AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 12 Julio   2001
#Paz por miedo
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 12 Julio 2001

#La investidura del desafío
Editorial ABC 12 Julio 2001

#Alguien eligió mal el día
Luis Ignacio PARADA ABC 12 Julio 2001

#Buenas intenciones
TONIA ETXARRI El Correo 12 Julio 2001

#La serpiente vasca: Uroboros
LUIS ANTONIO DE VILLENA El Mundo 12 Julio 2001

#Construir el futuro
Editorial El Correo 12 Julio 2001

#Una de cal y muchas de arena
MARIO ONAINDIA El Mundo 12 Julio 2001

#El crimen y la farsa
Iñaki EZKERRA La Razón 12 Julio 2001  

#Aviso de bomba
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 12 Julio 2001 

#DEBATE DE ALTURA EN EL PARLAMENTO VASCO - IBARRETXE PRETENDE MUCHO PERO OFRECE MUY POCO
Editorial El Mundo 12 Julio 2001

#Cambio de tono
Editorial El País 12 Julio 2001

#Investidura en julio
JAVIER UGARTE El País 12 Julio 2001

#Las mentiras de Ibarretxe
Enrique de Diego Libertad Digital 12 Julio 2001

#El Parlamento vasco discute de opciones políticas
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ El País 12 Julio 2001

#Paso a la política
JOSEP RAMONEDA El País 12 Julio 2001

#La política-trampa de Ibarreche
Editorial El País 12 Julio 2001

#Mayor dice al PNV que las urnas no le avalan para cambiar el marco jurídico
VITORIA. M. Alonso ABC 12 Julio 2001

#Dolor e indignación en el adiós al policía asesinado por ETA en Madrid
MADRID. ABC 12 Julio 2001

#Un policía
David GISTAU La Razón 12 Julio 2001

#Responsabilidad de los vascos
Editorial El Correo 11 Julio 2001


Paz por miedo
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 12 Julio 2001


Cumpliendo los peores augurios, es decir, los únicos que acredita su biografía, Ibarretxe ha planteado en el debate de investidura del Parlamento vasco su prioridad política, su norte estratégico, el fin al que, en su opinión, debe dedicar sus esfuerzos la representación plural de esa ciudadanía entre paréntesis y de esa auténtica dictadura en ejercicio que es la de los vascos. Lo «inaplazable», según el candidato nacionalista, es el «debate sobre el autogobierno». Dado que todo lo que sea auto significa una previa situación de libertad y autonomía, primero de juicio y luego de ejercicio, y dado que la dictadura, mitad represión y mitad marginación, que padecen los vascos no nacionalistas es el principal obstáculo que padece la libertad, Ibarretxe debería encaminar sus esfuerzos a levantar esos hierros, esos barrotes que esclavizan a la mitad larga de los vascos y a la gran mayoría de los navarros, cuya representación también pretende el separatismo del PNV-EA.

Acabar con el terror que siembra el nacionalismo etarra entre los habitantes del País Vasco y Navarra tendría que ser el primer y fundamental designio de cualquier político decente, el único asunto realmente inaplazable de la actividad parlamentaria y gubernamental del Ejecutivo de Vitoria. Pues bien, de eso nada. Ibarretxe se niega a asumir esa obligación ética. Es más, pretende partir de esa situación de terror en que se encuentran los vascos en particular y los españoles en general para obligarles a aceptar una paz que supondría la entrega de la libertad que hoy no tienen a cambio de la que tampoco tendrían mañana, como objetos pasivos del proyecto totalitario diseñado en el Pacto de Estella. 

En ningún caso supedita Ibarretxe cualquier debate sobre la construcción de ese nuevo Estado cuyos límites son tan imprecisos como arbitrarios (una parte de Francia, toda Navarra y algunos enclaves más de territorio español) a la consecución y defensa de la libertad, que exigiría la desaparición de la violencia terrorista y la persecución de todas sus manifestaciones durante un buen número de años, para que pueda hablarse de un debate político y no de un chantaje terrorista. Ibarretxe quiere debatir «inaplazablemente» el autogobierno, es decir, la ruptura de España y la secesión del País Vasco y Navarra, mientras dura la presión terrorista sobre los vascos y navarros no nacionalistas. Según el último Euskobarómetro, sólo uno de cada tres vascos se siente libre para hablar de política, siendo ese tercio básicamente nacionalista. Ibarretxe, que es del grupo del uno, pretende imponer al grupo de dos una cierta paz a cambio de su miedo. Una paz de miedo. Un miedo convertido en perpetua garantía de la paz. Como propuesta etarra no es nueva. Como propuesta del PNV es demasiado etarra. Con Ibarretxe, sobra Permach.

La investidura del desafío
Editorial ABC 12 Julio 2001

Tras los discursos y réplicas que ayer se oyeron en el Parlamento Vasco durante la primera sesión de la investidura de Juan José Ibarretxe como lendakari, queda la impresión de que la Cámara vasca es el escenario de una obra repetitiva y monocorde a cargo del nacionalismo. De boca de Ibarretxe y de los portavoces nacionalistas salieron los mismos discursos de siempre, con algunas variaciones al alza en las dosis de la condena a ETA —lo exigía el atentado del martes en Madrid— y otras a la baja en la defensa de proyectos que podrían compartirse con los no nacionalistas. Ibarretxe apostó por el Parlamento como foro del debate por la paz y el diálogo y como depositario de la voluntad de los vascos, pero defendió lo contrario al reivindicar el derecho de los vascos a decidir cómo quieren organizarse políticamente, lo que supone negar al sistema autonómico la legitimidad democrática. Ibarretxe también afirmó que la policía autonómica perseguirá a los violentos, pero éstos se habrán sentido reconfortados al oír al futuro lendakari decir que quien se oponga al referéndum estará haciendo uso de «la razón de la fuerza y el derecho de conquista», ecos de falsos agravios históricos que dan a ETA razones para creer en el acierto de sus demenciales diagnósticos. En definitiva, se dijo lo que era sabido y lo que era temido: que, en última instancia, la paz que ofrecen los nacionalistas debe pagar el peaje de la autodeterminación.

La previsibilidad de algunas réplicas abundan en la velocidad centrífuga que ha cogido la política nacionalista. Madrazo hizo gala de su condición de parásito del nacionalismo, abrazando con furor la existencia del conflicto político y el derecho de autodeterminación. Arnaldo Otegi volvió al Parlamento para reivindicar el programa soberanista de la nueva (¿?) Batasuna y escenificar un aparente desacuerdo con las palabras de Ibarretxe, aunque guardando suficiente confianza en la ejecución del programa de gobierno firmado por PNV y EA, colindante con las tesis de la izquierda proetarra en temas tan graves como la soberanía, la territorialidad y el conflicto político con España. Egibar y Knörr exhibieron la pureza del programa nacionalista, diciendo lo que Ibarretxe calló y dejando claro que sería la legislatura de la autodeterminación, es decir, del desafío al Estado y de la agresión indisimulada a la Constitución. Sólo Mayor Oreja y Redondo Terreros pusieron el debate en el terreno de la realidad, que es ETA, y reclamaron de Ibarretxe lo que éste debía haber ofrecido: el compromiso de dedicar su nuevo mandato a derrotar a ETA. Ibarretxe logrará mañana su investidura, pero el crédito político se lo dará únicamente la respuesta que oponga al terrorismo.

Alguien eligió mal el día
Por Luis Ignacio PARADA ABC 12 Julio 2001

Mientras el candidato a lendakari pronunciaba ayer su discurso de investidura, Bruselas declaraba contrarias al Tratado de la Unión Europea las ayudas fiscales del País Vasco. Duro golpe para quien defendía desde la tribuna de oradores que su política fiscal se desarrollará «en los mismos parámetros que ha seguido hasta ahora» y anunciaba «la consolidación de la capacidad normativa», «nuevas figuras tributarias» y «potenciación del papel de Euskadi en los órganos de decisión europeos». ¿Conocía Ibarretxe la resolución de Bruselas y no cambió su discurso?

En el marco político centró su programa en la convocatoria de un pleno sobre el autogobierno, la creación de una comisión gubernamental de apoyo a las víctimas de ETA, y la conversión del Parlamento vasco en foro para la paz. Sigue creyendo que el terrorismo es la guerra y el armisticio la paz. Pero no está en condiciones de imponer la victoria sino más bien a punto de rendirse.

Las ayudas ahora prohibidas tenían la forma de créditos fiscales, podían alcanzar el importe de las inversiones que superaran los 2.500 millones de pesetas y se aplicaban a empresas de nueva creación que se situaran en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Suponían una reducción de la base del impuesto de sociedades durante los cuatro primeros ejercicios en los que esas empresas tuvieran beneficios. En el primer año esa reducción era del 99 por ciento. En los siguientes del 75, el 50 y el 25 por ciento. Por eso se llamaron «vacaciones fiscales».

Esas son las ayudas ahora declaradas ilegales. La Comisión no pone en cuestión la autonomía fiscal vasca ni de la Comunidad Foral de Navarra. Pero dice que las ayudas falsean la competencia y ha decidido que las autoridades españolas «deben derogarlas, suspender el pago del posible saldo de las ayudas aún no desembolsadas y recuperar por todos los medios necesarios las ya concedidas». Una bofetada en pleno rostro.

