AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 15 Agosto  2001
#Palabras sobre la lengua
Manuel Alvar. de la Real Academia Española La Razón 15 Agosto 2001

#Alvar, la lengua como libertad
Luis María ANSON La Razón 15 Agosto 2001

#El Estado de Derecho desarmado
Enrique de Diego Libertad Digital 15 Agosto 2001

#Los enanos
Jaime CAMPMANY ABC 15 Agosto 2001

#Las detenciones de la Ertzaintza deben marcar una nueva etapa
Impresiones  El Mundo 15 Agosto 2001

#La autodestrucción
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 15 Agosto 2001

#Mato afirma que la Ertzaintza «sería eficaz si no siguiera las directrices que marca el PNV»
Marcos S. González - Madrid.- La Razón 15 Agosto 2001

#El poder municipal (I)
Juan Alberto BELLOCH La Razón 15 Agosto 2001

#El Poder personal y vasallos monárquicos a la fuerza
Nota del Editor 15 Agosto 2001

#La anacrónica sangre
Lucrecio Libertad Digital 15 Agosto 2001

Palabras sobre la lengua
Por Manuel Alvar. de la Real Academia Española La Razón 15 Agosto 2001

MIL veces, periodistas de la prensa, de la radio o de la televisión preguntan algo como esto: «¿Verdad que hablamos (o escribimos) muy mal?». Cierto que lo malo abunda, pero ¿no entre los médicos, los abogados, los ingenieros o los profesores de lingüística? Lo que ocurre es que los medios de comunicación tienen un alcance que a todos nosotros nos falta: ¿Qué pueden hacer las Academias si tienen autoridad, pero no la fuerza para imponerla? ¿Cuál será el influjo del profesor sobre sus alumnos tan escasos, por masificados que se le presenten? Lo que resulta de imperiosa necesidad es que esos profesionales tengan conciencia de su responsabilidad y no se dejen guiar, simplemente, por motivos ocasionales. Pero tampoco se les puede dejar abandonados a su buen o mal criterio en los problemas que atañen a la lengua. Es preciso que nuestros gobiernos comprendan estas razones y creen los centros idóneos para la formación de quienes conforman más que nadie el porvenir de la lengua. Hace muchos años, cuando la radio alcanzó su extraordinaria difusión, Alfonso Reyes dio la voz de alerta, pues con el gran bien que culturalmente podía hacer, e hizo, estaba el riesgo de su fuerza desintegradora. ¿Qué diría hoy? Se ha dicho que la nuestra es la generación del confeti: estamos inmersos en el mundo de los medios de comunicación y sobre nosotros vuelan, como las serpentinas en un baile de carnaval, miles y miles de posibilidades de información. Ahora, más que nunca, necesitamos inteligencia para saber seleccionar y no quedarnos impávidos como las máscaras en la danza. Nos abruman los inventos técnicos (radio, televisión, vídeo, casetes, cable, ordenadores, juegos programados, etcétera), pero la lengua ¿está convenientemente defendida? Recordemos que, desde sus emisiones, la BBC inglesa planteó el problema de crear una lengua digamos «alta» para comunicarse con sus oyentes. Desde 1926 muchas cosas han ocurrido, pero la institución siempre tuvo como «importante responsabilidad» transmitir en lo que debe ser un inglés correcto. Si esto lo hizo una corporación cuyo fin no era el de defender la lengua, sí tuvo clarísima conciencia que sin una lengua correcta la comunicación es deficiente. Volvemos a estar en el marco de nuestras responsabilidades: hemos de llevar a la conciencia colectiva los principios de la corrección, válidos no porque sean correctos, sino porque, gracias a serlo, establecen una más fácil y amplia comprensión. Hace unos años, muy pocos, me tocó asistir en Cuba a la discusión de si debía imponerse en las transmisiones a todo el país, la norma habanera (con su -«s» final) o la santiagueña (con su pérdida). Este problema llevaba en sí mismo el porvenir de la lengua en una parcela del mundo hispánico.

