AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 22 Octubre   2001
#Hemos ganado (los abstencioninstas) y Galicia y España siguen perdiendo
Nota del Editor 22 Octubre 2001

#A. puede, Z. quiere
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 22 Octubre 2001

#Sobre autodeterminación
FERNANDO SAVATER El Correo 22 Octubre 2001

#Vázquez lamenta falta de intimidad al votar
El Mundo 22 Octubre 2001

#Derrota de la Declaración de Barcelona
Enrique de Diego Libertad Digital 22 Octubre 2001

#Galicia vertebrada
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA, Catedrático de la Universidad de La Coruña ABC 22 Octubre 2001

#Éxito del PP, aviso al PSOE
Editorial La Razón 22 Octubre 2001

#Fraga arrasa y se estanca la izquierda
Editorial ABC 22 Octubre 2001

#Fraga esquivó los colmillos del BNG
Lorenzo CONTRERAS La Razón 22 Octubre 2001

#Con las botas puestas
Editorial El País 22 Octubre 2001

#BNG, fuera caretas
José Luis GONZÁLEZ-BESADA ABC 22 Octubre 2001

#Paradojas
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 22 Octubre 2001

#Encapuchados lanzan ‘cócteles’ contra cinco sucursales bancarias en Bilbao
BILBAO EL CORREO 22 Octubre 2001

 

Hemos ganado (los abstencioninstas) y Galicia y España siguen perdiendo
Nota del Editor 22 Octubre 2001

Desde estas páginas defendíamos la abstención, a falta de una alternativa seria para otorgarle mi voto. Si estuviera en las provincias vascongadas, votaría a los valientes ciudadanos que militan en el PP(bueno) o en el PSOE (bueno); aquí en Galicia, tenemos el PP (malo) y PSOE (malo), así que ruego tengan la amabilidad de devolverme todo el dinero que me han retenido en impuestos directos, indirectos y circunstanciales, pues no ha sido utilizado en temas fundamentales: infraestructuras, investigación y desarrollo, educación, sanidad, justicia, seguridad ciudadana, defensa de los derechos civiles. Por suerte, con el despilfarro que hacen controlando los medios y la propaganda electoral, tampoco consiguen lavarme el cerebro porque no utilizan el español.

El PP de Galicia es el causante de que esta página exista, es nacionalista y excluyente con los que hablamos español, y emplea todos los recursos públicos para mantenerse con el poder, no para hacerlos trabajar para todos los españoles.

En realidad, la pregunta que hay que hacer, no tiene que ir dirigida a los ciudadanos sino a los políticos: ?No tiene Vd. vergüenza de ser político en estas condiciones de la España del 2001". Y en la pregunta ya está implícito el problema: ser político, cuando debería preguntarse por estar en política, como una etapa de dedicación no remunerada al servicio de la sociedad. Mientras la política sea el mecanismo mediante el cual se aplica todo lo que se puede a perdurarse en el control del poder y de los mecanismos del estado, y no sea un ejercicio de voluntariado para mejorar el estado y su servicio a la ciudadanía, esto no es una situación racional ni ética, los ciudadanos estamos secuestrados, los políticos aplican todas las tretas para que no podamos hacer, decir, opinar ni elegir.

En 1997 habia en Galicia 2.333.064 electores, ayer 2.298.857, es decir, que somos 34.207 electores menos; han votado 1.476.071 electores, por tanto no hemos votado 822.786, es decir 76,842 electores más que el partido más votado, y todo sin dedicar ni utilizar recurso público alguno, toda una victoria que avergüenza a los que se dedican a la política, no para estar sino para ser.

Los electores, no queremos que nos insulten los políticos: el sistema que se han dotado, incluída la parte de la Constitución que a veces cumplen, es un atropello al sentido común, no nos dejar decidir nada, sólo se acuerdan de nosotros en todas nuestras transacciones y de todas nuestras pertenencias para quitarnos un pedazo siempre que les da la gana, especialmente a final de mes y permanentemente con los demás impuestos, y sólo de cuando en cuando, nos permiten depositar una papeleta, irretractable durante cuatro largos años y sin mecanismo alguno para reclamar, para que elijamos entre unas opciones que provocan vómitos; es un insulto, y encima nosotros pagamos la orquesta y el festín.

P.D: Alguien se preguntará que es eso de los impuestos circunstanciales, pues sólo un ejemplo: si el estado recauda un montón de miles de millones de pesetas o más bajito en euros en concepto de licencias de uso del espacio radioeléctrico (o sea eso de los teléfonos móviles o celulares según los expertos), que los accionistasde anticipan, de donde cree que saldrán finalmente, sino de los paganos de siempre, los ciudadanos.

A. puede, Z. quiere
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 22 Octubre 2001

Galicia se ha convertido en la gran coartada de los dos grandes partidos españoles para eludir sus tareas más urgentes, incluidas las de orden moral. Ahora ya no hay excusa y después de la digestión de los resultados, que a veces es más dura que los resultados mismos véase el caso de las elecciones vascas Aznar y Zapatero tienen poco más de dos meses para decidir qué hacen con su proyecto político, en el caso de que los dos lo tengan. Pero cuando se llega al máximo nivel de poder, el no hacer nada es también hacer algo, a veces demasiado.

Aznar tiene hasta Navidades para hacer el profundo cambio que su Gobierno necesita antes de embarcarse en el Congreso del Partido y el semestre de Presidencia europea. Pero los presidentes de Gobierno suelen considerar que cambiar a un ministro equivale a confesar una afección venérea, algo entre el pecado y el bochorno.Y es que, digan lo que digan, nunca se contempla el error como una de las posibilidades normales de la acción de Gobierno. Serán los periodistas malignos, la oposición o los periodistas malignos de la oposición, pero todo ministro, no digamos ministra, como nombrado por el presidente es bueno. Hasta el día en que lo echa y deja no ya de ser sino de haber sido. Puede, pues, Aznar rehacer el Gobierno que debería llegar al final de la legislatura. Pero ¿quiere? La solución política del caso Gescartera pasaría por un cambio del equipo económico, que carece del prestigio y la autoridad necesarios para encarar dos años muy difíciles, como son los que le esperan a la economía española. Si el desplante de Rato rompiendo los acuerdos con el PSOE no hubiera tenido tanto éxito, podríamos pensar que los ministros económicos resultan demasiado onerosos para el proyecto continuista de Aznar y que los ministros sanitarios están demasiado contaminados. Si Aznar sigue en política pero no se presenta en 2004, la única forma de salvar su figura es cortar ahora por lo sano, que además tiene muy mal aspecto. A. puede, pero ¿quiere?

