AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 13 Septiembre  2001
#La alternativa del diablo
Jon JUARISTI ABC 13 Septiembre 2001

#Las democracias, contra el terror
Editorial ABC 13 Septiembre 2001

#La expectación
Jaime CAMPMANY
ABC 13 Septiembre 2001

#World Trade Center y terrorismo de ETA
DARÍO VALCÁRCEL ABC 13 Septiembre 2001

#Lecciones para ganar una guerra
Benigno Pendás. Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 13 Septiembre 2001

#¿Dónde está ahora el enemigo?
Julián LAGO La Razón  13 Septiembre 2001

#La ira de Dios
José A. SENTÍS La Razón  13 Septiembre 2001

#Terror y terrorismo
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón  13 Septiembre 2001

#Instrumento totalitario
Cartas al Director ABC 13 Septiembre 2001

#Con sus tentáculos en el Magreb
Pedro Arnuero - Madrid.- La Razón 13 Septiembre 2001

#A por las torres Kio
Luis María ANSON La Razón 13 Septiembre 2001

#Lo abyecto
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 13 Septiembre 2001

#El despertar
MARTIN PRIETO El Mundo 13 Septiembre 2001

#El poder irónico
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 13 Septiembre 2001

#El suicidio de Occidente, 1
Enrique de Diego Libertad Digital 13 Septiembre 2001

#Enseñar la lección
Ignacio Villa Libertad Digital 13 Septiembre 2001

La alternativa del diablo
Jon JUARISTI ABC 13 Septiembre 2001

En los atentados de Nueva York y Washington hay un ingrediente de desmesura tan escandaloso que la misma palabra «atentado» parece incapaz de dar cuenta de lo ocurrido. Bush y Sharón aciertan quizá al calificarlos de diabólicos, porque nadie sino el Diablo podría apuñalar con sendas aeronaves comerciales los tres gigantescos edificios, las torres del World Trade Center y el Pentágono, reduciéndolos a polvo, sangre y cascotes. Y, sin embargo, han sido hombres de carne y hueso quienes han precipitado los aviones contra sus objetivos, hombres que recibían órdenes de otros hombres, los cuales, con seguridad, pretendían ser meros trasmisores de un mandato divino. Un crimen de tales dimensiones no se ejecuta en aras de una causa laica (la independencia de Palestina, por ejemplo). Este terrorismo suicida actúa invocando el nombre de Dios, la Causa de las Causas.

Este terrorismo quizá no sea, en el fondo, diferente de los que esgrimen sinrazones nacionalistas, étnicas o, en general filantrópicas, pero la diferencia de grado es apreciable y, en su misma desproporción, desvela el sustrato religioso del terror político: la divinización del proletariado, las etnias o las naciones. El etarra que asesina a un concejal o planta un coche bomba en mitad de una plaza pública cree servir así a la causa de la liberación de Euskal Herria, delirio que todavía admite formulaciones seculares (racistas o marxistas, por ejemplo). El nuevo terrorismo, el que se ha estrenado en la matanza de las Torres Gemelas, reduce al absurdo toda causa contingente y establece que solamente Dios es merecedor de holocaustos humanos. Se acabó la época de las «luchas de liberación de los pueblos». El viejo terrorista Arafat, balbuceante y consternado ante lo que se le viene encima a él y al suyo (por su cobardía, por no haber aplastado a sus fundamentalistas cuando pudo hacerlo), muestra a todos los hipócritas irredentistas que han dado alas a sus pequeños justicieros cuál es el destino que les aguarda.

El nuevo terrorismo priva de credibilidad a la que, hasta ahora, ha sido el arma «religiosa» favorita del terrorismo clásico: la apelación a la compasión, a la conciencia de las buenas gentes. El terrorismo nacionalista -en Irlanda o en el País Vasco- movilizaba obispos y clérigos que recordaban a sus feligreses los sufrimientos del terrorista preso o en huelga de hambre. También eso es historia pasada. Nadie podrá jugar ya con sentimentalismos equívocos, porque ha quedado claro que el Diablo no tiene sentimientos..

Las democracias, contra el terror
Editorial ABC 13 Septiembre 2001

Estados Unidos ha iniciado el espantoso recuento de las víctimas causadas por el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Las estremecedoras imágenes de los aviones estrellados contra estos edificios no han sido simulaciones de ordenador ni efectos especiales de películas ya obsoletas, sino las secuencias de una orgía convulsiva de terror que ahora hace inventario de sus resultados. Las cifras de muertos y heridos son inabarcables para la conciencia de un país seguro de sí mismo, convencido de ser un territorio infranqueable para enemigos exteriores, por la fuerza de la historia y de sus recursos técnicos. Pero la historia ha cambiado.

Aunque las autoridades no se atreven a hacer previsiones sobre el número de víctimas, todos los datos apuntan a una cifra que desbordará la más pesimista. Para los americanos, la economía y la política son valores esenciales de su estilo de vida, pero admiten un margen de inestabilidad porque la fortaleza del sistema lo tolera, con mayores o menores costes, como se ha visto en las sucesivas crisis de sus mercados o en las disputas judiciales sobre la última elección presidencial. Pero la seguridad nacional ha sido siempre una prioridad absoluta para sus Gobiernos, republicanos o demócratas, que no han ahorrado esfuerzos ni medios para preservarla, generando el sentimiento de un país seguro y blindado. Esta convicción se ha venido abajo, agrietando el paraguas que refugiaba a Estados Unidos y también a las democracias aliadas, confiadas en que la fuerza de la nación americana alimentaba su propia fuerza. No hay que engañarse: la primera lección de la catástrofe del 11 de septiembre de 2001 es que el terrorismo ha demostrado ser la gran amenaza de este siglo para la libertad y la democracia.

LAS declaraciones de los líderes occidentales han coincidido en reivindicar la solidaridad con Estados Unidos y la unidad contra el terror. Las buenas palabras ya sobran. La comunidad internacional que se siente identificada con los principios de libertad, de justicia y de democracia debe ser consciente de que los atentados de Nueva York y Washington son el primer capítulo de un nuevo terrorismo. Un terrorismo fanático e integrista impulsado por Bin Laden -principal sospechoso-, pero no inconsecuente y menos aún aleatorio, que ya no atenta contra el Primer Mundo en el territorio de países del Tercer Mundo -Líbano, Kenia, Tanzania, Yemen-, sino en su propio suelo, contra sus mejores emblemas y burlando sus sofisticados sistemas de seguridad. Tras el ataque a Estados Unidos existe algo más que la voluntad de eliminar a un enemigo satanizado por el integrismo islámico y cuyos males aún se contemplan con indisimulada satisfacción por una izquierda europea rancia, acomplejada y estéril, que ya está afilando los cuchillos contra Bush por lo que éste decida en el futuro para castigar a los genocidas de las Torres Gemelas. Ese terrorismo también persigue la destrucción de la democracia. Los hechos lo prueban. Allí donde el integrismo ha alcanzado el poder, no queda rastro de la libertad ni de los derechos humanos.

