AGLI

Recortes de Prensa     Martes 15  Mayo   2001
#Los responsables del desastre
Editorial La Razón 15 Mayo 2001

#Los cuatro responsables del desastre
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 15 Mayo 2001

#Dos opciones para el PNV
Pío Moa Libertad Digital 15 Mayo 2001

#Votar lo malo conocido
Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 15 Mayo 2001 

#Los deberes
Ramón PI ABC 15 Mayo 2001 

#El síndrome de Munich
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Mayo 2001

#Cuestión de fondo 
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 15 Mayo 2001

#Análisis y coherencia
Editorial ABC 15 Mayo 2001

#La gran responsabilidad de Ibarretxe
JOSEP RAMONEDA El País 15 Mayo 2001 

#Contra la «independentzia» Valeriana
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 15 Mayo 2001

#Saber esperar
José Antonio Zarzalejos. Director de ABC 15 Mayo 2001

#Un difícil consenso
Editorial El País 15 Mayo 2001

#Ni un paso atrás
Iñaki EZKERRA La Razón 15 Mayo 2001 

#Jardazo
Alfonso USSÍA ABC 15 Mayo 2001

#Derrota de España
RAUL DEL POZO El Mundo 15 Mayo 2001

#El bumerán vasco
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 15 Mayo 2001

#Cuando los pueblos se equivocan
César Vidal Libertad Digital 15 Mayo 2001

#Después de la batalla
Lucrecio  Libertad Digital 15 Mayo 2001

#Por encima de muertos y lágrimas
Lorenzo CONTRERAS La Razón 15 Mayo 2001 

#ESPAÑA LIMITA AL NORTE
Ventura Pérez Mariño La Voz 15 Mayo 2001


#¿Más de lo mismo?
Bruno AGUILERA La Razón 15 Mayo 2001 

#Se impuso la identidad sobre la libertad
Edurne URIARTE ABC 15 Mayo 2001 

#Apuesta por la moderación
 Enrique de Diego Libertad Digital 15 Mayo 2001

#Ánimo
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

#No podemos abandonarlos
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

#El triunfo de la mentira
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

#El periodista Gorka Landaburu herido leve al explosionarle un paquete bomba en su casa
Bilbao. Ep ABC 15 Mayo 2001

#La empalizada
David GISTAU La Razón 15 Mayo 2001 

#Pluralismo exultante
ANTONIO PAPELL El Correo 15 Mayo 2001

#Nace una estrella
ANTONIO ELORZA El Correo 15 Mayo 2001

#El Parlamento francés comienza hoy el debate sobre la autonomía de Córcega
José Ruiz - Madrid.- La Razón 15 Mayo 2001

Los responsables del desastre
Editorial La Razón 15 Mayo 2001

Las dificultades objetivas del cambio de una dictadura a una democracia se intentaron conjurar por parte de los nuevos agentes de la política, los partidos, con la técnica del consenso. A través de ese mecanismo pactista se buscó el establecimiento de unas reglas de juego que pudieran ser aceptadas por todos, dando paso a una estructura del Estado tan precisa en cuanto al establecimiento de derechos y libertades, como ambigua en la estructura del Estado, repentinamente descentralizado por autonomías. Se suponía entonces que, salvados los princios de una democracia formal, los interlocutores políticos mantendrían el conjunto del sistema a base de la buena voluntad. Puesto que se concedían derechos y libertades, se suponía que los beneficiarios de éstos se pondrían unos límites para mantener el conjunto del sistema.

   La realidad ha sido que, después de veinte años, las tensiones autonomistas han crecido sin límite aparente. El intento del equipo de Suárez de embridar la descentralización con la teoría del «café para todos» no hizo sino destacar las ansias diferenciadoras de las Comunidades que se veían a sí mismas (en sus partidos nacionalistas) como especiales o «históricas».

   Desde entonces a hoy, estas pulsiones reivindicativas no sólo no han parado, sino que se han incrementado. En algunas Comunidades, especialmente en la vasca, la escalada de sus fuerzas nacionalistas hacia la diferenciación se ha revelado como peligrosamente rupturista. De nada parece haberle valido el establecimiento de una autonomía amplísima. Su trayectoria ha sido de permanentes exigencias que los sucesivos Gobiernos del Estado han satisfecho, tanto por la presión política, como por el intento de frenar con esas concesiones la violencia terrorista. Incluso la entrega de competencias del Estado se ha producido como pago de apoyos políticos a gobiernos en minoría.

   Durante todo ese tiempo, y utilizando esa dación competencial, los nacionalistas vascos han aprovechado para establecer una estructura de poder político y social solidísima. Han logrado la postergación de los símbolos del Estado, de los referentes culturales. Han creado una red clientelar y han generado un sistema educativo y de comunicación que ha ahondado las diferencias entre el País Vasco y el conjunto de España. Ahora, ya son varias las generaciones educadas en una historia irreal de confrontación, en una exaltación del nacionalismo. A través de esos mecanismos, la reivindicación secesionista ha crecido. Pero siendo esto grave, lo peor del nacionalismo vasco es que ni siquiera se frena con el máximo de competencias posibles. Exige en sus programas nuevos territorios (por ejemplo, Navarra), en la búsqueda de una conciencia como pueblo que quiere construir (ya que nunca existió) cuyo fin último, al menos teórico, es el desgajamiento.

   Desde UCD, que concedió cuanto se le exigió, y que fue barrida del País Vasco por las pistolas de los terroristas, hasta el PSOE de González, que permitió un gobierno del PNV en su momento más débil; hasta el propio PP, que empezó con pactos con este partido, todos los gobiernos pensaron que las concesiones al PNV eran un freno para Eta y una forma de conjurar el separatismo.

Todos ellos se basaron en la buena voluntad del PNV. La clave, tras las elecciones del domingo, es si este partido la demostrará en el futuro. El temor a que no lo hiciera, después de la aventura soberanista de Estella, impulsó a Aznar a exigir un adelanto electoral. Pero tampoco ha servido: se ha saldado con el fracaso. Se hace preciso, por tanto, un gran acuerdo sobre los límites constitucionales, porque en caso contrario, la unidad de España establecida en la Constitución dependerá del albur de los intereses.

   Es posible reconducir el consenso que sólo valió para organizar una estructura de poder, en lugar de para consolidar una estructura de Estado. Serviría para restablecer el marco impreciso de las Autonomías, que ahora supone el mayor problema para la España constitucional. Es una tarea que ahora costará más que hace veinte años, pero que debe abordarse.

   El mecanismo de las elecciones anticipadas no ha funcionado, porque el electorado al que se convocaba es, en buena medida, hijo de la educación diferenciadora. Sin embargo, este electorado remiso a quitar la hegemonía al PNV no lo ha hecho exclusivamente por la bandera soberanista de algunos dirigentes de ese partido. También lo ha apoyado porque ha creído en el mensaje de que el PNV, como partido vasco, era el único interlocutor posible para callar las armas de Eta, el único garante de la «paz»; y se ha creído que PP o PSOE, pese a representar a casi la mitad de los vascos, los amenazados, eran «de fuera». Pero, estrategias electorales aparte, si el PNV entendiera que su papel es representar a todos los vascos (el 52 por ciento que vota nacionalista y el 48 por ciento que no lo hace), y no pretendiera utilizar los votos para cualquier nueva vuelta de tuerca contra el Estado, se podría llegar a una solución múltiple: acabar con el terrorismo, restablecer el clima de libertad que tanto progreso es capaz de dar al País Vasco, y llegar a un equilibrio en España que evite toda confrontación. En caso contrario, podríamos encontrarnos en pocos años con una crisis de Estado de imprevisibles consecuencias.

Los cuatro responsables del desastre
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 15 Mayo 2001

A Suárez le salió bien la operación Tarradellas porque en el dirigente catalán había un político serio y un hombre de Estado. Se equivocó completamente al repetir la maniobra en el País Vasco, pues ni Euskalherría era Cataluña ni Garaicoechea, el mediocre, tenía nada que ver con Tarradellas. Se veía claramente, entonces, lo que se nos venía encima. Yo gané el Premio González Ruano con un artículo titulado La dictadura del miedo, que a Suárez no le gustó. Me dijo que era catastrofista. El líder «centrista» deja para la Historia un balance de su gestión altamente positivo, pero se equivocó en el País Vasco. En el deseo de lavar su personal pasado fascista y ser más demócrata que nadie, entregó el Gobierno vasco a los peneuvistas creyendo que así los desarmaba y los sumaba a la Constitución.

   Calvo-Sotelo tuvo poco tiempo, si bien una situación favorable tras el intento de golpe de Estado. No la aprovechó y dejó las cosas como se las había encontrado. González sí entendió la situación. Desde el primer momento comprendió que la política de Suárez en el País Vasco fragilizaba a España y conducía a la quiebra nacional. Quiso reconducir la situación pactando generosamente con el PNV y la fórmula funcionó durante unos años, hasta que, en 1991, Arzallus, asustado física y moralmente, se puso de rodillas ante Eta y engañó a González. El líder socialista, por otra parte, no supo combatir a los etarras con los procedimientos adecuados del Estado de Derecho.

   Aznar, asesorado por un personaje que explica muy bien las cosas cuando ya han ocurrido, fue sorprendido por la tregua-trampa, creyó que pasaría a la historia como el pacificador del País Vasco, negoció con Eta, fue burlado por los terroristas y, siguiendo los consejos del asesor incombustible, desencadenó una ofensiva para forzar elecciones anticipadas y corregir el error de Suárez, es decir, desembarazar al Gobierno vasco del control del PNV. Sus asesores no calibraron el tejido de intereses creados, alimentado durante veinte años por los peneuvistas y a los que me referí el pasado sábado como factor de una victoria nacionalista, en la que casi nadie creía. Y ahí están los resultados. 

Dos largas décadas de errores en la Presidencia del Gobierno han sido los polvos de Moncloa que engendraron estos lodos. Sembraron los vientos del entreguismo, sobre todo en educación, y sólo se podían recoger tempestades. Cinco siglos de unidad de España, que son el origen de nuestra Constitución y en ella se consagran, se encuentran más cerca de la fractura. Hablemos con claridad y sin engañarnos a nosotros mismos, como hacía ayer algún periódico. Salvo dos o tres libros lúcidos, llevamos veinte años entre paños calientes, tapujos, veladuras, disimulos e incienso a los líderes. Bueno, no quiero seguir con el ojo piojo y he redactado esta canela fina para decir lo que, en mi opinión, es la pura verdad.

Dos opciones para el PNV
Por Pío Moa Libertad Digital 15 Mayo 2001

Los partidarios del terrorismo en el País Vasco han sufrido un descalabro electoral, cosa tampoco muy importante para ETA, pero quien ha capitalizado ese fracaso ha sido el PNV. ¿Por qué? Porque su propaganda ha conseguido crear en muchos la impresión de que el PP constituía una alternativa “extremista”, simétrica de la de EH, y porque ha trabajado sobre unos sentimientos e ideales nacionalistas, remachados durante un cuarto de siglo por los medios de comunicación y la enseñanza teóricamente públicos y en realidad apropiados por los aranistas. Esto ha ocurrido con el apoyo abierto de la izquierda, y la inhibición de la derecha. No debe extrañarnos mucho. En Galicia, Fraga ha dejado buena parte de la enseñanza en manos de los nacionalistas, y también las consecuencias empiezan a notarse.

El PNV ha implantado en el País Vasco un cacicato en vías de convertirse en régimen, donde las libertades están cercenadas, y casi la mitad de la ciudadanía sufre en mayor o menor proporción la amenaza y el terror. Para el PNV hay dos opciones: persistir en la vía abiertamente desestabilizadora emprendida en los años últimos, o retroceder de ella. Lo primero es un callejón sin salida, a menos que consideren una salida la completa fractura social en la comunicación vasca y una crisis general en España, de consecuencias imprevisibles. Sí su ceguera no ha avanzado demasiado, es probable que opten por un cierto retroceso. No se tratará de una “vuelta a la democracia” como finge González y otros, porque el PNV nunca ha sido leal con la democracia, pero al menos permitirá disminuir los riesgos por algún tiempo.

Dicho de otro modo: los aranistas tendrán que gobernar en minoría, y eso va a limitar sus posibilidades y dar tiempo a un enderezamiento progresivo de la situación. A menos que se decidan por una alianza abierta con los pro-etarras. Esto sería romper las reglas del juego, ante lo cual la respuesta ya no podría basarse en los votos, sino tomar la forma de una resistencia abierta contra la tiranía, tal como debió haber ocurrido ante los votos que permitieron a Hitler destruir la democracia. El PNV tendrá que elegir.
 

Votar lo malo conocido
Carlos MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 15 Mayo 2001 

Como profetizó Arzalluz, los resultados de las elecciones vascas han sido sumamente injustos. La mayoría de la sociedad vasca, afectada por un profundo miedo a lo nuevo y a perder su particular confort, ha preferido mirar a otro lado y votar por lo malo conocido, olvidándose de sus conciudadanos atacados, amenazados o extorsionados. Ibarretxe sabía lo que hacía cuando se refería al País Vasco como una arcadia feliz y comodísima… para los nacionalistas.

