de recuperar las históricas relaciones del nacionalismo democratico con el socialismo. En la etapa anterior, Ibarretxe les defraudó, pero ahora confían en que, reforzado por su éxito personal enm la campaña, sea capaz de imponer sus propios puntos de vista en el Euskadi Buru Batzar. 

Los más moderados piensan que el lehendakari, aunque tenga una minoria suficiente para gobernar en Vitoria, podría ofrecer un pacto de legislatura al PSE, de forma que se suavicen las relaciones con los sectores no nacionalistas que se van a sentir más frustrados por la clara victoria nacionalista. Algunos de las personalidades que encarnan esa visión conciliadora temen que los resultados electorales lleven a un grupo de valiosas personas a abandonar Euskadi, con el daño que ello produciría en la imagen del País Vasco.

Perder Euskadi para ganar España
C. ÁLVAREZ DE TOLEDO ABC 14 Mayo 2001 

Profundamente decepcionados por el resultado de las elecciones autonómicas, pero convencidos de que la defensa de la Constitución y el Estatuto es una cuestión de lealtad hacia los suyos y con la democracia, Nicolás Redondo Terreros y el PSE aguantaban ayer el mal rato de ver cómo la ilusión por el cambio en Euskadi, esa victoria de los constitucionalistas acariciada, se venía abajo en cuanto comenzaron a escrutarse las papeletas.

Habrán perdido, pero nadie podrá decir a partir de hoy que los socialistas vascos no han sabido dar una vez más el do de pecho por la democracia y la libertad. Han hecho honor a la palabra dada y a los principios que anteponen la libertad a los intereses partidistas.

Redondo y los suyos han preferido la coherencia al oportunismo que les aconsejaba desmarcarse de la batalla por la Constitución y el marco estatutario. Y con ello han hecho un gran favor al resto del PSOE. Esta misma coherencia sitúa precisamente ahora al PSOE en la encrucijada frente al PNV que habrá de demostrar si mantiene la promesa de no gobernar con los votos de EH. Si esto es así, el PSE va a tener mucho que decir en el nuevo Parlamento vasco.

Pero habrá voces cicateras que quieran minusvalorar a Nicolás Redondo. Desde primeras horas de la tarde ya había algún pájaro de mal agüero que parecía incluso alegrarse por el mal resultado que se aventuraba. Ni tan siquiera la alta participación en la que tantas esperanzas se habían depositado -siempre se había dicho que con más del 75 por ciento el vuelco era inevitable a favor de una mayoría PP-PSOE- pudo resistir la intuición pesimista que desde el primer momento se desparramaba por los salones del hotel Ercilla.

Hasta allí llegaban poco antes de cerrarse las urnas miembros de la dirección de la Ejecutiva para acompañar en el escrutinio a Nicolás Redondo.

Veremos a partir de hoy al PSOE dividido entre los que quieren pasar factura a la posición política de Nicolás Redondo y de quienes como Rosa Díez, que ayer paseaba su palmito por los salones del Ercilla toda vestida de rojo, está dispuesta defender la estrategia de los socialistas vascos. Había ayer en Bilbao más de algún cenizo del PSOE dispuesto a hundir sus resentimientos en la desesperanza del PSE y sin haberse cerrado el recuento de papeletas ya había quien se hacia cábalas sobre el futuro de Nicolás Redondo.

Una crueldad injusta porque si algo está claro es que esta derrota de los socialistas en el País Vasco supone, por el contrario, una ganancia de votos para el PSOE en el resto de España. Esto lo tiene muy claro José Luis Rodríguez Zapatero, convencido de que en el resto de España la posición constitucionalista es rentable electoralmente.

¡Qué éxito... qué fracaso!
VICTORIA PREGO El Mundo 14 Mayo 2001

Esta es la crónica de un clarísimo fracaso, en la medida en que es también la de un éxito aplastante. El éxito, el del PNV, que celebraba la victoria con una alegría desbordante porque sus líderes se han sentido, y así lo han dicho, acosados como nunca por la coalición PP-PSE y finalmente apoyados por su pueblo.

La desolación, sin embargo, era tremenda en los hoteles en que PP por un lado, y PSE por otro, habían convocado a sus fieles. No era una desolación de las habituales en una noche electoral cualquiera, era el desánimo profundo ante una perspectiva de vida.

«Yo, que me he tenido que marchar de mi tierra porque soy del Foro de Ermua y estoy amenazado, yo había venido hoy a ver el cambio» explica desarmado un hombre de alrededor de 30 años. «Se lo dije a mi madre: pase lo que pase, yo esto no me lo puedo perder, tengo que estar presente cuando las cosas cambien. Y mira lo que ha pasado. Pero, oye, yo ya no me lo pienso más: mañana me voy al Ayuntamiento, digo que me den de baja aquí, y me empadrono en Galicia, que es donde me he tenido que ir a vivir. Mira qué país tenemos. Pues que le den dos duros».

Es el testimonio de un hombre joven, fuerte y guapo, cuya vida estaba en peligro y tenía la esperanza de que a sus paisanos, o compatriotas vascos, esa realidad les importara. Y dice haber comprobado que no.

La sala donde los populares estaban convocados se había ido llenando desde las nueve de la noche, poco a poco, mientras la gente se agrupaba en silencio. Muchos, con la banderita de su partido enrollada alrededor del pequeño mástil, no se atrevían aún a agitarla. Y no tuvieron la ocasión de hacerlo.

La primera salida en público de Carlos Iturgaiz fue toda una demostración de lo que estaba sucediendo. Sus palabras eran todavía, 10 de la noche ya, esperanzadas, pero su cara era una radiografía perfecta de la realidad: ensimismado, con la mirada ausente y tragando saliva cada poco, mostraba un guiño en los ojos que evidenciaba un innegable estado de nervios y también de desolación.

Preguntado en privado, después de haber hablado a las distintas televisiones cómo se encontraba sólo dijo esto: «Una pena...una pena». Abajo, donde los militantes y simpatizantes de su partido se agolpaban frente a las pantallas donde se iban desgranando las informaciones sobre los resultados del escrutinio, todos mantuvieron la esperanza hasta el último minuto. Pero, al final, estalló la incredulidad: «¡Pero cómo es posible que Alava nos haya fallado!».

Alava, la gran esperanza del PP, no había proporcionado a la coalición con UA ni un solo escaño más de los que ya sumaban antes. En Alava la formación ganadora era, como en Vizcaya y en Guipúzcoa, el PNV. Y algo más: «Esto es horrible», dice una señora, «nosotros estamos llevando aquí una vida de infierno. Yo sé que a quienes no les pasa nada no se dan cuenta o no les importa, pero a nosotros, aunque los asesinatos no nos den de lleno, nos destrozan la vida. ¿Y qué vamos a hacer ahora?».

No hay más respuesta para eso que la que dio, al filo de las 11.30 de la noche, un demacradísimo Jaime Mayor Oreja, tan agotado como entristecido, que vino a decir a sus gentes que había que seguir apoyando y defendiendo la Constitución y el Estatuto. Cuando intentó explicar que el PP había crecido en votos, nadie le aplaudió. El silencio profundo evidenciaba hasta qué punto aquel dato ya no interesaba a nadie. Habían esperado un cambio y veían cómo su esperanza se había desvanecido, quién sabe por cuánto tiempo.

No menos dramática, y quizá algo más desoladora, era la escena en el hotel donde el PSE había sentado sus reales para la fiesta electoral: allí había casi más periodistas que políticos y la incredulidad y la tristeza eran infinitas. Con una preocupación añadida, y es que los líderes del socialismo vasco tienen el fundado temor de que desde Ferraz se pidan cuentas a Nicolás Redondo por ese escaño que el PSE ha perdido en Vizcaya nada más que por cuatro votos, que ya es decir. Pero la realidad es que ahora mismo tiene uno menos de los que tenía y, dado que en el PSOE la discrepancia sobre el modo y la dirección política que han impuesto los dirigentes socialistas vascos es más que evidente, no sería de extrañar que se produjeran dos cosas. Una, que se intentara forzar la renuncia de Nicolás Redondo en vista de lo que se puede considerar un fracaso. Dos, que desde la sede de Ferraz se imponga inmediatamente un cambio de rumbo y se orienten las posiciones hacia un diálogo claro con el PNV para formar gobierno. Es que 33 más 13 suman 46 y si a eso se añaden los tres escaños de una IU que siempre ha defendido un gobierno de amplio espectro, nos estaríamos poniendo en 49 escaños.

«Pero es que nosotros no podemos cambiar de discurso de un día para otro», comentaba anoche, todavía estupefacta por lo sucedido, una de las candidatas socialistas a estas elecciones. «El discurso y el programa te atan a la gente que ha creído en ti. Y nosotros hemos apostado por eso».

En esa misma línea se pronunciaba anoche desde Madrid el miembro de la Ejecutiva socialista José Blanco: «En este momento no se dan las condiciones para considerar una hipótesis de gobierno con el PNV. Nosotros seguimos defendiendo el Estatuto y la Constitución». Pero previamente había dicho que era necesario recuperar la unidad de los demócratas, algo parecido a lo que dijo también Ibarretxe cuando se refirió al deseo constatado del pueblo vasco: «La sociedad ha dicho claramente, queremos la paz, no queremos muertes, ni insultos, ni división. Que nos sentemos y hablemos como personas, no como bestias». Es demasiado pronto para hacer previsiones de pactos o de formas de gobierno, pero caben pocas dudas de que lo afirmado por Arzalluz, «podemos gobernar solos», es cierto pero incómodo. Los 33 escaños del PNV, si gobierna en solitario, se enfrentarían a los 32 del PP-PSE si ese pacto poseletoral se mantuviera, que ya lo veremos. Por eso no se pueden descartar toda clase de combinaciones posibles en las que el PNV tendrá siempre la llave.

La cuestión estará en saber cómo quieren orientar los nacionalistas vascos esta nueva legislatura. En la noche de ayer, entre los vencidos, no cabía la menor esperanza. «Esto ha sido desolador ¡demoledor! Esta es una sociedad empedernida. Nos matan, nos amenazan, nos queman los negocios... pero está claro que a esta sociedad no le importa. Es un 80% de los votantes, no hay nada que discutir».

En plena confesión interviene otro de sus compañeros con la gran pregunta que hoy se estarán haciendo muchos militantes de los partidos derrotados: «¿Y qué vamos a hacer mañana...?». Muchas cosas se han caído y no sólo la esperanza. También se ha ido abajo la convicción de que una mayor participación favorecía a las formaciones no nacionalistas. Con este 80% todas esas conjeturas no valen ya para nada.

Todo lo que haya que hacer, que será mucho y muy interesante, lo habrá de hacer el Partido Nacionalista Vasco, que es el vencedor real y también moral de estas elecciones en la medida en que no cabe discutir ni un segundo la auténtica voluntad de los vascos.

«¡Gora Euskadi Askatuta!», dijo Xabier Arzalluz al cerrar su intervención en la sede de la Lehendakaritza, en Vitoria. Lo mismo había gritado minutos antes Begoña Errazti, líder de Eusko Alkartasuna, y también el lehendakari Ibarretxe. Hay que reseñar, finalmente, una frase pronunciada por Arzalluz que augura algunos movimientos políticos en dirección de momento desconocida: «Hoy empieza el verdadero camino hacia la verdadera paz». Ojalá que sea cierto porque eso sí que lo celebraremos todos sin discusión.

Pie de gráfico
LOS NO NACIONALISTAS RECORTAN DISTANCIA

Pese a que las elecciones han puesto de manifiesto la hegemonía del voto nacionalista, la distancia respecto del voto constitucionalista se ha acortado de manera significativa. En los comicios de 1998 esta distancia se situaba en casi 10 puntos porcentuales entre ambos bloques. En las celebradas ayer, esta diferencia se ha acortado en tres puntos y medio y se sitúa ahora en 6,5 puntos, que constituye la distancia más reducida entre estas dos corrientes.

¿De verdad ganó el nacionalismo?
Fernando JÁUREGUI La Razón 14 Mayo 2001

Son muchos los análisis que se podrían hacer tras las elecciones vascas de ayer. Pero sería una interpretación muy simplista decir, sin más, que el nacionalismo ha ganado las elecciones. Ha ganado el PNV, pero una fracción muy importante de la sociedad vasca, superior al cuarenta por ciento, ha votado a los llamados partidos constitucionalistas. Y ello deberá, debería, ser tenido muy en cuenta por el vencedor. Mantener el discurso frentista de Arzalluz y Egíbar, por destacar a los más señalados, sería un grave error, a juicio de muchos observadores desapasionados, si es que se puede ser observador desapasionado en esta sociedad tensa, hosca, que, desde algunos puntos de vista, integra el País Vasco.

   En el PNV dicen que tenderán una mano al perdedor, es decir, a una manera de concebir la vida y las relaciones sociales en Euskadi. Pero lo cierto es que, anoche, ni los representantes del PP ni los del PSE consultados al respecto esperaban grandes gestos futuros procedentes del PNV. El futuro Gobierno de los democristianos peneuvistas aliados presumiblemente con la izquierda IU-Esker Batua de Javier Madrazo, va a estar lleno de incógnitas. De momento, anoche, las gentes concentradas en el hotel de Vitoria donde se celebraba la fiesta poselectoral de los nacionalistas gritaban "independencia", e insultaban tanto a Otegui como a Javier Arenas.
   
   Pero los futuros gobernantes vascos tendrán que considerar que más de medio millón de votantes se decantaron por la opción PP-PSE, es decir, contra el nacionalismo. De la misma manera que tanto Jaime Mayor (sea cual sea su futuro político, que sigue pareciendo prometedor) como José María Aznar habrán de pensar con mayor detenimiento en modificar el lenguaje bélico contra el nacionalismo que han venido manteniendo hasta el momento. Tal vez haya sido ese lenguaje el que ha impulsado a muchos electores que hubiesen sido abstencionistas a votar nacionalismo "útil", es decir, a la coalición PNV-EA. Y en el PSOE habrían de meditar acerca de algunas "grietas" patentes entre los diversos discursos socialistas que se han escuchado en el País Vasco. En las próximas semanas veremos si todos, empezando por los duros de Euskal Herritarrok, tan castigados por los votantes, han entendido el mensaje de las urnas. Lo contrario sería más de lo mismo, y eso ya hemos visto a cuánto enfrentamiento, a cuánta crispación, conduce.

Soberanismo por vía pacífica
FERNANDO ONEGA El Mundo 14 Mayo 2001

Los vascos han votado ayer varias cosas. Han votado por la estabilidad, y le han dado a Ibarretxe mayoría suficiente para intentar gobernar. Han votado nacionalismo, pero diciéndole que los radicales, los brazos armados de ETA, pasan a ser residuales. Quieren que les sigan gobernando los más suyos, que son los nacionalistas, pero sin contaminación de los violentos.

