AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 16 Septiembre  2001
#Reflexiones sobre la «primera guerra del siglo XXI»
Geoffrey Parker ABC 16 Septiembre 2001

#Terror religioso
Editorial ABC 16 Septiembre 2001

#La lucha final
MARIO VARGAS LLOSA El País 16 Septiembre 2001

#LA LÓGICA DEL TERROR
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Septiembre 2001

#Rostros y nubes
Alfonso USSÍA ABC 16 Septiembre 2001

#Lo vasco y lo español
ENRIQUE VILLAR MONTERO El Correo 16 Septiembre 2001

#Aznar alerta de que el nacionalismo radical y el fanatismo religioso destruyen la democracia
SANTIAGO. Alfredo Aycart ABC 16 Septiembre 2001

Reflexiones sobre la «primera guerra del siglo XXI»
Por Geoffrey Parker ABC 16 Septiembre 2001

TODO norteamericano de una cierta edad sabe exactamente dónde estaba y qué estaba haciendo cuando oyó que habían bombardeado Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. En el futuro, todo norteamericano recordará dónde estaba y qué estaba haciendo cuando vio por primera vez las imágenes de un avión comercial estadounidense secuestrado que se estrellaba deliberadamente contra el World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001.

Naturalmente, los estadounidenses ya estaban familiarizados con imágenes de edificios reducidos a ruinas por aviones estadounidenses, y de civiles muertos y mutilados; pero hasta el martes esto era algo que sólo les pasaba a otros, en Bagdad, Kabul, Jartum o Belgrado. Componían episodios de las últimas guerras del siglo XX. Los acontecimientos del martes marcan, como ha señalado el presidente George W. Bush, la primera guerra del siglo XXI. Aunque la mayoría de los norteamericanos resalta la novedad del nuevo conflicto, persisten, sin embargo, algunas continuidades. En especial, las bajas de cada bando revelan una asombrosa asimetría. Mientras que, en las guerras mundiales y en la guerra civil española, ambas partes sufrieron fuertes pérdidas, en la guerra del Golfo la coalición perdió escasamente 200 combatientes, pero mató a más de cien mil iraquíes y destruyó la infraestructura de todo un país. No sufrieron ninguna baja en los «ataques quirúrgicos» contra Sudán, Afganistán y Yugoslavia, a pesar de que, de nuevo, infligieron sustanciales bajas y extensos daños materiales. El martes, igualmente, los agresores perdieron sólo 18 hombres en su «ataque quirúrgico», que dejó miles de estadounidenses muertos y causó daños materiales valorados en miles de millones de dólares.

Los analistas estratégicos denominan a este tipo de operación militar de «baja tecnología y elevado concepto»: los agresores no tenían una tecnología «invisible», pero tres de los cuatro aviones por los que no tuvieron que pagar nada consiguieron llegar a su objetivo con igual precisión y efecto destructivo que una bomba «inteligente» que cuesta millones de dólares. Sin embargo, sufrieron un 100 por ciento de bajas y todos sus combatientes estaban perfectamente enterados de que participaban en una misión suicida.

¿Cómo pudo Estados Unidos, la mayor potencia militar del mundo, en realidad la única superpotencia, ser víctima de un asalto de estas características? La explicación está en la combinación de tres factores: complacencia, olvido y globalización. Arrullado por una falsa sensación de seguridad por el final de la guerra fría, cesó prácticamente la contratación de unidades de contraterrorismo del FBI. Es cierto que en junio, cuando el presidente Bush se reunió con José María Aznar en Madrid, ambos declararon que la creación de un frente común contra el terrorismo era una prioridad básica; pero la mayoría de los estadounidenses daban por sentado que esta era una promesa unilateral. Estados Unidos, razonaban, ofrecía apoyo contra ETA a cambio del respaldo de Aznar al escudo de defensa contra misiles, el principal objetivo en la política exterior del gobierno de Bush.

En segundo lugar, quizá debido a esta complacencia, la mayoría de los norteamericanos olvidaron las lecciones del terrorismo pasado, especialmente el terrorismo en las sociedades musulmanas (e, independientemente de quiénes perpetrasen los actos del 11 de septiembre, parece seguro que eran musulmanes). En el siglo XII, un grupo de musulmanes chiíes de Líbano establecieron una estrategia de asesinatos políticos contra sus enemigos, asesinatos llevados a cabo en público, normalmente en misiones suicidas. Su nombre ha pasado a todas las lenguas occidentales: los Asesinos. En 1983, Estados Unidos recibió un brutal recordatorio de que esta tradición seguía viva cuando terroristas chiíes destruyeron la base naval de Estados Unidos en Beirut. Diez años después, otro grupo musulmán puso una bomba en el World Trade Center de Nueva York, y en diciembre de 1999 la policía abortó intentos de interrumpir o echar por tierra las celebraciones del milenio cristiano. Aun así, cualquiera que haya utilizado los aeropuertos estadounidenses sabe que, hasta el martes, la seguridad era asombrosamente laxa. Los pasajeros podían incluso transportar legalmente un cuchillo -siempre que midiese menos de 102 mm- en vuelos internos. Es probable que aquellos que brutalmente apuñalaron y acuchillaron a las azafatas el martes, para obligar a los pilotos a abrir la cabina en un vano intento de rescate, llevasen armas plenamente aceptadas por la ley.