Buenas intenciones
TONIA ETXARRI El Correo 12 Julio 2001

Habrá dos años de parlamentarismo. Por lo menos. La prueba más palpable de que Ibarretxe quiere imprimir a esta legislatura, después de la frustración de la pasada, un nuevo estilo, está en su intención de dotar al Parlamento del poder de debate político y de control que no tuvo durante su primer mandato. Claro que corre el riesgo de trasladar toda la responsabilidad a la Cámara porque su declaración de intenciones, además de anunciar la puesta en marcha de tantos plenos como problemas graves tiene este país, no contenía inicialmente las concreciones de actuación del futuro Gobierno vasco.

Con un estilo más sosegado en la crítica de sus adversarios, pero sin variar un ápice a la hora de repartir responsabilidades, sigue creyendo que la impaciencia de unos (HB) y el inmovilismo de otros (PP) echaron por la borda la tregua de ETA. Donde el candidato a lehendakari dice que se tuvo miedo al diálogo, la oposición afirma que se tuvo miedo a la cesión de objetivos tan sólo de una parte y a la constatación de que no se producía una coincidencia en torno a la prioridad de los objetivos.

¿Habrá proyectos políticos mientras persista la violencia? Ibarretxe fue ayer más contundente en su compromiso de perseguir a los terroristas y garantizar la libertad y la seguridad de las personas, aunque todavía dejó sobre la mesa la incógnita sobre cómo acabar con ETA. Decir a estas alturas que no será creíble una nueva tregua de la banda si ésta no se aviene a respetar la voluntad de la sociedad vasca, deja entrever aún una cierta esperanza de que se puede convencer a los terroristas.

¿Quiere restablecer la unidad democrática o al referirse a la mayoría de los votos tan sólo se refiere a los obtenidos por los nacionalistas ( incluyendo en el recuento a HB, ahora Batasuna)? Quizá pensando en ‘la otra mitad’, recuperó el discurso más estatutario y menos soberanista de lo que aparece en el programa de gobierno. Pero la experiencia enseña que los partidos que sostienen el Gobierno son lo que se encargan de las concreciones. Y, en este caso, PNV y EA saben que incluso hay fecha para convocar una consulta sobre el derecho de autodeterminación.

Por lo demás, lo que sí parece claro es que sus intenciones son impecables al querer dar al Parlamento la importancia que no tuvo en estos dos últimos años. Se acabaron pues, nuevos foros ( ya estará Elkarri para eso) en donde los partidos se mezclaban con todo tipo de colectivos. Habrá que ver en qué concreta Ibarretxe, teniendo en cuenta la composición del Parlamento, la forma de ‘arrimar el hombro superando las mayorías o minorías’. Todo dependerá, una vez más, de la prioridad. No es que los pueblos que tienen miedo al fracaso, al final, fracasan, como dijo Ibarretxe, sino que, al final, no arriesgan. Y optar por la prioridad de acabar, todos los demócratas, con ETA es un riesgo. Lógicamente.

La serpiente vasca: Uroboros
LUIS ANTONIO DE VILLENA El Mundo 12 Julio 2001

Una buena parte de los españoles (si juzgamos más por lo que se oye que por lo que se lee en los periódicos) está harta del llamado problema vasco. Suele decirse que un hipotético referéndum de autodeterminación no tendría éxito en Euskadi es decir que allí quizás, (y pese al pertinaz adoctrinamiento nacionalista) saldría no a la independencia; pero donde muy segura y mayoritariamente saldría sí es en Madrid o en Valencia. Porque no son pocos los que han desarrollado un profundo sentimiento antivasco por culpa de unos cuantos asesinos o de los muy montaraces. Yo creo que somos muchos los que en algún momento hemos tenido la tentación de mandar todo lo vasco (todo lo que sufre el nacionalismo vasco) a hacer puñetas. Injustamente. 

Hemos tenido la tentación de usar con los vascos el lenguaje, por ejemplo, que el tremebundo patriarca Arzalluz usa contra los españoles, para él sinónimo de atraso y sin embargo (oh paradoja) al tiempo -según el gurú abertzale- conquistadores y colonizadores... ¿Qué pensaría el ex jesuita si nosotros, injustamente, usásemos contra los vascos el lenguaje -sólo el lenguaje- que usa él contra los españoles y los vascos que de un modo u otro se sienten españoles? ¿Qué pensaría si dijésemos que el País Vasco nunca salió de la Edad de Piedra y que está lleno de palurdos que parten troncos? 

Frente al nacionalismo catalán, más natural y moderado, el nacionalismo vasco (no el vasquismo) es una construcción del aranismo y de su actual sumo sacerdote. ¿Cuál fue el gran error de Mayor Oreja? Creer que en un mes de campaña electoral podría deshacer lo que han levantado, poco a poco, más de 20 años de doctrina nacionalista, milimétricamente planeada. Históricamente (no para Arana) el País Vasco ha estado siempre incardinado, bien o mal, a la historia de España. Personalmente no me atañe la independencia vasca. ¿Pero tenemos derecho a abandonar a los vascos que quieren ser españoles? Y más ¿admitiría la Unión Europea el efecto dominó (Córcega, Bretaña, Escocia...) de un País Vasco -incluido el francés- independiente? ¿Se construye Europa deconstruyéndola? ¿Manda Ibarretxe o es sólo la voz débil de Arzalluz? Los partidos constitucionalistas tienen en Euskadi un largo camino: 20 años de moderación frente a los 20 de doctrina nacionalista excluyente. Y ETA.

Construir el futuro
Editorial El Correo 12 Julio 2001

El candidato a lehendakari, Juan José Ibarretxe, compareció ayer ante el Parlamento vasco para someterse al trámite de su designación exponiendo los propósitos que le animan a dirigir una nueva etapa de nuestra historia autonómica. Hoy Ibarretxe será elegido lehendakari con el apoyo de los parlamentarios del PNV y de EA. Treinta y tres escaños aseguran una mínima estabilidad al nuevo Gobierno vasco. Pero es el caudal de legitimidad logrado por Ibarretxe en las elecciones del pasado 13 de mayo lo que le permite y le exige liderar la autonomía vasca más allá de las legítimas posiciones del nacionalismo democrático. En ese sentido, y a través de un discurso sosegado, cauto a la hora de examinar el período de la tregua y su ruptura, eficaz al exponer su plan de actuación inmediata, Ibarretxe alivió algunas de las preocupaciones que suscitó la presentación del acuerdo de gobierno entre el PNV y EA. Pero el mero contraste entre sus palabras y el discurso de quienes ayer representaron a dichos partidos en la tribuna parlamentaria suscita dudas que permanecerán latentes mientras los hechos de la política trazada por el lehendakari no despejen la desconfianza que la ambigüedad nacionalista suscita en amplios sectores de la sociedad vasca y en buena parte de la opinión pública española.

Las intenciones expuestas por Ibarretxe conforman un programa de actuación que nadie podría tachar de meramente continuista. La prioridad concedida al combate por la paz, la reiteración de una disposición solidaria hacia quienes padecen más directamente el acoso terrorista, el compromiso expreso de mantener y mejorar la acción policial contra ETA, el propósito de animar un diálogo institucionalizado sobre el futuro del autogobierno y el realce concedido al propio Parlamento, como foro legitimado para vehicular el diálogo político en Euskadi, contribuyen a alentar una perspectiva esperanzada ante los posibles logros de la legislatura que ahora se inicia. En tanto que sea esa una actitud compartida por el Gobierno vasco y por los partidos que lo sustenten, se inaugurará en Euskadi una nueva etapa ante la que no podrán desentenderse los partidos de la oposición, y en concreto el PP y el PSE-EE.

Ibarretxe encomendó ayer al Parlamento vasco un calendario político de extraordinaria intensidad y trascendencia de cara al próximo curso político. No sería aventurado interpretar la agenda propuesta por el lehendakari como un emplazamiento a la oposición para que se avenga al diálogo institucionalizado en breve plazo. Como si el PP y el PSE-EE tuviesen el margen de un año para demostrar su disposición a la coincidencia con el nacionalismo gobernante. El propósito de Ibarretxe de promover un pleno monográfico sobre la pacificación para el inicio del próximo período de sesiones responde, sin duda, a la necesidad de que cada cual exponga, en las condiciones políticas surgidas de las urnas, el catálogo de iniciativas que crea han de asumir las instituciones y las fuerzas democráticas para allanar el camino de la paz. El «debate inaplazable» sobre el grado de autogobierno deseado por las distintas fuerzas políticas -que en el plan trazado por Ibarretxe cubre todo el próximo período de sesiones- representa la posibilidad de que se restablezca un acuerdo básico en torno al Estatuto de Autonomía.

