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Recortes de Prensa     Lunes 17 Septiembre   2001
#«To have or have not»
Carlos SEMPRÚN MAURA La Razón 17 Septiembre 2001

#El peligro interior
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 17 Septiembre 2001

#Che bin Laden
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 17 Septiembre 2001

#¿Contra quién?
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 17 Septiembre 2001

#Humareda en Manhattan
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 17 Septiembre 2001

#Acerca de la guerra
GABRIEL ALBIAC El Mundo 17 Septiembre 2001

#«Están logrando que IU sea un partido nocivo en el País Vasco», denuncia Savater
El Mundo 17 Septiembre 2001

#Los talibanes de la antiglobalización
Enrique de Diego Libertad Digital 17 Septiembre 2001

#La lección del terror
José Luis Manzanares La Estrella 17 Septiembre 2001

«To have or have not»
Carlos SEMPRÚN MAURA La Razón 17 Septiembre 2001

Todo se ha dicho sobre los atentados terroristas en Nueva York y Washington todo y cualquier cosa, en un vendaval mediático impresionante, y desde luego lógico, pero no se ha denunciado, o en todo caso no lo suficiente, a mi entender, el peligro real, concreto, que representa el fanatismo islámico mundial, el cual ha logrado con estos aviones-bombas, una gran victoria, para ellos, como así lo demuestran las obscenas manifestaciones de alegría en ciertos barrios o ciudades palestinas y árabes. Al revés, el discurso dominante en Europa, de Felipe González, al académico francés Jean d Ormesson, del gobierno y presidente galos, a periódicos como «El País» o «Le Monde», y muchos más puede resumirse en una frase: es urgentísimo no hacer nada. Esta cobardía política se enmascara, claro, tras consideraciones supuestamente humanistas, cuya retahíla es: no confundamos el mundo islámico con los terroristas. ¿Nos lo dicen o nos lo cuentan? Yo vivo en París, y en mi barrio, como en otros, hay muchos comercios de magrebíes. Nadie piensa quemarlos, nadie propone cerrar las mezquitas, nadie planea o realiza represalias, y me parece muy bien, precisamente porque no soy musulmán.

La verdadera cuestión es la siguiente: ¿qué hacen los estados musulmanes con sus terroristas? Y la respuesta es: los utilizan, los protegen y los subvencionan.Y eso sí que plantea un problema político grave y desde luego delicado.También he oído mil veces que se trataría de una guerra de los pobres contra los ricos, e incluso que el terrorismo siempre ha sido «el arma de los pobres». Pero ¿donde están los pobres? ¿Pobres la Arabia Saudí, Siria, Irak, Irán, Libia, etc, países multimillonarios en petrodólares, como millonario es el jefe terrorista, Ben Laden y otros imanes y muftis? Claro que intentan movilizar a masas, pauperizadas por su culpa, fanatizándolas con el Islam guerrero y antioccidental, cuyas figuras particularmente odiadas son los EE. UU. e Israel. Pero que nos dejen de pobres, los responsables son ricos.

   Además (y salvando las distancias, lo mismo ocurre con Eta) no se trata sólo de condenar los métodos abyectos del fanatismo terrorista, que se ensaña contra la población civil (iba a escribir inocente, pero resulta que, según el Corán, todos los infieles somos culpables y merecemos la muerte), se trata también o sobre todo, de denunciar cuales son sus objetivos, qué tipo de sociedades quieren imponer, tras la destrucción de nuestras democracias. Pues ahí las tienen: el terror que imponen los talibanes en Afganistán constituye la aplicación estricta del Corán. Algo muy parecido ocurre en Sudán. Jomeini impuso la ley coránica en Irán; y la propia Arabia Saudí, que muy hábilmente juega con varias bazas a la vez, se pretende aliada de Estados Unidos y al mismo tiempo, subvenciona y fomenta en el mundo entero sus «centros culturales» islámicos, que difunden el odio a Occidente y el antisemitismo, a la vez que subvenciona el terrorismo. ¿Quién querría ser mujer en esos países islámicos, convertidas en siervas y humilladas? Y para responder a tantos papanatas que se creen de izquierdas ¿quién querría ser obrero en aquellas sociedades, cuando están superexplotados, sin derecho de huelga, ni sindicatos libres? Lo mismo que bajo el totalitarismo comunista, dicho sea de paso.

