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Recortes de Prensa     Martes 14 Agosto  2001
La legitimidad de las ideas
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 14 Agosto 2001


El PP pide al PNV que no haga política en la lucha contra ETA y le diga a la Ertzaintza ¡A por ellos!
PILAR MARCOS  Madrid El País 14 Agosto 2001

Fariseísmo inquisitorial

JUAN ARANZADI El Correo 14 Agosto 2001

El vendedor de libros
Nota del Editor 14 Agosto 2001

Garrido: «Nuestro objetivo en EE.UU. es un idioma culto»

Redacción - San Lorenzo de El Escorial.- La Razón 14 Agosto 2001
 

La legitimidad de las ideas
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 14 Agosto 2001

Nuestra civilización ha recorrido un largo camino hasta lograr la plena libertad de expresión de todas las ideas, por extrañas y discutibles que puedan parecerles a quienes no las comparten. Abrió ese camino, en el siglo XVII John Milton, con su areopagítica y, ya en el XIX, entre muchos más, destaca John Stuart Mill, cuyo On Liberty sigue siendo la mejor defensa jamás escrita del derecho a expresar libremente lo que se piensa. Una frase de este libro se ha hecho famosa: «Si todos los hombres fueran de la misma opinión y sólo uno fuera de opinión diferente, tan injusto sería impedirle hablar como, si teniendo poder suficiente, éste impidiese hablar a todos los demás». No en vano este gran defensor de las opiniones minoritarias y extravagantes logró que se mantuviese el tradicional «Hyde Park corner» londinense, donde cada cual puede «predicar» lo que le plazca, en un momento en que el gobierno quería suprimirlo. Por eso ha desaparecido de los códigos democráticos el delito de opinión y sólo se siguen prohibiendo aquellas expresiones que incitan al delito, defienden el racismo y el genocidio o, según algunos códigos, niegan hechos históricos tan relevantes y comprobados como el Holocausto judío.

   Pero de que cada cual pueda mantener y expresar las ideas que le parezcan más convenientes, algunos parecen haber deducido la obligatoriedad para los demás de aceptarlas sin discusión. Craso error, porque la legitimidad de las ideas de los otros no impide, en absoluto, que cada uno defienda las suyas y discuta, contradiga, combata y rechace todas aquellas otras que, con más o menos razones, le parezcan absurdas, insostenibles o peligrosas para la convivencia. Que las ideas, todas las ideas, tengan derecho a circular libremente no quiere decir, ni mucho menos, que haya que aceptarlas dócilmente. En eso que los anglosajones llaman el «mercado de las ideas», como en cualquier otro mercado, hay productos de todas las calidades y condiciones y cada uno tiene el inalienable derecho a elegir y rechazar con toda libertad.

   Parece oportuno recordar estos principios fundamentales porque se comprueba a menudo entre nosotros, en estos tiempos, cómo muchos no se atreven a contradecir abiertamente las aberrantes ideas con que nos obsequian casi a diario los dirigentes del nacionalismo vasco. Algunos parecen paralizados ante toda esa monserga ideológica compuesta de «autodeterminación», «soberanismo», «ámbito vasco de decisión», «independencia», «soberanía originaria del pueblo vasco», etcétera, con el argumento de que, mientras se mantengan sin violencia son ideas plenamente aceptables. Argumento burdo, basado en un basto error de apreciación, porque una cosa es que a los que mantienen tales planteamientos el Estado de Derecho les garantice la libertad para hacerlo y otra muy distinta que los demás estén más o menos obligados si no a aceptarlos, por lo menos a callarse ante ellos, siempre que se defiendan «sin bombas ni pistolas», como suele decirse. La libertad de expresión que ampara a quienes proclaman ideas como las citadas, también comprende el inalienable derecho a combatirlas, con los mismos métodos pacíficos, a quienes las consideran aberrantes y nefandas.