Han optado por la moderación como vía para el soberanismo, y han dejado fuera del primer plano las posiciones más intransigentes. Se han unido para votar contra ETA, pero no lo han hecho «al modo español», como se quería en el resto de España, dando su respaldo al bloque constitucional. Lo han hecho al modo vasco, sin marginar al «españolismo», pero con clara confianza en las personas y partidos más próximos.

Esta última consecuencia de las elecciones autonómicas de ayer puede ser, mirando al futuro, la primera o, al menos, la que suscita más esperanzas. Euskal Herritarrok había obtenido un excelente resultado en 1998. Había conseguido el mejor resultado de toda su historia, con 224.001 votos y 14 escaños. Y eso fue debido, sin duda, a la tregua de ETA.

En ese momento se benefició del silencio de las armas y de lo que entonces se decía: que esa formación radical optaba por defender sus tesis en las instituciones políticas. Tres años después, EH había vuelto a estar al lado de la banda terrorista, bendecía o justificaba sus atentados, y el pueblo vasco le castigó. Le dijo que ése no es el camino. Le quitó más de 80.000 votos directos la mitad de los escaños que le había dado en tiempos de paz.

Eso contiene, al menos, tres lecciones políticas. La primera, referida al señor Otegi. Si este hombre desea seguir teniendo una fuerte presencia política, la sociedad le ha indicado que debe apartarse de la violencia.

La segunda, para el señor Ibarretxe: si desea gobernar, puede hacerlo en minoría. Pero, si desea gobernar cómodamente, ha de buscar un socio que no sea Euskal Herritarrok, que ha sido la fuerza más castigada por la sociedad. Está claro que Izquierda Unida se lo pone muy fácil. Y la tercera, referida a las demás fuerzas políticas: éste es un momento de grandeza histórica.

Es, quizás, el momento de recordar el acercamiento ofrecido por Felipe González. Si de verdad se cree que la pacificación es prioritaria, ninguna posibilidad de coalición de gobierno debiera descartarse, por muchos que hayan sido los enfrentamientos de la campaña, y aunque Ibarretxe no necesite vitalmente el apoyo de nadie. Pero, por esa grandeza que invoco, sería hermoso ver que los temores al nacionalismo se conjuran con una participación socialista.

Digo esto, alentado o inspirado por una evidencia: la sociedad vasca ha votado de forma distinta a lo buscado por los partidos y a lo intuido por muchos medios de comunicación: no se dejó llevar por el sobresalto. Esa sociedad tenía tres opciones: encerrarse en sí misma y construir una mayoría nacionalista indiscutible; dar un vuelco y promover un cambio radical; o mantener las cosas más o menos como estaban, pero dentro del ámbito de la moderación. Optó por lo último, y le dio a la coalición nacionalista el mayor triunfo de los últimos 20 años.

Por no castigar al PNV, no castigó siquiera su inoperancia en el Gobierno en la última etapa. En Euskadi, al menos en la Euskadi que hemos visto ayer, no se vota por resultados de Gobierno, sino por afinidades ideológicas o incluso sentimentales. Y esa Euskadi no quiere cambiar. Está a gusto con los suyos, y los suyos son los nacionalistas.

¿Cómo traducir eso en el Partido Popular? Yo creo que no ha sufrido esa derrota que ayer señalaba Javier Madrazo. El PP no ha ganado las elecciones, es obvio. Es posible que sus líderes, sus candidatos, sus cargos locales y sus militantes hayan sufrido una gran decepción, porque sus ilusiones eran también muy grandes.

Pero ha seguido subiendo en respaldo popular, con 80.000 votos más. Sigue siendo la segunda fuerza política, cuando hace 20 años era el último de la fila. Y sigue siendo, aunque a un plazo largo y, desde luego, imprevisible, el mejor situado para un hipotético recambio en Ajuria Enea.

Hoy por hoy, las elecciones dirigidas al PP desde las urnas se parecen bastante a las siguientes: 1) No puede repetirse esa imagen de un Aznar y un Ibarretxe que no se saludan en los actos públicos, aunque sean manifestaciones contra el terrorismo. Un lehendakari que recibe el apoyo del 42% del electorado está obligado a dar y recibir otro tipo de tratamiento. 2) Es igualmente preciso que, desde una mentalidad de Estado, se restablezca el diálogo entre los gobiernos de Madrid y Vitoria. Y 3) En el País Vasco no funciona la repetición del «váyase, señor González». Quiero decir que, a pesar de toda la tensión política que allí se vive, la teoría y la práctica de la confrontación política no es el mejor camino para ganar elecciones.

Se consolidan los votos propios, pero se ganan muy pocos del adversario. Esos discursos finales de José María Aznar y de Rodríguez Zapatero que pedían el voto de los nacionalistas no fueron escuchados. Por lo menos, no fueron obedecidos.

En todo caso, ha sido una jornada muy interesante y llena de contradicciones. Alegre, por la participación. El miedo, todos los miedos, no han impedido un altísimo número de votos. Triste, para todos esos militantes del PP y del PSOE que se habían hecho excesivas ilusiones. Esperanzada, por lo que dijeron esos votos. Ayer mismo este periódico titulaba así su portada: «Mayor y Redondo coinciden en que puede ser el principio del fin de ETA». Si los resultados se analizan con generosidad, es posible. Y cargada de interrogantes, porque no podemos olvidar que los ganadores de las urnas iniciaron la campaña hablando de «soberanismo». Habrá que ver cómo lo empiezan a plantear.      Fernando Onega es periodista y director general de Onda Cero.

EL PNV ha de administrar el voto anti-Eta
Editorial La Razón 14 Mayo 2001

El mensaje más evidente de las elecciones vascas, que han deparado la victoria del PNV, es que los ciudadanos de esa comunidad han dado la espalda de forma abrumadora al grupo que representaba a la banda terrorista Eta. Euskal Herritarrok sufrió ayer un enorme varapalo, que es la demostración del hartazgo de un pueblo traumatizado por la violencia. Eso es lo que tiene que administrar ahora, cuando forme gobierno, el Partido Nacionalista Vasco, cuyo mensaje de distanciamiento de EH le ha resultado decisivo. Ibarreche se comprometió a no apoyarse ni directa ni indirectamente en los votos de los cómplices de Eta. Si lo confirma, si colabora desde este momento en aislar a Eta y a sus pretensiones independentistas vapuleadas en las urnas, no frustrará las expectativas de los miles de vascos que han fiado en su lealtad para reconducir la situación.

Oportunidad de cambio
Porque casi cien mil vascos han abandonado a los amigos de Eta. Prácticamente los mismos que ha sumado el PNV. Parece, pues, evidente, que incluso los más nacionalistas han preferido la solución «moderada» en lugar de las aventuras radicales, porque Eta ya no es una alternativa. Sólo un residuo que debe ser extirpado de la sociedad. Desde este punto de vista, y si el PNV entiende este mensaje, las elecciones habrán servido para un cambio, sólo que el protagonista de éste deberá ser el Gobierno Ibarreche, en lugar de uno formado por PSOE y PP.

   En cuanto a estos partidos, la mejora del PP ha sido significativa (más de cincuenta mil votos), aunque insuficiente. El PSOE no ha podido, por su parte, superar su anterior listón. La no victoria de ambos ha de leerse, pues, como fracaso. El mensaje del PNV de miedo al cambio (comparando al PP con el franquismo, por ejemplo) por muy burdo que fuera, ha funcionado en una sociedad crispada, pero en la que está claro que no todos perciben la amenaza de la misma manera.

Los vascos se volcaron
El voto masivo, cercano al ochenta por ciento, demostró que estas elecciones tenían unas características dramáticas. Después, se ha visto por qué: porque era preciso expresar el cansancio y la repugnancia que causa el terrorismo de Eta. La prepotencia de los asesinos que quieren condicionar, con cada vez menos apoyos sociales, la vida de toda una Comunidad e incluso la de todo el Estado. Eta, desde el punto de vista electoral, se ha convertido en residual. El PNV podrá gobernar ahora liberado de esa atadura a la que se ligó, sin necesidad, en el Pacto de Estella.

   Porque si el nacionalismo vasco estaba debatiendo internamente sobre cuál era la fuerza hegemónica, el PNV ya lo ha demostrado. No necesita más aventuras soberanistas. Puede gobernar sin hipotecas. Y si lo hace con lealtad a la legalidad, como confiamos, podrá esgrimir esa mayoría para acabar definitivamente con Eta. Porque la tarea con que ahora se enfrenta el PNV es la de dar un paso al frente en el acoso al terrorismo. Cualquier otra cosa no haría sino desilusionar a muchos de los votantes que le prestaron ayer su apoyo. Es obvio que al presentar falsamente al PP y al PSOE como partidos «de fuera» los votantes vascos han preferido una solución «autónoma». Pero también es cierto que quieren esa solución: si hubieran preferido otra más radical, EH no hubiera perdido tal cantidad de sufragios.

   Sin embargo, la euforia de algún sector de la coalición ganadora, como la que ayer demostró la presidenta de EA, Begoña Erratzi con sus gritos de «independencia», puede tentar a los sectores más soberanistas para radicalizar su acción política. Antes de hacerlo, deberían reflexionar sobre el hecho de que, aunque hayan ganado, la división entre nacionalistas y no nacionalistas permanece prácticamente inalterada: algo más de la mitad, ahora, para los nacionalistas, pero con seiscientos mil vascos que no comparten sus tesis. No contar con estos últimos, que representan además a los sectores más amenazados por el terrorismo, sería una injusticia.

La recuperación de la legalidad
Un ejemplo de ello lo pudimos ver en la jornada electoral. Mientras los líderes nacionalistas votaban con total tranquilidad, los no nacionalistas lo hacían acosados por los proetarras y en medio de la pasividad policial, que no intervino pese a la evidencia de delito electoral que se estaba produciendo. Fue otro síntoma de la necesidad de recuperar el respeto a la legalidad en el País Vasco, cuya ausencia es precisamente una de las causas de que la pérdida de la seguridad ciudadana y de las libertades haya llegado donde lo ha hecho.

   La jornada de ayer ha debido suponer una fuerte decepción para todos aquellos que luchaban por recuperar esa libertad y esa seguridad. Puede cundir ahí el desánimo, al ver cómo los votos no han recompensado el terrible sacrificio de vivir en el punto de mira del terrorismo. Su único consuelo puede ser que Eta, al menos, se debilita. Siempre y cuando no acuda ahora el PNV a recomponer sus destrozos, lo que sería un error histórico, además de una bajeza imperdonable.


A pie de urna
JAVIER PRADERA El País 14 Mayo 2001

Si los incidentes de carácter fascistoide provocados por los nacionalistas radicales en diversos colegios contra los principales candidatos del PP y del PSOE mostraron ayer por televisión las deterioradas condiciones de la democracia en el País Vasco, la polarización extrema de una campaña electoral de duración desmesurada (desde las mociones de censura presentadas el pasado septiembre por socialistas y populares hasta la disolución del Parlamento) no sólo explica la elevada participación registrada en esta convocatoria sino que también permite interpretar las líneas generales de los resultados provisionales, pendiente aún la asignación definitiva del escaño que bailó entre PNV/EA y PSOE durante los escrutinios provisionales. La decepción de los partidos constitucionalistas, que esperaban un espectacular vuelco de las preferencias ciudadanas capaz de propiciar una alternancia en el Gobierno, marcha en paralelo con la satisfacción de la coalición PNV/EA, beneficiada sin duda por el corrimiento en su favor de una significativa parte del electorado nacionalista radical.

En cualquier caso, se confirma la permanencia de la línea divisoria que separa dentro del mapa electoral vasco a nacionalistas y no nacionalistas, una fractura política, cultural, ideológica y emocional de larga data y hondo calado; sin embargo, el trasvase de votos desde EH hacia la coalición PNV/EA no logra impedir un ligero retroceso global del bloque nacionalista, que alcanzó en la convocatoria de 1998 un total de 41 escaños. Mucho mayor es la distancia abierta entre el voto democrático (sea o no nacionalista) y el respaldo dado en las urnas a Euskal Herritarrok; aunque todavía el 10% de los ciudadanos vascos siga apoyando incomprensiblemente al brazo político de ETA, no deja de constituir una esperanzadora noticia la deserción de una parte de sus fanáticos seguidores.

La coalición PNV/EA descargó sobre las espaldas de Ibarretxe el peso principal de la campaña, acentuó la dimensión institucional del candidato como lehendakari que aspiraba a la reelección y subrayó los contenidos dialogantes, pacíficos y democráticos de sus mensajes. Fue, sin duda, una estrategia inteligente y eficaz: el nacionalismo moderado ha venido gobernando sin solución de continuidad en el País Vasco desde 1980 (la presencia en el poder de los socialistas como socios subalternos entre 1986 y 1998 fue consecuencia en buena medida de la escisión dentro del PNV, que dio nacimiento a EA). La identificación de los nacionalistas con el País Vasco no se limita a una sinécdoque ideológica de la parte con el todo, esto es, a la interesada confusión entre los ciudadanos que les votan y el conjunto de la población, sino que se extiende también a su historial político-administrativa como padres fundadores de las instituciones de autogobierno: la bandera, el himno y los lugares de la memoria creados por Sabino Arana y el PNV fueron incorporados a las estructuras creadas por el Estatuto de Guernica en 1979.

Pese a los buenos resultados obtenidos ayer por el candidato Ibarretxe, la coalición PNV/EA tendrá dificultades para formar una coalición que le permita gobernar cómodamente con mayoría desahogada. Seguramente el momento crucial de la campaña fue el solemne compromiso contraído por el actual lehendakari ante la opinión pública de no aceptar para su investidura el apoyo de EH: sin los escaños del nacionalismo radical, que ha pagado caro en las urnas su sostenido respaldo a la banda terrorista, la coalición nacionalista necesitaría contar con IU para blindar una mayoría claramente suficiente. Sin embargo, el candidato Madrazo y el coordinador Llamazares anunciaron solemnemente durante la campaña su propósito de no participar en ningún pacto de gobierno o de legislatura que no incluyese tanto a las fuerzas nacionalistas como a los partidos constitucionalistas: de cumplir IU con su palabra, Ibarretxe se vería obligado a gobernar en solitario.La suma de los escaños de populares y socialistas no sólo se halla lejos de los 38 escaños necesaria para provocar la alternancia y formar Gobierno sino que tampoco logra superar -a la espera de los resultados definitivos-la presencia parlamentaria de la coalición PNV/EA, evidente triunfadora en una convocatoria dominada por la elevada participación y la alta polarización.

Contra la violencia
Por Enrique de Diego Libertad Digital 14 Mayo 2001


Los resultados de las elecciones vascas tienen muchas lecturas en términos relativos, pero hay una incontestable en términos absolutos: la gran derrotada de la jornada electoral es EH, el brazo político de ETA. Perder la mitad de sus escaños, quedar como cuarta fuerza política en Guipuzcoa y casi empatar con Izquierda Unida en Álava, dibuja una situación de descalabro.