Ya que todo el mundo nos exige no hacer amalgamas, precisaré que no confundo los países islámicos terroristas, con las dictaduras árabes, menos islámicas, pero igual de terroristas, como Irak y Siria, modelos de ese engendro mortífero calificado de «socialismo árabe». Tampoco olvido lo que tantos parecen haber olvidado, el rompecabezas de Oriente Medio, en donde aparentemente todos están unidos contra Israel, cuando en realidad, quienes más palestinos han matado son los países árabes, recuerden la masacre de «septiembre negro» en Jordania, recuerden la huida precipitada de Arafat y compinches de la OLP del Líbano, perseguidos y asesinados por el ejército sirio. O la tan olvidada guerra Irak / lrán, o la división de los países árabes en la del Golfo. Y ya que Israel sigue siendo el gran culpable, y hoy más que nunca, según los medios informativos supuestamente democráticos europeos ¬y varios gobiernos¬, recordaré que desde 1948, cuando la ONU decide la creación de dos estados, uno judío, otro palestino, los estados árabes vecinos se lanzaron militarmente para impedirlo, aniquilando la posibilidad de un estado palestino, e intentando lo mismo con el apenas existente estado de Israel, pero esto no lo lograron. Sin hacer el recuento de las innumerables guerras, y sin negar que Israel haya cometido errores, vengamos a los tiempos presentes y a Sharon, casi unánimemente designado como el gran culpable de todo, hasta de los atentados islámicos en USA, lo cual es francamente de aquelarre, pues no sería baldío reflexionar sobre el hecho de que recientemente Ehud Barak, hizo todas las concesiones posibles en todos los lugares posibles, y el terrorismo palestino no se apaciguó, sino que se acrecentó.

Y es por eso que los israelíes eligieron democráticamente a Sharon, hartos de que se hablara de paz, mientras se hacia la guerra. Cuando el único líder árabe, el egipcio Anuar el-Sadat, propuso sinceramente la paz, después de una guerra, Israel la aceptó, devolvió el Sinaí, etc. Parecía que las cosas iban a cambiar, para bien, en esa trágica región, pero los fanáticos islamistas asesinaron a Sadat, porque pese a sus declaraciones, sus acuerdos firmados, sus contradicciones, tienen un solo objetivo, la destrucción de Israel, como primer paso de la destrucción de Occidente. Evidentemente, el gobierno de los USA ha cometido errores, particularmente en su «política árabe», como todos los gobiernos del mundo (véase la vergüenza histórica de la UE, en Durban, por ejemplo), y no nos hagamos ilusiones: es posible que sigan cometiéndolos; pero la batalla actual es tan importante que supera con mucho las decisiones, buenas o malas, de los gobiernos. Nuestra civilización será caótica, pero frente a la barbarie, hay que defenderla, con «uñas y dientes». Pero no de forma islámica, claro, la firmeza puede compaginarse con la justicia.

El peligro interior
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 17 Septiembre 2001

La amenaza que pesa sobre Occidente procede del exterior de nuestra civilización. Pero este hecho no debe hacernos olvidar un peligro que no reside fuera de nuestras fronteras sino que habita entre nosotros. Me refiero a ciertos estados de opinión que si continúan extendiéndose podrían llegar a ser letales. Sin ganar la batalla de la opinión, no es posible ganar la guerra desatada por el terrorismo. Apenas recibidas las primeras imágenes de la hecatombe, ya comenzaban a deslizarse opiniones propias de lo que tal vez cabría calificar como izquierda talibán. Sus más frenéticos representantes se alegran ante la catástrofe. Otros, más compasivos o moderados, invocan gajes del oficio imperialista o recuerdan que quienes siembran vientos recogen tempestades. Tampoco han faltado quienes ante el crimen masivo hablan del temor mundial ante la eventual respuesta americana y occidental. Como si no hubiera nada que temer del terrorismo, convertido en una especie de azote justiciero ante tan prolongados agravios, en lugar de ser la mayor y más miserable amenaza contra nuestras vidas y libertades. A esta izquierda fanática y talibán no le importan las víctimas reales, mientras se apiadan de las virtuales. En esto, nuestra nación carece quizá de competencia. A la izquierda hispano-talibán le preocupa el riesgo de involución fascista en Occidente como consecuencia de la afrenta criminal, mientras comprende fraternalmente los delirios del fundamentalismo terrorista. Por no hablar de la delirante apelación al, por otra parte insoportable, abismo entre ricos y pobres, como si el ataque del martes fuera imputable a los desheredados de la tierra y no a un puñado de suicidas inducidos y asesinos financiados por alguna de las más grandes fortunas del planeta.

