AGLI

Recortes de Prensa     Martes 30 Octubre   2001
#Patriotismo español
Benigno PENDÁS, profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 30 Octubre 2001

#La democracia según Arzalluz e Ibarretxe
JORGE DE ESTEBAN El Mundo  30 Octubre 2001

#Oreja: “El nacionalismo vasco coincide con ETA en los fines y en la estrategia”
EFE Libertad Digital  30 Octubre 2001

#A dialogarnos
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo  30 Octubre 2001

#Suma y sigue
Breverías ABC  30 Octubre 2001

#Agustín Ibarrola acusa al nacionalismo de vulnerar «todas las libertades»
GERARDO ELORRIAGA BILBAO El Correo  30 Octubre 2001

#El bosque animado
Jaime CAMPMANY ABC  30 Octubre 2001

#La soledad de ETA
Manuel Martín Ferrand La Estrella  30 Octubre 2001

#Una crisis del Islam
ANTONIO ELORZA El Correo  30 Octubre 2001

Patriotismo español
Por Benigno PENDÁS, profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 30 Octubre 2001

¿REGRESIÓN autonómica? ¿Nuevo centralismo? ¿Derecho de autodeterminación? El deseo legítimo de no incurrir en los defectos del adversario empobrece nuestro patrimonio intelectual. Para hacer frente al nacionalismo voraz, está prohibida, bajo pena capital de incorrección política, cualquier referencia al patriotismo español; incluso, aunque esta segunda rareza se va superando, a la propia Nación española. Nadie se siente con fuerzas para desafiar a la censura y defender al único nacionalismo condenado hoy día a la hoguera de la impertinencia. Es la hora de hablar alto y claro: si fuera cierto que el patriotismo español ya no existe, ha llegado el momento de su recuperación. Ante todo, porque es plenamente compatible con la opción en favor del Estado Constitucional y la sociedad abierta, esto es, con los principios constitutivos de la modernidad política: soberanía nacional; democracia representativa; división de poderes; garantía de los derechos fundamentales. Estamos dispuestos, cómo no, a discutir racionalmente los argumentos de unos y de otros. Pero no vamos a consentir insultos, chantajes, ni desprecios: la realidad de España en el siglo XXI habla por sí misma.

Quede claro, pues, que la norma fundamental ofrece un anclaje indiscutible a la propuesta de un nuevo patriotismo: «...indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible...», proclama el artículo 2º. Como escribí en otra ocasión («España, desde La Graciosa», Tercera del pasado 26 de junio) la fuente de legitimidad de la Constitución se llama España, y no «convivencia» o «tolerancia», ni siquiera «paz». Hay que dar ahora un paso más allá, porque el nacionalismo es un «estado del espíritu», como ha escrito Hans Kohn en un libro notable, hoy día ignorado en los círculos académicos. Pero no basta, al parecer, con el «plebiscito cotidiano» de Renan o el «proyecto sugestivo» que reclamaba Ortega. En puridad, ese proyecto existe y ha conseguido la plena incorporación de España al núcleo de la civilización libre, allí donde se encuentran nuestros aliados naturales. Ya no estamos relegados, con justicia o sin ella, al rincón que se reserva a los países marginales o marginados.

