AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 9 Agosto  2001
#El síndrome de la España raptada
José A. SENTÍS La Razón 9 Agosto 2001

#Eta, contra la Iglesia
Editorial La Razón 9 Agosto 2001

#Las demandas de Erne
Breverías ABC 9 Agosto 2001

#Entre el derecho a manifestarse y la apología del terror
Impresiones El Mundo 9 Agosto 2001

#Etica y dignidad policial
Editorial La Estrella 9 Agosto 2001

#Otegui y delito de opinión
Antonio GRACÍA TREVIJANO La Razón 9 Agosto 2001

#Juaristi recuerda que la «soberanía es de todos los españoles»
SANTANDER. Marta Martín Gil ABC 9 Agosto 2001

#«A Unamuno le satisfaría la fórmula actual del Estado de las Autonomías»
SANTANDER. Marta Martín Gil ABC 9 Agosto 2001

#Balza sube la moral... de Eta
Enrique de Diego Libertad Digital 9 Agosto 2001

#Todo el mundo quiere hablar inglés
Ramón Tamames La Estrella 9 Agosto 2001



El síndrome de la España raptada
José A. SENTÍS La Razón 9 Agosto 2001

De entre las muchas cesiones estatales en la descentralización autonómica (tan bienintencionada como incontrolada por sus mentores, incapaces de establecer sus límites precisos en el cuerpo constitucional), la más irritante ha sido el desarme moral por pasividad intelectual. No era extraño que algunos envidiosos del Estado lo aprovecharan para llevarse una tajada de él. Y cuando se ha abordado la crítica política a los nacionalismos, se ha hecho por sus efectos, especialmente el de la violencia terrorista. No por sus causas ni por sus justificaciones. A los nacionalismos hay que dejarlos en cueros ideológicos, si es que se quiere confrontarlos. 

Por eso me gustaría reclamar la atención sobre el magistral esfuerzo de Antonio García-Trevijano en sus artículos en LA RAZÓN para desnudar las mixtificaciones en las que se basan y para reclamar en todo su sentido conceptos claves que fundamentan la comunidad política en que vivimos, España; alguno de ellos, tan vilipendiado, incomprendido, manipulado, como el patriotismo. Su profundización en estos asuntos es tan lúcida que parece impropio de un coetáneo de esta generación, todavía acomplejada por una dictadura y por una Transición que no se podría calificar de valiente, aunque fuese voluntariosa. Quizá cuando el síndrome de Estocolmo de la España raptada languidezca, otras generaciones podrán entender que sus padres han vivido entre espejismos, y que, como en otras naciones sucede, algunos de ellos han costado muertos, y otros indignidades. Frente a ambas agresiones es posible luchar, pero estamos tan preocupados por los primeros que no sabemos que las peores son las segundas. Pero, insisto, aunque les cueste o les duela, bien harían algunos gobernantes de hoy en la lectura de Trevijano, porque la política no tiene por qué estar siempre reñida con la inteligencia.

   Es cierto que en los últimos años (no más de cinco, desgraciadamente), intelectuales, periodistas, algún político, han empezado a abordar el desarme ideológico estatal y a plantar cara a la pujanza falaz de los nacionalismos. Pero, una vez más, la buena intención no es suficiente. Se encelan éstos, y no excluyo la autocrítica, en mantener una ingenuidad estéril, clásica de la Transición. Una actitud que se podría resumir en dos aspectos: en separar terrorismo y nacionalismo y en pensar que como nosotros no somos enemigos de nadie, ni estamos en guerra con nadie, nadie es nuestro enemigo; con todos se puede pactar, consensuar, dialogar. Incluso con quienes quieren hacer rapiña de lo nuestro. Pero es como quien quiere dialogar con el ladrón al que le pilla con la televisión y el video en la mano. No se le puede decir: Pactemos, llévate una, que yo me quedo con el otro. A los ladrones hay que combatirlos en su crimen; pero más aún en su indecente justificación, como si robar fuera otra de las bellas artes. Porque las guerras no declaradas no lo son menos que las declaradas. Y las rendiciones no explicitadas no tienen más dignidad que las firmadas.
 

