AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 12 Septiembre  2001
#Guerra terrorista
Editorial ABC 12 Septiembre 2001

#La Tercera Guerra Mundial
José Antonio ZARZALEJOS, director de ABC 12 Septiembre 2001

#La guerra del futuro ha llegado
Editorial La Razón 12 Septiembre 2001

#Democracia y terrorismo
Jaime CAMPMANY ABC 12 Septiembre 2001

#Y ahora el «comando Madrid»
Juan BRAVO La Razón 12 Septiembre 2001

#Golpe a nuestra civilización
Editorial El País 12 Septiembre 2001

#Hay que ganar esta guerra
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Septiembre 2001

#Bailad, bailad malditos
Alberto Míguez Libertad Digital 12 Septiembre 2001

#Un atentado contra la política y la democracia
MARIANO AGUIRRE El Correo 12 Septiembre 2001

#La historia, sin fin: los culpables
Enrique de Diego Libertad Digital 12 Septiembre 2001


Guerra terrorista
Editorial ABC 12 Septiembre 2001

EL fanatismo integrista islámico ha arrastrado al mundo a una crisis similar a la que provocó el ataque japonés contra Pearl Harbor, con la diferencia de que el terrorismo ha atacado esta vez a Estados Unidos en el corazón de sus ciudades y de sus poderes. Entonces, como hoy, el mundo libre entró en una nueva etapa de la historia para hacer frente a un enemigo común, destructivo y brutal. La voluntad de los terroristas que han destruido las Torres Gemelas y el Pentágono, han causado miles de muertos y han inyectado el miedo a una generación de americanos no es otra que sumir a las democracias occidentales en el más incontrolable de los temores.

El secuestro de aviones comerciales y su utilización como bombas volantes contra los objetivos atacados ha demostrado que el terrorismo islámico dispone de una capacidad de organización y de agresión que obligará a todos los Estados a replantearse sus sistemas de seguridad interna y de colaboración recíproca no sólo para evitar nuevos atentados similares sino también para acabar con sus organizaciones y apresar a los autores y ponerlos a disposición de la Justicia. La catástrofe provocada por los terroristas sólo era posible con una perfecta coordinación de múltiples comandos, apoyados con una infraestructura financiada y soportada por una trama internacional de Estados y organizaciones que buscan la desestabilización de las democracias. Aunque aún no hay confirmación oficial -sino desmarques tan sospechosos, por su urgencia, como el de los talibanes afganos-, todo apunta a que tras estos ataques se encuentra Osama Bin Laden, gran capataz y patrocinador del terrorismo islámico más brutal, obsesionado con Estados Unidos, al que ha golpeado en los emblemas de su poder económico, político y militar.

PERO además de las condenas, éste es el momento de las respuestas. La valoración de los atentados cometidos ayer en Estados Unidos trasciende el juicio habitual sobre el terrorismo, porque han sido auténticos actos de guerra, que han eludido, de forma incomprensible, los filtros de las diversas agencias de seguridad e inteligencia americanas. Sin embargo, de nada sirve ahora preguntarse por los fallos de un Estado que ha hecho de la seguridad de sus ciudadanos un objetivo prioritario de su política nacional e internacional. La amenaza terrorista ya es una agresión a nivel mundial y como tal debe ser tratada por las instituciones internacionales, que deben comprometerse de manera absoluta contra el terrorismo y los Estados que lo promueven.

Las réplicas de esta crisis no se harán esperar. En el terreno militar, Estados Unidos apelará al derecho de represalia con el que justificó los ataques a Libia y Sudán tras los atentados contra sus tropas en Líbano y sus Embajadas en Kenia y Tanzania. Ayer, el presidente Bush comprometió solemnemente todos los recursos de su Gobierno en el castigo de los autores. El derecho legítimo de las autoridades americanas de perseguir a los autores de los sangrientos atentados, en el marco de la legislación internacional, debe contar con la colaboración de los países aliados, la OTAN y la Organización de Naciones Unidas, que en el futuro habrá de evitar seguir siendo foro del antioccidentalismo y del antiamericanismo que alimenta el espasmo terrorista que hoy ha sembrado de muerte Estados Unidos.

EL líder ruso, Vladimir Putin, lo ha expresado con toda claridad al exigir que los atentados «no pueden quedar impunes». La reunión, hoy, de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea debe ratificar también el rechazo absoluto al terrorismo y el apoyo efectivo a los Estados Unidos en la búsqueda y captura de los autores, en el sentido expuesto por el vicepresidente primero del Gobierno español, Mariano Rajoy, tras la reunión del gabinete de crisis. La intensidad y la extensión de la respuesta de Estados Unidos dependerá en gran medida de la actitud de los Estados árabes que contemporizan con las organizaciones terroristas, en aras de una comunidad religiosa que los sitúa en el grado de la complicidad, cuando no de la coautoría. Ya no basta con el rechazo ni con la condena de la violencia, si al mismo tiempo acogen, cobijan y permiten la financiación y el entrenamiento de los terroristas.

EN este panorama de desolación y desconcierto, la responsabilidad palestina e israelí para alcanzar una paz definitiva, ha aumentado hasta hacerse un deber inevitable. Sharón y Arafat han de asumir, por el bien de sus propios pueblos y del mundo, que la violencia con la que se responden permanentemente es un callejón sin salida, en el que se nutren del terrorismo más fanático.