A pesar del buen resultado global de los constitucionalistas y de todo el movimiento social a su favor, la coalición PNV-EA se ha impuesto gracias a 80.000 votos procedentes de HB y a otros 60.000 ocultos en la abstención. PP y PSE no han podido competir con esa marea del miedo a lo nuevo y a la libertad. Y el resultado es que la noche del 13 de mayo muchos vascos del lado de las víctimas se han sentido absolutamente abandonados y excluidos, si no despreciados, por sus vecinos nacionalistas. La conciencia de este desprecio abrirá grandes brechas en la sociedad vasca, cuyo futuro queda gravemente comprometido. Y está por ver cuál va a ser la reacción de los españoles en general: difícilmente van a resignarse a servir únicamente como objetivos de actos terroristas que tienen por pretexto los presuntos derechos de un pueblo que en estas elecciones ha dado la espalda a las últimas víctimas de ETA. Un par de bombazos más y la tentación de resolver el «problema vasco» abandonándolo a su suerte se convertirá, en Madrid, Barcelona o Zaragoza, en un clamor sabiamente administrado por Arzalluz.

FRACASO HISTÓRICO
Con sus treinta y tres escaños, el PNV y EA, que saben imposible cualquier alianza EH-PP-PSE para desalojarlos del poder, no necesitan más apoyo que algún acuerdo concreto con la sedicente mini-izquierda de Madrazo. De manera que es fácil imaginarse al PNV administrando los votos de unos, las bombas de otros y el odio generalizado del resto para pactar otra tregua con ETA a cambio de, por ejemplo, la autodeterminación. Con los resultados que pueden imaginarse también: media población en contra, Álava abandonando el País Vasco, la reclamación abertzale de Navarra, etcétera. Queda por ver qué harán entonces esos medrosos ciudadanos vascos que han votado PNV-EA buscando una seguridad y una vida cómoda que, sin embargo, su voto tribal hará pronto muy difícil.

Lo ocurrido la noche del 13 de mayo en el País Vasco ha sido, sencillamente, un fracaso histórico. Tras dos años del penoso e impotente gobierno Ibarretxe, con ofensiva terrorista y aproximación a la fractura social, el electorado ha preferido pasarle la cuenta de los platos rotos no al Gobierno, sino a la oposición. Hablando claro, se ha pasado factura a las víctimas, quizás por empeñarse en existir estropeando el paisaje. Con los resultados obtenidos, no sólo es imposible formar un gobierno PP-PSE, sino que, salvo milagro o catástrofe, éste se aleja del horizonte por muchos años. El electorado vasco ha preferido el mal conocido a lo bueno por conocer. Entre el dilema de ponerse del lado de las víctimas y acabar siendo acaso víctima ella misma, o mirar hacia otro lado aceptando la intolerable tesis de Ibarretxe de que los vascos viven en el mejor de los mundos posibles, los electores han optado mayoritariamente por la segunda opción.

En resumen, una mayoría de vascos ha preferido seguir pagando su cuota de extorsión antes que enfrentarse a la mafia. Prefieren cultivar la ficción de que nada pasa a su alrededor, y de que los culpables de lo que pase son «de fuera». No quieren oír hablar del lavado de cerebro a que son sometidos muchos de sus jóvenes en el sistema educativo. A fin de cuentas, si el vecino debe vivir con escolta, con su libertad limitada y en serio peligro de muerte, ¿por qué preocuparse, si eso le pasa al vecino y no a ti? Han ganado la xenofobia, el irrealismo y la insolidaridad; han perdido la libertad, la compasión y la decencia. Y quizás por muchos años.

Tal vez la clave de esta conducta radique en ese fenómeno que tanto llama la atención de los analistas foráneos que se acercan al terrorismo vasco: la compatibilidad de una alta calidad de vida y prosperidad económica con la existencia de ETA y sus numerosas expresiones criminales. Muchos vascos viven y han vivido bien a pesar del terrorismo, y parece que han decidido seguir viviendo bien sin arriesgar nada.

Y mientras que PP y PSE ofrecían una elección sin titubeos entre libertad o terrorismo, PNV y EA prometían la continuidad de lo ya conocido. Esto salta a la vista si observamos los resultados: EH pierde muchos votos y la mitad de sus escaños, y la práctica totalidad de esos votos pasa a la coalición PNV-EA. El nacionalismo en su conjunto también pierde peso y escaños (de 41 pasa a 40), pero el aumento de IU impide que PP y PSE se beneficien de ese ligero retroceso.

El rechazo contra la figura de Jaime Mayor Oreja que recogían las encuestas de opinión ha revelado al fin su verdadero significado: no se rechazaba a la persona (en contraste, la buena opinión generalizada sobre Nicolás Redondo no ha beneficiado en nada al Partido Socialista), sino al proyecto que representaba, la invitación al enfrentamiento con ETA y las múltiples y ramificadas complicidades que la hacen posible y que han envenenado la sociedad vasca.

Es evidente que estaban en juego compromisos mucho más fuertes que la simpatía o antipatía despertada por ciertos candidatos. Por lo demás, las presiones sobre el PSE para que pacte con el PNV van a ser sin duda muy fuertes. Veremos si el llamado «espíritu del Kursaal», el del mitin masivo de «Basta Ya» con la foto de los candidatos Redondo y Mayor Oreja unidos por Savater, sobrevivirá a este naufragio o qué formas podrá adoptar en el futuro inmediato. Ahora mismo, la frustración de los vascos constitucionalistas -casi la mitad de la población, no lo olvidemos- es sencillamente inmensa, e inversa a la euforia del soberanismo, de quien cabe esperar una gruesa factura a cuenta de interminables agravios.

Pero lo malo es que ha ganado una ilusión imposible. La sociedad vasca ha diferido otra vez una elección entre democracia civil o tribu guerrera que tarde o temprano tendrá que hacer, con un candidato o con otro, de modo pacífico o bajo la presión de una violencia generalizada. Porque es completamente iluso -además de inmoral- creer que, a la larga, el terrorismo se limitará a afectar al vecino de al lado dejándole a uno en paz.

Los deberes
Por Ramón PI ABC 15 Mayo 2001 

Las primeras interpretaciones de lo ocurrido en los comicios autonómicos vascos nos ofrecen el panorama de una transferencia de escaños entre nacionalistas, y de otra entre no nacionalistas; se trataría, según eso, de dos mundos estancos, con excepciones no significativas: de los siete escaños que pierde EH, seis se van a PNV-EA, y el otro a IU-EB. Por el otro lado, el escaño que gana la coalición PP-UA lo pierde el PSE. La cuestión es qué quiere decir el electorado con este movimiento.

Los más optimistas han dicho que el pueblo vasco ha abominado de la violencia, ha castigado duramente a ETA en la candidatura de sus amigos, circunstancia que nos debe alegrar a todos. Quizás sí; pero no las tengo todas conmigo. Es igualmente verosímil esta otra interpretación: asustado por el ruido mediático de la campaña, un sector de votantes de EH, que había dado en 1998 su apoyo a la coalición proetarra cuando la «tregua», ayudó ahora al PNV con tal de impedir que Jaime Mayor ocupase el palacio de Ajuria Enea. Estos electores piensan que transferir el voto al PNV no traiciona sus proyectos independentistas y su rechazo a lo español. El PNV y Eusko Alkartasuna, pues, ya saben a quién deben su gran triunfo, y tendrán que hacer los deberes separatistas que se les acaban de poner, al contrario de lo que hicieron cuando pactaron con ETA y luego no hicieron los deberes en aquella ocasión, razón por la que los terroristas volvieron a matar.

«El pacto de Lizarra está muerto», ha proclamado Iñaki Anasagasti. No estoy seguro. El apoyo recibido por PNV-EA puede entenderse que va contra la violencia, desde luego, pero no va necesariamente contra el pacto de Estella. Los dirigentes de los partidos nacionalistas no violentos habrán de demostrar con hechos, no sólo con palabras, que entierran la «udalbiltza», que persiguen eficazmente a los terroristas de toda laya (incluidos los jóvenes de «Haika» o de cómo se llame en adelante el vivero de ETA) y los ponen a disposición de la justicia, y que actúan con lealtad al Estatuto. ¿Lo harán?

El síndrome de Munich
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Mayo 2001

Apenas un día después del gran chasco electoral en el País Vasco, los efectos visibles empiezan a dibujar un panorama desolador. Lo es ver a héroes cívicos del PP, del PSOE o del Foro Ermua sentirse abandonados y despreciados en su sufrimiento por los propios conciudadanos cuyas libertades defienden a costa de sus vidas. Lo es ver la falta de reacción del PP, que pese a la correcta actuación de Mayor Oreja en la noche de autos, ha dejado pasar demasiado tiempo permitiendo que corra la especie de su abandono. Lo es el desconcierto de Aznar, que está tardando demasiado en reaccionar como corresponde a un líder nacional, el único que nos queda. Y lo es sobre todo por la situación interna del PSOE, en el que Rodríguez Zapatero puede darse políticamente por desaparecido en la noche del 13 de Mayo.

Desde esa misma noche, González y Rubalcaba parecen haber recuperado las riendas morales y reales del partido. Quizás nunca las perdieron, pero la patética actuación de "Pepiño" Blanco contradiciéndose en media hora acerca de la estrategia post-electoral de su partido y la clamorosa ausencia del Secretario General acredita la vuelta de González al timón de la nave. No es que no esté claro; es que resulta cegador. Tal vez por eso algunos no se atreven a confesarse lo que están viendo.

Pero lo que está detrás del "Triángulo de las Bermudas" de nuestra democracia, el formado por Arzallus, González y Polanco, es ni más ni menos que el "síndrome de Munich", el "apeasement" o "apaciguamiento" que permitió a Chamberlain y Daladier negociar lo que ellos y sus pueblos vivieron como la paz con Hitler, cuando no era más que el prólogo de la guerra más mortífera de la historia de la Humanidad. La vuelta de González se perfila en el horizonte como una solución de emergencia, pero a la vez está favoreciendo de forma nítida que esa emergencia se produzca. Dentro del País Vasco muchos, asqueados, tiran la toalla ante una sociedad que no merece su sacrificio. Fuera del País Vasco, otro tanto sucede con los que creen poder comprar barata su tranquilidad renunciando a los principios y a la integridad de su propio país. No se piensa en que detrás del País Vasco va Navarra, como Polonia fue detras de Checoslovaquia. Ni en que detrás de Arzallus sigue estando Pujol. El "síndrome de Munich", o sea, el "sálvese quien pueda" sobrevuela peligrosamente la vida política nacional. Puede parecer demasiado duro confesarlo, pero la verdad no es o no debería ser nunca demasiado dura. Basta con que sea verdad.

Cuestión de fondo 
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 15 Mayo 2001

El PSOE no va a tener que decidir únicamente si se arrastra ante el PNV y recoge las migajas de su Gobierno, en el caso de que le deje alguna, a cambio de la cabeza de Redondo Terreros. Eso es lo que quisiera Felipe «Rencor» González y lo que receta El País, pero no es tan fácil como piensan los polankos. Arzalluz y Madrazo, sin excluir al hipocritón y melifluo Ibarretxe, ya han dejado claro que su único proyecto es el del famoso diálogo «entre todos», que no es otro que el de la rendición de España y la concesión de la independencia al País Vasco (y Navarra) a cambio de una tregua de ETA. La dramaturgia la decidirá la banda terrorista, pero el guión está escrito en Estella. Lo que tiene que decidir el PSOE es si se une a Madrazo pidiendo la liquidación de España en su realidad física y política o si se convierte en todo lo contrario, en entidad vertebradora de la nación y en vigilante del Gobierno del PP para que no negocie lo que no tiene capacidad legal ni moral de negociar. Vamos, que o juega ya al famoso federalismo asimétrico y, por tanto, entra en la puja por el cuarteamiento y la cantonalización de España o se pone decididamente en contra y avisa a tirios y troyanos, caballo de Troya incluido, que no cuenten con él para esa rifa, sino con su oposición.

La cuestión nunca fue sólo teórica. Siempre se ha jugado con la vida y con la libertad de cientos de miles de españoles, tanto en Cataluña como en el País Vasco. Pero así como hace 20 años la izquierda política y la periodística, entonces PC, PSOE y El País no dudaron en respaldar y, en el caso del diario cebrianita, aplaudir y jalear la limpieza étnica de Pujol contra los intelectuales del «Manifiesto de los 2.300», ahora ya está demasiado a la vista que la limpieza étnica del Pacto de Estella no sólo incluye a Uriarte, Azurmendi y Savater sino también a la Constitución, al Estatuto y cualquier forma de continuidad de la Nación. Por supuesto, la banda de los tusellones puede seguir machacando en la Ser con la murga del españolismo centralista, incapaz de entender los ricos matices de españolidad que atesoran Pujol y Arzalluz; y el editorialista de Polanco puede abundar en esa miserable iniquidad argumental de condenar la «exclusión mutua» de los verdugos de Estella y sus víctimas, que hace falta ser rata. Pero esas mentiras ya no cuelan. A los separatistas les da lo mismo una España centralista, autonómica, federal o confederal. Lo que rechazan no es la forma de Estado, sino el Estado mismo como manifestación de España. A ese reto es al que debe responder el PSOE. O dar la callada por respuesta, que significaría ni más ni menos que apostar por el fin del régimen. No sé si es lo que llaman algunos la urdangarinización.