Eta, contra la Iglesia
Editorial La Razón
9 Agosto 2001

Uno de los últimos «Zutabe» (boletines internos de Eta), al que ha tenido acceso LA RAZÓN, revela que los ideólogos de la banda de asesinos han puesto sus ojos en la Iglesia a la que acusan de traicionar su proyecto y «arrodillarse» frente al Estado. Los terroristas revelan que hablaron con un obispo de crear una conferencia episcopal vasca que, por supuesto, incluyese a Navarra, y aseguran que los prelados se han echado atrás. El documento confirma que Eta, cada vez más aislada, señala enemigo a la cabeza de la Iglesia vasca y, equiparándose con Jesús, recuerda que éste «echó a palos a los mercaderes del templo».

   El enfrentamiento entre Eta y la Iglesia es algo inevitable. Desde la fe, desde el Catecismo y desde la doctrina de la Iglesia del amor, no es posible sino condenar el odio y el crimen. Como no es posible, aunque algunos lo hayan hecho, ayudar o colaborar con quienes tienen manchadas sus manos de sangre y no se arrepienten de ello. El choque ha permanecido larvado gracias a la labor «comprensiva» de personajes como el obispo Setién, conocido por equiparar a las víctimas y «querer más a unos hijos que otros». Ahora que la Iglesia, universal antes que vasca, sigue el Evangelio, Eta añora su «neutralidad», habla de traición y dice una sarta de barbaridades que no tienen otro fin que el de hacer volver a los prelados al redil independentista, porque cualquiera que esté fuera puede ser, «legítimamente» asesinados.

Las demandas de Erne
Breverías ABC 9 Agosto 2001

Joseba Egibar acusa a Mariano Rajoy de querer volver a una situación pre estatutaria, por ofrecer a la Ertzaintza la colaboración de la Guardia Civil y la Policía Nacional contra las algaradas callejeras. Pero el sindicato Erne, mayoritario en la Policía vasca, con casi el 50 por ciento de representación, demanda esa cooperación «leal» con las Fuerzas de Seguridad. Al PNV poco le vale ya escudarse en los supuestos «recelos de Madrid hacia nuestra policía». Son los ertzainas quienes con mayor énfasis reclaman mayor contundencia porque sienten, en primera fila, la impotencia y, además, se han convertido definitivamente en «carne de cañón» del cóctel proetarra.

Entre el derecho a manifestarse y la apología del terror
Impresiones El Mundo
9 Agosto 2001

El sábado se cumple el primer aniversario de la muerte de cuatro etarras del comando Vizcaya. Los cuerpos de los terroristas quedaron destrozados cuando la potente bomba que transportaban en su coche hizo explosión. Grupos radicales vascos, entre ellos Gestoras Pro Amnistía y el sindicato abertzale LAB, han convocado concentraciones para homenajear su memoria. 

El coordinador de Gestoras en Vizcaya no ha escatimado elogios para los cuatro criminales, calificando de «trabajo y compromiso» su miserable misión asesina. La ley obliga a comunicar las concentraciones, pero no a pedir su autorización. Sin embargo, a la luz de las declaraciones de los propios organizadores, resulta incomprensible que el departamento de Interior del Gobierno vasco no intervenga para evitar que quienes defienden las sangrientas tesis de ETA salgan impunemente a la calle con el objetivo de enaltecer el terror. 

Tampoco se entiende que Balza no haya puesto objeción a la manifestación convocada por Batasuna para el domingo bajo el lema «Somos un pueblo. Independencia y socialismo». Hay que ser ingenuo para creer que detrás de este enunciado calculadamente inocuo no se oculta, como ocurrió en el homenaje a Olaia Castresana, un intento de reivindicar la lucha armada de ETA. La Ertzaintza deberá estar alerta para contrarrestar posibles estallidos de violencia y para impedir que los actos se conviertan en una apología del terrorismo, delito del cual serían penalmente responsables los convocantes. La responsabilidad moral y política recaería sobre el Gobierno de Ibarretxe por su sospechosa falta de previsión.