Perder o no perder la «o» implosiva es algo más que una cuestión fonética de carácter local; en ella va la evolución del sistema, pues en lingüística no hay palos de ciego que se dan al azar; con la -«s» va, ni más ni menos, la formación del plural, la suerte de la conjugación, las metafonías de las consonantes sonoras, el timbre de las vocales, etcétera. También desde el poder se puede actuar sobre la lengua. Pero, también, los transistores de hoy cumplen en muchos países la misión que un día ejercieron templos y mercados y con ellos -siempre la palabra- se hicieron revoluciones como la del Irán.

Claro que la palabra es dúctil y maleable. Leo en un texto sagrado: «En aquel tiempo todo el mundo hablaba el mismo idioma» (Gen, XI, 1). Parece que las cosas están claras, pero no: los clérigos progresistas, contra lo que se dictaminó en el «texto único», en las normas del Concilio Vaticano II y en el Código de Derecho Canónico, se saltan todo a la torera y hacen de su capa un sayo. Desintegran la lengua, desintegran nuestra tradición cultural y desintegran la coherencia mental. Como un Cantinflas redivivo (pero sin gracia) leemos: «No hay razón, no hay razón y todo es absurdo» que, en mucho más de mil años de catolicismo, se había dicho: «vanidad de vanidades y todo vanidad». Que ni siquiera es lo mismo. Claro que si en una llamada versión popular de la «Biblia» (llena de infinitas pedanterías), titulada «Dios habla hoy», hay un joyel de piedras preciosas que alcanzan esta delicia de dignidad y decoro: Lot ofrece su aposento, «Señores, por favor les ruego que acepten pasar la noche en casa de su servidor». Resulta que nuestros buenos clérigos (es un decir) han llegado a las mismas conclusiones, sólo que al revés, que los militantes del grupo Farabundo Martí: estos trataban de integrar su lengua en el quehacer de sus correligionarios. ¿Acaso para no entenderse?

Hispanoamérica, y España, está llena de misioneros mormones. Llevan para su adoctrinamiento que, al parecer, nada tiene de fracaso, el «Libro del Mormón». Traducido en un español ejemplar, digno, sin chabacanería y sin atisbos folclóricos. Con la lengua común -y culta- se entienden para hacer prosélitos. ¿Por qué nosotros buscamos la desintegración?

Olvidamos que en el mundo hispánico nada dicen la raza, ni la condición social y sólo la lengua es el vínculo que nos une.

Cuando se estableció el Día de la Raza, don Pedro Henríquez Ureña defendió su creación porque para nosotros no cuenta la biología, sino la cultura que integra. Más o menos es lo que escribió de forma tajante Alfonso Reyes y aún añadió algo categórico: «nuestra lengua es el excipiente que disuelve, conserva y perpetua nuestro sentido nacional», pues olvidada la biología, «lo determinante es la cultura y su expresión de la lengua». Lengua de todos por igual, como lo fue en el siglo XVI, tan propia de los que se quedaron en Europa, como de los que se fueron a América. Amado Alonso nos ahorra seguir hablando del bien compartido y tanto más de cada uno de nosotros cuanto más lo podemos comunicar.

Muchos pueblos de América necesitan integrar a esos connacionales que no hablan la lengua común. Recurrir al amparo de don Ángel Rosenblat es de justicia. Es necesario que pensemos en esas comunidades que aún no poseen el español, pero que necesitan de él para lograr su plenitud de hombres, como me explicaba aquel huitoto que me decía ser baquiano mientras me acompañaba por la selva amazónica. Integración que se hace por la lengua y que nada tiene que ver con el matiz de la piel. Séame permitido recordar -por emocionante y justo- aquel indio chiapaneco que se consideraba mexicano, pues indios eran los de Bonampak que vivían en la selva y no sabían español.

Esta integración exige, en contrapartida, como ya alertó don Marcos Morinigo en el prólogo de su «Diccionario», que cuidemos muy bien la adopción de americanismos, distinguiendo lo que es indigenismo de lo que son usos, o creaciones, del español de América.

Creo que la Academia manifiesta un buen criterio en los procesos de adopción, pero son las Academias nacionales quienes deben cuidar celosamente de su patrimonio para que la lejanía impida cometer errores. Cuidado que debe seguirse tanto por un criterio de selección (no todo tiene valor del mismo modo: difusión geográfica, distribución social, etcétera) como por el de precisión. Que no nos cieguen pruritos nacionalistas ni nos perturben temores de incomprensión. Las tareas, una vez más, son de todos, y a todos nos obligan y nos honran.