Distinto es el caso de Zapatero, que sin duda quiere afirmar su proyecto político propio y de partido en este año político que empieza tras las gallegas y termina a orillas de las municipales.El problema esencial de Z. es la definición nacional del PSOE: su política de alianzas autonómicas y, sobre todo, la voluntad de cambiar la Constitución para lograr el gran frente de «todos y todo contra el PP», que aboliría el Estado de las Autonomías para ensayar asimetrías más o menos federales, como quieren Maragall y Cebrián, Arzalluz y González. Zapatero quiere otra cosa: quiere tener un perfil de gobernante español, no prescindir del «acierto de España». Z. quiere, pero, ¿puede?

Sobre autodeterminación
FERNANDO SAVATER El Correo 22 Octubre 2001

Hay otras cosas más terribles, pero lo más fatigoso sin duda de nuestro interminable ‘contencioso’ vasco es la repetición indefinida de los mismos temas y los mismos dogmas, día tras día, mes tras mes y año tras año. Las argumentaciones parecen hacerse en el vacío; las preguntas ya respondidas vuelven a plantearse al día siguiente, impertérritas; los mitos más nítidamente denunciados siguen gozando de la envidiable buena salud de las verdades reveladas; las falacias rocambolescas pueden ser destripadas cada mañana sin por ello dejar de retornar saltarinas cada tarde, como los bolos derribados que vuelven a ser una y otra vez enderezados para que siga el juego. ¡Y luego hablan de diálogo! Para animarse a dialogar, parece imprescindible por lo menos constatar algún efecto persuasivo y duradero de los razonamientos; pero esta condición necesaria falta entre nosotros.

Sería estimulante que cuando se argumenta contra un planteamiento, quien lo sostiene refutase dichas objeciones o lo modificara un poco para evitarlas, demostrando así como mínimo que las ha escuchado y las entiende. Pero nada: todo se repite, idéntica y machaconamente, como si el adversario fuera duro de oído y sus razones se debiesen a la sordera. Y lo peor es que al final el desatendido acaba por hacerse un lío y termina asumiendo en su propio discurso lo que pretendía rechazar, favoreciendo la eternidad del malentendido. Como dice el refrán, aquí «el que la sigue, la mata». O, en el caso de ETA, el que la sigue, sigue matando. Nietzsche, que habló del eterno retorno de lo mismo, debería ser proclamado nuestro ‘txapeldun’.

Sea, por ejemplo, la aseveración de que es preciso reconocer que en el País Vasco hay un conflicto político. En vano os molestaréis en replicar que ya lo sabéis, que nada más natural que los conflictos políticos en las sociedades democráticas; que no sólo hay un conflicto, sino muchos; que para plantear tales conflictos se inventaron los parlamentos; que si el conflicto es ‘político’ y no ‘militar’, no puede ni debe recomendar su urgencia como solución al terrorismo; que el Estatuto y otras leyes han pretendido precisamente dar cauce democrático a lo político del conflicto nacionalista sin ceder a la intimidación de la violencia; que el conflicto militar del terrorismo obnubila y pervierte la posterior evolución política del conflicto, convirtiéndola en pago inaceptable de un chantaje; que la disconformidad relativa de una parte de la población no legitima la amenaza absoluta al resto; que la vida en democracia está hecha de discrepancias asumidas civilizada y polémicamente aunque el acuerdo nunca sea perfecto, etcétera. Tiempo perdido. Hoy, mañana, siempre, tras cada muerto y cada explosión, tendremos que volver a oír que hay que reconocer la existencia de un conflicto político. Y los que han pegado el tiro o puesto la bomba se dirán, bajo su capucha: «¿Lo ves? Lo que yo te decía, que es que no se enteran...».

Lo que ocurre con el derecho de autodeterminación es todavía peor. Esta cuestión vaporosa arrastra disparates tanto entre los que lo propugnan como indudable como entre los que lo niegan como indeseable. Pero, vamos a ver, ¿cómo puede negar nadie en sus cabales el derecho de autodeterminación, que ‘todos’ -repito, todos- los ciudadanos de este país reivindicamos y disfrutamos? La autodeterminación es la capacidad que poseen las entidades políticas para decidir por sí mismas su organización y funcionamiento, sin otras injerencias externas que las impuestas por las leyes y compromisos internacionales. Los residentes de la CAV participamos de ese derecho como ciudadanos del Estado español, frente a los restantes países de Europa y del mundo. La Constitución no sólo no niega el derecho de autodeterminación, sino que es precisamente la normativa básica fruto de tal derecho para la entidad política de la que formamos parte.

De modo que la cuestión no es autodeterminación sí o autodeterminación no, sino si dentro del Estado existen otras entidades políticas que puedan a su vez autodeterminarse al margen de éste e incluso contra éste. Los nacionalistas sostienen que el pueblo vasco es una entidad de ese tipo, incluyendo en tal ‘pueblo’ a los miembros de la CAV y en ocasiones a los ciudadanos de Navarra y del País Vasco francés. Los no nacionalistas mantenemos que el pueblo vasco es una realidad cultural con derecho tradicional a cotas de autonomía intraestatal, pero no una entidad política independizable actualmente de los Estados de los que forma parte. De modo que la discusión, si es que debe haberla, será respecto a tal personalidad política separada y separable, no respecto a la autodeterminación.

Un referéndum sobre la autodeterminación daría por zanjada previamente la cuestión que hay que discutir según el criterio nacionalista, al reconocer implícitamente la existencia de un ‘pueblo’ vasco como entidad política de hecho. Por eso se dice, con verosimilitud, que no zanjaría el problema, sino que agravaría la escisión entre posturas contrapuestas. Todo esto parece bastante claro. Sin embargo, mañana mismo volveremos a oír que algunos claman dolidos «¿cómo puede negarse el derecho de autodeterminación, que todos los convenios internacionales sancionan?», mientras otros les contestan con no menor ahínco que ellos -y la Constitución- están en contra de la autodeterminación, sin especificar que a lo que se oponen es a sustituir la autodeterminación actual por otra virtual. Y así seguiremos, por lo visto, hasta el fin de los tiempos.