Es una hipótesis verosímil que en buena medida los buenos resultados del PNV, en las tres provincias, incluida Álava, estén relacionados con los dos mensajes más claros lanzados por Ibarretxe en la última semana: una hipotética victoria del PP llevaría a un incremento de la violencia y a una supuesta legitimación de la banda y su compromiso de no pactar con Eh, lo que implica un distanciamiento respecto al pacto de Estella, se mire por donde se mire.

El electorado vasco, reeditando los espacios cerrados de nacionalistas y constitucionalistas, ha creído a Ibarretxe y su promesa de cambio, de forma que el criterio de que un aumento de la participación beneficiaba a PP y PSOE no ha resultado cierto. Por el contrario, la movilización ha beneficiado al PNV, a quien toca demostrar su imaginación y manifestar sus propuestas para acabar con la violencia, que es el mensaje más directo de los resultados electorales, donde el que se cae de la foto es Arnaldo Otegui. Nicolás Redondo Terreros queda con más capacidad de maniobra de la que se deduce de una lectura apresurada de los resultados, y a la luz de los compromisos adquiridos por Ibarretxe.

Realidad inapelable
Editorial El Correo 14 Mayo 2001

Los ciudadanos vascos confirmaron ayer, con su masiva participación en las urnas, que quieren realmente ser dueños de su futuro. En ninguna elección autonómica se había alcanzado el 80% de votantes -y ya se han celebrado siete- y sólo en una convocatoria general, la de 1982, se igualó este relevante porcentaje. Durante toda la campaña, los vascos habían sido llamados a una cita crucial para su porvenir y su respuesta ha sido acorde con la trascendencia expresada por partidos y agentes sociales, hasta el punto de que jamás su Parlamento contó con la implicación directa, mediante el voto, de tantos ciudadanos. Y el mensaje de los electores, expresado en sus sufragios, habla de una sociedad plural, que ejercita con responsabilidad sus deberes democráticos y que descarta con rotundidad el uso de la violencia. Si Euskal Herritarrok alcanzó su techo electoral en una situación de tregua -en los comicios de 1998-, año y medio de terrorismo de ETA y de actuación cómplice de la izquierda abertzale con su dictado asesino le han llevado a su peor resultado. Una reducción a la mitad de sus escaños que testimonia, mejor que nada, el rechazo ciudadano al terror. Cuanto más habla la sociedad, cuantos más ciudadanos expresan su voluntad, más se minimiza el protagonismo de la ideología violenta.

La fotografía que deja esta consulta electoral es, en cuanto a representación partidaria, nítida, con un ganador claro, la coalición PNV-EA, que ha subido en seis parlamentarios su representación, y que aventaja en catorce a la siguiente fuerza, el PP. Una suma en escaños, 33, que mejora la de 1984, la convocatoria previa a la escisión jeltzale, y que supone el techo del nacionalismo democrático, que incluso recupera su hegemonia en Álava. A la luz de los resultados, parece evidente que la pertinaz apelación a una masa silente y abstencionista efectuada por los principales partidos ha encontrado su salida en un incremento de votantes, pero con predominio nacionalista. Ello, y el desplazamiento de un apreciable número de electores de EH hacia posiciones más moderadas, hastiados de la feroz radicalización terrorista, explican la superioridad de la coalición PNV-EA en el futuro Parlamento. El PP, mientras tanto, refleja una moderada progresión que le conduce al mejor resultado en unas elecciones autonómicas, pero lejos, eso sí, de las expectativas que se habían planteado sus dirigentes. El PSE baja a 13 su número de parlamentarios e IU sube uno.

Estos resultados despejan la designación del lehendakari, pero no resuelven los problemas de la gobernabilidad y de la estibilidad. Es más, la coalición PNV-EA no debería interpretar esa mayoría nacionalista en el Parlamento -resultante de añadir a sus escaños los ya rechazados de EH, «directa e indirectamente», por Juan José Ibarretxe-, frente a los partidos constitucionalistas, como una superioridad incuestionable de su forma de entender una sociedad que ayer, como nunca, mostró, en toda su gama, su pluralismo. Y a su vez, tanto PP como PSE-EE deberían interpretar estos resultados como una realidad inapelable, como la imagen cierta de esta comunidad, de una ciudadanía que ha expresado su punto de vista de forma mayoritaria y firme, y nunca como la primera parte, fallida, de una acción que tendrá su prórroga dentro de cuatro años.

La participación mayoritaria y ejemplar de la sociedad vasca es, sin duda, un gran patrimonio que los integrantes del nuevo Parlamento harían mal en dilapidar. Su rechazo, sin sombra de duda, a cualquier forma de entender la política como encubridora o soporte de la violencia, y su forma de distribuir el voto, son una llamada a la recomposión de la unidad democrática ante el terror y a poner fin a cualquier tipo de polarización partidista, a cualquier intento de desviar la labor política de su meta última: la seguridad y el bienestar de los ciudadanos. Juan José Ibarretxe, al hacer una primera valoración del triunfo de su partido, apeló, en una frase que puede ser tanto un compromiso como un desafío, a «administrar la victoria con inteligencia». Y el mismo lehendakari, ahora en funciones, invitó a construir una sociedad sin fracturas, «a trabajar sin revanchas y sin rencor». Unas palabras que, acompañadas, en el mismo tono tolerante y abierto, por las de los demás candidatos, tendrían que marcar una senda diametralmente opuesta al transitar crispado y estéril de la pasada legislatura. A fin de cuentas, la mayoría ingente de ciudadanos que ayer designó a los 75 nuevos parlamentarios vascos votó por la paz y contra ETA, votó a favor de las instituciones que ha dado forma y futuro a esta sociedad plural. Y esa realidad es la que, desde hoy, los partidos deben empezar a gestionar.

Un inquietante 13 de mayo
Lorenzo CONTRERAS La Razón 14 Mayo 2001

La primera pregunta que surge a la luz de los resultados de las elecciones vascas es inevitablemente elemental: ¿Y ahora, qué? Se temía, por lógica, una victoria nacionalista porque garantizaría más de lo mismo, es decir, un largo deterioro de la situación, con Eta adjudicándose los frutos correspondientes como una especie de botín de guerra. Todo, pues, confirmatorio del acierto de una estrategia de sangre. Lizarra adelante, Udalbiltza viento en popa, la extorsión y el crimen a toda vela, a toda metralleta y a toda dinamita hasta conseguir la plenitud de lo ya diseñado en la declaración preambular de Estella: la limpieza social.

   Había también motivos para otro temor: que el éxito de los constitucionalistas, forzosamente estrecho, significara el gran argumento que Eta utilizaría, si es que necesitara justificarse, para decretar con sus conocidas armas la insuficiencia cuando no la ineptitud del PNV para abrir los caminos de la independencia de Euskadi, su previo «ámbito vasco de decisión», al menos en las condiciones de anchurosidad que los ideales abertzales dictan.

   Quedaba en reserva un tercer temor: que la derrota de los nacionalistas se dedujera prácticamente de un empate de fuerzas y el PSE-PSOE se sintiera llamado a rescatar al PNV de las garras de Eta, dándole su apoyo y concretando en realidades los consejos políticos de Felipe González cuando advertía a Nicolás Redondo Terreros sobre el riesgo de ignorar a «sus amigos del PNV», dejarlos a la intemperie y no aprovechar el empate posible para reconstituir la antigua alianza entre nacionalistas y socialistas tras los muros de Ajuria Enea.

   El espectador tiene ya a la vista el nuevo escenario y la tremenda coyuntura que ha tenido que afrontar, sobre todo, el PP, tanto para asumir la responsabilidad de un dificilísimo Gobierno como las consecuencias de una derrota electoral. Es la hora de decir «¿chapeau!» en homenaje a Jaime Mayor Oreja, su aceptación patriótica y democrática de un riesgo político con su carrera en juego. Para él no podía ser un secreto la condición ambigua de un PSE-PSOE sometido a históricas tentaciones, mantenido durante toda la campaña electoral en la renuncia a ser categórico en la formulación de sus propósitos.

   Es lamentable, en el sentido de siempre, tener que abrigar la sospecha de que la dirección de Eta nunca sería, ocurriera lo que ocurriese, quien dejara de enfriar el champán. Por más que se haya afianzado la teoría según la cual la banda terrorista es ajena a cualquier veredicto de las urnas, se ha demostrado que le interesaba interferirlo. Su aprovechamiento milimétrico del calendario para dar el bombazo en pleno centro de Madrid, en el mismísimo límite temporal del día de reflexión, acreditaba su intención de favorecer el «cuanto peor, mejor», consciente de que en ese momento EH, su filial parlamentario, era carne de derrota electoral y destinatario de la descalificación ciudadana. Y no menos consciente de que la prefiguración trágica de lo que pueda venir perjudicaría al voto nacionalista, siempre en busca ella, Eta, del protagonismo exclusivo de la causa independentista.

   Los números resultantes, que el espectador tiene ya a la vista, permiten una conclusión elemental: la situación vasca sigue bloqueada, con un PNV-EA como frente nacionalista mayoritario, pero sin alcanzar la mayoría absoluta y, por tanto, necesitado de apoyo. ¿De quien? ¿De EH cuya cooperación en tal sentido ha sido ya solemnemente repudiado por Ibarreche, con un hipotético añadido de IU que vendría a convertirse en una especie de comparsa útil?

   Todo es posible si recordamos que en política no hay posiciones definitivas cuando los intereses mandan. Pero de todos los temores enunciados al comienzo de este bosquejo de situación, el que más tienta como probabilidad es el tercero, es decir, que la victoria escasa, por no definirla como menesterosa, de los nacionalistas, al reflejar un empate de fuerzas, fuese valorada como peligrosa derrota prácticamente de las fuerzas democráticas, con independencia de su signo ideológico respectivo, y ello en beneficio de Eta y de su entorno. Lo cual, a poco que funcione la lógica de los intereses, mueve a pensar que los contactos y negociaciones que se abran a partir de hoy mismo, 14 de mayo, o en días inmediatamente sucesivos, van a darnos la medida de lo que valen ciertas lealtades en política, y hasta qué punto Felipe González, en su famosa reconvención a Nicolás Redondo, apuntaba en una dirección que tiende a concretarse: salvemos del apuro al PNV y de paso gobernemos con él. Lo que vaya a suceder realmente es sólo cuestión de días. El entorno de Eta ha salido descalabrado y ello permite conjeturas esperanzadoras, tanto sobre el futuro de una Eta políticamente contestada por algunos, no pocos, de sus antiguos «clientes», como sobre el sentido de la responsabilidad histórica que el PNV, con Arzallus de mandamás, pueda demostrar en los tiempos que se avecinan. Este comentario de urgencia tiene que acusar, por fueza, un sentimiento de inquietud en conjunto. El PP, con el PSE-PSOE, jugó fuerte y dista de estar claro que no haya sufrido un revés político. Y la sociedad vasca, por lo que se observa, no ha dirigido hacia donde debiera su voto de castigo. Lizarra no ha recibido su merecido.

Los buenos vascos
ANTONIO GALA El Mundo 14 Mayo 2001

Si los demócratas nacionalistas, según las promesas de su campaña, no se alían con los constitucionalistas, o una parte de ellos, a partir de ahora mismo, no se habrá ganado el porvenir en estas elecciones. ETA seguirá matando, porque le tienen sin cuidado los sucesos favorables o adversos de su entorno. Y EH seguirá representándola. Sólo el resto del pueblo vasco, entero, opine lo que opine, puesto en pie, desde el peldaño que le ha correspondido, con el porcentaje que su ideal fue votado, unido hacia la paz, podrá arrebatar las armas de las manos criminales. Que son vascas también. Si no lo hace así, nada en lo sustancial habrá cambiado.


Crisis en el PSOE
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 14 Mayo 2001


Tras separar el grano de la paja y al margen de los vaivenes contables, hay dos procesos políticos abiertos desde el mismo momento en que se cerraron las urnas vascas. Y tan complicados ambos como el de formar Gobierno: el que tiene que aclarar si el PNV se radicaliza en su estrategia de identificación con ETA a través del separatismo institucionalizado, pero incorporando al PSOE, y el que tiene que decidir si el PSOE entra en otro proceso de liquidación de la actual cúpula renovadora del partido -será la tercera vez- a través del jaque mate a la estrategia antinacionalista del PSE de Redondo Terreros.

La diferencia es que en el PNV los resultados primeros, las encuestas y la lectura inevitable de ambos, refuerzan a la actual dirección, mientras que en el PSOE casi puede asegurarse lo contrario: ahora es cuando va a arreciar hasta extremos inauditos la ofensiva felipista, tanto del sector encabezado por González como del imperio polanquista para que «mis amigos del PNV», como dice González, o «mis socios», como no dice pero debería decir Polanco, se hagan otra vez con el control y protectorado del PSE.

Y, al fondo, respaldando esta estrategia, Pujol y el resto de los nacionalismos políticos, informativos y financieros, que no es poco ni son pocos.

En ambos casos, la estrategia gira en torno al PNV, pero apunta al PP. Se trata de salvar a Arzalluz y de entregarle al PSE, pero sólo para impedir el triunfo estratégico de Aznar.

Se trata también de impedir que el PSOE de Zapatero sea realmente de Zapatero y que, en lugar de obedecer al patológico rencor felipista, se embarque en una serie de acuerdos básicos con el PP que a largo plazo faciliten su llegada al poder, pero que, a corto plazo, moderarían la oposición sistemática del PSOE a todo lo que hace el Gobierno.

Al final, la oposición de fondo a Aznar ha terminado poniéndose detrás del Pacto de Estella, con el PNV por delante y ETA, no se olvide, en la retaguardia.

Detrás del Pacto de Estella aparece también la Declaración de Barcelona. Detrás de la Declaración de Barcelona, siempre Maragall y sus federalistas asimétricos. Detrás de Maragall, siempre Felipe González. Y detrás de González, o delante, siempre Polanco y su todopoderoso mariachi mediático e institucional.

Para este poderoso frente de oposición a Aznar y al PP, todo lo que no sea una derrota de Arzalluz es un triunfo. Hasta una derrota, como es que PNV-EA-IU tengan menos escaños que PP-UA-PSOE, es una victoria. Contra el Pacto por las Libertades y el Terrorismo, de momento. Contra la ética y las libertades, como siempre.

El vaso de agua
José María CARRASCAL La Razón 14 Mayo 2001 

Como del vaso de agua medio lleno o medio vacío, de todos puede decirse que han ganado o que han perdido en las elecciones de ayer en el País Vasco. Excusado es decir que todos se proclamarán vencedores. Las fuerzas constitucionalistas han hecho algún avance, que pueden exhibir con orgullo. Pero no menos es cierto que no han logrado la mayoría que necesitaban para gobernar y dar la vuelta al curso de aquellos acontecimientos. Mientras los nacionalistas pueden proclamar que han logrado evitar que sus rivales se alzaran con la victoria, lo que era su objetivo primario. Pero no menos es cierto que han perdido en conjunto escaños en el parlamento y apoyo entre la población, lo que va a dificultar cualquier intento de seguir gobernando. Vistas así las cosas, es más propio decir que todos han perdido, aunque se empeñen en proclamar que han ganado.