Por otro lado, el riesgo a una crisis económica no aumentará por iniciar con los países árabes, y con aquellos que mantienen relaciones privilegiadas con Estados filoterroristas -por ejemplo, Pakistán con Afganistán- una relación inaplazable de firmeza y exigencia, porque no es posible seguir sometido al chantaje del petróleo para no tomar las medidas proporcionadas a la gravedad de lo sucedido. Los mercados financieros ya han sufrido las consecuencias de los atentados y es seguro que todas las previsiones económicas quedarán alteradas sustancialmente. Pero el coste de la crisis es asumible si finalmente se logra la desaparición del terrorismo fundamentalista.

LA responsabilidad contra el terror nunca ha sido tan compartida y al mismo tiempo nunca ha hecho tan evidente la necesidad de defender políticas de fuerza y de cooperación militar contra el terrorismo y contra todos los focos de desestabilización internacional. Se abre así un período de reflexión sobre los nuevos fundamentos que habrá que dar a un orden internacional, nacido tras la derrota del Eje en 1945, en el que han fracasado las políticas de desideologización de la seguridad mundial, que se creía un producto de la Guerra Fría y un mecanismo de sumisión del Tercer Mundo. También han fracasado las actitudes de instituciones internacionales que no han servido para racionalizar y civilizar a regímenes políticos que han sido y siguen siendo amenazas graves y directas contra las democracias y la estabilidad mundial. Instituciones que muchas veces han estado lastradas por los prejuicios contra Estados Unidos y, por extensión, contra los valores de libertad y democracia que este país, con sus defectos y sus grandes aciertos ha encarnado en el siglo XX.

La Tercera Guerra Mundial
Por José Antonio ZARZALEJOS, director de ABC 12 Septiembre 2001

La historia registró ayer una inflexión irreversible y definitiva. El paroxismo del terrorismo -y ya no importa cuál de ellos- ha desatado la tercera guerra mundial al atacar el corazón político, militar y económico de los Estados Unidos de América. No otra puede ser la interpretación, apresurada pero obvia de la devastadora ofensiva terrorista sobre las dos grandes capitales americanas que quintaesencian los poderes del orden civilizado de este planeta y que arrancan de la derrota del nazismo tras el episodio bélico de 1939-45. Las fuerzas del mal que en el siglo pasado se encarnaron en las dictaduras totalitarias han sido sustituidas, a lo que se ve con la ventaja de la impunidad, por el terrorismo, que, cuajado en el fanatismo de los delirios nacionalistas, étnicos y religiosos, ha jugado con la vulnerabilidad de la civilización, con el debilitamiento moral de las democracias occidentales y con las complacencias de los sinuosos equilibrios ideológicos y estratégicos de las potencias democráticas.

Una ausencia de convicción en la superioridad de los progresos intelectuales de las sociedades más desarrolladas ha conducido a un desarme moral y material de las democracias occidentales, la primera de las cuales no ha podido poner a salvo la entraña de su sistema que quedó infartado y necrosado por la osadía de un terrorismo sin precedentes. Desde que el mundo superase las pruebas bélicas del siglo pasado todo un potente movimiento de acomplejamiento ideológico, de angustia ética y de debilidad moral ha ido despilfarrando los activos del nuevo orden mundial -viejo ya desde hoy- en una búsqueda desesperada de su identidad en el reconocimiento de los valores de sus más acérrimos enemigos. La impostura de que los esquemas de convivencia democráticos estaban bien defendidos con la mera dialéctica de su potencia intelectual -argumento falaz pero cultivado con esmero por la fragilidad de las distintas izquierdas europeas y americanas desde que el muro de Berlín se vino abajo en 1989- ha conducido lenta pero convincentemente a la ridiculización en unos casos, y a la impugnación en otros, de las políticas más cautas y defensivas.

 Si la capital de los Estados Unidos y su principal plaza financiera y política han sido zarandeadas hasta el colapso y miles de sus ciudadanos asesinados han caído víctimas del fanatismo, habría que interrogarse si el, para muchos, «estrambótico» vaquero que ocupa la Casa Blanca -ayer desalojada, como el Capitolio, también atacado- adquiere un sentido nuevo ahora que el orden mundial democrático ha quebrado exánime por la efectividad de las amenazas que el propio presidente Bush -y antes Reagan- denunciaban con denuedo.

El escudo antimisiles que pareció a tantos analistas una fabulación cinematográfica del mandatario estadounidense, goza a estas horas de una renovada vigencia atemorizada en millones de ciudadanos que en estas horas observan con un irrefrenable quebranto anímico cómo los símbolos de nuestra civilización se desploman como un castillo de naipes porque así lo ha decidido una suerte de terrorismo que se ha alimentado cual parásito sobre los complejos occidentales. El arrumbamiento de las tesis filosóficas, éticas y teológicas que legitimaron en siglos pasados el empleo de la fuerza para la defensa del bien, ha conducido a esta extraña vulnerabilidad que permite que una tercera guerra mundial se desate sobre Washington y Nueva York en apenas unas horas, el sistema financiero quede paralizado, la inteligencia militar al garete, los sistemas de seguridad superados y los discursos políticos envejecidos hasta límites insospechados.

La devastación de Manhattan -un Pearl Harbor del siglo XXI- adelanta con inminencia un nuevo orden mundial en el que la defensa de los sistemas políticos basados en la democracia retomarán la fuerza, revisarán sus fundamentos dialécticos e identificarán -esta vez ya de verdad- a sus auténticos enemigos que son -lo han venido siendo- los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos y supuestamente trascendentes y los fanatismos étnicos que han gozado de espacios de comprensión teórica y práctica de la mano amable y generosa del multiculturalismo, la dilución de la fortaleza de los Estados nacionales, el neorromanticismo racista e idiomático y la convivencia mansa con las dictaduras nucleares con estructuras terroristas incardinadas en respetables gobiernos que arrojaban contra el imperio americano la fortaleza de su presunta debilidad. Nunca llegamos a suponer, sin embargo, que el constante abofeteamiento de la prepotencia occidental acabaría con Washington y Nueva York en ciudades-peleles a merced del terrorismo.