El académico Manuel Alvar falleció el 14 de Agosto de 2001 en Madrid, víctima de una larga enfermedad, a los 78 años de edad.

Alvar, la lengua como libertad
Luis María ANSON La Razón 15 Agosto 2001
de la Real Academia Española

Era un sabio. Levantó con ternura la piel del idioma y escudriñó todos sus secretos. Rastreó la vida del español desde su nacimiento hace mil años. Escuchó sus primeros vagidos, tomó la mano al presbítero Nuño, se paseó de Calahorra a San Millán y recaló en la Academia de la Historia que conserva el manuscrito número 60 con las glosas que abren la aventura del castellano. Entendió como nadie que el destino de nuestro idioma está en América. Y también su grandeza. Viajó si descanso. Estudió la lengua en las comunidades hispanoamericanas. Un día llegué a Leticia, un pueblo en la selva colombiana, y allí había estado durante meses Manuel Alvar con su lupa sobre el vocabulario perdido. Escribió un libro magistral sobre aquella experiencia insólita.

   Cuando fundé el Departamento del Español Urgente en la agencia Efe, allá por 1978, le llamé para que incorporara su sabiduría a una tarea, la que más preocupaba a Dámaso Alonso, que tenía como objetivo mantener la unidad del idioma. Trabajó de forma infatigable. Estaba enamorado de la palabra.

   La precisión, la exactitud, el rigor, la monografía científica, el conocimiento profundo de las materias sobre las que escribía, caracterizan su obra ingente de filólogo, de lingüista, de historiador de la gramática, de investigador literario. Fue, además, un poeta sensible e inspirado. Dirigió la Real Academia Española sin un aspaviento, sin una excentricidad, con serena seriedad, con la sencillez que caracterizó su vida entera. Un día, durante el almuerzo en su casa de Chinchón, hablamos de libertad. Se expresó de forma profunda y sabia. A los pocos meses publicó un libro que a veces releo: La lengua como libertad. Pienso que la mejor manera de definir a Manuel Alvar, en la hora triste de su muerte, es con esas palabras que, desde el idioma, le hicieron libre como la verdad.

El Estado de Derecho desarmado
Por Enrique de Diego Libertad Digital 15 Agosto 2001
En el País Vasco hay “zonas liberadas” –comarcas, pueblos, barrios– donde el Estado de Derecho es inexistente. Tales zonas procuran vivir al margen para no contaminar sus verdades absolutas que pasan por el asesinato. En esas zonas no sólo se alienta el terrorismo, también se practica con coacciones, preparando el ambiente para la “ejecución” o con atentados de “kale borroka”. Frente a esas zonas donde reina el delito –mucho más allá de ese eufemismo de la apología del terrorismo– el Estado de Derecho está desarmado, ha hecho una dejación consciente de sus responsabilidades como peaje a la irracionalidad. Se suponía que con tal proceder se beneficiaba no se qué deriva hacia posiciones democráticas del entorno etarra que nunca se produce. Como es norma en el totalitarismo –Eta y Batasuna son más y menos que un movimiento nacionalista, son un movimiento totalitario– el devenir historicista del tiempo conlleva procesos continuos de depuración interna y radicalización. En esas “zonas liberadas” Batasuna, de hecho, de manera perversa, ha sustituido a la policía. Un esquema similar al Chicago de los años treinta.

En buena medida, ese desarme suicida del Estado de Derecho ha sido una estrategia consciente de Ajuria Enea, una connivencia. Para ello se han dejado en suspenso, por ejemplo, criterios de coordinación entre las Fuerzas de Seguridad, explícitamente contemplados en la Constitución y en el Estatuto de Gernika, documento que sólo se contempla desde una óptica reivindicativa y, al tiempo, restringida.