   Serán bastantes los que se regocijen con la idea de que, tal como ellos adelantaban, las elecciones no han solucionado el rompecabezas vasco, nunca mejor usada la palabra. Pero es un regocijo de corto alcance, ya que la situación en Euskadi no es un status-quo más o menos estable, sino un plano inclinado por el que la inmensa mayoría se desliza hacia un precipicio de violencia, odio y confrontación civil, que sólo puede aprovechar a las fuerzas más irracionales y retrógradas de aquella sociedad.

   No hay la menor duda de que la mayoría de los vascos quieren la paz y el entendimiento. La responsabilidad de los grandes partidos es encontrarlos. Especialmente, del PNV. Llega la hora de demostrar si, como se ha cansado de repetir en la campaña el lehendakari Ibarretxe, no van a pactar con EH mientras no condene la violencia. Pues, no le demos vueltas, el problema fundamental, y puede que único, del País Vasco es la violencia. Si se la admite o no se la admite como un medio lícito para alcanzar unos fines políticos. Y ha sido precisamente la calculada ambigüedad del PNV sobre este punto, su inhibición ante la kale borroka y su doble discurso sobre las alianzas políticas lo que ha traído el crecimiento de los violentos y nos ha llevado a la situación actual. Llega la hora de que el nacionalismo vasco moderado y democrático demuestre que es realmente democrático y moderado.

   También los socialistas tienen ante sí toda una prueba. Su alianza electoral con el PP no ha obtenido en las urnas el premio que esperaban y la tentación de reconstruir su coalición gubernamental con los nacionalistas va a ser grande, sobre todo en aquellos sectores del partido obsesionados con recuperar el poder en Madrid. Nada, en principio, contra una alianza PNV-PSE. Pero siempre que el PNV haya roto con los radicales y se haya comprometido con los derechos básicos de todos los ciudadanos de Euskadi. Cualquier otra cosa por parte de los socialistas seria traicionar no ya a la democracia, sino a sus muertos. Los pasados y los que vendrían.

Triunfo PNV y derrota PP
Pablo Sebastián La Estrella 14 Mayo 2001

El gobierno de Aznar con la colaboración del PSOE de Zapatero presentaron las elecciones vascas como un plebiscito entre españolistas y nacionalistas, poniendo de por medio al PNV y al pretendido soberanismo de Arzallus, y han perdido el plebiscito. Con el agravante de que con esta derrota toman cuerpo y apoyo las tesis de los soberanistas y consolidan la dirección del PNV. Asimismo abren una grieta en el liderazgo del PSOE (tanto vasco como nacional), y en el del PP en el País Vasco con un fracaso global de la estrategia de Mayor Oreja.

Precisamente, para evitar que la derrota vasca del PSOE se extienda al ámbito nacional, en la noche electoral un portavoz de Zapatero anunció que los socialistas no pactarán un gobierno con el PNV, a sabiendas que los nacionalistas pueden gobernar en solitario o con IU, puesto que tras las elecciones (en las que consiguen un histórico resultado del 42,7 por 100 de los votos vascos) PNV y EA están en mejor posición que antes de los comicios en el parlamento vasco.

Esta es la primera consecuencia política de las elecciones. La segunda es el notable fracaso de EH, tras el regreso de la violencia de ETA con la ruptura de la tregua, confinando que el apoyo social de la banda queda reducido a un 10 por 100 lo que constituye una excelente noticia para todos los demócratas.

Con una participación récord (mas del 78 por 100) los ciudadanos del País Vasco le han dado a la coalición PNV-EA una victoria espectacular. Un triunfo que incluye, por causa de los titulares que el frente constitucional o españolista impuso en la campaña, una victoria especial de: el PNV, su candidato Ibarretxe y su presidente Arzallus; a la vez, el resultado constituye un espaldarazo a los firmantes del Pacto de Estella (entre todos ellos han reunido el 58 por 100 de los votos) contra el 41 por 100 de los votos obtenidos por el frente españolista del PP (23 por 100) y del PSOE (18 por 100).

Asimismo, el resultado electoral supone un fracaso político importante del Partido Popular, su candidato Jaime Mayor Oreja y del presidente del gobierno central, José María Aznar. Por más que hayan conseguido mejorar en un escaño su anterior resultado de 1998 porque no en vano el PP ha puesto todo su empeño en la campaña y jugó a la victoria españolista global. Arrastrando al PSOE, que perdió un escaño, en su estela y llevando a los socialistas a un pobre resultado, lo que incluye el primer fiasco electoral del líder José Luís Rodríguez Zapatero y de su líder local, Nicolás Redondo Terreros.

El PP y PSOE exigieron un adelanto electoral, pidieron una participación récord de los electores y han perdido de manera rotunda las elecciones. Y la causa esencial de este fracaso ha estado en tres hechos decisivos: en el planteamiento de una campaña electoral virulenta y poco limpia sobre el acoso y derribo del PNV y de su líder Arzallus (que sale consolidado por las urnas), que ha sido entendida como tal por la mayoría del pueblo vasco; el frente PP-PSOE ha transmitido a los electores la imagen de un País Vasco dividido y con una involución en lo que a sus conquistas autonómicas se refiere; y, por fin, porque los ciudadanos vascos han dado al Pacto de Estella el significado de intento de paz, aunque fallido, mientras que desde el PP y PSOE se transmitía la idea de que todo el que estaba en el Pacto de Estella estaba al mismo nivel de ETA, y esa criminalización de todo el nacionalismo, sin distinción alguna, ha provocado una reacción de corte defensivo de la mayoría de los vascos.

Asimismo la gran avalancha, en algunos casos demasiado burda, de ataques al nacionalismo por parte de medios de comunicación estatales y afines al gobierno del PP ha provocado en el seno de la sociedad vasca un rechazo general y casi numantino, frente a lo que parecía ser un ataque generalizado contra el nacionalismo sin distinción alguna y hasta contra el pueblo vasco.

El resultado electoral no permite, pues, ni al PP ni al PSOE presentarse juntos como una opción de gobierno, a sabiendas que ellos solo llegan a los 32 escaños (están lejos de la mayoría de 38) y que suman el 41 por 100 de los votos frente al 42,6 del PNV-EA, los nacionalistas moderados que tienen 32 escaños y que podrían contar en la investidura con el apoyo de los 3 escaños de IU, sus ex compañeros del Pacto de Estella.

¿Que va a pasar? De momento no se sabe y habrá que darle tiempo a los líderes políticos y a sus respectivas formaciones para que asimilen el resultado. Pero lo mas fácil sería imaginar una posible coalición del PNV-EA y del PSOE, e incluso con el apoyo de IU, lo que daría un gobierno, presidido por Ibarretxe, con un total de 49 escaños, una sobrada mayoría absoluta. Pero los socialistas, que fueron a remolque del PP temen que los populares les echen en cara un pacto con Ibarretxe y de momento dicen que no pactarán. Entre otras cosas porque ello les obligaría a una clara rectificación del PSOE vasco ante la decisión de la gran mayoría de los ciudadanos, y el paso del PP a la oposición.

El gobierno ideal, sin embargo, sería el que reuniera a todos los demócratas. Es decir a todos los citados mas el PP frente a los siete escaños de EH, pero esta posibilidad no parece imaginable a la vista de la tensión vivida entre PP y PNV en los últimos meses y días de campaña. Sin embargo Ibarretxe debería tenderles la mano en vez de buscar su aislamiento. Aunque es de esperar que la unidad de los demócratas, de la que ya hablan los socialistas, se pueda cristalizar al menos en una mesa como la de Ajuriaenea que quedó obsoleta tras el Pacto de Estella.

El pueblo vasco ha hablado y lo ha hecho de manera masiva y en libertad. Ha dado la victoria al nacionalismo democrático y ha castigado con gran dureza a EH. A la vez les la dicho a los dirigentes de los grandes partidos estatales que allí no se pueden dar vuelcos electorales usando  con abuso el poder central, tanto político como periodístico, parlamentario y judicial.

El gobierno de Aznar planteó de manera absurda y arriesgada un plebiscito que acaba de perder. Si ahora no se abren al diálogo con el PNV el soberanismo que ellos denunciaban y que han sometido a votación podría avanzar. De ahí la importancia de aceptar pronto el diálogo que ofrece Ibarretxe, un lendakari que resultó ganador con su discurso moderado y que asciende dentro del PNV en peso, influencia y en responsabilidad. 

La vida sigue igual
José Antonio SÁNCHEZ La Razón 14 Mayo 2001

Desde una perspectiva puramente aséptica, podemos afirmar que la vida sigue igual hoy que ayer. El partido más votado en 1998 continúa siendo el partido más votado en 2001. El Partido Popular sigue siendo la segunda fuerza y el Partido Socialista no cambia su tercer puesto en la ubicación electoral. Esta, y no otra, es la realidad anunciada por las urnas. A partir de esta realidad todo vale, y los análisis que se hagan pueden ser tan dispares y discrepantes como el capricho lo permita.

   Después de una tensa campaña electoral, en la que no ha faltado casi nada, tensión, violencia, coche bomba, Eta, la independencia, el bombardeo de Guernica y el recuerdo de Franco, presente desde hace veinticinco años en todas las campañas electorales que se han celebrado en España, el llamado «nacionalismo democrático», esto es, el PNV, incrementa su representación parlamentaria, en tanto que el «nacionalismo no democrático» que representa EH, ha mermado su presencia en el Parlamento de Vitoria.

   Como los partidos nacionales, es decir, populares, socialistas e Izquierda Unida, no llegan a los 38 escaños de la mayoría absoluta, lo que sí ocurre con la suma de los escaños nacionalistas, PNV más EH, la incógnita está en estos momentos en saber que harán Arzallus e Ibarrache, los dos máximos dirigentes del PNV que ya dejaron claro durante la campaña electoral que no aceptarán los votos de los descendientes de Herri Batasuna. O dicen ahora lo contrario de lo que decían antes y vuelven a pasear la bandera de Lizarra, o intentan una maniobra de aproximación al Partido Socialista, algo que apoyarían con entusiasmo Felipe González y Javier Arzallus.

   Y mientras esperamos el resultado de los pactos, forzosos ante la falta de mayoría absoluta, subrayar dos aspectos positivos de los comicios autonómicos de ayer: la alta participación, la más grande de toda la historia en el País Vasco, y el descenso de los batasunos, que pierden un importante apoyo popular. Y lamentar, eso sí, que haya finalizado la convocatoria electoral sin que se sepa el resultado de la investigación que está practicando la Fiscalía sobre los «dni vascos».

   Pero volviendo al resultado de las elecciones, el futuro del País Vasco va a depender, en gran medida, de la decisión que adopte el PNV a la hora de elegir compañero de viaje. La incertidumbre es aún mayor, en tanto en cuanto el resultado de los comicios permite visionar distintos escenarios. Pero sería un error que la coalición PNV-EA pactara con aquellos que han sido castigados por los electores y que han perdido la mitad de sus representantes en el Parlamento vasco. Euskal Herritarrok, que no ha condenado la violencia, ha sido, en cambio, condenada por el electorado, lo que demuestra que la ciudadanía se aleja cada vez más de los postulados radicales y de las aventuras imposibles.
 

Gane quien gane
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 14 Mayo 2001

Los partidos políticos y los medios de comunicación han coincidido en movilizar al electorado provocando la polarización y apelando al dramatismo. Ni una ni otro -polarización y dramatismo- han sido artificialmente creados. Han adquirido máxima verosimilitud a causa del desigual reparto que ETA ha venido haciendo de su terror, concentrándolo en una parte claramente diferenciada de la ciudadanía. No podían ser otros los términos de la campaña. Al ciudadano se le ha empujado a las urnas como si en su voto estuviera, en esta ocasión, el futuro de la libertad y de la paz, el ser o no ser de la misma democracia en Euskadi.

El ciudadano cumplió ayer con su deber. Creyó, sin duda, que, aunque no con el tremendismo con que se lo habían planteado, su voto sí tenía que ver, de manera muy importante, con la consolidación de una democracia amenazada. Ahora espera que la gestión que los partidos hagan de su voto sea coherente con los planteamientos democráticos a que ellos mismos han apelado para solicitárselo. Tres serían -creo yo- los criterios básicos de democraticidad que el ciudadano desearía ver aplicados por los gestores políticos.

Aunque resulte vergonzoso recordarlo, el primero consistiría en la aceptación sincera y consecuente de los resultados. En unas elecciones en las que los miedos han desempeñado un papel más importante que las esperanzas y sus protagonistas se juegan tanto en la victoria o la derrota, resulta imprescindible, si de verdad en ellas se dirimía la democracia, que el perdedor -que lo habrá- no siembre duda alguna sobre un proceso que, a pesar de los muchos pesares en que se ha celebrado, ha mantenido los niveles exigibles de democraticidad. Ninguno de los muchos miedos que se han hecho presentes a lo largo del proceso ha impedido que estas elecciones se desarrollen en un clima de aceptable libertad. Al perdedor le corresponde aceptarlo y proclamarlo. Por el bien de la democracia.

Al ganador le tocará, por su parte, gestionar los resultados con altura de miras auténticamente democrática. Este sería el segundo criterio de democraticidad. La democracia tiene mucho de formas y de aritmética, de gobierno de mayorías y respeto de minorías. Pero no se agota en ellas. Tiene que ver, sobre todo, con el demos, con la organización más conveniente de la convivencia de acuerdo con la voluntad de los ciudadanos. En una democracia acosada desde fuera por el terrorismo y en una sociedad amenazada desde dentro de fragmentación, resulta exigible una gestión postelectoral que suponga un valor añadido en términos de integración política y consolidación institucional. Pírrica sería, en términos democráticos, la victoria de quien, tras tanto dramatismo y grandilocuencia de campaña, no supiera hacer otra cosa con los votos que contarlos y sumarlos, para restregárselos luego al contrario en las narices. La euforia del triunfo, plenamente legitimada, deberá dar pronto paso a la responsabilidad.

Y, finalmente, el tercer criterio de democraticidad tendrá que ver con los límites que los partidos democráticos van a decidir fijarse a la hora de ejercer la política en esta legislatura. Debería quedar clara, desde el principio, la determinación de blindar la actividad parlamentaria frente a la previsible interferencia de quienes sólo pretenden aprovecharse de ella para vaciarla de sentido democrático. Para precisar, nadie debería cometer la ingenuidad, que sería tambien indignidad, de permitirle a Euskal Herritarrok, mientras no demuestre su total desvinculación con el terrorismo y su plena aceptación de las reglas democráticas, actuar como caballo de Troya en el Parlamento. Hay métodos para impedirlo. Ponerse de acuerdo sobre ellos debería constituir el primer paso en la recomposición de la unidad democrática que todos predican. Sería también la primera señal de que comienza una nueva etapa más esperanzadora. Habríamos ganado todos o casi todos.

