AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 5 Octubre   2001
#Parlamento Europeo y terrorismo
Editorial La Razón 5 Octubre 2001

#El imperio de La Meca
Enrique de Diego Libertad Digital 5 Octubre 2001

#Qué pena
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 5 Octubre 2001

#Separatistas y separadores
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 5 Octubre 2001

#Confusión
XABIER GURRUTXAGA El Correo 5 Octubre 2001

#Cómo derrotar a los terroristas
SALMAN RUSHDIE El Mundo 5 Octubre 2001

#Fraga o la renovación
Editorial El Correo 5 Octubre 2001

#El puente entre Madrid y Barcelona
M. MARTÍN FERRAND ABC 5 Octubre 2001

Parlamento Europeo y terrorismo
Editorial La Razón 5 Octubre 2001

El Parlamento Europeo aprobó ayer con una excepcional celeridad medidas en contra de las organizaciones terroristas denunciadas por Estados Unidos. También se mostró sensible a las peticiones españolas, personalizadas por los representantes del PP, Gerardo Galeote, y del PSOE, Rosa Díez, de incluir a otras bandas terroristas como Eta en las sanciones europeas. Pero, desafortunadamente, la Eurocámara prefirió dejar en manos de la Comisión Europea (el Ejecutivo de la Unión) la concreción de esas bandas. La razón de la falta de acuerdo fue que algunos europarlamentarios entendieron que la persecución y control de los terroristas no debía limitarse a Eta e Ira. Lo que podría entenderse, de no ser porque esos grupos son hoy por hoy los verdaderamente activos.

Creemos, en todo caso, que la iniciativa española tendrá finalmente éxito en la Comisión, y que ésta decidirá que igual que hay que perseguir al terrorismo de origen fundamentalista islámico, también hay que actuar contra otros terrorismos que emplean los mismos métodos de terror contra la población, aunque sus motivaciones sean otras. No deja, sin embargo, de sorprender que los diputados europeos sean más sensibles a los ataques a la nación americana, a sus ciudadanos, que los que propinan otros grupos de asesinos, como Eta, a sus conciudadanos europeos. Son muchos los complejos que todavía deben superarse en Europa, y mucho el camino por andar para que haya una conciencia común y una sensibilidad compartida sobre el terrorismo de Eta.

El imperio de La Meca
Por Enrique de Diego Libertad Digital 5 Octubre 2001

Arabia Saudí tuvo especial interés en radicalizar con su modelo a los grupos de inmigrantes en las naciones occidentales. Financió más de mil quinientas mezquitas de un modelo estándar para evitar peculiaridades nacionales. Las convirtió en centros asistenciales. En los países musulmanes se inmiscuyó en las relaciones entre la sociedad y el Estado, poniendo en evidencia a éste. ¡Proceso de globalización religiosa! La familia real buscaba establecer su hegemonía sobre todo el Islam. “Su objetivo era, al mismo tiempo, hacer del Islam una figura de primera línea en la escena internacional, que sustituyera a los nacionalismos derrotados, y reducir las formas de expresión plurales de esta religión a las creencias de los señores de La Meca. Gestores de un inmenso imperio de beneficencia y caridad, el poder saudí pretendía legitimar la prosperidad que se identificaba con el maná divino, porque se producía en la Península donde el profeta Mahoma había tenido la Revelación”. Un argumento definitivo para el fundamentalismo providencialista.

Estos sueños de califato encontraron un serio escollo en Jomeini. El liderazgo alcanzado por la revolución iraní hizo que ajustaran viejas cuentas. Los saudíes habían destruido como objetos de idolatría las tumbas de los primeros imanes y la de Fátima, la hija de Mahoma y esposa de Alí, venerados por los chíies. El ayatolá acusó a la familia real saudí de lujo desmedido e hipocresía; “rigoristas, pero al tiempo proveedores de petróleo de Occidente”, de Estados Unidos, calificado por el ayatolá como “gran Satán”. Jomeini se dispuso a plantear la batalla en el propio corazón del Islam. Saudíes opositores a la familia real se hicieron fuertes en la Gran Mezquita, y las fuerzas saudíes tardaron una semana en reducirlos. No se pudo demostrar que Jomeini estuviera detrás. Pero en cada peregrinación, hajj, la que los piadosos musulmanes han de hacer una vez en la vida, los iraníes hacían propaganda de la “revolución islámica”.