Mientras, como siempre, prosigue también la violencia terrorista y su férula atroz sobre la población. Hasta que no desaparezca del todo y se remansen las aguas de la convivencia, hasta que las instituciones hoy existentes no puedan funcionar sin la coacción que impide a tantos expresarse políticamente y que ha obligado a muchos a abandonar su propia tierra, no habrá aquí otro conflicto verdaderamente urgente. Ni será decente reclamar otra autodeterminación que la que nos independice definitivamente del crimen organizado, que convierte los proyectos políticos a los que se aproxima en abuso y las legitimaciones históricas que instrumentaliza en fábulas de sesgo totalitario. También esto que digo ahora se ha repetido ya muchas veces, pero mi maestro Voltaire -cuando le acusaban de repetirse- solía contestar: «Me repetiré hasta que me entiendan». O, por lo menos, hasta que me escuchen.

Vázquez lamenta falta de intimidad al votar
El Mundo 22 Octubre 2001

A CORUÑA.- El alcalde de A Coruña, Francisco Vázquez, manifestó ayer su «indignación» por la falta de intimidad para ejercer el voto en secreto ya que, dijo, en las cabinas electorales, «por no haber, ni hay espacio para poner las papeletas de los partidos».

Francisco Vázquez hizo estas declaraciones tras introducir su papeleta en la urna de una de las mesas instalada en la Casa del Mar de A Coruña, a las 12.15 horas, donde destacó que «el voto es secreto y por lo tanto todos los ciudadanos tienen su derecho a entrar en una cabina, correr la cortina y elegir entre todas las candidaturas que se presentan».

Asimismo, recordó que en todas las elecciones protesta por este motivo, «pero nunca lo hago con la indignación de este año», y apuntó que su «voto es evidente, pero puede haber mucha gente que se vea coaccionada».

«Imagínense», dijo, «este sistema en el País Vasco, con los interventores de Herri Batasuna controlando a ver qué papeletas coge la gente en la mesa» y calificó la situación de «lamentable».

El regidor coruñés afirmó que «no lo digo contra nadie» y manifestó que, si en las próximas elecciones se produce la misma situación, o bien votará por correo o incluso no ejercerá este derecho.

Por otra parte, en esa mesa lectoral de A Coruña estaban llamadas a votar en ese lugar cuatro personas centenarias y dos de ellas, eran gemelas nacidas el 1 de enero del año 1900.

Derrota de la Declaración de Barcelona
Por Enrique de Diego Libertad Digital 22 Octubre 2001

Las cosas pueden varias el miércoles, cuando se escruten los votos de los emigrantes. Es decir, Manuel Fraga puede subir y BNG y PSOE perder diputados, En el 97 fue uno en Coruña, ahora pueden ser de uno a tres. Junto a la gestión de Fraga, bien valorada por el electorado gallego, la ausencia de un proyecto nacional alternativo da un plus de ventaja de partida al PP.

El derrotado, el gran derrotado de las elecciones gallegas es el nacionalismo. No sólo desciende en términos absolutos, lo que ya es un batacazo; el resultado adquiere magnitud de desastre histórico en términos relativos, pues el mensaje es doble y claro: el BNG nunca llegará a la Xunta de Galicia y Xosé Manuel Beiras está amortizado. Si Fraga tiene que buscar heredero en esta legislatura, para Beiras esa necesidad es imperiosa. El nacionalismo ha empezado su declive. Es un fracaso para la Declaración de Barcelona. En términos de contrastación, es la confirmación de que tampoco el nacionalismo subió en el País Vasco, salvo de manera virtual y mediática. A golpe de talonario.

El socialismo puede exhibir que comienza a recuperar el espacio perdido. Algo es algo. Para las expectativas, bastante. Zapatero se ha implicado en una campaña en la que se jugaba mucho. Ha salvado, desde luego, los muebles y a Touriño. El ascenso mantiene su efecto en términos de márketing, pero permanecer en tercer lugar sugiere una temporada larga en la oposición. Arenas no perdió oportunidad para arrimar el ascua a la sardina de Aznar, haciendo una lectura nacional.

En suma, el nacionalismo sufre una clara derrota y pierde fuelle como alternativa. En medio de sus divisiones, sube, sin que aún se sepa si el PSOE es un partido nacional o una suma de odones y redondos, en las antípodas. El españolista Francisco Vázquez es el político mejor valorado de Galicia. Una pista. Osama ben Llamazares -de jihad antiamericana este domingo- confirma su carácter muy extraparlamentario.

Galicia vertebrada
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA, Catedrático de la Universidad de La Coruña ABC 22 Octubre 2001

LA mayoría absoluta obtenida, por cuarta vez consecutiva, por el Partido Popular en las elecciones autonómicas gallegas puede admitir dos interpretaciones distintas y divergentes. Según una, el hecho revelaría la supervivencia de una anomalía tradicional en la región, que tendría sus síntomas en el atraso, el ruralismo, la diáspora inmigratoria, la insuficiente ilustración y cierta pervivencia del viejo caciquismo. Desde otra perspectiva, cabría valorar el triunfo reiterado del PP como una manifestación de normalidad, ya que allí vendría a confirmarse lo que, hoy por hoy, es normal en el ámbito electoral nacional: el triunfo holgado del centro-derecha.