TRAS la destrucción masiva de personas y bienes se esconde una guerra ideológica perfectamente definida contra el mundo occidental. Por eso, cuando los dirigentes de los Gobiernos occidentales apelan a la unidad frente al terror, debe ser porque existe la determinación de aplicar nuevos criterios para diseñar los equilibrios geopolíticos, para fortalecer la defensa común -la OTAN debe desempeñar un papel fundamental- para combatir y para asegurar la integridad de la democracia. Ninguno de estos grandes argumentos de la comunidad internacional puede permanecer al margen de una profunda revisión después de que el ataque a Estados Unidos haya revelado la caducidad de muchos de sus postulados. La benévola ingenuidad con la que las democracias occidentales -fundamentalmente europeas- han tratado a muchos de sus enemigos del pasado y del presente -el etnicismo, el integrismo, el nacionalismo o el nazismo- empezó siendo una forma de política que se creía eficaz para aplacar a la bestia de turno, y ha acabado convertida en un talante acobardado e inerme ante las ideologías destructivas, acomplejado por los reproches de una intelectualidad interna que ha imputado al mundo libre occidental -aprovechando, eso sí, sus libertades ilimitadas de pensamiento y expresión- todos los males de la humanidad y ha dado ideología y comprensión a las peores formas de terrorismo. Una de ellas, el integrista islámico.

VISTAS las carencias de la democracia occidental, sus representantes deben remediarlas. Primero, creyendo firmemente, como señalaba el presidente Aznar -que ayer despachó con su Majestad el Rey para analizar la situación creada tras el ataque contra Estados Unidos-, que les asiste la razón y la legitimación para defenderse de sus enemigos, especialmente del terrorismo masivo que ha marcado este principio de siglo. Tal convicción exige la reafirmación de los principios de la democracia, la defensa de su modelo cultural, social y político de convivencia, frente a tramposos multiculturalismos, y la implantación de nuevas bases en las relaciones con los países que representan una amenaza para su estabilidad. En segundo lugar, el terrorismo merece una respuesta coordinada, eficaz y estable, lo que sólo será posible mediante la creación de un organismo internacional que centralice la información y la cooperación de los servicios de inteligencia de los países democráticos, cuyo objetivo ha de ser combatir, hasta su erradicación absoluta, a todas las organizaciones terroristas que les agredan, sean cuales sean sus reivindicaciones, porque todas las formas del terror esconden la misma maldad. Quizá hayan tenido que ser asesinados miles de norteamericanos para que a algunos -muchos, quizá, en el peor de los casos- se les caiga la venda de los ojos y puedan ver, por fin, que el terrorismo no es un problema ocasional del país vecino, ni la expresión romántica de una lucha revolucionaria, sino la peor lacra de la democracia, como lo es ETA para España.

LA magnitud de la tragedia mide la peligrosidad de sus responsables. También la ejecución de los atentados acredita un forma de operar que pone a cualquier país democrático en el punto de mira de los terroristas. Reconocer este riesgo no es un ejercicio de alarmismo, es una constatación impuesta por los hechos: el secuestro de cuatro aviones comerciales en vuelos internos, puestos bajo control de terroristas entrenados para pilotarlos e instalados en Estados Unidos el tiempo suficiente para conocer los modelos de aeronave, sus rutas y sus horarios, y coordinar todos estos factores para que en poco más de una hora destruyan tres edificios en las dos capitales -la político-militar y la económica- del país más seguro del mundo. La amenaza es real y grave. Las democracias deben reaccionar.

La expectación
Por Jaime CAMPMANY ABC 13 Septiembre 2001

El mundo espera expectante conocer el momento, el lugar y el alcance de la represalia que sin duda seguirá al brutal e inhumano ataque del terrorismo contra el corazón mismo de los Estados Unidos de América. Claro está que la catástrofe provocada de Nueva York no quedará sin castigo, y claro está también que la punición será grave, gravísima. La experiencia enseña que los Estados Unidos no se andan con paños calientes. Todos estamos seguros de que el país más poderoso del mundo reaccionará con una energía proporcionada a la ofensa recibida. Será seguramente una acción no sólo de represalia o venganza, sino también de escarmiento. Es muy probable que los norteamericanos quieran hacer saber a los terroristas que el daño que hagan sus kamikazes a los Estados Unidos redundará multiplicado en aquellos pueblos, naciones, ideas o creencias que las organizaciones terroristas intentan beneficiar o favorecer.

Lo más probable es que esa represalia o escarmiento se realice por sorpresa y sea de gran dureza y desolación. De ahí que el mundo aguarde con la respiración contenida ese momento. En este momento se alzan voces que piden a los americanos la paciencia y prudencia necesarias para no desencadenar una o varias acciones de respuesta a la grande y dolorosa provocación recibida, y sobre todo que cuiden de que la represalia no comporte nuevas víctimas civiles e inocentes. Es un ruego difícil de atender, porque el terrorismo no es un ejército que pueda ser atacado y deshecho, sino un enemigo disperso e invisible. Además, los autores del siniestro empiezan por inmolarse ellos mismos al cometer la «hazaña», exaltados por un fanatismo religioso que les hace creer que su inmolación les llevará a un edén ameno y florido, lleno de bellas y apetitosas huríes como premio a su sacrificio. ¿Sobre qué soldados y sobre cuáles objetivos militares descargar la respuesta a la muerte de veinte mil personas inocentes, inermes, desprevenidas?

El presidente Bush ha dicho algo que conviene tener en cuenta para calcular la reacción y hacia dónde y hacia quiénes puede ir dirigida. Ha venido a decir que los Estados Unidos no «distinguirán entre terroristas y aquellos que los apoyan». Es una frase esclarecedora para conocer cómo van a tratar los americanos el fenómeno del terrorismo cuando golpee en sus carnes. Y es una manera de entender la responsabilidad de los actos terroristas y las culpas de sus consecuencias que hasta ahora no había sido contemplada por las democracias occidentales. Por lo general, los que apoyan, favorecen, toleran o se benefician de los actos terroristas se encontraban tranquilamente disfrutando de los derechos que conceden y protegen las Leyes constitucionales en los Estados democráticos.

Es de esperar y es de desear que el estremecimiento de horror que ha sacudido al mundo entero al contemplar las escenas de Manhattan, un poco más allá de la Estatua de la Libertad con su antorcha en alto, haya conmocionado también a los que apoyan el terrorismo y estiman que es un mal necesario para alcanzar sus reivindicaciones políticas de cualquier especie. Y que comprendan que ese es un camino en que lo único que se puede conseguir es que el horror suceda al horror, y que las escenas de terror se vayan superando unas otras en sangre y en luto. Y sobre todo, que al final de sus sucesivos desastres, la cosecha recogida será de dolor, de sangre y de lágrimas, pero también de fracaso.

En esas escenas de la Nueva York herida y en las que irremediablemente se producirán en cualquier lugar del globo y sobre cualquier pueblo islámico durante las próximas horas o los próximos días, tienen un buen argumento de meditación nuestros terroristas del País Vasco y aquellos insensatos fanáticos que los apoyan y que esperan «recoger las nueces».

