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Recortes de Prensa     Viernes 21 Septiembre   2001
#Y esto vale contra Eta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 21 Septiembre 2001

#Por la paz y contra el terrorismo
El Mundo 21 Septiembre 2001

#El intelectual y la violencia
Cándido ABC 21 Septiembre 2001

#Kabul juega con fuego
Editorial ABC 21 Septiembre 2001

#Bin Laden ha ganado la guerra al español
ANTONIO BURGOS El Mundo 21 Septiembre 2001

#«El nacionalismo español se debe aferrar al patriotismo constitucional»
MADRID. Trinidad de León-Sotelo ABC 21 Septiembre 2001

#¿Choque de civilizaciones?
Enrique de Diego Libertad Digital 21 Septiembre 2001

Y esto vale contra Eta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 21 Septiembre 2001

El presidente del Gobierno ha tomado la iniciativa de emplazar a la comunidad in- ternacional a luchar contra todo tipo de terrorismo, en el que se incluye, obviamente, la banda terrorista Eta. Ésa es una de las mejores cosas que se podía hacer.

   Hasta hace dos semanas ¬no se sabe a partir de ahora¬ la banda terrorista era para los periódicos norteamericanos un simple «grupo separatista vasco», y se escribía de ellos como si fuera héroes que, en el fondo, defendían unos principios, una tierra y un no sé qué bucólico. Todos los embajadores españoles y todos los portavoces del Gobierno enviaban periódicamente cartas a esos medios para que definieran a Eta como terroristas, y nunca hacían caso.

   Ahora saben lo que es un terrorista: un enemigo que no tiene rostro, que ataca al corazón de la sociedad y luego se esconde de tal modo que no sabes por dónde empezar el ataque. Por eso es el momento de explicar que España lleva lustros luchando contra ellos y que cuando apela a la unidad internacional no es por capricho, sino porque todos los grupos terroristas tienen los mismos fines y las mismas formas de actuar: están conectados.

   Hace bien el presidente reclamando una jurisdicción única contra el terrorismo, pues no hay actos vandálicos permisibles y otros terroríficos: todos son abominables y ninguno tiene sentido. Ojalá que la reivindicación española no caiga en saco roto.

   Después de las declaraciones de todos los países tras el atentado en Nueva York, la comunidad internacional no tiene razones para ayudar a España. Lo que no puede ser es que si pescan a Bin Laden creen que están en su deber, y si lo hacen con los terroristas de Eta atentan contra su constitución. O todos, o ninguno.

Por la paz y contra el terrorismo
El Mundo 21 Septiembre 2001

Manifiesto íntegro aprobado por todos los grupos parlamentarios, excepto IU, que leyó ayer el periodista de EL MUNDO Felipe Sahagún en la concentración en la Puerta del Sol.

El pasado 11 de septiembre la Humanidad sufrió el más brutal ataque terrorista de nuestro tiempo. En un mundo cada vez más cercano, todos fuimos testigos del horror de la agresión criminal concebida, organizada y perpetrada por mentes perversas que pretenden destruir los cimientos de nuestra convivencia. Todos los terrorismos son condenables. Los que creemos en los valores de la democracia y de la libertad jamás podremos admitir que con el terrorismo pueda alcanzarse cualquier tipo de objetivo de la naturaleza que fuese.Los españoles hemos sufrido durante largo tiempo los embates del terrorismo. Conocemos bien su terrible crueldad, los odios de los que se alimenta, los males que inflige.

Por eso, ante el atentado contra Estados Unidos, nos sentimos especialmente unidos en estos días a los sufrimientos del pueblo norteamericano, a los de las familias de las víctimas. Aquí queremos expresarles nuestra solidaridad más plena, nuestro dolor, que se une al suyo.Las víctimas de los atentados de Nueva York y Washington pertenecen a diversas razas, nacionalidades y religiones. Son razas, nacionalidades y religiones que los autores de los crímenes pretenden que se confronten, que se dividan y choquen cruentamente entre sí, que la xenofobia y el fanatismo se adueñen de nuestras sociedades. Tenemos que conseguir que eso no se produzca. La comunidad internacional debe comprometerse a dar una respuesta justa, legal y proporcionada a los crímenes, colaborando con la persecución de los culpables y encubridores de los atentados, en el marco del Derecho Internacional.