Etica y dignidad policial
Editorial La Estrella 9 Agosto 2001

L
a emboscada del pasado sábado en Portugalete, en la que  los vándalos proetarras dejaron gravemente heridos a dos agentes de la Ertzaintza se ha convertido en punto de inflexión a partir del cual la relación de la Policía Autónoma Vasca con la autoridad del Gobierno de Vitoria se ha visto alterada por la presencia de un elemento de tensión interna. Hasta ahora, con mayor o menores reticencias por parte de los policias, la Ertzaintza ha venido manteniendo el tipo con discreción, sin que su malestar creciente por culpa de la coacción política, llegara a adquirir proporciones de contencioso. Ahora, las cosas han dado un giro radical hasta el extremo de que el sindicato mayoritario de la Policía Autónoma ha denunciado a los responsables de Interior del Gobierno Vasco acusándoles indirectamente de ineficacia en la lucha contra la violencia.

El amplio y documentado informe que este sindicato acaba de enviar a los grupos políticos, proponiendo se adopten medidas eficaces para combatir el vandalismo callejero y otras manifestaciones de terror proetarra,  revela que la Policía Autónoma no está satisfecha con su propia actuación frente a la violencia en el País Vasco. A nuestro modo de ver, no se trata sólo de un plan de sugerencias encaminadas a aumentar la  eficacia sino que es, tácitamente, una denuncia clamorosa de aquello que la Polícia Vasca no puede hacer porque sus respnsables políticos del Gobienro Nacionalista de Ibarretxe no le dejan hacer. Así se ha entendido esta significativa actuación del sindicato, que, en el fondo, no es otra cosa que una enérgica reacción de los policías vascos  en favor de la recuperación de unos mínimos presentables de ética y de dignidad policiales.

Hasta ahora, se habían tenido noticias aisladas de que agentes vascos habían denunciando por activa y por pasiva dejación intencionada de determinados servicios ordenados desde 'arriba'. Ahora, lo que se sabe es que la Policía Vasca está descontenta de cómo es dirigida y, en función de su derecho a defenderse, lanza este informe crítico que, como se ve, tiene mucho de acto de emancipación profesional respecto de quienes, como el Gobierno de Vitoria, han preferido mantener el ten con ten con los violentos antes de cumplir con su obligación.

Otegui y delito de opinión
Antonio GRACÍA TREVIJANO La Razón 9 Agosto 2001

Creer que las opiniones, por erráticas que sean, pueden ser constitutivas de delito, supone un grave atentado a la libertad de expresión. Esta libertad no debe tener más límites que los impuestos por el respeto a los portadores del derecho fundamental a la dignidad personal. Y hay que separar la opinión de todo lo que el vulgo confunde con ella. Informar sobre hechos probados no es opinar. Predecir los efectos de las leyes físicas o las políticas, antes de que ocurran, no es opinar. Decir, por caso, que donde no hay separación de poderes habrá corrupción, no es opinar. Las descripciones científicas de cosas materiales o de fenómenos sociales no son opiniones. Afirmar que en España no hay separación de poderes estatales no es una opinión. Y tampoco lo es decir lo contrario. Pues una mentira descarada, sobre lo que todos pueden constatar con tan sólo mirar, no es una opinión. Donde no hay conjetura no puede haber opinión. Sólo se opina cuando se afirma o niega algo que, no siendo evidenciable, no puede ser probado.

   Una sociedad que tipifica el delito de opinión en sus leyes penales es una sociedad primitiva y bárbara. Es primitiva porque sigue creyendo en el poder mágico de la palabra para contagiar a la comunidad de los valores que expresa, con independencia de la autoridad social del locutor. Y es bárbara porque reprime el mundo de las intenciones para proteger el mundo de los «idola» de la tribu, entendidos en el sentido institucional que les dio Bacon. El delito de opinión perdura en las sociedades modernas como una reliquia inconsciente del fetichismo de la palabra, como un conjuro de la ceremonia represiva contra el espíritu maligno del verbo. Una brujería vudú. Una hechicería estatal.