La primera hipótesis, por otra parte escasamente halagadora para la mayoría de los ciudadanos gallegos, sólo puede sostenerse desde la asunción de fuertes prejuicios ideológicos. Si los resultados no son los deseados por la izquierda o por el nacionalismo, resulta cómodo echar la culpa a la ignorancia del electorado, a su manipulación o a la pervivencia de fenómenos caciquiles. Y, ciertamente, el pueblo es soberano, mas no infalible. Pero, desde los orígenes de la transición, el pueblo español ha solido, en general, dar pruebas de una cordura notable y, sin duda, mayor que la que ha exhibido buena parte de la llamada clase política. Quien tenga un poco de conocimiento de primera mano de la realidad gallega y de su radical transformación en los últimos años desechará inmediatamente la primera hipótesis como absurda, extraviada y alejada de los hechos, y como fundamentada en el resentimiento y en la frustración. Aunque todos los votos valen lo mismo, las fuerzas políticas pugnan por interpretar los resultados atribuyéndose el voto más consciente, responsable, informado, en suma, el voto ilustrado. Y el resentimiento, como el humo, nubla la visión. Por desgracia para ciertos sectores de la izquierda y del nacionalismo y por fortuna para Galicia, el estereotipo del atraso y de su vinculación con el conservadurismo no funciona. Por lo demás, no hay que olvidar que antes de la irrupción de Fraga en la política regional gallega, el PSOE gobernaba con apoyos extravagantes. No parece razonable pretender que entonces Galicia era una sociedad progresista e ilustrada, sumida hoy en el abismo de la ignorancia política y de la invertebración. Hay tesis que se desvanecen por sí mismas sin necesidad de contrastarlas con los hechos.

Parece fuera de toda duda que las reiteradas victorias socialistas por mayoría absoluta en el ámbito nacional se apoyaron en la adhesión de las clases medias y de los sectores más dinámicos e ilustrados de la sociedad. Casi todos los expertos coinciden en que las batallas electorales se dirimen en el centro político y que la conquista del centro es improbable sin el apoyo de la mayoría de los sectores que más influyen en la opinión pública. Tan evidente es que el PSOE contó en su momento con ese apoyo como que mediada la década de los noventa dejó de contar con él. Los más elementales análisis de sociología electoral confirman que el voto urbano, que no es ni más sabio ni mejor necesariamente que el rural, y, sobre todo, el voto de los sectores más influyentes de la sociedad se pasaron al Partido Popular. Basta para confirmarlo con comprobar las zonas en las que el PSOE conserva la mayoría. Si ese análisis, el atraso gallego, fuera correcto, la consecuencia sería precisamente la contraria de la que se ha producido, es decir, el triunfo de la izquierda. Por lo tanto, con todas las reservas que quepa oponer a tan arriesgadas generalizaciones, parece mucho más probable la interpretación que se basa en la normalidad del caso gallego que la que pretende una descabellada y desmentida anomalía social. Las transformaciones realizadas en Galicia durante las dos últimas décadas y la notable elevación del nivel de vida y de los principales indicadores económicos proclaman la inanidad de la tesis del resentimiento.

Las prolongadas permanencias en el poder no son nunca deseables. Suelen generar tendencias autoritarias, redes clientelares y propensiones caciquiles. Sin embargo, no se han revelado en Galicia casos graves de corrupción ni un deterioro perceptible de la normalidad institucional, más allá de lo que es habitual en nuestra democracia, no tan vertebrada y pujante como a veces se pretende. La tozuda voluntad política de Fraga y la prolongación de sus mandatos fueron estimados, por lo que se ve sin acierto, por los partidos de la oposición como la hora del relevo inevitable. No obstante, más allá de los aciertos de la gestión de Fraga, en la reiteración de los resultados mucho han tenido que ver los errores del PSOE y las limitaciones del Bloque Nacionalista Gallego. Se diría que Fraga ha traspasado su viejo techo al nacionalismo, que no logra despegar a pesar de su largo viaje hacia la moderación y de su innegable influencia en algunos sectores como el universitario. El PSOE sigue pagando el precio del liderazgo débil y sobre todo de una alianza de hecho con los nacionalistas, que repite desafortunados episodios en otras regiones, y que lastima gravemente su condición de gran partido nacional vertebrador.

Cuando el nacionalismo separatista se ha convertido en la mayor amenaza que pesa sobre la realidad nacional de España, el techo electoral del Bloque sólo puede ser contemplado con alivio. Sin que esta consideración en absoluto niegue la razonable evolución del nacionalismo gallego en los últimos años. Pero, como todo nacionalismo disgregador, se nutre de desdén, cuando no, en sus peores patologías, de odio a España. Los resultados electorales confirman también que el nacionalismo se arroga en la realidad y en la calle un protagonismo que no le confieren las urnas. Los nacionalistas son proclives a apuntarse a la «cultura de la queja» (Robert Hugues), y también a erigirse en defensores y representantes de los intereses del todo. La verdad es que en este segundo empeño cuentan a veces con la involuntaria complicidad de un lenguaje dominante que habla de los catalanes, los vascos o los gallegos para referirse a sus minorías, mayoritarias o no, nacionalistas. Por mi parte, no acabo de percibir qué tiene más de gallego un votante del BNG que otro del PP o del PSOE. No sería malo para España que el Partido Socialista aprendiera de los errores y abandonara en Galicia y en el resto de España cualquier intento de anteponer sus intereses partidistas de desgaste del PP a su proyecto nacional (si es que verdaderamente lo tiene) y a los intereses de España.
En suma, el mapa electoral gallego coincide bastante con el general de España. A falta de testimonios verosímiles en contra, la conclusión más razonable favorece a la segunda de las hipótesis comentadas. Galicia sólo se encuentra invertebrada en la mente de aquellos a quienes el resentimiento y la ideología nublan la serena visión.

Éxito del PP, aviso al PSOE
Editorial La Razón 22 Octubre 2001

El Partido Popular de Galicia, con Manuel Fraga al frente, ganó ayer por cuarta vez consecutiva las elecciones autonómicas. Fraga, a sus 79 años, podrá volver a formar Gobierno durante otros cuatro años más. Un éxito notable para un partido, para su lider nacional, José María Aznar, y para su candidato regional, que no sólo no han sufrido desgaste, sino que han desgastado sucesivamente a todas sus alternativas, singularmente la de un vacilante PSOE gallego cuyo agridulce resultado (avance dentro de la derrota) ha encendido algunas alarmas en el proyecto de Rodríguez Zapatero.

