AGLI

Recortes de Prensa     Martes 9 Octubre   2001
#Dinero que mata
Jaime CAMPMANY ABC 9 Octubre 2001

#En una gruta de Afganistán
Valentí Puig, escritor ABC 9 Octubre 2001

#Aznar: «El mayor riesgo que podemos correr es que los terroristas piensen que no serán castigados»
Alberto Rubio - Madrid.- La Razón 9 Octubre 2001

#El ajedrez de la inestabilidad
GUSTAVO DE ARISTEGUI El Mundo 9 Octubre 2001

#Que no haya terrorista seguro
Juan VAN-HALEN La Razón 9 Octubre 2001

#Un paso más
Breverías ABC 9 Octubre 2001

#Enrique Krauze: «Eta está bastante cerca del pensamiento de Ben Laden»
Juan Carlos Rodríguez - Madrid.- La Razón  9 Octubre 2001

#«La unidad de España es una idea progresista»
SERAFÍN LORENZO (A CORUÑA) La Voz 9 Octubre 2001

#Galicia, un modelo de convivencia entre dos lenguas
J. Arias Borque - Madrid.- La Razón 9 Octubre 2001

#Las mentiras de la Junta de Galicia
Nota del Editor 9 Octubre 2001


Dinero que mata
Por Jaime CAMPMANY ABC 9 Octubre 2001

Algo había que hacer para acabar con el terrorismo, ese cáncer de la paz, esa epidemia de la humanidad. Y tengo para mí que la medida más eficaz, y sin embargo la menos cruenta, que se puede tomar contra la plaga del terror organizado es el bloqueo financiero. Lo peor que se les puede hacer a los terroristas es dejarlos a dos velas, cegar sus fuentes de financiación, cortarles el grifo de los dineros. A los fanáticos del terror es mejor meterlos en el paraíso de los justos por la puerta de la pobreza que a cristazo limpio. Ese Osama bin Laden es peligroso porque es rico, y Bush ha hecho muy bien en buscarle, antes que nada, las cosquillas de la faltriquera. En cuanto se le cierren las cuentas y mucho más si se le acaba el negocio del opio, se acabó el terror.

Mucho más eficaz y mucho más legal que la «guerra sucia» y el «terrorismo de Estado» que utilizaron nuestros felipistas contra la banda etarra, habría sido quitarle las ubres de su economía. En vez de quedarse con el dinero de los fondos reservados con el pretexto de luchar contra los etarras, tendrían que haber dejado sin fondos a los etarras. Ya sé que esto no es fácil, y si ahora se vislumbra la posibilidad de utilizar ese arma contra el terrorismo internacional será gracias a un acuerdo de casi todas las naciones, y de un castigo, también financiero, a las que no entren en ese acuerdo. Pero no hay remedios fáciles para evitar el terror, y tal vez ese sea uno de los menos difíciles y por supuesto es el más limpio. Claro está que España no estaba en condiciones de aplicar sola ese remedio.

Pero tal vez se hizo poco o nada, y así seguimos, para impedir la financiación de los etarras por medio del llamado «impuesto revolucionario». El Estado permaneció impasible ante el hecho de que las empresas más ricas e importantes del País Vasco pagaban regularmente una contribución a los etarras y compraban así su seguridad ante la amenaza contra las personas y los bienes, según el sistema utilizado tradicionalmente por la mafia. Si se hiciera un catálogo de esas importantes empresas vascas, tendríamos la lista casi completa de los subvencionadores del terrorismo. De ahí y de los secuestros salían los dineros para pagar los campos de entrenamiento, las armas, los zulos y el sueldo de los «liberados», o sea, de los criminales a sueldo, de los mercenarios del terror.

Esos mercenarios del crimen han encontrado la manera de vivir tan ricamente. Matan tres o cuatro veces al año y a vivir el resto sin dar palo al agua, mirándose el ombligo, tocándose la punta de la barriga y jugando al mus o poniendo unos francos a la ruleta en el casino de Biarritz, donde se les podía encontrar fácilmente. Los empresarios vascos realizan así una suerte de suicidio colectivo, pues financian la actividad que les empobrece doblemente: por la sangría económica que sufren y por el empobrecimiento de una región que fue la más rica de toda España. Que yo sepa, nada eficaz se ha hecho para impedir el pago de ese siniestro impuesto. Ni una sola empresa fue castigada por ello, y siempre se ha entendido que era una manera comprensible de librarse de las amenazas etarras.

Ni siquiera podemos estar seguros de que la caja etarra no se nutriera también de dineros públicos, que llegaría a ella sabe Dios por qué ocultos rodeos y de qué misteriosos recovecos. El rastro de algunas subvenciones públicas está bien claro y no habría que investigar demasiado para encontrarlo, aunque hasta ahora nada se haya hecho para evitar esa fuente de financiación. El acuerdo internacional para impedir las facilidades de disposición de dinero por parte del terrorismo, de todos los terrorismos, debe facilitar el fin irremediable de la banda etarra.