Esta tercera guerra mundial que se consumó en pocas horas en el corazón americano, traerá, inicialmente, consecuencias desastrosas. Ya se están percibiendo. Es previsible una crisis económica de graves dimensiones y un cuestionamiento inmediato de regímenes políticos inservibles por cómplices con las fuerzas malignas que ayer asesinaron con alevosía a miles de ciudadanos americanos. Pero las consecuencias diferidas del dantesco espectáculo de una Manhattan en pavesas serán de alto bordo. Además del rearme material -sea OTAN o versión alternativa-, resultará imprescindible el ideológico con la deslegitimación radical e inmediata de discursos destructores que han pretendido diluir el orden internacional hasta el punto de dejarlo agonizante. Una revisión íntegra, pues, que ya no puede excluir la represión, después de décadas en las que la legítima defensa de las libertades conquistadas se ha mostrado como una forma siniestra de integrismo inaceptable y durante las cuales las víctimas se han presentado como los verdugos.

Es inevitable una reflexión proyectada sobre una España que, a una escala decimal en relación con las proporciones históricas de los acontecimientos de hace unas horas en Estados Unidos, presenta algunas incertidumbres, que requieren igual disposición quirúrgica a la que se está fraguando en estas horas en Washington. Madrid, Barcelona o Sevilla son ciudades que viven con el ánimo encogido ante la posibilidad -tan real, tan cierta, tan ya vivida y padecida- de una matanza terrorista. Basta el apunte, la indicación espantada de esa posibilidad que se cierne con perfiles de certeza luego de que la Gran Manzana, la gran ciudad prohibida del mundo, haya sido vapuleada por esta fugaz y destructora guerra mundial. Las fuerzas del mal -de nuestro particular mal pero que participa de todo el cortejo sintomático de las acciones terroristas de hace unas horas- están ahí, próximas, al acecho. Ha llegado el momento de que el mundo -y nosotros con él- nos defendamos para que la democracia no sea la pesadilla de una larga postguerra declarada por el terrorismo.

La guerra del futuro ha llegado
Editorial La Razón 12 Septiembre 2001

Los peores temores de la comunidad internacional se han hecho realidad: un ataque terrorista múltiple, por medio de aviones comerciales presuntamente secuestrados lanzados en una agresión suicida, ha destruido los más emblemáticos edificios de Nueva York, las «torres gemelas» del World Trade Center, así como una importante parte del centro neurálgico de la organización militar estadounidense, el Pentágono, con sede en Washington. El resultado, al cierre de esta edición, es difícil de evaluar, pero la magnitud de la tragedia puede alcanzar a miles de personas a la vista de las terribles imágenes de destrucción en las dos capitales estadounidenses, la económica y la política.

   No es exagerado decir que el mundo se ha conmovido como no conocían las tres últimas generaciones. Jamás Estados Unidos, la mayor potencia del planeta, había sufrido en su territorio una agresión bélica semejante. Y, desde la segunda guerra mundial, con el ataque japonés a la base de Pearl Harbor en el Pacífico, los ciudadanos de Estados Unidos nunca se habían sentido tan vulnerables.

   Sin embargo, la agresión terrorista sobre Nueva York y Washington no forma parte de una guerra convencional, sino de un ataque terrorista de origen fanático, que sólo puede ser atribuible a miembros desesperados del fundamentalismo islámico, con el protagonismo inequívocamente apuntado al saudí escondido en Afganistán, Osama Bin Laden. El mismo que intentó ya destruir el World Trade Center con un coche bomba. Su guerra, una guerra con métodos terroristas, es por tanto, mucho más difícil de controlar desde el punto de vista militar, pero que, sin embargo, puede ser el detonante de conflictos a gran escala, como pretenden sus inductores.

   Porque las imágenes que un mundo estremecido ha podido ver son, en sí mismas, el testimonio de una gran tragedia, pero parecían predecir otras todavía mayores. Es muy probable que cuando el Gobierno estadounidense tenga claro el origen de la agresión, la represalia sea inmediata, y no afectará sólo de forma selectiva al grupo o grupos terroristas culpables sino que lo hará sobre cualquier nación que les dé cobijo.

   Estamos, por tanto, en el primer capítulo de la guerra del futuro. Así lo entendieron todas las potencias occidentales, incluida España, que decretaron de inmediato el estado de alerta máxima y reunieron a sus gabinetes de crisis para afrontar lo que indudablemente es una emergencia mundial. Todas estas potencias saben que si tienen capacidad militar para defender sus fronteras, son sin embargo extremadamente débiles para prevenir acciones terroristas. Por ello, es de predecir que la psicosis sobre estas agresiones pueda llevar a las democracias occidentales a incrementar hasta la extenuación los controles a las personas, especialmente de aquellas que puedan asimilarse a los orígenes de los terroristas. Por eso, este ataque terrorista puede también tener consecuencias graves sobre el concepto de libertad que ha sustentado los sistemas políticos democráticos.

   Son, por tanto, incontables los peligros que ha puesto sobre la situación mundial este gravísimo ataque a los Estados Unidos. Una poderosísima nación que no sólo ha perdido muchos con ciudadanos, sino que también ha sido herida en su orgullo nacional. La combinación de ambas cosas puede ser letal.

   Son muchos los debates que abrirá este atentado masivo. En primer término, sobre la seguridad de los ciudadanos. Porque muchos no pueden entender cómo en un país tecnológicamente tan dotado no haya podido prevenir, desde el punto de vista de la información, estos salvajes atentados, que no sólo han afectado a edificios civiles sino que también lo han hecho sobre un edificio militar, y por lo tanto presuntamente protegido.