El jomeinismo puso en marcha algunas estrategias, entonces fracasadas, pero que abrirían sendas de imitación. Intentó, para agradecer su asilo, exportar la revolución a los inmigrantes en Francia contra los “satanes occidentales”, lo que se tradujo en una primera ola de atentados. Creó y financió el grupo Hezbolá en el Líbano con la comunidad chií, ayudando a destruir lo más parecido a una democracia en el mundo árabe. Hezbolá fue uno de los primeros grupos en poner en práctica el terrorismo suicida.

El 22 de septiembre de 1980, Sadam Husein invade Irán. Lo considera debilitado en su poder militar por las purgas integristas en el ejército y aspira a abrirse paso hacia el mar. Empiezan una serie de malentendidos y complicidades de esa señora tuerta de la diplomacia. Los saudíes ven el cielo abierto para ajustar las cuentas con el enemigo que les ha plantado cara obligándoles a movilizar todo su clientelismo salafista para evitar el descrédito religioso. Estados Unidos está herido por el secuestro de sus diplomáticos en la embajada y por la retórica diabolizadora de los jomeinistas. Llueven, pues, las ayudas a un Husein en acelerado proceso de conversión del baasismo exagerando sus muestras de devoción al integrismo, pues Jomeini lo tilda de “apóstata” e “irreligioso”. La guerra entre Irán e Irak quedó en tablas, pero provocó el “martirio” de toda una generación iraní, lanzada como carne de cañón, y dejó a Husein con un sistema económico inviable y un ejército elefántico y bien pertrechado.

Con un Teherán debilitado, en el hajj de 1987, la policía saudí rodeó a los peregrinos iraníes y mató a cuatrocientos. Jomeini, meses antes de su muerte, trató de recuperar su papel central en el mundo islámico con un golpe de efecto. Emitió una fataw condenando a muerte a Salman Rushdie, autor de Versos satánicos, considerado blasfemo por sus referencias a las mujeres de Mahoma. Al atacar de forma directa la libertad de creación y de expresión, atacaba la base de los valores occidentales, al tiempo que recreaba la idea de Dar el Islam, implicando en ella a los grupos musulmanes de Occidente. Demostraba su dominio, basado en la religión, sobre ellas. En varios lugares, las manifestaciones terminaron con quemas de libros, recordando los tiempos nazis; los saudíes intentaron promover una acción jurídica para lograr la censura del libro, y en Londres los manifestantes musulmanes corearon gritos a favor de la fataw y del asesinato del escritor. El integrismo triunfaba en las mismas entrañas de Occidente, en la misma ciudad que un día fuera el símbolo de la resistencia al nazismo.

La invasión de Afganistán por los rusos intensificó la dependencia de la estrategia norteamericana respecto a los intereses de Arabia Saudí, mediante una nueva fórmula de amistades basadas en enemistades comunes. Los soviéticos, dispuestos a mantener un gobierno comunista tambaleante, estaban preocupados por el riesgo de contagio integrista en sus repúblicas musulmanas, y Arabia Saudí se sintió amenazada. Acudió con financiación abundante a socorrer a los mujaidines. Estados Unidos no fue difícil de convencer: suministrando armas y entrenamiento a los afganos debilitaba, en el mundo bipolar de entonces, a su principal enemigo y además, tal como explicaron los saudíes, recuperaban crédito en las naciones árabes, se exorcizaban de la satanización trasladándosela a los soviéticos.