En una gruta de Afganistán
Por Valentí Puig, escritor ABC 9 Octubre 2001

Nada nuevo hay para suponer que -desgraciadamente- la guerra no sea uno de los jinetes del apocalipsis, sobre todo si consideramos que el terror es una de las formas más siniestras de lo crudamente bélico. En los prolegómenos al ataque concertado contra la red de Osama bin Laden ha quedado bien claro que no se lucha contra los teléfonos móviles de las buenas gentes de Jordania sino contra las cimitarras del futuro bioterrorismo talibán. No es una represalia contra el Islam sino contra quienes exacerbaron el fundamentalismo musulmán en Argelia, asesinaron al presidente Sadat de Egipto, han engendrado el odio en Sudán o lanzaron un ataque «kamikaze» contra las torres gemelas del «Trade World Center». La guerra santa proclamada por Osama bin Laden desde una gruta afgana no es la causa redentora de las masas islámicas sometidas al feudalismo, a la desinformación y al fanatismo inducido por los poderes absolutistas. Por el contrario, la razón del diálogo entre Occidente y el Islam estriba en la progresiva equiparación de los ritmos históricos que han logrado la justa divisoria entre Iglesia y Estado. En el Islam de los moderados se respetan cada vez más los derechos del individuo frente al fatalismo de la guerra santa.

Desafortunadamente, cargarse de razón no va ser suficiente frente a las acechanzas del fundamentalismo violento, capaz de instrumentar inmensos delirios y de ofrecer un paraíso eterno a quienes matan por matar. En apariencia, la parafernalia de los arsenales de Occidente se asemeja a una prepotencia calculada y humillante y, sin embargo, en esa misma hegemonía tecnológica se cifra la medida de un equilibrio mundial que opera en defensa del concepto y la realidad de las sociedades abiertas. Aunque sea paradójico, el camino de la servidumbre se trunca gracias al trazado de los misiles americanos en el firmamento de Kabul.

En su celebrado estudio sobre las transformaciones de la guerra, Martin van Creveld anunció la sustitución de la guerra entre Estados -formulada por Clausewitz- por una guerra entre grupos religiosos o étnicos. La conflagración entre naciones-Estado consecuencia del tratado de Westfalia queda obsoleta por las confrontaciones de más allá de la postguerra fría. Entre las tesis del fin de la Historia y el choque de las civilizaciones asoma el potencial del megaterrorismo global auspiciado por odios sin control, orillados en las cunetas del progreso. Dice el profesor Van Creveld que en esa guerra contemporánea aparece el fantasma de la incompetencia -cuando no de la irrelevancia- militar. La guerra a gran escala, la guerra convencional, está en claro desuso, pero no se quiere decir que la guerra sea hoy una entelequia sino que comparece en su naturaleza más acusada y tribal, ya sea en el metro de Tokio o desde una gruta de Afganistán. Ahí no hay teléfono rojo, como cuando la exterminación recíproca contenía las fuerzas antagónicas de la guerra fría. Es un dato escalofriante que los llamados «conflictos de baja intensidad» hayan sido mucho más mortíferos que cualquier guerra desde 1945. El terrorismo global adquiere ahora el protagonismo que la paz perpetua de Kant hubiese negado en tiempos más propicios al despliegue de la Ilustración y no es casual que eso ocurra con el incentivo de un fundamentalismo islámico reclutado entre las masas alienadas por un despotismo que se enfrenta a los logros de la razón.

Si Martin van Creveld evoca el cuadro de «Las lanzas» para sugerir las posibilidades de unas reglas de la guerra que permitían la «belle capitulation», las ruinas de Manhattan son el indicio de otro tipo de encono bélico, sin cuartel ni prisioneros, centrado en la diana de la mortandad civil. Para Osama bin Laden, todos seríamos combatientes, a uno y otro lado, porque lo exigen la venganza y el resentimiento. Es así que desembocaríamos en el choque de civilizaciones y así se quiere desde una cueva afgana, con el fusil en una mano y una lectura maximalista del Corán en la otra. Otros terrorismos lo han postulado enarbolando a la vez el «kalanishkof» y las urnas.

La libertad es vulnerable a causa de la indiferencia, pero sobre todo a causa del terror. Ocurre entonces que la represalia legítima y ponderada resulta ser interpretada como el abuso de un megapoder unilateral que no hace sino resguardar las vidas y los derechos de quienes han optado por ser libres. Si una conquista de la humanidad pudiera ser la inutilidad de los enfrentamientos bélicos entre Estados, la alternativa es la exportación global de los conflictos de baja intensidad. Martin van Creveld lo define como la aparición de organizaciones basadas no en principios institucionales sino en lealtades carismáticas, en fidelidades fanáticas. Con notoria visión, su ensayo alude al «Viejo hombre de las montañas» por oposición a los gobiernos institucionalizados que regían la vida de las sociedades libres. De nuevo, aparece Bin Laden proclamando la guerra santa desde una cueva de Afganistán.

El líder nómada suplanta al estadista, la indiscriminación altera las pocas normas que el buen hacer había incluido en la conducta de la guerra. Hobbes se impone en progresión geométrica. El Estado se retrotrae a la absoluta prioridad de defender las vidas de sus gentes. Las especulaciones sobre la vieja caverna de Platón se transforman en la vesania de la agresión sin límites, carente de otro propósito que la extinción de lo vivo. Nadie está a salvo del regreso al estado de naturaleza. Nadie sabe cómo será la réplica de la organización de Bin Laden a la represalia occidental. Nadie conoce el coste de las nuevas equivalencias entre seguridad y libertad.

Lo que considerábamos como post-guerra fría ha durado una breve década, desde la caída del muro de Berlín hasta el 11 de septiembre del año 2001. Aunque no está escrito que eso vaya a ser el fin del fin de la Historia, lo cierto es que el «Cándido» de Voltaire vuelve a advertirnos que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Aquel terremoto de Lisboa que trastornó las conciencias ilustradas del siglo XVIII tiene su correspondencia en algo que procede no de los desórdenes de la naturaleza sino de los desvaríos de la conducta humana. La inocencia siempre resulta ser de breve duración, salvo que se prefiera sucumbir a la primera embestida.