   Una sociedad que pide a sus partidos, a su iglesia, a sus medios de comunicación y a sus intelectuales que condenen de modo expreso el asesinato terrorista, como prueba de que no comparten este modo de acción política, es una sociedad degenerada por un Estado criminal que nos trata a todos como potenciales asesinos y terroristas y que, sin embargo, se fía de las meras palabras. Hasta tal punto se aferra a ellas que esa misma sociedad las considera delictivas si enaltecen a terroristas.

   Está tan poco segura de sus propios valores, tan asustada del atractivo mental del terrorismo en una comunidad que sufre la falta de respeto a la vida, tan convencida de que elogiar a los aterradores diluye el juicio moral de los aterrados, que no es capaz de permanecer impávida ante las voces que los exaltan y decide, como remedio mágico, poner entre hierros la vibración del aire que propagan. Para que no se oiga la voz de Batasuna, bachillerando de héroe al cadáver de una joven etarra, el Fiscal General solemniza la ceremonia fúnebre colocando en la frente de Otegui la corona del martirio. Su insensatez supera al delito, legalizado, de criminalizar las opiniones.

   Si el sr. Otegui merece ser encarcelado por haber llamado soldado de la autodeterminación a una presunta terrorista, en su homenaje funerario, ¿qué castigo merecerían recibir las voces públicas que siguen llamando héroes a consumados criminales para que sean indultados? Al fin y al cabo, la opinión de Otegui sobre la heroicidad de Olaia Castresana no pasa de ser conjetura subjetiva. Pero llamar héroe al general Galindo, cuando el TS acaba de agravar su justa condena por su condición de autoridad asesina, eso ya no es una opinión, sino una mentira objetiva que ofende a la Justicia que lo juzgó y a la conciencia moral de toda noción de orden público. Y, sin embargo, ni Otegui, laureando la memoria de una presunta etarra ni, por tantas otras razones, mi admirado periódico ¬el más libre de todos¬, alabando al convicto Galindo, cometen delito alguno. Diga lo que diga el art. 578 del Código Penal, ningún juez que además de independiente sea jurista podría aplicarlo.

Juaristi recuerda que la «soberanía es de todos los españoles»
SANTANDER. Marta Martín Gil ABC 9 Agosto 2001

El director del Instituto Cervantes, Jon Juaristi, que participó ayer en el seminario «Intelectuales y nacionalismo español», afirmó que las demandas por parte del nacionalismo y del Gobierno vasco de que sea reconocida su voluntad soberanista sólo puede ser contestada con la idea de que «la soberanía española pertenece a todos los españoles y, por lo tanto, no es negociable». Para Juaristi, la situación en el País Vasco «no ha variado en lo sustancial» tras las elecciones del 13-M, por lo que ahora se debe «insistir» a los partidos del Gobierno autónomo que hagan frente a sus responsabilidades «a la primera de ellas, que es combatir el terrorismo de una forma eficaz y leal con el Estado». Juaristi dudó de que el Ejecutivo de Ibarretxe pueda llevar adelante su programa soberanista «y pretender que así se puede combatir el terrorismo».

El catedrático de Filosofía Española de la Universidad del País Vasco repasó, en su conferencia, las diferencias entre el llamado nacionalismo español y el nacionalismo radical, más unido a posiciones conservadoras y radicales, nacido a comienzos del siglo XX.

Señaló que lo curioso de este otro nacionalismo, del español autoritario, es que su raíz «no es muy distinta de la raíz del nacionalismo vasco o de ciertas expresiones del nacionalismo catalán». En este sentido afirmó que tanto como Sabino Arana en el País Vasco o José Antonio Alcover en el primer nacionalismo catalán, «vienen de una tradición antiliberal, de integrismo católico». «Esa presencia del nacionalismo autoritario en sectores de la liga catalana o en el PNV, tiene un aire de familia clarísimo con el nacionalismo ultraconfesional y autoritario de Acción Española», explicó. Juaristi se adentró más en el caso vasco, que tan bien conoce, al afirmar que «en la medida en que el nacionalismo vasco no ha revisado sus orígenes»- en referencia al antiliberalismo radical de Sabino Arana- «es evidente que este sesgo antidemocrático ha pervivido en su historia».