La elecciones autonómicas se ciñen, es cierto, a un escenario territorial concreto y es arriesgado extrapolarlas al resto de España. Pero sí se puede decir que lo ocurrido con el partido de Fraga es la confirmación de que una ejecutoria eficaz, aún con su correspondiente tanto por ciento de errores, resulta ser la mejor de las campañas electorales. Los ciudadanos saben que con su voto optan no sólo por una ideología o por un rostro más o menos conocido en los carteles sino, sobre todo, por una forma de entender la Administración del dinero público. En esta tierra, donde se juzga el trabajo hecho, no cuentan las campañas de descalificación fácil, el insulto y la crítica sin sentido. Fue un error ¬lo advirtió inútilmente el socialista Francisco Vázquez¬ intentar desprestigiar a un consejero como José Cuiña, que tenía a la vista de todos, en las infraestructuras puestas en servicio, su comportamiento como gestor público. Y un error todavía más grave intentar erosionar la imagen de Fraga por sus condiciones físicas, por otro lado, envidiables.

Pero el principal fallo de la oposición fue en lo equívoco de los mensajes que transmitió, especialmente en lo que a los pactos postelectorales se refería. El electorado advirtió que el PSOE y el BNG eran conscientes de su propia incapacidad de ganar y sólo podían apelar, como signo de impotencia, a un posible acuerdo en el que ambos querían llevarse el santo y la limosna de la presidencia gallega. Demasiado artificial y demasiado peligroso para un electorado que no necesitaba una catarsis política, sino más bien un progreso razonable.

Galicia no ha sido la plataforma de despegue de Zapatero. Quién sabe si porque ha sido en Galicia donde ha vuelto a aparecer el peor Felipe González, con un discurso sumamente negativo que destilaba rencor por todos los poros. Ésa puede ser la esperanza de Zapatero, y la excusa para arrumbar lo que queda del felipismo, principal lastre para la evolución del PSOE. Eso sí, sin descuidar su propia consolidación como dirección política, porque también puede haber detectado Zapatero una cierta endeblez en sus equipos que puede pasarle factura. Su futuro dependerá de si logra el punto medio entre el colmillo retorcido de González o la ausencia de colmillos de otros.

Por su parte, el Bloque de Beiras ocupa el puesto lógico de un nacionalismo en una comunidad con fuerte personalidad. Una minoría influyente, pero no gobernante. Porque no hay en Galicia tensiones excluyentes ni los gallegos necesitan profetas del nacionalismo. Esperemos, en todo caso, que Beiras lea los resultados, aunque hayan quedado estancados, como un logro por su moderación en el discurso independentista, y piense que la radicalización no lleva a ningún lado a la tierra que dice defender.

Por eso, quien ha ganado en Galicia ha sido el sentido común, el reconocimiento del trabajo bien hecho y el respeto a una trayectoria política, la de Manuel Fraga, que si históricamente pudo ser discutible, también ha de elogiarse como coherente, profesional y respaldada por un bagaje intelectual extraordinario entre nuestros políticos.

Fraga arrasa y se estanca la izquierda
Editorial ABC 22 Octubre 2001

Manuel Fraga obtuvo ayer su cuarta mayoría absoluta consecutiva en las elecciones gallegas, marcadas, además de por el incuestionable triunfo del PP, por la leve mejoría del PSOE, que alcanza al BNG y lo iguala en número de escaños. Desde 1981, el Partido Popular (entonces Alianza Popular y cuatro años después Coalición Popular) ha regido, salvo en un corto periodo, los destinos de Galicia, una Comunidad donde el electorado, especialmente en las zonas rurales, se ha caracterizado siempre por su fidelidad al centro derecha. La aplastante victoria de Fraga viene a poner de manifiesto, además del apoyo a una política que ha situado a Galicia entre las regiones que han experimentado en los últimos años un mayor desarrollo, el dominio hegemónico de una misma formación, al igual que ha ocurrido en el País Vasco y Cataluña, las otras dos Comunidades históricas.

Los resultados de ayer han vuelto a evidenciar que el PP se mueve a sus anchas dentro de un espacio político en el que no tiene rivales. Al otro lado, PSOE y BNG pugnan por un mismo electorado, y sus resultados en los comicios de ayer dejan bien a las claras que las dos formaciones tienen perfectamente delimitado su electorado, y que uno y otro se alimentan entre sí. Desde 1997, el PSOE ha perdido más de un 20 por ciento de sus votos, engullidos por el partido de Xosé Manuel Beiras, que alcanzó su techo hace cuatro años; la tímida recuperación socialista en estos comicios no ha tenido más víctima que el BNG, y el pacto ofrecido por Rodríguez Zapatero a los nacionalistas se ha revelado absolutamente inútil para arrebatar al Partido Popular un sólo gramo de la confianza que en él han depositado los gallegos desde hace tres lustros.

Los guiños del PSOE gallego, en su afán por desbancar a Manuel Fraga, guardan similitud con esa política socialista de acercamiento al nacionalismo más variopinto que ha alcanzado tintes que rozan lo absurdo en Baleares y Aragón. En Galicia, el socialismo sigue siendo una sombra de lo que era, y el Bloque se ha apoderado de buena parte de sus señas de identidad. El resultado electoral del partido que en esta ocasión abanderaba el voluntarioso Emilio Pérez Touriño (su mejoría es completamente irrelevante dentro del panorama general) pone en evidencia la pésima estrategia diseñada por el PSOE. Su secretario general, José Luis Rodríguez Zapatero, no ha logrado su propósito de desbancar a Fraga y debería replantearse la necesidad de articular un diseño de la política autonómica radicalmente distinto. En ocho años, el PSOE de Galicia ha perdido uno de cada cinco votantes, que se han ido en masa al BNG. Allá donde el socialismo ha mantenido relaciones estables de Gobierno con el nacionalismo, bien sea en Comunidades o en Ayuntamientos, ha salido trasquilado. El ejemplo gallego puede hacerse igualmente extensible a Baleares y Aragón, donde, pese a desempeñar tareas de Gobierno, el PSOE está preso de sus propias contradicciones. Y es en este punto donde José Luis Rodríguez Zapatero debería detenerse y reflexionar. Objetivamente, el PSOE ha potenciado a lo largo de los últimos años el nacionalismo gallego, con quien gobierna en Ferrol, Vigo, Lugo, Santiago y Pontevedra. Pero de esta alianza anti-PP en los Ayuntamientos sólo ha salido beneficiado el partido de Beiras.