Aznar: «El mayor riesgo que podemos correr es que los terroristas piensen que no serán castigados»
Alberto Rubio - Madrid.- La Razón 9 Octubre 2001

El presidente del Gobierno, José María Aznar, lanzó ayer un claro mensaje en defensa de las operaciones militares de EE UU en Afganistán al subrayar que «el mayor riesgo que podemos correr es que los terroristas piensen que no serán castigados, que podrán seguir actuando con total impunidad y que tienen campo libre para actuar». Aznar mostró su determinación de llevar esta lucha contra las bases terroristas «hasta el final y sin reservas».

Aznar restó importancia a los incidentes registrados ayer en la frontera de Melilla, donde la Policía fue atacada tras impedir la entrada en la ciudad a varios súbditos marroquíes que carecían de pasaporte. Cuando se le planteó si temía que se multiplicansen disturbios de este tipo a consecuencia del apoyo de España a las represalias norteamericanas, respondió escuetamente que «en el plano interior la situación es de tranquilidad completa y no se ha producido ninguna circunstancia digna de ser reseñada». Aznar insistió en que «se han adoptado todas las medidas necesarias desde el punto de vista de la seguridad de España», pero añadió que no se le pidiera que fuera más explícito sobre el alcance y detalles de esas medidas.

El presidente puso especial énfasis en subrayar que las acciones contra el terrorismo bajo el paraguas de la coalición internacional no van encaminadas en ningún caso hacia «musulmanes, árabes, religiones o culturas», sino contra «los terroristas y en el ejercicio del derecho a la legítima defensa». El presidente del Gobierno, durante una conferencia de Prensa con su homólogo vietnamita Phan Vam Khai, insistió en su apoyo a las decisiones adoptadas por el presidente norteamericano, George W. Bush, y dijo que «en este momento me siento muy cerca de los que están llevando a cabo esta lucha», al mismo tiempo que reiteró su ofrecimiento de enviar tropas para participar en los ataques.

Aznar admitió que, hasta el momento, España «no ha recibido ninguna petición» para aportar soldados. No obstante, rechazó la sugerencia de que ello le pudiera hacer sentirse como un aliado «de segunda categoría».

El ajedrez de la inestabilidad
GUSTAVO DE ARISTEGUI El Mundo 9 Octubre 2001

Muchas de las ideas que se expresan en estas últimas semanas corren el riesgo de quedar obsoletas a los pocos días e incluso horas.Otras, sin embargo, fueron expresadas hace ya muchos años y han sido trágicamente confirmadas. Lo primero puede haberle ocurrido a quienes dudaban de la culpabilidad de Osama bin Laden o de la legitimidad de las democracias para responder a las masacres del 11 de septiembre. Lo más importante que ocurrió el domingo fue, a mi juicio, la declaración grabada del jefe de Al Qaeda en un vídeo doméstico difundido por todas las televisiones del mundo. En el mismo hace una serie de afirmaciones y amenazas sobre las que conviene hacer una reflexión sosegada.

En primer lugar, Bin Laden admite de forma bastante clara ser el responsable máximo de los sucesos de Nueva York y Washington.Con ello, todos los escrúpulos de algunos analistas, y por qué no decirlo, de algún político, quedan desmentidos dejándoles en una posición un tanto desairada. Con esta confesión cobran fuerza las pruebas presentadas por Estados Unidos a sus aliados, calificadas en ese momento de irrefutables, como de hecho hemos podido comprobar ahora. En consecuencia, estamos ante un claro caso de legítima defensa individual y colectiva del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, así como de los supuestos contemplados por las resoluciones de su Consejo de Seguridad 1368 y 1373.

En segundo lugar, Osama bin Laden intenta erigirse en el gran intérprete del sagrado Corán dividiendo el mundo entre creyentes e infieles ignorando todas las enseñanzas de tolerancia y convivencia que ese mismo texto sagrado, así como el propio Profeta, enseñaron a los primeros creyentes del Islam sobre los pueblos monoteístas del Libro, es decir, judíos y cristianos. Resulta muy claro que los que se empeñan en presentar la lucha contra el terrorismo islamista internacional como una lucha de religiones o una cruzada, son los propios islamistas y no Occidente y sus aliados.

En tercer lugar, Bin Laden está jugando una peligrosísima partida de ajedrez de la inestabilidad, llamando a todos los musulmanes a unirse en su lucha contra Estados Unidos, Occidente y los estados árabes e islámicos moderados. Hoy por hoy, el islamismo radical, que es fruto de muchas circunstancias distintas, pero hijo intelectual de las escuelas unificadoras del Islam, entre las que cabe destacar las tesis de Hassan Al Tourabi, representa sólo entre el 15% y el 20% de los creyentes musulmanes.

Bin Laden, y sobre todo el maquiavélico estratega Ayman Zawahiri, sanguinario líder de la Yihad Islámica egipcia, saben que esta horrenda partida sólo podrán empatarla, que no ganarla, si consiguen dar un vuelco a esas cifras. Cuantos más musulmanes se unan a la causa del islamismo, mayor será el riesgo de confrontación entre religiones, que es exactamente lo que el islamismo internacional está buscando.