Política negociada, paz democrática
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 14 Mayo 2001 

Cuando escribo estas líneas, se está votando en las elecciones autonómicas establecidas por la Constitución y el Estatuto de autonomía del País Vasco; cuando aparezcan publicadas, salvo algún factor imprevisto, se conocerán los resultados. Sean éstos los que fueren, será necesario un cambio de rumbo en la política allí seguida, si se quiere evitar el avance precipitado hacia el riesgo de una violenta confrontación civil. Los elementos para ello ya están dados. Y no conviene engañarse cerrando los ojos o mirando para otro lado. El mismo proceso de estos comicios es clarividente. Nada de lo vivido durante la campaña se parece a una fiesta electoral. Hace más de un siglo, a la hora de elegir el espectáculo más grandioso de su Hemisferio, Walt Whitman nombraba el día de elecciones en América y el bullicio alegre de sus gentes. 

En el País Vasco se ha podido percibir el miedo de unos, el odio de otros y la dolorosa inquietud de los más responsables y empeñados en hallar una salida del laberinto y su fiera emboscada. No era posible la fiesta democrática y Eta se encargó de que estuviera presente el duelo y la muerte, no ritual sino demencial e injusta. En el polo opuesto de tal calamidad pública, lo que requiere el cambio político es orientar las cosas hacia la justicia política y la libertad democrática. Y ello implica voluntad negociadora. El Estado democrático de derecho se caracteriza por su disposición y su habilidad para negociar, frente al decisionismo impuesto de la política autoritaria. Pero esa negociación sólo puede admitirse con respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos, sin tolerar trampas ni coacciones. Porque el Estado democrático tiene también atribuido el control y el uso legítimo de la violencia, para evitar el abuso y la imposición de unos individuos o de unos grupos sociales sobre otros. Y está claro que debe resolver los conflictos y buscar la paz mediante la negociación y el derecho. Pero no cualquier paz, ni a cualquier precio. La paz tiene que ser políticamente justa, es decir, hacer respetar el orden constitucional legítimo que se han dado los ciudadanos libres, y está supeditada a la garantía de los derechos y libertades de todos los ciudadanos. Ha sido práctica habitual de quienes no respetan las mínimas reglas de juego hablar de diálogo y de paz. 

Y algunos ignorantes y otros excesivamente avisados han repetido, a coro, lo de la paz y el diálogo, sin entrar en las exigencias que ello requiere para que no se conviertan en la discriminación de los ciudadanos pacíficos y se dé paso a la pacificación impuesta por quienes utilizan como primer argumento el terror y la violencia ilegítima. La paz justa de la democracia no puede ir más allá de la voluntad y de los derechos de los ciudadanos, y no admite la imposición prioritaria de etnias, patrias, religiones o «ámbitos de decisión» que pretendan decidir lo que debe ser acatado por los súbditos. Hay que negociar la política de un gobierno democrático, y sólo así será posible una paz justa. Sin soberanismos obsoletos, ni censos racistas.   

El mayor desencanto
GERMAN YANKE El Mundo 14 Mayo 2001

El PP, que desde su primera comparecencia electoral en las autonómicas vascas ha mantenido una tendencia al alza, puede mostrar sus mejores resultados hasta el momento. Pero es sólo una forma de consolarse. En su contra, a mi juicio, han jugado dos factores fundamentales que han desbaratado las perspectivas que muchos analistas y los propios dirigentes populares tenían hasta ayer.

El primero, externo: el impresionante trasvase de votos de EH a las candidaturas del PNV. La campaña radical del PNV ha servido para que muchos desencantados de EH (y no sólo los votos que añadió a su bolsa en la euforia de la tregua) se hayan inclinado por sus listas sin que los sectores más moderados del partido lo abandonen. El PNV, a pesar de su deriva soberanista y de un par de años de gestión próxima al ridículo, tiene una base sólida de votantes y se convierte, bien es cierto que con el lenguaje que hasta hace poco utilizaba EH, en el referente sin discusión del nacionalismo vasco.

Pero hay otro factor interno, es decir, referido a sus propios votantes: el mal resultado obtenido en la circunscripción teóricamente más fácil y que, en virtud del reparto de escaños en el Parlamento vasco (25 por provincia independientemente del número de habitantes) podía ofrecerle un colchón considerable de apoyos. El PP obtuvo ayer el 32,7% de los sufragios en Alava cuando en 1998 consiguió el 35,5%. El PNV ha dejado reducidos los votos de EH en esa provincia en el 6% y, de esa manera, ha anulado la diferencia que el PP tenía en el 98.

No tendrá el PP posibilidad alguna de gobernar en el País Vasco, lo que aún está por ver en el caso del PSOE. Pero tampoco cambiará su posición ante el nacionalismo, lo que le aporta una coherencia que seguramente le dará más réditos en el resto de España que los que ha conseguido en estas elecciones autonómicas.

Queda por dilucidar el papel de Jaime Mayor Oreja en el futuro próximo. Su esfuerzo era doble: conseguir un buen resultado y liderar el cambio político en el País Vasco. Ha conseguido el primero, aún oscurecido por el triunfo de la coalición PNV-EA, pero no ha logrado la segunda de las metas. Y este fracaso tiene un coste personal que tendrá que ser el mismo el que administre. A diferencia de Nicolás Redondo, que se verá cercado por los dirigentes de su propio partido próximos a González, el futuro próximo de Mayor Oreja depende de él. ¿Seguirá encabezando la oposición en la Cámara vasca? ¿Podrá más el desencanto que un proyecto a largo plazo? Yo, desde luego, no tengo ahora la respuesta.

Segunda oportunidad
TONIA ETXARRI El Correo 14 Mayo 2001

Del resultado arrojado anoche por las urnas se puede llegar a la conclusión de que la situación de radicalidad y confrontación en la que han vivido los partidos políticos durante esta legislatura y en la campaña electoral, no sólo ahoga a los espacios intermedios, sino que ha estimulado como nunca la participación ciudadana. La voluntad mayoritaria de los vascos se pronunció ayer en las urnas batiendo su propio récord de implicación a la hora de elegir gobierno, lo que le dio, a esta consulta, el carácter plebiscitario en el que habían puesto especial hincapié los partidos autonomistas. Los dos bloques que se habían configurado en el Parlamento vasco durante la legislatura de la crispación, se mantienen prácticamente inalterables, pero con una gran diferencia en relación con estos dos años: que el PNV ha obtenido un magnífico resultado gracias a que buena parte del electorado de EH/HB se ha querido desprender del lastre de la violencia. También han experimentado un incremento de votos el Partido Popular y el Partido Socialista, pero una mayoría de ciudadanos, mientras ha dicho no a ETA, ha preferido dar una segunda oportunidad a la candidatura de Ibarretxe, que se ha presentado en esta campaña con un programa soberanista mientras decía, en el último tramo de la contienda, que no utilizará los votos de EH para ser lehendakari.

Ibarretxe, pues, tendrá que administrar cuidadosamente ese voto. La futura política de alianzas es donde tendría que dar un vuelco a partir de hoy si de verdad se quiere gobernar para todos los vascos, una promesa que no se llevó a cabo desde el gobierno nacionalista, en la pasada legislatura. El futuro Gobierno vasco tendría que hacer un esfuerzo de integración de las dos grandes sensibilidades de este país (la soberanista y la autonomista) para no volver a cometer los mismos errores del Pacto de Lizarra.

Descartadas la alianza con el grupo de Otegi al candidato nacionalista no le quedará más remedio que mirar hacia el Partido Socialista. Desde Izquierda Unida, un Javier Madrazo obsesionado con que Mayor no saliera lehendakari hablaba de la necesidad de rectificación, pero no se refería a la política excluyente de los nacionalistas, sino a la necesidad de que el partido de Redondo cambiara su coincidencia con el PP. Los socialistas también hablaban de corregir errores, pero se dirigían al PNV, al que le exigirán, en consonancia con lo que han ido diciendo durante toda la campaña, desde Euskadi, el retorno al consenso estatutario. Difícil panorama a la hora de configurar un gobierno de mayoría. Nunca es tarde, de todas formas, para empezar a rectificar.

El voto útil da una victoria histórica al PNV
El cambio en Euskadi sigue siendo necesario - Muchos ciudadanos han asimilado a ETA como un fenómeno más del paisaje - 21 años de nacionalismo han generado comportamientos difíciles de modificar en unos meses
CASIMIRO GARCIA-ABADILLO
El Mundo 14 Mayo 2001

Sensación de derrota. Anoche, en los cuarteles generales del PP y del PSOE se respiraba un ambiente de tristeza, de decepción incomprensible por unos resultados que parecen echar por tierra muchas horas de trabajo, de esfuerzo, de ilusión.

Y es que, políticamente el País Vasco apenas se ha movido. El bloque que forman los partidos nacionalistas suma 40 escaños (33 del PNV-EA y 7 de EH). En las últimas elecciones autonómicas, las de octubre del 98, celebradas en plena tregua, los nacionalistas obtuvieron 41 escaños (27 de PNV-EA y 14 de EH). El PP ha subido sólo un escaño (pasa de 18, con los dos de UA, a 19), y el PSE ha perdido uno de los suyos (pasa de 14 a 13 escaños). La IU de Javier Madrazo gana un escaño, pero su ascenso no le sirve para convertirse en la llave de la situación. Ibarretxe podrá gobernar, como ha prometido, sin el respaldo de EH, dado que sólo con sus escaños supera el resultado del bloque constitucionalista (33 frente a 32).

La alta participación (cerca del 80%) ha sido un elemento fundamental en estas elecciones. Sin embargo, el nacionalismo ha movilizado como nunca antes lo había hecho a su base electoral. La coalición PNV-EA ha logrado casi 600.000 votos (cerca del 43% del electorado), lo que no había conseguido ni siquiera en el año récord de 1984.

Es verdad que el PP y el PSOE han sumado casi 100.000 votos más que en las elecciones del 98, pero con lo que nadie contaba era con que los nacionalistas tuvieran también un elevado apoyo oculto que ha aflorado con fuerza para contrarrestar un sentimiento victimista que el PNV ha manejado con notable maestría: la invasión desde Madrid, el avance imparable del «españolismo».

En el bloque nacionalista ha funcionado a la perfección el voto útil. El descalabro de EH (la gran derrotada, que ha perdido la mitad de sus escaños y casi la mitad de sus votos) ha beneficiado casi exclusivamente a la coalición PNV-EA.

Madrazo, por su parte, ha jugado con astucia la posibilidad de ser la clave del gobierno y ha obtenido a cambio más de 70.000 votos y tres escaños.

El pesimismo comenzó a palparse ayer a primera hora de la tarde entre los cerebros del PP. Javier Arenas, Javier Zarzalejos, Pedro Arriola, José Ignacio Wert e Isidro Cuberos almorzaron juntos y comentaron en la sobremesa los datos de las encuestas hechas a pie de urna por las principales cadenas de televisión. El PNV aparecía en todas rondando o incluso superando los 30 escaños. Lo que más preocupaba en la sede del PP a medida que pasaban las horas era la inexplicable evolución de la participación en Alava. Está claro que algo ha fallado en el feudo tradicional del Partido Popular (donde esperaban obtener 11 escaños). Quizás un exceso de confianza que los líderes populares no han sabido medir bien.

La otra cara de la moneda era la alegría que se palpaba en el cuartel general del PNV. La estrategia del Arzalluz-Ibarretxe ha sido un éxito. El nacionalismo ha respondido a un mensaje simple que ha oscilado entre la apelación al diálogo como fórmula para acabar con el terrorismo y la cohesión frente al avance de las fuerzas constitucionalistas.

Para el PP y para el PSOE la situación ahora es peor que hace unos días. Ibarretxe puede gobernar sin la presión de actuar en minoría y tiene, además, la posibilidad de ignorar a EH. Aunque podría gobernar en solitario, no es descartable que el lehendakari pida al PSOE que se sume a su gabinete.

Redondo tendrá que sufrir la presión de pesos pesados de su partido, como Felipe González o Pasqual Maragall, que le pondrán sobre la mesa los resultados del 13-M como una demostración evidente de que tenían razón.

La situación de Jaime Mayor no es mucho mejor. Su partido le apoya sin fisuras pero el mapa electoral no justifica ahora su permanencia en el País Vasco. El ex ministro del Interior, que ha actuado con enorme valentía, tendrá que replantearse su futuro político de forma inmediata.

El triunfo de la coalición PNV-EA trastoca la política nacional y da un respiro a Jordi Pujol, que veía con enorme desconfianza el avance de los partidos «estatalistas» en el País Vasco. El nacionalismo, por tanto, ha salido enormemente reforzado tras el 13-M.

Los peor parados, con mucho, de la jornada electoral van a ser los concejales y militantes populares y socialistas, cuyas perspectivas a corto y medio plazo no pueden ser más desalentadoras. Seguirán viviendo amenazados y, además, inmersos en una sensación trágica de derrota.

¿Qué es lo que ha fallado? ¿Por qué las expectativas del bloque constitucionalista se han visto defraudadas? En primer lugar, lo que hay que dejar claro es que la apuesta del PP y del PSOE era la única posible en una sociedad que ha condenado a la mitad de sus ciudadanos a vivir bajo el miedo. Mayor Oreja y Redondo Terreros han hecho lo que debían. Han dado la cara y han ofrecido un proyecto político distinto del que ha estado vigente en los últimos 21 años en Euskadi.

El problema es que ni el PP ni el PSOE han valorado hasta qué punto esos 21 años han generado unos comportamientos en la sociedad difíciles de modificar en sólo unos meses.

El PNV ha conseguido que la mayoría de los ciudadanos vascos le miren como la opción menos mala, la única que garantiza un cierto clima de convivencia, pese al terrorismo. El «guerracivilismo» ha dado enorme rédito a Arzalluz e Ibarretxe, que se han situado frente a la sociedad civil como los garantes de una paz, que, aunque incompleta, evita un enfrentamiento directo entre dos bloques cada vez más irreconciliables.

Lo peor es que esos mismos ciudadanos han asimilado ya a ETA como un fenómeno más del paisaje. Los terroristas saben ahora que, aunque su brazo político haya sido derrotado, la mayoría de los ciudadanos apuestan por dialogar con ellos; es decir, por cederles bazas políticas a cambio de que dejen de matar.

El presidente del Gobierno, que ha hecho de su apuesta por el cambio en el País Vasco el centro de su discurso político, debe recomponer sus planteamientos. Los ciudadanos que han respaldado las opciones del PP y del PSOE (más de un 40% de los electores) necesitan ahora más que nunca una respuesta, un mensaje de esperanza para afrontar el futuro.

Aznar debe ser consciente de que el cambio en el País Vasco requiere todavía mucho más tiempo, más paciencia, tal vez mensajes menos crispados y bastante pedagogía.

Pero la rectificación no debe hacer perder de vista lo sustancial: el País Vasco sigue necesitado de un cambio hacia una sociedad más libre y democrática. 