Ese proyecto, construido a partir de la máxima generosidad hacia los particularismos, no ha cristalizado paradójicamente en un fortalecimiento del orgullo nacional. Todo lo contrario: parece como si el camino se hubiera recorrido a regañadientes, con desgana o por pura inercia. No es verdad. España adoptó la decisión de aceptar para siempre la modernidad y ha conseguido su objetivo con brillantez. Otra cosa es que, al llegar a la meta, no falten motivos para el desencanto, ante la evidencia de una sociedad postmoderna demasiado frívola y escéptica, que no siempre merece la devoción de sus fieles. Sin embargo, como escribe R.H.S. Crossman, «las naciones no piensan; sienten». El esfuerzo por situar a España a la altura de los tiempos no ha servido para ganar el aprecio de todos los nuestros. El desamor de los nacionalistas periféricos ha dañado sin remedio la construcción del nuevo patriotismo, que no quiere ni puede (porque, si lo hiciera, no sería español) excluir a los vascos y a los catalanes. Cuidado, no obstante, porque, como decía B. Constant, «sólo hay verdad en los matices». La contribución del catalanismo moderado a este proceso de modernización es indiscutible; pero la enturbia cierto aire de desapego y resignación, que recuerda a cada paso que la única realidad nacional es la suya y sitúa la idea de España en el limbo emocional destinado a los artificios técnicos. En cuanto al nacionalismo vasco, se alimenta día a día del desprecio hacia el proyecto común y del desinterés por su plasmación constitucional, salvo en lo concerniente a sus intereses específicos.

Pero no es lícito culpar siempre a los demás. Hay que reconocer también los errores propios. El más grave se sitúa, por supuesto, en el terreno moral. Quienes sentimos con naturalidad la condición de españoles hemos procurado evitar cualquier adscripción nacionalista. El reproche nos afecta a todos: líderes políticos, intelectuales, ciudadanos. Como mucho, se tolera una doctrina ecléctica acerca de la «nación de naciones», y ello gracias al prestigio de sus defensores, como C. Seco Serrano o G. Peces-Barba, si bien la entelequia no ha logrado atraer tampoco a los que gozan del monopolio nacionalista. A su vez, políticos y juristas juegan con términos fluidos y evanescentes: «hechos diferenciales» (copiando, por cierto, a Cambó); «federalismo asimétrico»; «ámbito propio de decisión»; «diferencialismos» y otros inventos ingeniosos, como «deshomogeneidad», poco sensibles hacia las buenas formas literarias. A veces el debate se entrecruza con reivindicaciones coyunturales, pero, en definitiva, la distancia en el terreno de las ideas siempre se ensancha. Peor todavía es la teoría historicista que sustenta desde hace tiempo M. Herrero de Miñón, cuya única virtualidad consiste en dar nuevos bríos a quienes necesitan vitalmente sentirse «privilegiados» frente a la vulgaridad democrática que supone la igualdad ante la ley. El discurso reciente del PNV es la mejor prueba de este grave error.

Privilegios, «leyes privadas» en sentido etimológico, que se convierten en agravios para los demás. He aquí la palabra clave. Pero también los nacionalistas periféricos son hijos de su tiempo, prisioneros, por tanto, de la corrección política. Huyen del término odioso y, por la misma razón, se resisten a llamar «poder constituyente» a ese «fondo de poder originario», como lo califica Herrero, que les permite decidir su futuro a ellos solos. Acuden, pues, al derecho de autodeterminación, menos elegante en sociedad, pero más eficaz en la práctica: si no es posible actuar como Francia en 1789 o como Estados Unidos en 1776, bueno será imitar a las jóvenes naciones extraeuropeas; ya que no es presentable recordar el white man´s burden de R. Kipling, habrá que buscar inspiración en la conferencia de Bandung.

La gran ventaja del nacionalismo español es que no pretende ser reconocido por su pureza biológica o sus pasiones telúricas, ni procede del espíritu romántico o de la mística rural. Reivindica, por el contrario, el legado de la Ilustración y el positivismo; la tradición conservadora, liberal y socialista; la Monarquía, antigua y moderna, como forma política del Estado. Nadie puede identificar seriamente este patriotismo español con la vieja dictadura y otorgar a la vez a los románticos del Volksgeist un pasaporte para el cielo progresista. El último libro de Varela Ortega contiene, a mi juicio, argumentos inapelables al respecto. El nuevo patriotismo español necesita superar el desánimo que provocan los esfuerzos sin recompensa. Tiene que cerrar la herida sangrante del terrorismo, común -como es notorio- a todos los países civilizados. Debe ofrecer una imagen atractiva e ilusionante, recuperar los símbolos comunes, favorecer la movilidad social y territorial, procurar un gran compromiso nacional en materia de educación y cultura. Este patriotismo ya existe en la conciencia de muchos españoles, porque fluye de modo natural, sereno, razonado y razonable. Tenemos que contribuir a que salga sin miedo a la luz pública.