Todo esto subraya aún más la importancia de los esfuerzos políticos y diplomáticos desplegados por Estados Unidos, la Unión Europea y por España bilateralmente, para consolidar y garantizar la estabilidad y viabilidad de los gobiernos y regímenes árabes e islámicos aliados de nuestras democracias. Las manifestaciones violentas de Peshawar, las encuestas de opinión en algunos países moderados, así como el temor expresado en público y privado por alguno de sus dirigentes, deberían ser ya de por sí suficiente razón para que entendiésemos que esta lucha tiene un frente político y diplomático que es, por lo menos, tan importante, si no más, que el securitario, militar, financiero o de información e inteligencia.

En cuarto lugar, Bin Laden está intentando con insistencia socavar las bases del trono saudí con su afirmación de que «los vientos del cambio han llegado a la península Arábiga», que más que una advertencia o amenaza es una declaración clara de intenciones, puesto que él, mejor que nadie, sabe que en Arabia Saudí existe un terreno abonado para que se den brotes preocupantemente radicales de ortodoxia islámica que podrían acabar añadiendo adeptos al islamismo radical terrorista, si no se toman las medidas adecuadas.

Conocen igualmente la importancia estratégica que tiene para esta partida, el que los Santos Lugares del Islam (Meca y Medina) caigan en manos de un régimen islamista, lo que les daría, entre otras cosas, la posibilidad de convertirse en un referente de ortodoxia islámica, o la de jugar maliciosa y políticamente con un arma de incomparable eficacia en ese mundo, como lo son los cupos para realizar el Haajj (la peregrinación a La Meca, uno de los cinco pilares del Islam) que corresponden a cada país del mundo islámico.

En quinto lugar, en la estrategia islamista surge de nuevo con fuerza un tema recurrente como es el de la vinculación (linkage) entre el conflicto árabe-israelí y la causa palestina, como la perfecta excusa o cobertura para justificar sus acciones, filosofía (si es que la tienen) y atentados. Me ha parecido especialmente oportuna y atinada la declaración de Yasir Abed Rabbo, ministro de información de la Autoridad Nacional Palestina, diciendo que la causa palestina no puede ser esgrimida para justificar el asesinato de ningún inocente y que ellos deploran ese empeño en toda su extensión.

Esta declaración tiene una importancia de mucho más calado de lo que se ha alcanzado a ver. Si los sectores más sensatos y moderados de la política palestina empiezan a tratar de romper ese vínculo vicioso que ha unido su conflicto al de todas las barbaridades, atrocidades y atropellos cometidos en Oriente Medio, habremos dado un paso de gigante en la dirección correcta.

Dicho esto, no es menos cierto que porque los terroristas utilicen el conflicto árabe-israelí para justificar lo injustificable, las naciones democráticas del globo y muy especialmente quienes tenemos responsabilidades especiales o relaciones históricas y culturales con la región, debamos renunciar a resolver los mismos. Las causas de la inestabilidad e insatisfacción, así como de las desigualdades, la pobreza y las injusticias son muchas, y las debemos abordar porque es una obligación moral, y no porque algunos terroristas se empeñen en utilizarlas como explicación de sus actos o como chantaje.

Por otra parte, es conocido que todos los dictadores o grupos terroristas que han empleado estas excusas carecen del mínimo interés en la solución de los problemas de fondo del mundo o en el bienestar de las personas, que como a los palestinos, dicen proteger. Bin Laden y sus cómplices habrían sido de mucha más utilidad para la causa palestina invirtiendo las ingentes cantidades de dinero que recaudan para el terrorismo en el pueblo palestino, en sus necesidades sanitarias, de obras públicas, o de consolidación institucional, y no para comprar fusiles, bombas o precursores químicos.

Se ha comprobado históricamente que cada vez que se ha producido un desbloqueo o avance notable en el proceso de paz, los radicales de uno y otro signo se han apresurado a boicotearlo para hacerlo descarrilar de forma permanente. Los ejemplos son innumerables, baste citar como antecedente el primer atentado contra las Torres Gemelas en febrero del 93, apenas unos meses antes de alcanzarse los históricos acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos.

Los escenarios son complejos e inciertos. Sin embargo, tenemos que estar preparados para que la reacción terrorista no nos amedrente, no nos haga dar un paso atrás en esta terrible lucha que el terrorismo no puede ganar. Y no la puede ganar porque nos jugamos la libertad y la democracia, porque somos demasiados demócratas y demasiadas democracias como para que nos puedan aplastar a todos o subyugarlas todas.

Gustavo de Arístegui es diplomático y diputado del PP por Guipúzcoa.

Que no haya terrorista seguro
Juan VAN-HALEN La Razón 9 Octubre 2001

La respuesta a los execrables atentados del día 11, tan anunciada, precedida por una amplia campaña diplomática para buscar aliados y, sobre todo, comprensión en los países árabes e islámicos, está en su primera fase. Es previsible una más o menos inmediata acción terrestre, cuya punta de lanza serían unidades de las fuerzas especiales norteamericanas y británicas. Vivimos ya la que Bush llamó en su día «guerra visible», pero la acción «que durará años» supone, además, una «guerra invisible» cuyo objetivo es el terrorismo internacional. La guerra convencional a la que nos tenía dolorosamente acostumbrados la Historia desemboca en formas nuevas, adaptadas al nuevo enemigo, que no tiene rostro definido, ni fronteras geográficas, que golpea sin reglas ni límites militares. Cuando Ben Laden anunció que no habrá ya nunca seguridad para EE UU estaba anunciando que no habrá ya nunca seguridad para el terrorismo.