Hernani: vuelco electoral en el santuario del radicalismo
El PP tuvo que traer interventores de Vitoria y del resto de España, ya que en la localidad guipuzcoana, tradicional feudo de EH que perdió ayer por primera vez en favor del PNV, nadie se atrevía a serlo
JOSE L. LOBO. Enviado especial El Mundo 14 Mayo 2001

HERNANI (GUIPUZCOA).- «¿Tú no eres de aquí, verdad?». El guardia civil que custodia la puerta de la Herriko Etxea (Casa del Pueblo) de Hernani, donde comparten sede el PSE y la UGT, viste pantalones vaqueros, luce un anillo plateado en el lóbulo y lleva colgada una sonrisa burlona de oreja a oreja. Y ante la expresión de sorpresa del forastero, al que dice haber reconocido por el ejemplar de EL MUNDO que sujeta bajo el brazo, el agente camuflado le regala un consejo: «Te recomiendo que no vayas por aquí con ese periódico. Esto es Hernani, ¿sabes?».

A simple vista, la Herriko Etxea se asemeja a cualquiera de las muchas tabernas que se asoman a las calles de este municipio guipuzcoano de 18.000 habitantes, un tradicional santuario del nacionalismo radical gobernado con mayoría absoluta por EH. Pero ayer, la localidad sufrió el mismo proceso que otras plazas de EH y el PNV se convirtió en la fuerza política más votada.

Puede que el recién llegado no sepa que, desde su inauguración, los violentos han atacado con cócteles molotov hasta 11 veces la sede-bar socialista, pero enseguida comprende que semejante dispositivo de seguridad es más propio de la cámara acorazada de un banco que de un modesto negocio de hostelería: antes de alcanzar la barra, el visitante debe sortear dos puertas de apertura retardada.

«Esto parece una caja fuerte en vez de la Casa del Pueblo, pero es la única forma de que no la vuelvan a quemar», cuenta resignado José Morcillo, uno de los dos concejales socialistas de Hernani. A media mañana, el edil, como un torero a punto de saltar a la plaza, anuncia a su cuadrilla de guardaespaldas: «Hala, vamos a votar». Y los cuatro escoltas, cuatro, con el dedo presto en el gatillo de su estoque de 9 mm, inician el paseíllo desde la sede-fortín hasta la ikastola Elizatxo, donde Morcillo va a depositar su voto. (A 100 metros de distancia, en la plaza de Zinkoenea, un coche bomba segó la vida del ertzaina Iñaki Totorika el pasado mes de marzo).

Sobrevivir
«Para mí, el futuro existe en la medida en que lo vivo minuto a minuto. Cada mañana, cuando salgo de mi casa, me pregunto si volveré; y cuando lo hago, doy gracias por haber vivido un día más. Esa es mi filosofía», asegura Morcillo.

Pocos minutos después es José Ramón Chica, el otro concejal socialista, quien hace el paseíllo hasta las urnas protegido también por cuatro guardaespaldas, cuya presencia imponente le parece excesiva a este modesto auxiliar administrativo de 32 años.

«Mis padres son andaluces, pero yo he nacido en Hernani y he vivido aquí toda mi vida. Ahora, simplemente, sobrevivo, después de haber sufrido amenazas, agresiones e insultos, y de ver mi foto en una diana con mi dirección y mi número de teléfono», relata Chica, que camina hacia su colegio electoral ajeno a los dos personajes que le observan, inanimados, desde los pasquines que ensucian calles y paredes, y que le han robado protagonismo en el odio de los radicales: Baltasar Garzón («fascista, pim, pam, pum») y Jaime Mayor Oreja (saludando al general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo junto a esta advertencia: «Que no te den gato por liebre ni Oreja por oveja»).

Estefanía, la hija de José Morcillo, pasea por las mesas electorales instaladas en la Casa de la Cultura con su pegatina de «apoderado» del PSE prendida en el pecho. Ella sabe mejor que nadie lo que significa ser militante socialista en Hernani: «Recuerdo que un día cogí el autobús para ir a la facultad, en San Sebastián, y media docena de borrokas que iban dentro me reconocieron y empezaron a insultarme. Uno de ellos me dio un puñetazo y me tiró al suelo, pero lo que más me dolió es que el autobús iba lleno de gente y nadie me ayudó».

Una de las mesas que vigila Estefanía está presidida por un joven enfundado en una sudadera que lleva prendido el anagrama de Haika (la organización juvenil de la izquierda abertzale recientemente ilegalizada por Garzón) y la leyenda «Euskal Gazteria aurrera» («Adelante la juventud vasca»). En cuanto ve entrar a los recién llegados (un apoderado y dos observadores del PP), el de la sudadera sabe de inmediato que no vienen a votar. Y se encara con ellos: «Aquí no podéis entrar armados».

Ninguno de los tres lleva pistola, pero sí el mocetón que les aguarda a las puertas de la sala, guardaespaldas de quien parece llevar la voz cantante, Jorge Ibarrondo, un concejal popular de Vitoria que ha venido a cubrir el vacío de interventores de su partido en Hernani. «¿Y tú, llevas armas?», le responde éste. «En nuestro pueblo no tenemos porqué llevar ningún arma», se envalentona el seguidor de Haika.

Para rebajar la tensión, Ibarrondo y sus acompañantes (Javier y Jorge, dos jóvenes militantes que han viajado desde Madrid) dan por zanjada la disputa y se dirigen hacia el vestíbulo de la Casa de la Cultura, donde se tropiezan con Mari Carmen López, una parlamentaria alavesa del PP que también ejerce de apoderada, con sus guardaespaldas y con los vecinos de Hernani que han preferido ir a votar antes del almuerzo. Uno de ellos, al reconocer a los dirigentes y simpatizantes populares tras sus pegatinas, le dice a su acompañante: «¡Joder, estamos rodeados!».

«Personas non gratas»
El odio a lo español rezuma en cada esquina de este bastión abertzale, que declaró «personas non gratas» a José María Aznar y a los Reyes cuando acudieron, el pasado mes de septiembre, a la inauguración del Museo Chillida; que decretó días laborables el 12 de octubre y el 6 de diciembre porque son «fiestas españolas», y que veló en su Ayuntamiento el cadáver del etarra Ekain Ruiz, a quien el pasado verano, en Bilbao, le explotó la bomba con la que se disponía a ejecutar a algún enemigo de Euskal Herria.

Todos los apoderados e interventores del PP que deambulan por los colegios electorales de Hernani son paracaidistas llegados desde otros puntos de Euskadi y de España: es otro de los tributos que se cobra el miedo.

También lo era el único concejal que obtuvo el partido en las últimas elecciones municipales (un jubilado de Navarra), que ni siquiera llegó a tomar posesión del cargo. Y ninguno de sus compañeros de lista aceptó sustituirle. «Aquí hay barrios», afirma un militante socialista, «en los que casi el 100% de los votos es para EH, así que ni nos molestamos en mandar interventores».

Ereñozu es uno de esos feudos radicales: a cinco kilómetros del casco urbano de Hernani, perdido entre los frondosos bosques que bordean el río Urumea, ningún encuestador se molestó ayer en preguntar el destino de su voto a los vecinos que abandonaban el colegio electoral del barrio, instalado en una ikastola.

«¿Para qué voy a ir yo a Ereñozu?», bromeaba Eneka, una joven estudiante apostada a la puerta de un colegio electoral del centro de Hernani, que cobrará 15.000 pesetas por su jornada de trabajo para una empresa de sondeos contratada por la televisión vasca. «Bastante tengo con aguantar aquí a más de un maleducado, como el que me acaba de soltar que el voto es secreto, y que a mí qué me importaba a quién había votado».

Adiós, Euskadi
GABRIEL ALBIAC El Mundo 14 Mayo 2001

Vuelta a la casilla de partida. Pero en infinitamente peor. Más de un año de campaña electoral, el más amplio consenso cristalizado jamás entre partidos españoles, la unanimidad combativa de analistas, intelectuales, ciudadanía... Y, al final, un resultado como una lápida: vuelta al cero, retorno a la casilla de partida. O peor.

Peor. Porque, al fin, en una guerra de trincheras -y ésta lo es-, toda operación de asalto debe ser milimétricamente sopesada antes de apostar por ella. El coste de un movimiento estratégico global, cuando no logra romper la línea de frente y acaba en repliegue, es inmenso. Una inmovilidad táctica -no digo ya un retroceso, como es el caso- equivale, entonces, a una rotunda derrota estratégica.

A partir de hoy, el País Vasco es ingobernable. Lo era ya. Pero las elecciones perdidas eran la última baza. Política. Se ha desplegado toda la batería de recursos -y son muchos- de la que un Estado democrático dispone para poner coto a la descomposición. Ha fracasado. Todo se congela. Síntoma de algo que, asombrosamente, no fue previsto: que el desgarro civil en las provincias vascongadas no es sólo un hecho político; que dos ciudadanías incompatibles coexisten, hoy, en un mismo territorio y que, como locomotoras enfrentadas a toda velocidad sobre una sola vía, no tienen más destino que el de chocar y aniquilarse.

Analizando en frío, no hay una sola combinación de gobierno que no sea catastrófica. Un bloque nacionalista (PNV-EH) se vería abocado, sin remedio, a legislar contra Madrid; y a generar, en muy corto plazo, un conflicto constitucional crítico. La entrada del PSE en un gobierno del PNV haría volar, en media docena de taifas regionales, al actual PSOE. El gobierno de unidad nacional (PNV, PSE y PP) no es siquiera contemplado por un PNV y un PP presos de sus propias retóricas y clientelas. Al final, será el PNV quien gobierne en solitario. Con EH al acecho. Y una sola expectativa: rehacer Estella.

La realidad ha infligido un duro castigo a quienes se empeñaron en confundir deseos con realidades. Mortífero para PP Y PSOE, que ven el País Vasco perderse en un horizonte lejano al que la Constitución española define. Mortífero también, nadie se engañe, para el PNV; para esa ultraconservadora democracia cristiana cuya única posibilidad de gobernar establemente va a pasar, a partir de ahora, por el plácet del último movimiento insurreccional de Europa.

Nunca se debió llegar a estas elecciones vascas, cuyo destino era transparente para cualquiera no empeñado en engañarse. Ahora es demasiado tarde. Y no hay arreglo.

¡Adiós, Euskadi!

Lo previsible
Antonio GARCÍA-TREVIJANO La Razón 14 Mayo 2001 

Jamás he podido sostener la estupidez de que la Transición no ha supuesto un cambio político respecto a la dictadura, ni que este cambio no es apreciable a simple vista en los modos de ejercer el poder y de usar las libertades públicas. ¿Cómo no voy a ver que la Monarquía parlamentaria rompió las formas políticamente groseras de la primera Monarquía dictatorial? Pero también veo que tal «autorruptura» habría sido inconcebible sin el supuesto básico de que continuaría instalado en el Estado un tipo de poder incontrolado que, precisamente para eso, autorrompió su camisa y la mudó por otra más ancha, al modo de los invertebrados. La substancia del poder autoritario, sin autoridad moral, tenía que permanecer inalterada para que fuera concebible el cambio liberal en su ejercicio. Pues en toda reforma política está implícita la permanencia de la substancia reformada.

   Mientras que el proceso de Ruptura exigía un cambio substancial en la naturaleza del poder político, del que la democracia se derivaría con naturalidad en la forma de Gobierno, a la Reforma le bastaba con un cambio accidental en el modo de usar el viejo poder. La Ruptura era un cometido de la Sociedad civil, de donde saldría la democracia en el Gobierno como fruto natural de la libertad. La Reforma era un truco del Estado para meter a los partidos en su seno y oligarquizar la dictadura. Con la Ruptura, el poder se abriría a la sociedad política. Pero con la Reforma permanecería encerrado en la sociedad estatal. Cuya naturaleza no se altera por el hecho de que los partidos ingresen en ella para enquistarse con los elementos genuinos de la Dictadura.

   En mi libro «Pasiones de servidumbre» enlazo la autorruptura de la forma del poder estatal con la degeneración de las pasiones dominantes en la sociedad gobernada. Pues, a diferencia de lo que ocurre en los procesos de regeneración política del Estado por la acción de factores civiles externos al mismo, el poder estatal que, a fin de permanecer, se autorrompe por debilidad interna y presión externa, degenera y corrompe a toda la sociedad civil. Han cambiado bruscamente las pasiones sociales porque hubo un cambio brusco en la forma y en las ideas de Gobierno. Y han degenerado los sentimientos de nobleza y lealtad en la sociedad, porque ese cambio político en el Estado no lo generó la libertad, sino un consenso de traición y de reparto entre poderosos.

   ¿Son reales las pasiones que describo? ¿Son moralmente peores de las que dominaban en la sociedad civil antes de la Transición? ¿Hay menos idealismo vital y menor aprecio a la nobleza que en la sociedad de nuestros padres? ¿Cómo explicar los sentimientos de los votantes al partido de la corrupción o al que lo indultó? ¿Cómo ha podido transformarse en problema político la condena moral del terrorismo? ¿Por qué acepta la sociedad que se concedan honores póstumos a célebres torturadores? ¿Por qué se considera irremediable que en una parte de España se viva con odio mortal a lo español? ¿Dónde está el origen de la tragedia? ¿Por qué no escandaliza que hombres como Fraga, Martín Villa, Polanco o Cebrián estén donde están? ¿Por qué se degenera el idioma en los medios informativos? ¿Por qué triunfa la baja cultura en los espacios públicos? ¿Por qué se anegó el campo universitario con caudales de ignorancia docente? ¿Por qué quieren los estudiantes un simulacro de educación? ¿Por qué financiar con fondos públicos a los partidos y sindicatos? ¿Por qué se privatiza hasta el aire que respiramos? ¿Por qué se ha desprestigiado la función pública y en especial la judicatura? A estas cuestiones responden las pasiones esbozadas en mi libro. Ha sucedido lo previsible a fines de 1976. Hoy son preguntas impertinentes. Y nadie osa refutar la tesis que las explica.


Una sociedad dividida
JUAN FRANCISCO MARTIN SECO El Mundo 14 Mayo 2001


Nada nuevo nos dicen los resultados. Una sociedad dividida en dos mitades. Difícil resulta saber quiénes han sido los ganadores, y más difícil predecir cómo van a gobernar. Sustancialmente todo sigue igual. Un solo dato aparece como vidente, los perdedores: la ideología de izquierdas y el País Vasco. Estaban ya derrotados antes de iniciarse la carrera, las elecciones, desde el momento en que la confrontación se planteó en clave nacionalista, en pro y en contra. En Euskadi no hay parados, ni contratos basura, ni accidentes laborales, los trabajadores no pierden poder adquisitivo... En el País Vasco no hay listas de espera y la sanidad y la justicia funcionan perfectamente. No existen jubilados con pensiones de miseria, ni desigualdades lacerantes en la riqueza y la renta. En Euskal Herria parece que sólo hubiera nacionalismo y antinacionalismo, que a menudo es también nacionalismo a su manera. A lo largo de la Historia, los nacionalismos quebraron en múltiples ocasiones el progreso social y la unidad de los trabajadores. Tan pronto como aparecen lo llenan todo y los problemas sociales y económicos se postergan.

