AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 16  Mayo   2001
#Un mundo que se acaba
Jon JUARISTI, fragmento de su libro «Sacra Némesis. Nuevas historias de nacionalistas vascos» ABC 16 Mayo 2001

#De fracaso, nada
Enrique de Diego Libertad Digital 16 Mayo 2001

#El dinosaurio continúa ahí
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 16 Mayo 2001

#Arzallus quiere la confrontación
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 16 Mayo 2001

#574.582 razones para seguir
José A. SENTÍS La Razón 16 Mayo 2001

#Arzalluz o Ibarretxe
JORGE DE ESTEBAN El Mundo 16 Mayo 2001

#La burla de ETA
Editorial ABC 16 Mayo 2001 

#Simbólica mano destrozada
Editorial La Razón 16 Mayo 2001

#RESPONSABILIDAD NACIONALISTA, OPORTUNIDAD PARA IBARRETXE
Editorial El Mundo 16 Mayo 2001

#Carta a Vidal de Nicolás
ABC 16 Mayo 2001

#EL PAIS VASCO NO ES IRLANDA
Editorial El Mundo 16 Mayo 2001

#Frontera moral
Editorial El País 16 Mayo 2001

#La independencia según Arzalluz
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Mayo 2001 

#Mil cantones
RAUL DEL POZO El Mundo 16 Mayo 2001

#La «mesa por la paz»
Jaime CAMPMANY ABC 16 Mayo 2001 

#La dura realidad
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 16 Mayo 2001 

#Descifrar el mensaje
JAVIER PRADERA El País 16 Mayo 2001

#Los verdugos son la peste
Editorial La Estrella 16 Mayo 2001

#Ibarretxe
ENRIQUE GIL CALVO El País 16 Mayo 2001

#Continúa «el proceso»
JOSE LUIS VILLACORTA El Mundo 16 Mayo 2001


#Los moderados
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 16 Mayo 2001

#Solidaridad frente al terror
Editorial El Correo 16 Mayo 2001

#ETA intenta asesinar al periodista Gorka Landaburu con un libro bomba

ÓSCAR B. DE OTÁLORA ZARAUTZ El Correo 16 Mayo 2001

#«Gorka Landaburu vete de Euskadi»
C. E. El Mundo 16 Mayo 2001

#Balas y explosivos para combatir la «violencia mediática»
JOSE L. LOBO / NOEMI RAMIREZ El Mundo 16 Mayo 2001


#«Respeto a las urnas»
El Correo 16 Mayo 2001



Un mundo que se acaba
Por Jon JUARISTI, fragmento de su libro «Sacra Némesis. Nuevas historias de nacionalistas vascos» ABC 16 Mayo 2001 

Frente a la violencia política, a los ciudadanos sólo les cabe optar por el sometimiento o la resistencia. Pero, bajo la teórica autoridad de un Estado, el ciudadano no tiene derecho a la resistencia o a la venganza privada. Es el Estado mismo el que debe garantizar su seguridad, el que debe defenderle contra presiones o exacciones ilegítimas. Llamar a la resistencia ciudadana contra la violencia sólo tiene sentido cuando el Estado se ha desvanecido. La enorme ambigüedad de movimientos cívicos como el Foro de Ermua reside precisamente ahí, en la defensa de la legalidad constitucional y del Estado de Derecho y en la llamada simultánea a la resistencia civil, como si ese Estado hubiera dejado ya de existir. 

No es de extrañar el desconcierto de los receptores de ambos mensajes, a los que se conmina a obedecer a un Estado que ya no les defiende y a rebelarse al mismo tiempo contra la violencia ilegítima de que son objeto por parte de otro sector de la población. ¿Cómo rebelarse, cómo resistir? Proclamar que la normal participación política en las instituciones, el ejercicio del derecho al voto, de la libertad de expresión y manifestación son formas de resistencia contra el terrorismo es retórica vacía. Contra la violencia, no hay otra defensa que la violencia. La del Estado o la privada. Y es contradictorio e incoherente apelar a la vez a la lealtad constitucional y a la resistencia de los ciudadanos. Yo también lo hice, y me equivoqué, porque semejantes consignas no pueden sino aumentar la confusión y la desesperanza de sus destinatarios y acelerar así la derrota.

Ante la disolución del Estado, el individuo no cuenta con otra protección que la de su comunidad, si es que tiene alguna. En el País Vasco, sólo existe, hoy por hoy, una comunidad: la abertzale. Fuera de ella, uno está a la intemperie. No hay ninguna comunidad democrática, ninguna comunidad española, ninguna comunidad no nacionalista, sino una muchedumbre de individuos aislados, votantes de un partido u otro, ciudadanos de un Estado que ha renunciado hace ya mucho tiempo a defenderlos con un mínimo de eficacia. Lo previsible es que la voluntad de resistencia que queda en algunos de ellos vaya desvaneciéndose y que la adhesión a lo que los abertzales llaman «la nueva mayoría social» aumente en la misma medida. Porque el precio por el sometimiento al nacionalismo no es muy alto, si se evalúa en costes individuales. 

nacionalismo vasco no es partidario de las limpiezas étnicas. Nadie tendrá que irse con la maleta si no desea hacerlo. Asimilarse a la comunidad dominante no exigirá conversiones religiosas. Ni siquiera cambios de apellido o el aprendizaje apresurado del eusquera (eso vendrá después, si llega a darse). Estamos en Europa occidental y aquí hacemos las cosas civilizadamente. No somos kosovares ni serbios. No somos siquiera irlandeses del Ulster. Quizá haya que olvidarse de la democracia parlamentaria, pero siempre se podrá participar en la elección del alcalde. Se reescribirá la historia, eso sí; pero ¿a quién le importa la historia? 

La Euskal Herria soberana será un gran parque temático para estudiar, en vivo y en directo, las raíces de la civilización neolítica europea (aunque tendrá que sufrir, en este terreno, la competencia de las naciones bálticas). Los contenidos de la televisión, de la cultura subvencionada, de la enseñanza, no diferirán mucho de los actuales. Es absurdo ponerse apocalíptico. El sueño nacionalista no es una tiranía totalitaria. Si acaso, se parece vagamente a una combinación del franquismo tardío con el principado de Andorra. Algo perfectamente soportable.

Algunos, es verdad, tendremos que irnos a otra parte, pero no porque se nos expulse. Imperará aquí la norma primera de todo conformismo, la que Arzalluz me ha recordado con frecuencia en los últimos meses: si no estás contento, ancha es Castilla. Yo, lo confieso, me siento incapaz de presenciar el apasionante proceso de construcción de la etnia vasca del siglo XXI, de la Euskal Herria nacional, de la utopía abertzale. La sola idea de pasar lo que me quede de vida oyendo los discursos de Arnaldo Otegui, rellenando los cuestionarios de los inspectores lingüísticos y acudiendo a los copetines inaugurales de las exposiciones del Guggenheim-Bilbao me produce sudores fríos. 

Pero admito que para muchos otros puede ser un programa aceptable. En mi caso, echaría de menos la imperfección del viejo mundo, su mestizaje cultural, la babel de las lenguas distintas y reacias a toda normalización, la posibilidad de disentir y de increpar. Sé que, fuera de aquí, añoraré las sombras del hayedo de Urquiola, el dulcísimo acento del eusquera de Vizcaya y algún rincón de mi Bilbao castizo, pero eso está indisolublemente unido a un mundo que se acaba, si no se ha terminado ya sin que lo hayamos advertido. Porque quizá, temerosos de un final catastrófico, habíamos olvidado que, como escribió T. S. Eliot,

Así es como acaba el mundo,
Así es como acaba el mundo,
Así es como acaba el mundo,
No con un estallido, sino con un suspiro.

De fracaso, nada
Por Enrique de Diego Libertad Digital 16 Mayo 2001

En el País Vasco no ha habido ningún fracaso ni del Partido Popular ni del PSOE, ni de ese imaginario (pues no ha habido listas únicas) frente constitucionalista que no ha sido más que respuesta al frente nacionalista y al intento totalitario de cercenar las libertades de cuajo, con una trágica serie de asesinatos. El tan absurdo como generalizado clima de los análisis en ese sentido sólo puede entenderse como una prolongación de la confusión de los deseos con la realidad: toda vez que los deseos no se han cumplido, se niega directamente la realidad.

No ha crecido el nacionalismo, sino el constitucionalismo, a pesar de las evidentes limitaciones que para hacer política tienen los partidos no nacionalistas. Hay una distancia no sólo moral sino efectiva entre quienes pueden mantener el contacto cotidiano con los electores, pueden trasvasar con ellos mensajes y recibir sugerencias, y los que sólo lo pueden hacer con sus escoltas. Parece suficiente imagen para ejemplificar esto la misma jornada electoral, en la que mientras Ibarretxe era amablemente saludado por dos ertzainas, Jaime Mayor Oreja, Nicolás Redondo, María San Gil y Vidal Nicolás eran agredidos por militantes de Eh, e incluso por un interventor.

Los intentos de establecer críticas y responsabilidades sobre Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo son una de esas confusiones tan madrileñas de intelectuales en chaise longue tan dados a desentenderse de los que arriesgan su vida política y su vida física, el don más absoluto que un hombre tiene. Pero al margen de tal consideración ética y estética, tales apreciaciones son fruto de la ignorancia y la insustancialidad con la que se trabaja en el periodismo patrio, en el que cualquier frivolidad tiene su asiento a poco que se domine el castellano.

De fracaso, nada. Esos no son los datos, ni mucho menos, salvo desde un ejercicio de deconstrucción postmoderno e histriónico, en el que cada uno elude su responsabilidad personal. El mapa político vasco no ha oscilado hacia el nacionalismo; no más de lo que ya estaba, sino hacia la moderación.

Al margen de las histerias del momento, parecía imposible que el Partido Popular pudiera igualar el número de votos de las elecciones generales y, sin embargo, no sólo lo ha hecho sino que ha superado por poco ese listón. ¡El aumento respecto a las anteriores autonómicas es de cien mil votos! ¡Cien mil ciudadanos más han decidido votar al PP, a pesar de los riesgos y las coacciones físicas! Lo mismo sucede con el partido socialista. ¿Mal resultado de Nicolás Redondo? ¡Pero sí ha conseguido treinta mil votos más! ¡Los partidos constitucionalistas han conseguido los mejores resultados de su historia! ¡Más votos que nunca! Y eso a pesar de las limitaciones de sus campañas y de tener vedado el acceso a muchos pueblos.

¿Ha fracasado Mayor Oreja? ¡Cantidad de estupideces hay que leer estos días! Si para frenarle el nacionalismo ha tenido que superar todas sus diferencias y concentrar el voto. ¿Alguien pensaba que Mayor Oreja podía ser lehendakari con el apoyo del PSE? ¡Ese ha sido el error de la campaña!, se dice a posteriori desde el pensamiento único (por cierto, que si del “desastre” tienen responsabilidad los cuatros presidentes del Gobierno, como dice un periódico, alguna le tocaría al suegro de Urdangarín). Pero esa expectativa, esa esperanza ¿no puede haber sido el efecto movilizador que ha conseguido ese aumento espectacular –¿espectacular? sí, espectacular– de votos? ¿Cuándo se está matando a la gente se puede ir a una campaña sin dar moral?

Si hace un tiempo se hubiera asegurado tal incremento de votos al PP y al PSOE, y tal castigo electoral a Euskal Herritarok hubiera parecido un escenario idílico, la profecía de un voluntarista iluminado. ¡El mapa vasco ha oscilado hacia la no violencia y la moderación y no hacia la independencia! Si el PNV hiciera esa lectura, se equivocaría de medio a medio.