No han sido pocos los errores de muchos países sobre el tratamiento del terrorismo. Pero no hay «terrorismo amigo», ni «terrorismo neutral». Un día Ben Laden fue un intermediario para las acciones de Washington en Afganistán invadido por las tropas rusas. Pero, al cabo, era el mismo Ben Laden, que entonces pescaba a su favor en río revuelto. El terrorismo es igual siempre cualquiera que sea su pretexto, su ámbito geográfico de acción, su capacidad de destrucción. En agosto de 1971, un dirigente del IRA al que entrevisté en Londonderry me dijo que había conocido a «unos chicos de ETA en unos campos de entrenamiento»; lo publiqué. Vivíamos los primeros años del fenómeno terrorista en España. Tres decenios después aún parte de la gran prensa estadounidense, y también la británica, consideran a menudo a los etarras no como terroristas sino como luchadores independentistas.

La sangrienta tela de araña internacional del terrorismo se va haciendo cada vez más clara. Se trata de una macabra sociedad de ayudas mutuas. Las conexiones son obvias- De esta guerra televisada y de la guerra que no veremos, debe salir una certidumbre tranquilizadora para la sociedad: que no haya en el mundo un terrorista que se sienta seguro. Y, desde luego, a la par que la sociedad civilizada hace la guerra al ámbito del terrorismo islámico, hay que ir a las raíces que alimentan el fanatismo, tan bien manipuladas por sus líderes. EE UU debe resolver la situación de los palestinos. Cerrar esa vieja caja de los truenos, abierta ya tantos años en Palestina, sería un paso decisivo para llevar la tranquilidad más allá del aparente límite geográfico del problema. La Historia, con sus muchas heridas, lo demanda.

Un paso más
Breverías ABC 9 Octubre 2001

El alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, ha dado un paso más en la larga caminata que parece haber emprendido hacia el nacionalismo doctrinal, al sugerir la conveniencia de relevar a la actual dirección de los socialistas vascos. Era de esperar que, más pronto que tarde, Elorza decidiera dar este paso ante lo incómoda que para él resultaba la resuelta apuesta de su partido, y de Redondo Terreros, por la Constitución y el Estatuto. La idea del alcalde donostiarra parece encaminada a romper el compromiso alcanzado por el PP y PSOE en el Acuerdo por las Libertades. La «tercera vía» que dice proponer discurre, seguramente, mucho más cerca de la orilla que linda con Sabin Etxea, donde le espera, paciente, Arzalluz.

Enrique Krauze: «Eta está bastante cerca del pensamiento de Ben Laden»
«Letras Libres» reúne a Vargas Llosa, Juaristi y Todorov en un debate sobre el fanatismo
La mesa redonda en la Casa de América sobre «Los fanatismos de la identidad», organizada por la revista mexicana «Letras libres» para presentar su edición española, derivó ayer en un intenso debate sobre la nueva guerra en Afganistán y el atentado del 11 de septiembre. El director de la revista mexicana, el ensayista Enrique Krauze (Ciudad de méxico, 1947), explicó que la nueva guerra pondrá a prueba a los intelectuales: «Los intelectuales no debemos escondernos. Tenemos que ayudar a iluminar este momento oscuro».
Juan Carlos Rodríguez - Madrid.- La Razón  9 Octubre 2001

El fanatismo de la identidad tiene su hito teñido de sangre y humo: el 11 de septiembre. Ahora en lo que parece una nueva y desconocida guerra mundial los intelectuales tienen su particular prueba de fuego: «Los intelectuales no debemos escondernos, sino que tenemos que ayudar a iluminar este momento oscuro y ruidoso. Lo que está en juego son los valores de la cultura de occidente», dijo ayer Enrique Krauze. «Sabíamos que los conflictos de identidad iban a ser los temas centrales de este milenio -añade-, pero no nos esperábamos que el fanatismo iba a llegar tan lejos. Vivimos una revuelta en la historia: la globalización de la guerra santa».

Bombardeo
Krauze juntó ayer en Madrid a Mario Vargas Llosa, Jon Juaristi, Hugh Thomas, Leon Weiseltier, Tzvetan Todorov y Adam Michnik en la presentación de la edición española de la revista mexicana «Letras libres». Los intelectuales por primera vez ante el bombardeo de Afganistán: «Los Estados Unidos pasarán por un estado de conmoción que cambiará su vida desde sus cimientos: en su cultura, su mentalidad y su régimen de libertades. Sólo la guerra civil de 1861 se puede equiparar a esa transformación que está viviendo EE UU», opinó Krauze, que vivió en Nueva York el atentado contra las Torres Gemelas.

   «Va a ver cambios muy radicales en la vida cotidiana -manifestó Vargas Llosa-, aunque todavía no sabemos cuáles van a ser, porque son imprevisibles». Pese a ese camino desconocido, el académico se atrevió a augurar un «profundo temor» y «una muy negativa consecuencia» del 11 de septiembre: «Ya se está poniendo coto a ese movimiento absolutamente fantástico que era la supresión de las fronteras». Y ello por lo que Adam Micnick calificó, también dramáticamente, como «el resugir de los fantasmas del rechazo, de la satanización entre comunidades», como ya ocurre en EE UU con los musulmanes. «Si eso continúa -apuntó Vargas Llosa- y los demágogos lo aprovechan va a ver un gran retroceso de las libertades. Los intromentos de control y seguridad pueden frenar la libertad de expresión, la libertad de movimiento y otras muchas libertades individuales».