El enlace clave en esa estrategia fue Osama ben Laden. La consideración reiterada de que fue un hombre de la CIA no refleja con exactitud cómo sucedieron los hechos. Ben Laden fue el hombre de la familia real saudí en Afganistán. El dinero de la petromonarquía sirvió para trasladar a voluntarios de todo el mundo musulmán para participar en la jihad. Por primera vez, integristas de todo el mundo se reunían en número considerable bajo la bandera común del Islam, al margen de las nacionales.

A Estados Unidos le pareció redondo el negocio. Sin pérdidas de vidas humanas, devolvía los agravios de Vietnam, mientras que la onerosa cuenta la pagaba la monarquía saudí. Ben Laden pasó a tener su ejército personal. Desde esas bases, con los radicalizados alumnos de las madrasas, podía poner en marcha un vasto proceso de ingeniería social en Afganistán, y sus internacionalistas empezaron a exportar esa fórmula “pura” del Islam a naciones como Argelia y Egipto. El “señor de la cueva”, pues se hizo construir por ingenieros alemanes varios búnkeres subterráneos, se dispuso a recrear en su propio beneficio el sueño del califato, y a utilizar su fortuna personal para mantener unidos a los jihadistas y formarlos como terroristas suicidas.

Qué pena
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 5 Octubre 2001

Nunca me había gustado Oriana Fallaci, e incluso del soberbio artículo publicado por nuestro periódico hay cosas que me parecen tontas o grotescas. Pero lo esencial, que es denunciar la voluntad suicida y criminosa ante el Islam de los medios políticos y periodísticos occidentales, me parece inapelable. ¿Bien escrito? Atrapa al lector y no lo suelta hasta dejarlo, conmovido y cabreado, al final de la briosa jeremiada. No todos los días lo conseguimos los que escribimos a diario. Ni siquiera Raúl del Pozo.

Voy a referirme hoy sólo a personas que aprecio y que han atacado a la Fallaci en EL MUNDO, porque lo más importante de su artículo son las reacciones intolerantes, genuinamente totalitarias, que ha producido y que son el verdadero mal que ella ataca por otros derroteros, algunos errados. Dice Trías: «Sin comentarios. Es completamente ofensivo y delirante. Es la expresión de las peores lacras de lo que solemos llamar civilización». ¡Pues menos mal que no quería comentar nada! Dice Dragó: «No merece la pena gastar saliva ni, menos aún, tinta comentando lo que ha escrito la Fallaci.Es fascismo, racismo, militarismo, imperialismo y colonialismo en estado puro. E idiotez. ¿Será, además, la interfecta una psicópata? Lo digo porque sólo una enferma mental puede pensar del mismo modo». Yo creo que sólo una súbita enfermedad moral y una frivolidad sin límite, digna de la que llama «interfecta» aunque no parece muerta, puede llevar al bueno de Fernando a proferir las mismas descalificaciones que han servido durante décadas a los soviéticos para encerrar a los disidentes políticos en manicomios y atizarles electrochoques físicos o químicos hasta rebajarles la locura a un estadio vegetal, que incluye la aceptación de su mal por parte del enfermo. Porque según los comisarios leninistas oponerse al comunismo, que es el Bien, sólo se le podía ocurrir a un loco.A un loco pecador, dicen ahora los matarifes islamistas, dispuestos a preservar la virtud de su civilización carcelaria a base de suras y censuras, mucho chador y mucha degollina para disfrute y edificación de las masas, como esa que recuerda la Fallaci.

La reacción es tan brutal y desmedida, sobre todo viniendo tras la masacre de Nueva York, que me ha recordado a Juan Benet aquel inteligente imbécil, maestro de cultivados idiotas diciendo que la existencia de gente como Solyenitsin justificaba la existencia de campos de concentración. Dice Dragó que de nada le sirvió a Fallaci estar en la Resistencia. Pues por lo visto a otros se les ha olvidado la censura franquista, quizás porque no alcanzó la perfección islámica. En la dictadura de lo políticamente correcto, aplastante en los medios de comunicación, la represión va por dentro.