El 2 de marzo publiqué en este diario un artículo titulado “¿Listas únicas PP-PSOE?” en el que afirmaba que la coalición PNV-EA “es efecto del temor a ser sobrepasado por Jaime Mayor Oreja si se presenta el PNV en solitario” y añadía que “lo mejor sería que PP y PSOE fueran juntos en las listas” porque “la lógica de la situación, en la que están en riesgo la libertad y la convivencia, y la misma dinámica abierta por el pacto contra el terrorismo de PP y PSOE, haría convenientes listas únicas de los partidos constitucionalistas”. Obviamente, indicaba que “este debate es implanteable por cuestiones de imagen nacional”. Pero el transfondo era claro: la Ley d´Hondt beneficia al primero en el reparto y eso genera además un efecto favorable en el electorado.

Quedémonos con la primera cuestión. El magnífico trabajo de Guillermo Dupuy resulta ejemplificador: si PP y PSOE hubieran ido en listas conjuntas habrían conseguido 34 escaños, mientras que la coalición PNV-EA hubiera bajado a 31. Tal ficción sociológica añade un elemento más para dejar claro que no ha habido el desastre cacareado por el guirigay. El que antes se confundieran los deseos con la realidad no justifica que ahora se pervierta la realidad.

El dinosaurio continúa ahí
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 16 Mayo 2001

Uno de los más célebres cuentos breves de la literatura en lengua española es el de Augusto Monterroso: "Cuando se despertó, el dinosaurio continuaba allí". Apenas han pasado cuarenta y ocho horas del pasmoso jordán de los pecados nacionalistas en que algunos han convertido la victoria electoral del PNV, ni siquiera por mayoría absoluta, cuando el dinosaurio etarra, verdadero protagonista, por acción o por elusión, de la campaña electoral, ha demostrado que continúa ahí. Afortunadamente, Gorka Landáburu se recupera de la carta-bomba que, cumpliendo las numerosas amenazas recibidas, llegó a su domicilio casi al tiempo del recuento de votos. El balido de corderillo irlandés con que Arzallus disfraza su aullido habitual tras la pequeña apoteosis de las urnas queda así en evidencia. Nada dijo el PNV en campaña de la lucha antiterrorista. Nada dijo Ibarretxe al entonar los autoplácemes de la victoria. Y nada dijo, además de "¡Independencia!", la sucesora de Garaicoetxea en Eusko Alkartasuna, Begoña Errazti, sobre sus planes contra la primera lacra del País Vasco: el terrorismo.

¿O no es la primera lacra? ¿O es que para los nacionalistas supuestamente moderados el terrorismo no es el principal problema de la sociedad vasca? Pues, evidentemente, no. Hasta ahora no lo ha sido, desde Estella lo es mucho menos y ahora, con el guión irlandés de "Estella 2. El retorno jelkide", todo se irá en visitas, alguna declaración cejijunta y poco más. ¿Espera alguien acaso que el PNV luche contra ETA y contra su versión juvenil de la "kale borroka" más que antes de las elecciones? Virtud teologal es la Esperanza, con la Fe y la Caridad, pero ninguna puede ejercerse a cuenta del PNV salvo dentro del culto pagano del nacionalismo. En cuanto a las cuatro virtudes cardinales -Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza- han quedado en exclusiva para la Oposición.

Esperemos que los viejos forofos -y los nuevos que en Madrid le han salido a Arzallus en los últimos días- no culpen a Gorka Landáburu de haber puesto las manos donde no debía. Incluso cabe esperar, aunque sin Esperanza, que se le pida a Ibarretxe, o sea, a la Ertzantza que, tras desproteger ostensiblemente a los candidatos del PP y del PSE el día de las elecciones, muestre mayor diligencia en perseguir a los que han tratado de asesinar al periodista.

Porque el dinosaurio continúa ahí.

Arzallus quiere la confrontación
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 16 Mayo 2001

Hace unos días, el 29 de abril, terminaba yo la canela fina con esta pregunta: «¿Qué pasaría si Aznar pierde el órdago tan vehementemente lanzado? He aquí una pregunta a la que nadie ha dado respuesta».

   No parece, sin embargo, demasiado difícil despejar el interrogante ¿O es que creen el presidente Aznar y su asesor inquietante que el PNV de Arzallus, después de la victoria, se va a poner de rodillas, va a reconocer sus errores, a quebrar su pacto con Eta, a regresar a la Constitución, a hacer una política de respeto a los que no piensan como ellos?

   El nuevo Gobierno peneuvista mantendrá su política educativa que excita en los adolescentes el antiespañolismo; manipulará los medios de comunicación vascos de forma totalitaria; hará la vista gorda ante la kale borroka; condenará con la boca chica los atentados de Eta pero mantendrá el pacto de Estella u otro similar con los terroristas; incrementará el tejido de intereses creados con más funcionarios, más empresas, más subvenciones, más patrocinios, más ayudas y más camelancias para asegurarse la victoria en cualquier convocatoria electoral; aceptará, demócratas cristianos ellos, el apoyo de los comunistas de un Madrazo, atizado por Fidel Castro; propondrá mesas de negociación a la irlandesa para que el Gobierno Aznar se humille y se siente a hablar con los asesinos; y, finalmente, cuando considere que ha llegado la hora recental, irá a la confrontación directa.

   Si en veinte años ha ocurrido lo que ha ocurrido por la política tórpida y el entreguismo de los Gobiernos de Madrid, por la caravana incesante de las concesiones, ¿cuál será la situación dentro de diez años, incorporadas de lleno las generaciones formadas en las ikastolas y trufado el País Vasco de intereses dependientes todos ellos del PNV? La respuesta parece clara.

   Menos mal que la quiebra de la unidad nacional quedará enmascarada en la Unión Europea, porque ni España ni Francia ni Italia ni Alemania son ya naciones independientes. Y lo serán mucho menos dentro de diez años. Eso diluirá en parte el error de nuestros gobernantes que, entre concesiones, frivolidades y torpezas, nos han conducido al gran fracaso del 13-M. Se anticiparon, en fin, las elecciones para que el PNV pasara a la oposición y resulta que los nacionalistas han salido robustecidos.

574.582 razones para seguir
José A. SENTÍS La Razón 16 Mayo 2001

El error de las elecciones vascas ha sido creer que el componente moral basta para desmontar una estructura de poder. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Toda lucha contra un sistema condicionado por una red clientelar, por un entramado de intereses y por una hegemonía ideológica es lenta y frustrante. Pretender que en tres años de movilización democrática se podía desenredar la madeja de construcción nacionalista y de encanallamiento terrorista tupida durante veinte años era más producto del deseo que de la realidad. Antes de vencer al nacionalismo hacía falta purgar los pecados del pasado. El papanatismo del Estado al pensar que podía callar a las pistolas con prebendas y cesiones. El silencio cómplice de una sociedad cuando los muertos no eran periodistas, ni políticos ni intelectuales, sino guardias civiles, policías y militares. La incapacidad de reacción ante un proceso de fractura del Estado y de la sociedad largamente urdido.

   Parte de estas culpas se ha pagado con el tributo de la falta de inteligencia demostrada en la campaña al anteponer la indignación a la táctica. Ha sido tal la carga de dolor expresada por los partidos más heridos por el terrorismo que no han medido el mensaje electoral. Eso lo han aprovechado los sectores cómodamente instalados en la inmunidad para hablar de campaña antinacionalista, e incluso antivasca, que les ha rendido el fruto que deseaban. No sólo no pusieron los muertos, sino que se aprovecharon del cabreo de los que sí lo hicieron para hacerse las víctimas.

   Pero hay que alabar la apuesta por la regeneración acometida por el Partido Popular y el Partido Socialista, respaldada por los movimientos pacifistas y de opinión sensibles a la injusticia. Han dado la cara, desde sus candidatos Jaime Mayor y Nicolás Redondo, hasta sus jefes de filas, José María Aznar y Rodríguez Zapatero, con aciertos y errores (no mayores que los de la Prensa bienintencionada y torpe), pero con altura de miras y honradez. Por tanto, merecen solidaridad con su frustración al no conseguir que los valores que defendían fueran compartidos por una mayoría electoral. Pero esta frustración no puede convertirse en desesperación. Porque la derrota numérica no ha sido una derrota de los principios. La cara de alivio de los dirigentes del PNV al conocer los resultados, después convertida en euforia, demostró que temieron por su derrota. Superaron la prueba, pero saben que hay señales que indican que si desoyen a la mitad de la población sobre la que gobiernan, el grito de ésta por reclamar la supervivencia física y la libertad política puede terminar por calar en su propio electorado. El domingo, lograron que éste se uniera con una llamada a rebato en la que se apeló a los instintos más primarios de los suyos, especialmente al aventar el atávico temor a «los de fuera». Pero ese toque de trompeta no funciona eternamente. Y los dirigentes del PNV pueden sospechar que ni un sólo voto de los derrotados va a pasarse al bando de los vencedores, pero alguno de éstos se perderá cuando haga examen de conciencia.

   El discurso de culpabilizar a las víctimas de su propia muerte acaba por derrumbarse. Los 574.582 votos al PP y al PSOE no han sido inútiles. Si son atendidos, algo se habrá avanzado hacia la libertad. Si son despreciados, serán una espada de Damocles sobre el PNV. Pero, antes de que lo entienda éste, lo tienen que comprender los que no son nacionalistas. Por eso deben alejar de sí el desánimo, aunque sea comprensible su decepción. Porque hay 574.582 razones para seguir luchando. Y muchas más que habrá cuando los electores acomodaticios del PNV se den cuenta que no han votado sólo paz y seguridad, sino que su sufragio será utilizado para las ambiciones de sus líderes, empeñados en montarse un chiringuito independentista.

   Seguir la lucha. Es lo menos que se merecen los muertos, los amenazados y los exiliados. No sean éstos sólo abandonados por vecinos insolidarios, sino también olvidados por los españoles derrotistas.

Arzalluz o Ibarretxe
JORGE DE ESTEBAN El Mundo 16 Mayo 2001

Las cosas son como son y no como a uno le gustaría que fuesen. El gran error de muchos, antes de las recientes elecciones del País Vasco, fue considerar a éste como si fuese una democracia moderna, en circunstancias normales, y en donde es posible la alternancia porque hay un sector de electores flotantes que se inclinan a uno u otro partido, según vayan los vientos.

Y, sin embargo, no es así porque en Euskadi lo que decide las elecciones no es la ideología, sino la seudorreligión del nacionalismo. De esta manera, no hay una zona de electores indecisos que puedan acercarse a una u otra ideología y, decidir, en consecuencia, las elecciones. Sino que la sociedad está fracturada en dos bloques, el nacionalista y el constitucionalista, entre los cuales, salvo raras excepciones, no hay trasvases de votos. La única posibilidad de cambio de actitudes políticas es dentro de cada bloque, como así lo demuestra el trasvase de votos que se ha producido entre EH y el PNV. Es lógico así que se trate de un sistema de partido hegemónico y casi petrificado en los resultados de las distintas elecciones.

Todo esto se sabía o se debería saber y, por consiguiente, la estrategia de romper el bloque nacionalista, atrayendo al campo constitucionalista (que yo preferiría llamar no nacionalista), a sus electores más moderados, se ha demostrado que era una falsa ilusión. Y lo era también pensar que los abstencionistas en otras elecciones pertenecían mayoritariamente al sector no nacionalista, en lugar de proceder de los dos bloques como así ha sido, por lo que el aumento de participación ha jugado en los dos sentidos.

Por supuesto, también el PNV se ha sorprendido de los resultados, porque no había previsto que hubiese un traspaso de votos, dentro del bloque nacionalista, que le favoreciese tanto, sino que su miedo se centraba más bien en que nacionalistas moderados y abstencionistas pudiesen inclinar la balanza a favor del otro bloque.