   Jon Juaristi, director del Instituto Cervantes, relató su lectura -encontrada con la de Vargas Llosa- del atentado contra las Torres Gemelas: «Es una lección trágica que confirma que la libertad pública sólo la puede garantizar el Estado de Derecho y que el terrorismo se distingue por el odio sin límites al Estado de Derecho».

   «En cierto modo -según Krauze- esto representa la exacerbación de la identidad, hasta el extremo de que hay que eliminar al otro. Ahí, por ejemplo, ETA está muy cercana al pensamiento de Ben Laden. Cuando se exige la identidad única estamos ante el racismo y el fanatismo».

   Y es que Vargas Llosa cree que los nacionalismos fanáticos y totalizadores son la máxima expresión de los fanatismos de la identidad: «El nacionalismo sigue creciendo y me temo que lo hará cada vez más en el futuro». Ahí, Juaristi volvió a denunciar el «bucle melancólico» del nacionalismo vasco y reprochó que se justifique la guerra en «nombre de Dios».

El viaje sin destino de la identidad
«El Estado multiforme es incontestable. La cultura fanática es una cultura muerta». La certeza del estructuralista Tzvetan Todorov encerraba todo posible el rechazo a «los fanatismos de la identidad». Más apologético fue Vargas Llosa, que reclamó la «identidad individual» como la única posible: «Toda identidad colectiva es de por sí violenta, porque encierra una oposición a otra». Sólo admitió una excepción: «Sólo es defendible en el caso de las comunidades, como la de los indios amazónicos del Perú, en los que pertenecer a una identidad colectiva mágico-religiosa y tribal es la única posibilidad de sobrevivir». Aunque advirtió: «Esta excepción podría manipularse como en el caso vasco». Jon Juaristi hubo ya dedicado toda su intervención a la denuncia del «inventado» nacionalismo vasco, que «nada tiene que ver, como se disfraza, con el tradicionalismo». Y añadió: «Todo nacionalismo terrorista es profundamente antidemocrático».

«La unidad de España es una idea progresista»
SERAFÍN LORENZO (A CORUÑA) La Voz 9 Octubre 2001

José Luis Rodríguez Zapatero no dará cobertura a fuerzas con «tentaciones de huir por el camino de la secesión»
Prudente y didáctico, José Luis Rodríguez Zapatero defiende sin complejos la cohesión de España como idea progresista. El secretario general del PSOE, que ayer participó en los encuentros de La Voz, está dispuesto a que su impronta en el socialismo post-González cuaje por medio de un discurso sólido federalista pero fuertemente enraizado en el concepto de unidad de España.

Cuatro años atrás, Felipe González se colaba en la campaña de las autonómicas para mofarse de la edad de Fraga y anunciar entre líneas su despedida. Era el fin de una etapa histórica del socialismo y el principio de un período de zozobra en la casa de la rosa, obsesionada con encontrar un relevo limpio de las corruptelas que minaron el crédito del PSOE y con carisma para reenganchar al electorado.
Ahora, dos candidatos quemados después, Rodríguez Zapatero afronta en Galicia la primera reválida para calibrar las opciones reales del efecto que se le atribuye a su perfil moderado de teórico del cambio tranquilo. El líder socialista profundizó ayer -en un encuentro celebrado en la redacción central de La Voz- en ese discurso, haciendo gala de ese didactismo propio de su condición de profesor universitario y que tanto encomienda a la hora de transmitir su mensaje de alternativa a la derecha.
Una apuesta de corte federalista que Zapatero vertebra sobre el principio de unidad del Estado. Cohesión que reivindica incluso como progresista, «porque el Estado es el que garantiza los derechos y libertades». Abunda que el Estado perfecto «sería aquel en el que las comunidades tuvieran la capacidad de relacionarse con todas las culturas de España».

Sin noticias del pacto
Atrincherado tras ese almibarado estilo conciliador y huérfano de estridencias, Zapatero se cierra en banda a la pregunta del millón. Ante un eventual pacto con el Bloque, el leonés, que presume sin pausa de entender a los gallegos, titubea en la escalera. Aunque oficia más de indeciso que de opaco.
Sin cerrar la puerta del todo -«Respeto a Beiras y la opción política que representa»-, deja pistas más que significativas. «No doy ni daré cobertura a cualquier posición que tenga tentaciones de huir por el camino de la secesión o contraria a lo que representa el espíritu democrático», asevera.

«El castellano es el mejor instrumento»
Zapatero aboga por una concepción universal de la cultura, en la que apunta al idioma castellano como el «mejor instrumento para pensar en el mundo», dentro de un proceso de globalización que entiende imparable.
En este sentido, sostiene que el gallego, como el catalán o el euskera, es enriquecedor. «Sólo hay un límite, que no tenga ni vocación excluyente ni competitiva», previene. El político leonés concluye que, dentro de la idea «joven y moderna» de unidad de España, predominará un gran idioma común y, después, un «respeto enorme» a las lenguas de las comunidades históricas.

Educación y nacionalismo radical
Alerta Zapatero de que nacionalismo radical y educación son elementos «peligrosos cuando cabalgan juntos». Esta idea remite, de nuevo, a la visión integradora que reclama respecto a la política del Estado. «Para ser un gran gallego, hay que ser un gran español; y para ser un gran español hay que ser un gran gallego en Galicia», argumenta. El socialista deja un recado en el contestador de las fuerzas nacionalistas sobre la determinación del PSOE en ese mensaje integrador: «Si algunos piensan que puede ser de otra forma, no lo compartimos».