Pero el desarrollo de un diálogo, y su plasmación en sede parlamentaria, no constituyen virtud alguna si la disposición previa de sus protagonistas no es la de alcanzar un acuerdo estable y duradero. El papel del lehendakari tampoco puede reducirse a promover el debate y el diálogo entre las fuerzas políticas para proyectar ante la opinión pública -como ayer hiciera en el turno de réplica- la sensación de que es él quien ocupa una posición centrada frente a la intransigencia equiparable de EH y PP. Establecido el calendario para el próximo curso político, es una obligación del lehendakari avanzar propuestas que permitan la aproximación entre las fuerzas democráticas. En caso contrario, la etapa iniciada con su designación podría desembocar en una pronta frustración. Las diferencias conceptuales sobre el ámbito de decisión, sobre lo que ha de significar el respeto a la decisión mayoritaria de los vascos y, en definitiva, respecto a la pluralidad de la propia sociedad vasca separan, hoy por hoy, a las formaciones democráticas. Todo dependerá, en gran medida, de que el nacionalismo democrático opte por centrar su empeño inmediato en acumular fuerzas dentro de lo que podría denominarse comunidad nacionalista o que, por el contrario, decida favorecer el reencuentro con las restantes fuerzas democráticas. El discurso de Juan José Ibarretxe no reflejó ayer concesión o guiño alguno dirigido a esa parte del nacionalismo que se niega a condenar el terrorismo. Pero, al mismo tiempo, tampoco dio muestras inequívocas de albergar la intención de comprometerse a acercar posiciones respecto a las fuerzas de convicción constitucionalista. La reanudación de la actividad parlamentaria y, especialmente, la negociación del Concierto Económico despejarán las incógnitas que el debate parlamentario de ayer situó, en cualquier caso, en un terreno de esperanza.

Una de cal y muchas de arena
MARIO ONAINDIA El Mundo 12 Julio 2001

Se habían generado unas expectativas tan negras por miedo a que el discurso de investidura del candidato a lehendakari Ibarretxe se centrara en el anuncio de que ésta fuera la legislatura de la autodeterminación y de la «normalización», que sus propuestas políticas de ayer, más matizadas que el acuerdo de Gobierno y el programa político con el que se presentó a las elecciones, han resultado, en parte, tranquilizadoras.

En efecto, en lugar de lanzarse a tumba abierta por la fractura social creada entre los partidos vascos tras el Acuerdo de Estella proponiendo vías políticas de «normalización» que no tuvieran en cuenta el pacto estatutario, el candidato a lehendakari ha presentado un alambicado calendario de plenos y comisiones que podría permitir afrontar una valoración conjunta del proceso autonómico por parte de todos los partidos, lo que a su vez podría llevar a la reforma y actualización del Estatuto de Gernika respetando las vías legales. Lo cual, aunque no es mucho y en cualquier otro país sería lo normal, resulta en alguna medida tranquilizador si tenemos en cuenta las cabriolas ideológicas a que nos está acostumbrando últimamente el nacionalismo vasco tras el Pacto de Estella. Sin duda, en este cambio de actitud ha pesado el deseo de buscar un tiempo muerto para intentar prolongar el ambiente poselectoral, de cierto sosiego, hasta la celebración de las próximas municipales.

El problema es que esta propuesta resulta, si no anulada, sí al menos insuficiente, por otros aspectos del discurso, a cual más inquietante.

Por un lado, resulta preocupante la pose que adopta el lehendakari como si fuera el único intérprete genuino de una supuesta voluntad general de los vascos y vascas, con los cuales tendría una relación mística. Una sociedad vasca, por otra parte, que sería el único árbitro político y moral de la política, de manera que tendría en sus manos decidir si los crímenes de ETA son justos o injustos, pues al fin y al cabo el Gobierno vasco condena los atentados en su nombre; si considera oportuno que los no nacionalistas gocen de derechos políticos o no y, por tanto, si desea decidir unilateralmente sobre todo lo divino y lo humano, tenga o no competencias sobre ello. Una pose, por otro lado, que le lleva a constantes llamadas a interlocutores como la Iglesia o la Universidad, ignorando que en Euskadi no sólo hay distintas sensibilidades sino que media sociedad está tan amenazada y amedrentada, que tiene miedo de hablar de política en público. Actitud que se basa en una falacia en la medida en que el Estatuto de Gernika por el que nos regimos no está legitimado solamente por el apoyo que le prestó el pueblo vasco, sino también porque fue apoyado por las Cortes Generales y porque la disposición adicional no sólo dice que la aceptación del Estatuto no implica la renuncia a los derechos que nos corresponden como pueblo y en virtud de nuestra historia, sino también que deben ser actualizados en el marco jurídico vigente.

En segundo lugar, invalida sus buenas intenciones la más mínima falta de autocrítica ante la aventura de Estella, a pesar de que el mismo candidato ha dicho que para avanzar es preciso sacar lecciones de la experiencia pasada, ya que ha tratado de presentar la ruptura de las relaciones entre el PNV y los socialistas, por ejemplo, no como resultado del compromiso adquirido por el partido de Ibarretxe con ETA y Euskal Herritarrok sino como si los socialistas hubieran sido incapaces de mostrar la suficiente sensibilidad para captar la ilusión con que vivía la tregua la famosa sociedad vasca, sin duda excesivamente ocupados en apagar los incendios casi diarios de sus Casas del Pueblo.

En tercer lugar, y esto es lo más preocupante, el lehendakari Ibarretxe sigue eludiendo definirse sobre si el régimen político que existe en Euskadi es democrático o no. Lo que él sugiere es la existencia un supuesto «conflicto» no resuelto ni por la Constitución ni por el Estatuto de Gernika, de manera que sólo la aceptación de los objetivos nacionalistas por parte de los otros partidos sería capaz de resolver el supuesto conflicto logrando la normalización. De esta manera, un concepto (la normalización) que en el Pacto de Ajuria Enea significaba que el MLNV rechazara la violencia y aceptara la autonomía adopta un sentido muy distinto: Euskadi no se considerará un país «normal» por parte de los nacionalistas mientras los constitucionalistas no hagan suyos los objetivos abertzales. Así, lo que podrían ser reivindicaciones partidarias legítimas en cuanto tales, se presentan como derechos inalienables de la sociedad vasca pisoteados por el Gobierno de Madrid y negados por los partidos constitucionalistas. Postura que le lleva a evitar plantear abiertamente la defensa del actual sistema democrático y a presentar una serie de «compromisos éticos» que tratan de mantener en suspenso esta cuestión a fin de que sigan siendo sólo los constitucionalistas quienes, en solitario al pie de los caballos, se enfrenten política e ideológicamente a los terroristas mientras los nacionalistas siguen gozando de la impunidad y de la administración del autogobierno.

Con todo ello, el candidato a lehendakari persiste en los errores que llevaron al nacionalismo democrático a embarcarse en la aventura de Estella, sólo que ahora lo intentarían hacer sin contar con el apoyo de ETA, lo cual no es pequeña diferencia, por un lado, pero por otro, ciega el camino que se pretende abrir, ya que el diálogo no puede funcionar sobre las falsas bases que se establece. Porque no es tal diálogo.

Se dice que todas las ideas políticas son legítimas, intentado presentar como democráticos los fines totalitarios de ETA, cuyo error consistiría solamente en los medios pero no en los fines. Pero, por otro lado, se considera que las propuestas defensoras del actual sistema autonómico con que nos hemos dotado los vascos son insuficientes porque no han traído la paz, convirtiendo a ETA en el árbitro de si se ha resuelto o no el famoso «contencioso».

Se identifica la democracia con los procedimientos, el diálogo y el respeto a las resoluciones del Parlamento vasco, ignorando que el sistema democrático se basa en unos derechos imprescriptibles de los ciudadanos- como el respeto a sus ideas y a sus bienes- que están siendo amenazados todos los días no sólo por los terroristas, sino también por aquellos que consideran que los derechos de los ciudadanos de la oposición pueden ser definidos por los partidos del gobierno. De hecho en su origen, la democracia valoraba más la seguridad y la libertad de los ciudadanos que la propia representatividad, que era considerada como el medio más eficaz de garantizar la autonomía del ciudadano. Todo lo cual casi viene a anular la poca esperanza que se había alumbrado en la primera parte del discurso.

Mario Onaindía es presidente del PSE-PSOE de Alava y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

El crimen y la farsa
Iñaki EZKERRA La Razón 12 Julio 2001  

La última vez que se oyó su voz fue para avisar a unos vecinos del barrio de Aluche de que iba a estallar una bomba. Y ayer, mientras un cajón transportaba sus pedazos bajo el sol luminoso de julio, otro hombre, un tal Ibarretxe, que comparte los afanes políticos con los tipos que pusieron esa bomba, hablaba en Vitoria muy seriamente de que «los vascos y las vascas debemos repensar el concepto de la masculinidad».
   
En su beatífico y estratosférico discurso, en su farsa, Ibarretxe habló también de integrar a la inmigración, como si no tuviera en su partido a un Le Pen que habla de negar el derecho al voto a quienes incluso ya están empadronados. Habló de la igualdad entre los vascos y las vascas como si su partido no se diera de tortas todos los veranos en los hermosos municipios costeros para impedir la participación igualitaria de los dos sexos en unas simples fiestas y como si no hubiera vascos y vascas que no somos como los otros, que no podemos votar en las mismas condiciones y hemos de vivir escoltados. Habló de la panacea del diálogo como si éste fuera posible con quienes querían hacer un concierto en Ermua para burlarse de Miguel Ángel Blanco. Habló del diálogo «como el único recurso del uso no dogmático de la razón»; como si la razón no tuviera que imponerse diariamente para salvar a las sociedades de su autoaniquilación y como si ese diálogo no fuera también una imposición el peor dogma. ¿Quién es el que da realmente miedo en Euskadi? ¿Dan miedo Jaime Mayor y Nicolás Redondo defendiendo los valores de su Pacto por las Libertades o ese trío calavera de un lenhendakari timorato y siniestro flanqueado por los rostros crispados de Arzalluz y Errazti?
   