La sorpresa, pues, ha sido tanto para tirios como para troyanos, y lo único que cabe hacer ahora, tras la victoria nacionalista, es vislumbrar lo que ya se dibuja en el horizonte. De este modo, el PNV tendrá que escoger entre la fórmula de Arzalluz y la de Ibarretxe. El primero ya ha adelantado que quiere una negociación «como la de Irlanda» para conseguir la paz, lo que indudablemente no tiene nada que ver con el caso español. En efecto, el Acuerdo de Stormont, firmado en Belfast el 10 de abril de 1998, no es aplicable en Euskadi por dos razones fundamentales: una de partida y otra de llegada.

En primer lugar, el Acuerdo de Belfast, en última instancia, no es ni más ni menos que un acuerdo de alcance internacional, en el que se vieron inmersas dos comunidades que no buscaban su independencia, sino alinearse con uno de dos Estados distintos, al querer una de ellas pasarse de la soberanía de un Estado a la de otro, es decir, de la de Gran Bretaña a la de Irlanda, intentando poner fin a un contencioso de soberanía que dependía de ambas.

Por el contrario, en el caso vasco-español, las partes enfrentadas son, por un lado, el Estado español y, por otro, el bloque de vascos nacionalistas, que incluiría a los terroristas de ETA, y que desean imponer su modelo soberanista al otro bloque de vascos no nacionalistas, que no lo comparten. Por consiguiente, en el primer caso se trata de la resolución de un conflicto internacional, aunque sea por causas internas entre dos Estados, mientras que en el segundo nos enfrentamos a un problema meramente español, en donde no hay más que un Estado por medio, dejando aparcado, por el momento, el factor vasco dentro del Estado francés.

Pero, en segundo lugar, hay también una diferencia de llegada, pues la solución que se dio al problema del Ulster consistió en el reconocimiento del autogobierno de las dos comunidades enfrentadas, mediante la creación de una Asamblea Legislativa, respetando la regla de la mayoría, que si hoy favorece a los protestantes, partidarios de seguir en el Reino Unido, mañana puede hacerlo a los católicos, los cuales reivindican su unión con Irlanda y que poseen un crecimiento demográfico mayor.

Por el contrario, en el caso español, a partir de la Constitución y del Estatuto vasco, Euskadi dispone ya de una capacidad de autogobierno que se acerca a la estatal, en el marco de la Unión Europea, y que incluso se podría profundizar más, según permite nuestra Constitución. Hablar, por consiguiente, de soberanismo es un sarcasmo, porque no sería sólo el Estado español quien le tendría que devolver a Euskadi las escasas parcelas de soberanía que no posee todavía, sino también, y fundamentalmente, la Unión Europea que usufructúa en delegación muchas de las competencias de soberanía, empezando por la moneda, que le ha transferido el Estado español.

Por lo tanto, la diferencia esencial entre uno y otro de los conflictos analizados radica en que el primero era relativamente racional y de carácter o alcance internacional, mientras que el segundo es claramente irracional y de naturaleza estatal o interna. De ahí que esta absurda propuesta de Arzalluz, indique empero un deseo de caminar hacia la ruptura constitucional y estatutaria, en contra de prácticamente la mitad de las vascos. Porque se equivoca también Arzalluz si piensa que la paz se alcanzará en Euskadi por esta vía, ya que la auténtica paz y la democracia efectiva únicamente llegará cuando se encuentre una fórmula de consenso que permita a las dos comunidades vascas vivir juntas en libertad.

En tal sentido, es como hay que entender la formula de Ibarretxe, que ha expuesto durante su campaña electoral, y que se basa en entablar el diálogo con el bloque no nacionalista, en buscar acuerdos en distintos sectores que aprovechen a toda la sociedad vasca y en incrementar la lucha contra el terrorismo, porque ha afirmado repetidamente que hay que desterrar la violencia de la política.

Si creemos en su sinceridad y si realmente se quiere convertir en el lehendakari de todos los vascos, y no sólo de una mitad, tiene que ejercer la autoridad que le dan los votos alcanzados para no permitir, como hasta ahora, continuas muestras de terrorismo de baja intensidad, y para exigir una educación integradora y no discriminatoria tal y como se ha venido practicando hasta ahora.

En definitiva, el gran e inmediato problema que se plantea en Euskadi es el siguiente: ¿Podrá Ibarretxe neutralizar, convertir o emanciparse de Arzalluz? Si no es posible ninguna de estas tres posibilidades, e Ibarretxe no dimite o se produce una escisión en el PNV, el programa que veremos desplegar en el País Vasco será el de Arzalluz, siguiendo o no la no comparable solución de Irlanda. Y entonces se incrementará la fosa entre los dos bloques, en lugar de nacer una solución integradora. Todo lo demás son elucubraciones celestiales.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

La burla de ETA
Editorial ABC 16 Mayo 2001 

ETA mutiló ayer al periodista Gorka Landáburu, un profesional de la información «incómodo» y «hostil a la construcción nacional». Landáburu, como tantos otros periodistas, es un «opresor», un instrumento al servicio de las «fuerzas mediáticas». Su compromiso con la libertad y con la independencia le dejaron ayer malherido. Para disipar las dudas, ETA ha dejado claro que el resultado de las urnas le trae sin cuidado, y que su interpretación de lo ocurrido el domingo no va a alterar ni un ápice su siniestra estrategia asesina: los terroristas aspiran a conseguir la adhesión activa y pasiva mediante la coacción. Landáburu —qué paradoja— era para ETA un «enemigo de la paz» y jugaba un papel «no neutral» en el «conflicto vasco». Era, pues, objetivo preferente, como lo son todos aquellos que con la letra o la palabra expresan de manera vital y pública su actitud de rebelión pública contra el terror. ETA ha elaborado una peculiar interpretación de la doctrina del «pensamiento único» que no soporta la libertad de expresión ni pensamiento. A ETA, que no le importan las urnas, le molesta, por pura incompatibilidad conceptual, cualquier resistencia al imperialismo doctrinal del nacionalismo radical y violento. Todo ello al margen de la voluntad de los vascos y del nuevo escenario (?) surgido de los comicios del pasado domingo.

Sería absurdo interpretar el último atentado etarra como una respuesta al aparente rechazo de una buena parte de la población a las tesis violentas que representa EH. Primero, porque ETA sabe que el trasvase de votos batasuno hacia el PNV no supone más que la ayuda, siempre interesada, del nacionalismo radical, a lo «malo conocido». Y, en segundo lugar, porque el terrorismo echa cuentas a su modo y rentabiliza su estrategia en función, no de las urnas, sino de su capacidad para sembrar, con eficacia, el chantaje todos aquellos que contradicen o sencillamente discrepan de su discurso totalitario. Es seguro que Gorka Landáburu era el objetivo inmediato de ETA, pasara lo que pasara el domingo, porque al terrorismo los votos le importan bien poco o nada, y lo que verdaderamente le molesta, lo que desata su instinto asesino, es la resistencia de quienes se atreven a denunciar esa farsa que consiste en envolver el terror bajo la apariencia de un ideal político que no han tenido nunca. Con el atentado contra Gorka Landáburu cobran de nuevo vigencia las referencias a la «Brunete mediática» exhibidas sin rubor por los dirigentes nacionalistas. El comportamiento de alguno de ellos, sus ataques contra los periodistas y medios de comunicación hostiles con sus planteamientos, han contribuido eficazmente a brindar a los terroristas un «plus añadido», una carga de razón subjetiva denunciada ya en su día por los profesionales de la información que suscribieron el «Manifiesto de San Sebastián» a raíz del asesinato de José Luis López de Lacalle. Desde entonces, ETA ha vuelto reiteradamente a hacer de los periodistas objetivo preferente. Hasta el 13 de mayo, el nacionalismo antaño moderado venía concediendo a la banda terrorista un trato político injustificado, preferente en no pocas ocasiones, como si no fuera una banda asesina. Conocido el resultado de las urnas, Arzalluz ha vuelto a apelar al modelo irlandés exhibiendo, con idénticos fines partidistas, una miopía que resulta interesada y obedece a una estrategia egoísta.

Al PNV, ETA le interesa cuando es capaz de rentabilizar la violencia en términos electorales. Le importa bien poco que el trasvase de votos obedezca a un rechazo al terrorismo o al pragmatismo de una amplia mayoría de los filoetarras ante el peligro de una mayoría constitucionalista.

Y en justa reciprocidad, si a ETA le interesa la victoria del PNV es porque el aluvión de votos recibidos del nacionalismo radical coloca al partido de Arzalluz otra vez en la misma encrucijada que antes de las elecciones. El atentado contra Gorka Landáburu, periodista «hostil y opresor», revela, al margen del camino que elija el PNV, que ETA tiene claro el rumbo. 

Simbólica mano destrozada
Editorial La Razón 16 Mayo 2001

El primer atentado de la banda terrorista Eta tras las elecciones vascas se cebó en un destinatario significativo: un periodista. Un paquete bomba estalló en las manos de Gorka Landáburu, veterano profesional, de militancia socialista, que escribe lúcidos análisis sobre la situación vasca desde el afecto y el compromiso por el progreso de su tierra. La mano destrozada del periodista ha sido un símbolo descriptivo de la bajeza de los terroristas. Cercenar los dedos que sostienen la pluma, para que ésta enmudezca ante la injusticia y la opresión que viven los ciudadanos vascos que no se arrodillan ante el terrorismo o que no se someten con el silencio o la complicidad a quienes lo sostienen.

   El mensaje de Eta no puede ser más evidente: hacer pagar a todos aquellos que se permiten discrepar del pensamiento único que quieren imponer los independentistas. Entre éstos, los periodistas están en un preferente punto de mira. La palabra libre es, sin duda, un «peligro» para quienes quieren imponer la dictadura del miedo. Y, con las técnicas habituales, la respuesta es la bomba asesina. Todo resquicio para la libertad es amenazador para el totalitarismo.

   La agresión a Landáburu se produce tras una sucesión de ataques a otros periodistas, cuidadosamente alimentados por campañas de acoso. Los medios abertzales «marcan» a cuantos profesionales escriben sobre el País Vasco para, por un lado, atemorizarlos; y por otro, preparar a su mundo para justificar la agresión cobarde de Eta. Esta relación entre quienes allanan el terreno para el atentado y quienes lo ejecutan no ha pasado, ni debe pasar, inadvertida para la Justicia.

   Además de esto, no se puede olvidar otro hecho significativo. No sólo son los sectores proetarras los que han atacado con virulencia a la Prensa. Destacados dirigentes del PNV lo han hecho también de forma sistemática, y más durante la campaña. No quiere decir esto que haya una relación de causa-efecto entre estos ataques y los atentados terroristas, pero sí es preciso denunciar la irresponsabilidad de unos líderes políticos que, sabiendo el terreno que pisan y la presencia de un terrorismo enloquecido, aventan argumentos de la máxima beligerancia verbal contra los periodistas.

   El último en hacerlo ha sido Arzallus, en un incendiario mitin en el que arremetió largamente contra los «pseudoperiodistas» que criticaban el nacionalismo. Poco antes, de las filas nacionalistas salió el escandaloso mensaje de que estos periodistas críticos constituían una «brunete» mediática. Ese lenguaje, que atribuía características bélicas a los periodistas, como si su pluma fuera una pistola, sólo podía servir de argumento para quienes después querrían, como han hecho, responder a tiros contra las palabras.

   Un político como Arzallus, al que se le atribuye inteligencia, debía saber que agitar determinadas banderas cuando a su alrededor se ciernen fanáticos sedientos de sangre es de una enorme responsabilidad. Es sorprendente que aún no quiera saber que quien siembra vientos, recoge tempestades. Y que no se haga ahora la víctima porque se le diga, porque los agredidos son quienes él señala.
 