Separatistas y separadores
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 5 Octubre 2001

Reina desbordante indignación en las filas de los nacionalismos vasco y catalán por lo que ellos consideran su «exclusión» de determinados órganos constitucionales. En efecto, a diferencia de lo que era habitual en el pasado, esta vez el PNV no ha visto recogida su propuesta de candidato ¬para ser precisos, candidata¬ a vocal del Consejo General del Poder Judicial. En cuanto a CiU, tampoco ha conseguido, como solía, meter una cuña particularista en el Tribunal Constitucional.

En el caso de los peneuvistas, lo asombroso es que hasta ahora hayan recibido tan buen trato a la hora de decidir tales nombramientos, seráfica actitud de los dos grandes partidos nacionales sólo explicable por las necesidades coyunturales derivadas de Gobiernos con mayoría relativa en las Cortes o por una ingenua fe en que los nacionalistas también tienen su corazoncito y devuelven amor con amor. Ahora que el Ejecutivo central es hegemónico en ambas Cámaras y la primera fuerza de la oposición está más que escaldada en el País Vasco, la pretensión de Ajuria Enea de meter de rondón en la instancia de gestión y control de los jueces a una diputada suya colisiona directamente con el loable propósito de evitar perfiles excesivamente políticos en ciertas funciones que, por su naturaleza, aconsejan, como mínimo, guardar las formas en el momento de la designación de sus titulares.

Además, un partido cuyo objetivo voceado en campas desatadas es la fragmentación de la Nación, la destrucción de la unidad de la Administración de Justicia y la vulneración flagrante de la Constitución, ¿con qué legitimidad protesta si su candidata-militante no es aceptada para figurar entre los encargados de velar por la buena marcha de los tribunales?

Y pasando al historial de las relaciones del pujolismo con el más alto intérprete de la Norma Suprema, baste recordar como botón de muestra las presiones impúdicas ejercidas sobre su presidente y magistrados con ocasión de las sentencias concernientes a la política lingüística de la Generalitat y la gloriosa resolución que puso en la calle a los miembros de la Mesa de HB. En el mismo registro, ciertas protestas hipócritas de lealtad constitucional suenan a chantaje encubierto. El compromiso con el gran pacto civil de convivencia de todos los españoles no es un mérito a recompensar ni un favor que el amigo Pujol nos hace al resto de los que se supone somos sus compatriotas, sino un deber político y un imperativo ético. Andar por ahí pidiendo sustanciosas retribuciones al virtuoso comportamiento que según él representa el no romper las reglas de juego ni desestabilizar el Estado equivale a la peor de las extorsiones gansteriles.

¿Separatistas!, les gritaron a los diputados de la Lliga en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo, ¿separadores! respondieron ellos indignadamente. Tiempos gloriosos en los que al menos reinaba la sinceridad.

Confusión
XABIER GURRUTXAGA El Correo 5 Octubre 2001

El anuncio realizado por Ibarretxe en el Alderdi Eguna -propuso convocar una consulta popular en el caso de que ETA siguiera matando, los partidos no fueran capaces de iniciar un diálogo productivo y el Gobierno central continuara en el inmovilismo- no sé si es un nuevo compromiso ante la ciudadanía o si, sencillamente, es un recurso retórico que forma parte del corpus identitario de la celebración de los jeltzales. Sea como fuere, parece un error vincular la ‘consulta popular’ con una situación que queda caracterizada por la continuidad de la violencia de ETA y por la falta de diálogo y acuerdo entre partidos e instituciones.