¿Qué queda hoy en día para Juaristi de ambos nacionalismos? «Del nacionalismo autoritario queda, en su versión más extrema, el nacionalismo radical en el País Vasco, o ciertas expresiones afortunadamente minoritarias en el nacionalismo catalán y en el español de ultraderecha», respondió, mientras que del nacionalismo liberal destacó el hecho de que sigue latente «un factor que no es negativo y que asegura la cohesión de la sociedad española».

«A Unamuno le satisfaría la fórmula actual del Estado de las Autonomías»
SANTANDER. Marta Martín Gil ABC 9 Agosto 2001

Cánovas del Castillo, Giner de los Ríos, Ortega y Gasset o Eugenio d´Ors son algunas de las figuras que están siendo analizadas en el seminario «Intelectuales y nacionalismo español», que esta semana tiene lugar en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Joan Juaristi, director del Instituto Cervantes, intervino ayer con una ponencia sobre Unamuno.

El director del Instituto Cervantes, Jon Juaristi, participó ayer en el seminario «Intelectuales y nacionalismo español», que esta semana tiene lugar en la UIMP y que pasa revista a la actitud de los intelectuales españoles del siglo XIX y del primer tercio del XX sobre el nacionalismo español, y cuyo objetivo, como explica el director del curso, Andrés de Blas, es ver si ha habido «un nacionalismo de signo global en la historia intelectual española». Desde comienzos del siglo XIX hasta la guerra civil, el seminario pretende analizar la concepción del nacionalismo español y la concepción del Estado.

El punto de partida del curso es que sí ha existido ese nacionalismo español y que ha estado intrínsicamente unido a un programa liberal democrático. Frente a él, los participantes del curso distinguen otro nacionalismo español nacido a principios del XX, «el nacionalismo más próximo a posiciones conservadoras, incluso de signo reaccionario», como señala Andrés de Blas.

Una dualidad con la que Jon Juaristi, cuya conferencia se centró en la figura de Miguel de Unamuno, al que definió como un «nacionalista español de corte liberal», está totalmente de acuerdo. Para el poeta y ensayista, sería absurdo «pretender que el Estado liberal español que se construye a lo largo del siglo XIX y durante el XX se hubiera podido acometer sin contar con el sustento ideológico y político de un nacionalismo español». Un nacionalismo que Juaristi ve «perfectamente compatible y abierto» a los problemas de la diversidad española y a Europa, «al ventarrón europeo», como decía Unamuno, recordó en su intervención Juaristi. «Es un nacionalismo que mira hacia el futuro, hacia la construcción de un Estado democrático», precisó el director del Cervantes.

«EL GRAN CANTOR DE CASTILLA»
Para el poeta y ensayista, «el nacionalismo español de signo liberal ha sido plural, no ha sido un nacionalismo centralista, ni jacobino». En este sentido, mencionó a Unamuno, al que recordó como «el gran cantor de Castilla», y que, según Juaristi, no comprendía España sin esa pluralidad. «Es más -apuntó sobre el intelectual-, dice que España se españoliza en la medida en que descubre esa pluralidad y en la medida en que se «descastellaniza», en la medida en que rompe la cáscara del casticismo para unirse a la realidad plural y a la realidad de sus pueblos».

«Unamuno es uno de los grandes defensores del regionalismo en el final de siglo -continuó-. Yo creo que como nacionalista liberal siempre es muy peligroso jugar con los futuribles o con los ex futuros, que decía Unamuno», explicó el autor de «El bucle melancólico». «Pero a Unamuno, nacionalista liberal, le habrían satisfecho bastante sus expectativas la fórmula actual de Estado compuesto, de Estado de las Autonomías, de Estado de Derecho y de Estado democrático abierto y reconocedor de esa pluralidad española», concluyó.