RESPONSABILIDAD NACIONALISTA, OPORTUNIDAD PARA IBARRETXE
Editorial El Mundo 16 Mayo 2001

ETA cerró la campaña con un coche bomba en Madrid e inauguró el periodo poselectoral con un atentado contra el periodista Gorka Landaburu, colaborador de Onda Cero y Cambio 16, profesional de gran coraje moral e hijo de quien fuera vicelehendakari en el exilio. Landaburu, tras estallarle el explosivo camuflado en una revista, sufrió ayer la amputación de un dedo y heridas en las manos y en la cara.

Es incuestionable que la culpabilidad de esta acción criminal contra nuestro compañero, que ya había sufrido numerosas intimidaciones, recae exclusivamente en sus autores materiales y en la dirección de ETA. Pero hay también una responsabilidad moral en los líderes del nacionalismo moderado, que, durante los últimos meses, han presentado a los periodistas no afines como enemigos del pueblo vasco y sicarios a sueldo de Interior. Fue Arzalluz el que acuñó la expresion «Brunete mediática», fue Arzalluz quien acusó en el Aberri Eguna a una serie de medios -entre ellos, Onda Cero- de «fomentar el odio a todo lo vasco» y fue Arzalluz quien atribuyó la línea editorial de los periódicos y emisoras que más parecen molestarle a los designios de Aznar y el dinero de Telefónica.

Los nacionalistas han justificado siempre estas descalificaciones con el argumento de que también ellos son libres de criticar a quienes les critican. Pero ello es un sofisma por dos razones. La primera es que la función más elemental de los medios es contar, opinar, fiscalizar y denunciar los abusos del poder y no al revés. Los políticos, sean del PNV o del PP, están para gobernar y legislar y no para acosar y zaherir a la Prensa. Y la segunda razón es que todo el mundo sabe que hay un brazo armado siempre dispuesto a disparar contra los blancos no nacionalistas.

La solidaridad que ha faltado en otras ocasiones sí la demostraron ayer Ibarretxe y otros altos cargos del PNV y EA al acudir rápidamente a visitar a Landaburu y expresarle su apoyo, un gesto positivo que indica que puede haber un cambio de actitud.

El Gobierno que va a volver a presidir Ibarretxe tiene ante sí la gran oportunidad de reparar el daño inducido, para lo cual debería prestar un mayor calor humano y una protección más efectiva a las víctimas potenciales de ETA. De ello depende la unión de los demócratas contra el terrorismo y la reconstrucción de un pacto que permita visualizar que algo importante puede cambiar en la sociedad vasca.

De Mayor y Redondo se espera que sean capaces de hacer una oposición constructiva, en la que el diálogo y la cortesía sean compatibles con la obligada tarea de fiscalización del poder. De Ibarretxe, que cumpla su compromiso de gobernar para todos. Y no estaría por demás que, ahora que todos debemos realizar nuestra propia autocrítica, Arzalluz y Anasagasti hicieran la suya respecto a sus exaltados mensajes contra los medios de comunicación, que, acierten o se equivoquen, son un elemento esencial e insustituible en una sociedad democrática. 

Carta a Vidal de Nicolás
ABC 16 Mayo 2001

Me dirijo a ti, amigo Vidal, con quien tantos ratos he compartido en nuestra tertulia de los años 60, en «La Concordia» de Bilbao. ¡Cuántos nombres de los que acudían allí con las últimas noticias del exilio podría citar! Ellos pronto encontraron el éxito político o la cartera ministerial, o sobreviven en museos o antologías poéticas —como tú, por cierto, poeta de la margen izquierda del Nervión—. Pero hoy prefiero quedarme con los que habéis vuelto a la lucha por la libertad, más arriesgada aún que durante el franquismo. ¿Quién nos lo iba a decir? Creo que ninguno de nosotros hubiera podido imaginar que a una dictadura iba a suceder otra más terrible por ciega, la del chantaje, de la amenaza y muerte. Cuánto corríamos entonces, delante de los grises por la Gran Vía, y por la noche nos volvíamos a encontrar con ellos, esa vez en pareja de convites mudos y todo oídos, en el «Chimbo», tomándonos un bacalao con Blas de Otero y Gabriel Aresti, y cantando luego «La Marsellesa» por las siete calles.

Luego dejaríais de correr unos cuantos, encarcelados en «la Universidad» de Burgos. Se me impone a la memoria Julián Viejo, militante del antifranquismo como tú, compañero de rojizas tardes en un Sestao invadido por los humos de Altos Hornos, compañero también de comisarías y cárceles, que hoy seguramente estaría a tu lado. Pero no te escribo desde Madrid con nostalgia para recordar aquellos tiempos de protesta y esperanza, sino para decirte cuánta admiración me merece vuestra constante lucha con ansia de libertad. 

El exilio del País Vasco no empezó después del cese de la tregua de ETA, sino mucho antes. Cuando pedí el traslado, hace unos siete años, me dijeron unos profesores vascos de la Universidad Complutense: «¡Hay que ver lo que has tardado!». Dices en tu entrevista en ABC del 20 de abril: «La esperanza de muchos vascos está puesta en la victoria sobre el nacionalismo». Permíteme añadir: «La esperanza de muchos vascos de dentro y fuera, y de muchos españoles: os escuchamos con emoción y deseamos de todo corazón que gracias al movimiento ciudadano y el voto democrático, ese querido País Vasco vuelva a ser una tierra acogedora». M. J. Lemarchand, Ex directora provincial de Educación y Cultura en Vizcaya. Madrid.

EL PAIS VASCO NO ES IRLANDA
Editorial El Mundo 16 Mayo 2001

Después de las elecciones vascas, se esperaba con interés una valoración del presidente del Gobierno sobre la victoria del PNV y los resultados, buenos pero por debajo de las expectativas, cosechados por el PP. Aznar optó ayer por hablar a puerta cerrada ante el Comité Ejecutivo de su partido, eludiendo una explicación ante la opinión pública. Mal hecho. El líder del PP es el artífice de la estrategia con la que su partido pretendía derrotar al nacionalismo vasco en las urnas. En este empeño se ha implicado a fondo personal y políticamente. No lo ha conseguido y ahora es necesario que los ciudadanos conozcan de su boca no sólo la reflexión que le merecen los resultados, sino sus planteamientos de futuro en relación con el País Vasco.

Alguna pista dio Aznar ante el Comité Ejecutivo, al informar que el PP retomará los contactos con el PNV en el Parlamento vasco, con Ibarretxe y en el Congreso y Senado. Un gesto acertado e imprescindible con el que el PP responde al talante de diálogo que han mostrado los nacionalistas desde la noche electoral.

Ahora bien, Aznar no quiere saber nada de la mesa de diálogo «modelo de Irlanda» propuesta por Arzalluz, por considerar que no se ajusta a la Constitución. Tiene razón. Los casos de Irlanda y el País Vasco no tienen nada que ver. En el Ulster había una guerra religiosa que enfrentaba a dos comunidades, con sus respectivos grupos terroristas. En el País Vasco, con la acotada excepción de los GAL, sólo hay una banda que asesina. El Ejército inglés patrullaba las calles del Ulster con tanques, cosa que no sucede en el País Vasco. Y, sobre todo, el nivel de autogobierno para Irlanda del Norte que contienen los acuerdos de Stormont es incluso menor que el que ya disfruta el País Vasco dentro del Estado español. Los partidos vascos -exceptuando a EH que ha sido excluida del diálogo por Ibarretxe mientras no condene la violencia- están obligados a encontrar cauces de entendimiento distintos a los irlandeses.

Frontera moral
Editorial El País 16 Mayo 2001

El coche bomba colocado en la madrugada del sábado en el centro de Madrid y el paquete explosivo que causó ayer graves heridas al periodista Gorka Landaburu en Zarautz no demuestran sino que ETA sigue perseverando en su oficio. Al mismo tiempo recuerdan cuál es la primera y más urgente tarea que deben abordar los Gobiernos de Madrid y Vitoria: restablecer las relaciones institucionales, sobre todo en materia de seguridad, para proteger a los ciudadanos que ven amenazada su vida y su libertad por plantar cara al chantaje selectivo de los terroristas y sus ayudantes. Periodistas y medios que se niegan a aceptar la violencia como corolario de un conflicto político se han convertido en diana preferente de ETA, que hace un año asesinó al columnista José Luis López de Lacalle.

Los terroristas mantienen una relación de esquizofrenia perversa con los medios de comunicación. Por una parte, los necesitan para que su acción de amedrentamiento llegue a todos los rincones de la sociedad; por otro, no les agrada la imagen que los medios reflejan de ellos. A ningún asesino le gusta que le señalen como tal, de la misma forma que los dictadores intentan presentarse como adalides de la libertad de su pueblo hasta que alguien denuncia la tiranía.

Gorka Landaburu, como otros muchos profesionales, no ha querido autocensurarse a la hora de contar lo que sucede en Euskadi. Nacido en el exilio, hijo de Francisco Javier Landaburu, vicepresidente del Gobierno vasco y mano derecha del lehendakari Aguirre en París, no ha aceptado la falacia de que la libertad de Euskadi deba sustentarse en el silencio y en la eliminación de una parte de sus ciudadanos, aquellos que no encajan en la patria jibarizada que ETA pretende construir. Por eso han tratado de acallar su voz.

El lehendakari en funciones reaccionó ayer con presteza y su portavoz calificó la carta bomba como un atentado contra el pluralismo de la sociedad vasca que tuvo el domingo expresión cabal en las urnas. Otros líderes de su partido suelen estar más atentos a los excesos antinacionalistas de ciertos medios que al acoso que sufren muchos periodistas, como han denunciado instituciones y organismos internacionales. En noviembre pasado, tras el intento de asesinato de Aurora Intxausti, Juan Palomo y su hijo, los periodistas del País Vasco y Navarra rechazaron, como volverán a hacer hoy en San Sebastián, la 'dictadura fascista' de los violentos y proclamaron que 'no es una frontera ideológica, sino moral, la que separa a quienes se oponen a ETA de quienes consienten y justifican su intento de imposición'. El pronunciamiento está vigente. 

La independencia según Arzalluz
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Mayo 2001 

Todo hace pensar que para los nacionalistas vascos ha llegado la hora de pasar de la independencia como «objetivo máximo» a objetivo cercano, de la ideología a la realidad. La alusión a la «paz» que hizo Arzalluz en la noche del 13 fue una referencia muy clara a una posible tregua de ETA, es decir, a unas negociaciones en las que se podrá intercambiar paz por compromiso solemne por el «soberanismo». Pocos minutos después, el discurso de Ibarretxe fue coreado con gritos de «independencia».

Esa noche fue la reafirmación del pacto de Estella/Lizarra. Con una diferencia: de las elecciones había salido una relación de fuerzas distinta, favorable a las tesis de PNV/EA frente a las de EH/ETA. Una buena parte de los seguidores de Otegi se había decantado por el juego institucional como vía para la llamada construcción de la nación vasca (como quiere Arzalluz) frente a las tesis del abandono de las instituciones, que exige ETA.

Como saben los lectores, ETA culpó al PNV y EA de la ruptura de la tregua por no haber cumplido lo pactado en Estella/Lizarra. Para aquélla, el compromiso consistía en que el PNV y EA deberían haber abandonado lo que entienden —y es— una consecuencia del Estatuto y, por tanto, una justificación de éste y de la Constitución.

La estrategia de ETA ha fallado, los atentados en plena campaña electoral no han hecho perder votos al PNV/EA sino a EH, y de este modo ha salido ganadora la propuesta de Arzalluz. Después de las elecciones y con esa «mayoría absoluta nacionalista» en el Parlamento vasco (como dijo textualmente Arzalluz) gana terreno, en el mundo abertzale, la defensa de una conquista «pacífica» de la independencia del PNV.