Ya dije en su día que la estrategia de recuperación de la calle por los ciudadanos no era otra cosa que la confirmación del déficit existente de Estado de Derecho, pues en cualquier democracia tal misión corresponde a la Policía y a los Tribunales. No puede ser nunca estrategia política condescender con el delito, pues eso genera una sensación de impunidad y debilita en el fondo y en la forma a la democracia. Hay amplias zonas geográficas del País Vasco donde de hecho no hay democracia. Gracias a ello gana el nacionalismo las elecciones. Nada tan abyectamente hipócrita como esos juicios mediáticos en los que se desconocen tales realidades y aun se culpa a los constitucionalistas de una situación que padecen con riesgo para sus vidas.

La situación es que esa impunidad como costumbre se está volviendo contra la policía autónoma vasca, convertida en la fuerza “cipaya” del PNV. Y, por otra parte, los batasunos han visto que su poder se está cuarteando en las urnas... a manos precisamente del PNV, que, en su relativismo moral, los ha utilizado como bolsa de voto afín. Recuperar el Estado de Derecho ha de ser el primer objetivo de un gobierno legítimo (la legitimidad es de origen, también de ejercicio). El autogobierno real, el que falta en el País Vasco, es el de los ciudadanos para poder convivir en libertad sin riesgo físico por sus opiniones.

Los enanos
Por Jaime CAMPMANY ABC 15 Agosto 2001

En su primera legislatura, con una mayoría parlamentaria en precario, pendiente del hilo de los nacionalismos, catalanistas, canarios, vascos, todo eso, a José María Aznar le parían los machos. Todo le salía a pedir de boca, el juego de las vicepresidencias y los ministros estaba equilibrado, ningún cargo importante del Estado sacaba los pies del plato ni meaba fuera del tiesto, y España, en general, iba razonablemente bien. Las peores noticias llegaban del flanco de la justicia, donde el Partido Socialista había entrado a saco y mandaban los bacigalupos, los belloques, los ledesmas, los moscosos y los clementes, quiero decir los clementes de apellido. Todo ese tinglado no podía ser desmontado de un manotazo, y parte de él ahí sigue todavía. No se ganó Zamora en una hora.

El afán separatista de Arzalluz y de parte del PNV todavía no había hecho explosión total. De vez en cuando, amenazaba de erupción, como el Etna este verano, y ya empezaban los movimientos preparatorios para plantear la situación de que «unos arreen y otros negocien». El Gobierno tenía un par de cabezas de turco, que se llevaban los golpes de lanza, y en los veranos Aznar andaba tranquilamente a Oropesa. La imagen natural del verano era Ana Botella en pareo. Tampoco había estallado con estruendo el volcán de la sucesión. Todavía no se veía tacto de codos, declaraciones de inapetencia, y todo se reducía a la sinceridad ingenua y recental de Alberto Ruiz-Gallardón, que entonces le faltaban dos hierbas. Pujol se sacrificaba en aras de la gobernabilidad y hasta el PNV votaba algunas veces a favor del Gobierno. La antesala del paraíso.

Todo estaba preparado en aquella primera legislatura para desembocar en la mayoría absoluta, o sea, para entrar de lleno en el paraíso. Recuerdo aquella noche de júbilo para muchos. Señoras y señores votantes: Aznar ha entrado en el paraíso. Y cuando ya se ha alcanzado el paraíso, el cielo se cubre de nubarrones, truena el cielo, tiembla en algunos puntos la tierra, el relámpago brilla y el rayo amenaza. La economía pega un frenazo, abróchense los cinturones, el terrorismo se desmadra, el PNV anuncia el fin de la identidad vasca y Arzalluz gana así las elecciones, sale a relucir el caso Ertoil, para cazar a Piqué se despliega una parafernalia como para la caza del zorro plateado, Celia Villalobos empieza a decir sansiroladas y Arias Cañete recurre a las palabras mayores.

No acaban ahí las tribulaciones. Siguen creciendo los enanos. Ya no paren los machos, pero lo malo es que tampoco paren algunas hembras. El pacto para la reforma de la Justicia sale con forma de buñuelo. Los partidos políticos luchan en la magistratura toga a toga, puñeta por puñeta. Mugen las vacas locas. El aceite de orujo provoca resbalones. La Enseñanza cabecea. El CIS metepatas nos comunica que Zapatero saca mejor nota que Aznar en el debate de la Nación. El Gobierno necesita una reparación de urgencia, pero Aznar calla y sigue, sin cambiar el gesto ni el paso ni a los ministros. A ver qué hacemos con la invasión de los inmigrantes. Hay moros en la costa. Tarik desembarca en pateras, y no tenemos más Pelayo que doña Marta Ferrusola.