   En segundo término, ha de plantearse cómo el intento de las grandes potencias de mantener los conflictos mundiales «localizados» en una región es absolutamente vano. En el mundo, ahora, es imposible el concepto de conflicto local, porque de estas guerras «pequeñas» puede salir la chispa que incendie a las metrópolis. Pero la conciencia de ello puede tener como consecuencia colateral que las grandes potencias y, singularmente Estados Unidos, tengan una tentación intervencionista muy superior a la que ahora tienen.

   Estamos, por tanto, ante una enorme tragedia, y en vísperas de otras tragedias. Y, lo más lamentable, es que era esperada: fue precisamente el presidente americano, George Bush, el que alertó sobre un posible ataque terrorista masivo, aunque su evaluación de los servicios de inteligencia esperaba más el ataque balístico intercontinental que el compló terrorista con aviones civiles. Éste ha abierto ahora la caja de pandora de la violencia en el mundo.

   El terrorismo como concepto de «guerra de pobres» se ha enseñoreado de la actualidad mundial. La catástrofe humana es terrible. El golpe moral es brutal. Las consecuencias, pavorosas.

   Desde el máximo dolor y las máximas condolencias a los Estados Unidos por las pérdidas de sus ciudadanos, sólo puede sugerirse la necesidad de que la racionalidad y la serenidad sean las armas con las que enfrentarse a la tragedia. Que la respuesta sea justa, con consenso mundial y con la bandera de los valores democráticos enarbolada. Porque arriarla con la venganza indiscriminada sería la mayor derrota.
  

Democracia y terrorismo
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Septiembre 2001

El espectáculo verdaderamente dantesco y apocalíptico del derrumbamiento de las dos torres gemelas de Nueva York, símbolo último de la economía, la riqueza y del desarrollo norteamericanos, sobrecoge, horroriza y aterra al espíritu más templado. Para eso ha sido producido: para sobrecoger y aterrar. El ataque a esos dos gigantes urbanos del World Trade Center y el ataque simultáneo al Pentágono, es un acto de terrorismo en el que ni siquiera cabe castigar a los autores porque los autores se han inmolado con la técnica del kamikaze junto a los miles y miles de muertos que han provocado las dos tragedias sintonizadas.

La descripción del escenario de este atentado, que sin duda es el mayor con mucho de toda la historia trágica del terrorismo, estará siendo elaborada por testigos presenciales y por plumas más cercanas que la mía a las espantosas montañas de humo y polvo que se elevan al cielo, visibles según las mete en nuestras casas el ojo mágico de la televisión. El volumen y las circunstancias de la catástrofe ofrecen material para una crónica realmente terrífica. Y a medida que vayamos conociendo las cifras del ataque terrorista, los números del siniestro balance del atentado, tendremos nueva ocasión para el miedo, la congoja y la ira. Pero en medio de esos sentimientos, debemos encontrar un momento de recogimiento para la reflexión.

Con la frialdad de la lógica debemos considerar que el hecho de que unos hombres fanáticos, uno, dos o tres locos de ideología política y religiosa, puedan acabar con la vida de una o varias personas, y en casos excepcionales como este, de docenas de miles de seres humanos, inocentes, inermes y desprevenidos, es un hecho terrible de esta forma última de guerra que ha inventado esta fiera que anida en el corazón de algunos hombres. Y ahí reside el grave problema de nuestro tiempo: estamos en guerra contra un enemigo invisible ante el cual no tienen valor alguno ni siquiera las leyes de la guerra convencional, conocida hasta ahora. No luchan soldados contra soldados, armas contra armas, máquinas contra máquinas. Luchan unos cuantos locos asesinos contra las gentes en paz.

Las democracias han desarrollado exquisitamente el sentido de la libertad y de la justicia hasta el punto de rodear de derechos y garantías a los delincuentes. Esa es una conquista del espíritu liberal. Presunción de inocencia, garantías de defensa, mitigación de penas, reinserción de penados, renuncia del Estado a la pena de muerte, son otros tantos pasos de gigante hacia un ideal donde la justicia siempre se atempera con el principio de la clemencia y de la reconciliación con la sociedad que castiga. Pero todo eso se queda inoperante e inválido ante el fenómeno del terrorismo. El terrorismo no es un delito. El terrorismo es una guerra. Y esa verdad, que da al traste con todo el aparato penal y represivo de las democracias liberales, todavía no ha sido enfrentada de una manera seria. Ni enfrentada, ni admitida. Las democracias esconden la cabeza bajo el ala, y siguen adelante fieles a sus admirables principios. Admirables principios que a veces se derrumban como las dos torres gemelas de Nueva York.

Mal asunto. El enemigo actual de la paz, la libertad, la justicia, la prosperidad y el desarrollo ya no es el despotismo, la dictadura del tirano o del proletariado o el genio de la guerra. El enemigo de nuestra paz, de nuestra libertad, de nuestra convivencia en paz y en prosperidad comunes, es, hoy por hoy, el terrorismo, ese terrorismo que a veces se justifica con utopías o ambiciones económicas, políticas o religiosas. ¿Qué puede hacer el Estado cuando dos o tres pilotos kamikazes derriban las torres de Nueva York con cincuenta mil personas dentro? Este es, sencillamente, el problema más grave de los políticos de nuestro tiempo.