World Trade Center y terrorismo de ETA
Por DARÍO VALCÁRCEL ABC 13 Septiembre 2001

ENTRE las nubes de humo, los hierros retorcidos, las montañas de escombros, se levanta el Tercer Pilar. España va a dirigir el Consejo Europeo del próximo semestre. Para España el terrorismo es gran asunto sobre el tapete. Los británicos habrán imaginado un avión suicida, estrellándose contra el Big Ben. La misma idea habrá recorrido Europa: la torre Eiffel derribada, un Boeing 737 que se estrella contra el Pergamon en el centro de Berlín... Nunca como ahora la sensibilidad europea coincide con la tragedia americana. Pero hay algo más: esa sensibilidad europea se acerca al interés español y a la presidencia española, que se abre en enero. En Europa se avanza cada día en la libre circulación de bienes, personas, capitales y servicios. Sin embargo, Europol sigue siendo un proyecto, apenas dotado con un centenar de especialistas en La Haya. No hay un marco legal común para afrontar el terrorismo, ni hay una práctica compartida entre servicios policiales. Una policía europea es indispensable si se quiere defender a la Unión de los ataques previsibles. Esos ataques, remotos la semana pasada ¿no se han hecho imaginables hoy? Un ejemplo: el gobierno español investiga un contacto sostenido entre ETA y una rama de Hamas.

ETA practica un terrorismo calculado: quiere torturar a los españoles, pero prefiere hacerlo despacio, tomarse tiempo. Hace unos días voló un estacionamiento en el aeropuerto de Barajas. ¿Ven ustedes? Podíamos haber hecho cincuenta muertos y sin embargo... En la calle de López de Hoyos, ETA mata al general Oreja: murió después de una larga agonía, con quemaduras de tercer grado. Se limitó, pensarán ellos, a matar a ese general.

La primera cuestión de la presidencia española ha pasado a ser la defensa de una fuerza policial realmente común, integrada, con financiación y con un mando único que represente a los quince Estados miembros. Sin esa fuerza policial, el Tercer Pilar quedará reducido a mera logomaquia. Antes de que haya de llorar otra vez sobre la leche derramada, Europa debería pasar a los hechos. De lo contrario ETA pervivirá como hasta ahora en sus santuarios europeos. Una fuerza policial común empujaría hacia una mayor integración, después de los avances de la moneda única, la integración jurídica, los proyectos en seguridad y defensa. Algunos gobiernos tratan de resistirse frente a los avances integradores, sin comprender que es un trabajo inútil. No es sólo una cuestión de tamaño (que lo es) sino de espíritu: Europa será una gran fuerza política unitaria o no será. No hay término medio. Sin esa Europa, los alemanes, franceses, británicos, españoles, serán meros liliputienses.

Las reglas del juego han cambiado desde el 11 de septiembre: en el demoníaco atentado contra Nueva York y Washington ha entrado en juego una nueva estrategia, una estructura, una logística, una financiación, unos equipos... Lo ocurrido anteayer se observa desde planos políticos, culturales, económicos. Son muchas cosas. Pero algo sobresale: los servicios de inteligencia de Estados Unidos han fallado. Hace poco más de un mes, a comienzos de agosto, los servicios israelíes advirtieron a sus colegas americanos: un rumor sin confirmar aludía a una pista del Mosad sobre un estado anfitrión que prestaba alguna parte de sus estructuras a la organización de una llamada «operación de castigo contra América». Nada que ver con Cuba o con Libia, dos regímenes no democráticos, gobernados sin embargo por hombres de experiencia. Nos cuesta hablar de terrorismo islámico. La denominación es peligrosamente simplista. El término fundamentalismo conviene más a la realidad, aunque haya organizaciones fundamentalistas que rechazan toda violencia. Un equipo de pilotos y sus cómplices no podrían adiestrarse, quizá en territorio americano, sin que la CIA o el FBI (presupuesto, 30.000 millones de dólares anuales) capten algunos de sus movimientos. Pero volvamos a lo que importa: todas las grandes cuestiones europeas -dice el ministerio de Asuntos Exteriores- caben en la agenda del semestre español. No hay prioridades. Pues bien, vuelve el espíritu de Tampere y emergen con él las materias de Justicia e Interior. El Tercer Pilar es hoy una gran prioridad.

Lecciones para ganar una guerra
Por Benigno Pendás. Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 13 Septiembre 2001

¿PUEDE el nuevo siglo superar los horrores de su antecesor? No lo sabemos, porque la Historia, ha escrito Collingwood, no termina en el futuro sino en el presente y el futuro no puede ser objeto de conocimiento, sólo depositario de esperanzas y temores. La Historia del siglo XXI, el legado que tenemos que transmitir a la próxima generación, empieza ese maldito día once de septiembre que ha dejado al descubierto la debilidad constitutiva de ciertas ideas e instituciones. Los Padres Fundadores no han podido salvar esta vez a una sociedad víctima de un enemigo cruel y cobarde, pero también de sus propias dudas y temores. La Ilustración, el Estado Constitucional, incluso la Libertad, parecían derrumbarse sin remedio entre gritos, sirenas y carreras en el vacío. Es un deber moral contribuir a su reconstrucción, diciendo la verdad en voz alta, sin hipocresía ni servilismos.

La primera lección, tal vez la principal, de la infamia terrorista debe ser la recuperación de la dialéctica entre el amigo y el enemigo existencial, que nada tiene que ver con el simple adversario, como eje de la política internacional. Basta ya de complejos. Con errores y defectos, Occidente defiende la vida civilizada, la convivencia que conduce al compromiso político. Enfrente se sitúa un combatiente errático, que no respeta ni siquiera las reglas del Derecho de la guerra, enemigo voraz, implacable y sanguinario que sólo busca aniquilar y destruir. La nueva forma de la guerra terrorista desconoce la sólida doctrina de Clausewitz y se alimenta de la peor especie totalitaria que produjo el siglo XX, una mezcla de su versión soviética con algunas patologías del nazismo. El terrorismo ideológico, sea religioso o nacionalista, no puede ser combatido desde el pensamiento débil, la ética de perfil bajo y la política minúscula que revela, al decir de Tocqueville, un «gusto depravado» por la vulgaridad. Hemos perdido la batalla de las ideas: paralizada por extraños escrúpulos, la opinión democrática sólo se atreve a ofrecer una apelación abstracta al pluralismo, la tolerancia o el pacifismo. Sin embargo, para ser sinceros, el terrorismo únicamente puede ser vencido mediante el ejercicio firme de la autoridad y la recuperación del verdadero título de legitimidad, esto es, la soberanía nacional o popular.

La segunda enseñanza del martes negro tiene por objeto aclarar ciertos conceptos a un mundo cuya ansiedad lo conduce a jugar frívolamente con el riesgo. Los medios de masas más influyentes glorifican la violencia y el crimen, mientras que los monstruos demoníacos pueblan la imaginación de adolescentes privados del equilibrio emocional que otorgan la educación y la cultura. Luego, hay quien se rasga las vestiduras cuando la realidad supera a la ficción: las torres gemelas se desploman, el Pentágono pierde su equilibrio geométrico, el Air Force One sobrevuela con rumbo indeciso un país aterrorizado... Es una soberbia lección de humildad. El clarividente Max Weber escribió hace tiempo esta certera visión del hombre contemporáneo: especialistas sin espíritu, gozadores sin corazón, siendo mera nada, se imaginan haber alcanzado un nivel jamás conseguido por la Humanidad.