Análisis y coherencia
Editorial ABC 15 Mayo 2001

Los resultados electorales del 13-M deben ser analizados con serenidad por las formaciones vascas, cada una en función de la nueva situación que le corresponde. Es evidente que al nacionalismo le corresponde gobernar —y al Gobierno central, también, no se olvide—, y además debe hacerlo con plena conciencia propia y ajena de que toda la responsabilidad va a ser suya, de modo que su éxito electoral es el fin de la socialización del fracaso nacionalista, del que todos eran responsables aunque sólo unos pocos gobernaran. En este sentido, el panorama político se despeja y sitúa al nacionalismo con el timón en sus manos, un programa soberanista y ochenta mil votantes de HB que le van a exigir que lo cumpla. Por su parte, populares y socialistas deben tener la tranquilidad de saber que han hecho lo que debían y que los mismos valores que compartieron antes y durante la campaña, siguen siendo válidos y acreedores de su entendimiento. La defensa de la Constitución y el Estatuto, el reconocimiento de las víctimas, la exigencia de seguridad y la reivindicación de la libertad no eran materiales de coyuntura que ahora entren en saldo. Eran tan éticos y lógicos que 574.836 vascos los han apoyado, sólo 24.910 menos que los que han apoyado al PNV y a EA, corta diferencia que también se recoge en porcentajes, mediando un escueto 1,9 por ciento a favor del nacionalismo. Por eso Arzalluz tuvo que sumar a Euskal Herritarrok para decir que había mayoría nacionalista en el Parlamento. El futuro a corto y medio plazo de populares y socialistas se resuelve con coherencia y observación. Coherencia con el convenio constitucional que firmaron en diciembre de 2000 y que, ahora desde la oposición, es un vínculo que la sociedad española quiere que se preserve. Y observación serena de los acontecimientos, con una escrupulosa ejecución del protocolo parlamentario previo a la elección del lendakari, hasta que Ibarretxe fije las líneas de su programa de gobierno.

Si hay que creer a Ibarretxe, la unidad y el diálogo serán sus ofertas, pero como la ambigüedad le ha sido muy rentable, no ha mencionado para qué ni en torno a qué las ofrece, como si la tarea requiriera una intensa reflexión y no fuera decidir, simplemente, cómo acabar con ETA. La ingenuidad sobra. Hay datos suficientes para pensar que la orientación del nuevo Gobierno no se apartará del soberanismo, menos aún con el refuerzo por el flanco más radical, la aniquilación de la disidencia y la ratificación de sus líderes. Hay que retener las palabras de Arzalluz cuando en la noche electoral anunció «que comenzaba el verdadero camino a la verdadera paz». Dicho por él y con esos antecedentes, las posibilidades de diálogo y entendimiento con populares y socialistas resultan una utopía, porque el líder nacionalista no piensa más que en la autodeterminación soberanista como método y en la paz como precio.

La gran responsabilidad de Ibarretxe
JOSEP RAMONEDA El País 15 Mayo 2001 

Antes de las elecciones, de las preguntas complementarias que acompañaban a las encuestas de intención de voto se deducía una exigencia: cualquiera que fuera el resultado, la primera responsabilidad de todos -gobierno y oposición- debía ser la reconstrucción de la unidad democrática en torno al objetivo fundamental que es la derrota de ETA. Las urnas han decidido que a Juan José Ibarretxe y a la coalición PNV-EA corresponde demostrar que ellos eran la mejor opción para liderar este objetivo. Y desde esta perspectiva habrá que juzgar su trabajo. Para conseguirlo los nacionalistas democráticos cuentan con una doble ventaja: una autoridad reforzada por los magníficos resultados obtenidos y una reducción sustancial del voto de Euskal Herritarrok, es decir, del apoyo político al terrorismo.

Al PNV corresponde ahora definir una política antiterrorista. Y hacerlo en unos términos que permita incorporar a las demás fuerzas políticas. El voto nacionalista es un voto muy reactivo, muy sensible a todo aquello que es interpretado como una agresión o como un ataque. La coalición PNV-EA ha sido el imán que ha arrastrado a todas las familias ideológicas del nacionalismo. La envergadura de la victoria conseguida podría ser interpretada por la parte más beligerante del PNV -la que liderada por Arzalluz le condujo al pacto de Estella- como una confirmación de las tesis soberanistas. Sólo serviría para ahondar en la fractura abierta en los últimos años, para volver a dar alas al abertzalismo radical que ha quedado seriamente tocado en estas elecciones.

Por la amplitud de la representación conseguida por el PNV y EA, Juan José Ibarretxe debe ser capaz de demostrar que también para el PNV el fin del terrorismo es la prioridad, para la cual debe separar con nitidez el nacionalismo democrático del estalinismo de ETA y su entorno. Desde su reforzada responsabilidad Juan José Ibarretxe tiene que acabar con la doctrina de la igualdad de fines y la diferencia de medios entre el PNV y ETA. Un nacionalismo democrático no puede tener nada en común -ni siquiera los fines más lejanos- con quienes plantean una sociedad basada en el nacionalismo étnico y en el totalitarismo social. A Juan José Ibarretxe corresponde por tanto dar el tono de la política vasca en los próximos años. De su capacidad de hacer una opción integradora dependerá que la gran sacudida que el País Vasco ha tenido en estas elecciones conduzca al objetivo prioritario -la reconstrucción de la unidad democrática y la derrota de ETA- o agrave la fractura política y social.

Sé que es muy difícil que un partido modifique su estrategia después de una victoria. Pero hay que saber que los resultados no sólo recogen méritos propios sino también deméritos ajenos. Y, por encima de todo, que la circunstancia excepcional de Euskadi -a la que los votantes con su presencia masiva han reconocido toda la gravedad que tiene- exige soluciones que construyan y no que fracturen.

La victoria de los nacionalistas democráticos llega después de dos años de enorme tensión entre el gobierno de Vitoria y el gobierno del PP. Durante estos años algunos colectivos civiles han conseguido una movilización sin precedentes contra el terrorismo y contra los abusos del nacionalismo. Fue un despertar de determinados sectores sociales que hizo pensar que el cambio era posible. Y así lo entendieron todos, incluso los nacionalistas, como demuestra la alta participación conseguida. La presión del terrorismo sobre PP y PSOE y la incapacidad del PNV de alejarse de Lizarra contribuyó a una dinámica frentista con efectos claramente radicalizadores de los discursos. PP y PSOE se han quedado lejos del objetivo de gobernar. Queda ahora una sensación de frustración que será tan difícil de administrar como la victoria de Ibarretxe. De la capacidad de interpretar los errores cometidos y los éxitos conseguidos -que también los hay- dependerá que la frustración se convierta en incomprensión de lo que ocurre en Euskadi -y por tanto encone todavía más las relaciones- o que sea posible aprovechar las vías de apertura que pueda ofrecer el PNV.

No son despreciables los éxitos del sector llamado constitucionalista. Probablemente sin la dura campaña llevada a cabo tanto desde dentro del PP como desde fuera -desde el constitucionalismo civil- no se hubiese producido esta profunda removida de las estructuras políticas vascas. Es verdad que el terremoto ha dejado los edificios prácticamente tal como estaban, pero se ha llevado una parte de la casa de EH por delante. La ampliación de la foto -un diez por ciento más de participación- no nos ha enseñado nada oculto, las proporciones entre nacionalistas y no nacionalistas han quedado prácticamente intactas. Si alguna variación hay es que, en votos, a pesar de la victoria del PNV, la distancia ha seguido acortándose: 120 mil votos les separaban en 1998, 90 mil ahora.

El PP ha hecho el pleno absoluto de su voto potencial, por lo menos desde las posiciones ideológicas actuales. Se ha situado ligeramente por encima del voto obtenido en las últimas generales en las que consiguió mayoría absoluta en España. Es el sueño de todo partido de ámbito español en unas autonómicas. Y, sin embargo, no le ha servido para gobernar. Sin duda, deberá sacar conclusiones de esta experiencia. Euskadi es una sociedad plural, con diferencias culturales, políticas y sentimentales grandes entre nacionalistas y no nacionalistas. Los votos difícilmente pasan, ni en situaciones excepcionales como ésta, de un bloque a otro. La participación masiva despeja cualquier duda sobre esta realidad. Ya no hay voto abstencionista al que apelar. Con lo cual hay que llegar a la conclusión de que hacerse fantasías sobre la posibilidad de romper esta frontera es complicado, por lo menos a medio plazo. Si el principal objetivo del PP y el PSOE era debilitar a ETA pueden salir relativamente satisfechos de esta situación. Si el objetivo de ambos -del PP más que del PSOE- era debilitar al nacionalismo democrático vasco lo que han conseguido ha sido una respuesta reactiva de patrioterismo de partido. Y si el objetivo -del PP en este caso- era la reconquista nacional, dentro de un programa global de recomposición del estado de las autonomías, sencillamente ha fracasado.

Por esta razón me parecen equivocadas las voces que invitan al PP y al PSOE a entender estas elecciones como un preludio para una victoria dentro de cuatro años, del mismo modo que en España el 93 preludió la victoria del PP en el 96. Entonces, el PSOE estaba en caída libre y sólo el miedo que el PP provocó le permitió salvar los muebles. Ahora el PNV sale al alza de estas elecciones. Es curioso que el PP vuelva a tropezar con su principal defecto: genera miedo, el que le hizo perder en el 93, le dio una victoria mucho menor de la esperada en el 96 y ha frustrado su estrategia vasca en el 2001. Precisamente para que de algún modo la alternancia sea posible, sin renunciar a ninguno de los planteamientos básicos, tanto el PSOE como el PP deben ser capaces, cada cual a su modo, de definir un proyecto para un Euskadi plural y hacerlo comprensible. La prioridad debe ser la misma que antes de las elecciones: recomponer la unidad democrática y derrotar a ETA. Porque de estas elecciones sale un mensaje: ETA es derrotable. Y hay que exigir al PNV que la próxima vez en que ETA esté en las cuerdas no la salve como ya hizo dos veces. Ésta es la tarea de oposición del PP y el PSOE. Lo demás se dará por añadidura.


Contra la «independentzia» Valeriana
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 15 Mayo 2001

Vamos a ver, que está muy bien lo de la victoria electoral y que todo el mundo se la ha reconocido, pero reine la tranquilidad. Una caja de Valeriana les vendrá bien a los nacionalistas para que dejen de gritar «independentzia» y eso de «Gora Euzkadi askatuta».

   Tranquilos, chicos, que tenéis seiscientos mil votos y eso está muy bien, pero son demasiado pocos como para legitimar cualquier cosa que se os ocurra contra la Constitución española, que eso es una cosa más seria. Que los seguidores de la Constitución en nuestro país y el vuestro, que es el Reino de España, tienen unos cuantos millones de votos más que vosotros.

   Celebrar una justa victoria electoral al grito de «independentzia» es un error. Y creer que el electorado nacionalista es cualitativamente mejor que el no nacionalista es otro error.

   Valeriana para todos, no os vayáis a meter en un lío: a lo mejor os gusta vivir rechazando a los españolazos, pero, si no os lo tomáis con calma, puede suceder que los españolazos empiecen a vivir mejor despreciándoos a vosotros, y el horno no está para bollos. Que fue Ibarretexe a un entierro y tuvo que defenderle la Policía Nacional ¬no como al presidente del Foro de Ermua el día de la votación, que le defendió una señora a pecho descubierto¬.

   En fin: hablad de eso del diálogo y del ámbito vasco de actuación que queda bastante bien, pero si estáis de análisis, medid fuerzas y argumentos, no vaya a ser que en vez de una oportunidad para la paz estéis diseñando un marco autista de actuación. Y, si os dieran la espalda, os van a decir que sois mucho arroz pa´tan poco pollo. Que sin darse cuenta de la cifra parecen muchos, pero, en realidad, no son más de seiscientos mil.
 

Saber esperar
Por José Antonio Zarzalejos. Director de ABC 15 Mayo 2001

CUANDO el mensaje y la propuesta política se retrotraen al terreno de los puros principios siempre anteriores a lo estrictamente ideológico, sería contradictorio que la ausencia de eco electoral frustrase el discurso de los conceptos y se diluyese en el tactismo del cálculo de poder.

 Por eso, los partidos de ámbito nacional —el PP y el PSOE— que no obtuvieron en el País Vasco los resultados que ellos y muchos más esperábamos, deben analizar la situación post-electoral a la luz de la permanencia de los principios que han venido defendiendo. La precipitada petición —en ocasiones insidiosa— para que socialistas y populares «rectifiquen», o la interesada invectiva que aconseja al PSOE «desmarcarse» de su política de convergencia con el PP y los sectores más comprometidos de la sociedad vasca, son expresiones acabadas de ese entendimiento de la política —y del periodismo— como mero ejercicio para y por el poder, o manifestación expresa del «quítate tú para ponerme yo».

Asemejan esas sugerencias a las ratas que abandonan el barco, en este caso, mucho antes de que se hunda. Son roedores que no soportan una marejada porque siempre han navegado a favor de corriente, y con el viento de popa, viniese éste de cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Su rumbo lo ha marcado la conveniencia, nunca el deber. Y el deber remite a la conciencia, al discernimiento de los valores —de la vida, de la libertad— y, en definitiva, a los niveles de mayor intimidad de los electores. Por eso, el de los principios, es el discurso prepolítico más difícil de transmitir y, en consecuencia, el más lento en modular comportamientos ciudadanos activos que desemboquen en opciones políticas electorales. De ahí que el hecho de que el nacionalismo vasco haya ganado las elecciones del pasado domingo no puede conducir ni a la amnesia ni al aturdimiento sobre lo que puede ocurrir en el futuro. Ni las acciones del terrorismo, ni las coacciones, ni la destrucción, ni el chantaje, son hoy menos reprobables moralmente que hace tres días; ni la ambigüedad, ni la connivencia de los actuales dirigentes del PNV y EA en el pacto de Lizarra, merecen un juicio más benevolente que hace unas horas. La clave para que germine con fortaleza la semilla de los principios está en un concepto tan difícil en política como es el de la perseverancia. Nada que ver ni con la tozudez, ni con la soberbia. Las variaciones de las actitudes político-morales dependen de las rectificaciones de fondo, de las correcciones drásticas o evolutivas, pero en todo caso, claras y perceptibles, protagonizadas por aquellos que han infringido los códigos democráticos.