Ante el beatífico y estratosférico discurso del hombre que va a gobernar Euskadi en los próximos cuatro años, yo me preguntaba por qué, en la práctica, su vida vale más que la de Luis Ortiz, por qué la vida de cualquier nacionalista vale más que la de quienes no somos nacionalistas, por qué la vida de un vasco vale más que la de un madrileño. ¿Es mejor persona un peneuvista que el policía nacional que murió anteayer salvando otras vidas? ¿No sufriría el nacionalismo vasco un serio revés si Eta cometiera en Euskadi el mismo tipo de atentados indiscriminados y si sus votantes supieran que en una oficina bancaria, en un centro oficial, en un Hipercor, podía pasarles a ellos lo que el martes le pasó a Luis Ortiz? ¿No sería menos beatífico y estratosférico el discurso de Ibarretxe si corriera el peligro de que una bomba lo volatilizara? ¿Hablaría entonces tan seriamente, después de un asesinato, de que los vascos y las vascas debemos repensar el concepto de la masculinidad?

Aviso de bomba
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 12 Julio 2001 

Si Eta fuera exactamente lo que dice de ella la propaganda antiterrorista, no avisaría de las bombas que coloca en objetivos civiles. Y sus matanzas indiscriminadas habrían formado ríos de sangre imposibles de vadear por el grueso de la sociedad. Nadie ha explicado todavía la razón justificativa de este rebuscado humanitarismo, aparentemente innecesario, que hace de Eta una organización terrorista menos mala de lo que podría ser.

   ¿Por qué reduce Eta los daños personales de sus atentados civiles, o los elimina, poniendo límites amarillos al terror del horror? ¿Para qué sabotea sus propios atentados?

   Si la finalidad del aviso de bomba es alejar a las personas del lugar de la explosión, el daño sobre las cosas no constituye motivo bastante del terrorismo económico, cuyo daño recae en las compañías aseguradoras. ¿Acaso pueden sentir escrúpulos de matar a mil personas los que han matado a cien? ¿A quien desea dar Eta una imagen de moderación criminal? ¿Supone el aviso de bomba una vacilación moral en los medios o una real contradicción política en los fines inmediatos del terrorismo? ¿En qué es preferible para Eta el aviso de bomba a su estallido sorprendente? ¿Quizás está sujeto el terrorismo civil a límites cuantitativos que lo harían sucumbir si los traspasara? ¿A qué criterios obedecen esas fronteras?

   No es posible responder, en un solo artículo, a todos estos interrogantes. Al formular tales preguntas, cuyas respuestas son tan decisivas para entender la mentalidad terrorista que se desea derrotar, solamente he querido llamar la atención sobre el hecho escandaloso de que Gobiernos, partidos y medios de comunicación, en lugar de analizar el fenómeno del aviso de bomba como lo que es, lo traten de modo irracional y demagógico como la catástrofe que podría haber sido.

   Los medios informativos siempre ponen de relieve la cercanía de la bomba inexplosionada a centros escolares, supermercados o lugares de gran concurrencia de gentes. De este modo absurdo, conceden a Eta el eco de la potencia del mal que ella misma no ha querido actualizar, o sea, la propaganda de un crimen masivo sin necesidad de que lo cometa.

   Y aún es mucho peor si, faltando a la verdad notoria de por sí, califican la amenaza de bomba como atentado frustrado, enmascarando el hecho de que el terrorismo ha consistido precisamente en el aviso de bomba, y no en el daño consumado de su eventual explosión. Aunque a veces ésta llegue por accidente o por falta de coordinación.

   Es evidente que Eta asume estos riesgos y que la creación de este peligro tiene por sí misma carácter criminal. Pero también es evidente que Eta pone los medios a su alcance para abortarlo, con indudable riesgo para la seguridad de sus propios informantes.

   Sin adelantar las respuestas a los interrogantes planteados en este artículo, se puede sostener que el aviso de bomba es un modo específico de tener en vilo a las fuerzas de seguridad; una manera directa de hacer patente a los ciudadanos la impotencia de la Policía para impedir que, en cualquier momento y cualquier lugar de España, Eta pueda asestar gravísimos golpes mortales a la población civil; una forma incruenta de hacer digerir a los Gobiernos la necesidad de negociar condiciones políticas para poner fin a la amenaza de atentados masivos.

   Y, sobre todo, una demostración permanente de que la dirección de Eta controla la acción táctica de sus comandos y puede imprimir un sello político de pacificación en sus acciones terroristas, tan pronto como los Gobiernos, partidos y medios de comunicación se hagan a la idea ilusa, no fundada en la libertad ni en la democracia, de que la Independencia de Euzkadi, sin terrorismo, es preferible a la Autonomía con terrorismo. ¿Como si pudiera ser, salvo para los liberalísimos, objeto de elección!

DEBATE DE ALTURA EN EL PARLAMENTO VASCO - IBARRETXE PRETENDE MUCHO PERO OFRECE MUY POCO
Editorial El Mundo 12 Julio 2001

E
l pleno del Parlamento vasco en el que Juan José Ibarretxe se sometió a su investidura como lehendakari arroja una conclusión positiva con carácter general. A diferencia de la crispación, las descalificaciones y el tono agresivo que caracterizaron las sesiones de la anterior Legislatura, el debate celebrado ayer alcanzó una notable altura política. Cada uno de los portavoces defendió sus posiciones políticas -algunas de ellas muy alejadas entre sí- con claridad y contundencia, pero también con mucha mesura y trazo fino.

De la sesión cabe deducir que la presente Legislatura surgida de las elecciones del 13 de mayo va a ser muy intensa desde el punto de vista político en el País Vasco.

CONTRA ETA. Juan José Ibarretxe comenzó su discurso atendiendo la petición que le han hecho durante los dos últimos años los partidos de la oposición de una mayor dureza contra ETA, al asegurar que el primer compromiso de su Gobierno será la defensa de la vida y, por consiguiente, la persecución del terrorismo y la kale borroka. En este sentido, el lehendakari anunció la creación de una oficina de atención, apoyo y asistencia a las víctimas del terror. Hay que valorar este gesto de Ibarretxe positivamente, bien es verdad que en el terreno policial su compromiso fue más impreciso.

El núcleo fundamental de su intervención -sin embargo- demuestra que ni Ibarretxe ni el PNV cejan en su intento de lograr los objetivos incluidos en el Pacto de Lizarra, llámese autodeterminación o superación del marco estatutario. Es verdad que el lehendakari demostró ser un político hábil al exponer sus objetivos con un disfraz de bonitas palabras que, aparentemente al menos, no tendrían por qué molestar a nadie. Pero no cabe engañarse. El camino al que Ibarretxe quiere llevar al País Vasco está muy claro e incluso tiene calendario.

El Gobierno surgido de la sesión de investidura se propone pedir al presidente Aznar el inicio de una negociación «al más alto nivel» para profundizar en el autogobierno vasco y, eventualmente, proceder al cambio del Estatuto de Guernika. En paralelo, el PNV -tras un debate plenario monográfico en otoño- impulsará una comisión parlamentaria específica para analizar el cumplimiento del pacto estatutario y plantear «con toda normalidad la modificación del mismo». Alegando que existe una merma permanente del autogobierno vasco -cosa harto discutible- Ibarretxe adelantó su firme voluntad de «movilizar todos los resortes jurídicos, políticos y sociales que sean precisos para hacer realidad en esta legislatura el cumplimiento íntegro del Estatuto». Advertencia que suena mucho a amenaza contra el Gobierno central, si éste no accede a sus propósitos.

SIN CONTRAPARTIDAS. Lo que sucede, como ayer le recordó el portavoz del PP Jaime Mayor Oreja, es que la pretensión del lehendakari de superar el Estatuto hace imposible el diálogo que plantea porque no tiene en cuenta que casi el 41% de los vascos que ha votado PSOE y PP no está de acuerdo en traspasar la barrera del marco jurídico actual. Ibarretxe insistió mucho ayer en que se respete la voluntad «mayoritaria» de los ciudadanos vascos, pero es él quien debe tener en cuenta que una parte muy importante de la sociedad se opone a romper las actuales reglas del juego, que es lo que en definitiva pretente el PNV por mucho que lo quiera difrazar. Como bien le advirtió Mayor Oreja, los nacionalistas «tienen legitimidad para gobernar, pero no para superar el marco estatutario» pactando consigo mismos e intentando imponer sus objetivos a todos los demás.

Porque, y aquí está la clave, el lehendakari pretende mucho, pero no ofrece nada a cambio. A lo largo de la Historia reciente, el PNV ha ido arañando conquistas trascendentales para el autogobierno vasco sin ofrecer contrapartidas. A cada concesión, los nacionalistas han respondido con la exigencia de nuevas reivindicaciones. Y ahora, apoyándose en su inapelable triunfo electoral, Ibarretxe plantea, desde la lealtad del diálogo y el respeto a las formas, lo que durante la pasada Legislatura quiso lograr a través de la deslealtad de un pacto con ETA y EH.