El triunfo de la coalición PNV/EA ha sido fruto en buena medida de su radicalización independentista. Parece claro que los seguidores de Otegi que se han pasado al PNV y EA lo han hecho también por reforzar a la coalición que podía cortar el paso al PP y PSOE, pero el funcionamiento del voto «útil» no se habría dado o al menos no se habría dado en esa medida si la coalición no se hubiera mostrado tan claramente partidaria de la reivindicación independentista. No olvidemos que Arzalluz llegó a decir recientemente que sus objetivos eran los mismos que los que defiende ETA y que nadie espere que cambien en ese sentido.

Así que cuando desde los medios políticos y periodísticos se le dice al PNV que como primer partido vasco debe asumir la responsabilidad de la paz reduciendo a ETA, Arzalluz responde que la solución —la paz— depende de esa negociación por la independencia. Ha vuelto a repetir que no cree en una derrota militar o policial de ETA. En realidad todos sabemos que esa defensa que hace de ETA es una defensa de sí mismo. Una derrota de ETA sería la del PNV y EA. Y lo sería de la reivindicación independentista.

No tienen excusa alguna los españoles que a estas alturas se nieguen a admitir esta aspiración «real» de los nacionalistas por la independencia. Dejando a un lado a aquellos que les resulta indiferente la cuestión ya que carecen de la más mínima conciencia española o son tan inconscientes de los peligros que supondría la separación de una parte del territorio, son muchos los que se niegan a plantearse el problema por miedo a las respuestas que éste debería tener por parte del Estado y por parte de la ciudadanía. Prefieren pensar que se trata de una mera ensoñación o de una forma de chantaje que jamás nadie se atreverá a plantear en serio.

Durante años venimos oyendo decir a muchos «constitucionalistas» que la reivindicación independentista es respetable si no viene acompañada de violencia. ¿Siguen manteniendo esta tesis después de las elecciones del 13 de mayo?

Mil cantones
RAUL DEL POZO El Mundo 16 Mayo 2001

Siempre nos quedará Ortega. El y no Azorín, como me decía la otra noche Umbral, fue el que limpió el idioma de bardoma. Ahora, en un bello libro de Florencio Martínez Ruiz -Crónicas en la platina ardiente- analiza la obra de nuestro oráculo que descubrió que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Recuerda Florencio, responsable durante un largo tiempo del Domingo Cultural de ABC, donde fue un maestro en la critica de narrativa, como el hadado talento Ortega lo abarca todo, la caza, los cuadros de Velázquez, la novelística de Baroja, la fenomenología de Husserl, la política de Maura o las fuentes de Nuremberg. Más que un sistema, es un cíclope. Observó, sopesó, nos hizo un ecocardiograma colectivo, nos dijo, basándose en Hegel, que la Historia es una matanza, un viaje entre ruinas.

He aprendido de Ortega cosas inverosímiles, desde que la Revolución francesa estalló porque a los furtivos no les dejaban cazar en los cotos, hasta que el ladrido no es natural en el perro; Colón descubrió en su primer viaje que los perros antillanos no ladraban. Un siglo después el maestro está urgentemente de moda porque el proceso de desintegración que él profetizó avanza en riguroso orden de la periferia al centro. El nos avisó del puro artificio de las teorías nacionalistas, de la insinceridad y la hipocresía de los políticos, que soportaron ese odio local, esa torva suspicacia. Esta generación de políticos, en su relación con los nacionalismos, también se ha falsificado a sí misma. 

Me dice el sabio jornalero Antonio Romero que no hay peligro de secesión porque el poder financiero vasco tiene sus intereses energéticos y bancarios dentro de España. Pero la desintegración asoma por Cataluña y por Galicia. «Si en lugar de hombres de Castilla» -dice Ortega- «hubieran sido encargados los de la periferia de forjar España, habrían dejado la península convertida en una polución de mil cantones». Cita el maestro la carta de Maquiavelo a Vetori, embajador florentino: «El rey Fernando desde poca y débil fortuna ha llegado do a esa grandeza y ha tenido siempre que combatir estados nuevos y súbditos dudosos». Descubre Ortega que las intrigas de Richelieu están en la génesis del particularismo. La lección de Ortega sigue cuando avisa de que un pueblo existe desde el momento en que fija su mitología, se inventa héroes aunque sean asesinos.

La «mesa por la paz»
Por Jaime CAMPMANY ABC 16 Mayo 2001 

Poco ha tardado Javier Arzalluz en asomar la cresta por encima de las urnas. Antes de que transcurrieran veinticuatro horas desde que se conocieron los resultados del escrutinio, el presidente del PNV había adelantado su primera propuesta para construir el futuro del País Vasco. Arzalluz, envalentonado con el brillante éxito que le han deparado las urnas, propone una mesa por la paz «como en Irlanda». Eso quiere decir que compara u homologa las dos situaciones: el Ulster igual a Euskalerría. Eso quiere decir, también, que en esa propuesta «mesa de la paz» deberán sentarse también los etarras, deberían tener un sitio y una silla los terroristas; no los terroristas desarmados, sino los terroristas con pistolas al cinto y bombas en los bolsillos.

Arzalluz propone de nuevo ese «diálogo» imposible entre las armas y los argumentos. Debemos tener muy claro que cualquier propuesta de Arzalluz, antes y ahora, pero más ahora, en que se ve reforzado por las urnas que sistemáticamente desdeña, es un paso más hacia la independencia. Cualquier engaño en este punto serán ganas de cerrar los ojos a la realidad y de esconder la cabeza bajo el ala. La autodeterminación, paso previo a la independencia, figura en el programa electoral del PNV, triunfante en las elecciones. No hará falta aclarar, si no es para los ciegos y para los que no quieren ver, que cualquier referéndum sobre autodeterminación que se celebre en el País Vasco tendrá de libre y espontáneo lo que Arzalluz tiene de ave del paraíso.

Cuando se dieron a conocer las cifras oficiales y finales de las elecciones del pasado domingo, los militantes del PNV las acogieron al grito unánime de «¡Independencia, independencia!». Ese era un riesgo que presentaban los comicios recientes. Una victoria nacionalista sería interpretada irremediablemente por los más radicales o exaltados como un triunfo del objetivo independentista. De nada sirve, pues, y si alguien cree lo contrario que le crezcan alas en las paletillas, que Euskal Herritarrok se haya quedado con la mitad de los votos que tenía. Su ideal de independencia ha sido asumido por el PNV de una manera clara, explícita e inequívoca. En realidad, unos y otros votaban lo mismo. El programa máximo es idéntico.

Sí, ya sé, la violencia, el asesinato, el terror. Claro. Es que unos matan y los otros negocian. Los etarras «arrean» y los políticos discuten. Fíjense ustedes en lo que ha tardado el presidente del PNV en patrocinar y proponer a los asesinos terroristas como negociadores de la paz en plano de igualdad con los partidos democráticos y pacíficos. O nos damos cuenta de que con Javier Arzalluz el PNV se ha convertido en un partido que explícitamente comprende, perdona y utiliza la violencia, o estamos instalados en la misma nube que nos sirve de asiento y veladura desde que se firmó el pacto de Estella y se acordó la tregua. El PNV sólo rechazará de verdad la violencia y el terror cuando ya ni la violencia ni el terror sean necesarios para alcanzar los objetivos comunes.

Lo único que quiere negociar el PNV con los partidos españolistas o constitucionalistas es la independencia. No se trata de transferir más competencias, ni de ajustar acuerdos económicos, ni de apurar o ampliar el Estatuto. Quieren segregarse de España, en unas condiciones o en otras, y esas condiciones es lo único que consideran discutible. Y eso es el producto natural y previsible de veinticinco años de cesiones, paciencia y complacencia con una terca y progresiva política de educación de los jóvenes y de incitación a los adultos. La enseñanza, la propaganda y el terror han dado sus frutos malignos. Y esos frutos son los que han ganado las elecciones. Un pedazo de la carne de España se encuentra herido y desgarrado.

La dura realidad
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 16 Mayo 2001 

El resultado de las elecciones vascas del pasado domingo requiere una reflexión a fondo por parte de muchos de sus actores y exige la toma de una serie de decisiones en el orden político en las que ojalá predomine el acierto. Pero ahora y a vuelapluma, parece evidente que la mayoría de la sociedad vasca no desea todavía un relevo del nacionalismo al frente del gobierno autonómico y la espectacular movilización de los votantes, así como el masivo trasvase de sufragios del radicalismo violento al soberanismo pacífico, lo han demostrado sin paliativos.

   Las motivaciones inmediatas de este comportamiento social podrían ser dos: 
1) la ciudadanía ha sentido, tras veinte años de hegemonía nacionalista, el vértigo del cambio, que ha percibido como excesivo y como posible detonador de inestabilidad, estimulador de una mayor actividad de los terroristas y ensanchador de la brecha que hoy divide a los vascos. Estaríamos ante una reacción conservadora en la que han hecho mella los argumentos utilizados en este sentido por los nacionalistas,
y 2) la bases sociales del terrorismo han acudido en un automático reflejo defensivo a apuntalar a la que consideran, más allá de matices tácticos, una causa compartida por todo el espectro abertzale, ante el peligro real de derrota a manos de los «españoles».

   Ha habido unánime satisfacción por el hecho de que el brazo político de ETA haya visto reducidos a la mitad sus efectivos en el Parlamento vasco, pero está por ver si éste ha sido un voto «prestado» por razones coyunturales o una verdadera manifestación de rechazo al uso de la bomba y la pistola. No hay que olvidar la coincidencia de fines, aunque no de métodos, entre el PNV y la banda asesina expresada por Arzalluz en reiteradas ocasiones, y que la tregua y el pacto de Estella fueron también estratagemas utilizadas conjuntamente por peneuvistas y batasunos para avanzar hacia la meta secesionista. Asimismo, sería ingenuo ignorar que de una u otra forma el nacionalismo moderado siempre ha considerado aceptable la tesis de paz a cambio de ampliación del autogobierno. Dentro del plan nacionalista de fragmentación del Estado y de liquidación de España como nación plural y como tarea común, la tenacidad y el recurso en cada momento a los instrumentos disponibles con un asombroso y moralmente aséptico pragmatismo, ha sido una constante y casi una marca de fábrica. La explotación de su reciente éxito electoral no tiene porqué desviarse de esta regla invariable.

   La realidad puede ser dura a veces y sin duda la mostrada por las urnas hace tres días lo ha sido para muchas gentes que viven sometidas en el País Vasco a la vejación y al atropello de sus derechos más elementales. Pero el combate democrático por la libertad no ha de experimentar ninguna vacilación ni retroceso. El entreguismo o la huída serían, hoy más que nunca, un pecado imperdonable.
  

Descifrar el mensaje
JAVIER PRADERA El País 16 Mayo 2001

En sus Memorias políticas (Aguilar, 2001) cuenta Joaquín Almunia el origen y el sentido de la célebre frase pronunciada por Felipe González al ganar las elecciones generales de 1993: 'He entendido el mensaje'. En la medianoche del 13-M, que deparó a los nacionalistas moderados una sorpresa similar por sus efectos euforizantes a la vivida por los socialistas en aquel ya lejano 6-J, el candidato de la triunfadora coalición PNV-EA dejó traslucir una actitud de parecida complicidad con sus votantes.