La propuesta incurre en el mismo defecto que se pretendía corregir y superar. Es decir, evitar que se mezclen y relacionen ‘violencia y política’. Justamente dos días antes el lehendakari construía su discurso sobre la pacificación en la necesidad ineludible de separar y distinguir nítidamente el conflicto político del problema de la violencia. No se trata sólo de la rechazable equiparación que se deriva de las palabras del lehendakari entre la situación que crea ETA con su actividad y la del Gobierno de Aznar con su inmovilismo, sino también del vínculo que se establece entre esos dos elementos y la propuesta a la ciudadanía. Entra dentro de la lógica democrática el hecho de que un representante institucional de un país acuda en un momento determinado con una propuesta que tenga como objetivo desatascar una situación encasquillada y bloqueada. ¿Pero qué consulta popular que tenga algún sentido democrático cabe realizar en relación con ETA y su violencia?

El hecho de situar la continuidad de ETA como una de las razones que justifican la convocatoria de la consulta no beneficia a las pretensiones políticas del lehendakari. Pero, además, las palabras de Ibarretxe han generado confusión en sus propios ámbitos. No hace ni dos meses, cuando cobró fuerza como elemento de polémica y enfrentamiento la cuestión de si era objetivo de este Gobierno convocar una consulta popular o referéndum sobre el autogobierno o la autodeterminación, tanto Ibarretxe como su portavoz -también el del EBB-, hasta el mismo Arzalluz, dejaron claro que no habría tal consulta, salvo que ésta fuese una consecuencia de los acuerdos y consensos que se podrían lograr en el transcurso de la legislatura. Lo que confunde no es tanto que ahora se contemple esta iniciativa, cuanto que ya no es consecuencia de la existencia de un acuerdo mayoritario entre los partidos, sino del enfrentamiento y del disenso. No sólo confunde, sino que preocupa.

Cómo derrotar a los terroristas
SALMAN RUSHDIE El Mundo 5 Octubre 2001

En una columna anterior, hace ya más de un año, escribí: «La lucha que va a definir esta nueva era será la que habrá de librarse entre terrorismo y seguridad» (Terrorismo, la batalla del nuevo milenio, EL MUNDO, 14 de enero de 2000), y me mostré inquieto por la posibilidad de que vivir bajo los peores escenarios que pudieran plantearnos los expertos en seguridad podría suponer la rendición de muchas de nuestras libertades ante esos guerreros en la sombra pertenecientes a un mundo secreto. La democracia exige visibilidad, argüía yo entonces, y, en esa lucha entre terrorismo y seguridad, siempre deberíamos inclinarnos del lado de la libertad. El martes 11 de septiembre, sin embargo, se hizo realidad el peor de esos escenarios.

Han destrozado nuestra ciudad. Yo soy uno de los neoyorquinos más recientes pero, incluso como la gente que jamás ha puesto un pie en Manhattan, he sentido profundamente sus heridas, porque Nueva York es el corazón palpitante del mundo visible, cerrada en su forma de hablar pero capaz de deslumbrar a cualquier espíritu, «la ciudad de las orgías, los paseos y las alegrías» de Walt Whitman, su «orgullosa y apasionada ciudad, una ciudad briosa, enloquecida y extravagante». A esta brillante capital de lo visible, las fuerzas de lo invisible le han asestado un golpe terrible.No es necesario abundar en cuan terrible ha sido; lo hemos presenciado todos y a todos nos ha cambiado. Ahora debemos asegurarnos de que la herida no es mortal, de que el mundo de lo perceptible triunfa frente a ese otro que se esconde tras la clandestinidad y que sólo se puede percibir por los efectos de sus deleznables hazañas.

En el intento de hacer de nuestras sociedades libres un lugar seguro, incluso más seguro, frente al terrorismo, nuestras libertades civiles se van a ver inevitablemente comprometidas. Pero, a cambio de esa erosión parcial de nuestra libertad, tenemos el derecho de esperar que nuestras ciudades, nuestras aguas, nuestros aviones y nuestros hijos estén realmente mejor protegidos de lo que han estado hasta ahora. La respuesta de Occidente ante los ataques del 11 de septiembre será juzgada, en gran medida, tomando como referencia que la población comience a sentirse de nuevo segura en sus hogares, en sus lugares de trabajo y en sus vidas diarias en general. Esta es la confianza que todos hemos perdido y que ahora debemos recuperar.