Este es el momento en que millones de voces se alcen contra el terror que quieren implantar en el mundo los grupos y organizaciones que han desatado la muerte y la destrucción. Y es también el momento de oponerse con determinación a la violencia y a la cultura de la violencia como forma de solucionar los conflictos sociales y políticos, y a impulsar sin descanso la lucha por la paz, único modelo de convivir civilizadamente.La paz que anhelamos exige la total erradicación del terrorismo en el mundo. Confiamos en la capacidad de todas las naciones democráticas para hacer frente a esta dramática situación y avanzar en la consecución de la paz mundial. Pero no buscamos una paz a cualquier precio. La paz nos exige ahora defender los valores sobre los que se asienta la comunidad internacional civilizada y que están proclamados en la Carta y en la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Las naciones democráticas y la comunidad internacional en su conjunto deben asociarse para, en aras de la auténtica paz, derrotar a todos los terrorismos. Es una causa justa. Contamos con la superioridad moral de los principios que defendemos, que son los únicos que garantizan la convivencia entre los distintos pueblos, culturas, credos e ideologías que forman la plural familia humana.Hay distintas civilizaciones o culturas pero no estamos ante un choque de civilizaciones o de culturas. Estamos ante un desafío histórico por la paz y la convivencia y contra la violencia y el terrorismo.Es la hora de la confianza en las instituciones democráticas que nos hemos dado. Es la hora de la solidaridad de las sociedades libres. Es la hora de la fortaleza para restablecer la justicia.Es la dignidad y el futuro de todos los seres humanos lo que está en juego. Es su libertad y su seguridad, que no son valores incompatibles. El pueblo español reafirma una vez más su fe en que sólo sobre la libertad, la dignidad y la no violencia pueden desarrollarse nuestras vidas y las de las próximas generaciones.

El intelectual y la violencia
Por Cándido ABC 21 Septiembre 2001

CUANDO Emilio Castelar en su ensayo político de 1876 titulado «La cuestión de Oriente» describe el tipo árabe, parece estar describiendo a Osama bin Laden, el presunto responsable de la tragedia del 11 de septiembre: «La elevada estatura, las distinguidas maneras, el temperamento nervioso, el arte en el manejo de las armas, los ojos profundos, la mirada escudriñadora, los labios perfectamente dibujados, la frente espaciosa, la color atezada...» Sin embargo es el mismo tipo de hombre que inventó la trigonometría, que llevó el álgebra a las matemáticas o que instaló el primer observatorio astronómico en la Giralda. Mientras tanto los europeos buscaban la piedra filosofal y la superstición sustituía a la espiritualidad. La grandeza de los árabes se debió a su heterodoxia, que floreció sobre todo en el imperio mahometano de Occidente y que se movía en el esquema de la razón y el trabajo, no en el de la inspiración y el principio del fatalismo.

Este principio es el que destruye la voluntad y la conciencia, suprime la libertad y quita la dignidad quitando la responsabilidad. El fatalismo musulmán carece de opciones y convierte la lucha contra él en una lucha contra máquinas. Como escribía también Castelar, «un solo libro entregado al comentario perpetuo de una raza muy dada a las argucias teológicas petrifica la inteligencia y le da la rigidez de la muerte». A eso es a lo que se enfrenta el secularizado mundo occidental. Por eso en situaciones como la creada después del ataque de precisión a Nueva York y a Washington, que eleva definitivamente el terrorismo a uno de los peligros mayores de este mundo, cabe preguntarse por el papel del intelectual en las coyunturas extremas de la historia. El intelectual, constituido por saberes, capacidad especulativa y dominio del lenguaje, tiende a contemplar el fenómeno analíticamente fijándose en la trama profunda de los acontecimientos, la cual parece escapar a la síntesis de los políticos.

Y siempre hay un momento, por ejemplo en el caso de los intelectuales franceses de izquierda a raíz de la segunda guerra mundial, en que su afán de comprensión arrastra a la confusión. Su tradicional inclinación a moverse en el molde del «uomo universale» y su repugnancia hacia la «barbarie» del especialista -políticos, técnicos, militares, etcétera- le lleva a transformar sus ideas generales en la causa concreta de los acontecimientos. Elabora una teoría conforme a su sistema moral y político y la entrega a la masa gris y colectiva como si se tratase de las llaves del reino. Por desgracia los problemas nunca son universales, sino específicos, y explicarlos cualitativamente no los resuelve. La experiencia nos dice que el progreso estriba en el trabajo sobre lo particular, y que en razón de ese trabajo los métodos de deliberación del intelectual tendrían que haber ido cambiando desde, por lo menos, los tiempos de Darwin, pero sobre todo desde los tiempos de Oppenheimer y los demás sabios atómicos, cuya meditación moral sobre su trabajo científico no evitó la bomba de Hiroshima. Lo que obtuvieron como «intelectuales específicos» en función del progreso de la humanidad fue desviado de lo que dijeron y escribieron como «intelectuales universales».