El tercer factor que subyace tras la tragedia del martes es la globalización. Estados Unidos mantiene cientos de bases militares y emporios comerciales en todo el mundo, y promueve valores y adopta medidas que provocan una violenta hostilidad en muchas zonas. Quienes se oponen al «estilo americano» no han ocultado esta hostilidad, y han atacado repetidamente puntos vulnerables. Es imposible protegerlos todos, y dos embajadas norteamericanas en África y un barco de guerra fondeado en un puerto extranjero han sido objeto de ataques recientes. Sin embargo, como ETA ha podido averiguar, una bomba en Madrid tiene el mismo valor que diez en Bilbao: los terroristas llaman más la atención atacando la capital de su enemigo. Por lo tanto, la lección del terrorismo europeo es que, antes o después, se acaba atacando el centro, en lugar de la periferia; es otra lección que Estados Unidos pasó por alto. Aun así, es imposible controlar adecuadamente todos los posibles objetivos internos. Hasta el martes, aproximadamente medio millón de personas viajaban en avión a diario en Estados Unidos; muchos millones más viajan por autobús, tren y coche. Aun cuando se mejore la seguridad en los aeropuertos, cosa que es necesaria, será imposible proporcionar protección total en cada tren, autobús, puente y túnel. Los viajeros se han convertido en un objetivo «legítimo», y quizá incluso principal.

¿Cuánto durará esta alarmante inseguridad? Vistos en retrospectiva, los doce años transcurridos desde la caída del Telón de Acero pueden parecer una edad de oro para Occidente; un periodo en el que los enemigos estaban aislados, eran pobres y relativamente débiles, y los occidentales podían ir casi a cualquier parte del mundo con seguridad. Aunque ni siquiera un régimen tan abiertamente hostil como el de Saddam Hussein en Irak pudo ser destruido del todo, su peligro potencial para Occidente seguía siendo limitado. En cambio, puede que resulte mucho más difícil neutralizar un movimiento religioso hostil con un seguimiento internacional y cuyo potencial para infligir daños a Occidente es mucho mayor. Todo depende en buena medida de la capacidad de Bush para crear una poderosa coalición internacional dispuesta a apoyar -o al menos tolerar- el uso masivo de la fuerza contra aquellos a quienes Estados Unidos considera sus enemigos. La tarea se ve complicada innecesariamente por el insensible, e incluso a veces arrogante, empleo de ciertas políticas durante los primeros ocho meses de este gobierno, que ha suscitado el antagonismo chino con aviones espía, ha alarmado a Rusia e incluso a sus aliados de la OTAN con el escudo de defensa contra misiles, y ha ofendido prácticamente a todos los demás países al negarse a firmar las actas de Kyoto. Aunque debemos esperar que los acontecimientos del 11 de septiembre sigan siendo el peor episodio de la «primera guerra del siglo XXI», por desgracia no es muy probable que sea el último.

Terror religioso
Editorial ABC 16 Septiembre 2001

Conviene no poner demasiados apellidos al terrorismo. Es verdad que hay un terrorismo socioeconómico, un terrorismo político, un terrorismo religioso. El fanatismo es elemento común a todos ellos. Y no cabe situarse nunca a mitad de camino de ninguno de ellos. Todos son denunciables por igual. Todos son deleznables en su misma e injusta medida. Después de los atentados del pasado martes en Nueva York y Washington, todas las miradas se volvieron rápidamente hacia Oriente Medio. El terrorismo religioso, el terrorismo islámico, fue señalado con el dedo. Los primeros resultados de las investigaciones iniciales confirman aquellas acusaciones. El multimillonario saudí refugiado en Afganistán y protegido por el régimen de los talibán, Osama Bin Laden, asoma de entre sus tinieblas como principal sospechoso de los abominables crímenes. Pero no por todo esto debe caerse en el peligroso error de asociar Islam a terrorismo. El Islam no es terror sino una religión que profesan más de mil millones de personas en todo el mundo y que habla a través del Corán del respeto a los demás, de la tolerancia, de la convivencia pacífica.