El socialismo mantiene su papel secundario y el nacionalismo no consigue abrirse camino. Este matrimonio de conveniencia en alguna de las más importantes ciudades de Galicia está limitando la capacidad de recuperación del Partido Socialista, incapaz de darse cuenta de que sus devaneos con el Bloque pueden terminar por pasarle factura.

De esta incapacidad por recuperar el crédito perdido es responsable José Luis Rodríguez Zapatero. Sus guiños a Beiras reflejaron una considerable miopía y una notoria incapacidad para dibujar el paisaje político gallego. Fraga volvió a arrasar y verá así cumplido su objetivo de retirarse de la política desde la presidencia de la Xunta. Cuatro años después, todo sigue igual: mayoría absoluta del Partido Popular y papel comparsa para el BNG y el PSOE.

Fraga esquivó los colmillos del BNG
Lorenzo CONTRERAS La Razón 22 Octubre 2001

Estaba prevista la cuarta victoria de Fraga en las elecciones autonómicas gallegas y la única duda, en un contrabalance de temores y optimismos desde todos los ángulos contendientes, era la repetición de la mayoría absoluta o, por el contrario, la entrada en un escenario nuevo que situaría a Galicia en el verdadero umbral de la sucesión del líder popular. Un horizonte verificable a plazos, a la manera que principian todas las grandes decadencias.

Fraga, hasta ahora con sus cuarenta y dos escaños en un Parlamento de setenta y cinco tenía, como las liebres escapadas, a los galgos mordiéndole relativamente la cola. Pero eran galgos jóvenes, tan rápidos como inexpertos en el arte de atrapar a la presa. Necesitaban controlar la técnica del recorte, moderar su impaciencia nacionalista, pero no por la vía de aparentar no ser lo que eran mientras las liebres perseguidas jamás se preguntaban si sus perseguidores eran galgos o podencos. Para Fraga y los suyos estaba claro que no era cuestión de razas. Eran sencillamente depredadores del poder y eso resultaba ser lo único de interés que transmitir a los factores de salvación ¬llámese opinión pública a electorado sensible¬ mientras la jauría proponía misterios de identificación sobre ella misma, siempre con la ilusión de engañar a los espectadores del canódromo.

No lo han conseguido, aunque se hayan acercado más, siempre con el consuelo de creer que a la próxima no se les escapa el fraguismo. Su problema consiste en que el capitán de la jauría es ya un podenco casi tan agotado como la gran liebre inalcanzada. A Beiras, de fiera temible sólo le queda la lejanía del aspecto. Ha corrido todo lo que ha podido, cubierto de pieles ajenas, con un teñido de socialdemocracia sin colmillos, casi como un animal de compañía delatado por el olor zorruno de su indisimulable nacionalismo vergonzante.

Para colmo, la jauría andaba dividida, con Pérez Touriño escaso de pedigrí en medio o a la cabeza de la galguería socialista, sumamente ladradora pero poco más. Touriño hizo como que creía en el «efecto Zapatero», su adiestrador sin destreza, completamente despistado en el fragor de la montería electorera. Mientras tanto, Fraga le recordaba a uno aquella liebre de la que escribió Delibes, siempre escapada por los pelos burlando podencos y galgos, guiados infaliblemente por el rastro inequívoco que el gran roedor despedía, ese «perfume» fraguista recargado de intensidades cuiñistas a las que el gran zoólogo coruñés, Francisco Vázquez, proporciona olores complementarios capaces de despistar tanto como la dinamita de Eta a los perros policías de los «tedax» de Madrid.

Algún día habrá que darle a Vázquez un premio especial de la Fundación Cánovas del Castillo. Y si el galardón no existe, habrá que inventarlo. A ver quién mejora electoralmente la operación de colocar en La Coruña a un vazquista de número uno de lista cuando lo lógico habría sido situar a Pérez Touriño y no obligarle, en cuanto coruñés a «emigrar» a Pontevedra. Pero eso son méritos que se contraen como vicios rentables equivalentes a aquellos que Francisco Fernández Ordóñez hizo suyos y patentó sin imitación posible hasta que el alcalde de La Coruña le arrebató el «copyright».

En el repertorio de las paradojas del destino entra privilegiadamente el fenómeno de que Fraga haya sido liebre inalcanzable, ágil, regateadora, superadora siempre de su atribuido cansancio. El podenco Beiras se engañó cuando creía que a Fraga le fallaban los cuartos traseros, esos dos poderosos remos que le han servido para escalar el monte del gozo. Y ahora, entre la hipótesis de que Fraga no podrá llegar a la meta de los cuatro años y sospecha de que el podenco nacionalista se ha quedado sin resuello para ensayar una nueva persecución, el horizonte político gallego propone un enigma a los politólogos. O sea, el enigma de la sucesión probable para la que el mismísimo Fraga, sin acortar en nada los límites temporales de su cuatrienio, anuncia «otro Aznar», no ya en Madrid, sino en Santiago de Compostela. Por no decir, cuidando los trámites de la modestia, otro Fraga, un milagro de la palingenesia política.

Evidentemente, el fracaso ahora, como antes, no ha sido del BNG, sino del PSdeG-PSOE. Si se quiere entender el dato como ensayo piloto de un largo estancamiento a escala nacional, cualquiera es libre de hacerlo. Por supuesto que Rodríguez Zapatero, presente en la campaña electoral gallega, no puede escapar políticamente de sus consecuencias. Ni é1 ni Pérez Touriño han sabido establecer una sensación de distancia ante el Bloque. Han dejado prosperar la certidumbre de que la tentación de unir fuerzas y tocar poder siempre podría más que la coherencia de resistir con los populares a los comienzos de la marea nacionalista «made in Beiras». El entramado de los intereses ha funcionado en una sociedad fundamentalmente pragmática, en la que incluso el voto de la emigración se cataloga como la quinta provincia gallega. Y nada digamos del voto por correo en términos generales. Uno no pretende sostener la ajena teoría de que Beiras es un disparate político, pero sí se puede aceptar que para la mayoría de los votantes gallegos sigue siendo un disparate votar a Beiras. Al líder del Bloque sí que le espera, mucho más que a Fraga, un triste horizonte de jubilación.