Si al nacionalismo vasco se le ha exigido desde el PP, el PSOE y amplios sectores sociales una rectificación en su comportamiento ante el terrorismo y en su actitud en la asunción del marco jurídico y político del Estado ¿qué razones sobrevenidas existen, desde el punto de vista moral, para declinar ahora esa exigencia? Ninguna. Porque el hecho de que la coalición PNV-EA haya ganado las elecciones legitima su gobierno y requiere que, en consecuencia con el criterio mayoritario de los vascos, se le reconozca la victoria. Pero tal coherencia democrática no conlleva que se le otorgue el beneplácito en el terreno moral, si, como es el caso y resulta obvio determinadas actitudes nacionalistas no se compadecen con los principios usuales que en un sistema de convivencia como el nuestro son referencias de deberes y obligaciones.

Estas reflexiones se hacen de urgente debate hasta tanto no se dilucide la significación que pueda tener el trasvase de votos de EH al PNV-EA. En la mejor de las hipótesis se trataría de una migración de votos ultras que han venido apoyando la opción política de ETA hacia organizaciones con un grado de ambigüedad que les hace compatibles. Estaríamos, pues, ante un rechazo de la violencia que permitiría al PNV una política más decidida contra ETA.

Pero hay otra hipótesis que es a la vez peor y más verosímil: que el trasvase de votos de EH al PNV-EA no sea otra cosa que un recurso de máximo pragmatismo, es decir, que buena parte de los filoetarras, ante el peligro de una alternativa no nacionalista, hayan acudido en socorro de la coalición para que el «españolismo quede cercenado». Si así fuere, el PNV y EA, no sólo habrían visto reforzarse a sus dirigentes más próximos a EH, sino que además, habrían incorporado decenas de miles de votos que le presionarían en un sentido bien diferente al de la moderación, el estatutismo y la lucha contra el terrorismo.

Nada ni nadie van a impedir al nacionalismo vasco que tome las decisiones que le apetezcan. Pero la derrota electoral permite alguna ventaja: observar cómo el triunfador administra su victoria. Y hasta tanto no se vea cómo lo hacen el PNV y EA, no hay razón alguna para la rectificación de posiciones que se juzgaron coherentes antes del día 13 y que siguen siéndolo el día 15. Más aún cuando las víctimas y los sectores más solidarios y éticos de la sociedad vasca merecen esa perseverancia por su labor y sacrificio. Un reconocimiento que, obviamente, no han encontrado en la mayoría de los electores vascos, en los que no obstante, han sembrado una semilla que en otra primavera de lluvias y soles como la de 2001 terminará por germinar con frutos de justicia y libertad. En la política, como en la vida, hay que saber esperar. Y no es una espera solitaria. Casi 650.000 electores vascos son una multitudinaria compañía, una base sólida para un modelo de convivencia alternativo en el futuro al nacionalista y representan, con tenacidad, una causa justa por la que merece la pena seguir peleando como hasta ahora.

Un difícil consenso
Editorial El País 15 Mayo 2001

El próximo Parlamento vasco será el más representativo de la historia -nunca antes había ido a votar el 80% del censo- y la presencia del brazo político de ETA será también la más reducida. Ambas cosas (relegitimación de las instituciones y deslegitimación de ETA) permiten a Ibarretxe, muy reforzado por sus excelentes resultados, encabezar el movimiento para recomponer la unidad democrática contra el terrorismo. Para ello tendrá que hacer valer su influencia en el PNV, dividido entre quienes defienden que los buenos resultados les permiten cortar sin mayores desgarros internos con la vía de Lizarra, y quienes los interpretan como un aval a la línea soberanista. Que ocurra lo primero depende mucho de que la oposición reconozca sin reticencias la victoria y la legitimidad del gobierno Ibarretxe, y de que responda con lealtad a sus intentos de reanudar los lazos personales y políticos. Y también de que se normalicen la relaciones institucionales entre los Gobiernos de Madrid y Vitoria.

La primera responsabilidad del nuevo Gobierno será poner los medios políticos y policiales necesarios para garantizar la seguridad y libertad de todos los ciudadanos vascos. Acabar con el desamparo de quienes han sido perseguidos, dar esperanza a los que se fueron y quieren volver de su exilio forzoso será la más inmediata prueba de fuego del nuevo Gobierno vasco. Ello exige determinación política de Ibarretxe y cooperación leal entre las fuerzas policiales encargadas de la lucha antiterrorista.

En repetidas ocasiones, Ibarretxe se ha comprometido a ser el lehendakari de todos los vascos. Ésa es una proclamación que le compromete con las aspiraciones del 42,7% de votantes que le han dado la victoria, pero le obliga también a proteger al 47% de ciudadanos vascos que han optado por listas no nacionalistas. Hacer posible la convivencia entre esos dos sectores de la población vasca debería ser su primer empeño.

Los ciudadanos le han dado a Ibarretxe el mandato de tomar la iniciativa. Para restaurar las heridas deberá actuar con realismo, sin imposiciones de objetivos máximos que reproducirían el clima de confrontación radical que se ha producido desde la ruptura de la tregua por parte de ETA. Desde el Pacto de Ajuria Enea al Plan Ardanza podrían espigarse vías para restaurar la unidad democrática. Desde el otro lado, muy concretamente desde el Gobierno de Aznar, es necesario también superar la fase de deslegitimación total del nacionalismo. Un diálogo político constructivo exige al menos un desarme verbal mutuo, desde un sólido compromiso contra el terrorismo político y la kale borroka, convertida en un método sistemático de amedrantamiento contra la población que no comparte los postulados nacionalistas.

Esto no significa que el nacionalismo tenga que renunciar a su ideología, pero no puede pretender que la aceptación de su programa sea condición para un acuerdo con otras formaciones. Las urnas han vuelto a confirmar la pluralidad de la sociedad vasca. El nacionalismo democrático ha ganado 140.000 votos, pero el equilibrio entre nacionalistas y no nacionalistas es 53-47, y el margen no deja de estrecharse a cada votación desde hace ya 15 años. La fortaleza del voto nacionalista es un reflejo fiel de la existencia de una comunidad nacionalista que comparte símbolos, lenguaje, fechas. Y temores: la estrategia frentista del PP y los socialistas ha asustado a muchos electores, y, por tanto, ha resultado un fracaso que ambos partidos deberán analizar a la hora de gestionar el futuro.

En una situación percibida como de ataque exterior, el nacionalismo ha reaccionado como una comunidad, reordenando sus votos con arreglo a criterios de utilidad, lo que no ocurre entre los no nacionalistas. De ahí que no haya habido apenas pérdida del voto nacionalista moderado como reacción a la apuesta de Lizarra o a la presentación de un programa soberanista. El voto ha sido comunitario, en defensa del nacionalismo, al que sus líderes presentaban como víctima de un ataque exterior. Los errores cometidos por el Gobierno de Aznar en su estrategia de enfrentamiento sin matices al nacionalismo han favorecido ese repliegue comunitario.

La otra clave de los resultados ha sido ETA. Nunca ha habido tanto rechazo al terrorismo, pero también, tanto miedo a enfrentarse a ETA. En ausencia de una estrategia compartida como la del Pacto de Ajuria Enea, la polarización máxima se ha producido no tanto en torno a planteamientos soberanistas o autonomistas como en torno a la estrategia para acabar con la violencia. La propuesta de hacerlo mediante el diálogo ha resultado más atrayente para una mayoría de electores. Lo difícil es lograrlo sin que sea a costa de las libertades de unos. Ése es el reto de Ibarretxe.

Ni un paso atrás
Iñaki EZKERRA La Razón 15 Mayo 2001 

¿Qué pereza da ser vasco otros cuatro años! ¿Qué coñazo esta Lizarra 2 que nos acaba de caer encima! ¿Qué sopor ese Madrazo eufórico, esa Errazti gritando «independenchia» como en algún San Fermín perdido de la transición! Sólo le faltaba el pañuelo fiestero al cuello. ¿O lo llevaba? ¿Lo lleva siempre? ¿No tiene pinta esa mujer con esa fregona en la cabeza de estar siempre en San Fermín o en San Antolín?

   Parece, se intuye, todo indica que no hemos barrido a los nacionalistas como esperábamos, pero nada de caer en la tentación de dar un sólo paso atrás y de escuchar a quienes digan que ha sido una campaña demasiado frentista y que debíamos haber ensayado un vasquismo «conciliador» al estilo de aquel Ramón Jáuregui que quizá sea reeditado. Estamos en el camino aunque no sea uno fácil. 

Los constitucionalistas hemos hecho bien los deberes en el País Vasco. 

Denunciar la amoralidad del electorado nacionalista no es una estrategia inadecuada sino una cuestión de principios. Ante la falta de libertad no ha sido un error levantar la voz sino lo que nos permite hoy perder con dignidad y mirar con la frente bien alta a los que han mirado para otro lado o no nos han entendido. Aquí sólo toca hacer autocrítica en la dirección constitucional. No se ha ganado porque quizá no hemos puesto toda la carne en el asador. Jaime Mayor Oreja no ha usado el niqui lo suficiente en esta campaña. Digo el niqui y no la boina porque de lo que se trataba es de que fuera un candidato cercano a la gente, no un nacionalista de quiero y no puedo con una boina tan postiza como la que se puso Josu Ternera en su homenaje, que era una boina de cartón piedra, una boina dominguera, una boina demagógica, como ganada en una tómbola y con un rabito necesitado de viagra para mantenerse en erección.

   Por otra parte, se ha hecho una campaña demasiado ideológica y demasiado centrada en la ética para una sociedad demasiado pedestre. En Euskadi sobra lo primero ¬sobra ideología aunque muy rudimentaria¬ y falta lo segundo. No se ha a atacado, en cambio, la corrupción estructural del PNV, esos escándalos que casi nadie denuncia por una suerte de acuerdo tácito. Y la corrupción es un tema capital, tanto que fue el que hizo caer al PSOE cuando con la ideología no había nada que hacer porque en eso siempre gana la izquierda a la derecha. Cuando en Euskadi y en toda España la gente reacciona de verdad contra un partido es cuando ve a sus líderes comprar apartamentos en serie en Marbella, ir en Jaguar y amasar fortunas que no pueden venir de la política pura y dura.

   Ni un paso atrás. En Euskadi hay que ir mucho más lejos.

Jardazo
Por Alfonso USSÍA ABC 15 Mayo 2001 

No hay vuelta de hoja, no hay tu tía, ni interpretación amable ni análisis optimista. Lo dice la copla popular: «Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos». Pues sí, son más, bastantes más. En los días previos al domingo electoral la esperanza de los constitucionalistas se centraba en la participación. Menos del 72 por ciento, bueno para los nacionalistas. Más del 72 por ciento, bueno para populares y socialistas. Ni por esas. La participación ha sido altísima, casi de un 80 por ciento, y el repaso, de órdago. Si vota un 90 por ciento obtiene el PNV la mayoría absoluta.

El consuelo del descenso de Euskal Herritarrok es de pañuelo agujereado. Los batasunos más reflexivos han optado por apoyar a sus hermanos mayores. ¿Qué diferencia entre votar a Otegui o hacerlo por Eguíbar? A pesar de su aparente descalabro, EH va a mantenerse en la calle con su fuerza intacta, su capacidad de coacción crecida y su colaboración con el terrorismo más diáfana que nunca.

El clavo de la esperanza también se ha descolgado. Creíamos los ingenuos —el abajo firmante el más tonto de todos— que una buena parte del electorado fiel al PNV iba a reaccionar contra su partido después de Estella y la inequívoca posición independentista de sus dirigentes manifestada con posterioridad a las últimas elecciones. Que una buena parte del electorado nacionalista, avergonzada de las constantes amnistías del PNV en favor del terrorismo y sus cómplices, se disponía a castigar en las urnas a Javier Arzalluz. Que una buena parte del electorado nacionalista, el que abarrota las iglesias y reza en familia, iba a recordar a sus dirigentes que antes de romanticismos nuevos están los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, y muy especialmente el Quinto. Pues nada de eso. Ahora no hay margen para el engaño. Han votado libre y masivamente a favor de Estella, del independentismo, de la convivencia con Euskal Herritarrok, del amparo a los «chicos traviesos» de la banda, de la coacción a los vascos que no piensan como ellos, de la exaltación de la etnia y del odio a España.