Nuestra «muchedumbre solitaria», según la célebre descripción de David Riesman, mecanicista y atomista, impregnada de rasgos epicúreos, es presa fácil para el fanatismo bien organizado y mejor financiado de quienes buscan la revancha de su divinidad ofendida. No conocemos al enemigo: para el integrista islámico, la democracia es una forma de impiedad que despoja a Dios de Su poder en provecho de las criaturas humanas; el capital financiero y el judío que ocupa la tierra sagrada expresan el poder maligno que debe ser exterminado. Otros terroristas se cubren con fantasías de identidad racial o con disfraces telúricos. Da lo mismo: creen en algo, tal vez por ignorancia, brutalidad o soberbia; nosotros, en cambio, parece que no creemos en nada.

Tercera lección. Esta sociedad sin liderazgo moral ha incurrido, en el plano internacional, en un error determinante: el nivel de la estatalidad ha sido rebajado hasta extremos casi ridículos. Cerca de doscientos Estados ocupan hoy un puesto en la Organización de las Naciones Unidas, mientras que, hace menos de un siglo, la Sociedad de las Naciones apenas llegaba a cincuenta. Decía Ranke que la Historia es Historia de las grandes potencias, al tiempo que la clásica Teoría del Estado nos presentaba a una entidad poderosa, dotada de población, territorio y soberanía, elevada en tono hegeliano a la cualidad universal de culminación del Espíritu Objetivo. Ya no es así. Convivimos hoy día con Estados aventureros, dominados por fanáticos movidos por una obsesión y, por supuesto, dotados de armas sofisticadas; sedicentes Estados, que profanan un nombre respetable, refugios de terroristas, de piratas y de falsos financieros que blanquean el dinero procedente de la extorsión y el chantaje. El Estado, producto sutil de los principios morales y políticos de la tradición helénica, romana y cristiana, no puede ser equiparado con esos enclaves despóticos, que utilizan los foros internacionales y las prerrogativas diplomáticas con la misma indignidad que los criminales cuando se amparan en las garantías del ordenamiento jurídico-constitucional.

En el mismo orden de ideas, el valioso concepto de Nación ha sido pervertido por el nacionalismo agresivo. Sólo las grandes Naciones históricas (España, entre ellas) constituyen verdaderos sujetos de la política internacional, como lo prueba el hecho de que han sabido vertebrar y refundir, con mejor o peor fortuna, otras realidades territoriales, legítimas, pero menores. Tal vez el fracaso sirva para recuperar la clarividencia. Los grandes Estados nacionales (en Europa, en América, algunos en Asia, pocos por desgracia en África) ofrecen estabilidad, solidez y equilibrio razonables a la compleja sociedad internacional. Las construcciones apresuradas, producto reciente del espíritu romántico y del deseo envidioso de desmantelar viejos Imperios, son un factor de riesgo e inseguridad que el mundo libre no se puede permitir. Lecciones de un tiempo convulso, que ya nadie podrá ignorar sin castigo.

Nuestra sociedad ha perdido el sentido de la Historia y, en buena medida, la lucidez y la energía imprescindibles para hacer frente a ese time of troubles que preveía Toynbee, mucho mejor profeta, ciertamente, que el absurdo Fukuyama. Un Pearl Harbor para el siglo XXI, escribía ayer con lucidez José Antonio Zarzalejos, entre el fragor de las noticias, minuto a minuto, del desastre más grande que ha sufrido la cosmocracia americana. La civilización libre, poderosa (pero, como es notorio, no invulnerable) gracias a la ciencia y la técnica, ha sido víctima del «rapto» que Díez del Corral describe de forma magistral. El rapto no procede sólo de la expropiación exterior, sino, sobre todo, de la alienación: Europa, todo Occidente, se arrebata, se enajena a sí misma, por causa de la debilidad moral de sus clases dirigentes.

La fuerza y la razón están, todavía, de nuestra parte. Pero no va a ser fácil el triunfo de la vida y de la libertad y, con ellas, del derecho a la «búsqueda de la felicidad», homenaje, hoy más necesario que nunca, a la gran nación norteamericana. Volvamos a preguntar por el futuro. Es el tiempo de los políticos audaces y de los intelectuales que dicen la verdad. Es la hora de las decisiones; con prudencia y con valentía, porque, como en el verso juvenil de Thomas Bernhard, «en el aire flotan miedos...»

¿Dónde está ahora el enemigo?
Julián LAGO La Razón  13 Septiembre 2001

Lo recurrente es buscar un culpable. Sin un culpable no podemos comprender cuanto nos ocurre. Así la Historia está llena de catástrofes, conspiraciones y guerras que sólo alcanzamos a entender si encontrarnos a sus responsables. Con la política de bloques, liquidada tras el desmembramiento de la antigua URSS, resultaba fácil localizar al enemigo: el enemigo eran «los otros», pero «los otros» nunca traspasaban los límites que rompiera el equilibrio de los bloques.

   El terror extendido sobre Nueva York, tras los ataques suicidas contra las Torres Gemelas, y el impacto aéreo contra el corazón del Pentágono ha humillado a la potencia más temida del planeta. El Gran Satán ha sido atacado en una estrategia sincronizada y de diseño: los símbolos de los poderes, económico y militar, de Estados Unidos han sido abatidos por sorpresa. La guerra de unos contra otros ha sido sustituida por la acción terrorista a gran escala.

   En principio sólo tenemos la sospecha de la autoría. Antes sabíamos que detrás de cada compló siempre estaba el KGB, en definitiva Moscú, o, en su defecto, los servicios de inteligencia de los otros países comunistas. Ahora sospechamos de Ben Laden y de los talibanes pero, a diferencia de cuanto acontecía en los tiempos de la guerra fría, las reglas de este juego de terror no son las mismas de antes: la lógica de la guerra convencional no contemplaba los fanatismos religiosos. Sólo así podemos entender el suicidio de unos kamikazes pilotando aviones comerciales como factor de redención.

   Resulta inevitable, pues, el paralelismo histórico del bombardeo sobre Pearl Harbor, del que Hollywood nos ha ofrecido recientemente su particular versión. Sin embargo, en esta ocasión la realidad ha imitado a la ficción hasta superarla con creces. Aunque haya películas como «Estado de sitio» que recuerdan la situación vivida el martes negro o novelas como «Deuda de honor», de Tom Clancy, con similares ingredientes narrativos, lo apocalíptico nos aproxima más bien a un vídeo juego, cuya realidad virtual no parece del todo creíble; los dos colosos en llamas, el detalle de la gente arrojándose al vacío para en su desesperación huir del fuego y el espectacular derrumbe de ambos edificios.

   Sin duda Bush ofrecerá a no tardar un culpable que será exterminado como una cucaracha ante el aplauso de la comunidad internacional, para quien ya el terrorismo ha adquirido categoría de fenómeno próximo. Occidente, ahora sí, combatirá esa lacra criminal que, ora en nombre de Alá, ora en nombre de los nacionalismos, es el terrorismo, cualquier terrorismo. Sólo porque el orgullo americano ha sido gravemente herido en su dignidad nacional.