Es preciso reflexionar sobre las oportunas palabras del Rey en Utrecht. España, nación histórica y contemporánea, merece, alcanzada ya la madurez democrática, el respeto y el afecto de todos; nunca el desdén o la indiferencia. Respeto y afecto: no es pedir demasiado. Acudamos a nuestra biblia cervantina: «con poco me contento, aunque mucho deseo».

La democracia según Arzalluz e Ibarretxe
JORGE DE ESTEBAN El Mundo  30 Octubre 2001

A seguido de las últimas elecciones vascas, escribí en estas páginas un análisis que, a la vista de lo que ha ocurrido después, se podría definir como un ejemplo de lo que los anglosajones denominan willful thinking.

En efecto, creía yo ingenuamente, tras lo oído en la campaña electoral, que ante la ambigüedad constante del PNV, semejante a la de aquellas damas de los clubes franceses del siglo XVIII que cultivaban con su seducción al mismo tiempo a la Corte y a la Revolución, Ibarretxe, distanciándose de Arzalluz, había optado por ser el lehendakari de todos los vascos, aceptando la Constitución y el Estatuto de Gernika. Vana ilusión.

La estrategia de Ibarretxe no era más que la consecuencia del miedo de que el llamado efecto Mayor Oreja se hiciese realidad.Era necesario aparecer entonces, separándose de la vía ultranacionalista de Arzalluz, como un candidato conciliador, que se olvidaba del Pacto de Lizarra, para afianzar la vía autonomista y constitucionalista.

Han bastado unos meses, tras su victoria inesperada para ambos en las elecciones de marzo, para que Ibarretxe luzca su verdadero rostro y no sea más que el primer seguidor de la doctrina de Arzalluz. Dicho de otra manera, de las tendencias clásicas que siempre han habitado en el PNV, la independentista sin plazos y la autonomista, el tándem Arzalluz-Ibarretxe ha impuesto la primera y con prisas. Así se ha demostrado en el debate parlamentario del jueves pasado, en el que abiertamente el lehendakari afirmó que ya no sirve ni la Constitución ni el Estatuto, por lo que ha optado por patrocinar una Comisión Parlamentaria con el fin de «profundizar» en la vía del autogobierno y llegar a la autodeterminación.

Sin duda las prisas tienen su explicación. Saben perfectamente que después del 11 de septiembre el mundo ha variado sustancialmente y hay una ola irrefrenable contra el terrorismo que afectará a ETA, quedándose así el PNV sin una de sus tradicionales formas de chantaje para presionar continuamente al Estado y a la sociedad vasca.

Además también son conscientes de lo que está pasando en Irlanda del Norte: por fin el IRA ha accedido a entregar o inutilizar sus armas, porque como dice John Reid, ministro británico para Irlanda del Norte, «la violencia y el terrorismo en Europa, donde hay instrumentos que permiten la discusión y el diálogo, no tiene justificación. Y no sólo no tienen justificación, sino que no sirven para nada». Es más: hay un elemento, de enorme alcance psicológico, todavía no evaluado por unos y otros, que estoy convencido de que tendrá sus consecuencias a corto plazo para neutralizar los intentos separatistas de los nacionalismos en la Unión Europea.

Ciertamente, a partir del próximo 1 de enero, el símbolo más palpable de la soberanía de los Estados, como es la propia moneda, se unificará a través del euro. Todos sabremos entonces lo que muchos quieren ignorar: que estamos ante un proceso de unificación europea, cuyas decisiones más importantes ya no se tomarán en Madrid, sino en Bruselas.