A cambio, ofrece vagas promesas de apoyar a las víctimas y luchar contra el terrorismo, es posible incluso que con el mismo equipo que contemporizó con el brazo político de los terroristas. Lo cual, por cierto, es peor de lo que ofrecía Lizarra, pues a cambio de la autodeterminación se obtenía al menos el cese de la violencia.

Dice el refrán que frente al vicio de pedir está la virtud de no dar. Como bien recuerda hoy en nuestras páginas Mario Onaindía, el marco estatutario no fue solamente un acuerdo entre vascos, sino un pacto de sus representantes con los del conjunto del pueblo español a través de las Cortes Generales. Y la respuesta que dará Aznar -con el pleno respaldo de Rodríguez Zapatero- a la pretensión de Ibarretxe es perfectamente previsible.

Cambio de tono
Editorial El País 12 Julio 2001

En su segundo debate de investidura, Juan José Ibarretxe presentó un programa de diseño netamente nacionalista, pero con unas coordenadas muy diferentes de las que planteó hace dos años y medio. La gran diferencia radica en que la coalición PNV-EA no necesita en esta legislatura el apoyo parlamentario de EH para sacar adelante sus proyectos ni para garantizar su estabilidad. A diferencia de entonces, Ibarretxe no cuenta ahora con el colchón protector que parecía ofrecerle la tregua de ETA. En los últimos 18 meses, la organización terrorista ha añadido a su amplísima nómina de víctimas otros 32 muertos, al tiempo que convertía en objetivos potenciales a miles de ciudadanos -vascos en su mayoría- por el sólo hecho de no compartir sus delirios. De ahí que Ibarretxe tuviera que modificar ayer sustancialmente el orden de prioridades de su Gobierno y el enfoque (más que la sustancia) de algunas cuestiones centrales.

Un primer aspecto subrayable de la bien estructurada intervención de Ibarretxe es que no hace depender la paz de la aceptación de un etéreo 'ámbito vasco de decisión', concepto sustituido en su discurso por el del respeto a 'la voluntad de la sociedad vasca', que, como recordó, ETA es la primera en ignorar. Consciente de que fue su principal carencia en la anterior legislatura, el programa presta especial atención a su ya publicitado 'compromiso con la vida', que incluye acciones de solidaridad y apoyo a las víctimas del terrorismo, iniciativas de educación social y, de forma más precisa, medidas de actuación policial y coordinación con las Fuerzas de Segudidad del Estado. Su simple enunciado encierra un reconocimiento implícito de algunas de las carencias más visibles de la etapa anterior, en la tregua temporal de ETA abrió un paréntesis en los asesinatos, pero no así en la actividad, también criminal, de la kale borroka. El cumplimiento de los compromisos enunciados ayer por el lehendakari debe acreditar con hechos la voluntad del nuevo Gobierno de 'perseguir con toda firmeza' a quienes atentan contra la libertad y la seguridad de las personas, cualquiera que sea su ideología.

Resulta igualmente destacable que, a diferencia de entonces, la persona que va a repetir al frente del Gobierno de Euskadi sitúe el juego político donde se define y plasma esa voluntad en las instituciones realmente existentes, muy fundamentalmente en el Parlamento vasco, y en el terreno del desarrollo pleno del Estatuto de Gernika. El ámbito parlamentario garantiza la necesaria transparencia que requiere el debate sobre los márgenes del autogobierno, que Ibarretxe pretende ampliar y reinterpretar mediante una habilidosa conexión a la construcción europea.

Sin embargo, el balance hecho por el candidato a lehendakari sobre el desarrollo estatutario peca de injusto por cuanto minusvalora lo conseguido durante los 22 años de existencia del Estatuto, para destacar sólo los recortes e incumplimientos por parte del Gobierno central. Es posible que pueda hacerse un inventario superior a lo deseable, pero la 'lealtad institucional' reclamada a Madrid no casa demasiado bien con la exigencia de ver satisfechas 'de una vez por todas', y a plazo fijo, las capacidades y 'potencialidades' del Estatuto de Gernika interpretadas de forma unilateral. Sobre todo cuando no se explicitan estas últimas y cuando desde el propio nacionalismo se insiste en poner en cuestión la validez y suficiencia del autogobierno acordado en el Estatuto.

El enfoque abiertamente reivindicativo y esencialista del Estatuto por parte de Ibarretxe, así como las reiteradas referencias a una imprecisa 'voluntad de los vascos' y a la utilización de 'todos los resortes jurídicos, políticos y sociales' en su defensa, remite a un anticipo implícito del ejercicio del derecho de autodeterminación que PNV y EA han incluido en su acuerdo de Gobierno y al que el candidato a lehendakari no hizo alusión directa en su discurso.

Pese a los claroscuros apuntados y a incógnitas que tendrá que ir despejando el nuevo Gobierno, el escenario político dibujado por las elecciones permite debatir y confrontar proyectos a partir de un suelo mínimo de consenso que nunca existió en la anterior legislatura. Ibarretxe ha apuntado un temario claramente reivindicativo, de inspiración nítidamente nacionalista, al que la oposición que encabezan populares y socialistas tiene que acosumbrarse a responder con un discurso político más complejo que el puro y simple no.

Confundir firmeza con cerrazón, como en algunos momentos transmitió Mayor Oreja, es regalar bazas a un nacionalismo que va a tener que precisar los términos del 'diálogo' y las cuestiones sobre las que debe expresarse la 'voluntad de la sociedad vasca'.

Investidura en julio
JAVIER UGARTE El País 12 Julio 2001

Son las once y media de la mañana. Día fresco. El escenario está listo: los parlamentarios en sus asientos, las Gestoras reivindicando a los genocidas (eso sí, faltaban las víctimas; luego presentes en los discursos), la Cámara como una corrala a punto de representar una de Lope de Vega. Las expectativas en alza. Se hacen apuestas. El candidato, tras la convocatoria de elecciones, había mostrado buenas maneras. La cosa resultaba algo inquietante con el texto del acuerdo entre el PNV y EA. Pero también era cierto que se había pedido un margen hasta oír las palabras del candidato. Es el momento.

ETA aportaba su pestilencia asesinando al policía Luis Ortiz. De modo que el presidente de la Cámara, señor Atutxa, comienza la sesión de investidura pidiendo un minuto de duelo.

El candidato sube a la tribuna, la atención es máxima. Tiene al público casi entregado (las enfermedades graves producen ese síndrome de optimismo al primer resquicio de esperanza). Coge las hojas con temple y lee. 'Señor presidente... Es para mí un honor... Deseo plantear ante este Parlamento un programa de futuro -no dice a futuro, y se traiciona- que tiene intención de abrir caminos'. Una figura retórica, pero suena bien. Luego, poco a poco, la atención decae, las expectativas se diluyen y veremos en 2005 quién gana las apuestas. Porque, eso sí, las soluciones las plantea a futuro.

Poco a poco, se desliza un discurso continuista (él, que se anunciaba como mirlo blanqueado) y medianamente gris (que a los de Villa y Corte les parece pasadero; por comparación, dicen). De vez en cuando asoma el político con claroscuros. Los claros son los que proponen al Parlamento como centro del debate político o los que se desmarcan de Batasuna y proponen planes policiales contra ETA. Pero los puntos oscuros no son menos claros (cuando hemos vislumbrado el abismo): asociar 'paz' a política (aunque dijera lo contrario); insistir hasta la exasperación en superar nuestro actual ámbito constituyente (tan legítima es, dice, la Constitución del 78, el Estatuto del 80 como la independencia; olvida el pequeño detalle de que las dos primeras son leyes básicas de nuestro actual ordenamiento), cosas así. Pocas concreciones y mucha lengua de madera. De manera que por sus obras le conocerán, que no por sus palabras.

Las mentiras de Ibarretxe
Por Enrique de Diego Libertad Digital 12 Julio 2001

El nacionalismo es una excrecencia reaccionaria del siglo XIX, que sobrevive en el País Vasco por la hibernación que se produce en las dictaduras, por la corrupción moral del catolicismo vasco que se ha transferido a un compromiso político pagano y totalitario y por el abrumador control mediático que mantiene el PNV sobre la sociedad vasca. Pero intelectualmente es irrelevante y simplista.

Para esconder sus carencias utiliza de manera constante y habitual la mentira. Es lo que púdicamente se conoce o cita como ambigüedad, pero no es otra cosa que la incapacidad para diferenciar entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal. El proceso de corrupción moral, de relativismo es muy acentuado en el PNV.

Un ejemplo de ello ha sido el debate de investidura de Ibarretxe, cuya mentira pasa por el mismo hecho de que se supone un debate libre, cuando todos sus opositores constitucionalistas están amenazados de muerte, van con escolta y tiene mermada su libertad de expresión. Los nacionalistas no llevan escolta. No hay igualdad de oportunidades. El debate está en la coacción y la libertad vigilada. Engallarse desde esa premisa es una cobardía moral e Ibarretxe abundó en tal estilo.