Asunto siguiente: la cuestión del contraataque. Sí, tenemos que enviar a nuestros propios guerreros en la sombra a luchar contra los suyos y esperar que los nuestros ganen. Pero esta guerra secreta, tan sólo, no nos podrá llevar a la victoria. Necesitaremos también de una ofensiva pública, política y diplomática cuyo objetivo debe ser la pronta resolución de algunos de los problemas más espinosos del mundo: sobre todo, la lucha por el espacio, la dignidad, el reconocimiento y la supervivencia que mantienen entre sí Israel y el pueblo palestino. En el futuro, será preciso que haya una mayor claridad de juicio entre todas las partes implicadas. Y no más fábricas de aspirinas bombardeadas en Sudán, por favor.

Ahora que las cabezas mejor pensantes de América parecen haber entendido que sería un error bombardear a la empobrecida y oprimida población afgana como medida de represalia por las lamentables actuaciones de sus tiránicos jefes, esto mismo debería de ser de aplicación, retrospectivamente, a lo que se hizo al también empobrecido y oprimido pueblo de Irak. Ha llegado el momento de dejar de hacer enemigos y empezar a hacer amigos.

Y decir esto no supone, en absoluto, una adhesión a ninguna descalificación de América como las que se han hecho desde diferentes facciones de la izquierda y que no son otra cosa que una de las más desagradables consecuencias de los atentados terroristas contra Estados Unidos.«El problema de los americanos es que ... » o «Lo que América tiene que entender ... ». Después de los acontecimientos vividos, y alrededor de ellos, se ha producido todo un cúmulo de relativismo moral de lo más mojigato, usualmente precedido de frases como las anteriores.

A un país que acaba de sufrir el ataque terrorista más devastador de la historia, a un país en un estado de profunda postración y afectado por el dolor más horrible, se le está echando la culpa, de manera despiadada, por la muerte de sus propios ciudadanos.(«¿Nos merecemos esto, sir?» preguntaba recientemente un desconcertado trabajador de la zona cero a un periodista británico. A mí, por mi parte, me parece totalmente desconcertante la tan seria cortesía del tratamiento de sir).

Seamos claros respecto a por qué esa violencia bienpensante antiamericana no es más que una basura detestable. El terrorismo significa la muerte de personas inocentes; en esta ocasión, ha habido una matanza masiva. Intentar excusar una atrocidad de tal magnitud, echándole la culpa a la política del gobierno de Estados Unidos es negar la idea básica de toda clase de moralidad: que los individuos son los únicos responsables de sus propios actos. Además, el terrorismo no es la persecución de aspiraciones legítimas mediante el empleo de medios ilegítimos. El terrorismo se envuelve a sí mismo con un manto de reivindicaciones para camuflar sus verdaderas motivaciones. Cualesquiera que fueran los objetivos que los asesinos pretendieran alcanzar, parece muy improbable que se pueda incluir entre ellos la construcción de un mundo mejor.

Los fundamentalistas intentan derribar algo más que edificios.Esa gente está en contra, por hacer una breve lista de sus metas, de la libertad de expresión, del sufragio universal de la población adulta, de los gobiernos responsables, de los judíos, de los homosexuales, de los derechos de la mujer, del pluralismo, del secularismo, de las faldas cortas, del baile, del afeitado, de la teoría de la evolución y de la sexualidad.

Son tiranos, no musulmanes. (El Islam es extraordinariamente duro con los suicidas, a los que condena a repetir indefinidamente su muerte durante toda la eternidad. Sin embargo, se hace necesario que los musulmanes de todo el mundo analicen con rigor por qué la fe que tanto aman da lugar a tal cantidad de mutantes deformaciones y tan sumamente violentas. Si Occidente tiene que entender sus Unabombers y McVeighs, el Islam tiene que reconocer la realidad de sus Bin Ladens).