Balza sube la moral... de Eta
Por Enrique de Diego Libertad Digital
9 Agosto 2001

No cabe esperar mucho del gobierno vasco, salvo huidas hacia delante y saltos en el abismo, desde que Javier Balza fue confirmado en un puesto en el que ha demostrado supina ineptitud o voluntaria ceguera. En ese tipo de proyecciones estultas en las que cae intermitente el nacionalismo vasco, Joseba Egibar ha dicho que con la oferta de cooperación de las Fuerzas de Seguridad del Estado con la Ertzaintza (el Estatuto contempla también esa iniciativa desde el Estado para preservar el interés general, o sea la vida de los ciudadanos) se pretende convertir a ésta en una Policía Local. Hombre, se pretende convertirla en una Policía. En una Policía Local en el sentido peyorativo utilizado por el portavoz del PNV la ha convertido Balza. Por orden de Arzalluz, dicho sea en aras a la claridad.

Leo en un diario que Javier Balza intenta subir la moral de la policía autónoma. Ha condecorado, para ello, a seis ertzainas. Entre ellos, a título póstumo, al subcomisario Mikel Uribe, asesinado por Eta. Ante las centrales sindicales, aseguró con rotundidad: “Vamos a ganar a Eta”. ¿Cómo? A lo que se ve, permitiendo la manifestación en homenaje a cuatro terroristas a los que les explotó la bomba con la que trataban de matar a inocentes. La razón aducida por Balza o es un monumento de ingenuidad o una sublimación del relativismo. La manifestación es “por la democracia”. Por la popular, por la totalitaria, pues esos cuatro terroristas eran cualquier cosa menos demócratas, pues el menos malo de los sistemas se basa por esencia en la eliminación de la violencia del debate político para hacer posible la alternancia sin derramamiento de sangre.

Balza se dedica a subir la moral a Eta. Lo que hizo cada día de la pasada legislatura. Mientras, en Portugalete, tres mil vecinos se han solidarizado en una manifestación con la Ertzaintza y han pedido eficacia contra Eta. Lo que suelen pedir los contribuyentes en las sociedades civilizadas. Pero eso de la eficacia para Balza, ya se sabe, es “solución policial”.

Todo el mundo quiere hablar inglés
Ramón Tamames La Estrella
9 Agosto 2001

Catedrático de Estructura Económica (UAM)
Catedrático Jean Monnet de la UE

En el número de Business Week del 13 de agosto (la fecha de tapa siempre está unos días por delante de la efectiva salida a los quioscos) lleva por título esta semana Should everyone speak English?, y se plantea que los ejecutivos en Europa ya lo hablan normalmente, estando su utilización en proceso de rápida extensión en prácticamente todos los niveles de las empresas y administraciones. 

En tiempos remotos, las lenguas usadas por las diferentes comunidades humanas tuvieron un carácter muy local, y sólo entre los siglos I antes de nuestra era, y el año 475 el latín se impuso como una lengua oficial y también lingua franca en todo el entorno del Mare Nostrum, llegando por el norte hasta Albión, por el sur al alto Nilo, y por el este a las fronteras del Irán actual. Después, con la ruptura del Imperio Romano empezaron a surgir los diversos romances, aunque por mucho tiempo el latín eclesiástico siguió constituyendo un idioma universal en todo el occidente de Europa, viéndose mermado, en cambio, en el Imperio Bizantino, por la reemergencia del griego, y en todo el norte de África por el avance de los árabes. 

En cualquier caso la pervivencia del latín quedó garantizada en los monasterios, donde los monjes cuidaron como auténticos tesoros sus bibliotecas, que hoy nos parecerían casi insignificantes, pero que con más de trescientos libros ya constituían verdaderos centros de transmisión de la cultura, y piezas básicas para la labor de los copistas hasta que llegara la imprenta Juan de Gutenberg a mediados del siglo XV. 