Me refiero a ese caso porque describe ejemplarmente lo que trato de explicar, y porque, excepcionalmente, los sabios atómicos actuaron en las dos vertientes del problema. Como digo, la bomba atómica no fue tanto una desviación de sus máximas como de su trabajo científico e impuesta desde fuera de lo puramente científico. Michel Foucault, en su «Diálogo sobre el poder», define al intelectual específico en contraposición a esa especie de intelectual que, situado genealógicamente en el arranque del jurista notable, se pregunta por lo justo y lo injusto, al estilo de Voltaire o de Zola, y a quien la escritura, en cuanto «marca sacralizante» del intelectual, le concede ese rango, que hoy debe aplicarse al sabio/experto.

En este sentido recuerdo un breve discurso de Fernando Savater con ocasión de recibir el premio «Francisco Cerecedo». Contaba cómo empezó a curarse de la «voluntad de estilo», fundamentalmente egocentrista, ya que «la voluntad de estilo no será otra cosa que el empeño que pone Fulano en ser enormemente Fulano». Del discurso de Savater también se deriva o pienso yo que se deriva una higiénica desacralización de la escritura, del «gran escritor», como señal plena y suficiente del intelectual. Cuando menos Savater ha predicado con el ejemplo frente a los contempladores natos, sin ir más lejos, frente a quienes voceando el «sésamo, ábrete» del diálogo tenían y probablemente siguen teniendo la alegre certeza de que con el diálogo llegará el fin del terrorismo. Más verdad es que los hechos aparecen sin elaborar, que son hechos precisamente porque no están elaborados. El horror sin nombre suscitado por el terrorismo en los Estados Unidos es una agresión completa no ya a determinadas estructuras ideológicas o políticas que pudieran aislarse en el proceso de la historia, sino a la estructura última de la sociedad humana. En este aspecto la única significación que cabe darle a la acción terrorista es nada más que la acción misma.

Por tanto, el retrotraerse una y otra vez, como se hace a veces en el caso de ETA, a cuestiones previas con el fin de encontrar los fundamentos históricos, sociológicos, políticos, del crimen, no es más que una elaboración que falsifica el hecho de que se trata. El terrorismo no tiene nada que ver con el sistema histórico en el que se le pretende instalar. En el terrorismo la función es el sistema. No hay otro. La función, por tanto, debe ser aislada y destruida previamente a cualquier deliberación que conecte el hecho terrorista, que no tiene más que presente, con los motivos que procuran explicarlo. En cuanto a la tragedia de los Estados Unidos con su lúgubre cosecha de miles de muertos, quizá el más estremecedor capítulo del conflicto Norte/Sur, con todas sus variaciones, ningún discurso intelectual de equidad que pueda oscurecer la evidencia de lo ocurrido, discurso que suele reducirse a un trasvase de las responsabilidades a las víctimas, debe lastrar una decisión fulminante.

Lo que sensatamente no debemos hacer es sujetar el presente de las sociedades occidentales a los puntos débiles de su desarrollo histórico y moral, porque entonces esas sociedades serían pulverizadas y asesinadas. No existe un contencioso entre la razón y la evidencia, o entre el derecho y la guerra, sino que se trata más bien de comprender que el terrorismo, tal como se ha manifestado en los Estados Unidos, coloca a Occidente ante la necesidad perentoria de sobrevivir en las peores circunstancias, o sea, ante la avalancha de un poder difuso y tenebroso, no descrito por el derecho, sino contra todo derecho, que literalmente quiere hacerse con los resortes de la historia. La cantinela antirrepresiva no contribuirá a otra cosa que no sea el dejar las cosas como están. La abstracción debe dejar paso a la simplificación. Ante la violencia calculada y sin límites, enraizada en delirios teológicos y desarrollada mediante estrategias sin retorno, el intelectual debe defenderse de la coherencia de su pensamiento cuando ese pensamiento entra en contradicción con la historia, pues lo que está en juego de manera inmediata no es ya su forma de ser y de pensar, sino el sistema de vida de pueblos enteros.