Con las botas puestas
Editorial El País 22 Octubre 2001

Manuel Fraga ha ganado por mayoría absoluta en las elecciones autonómicas gallegas por cuarta vez consecutiva: conseguirlo a los 78 años, y tras 50 de vida pública repartidos en dos siglos y dos regímenes políticos diferentes, es una proeza considerable. Político intenso y contradictorio, ha sido reincidente en el incumplimiento de su compromiso de no presentarse más de dos veces, y en los 12 años que lleva presidiendo la Xunta nunca ha contado con un vicepresidente o ungido a un heredero a la manera de Pujol. No hay duda de que Fraga está dispuesto a morir con las botas puestas, y eso es algo que le envidiarán los que nunca tuvieron botas.

Dando por descontado que el PP conservaría el primer lugar, las incógnitas que se ventilaban ayer eran si Fraga repetiría la mayoría absoluta o surgía una posible alternativa entre el PSOE y el BNG, y cuál de estas dos fuerzas ocuparía la segunda plaza: si la recuperaban los socialistas o, por el contrario, seguían perdiendo votos hacia el nacionalismo radical de la formación que encabeza Xosé Manuel Beiras. También, por tanto, si el Bloque superaba su techo de hace cuatro años o se estancaba en su papel de potente oposición pero sin opción de poder.

El PP jugaba de nuevo a todo o nada: o mayoría absoluta o pase a la oposición, porque no tiene aliados posibles. Fraga ya recuperó el voto centrista, incluyendo el sector moderado del galleguismo, y más allá sólo están los socialistas y el nacionalismo radical del BNG. Estas dos formaciones gobiernan en coalición en varios ayuntamientos importantes, pero los socialistas nunca se han comprometido claramente a articular una alternativa en alianza con el Bloque. Seguramente estaban dispuestos a hacerlo, pero no se atrevían a adelantarlo por miedo a espantar a un sector de su electorado, y también por temor a los efectos que un pacto con Beiras podría tener para las expectativas del PSOE en el resto de España. Ello ha proyectado una imagen con demasiadas incertidumbres, y ésa ha sido la principal debilidad de la hipotética alternativa.

El PP sabe esto y no ha dejado de emplazar al candidato socialista, Emilio Pérez Touriño, acusándole de ocultar sus verdaderas intenciones. Ante esa presión, la fórmula interna de compromiso fue decir que sólo pactarían con el Bloque si eran ellos, los socialistas, los encargados por el electorado de intentar formar gobierno. Es decir, si Fraga perdía la mayoría absoluta y ellos recuperaban la posición de segunda fuerza, que les arrebató el BNG en 1997.

No ha ocurrido ninguna de las dos cosas. El PP supera con comodidad el listón de los 38 escaños que marcan la mayoría y el PSOE no logra sobrepasar al BNG, aunque es la única de las tres formaciones que mejora sus resultados, lo que afianza al candidato: algo de cierta importancia a la vista de que ha sido el quinto diferente en seis convocatorias, y que en las siguientes no estará Fraga. Y quizás tampoco Beiras. Aunque el veterano líder nacionalista consiguió convertir al Bloque en el primer partido de la oposición, pasando de uno a 18 escaños y del 4% al 25% de los votos, se mantiene muy lejos del PP y también de los porcentajes que suelen alcanzar las formaciones nacionalistas en Euskadi y Cataluña. Sobre todo, el ascenso del BNG se produjo a costa del PSOE, con el que parece mantener una relación de vasos comunicantes, por lo que la alternativa conjunta apenas avanza. En 1997 sumaron 33 escaños, los mismos que en 1989 y uno más que en 1993. Ahora serían 34, ocho menos que Fraga, lo que indica que apenas hay desgaste de poder.

Porque si de algo tiene experiencia Fraga es de utilización de los recursos del poder. El antiguo ministro de Información de Franco ha sabido combinar clientelismo en el reparto de subvenciones (el 90% de las destinadas a los municipios va a los gobernados por el PP) con la utilización de los medios públicos como eficacísimo altavoz de propaganda. La oposición lo denuncia, pero no ha sido capaz de dar credibilidad a un proyecto alternativo. La evolución del BNG confirma que el nacionalismo crece cuando se modera, pero el populismo de Fraga ha resultado hasta el momento eficaz para retener ese voto galleguista que en 1981 apoyó a UCD y en las siguientes elecciones a varios partidos nacionalistas moderados.

El hecho de que en Galicia la reagrupación del nacionalismo se haya producido en torno a su expresión más radical limita su eficacia como instrumento para recoger los votos que previsiblemente perderá el PP tras la retirada de Fraga. Los resultados demuestran que la alternativa debe ser conjunta, pero también que sólo será eficaz si se liquidan los residuos de radicalismo verbal que la lastran.

BNG, fuera caretas
Por José Luis GONZÁLEZ-BESADA ABC 22 Octubre 2001

La careta de la moderación saltó ayer por los aires. Los votantes gallegos no se creyeron en absoluto el mensaje moderado que el BNG y su líder, Xosé Manuel Beiras, se habían empeñado en transmitir al electorado. Más bien sucedió todo lo contrario. Los nacionalistas gallegos permanecen presos de un estancamiento que les deja lejos de convertirse en verdadera alternativa de poder y a mucha distancia de sus años dorados, en los que incluso llegaron a soñar con tener un grupo parlamentario propio en el Congreso de los Diputados.

El BNG, en definitiva, se muestra como una fuerza incapaz de abandonar la cara radical e independentista. No ha sabido conectar con un pueblo que desde siempre ha apostado por las opciones realistas y españolas. Se ha mostrado incapaz de elaborar un programa de gobierno, anclado en ideas izquierdistas propias del pasado. Y no ha podido abandonar la cara independentista, que sólo se quita en tiempos electorales.

El Bloque Nacionalista Gallego parece haber tocado techo y empieza a perder terreno frente al PSOE, con el que comparte el puesto de segunda fuerza política de Galicia. No se sabe muy bien si por deméritos propios o por méritos de los socialistas. BNG y PSOE, ex aequo, se han convertido en una doble referencia de la izquierda gallega, pero incapaces de arañar un solo voto al proyecto reformista de Manuel Fraga.