El nacionalismo terrorista no se ha desmoronado. Ha prestado, simplemente, sus votos al nacionalismo que se autodenomina moderado. La sensación común de los miles de observadores voluntarios que, procedentes del resto de España, acudieron el domingo a las Vascongadas para ayudar a los interventores del PP o el PSE, es la misma. Inhospitalidad, agresividad, conciencia de lo perdido, territorio hostil y amenaza. Eso es lo que tiene que ayudar para no adelantar las certificación de ruina. Que los concejales populares y socialistas, los militantes populares y socialistas, y los vascos que se sienten españoles —muchísimos, por otra parte— no pueden ser abandonados. Y esa es la pregunta que hay que formular a los justos y claros vencedores en las elecciones. ¿Van ustedes, al fin, a proteger y respetar a los vascos que no son nacionalistas?

Por lo demás, poco queda por decir. No hagan caso de los análisis bienintencionados y optimistas. No se crean que por reducir a la mitad la representación de Euskal Herritarrok en el Parlamento vasco, el terrorismo y la violencia callejera van a experimentar similar descenso. Después de veinte muertos, de veinte héroes asesinados por los criminales de una facción del nacionalismo, los vascos han dejado bien claro en las urnas que les importa un bledo el sufrimiento de los justos. Que el dolor sólo es recomendable cuando la víctima es nacionalista. Que nada, ni la mayor barbaridad, quiebra su insensibilidad colectiva. Han ganado abrumadoramente, indiscutiblemente, arrolladoramente. No hay disculpa ni matiz que abra una ventana a la esperanza. Ni la sangre de los inocentes, ni la palabra de los pensantes, ni las denuncias de los justos, ni el sufrimiento de los vascos perseguidos han servido para nada. Ellos se creen diferentes y lo han manifestado. Que Dios nos ayude, pero mucho me temo que no va a mover ni un dedo.

Derrota de España
RAUL DEL POZO El Mundo 15 Mayo 2001


La expansión vital del vasco se realiza siempre como una aventura: amaron el riesgo los navegantes que dieron la vuelta al mundo, adoraron toda clase de apuestas en el océano y en la cordillera, practicaron el fútbol de la furia y todos los lances de la osadía, desde el levantamiento de las piedras, al juego del frontón. Esa fascinación por el riesgo es lo que les queda de aldeanos y de grandes niños. ¿Que es la pasión vasca por la apuesta, sino la expresión hacia una aventura osada?, se pregunta Laín. 

La gran aventura hacia lo incierto que se inició anteanoche se llama independencia y no es la aventura individual de Elcano, ni de Zalacaín, sino de todo un pueblo que ha iniciado una empresa audaz, al estilo de los criollos dirigidos, precisamente por vascos, cuando la emancipación americana. 

España ha perdido una parte de su cuerpo; Euskal Herria es ya posible; más de la mitad de la población del País Vasco ha dicho que no quiere ser española. Tiene razón Otegi, el españolismo es minoría. La propuesta autodeterminista figuraba en el programa electoral del PNV; ahora no podrá volver atrás. Han perdido los españoles constitucionalistas, tal vez porque el conflicto vasco es para etnólogos, no para políticos. La campaña de los constitucionalistas ha sido una errada obstinación, una pasión inútil, un esfuerzo por la razón y la democracia; pero en el País Vasco el destino no es la política, sino el instinto, la apuesta, la aventura de insurgentes. Los proetarras han optado por el voto útil; no ha desaparecido HB, ni los que apoyan a ETA: se han integrado en el PNV. Parte de la oligarquía vasca y de la banca han auxiliado al nacionalismo. Me dijo un banquero: el banco no tiene que apoyar a ningún poder, porque el banco es el poder.

Ahora hablan de un gobierno transversal. Transversal significa que se extiende de un lado a otro, que se desvía de su línea, que busca el consenso. Están tendiendo una celada al PSOE desde poderes fácticos cercanos. Horas antes de conocerse el resultado, un dirigente del PSOE me dijo: «La fuerza mediática y el aparato de Madrid van a tener la tentación de pactar con el PNV. Yo le he dicho a Zapatero, si formas gobierno con Arzalluz, no vas a ganar las elecciones en España». IU en Euskadi se refuerza a costa de perder cientos de miles de votos entre los españoles que no están de acuerdo con que los comunistas apoyen un proceso de secesión.

La apuesta de los constitucionalistas en este juego de pelota entre España y Euskadi es salvar los derechos de las minorías, asegurar sus vidas, sus libertades y sus posesiones. Arzalluz tiene la misión histórica de acabar con el martirologio y de evitar que un día en el País Vasco haya campos de concentración.

El bumerán vasco
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 15 Mayo 2001

En esta ocasión, no sólo las encuestas, sino también los analistas, se equivocaron en sus previsiones. Los resultados de las elecciones al Parlamento vasco han desmentido las hipótesis de trabajo de los políticos y las que habíamos barajado desde los medios de comunicación. En la noche del domingo pasado estaba sorprendido todo el mundo. Satisfechos o decepcionados, nadie parecía esperar los datos que iban derivándose del escrutinio. La sorpresa alcanzaba hasta a los propios ganadores, los nacionalistas de la coalición PNV-EA, que veían desbordados sus más optimistas cálculos. No acertó ni siquiera Arzallus que, hace algún tiempo, avanzó que, después de las elecciones, todo iba quedar como estaba. Porque lo cierto es que la situación no es idéntica a la pre-electoral, sino mucho peor para cuantos habían apostado por el cambio en el País Vasco y sumamente más cómoda para los nacionalistas. Ya no será posible ganarle votaciones al gobierno nacionalista en el Parlamento vasco porque PP y PSOE tienen, sumados sus escaños, uno menos que PNV-EA, sin contar con que EB-IU dará gustoso sus tres votos al gobierno. Y a saber que pasará en el futuro con el PSE-PSOE, escaldado como está de su «unidad de acción» con el PP.

   Ibarreche podrá formar un gobierno minoritario, aunque no podrá impedir que EH vote a su favor ¬ya lo advirtió también Arzallus¬ para intentar condicionarle, cara al futuro. Sería una ingenuidad pensar que los socios de ETA se van a limitar a hacer una correcta oposición parlamentaria y habrá que ver cómo reacciona el lehendakari y cómo cumple su promesa de no tratar directa ni indirectamente con los proetarras... El reelegido lehendakari ya no tendrá que temer ninguna moción de censura que, como las dos de hace varios meses, le dejen en vergüenza, aunque no consigan la mayoría absoluta. Se configura, en suma una situación arrasadoramente más tranquila y cómoda para los nacionalistas que, más legitimados que nunca, pueden caer en la tentación de tomarse en serio sus propias utópicas promesas soberanistas, imposibles en esta Europa del siglo XXI y, sobre todo, en la Unión Europea. Ni España es Yugoslavia, ni el País Vasco es Montenegro, aunque, como en el histórico principado balcánico, algún obispo mande mucho.

   Los partidos autonomistas o constitucionalistas, PP y PSOE ¬obviamente perdedores, aunque hayan mejorado, sobre todo el primero, sus cifras absolutas y relativas¬ tendrán que analizar, cada uno por su cuenta, dónde han estado sus fallos estratégicos y/o tácticos. El primer error ha sido la presuposición de que una mayor participación electoral habría de favorecerles necesariamente, dando por supuesto que la clientela nacionalista «siempre» acude a las urnas y que los que se quedaban en casa sólo podían ser votantes populares o socialistas. La sociedad vasca se ha movilizado como nunca, pero esos electores no habituales se han decantado en mayor proporción por el status quo nacionalista. Seguramente, en parte al menos, porque muchos de ellos se sienten beneficiados por la trama clientelar que, como auténtica red de pescar votos, ha ido echando cuidadosamente el PNV, a lo largo de sus dos largas décadas de gobierno. Una participación del 75 por ciento habría sido, con toda probabilidad, la óptima para los constitucionalistas y todo hace pensar que ese 5 por ciento adicional hasta el 80 por ciento ha favorecido netamente a los nacionalistas. Y es que cuando se llama a rebato a los ciudadanos para el cambio es inevitable que también se movilicen los partidarios de la continuidad.

   Confiaron también los constitucionalistas en el clamor social contra el terrorismo y contra el propio régimen nacionalista que se simbolizó en el «espíritu de Ermua». La tesis era que el cambio ya se había producido en el seno de la sociedad y que sólo faltaba convertirlo en porcentajes electorales. Pero no se calculó que esa translación a la aritmética parlamentaria, en su mayor y más significativa parte, ya había tenido lugar en las elecciones de 1998, Sólo quedaba rebañar los últimos posos, con los que era imposible cambiar el paisaje político. Pero, es más, los constitucionalistas han sido víctimas de su propio éxito, porque es evidente que la gran campaña contra el terrorismo de ETA ¬a la que tardíamente se ha sumado nacionalistas e IU¬ se ha saldado con los mejores resultados, al quedarse EH con la mitad de sus escaños. No se previó suficientemente, sin embargo, que los votos perdidos por EH no era probable que se refugiaran en la abstención sino que, más bien, se iban a repartir entre PNV-EA y, en menor medida, IU. Y es precisamente eso lo que ha sucedido, aunque da toda la impresión de que la coalición ganadora ha recibido también votos procedentes de nuevos votantes jóvenes. Algo que no es, precisamente, estimulante cara al futuro. Uno de los más notables resultados de la jornada electoral vasca, el hundimiento de EH, se ha convertido así en un bumerán contra los más activos luchadores contra el terror de ETA, porque ponen además las víctimas, esto es contra populares y socialistas.

   Pero, más allá de porcentajes, para quienes hemos mantenido que al PNV le corresponde una gran responsabilidad en la falta de libertad y miedo a la que se ha llegado en el País Vasco, es decepcionante la falta de sensibilidad de una gran parte de esa sociedad ante la suerte de tantos miles de ciudadanos «de segunda», por no ser abertzales. Los valores nacionalistas se han impuesto sobre los valores democráticos, por los que apostaban los constitucionalistas y, condenados los medios, la arrogancia del triunfo puede inducir a los ganadores a pisar el acelerador hacia unos irracionales fines, que sólo pueden producir más sufrimiento.

Cuando los pueblos se equivocan
Por César Vidal Libertad Digital 15 Mayo 2001


Lo dijo Churchill y es cierto. La democracia es el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás. El sistema garantiza, por regla general, el turno pacífico y regular en el poder y, gracias a ello, la existencia de raciones no despreciables de libertad y derivadamente de paz social y de justicia. Lamentablemente, la democracia no puede garantizar la virtud, la bondad o la decencia. Incluso puede convertirse en el camino hacia el poder de fuerzas políticas que, una vez en él, consagrarán la existencia de sistemas antidemocráticos o la mera esclavitud de sectores enteros de la población. En el colmo de las perversiones esas fuerzas llegan al poder apoyados en los votos de millones de ciudadanos.

Mussolini se hizo con el dominio absoluto de Italia no gracias a un golpe de estado, a una revolución o a una guerra civil sino al respaldo de importantes sectores de la población que le veían como una garantía de orden y progreso. Mayor interés, sin embargo, merece el caso de Hitler. El Führer se aupó a la cancillería alemana sobre millones de votos que lo consideraron la garantía cierta de que los alemanes recuperarían su autoestima nacional. Por supuesto, Hitler tuvo opositores pero la aplastante mayoría de los alemanes consideraron que lo que hacía lo hacía bien y que si no había que apoyarlo al menos había que dejarle hacer. Ni siquiera esa opinión varió cuando el III Reich comenzó a cosechar derrota tras derrota y a ser objeto de terribles bombardeos. El mensaje nacionalsocialista había calado tan hondo entre los alemanes que ahora se consideraban víctimas de una conjura mundial promovida –¡cómo no!– por los judíos. Fue necesaria la derrota militar para que Alemania sometiera a profunda crítica sus últimos doce años de Historia, la historia de un pueblo que, conscientemente, entregó el poder a los nazis por encima de cualquier otra consideración como la de la supervivencia de los no-nacionalistas o de los judíos.

Decía Vidal de Nicolás que él y otros miembros del Foro de Ermua se veían como judíos en Varsovia. No exageraba. Una parte considerable de sus paisanos había preferido la existencia de la “nación vasca” y su proyecto independentista a que sus ciudadanos vivieran en paz y libertad. En ocasiones, los pueblos cometen terribles equivocaciones pero lo más grave no es que se condenen con ellas al desastre. Lo peor es que ese desastre lo transmiten a gente cercana que la única culpa que arrastran es la de tenerlos cerca. Así los justos –al menos de esa falta– pagan por los empedernidos pecadores. Alemania en los años treinta fue un buen ejemplo de la veracidad de esta tesis. Las Vascongadas se han convertido en otro similar el 13 de mayo. 

Después de la batalla
Por Lucrecio  Libertad Digital 15 Mayo 2001


La ofensiva se ha desmoronado. Porque ha sido, de verdad, la más unánime ofensiva del Estado democrático sobre el tejido desgarrado de un país vasco cortado en dos por una casi tangible línea de trincheras. Necio sería ocultar que jamás un consenso tan amplio de la sociedad española se había anudado en torno a un proyecto político; que jamás gentes de procedencia ideológica y cultural tan diversa habían aceptado la necesidad de poner en sordina diferencias; de apostar por un mínimo garantista frente a la lógica feroz de la exclusión social (y, en el límite, el asesinato) de casi la mitad de la población vasca a manos de la otra. Necio sería ocultarse que, tras una ofensiva general que falla su objetivo, sólo queda una derrota. Sin paliativo. Y que esa derrota no es la del país vasco sólo. Es la de España. Y no sólo moralmente.