Kabul juega con fuego
Editorial ABC 21 Septiembre 2001

La cúpula religiosa Talibán, compuesta por un millar de clérigos, decidió ayer en Kabul pedir a Osama bin Laden que abandone Afganistán voluntariamente «cuando le sea posible». Esta pintoresca resolución será sometida ahora al líder supremo del régimen, el jeque Mohamed Omar, en quien recaerá la respuesta definitiva. Al término de dos días de deliberaciones, los ulemas, o sabios del Islam, convocaron también a una Yihad -guerra santa- si Estados Unidos ataca el país que desde hace años da cobijo al jefe terrorista saudí. Washington, como no podía ser de otra forma, rechazó categóricamente la respuesta de los ulemas. Las exigencias al régimen Talibán no ofrecen lugar a evasivas como las formuladas ayer: la entrega de Bin Laden y la de los responsables de su organización criminal, así como el cierre de sus campos en Afganistán. En principio parece una quimera que el visionario mulá Omar entregue a Bin Laden, con quien mantiene más que una estrecha amistad desde los tiempos de la ocupación soviética.

Desde la óptica talibán es imposible la entrega del multimillonario saudí, con quien comparte objetivos políticos y religiosos y de quien recibe dinero y armas.Al margen de la fórmula consensuada por los clérigos afganos, lo que es evidente es que el régimen Talibán admite abiertamente que acoge y protege a Bin Laden, lo que le hace cómplice de las matanzas cometidas en Tanzania y Kenia en 1998 y Nueva York y Washington el pasado día 11. En este sentido, la maquinaria de guerra estadounidense tiene ya en su punto de mira al menos un objetivo antiterrorista no tan difuso: un régimen dominado por una secta de iluminados que ha llevado el sufrimiento a la población afgana. El terror totalitario impuesto por esos fanáticos ha sobrepasado el fenómeno religioso para convertirse en una patología social que exige un tratamiento por parte de la comunidad internacional.

Es preciso recordar, por ejemplo, que los talibán han ordenado llevar a los hindúes una identificación consistente en un trozo de tela amarilla (Alemania, años treinta) y que han prohibido Internet a todas las personas e instituciones. A ello hay que añadir el siniestro trato a las mujeres, sobre las que los hombres tienen en sus manos el derecho a la vida o a la muerte de forma tan arbitraria como salvaje. Las lapidaciones o apaleamientos públicos de las afganas, abocadas en muchos casos al suicidio ante la insoportable e indigna existencia que les han impuesto los «barbudos», son sólo parte de una forma de vida que ni se basa en la tradición ni en una cultura concreta, sino en una alienación extrema incluso para aquellas sociedades en las que el fundamentalismo es una regla. Si la comunidad internacional, con la famélica ONU a la cabeza, ha sido incapaz de encontrar un motivo para desactivar el peor totalitarismo posible, ahora se presenta la oportunidad por partida doble.

Hay que poner fin a la impunidad de un régimen terrorista dentro y fuera de sus fronteras, que no sólo cobija a Bin Laden, sino que martiriza a los afganos hasta inducirles por millones a un éxodo patético y que trafica con un opio que luego llega a Occidente en forma de heroína.Las reglas del juego cambiaron el 11 de septiembre de forma tan brusca como dramática. Ante el monumental desafío terrorista internacional, que, visto lo visto, puede reaparecer en cualquier momento y en cualquier lugar, ha llegado la hora de tomar decisiones, sin abstracciones, con un ejercicio firme de la autoridad basada en la legítima defensa. Porque el terrorismo persigue la destrucción de la democracia. Allí donde se ha instalado el radicalismo fundamentalista no queda ni rastro de libertad ni de derechos humanos. Occidente no debe dejarse acomplejar por la debilidad moral de algunos de sus dirigentes y debe ofrecer una respuesta coordinada, porque la amenaza es tan real como grave. La reafirmación de los principios democráticos y el modelo de convivencia del que nos hemos dotado exige una reacción, porque todas las formas del terror esconden la misma maldad.

Bin Laden ha ganado la guerra al español
ANTONIO BURGOS El Mundo 21 Septiembre 2001

Los americanos tienen volando los pájaros de fuego de un nuevo Nostradamus y quizá aplicaremos la deseada Justicia Infinita al terrorismo universal. Pero en España estamos cautivos y derrotados por los fundamentalistas afganos. Como un Buda pétreo, nuestra lengua ha sido bombardeada por los libros de estilo y aniquilada por los departamentos de español urgente.En nuestro complejo de inferioridad de hablantes, hemos hecho crujir las torres gramaticales de nuestra lengua y destruido los pentágonos de su hermosa geometría.