Se me dirá que en el País Vasco lo que sí hay es terrorismo, y que dar respuesta a esa falta de libertad es lo primero. Tal vez. Pero eso, por mucho que algunos se hayan empeñado en convencernos de lo contrario, no es lo que se dilucidaba en estas elecciones. Unicamente desde intereses partidistas, o desde la más simple de las inocencias, se puede afirmar que el triunfo de alguna de las opciones iba a representar el fin de ETA. También al principio de la tregua se sostuvo que se había derrotado a ETA.

No todos los problemas admiten solución, al menos a corto plazo. Tratar de convivir con ellos surge como la única opción viable. No resulta fácil. Desde el animismo hasta las construcciones religiosas más elaboradas, el hombre ha huido de los enigmas indescifrables a través de falsos remedios. Los atajos, los apremios y las coacciones, lejos de resolver los dilemas, a menudo dificultan su desenlace. El gran problema del País Vasco es una sociedad escindida al 50%. Cualquier intento de solución basado en la imposición de una de las partes sobre la otra no puede conducir más que al desastre. Algo sí han mostrado los resultados electorales, que el pueblo vasco será el gran perdedor, si el frentismo permanece y las dos mitades no se avienen a entenderse o, al menos, a tolerarse.

EH roza el abismo en los pueblos que ETA ha elegido para asesinar tras la tregua-trampa
VITORIA / MADRID. ABC 14 Mayo 2001

Sabido es que el País Vasco es tierra de contrastes y que, separadas por pocos kilómetros, cohabitan poblaciones que mayoritariamente rinden culto a ETA junto a otras, que como Ermua, son símbolo de paz y unidad. Ayer, los resultados pusieron de manifiesto que el respaldo a EH es cada vez menor, especialmente en los pueblos que ETA elige para matar.

Desde que los terroristas de ETA decidieron dar por concluida la tregua trampa el 27 de noviembre de 1999, han asesinado a un total de trece personas sólo en poblaciones vascas. En localidades como Vitoria, donde un coche-bomba acabó con la vida del dirigente socialista Fernando Buesa y de su escolta, el ertzaina Jorge Díez, el 22 de febrero del año pasado y con la del funcionario de prisiones Máximo Casado en octubre; como Zumaia, donde fue asesinado el dirigente empresarial José María Korta el 8 de agosto; o como Zumárraga, donde el concejal del PP Manuel Indiano caía abatido a tiros en su tienda de chucherías tan sólo 21 días después...

Son localidades que nos evocan la tragedia de la muerte y en las que, a la vista de los datos que han arrojado las urnas, se ha producido una reacción ciudadana que revela que los vascos no quieren a quienes matan ni a quienes justifican abiertamente las acciones terroristas, esto es, a Euskal Herritarrok. Esta coalición ha perdido la mitad de sus escaños y experimenta un descenso en su respaldo social, indistintamente en capitales y pueblos.

ZUMAIA COMO PARADIGMA
Zumaia es precisamente uno de esos casos. En la localidad en la que el presidente de la patronal guipuzcoana, José María Korta, fue asesinado, Euskal Herritarrok es la única formación política que pierde apoyo electoral, cuando todas las demás ganan votos. La formación de Otegi pasa de algo más de 1.300 votos a 820, una pérdida sensible y casi tan significativa como la ganancia que obtiene el PNV: consigue casi mil votos más que en 1998.

En las tres capitales —Vitoria, San Sebastián, donde han sido asesinados el cocinero Ramón Días y los trabajadores de Electra Josu Leonet y José Angel Santos, y Bilbao—, se ha producido exactamente el mismo fenómen. Todos los partidos incrementan su número de votos excepto Euskal Herritarrok, cuyo desastre se exhibe de forma más patente en la capital vizcaína. Allí se deja en el camino 11.000 votos; 7.920 votos en San Sebastián y 6.292 en Vitoria.

Por efecto contrario, el PNV gana 15.996 votos en Bilbao, instalándose en un total de 91.630; en la capital guipuzcoana obtiene 12.882 votos más y en Vitoria, casi otros 12.000, en concreto 11.864 papeletas con su nombre. También PP y PSE-EE ganan apoyo social, pero en muy menor medida en las tres capitales.

El PP gana 4.685 votos en San Sebastián; sólo 1.260 en Vitoria; y bastante más, 13.897 votos, en Bilbao. Aquí, los socialistas de Nicolás Redondo Terreros logran 4.444 papeletas más; 3.848 en San Sebastián y casi 10.000 en Vitoria.

LA DIVISIÓN DE EH, EN LOS PUEBLOS
Izquierda Unida, por su parte, que ha obtenido un respaldo ciudadano ligeramente más amplio que en los comicios de hace dos años, gana 1.034 votos en Bilbao; 1.751 en la capital guipuzcoana y 1.338 en la principal ciudad alavesa.

Igualmente, Euskal Herritarrok —dividida durante semanas antes de la campaña entre duros partidarios de la «línea oficial» de ETA y «críticos» pertenecientes a la corriente Aralar— ha experimentado un auténtico bajón en las localidades en las que ha cometido atentados.

El 7 de mayo del año pasado caía asesinado el concejal del PP Jesús María Pedrosa en Durango (Vizcaya). Allí, la coalición liderada por Arnaldo Otegi pierde unos de 1.100 votos, casi una tercera parte de los votos emitidos en 1998. Allí, el partido que más sube es el PNV-EA, que logra 8.286 papeletas.

Apenas un mes antes, ETA había asesinado en Andoain (Guipúzcoa) al periodista y miembro del Foro de Ermua José Luis López de Lacalle. En esta localidad, EH pierde más de una tercera parte de su anterior electorado, al obtener 1.534 votos y haber perdido 642. De igual forma, el partido no sólo más votado, sino el que más respaldo gana, es de nuevo el PNV: de sus 3.309 votos actuales, son nuevos 793, frente a los 396 nuevos logrados por el PP y los 239 del PSE.

El 27 de julio de ese mismo año fue asesinado en Tolosa el ex gobernador civil socialista Juan María Jáuregui. En este pueblo EH baja de 3.205 a 2.212 votos y el PNV gana casi 2.000, sorprendentemente una tercera parte más. El PSE, partido al que pertenecía Jáuregui, apenas gana 160 votos para lograr un total de 1.070.

En Zumárraga, pueblo en el que ETA se cebó especialmente con unconcejal del PP, Manuel Indiano —inusualmente recibió una decena de disparos—, el respaldo a EH era pequeño, pero ahora pierde casi la mitad de su electorado: queda con 720 votos y pierde más de 300. En esta localidad, como excepción en los datos de IU, la formación de Javier Madrazo también pierde, aunque sólo nueve votos respecto a 1998.

Finalmente, Lasarte es otra prueba más de la tendencia general: EH reduce su apoyo ciudadano prácticamente a la mitad y consigue 1.147 votos, perdiendo 936; los demás partidos ganan y, como fue habitual en la jornada de ayer, sobre todo el PNV.

EH coaccionó a los dirigentes del PP, PSE y Foro Ermua
Mayor, Iturgaiz, Redondo, Vidal de Nicolás y San Gil votaron hostigados sin que interviniera la Ertzaintza; Ibarreche no tuvo problemas Otegui usó el carné de conducir y a Ternera, un presidente de mesa de EH no le admitió el DNI vasco
M.R.Iglesias/Redacción - San Sebastián/Vitoria/Bilbao.- La Razón 14 Mayo 2001

Grupos de radicales de la organización juvenil Haika, ilegalizada por el magistrado Baltasar Garzón, insultaron, amenazaron, acosaron e intimidaron a varios candidatos del PP y del PSE cuando los políticos se dirigieron a su colegio electoral a ejercer su derecho al voto. Por contra, los dirigentes nacionalistas pudieron votar sin problemas ni coacciones.


   Los primeros incidentes se registraron poco antes de las nueve y media de la mañana en la Casa de la Cultura de Lugaritzen en San Sebastián cuando apareció la cabeza de lista del PP por Guipúzcoa, María San Gil. Un grupo de jóvenes con carteles de protesta por la ilegalización de Haika corearon consignas y abuchearon a la candidata María San Gil, quien necesitó de la presencia de la Ertzaintza para poder ejercer su derecho al voto. Una vez emitida la papeleta, los radicales persiguieron a María San Gil por las calles donostiarras impidiendo que pudiese pasear con su familia.

   También en el colegio electoral de Las Arenas, en la localidad bilbaína de Guecho, los proetarras insultaron y amenazaron al presidente del PP vasco, Carlos Iturgaiz, que acudió a votar en compañía de su familia. En el interior del colegio varios apoderados de EH desplegaron una pancarta en favor de los presos etarras y lanzaron gritos de «carcelarios» hacia Iturgaiz. La presidenta de la mesa electoral decidió el desalojo del local, y posteriormente el presidente del PP junto a su esposa pudo votar.

   Iturgaiz se lamentó de los incidentes: «es terrible que vayas a votar y te amenacen y te insulten como me han hecho a mi y a mi mujer». «No sólo nos matan», añadió, sino que ni siquiera nos quieren dejar votar».

   Dos proetarras fueron detenidos en Deusto al corear gritos a favor de los presos. Uno de ellos resulto interventor de EH.

   Tampoco faltaron los incidentes en la votación del candidato del PP, Jaime Mayor Oreja, en San Sebastián. En las Escuelas Amara le esperaban proetarras de HB y de Haika con carteles a favor de los presos, que coreaban consignas en protesta por la ilegalización de Haika. En ese momento otro grupo de ciudadanos se enfrentó a los radicales con gritos de libertad. La Ertzaintza separó a los dos grupos y Jaime Mayor Oreja pudo votar. El candidato popular mostraba su malestar por esta situación: «una vez más insistir en la importancia de la participación, lo que ha pasado aquí, y a María San Gil y a Carlos Iturgaiz nos confirma que las cosas deben cambiar. Los vascos debemos votar con la convicción de que este paisaje lamentable no se va a volver producir».

   El número uno de los socialistas vascos, Nicolás Redondo Terreros, ejercía su derecho a voto a primera hora de la mañana en Potugalete acompañado de su padre, el sindicalista Nicolás Redondo, y tampoco se libró de los insultos y gritos. Un poco más tarde de lo esperado por que Redondo Terreros se olvidó su DNI en casa, el candidato socialista expresaba tras la votación que «el día de hoy va ser el principio de un camino en el que podamos convivir nacionalistas y no nacionalistas en plano de igualdad y de libertad».

   Por su parte, el presidente del Foro Ermua, Vidal de Nicolás, fue increpado en una mesa electoral de Portugalete, donde no había ningún agente de la policía autónoma. Tras denunciar el hecho, su mujer pudo votar con presencia policial.

   Este tipo de actitudes vulneran la Ley Electoral General, que en su artículo 93 establece que ni en los colegios ni en sus inmediaciones «se podrá realizar propaganda electoral de ningún género, ni podrán formarse grupos susceptibles de entorpecer el acceso a los locales, ni se admitirá la presencia de quién o quiénes puedan dificultar o coaccionar el libre ejercicio del derecho de voto». La Ley Electoral General castiga este incumplimiento con penas de arresto mayor o multas de hasta 300.000 pesetas, mientras que la Ley Electoral vasca sólo lo castiga con multas de hasta 200.000.

   Por el lado nacionalista,    el «lendakari» en funciones Juan José Ibarreche pudo charlar, incluso, con algunos agentes de la Ertzaintza, mientras que algunos líderes del PP veían, sorprendidos, que en sus colegios electorales no había agentes de la policía autónoma vasca que pudieran mantener su seguridad.

   El batasuno Arnaldo Otegui votaba en Elgóibar y se acreditaba con el carné de conducir porque no le permitieron votar con el DNI vasco. Lo hizo como protesta, aunque no debió ser consciente de que, si en el D.N.I. se lee «España», en el carné de conducir pone «Reino de España».

   Tras votar, señaló que «consideramos que hoy hay tres opciones: empeorar más las cosas, votar a los constitucionalistas, seguir como estamos votando a los autonomistas, o hacer que las cosas cambien votando a la opción que desde el sentido común va a fortalecer el cambio».

   Por último el líder de IU, Javier Madrazo, votó sin acoso en el barrio bilbaíno de Rekalde, aunque detrás de él se desplegaron varios carteles.

El sutil espíritu represivo de la Herriko 'Kaberna'
Los electores soportan graves presiones ante las urnas - Militantes de HB increpan a Mayor Oreja y a Iturgaiz - Presidentes e interventores de EH acuden a los colegios vistiendo camisetas alusivas a los presos de ETA
ALFONSO ROJO. Enviado especial El Mundo 14 Mayo 2001

ONDARROA (GUIPUZCOA).- La única propaganda electoral visible es la de EH. En Lekeitio y Markina, que no están muy lejos y donde los fanáticos abertzales campan también a sus anchas, la situación es similar.

Lo primero que te llama la atención es la cantidad de balcones de los que cuelga un trapo blanco cruzado con un crespón negro en el que se reclama el retorno a Euskadi de los presos etarras.

Una de las banderolas más visibles luce sobre la puerta de la Herriko Taberna -Kaberna, según algunos-, emplazada frente al instituto donde funcionaba ayer uno de los tres colegios electorales de la localidad. Habíamos quedado con Germán López Bravo, concejal aquí del PP, para ver de cerca y desde dentro cómo se desarrollaba la jornada electoral.

Más tarde, surgió la denuncia de una mujer que juraba airada haber visto cómo el presidente de su mesa permitía a dos sujetos votar utilizando el llamado carné de identidad vasco, pero ante nuestros ojos la jornada se desarrolló con engañosa normalidad.

En estos pagos, donde pensar distinto o diferenciarse se puede pagar con un balazo en la nuca, casi todo -desde el miedo a la presión social- es opaco, disimulado, engañoso y hasta aparentemente sutil.

Ondarroa es territorio comanche, pero aquí -a diferencia de lo ocurrido en la civilizada San Sebastián-, no ha habido incidentes espectaculares. En la capital de Guipúzcoa, los energúmenos de HB esperaban a Jaime Mayor Oreja.

Sabían, al igual que los periodistas, que votaría en la calle Urbieta, y cuando el candidato del PP arribó al colegio electoral acompañado de María San Gil, lo recibieron al grito de «Jo ta ke irabazi arte», que en castellano quiere decir: «Dale que te pego, hasta ganar».

Los manifestantes eran pocos, pero muy parecidos. Casi todos exhibían pendiente en la oreja, aspecto patibulario, camiseta con lema alusivo a los terroristas presos y notables cuerdas vocales. Portaban una pancarta, en la que iba escrito en euskara y con grandes letras el lema: «La juventud vasca, adelante», y cuando varios de los que iban con Mayor Oreja les respondieron entonando «basta ya» y «libertad», subieron el diapasón. Chillaban desaforadamente.