Sus referencias al diálogo pueden engañar a parte de una sociedad bombardeada por la propaganda cutre y pseudoreligioso del nacionalismo con ese esquema de ellos y nosotros, o con chorradas del calibre de considerar que hay un discurso “de Madrid” o de “Euzkadi”, como si el hecho de que Kant pensara en Kónisberg fuera lo determinante y las piedras dieran categoría moral, bueno o malo, a un pensamiento. El diálogo del PNV es, en términos intelectuales, un diálogo para besugos. Una forma harto curiosa en la que se diaboliza al interlocutor, se le arremete, se le insulta y luego se le considera intransigente si no acepta criterios que el mundo civilizado ha superado hace tiempo.

No hay calidad de vida en una sociedad, salvo desde el más abyecto relativismo, cuando la mitad de ella está amenazada, cuando ejercer la oposición es una forma de heroísmo. Una sociedad así está enferma...de nacionalismo. Porque es el nacionalismo el problema.

Por supuesto, Ibarretxe y su partido han estado con los verdugos y han gobernado con ellos y gracias a ellos. Ni las presuntas buenas intenciones modifican el criterio moral sobre un hecho tan amoral e inmoral.

La Europa actual no tiene sitio para tales políticas de campanario e imposición. Ni tampoco para los privilegios que, gracias a la idea de España como sociedad abierta y tolerante, gozan los vascos. La sociedad vasca es inmadura en cuanto que hay un fenómeno totalitario de violencia y está gobernada por un partido cuyas raíces son tan xenófobas y totalitarias, que contemplan la prohibición del castellano y la expulsión o discriminación de los “maketos”.

Es la idea de España como sociedad libre la que mantiene y ampara la libertad en el País Vasco, y la que actúa de dique frente a la voluntad impositiva del nacionalismo. No es ser de centro, ni estar en la centralidad, estar equidistantes de Eta y del PP. Utilizar a Eta y Batasuna para centrarse es una de las más groseras mentiras de Ibarretxe, lo que le convierte en un ejemplo de inmoral relativismo.


El Parlamento vasco discute de opciones políticas
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ El País
12 Julio 2001

Los discursos que se pronunciaron ayer en el Parlamento vasco no fueron discursos de ruptura, ni de cortar amarras, ni de amenazas. Fueron en todos los casos, incluido el de EH, discursos políticos que reflejan dos opciones básicas: nacionalista y no nacionalista. El clima de distensión, y de alivio por haber evitado lo que parecía una segura confrontación entre ciudadanos que se instaló en la sociedad vasca tras las elecciones del 13 de mayo -y que ETA quiso destruir el pasado martes con un nuevo atentado- salió reforzado del debate parlamentario de investidura. Pero también quedó patente que existen dos modelos claramente enfrentados y con respaldos electorales suficientes como para que existan pocas posibilidades de encuentro a medio plazo. Y que los dos modelos están representados y, por lo menos hasta ahora, protagonizados esencialmente por Juan José Ibarretxe y por Jaime Mayor Oreja.

La intervención más esperada fue la del candidato a lehendakari, Juan José Ibarretxe, y no defraudó las expectativas. Su discurso, nada agresivo en las formas y sin expresiones altisonantes, seguido en un tenso silencio (en el Parlamento vasco no son habituales ni los aplausos ni los murmullos), tuvo dos elementos definitorios. Primero, una contundente condena del terrorismo y de la violencia política; y segundo, la propuesta de convertir al Parlamento vasco en el foro de debate y diálogo sobre lo que Ibarretxe denominó 'pacificación y normalización política', acompañado de una serie de medidas relacionadas con la modificación, de.l Estatuto. La decisión de trasladar al Parlamento debates que se han venido desarrollando en otros foros vascos fue probablemente el elemento más decisivo del nuevo discurso del lehendakari y la mejor acogida por los sectores más moderados del PNV.

Aunque toda la atención se centraba en esta parte 'política' del discurso, la intervención de Ibarretxe incluyó también una serie de propuestas sociales y económicas de fuerte contenido progresista -'parece el programa de un socialdemócrata', comentó sin ironía un diputado del PSE-. El lehendakari anunció un plan de viviendas de alquiler para jóvenes, políticas de protección social avanzadas, un plan de apoyo a la familia y una ley de parejas de hecho, para 'avanzar en la igualdad con las parejas casadas'.

Ibarretxe, que preparó su discurso casi en solitario, con un puñado de estrechos colaboradores, encabezados por Josu Jon Imaz, optó por leer, prácticamente sin cambiar una línea, un texto de 44 folios. Como había hecho durante la pasada campaña electoral, buena parte de su intervención giró en torno a la palabra diálogo: 'Abro una nueva etapa en la que prima el diálogo con todos los partidos políticos del arco parlamentario que han recibido la legitimidad democrática de la sociedad vasca'. Este párrafo así como su propuesta 'estatutaria' fueron dos de los elementos de su discurso más criticados posteriormente por los diriegntes de la oposición.

El candidato a lehendakari evitó en todo momento hablar del derecho a la autodeterminación -tal y como figura en el programa de Gobierno presentado esta semana por el PNV y EA-, pero habló continuamente de la necesidad de que todos se sometan 'a la voluntad de los vascos y vascas', sin concretar dónde o cómo se expresaba esa voluntad o en qué temas sería necesario conocer esa 'voluntad'. La propuesta 'estatutaria' más complicada giró en torno a la creación de una comisión parlamentaria específica 'de profundización de nuestro autogobierno'. La comisión deberá, 'con carácter inmediato', plantearse dos objetivos: por un lado, abordar el respeto y el cumplimiento del actual pacto estatutario, y por otro, plantear las opciones de 'actualización y modificación del mismo, en función de sus propias potencialidades y del respeto a la voluntad de los ciudadanos vascos'.

Además, Ibarretxe anunció que el Gobierno vasco propondrá 'con carácter de urgencia' al Gobierno central la creación de una comisión política negociadora, al más alto nivel, que desarrollará su trabajo 'en estrecha coordinación con la comisión parlamentaria citada'. A los seis meses, el Gobierno vasco valorará el resultado alcanzado y, 'en su caso', adoptará 'nuevas medidas e iniciativas'.

La rapidez que Ibarretxe pretende imponer a este nuevo proceso y la ambigüedad de la propuesta llamó la atención de Nicolás Redondo. El dirigente socialista, que basó su intervención en la exigencia de que Ibarretxe defienda las libertades y demuestre que lucha realmente contra ETA, se esforzó en mantener un discurso dialogante y en dejar abierta la posibilidad de colaborar, desde la oposición, con algunas de las propuestas del lehendakari. Pero sobre el tema estatutario fue tajante: 'Cualquier propuesta sobre esta materia debe contar con un consenso aún mayor del que supuso el consenso estatutario, ajustándose siempre a las reglas del juego democrático vigente'. 'En el camino del consenso podrá encontrarse con nosotros. Si va por otra vía, nos encontrará enfrente', zanjó.

La intervención de Mayor fue la que provocó más revuelo, con pequeños murmullos y algunos aplausos. El dirigente del Partido Popular se mostró firme en su voluntad de crear en el País Vasco una alternativa política al nacionalismo. Para los nacionalistas, vino a decir, al margen de la violencia existe un 'problema vasco' que hay que encarar en esta legislatura. Para los no nacionalistas, el 'problema vasco' es simplemente el reflejo de la pluralidad política de la sociedad: unos creen que el País Vasco está bien integrado en España a través de su Estatuto de Autonomía, mientras que otros quieren buscar un nuevo marco. Eso no es 'un problema', explicó, sino una simple oferta política.

Mayor invitó al lehendakari a discutir lo que considera el principal tema político en el País Vasco: '¿Queremos reforzar las instituciones actuales o superarlas?', preguntó. Y se respondió: 'Nosotros defendemos el Estatuto y no creemos que tenga usted más legitimidad que antes de las elecciones para promover su superación'. En la réplica, el lehendakari se mostró disgustado con Mayor y pidió a los socialistas que no permitan que el dirigente popular hable en su nombre, como había hecho al contar como propios los votos del PSE.

Paso a la política
JOSEP RAMONEDA El País 12 Julio 2001

La centralidad que Ibarretxe ha otorgado al Parlamento vasco al definir sus líneas de trabajo para la legislatura que ahora empieza es lo más destacado de un discurso que, por una vez, se ha alejado del tono entre burocrático y melancólico que acostumbra a caracterizar la oratoria del lehendakari. Ibarretxe, por fin, parece decidido a optar por la política. Y la política se hace en el Parlamento. Es una buena noticia, después del preocupante letargo en que estaba la política vasca desde las elecciones. Los resultados del 13 de mayo habían dejado muda la escena política vasca. Ibarretxe parecía cómodo en cierto estado de vida contemplativa, la oposición no recuperaba el habla desde la decepción electoral y el Gobierno del PP daba la sensación de querer olvidar el mal trance vasco mirando a otra parte. El panorama resultaba preocupante porque da la impresión de que ETA está en uno de sus peores momentos, tanto desde el punto de vista político y social, como desde el punto de vista operativo. Y se hacía apremiante una pregunta: ¿la pasividad del PNV y el pasmo en que ha quedado sumido el PP van a permitir, otra vez, que ETA se recupere y vuelva a tener la iniciativa política? El discurso de investidura de Ibarretxe parece romper esta inercia. Y en este sentido ha sido una positiva sorpresa.