Hemos roto a hablar en árabe. O en una lengua que no sabemos si se escribe pastum, pasto o pashtu. No decimos que los caballeros estaban sentados en «los diván» (del árabe «diwan») y que las mujeres estaban a las puertas de «los zaguán» (del árabe «ustuwan»), pero te leen la cartilla de lo gramatical y políticamente correcto si, conocedor de la estructura de tu lengua, orgulloso de su capacidad de asimilación de extranjerismos, dices «los talibanes» y te niegas a utilizar esa horterada de «los talibán».Sí, ya sé que «talibán» es un plural.

En la lengua de Bin Laden y sus cómplices, no en la mía. Tampoco respetamos plurales en latín, tuétano de nuestra lengua, y los castellanizamos, y podría dar siete mil ejemplos. ¿Y es también un adjetivo? ¿Por qué no justicia talibánica, como la coránica, y sí esa chirriante «justicia talibán»? Respetar con unción religiosa la lengua de los talibanes (sí, talibanes, ¿pasa algo?) es darles la victoria, consentir que nos arrasen con el secuestro de las normas gramaticales ocupadas por pasajeros como Cervantes y Covarrubias.

Ya tenemos bastante con la koiné reverencial de las palabras de otras lenguas peninsulares que se niegan a traducir al castellano e incrustan, rechinantes, en la estructura del español como para que, encima, tengamos que padecer el fundamentalismo de los ulemas gramaticales. De otro lado, también «el puente de Alcántara» es una redundancia, porque «Alcántara» en árabe es «el puente», y nadie se extraña de que lo mentemos así.Los libros de estilo podrán decir misa o subirse al minarete, pero que un español use ese plural de «los talibán» es como si obligara a su mujer a ir tan cubierta como las tapadas de Vejer y no la dejara cantar lo último de Alejandro Sanz.

«El nacionalismo español se debe aferrar al patriotismo constitucional»
MADRID. Trinidad de León-Sotelo ABC 21 Septiembre 2001

El nacionalismo español fue analizado ayer en la presentación de «Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX», de José Álvarez Junco. Para muchos su tesis sobre el nacionalismo será, tal vez, sorprendente, porque ligado habitualmente a la derecha, su nacimiento fue en cuna laica y progresista. Curioso también que, el nacionalismo español esté «relativamente perdido».

Según confesión del autor, José Alvárez Junco, «Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX» (Taurus), le ha costado bastantes años de su vida. La verdad es que a tenor de las palabras de Juan Pablo Fusi, que presentó la obra con la que la editorial inicia una nueva colección sobre Historia, las páginas del historiador merecen los mejores calificativos, tal y como dijo también de su biografía sobre Lerroux, que a su entender es memorable.

Para Fusi, el nuevo título de Álvarez Junco no se refiere propiamente al nacionalismo español, sino a algo más profundo como es la identidad de España. «Se adentra, dice, en la idea de elaboración de España en el XIX».

ORIGEN LAICO Y PROGRESISTA
Álvarez Junco ha recurrido, y no por capricho, para ilustrar su tesis a la iconografía religiosa, a esa «Mater Dolorosa», tan diferente a la Marianne francesa con un seno al aire o a la matrona Britannia inglesa, que llaman a la lucha. La nuestra «es una mujer que pregunta cómo pueden abandonarla siendo la madre doliente que es», explica. Y es que según la tesis de Álvarez Junco, el nacionalismo español evolucionó desde sus orígenes laico-progresistas hasta el nacional-catolicismo. «Es a finales de siglo cuando nace un nacionalismo reactivo, que busca defender la unidad de España, pero en principio el nacionalismo español no fue cosa de derechas. El catolicismo era enemigo de la idea moderna de nación, que se antojaba algo revolucionario», resume.

Saca a colación algunos ejemplos históricos como el caso de Fernando VII, personaje que sitúa en la galería de los horrores, alguien que admite no crear un ministerio de Fomento ante la presión de la Iglesia y la derecha; que no crea un cuerpo de policía, porque le indican que ya existe la Inquisición; que asegura que en política exterior hará lo que diga el Vaticano. Tuvo algún comentario el historiador para Francisco Franco, tenido como ejemplo de nacionalista español: «¡Vaya nacionalista, que deja algo tan importante para el Estado como es la enseñanza, en manos de la Iglesia, que puede plantear tesis contrarias a ese Estado!». Interesante el grito de los carlistas: «¡Viva el Rey, viva la religión, abajo la nación!». Y es que para la derecha la idea de nación era subversiva, y así lo divulgaba convencida de que todo poder procede de Dios.