Más duro lo tuvo Carlos Iturgaiz, el joven presidente del PP vasco, a quien un grupo de exaltados aguardaba emboscado en el tercer piso de la Escuela de Idiomas de Las Arenas. A Iturgaiz lo siguieron, hostigándole hasta la urna y tildándole de «fascista». El dirigente del PP vasco, que iba con su mujer, hizo una pausa antes de introducir la papeleta para comunicar lo obvio a los miembros de la mesa: aquellos sujetos estaban intentando coaccionarle y lo mismo hacían con cualquiera que fuera a votar. No tuvo mucho éxito su protesta y, al final, fueron sus guardaespaldas los que despejaron el camino.

Los espectáculos montados en torno a Mayor Oreja o a Iturgaiz han sido lo «excepcional». Los proetarras sabían que habría cámaras y, fieles a un perverso guión ensayado muchas veces, trataron de aprovechar el momento para hacer ruido y montar bochinche.

Lo normal, el sistema aplicado en la mayor parte de los sitios, ha sido más plácido. En Ondarroa, Beasain y decenas de pueblos, lo que hicieron los vocales, presidentes e interventores electorales de EH fue presentarse en los colegios con camisetas alusivas a los terroristas presos. También mirar con aire fiero y colocar ejemplares del diario Gara sobre las mesas.

El trabajo de zapa había sido realizado con anterioridad. Las largas bandas plásticas amarillas con el lema de EH, EH, EH, EH son omnipresentes en Ondarroa y en muchos pueblos del País Vasco. Nadie se atreve a retirar las pancartas de los proetarras, así como nadie hace nada para impedir que los entusiastas de la kale borroka manchen, desgarren o cubran los carteles del PP o de los socialistas.

En casi todo el País Vasco, pero sobre todo en el Goierri, en Hernani, en Ondarroa y sitios parecidos, la calle sólo es de unos. Choca un poco, sobre todo cuando te cuentan que muchos de los que se embarcan en los pesqueros o laboran en las fábricas locales son de origen gallego, extremeño, andaluz y castellano o hijos de los que acudieron a la llamada de la industrialización.

«Es raro que alguien se atreva a ponerse gabardina en una playa nudista», explica cachazuda y paciente Luisa Urrieta Jaureguizar, una interventora del PP con quien paseábamos ayer por Ondarroa. «Aquí hay muchos que exacerban la militancia antiespañola y se vuelven feroces abertzales, intentando obtener el pedigrí euskaldun».

Cita con sorna al concejal de Llodio, nacido en la localidad palentina de Baltanas, al zamorano Permach, que iba como candidato en la lista guipuzcoana de EH y a unos cuantos que tratan de difuminar su origen cambiando ch por x y las letras c por k en sus apellidos.


«Algo ha empezado a cambiar»
En el barrio de Deusto, en Bilbao, dos personas fueron detenidas cuando intentaban manifestarse dentro de un colegio electoral, coreando consignas en favor de los presos de ETA. Uno de ellos era un interventor de EH. Ante la llegada de la Ertzaintza, ambos se negaron a identificarse y fueron arrestados.

Lejos de la costa, en mitad de la comarca del Goierri, las cosas tampoco han sido fáciles. Llegamos a Beasain muy temprano, cuando todavía no habían abierto los colegios electorales y ya estaba allí el socialista Alfonso Segades, dando la cara y reafirmando su derecho a la voz y el voto.

En Beasain es el Partido Nacionalista Vasco el que gana siempre las elecciones. Tiene ocho concejales en la Corporación municipal. La segunda fuerza es Euskal Herritarrok, que suma cuatro concejales. Los socialistas de Euskadi cuentan con tres y el Partido Popular sólo con dos.

Alfonso fue concejal del pueblo durante 12 años y ayer quería, con su presencia física en la puerta del colegio electoral, dejar bien claro que los suyos no se rinden, sino que están dispuestos a continuar la batalla sin descanso.

No hubo discusiones, ni gritos, ni peleas. Sólo las camisetas de EH, alguna mirada torva y una invisible tensión. También esperanza y hasta sonrisas, porque -identificándose con las palabras de Alfonso Segades- muchos sentían que «algo ha empezado a cambiar».

Los países hispanohablantes se unen para hacer oír el español en la ONU
NACIONES UNIDAS. Alfonso Armada, corresponsal ABC 14 Mayo 2001 

El español es uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas y su crecimiento en hablantes y prestigio es palpable, no sólo en países no hispanos, como Estados Unidos y Brasil, donde la demanda de profesores duchos en los intríngulis de Cervantes crece de forma geométrica. Pero en el día a día el español está a años luz del inglés. Ese ninguneo ha llevado a que veinte países de habla hispana impulsaran en el Comité de Información de las Naciones Unidas un proyecto de resolución para que el multilingüismo sea la norma y no la excepción, así como un tratamiento igualitario de la información pública de los seis idiomas oficiales de la organización, entre ellos el español.

EL MILAGRO DE LA UNIÓN
Habitualmente divididos por concepciones geoestratégicas (Cuba junto a Sudán y Libia en debates sobre derechos humanos), morales (El Salvador y Guatemala junto al Vaticano en cuestiones sobre planificación familiar y aborto) o ejecutivas (Argentina, Brasil y México pugnando por un puesto en la ampliación de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad), el consenso brilló gracias a la empatía que el uso de una misma lengua proporciona, y desde Chile a España, pasando por Colombia y Venezuela hasta Andorra y Costa Rica, por primera vez los países hispanohablantes realizaron un discurso conjunto en las Naciones Unidas en defensa del idioma común.

Tanto el jefe de la misión de España ante las Naciones Unidas, el embajador Inocencio Arias, capaz de sentar en torno a una mesa y de hacer reír a diplomáticos que no se saludan por los pasillos, como su consejero de información, Agustín Galán, han sabido unir fuerzas y no fomentar brechas en torno a una cuestión que habla de las luchas de poder que se cuecen en los sótanos e intersticios de la ONU, denostado por muchos por su burocrático ritmo de paquidermo, pero considerada por todos como imprescindible en un mundo progresivamente interrelacionado y complejo. México ha sido uno de los países que más empeño ha puesto en que el peso del español sea reconocido, y su nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Jorge Castañeda, no ha sido ajeno a esa búsqueda presencia y reconocimiento. El discurso conjunto, elaborado por los países hispánicos, fue pronunciado precisamente por la representante de México, la embajadora Roberta Lojous.

Los veinte países hispanohablantes de la ONU, si se cuenta Andorra, que apoyó la iniciativa, ya habían hecho llegar a fines de abril una carta al secretario general de la organización, Kofi Annan, en la que se le pedía que se aplicara de forma rigurosa el régimen lingüístico vigente en lo que se refiere a la información pública, «estableciéndose para ello secciones de español, con el personal y los medios adecuados, tanto en el Departamento de Información Pública como en el servicio de noticias y, en general, en todos los departamentos autorizados a publicar información oficial de la ONU»».

El inglés y el francés, una lengua inserta en la tradición diplomática, pero cuya merma en hablantes y alumnos es reconocida por los propios franceses, siguen siendo los idiomas que se llevan la parte del león en el presupuesto, uso, transcripción y presencia en Internet de la ONU, pese a que el español, el ruso, el chino y el árabe son también oficiales. De ahí que en las sesiones del Comité de Información, el principio del multilingüismo fuera también defendido por los países árabes y los representantes ruso y chino.

RESOLUCIÓN FORMAL
El proyecto de resolución, aprobado por consenso, por lo que con toda seguridad se convertirá en una resolución formal en la 56 sesión de la Asamblea General de la ONU, que se celebrará en septiembre próximo, recuerda el régimen legal vigente para el uso de los idiomas oficiales de la organización y se afirma literalmente que el objetivo es reducir el abismo actual existente entre el uso del inglés y los otros cinco idiomas oficiales. En la resolución se solicita concretamente que «el texto de todos los nuevos documentos públicos y los materiales informativos de la ONU estén disponibles diariamente en todos los idiomas oficiales en el sitio de la organización en Internet». Las intervenciones, los textos y las notas sobre la sessión del Comité de Información se pueden ver en: http//www.un.org/ spanish/aboutun/organs/ga/coi.

La ocasión
JOSEBA ARREGI El Correo 14 Mayo 2001

Todos tenemos la obligación de analizar detenidamente el resultado de los comicios de ayer. No hace falta decir que en democracia lo que cuenta es lo que deciden los votantes. Y tampoco hace falta decir que lo que deciden los votantes no es la verdad última de nada, sino la manifestación de cómo quieren ser gobernados hasta las siguientes elecciones. Hasta ahora, se ha afirmado con frecuencia que esta llamada a las urnas no iba a cambiar nada. Y también se ha afirmado con frecuencia que eran unas elecciones muy importantes porque los problemas que afectan a la sociedad vasca son muy graves.

Voy a atreverme a formular lo que, en mi opinión, debieran hacer los partidos principales de Euskadi, independientemente del resultado electoral, a partir de hoy. Y lo primero que debieran hacer es precisamente entender estas elecciones y su resultado como una oportunidad. Había que celebrar elecciones, sin importar que el resultado cambiara o no la faz del Parlamento. Las hemos celebrado. Ahora es el momento para que los partidos, todos, se pongan manos a la obra.

El momento postelectoral puede ser un momento de gracia si es que se cumplen algunas condiciones. La primera condición es reconocer que el problema principal que acosa a la sociedad vasca es la violencia terrorista. Y reconocer que por encima de las diferencias que pueda haber respecto al modo de abordar la solución a ese problema, diferencias de cuya legitimidad podremos discutir más tarde, el primer paso requerido es estar unidos todos frente a la violencia terrorista.

La segunda condición a cumplir para que el momento postelectoral sea un momento de gracia, una oportunidad política a no desaprovechar, es la de tratar de mirar al conjunto de la sociedad vasca sin restarle ninguno de los componentes que la hacen rica, diferenciada y plural. Se trataría de que ningún partido trate de definir la sociedad vasca sólo desde la perspectiva ideológica y de sentimiento de pertenencia que le es propia.

Y la tercera condición para que el momento postelectoral sea una oportunidad para encauzar el futuro de la sociedad vasca y ofrecerle la estabilidad institucional que necesita radica en que cada partido haga sus deberes, radica en que cada partido se pregunte acerca de sus propios fallos, de sus equivocaciones, de sus apuestas fracasadas. Que cada partido se pregunte acerca de lo que le falta, de lo que tiene que mejorar para ofrecer algo no a sus directos electores, sino al conjunto de la sociedad.

El momento postelectoral sería una magnífica oportunidad para que el Partido Popular se preguntara si basta con afirmar que quieren muchísimo al euskera, y si no sería, pues estamos en política seria y no en un romance, mucho más lógico, importante y efectivo que dijeran con toda claridad si van a cumplir la Ley de Normalización del Euskera, y cómo, si quieren una sociedad bilingüe, la definirían y por qué medios piensan que se puede llegar a ella; que dijeran qué significa para ellos que el euskera sea cooficial en Euskadi, y qué consecuencias extraen de ello. Y sirva esto sólo como ejemplo de la reflexión que debieran hacer sobre el significado y el simbolismo de las instituciones vascas y del respeto que merecen por ser elementos fundamentales de la identificación de muchos vascos. Sería bueno que los populares se preguntaran si no tienen que empezar a hablar de nación vasca y de construcción nacional, exigiendo que ambos términos se conjuguen desde una concepción cívica de los mismos.

Sería un muy buen momento para que los populares hicieran examen de conciencia y analizaran con toda seriedad los riesgos que encierra la convicción de que una postura ética sólo se puede traducir de una única manera a la política concreta; sería muy bueno que vieran en sus planteamientos todo lo que hay de autoritario, de uniformista, de intolerante, comportamientos que surgen con demasiada facilidad cuando se confunde la ética y la política.

Sería muy buen momento para que los populares criticaran su tendencia a utilizar la Administración como una finca de propiedad privada, para darse cuenta de que también ellos tienen que desarrollar sentido de Estado, no llenándose la boca con esa palabra, sino actuando desde el respeto a las instituciones de Estado. El ser víctimas no justifica cualquier política, no legitima todo. Las injusticias sufridas no están libres de caer en la tentación de producir sus propias injusticias, sus propias tergiversaciones, sus propios abusos de poder. El PP tiene la oportunidad de reflexionar sobre estas cuestiones.

El socialismo vasco tendrá que preguntarse si ha hecho y si hace lo suficiente para forzar al PP hacia posiciones de mayor aceptación eficaz de la diferencia vasca, y al nacionalismo democrático hacia una mayor y más eficaz aceptación de la pluralidad de la sociedad vasca. Y tendrá que preguntarse si ha hecho lo suficiente para articular conceptualmente de forma creíble para los ciudadanos ese esfuerzo.

El nacionalismo democrático tiene la gran oportunidad, especialmente ahora que el resultado electoral le ha sido favorable, de hacer frente a su propia afirmación de que es el eje vertebrador de la sociedad. Si lo es, tiene que asumir su especial responsabilidad en todo lo que ha sucedido. Así como al PP no le es lícito extraer de una postura ética, de la situación de víctima, la exigencia de que sólo una política, la suya, es la correcta y la posible, al PNV tampoco le es lícito esconderse exclusivamente detrás de la buena intención que ha acompañado todas sus apuestas, especialmente la de Lizarra. En política no se juzgan intenciones. En política se pide la asunción de la responsabilidad por las consecuencias de las propias acciones y omisiones.

Sólo haciendo frente a su responsabilidad en lo que ha sucedido en los últimos tiempos será el nacionalismo democrático capaz de entender que el problema no está sólo en el uso de la violencia, sino en pretender institucionalizar la sociedad vasca olvidando sus diferencias internas, sin responder a su propia pluralidad, como si de un todo homogéneo se tratara.

El nacionalismo democrático tendrá que preguntarse seriamente si no ha dado motivos para que surja en muchos ciudadanos vascos la impresión de que él, el nacionalismo, posee más derecho que nadie a sentirse dueño del país, dueño de sus instituciones, dueño de la identidad vasca. Quizá tengamos que aprender los nacionalistas que tenemos que compartir el país con todos, aprender que los demás tienen el mismo derecho que nosotros a definir el país y la sociedad vasca desde su perspectiva y desde su sentimiento distinto al nuestro.

Tengo la impresión de que las posturas de hecho se han acercado muchísimo, y que lo que queda como diferenciador es el sentimiento cristalizado por las vivencias traumáticas de estos años. Para que el centro social de la sociedad vasca, que existir sí existe, tenga la articulación política que le corresponde, todos tendremos que saber gestionar adecuadamente nuestros sentimientos. También eso es hacer política.

El vasco en contra de los españoles
Nota del Editor 14 Mayo 2001

Al final todo se reduce a la "Ley de Normalización del Euskera", mediante la que, mucho menos de un millón de nacionalistas, de democráticos nada, quieren excluir a cuarenta millones de españoles. Y esto mismo se aplica a todos los partidos políticos, nacionalistas o no, que han legislado la cooficialidad de lenguas regionales, en contra del idioma común español y por tanto en contra de la enorme mayoría de ciudadanos de España.

 

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