La ira de Dios
José A. SENTÍS La Razón  13 Septiembre 2001

El terrorismo habitual es reivindicativo. Reclama derechos, generalmente territoriales, por la vía de la violencia insidiosa ante su imposibilidad de lograrlos por la guerra frontal. Pero en Nueva York ha irrumpido otra tipo de terrorismo: el de aniquilación. No encaminado a lograr una ventaja en el poder terrenal, sino impulsado por la creencia inasible de ser el brazo justiciero de dios. Son terrorismos diferentes en su origen, en sus medios y en sus objetivos. Es un error abordarlos de la misma forma, aunque tengan manifestaciones de violencia parcialmente homologables. Mientras el terrorismo reivindicativo quiere su premio entre los hombres, el fanatismo religioso sólo lo encuentra más allá de la física, en las vastas praderas, en el acogedor regazo de las huríes, en el territorio de las walkirias. Los primeros quieren recoger en vida el resultado de la violencia sembrada; los segundos siembran la violencia con desprecio a la propia vida. Aquéllos son previsibles y éstos desconcertantes. Que en España no se pueda ganar a Eta es más por incapacidad política durante generaciones que por la capacidad etarra de destrucción. Que el mundo no sepa como afrontar el terrorismo islámico es más lógico, porque ni la mayor de las determinaciones es superior a la del propio sacrificio. Y por eso, la capacidad de destrucción del terrorismo religioso carece de límites. No se piense que diez mil muertos es suficiente botín. Puede lograr muchísimos más. Y ellos saben cómo, aunque no me dé la gana recordárselo. Pretenderá tantas vidas cuantas pueda, porque sus enemigos son peores que animales: son traidores a la divinidad. Y ni siquiera con la mayor sacralización del ideal revolucionario se puede rozar la capacidad fanática de los portadores de la ira de dios.

   Frente a esto, algunos liberales de día y fascistas de noche pretenden la cruzada también aniquiladora. Pero andan errados. Los integristas islámicos en su vertiente terrorista esperan esa respuesta. Puesto que carecen de territorio y de fronteras que puedan ser lesionadas, pretenden que la réplica armada les confiera una entidad colectiva, un espacio moral, una nación espiritual sin entorno geográfico desde donde enfrentarse al ateísmo destructor de su fe.

   Se podrá bombardear Afganistán, Irak, Yemen o Sudán. Pero sólo para poner en la misma balanza el rostro de los niños muertos en Kabul con la de los ejecutivos abrasados en la tumba de hierro y fuego de las torres gemelas. Los soldados de dios rentabilizarán a los primeros y no se conmoverán de los segundos, como el cáncer no se conmueve del hígado en el que habita. Las respuestas brutales (tal vez cuando este periódico ya esté en la calle) ni siquiera servirán de advertencia, sino de incitación a la venganza. La única estrategia posible es aislar y destruir el virus integrista, con la paciencia que da la convicción democrática en la libertad, porque no es posible acabar con ochocientos millones de portadores.

Terror y terrorismo
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón  13 Septiembre 2001

Son cosas distintas, aunque relacionadas. El terror es un sentimiento de miedo espantoso a un peligro real que concierne a un específico grupo social vecino al móvil que crea el riesgo. El Terror del Régimen jacobino no era terrorista. Pues no afectó a toda la sociedad francesa, ni pretendió obtener concesiones de sus adversarios. Consistió en un mero expediente ideológico para liquidarlos y en un sistema de dominación. En el mundo político, la palabra terror designa el tipo de miedo que sufren los que, por ser o creerse objetivos personales de una causa ideológica de persecución, están aterrados o pertérritos ante el Régimen de poder. Puede haber, por eso, Estado de Terror, pero no terrorismo de Estado.

   El terrorismo, que no es sentimiento subjetivo sino social, constituye un fenómeno moderno de la psicología de masas. La voz terrorista se incorporó a nuestra lengua en 1884 («terror», en 1440), para nombrar a los autores de atentados magnicidas o fabriles, sin otro móvil que la represalia contra símbolos del Estado clasista y del maquinismo industrial. Los primeros que se valieron del terror como táctica para la conquista del Estado no se llamaron terroristas, sino fascistas.

   No es un azar que los nacionalistas de Corradini se aliaran, a principios del XX, con Mussolini y los sindicalistas seguidores de la violencia proletaria, teorizada por Sorel, para cambiarla por la violencia nacionalista. Pero hasta el fin de la segunda guerra mundial se mantuvo unido el terrorismo a los atentados de grupos radicales del anarco-sindicalismo y del patriotismo de la unidad irlandesa. Y estos últimos, acabado el mito revolucionario de la huelga general, han conseguido imponer en el lenguaje actual su paradigma de terrorismo, entendido como guerra psicológica de emancipación estatal o liberación nacional, mediante continuados actos de terror y sabotaje.

   No puede haber terrorismo sin actos en serie de terror. Pero es falsa la creencia común de que entre terror y terrorismo hay relación de causa-efecto, principio-consecuencia o antecedente-consecuente.

   El terror produce un miedo pánico vecinal que no está presente en el terrorismo. En éste predomina la inquietud política y la indignación social sobre el miedo personal. Esto quiere decir que el terror no contiene ni explica por sí sólo al terrorismo.

   Mi aportación intelectual al conocimiento de este fenómeno complejo consiste en considerarlo producto de cuatro causas. Su causa eficiente está en los agentes de terror (Eta). Su causa material, en la continuidad de los atentados. Su causa formal, en la idea aterradora difundida por la prensa. Y su causa final, en el nacionalismo independentista. En estas concausas, la esencial para definir el terrorismo es la formal. Lo cual no significa que el terror sólo sea mera ocasión para que la mente aterradora de los medios informativos desarrolle el terrorismo.

   Aunque el terror y los atentados terroríficos no contienen en su naturaleza el elemento aterrador de la prensa ni el ideal nacionalista de la Independencia, y por eso éstos no pueden ser puros efectos de aquéllos, no obstante continúan presentes, de modo continuo, tanto en los titulares de prensa compositores del terrorismo, como en la política independentista del nacionalismo vasco.

   Es obvio que sin terror no habría terrorismo. Pero sólo con terror tampoco. Y esto nadie quiere verlo ni, mucho menos, decirlo. La relación entre terror y terrorismo es la que Brentano estableció con la permanencia continua de la causa en el efecto, distinto de ella. Por ser distinto, la prensa, los gobiernos y el PNV no son cómplices del terror.

   Por permanecer la causa del terror en ellos, no sólo producen terrorismo al condenar los atentados con mente aterradora, sino que impiden toda posibilidad de auténtica política antiterrorista. Sería un contrasentido del sistema.

Instrumento totalitario
Cartas al Director ABC 13 Septiembre 2001

El terrorismo, la voluntad y el hecho de matar para imponer unas ideas, rompiendo la capacidad de defensa y eliminando la libertad del «enemigo», es el instrumento totalitario por antonomasia. El terrorista mata al mayor número posible de personas. Ambas cuestiones quedan ejemplificadas con la tragedia histórica, llamada a tener consecuencias imprevisibles, que ha sacudido a Estados Unidos. El terrorismo es, pues, el instrumento de una ideología que busca el poder total. La que lleva tiempo creciendo sin tener la respuesta adecuada es el integrismo islámico. De poco sirve debatir sobre la tolerancia o no dentro del Islam, porque ese es un debate religioso, interno, en el que los musulmanes han de comprometerse aislando a los que de manera tan patente se muestran con el salvajismo de las bestias, capaces de inmolarse en sus asesinatos colectivos.