«A los políticos les falta humildad a chorros»
El talante de moderación compulsiva que encarna Zapatero no parece reñido con la reivindicación de sí mismo como representante de una nueva forma de hacer política. La esperanza blanca del socialismo alardea de un estilo diferente, que también le reconoce a Pérez Touriño: «Sólo le pido que siga siendo como es».
De acuerdo con ese remozado manual del líder alternativo del que Zapatero interpreta hasta las comas, a los políticos les hacen falta «chorros de humildad». Y, como se trata de dar ejemplo, Zapatero barre para casa y señala al candidato del PSdeG: «Touriño no se va a pasar la campaña diciendo que él jugo un papel importante en la realización de las autovías gallegas». Por contra, recrimina al PP que trate de apuntarse el tanto con fines electoralistas. «La derecha en esto no tiene pudor», reprocha.

Las promesas, se cumplen
Zapatero desacredita la promesa de Manuel Fraga sobre el empleo para jóvenes sin experiencia, y recuerda, como ya lo hizo Touriño, que el candidato conservador ya prometió hace cuatro años una pensión para las amas de casa que, denuncia, no ha cumplido.
El líder socialista ensalza las virtudes de los modelos de alternancia en el poder.

Galicia, un modelo de convivencia entre dos lenguas
La mayoría de la población habla y escribe castellano y gallego
La Xunta de Galicia ha creado durante los últimos años un modelo lingüístico exportable al resto de España, donde la convivencia entre el gallego y el castellano es algo totalmente natural y donde sus habitantes utilizan el idioma que prefieren o se adapte más a la situación contextual que están viviendo en ese momento sin las presiones políticas o administrativas que existen en otras comunidades autónomas bilingües.
J. Arias Borque - Madrid.- La Razón 9 Octubre 2001

Galicia se ha configurado a lo largo de los últimos años como la comunidad autónoma española donde se ha desarrollado de una forma más equilibrada el proceso de bilingüismo, alejándose de la diglosia que desde otras Comunidades Autónomas de gobiernos nacionalistas se ha intentado y se intenta impulsar.
Los niveles de conocimiento de ambos idiomas son ciertamente exitosos. Según datos estadísticos elaborados por la Xunta de Galicia, en las siete grandes ciudades gallegas, entienden el gallego el 94,8 por ciento de la población y prácticamente el 100 por cien el castellano, y a su vez, sabe hablar el gallego el 80 por ciento, rozando el conocimiento del castellano nuevamente el cien por cien.

Debido al amplio conocimiento del castellano que hay en toda la comunidad, es importante observar los datos sobre el conocimiento del idioma gallego.

Entienden el gallego, el 95,2 por ciento de la población de La Coruña, el 93,6 por ciento de los ciudadanos de El Ferrol, en Lugo el 95,4 por ciento, en Orense el 98,1 por ciento, en Pontevedra el 95,9 por ciento, en Santiago de Compostela el 97,5 por ciento y en Vigo el 91,1 por ciento.

Saben hablar el gallego en La coruña el 76,7 por ciento de la población, en El Ferrol el 68,7 por ciento, en Lugo el 95,4 por ciento, en Orense el 98,1 por ciento, en Pontevedra el 76,3 por cierto, en Santiago de Compostela el 85,3 por ciento y en Vigo el 69,2 por ciento.

Saben leerlo, el 68,1 por ciento de la población de La Coruña, el 48,5 por ciento en El Ferrol, el 53,3 por ciento en Lugo, el 42,2 por ciento en Orense, 51,5 por ciento, el 61,7 por ciento en Santiago de Compostela y el 53,1 por ciento en Vigo.

Y por último, saben escribirlo, el 35,4 por ciento de la población de La coruña, el 25,5 por ciento en El Ferrol, el 31 por ciento en Lugo, el 21 por ciento en Orense, el 29,9 por ciento en Pontevedra, el 36,6 por ciento en Santiago y el 31,1 por ciento en Vigo.

Estos datos reflejan que las autoridades gallegas intentan que este idioma alcance un nivel de conocimiento similar al que actualmente existe del castellano.

Normalización lingüística
Para llevar a cabo este objetivo, los sucesivos gobiernos autonómicos potenciaron el conocimiento de la lengua gallega para conseguir que desde niños, los gallegos pudiesen alcanzar un conocimiento pleno de los dos idiomas.

Actualmente la mayor parte de los centros educativos de Galicia consideran que su plantilla de profesorado está capacitada para impartir la enseñanza en gallego. 1151 centros consideran que el porcentaje de profesorado capacitado para impartir las clases en gallego se sitúa en el 90 por ciento o más; 230 centros consideran este porcentaje en un 75 por ciento o más. En cuanto a la utilización de la lengua gallega en la docencia, 1610 centros, es decir el 93,28 por ciento responde que imparten en gallego las materias mínimas reglamentadas en los Decretos que regulan el uso del gallego en la enseñanza y en la administración educativa; y únicamente existen 66 centros, el 3,82 por ciento que no imparten en gallego las materias mínimas reglamentadas.

Esto demuestra que los centros educativos tienen las condiciones apropiadas para fomentar un bilingüismo que es igualitario para todos los alumnos y que no les separa en diferentes modelos educativos como hacen otras comunidades.

Igualdad entre lenguas
Los diferentes estudios realizados por el Centro de Investigaciones Sociológicas demuestran que el contacto de las dos lenguas no crea desigualdades en las relaciones personales. Así, ante la pregunta «¿Prefiere relacionarse con personas que hablen la lengua vernácula o con personas que hablen castellano?» En Galicia un 81 por ciento no cree que exista ningún inconveniente en que su interlocutor no domine el idioma de la tierra, lo que demuestra lo acertado del modelo bilingüe establecido.