Keynes, el mayor economista del siglo pasado, decía que «la importancia del dinero se debe a que es un vínculo entre el presente y el futuro». El pasado, fetiche imaginario de los nacionalistas vascos, comenzará, por tanto, a perder peso, para cobrarlo un futuro en el que todos estamos ya comprometidos. Y ello se comprobará día a día, utilizando una moneda común a todos. ¿Para qué crear entonces un Estado cuyas competencias ya no se poseen desde el principio, salvo que se quiera caer en una suicida marginación de Europa?

Pero vayamos ahora a la concepción de la democracia del tándem Arzalluz-Ibarretxe. Lo que siempre ha sostenido el primero es que los vascos no aprobaron la Constitución y, por consiguiente, no tienen por qué defenderla. Como tantas cosas que dice éste se trata de una auténtica falacia, pues las cosas no sucedieron así. Como es sabido, el PNV propugnó, en la campaña del referéndum para aprobar la Constitución, la abstención. Y, sin embargo, la participación en las tres provincias vascas fue de 48,8%, es decir, casi la mitad de los electores, pero si le añadimos el porcentaje de Navarra, reivindicación constante de los nacionalistas, la cifra llega al 53,2%, es decir, más de la mitad del censo electoral, aparte de que se apuntan el abstencionismo técnico que se da en todas las votaciones.

Por otro lado, de ese 53,2% la mayoría de los que votaron por la Constitución asciende a un 70,4%, lo que viene a significar que vascos y navarros aprobaron sin ningún género de dudas la Constitución, mal que les pese a Arzalluz e Ibarretxe, si nos atenemos a las reglas democráticas.

Por consiguiente, legal y legítimamente la Constitución sigue siendo válida para más de la mitad de los vascos y navarros.Y la proporción aumenta si consideramos que el Estatuto del País Vasco, derivado de la Constitución, fue aprobado en referéndum por una mayoría abrumadora, ya que sobre una participación de cerca del 60% fue aprobada por algo más del 90%. Lo que viene a significar que la Constitución fue doblemente apoyada por el pueblo vasco, primero, al aprobar el texto en sí mismo y, después, el Estatuto que emana de ella y que forma parte del bloque de la constitucionalidad en nuestro país.

Pues bien, lo que se desprende de los últimos discursos y declaraciones de ambos políticos vascos es que parece que piensan que en el País Vasco (y con mayor sinrazón en Navarra) rige un régimen de partido único, el PNV, favorecido por el espejismo de la mayoría absoluta, pues creen que lo que diga éste es lo que quieren todos los vascos.

Sin embargo, no es así, sino que en el País Vasco hay un pluralismo político y los partidos constitucionalistas y sus electores constituyen cerca de la mitad del censo, además de que muchos votantes del PNV no son partidarios de la independencia, sino del autonomismo.De ahí que la concepción de la democracia de Arzalluz e Ibarretxe les lleve a afirmar que la Constitución no es válida porque no la votó el 46,8%, mientras que, al mismo tiempo, su propuesta de autodeterminación no la querría una cifra parecida, o incluso mayor si incluimos a Navarra, según las cifras de las últimas elecciones. Luego ¿por qué consideran que lo que es válido para rechazar la Constitución, no es válido para rechazar también su propuesta de autodeterminación?

Por supuesto, creo que la autodeterminación en una democracia como es la española actual existe periódicamente cada vez que se celebran las elecciones generales y autonómicas, no siendo válida constitucionalmente ninguna otra versión diferente de este concepto. Pero, en cualquier caso, si ésta fuera posible políticamente, tampoco se podría tener en cuenta mientras que no hubiese una mayoría de más de dos tercios de partidos políticos y electores en el País Vasco y Navarra que la avalase. Pues es esta mayoría cualificada la que la Constitución exige para su reforma extraordinaria y que fue aprobada, como digo, por vascos y navarros.