Y por si fuera poco, Gescartera, el Ibercorp del PP. Cierran contra Aznar secretarios de Estado de familia numerosa, cuchipandas, comidas de «trabajo», dieciocho mil millones de pesetas que se esfuman como por la magia de David Copperfield. Llegan mezclados como en una corte de los milagros o en una partida de la santa compaña obispos y magistrales, párrocos de pueblo dejados de la mano de San Saturio, los astilleros y sus flotas, los huérfanos de la Benemérita, los silenciosos tenedores de las cajas «B» y la órdiga. Dios salve a Aznar.

Las detenciones de la Ertzaintza deben marcar una nueva etapa
Impresiones  El Mundo 15 Agosto 2001

La Ertzaintza detuvo ayer en Bilbao a cuatro personas, dos de ellas presuntamente relacionadas con delitos de violencia callejera. El que los responsables de perpetrar actos vandálicos con el fin de amedrentar a la sociedad y plegarla a sus postulados independentistas no gocen de total impunidad es una noticia ciertamente positiva. Ojalá este hasta ahora inusual despliegue de vigor por parte de la Policía Autonómica vasca contra el entorno etarra marque el inicio de una nueva etapa y sea el precedente de nuevas y exitosas intervenciones.

No obstante, es justo recordar que los resultados del supuesto plan del Gobierno de Ibarretxe contra la kale borroka no han sido más que decepcionantes.

Desde la muerte de la etarra Olaia Castresana, han sido más de 40 los actos de sabotaje cometidos por los radicales. Sin embargo, con las dos de ayer, sólo suman seis las detenciones que ha realizado la Ertzaintza. La reunión que celebrarán el viernes el secretario de Estado de Seguridad, Pedro Morenés, y el viceconsejero de Seguridad del Gobierno vasco, Mikel Legarda, debería servir para coordinar la acción de las fuerzas de seguridad estatales y autonómicas y para frenar de una vez la violencia callejera. Pero existe el peligro de que el espíritu victimista de algunos dirigentes del PNV acabe por perjudicar el espíritu de colaboración que debe imperar entre los Gobiernos vasco y central.

Xavier Arzalluz acusó ayer al ministro del Interior, Mariano Rajoy, de buscar injustamente desprestigiar a la Policía autonómica vasca y aseguró que su formación está decidida a «perseguir por todos los medios legales y con toda la eficacia técnica cualquier transgresión de los derechos humanos». Lo cierto es que sólo los hechos concretos pueden dar al Ejecutivo vasco toda la confianza que ha de merecer.

La autodestrucción
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 15 Agosto 2001


Se ha dicho y repetido que el llamado «conflicto vasco» no resiste un análisis mínimamente racional. Los habitantes de los territorios que los nacionalistas reclaman como la mítica Euskal-herría, ¿sacarían alguna ventaja tangible de la segregación de los Estados democráticos que los albergan para acceder a una nueva entidad política soberana? En el ámbito económico, pérdida de los cuantiosos beneficios del concierto, eliminación de las ayudas europeas, salida de la moneda única con la consiguiente elevación de tipos de interés, huida masiva de empresas, caída en picado del comercio «exterior», estampida de una parte significativa de la población activa con la correspondiente disminución del crecimiento, y notable deterioro de la competitividad. En el campo institucional y político, aislamiento internacional, supresión de los derechos fundamentales, encajonamiento entre dos países mucho más poderosos y hostiles, enfrentamiento entre un gobierno abocado al totalitarismo y una resistencia civil violenta de los no nacionalistas, y desaparición irremisible del pluralismo. En la faceta social, desgarramiento sangriento de la ciudadanía entre nacionalistas y no nacionalistas y entre nacionalistas «blandos» y batasunos feroces, empobrecimiento cultural derivado de la introversión enfermiza sobre la propia tragedia, vandalismo y terrorismo en proporciones muy superiores a las del presente, y transformación en una colectividad cerrada, escindida y poseída por el miedo y la impotencia.