Tampoco cabe extrañarse. La izquierda occidental procomunista se alineó contra las democracias liberales, estigmatizadas como capitalistas, en beneficio de ese paraíso terrenal que representan Stalin, Mao, Pol Pot o, más suavemente, Castro. Es esa izquierda pacifista ante el Manhattan calcinado y belicista en Sierra Maestra. Es la izquierda que tomó partido en la guerra fría en favor del imperio soviético y que tildaba de tibios, socialdemócratas, burgueses, colaboracionistas o traidores a quienes guardaban una imposible equidistancia entre la libertad y la tiranía, en lugar de optar por esta última. Quienes se ponían del lado de la libertad eran simplemente fascistas. Está bien recordar los errores e injusticias de Occidente, siempre que no se olvide que resultan casi leves faltas al lado de los crímenes del totalitarismo. Al menos, podrían recordar a Hitler. Pero, claro, no resulta fácil cuando su diagnóstico del nazismo lo convierte en la versión furiosa del capitalismo amenazado por el avance del socialismo. Con lo que la segunda guerra mundial vendría a haber sido algo así como una disputa doméstica entre capitalistas. Hitler y Churchill, convertidos en protagonistas de una mera querella familiar: el capitalismo se defiende del capitalismo con sangre, sudor y lágrimas. Extraño razonamiento: algo habrán hecho los americanos (y quienes, no siéndolo, tuvieron la desgracia de pasar por allí) para merecer semejante agresión. ¿Sería extensible tan fino razonamiento a los judíos del holocausto? La amenaza es exterior, pero para vencerla será necesario superar la ceguera ideológica que anida en el seno de la civilización liberal agredida.

Che bin Laden
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 17 Septiembre 2001

S
i Bin Laden es un mártir asesino dispuesto a matar y a morir según las normas no escritas de la industria del espectáculo, se entregará o será entregado por los talibán para que ante las cámaras de televisión de todo el mundo asistamos a la progresiva humanización del monstruo y a todas las variantes del síndrome de Estocolmo, empezando por la culpabilización de las víctimas que, entendámoslo, vivían en un Estado intrínsecamente perverso, pecador para los islamistas y capitalista para los izquierdistas, culpable de todo el mal del mundo en cualquier caso. Más cerca de Munich que de Estocolmo está toda la literatura periodística antiamericana que viene produciéndose a costa de la anunciada reacción contra la masacre: «el mundo en vilo», dicen a dúo Cebrián y Ansón, por lo que pueda hacer Bush. No por lo que le han hecho a su pueblo y querían hacerle personalmente a él, no. Ante todo, hay que evitar la guerra, no sea que nos toque algún muerto en la rifa. Mientras los muertos sean norteamericanos, «algo habrán hecho». Lo peor que podían hacer sería comprometernos.

Reacción militar norteamericana no ha habido pese a que pudo haberla. El comportamiento de sus dirigentes y de la sociedad civil no puede ser más contenido, emotivo y admirable. Da igual. Como diría Serrano Súñer (y volvería a aplaudir Haro Tecglen) «USA es culpable». Cualquier país europeo en trance similar sacaría millones de personas a la calle y amenazaría con todo lo que tuviera, legal o ilegal. Los norteamericanos, no. Ni han llenado Los Angeles, Nueva York y Chicago con decenas de millones de manifestantes, ni han quemado mezquitas, ni linchado musulmanes. Inútil virtud. En toda Europa y, cómo no, en España se ha desatado una furibunda reacción antiamericana a cuenta de una represalia inexistente.

El antisemitismo carquiprogre se ve en las paredes (USA=Israel=$=muerte), en la satisfacción por la demostrada «debilidad del Imperio», en la «explicación» del genocidio en Nueva York. Los términos son los mismos que usaban tantos alemanes hablando del antisemitismo nazi: «está mal que les peguen y eso que dicen de las cámaras de gas, pero hay que entender la Historia: son muchos años de injusticia, de usura, de explotación y desprecio de los judíos... mal está, pero algo así tenía que pasar». Es lo mismo que dice el PNV sobre ETA. Y lo mismo que recomienda a sus víctimas: no reaccionéis que es peor.

Así las cosas, ya sólo falta la foto del Che bin Laden, abatido en Afganistán o Bolivia, tanto da. O el juicio por el incendio del Reich: Dimitrov acusa a sus jueces, Dimitrov absuelto, Dimitrov presidente de la Komintern. Historia, Terror, Horror.