Existe, por supuesto, el terrorismo islámico como también el judío o el cristiano. Este terrorismo religioso cobró de nuevo fuerza en el mundo con la llegada al poder en 1979 de los «ayatolás» en Irán y su «todo vale» para asentar su República Islámica. Fue entonces cuando cobraron especial protagonismo en Oriente Medio grupos como Hizbolá, Hamas, la Yihad Islámica, la Yamaa Islamiya. La financiación de Teherán, la comprensión y el apoyo más o menos encubiertos de otros regímenes de la región, la alianza nada disimulada en la zona de los intereses israelíes y norteamericanos hicieron el resto. De ahí al terrorismo suicida, un paso. A los suicidas se les promete «ríos de dulce miel y vino sagrado, 72 esposas vírgenes y la llegada al paraíso junto a 70 amigos o familiares». Es muy difícil, resulta muy complejo hacer frente eficazmente a esa predisposición a morir matando cuantos más mejor.

Estos integristas islámicos están agrupados en organizaciones dispersas, en pequeños núcleos, donde no todos conocen a todos para evitar las delaciones; son sometidos a entrenamientos militares pero también a lavados de cerebro que les hacen inasequibles al desaliento; se asientan en territorios poco definidos, lo mismo en las montañas de Afganistán que en desconchados edificios de Gaza, igual en un barrio de París que en el zoco de Argel o en un aeropuerto de Nueva York; sus objetivos no son políticos y militares en el sentido convencional de ambos términos; su propósito, vengar, matar, morir. Difícil disuadir así a una persona con la suficiente capacidad para poder pilotar un avión pero a la vez dispuesta a sacrificar su vida al estrellar el mortífero aparato contra las Torres Gemelas o el Pentágono. El enemigo no utiliza misiles equipados con cabezas nucleares, químicas o bacteriológicas. No es fácil enfrentarse a aviones comerciales secuestrados con un cuchillo y convertidos en bombas voladoras. La solución no está sólo en operaciones más o menos espectaculares. Esta guerra del siglo XXI exige armas más sofisticadas que las militares. Para empezar, por supuesto, necesita de la colaboración de los países árabes y musulmanes. Todos, menos el inefable presidente de Irak, Sadam Husein, han condenado la tragedia de Estados Unidos y se han solidarizado con el pueblo norteamericano en su dolor. Para sumar a estas naciones con todas sus consecuencias a la gran Coalición Internacional que se pergeña para luchar sin descanso contra el terrorismo hay que tener mucho cuidado en no ofender, en no humillar con palabras, comparaciones, simplificaciones o generalizaciones. Los terroristas son personas con las que nada tienen que ver las personas civilizadas, ya sean judías, cristianas o musulmanas. Si se cae en la «islamofobia» el riesgo aumentará. Contra esa nueva amenaza que ya ha desatado la Tercera Guerra Mundial hará falta la fuerza. Pero también la razón.

La lucha final
MARIO VARGAS LLOSA El País 16 Septiembre 2001

© Mario Vargas Llosa, 2001. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2001.

Lo sabíamos hace tiempo -las malas películas catastrofistas de Hollywood lo habían anticipado con gran precisión de detalles- pero ahora, en las ruinas humeantes de las Torres Gemelas de Manhattan y del Pentágono de Washington, y los miles de cadáveres sepultados bajo los escombros causados por el peor atentado terrorista en la historia de la humanidad, tenemos la evidencia: el siglo XXI será el de la confrontación entre el terrorismo de los movimientos fanáticos (nacionalistas o religiosos) y las sociedades libres, así como el siglo veinte fue el de la guerra a muerte entre estas últimas y los totalitarismos fascista y comunista. La hecatombe ocurrida en Estados Unidos en la mañana del 11 de septiembre demuestra que, aunque pequeñas y dispersas, aquellas organizaciones extremistas partidarias de la acción directa y la violencia indiscriminada disponen de un extraordinario poder destructivo y pueden, antes de ser derrotadas, causar estragos vertiginosos a la civilización, acaso peores que los de las dos guerras mundiales.

Una operación tan perfectamente ejecutada, que implica el secuestro simultáneo de cuatro aviones de líneas comerciales para convertirlos en proyectiles y empotrar a tres de ellos en edificios del más alto simbolismo -el vértice del capitalismo y la espina dorsal del sistema defensivo estadounidense-, en el corazón del país más poderoso de la tierra, no sólo requiere voluntarios poseídos de un celo fanático y esa voluntad de inmolación que las iglesias celebran en sus mártires; también, una cuidadosa planificación intelectual, sistemas de información muy eficientes, un vasto entramado internacional y recursos económicos considerables. Los terroristas disponen de todo ello y, además, de Estados que les sirven de refugio, los subsidian y utilizan. Al igual que los grandes carteles de la droga, con los que muchas de ellas tienen estrechas relaciones, las organizaciones terroristas han sido de las primeras en sacar buen provecho de la globalización, extendiendo 'el dominio de la lucha' a escala planetaria. Ya nadie puede poner en duda que, así como ha sido posible volar las Torres Gemelas de Wall Street y el Pentágono, el día de mañana, o pasado, un comando suicida puede hacer estallar en la Quinta Avenida -o en Picadilly Circus, Postdamer Platz o los Campos Elíseos- un artefacto atómico de pequeño calado que cause un millón de muertos.