La carga de la prueba está a favor de que al menos una parte del Islam propende al totalitarismo. Lo está aún más respecto a que esos grupos encuentran asiento en naciones de régimen totalitario como Afganistán.

Y, ante todo eso, Occidente viene adoptando una postura lanar, atenazado por los complejos de culpa de lo políticamente correcto y una idea del multiculturalismo. El terrorismo no tiene otra solución que la policial, pero eso implica una posición activa no simplemente preventiva. Puede ser necesario mejorar las medidas de seguridad, pero lo fundamental es atacar al terrorismo en sus bases, eliminar sus santuarios y deslegitimar el integrismo como forma política de actuación. Impedir su capacidad de organización. Los atentados contra Estados Unidos no eran previsibles, en el sentido habitual del término, pero sí se enmarcan en el clima de dejadez descrito. De la terrible experiencia de hoy cabe esperar que se extraigan conclusiones claras y se tomen medidas estrictas. Occidente no puede vivir amenazado si quiere sobrevivir. Fernando Aronnax González. Valladolid.

Con sus tentáculos en el Magreb
Ben Laden tiene estrechas relaciones con las mafias del narcotráfico y la inmigración ilegal
Pedro Arnuero - Madrid.- La Razón 13 Septiembre 2001

Según informes de los servicios de seguridad occidentales a los que ha tenido acceso LA RAZÓN, «Osama Ben Laden ha creado en Marruecos y Argelia estructuras y redes activas para recaudar fondos y levantar una estructura propia para formar grupos y células terroristas en Europa». Durante la pasada cumbre policial en Argel, se destacó que en los últimos años las redes integristas de Ben Laden mantenían estrechas relaciones con las mafias marroquíes del narcotráfico (hachís y cocaína) y de la inmigración clandestina. Asimismo, el millonario saudí, principal sospechoso de los ataques terroristas suicidas en Nueva York y Washington, ha formado sociedades pantalla inscritas con nombres falsos que se dedican a todo tipo de tráficos, incluidas armas, drogas e inmigración ilegal.

   Según pudo saber este periódico, todas estas implicaciones de Ben Laden con grupos fundamentalistas armados y movimientos islamistas religiosos en el Magreb se pusieron de relieve durante una reunión que se celebró a finales de mayo en Argel, donde los cuerpos de seguridad y los servicios de contraespionaje europeos analizaron el peligro de la amenaza integrista. La reunión tenía como único objetivo analizar las amenazas que para la seguridad de la UE y Estados Unidos representaban los movimientos armados integristas en el Magreb. Como adelantó LA RAZÓN el pasado 4 de julio, la cumbre terminó con la evidencia de que la mayoría de los grupos integristas que existen en el Norte de África se encuentran ya integrados en «Al-Qaida» («La Base»), una «multinacional del terrorismo» con ramificaciones en decenas de países musulmanes liderada por Ben Laden, por el que el FBI ofrece una recompensa de un millón de dólares.

   «La Base» agrupa a cerca de 10.000 terroristas desde Filipinas a Marruecos. «Hasta ahora no ha habido detenciones de terroristas marroquíes ni libios, pero sí argelinos, que bajo el mando de Ben Laden montaron todas las células en Canadá y Europa. Esto no significa que inmigrantes marroquíes puedan estar en la retaguardia en los campos de entrenamiento de Ben Laden en Afganistán dispuestos a volver a Europa y formar células para preparar una nueva ola de terror, como han hecho en Estados Unidos», explica un experto en terrorismo árabe. La misma fuente añade que «los argelinos se han vuelto más agresivos y violentos, pero los tunecinos son los que mejor se mueven. Estos últimos son el próximo peligro. Ellos están llenando los campos de entrenamiento de La Base en Pakistán y Afganistán» .

   Una de las cosas que han aprendido los servicios de seguridad sobre «Al Qaeda» es que siempre está compuesta por nueva gente con nuevos objetivos. Un oficial de los servicios de inteligencia occidentales lo compara con el virus del sida. «Cuando se destruye a una célula integrista, sabemos que a continuación vendrá otra. Están mutando todo el tiempo. Aprenden de sus errores, cambian de procedimientos. Las informaciones que tenemos de hace seis meses sobre su manera de actuar ya no nos sirven para nada».

   Lo que más llama la atención a los servicios de inteligencia es la relación de nuestro país con las redes de Ben Laden en el Magreb. «Lo normal era que las redes europeas hubiesen venido directamente de Argelia o Marruecos vía España, pero el proceso fue al revés. La célula española fue la última en crearse y siempre se ha utilizado como enlace, cuartel de invierno o refugio, por su proximidad a Marruecos y Argelia y la gran cantidad de inmigrantes que viven y trabajan en España». Para los expertos antiterroristas, aparte de Eta, hay que sumar un nuevo peligro, cuya actuación es distinta. Los grupos islamistas, según los últimos datos, darán que hablar en breve, ya que tienen previstos echar sus redes con ayuda de Ben Laden en cuatro puntos de nuestra península: Almería, Alicante, Granada y Valencia.

A por las torres Kio
Luis María ANSON La Razón 13 Septiembre 2001
de la Real Academia Española

Los cerebros criminales de Eta sólo pueden estar pensando en las torres Kio. Los edificios simbólicos han sido siempre objetivos del terrorismo internacional. El IRA explosionó una carga de dinamita en Harrod´s; los terroristas corsos volaron Fauchon, en la plaza de la Madeleine; las Brigadas Rojas perpetraron su atentado en uno de los más transitados aeropuertos italianos; los chechenios redujeron a escombros tres edificios en Moscú. (Putin, por cierto, se dio cuenta de que perdía las elecciones si no atajaba la escalada, y conocedor como nadie de los métodos terroristas a los que había contribuido en su época de director del KGB, declaró la guerra a Chechenia, como fórmula de sajar cuanto antes el tumor).

   No olvidemos que Eta tuvo preparadas dos furgonetas con cerca de mil kilos de explosivos cada una. El objetivo sólo podía ser un edificio simbólico de Madrid. ¿Correos, Torre Picasso, el Gobierno de la Comunidad en la Puerta del Sol, el Palacio Real...?

   Después del horror en Nueva York, ¿no parece lógico que Eta esté pensando en las torres Kio o en edificios similares? La banda etarra no dispone de kamikazes dispuestos a morir y entrenados a pilotar aviones. Pero ha demostrado capacidad para explosionar potentes coches bomba. A Rajoy, en fin, le espera una dura tarea después del éxito que para el terrorismo internacional ha supuesto el ataque al corazón del Imperio.

Lo abyecto
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo
13 Septiembre 2001

L
a izquierda ya no tiene un modelo político alternativo al del capitalismo liberal, tampoco tiene una alternativa clara e identificable al Estado democrático burgués, ni puede exhibir ninguna moral particular con pretensiones generales. Tras la caída del Muro, la izquierda sigue presumiendo del monopolio de los buenos sentimientos, es la conciencia autosatisfecha de la especie, la vanidad sin motivos y el orgullo ridículo, pero objetivamente no tiene ninguna alternativa económica, política o moral al liberalismo salvo perfeccionarlo y mejorar el funcionamiento de sus instituciones, que es precisamente la esencia misma de ese sistema, perfectible por definición. A la izquierda ya sólo le queda el odio a los Estados Unidos. Nada más. Nada menos.