Ivan Ilich, en su larga etapa mexicana se ocupó mucho de la lingüística, y supo resaltar la importancia que al idioma castellano, origen del español actual, dio Isabel I en sus largas conversaciones con Elio Antonio de Nebrija, gran consolidador de la lengua de Berceo (entre otras cosas, el romance vasco) a partir de la elaboración de su gramática y el primer diccionario, que fueron las normas hasta que Cervantes marcara las pautas definitivas. 

Bertil Malmberg, en su libro La América hispanohablante, relató a la perfección el siguiente paso de nuestra lengua, que tuvo en Sevilla una especie de meltin pot, a causa de la larga estancia de los viajeros a Indias, que antes de salir para las Américas, durante muchos meses convivían unificando, sin saberlo, lo que hoy es la lengua española hablada por casi cuatrocientos cincuenta millones de personas. 

Sin embargo, lo que podría haber sido una lengua universal, sobre todo al ceñir Felipe II las dos coronas ibéricas de España y Portugal, encontró su primer gran obstáculo en la derrota de la Armada Invencible, y quedó frustrada en la Batalla de Rocroi, la primera gran victoria francesa contra los tercios de Flandes, que marcó, pasado el primer tercio del siglo XVII y el comienzo de la decadencia del Imperio español en Europa. 

Y fue precisamente en ese punto de inflexión, la Paz de Westfalia de 1848, cuando el francés comenzó su larga carrera ascendente, que también se vería truncada un día a partir del momento en que Waterloo, dio la hegemonía durante casi un siglo y medio a los británicos, cuyo idioma, el inglés, comenzó una evolución estelar, apoyada al otro lado del océano por la potencia emergente de EEUU, las Trece Colonias independizadas en 1766. 

Desde entonces, la lengua de Shakespeare no ha cesado en su progreso, no obstante las resistencias francesas a un declive anunciado y los propósitos prusianos de convertir el alemán en una lengua de cultura, o la fuerte difusión del español en una veintena de países desde el sur de Río Grande hasta la Tierra de Fuego, en un fenómeno sin solución de continuidad único en el mundo. 

Otros hitos fundamentales del imparable avance del inglés fueron la Primera Guerra Mundial, que convirtió a EEUU en superpoder a la altura de la Gran Bretaña, el incontestable triunfo en la Segunda Guerra Mundial, y ahora la globalización. 

Como botón de muestra, en una organización de reciente establecimiento en España en Wall Street Institute, estudian el inglés más gente que en todos los Institutos Cervantes del mundo, seguramente por encima de las cien mil personas. 

Según Business Week, los países que en Europa van más avanzados en el conocimiento de esta lengua ya universal -que dejó en la estacada los inventos del esperanto y del volapuk, las dos lenguas inventadas con propósitos de universalización- son Holanda, donde dicen hablarlo el 80 por 100 de la población, Alemania con el 55, Francia con el 40, Italia en el 39, y España en un nivel casi asombroso del 36 por 100. Pero como se dice en la propia revista mencionada, los que se manejan de manera fluida y saben escribirlo con una cierta corrección quedan muy por debajo de los porcentajes citados. 

Particularmente, y sin encuestas al alcance en estos momentos, yo diría que el aprendizaje del inglés es una de las grandes aficiones hispanas. Cuando alguien no sabe qué hacer con sus ocios o asuetos, siempre dice lo mismo: "voy a estudiar inglés". Y seguramente, de los 40,5 millones que ya somos, esos estudios los habrán iniciado bastante más de diez millones de españoles en un momento u otro de su vida, pero no creo que vaya más allá del número de 100.000 quienes lo dominan hasta cierto punto. 

Hoy todos los países se esfuerzan en introducir el inglés como segundo o tercer idioma en la enseñanza, y entre los economistas es una evidencia que quienes no lo hablan y no lo escriben, son auténticos analfabetos, por mucho que aparenten conocerlo o se basen en traducciones de segunda o tercera mano. Recuerdo muy bien cuando José María Naharro, Catedrático de Economía Política de la Universidad de Madrid (cuando algunos la llamaban la Central), que un economista tiene que andar sobre dos piernas, primera las matemáticas y la otra el inglés. Cuánta razón tenía Don José María.

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