Por una vez no puede decirse que el discurso de Ibarretxe haya sido reiterativo. Ni siquiera ha buscado vías de escape como la de apuntarse a algún foro de diálogo extraparlamentario, de éstos que son muy gratificantes para los egos de quienes los promueven, pero que de poco sirven en momentos de urgencias políticas. El lugar propio del debate político es el Parlamento. Y éste debe ser el foro de la política de lucha contra la violencia. Así lo ha propuesto Ibarretxe. Su propuesta ha venido acompañada de la insistencia en el cumplimiento y desarrollo del Estatuto y de un firme compromiso sobre la actuación de la Ertzaina en la lucha contra ETA y contra la violencia callejera. Un Ibarretxe decidido, con calendario y propuestas en la mano. A este hombre nos lo han cambiado.

Evidentemente, no han faltado ni las cláusulas propias del estilo personal del lehendakari ni las apelaciones a las constantes ideológicas fundamentales de su partido. En la línea de la querencia natural de Ibarretxe por la moralina, que demasiadas veces le ha servido para apartarse de las cuestiones principales, está la propuesta de que la Cámara apruebe un manifiesto ético de carácter institucional, respecto a los derechos humanos y las libertades. ¿De verdad que es necesario un manifiesto para decir algo tan viejo como no matarás y no negarás a los demás los derechos y libertades que quieres para ti? En otros discursos del lehendakari este apartado habría sonado a concesión a la impotencia. Pero, en una ocasión en que ha aparecido decidido y dispuesto a encarar de frente los problemas, era perfectamente prescindible. Es cuestión de carácter.

Del fondo ideológico de la familia nacionalista, Ibarretxe ha insistido en el eterno sonsonete del ámbito de decisión vasco. Un tema sobre el que es exigible que se empiece a concretar: ¿qué significa? ¿a dónde quiere llevar? ¿cuál es la mayoría que se considera determinante? Los globos ideológicos en momentos en que la prioridad debe ser acabar con ETA son peligrosos. Sin embargo, si la reiteración de éste y otros temas -como, por ejemplo, la inevitable convidada de piedra a estas fiestas, la señora autodeterminación- son un recordatorio de que el PNV, como es legítimo, no renuncia a su programa básico, tienen el interés de contribuir a la clarificación del debate. Pero obligan a recordar el principio de lealtad mutua que -con el debate sobre el fin de la violencia en el sitio adecuado: el Parlamento- debería obligar al bloque democrático. Un principio que dice así: en una primera fase el objetivo de acabar con el terrorismo obliga a todos a cerrar filas en la lealtad a las instituciones, pero con el compromiso, por todas las partes, de que eliminada la violencia cualquiera podrá plantear su programa de máximos siempre que sea democrático en su contenido y se plantee por vías democráticas.

La política-trampa de Ibarreche
Editorial El País 12 Julio 2001

El discurso de investidura de Ibarreche cubrió ayer con generosidad las mayores expectativas del sector duro del PNV que ha impuesto para esta legislatura la meta de la autodeterminación. Las palabras del que debe ser lendakari de todos los vascos fueron cuidadosamente escogidas para articular una melodía que sonase bien en los oídos de los ultraliberalísimos (aquellos que se arrogan el poder de conceder lo que ni poseen ni pueden poseer) y no resultar agresiva para el común de los demócratas. Pudo conseguirlo en las formas, pero no en el fondo, porque ni siquiera él logra hacer música con una partitura emborronada con trampas dialécticas.

   Para poder valorar el discurso del candidato del PNV se debe considerar de forma muy distinta las propuestas al estilo de las que son obligadas en todo aspirante a gobernar una Comunidad autónoma, como su clara condena del terrorismo etarra (por otra parte obligada), de sus afirmaciones sobre el autogobierno en el País Vasco. Es aquí donde se encuentra la trampa de Ibarreche, en la forma artificiosa y educada de decir que acepta y defiende el estatuto de Guernica cuando, en realidad, lo que se traduce de las palabras es que va a utilizarlo sólo para dinamitarlo y hacer saltar al mismo tiempo la Constitución que le otorga toda su legitimidad.

   El proyecto del nacionalismo expuesto por su lendakari en funciones rebosa de palabras como «democracia», «libre elección», «solución», «talante abierto», etcétera. Y eso suena muy bien, sobre todo porque desde las primeras notas se puede pensar que quien se oponga a seguir la melodía del flautista camino del suicidio es, ni más menos, un imperialista de nuevo cuño, un burdo ultranacionalista español que quiere imponer por la fuerza sus ideas y acabar de un plumazo con las libertades democráticas de los vascos. «¿Qué hay de malo en aceptar que la sociedad vasca pueda ser consultada para decidir su propio futuro?», desafina Ibarreche mientras olvida intencionadamente que no puede defender los derechos de unos y pisotear los de otros; que no se pueden esconder en un cajón el derecho de quienes tienen capacidad y legitimidad para opinar sobre el futuro de una tierra que es tan suya desde hace más de medio milenio, como la de los militantes del PNV. No se puede falsear impunemente la historia y exigir luego derechos que legítimamente no existen, como tampoco es presentable pretender la integración en la Comunidad del burgalés condado de Treviño y, con los mismos argumentos, exigir un ámbito vasco de decisión. Y es que tampoco los vecinos de cualquier localidad, barriada o patio de vecindad tienen derecho democrático a convocar «consultas populares para decidir su propio futuro», por encima de los intereses democráticos del resto de los ciudadanos.

   El discurso de Ibarreche sería tan sólo un ejercicio de política-ficción si no fuera por lo que supone de traición al Estado, por su proyecto de uso torticero y desleal de un Estatuto de Autonomía elaborado con una intención bien distinta de la de establecer un «ámbito vasco de decisión», en el que Eta y sus socios dicen quien y cómo puede votar. Y luego el PNV redacta la papeleta y sazona el guiso a su placer, además de aliñarlo con el señuelo de la paz: si se respetara la voluntad de los vascos, habría «solución» al terrorismo. Pero: ¿se lo ha dicho Eta a Ibarreche, o es la última trampa de éste?

Mayor dice al PNV que las urnas no le avalan para cambiar el marco jurídico
VITORIA. M. Alonso ABC 12 Julio 2001

Jaime Mayor Oreja afirmó ayer que el Gobierno vasco no puede imponer la autodeterminación como un derecho unilateral de secesión de la Comunidad Autónoma y echó en falta en la intervención de Juan José Ibarretxe, que consideró «ambigua», contundencia frente a ETA y voluntad de avanzar en la lucha democrática contra el terrorismo.

El presidente del Grupo parlamentario Popular consideró ambiguo el discurso de Juan José Ibarretxe por su planteamiento simultáneo del desarrollo del Estatuto de autonomía y del ejercicio del derecho de autodeterminación. «No sé cuál va a ser la política real que va a desarrollar en los próximos cuatro años porque ni el programa de Gobierno ni la ambigüedad de su discurso lo aclara», Mayor le advirtió, además, que las urnas no le dan «legitimidad para modificar el marco jurídico, sino para gobernar».

Coincidió el dirigente del PP con Nicolás Redondo en reprochar al lendakari que no asuma el liderazgo de las fuerzas democráticas contra el terrorismo y que en su propuesta de nueva etapa de diálogo con todos los partidos no haya hecho una referencia a la necesidad de que EH se desmarque de ETA.

Jaime Mayor señaló que el Gobierno vasco debería centrar su actuación en la lucha contra el miedo que provoca el terrorismo y ofreció su apoyo a los partidos que van a sostener ese Gobierno en función de su capacidad para hacer frente a ese miedo y de su avance en la devolución de libertad a los ciudadanos vascos que ahora carecen de ella.

El ex ministro de Interior dijo que había esperado que Ibarretxe delimitara los avances democráticos que pretende acometer en la lucha contra el terrorismo. Así, propuso al candidato a lendakari que diga que está dispuesto a respaldar la orden de búsqueda y captura europea, principal instrumento de la UE frente al terrorismo, y que apoye la acción de la Justicia contra el entorno etarra.

Mayor reclamó a Ibarretxe convicción de que se tiene y se puede desarticular una organización terrorista desde el Estado de Derecho, ya que «si no hay convicción, siempre habrá un precio político por la paz».

Señaló que a Ibarretxe le corresponde la iniciativa y la decisión de apoyar unos u otros pasos en la batalla democrática frente a ETA y le reprochó la ambigüedad con la que ha afrontado en su discurso el futuro político del País Vasco, incertidumbre que, a juicio de Mayor, no combate el miedo al terrorismo.

Para el dirigente del PP vasco, el acuerdo de Gobierno entre PNV y EA ha sido «la puesta en escena de un pacto de ustedes con ustedes mismos». «No es un diálogo sino un contrato de adhesión leonino lo que pretenden imponer». aseguró.

Dolor e indignación en el adiós al policía asesinado por ETA en Madrid
MADRID. ABC 12 Julio 2001

Intenso dolor se sintió en cada uno de los actos en los que familiares, amigos y compañeros dieron su último adiós al policía nacional Luis Ortiz, asesinado en acto de servicio por los criminales etarras. Y el dolor causado por los terroristas provocó en algunos momentos la indignación de allegados de la víctima que profirieron gritos a favor de la pena de muerte.