Hasta los años 60, la izquierda de todo el mundo distinguía entre el pueblo americano y su sistema político. Ahora ya no. La inconfesada algazara, la justificación apenas velada, la explicación absolutoria, la comparación de cadáveres de países y épocas totalmente distintos con el evidente propósito de menospreciar a las víctimas aún calientes de la masacre de Nueva York prueban que, en buena parte de la izquierda «de toda la vida», el odio al capitalismo, al liberalismo, a la democracia, a todos los valores en que se funda la civilización occidental contemporánea es indistinguible del odio físico a las personas y a las empresas norteamericanas.

Como Arzallus, con la ETA, la justificación del crimen se produce mediante la descalificación de los muertos como víctimas del sistema político -español o norteamericano- que los despiadados terroristas no han tenido, pobrecitos, más remedio que atacar. En la prensa española de ayer había pruebas abundantísimas de que, en lo que a Estados Unidos se refiere, la inteligencia de izquierdas actúa como el PNV ante los crímenes etarras: hipócrita en las formas, racista y genocida en el fondo. Si en vez de 20.000 hubieran asesinado a un millón de personas o si hubieran borrado de la faz de la Tierra a todos los habitantes de Nueva York habrían escrito lo mismo, con la adjetivación adaptada a las circunstancias. Se trata de «explicar» el asesinato para que en las conciencias siga actuando el «algo habrá hecho», y fuera de ellas, el «no hay inocentes» que repetían ante los niños despanzurrados por las bombas los terroristas del anarquismo decimonónico.

Y quien dice la izquierda dice buena parte de la derecha europea, que tras la caída del Muro ha retornado a su cazurrería siniestra: aldeanismo, nacionalismo, antisemitismo, odio a las libertades, envidia a lo que llaman Imperio, su abyección es básicamente igual a la de la izquierda. Sólo les preocupa que Estados Unidos se defienda. Los muertos, tanto da.

El despertar
MARTIN PRIETO El Mundo 13 Septiembre 2001

Durante la campaña electoral se reprochó a Bush su enciclopédico desconocimiento de la geografía planetaria y su consecuente tendencia al aislacionismo; el martes negro el presidente ha recibido una lección práctica de política internacional que mudará el carácter de su mandato. En su visita a España prometió a Aznar colaboración policial y tecnológica para luchar contra ETA; paradójicamente toda su parafernalia de seguridad y espionaje no ha sabido detectar un raid con aviones comerciales contra Nueva York y Washington; presionado por el complejo militar-industrial, se encegueció con el escudo antimisiles cuando la galaxia terrorista puede destruir la Casa Blanca y lo que le pete sólo con el suficiente fanatismo que, despreciando la propia vida, no tiene en nada la de los demás. Ha sido inevitable recordar Pearl Harbor, aquel otro día de la infamia; mueven a compasión esos desavisados jóvenes iraquíes y palestinos disparando al cielo sus armas y haciendo alborozados con los dedos la uve de la victoria: no saben las amarguras que les acechan.

El paralelismo con Pearl Harbor está en esa imagen de la isla de Manhattan envuelta en humo y polvo como la Bahía de las Perlas hawayana y en la escena en que el almirante Yamamoto suspende sombrío los brindis de sus subordinados: «Me temo que hayamos despertado a un tigre dormido». El sainete histórico e intelectual de la conferencia sobre racismo en Durban ya es papel mojado y la hambruna de Centroamérica pasa a un segundo plano junto a las endémicas de Africa. La batalla contra el terrorismo internacional, nacional o local ocupará la potencialidad de Estados Unidos, Europa y Japón, y la OTAN encontrará su papel en el reparto tras el final de la Guerra Fría. Israel se verá beneficiado en su conflicto con los hombres bomba palestinos, y hasta Putin en su podrida limpieza de Chechenia. Osama Bin Laden, esa especie de viejo de la montaña, como aquél que daba hachís a sus sicarios y creó por corrupción verbal la palabra asesino, puede ir rapándose las barbas en seco, junto a sus protectores talibán; salvo Pakistán, nadie verterá una lágrima por el bombardeo de Kabul. El fundamentalismo islámico (tal como ETA) está atravesando su propia y oscura edad media, pero su terror ya no despierta la comprensión de los nihilistas rusos o los anarquistas españoles. Los kamikazes de Manhattan y el Pentágono no han golpeado el viento divino de los pilotos nipones sino una tempestad que arrollará a los suyos indefectiblemente. Ya sabemos qué carriles tendrá este siglo XXI: la tolerancia cero ante el terror. El Capitán América está viejo, a Clark Kent le han quitado la criptonita para desviar los aviones con sus manos y Batman no sale de su batcueva; pero la fiera dormida ya ha empezado a desperezarse.

El poder irónico
FRANCISCO UMBRAL El Mundo
13 Septiembre 2001

El poder terrorista es siempre o casi siempre un poder irónico por cuanto derrota con la honda infantil de David la grandeza de Goliat. El terrorismo, fenómeno de nuestro tiempo, ha sustituido a las grandes guerras. Antes se guerreaba de Imperio a Imperio y dijo Nietzsche que las montañas se comunican por las cumbres. Pero ya no hay más que una montaña, que es el Poder global, y las minorías nacionalistas, religiosas, belicosas o fanáticas se justifican haciendo una guerra mínima, unipersonal, el tiro en la nuca, el avión secuestrado, el kamikaze u hombre/proyectil. El efecto no siempre es grave, pero siempre es irónico. El Poder no queda gravemente herido, pero sí un poco en ridículo, como esos millonarios de antaño que iban perdiendo la calderilla en las viñetas humorísticas.

En plena globalización, el último recurso que le queda al débil es el de la ironía, pues se trata más de denunciar un gigante o un exceso que de acabar con ellos, empresa imposible. Los etarras, cuando queman una bandera española en la plaza de Vitoria o en otra, no están quemando España, como quizá quisieran pero están minimizando el símbolo español y dejando su águila heráldica en un pájaro frito.

Esto es lo que funciona ya en Estados Unidos después de la catástrofe. La prepotencia de Bush se refugia en un búnker cuando nada menos que el Pentágono arde como un pañuelo. El Poder se alimenta de símbolos y la blanca simetría del Pentágono era un símbolo máximo del poderío militar americano. Casi nunca había generales allí dentro, y esto hace aún más gratuita la destrucción del Pentágono, donde puede que estuviera Fukuyama, en su despacho, elaborando más pensamiento único.

El contraste entre el poderío militar americano y la fácil destrucción de su emblema es la contradicción de donde nace la ironía. Los terroristas, que dice Aznar que son iguales en todas partes, no parecen unos tipos con mucho sentido del humor. Desacreditan al enemigo como un chiste de periódico desacredita a un Banco: con un rasguño. No vamos a decir que lo de Manhattan sea humorístico, pero sí que al terrorismo no le queda más que el humor involuntario para hacerse fuerte. Esperemos la respuesta de Estados Unidos a los culpables para saber que el efecto humorístico desaparece en cuanto se desembalan los misiles.