Esta precariedad de las poblaciones de las sociedades democráticas frente a la alta tecnología y operatividad alcanzadas por el terror es una realidad de nuestro tiempo que, por una muy explicable reacción psicológica defensiva, Occidente se ha negado hasta ahora a considerar, aunque algunas mentes lúcidas, como Jean François Revel, hayan venido alertándolo al respecto, y urgiéndolo a actuar desde hace buen número de años. ¿Es ello posible? ¿Hubiera podido ser evitada la tragedia del 11 de septiembre con mejores sistemas de control en los aeropuertos de Estados Unidos? La verdad es que, probablemente, no. Los secuestradores, según los primeros indicios, no disponían de armas de fuego, ni siquiera de navajas de metal que hubieran podido ser detectadas por las pantallas de la seguridad. Se valieron de cuchillitos de plástico y maquinillas de afeitar de inocente apariencia y de cubiertos y objetos contundentes que encontraron en los propios aviones. Todo lo habían previsto. Y, por supuesto, habían entrenado de manera impecable a sus pilotos kamikaze para reemplazar a la tripulación en los mandos, cortar las comunicaciones con las torres, y estrellar los aparatos, con rigor matemático, donde podían causar más daño. Es muy difícil, acaso imposible, que una sociedad abierta, no dispuesta a sacrificar la libertad y la legalidad de sus ciudadanos y a convertirse en un Estado policial en aras de la seguridad, esté en condiciones de vacunarse contra todo tipo de acciones terroristas.

Pero ello no significa que deba cruzarse de brazos, en espera del próximo Apocalipsis de formato reducido que decida desatar en sus ciudades el multimillonario saudí Osama bin Laden, o cualquiera de sus congéneres partidarios de la guerra santa e indiscriminada contra su Satán preferido. Por el contrario, las organizaciones terroristas son bastante conocidas y perfectamente vulnerables, así como los gobiernos que las protegen y administran. Hay una guerra declarada, no a Estados Unidos, sino al conjunto de sociedades democráticas y libres del mundo, y no hacerle frente, con inteligencia y resolución, es correr el riesgo de un desplome de la civilización en nuevas orgías de salvajismo como la que acaba de ensañarse contra el pueblo norteamericano.

Si los gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus acciones y su información, e internacionalizan la justicia, pueden asestar certeros golpes a las organizaciones terroristas, desbaratando su infraestructura bélica, sus fuentes de suministro, y llevando a sus dirigentes ante los tribunales. Lo ocurrido en la ex Yugoslavia es un indicio de lo que debería ser una práctica permanente, para limpiar a la comunidad humana de futuros Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se sirven de él tienen tanta responsabilidad en los crímenes colectivos como los comandos que los ejecutan y deberían ser objeto de represalias por parte de la comunidad democrática. La represalia más eficaz es, por supuesto, la de reemplazar a esas dictaduras despóticas y sanguinarias -la de los talibán en Afganistán, la de un Sadam Hussein en Irak, la de Gaddafi en Libia y tres o cuatro más sorprendidas en flagrantes complicidades con acciones de terror-, por gobiernos representativos, que respeten las leyes y las libertades, y actúen de acuerdo a unos mínimos coeficientes de responsabilidad y civilidad en la vida internacional. En este aspecto, las sociedades occidentales han actuado tradicionalmente con unos escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos corruptos y feroces, exportar sus métodos criminales al extranjero, en nombre de una soberanía que éstos violan sin el menor empacho para agredir a otras naciones y luego esgrimen como patente de impunidad.

No es verdad que haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas como ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése es un prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia y los complejos de superioridad. Las culturas que no han conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos), es porque no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la población una elite autoritaria, represora, de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos porrazones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a veces cuerpos de combatientes que, en condiciones casi siempre muy difíciles, resisten el horror y representan una alternativa de cambio político para el país. Esas fuerzas de la resistencia democrática deberían recibir el respaldo militante de los países libres, en pertrechos militares, acciones diplomáticas y asesoría estratégica, dentro de una campaña concertada internacional para liquidar a esa hidra de mil cabezas en que se ha convertido hoy el terrorismo. Porque la única posibilidad de que, algún día, el mundo entero quede libre de esa amenaza que ahora pende sobre todas nuestras cabezas, es que hayan desaparecido en él todas las dictaduras y sido reemplazadas por gobiernos democráticos.