Ninguna cosa hay peor, cuando ya una derrota ha sucedido, que empecinarse en negarla. Si una mínima racionalidad política puede llegar a imperar un día en ese territorio masacrado, ello depende sólo de nuestra capacidad (digo la nuestra, no sólo la de nuestros demasiado incompetentes políticos) para entender cómo pudo gestarse este desastre. Y cuáles son sus verdaderas dimensiones.

Nada hay más peligroso que el consuelo. ¿Se da, de verdad, cuenta Mayor Oreja de lo que está diciendo cuando reivindica como logro del PP que, gracias a su política, el voto nacionalista se haya desplazado de EH al PNV? Porque si así fuera, lejos de sentirse consolado, debería experimentar el gusto de algo más que un átomo de infierno. Y es que, si el único efecto de una ofensiva democrática en todos los frentes ha sido unificar (tendencialmente) el voto independentista en un solo partido –idéntico al germinal Estado, como lo es el PNV– capaz de gestionarlo en modo óptimo, eso equivale a confesar que la guerra se ha perdido. Que ya no precisa siquiera ETA de un brazo político propio. Que su representación institucional puede ser ejercida por el partido patriótico casi único, aquel de cuya privada bandera se tomó la bandera de la recién inventada patria vasca.

No sé si se dio cuenta Mayor al formularlo. Sé que todos habremos de afrontar ése, el verdadero drama. No hay más Estado en Vascongadas que el PNV. Ni más potencial ejército –ahora que, en toda Europa, bancos emisores y ejércitos nacionales están a siete meses de su extinción– que aquel que germinalmente ETA esbozó hace más de treinta años. EH o HB son transitorias. Sólo ETA y PNV perseveran. ¿Los demás? Al abismo.

Luego del desmoronamiento de la gran ofensiva.


Por encima de muertos y lágrimas
Lorenzo CONTRERAS La Razón 15 Mayo 2001 

Los pueblos tiene derecho a equivocarse democráticamente, pero eso no reduce las proporciones del error. Y la sociedad vasca, con su voto generoso al nacionalismo en detrimento de las fuerzas estatutistas, se ha equivocado. Peor aún: no ha sido justa. Ha pasado por encima de los muertos y de las lágrimas. Ha premiado y primado a los socios de Eta en Lizarra y ha castigado a quienes acusaron de complicidad política con los llamados violentos a los que indudablemente practicaron esa complicidad. Pero se ha demostrado en las urnas que eso era peligroso decirlo. Ahora Arzalluz, en la ceremonia de la euforia peneuvista, ha recordado «urbi et orbi» que el nacionalismo vasco ostenta la mayoría parlamentaria absoluta, porque treinta y tres escaños de la coalición PNV-EA más siete de EH suman cuarenta. Feliz apunte de situación. Los nuestros son los nuestros, aunque cometan «travesuras».

   Aparte de premiar a Lizarra, la sociedad vasca, con su decisión mayoritaria, ha castigado a Ermua y a sus portavoces. Se dirá, y se dice, que Eta y su entorno emprenden la ruta hacia la marginalidad.Ya veremos si tal pronóstico se concreta. Precisamente una de las incógnitas del futuro inmediato es la «lectura» que la banda pueda hacer de estas elecciones. La verdad es que poco margen se ofrece para la sorpresa. Que por cierto sería mayúscula si los hábitos criminales de Eta se modificaran.

   No hay motivos para el optimismo. Para optimismo ya hemos tenido bastante con las raciones que nos han propinado los encargados de prepararle a los nacionalistas un futuro peor, el que seguramente se merecían por tanta traición, no ya sólo al sistema estatutario, sino también a los propios valores democráticos. ¿O es que se nos ha olvidado lo que los acuerdos de Lizarra decían, sus postulados racistas y excluyentes, su componente nazi? Pues esos pactos, que antes de empezar a funcionar a plenitud ya han producido un censo de exiliados, fueron firmados por el PNV. En nombre, claro está, de la paz.

   Una paz cuya aurora anuncia el «lehendakari» en funciones, señor Ibarreche. En Euskadi empieza a amanecer. No hay que impacientarse. Sólo es cuestión de esperar un poco, seguramente no mucho. Ya se verá cómo madrugan los hoy dueños de la razón ¬por obra y milagro de los votos¬ en perder la razón. Ya se comprobará cómo la Ertzaintza sigue sin controlar y reprimir a los bárbaros de la «kale borroka». Y cómo Eta sólo tiene que temer a las Fuerzas de Seguridad del Estado.

   Los escoltas de los amenazados no perderán su empleo. Cabe arriesgar la fácil profecía. Conseguido, para los cuatro próximos años, casi todo, los nacionalistas del señor Arzallus no renunciarán a casi nada. Ya tienen incluso en sus manos un esbozo de referéndum. El 13 de mayo huele a eso.

ESPAÑA LIMITA AL NORTE
Ventura Pérez Mariño La Voz 15 Mayo 2001

 

En política, como en casi todos los quehaceres de la vida, la derrota suele venir acompañada de reproches, pases de factura y descubrimientos; desde el «ya lo decía yo», hasta el «es que no puede ser»; siempre a toro pasado. Esta ocasión no es ajena a las críticas. Ahora resulta que Mayor Oreja y Redondo fueron malos candidatos, y que su unidad constitucionalista no era conveniente, o que a Arzalluz hubiera habido que premiarle. O que los movimientos sociales como Basta Ya, Foro de Ermua, Gesto por la Paz, no fueron adecuados. ¡Y no nos habíamos enterado!

No es posible echar la culpa a los políticos. Esta vez, y quizás por primera vez de forma ostensible, han seguido las directrices de los movimientos sociales, las que se les fue señalando desde las organizaciones cívicas. Desde la sociedad estuvimos juntos en la desesperación de Miguel Ángel Blanco, en la manifestación del Basta Ya en San Sebastián, en las espontáneas de Sevilla, en el Kursal y recibimos premios con Fernando Savater. La culpa, de haberla, sería de todos nosotros.

En mi opinión el juzgar las cosas así es injusto. Otra cosa es que, en contra de lo esperado, la realidad sociológica del País Vasco sea mayoritariamente soberanista, con tendencia a la búsqueda de la independencia. Y esa es la realidad incontestable. Pensaban los políticos constitucionalistas que si la participación era cercana al 75% se podía alcanzar la victoria, y sin embargo votó el 80% y resulta que el 53% de los votantes son soberanistas, que antes o después caminarán hacia la independencia.

Estamos hablando del País Vasco, de un territorio que ha alcanzado un enorme estado de bienestar, que es insolidario económicamente con el resto de España gracias a la vigencia del concierto económico, que no quiso energía nuclear en su territorio y no la tuvo, sin perjuicio de usarla; hablamos de un territorio privilegiado, en definitiva, que de forma mayoritaria ha dicho en las urnas: acepto las ventajas de pertenecer a España, pero ninguno de sus inconvenientes.

La situación ahora resulta especialmente compleja: la mayoría soberanista a la búsqueda, gota a gota, de la independencia: un ejército termítico. De ellos, 100.000 personas (EH) dispuestas a todo por conseguirlo. Y en el medio, cientos de miles de alemanes en Mallorca que verán día a día como la vida se les va haciendo un poco más difícil, convertidos en extranjeros en su tierra. Hemos perdido todos, que nadie lo ponga en duda, y hemos perdido haciendo las cosas bien. Con la bandera de la vida y la libertad; con la bandera de la razón pero, como en tantas cosas en la vida, muchas veces aquéllas no llegan.

¿Más de lo mismo?
Bruno AGUILERA La Razón 15 Mayo 2001 

Quien podría pensar, plácidamente sentado en una terraza de la calle de Goya, un viernes, en una tibia noche de mayo, que ha estado a punto de tomarse la última copa en este mundo. Sencillamente porque a los euskaldunes violentos les ha dado por cerrar la campaña en Madrid a golpe de coche bomba. Eso sí, cumpliendo estrictamente la legislación electoral porque el artefacto estalló minutos antes de las doce de la noche y se respetó a rajatabla la jornada de reflexión. Todo un detalle. Con lo que no contaban los pistoleros es con que estábamos en vísperas de San Isidro labrador y que nuestro querido patrono, junto a su amantísima María de la Cabeza, iban a hacer horas extras desde las alturas para que no hubiese ni una víctima mortal, lo que teniendo en cuenta la hora, el lugar y la ocasión fue un auténtico milagro. No ha hecho falta pues que su eminencia Monseñor Rouco Varela excomulgase a los etarras, porque a la vista está que el Altísimo pasa mucho de quienes pretenden imponerse por las bravas. Ni siquiera por cojones, porque poner un coche bomba con mando a distancia no requiere desde luego el valor que demuestra José Tomás cuando se enfrenta a un morlaco biastado. 

Con un cierre de campaña así no es de extrañar que las chicas y chicos de Euskal Herritarrok hayan perdido hasta la camisa en estas elecciones y que ahora se encuentren en la penosa tesitura de enfrentarse al 91 por ciento del pueblo vasco. A diferencia del PNV y de EA que han vuelto a ser pareja como en los viejos tiempos; gracias a lo cual, y a que solo han sacado en la tele a Ibarreche y han metido en la trastienda al zumbado de Arzallus y a su acólito Eguibar, han conseguido los mismos resultados que en el 84, es decir cuando Garaioechea formaba parte del PNV. Les han hecho falta 17 años en solitario para volver al punto de partida. Aunque nunca es tarde si la dicha es buena. 

Afortunadamente han tardado mucho menos en rectificar la monumental metida de pata de Estella/Lizarra y en dejar al padre Javier con sus nalgas al aire para apresurar el regreso a la moderación y no quedar en evidencia frente al electorado. Un donde dije digo digo Diego y un juramento formal de que los votos de HB ni tocar. Lo que sea para evitar el sonrojo de que Mayor Oreja y Redondo se saliesen con la suya y los «constitucionalistas» pudieran pasar a ser mayoritarios por primera vez en Euskalherría desde la vuelta de la democracia. 

Y aún así los nacionalistas democráticos empatan con los dos mayores partidos del Estado y sacan menos escaños si se les añaden los tres de IU, aunque eso sea mucho sumar porque Madrazo sí que firmó el fiasco de Estella. ¿Los ganadores? los vascos que han acudido masivamente a las urnas para arrinconar a los violentos en el Parlamento de Vitoria y apostar firmemente por conducir ellos mismos su hermosa tierra sin imposiciones desde fuera. Lo que según parece no quiere decir de modo independiente ni autodeterminado, pues por más que a mí me gustaría que de una vez se constituyese el Imperio vasco hay un cincuenta por ciento de euskaldunes que dicen que diferentes sí pero que solos no. ¿Vaya lío! Queda, eso sí, un poco mancillada la arrogancia de aquellos responsables de Génova que se resistieron con total falta de estilo a dar a conocer a tiempo los sondeos del CIS. Aunque nunca viene mal recordarle al que se cree indefectiblemente ganador que en cualquier momento puede perder. Basta con que se aleje de la realidad. 

Más listos han estado en el PSOE, donde se han dividido los papeles para asegurarse, ganara quien ganara, algunas consejerías. Según parece, una vez más el viejo zorro de González ha sabido entrar en el gallinero del poder por un roto del mallazo. La única pena es que Ardanza se haya retirado de la política, pues sinceramente me encantaría verle de nuevo al frente de un gobierno de coalición. Porque como es el único que no se ha movido en la foto, al final, lógicamente, es el que ha salido con toda nitidez. ¿Que si creo que vamos a tener más de lo mismo? Con toda sinceridad, espero que no.

Se impuso la identidad sobre la libertad
Edurne URIARTE ABC 15 Mayo 2001 

En las elecciones del domingo se enfrentaban dos objetivos radicalmente diferentes: el de quienes querían sobre todo impedir que «los españoles» gobernaran, y el de quienes querían obtener al menos la misma libertad que la de los nacionalistas. Y el resultado descorazonador para los constitucionalistas es que el voto étnico se ha vuelto a imponer. Han ganado aquellos para los que la libertad de los constitucionalistas es secundaria, aquellos para quienes los constitucionalistas serán libres cuando acepten los postulados nacionalistas.

La realidad tras el domingo es así de cruda y desesperanzadora, y los datos no permiten encontrar mucho consuelo para el pesimismo que inevitablemente nos inunda respecto al futuro. Es más, más bien cabe destacar aspectos especialmente preocupantes que dibujan un futuro inquietante en el País Vasco. Pensemos en los siete escaños perdidos de EH que se han ido a PNV-EA.

La clave para entender este trasvase no es tanto la incomodidad de esos votantes con los asesinatos de ETA. La clave, sobre todo, es que estos votos se han ido a PNV y Eusko Alkartasuna porque estos partidos han presentado un programa y un discurso perfectamente aceptables para los votantes de Euskal Herritarrok, es decir, un programa nacionalista radical, que incluye tanto la independencia como la comprensión y el diálogo con ETA, aunque se le ruegue que pare.

Y, lo que es igualmente inquietante, es que estos votos se han ido a la coalición principal del nacionalismo como un voto útil que podía impedir que gobernaran en el País Vasco los «extranjeros».

En efecto, detrás de esta nueva alianza en el voto de los antiguos nacionalistas moderados y de los tradicionales radicales, ha habido y hay una unidad de autodefensa frente a lo que no están dispuestos a tolerar, es decir, que los que ellos no aceptan como vascos puedan gobernar. Este voto expresa una profunda intolerancia, la intolerancia que durante años se ha mantenido matizada y semioculta gracias a la docilidad con la que los constitucionalistas se han replegado para hacer felices a los nacionalistas y procurar evitar la «fractura social».