¿Contra quién?
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 17 Septiembre 2001

Hasta el martes pasado, con el alucinante y sofisticado ataque al corazón de los Estados Unidos, existía una tendencia entre perversa e interesada, que graduaba de distinta formas las manifestaciones terroristas. Desde el 11 de septiembre se ha comenzado a considerar el terrorismo como una nueva forma diabólica de hacer la guerra. ETA -cuyas estrategias habrá que estudiar a fondo para entender el fenómeno- tenía razón cuando hablaba de lucha armada, y nosotros estábamos muy equivocados cuando nos empeñábamos en tratarlos como a delincuentes comunes. No lo son. El asunto es tan poco común que para poder hacer lo que se hizo, Bin Laden habrá tenido que contar con el apoyo, por acción u omisión, de diversos países musulmanes; y ETA, sin duda, lo tuvo abiertamente y durante muchos años de distintos países europeos y americanos.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Es en este marco en el que debe inscribirse lo que está pasando. Unos son los ejecutores pero todos los grupos terroristas son culpables de lo sucedido. Y no sólo ellos. También las sociedades y los gobiernos, que pensaban que eso era un problema de otros e incluso les dieron cobijo y protección, son responsables. Es lógico que hoy el mundo se horrorice por la magnitud de la catástrofe, pero no debe olvidarse que ese mismo mundo volvía la cabeza para no asumir responsabilidades. Ahora, evidentemente, no es el momento de los matices sino de la acción. Pero, ¿qué acción? Me pregunto: ¿será suficiente la cabeza de Bin Laden? o ¿es digno arrasar Kabul más de lo que está? Reconozco mi perplejidad ante la situación y mi escepticismo ante cualquier operación militar de corte convencional. Sin duda hay que atrapar a los culpables y castigar a los gobiernos que les han protegido, pero donde los Estados Unidos deberían actuar con decisión y contundencia es en el proceso de paz de Oriente Medio, pues ahí está la clave del conflicto. De lo contrario, Bin Laden se convertirá para el mundo musulmán en una figura mítica como para los occidentales lo fue el Che Guevara.

Humareda en Manhattan
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 17 Septiembre 2001

Un ataque anónimo ha pulverizado Manhattan y enterrado con los muertos el sistema de ideas y creencias que había permitido distinguir hasta ahora entre guerra y paz, o entre terror ocasional y terrorismo continuado. «No ha sido un acto de terror, sino de guerra», dice un atónito Bush. Por sus efectos, desde luego. Pero no hay guerra sin territorio con ejército enemigo al que diezmar. Aunque Estados Unidos responda con actos bélicos punitivos a países protectores o simpatizantes de quienes imaginaron y realizaron por su cuenta y riesgo, el mayor acto de terror que ha deparado la fértil historia de la crueldad, eso no sería la guerra. Aquí, por ejemplo, padecemos un guerra unilateral de Eta, no aceptada como tal por el Estado, que se califica de terrorismo. Pero no hay terrorismo sin una serie de actos de terror reivindicativo. El terror consumado en una sola versión terrorífica no puede ser más que vindicativo.

   Si la operación es grandiosa se asimila al magnicidio. Puede desestabilizar momentáneamente el sistema, destruir la confiada seguridad en sí mismo, asustar con la posibilidad de repetición del dolor a la imaginación de la ignorancia, pero carece de la continuidad que, sólo ella, podría amenazarlo. La grandiosidad de lo sucedido lo hacía tan imprevisible antes de suceder como irrepetible una vez acaecido. A un reo no se le puede ejecutar más de una vez. Estados Unidos no ha sido amenazado ni requerido de concesión alguna a la causa árabe, sino el ejemplarmente punido y ejecutado, por designio de Alá, con un castigo capital que, por ser inolvidable, no necesita ser renovado. Los que hablan de guerra mundial, aparte de no saber lo que dicen, aportan el elemento aterrador que el terror necesita para ser terrorismo. A diferencia de Pearl Harbor, el asesinato de Kennedy no se interpretó como un ataque a la libertad ni a la democracia. La demolición de Manhattan ha conmovido los cimientos nacionales de los estadounidenses con mayor intensidad incluso que en aquellos eventos. La humareda de los residuos atosiga la salubridad de las instituciones y niebla la lucidez de las razones. El desconcierto de Bush se manifiesta cuando afirma el imposible de que el ataque horroroso está dirigido contra la libertad política. Estas vanas frases, donde el error se une a la imprudencia, son aquí familiares.

   Los directores de un ataque tan inteligente no pueden creer que la libertad, una idea y un hábito, pueda desmoronarse con el dolor, como los soberbios edificios con el impacto físico. Si el señor Bush busca la solidaridad del universo, comete la torpeza de olvidar que la simpatía por una humanidad sangrante, llevada con estrépito, es más universal que la despertada por una libertad despreciada.