Imagino que esta última frase provocará algunas sonrisas, por su retintín utópico. ¿Un mundo sin dictaduras? ¡Qué fantasía! No es verdad. Si las mujeres afganas, que son la mayoría de la población de ese país, tuvieran ocasión de decidir su suerte, meto mis manos al fuego que no elegirían al gobierno que las expulsó de las escuelas, las profesiones y los empleos, les prohibió salir a la calle solas o visitar un médico, las convirtió en esclavas y las obligó a andar por la vida sepultadas, como robots sin pensamiento ni voluntad propios, bajo los siete kilos de ignominia que pesa una burka. Si todos los países democráticos se empeñaran en ello y actuaran en consecuencia, las dictaduras se reducirían de manera dramática y, aunque siempre escenario de esporádicos estallidos de violencia terrorista, el mundo sería infinitamente más seguro de lo que es ahora.

Pero es difícil que esa concertación se produzca, por desgracia. Una razón es que los gobernantes, con raras excepciones, padecen de la enfermedad del presentismo, y se resisten a las políticas de mediano y largo plazo como sería la de democratizar los cinco continentes. Y, otra, es que buen número de gobiernos occidentales, empezando por el francés naturalmente, se opondrían a esa acción concertada para no parecer enfeudados a Washington. Vivimos una época en la que la satanización de los Estados Unidos no es sólo patrimonio de los extremismos de izquierda y de derecha -comunistas y fascistas siempre odiaron, más que nada en el mundo, el capitalismo liberal que ese país representa-, sino una disposición del ánimo vastamente extendida en sectores incluso democráticos. Es un odio que se nutre de numerosas fuentes, desde los complejos de inferioridad, de quienes envidian la riqueza y la potencia de aquel país, y de superioridad, de quienes detestan la chabacanería y la informalidad de sus costumbres y se creen (por pertenecer a países más antiguos y de historia ilustre) superiores a los gringos, pasando por la progresía intelectual, esos profesionales de la buena conciencia y la corrección política, que ganan indulgencias ideológicas para sus acomodos, lanzando diatribas sistemáticas contra Estados Unidos, fuente, de creerles, de todos los males que padece el planeta. Ahora mismo, a muchos de ellos, en los farisaicos artículos que escriben en estos días deplorando la tragedia que ha golpeado al gigante norteamericano -¡no faltaría más!-, les supura entre las letras, como sucia afloración del subconsciente, un escalofrío satisfecho. Qué chillería indignada escucharía el mundo si se pusiera en marcha, encabezada por Estados Unidos, una movilización de todos los países democráticos para entablar aquella lucha final (que mentaba la fenecida Internacional) contra las dictaduras existentes.

LA LÓGICA DEL TERROR
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Septiembre 2001

Los españoles la conocemos como pocos, pues como pocos la hemos padecido. Por eso sabemos que la lógica del terror es autista, además de impía e implacable. Y que se alimenta del delirio ideológico de los que la sostienen, para quienes la realidad ha sido sustituida por un mito. El de la liberación del País Vasco o el de la guerra santa contra el infiel occidental: ¡que más da!

Resulta, por ello, un poco extraña la insistencia en responsabilizar a las víctimas de la crueldad de su castigo. Nos hemos cansado de leerlo desde el martes: cierto -se nos dice-, el atentado de Nueva York es un horror, pero ese horror parece la foto en negativo del que los americanos han sembrado. Dirán ustedes que deliro por dudar de lo que se da como sabido: ¡quizá! Pero creo que razonar así es desconocer la lógica del terror que ha provocado el atentado del ya inolvidable 11 de septiembre.
Porque es cierto, ¡como no!, que los EEUU han desarrollado políticas que le han generado odios mortales: la practicada en Palestina, por ejemplo. Los EE UU han sido también, claro, el gran aliado de la Europa democrática para derrotar a los fascismos o frenar el expansionismo estalinista. Pero todo ello no impide denunciar su responsabilidad en el mantenimiento de un statu quo que condena a la miseria a una buena parte del planeta; y la que tienen, por omisión o por acción, en guerras locales y conflictos interétnicos.

¿Explica todo ello la voladura de las Twins? Sinceramente creo que no. Al igual que las agresiones de los gobiernos españoles hacia los vascos en los dos últimos siglos no explican el disparate criminal de ETA y sus compinches: la mejor prueba es que desaparecidas las causas que, supuestamente, lo habían provocado, el delirio continúa por su cuenta como si nada ¡nada! hubiera sucedido. ¿Por qué? Pues porque ese delirio, autista por completo, nace y se alimenta sólo de su red articulada de obsesiones: de una ideología autoritaria, fundamentalista y visionaria que, simplemente, impide el pensamiento racional.