En definitiva, cualquier intento de secesión que no sea por medio de alcanzar esta mayoría, por supuesto con plena libertad y no como ahora, no sólo sería un fraude a la democracia, sino también una deslealtad a la Constitución que entraría de lleno en lo que contempla su artículo 155, que dice: «Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general».

Dicho por las claras: no cabe, constitucionalmente hablando, la creación de una Comisión para ir preparando la vía de la autodeterminación de Euskadi. Si el tándem Arzalluz-Ibarretxe tiene dudas de lo que están proponiendo, vean lo que pasa en otros países democráticos como Canadá, donde el Tribunal Supremo ha señalado que la eventual secesión de Quebec es un asunto no unilateral, sino bilateral, y que en todo caso exigiría una mayoría cualificada para tener en cuenta un referéndum aprobatorio de independencia. Dejemos, por el momento, de estar obsesionados con lo que ocurre en Afganistán y miremos lo que está pasando en el norte de España.

Jorge de Estebán es catedrático de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Oreja: “El nacionalismo vasco coincide con ETA en los fines y en la estrategia”
El presidente del Grupo Popular en el Parlamento Vasco, Jaime Mayor Oreja, asegura que el nacionalismo que gobierna en esa comunidad "ya no sólo coincide con ETA en el fin último, sino también en su estrategia" y sólo difiere de la banda terrorista "en los medios, las tácticas y la velocidad".
EFE Libertad Digital  30 Octubre 2001

Mayor Oreja pronunció en la noche de este lunes en el Club Siglo XXI la conferencia "Una experiencia frente al terrorismo: la aportación de España", durante la que aseguró que "nuestra primera obligación histórica como vascos radica en la aceptación de la pertenencia a España, no con carácter provisional o condicionada a la libre determinación de nosotros los vascos".

En su conferencia, que fue presentada en representación de todos los concejales del PP vasco por la edil de Azkoitia Pilar Elías, cuyo marido fue asesinado por ETA en 1980, Mayor señaló que "todo ha cambiado en España menos la ortodoxia y los dogmas del PNV y la violencia de ETA". Aseguró que el inmovilismo da la banda terrorista, a diferencia del IRA, es consecuencia del inmovilismo del nacionalismo vasco y del PNV, "de sus dogmas identitarios y etnicistas, de su ortodoxia de odio antiespañol".

Apuntó que "si la actual estrategia del nacionalismo vasco consiste en la superación y ruptura del marco político y jurídico con carácter unilateral, ese nacionalismo gobernante está más en la ruptura que en la reforma" y "ya no sólo coincide con ETA en el fin último, sino también en su estrategia". "Difieren en los medios -que no es poco, siendo ETA una organización criminal- en las tácticas, en la velocidad", añadió

La nueva moda del lenguaje nacionalista
Denunció la "nueva moda" del nacionalismo al emplear expresiones como "ámbito vasco de decisión" o "ser para decidir" que suponen en su opinión un reflejo de la ortodoxia nacionalista para la que la autonomía es "una meta volante" y no la "meta final" de sus verdaderas aspiraciones. En este nuevo lenguaje de la ambigüedad se encuentran expresiones, muy usadas por Ibarretxe, como “explorar las potencialidades del Estatuto”. La traducción es siempre una sóla palabra, “independencia”.

El también vicesecretario general del PP afirmó que los acontecimientos del pasado 11 de septiembre han supuesto cambios fundamentales incluso en una organización terrorista como el IRA, pero no en las posiciones del PNV ni de ETA que tienen una estrategia de "piñón fijo". "De vivir tan a espaldas de España, están empezando a vivir a espaldas de la Unión Europea y de Occidente", dijo Mayor Oreja, para quien el aislamiento y la soledad son ya la principal seña de identidad del nacionalismo vasco del PNV y la que puede llevarle a ser para ETA lo que fue el Sinn Fein para el IRA.

El ex ministro del Interior explicó que la historia del combate contra el terrorismo en España es la de la superación "lenta y complicada" de una serie de limitaciones originadas por "la bisoñez democrática de España", la "falta de lealtad democrática de algunos partidos" y "una mala conciencia y una mala reputación de España".