Ahora bien, la metáfora antropomórfica del cuerpo electoral como emisor monolítico de un mensaje inequívoco sólo conduciría a errores: resulta evidente que los comportamientos de los votantes nacionalistas el 13-M no se dejan reducir a una sola causa. Las cautelas para interpretar los múltiples, complejos y a veces contradictorios recados enviados desde las urnas deben extremarse a la hora de manejar las analogías: el hipotético paralelismo entre el 6-J y el 13-M no lleva a la conclusión de que el PP deba seguir en el Parlamento de Vitoria la estrategia desestabilizadora que le condujo al poder en 1996. Tal vez el principal obstáculo a la progresión electoral de los populares en el País Vasco sea precisamente la inadecuada traslación mecánica de métodos empleados en otros escenarios, responsables de ese techo que el PP no logró superar en el resto de España hasta prescindir de Fraga.

Las espectaculares pérdidas en términos absolutos y relativos de EH (ha cedido 81.000 votantes a PNV-EA y ha caído hasta el 10% del sufragio emitido) dan fuerza a la hipótesis según la cual el mensaje depositado por 9 de cada 10 electores el 13-M ha sido la necesidad de garantizar la vida y la seguridad de todos los ciudadanos vascos, sean o no nacionalistas, voten a la derecha, a la izquierda o al centro. Thomas Hobbes equiparaba los tiempos de guerra con las situaciones que obligan a las personas a vivir 'sin otra seguridad que no sea la que les procura su propia fuerza y habilidad': la vida de los hombres 'es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta'. La carta bomba recibida ayer por el periodista Gorka Landáburu (su padre fue un importante dirigente del PNV y vicelehendakari del Gobierno vasco en el exilio) parece un recordatorio de Leviatán. Hasta que los dirigentes, concejales y militantes populares y socialistas, los profesores, escritores y periodistas, los familiares de las víctimas y cualquier otro ciudadano amenazado por ETA no se sientan protegidos y respaldados por el Gobierno vasco, las propuestas de diálogo, paz y reconciliación realizadas por el lehendakari Ibarretxe caerán irremisiblemente en el vacío aunque estén animadas por los mejores propósitos.

Una vez despejadas las incógnitas acerca de los efectos de la alta participación en las urnas sobre la distribución óptima de las papeletas, la jornada del 13-M ha confirmado el irreductible pluralismo político de la sociedad vasca. La consulta ha dado un desahogado triunfo a la coalición PNV-EA (el 42,7% con 600.000 votos), pero también ha puesto de relieve la sólida instalación del PP (23% y 324.000 votos) y del PSOE (17,8% y 251.000 votos); la suma de las ramas vascas de los tres partidos que compiten electoralmente en el resto de España (esto es, si agregan los resultados de IU) llega al 46,3% y a los 653.000 votos. La cúpula dirigente del PNV y EA justificó su acuerdo secreto con ETA del verano de 1998 y su pacto público en Estella con el brazo político de la banda terrorista (que ofreció como contrapestación una engañosa e incumplida tregua) mediante el argumento de que esa estrategia era la única forma de recuperar para la democracia a los votantes de EH (el 10,1%, con 142.000 votos). No parece, sin embargo, que el mensaje enviado por las urnas a Ibarretxe sea el mandato de excluir de la vida pública a casi la mitad de los vascos, privándoles o limitando sus derechos políticos y poniendo en riesgo su vida o su seguridad personal a cambio de incluir a esa décima parte de ciudadanos que respaladan o aplauden los crímenes y los atentados de ETA.

Los verdugos son la peste
Editorial La Estrella 16 Mayo 2001

Los que especulaban con la posibilidad de que los resultados electorales fuesen leídos por ETA en clave de paz y diálogo, con la necesidad de una tregua que auspiciase el nuevo protagonismo de la palabra, han fracasado estrepitosamente. Allí donde el pueblo vasco pide la paz y la palabra, ETA responde con un vil atentado contra un periodista que es, al mismo tiempo, socialista y vasquista, abierto y dialogante. Gorka Landaburu, miembro de una familia de nacionalistas vascos exiliados durante el franquismo, amante de su tierra y de su pueblo y defensor de una solución dialogada al contencioso vasco, ha sido mutilado por los etarras. 

Ésta es la respuesta de ETA ante el triunfo del nacionalismo histórico vasco, la derrota de los abertzales más próximos al mundo etarra y la frustración de los españolistas que creían llegado su tiempo de gobierno en Euskadi.

Todos los autoritarismos odian la libertad de expresión, opinión y crítica. A todos les repugna el ejercicio del derecho a una información libre. Es el signo de los verdugos. El terror debe imponerse prioritariamente a los que cuentan lo que pasa, a los que informan de lo que sucede, a los notarios de lo que ocurre. Da igual que su nombre sea Antonio Burgos, Raúl del Pozo, Luis del Olmo, Aurora Inchausti, Palomo, Zuloaga, Gurruchaga, etc. O que ahora sea Gorka Landaburu. El caso es asesinar la libertad de expresión, dar un tiro en la nuca a los profesionales de la palabra, a los mensajeros de la realidad.

EH y toda la izquierda abertzale tienen una enorme responsabilidad. No basta que lamenten el atentado o reconozcan que las atrocidades de ETA les han hundido sus expectativas electorales. Es necesario que los hagan desaparecer para siempre de la escena vasca. Los verdugos son la peste. Y ellos son los verdugos.
 


Ibarretxe
ENRIQUE GIL CALVO El País 16 Mayo 2001

El resultado de las elecciones vascas del domingo pasado ha sido sorprendente. Al menos así lo ha sido para todos aquellos que, confundiendo nuestros deseos con la realidad, habíamos apostado por una mayoría constitucionalista, por relativa o suficiente que fuese, como la mejor solución posible para darle una salida constructiva al impasse en que se hallaba encerrada Euskadi tras la ruptura de la tregua-trampa que había embarcado al PNV en la aventura de Lizarra.

Pero nos equivocamos. Y nuestro error ha resultado ser doble. Ante todo, nos engañamos al desconfiar de las encuestas preelectorales, pues interpretamos el abultado voto oculto que revelaban los sondeos en un sentido exclusivamente constitucionalista, cuando en realidad no ha sido así. Es verdad que el incremento de la participación ha beneficiado en alguna medida al PP, y algo menos al PSE. Pero en realidad, quien se ha llevado casi todo el voto oculto ha sido Ibarretxe, el gran vencedor de estos comicios. Y ninguno de nosotros lo previó, pues todos creíamos que la crecida de la participación tenía que favorecer a los constitucionales en mayor medida que a los nacionalistas. ¿Por qué?

La razón se debe al segundo error, que fue subestimar la confianza que el electorado vasco había depositado en el lehendakari Ibarretxe, a quien se le han perdonado todas sus debilidades ante la ruptura de la tregua. ¿Cómo explicarnos hoy semejante fidelidad, que ha roto lo que parecía evidente visto desde Madrid, que era el deber cívico de castigar a un Gobierno incapaz de rectificar ante la escalada terrorista? ¿Acaso la crecida del voto nacionalista indica que se ha impuesto el patriotismo de partido sobre el patriotismo cívico? Algo de esto puede haber sucedido, si tenemos en cuenta la sensación de acoso mediático que han sufrido, pues el síndrome de Numancia asediada refuerza la solidaria cohesión del espíritu de grupo. Pero en todo caso, lo que desde Madrid hemos infravalorado es el arraigo del nacionalismo vasco. 

Uno de los más citados analistas del nacionalismo, Anthony Smith, ha comparado dos formas contrapuestas de teorizar el fenómeno nacionalista: bien sea como gastronomía, mera invención de los empresarios políticos, o como geología, producto institucional de la sedimentación histórica. Pues bien, Aznar ha cometido el error de creer que el nacionalismo vasco, como el catalán o el gallego, no sería más que un invento retórico, cuyo fraude bastaría denunciar con airado vigor para que los ciudadanos entrasen en razón desertando de él. Y no ha sido así. Por mucho que los heraldos de Aznar hayan alzado su denuncia profética, los electores vascos les han ignorado, permaneciendo fieles a una geología moral que tanto les hace desconfiar de Madrid.

Reconocidos los errores, pues lo sabio es rectificar, ahora es preciso explorar las salidas. ¿Qué puede pasar? Afortunadamente, la confianza puesta en el lehendakari por sus votantes ha sido tan elevada que su cosecha de escaños ha sobrepasado el umbral que le haría depender de EH o IU, pues su propia coalición supera a la que podrían formar PP y PSE. Este excedente de escaños a favor de Ibarretxe es la mejor noticia salida de las urnas, junto con la caída del voto radical. Pues un resultado de empate entre bloques, o de superioridad insuficiente, habría hecho al lehendakari rehén de Madrazo y de Otegi.

Más aún: la victoria de lbarretxe es tan nítida y consistente que puede elevar su autoridad moral, haciéndole capaz de sobreponerse a las presiones que pueda recibir de Arzalluz o Egibar. Se recordará la obra de Anouilh Becket o el honor de Dios. En ella, el canciller del reino, para hacer honor a su cargo, se atreve a resistir las presiones del monarca, que le exige obediencia contra el interés común. Pues bien, en ese mismo dilema se encuentra hoy Ibarretxe. ¿Se plegará a las presiones que le exijan obediencia a un programa soberanista en el que no parece creer, y que, desde luego, no conviene a los plurales intereses de su ciudadanía? ¿O hará honor a su cargo, a fin de sentar en su nueva legislatura los fundamentos de la reconstrucción civil de Euskadi?

Continúa «el proceso»
JOSE LUIS VILLACORTA El Mundo 16 Mayo 2001

Nacionalismo y sentimiento nacionalista son términos que no encajan en los parámetros clásicos de la teoría política. Por eso, cualquier intento de tomar el pulso a la sociedad vasca atendiendo a eso que de forma reduccionista se ha convenido en llamar ideología -izquierdas y derechas, progresismo y carcundia- corre el riesgo de perderse en disquisiciones vacías que acabarán enmarañando aún más el ovillo sin explicar absolutamente nada.

El nacionalismo es una propuesta con vocación totalizadora cuya finalidad es preservar la esencia de algo que aún no es. Lo demás, la organización, la planificación y la transformación de la realidad del presente, de lo que sí es, es sólo un instrumento al servicio de la entelequia. El empeño constante y nunca disimulado del PNV durante los últimos 20 años ha sido conseguir que entelequia y realidad concuerden. Es evidente que, poco a poco, lo está consiguiendo.

No es habitual en las democracias formales que un partido gobierne un país ininterrumpidamente durante 20 años. No es habitual tampoco que un presidente como Juan José Ibarretxe, carente de carisma, con un Parlamento inoperante, hostil y en minoría, y con un discurso en el que siempre pesaron más las caras de resignación y abatimiento que las propuestas decididas que fueran más allá de la generalización y la ambigüedad, haya sido antes, durante y después de la campaña el líder más valorado por la opinión pública. Y sin embargo, pese a las predicciones de quienes operaban con la lógica de la normalidad, el pasado día 13 no se produjo el cambio sino más bien... todo lo contrario.

Durante los últimos 20 años, con el consentimiento más o menos resignado de los Gobiernos de Madrid y con la complicidad legitimadora de los socialistas vascos, el PNV trabajó día a día y en todos los frentes para crear un país a su medida. Durante todo ese tiempo, y mientras los líderes de los demás partidos se relajaban en el confort de los despachos, los nacionalistas fueron tejiendo en los pueblos y en los barrios una red de complejas relaciones alrededor de cada batzoki: amistad y clientelismo. La cordialidad nunca ha sido una cualidad ajena a los vascos. Los favores y el empujoncito imprescindible para acceder a la Administración y a sus organismos públicos -una tabla de salvación en los años más duros del paro y la reconversión industrial- fueron el complemento material y, por eso mismo, necesario.