   Si todo eso es así, y nadie, a poco lúcido u objetivo que sea, lo puede negar ¬basta contemplar el caso balcánico para hacerse una idea del infierno desatado por los procesos nacionalistas de secesión en sociedades plurales¬ la pregunta que surge imparable es ¿por qué? Los vascos de principios de siglo XXI, ¿qué motivos se dan a sí mismos para insistir en este camino de demencia que sólo les llevará al fracaso colectivo? ¿Qué extraño impulso o deseo misterioso les hace poner en peligro su prosperidad, su bienestar, su prestigio y su alto grado de civilización para lanzarse de cabeza a un piélago de peligros sin fin? Su proyecto alternativo al democrático-liberal de la Constitución española ¿en qué consiste? ¿En el disparate marxista-leninista de los batasunos, vía segura a la miseria? ¿En el integrismo teocrático y racista sabiniano, que produce rubor hasta a los mismos peneuvistas y que convertiría al País Vasco en una anomalía histórica grotesca incompatible con los valores de Occidente? En sus últimos escritos, Freud introdujo el concepto de tanatomanía, instinto de autoaniquilación, que contrapuso al Eros creador y vitalista. Quizá estemos equivocando el diagnóstico y el problema vasco no sea de carácter político, sino psiquiátrico, y lo que necesite aquella sociedad maníaco-depresiva no sean elecciones sino pastillas. O sea, menos competencias y más farmacias.
 

Mato afirma que la Ertzaintza «sería eficaz si no siguiera las directrices que marca el PNV»
Marcos S. González - Madrid.- La Razón 15 Agosto 2001

La coordinadora del área de participación y acción sectorial del PP, Ana Mato, valoró ayer la situación actual del País Vasco afirmando que el «PNV tiene que tomar decisiones, tiene que dejar de hablar y dejar de hacer declaraciones retóricas que no significan absolutamente nada». Mato alabó la actuación de la Ertzaintza al afirmar que «está ejerciendo una buena labor» y que «sería una policía eficaz si no siguiera los criterios que le tienen que marcar desde el PNV». Por ello, la popular pidió a los nacionalistas «una colaboración leal entre los cuerpos de Policía autonómicos y la Policía estatal» ya que, «lo único que impide» dicha colaboración son «las directrices que se marcan desde el PNV». La dirigente popular aseguró que «es imprescindible la colaboración entre todas las Fuerzas de Seguridad del Estado» y dijo que las reuniones entre las cúpulas de Interior, tanto la del ministro Rajoy y el consejero Balza, como la que se celebrará el viernes entre los «número dos», Morenés y Legarda, marcan «la línea en la que hay que seguir trabajando».

Lo primero es la vida
«Hay que dejarse de debates inútiles y ficticios, ¬afirmó Mato¬. La soberanía no está por encima de la libertad de las personas». Según la portavoz «lo primero en el País Vasco ahora es la vida de las personas, cualquier otro debate es ficticio». Respecto a las últimas declaraciones del ministro del Interior, Mariano Rajoy, en las que insinuaba un recorte en las competencias de la Policía autónoma vasca, la portavoz aseguró que «el mejor indicador del autogobierno de una Comunidad Autonómica es el acuerdo de financiación económica, que permite unos niveles de autogobierno como nunca ha tenido ninguna comunidad en España».
   Sobre la reunión que se producirá el próximo viernes entre el secretario de Estado para la Seguridad, Pedro Morenés, y el viceconsejero de Interior vasco, Mikel Legarda, Mato valoró positivamente «la diligencia» con la que se están llevando a cabo estos encuentros y afirmó que en ellos, «sin ninguna duda» se darán pasos adelante. Por ello, demandó al PNV que no «ponga trabas en el camino» para que se avance rápidamente «en una colaboración que redundará en beneficio de todos los ciudadanos vascos».