   En el pasado, los comunistas lograron que entre la intelectualidad «progresista» de Occidente estuviera mal visto el calificativo «anticomunista»; oponerse al famoso «socialismo real», que según esos perspicaces observadores estaba logrando la felicidad de los pueblos de la URSS y de Europa central y Oriental, era para esos intelectuales de pacotilla una incalificable muestra de reacción. Con la perspectiva que da el tiempo se puede ya decir que, durante el desgraciado siglo XX, sólo acertaron los que se opusieron al comunismo o al otro totalitarismo, el fascista, tan negativo como el primero. Pero, curiosamente, los que se apropiaron del «antifascismo», como seña de identidad, condenaron sumariamente a los «anticomunistas». Hoy sabemos que sólo quienes fueron a la vez una y otra cosa entendieron cabalmente el tiempo que les tocó vivir.

   Con el nacionalismo está pasando ahora algo parecido. A quienes combaten el débil entramado ideológico del nacionalismo se les acusa con frecuencia, desde las filas de éste, de «antinacionalistas», con clara voluntad descalificatoria. Estas gentes alimentadas desde niños en un sentimiento tan negativo como el odio a España se encoran en cuanto alguien desmonta sus vanas pretensiones y gritan como llamando a rebato: «¿antinacionalismo!». Cualquiera que no cierre los ojos a la presente realidad mundial comprobará que los mayores peligros que se ciernen sobre el futuro son los procedentes del nacionalismo y de los fundamentalismos religiosos o de cualquier otro tipo. El primero nos afecta en España de un modo directo e inmediato y por eso hay que reivindicar el derecho al antinacionalismo a combatir unas ideas que sólo han producido hasta ahora muerte y sufrimiento y que, dejadas a su aire, sólo produciría más frutos del mismo tipo. Y que no se venga con esa otra milonga de que hay nacionalismos excluyentes y otros que no lo son porque el virus identitario del irreductible «hecho diferencial» sólo descansa aparentemente y nunca se siente satisfecho hasta que no logra sus máximos objetivos. Los métodos varían, pero la meta es siempre la misma.

   Las opiniones son libres pero ¿qué decir de los sistemas educativos basados en la mentira histórica y el adoctrinamiento político? ¿Acaso se puede mantener que está amparado en el derecho a la libertad de cátedra, tan tergiversado, el sistemático lavado de cerebro de las jóvenes generaciones vascas, «educadas» en el odio, en la inevitabilidad de la violencia, como justa reacción ante la «otra» violencia, la del invasor? Pero éste es otro tema, de tanto calado como el de la legitimidad de las opiniones.

El PP pide al PNV que no haga política en la lucha contra ETA y le diga a la Ertzaintza '¡A por ellos!'
PILAR MARCOS  Madrid El País 14 Agosto 2001

El PP le advirtió ayer al PNV de que su tarea 'no es atacar a la Ertzaintza' ni 'hacer política' con la policía autonómica vasca, sino luchar contra ETA. 'Estamos deseando que se les diga claramente a los ertzainas: '¡A por ellos!' -aseguró el secretario general del PP, Javier Arenas-, en lugar de 'criticarla' como hizo el viernes pasado el portavoz del PNV, Joseba Egibar. Éste calificó de 'mentiras' las acusaciones del sindicato Erne, mayoritario en la Ertaintza, de que la policía vasca carece de eficacia por culpa de la injerencia del PNV.

El PP quiere que 'el PNV deje actuar a los profesionales' policiales en la lucha contra el terrorismo y reitera la oferta de 'máxima colaboración' entre las Fuerzas de Seguridad del Estado y la policía vasca que el vicepresidente y ministro del Interior, Mariano Rajoy, hizo al consejero de Interior, Javier Balza. El secretario de Estado de Seguridad, Pedro Morenés, detallará esta oferta de colaboración al número dos de Balza, Mikel Legarda, el próximo viernes en Madrid.