El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha dicho que todos deberíamos definirnos a nosotros mismos no sólo por aquello de lo que estamos a favor, sino, también, por aquello a lo que nos oponemos. Yo le daría la vuelta a tal proposición porque, en los momentos actuales, todo aquello en contra de lo que estamos es de los descerebrados.

Unos asesinos suicidas lanzaron aeronaves de gran tamaño contra el World Trade Center y el Pentágono, matando a miles de personas; yo estoy en contra de eso. Pero, ¿a favor de qué estamos? ¿Qué tenemos que defender hasta el punto de arriesgar nuestras vidas en ello? ¿Podemos asegurar unánimemente que vale la pena morir por defender todo cuanto se mencionaba en la lista anterior (sí, incluso las faldas cortas y el baile)?

Los fundamentalistas creen que nosotros no creemos en nada. En su propia visión del mundo, tienen certezas absolutas, mientras que nosotros nos sumergimos en nuestras indulgencias sibaríticas.Para demostrarles que están equivocados, lo primero que tenemos que hacer es saber que están equivocados. Debemos estar de acuerdo en lo que importa: besarse en sitios públicos, comer bocadillos de bacon, estar en desacuerdo con otros, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, la distribución más equitativa de los recursos del mundo, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza y el amor. Estas serán nuestras armas.No haciendo la guerra, sino eligiendo sin temor alguno nuestra propia forma de vivir, será como los derrotaremos.

¿Cómo podemos derrotar al terrorismo? No aterrorizándonos. No permitiendo que el temor gobierne nuestras vidas. Incluso si estamos atemorizados.

Salman Rushdie, es escritor, autor de Los versos satánicos y Suelo bajo sus pies.

Fraga o la renovación
Editorial El Correo 5 Octubre 2001

Anoche arrancó la campaña electoral gallega, previa a las elecciones del día 21. Por el Partido Popular en el poder, Manuel Fraga, a sus 78 años, concurrirá a la reelección para la que sería su cuarta legislatura. Y, por la peculiar distribución de las fuerzas políticas gallegas, sólo tendrá asegurada la continuidad si consigue revalidar la mayoría absoluta con que ha gobernado hasta ahora. En la legislatura que concluye, el PP ha contado con el apoyo de 42 escaños de una cámara autonómica de 75. El Bloque Nacionalista Galego (BNG), con 18 escaños, ocupaba la segunda plaza y el PSOE, en coalición con otras fuerzas de izquierdas, la tercera, con 15.

Las encuestas publicadas hasta ahora auguran a Fraga una nueva mayoría absoluta, aunque menos holgada que la que consiguió en 1997. Pero probablemente el PP se haya equivocado al intentar exprimir la continuidad de un candidato al que, por edad y permanencia en la vida política, le correspondía ya el retiro, ya que a estas alturas difícilmente podrá colmar los afanes de renovación de la política gallega que manifiesta sin ambages una parte muy relevante de la opinión pública. En todo caso, esta longevidad política se contradice con los criterios generales del PP sobre el particular: el propio Aznar, como es conocido, no optará a una tercera legislatura.

A favor de la continuidad de Fraga está la presencia incómoda en el panorama gallego del BNG, una formación radical con ingredientes antisistema, si bien actualmente aparece recubierta por un estilo de moderación. Es evidente que un sector del electorado que estaría por auspiciar un cambio de rumbo en Galicia se retraerá ante la perspectiva de una coalición PSOE-BNG, que ha sido ya ensayada con escaso éxito en algunos ayuntamientos.