Y ahora el «comando Madrid»
Juan BRAVO La Razón 12 Septiembre 2001

Ha quedado demostrada, gracias a la eficacia de la Guardia Civil, la conexión entre los movimientos de extrema izquierda y «okupas» con Eta. El objetivo a medio plazo era el de manchar, con sangre y destrucción, por supuesto, la imagen de España durante el primer semestre del próximo año, cuando nuestro país ocupará la presidencia de la Unión Europea. La cumbre que se celebrará en Barcelona era la referencia para los pistoleros, que ya han sido detenidos.

Agentes antiterroristas han comentado a Juan Bravo que si Eta tenía esos planes para la Ciudad Condal, hay que pensar que lo mismo puede ocurrir en Madrid, donde la banda criminal tiene un «comando» que no ha sido desarticulado e infraestructura que no ha podido ser localizada. En la capital de España también existen numerosos grupos «antisistema» y «okupas». Su colaboración con Eta está por demostrar pero no se puede descartar nada. Las Fuerzas de Seguridad ya tienen algunas líneas de investigación. España no puede permitir que una cuadrilla de forajidos se salgan con la suya. Es la hora de la Policía y de la Guardia Civil y, por supuesto, de la colaboración ciudadana.
  

Golpe a nuestra civilización

Editorial El País 12 Septiembre 2001

EL MUNDO se encuentra en vilo tras un ataque terrorista en cadena que ha lacanzado el corazón de la mayor potencia del mundo: su centro financiero de Nueva York (representado por als simbólicas Torres Gemelas) y el núcleo de mando de sus ejércitos (el Pentágono). Es imposible a estas horas contar el número de víctimas, que con toda probabilidad se contarán por cientos, si no por miles, o quién está detrás de esta ofensiva sin precedentes que revela una audacia y un fanatismo sin límites. Se trata del mayor ataque padecido nunca por Estados Unidos en territorio propio, pero por encima de todo es una agresión integral contra su sistema político, contra la democracia y la libertad de mercado. En definitiva, contra todos los que compartimos unos mismos principios democráticos que tanto costó conseguir en nuestro país.

Después del escalofrío que ha sacudido al mundo, y también del miedo, por qué no decirlo, es hora de hacer un llamamiento a la calma y confiar en la capacidad de la primera potencia internacional y del sistema aliado de defensa para hacer frente a este asalto indiscriminado. También debemos estar preparados para una respuesta contundente. España es uno de los alidos de Estados Unidos dentro del sistema atlántico de defensa y debe actuar como tal.

El ataque terrorista, no nos confundamos, lo es a la esencia de nuestra civilización política, y, al margen de que se identifique a sus autores, demuestra el terrible efecto contaminante de conflictos tan enconados como el de Oriente Próximo.

Lo que ha pasado en Estados Unidos puede repetirse en Europa, ya que el factor de emulación del terrorismo, como ha demostrado la historia reciente, es muy grande en un mundo mediatizado. Prueba de ello es que algunos gobiernos europeos constituyeron de inmediato gabinetes de crisis. El presidente del Gobierno español, José María Aznar, anunció el regreso inmediato de su viaje a Estonia, como hicieron casi todos los dirigentes europeos que se encontraban fuera de sus centros de coordinación. Vladimir Putin brindó rápidamente su solidaridad a Estados Unidos, un reflejo que pone de relieve que, afortunadamente, la guerra fría es cosa del pasado.

La precipitación en la designación de los autores es mala consejera, y, además puede generar mayores injusticias. No pueden pagar justos por pecadores. Aunque sea difícil, hay que evitar el histerismo entre los dirigentes políticos. Bush y su administración deben perseguir a los culpables, como ha prometido hacer el presidente, pero no caer en la tentación de lanzar contraofensivas si no sabe a ciencia cierta de quién o dónde proviene el golpe.

La serie de atentados coordinados requiere un alto grado de organización, cooperación y financiación. La cadena de atentados, que empezó con los secuestros de cuatro aviones, dos de los cuales serían dirigidos por unos kamikazes contra las torres gemelas de Nueva York, dibuja una capacidad terrorista desconocida hasta ahora y una determinación que entronca con el fanatismo más extremo. Muchas miradas, y las sospechas del Gobierno de EE UU, se han vuelto inmediatamente hacia algún grupo fundamentalista violento, y en particular hacia los que promueve el millonario saudí Osama Bin Laden, que buscó refugio en el Afganistán de los Talibán -régimen que ayer condenó el atentado-y que había avisado tres semanas atrás de un ataque 'sin precedentes' contra Estados Unidos.

Aunque muchos dirigentes de movimientos o Estados musulmanes condenaron rápidamente los atentados, no deja de ser significativo el clima en que se vivieron ayer los atentados en diversas poblaciones islámicas, entendiendo que se trataba de una humillación a los Estados Unidos. Las imágenes de televisión de numerosos niños palestinos bailando en Jerusalén eran suficientemente representativas de esa especie de desquite de los sufrimientos que ellos han padecido tantas veces entre el silencio occidental. El conflicto árabe israelí tiene un efecto contaminante global, que hace tiempo se debió atajar. Arafat fue rápido en distanciarse de los ataques y expresar sus condolencias a EE UU. Ariel Sharon debe sacar lecciones de lo ocurrido, y avanzar hacia una distensión.

Proyección global
A estas alturas, no cabe descartar ninguna hipótesis en cuanto a la autoría de los atentados. La masacre de Oklahoma fue obra de un fanático estadounidenese. Incluso si el ataque viniese del mundo islamista, no cabe demonizarlo como un todo por el acto violento de unos pocos. Es preciso desterrar la idea de que estamos ante una prueba brutal del choque de civilizaciones que pronosticaba Huntington, cuando la sociedad estadounidense, pese a todos sus problemas, es esencialmente pluralista y multicultural. Alejar esa tentación es parte de la complejidad de una sociedad avanzada y plural, una característica con la que no hay que limitarse a convivir, sino de la que cabe sacar fuerza.