Arenas subrayó que la oferta del Gobierno del PP es de una 'colaboración leal y permanente', la 'máxima que permita la operatividad de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado' y la 'máxima hasta donde los profesionales determinen que se puede llegar'. A la pregunta de si esa colaboración máxima podría incluir la puesta en marcha de patrullas conjuntas de la Ertzaintza, Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía, Arenas dijo que ésa es una decisión que deben tomar los 'técnicos', y que el Gobierno central y el PP abogan por una 'colaboración máxima' con el Ejecutivo vasco en la lucha contra la kale borroka 'sin poner puertas al campo'.

El secretario general del PP evitó especificar cómo podría concretarse la 'reflexión' que Mariano Rajoy adelantó el pasado domingo sobre una posible iniciativa parlamentaria respecto al papel de la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía para hacer frente al terrorismo callejero en el País Vasco. El domingo, Rajoy advirtió al Gobierno vasco de que, 'si la situación sigue como hasta ahora, tendremos que hacer una reflexión conjunta en el Parlamento sobre cuál es el papel que deben jugar las Fuerzas de Seguridad del Estado ante esta situación'. Arenas interpreta que es 'una reflexión' del vicepresidente que hay que 'respetar mucho', y resalta que la clave, ahora, reside en confiar en que el Gobierno vasco acepte 'la oferta de colaboración leal' que Morenés le trasladará a Legarda.

Fariseísmo inquisitorial
JUAN ARANZADI
El Correo 14 Agosto 2001

El artículo de Antonio Elorza titulado ‘Arquíloco y los revisionistas’ (31-7-2001), en el que convierte los molinos teóricos de un libro mío reciente (‘El escudo de Arquíloco. Sobre mesías, mártires y terroristas’) en malvados gigantes contra los que arremete ebrio de heroico furor, tiene más interés por lo que, como síntoma, revela de su posición que por lo que dice -torpe, errónea y malintencionadamente- de la mía.

En esta ocasión, Elorza parece haber leído parte del libro que critica y tiene la honestidad al menos de reconocer que contiene «aportaciones fundamentales» en toda una serie de aspectos: «el contenido antropológico del orden foral..., la extensa disertación sobre antropología y racismo, Sabino Arana incluido..., la reconstrucción analítica del papel de la muerte y de los rituales en ETA..., la estructura del comportamiento de ETA, etcétera». Todo ello, sin embargo, le parece que «de nada vale» y «ningún sentido tiene» porque no desemboca en la defensa incondicional de la estrategia política del bloque constitucionalista en el País Vasco.

Elorza sólo consigue explicarse ese intolerable desajuste, al que califica de «sorprendente y desagradable», como una repentina quiebra de mi capacidad intelectual reforzada por una cobarde claudicación ante la perversidad ético-política del nacionalismo vasco. Y en consecuencia, asumiendo complacido su autodesignado papel de Gran Inquisidor de la Democracia, Elorza se siente obligado a denunciar una vez más mi «irrupción en el debate vasco con la máscara de Arquíloco», convertida por su fantasía paranoide en inicio y parte de una «ofensiva revisionista» en la que ni siquiera falta un fugitivo que «le mata por la espalda».

Ese juicio descalificador, que subordina el valor teórico de los análisis históricos y antropológicos a su utilidad política en el presente y a su adecuación oportunista a la línea supuestamente correcta, revela en primer lugar el criterio leninista con el que Elorza y algunos otros miembros de la vanguardia ideológica del Movimiento Vasco de Resistencia Democrática (MVRD), huérfanos de pasadas militancias por causas afortunadamente perdidas, afrontan hoy su apostólica tarea intelectual.

Revela asimismo la ceguera inquisitorial a que conduce la lógica del fariseísmo maniqueo. En el terreno moral un fariseo es aquél que deduce la bondad propia de la maldad ajena: «¡Gracias te doy, Señor, porque no soy como ese pecador!». En el siglo XX ha habido dos tipos paradigmáticos de fariseo político: el comunista que no dudaba de su bondad porque se oponía al malvado fascismo, y el demócrata cuya única virtud consistía en oponerse al perverso comunismo. La caída del muro de Berlín ha fundido los dos tipos en uno: el demócrata puro, incontaminado de fascismo, de comunismo, de totalitarismo, de racismo, de terrorismo y de nacionalismo, miembro de honor de las legiones de los Hijos de las Luces ilustradas que combaten a los Hijos de las Tinieblas reaccionarias en una eterna guerra escatológica.