Pero había también otros mecanismos para crear afinidades, complicidades e identidades: por supuesto, el control de los medios de comunicación públicos y una aplicación esperpéntica de la ley de Educación consensuada con los socialistas, pero también la utilización del euskara como medio, referente y mensaje, la continua apelación al victimismo, la idealización de la tradición y el pasado y el lamento por su final traumático en las fauces de la voraz y desconsiderada España... Esos y otros mensajes, vertidos en todos los registros y niveles de comunicación posibles, han ido creando en muchos vascos un imaginario dicotómico compuesto por un nosotros acosado e indefenso y un otros violento, expoliador y ávido de imponer uniformidades. Paradójicamente, siempre que es preciso buscar ejemplos para concretar esa amenaza inminente, es necesario recurrir a Franco y a la Falange.

Pero lo cierto es que el mensaje cundió y ese miedo al otro ha sido, por encima de cualquier otra consideración, la clave del aumento espectacular del voto nacionalista en las pasadas elecciones. Hasta tal punto, que sólo eso puede explicar el enorme trasvase de votos útiles de EH a la coalición PNV-EA.

No hay duda: la mayoría de los vascos es o se siente en alguna medida nacionalista y por eso votaron a la coalición PNV-EA. Cómo van a administrar las direcciones de estos partidos su victoria tampoco debería ser a estas alturas una incógnita: no hay ninguna razón que les impida continuar desbrozando la senda soberanista. Discutirán los ritmos, pero no el objetivo porque siempre estuvo claro. Autonomismo, pactismo, posibilismo, autodeterminación, soberanismo... son sólo palabras, formas de encauzar y proteger... el proceso.

Los moderados
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 16 Mayo 2001

La revolución burguesa no se acaba nunca porque no es una revolución. El PNV es el partido moderado del País Vasco, al menos en sus postulados. Con la Revolución Francesa aparece la burguesía como sujeto de la Historia, y ahí está para largo. La naturaleza burguesa es el estado natural de las cosas (la naturaleza es conservadora), y el señor Aznar, burgués él mismo, ha querido luchar por una burguesía industrial, campesina e histórica que tiene anclajes eternos en la tierra y en el mar.

A lo suyo, a lo de Aznar, lo hemos llamado siempre «aventura», pues la alianza con el PSOE y la presencia electoral en Euskal Herria nos pareció eso, una aventura bella y esbelta, y por tanto poco real. Pero con la imaginación hay que insistir para que se vuelva realidad. También un burgués lúcido y hazañoso, como Aznar, tiene derecho a correr sus epopeyas juveniles. Pero a los moderados les salen mal estas cosas. Sobre todo porque suelen tener enfrente a otros moderados, que cuentan con alguien que luche por ellos. El PNV es al País Vasco lo que Convergencia a Cataluña, sólo que con perros. Pero nadie ha pensado en soltar los perros. La cosa estaba chupada.

Los progresistas del XIX criticaban mucho el modernismo, pero la burguesía, ya digo, viene de la Revolución Francesa, madura durante todo el siglo siguiente y sobrevive al Segundo Milenio. Ahora goza de buena salud, en el Tercero.

Las guerras mundiales duran pocos años. No pasan de ser «acontecimientos», según el filósofo. Pero la burguesía vuelve a los hechos de siempre y rehace pronto su tejido social. El País Vasco, con todo su industrialismo, toda su personalidad y su riqueza, su lengua y su plástica, no es sino un inmenso Neguri donde la gente vive bien, alterna su paz y su miedo, y, a la hora de votar, optan por sí mismos, por su partido, por lo que les representa, por el PNV, que se ha puesto al día con el Guggenheim, pero también con el soberanismo y lo que venga. El fondo burgués de esa gran sociedad ha salido a la superficie para manifestarse contra los extremismos radicales, por un lado, y contra la presencia de «Madrid», por otro. Sería largo explicarles que el Gobierno liberal de Madrid sólo quería proteger el liberalismo en que ellos viven (salvo impuestos revolucionarios). Lo perdurable, en el siglo XXI, sigue siendo el moderantismo, tan odiado por Valle-Inclán, el conservatismo inglés, la derecha ilustrada de París y el republicanismo conservador de Bush. La burguesía vasca, de acuerdo con todo esto, no quiere vivir más aventuras que las inevitables, y para decirlo se ha manifestado democráticamente, con más alto nivel que nunca.

La aventura de Aznar/Oreja ha llegado a movernos un poco a todos, aquí en Madrid, pero los vascos, más que el voto del miedo, han ejercido el voto del orden. El pueblo vasco es conservador en todas sus clases, sensato y seguro. Se llevan bien unos con otros, salvo algún obrero de Altos Hornos, que siempre es inmigrante. El movimiento etarra es una invitación a la aventura y por eso va perdiendo votos y escaños. Al vasco medio, hoy triunfador, le basta con la llama verbal de Arzalluz y el sermón en euskara del domingo.

Solidaridad frente al terror
Editorial El Correo 16 Mayo 2001

El atentado contra Gorka Landaburu ha vuelto a demostrar que quienes sostienen su doctrina en la eliminación física de sus semejantes mucho menos están dispuestos a detenerse ante el rechazo social del terrorismo, reflejado de forma inequívoca en las urnas del pasado domingo. La bomba que ayer destrozó las manos de Landaburu quiso amputar la voz inconfundible de un veterano periodista que atesora una larga trayectoria informando incesantemente sobre los acontecimientos de su país. Vecino de Zarautz, por sus venas corre la memoria del exilio que tuvieron que soportar sus padres bajo la dictadura franquista, y al que él nunca ha estado dispuesto a volver ante la amenaza de la dictadura etarra. La de ayer fue la enésima vez en que el fanatismo ha atentado contra Gorka Landaburu y su familia. Durante años, mientras se sucedían los ataques y las insidias, la familia Landaburu ha hallado en las gentes de la localidad costera el refugio solidario que siempre han merecido. Pero en Zarautz se halla también la guarida de los informadores y cómplices que participaron en el asesinato del concejal popular José Ignacio Iruretagoyena, intentaron causar una masacre entre los dirigentes de dicho partido mientras lo homenajeaban tres años después, y decidieron subir un peldaño en su sistemático acoso a Landaburu. Para Gorka Landaburu, como para cualquier otro amenazado, resulta insufrible tener que pasear escoltado por donde siempre se había movido con absoluta libertad; verse obligado a evitar rutinas que habían constituido su propio disfrute; temer por los riesgos que pudieran correr sus seres más queridos. Pero lo que vuelve especialmente dolorosa semejante situación es que el amenazado se ve empujado a recelar de sus propios vecinos; a soportar la indignidad de saberse vigilado; de convivir con el saludo amable, pero también con el silencio timorato y con el odio irracional reflejado en la mirada amenazante de algunos de sus paisanos. Y todo por ejercer una profesión con lealtad hacia su propia conciencia.

A las pocas horas de haberse cerrado los colegios electorales, la explosión de un paquete-bomba en las manos de un periodista obliga a toda la sociedad democrática a recordar que Euskadi tiene aún pendiente su asignatura más importante: acabar con la violencia terrorista. El atentado contra Landaburu obliga a todas las personas de bien -fuese cual fuese su opción de voto el pasado domingo- a dirigir una mirada solidaria hacia quienes no esperan mayor dicha que el anuncio de que se acabó el miedo. La extrema injusticia que implica el terrorismo iguala a sus víctimas en la inocencia. Pero no hay mayor desamparo que aquel que el terrorismo induce en la propia conciencia del perseguido, predispuesto incluso a sentirse culpable por la suerte que corre. Muchas de esas personas amenazadas sintieron una terrible decepción y una honda soledad al conocer los resultados del pasado domingo, porque frente a tan terribles circunstancias habían llegado a vincular su suerte personal a que se hiciera realidad la alternancia. Sea razonable o no, dicho sentimiento resulta comprensible cuando una situación de acoso se prolonga en el tiempo y resulta tan difícil imaginar cuándo puede llegar a su fin. Resulta comprensible cuando el perseguido percibe que las instituciones tratan de sortear su problema sin enfrentarse abiertamente a él, o cuando ve que los gestos de ánimo que recibe se diluyen en un ambiente general de incomprensión e indiferencia.

Es imposible que la acción política alivie del todo el enorme vacío que se apodera de una persona cuya vida ha quedado alienada por el miedo y la incertidumbre más extrema. Pero resulta imprescindible que los líderes políticos -empezando por quienes salieron victoriosos de la liza electoral del pasado domingo- ejerzan una triple tarea: la de adoptar cuantas medidas estén en manos del Estado de Derecho para reducir al máximo el peligro que la amenaza directa entraña para sus víctimas, la de aproximarse al dolor de los que más sufren sin reducir su testimonio solidario a gestos rutinarios, y la de proyectar hacia el conjunto de la sociedad un mensaje incesante en defensa de los valores de la libertad y la convivencia. En ese sentido, el anuncio hecho público por el portavoz del Gobierno Vasco advirtiendo de que «no es posible una relación política, normal e institucionalizada con EH mientras no apueste sólo por las vías políticas y democráticas» representa una declaración tan oportuna desde el punto de vista de la responsabilidad institucional como imprescindible para que las causas del desamparo vayan disipándose, y aquellas personas que albergan sobradas razones para sentirse sometidas a la indignidad de tener que ocultarse en su propia tierra puedan atisbar que también para ellas «la sociedad vasca ha cerrado una etapa y ha abierto una nueva».

ETA intenta asesinar al periodista Gorka Landaburu con un libro bomba
La explosión del artefacto provocó al redactor la amputación de un dedo y lesiones graves en la cara y el abdomen El paquete trampa estaba compuesto por cien gramos de explosivo y un detonador robado en Francia
ÓSCAR B. DE OTÁLORA ZARAUTZ El Correo 16 Mayo 2001

El periodista Gorka Landaburu salvó ayer la vida en el primer atentado de ETA tras las elecciones del pasado domingo, un asesinato frustrado con el que la banda se apresuró a responder a los resultados de las urnas. El veredicto de la banda fue un libro bomba que causó al redactor -de 49 años, casado y con dos hijos-, graves amputaciones en las manos, entre ellas, la del pulgar de la mano derecha, así como lesiones severas en la cara y el abdomen, sin que su vida corra peligro.

El estallido se produjo a las diez y veinte de la mañana, cuando el periodista, que trabaja para la revista ‘Cambio 16’ y otros medios de ámbito nacional, se encontraba en el ático de su casa de Zarautz, donde tiene instalado el despacho en el que desarrolla habitualmente su actividad. El periodista estaba revisando su correspondencia y rasgó un sobre amarillo con el remite de Elkargi, la sociedad de garantía recíproca. El lunes, a su escolta le había llamado la atención el paquete y había aconsejado a Landaburu que lo llevara a revisar a la comisaría de la Ertzaintza. El periodista, confiado, le respondió que no había ningún problema puesto que se trataba de una revista que recibía mensualmente.

Tras apartar los papeles del envoltorio, el periodista descubrió un pequeño libro sobre la insumisión fiscal al gasto militar, titulado ‘Ni un duro para la guerra’. Lo cogió entre las manos y abrió la solapa. La deflagración le arrancó de cuajo el pulgar y le provocó graves lesiones. La onda expansiva también causó importantes destrozos en el despacho, que quedó a oscuras, envuelto en una densa nube de humo. El redactor, sangrando por numerosas heridas, acertó a bajar por la estrecha escalera de caracol que desciende hasta el salón de su casa. Ayer, las paredes y el suelo de esta habitación mostraban el reguero de sangre que dejó Landaburu en el corto camino.

El periodista consiguió salir al rellano de la planta y comenzó a golpear en la puerta del piso vecino, donde reside su primo, el compositor Ángel Illarramendi. «¡Ángel, ayuda. Llama a una ambulancia!», le gritó a su familiar. Mientras esperaban a los servicios de urgencia, Landaburu, sereno, intentó tranquilizar a sus allegados y a vecinos del pueblo que habían acudido a la casa al enterarse del atentado.