El poder municipal (I)
Juan Alberto BELLOCH La Razón 15 Agosto 2001

Ahora que se ha resuelto provisionalmente el complejo problema de la financiación de las Comunidades Autónomas, parece llegada la hora de decir que, en términos políticos, las ciudades y los pueblos no se han beneficiado del tratamiento financiero y del aumento competencial vivido en el ámbito intraestatal por las Comunidades Autónomas y en el ámbito comunitario por las instituciones europeas. Esta situación ha conducido a un grave desajuste entre sus responsabilidades y los medios con que cuentan para afrontarlas.
   Es evidente que el poder local no fue una «preocupación fundacional» de nuestros constituyentes del 78. Y es comprensible que así fuera pues, por entonces, las dos grandes prioridades eran alcanzar un «pacto de libertades» y alcanzar un «pacto territorial» dentro del cual la preocupación central era buscar un razonable acomodo de las llamadas «nacionalidades históricas» y acabar también con el viejo «nacionalismo español» de signo centralista. La prioridad territorial, en suma, fueron las Comunidades Autónomas.

   Los entes locales, en efecto, encuentran en la Constitución únicamente un marco de principios generales, sin fijación de competencias y medios. Esto ha convertido el principio de la autonomía municipal en no mucho más que una loable declaración de intenciones.
   El nacimiento y desarrollo del emergente poder autonómico no sólo se hizo en detrimento del poder central, sino también de los entes locales. El proceso no es nuevo en la historia. De hecho la conformación de los estados nacionales erosionó el protagonismo político del que venían gozando las ciudades. Esto mismo ha ocurrido con el paso de un estado unitario a otro autonómico.

   El problema reside en que se suponía que de manera paulatina las Comunidades Autónomas irían descentralizando sus competencias a favor de los municipios, una vez pasado el comprensible sarampión de «autoafirmación institucional». Lo que los padres de la Constitución española no estaban obligados a prever es que las Comunidades Autónomas que con tanto ahínco y entusiasmo predican la necesaria descentralización del Estado no estén dispuestas a practicar esa misma doctrina en sus relaciones con los ayuntamientos. Tienden, por el contrario, a reproducir en su respectiva dimensión territorial los mismos vicios que achacan al Estado central.

   Las leyes autonómicas relevantes en materia local han resultado ser un complejo fracaso en el objetivo de otorgar nuevas competencias a favor de los municipios. Estamos hablando de áreas tan importantes como servicios sociales, deportes, cultura, mujer, juventud y medio ambiente, si nos quedamos ya con las clásicas pretensiones de la Federación Española de Municipios y Provincias, o incluso de nuevas materias que es preciso incorporar a la lista de reclamaciones tales como el empleo, la seguridad o el urbanismo.

   Otro problema que también está dificultando el desarrollo del poder local es el elevadísimo número de municipios existentes. Basta un dato para hacernos una idea del despropósito que supone la situación actual. Nuestro país cuenta con más de 8.000 municipios, lo que supone una población media inferior a los 5.000 habitantes. En el Reino Unido, el número de municipios no llega a los 500 y la población media es próxima a los 120.000 habitantes.

   Este minifundismo municipal dificulta argumentar propuestas que pasen por aumentos competenciales serios a favor de entes locales débiles.

   La solución no puede estar en predicar la necesidad de que se invierta esta tendencia, sino en terminar de una vez con la inercia de todos los Estados herederos de la administración napoleónica de unificar el régimen jurídico de todos los municipios. Hay que impulsar las transferencias competenciales únicamente a favor de aquellas ciudades cuyo tamaño y capacidad de gestión esté asegurada; es decir, sólo en aquellos casos en que tal incremento competencial se traduzca en un mejor servicio para los ciudadanos.

   Tampoco ayuda la excesiva proliferación de instancias administrativas que estamos viviendo. Es una realidad poco criticada en público pero por todos reconocida en privado, que el elevado número de administraciones existentes en nuestro país confunde a los ciudadanos, complica la resolución de las tareas públicas y eleva innecesariamente el coste del conjunto del bloque público.

   ¿Por qué sólo tenemos noticias de nuevas administraciones e instituciones que se crean, pero nadie ha oído hablar de ninguna que haya sido suprimida, salvo, si me permiten la broma, la República? Cualquier respuesta veraz nos obligaría a adentrarnos en un intrincado terreno en el que probablemente descubriríamos argumentos sustentados en un predominio del interés de los administradores o de los políticos de turno sobre los intereses reales de los administrados. Parece de sentido común abordar una profunda revisión de este mal endémico. No es sensato mantener en su actual estado instituciones como las diputaciones provinciales, gran parte de los municipios, numerosas entidades locales de diversa condición, algunas mancomunidades o incluso, por qué no decirlo, el propio Senado.