La familia de Luis Ortiz veló, en la Delegación del Gobierno de Madrid, durante nueve horas el cuerpo del policía asesinado por ETA cuando procedía a instalar un cordón de seguridad alrededor del coche bomba que le segó la vida a los treinta y tres años y a los diecisiete meses de ser padre. También durante la noche de ayer seis agentes, de la Policía Nacional, Guardia Civil y Policía Municipal, custodiaron el féretro.

El presidente del Gobierno, José María Aznar, acompañado por el Ministro del Interior, Mariano Rajoy, acudió a dar el pésame a la familia a a la capilla ardiente, donde permaneció cinco minutos. El jefe del Ejecutivo impuso al agente asesinado la Medalla de Oro al Mérito Policial a título póstumo. El secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, también visitó la capilla ardiente, así como otros políticos y miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Pasadas las once de la mañana, el féretro con los restos mortales de Luis Ortiz abandonó, portado por compañeros del Cuerpo Nacional de Policía, la capilla ardiente para dirigirse a San Martín de Valdeiglesias y recibir sepultura. El agente fue despedido con la marcha fúnebre interpretada por la Banda de música de la Policía Nacional. Uno de los momentos más emotivos se produjo cuando la familia salió de la Delegación del Gobierno detrás del féretro. La mujer de Luis Ortiz, acompañada de numerosos familiares, abrazaba la chaqueta de su marido, mientras que el padre del agente portaba la gorra. La madre del agente tuvo que ser atendida por una unidad del Samur y salió de la Delegación del Gobierno en camilla, al sufrir un desfallecimiento en el interior.

GRITOS Y APLAUSOS
Ya en el calle, varios familiares, llevados por el dolor, profirieron gritos a favor de la pena de muerte para los terroristas etarras. Estos fueron acallados por los aplausos que dedicaron a Luis Ortiz cientos de madrileños que se concentraron en las inmediaciones de la Delegación del Gobierno.

En San Martín de Valdeiglesias, donde tuvieron lugar el funeral y el entierro, la práctica totalidad de los vecinos se echaron a la calle para expresar su apoyo y solidaridad a los familiares del asesinado. Así, en la plaza del Ayuntamiento más de mil personas aguardaron la llegada del coche fúnebre y un fuerte aplauso acompañó el ataúd en su entrada en la iglesia parroquial, mientras la Banda de la Policía Nacional interpretaba la marcha fúnebre «Piedad».

El funeral, que fue oficiado por el obispo de Getafe, Joaquín López de Andújar, en compañía del párroco de la localidad, Felicísimo Millán, contó con la asistencia del ministro Mariano Rajoy; del secretario de Estado para la Seguridad, Pedro Morenés, y del director general de la Policía, Juan Cotino, entre otros. La familia del asesinado, especialmente la madre y su mujer, no pudo contener la emoción durante la ceremonia, que duró cuarenta minutos, hasta el punto de que tuvo que ser asistido uno de sus integrantes que cayó desmayado.

«COOPERAR CON ESTE PECADO»
El párroco de la localidad pronunció la homilía y responsabilizó del atentado tanto a los «autores materiales» como a «todos los que de una u otra forma están cooperando en este pecado». La ceremonia terminó con los sones de «La muerte no es el final», que rinde homenaje a los caídos. Y se volvieron a repetir las escenas de dolor cuando la madre de Luis Ortiz salió de la iglesia con la gorra de policía de su hijo entre sus brazos. Tras el funeral, unas 1.500 personas acompañaron en silencio al féretro hasta el cementerio. En el campo santo, sus allegados no pudieron contener la rabia hacia los asesinos y entre aplausos y expresiones de dolor fue enterrado el policía nacional mientras un familiar gritaba: «Adiós campeón, eres el número uno».

En un pleno extraordinario celebrado en el Ayuntamiento de la localidad, el alcalde de San Martín de Valdeiglesias, José Luis García Sánchez, instó al lendakari, Juan José Ibarretxe, a que «mande menos condolencias y lleve a cabo iniciativas efectivas mediante el diálogo con las fuerzas políticas para acabar con el terrorismo».

Mientras, los principales sindicatos de Policíal pidieron seguridad y reconocimiento para los agentes que se juegan la vida cada día para defender a los ciudadanos y a cambio «siguen siendo muertos de tercera».

Un policía
David GISTAU La Razón 12 Julio 2001

Esta vez, ha sido un policía. Un hombre culpable de su uniforme, de una vocación que obliga a permanecer en el lugar del que todos huyen, muriendo las muertes de otros. Un hombre anónimo, singularizado, elevado a la categoría de nombre propio, sólo porque le han matado. Luis Ortiz, otro renglón tallado en el mural funerario. Ayer le lloraban, y cómo, los suyos, todos aquellos para quienes Luis Ortiz ya era un nombre propio antes de que estallase una bomba. La familia, la comisaría, el barrio. Entre esos horizontes, Luis Ortiz no era anónimo. Ahí no era un renglón estadístico. Ahí no era un uniforme, sino un hombre, un nombre. Justo lo que el etarra jamás ve: simplifica a un hombre resumiéndolo en un uniforme, borrándole el nombre, abaratando así el inmenso valor de una vida y de todo cuanto se ha construido alrededor de esa vida. Lo que ayer dijeron de Luis, los suyos y los que vivirán por su muerte: esos vídeos hay que guardarlos para que, algún día, una niña sepa quién fue su padre, para que encuentre un orgullo con el que aliviar una ausencia.

   De Luis Ortiz no se hablará durante mucho tiempo, no al menos fuera de sus propias fronteras. Hay ámbitos profesionales -cierto periodismo, por ejemplo- en los que se fabrican mártires de tertulia y se otorgan prestigios sólo por la posibilidad de morir. Eso no ocurre con los hombres de uniforme: siempre he dicho que nadie inventó espíritus de Ermua cuando en las cunetas vascas volaban guardias civiles de Badajoz. A ellos también nosotros los resumíamos en su uniforme, atenuando el drama. Morían solos, abandonados porque ningún intelectual se había encaprichado con ellos como causa, impopulares como los veteranos de una guerra perdida, nuestro Vietnam. Con qué amargura relató esa soledad Rafael Vera, no hace mucho, en este periódico. La soledad de los hombres que permanecen en el lugar del que todos huyen, sin adornos retóricos, sin darse importancia, sin premios, sin tertulias, a veces, hasta sin aceptación social.

Responsabilidad de los vascos
Editorial El Correo 11 Julio 2001

ETA asesinó ayer a Luis Ortiz de la Rosa cuando procedía, en el desempeño de sus obligaciones, a preservar la integridad de sus conciudadanos ante el anuncio de una inminente explosión. El sadismo de los terroristas ideó la trampa psicópata de una bomba dispuesta para acabar con la vida de aquellos que trataran de paliar sus efectos. El comando de ETA que ejecutó tan execrable crimen creyó mostrar en la tarde de ayer su poder de destrucción ante una ciudadanía inerme y asustada. Pero, en realidad, los activistas del nacionalismo violento pusieron de manifiesto la naturaleza bárbara de su propósito totalitario. La extensión del terrorismo más allá de los límites que ETA ha trazado para su reivindicada Euskal Herria adquiere un significado inequívoco: la banda armada trata de atemorizar a los ciudadanos del resto de España para que su hastío frente al terror exportado desde Euskadi propicie, a la vez, un abismo de incomprensión hacia lo que ocurre en el País Vasco y un clima de indiferencia y podredumbre moral entre los propios vascos.

La explosión de un nuevo coche-bomba en Madrid volvió ayer a llenar de horror y angustia los corazones de miles de ciudadanos que, entre atentado y atentado, acarician el sueño de que el terror desaparezca para siempre como amenaza contra sus vidas y contra su libertad. La omnipresencia de ETA se vuelve insoportable para las personas que tras cada asesinato se ven obligadas a recordar cómo las mismas siglas les arrebataron a un ser querido para siempre. Pero el hecho de que ayer ETA volviera a atentar y a asesinar por enésima vez fuera de Euskadi subraya, si cabe, la responsabilidad que atañe a las instituciones vascas. El dolor causado por el terrorismo abertzale lejos del País Vasco, precisamente en vísperas de la designación del lehendakari, no puede suscitar evasivas por parte de los dirigentes de la Autonomía, sino que apela a la responsabilidad de todos los vascos respecto al dolor que causa su minoría asesina. En contra de lo que ocurre habitualmente, la reacción de las instituciones democráticas vascas ha de ser, si cabe, más contundente frente a la extensión del terror por la geografía española que frente a su perpetuación en la propia Euskadi.

Ante el drama de la muerte causada con ánimo de violar los más elementales derechos del ser humano no es suficiente la reiteración formal de la defensa del ‘derecho a la vida’. Porque el dato irrefutable es que hay miles de ciudadanos que persisten en menospreciar el citado derecho, sometiéndolo al arbitrario designio de la mano asesina de ETA. Frente a tan ignominiosa evidencia, la respuesta de la sociedad democrática no puede ser otra que la de la unidad dispuesta a combatir con las razones del Estado de Derecho la irracionalidad asesina del terrorismo.

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