Actos de terrorismo como los de ayer -que se manifiestan en ataques masivos como los que se cobraron decenas de vidas en 1998 en las embajadas de Estados Unidos en Tanzania y Kenia-, buscan una proyección pública global. Los expertos en violencia de intencionalidad ideológica llevan años advirtiendo sobre las nuevas formas de terrorismo aparecidas a finales del milenio pasado. Por una parte, la aparición de un terrorismo de raíz religiosa capaz de suprimir cualquier freno moral a la utilización de la violencia; por otra, la combinación entre la vulnerabilidad de nuestras sociedades intercomunicadas y el acceso relativamente fácil a medios de destrucción masiva. Los indicios apuntan a que ambos factores se han podido cruzar para ocasionar la catástrofe de ayer.

La reacción de Bush y de su Administración ha sido rápida, fría y efectiva. Ante la duda, se cerró el espacio aéreo en EE UU, todos los edificios federales fueron evacuados y se suspendieron sus actividades. La vida pública en Estados Unidos quedó de hecho suspendida en buena parte del territorio. Pero lo que podría, en teoría, ser un grupo relativamente pequeño de terroristas, ha generado una sensación de descontrol, impotencia y vulnerabilidad en el país con más poder del mundo, y que hasta ahora se había sentido prácticamente invulnerable en su territorio. La mayor complejidad de las sociedades, como la estadounidense, las hace más vulnerables. El atentado es una tragedia humana; y también generará una crisis de autoestima en EE UU. Bush tendrá que demostrar capacidad de liderazgo para que la sociedad estadounidense recupere la confianza en sí misma.

La forma en que se han producido los atentados ponen de relieve lo absurdo e inútil que resulta la apuesta de Bush por un escudo antimisiles frente a posibles agresiones de supuestos Estados gamberros. Se ha puesto de manifiesto un tremendo fallo de los servicios de inteligencia de EE UU, que esperaban algún acto terrorista contra alguna de sus embajadas pero no un ataque en su propio territorio, una especie de Pearl Harbour posmoderno que ha llegado al propio Pentágono, increiblemente mal protegido. Y para luchar contra este tipo de terrorismo, para evitar que se reproduzcan actos como los de ayer, que representan un nuevo tipo de guerra aunque no sea entre Estados, lo más eficaz es la cooperación internacional. Este terrorismo indiscriminado, fruto del fanatismo más evidente, es la nueva amenaza central a la que las democracias deben hacer frente, con métodos propios de sus valores. La tragedia ha sido enorme, pero hubiera sido mucho más gigantesca si los terroristas hubieran dispuesto de armamento nuclear. Una buena inteligencia, basada en la indispensable cooperación internacional, vale más que muchos escudos nucleares.

Es también el primer acto de hiperterrorismo de la era de la información global. Desde los primeros minutos, todos hemos estado viviendo esta crisis en directo. Pero también contaban con ello estos terroristas globalizados. Tras la estupefacción inicial, la sensación de pánico se extendió a los mercados económicos y financieros. De forma incomprensible, no se procedió a la suspensión de las cotizaciones, mientras que sí lo hizo Wall Street, aunque sus directivos insistían en que reanudaría sus actividades en cuanto fuera posible. El precio del petróleo se disparó, en una coyuntura nefasta para la economía global.

Los ciudadanos de Nueva York, Washington y en general de todo Estados Unidos han vivido y siguen siguen viviendo momentos angustiosos. El acto de hiperterrorismo nos ha alcanzado a todos. El humo en el que ayer quedó inmerso Manhattan hace llorar a los ciudadanos biennacidos. La sensación es que este acto marca el inicio de un siglo XXI plagado de graves incertidumbres.

Hay que ganar esta guerra
Por Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Septiembre 2001

Ni podemos ni debemos olvidarlo. Hemos asistido en la tarde del 11 de septiembre del año 2001 al más solemne desafío que el terrorismo islámico haya hecho nunca a una sociedad occidental. Hemos visto con nuestros propios ojos cómo se hundían entre las llamas las Torres Gemelas de Nueva York, hemos visto arder el Pentágono, hemos visto el humo del coche bomba ocultando la fachada del Departamento de Estado, hemos visto al presidente del Estado más poderoso de la Tierra responder prácticamente desde la clandestinidad a un poder, el del terrorismo, que ha creído que la sociedad occidental es incapaz de defenderse. Y que al Gran Satán, a los Estados Unidos de América, se le puede golpear a la vez en su centro comercial y civil, en su centro militar y en su centro diplomático, sin temer las consecuencias. Hasta ahora, han tenido razón en no temerlas. Si después del 11 de septiembre no las temen, preparémonos para el entierro de la civilización occidental. O para muchos entierros que no sólo serán de personas sino de los valores que configuran la idea misma de persona, la idea de civilización.

Muchas veces es necesaria la guerra y entonces es justo hacerla. El terrorismo es una forma de guerra que debe combatirse tanto política como policial y militarmente. No es posible que una banda terrorista pueda llevar a cabo con sus solas fuerzas un atentado múltiple como el del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. Hacen falta estados terroristas que actúen con y como bandas terroristas. Esos estados deben ser, sencillamente, destruidos. No hay “Estados gamberros”, hay criminales con ínfulas políticas que hay que cazar y exterminar. Nunca los Estados Unidos han sido puestos a prueba como ahora, en tanto que única gran potencia militar occidental. Por el bien de todos nosotros esperemos que la respuesta, suya y de sus aliados, sea inequívoca, implacable, aplastante, duradera. A la civilización, a nuestra civilización, le han declarado la guerra sus enemigos. Inmediatamente, sin más preámbulos, hay que ponerse al trabajo para acabar con ellos. Sencillamente, hay que ganar esta guerra.
 