A Xosé Manuel Beiras, de sesenta y cinco años de edad, parece haberle llegado la hora de la jubilación catorce años antes que a su rival del Partido Popular, de setenta y nueve. Beiras, después de los resultados del 21-O, debería ir pensando en entregar el testigo del partido. Ha abusado en su campaña en resaltar la avanzada edad del reelegido presidente de la Xunta, apelando incluso a un presunto mal estado de salud, y las cañas se le han vuelto lanzas. Las urnas han dictado su veredicto. Beiras queda tocado.

Paradojas
ÁLVARO DELGADO-GAL El País 22 Octubre 2001

El jueves es día de tiros largos en el Parlamento vasco. ¿Por qué? Porque toca discutir el autogobierno. No es difícil anticipar la posición del PNV. Éste reclamará el desarrollo pleno del Estatuto, aunque sin privarse de alusiones al derecho de autodeterminación o, incluso, a posibles consultas para establecer ese derecho. La mesa por la paz convocada por Elkarri operará sobre el debate parlamentario de la misma forma que una fuente exterior de sonido sobre un oscilador armónico. Las ondas que ha empezado a generar la mesa entrarán en resonancia con el Parlamento, aumentando la sensación, o el mensaje, de que se precisa un salto cualitativo para devolver la calma al reñidero vasco. A la vez, sin embargo, que se agita el espectro de autodeterminación se están atando cabos para la renovación del Concierto. Y aquí las cosas son más confusas, y más ricas en ángulos.

De dientes afuera, la reivindicación máxima del Gobierno vasco se refiere a la gestión de la Seguridad Social. Hagamos abstracción, por el momento, de lo que la Constitución ordena, prevé, o contempla. El motivo principal por el que los sucesivos Gobiernos, así populares como socialistas, se han resistido a confiar la gestión de la Seguridad Social a Vitoria, es que ningún Estado, los federales incluidos, puede renunciar a sus monopolios redistributivos. Si, a igualdad de esfuerzo contributivo, las expectativas de un pensionista cacereño no son idénticas a las de un pensionista vizcaíno, adiós al Estado. En parejo sentido, debe existir eso que se llama caja única de la Seguridad Social. La caja única es compatible, en principio, con la administración local de los recursos comunes. Ahora bien, el naufragio parcial del Estado en Vascongadas hace muy difícil el ejercicio de los controles pertinentes desde el centro. Y en consecuencia, Madrid prefiere no ceder facultades.

Vayamos ahora a la Constitución. ¿Qué reza la Carta Magna? Ésta desautoriza, con contundencia absoluta, la pluralidad autonómica de políticas sociales. Pero surge una dificultad, de signo constitucional de nuevo: tanto el Estatuto vasco, como el catalán, acogen el derecho de los Gobiernos respectivos a la gestión de la Seguridad Social. ¿Cómo avenir las dos líneas argumentativas?

El Tribunal Constitucional, presidido a la sazón por Tomás y Valiente, hubo de pronunciarse, en 1989, sobre este punto precisamente. Su interlocutor era, en este caso, la Generalitat. Las conclusiones del tribunal son extensibles, evidentemente, a la Administración vasca. La sentencia, redactada con clara incomodidad, confirma que las obligaciones del Gobierno central van más allá de la fijación de normativas jurídicas generales. El Gobierno debe garantizar la unidad de sistema de la Seguridad Social, o lo que es lo mismo, la igualdad efectiva de los españoles en lo relativo a cosas tales como las pensiones. Pese a todo, se reconocía -no podía no hacerse, si no se quería impugnar los Estatutos-, la capacidad de Cataluña para realizar los pagos de los servicios. Todo ello sujeto a grandes cautelas, y previa habilitación expresa de Madrid. Los nacionalistas vascos se hallan, por tanto, en posición de llamarse a engaño, y de alegar que no se les ha dado lo prometido. Pero no lo están haciendo en la práctica, ni mucho menos están solicitando que se rompa la caja única.

¿Por qué? En esencia, porque no les conviene. De un lado, la ejecución del Concierto ha tenido como consecuencia no deseada por los Gobiernos de España una situación de privilegio fiscal para Vitoria. Del otro, la población vasca está más envejecida que la media nacional. Esto significa que el gasto per capita en pensiones tenderá a ser mayor en el País Vasco que en el resto de España. De modo que Vitoria prefiere seguir como está: en el mejor de los mundos posibles. El pulso se está librando en torno a asuntos menores. Verbigracia, la gestión de las políticas activas de empleo.

Sigamos enredando la madeja. Un partido -el PNV- que no fuerza a la hora de la verdad una lectura completa del Estatuto no parece candidato firme a romper la baraja convocando un referéndum ilegal. Pero la podría romper, porque es nacionalista y porque el diablo no sólo carga las armas, sino también la retórica. ¿Paradójico? Sí. Como la realidad misma.

Encapuchados lanzan ‘cócteles’ contra cinco sucursales bancarias en Bilbao
BILBAO EL CORREO 22 Octubre 2001

La violencia callejera volvió a estar presente el sábado por la noche en Bilbao, donde una veintena de encapuchados atacó cinco sucursales bancarias del barrio de Santutxu, según informó la Ertzaintza. Los sabotajes comenzaron a las diez de la noche en las calles Santa Clara y El Carmelo, donde los radicales arrojaron ‘cócteles molotov’ a las oficinas del BBVA, BSCH, Banco Guipuzcoano, Banco Zaragozano y La Caixa.

Una patrulla de la Policía autónoma, alertada de los incidentes por dos ertzainas que se encontraban fuera de servicio, se desplazó hasta el lugar. Para entonces, los encapuchados ya se habían dado a la fuga, por lo que no se practicaron detenciones. No obstante, la Ertzaintza ha abierto una investigación con el fin de encontrar a los responsables de los ataques.

Los agentes comprobaron que los sabotajes provocaron escasos daños materiales. Las sucursales bancarias sólo registraron el ennegrecimiento de las fachadas y las cristaleras, si bien la oficina de La Caixa sufrió la rotura del escaparate y de la puerta de acceso.

Material abandonado
Tras observar los desperfectos ocasionados, los agentes encontraron en las inmediaciones el material que presuntamente abandonaron los radicales en su huida: algunos ‘cócteles molotov’ sin explotar, guantes de látex y las capuchas que emplearon para evitar ser identificados.

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