Aunque se consume la mayoría absoluta del PP, el PSOE se juega mucho también el día 21. Si no consiguiera la segunda plaza, remontando el bache de 1997 -cuando los socialistas se hallaban descabezados y en el punto más bajo de su crisis tras perder el poder en 1996-, el nuevo equipo dirigente que encabeza Rodríguez Zapatero tendría algunas dificultades adicionales para afirmar su liderazgo y para dar verosimilitud a sus pretensiones de cara a las generales de 2004. Y si Fraga no lograse la mayoría absoluta, debería meditar también Ferraz sobre la conveniencia de aliarse para integrar un gobierno con una formación, como el Bloque Nacionalista Galego, cuyo proyecto político parece dirigido a desbordar la Constitución y el actual Estatuto de Autonomía.

El puente entre Madrid y Barcelona
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 5 Octubre 2001

Pasqual Maragall, ese castigo que comparten Jordi Pujol y José Luis Rodríguez Zapatero, ha estado duro con el president de la Generalitat en el Debate de política general que vive el Parlament de Catalunya. Maragall, de quien se conoce mejor la procedencia que el destino, entiende que el veterano Pujol está «incapacitado» para seguir gobernando en razón de que su mayoría es fruto de un «pacto humillante» con el PP. El president y líder de Convergencia, a la defensiva, utilizó el Debate para pronunciar un largo discurso -la brevedad es siempre signo de fortaleza-, lleno de seny y de pasado, en el que afirmó que la Cataluña autonómica no quiere «un papel subalterno» en el ámbito del Estado. Tiene, en eso, razón el president. Cuando, en la pasada legislatura, Aznar le tuvo de «jefe de gabinete» todo fue mejor para los dos.

Coincide ese rifirrafe, en claro valor alegórico, con el último vuelo de un Boeing 727 en el servicio del Puente Aéreo de Iberia entre Madrid y Barcelona. Recuerdo el primer vuelo, en noviembre de 1974. Costaba el billete 1.960 pesetas frente a las 20.650 que cuesta hoy. Sirvió, realmente, para acercar a las dos primeras capitales españolas y a él le deben su carrera política muchos de los catalanes que hace un cuarto de siglo se incorporaron con éxito a la vida pública nacional y, en sentido contrario, a él le deben negocios y actividad en Cataluña muchos madrileños que descubrieron entonces que el mundo llega más allá de Buitrago y Alcalá de Henares.

El último 727 se va para el desguace y, en sutil coincidencia, las relaciones entre Madrid y Barcelona se complican. En mensaje dirigido a Xabier Arzalluz, con copia a Jordi Pujol, José María Aznar respondió a las críticas del PNV y CiU sobre el reparto de cargos, con exclusión nacionalista, que han hecho el PP y el PSOE, de la manita, en el CGPJ, en el Tribunal de Cuentas y en el Constitucional. Por esas coincidencias con las que suele ensañarse el destino, Maragall le da a Pujol con el anverso del PP en la cabeza y, simultáneamente, Aznar le sacude con el reverso.

España es una realidad compleja que configura una Nación difícil para su gobernación, imposible para el sosiego y pródiga para la desavenencia. Aznar lo entendió bien cuando, desde su insuficiente mayoría de 1996, supo ganarse, con la ayuda de quienes fueron sus primeros vicepresidentes, la apoyatura de Pujol y el respeto de Arzalluz; pero, en política, todo aliado que no es suficientemente alimentado pasa a adversario mordedor. No es la «charme» el principal atributo del inquilino de La Moncloa quien, entregado a los grandes asuntos que le reclaman por el mundo, tiene descuidadas las cercanías. Todo el mundo sabe que, en la actual legislatura catalana, Pujol puede gobernar gracias al PP, pero no es cosa de que Alberto Fernández Díaz saque pecho y, sin mayor utilidad que la retórica, se ponga a recordar, cuasi apocalípticamente, que «si la izquierda no gobierna en Cataluña es por la decisión del PP». Es como el amigo impertinente que nos recuerda lo bien que nos vinieron los mil duros que nos prestó en un apuro. En la política, más aún que en la vida real, es mejor -y más rentable- dar que recibir. Integrar que disociar.

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