En lo concerniente al lugar en que aprendieron el idioma, casi todos los encuestados han aprendido el idioma en los centros escolares, aunque también el ámbito familiar es muy importante, pues en Galicia, entre las personas adultas, se utiliza principalmente la lengua vernácula como lengua de expresión (60.5%). De ahí la importancia de los programas de fomento del gallego en el ámbito escolar, familiar e institucional, siendo en éste último donde la administración autonómica está haciendo los mayores esfuerzos.

Estadísticas europeas
Euromosaic, que es un estudio llevado a cabo por la Comisión europea, reconoce en relación al gallego que el nivel alcanzado gracias al proceso de normalización efectuado le confieren la condición de lengua mayoritaria en su territorio natural. En este estudio, en el que se comparan siete parámetros de 48 lenguas «menos utilizadas» de la Unión, sitúa el gallego en el puesto número cinco, únicamente por detrás de tres lenguas estatales: el luxemburgués, el alemán en Nueva Bélgica y en Italia (donde es lengua extraterritorial), y el catalán en Cataluña; pero por delante de lenguas de Estado como el irlandés, por delante de lenguas de Estado en otros territorios (alemán en Dinamarca o en la antigua Bélgica, francés en Italia, holandés en Francia) y, por supuesto, por delante del vasco, del catalán en Valencia y Baleares, del ladino, occitano, galés, frisón y así seguido hasta 48.

Estos datos demuestran claramente una situación favorable a un bilingüismo social equilibrado.
La Administración Educativa de Galicia siempre ha pretendido crear una convivencia fructífera en la que los hablantes de las dos lenguas enriquezcan su competencia lingüística . En ocasiones, las personas adultas suelen tener dificultades para adquirir con plenitud una nueva lengua. Por eso muchas piensan, sobre todo si son monolíngües, que esas dificultades se dan también, incluso ampliadas, entre los demás y, sobre todo, entre el alumnado más joven.

Pero todas las experiencias indican el camino contrario: los niños y las niñas aprenden dos lenguas distintas con la misma facilidad que si aprendiesen una sola. Profundizando más, los niños y las niñas no solo pueden aprender con toda naturalidad dos lenguas, puesto que los aprendizajes lingüísticos que incorporan a una de ellas los transfieren de una manera automática a la otra, siendo éste el punto de partida que toma la Xunta gallega a la hora de potenciar el uso del gallego.

Los porcentajes de uso lingüístico son bastante aproximados
Los diferentes estudios llevados a cabo por la Secretaría de Política Lingüística de la Xunta de Galicia demuestran que el uso de ambas lenguas es bastante aproximado.

Entre los jóvenes de 16 a 25 años, el 17,7 por ciento emplea únicamente el español, el 35,7 por ciento usa más el castellano que el gallego, el 23 por ciento habla más en gallego y el 23,5 por ciento usa habitualmente únicamente el gallego.

Entre la población que abarca de los 26 a los 40 años, el 12,9 por ciento utiliza habitualmente sólo el español, el 24,8 por ciento emplea más el castellano que el gallego, el 32,2 por ciento usa más el gallego que el castellano y el 30,2 por ciento emplea únicamente el gallego. En el tramo de edad comprendido entre los 41 y los 65 años, el 7,5 por ciento emplea únicamente el castellano, el 15,2 por ciento usa habitualmente más el castellano que el gallego, el 33,8 por ciento utiliza más el gallego que el castellano y el 43,5 por ciento emplea siempre el gallego.

Entre los habitantes de más de 65 años, el 5,8 por ciento emplea únicamente el castellano, el 9,5 por ciento utiliza más el castellano que el gallego, el 25, 8 por ciento usa habitualmente más el gallego que el español, mientras el 58,9 por ciento utiliza únicamente el gallego. Aunque entre la población de mayor edad es mayor el número de personas que utilizan más el gallego o únicamente el gallego; las estadísticas de la población más joven, que iría desde los 16 a los 40 años muestras unos porcentajes muy similares, que demuestran que la política lingüística llevada a cabo desde los diferentes gobiernos de la Xunta es la apropiada, habiendo conseguido una convivencia ejemplar entre ambos idiomas y la utilización indistinta de ellos por parte la población de esta comunidad autónoma.

Las mentiras de la Junta de Galicia
Nota del Editor 9 Octubre 2001

Nuestra existencia es una demostración de que el modelo de convivencia entre las lenguas es una falsedad. Que el periódico La Razón admita este panfleto de la Junta de Galicia, es un insulto a la ética. Desde Madrid, a muchos cortos de miras o de largas faltriqueras, los idiomas regionales les parece un asunto romántico, nada más lejos de la realidad: con el tiempo y las políticas anticonstitucionales de la Junta, el problema se agrava y será demasiado tarde para corregirlo.

El otro día, con motivo de tener que cumplir un trámite administrativo obligatorio, tuve que rellenar un formulario, por cierto,  disponible únicamente en gallego, sobre el tema, y reconozco que tuve que hacer un pequeño esfuerzo de valentía para responder honestamente a las preguntas, pues resulta azaroso tener que hacerlo delante de un funcionario cuyo valor determinante es el uso del gallego, por lo que los datos de la encuesta, además de estar viciados por el tipo de preguntas, están condicionados por la falta de libertad en las respuestas.

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