El punto clave del análisis está en el principio o la doctrina de las nacionalidades. Es el que diferencia las naciones de las etnias, grupos marcados por rasgos culturales, pero que no albergan exigencias de poseer un Estado propio. Esto significa que la territorialidad es el principal requisito -y el control del territorio el principal objetivo- de las naciones. En opinión de Álvarez Junco, el nacionalismo español sería más fuerte si España hubiese librado una guerra en el XIX contra un enemigo común o hubiera participado en la I Guerra Mundial. Es precisamente a partir de la Guerra de la Independencia cuando el autor de «Mater Dolorosa» comienza su estudio de la construcción de la identidad española. Después se adentra en la construcción cultural de la idea de nación por los intelectuales, aunque luego el catolicismo se apropiase de la idea.

NACIONALISMOS EMERGENTESR
especto a los nacionalismos emergentes en la actualidad en España declaró que «no se pueden enfrentar a España unos nacionalismos convertidos en entidades monolíticas más pequeñas, que crean culturas e intentan ser puras y excluyentes respecto a sus propias diferencias. Cataluña, por ejemplo, es tan variada como España y no tiene una sola lengua». En cuanto al nacionalismo español piensa que «está relativamente perdido, porque no triunfó como el alemán y el francés, pero tampoco fracasó como el ruso o el austríaco». Está convencido de que el nacionalismo español debe aferrarse al patriotismo constitucional. «Deberíamos ser como en Estados Unidos, donde cualquiera que respete las leyes es americano. Aquí debe ser español todo el que esté en España», concluye.

¿Choque de civilizaciones?
Por Enrique de Diego Libertad Digital 21 Septiembre 2001

La cuestión intelectual recurrente es evitar a toda costa el choque de civilizaciones. Bin Laden ha puesto de moda el libro de Samuel Huntington, El choque de civilizaciones. El de Fukujama ha quedado sepultado bajo las torres gemelas. Los intelectuales, se sabe desde Benda, han ocupado la función de los clérigos, aunque con mayor irresponsabilidad. Bajo la apariencia de un consejo estratégico –tan obvio como no generalizar– parece esconderse un principio anticivilizatorio: no debatir, no cuestionar, porque los musulmanes podrían enfadarse.

En lo primero, el principio de responsabilidad personal exige castigar a los culpables no a los inocentes, o a los responsables, y por supuesto desmantelar las bases y santuarios. ¿No es motivo suficiente de intervención en Afganistán el juicio con posibilidad de pena de muerte para unos cooperantes por llevar un crucifijo y biblias? En lo segundo, da la impresión de que sigue ejerciendo cierto efecto subliminal la vieja condena a muerte de Salman Rushdie, que sí puede entenderse como un choque de civilizaciones.

Que las mujeres estén obligadas a llevar burka, o tengan prohibida la atención médica, ¿debe ser interpretado como el principio de una civilización distinta, respetable como excepción cultural? ¿O como una lesión contra los derechos humanos que debe ser denunciada? En mi opinión, es una lesión a los derechos personales. Sería conveniente definir qué entiende cada cuál por civilización, por cultura y por religión. En mi opinión sólo hay civilización si se respeta la libertad personal y los derechos individuales. Esos derechos ¿son conquistas occidentales, manifestaciones de su civilización, o tienen una validez universal?

Aletea en el fondo de muchos de los comentarios la enervante duda de si la civilización occidental existe, o es simplemente una amalgama de complejos de culpa. Es decir, la constante reiteración de que el debate (no sólo el ataque) sobre el Islam debe ser limitado es una contradicción con los valores occidentales que tienen en la libertad de expresión y de crítica uno de sus fundamentos. A cambio, se ven declaraciones de ciudadanos fundamentalistas de Occidente que incitan a la violencia y al genocidio, lo que no entra dentro de esa libertad. Y existe un grave proceso de ocultación, que ya dura años, por el que se silencian genocidios contra cristianos en el Sur de Sudán o en el Norte Nigeria.

Tampoco se indicó el componente religioso de las matanzas en Timor Oriental, ni el salvajismo de los bin Laden filipinos. En muchas naciones islámicas está prohibido abrir iglesias cristianas, y los no musulmanes son ciudadanos de segunda. ¿Es eso una civilización distinta o una situación coactiva y xenófoba contra los derechos personales? A mí me parece lo segundo. Eso no obsta para que prevalezca el principio, tan occidental, de que las personas merecen, por encima de todo, respeto. Faltaría más.

 

 

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