Si ello es así las conclusiones a obtener no son muy complicadas: que nada puede hacerse para que los terroristas desistan de su delirio criminal; solo cabe perseguirlos, detenerlos y juzgarlos; que sí es posible, sin embargo, evitar la contaminación de su fundamentalismo irracional en los países en donde han conseguido penetrar; que tal labor será imposible sin la colaboración del islamismo moderado; y que la búsqueda de esa alianza indispensable ha de determinar, ahora más que nunca, la respuesta que se debe dar a un atentado que exigirá de los americanos entereza política y moral. Pese a que tengan, como todos, destrozado el corazón.

Rostros y nubes
Por Alfonso USSÍA ABC 16 Septiembre 2001

Tengo en mis sentidos rostros y nubes. El rostro cómico y escarlata de Javier Madrazo deciso hacia el placer del sueldo del gobernante. El rostro de piedra del dirigente comunista vasco que abre las puertas de su sede al asesino Urruticoechea, como prueba de buena voluntad, de entendimiento, de diálogo, de unión con la facción terrorista de la sociedad vasca. España es así. En los Estados Unidos se aprueba un presupuesto especial para combatir el terrorismo y en España tenemos a los asesinos a mano, libres e inmunes, pagados por todos, recibidos con los brazos abiertos en las casas ajenas. O quizá no tan ajenas. ¿Se figuran a un lugarteniente de Bin Laden asistiendo a una conferencia de prensa en Nueva York? Aquí tenemos a «Josu Ternera» de parlamentario, con su nómina de dinero público, su chulería de etarra confeso y orgulloso, su acceso resuelto y bienvenido a la casa cochambrosa del comunismo. Tengo en mis sentidos el rostro patético del imbécil que abrió la puerta y el infame del criminal que entró por ella. Y tengo nubes. Nubes de polvo y sangre. La de Hipercor, la de Juan Bravo, la de la Plaza de la República Dominicana, la de Vallecas... y claro, las de Nueva York y Washington. En España, más modestos, mil muertos en treinta años. En América, de golpe, cinco, seis o hasta diez mil inocentes caídos en apenas treinta minutos. Ahora nos comprenderán mejor, hoy que lloramos a los suyos como si todos fuéramos neoyorquinos, o simplemente americanos.

El mundo occidental se ha despertado. Quizá, a partir de ahora, resulte más difícil coincidir en un Café de Biarritz o Bayona con un terrorista español disfrutando tranquilamente del aperitivo. Quizá en Bruselas dificulten con educación exquisita la exhibición del grupo de asesinos etarras que hablan en alta voz en un establecimiento de la «Grand Place» después de cerrar un acuerdo de compra de armas. Si la tenaza contra el terrorismo se cierra, asistiremos a una situación surrealista. Terminarán los «refugiados vascos» refugiándose en España, donde las Leyes les garantizan amparo, donde determinados grupos políticos y sociales -los comunistas, por ejemplo-, velan por su integridad y defienden sus derechos, donde el Gobierno local de su territorio pacta con ellos esperanzas y futuros. «Lucharemos contra el terrorismo y quienes lo amparan», ha dicho Georges Bush. Aquí en España no necesitarían de un alto presupuesto. Los tienen en la calle, en el Parlamento, en los Ayuntamientos, en los partidos políticos y en la Iglesia. Aquí en España, los Bin Laden tienen libertad plena de opinión, acción y movimientos. Están protegidos.

Ardía la Torre Norte del «World Trade Center» de Nueva York. El mundo se paralizó. Las cadenas de televisión ofrecían en directo el brutal ataque terrorista contra la capital de Occidente, por mucho que les pese a algunos. En la sede del Congreso de los Diputados de Madrid, los representantes del pueblo español se arremolinaron en torno a los aparatos de televisión. Horror y espanto. En directo presenciaron el impacto del segundo avión asesino contra la Torre Sur. En directo también, el desmoronamiento de las Torres Gemelas. Ardía el Pentágono por la caída de un tercer avión. En Pittsburg se había estrellado el cuarto, sin lograr su objetivo, pero cincuenta inocentes habían muerto. Tengo en mi ánimo rostros y nubes. A las segundas pertenece el perfil de una diputada comunista que, en pleno horror, sin pudor alguno, demostrando su perversa miseria moral y humana, ante el espectáculo dantesco de muerte, desolación, fuego, tristeza y destrucción que se ofrecía en directo, no pudo reprimir su alegría y comentó: «Los Estados Unidos se lo han ganado». No conozco a esa diputada, su rostro es nube, su perfil es aire, su identidad viento. Antes de averiguarlo, ya me sobra. Miserable mujer, tremenda cerda.

Que los rostros callados de la muerte inocente y las nubes de fuego que a todos nos queman sirvan para olvidarnos de nuestras repugnancias e infecciones locales y resentidas. Hoy somos América, y en América confiamos.