Bailad, bailad malditos
Por Alberto Míguez Libertad Digital 12 Septiembre 2001

En un comentario ejemplar de Diana Molineaux desde Washington publicado en Libertad Digital podía leerse que “las imágenes de los palestinos bailando no quedan compensadas con el pésame de Arafat”. Debería haber llegado para Arafat y sus amigos la hora de la contrición y el realismo después del horror y el terror. No es seguro que así sea. Mejor dicho, es casi seguro que no será así.

Los niños y adultos bailando por el genocidio en las calles de Gaza son el resultado de una política de odio étnico y religioso que Arafat y sus amigos han ido promoviendo durante estos años. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Haber convertido a los niños en rehenes de la nueva intifada tiene estas consecuencias. El problema está en que este rumbo conduce al matadero. ¿Es sobre un campo de ruinas donde Arafat desea construir el futuro –hoy ya menos futuro– Estado palestino?

La imagen del jolgorio tras el baño de sangre ha conmovido tanto a la opinión pública mundial como el derrumbe de las torres de Nueva York. ¿Cómo pueden ser los dirigentes palestinos tan irresponsables, criminales y finalmente idiotas como para promover estas expansiones? ¿Cómo no hubo una voz o un brazo sensatos que prohibieran tales excesos? El síntoma es pésimo para el futuro: el futuro de todos, israelíes y palestinos. Pero también para el futuro global del planeta.


Un atentado contra la política y la democracia
MARIANO AGUIRRE El Correo 12 Septiembre 2001

La cadena de atentados múltiples en Estados Unidos va a imponer un cambio radical en la política global. Desde ahora en adelante las excepciones se volverán reglas: todos podemos ser víctimas, todos somos sospechosos. Consecuentemente habrá un amplio consenso social en favor de la represión preventiva, el control social, y las represalias dentro y fuera de la Ley.

Estos ataques ponen de relieve varias cuestiones sobre el terrorismo. La política como actividad para cambiar la realidad ha perdido su función en las últimas décadas. Hacer política era convencer, planificar, gobernar e inclusive manipular y mentir en función de alcanzar objetivos económicos y establecer otros modelos de organización social. Había, por lo tanto, fines para los que se buscaba apoyo social. Se necesitaba contar con la gente.

En las sociedades democráticas la política se ha convertido en marketing: los ciudadanos cuentan para votar, pero los poderes públicos y los mismos partidos no quieren que actúen demasiado. En las sociedades con gobiernos y estructuras autoritarias, la gente sirve para dar su adhesión incondicional o es una enemiga. En este marco, la política ha perdido peso a la vez que se ha vuelto más espectacular, una necesidad reforzada por la identificación entre política y medios de comunicación. Grandes podios, costosas campañas, potentes bombas. Para tener impacto no bastan los discursos, hay que actuar con decisión, especialmente contra los enemigos.

Esta desmovilización social ha ido acompañada por el auge de liderazgos personales.

El uso irregular de la violencia siempre tuvo una misión propagandística. Los manuales de guerrilla de los movimientos de liberación nacional de los años 60 en el Tercer Mundo reivindicaban el uso de la fuerza contra los enemigos con el fin de movilizar a las sociedades. El uso selectivo de la fuerza era, según la teoría, una herramienta educativa de las sociedades oprimidas.

El terrorismo moderno no busca la movilización social organizada por determinadas causas, ni quiere ganar los corazones y las mentes de los posibles aliados. Consecuentemente no hay confrontación entre proyectos sociales. Se trata de golpear espectacularmente, esperar las reacciones de la otra parte, y volver a golpear. Esto provoca un mortal y perverso juego entre elites, ya que mientras los terroristas atacan sin contar con la gente, los poderes estatales responden muchas veces de forma arbitraria y haciéndose fuertes en el fácil discurso de la represalia.

Estos atentados muestran que uno o varios grupos, posiblemente del mundo islámico, han perdido el control de sus acciones: matan a personas inocentes, destruyen infraestructuras y presionan en favor de que haya más violencia y menos diálogo, sea en Oriente Próximo o en otras partes del mundo. Abren la puerta, además, a que EE UU y quizá Israel no solamente no cambien su política conservadora en Oriente Próximo, sino que, además, se fortalezcan en esa posición y reaccionen de forma radical en diferentes ámbitos: ni una sola negociación por parte de Sharon; desarrollar el proyecto del escudo antimisiles por parte de Bush. Controlar a los antiglobalizadores en todo el mundo.

De esta forma, el ciclo violento de las calles de Israel y Palestina se proyecta de forma global. Es posible que en los próximos días Washington realice uno o varios ataques con el fin de mostrar su fortaleza. Pero, además, desde ahora se inaugura una nueva época de control social y de sospecha sobre todos los ciudadanos, especialmente de algunos países. La privacidad y el movimiento van a quedar bajo el Estado de sitio.

Como pasa con los atentados terroristas en otros contextos -como los que realiza ETA en España-, el resultado es que el objetivo que dicen perseguir sus autores se aleja cada vez más hasta hacerse imposible de alcanzar. Los crímenes que se acaban de cometer en EE UU son injustificables en sí mismos, entierran las posibilidades de paz en situaciones como la palestino-israelí, son una tentación para el autoritarismo y atentan contra la política y la democracia como formas de convivencia.