   Hasta aquí una somera descripción del estado de la cuestión. Se han expuesto las dificultades, los inconvenientes que están paralizando el nacimiento de un verdadero poder municipal. En otro momento habrá que abordar las posibles alternativas para que se convierta en realidad el principio de la autonomía municipal.
 

El Poder personal y vasallos monárquicos a la fuerza
Nota del Editor 15 Agosto 2001

Ya tienen poder europeo, poder central, poder autonómico, regional, local y otros,  falta descentralizarlo a donde siempre debiera haber estado, al individuo, pero ahí está la madre del cordero, pues ningún político profesional dejará que eso suceda.

En una época histórica hubo reyes, marqueses, condes, etc., viviendo a costa de los vasallos, y seguimos igual, ahora se llaman ministros, consejeros, concejales, asesores y otros, pero seguimos siendo vasallos, porque el que nos dejen poner un papelito en una urna una vez cada cuatro años, más que una tomadura de pelo, es más bien un insulto. Menos mal que ya no tenemos que pagar diezmos y primicias, algo hemos avanzado en algunos países occidentales.

La anacrónica sangre
Por Lucrecio Libertad Digital 15 Agosto 2001

No está la diferencia en la cualificación técnica del armamento. Es verdad que los cócteles Molotov con ácido (cócteles-napalm se llamaron en su origen) son tan viejos como el final de los sesenta. Y que se usaron –nunca contra personas, que yo recuerde– en los años más duros del movimiento estudiantil contra el franquismo. Es cierto que eran una salvajada entonces. Pero aquella salvajada, comparada con las sesiones de tortura de la Brigada Social en los sótanos de Sol, era una broma.

No. No está la diferencia jamás en un aspecto técnico o logístico. A final de los sesenta se luchaba cruelmente contra una dictadura de crueldad infinitamente más alta. Pasó aquello. El mundo de ahora está muy lejos de parecerse a la sociedad racional y, en lo posible, libre y feliz que soñábamos algunos. Sabemos, esos algunos, que nuestra lucha sólo acabará con nuestras vidas. Que el mundo seguirá siendo en lo esencial irreparable. Y seguiremos luchando, porque sólo en la negativa a aceptar lo odioso hay un hálito de belleza.

Sabemos, sobre todo, que cada tiempo exige de nosotros un combate diferente. Y que lo que es moralmente amargo pero justo en tiempos de dictadura, se convierte en inmoral –y, más aún, enfermo y feo– cuando un marco de garantías jurídicas –por inacabado que sea– es puesto en juego.

No. La estúpida Kale Borroka (versión vasca de la hiperreaccionaria Intifida musulmana) nada tiene que ver con radicalismo alguno de los sesenta. No había un solo grupo de la extrema izquierda europea que no fuera intratablemente antinacionalista. Y todas las tentaciones de arremeter a palos contra sistemas constitucionales de corte parlamentario acabaron –no podía suceder de otra manera– en suicidio.

Sé, claro está, que tan mentira era la febril exaltación revolucionaria de entonces como este átono desmigar sueños de ahora en las pálidas sociedades europeas. Y que hay menos dolor en esto. Aunque también, quizá, perfecta ausencia de placer. Puede que aprendan otros a vivir sin aventura. A mí, como al Rimbaud de hace ya un siglo y pico, este “haber visto todo”, este haber todo sabido mucho antes de que comenzara a repetirse como un grasiento carrusel de feria, se me hace, en rigor, poco vivible. Nosotros, los bibliómanos, sabemos hasta qué punto la invitación al viaje del Rimbaud que evoca a Baudelaire era ilusoria. Al final de todo viaje extraordinario –escribe Borges, que de esa ausencia de épica hizo literatura–, la memoria del que vuelve no es más que “un espejo de íntimas cobardías”. La de haber vuelto, la primera.

Sé que es contra la resignación ya contra lo único que lucho. Y que la resignación primera es la de la muerte. La anacrónica, resignada sangre de la Kale Borroka.

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