Lo vasco y lo español
ENRIQUE VILLAR MONTERO El Correo 16 Septiembre 2001

El consejero de EA Joseba Azkarraga no está teniendo, es una impresión, un buen comienzo. A decir verdad, su estreno con parada y marcha atrás se ha saldado hasta el momento con un sonoro ‘gallo’. No sé si antes o después de asimilar que su cartera de Vivienda iba a sufrir un recorte tan espectacular, se lanzaba a la peligrosa, pero agradecida, tarea de conceder las obligadas entrevistas de presentación. Como jugaba en casa dijo delante de las cámaras de ETB: «Quiero tener con España una relación igual que con Francia o Madagascar, soy independentista y no me siento español».

Me parece una frivolidad, para qué voy a engañarle. Lo que hace usted es desconectar, desde su posición en un Gobierno y en una Administración amparados por el Estatuto de Autonomía y la Constitución española, de sus adminis- trados, de los verdaderos intereses y preocupaciones de la sociedad que le paga el sueldo. Eso se llama acertar en los diagnósticos y promover debates en los que nuestros conciudadanos seguro que no tienen mayor interés en participar.

Cuando todo el planeta tiembla y vibra al unísono tras la serie de atentados terroristas contra los símbolos del poder económico y militar de EE UU, sus cuitas sobre las relaciones internacionales del hipotético Estado vasco me parecen, así vistas, auténticas bufonadas. Que cuando en nuestro propio país siguen apareciendo listas macabras incautadas a miembros de la banda terrorista ETA, en las que ciudadanos vascos aparecen condenados a muerte por un grupo que también aspira a que ‘Euskal Herria’ pueda establecer relaciones diplomáticas con todas las repúblicas del orbe, usted siga con su cuento y se despache con la historia de que no es español me parece puro histrionismo.

El tiempo que ha pasado alejado de la primera línea de la actividad política habrá conseguido en usted -en su temperamento- grandes beneficios morales. Cuando las personas no se sienten obligadas a mantenerse en el candelero con sus declaraciones, eliminan notoriamente el número de posibilidades de expresar inconveniencias. La moderación que aparentaba en las formas se torna, sin embargo, radicalidad en el fondo de sus planteamientos. Qué ilusión, qué confianza pueden depositar en un Gobierno aquellos ciudadanos que, pro- fundamente vascos y consecuentemente españoles, escuchan a un consejero de ese Gobierno renegar de lo español, contraponer ambas realidades, ambos sentimientos. ¿Por qué esa obsesión de los nacionalistas? ¿Por qué motivo cuando nuestro País Vasco sufre una falta de libertad y de respeto a los derechos humanos tan sangrante, el señor Azkarraga acusa a quienes no comparten sus postulados de «no buscar soluciones a lo problemas reales de los ciudadanos»? ¡Qué gran ironía!

Desgraciadamente, los partidos nacionalistas que dirigen nuestra política, la de todos; los que establecen qué deben estudiar nuestros hijos; los que gobiernan nuestra comunidad, en suma, siguen sin creerse que es posible acabar con la lacra del terrorismo sin ceder nada a cambio. Se empeñan en aburrirnos permanentemente con soberanías, diálogos, autodeterminaciones, independencias, ampliando y reduciendo a capricho los plazos para plantear y conseguir sus ensoñaciones, tensando siempre la cuerda, manteniendo permanentemente la insatisfacción, jugando a prolongar y alimentar su «contencioso», a obtener dividendos mientras tanto. Insisto: aburriéndonos tanto y a tantos.

Siéntase, consejero Azkarraga, lo que le dé la gana y, cuando tenga claro cuáles van a ser los contenidos de su departamento, dedíquese a trabajar por el bien común de la forma más eficaz de la que sea capaz. No contribuya a crear más odios, más separaciones. Esfuércese en mejorar desde su nuevo puesto -cuando se lo definan- las condiciones en las que vivimos y trabajamos. Pero no maree otra vez con lo vasco y lo español.

Bien mirado, y lo digo sin ninguna malicia y desprecio, que el Estado español esté a la altura de Beluchistán en las relaciones con el País Vasco puede incluso tener una ventaja. Espero que de esa forma sería posible que cuando el presidente del Gobierno de España -o cualquier otro de sus representantes- visite esta tierra fuera recibido y tratado con el respeto y la educación que los nacionalistas como usted han sido tan cicateros a la hora de administrar.

Aznar alerta de que el nacionalismo radical y el fanatismo religioso destruyen la democracia
SANTIAGO. Alfredo Aycart ABC 16 Septiembre 2001

El presidente del Gobierno, José María Aznar, equiparó ayer el fanatismo religioso de los autores de la ola de atentados en Estados Unidos con el nacionalismo radical, en la romería popular que reunió a cerca de 15.000 militantes y simpatizantes del PP en Compostela, en apoyo de Manuel Fraga. Aznar pidió el voto para el PP «porque no es momento para bromas».