La historia, sin fin: los culpables
Por Enrique de Diego Libertad Digital 12 Septiembre 2001

Desde Bush padre, los Estados Unidos, que es como decir lo más sensato de Occidente (no puedo hacer mejor elogio de USA que el reconocimiento de que nuestra libertad se debe a su actuación en las dos guerras mundiales y, por supuesto, en la Guerra Fría, donde su juventud fue capaz de morir en Vietnam por los derechos humanos) se ha funcionado con la estúpida doctrina del fin de la historia –recientemente lo recordaba en una serie de artículos desde estas páginas–; la estulticia de que ya no pasaría nada importante, nada decisivo. En términos popperianos, de contrastación, el atentado de las torres gemelas y el Pentágono es la demostración de la falsedad de tal apuesta por el suicidio colectivo. Como lo fue ya cuando produjo aquel lamentable error relativista, de Bush padre, de permitir la supervivencia de Sadam –es decir, de un régimen terrorista– no entrando en Bagdad ni destruyendo su ejército pretoriano, permitiéndole el genocidio de kurdos y chiítas. De aquellos groseros lodos vienen estas tumbas colectivas. A combatir ese sopor dediqué un libro hace unos pocos años: “En el umbral del tercer milenio. Por un gobierno mundial contra los integrismos”.

Si la historia nunca tiene fin, y no lo tiene, puede decirse que ha empezado de nuevo. Toda esta colección de terroristas, de fundamentalistas, de huérfanos de Marx, de integristas islámicos, de suicidas totalitarios soñando con el paraíso de las huríes matando al mayor número posible de seres humanos, han crecido al calor de esa siesta de Occidente, de esa parálisis de sus valores de lo políticamente correcto, los complejos de culpa y las ONG de residuo marxista-leninista. Durban ha sido la ejemplificación de este terrible despiste: el pasado como coartada del totalitarismo presente. Uno más de los fracasos de la ONU. En el libro de referencia indicaba cómo el mero mantenimiento de la ONU –financiada por Estados Unidos– es una enfermedad letal, una infección totalitaria contra la libertad. Es preciso redefinir un mundo de relaciones que viene de un mundo superado, el de la postguerra y afrontar el verdadero peligro que es el integrismo, los integrismos. Porque el terrorismo es su excrecencia, su instrumento, su inmundicia, su acción ejecutiva.

Situar, por tanto, la lucha en el terreno del terrorismo es ceder demasiado terreno, poner la trinchera demasiado cerca del corazón, de la misma supervivencia. Parece que no se aprenden nunca las lecciones del genocida siglo XX y de los fenómenos totalitarios. En ese sentido, el totalitarismo parte –como es conocido– de una mentalidad de responsabilidad colectiva: grupos enteros, como encarnación del mal, deben ser exterminados, sin remisión posible. Eso convierte en quiméricos negociaciones, diálogos o demás parafernalias beatas. Mientras, la democracia parte de una idea de la responsabilidad personal, por los hechos, de ética judeocristiana. Pero no puede contemplarse el terrorismo, porque no es así, como algo llevado a cabo por los que son meros peones del final del proceso. El asesinato es la consecuencia de una ideología, de una formación, de una financiación, de unos mandos. Hay grupos terroristas, en el mismo sentido en el que las SS se definieron como organización criminal en Nüremberg. Y hay naciones terroristas –Alberto Recarte ha hecho un desarrollo clarividente. Lo es ahora mismo la Autoridad Palestina con Yaser Arafat, amparando a Hamas y a la Jihad. Y es simplemente demencial la confusión sobre esta materia de Aznar –quien tanto entiende de terrorismo– y nuestra democracia.

Los culpables son los suicidas, pero también sus jefes, sus preparadores y sus ideólogos. Sus financiadores. Es preciso pasar a una estrategia activa, de combate en sus bases. No puede consentirse, como en el caso de los talibanes, naciones terroristas dispuestas a asesinar a ciudadanos indefensos por llevar un crucifijo o a eliminar todo derecho a las mujeres. En Afganistán se cobija Bin Laden. En Gaza, el líder “espiritual” de Hamas, un matarife desquiciado. La declaración de guerra ha sido a toda la comunidad de hombres libres. El totalitarismo funciona con niveles de tolerancia. Como vasos comunicantes. Eta o el Ira o las Farc, cualquier terrorista forma parte de una internacional pseudoespiritual, que amenaza la libertad de todos y cada uno. El sopor o la negligencia son entendidos como debilidad. ¡Con décadas de retraso, Europa va a aprobar la orden de búsqueda y captura comunitaria! Es precisa una guerra total contra el terrorismo.

Ni la libertad, ni el exitoso y odiado capitalismo, tienen su fundamento en las torres gemelas, efecto y no causa, pero como simbolismo los terroristas han hecho un genocidio universal. Buscar los culpables inmediatos es una pérdida de tiempo. Todo el tiempo que se ha perdido desde que en la caída del Muro alguien decidió que ya no había enemigos y sólo quedaba persistir en el ajuste de cuentas contra los valores occidentales en un mundo aburrido para la inteligencia media de resentidos totalitarios latentes, tan evidente en las juventudes comunistas antiglobalización.

No deja de ser absurdo que algunos medios españoles, infectados de relativismo moral pseudoprogresista, se preocupen de las represalias de Bush más que de la amenaza global. Dan ganas de no leer diarios como “El Mundo” o “El País”, manifestaciones de estupidez supina. La violencia debe ser erradicada. No puede ser contemplada como la manifestación de una razón oculta, sino como la sinrazón. La violencia no es una parte del discurso sino su eliminación. El terrorismo integrista sí es la globalización. El terrorismo es el mal absoluto. El integrismo es el enemigo absoluto de la libertad, lo demás es comentario.

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