Cuando los constitucionalistas han dicho basta y han pretendido su derecho a gobernar y a decidir en pie de igualdad, el nacionalismo ha reaccionado a la una, anteponiendo su sentido de propiedad sobre el País Vasco a cualquier otra consideración.

Algunos destacarán que el descalabro de Euskal Herritarrok puede suponer un cambio de esta coalición e incluso el inicio de un cuestionamiento de ETA. El problema de esta interpretación es que no es EH la que cuestiona o la que dice a ETA lo que tiene que hacer sino, en todo caso, al revés.

Pero, sobre todo, el optimismo de esta interpretación queda de nuevo cuestionado por el sentido principal del voto nacionalista del pasado domingo, el voto de la defensa de lo que ellos consideran vasco frente a quienes no piensan admitir como sus iguales.

Cuando los nacionalistas anunciaban sus resultados el domingo, muchos jóvenes del PNV y de EA gritaban «Independencia» y «Gora Euskadi Askatatuta». No gritaban «Gora ETA» pero gritaban lo mismo que ETA. Ese es el problema, y ésa es una de las razones por las que el domingo dibuja un futuro preocupante para los no nacionalistas.

Y el problema, por si alguien tiene la tentación, no es el de estrategias electorales equivocadas, o el de mensajes equivocados. Estas elecciones eran sobre principios fundamentales, no sobre estrategias.

Pero nos han mostrado que la sociedad no siempre se coloca mayoritariamente al lado de esos principios. Hay ciudadanos para los que la autoafirmación excluyente de su identidad fundada en el racismo y la xenofobia es anterior a la defensa de la libertad de los otros ciudadanos. En el País Vasco ha sido así durante mucho tiempo, y, de momento, sigue siendo así.

Desgraciadamente, hay valores, también los peores valores, que son difíciles de cambiar. Pero se pueden cambiar. Hacen falta realismo y paciencia.

Apuesta por la moderación
Por Enrique de Diego Libertad Digital 15 Mayo 2001

Las expectativas no cumplidas producen frustración. El efecto inexorable de ese aserto provoca una sensación de decepción por cuanto la expectativa se había situado en el fin de la era nacionalista en el País Vasco. En términos absolutos, el PP y Jaime Mayor Oreja han superado las metas más elevadas previstas por sus asesores: ha ganado cien mil votos y se ha situado por encima del listón de las elecciones generales. En esos términos numéricos, es el mejor resultado de su historia. También el PSOE y Nicolás Redondo han mejorado sus resultados en treinta mil votos. Se perciben dos opiniones públicas, una nacional y otra vasca. De esa forma, ni IU ha ganado en el País Vasco, ni le va a agradecer nadie su postura.

En el fondo, la foto ha quedado fija con cambios exclusivos, aunque sustanciales, en la familia nacionalista. El PNV ganó de antemano las elecciones cuando dando marcha atrás de la escisión de 1986 formó candidaturas únicas con EA. La Ley d’Hondt prima la concentración de voto. Resultaba imposible que PP y PSOE hicieran algo similar, así que sólo cabía esperar por ese lado en un milagro ético.

Se ha producido sólo a medias: no hay más nacionalistas en el País Vasco, simplemente han primado al PNV y han rechazado a Eh. En la riña de familia sobre el pacto de Estella, los votantes han culpado del retorno al crimen a Eh y han exculpado al PNV. Han rechazado la vía de la violencia. ¿Por qué no ha habido un movimiento de solidaridad con las víctimas? Tal decisión implica una decisión personal que hace pasar una línea tras la que se empieza a ser objetivo y a vivir con miedo. El heroísmo no se da en tales dimensiones. La inmunidad nacionalista es un confortable privilegio. El PNV ha transmitido bien el mensaje de que con un cambio en Ajuria Enea aumentaría la violencia y peligraría el autogobierno. Eso de Arzalluz de que Eta y PP se necesitan, tan perverso pero tan entendiblemente conservador. Resulta lamentable que quienes mueren encima sean presentados como radicales o viscerales, pero así es la cosa.

Al margen de las expectativas frustradas, el mapa político vasco ha oscilado hacia la moderación. En los términos absolutos, la gran derrotada es Eh, que pierde la mitad de sus efectivos a favor de un partido que rechaza la violencia, mientras PP y PSOE suben. Eso es también la realidad, aunque no sea toda ella. La cuestión de futuro es si el PNV se ha radicalizado desde Estella y su propuesta de “paz” pasa por Ibarretxe y su compromiso de no pactar con Eh liderando el PNV la unidad de los demócratas, como sugiere Iñaki Anasagasti, o por Arzalluz para quien hay mayoría absoluta de nacionalistas, y la presidenta de EA quien considera que es la hora cero de la independencia.

En principio los electores vascos parecen haber dicho que sólo sobran los violentos, pero no es descartable que, no de manera inmediata, a medio plazo, Arzalluz opte por el giro soberanista, el conflicto institucional y el referéndum de autodeterminación. O el PNV va hacia la cohesión social o hacia el programa máximo de exclusión, con efectos incalculables en el momento actual. La iniciativa ha pasado ahora a los nacionalistas y al PNV, sin que se haya producido la reforma electoral nacional, que algunos considerábamos imprescindible para evitar un efecto de contagio o dominó que haga depender de los nacionalismos la política española y el futuro de todos. Eso que se llamaba la “segunda transición” y que implicaba corregir los errores de la primera.

Ánimo
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

Muchos éramos los que estábamos ilusionados con las elecciones en el País Vasco. Desgraciadamente, la realidad es tozuda y muestra que no va a ser sencillo desbancar al nacionalismo de su poltrona en Ajuria Enea. Lo siento por gentes buenas como Vidal de Nicolás, Agustín Ibarrola, Edurne Uriarte, Jon Juaristi, Fernando Savater y tantos ciudadanos anónimos enrolados en las filas de ¡Basta Ya!, el Foro de Ermua... Todos ellos decidieron renunciar a una vida tranquila, amparada en su indudable prestigio, para embarcarse en la aventura de cambiar Euskadi, de crear un País Vasco en el que todos, nacionalistas y no nacionalistas, pudieran vivir en libertad. La libertad es un derecho de todos los hombres, no sólo de los que votan al PNV o HB. No es una aspiración, es algo inherente a cualquier democracia. En el País Vasco hay gentes, personas (la matización no es retórica), que no pueden llevar a sus hijos al parque como cualquier persona, que no sienten lo mismo al arrancar su coche que cualquier persona, que, como se vio, no pueden votar en unas elecciones como cualquier persona. En el País Vasco hay mucho que cambiar. Será difícil y seguramente aún nos quedan muchas lágrimas que derramar. Pero no podemos desanimarnos ahora. No hemos dado un paso adelante, pero tampoco hacia atrás. Seguimos firmes en nuestras convicciones democráticas. Por ello deseo mostrar mi más sincero reconocimiento y enviar un fuerte abrazo a todos aquellos que luchan por cambiar Euskadi, así como rogarles que no cejen en su empeño, que no cunda el desaliento. De ello depende que muchos españoles sigamos creyendo en nuestros hermanos del pueblo vasco.

David Miranda Riera. Barcelona.

No podemos abandonarlos
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

El resultado de las elecciones vascas ha sido una gran decepción para los que somos y nos sentimos españoles. Nos hallamos compungidos, pero no nos debe embargar el desánimo y menos aún el entreguismo, propiciando el acceso de los vencedores al trofeo que realmente buscan, la independencia. No podemos abandonar a ese 41 por ciento de vascos que han afirmado valientemente su españolismo. Los españoles no vascos debemos a los vascos que se sienten españoles, y que padecen por ello en ese país tan español, no sólo nuestro reconocimiento por su valiente actitud, sino también nuestro ánimo y nuestro apoyo en estos momentos tan difíciles para ellos. Nunca nuestro abandono.

Eduardo García Lozano. Madrid.

El triunfo de la mentira
Cartas al Director ABC 15 Mayo 2001

Tras las últimas elecciones se deduce que en el País Vasco ha ganado la mentira. Arzalluz ha recogido sus frutos, ha conseguido vender su gran falacia, esa teoría basada en una antropología falsa sobre grandes medidas de cráneo y pómulos y el Rh negativo. Cómo hemos podido llegar a esto, cómo tantas personas pueden seguir votando al PNV. No me explico cómo los nacionalistas moderados no han dado la espalda al PNV de Arzalluz y de sus amigos los asesinos. Cierto es que Arzalluz, en su deseo de crear un reino a su medida, se ha servido de todos los medios a su alcance. Empezando por las ikastolas en las que ha enseñado a sus cachorros a odiar a España, pasando por esa radio y televisión lamentables —instrumento mediático de poder— y terminando por una Policía a la medida y ordenada para llegar tarde allí donde tiene que salvaguardar la seguridad de los que no piensan como ellos. En definitiva, de los que nos sentimos españoles y vascos al mismo tiempo, y sin ser términos excluyentes sino integradores, porque no nos hemos creído las mentiras enfermizas de Arana y vemos impotentes cómo se atacan nuestros derechos y libertades. Los nacionalistas ahora tienen toda la legitimidad para actuar a sus anchas, tal vez dejen de matar, porque ya no les haga falta, en ese caso, habremos conseguido mucho. ¿Cuál es el futuro del País Vasco? Con estos gobernantes, yo no quiero el País Vasco que ellos están construyendo, no es el País Vasco que deseo para mí ni para mis hijos, que no podrán conocer toda la belleza y grandeza de esta tierra maravillosa.

Después de ver cómo ayer en la sede del PNV se coreaba la «Independentzia» creo y lamento que el futuro del País Vasco y la propia existencia de España están en peligro.  Isabel Aguirre-Arocena. Madrid.

El periodista Gorka Landaburu herido leve al explosionarle un paquete bomba en su casa
Bilbao. Ep ABC 15 Mayo 2001

El periodista Gorka Landaburu, de 49 años, herido por la explosión de un paquete bomba, ha sido ingresado a las 11:25 de la mañana en el Hospital Nuestra Señora de Aranzazu de San Sebastián, tras estallarle un paquete bomba, oculto en un sobre de la revista del movimiento para el diálogo y el acuerdo Elkarri, que él mismo abrió en su domicilio de la calle Herrikobarra de Zarauz.  Landaburu ha sido trasladado en una ambulancia medicalizada tras recibir los primeros auxilios allí.  El periodista llegó acompañado de su mujer, Marina, y de su hermana Itziar. Fue transportado al interior del centro sanitario en una camilla,  cubierto con una manta y con oxígeno. Al lugar fue escoltado por un coche de la Policía Municipal de Zarauz y alrededor del centro había una estrecha vigilancia de efectivos de la Ertzaintza.

El paquete bomba que le ha explotado hoy al periodista vasco Gorka Landaburu se encontraba oculto en un sobre de la revista del movimiento para el diálogo y el acuerdo Elkarri, a la que está suscrito, informaron fuentes de su familia.

El paquete bomba llegó ayer al domicilio de Gorka Landaburu, aunque el periodista no lo abrió hasta las 10,20 horas de hoy, momento en el que el artefacto hizo explosión.

El periodista guipuzcoano, que adoptaba medidas de seguridad e incluso llevaba escolta, no sospechó del paquete porque el envoltorio era idéntico al de la revista de Elkarri, que recibía periódicamente en su domicilio, precisaron las mismas fuentes.

La explosión se registró en su vivienda, ubicado en el número 21 de la calle Herriko Barra de esta localidad, y provocó heridas en las manos y el rostro de Landaburu, cuya vida no corre peligro, según el departamento vasco de Interior.

La casa familiar de los Landaburu en Zarautz ha sido atacada en dos ocasiones por grupos radicales que ocasionaron daños materiales. La vivienda perteneció a Javier Landaburu, destacado militante nacionalista que fue vicepresidente del Gobierno vasco en el exilio y padre de los periodistas Gorka y Ander Landaburu.

El 7 de septiembre de 1995, radicales apedrearon la vivienda y realizaron pintadas en la fachada. En octubre de 1998 sufrió otro atentado en 1998, cuando desconocidos le arrojaron un «cóctel molotov» contra su vivienda, ubicada en la localidad guipuzcoana de Zarauz, que sufrió escasos daños materiales. El ataque se produjo en la madrugada del 6 de octubre del 98. Los agresores arrojaron el artefacto incendiario contra la ventana del primer piso de la casa solariega que perteneció a sus abuelos y que, en la actualidad, está dividida en ocho viviendas ocupadas por varios de sus tíos y primos, así como por él mismo y por su familia.

Gorka Landaburu, es hijo de Francisco Javier de Landaburu, que fue diputado del PNV en Madrid durante los Gobiernos de la República y también consejero del Gobierno vasco en el exilio. Además, fue uno de los ideólogos del nacionalismo vasco durante aquellos años, según informaron fuentes de la formación jeltzale. Tiene otro hermano periodista, Ander, que es el director de la edición del diario «El País» en el País Vasco.