Libro simulado
El periodista fue evacuado hasta el hospital Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián en una ambulancia medicalizada de Osakidetza, donde se le practicó una operación de urgencia para evitar que su mano derecha, la más afectada, sufriera daños irreparables. Su mujer, Marina Salegi, que había sido trasladada hasta el centro sanitario en un coche de la Policía local de Zarautz, aguardaba en el pasillo el resultado de la intervención.

A las tres de la tarde, el centro sanitario emitió un parte médico en el que afirma que Gorka Landaburu sufre pérdida completa del pulgar de la mano derecha, así como la falange distal y media del índice. En la mano izquierda presenta el estallido del dedo anular, así como pérdida de las falanges de otros tres dedos. Además, sufre heridas múltiples en el abdomen y en la cara, con una hemorragia en el ojo izquierdo. Su pronóstico es grave.

Según fuentes de la Ertzaintza, el artefacto explosivo estaba compuesto por alrededor de cien gramos de un explosivo sin determinar, que podría ser dinamita de la marca Titanite. La bomba disponía también de uno de los detonadores franceses que forman parte del arsenal de ETA tras los robos cometidos en sendos polvorines de Bretaña y Grenoble. El libro, simulado a partir de un cuaderno en el que habían abierto un hueco para colocar la carga, contaba con un sistema de iniciación que se activaba al abrir las tapas.

Según fuentes de la Policía autónoma, el hecho de que los etarras hubieran empleado un remitente habitual entre los paquetes que recibe Landaburu revela que la banda había controlado la correspondencia del periodista. El concejal socialista de Zarautz Patxi Elola estaba ayer convencido de que «alguien del pueblo» había pasado a ETA la información para cometer el atentado. «Los comandos están aquí, porque los informadores están entre nosotros», señaló el corporativo.

«Gorka Landaburu vete de Euskadi»
C. E. El Mundo 16 Mayo 2001

SAN SEBASTIAN.- «Gorka Landaburu vete de Euskadi». Esta fue la invitación a modo de pancarta que el periodista vasco recibió hace unas semanas por parte de un grupo de militantes de la izquierda abertzale que se concentró frente a su domicilio en la localidad guipuzcoana de Zarauz.

No era la primera vez que el domicilio de Gorka Landaburu, delegado de la revista Cambio 16 en Euskadi y responsable de una empresa que colabora con medios de comunicación tanto españoles como franceses, era objeto de atención por parte de miembros de la izquierda radical.

Así, en septiembre de 1995, coincidiendo con la Semana Vasca de la Zarauz, Gorka Landaburu y su hermano Ander, también periodista y, en la actualidad, director de la edición vasca de El País, fueron agredidos por un grupo de radicales que pretendían realizar unas pintadas con el anagrama de ETA en la fachada de la residencia de los periodistas, en la que también vivía la madre, Kostan Illarramendi.

Los agresores lanzaron piedras, bolsas de basura que sacaron de un contenedor y otros objetos contra la casa de la familia del que fuera vicepresidente del Gobierno vasco en el exilio, Francisco Javier de Landaburu Fernández.

Tres años después, de las pintadas se pasó al lanzamiento de cócteles molotov contra la vivienda, sin que produjera ningún daño. Es más, el propio Gorka Landaburu no se percató del hecho hasta que se lo comunicó posteriormente, la Ertzaintza.

A pesar de ello, Gorka Landaburu continuó ejerciendo su profesión y cada semana participaba en las tertulias del programa Protagonista de Onda Cero, en donde llegó a mantener un enfrentamiento dialéctico con el ex ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, sobre la forma de resolver el problema de la violencia en Euskadi.

Hace unas semanas, se abstuvo a la hora de valorar la labor del ex ministro, al señalar que «lo tenía fácil, dado lo que habían hecho los que le precedieron en el cargo».

Landaburu es otro de los periodistas vascos que apareció en la revista Ardi Beltza dirigida por Pepe Rei, en una información titulada «Más de un centenar de periodistas hacen información según las directrices de Interior». A pesar de ser incluido en la publicación, su nombre no apareció en el vídeo editado el pasado otoño.

Asociaciones de prensa y medios de comunicación condenaron ayer el atentado con paquete bomba cometido contra Gorka Landaburu por suponer un ataque «a la libertad de expresión». Sus compañeros de Cambio 16 han convocado una manifestación para hoy al mediodía frente a la sede de la revista. También la Asociación de la Prensa de San Sebastián ha llamado a una concentración en el Peine de los Vientos de la capital guipuzcoana.

Balas y explosivos para combatir la «violencia mediática»
PNV y EH han acusado reiteradamente a la prensa de «generar odio hacia lo vasco»
JOSE L. LOBO / NOEMI RAMIREZ El Mundo 16 Mayo 2001

«Los medios de comunicación no son agentes neutrales en el desarrollo o en la solución del conflicto vasco». La frase, que sonaba a advertencia, fue pronunciada por Arnaldo Otegi en marzo del año pasado, un día después del intento frustrado de ETA de asesinar al periodista Carlos Herrera. Dos semanas más tarde, Xabier Arzalluz denunciaba en Deia a la «nueva Prensa del Movimiento» (también la llamó «Brunete mediática»), a la que acusaba de encabezar un «auténtico 18 de Julio» contra el nacionalismo vasco.

No era la primera vez que los líderes de EH y el PNV levantaban su dedo acusador contra los profesionales de la comunicación (o al menos contra algunos de ellos) para condenar la «violencia mediática» que ejercen desde sus tribunas. Ni fue la última. Pero muchos periodistas se preguntan si las críticas de los principales dirigentes nacionalistas (Otegi y Arzalluz no han sido los únicos) les ponen directamente en el punto de mira de ETA o si, por el contrario, la banda terrorista siempre les ha tenido entre sus objetivos.

Ya en 1992, la ahora ilegalizada Koordinadora Abertzale Sozialista (KAS), que constituía la cúpula dirigente del llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), subordinado a ETA, elaboró una ponencia de consumo interno que acusaba a los medios de comunicación de «realizar un trabajo que causa un dolor tremendo a los abertzales, con una impunidad total».

Ese documento, denominado Txinaurriak (Hormigas), suponía un salto cualitativo en la estrategia de la dirección política de ETA hacia la prensa. Hasta ese momento, la banda sólo había atentado de forma ocasional contra periodistas: en 1978 asesinó a José María Portell, redactor jefe de La Gaceta del Norte y supuesto mediador entre el Gobierno y los terroristas; y en 1980 hirió gravemente a José Javier Uranga, director de Diario de Navarra.

Pero, a partir de Txinaurriak, ETA abría la puerta de par en par a las acciones indiscriminadas contra los medios de comunicación: «Su participación en el conflicto es concreta, directa e importante, pero no se los puede tocar. Se han convertido en un auténtico poder (...) Por eso, no puede pasarse, como se ha pasado, de una falta de intervención de la lucha armada», rezaba el documento.

Sin embargo, no fue hasta 1997 cuando ETA decidió aplicar esa doctrina: en abril de ese año, la policía halló en un piso franco en Madrid documentación que marcaba como posibles objetivos a Luis María Anson, entonces director de ABC, a los columnistas José Luis Martín Prieto, Alfonso Ussía y Luis del Olmo, y al presidente del Grupo Prisa, Jesús Polanco; y en diciembre fue atacado con cócteles molotov el domicilio en San Sebastián de la periodista de EL MUNDO Carmen Gurruchaga.

La «veda»
Se había levantado la veda, y el propio Gorka Landaburu, mutilado ayer por una carta bomba, lo comprobó un año después, cuando su casa en Zarauz sufrió el ataque de los radicales. Desde entonces, el acoso a los periodistas ha sido imparable. Y uno de los señalados, el columnista de EL MUNDO José Luis López de Lacalle, regó con su sangre el portal de su casa en Andoain, hace ahora un año.

Las estadísticas hablan por sí solas: apenas cinco acciones contra periodistas desde 1976 a 1995, frente a las al menos 25, entre muertes, amenazas, intentos de asesinato y chantajes, desde 1995 hasta hoy. Ni siquiera 1999, el año de la tregua, estuvo exento de coacciones: en febrero, ETA amenazó en un comunicado a los periodistas «que ejercen una labor opresora bajo la excusa de la libertad de expresión».

A finales de marzo de 2000, la policía desactivó un artefacto explosivo enviado a Carlos Herrera en una caja de puros; y en noviembre, ETA atentó en San Sebastián contra el matrimonio de periodistas Aurora Intxausti, de El País, y Juan Palomo, de Antena 3.

Desde entonces, diversa documentación incautada a presuntos etarras, y las propias confesiones de éstos a la policía, han permitido saber que la banda intentó asesinar al también columnista de EL MUNDO Antonio Burgos y a Luis del Olmo, y que tenía planes para dinamitar la sede de El Diario Vasco en San Sebastián.

Las últimas acciones fueron una lluvia de 18 cócteles molotov contra la sede bilbaína de El Correo Español-El Pueblo Vasco, el pasado 3 de marzo, y el incendio de una unidad móvil de la Cadena Ser en el casco viejo de San Sebastián, cinco días después.

El pasado 15 de abril, durante la celebración del Aberri Eguna, Arzalluz acusó a EL MUNDO, Antena 3 y Onda Cero (en la que colabora Landaburu) de ofrecer «una versión monocorde de lo que sucede en el País Vasco, que lo único que persigue es generar odio contra todo lo vasco». Y dos semanas después, en plena campaña de las elecciones vascas, aseguró que éstas no eran democráticas por «la presión tremenda de los medios de comunicación españoles».

El atentado contra Landaburu es, por ahora, el último episodio de la desigual batalla librada entre pistoleros y periodistas.

«Respeto a las urnas»
EXTRACTO DEL ÚLTIMO ARTÍCULO DE GORKA LANDABURU PUBLICADO EN ‘CAMBIO 16’
El Correo 16 Mayo 2001

«El primer reto del nuevo Ejecutivo vasco debe ser el de la firmeza frente al terrorismo etarra y a su mundo violento, que se alimenta de la violencia callejera», afirma el periodista Gorka Landaburu en el artículo de opinión ‘Respeto a las urnas’, que firma esta semana en la revista ‘Cambio 16’. En este texto, el periodista vasco sostiene que el futuro ocupante de Ajuria Enea «tiene que tomar el bastón del mando con firmeza y sin titubeos».

Al repasar las prioridades del nuevo Gobierno, Landaburu hace hincapié en que para luchar contra ETA es necesaria «la coordinación entre las distintas policías y el compromiso firme de la Ertzaintza para que se respeten las reglas de juego y el Estado de derecho sin ninguna ambigüedad». «La impunidad manifiesta de estos últimos años con la que han gozado los violentos se tiene que acabar para que desaparezca todo tipo de intimidación y coacción que sufren demasiados vascos», asegura.

Además, Landaburu exige al nuevo lehendakari, «el que sea», que atienda «el clamor y la petición de libertad que se ha oído durante toda la campaña y que se ha plasmado también en las urnas». También pide que el lehendakari sea «el de todos los vascos» para que lidere «el combate para recuperar la libertad y la confianza de los ciudadanos». Asimismo, le pide que en primer lugar «asegure con todos los medios a su alcance la seguridad de sus ciudadanos».

«Va a ser difícil borrar los insultos y desagravios lanzados, pero por encima de las ideologías y frente a ETA está en juego para la clase política, como para la sociedad vasca, la coexistencia, la convivencia, el respeto y la tolerancia; es decir, su futuro», concluye Landaburu.

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