   Las grandes palabras que acompañan a las grandezas de los pesares no justifica la fantasía de poner en la democracia el objetivo a batir por unos comandos de la muerte. Al integrismo islámico nada le importan las libertades occidentales. No lucha contra ellas fuera de su mundo. Sólo se propone desoccidentalizar la civilización musulmana, salvarla del materialista Occidente. No pretende redimir el mundo sino depurar a la nación árabe.

   A la justicia represiva del atroz crimen deben concurrir todos los Estados. A la represalia indiscriminada, ninguno. La magnitud del dolor sólo puede ser superada por la magnitud de la sublimación. Estados Unidos encontraría la grandeza mortal de sus fundadores y la de Lincoln junto a la genuina admiración del mundo, incluso del islámico, si en lugar de venganza y prestigio militar no necesitado de ser acreditado, persiguiera la ejemplaridad de su sentido de la justicia universal. La catarsis que produciría en la conciencia del mundo embellecería a todo el universo moral. Los momentos estelares de la humanidad ocurren en la historia cuando la ética de la acción se confunde con la estética de la emoción.

Acerca de la guerra
GABRIEL ALBIAC El Mundo 17 Septiembre 2001

D
esde hace ya algo más de 30 años, Arabia Saudí y los emiratos del Golfo pagan regularmente el impuesto revolucionario (o el impuesto coránico, si queremos usar un léxico más preciso). A la OLP en exclusiva, primero. Luego, a la miríada de grupúsculos integristas que fueron ocupando los intersticios vacantes. No es muy probable que, al principio, fuera un acto devoto. Sí, de miedo. Nadie que nade en petrodólares acepta jugarse la cabeza por unos cientos de millones de dólares anuales. Luego -sucede así siempre-, la necesidad fue trocándose en virtud. La convicción devota recubrió de un manto respetable el salario del miedo.

Desde hace ya algo más de 30 años, los despotismos árabes del Cercano Oriente -ya se tratara de teocráticas monarquías o dictaduras de herencia prosoviética- pusieron su Administración y sus servicios de inteligencia al servicio de la OLP primero, luego de la miríada de los grupúsculos que hacen del exterminio del Estado judío su razón de existencia. Lo sucedido en el Líbano fue la lección definitiva de lo que harían Arafat y sus amigos con todo aquel país -próspero Líbano, que se hundió en la nada- no acorde con sus designios de Guerra Santa. La Beká se convirtió entonces, bajo la bien coordinada estructura axial de la OLP, en el gran campo de maniobras de todas las organizaciones terroristas europeas: desde la RAF de Andreas Baader hasta ETA o las Brigadas Rojas. Sirva de narración la excelente película en cartel de Volker Schloendorff: El silencio tras el disparo.

La recuperación del territorio palestino se erigió en mitología fundante. Nadie quiso recordar cómo en 1948 fueron los estados árabes quienes negaron el derecho nacional de una Palestina a la cual juzgaban parte suya: hasta los años 80 Jordania (récord mundial de exterminio militar de palestinos) siguió considerándola parte de su corona. Nadie quiere recordar ahora que Israel había accedido, hace un año, a la devolución incondicional del 97% de ese territorio. Y que Arafat y sus hombres ocupan hoy la tierra que Israel les regaló sin contrapartida.

Banco emisor más ejército más mitología son los pilares definitorios de una nación. Finanzas, armamento, creencia. La forma que la nación tome -territorial o bien legendariamente acotada- es del todo secundaria. Petróleo, Ejército difuso (con OLP coordinando) y religión definen al Islam en guerra contra el «imperialismo».

Llamar a eso terrorismo es un perfecto dislate.

A no ser, claro está, que se retorne al uso histórico del término; el acuñado por Robespierre en la promulgación de la ley del 22 de Prairial del año II, más conocida como Ley del Gran Terror, expresión que no significa otra cosa -en la redacción del Gobierno Revolucionario- que el código legal de una «política de guerra».

«Están logrando que IU sea un partido nocivo en el País Vasco», denuncia Savater
El Mundo 17 Septiembre 2001

BILBAO.- La entrada de Ezker Batua-Izquierda Unida (EB-IU) en el Gobierno vasco, formalizada el sábado mediante un acuerdo con el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Eusko Alkartasuna (EA), suscitó ayer duras críticas desde distintos sectores sociales, incluida la propia IU.