Y una vez construido el polo radiante de la virtud por oposición al Mal por antonomasia (el satánico nazismo antisemita perpetrador del Exterminio de los judíos) la lógica del dualismo maniqueo que sólo ve verdugos y víctimas, blanco y negro, con deliberado olvido de las ‘zonas grises’, obliga a situar cualquier crítica del Bien indiscutido, cualquier revisión de la hipotética frontera entre los polos, cualquier desvelamiento de la complejidad ocultada por la simpleza dualista, en el lado de las fuerzas del Mal.

Elorza no puede por menos de reconocer que hay en mi libro un rechazo y una crítica del totalitarismo, del racismo y del terrorismo, un rechazo y una crítica radical del racismo foral, del racismo sabiniano, del etnismo peneuvista, del nacionalismo vasco y del terrorismo etarra, pero no logra entender que, en lugar de deducir farisaicamente de esa crítica la indiscutible bondad de lo que pretende comparecer como su polo radicalmente opuesto (la democracia liberal, la Constitución española, etc.), dedique mi esfuerzo intelectual a intentar desvelar lo mucho que tienen en común el totalitarismo y el liberalismo, el nazismo y el sionismo, el racismo nazi y el racismo democrático norteamericano, el racismo vasco anti-maketo y el racismo español anti-moro, el nacionalismo vasco y el nacionalismo español, Lizarra y la Constitución.

Y como no puede aceptar siquiera que se problematice y discuta la nitidez de las oposiciones polares que fundamentan su fariseísmo maniqueo, Elorza se ve obligado a condenar sin ambages lo que llama mi «revisionismo», a situarlo en el campo de las fuerzas malignas y a terminar volviéndose ciego ante lo que explícitamente expongo, analizo y critico para atribuirme una oculta voluntad de justificación o de defensa del nacionalismo vasco, del terrorismo etarra e incluso del nazismo. Con la misma lógica aplastante de los procesos estalinistas, que convertían a los comunistas disidentes en cómplices objetivos del enemigo burgués, el Gran Inquisidor del MVRD convierte cualquier crítica de la democracia, de la Constitución o de la línea ortodoxa ‘mayororejista’ en complicidad objetiva con el terrorismo.

No deja de ser revelador que lo que Elorza rechaza de los historiadores «revisionistas» alemanes con los que me compara no sea la dimensión más éticamente repudiable y teóricamente inconsistente de algunos de ellos, la negación del Exterminio nazi de los judíos, sino el aspecto mejor fundamentado históricamente y más inquietante moral y políticamente de la obra de Nolte: la contribución del Exterminio bolchevique de la burguesía, ya en sí misma una monstruosidad, a la génesis del nazismo.

Abrirse a la consideración de la guerra civil entre partidarios de totalitarismos opuestos como una de las principales dimensiones de la historia europea en la primera mitad del siglo XX es algo que sin duda no le agrada a Elorza, porque podría llevarle a poner en cuestión su beatífica visión de la eterna lucha de la democracia contra el fascismo. Basta un leve recordatorio histórico de la actitud ‘comprensiva’ de los Gobiernos democráticos de EE UU y Gran Bretaña hacia Mussolini, Hitler y Franco en los años 20, 30 y 40 respectivamente, del escandaloso abandono de la República española por las democracias occidentales ante la sublevación franquista, y de la conflictiva relación de los Ejércitos Aliados con la Resistencia armada antifascista en Europa (incluída la salvaje represión británico-norteamericana de la Resistencia griega en la posguerra) para que empiecen a tambalearse algunas de las simplistas ecuaciones ético-políticas difundidas como evangelio democrático por el MVRD.