La romería popular, planteada en un principio como el pistoletazo de salida de la precampaña de Manuel Fraga a la presidencia de la Xunta de Galicia, se convirtió en un alegato contra fanatismos, el nacionalismo radical y el terrorismo.

José María Aznar, que fue recibido con un concierto de gaitas y el entusiasmo de decenas de personas que se saltaron las medidas de seguridad para saludarle, se adaptó a una escenografía caracterizada por el impacto de las banderas a media asta para subrayar que «por razones internas de Galicia y por razón de que la situación no está para bromas, los gallegos deben apostar por la estabilidad, por la prosperidad, por la seguridad y por la contribución que Manuel Fraga nos puede dar a todos».

El presidente del Gobierno, en mangas de camisa y despeinado por el viento en Monte do Gozo (la primera colina desde la que los peregrinos divisan las torres de la catedral compostelana), afirmó que no es momento de dudas; advirtió contra quienes quieren sembrar incertidumbres y precisó que «es tiempo de dar confiaza, aportar seguridades, marcar claramente el camino y ver donde queremos ir y lo que tenemos que hacer».

PRINCIPIOS BÁSICOS
«No es momento de mirar atrás», agregó Aznar, en alusión al ejecutivo tripartito presidido por el socialista González Laxe (ahora defendido por el candidato del PSOE, Emilio Pérez Touriño, como alternativa al PP) y que fue desbancado precisamente por Manuel Fraga, para aclarar que «tampoco es el momento de poner en cuestión los principios básicos, como hace el Bloque Nacionalista Gallego».

La formación nacionalista de Xosé Manuel Beiras, aludida primero por el candidato del PP por Pontevedra, José Cuiña, que recordó sus lazos pasados con HB, centró indirectamente buena parte de la intervención del presidente del Gobierno, quien advirtió que «el fanatismo religioso, el fanatismo étnico, el nacionalismo radical, son caras de una misma moneda, ante las cuales los demócratas deben ser inflexibles, al igual que ante quienes les brindan respaldo intelectual, porque eso es pretender trasladar la culpa al otro lado de la raya».

PASO ADELANTE
Ante los cerca de quince mil militantes y simpatizantes del PP que asistieron al acto, y guardaron un minuto de silencio por las vícitimas de Nueva York y Washington, Aznar recordó que España «ha hecho esfuerzos para convencer a otros Estados de que el terrorismo no es un problema interno de ningún país y hemos sufrido mucho por ello». También expresó su confianza en que la Unión Europea dé un paso adelante «en todo lo que significa la lucha contra el terrorismo, la cooperación contra el crimen organizado y la utilización de todos los recursos de inteligencia, económicos y de seguridad para extirpar todas las amenazas a nuestros países y nuestras sociedades».

VOLUNTAD CONTRA EL TERRORISMO
«El terrorismo de aquí, de allí y de todas partes quiere destruir la democracia, que renunciemos a la libertad, dejándonos llevar por ideas fanáticas, y los pueblos civilizados y democráticos tenemos que negarnos a ello, seguir en la defensa de nuestras libertades», precisó José María Aznar, quien rememoró que «los españoles saben lo que es aguantar y plantar cara durante años a la crueldad terrorista, saben el dolor que inflige y tienen la voluntad de superarlo».

En clave electoral y de respaldo a la candidatura de Manuel Fraga, el presidente del Gobierno matizó que en Galicia, como en el resto de España, se han sustituido problemas derivados del atraso por otros característicos de las sociedades prósperas, y pidió a los gallegos que no paren el proyecto de modernización de la Comunidad.

«De infraestructuras, energía, empresas y otros logros puede hablar el PP de Galicia, porque hablamos de lo que hacemos, mientras otros hablan de lo que no hacen, nunca han hecho y nunca van a hacer», dijo un José María Aznar que se felicitó por la «tarea gigantesca desarrollada por Manuel Fraga».

COMPRENSIÓN Y COMPAÑÍA
También aludió a los atentados de Estados Unidos el candidato a la reelección como presidente de la Xunta al apuntar que «España debe encontrar ahora la compañía y la comprension que injustamente le fue negada cuando fuimos de los primeros que tuvimos que sufrir los ataques de ciertas minorías bárbaras y obcedadas».

Arropado por el vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy, el secretario general del PP, Javier Arenas, la práctica totalidad de su gabinete y los candidatos de su partido al Parlamento gallego, Fraga resaltó que «ahora resulta que el problema es de todos y que toda forma de terrorismo es por definición incompatible con la ética».

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