La empalizada
David GISTAU La Razón 15 Mayo 2001 

Al final, al electorado vasco sí lo movilizó el miedo. Pero el miedo a España, a «los de Madrid», que no es exactamente un miedo porque las «ikastolas» y su artificio de mitos lo han convertido en un poso cultural, en la esencia de una identidad que, alcance o no el paroxismo suburbial del pasamontañas, se aferra a la impermeabilidad de quien considera que defender su Yo tribal -el Yo vasco es tribal- consiste en levantar una empalizada cuando las campanas de la iglesia o el tam-tam del chamán llaman a la defensa de una invasión. 

El triunfo retórico de Arzallus -«Éste no viene a Ajuria Enea, viene a Inchaurrondo»- ha sido el de convencer al electorado vasco de que la amenaza del disparo por la espalda iba a ser sustituida por la amenaza del españolismo, de que vincular nacionalismo y crimen sólo podía ser una idea de españoles, de que el PP subía a Vasconia portando águilas romanas: lo que no consiguió el César, vino a decir, que no lo consigan los tertulianos de Madrid. Es decir, que Arzallus se subió al campanario, y los vascos, a la empalizada. Desde Moncloa, Aznar contempla el regreso de Mayor como Augusto vio el de Varo cuando volvió habiendo perdido sus águilas en Germania. En esos trances, a sus generales los césares solían invitarles al suicidio, que en el caso de Mayor lo será en todo salvo en lo biológico.

   Basadas en posiciones frentistas, en un doble o nada de casino, estas elecciones han institucionalizado un desgarro social y habrán quedado como el ensayo de un referéndum sobre la soberanía. No deben extrañar, por tanto, los gritos de «¿Independencia!» con que los militantes del PNV acogieron su triunfo. Esta contienda que no lo fue de partidos, sino de identidades separadas por una empalizada, puede haber desatado una inercia independentista que ETA consolidaría con una tregua que permitiría el reingreso en el escenario de EH. Según Moncloa, Mayor era la última oportunidad, el doble o nada. Y ha regresado con las águilas perdidas. ¿Qué hacemos ahora?
  

Pluralismo exultante
ANTONIO PAPELL El Correo 15 Mayo 2001

Las elecciones vascas han confirmado la gran estabilidad de las posiciones nacionalistas y no nacionalistas, prácticamente equivalentes en tamaño. La intensísima campaña de las fuerzas constitucionalistas en pro de la alternancia ha fracasado porque los distintos deslizamientos no han traspasado realmente la frontera que separa a ambas actitudes. Si en 1998 los nacionalistas obtuvieron el 56% de los votos, el domingo pasado consiguieron el 54%. EH reduce su representación a la mitad, y seis de los siete escaños que pierde pasan a la coalición PNV-EA. Las fuerzas constitucionalistas, en conjunto, permanecen estancadas: el PP sube un escaño (además de los dos que ya tenía Unidad Alavesa), que es el que pierde el PSE-PSOE.

En todo caso, las elecciones no eran innecesarias. Primero, porque había que ubicar a EH en el lugar correcto. A pesar del importante aumento de la participación con respecto a la consulta de 1998, la fuerza radical ha sido la única que ha perdido votos, y en número considerable: más de 80.000. Era lo que la lógica más elemental permitía presagiar por cuanto, una vez roto el espejismo de la tregua etarra, se reproduce casi exactamente la situación de 1994: entonces HB conseguía 147.000 votos; ahora, 143.000. También el mundo que arropa a ETA está estabilizado.

En segundo lugar, las elecciones eran precisas porque Ibarretxe, en la legislatura anterior, había sido entronizado con los votos de EH. Un apoyo que pudo ser legítimo cuando existía un pacto de gobierno entre esta formación y el PNV, posible precisamente a causa de la tregua, pero que se volvió espurio una vez desaparecido el vínculo por el apoyo de los radicales a la violencia. De algún modo, resultaba necesario que el fracaso de Lizarra pasara por las urnas. Los electores han culpado del naufragio a EH en exclusiva. Finalmente, la apelación al voto era indispensable para romper el círculo vicioso de una gran crispación causada por la frustrada experiencia del gobierno frentista que fue ensayado tras las anteriores elecciones autonómicas.

La reconstitución de la mayoría nacionalista, distribuida ahora de muy diferente manera, y la regeneración democrática que el propio proceso electoral implica han sido, pues, los frutos de unas elecciones que asimismo han puesto de manifiesto la exultante pluralidad del País Vasco. Si 742.000 ciudadanos se han decantado por opciones nacionalistas, otros 652.000 lo han hecho por partidos no nacionalistas, de estructura estatal. Y si se piensa que esta proporción se invierte sistemáticamente de forma aproximada en todas las elecciones generales, se entenderá la necesidad imperiosa de que las instituciones, y también el Gobierno vasco, tomen en cuenta la evidencia para evitar la fractura social, que se ha llegado a atisbar en los momentos más crispados de la larguísima campaña electoral.

Así las cosas, puede que hablar de un retorno a la transversalidad, a las coaliciones entre nacionalistas y no nacionalistas, no sea realista a corto plazo, en lo referente a la formación del próximo gobierno; pero no puede caber duda de que todas aquellas decisiones trascendentales de avance del proceso político deben basarse en consensos amplios, que generen mayorías mixtas. Es ya de larga trayectoria la cultura pactista de este país, que ha rendido frutos elocuentes en el desarrollo del sistema institucional y en el progreso de las grandes cuestiones que exceden del puro significado partidista, por lo que no será difícil recuperar el hábito de los grandes consensos, que ha sido reclamado, por cierto, por la ciudadanía en todas las encuestas preelectorales publicadas.

De las primeras manifestaciones de los líderes peneuvistas parece desprenderse que asumen la victoria incuestionable con ánimo conciliador, que debe manifestarse en la práctica en dos aspectos relevantes: de un lado, es urgente recomponer por su iniciativa la unidad democrática contra el terrorismo, basada en la convicción de que no puede haber trueque de paz por concesiones políticas. De otro, conviene dejar sentado desde el primer momento que cualquier apelación soberanista, cualquier propuesta de revisión del marco institucional, debe efectuarse con la sincera convicción de que requerirá respaldos mucho más amplios que el de la exclusiva mayoría nacionalista.

El hecho de que el PNV, junto con EA, haya recogido de nuevo el mayor apoyo popular de su historia, el mismo que logró en 1984, antes de la escisión (32 escaños), le obliga a actuar con mayor responsabilidad y moderación. No resultará fácil destensar una sociedad que ha vivido muchos meses de crispación y gritos, estimulados por la violencia de ETA. Pero todos los actores políticos democráticos del País Vasco deben poner de su parte para recuperar cuanto antes el clima de cordura que permita plantear el futuro con serenidad, entendiendo que el aislamiento de ETA pasa por esta recomposición del diálogo y de la convivencia pacífica de todos los partidos que están del lado de la democracia y la libertad.

Nace una estrella
ANTONIO ELORZA El Correo 15 Mayo 2001

El político de Llodio emerge como verdadero triunfador de esta contienda. Las encuestas ya lo anunciaban. Lo que para un crítico exterior, como el que esto escribe, constituía una detestable ambigüedad al compaginar la insistencia en la condena doliente de los actos terroristas con la firme voluntad de evitar un enfrentamiento radical con ETA y con el giro final de las acusaciones hacia los demócratas representantes de las víctimas, fue para muchos vascos, y en especial para la comunidad nacionalista, signo de complicidad ideológica y muestra de la validez de la propia actitud de inhibición frente al terror. Nunca dijo que había que detener a los etarras; se limitaba a pedirles que respondiesen a su condición de patriotas. Y sí reprochó en cambio con fuerza la actitud de PP y PSOE, culpándoles de obstruir el funcionamiento de un sistema político que él mantenía bloqueado al negarse a dimitir estando en minoría. Rechazó la alianza con una EH manchada de sangre, pero nunca desautorizó explícitamente los objetivos de Lizarra. Quien siguiera sus actos de los últimos meses, última visita a Aragón incluida, nunca hubiera podido suponer que un hombre con tan humanitarias intenciones había llegado al poder gracias a los votos de un grupo ligado a ETA. ¿Confrontación civil en Euskadi? La que provocaban quienes clamaron contra el terror. Una vez más, nada mejor para borrar la noticia que la descalificación del mensajero.

Las que desde el exterior eran deficiencias manifiestas de Ibarretxe, suponían en cambio otras tantas bazas para ganarse un amplio apoyo en el campo abertzale. Porque era y es un abertzale de cuerpo entero, creyente en que ETA es sólo el efecto de un problema vasco que nace de la negación por España de la independencia vigente hasta 1839. Ningún argumento le hará cambiar de idea, si de su fe se trata. Además, ha sabido construir la imagen del buen chico, cargado de buenas intenciones y de buenos sentimientos -salvo cuando se refiere a Fernando Savater-, que no hace más porque ‘la lucha armada’ y la perfidia de los partidos españoles se lo impiden. Encarna la actitud del perfecto nacionalista de PNV y EA. Hacia el exterior, condena tajante de la violencia que procura tranquilidad del alma; hacia el fuero interno, convicción de que los españoles en Euskadi están donde no deben, y que por lo tanto cuanto les ocurra es lamentable, pero no debe afectar a una profesión de fe patriótica donde inevitablemente tiene lugar la convergencia con quienes esa violencia defienden y practican. Ambas cosas muy claras, y los ex votantes de EH han sabido apreciarlo.

El Parlamento francés comienza hoy el debate sobre la autonomía de Córcega
Los nacionalistas corsos se unen en un partido independentista
La fusión de cuatro organizaciones nacionalistas corsas en un único partido independentista este fin de semana ha incrementado los recelos que dentro de la derecha y la izquierda francesa se mantiene ante el proyecto de autonomía limitada para Córcega que hoy comienza a debatir la Asamblea Nacional. Se teme que empiece un proceso de ruptura del Estado, que reforzaría también el nacionalismo de vascos y bretones.
José Ruiz - Madrid.- La Razón 15 Mayo 2001

Indipendenza, nombre del nuevo partido constituido en la Universidad de Corte, en el Alto Córcega, acepta las atribuciones que otorga a la región el «Plan Matignon» como una etapa en la futura ruptura de Córcega con Francia a través del ejercicio del derecho de autodeterminación y la reconquista de la soberanía. Los cuatro partidos promotores participaron en la negociación con el Gobierno Jospin que dio paso al proyecto de autonomía a debate. Jean-Guy Talamoni, uno de los protagonistas fundamentales de la negociación, es líder de Corzica Nazione, partido perteneciente a la coalición Cuncolta Independentista integrada ahora en Indipendenza. «Yo no soy francés. Son independentista» ha dicho varias veces.

   El proyecto que comienza a discutirse hoy en la Asamblea Nacional ha sido impulsado directamente por el primer ministro Lionel Jospin. El texto autoriza el traspaso de poderes legislativos del parlamento galo al corso. Estas cesiones tendrán un carácter temporal hasta 2004 y definitivo a partir de ese año si cesa la violencia independentista, a la que se mezclan también luchas de clanes e incluso intereses mafiosos.

   El texto fue aprobado por la Asamblea corsa en julio de 2000. A principios de año un dictamen del Consejo de Estado, no vinculante para el Ejecutivo, puso en duda la constitucionalidad de que el parlamento regional pudiera derogar leyes del Estado así como que la lengua corsa fuera enseñada en las escuelas en horarios lectivo. El proyecto de ley establecía la obligatoriedad de estas clases a partir de preescolar salvo voluntad expresa de los padres o representantes legales de los niños. El texto se inspiraba en una ley aprobada en 1996 para la Polinesia que sí fue refrendada por el Tribunal Constitucional.

«Reprobación pública»
En relación con el proyecto corso, el Consejo de Estado alertaba sobre el peligro de que las personas que rechazaran esta enseñanza pudieran ser objeto de «reprobación pública» en la isla por parte de los nacionalistas. La comisión parlamentaria encargada de analizar la descentralización del estado francés y presidida por el ex primer ministro socialista, Pierre Mauroy, indicó en octubre que la enseñanza «no podía ser impuesta a las familias».

   En diciembre, el presidente de la República, Jacques Chirac, señaló el riesgo de ruptura del «pacto republicano» que suponía el Plan Matignon. Chirac agregó que la «república no podía disolverse en un mosaico de privilegios y estatutos derogatorios». El pasado 14 de febrero, el presidente, rival de Jospin en las elecciones presidenciales del próximo año, retiró del orden del día del Consejo de Ministros la discusión del proyecto, paso previo para su envío al parlamento. Chirac solicitó al Ejecutivo que examinara las «dificultades constitucionales» planteadas por el Consejo de Estado.El texto fue incluido finalmente en la reunión de ministros de la semana siguiente. Jospin ha señalado reiteradamente que los cambios deberán decidirse en el parlamento.

   Lo cierto es que las reformas previstas restringen las exigencias iniciales para la enseñanza de la lengua corsa. Las clases serían propuestas a los alumnos y ya no tendrían un carácter obligatorio. Desde 1974 el idioma puede ser enseñado con carácter voluntario. En 1994 se establecieron tres horas semanales de clase en los colegios y ese mismo año se aprobó la educación bilingüe. Actualmente un 16 por ciento de alumnos estudia la lengua de la isla y funcionan 20 colegios bilingües.
   Jospin defiende que la autonomía para Córcega no pone en peligro la unidad republicana. En un intento de aproximación a los grupos nacionalistas, no exigió durante las negociaciones del Plan Matignon que los firmantes condenaran el empleo de la violencia por parte de los grupos terroristas.

 

 

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