Tampoco estaría de más que Elorza llevara su reflexión sobre las víctimas del Exterminio judío (cuya mixtificadora denominación como Holocausto implica su injustificable interpretación como Sacrificio) un poco más allá de su indudable valor como permanente recordatorio de las dimensiones criminales del racismo nazi y de la necesidad de luchar contra el fascismo, pues también son el recordatorio de algo más incómodo para un demócrata: la complicidad con el Exterminio de la política migratoria restrictiva de los Estados occidentales democráticos, una política enteramente legal y democrática que cerró las puertas a los judíos fugitivos de Europa y los abandonó en manos de los nazis.

Y también sería bueno reflexionar sobre algo aún más inquietante: la conversión sionista de las víctimas de la Shoah, muchas de las cuales sólo cabe definir como judías desde una perspectiva racista mimética del antisemitismo nazi, en mártires de una Causa política (la fundación del Estado judío y democrático de Israel sobre bases étnico-religiosas) y en permanente excusa legitimadora de la política criminal, opresora y discriminatoria de Israel hacia los palestinos.

Elorza conoce de sobra la inmensa importancia que tuvo en la génesis de la poderosa ETA de finales de los 70 y primeros 80 la promoción política de las víctimas de la represión franquista, de los etarras muertos y presos de los 60 y primeros 70, como mártires de la lucha democrática contra el fascismo. Sabe sin duda que nada contribuye más a sacralizar y fortalecer una Causa que su identificación con la fidelidad debida a los que supuestamente murieron por ella. Por eso me extraña y me sorprende que no se alarme ante la coincidencia nada casual entre la conversión de las víctimas de ETA en mártires de la Constitución y el surgimiento de voces que reclaman medidas de excepción y de fuerza frente al peligro separatista, voces que llegan a proclamar la necesidad de una guerra democrática contra el nazismo abertzale.

Una última precisión sobre la «desconfianza hacia los fugitivos» con que Elorza termina su artículo. Imagino que sentirse más amenazado por ETA de lo que todos lo estamos y creerse o saberse amenazado y perseguido no es, psicológicamente, lo más saludable que le puede ocurrir a uno, pues hace difícil situar la frontera entre la amenaza real y las fantasías persecutorias, pero esa trágica situación personal -que puede provocar el delirio de que un fugitivo «le mata por la espalda»- no autoriza moralmente a nadie a arrojar sobre sus críticos la insidia de que intentan «marcarle» o «ponerle en el blanco», ni a equiparar inquisitorialmente la divergencia respecto a sus posiciones a la complicidad con el terrorismo.

El vendedor de libros
Nota del Editor 14 Agosto 2001

A pesar de que en el primer artículo aparecían algunas declaraciones republicanas, no consideré oportuno incluirlo, sobre todo por la mezcla de género, lo mismo que en este, que tiende a confundir al personal; al haber considerado oportuno incluir el artículo de Elorza, muy clarito, y no haber hoy mucha materia que recortar, ahí queda, y si Elorza no está de vacaciones, espero que le replique debidamente.

Garrido: «Nuestro objetivo en EE.UU. es un idioma culto»
Redacción - San Lorenzo de El Escorial.- La Razón 14 Agosto 2001

El director del Instituto Cervantes de Alburquerque (EE. UU.) y catedrático de lengua española en la Universidad Complutense, Joaquín Garrido Medina, dijo ayer que, ante la emergencia del español en Norteamérica, «nuestro objetivo debe ser un idioma culto», informa Efe. Garrido, que intervino en el curso «Lingüística integral y enseñanza de la Lengua», explicó que el Cervantes está desarrollando «un trabajo importantísimo en el suroeste de Estados Unidos, donde hay una herencia hispánica considerable y un enorme interés en el conocimiento de lo español».
   
   Con relación a la polémica suscitada por el «spanglish», Garrido se refirió a él como «un contacto positivo entre lenguas». «Lo defenderé porque siempre es mejor que se conozca el español en el nivel que sea a que no se conozca», aunque rechazó «darle entidad como lengua independiente».

 

 

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