No habrá una Tercera Guerra Mundial porque no hay enemigo, pero el gag del avión estrellándose contra el rascacielos nos parece haberlo visto ya hasta en el cine mudo, y si le quitamos la sangre no deja de dar risa por lo elemental. El terrorismo internacional está haciendo humor con los Poderes que no puede abolir, como esa gran movida de funcionarios que no saben adónde van en mangas de camisa y necesitarán, para enterarse, ver la cosa en la televisión y saber qué es realmente lo que ellos han protagonizado. La catástrofe ha proporcionado a miles de funcionarios en huida esos cinco minutos de gloria que Andy Warhol reivindicaba para todo hombre corriente.

El suicidio de Occidente, 1
Por Enrique de Diego Libertad Digital
13 Septiembre 2001

El suicidio de Occidente o lo políticamente correcto como estupidez, 1

Es sabido que Occidente ha sobrevivido a pesar del intento de suicidio constante de sus intelectuales, de su inteligencia media, de esa que repite tópicos totalitarios. Ese compromiso con el totalitarismo se dio de manera abundante y generalizada tanto a favor del nazismo y el fascismo, como del comunismo. Siempre ha habido, a cambio, una pequeña parte de pensadores, que a contracorriente, han defendido la causa de la libertad. Pero siempre han sido una minoría. Tras la segunda guerra mundial fue generalizada la opción comunista de los intelectuales, el dominio hegemónico de las universidades por el marxismo, que aún se mantiene en la Universidad española como método de análisis, a pesar de que tal doctrina ha causado más de cien millones de muertos por asesinato directo.

La caída del Muro hizo que los totalitarios de las vísperas pasarán de su dogmatismo a un relativismo que les hiciera sobrevivir so capa de postmodernidad. Se desarrolló un nuevo dogmatismo –todo es relativo: el dogma más absurdo– de lo políticamente correcto, amalgama de tópicos insustanciales con argamasa de complejos de culpa, partiendo siempre de la base de que Occidente y las democracias son culpables, en cualquier caso, del pecado original de su propio éxito, de la defensa de la libertad y de su progreso. Ese Occidente que recurre en ayuda de las causas humanitarias, con frecuencia el fruto de tiranías y errores colectivistas, es, sin embargo, el enemigo a batir. La existencia de falsas morales, basadas en opiniones evanescentes y puramente sentimentales, con los que se debe ir por los salones, por las cátedras y, por supuesto, por los medios de comunicación, es una de las falacias más constantes, una inercia de ese intento de suicidio.

Basta leer los editoriales y comentarios de algunos diarios españoles para ver hasta qué punto esa estupidez, con sus equidistancias beatas y aparentemente racionales, está generalizada. Tras la barbarie del ataque integrista a los Estados Unidos no se cede un ápice en el antiamericanismo, que es una de las notas de buena educación políticamente correcta. La preocupación no se establece sobre el riesgo para la seguridad de los ciudadanos de las naciones democráticas (Estados Unidos no es más ni menos que el pararrayos) sino sobre los efectos de la reacción de Bush.

Dice El Mundo, tan atenazado por complejos de progre en lo internacional para justificar sus apoyos en lo nacional, que “una intervención de Estados Unidos podría desencadenar una reacción militar de países como Siria, Libia, Irak e Irán”. Como si ese riesgo no existiera con carácter previo y pudiera ser efecto de la reacción. Incluso especula el editorialista con regodeo sobre si “las imágenes de la tragedia de ayer suscitan la reflexión de si EEUU, como Roma hace veinte siglos, no es sino un gigante con pies de barro, con numerosos enemigos extramuros que esperan un signo de debilidad para atacar a la gran potencia”. ¿Una acción suicida elevada a la categoría de la spenceriana decadencia de Occidente? Quizás esa permanente inmoralidad de convertir a las víctimas en culpables.

Por supuesto, han fallado medidas de seguridad, pero parece una exageración supina sentenciar que “es incapaz de garantizar la seguridad de los habitantes de Nueva York o Washington”. Luego están esos analistas de la nada o de la pusilanimidad. Dejo a los aburridos eruditos como Felipe Sahagún con sus grandilocuentes vaciedades. Para Rafael Navarro-Valls, catedrátido de Derecho Canónico, en el mismo diario, “el peligro es que la reacción del gigante sea demasiado violenta. Es decir, que desde el Pentágono en llamas resuenen demasiado fuerte y demasiado pronto los tambores de guerra y de venganza. Es tiempo de fortaleza pero también de serenidad”. ¡Cuánto “volunta” aspirante a presidente de los Estados Unidos siempre dispuestos a enmendar la plana y a ver el peligro en las democracias y no en los totalitarismos! ¡Cuánto acomplejado!.

No falta el toque resentido y multicultural de Antonio Gala, para quien esto son “gajes del imperio” pues “son demasiados los pueblos en que se han sembrado vientos. El descontento humano es infinito”. El suicidio genocida elevado a respuesta moral de peluca empolvada. El culpable: Estados Unidos. “El pánico se ha adueñado del corazón USA. Para eso sí lo tiene”. ¿Qué harían con Gala los integristas? Los talibanes, por ejemplo.

Enseñar la lección
Por Ignacio Villa Libertad Digital
13 Septiembre 2001

Nadie duda, a estas alturas, que los atentados vividos en los Estados Unidos marcan un antes y un después en la historia contemporánea. Un atentado que marcará el futuro en unas dimensiones todavía difíciles de calcular. Aunque, junto a estos análisis a largo plazo, surgen también otras cuestiones, más inmediatas, pero también importantes. Nos referimos a la colaboración internacional en la lucha contra el terrorismo. Los recientes atentados plantean, sin dilaciones, la necesidad de una cooperación internacional para luchar contra el terrorismo, que al fin y al cabo, es el mayor negocio sangriento de nuestro tiempo.

Todos los Gobiernos libres y democráticos han recibido un claro toque de atención para que se dejen de lado las medias tintas y las palabras poco claras. El terrorismo necesita una voluntad clara y eficaz de todos los países, no puede haber espacio para el doble lenguaje. Con este planteamiento, España está llamada a asumir un liderazgo internacional.

España es uno de los países democráticos que con más salvajismo ha sufrido y está sufriendo los golpes de los terroristas. Por ello, el Gobierno español deberá ser un punto de referencia para el resto de Europa, deberá ser un interlocutor claro de sus socios europeos. España, golpeada desde hace décadas por la banda terrorista ETA, deberá liderar en Europa la lucha contra el terrorismo internacional. España conoce bien la ambigüedad con la que en ocasiones se han portado los Gobiernos europeos con el terrorismo etarra.

No descubrimos nada si recordamos que no todos los miembros de la Unión Europea han sido claros con esta grave cuestión. Por lo tanto, ahora el Gobierno tiene la oportunidad de demostrar y recordar dónde está el camino y las señales para marcar el futuro. España conoce bien las soluciones: trabajar con una plena colaboración y con una nítida cooperación internacional. Esa es la solución. En definitiva, actuar con la coherencia que los principios democráticos exigen a los Gobiernos.

Con la Presidencia de la Unión Europea en puertas, nuestro país tiene una oportunidad única para protagonizar este liderazgo. España se convierte en el interlocutor más valido de Europa para coordinar y dirigir las bases de una verdadera estrategia que sirva para asentar una certera lucha contra el terrorismo internacional. España deberá enseñar la lección.

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