Entre los hitos en la superación de esas limitaciones mencionó el Pacto de Ajuria Enea en 1988, el "espíritu de Ermua", el acuerdo antiterrorista entre PP y PSOE y, ahora, los acontecimientos del once de septiembre porque han hecho surgir "una nueva conciencia internacional" ante el fenómeno del terrorismo. En ese aspecto aseguró que si en el pasado la ONU o la UE hubieran tenido una posición como la actual "ETA probablemente habría pasado a la historia."

A la conferencia asistieron, entre otros, el secretario general del PP, Javier Arenas; el presidente del PP vasco, Carlos Iturgáiz; el ex presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo; el diputado general de Alava, Ramón Rabanera; el director general de la Guardia Civil, Santiago López Valdivielso, y el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón.

A dialogarnos
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo  30 Octubre 2001

Se me antoja, mi señor lehendakari, que animado de la buena voluntad que se debe suponer siempre en persona principal, yerra usted, dejándose llevar de un error gramatical que me permito señalarle con toda humildad. Parece creer que ‘dialogar’ es verbo transitivo y es ésa la razón de que se muestre dispuesto a dialogarnos hasta el amanecer o, como dijo en el pleno sobre el autogobierno, «hasta enmudecer».

Es una lástima que no aclarase hasta enmudecer quién, si usted o sus interlocutores. En el primer caso, la propuesta denota una notable voluntad de entrega, en esa disposición a hablar hasta quedarse afónico. En el segundo, podrían darse dos casos: a) que enmudezca usted a sus adversarios, apabullándoles con su verbo; y b) esperar a que sean ellos quienes callen, derrotados por la ronquera. Podrían pasar las dos cosas e incluso una tercera que escribió un cronista deportivo hace ya unos cuantos años: «los espectadores aplaudieron hasta enronquecer».

Verá, lehendakari, yo le he oído hablar muchas veces de diálogo, pero le he visto dialogar poco. Me refiero a dialogar en plan de toma y daca, a rebajar sus planteamientos para encontrar un punto de encuentro con sus opositores. No es que me parezca mal que usted, decepcionado por el inmovilismo ciego de sus antagonistas y ante su actitud renuente con el autogobierno, decida proponer un nuevo pacto. Lo que no sé si es muy lógico es que a unos contertulios que no quieren completar el Estatuto les ofrezca un pacto consistente en que completen íntegra y urgentemente el Estatuto, admitan la posibilidad de cambiarlo, profundicen en el autogobierno y asuman que el pueblo vasco no es una parte subordinada del Estado, sino un ámbito vasco de decisión. Si la enumeración se hubiese producido en una película de los hermanos Marx, en este punto habría sonado la bocina de Harpo y Groucho habría dicho resignadamente: «y también dos huevos duros».

No comprendo que si los españoles son los culpables de que el Estatuto ya no sea lugar de encuentro o se haya convertido en un punto difuso, vayan a adherirse fervorosamente a sus posiciones y empiecen a caminar francamente por la senda soberanista. Quizá marcado por sus nobles aficiones ciclistas, se ha planteado la legislatura como una carrera por etapas, en la que hemos superado ya las dos primeras. En otro país, políticamente normal, se interpretaría que la inexistencia de acuerdos es un fracaso colectivo, pero en primer lugar de quien tiene la responsabilidad de gobernar. Aquí no. Nos cunde tanto el hecho diferencial…

Suma y sigue
Breverías ABC  30 Octubre 2001

A Dios rogando y con el mazo dando, reza el refrán, al que se ha aplicado con afán Juan José Ibarretxe, que por la mañana habla de las «barbaridades» de ETA (no dice que las cometa, sino que la banda está cerca de ellas) y por la tarde concede a los familiares de los terroristas más de siete millones para que no tengan que gastarse una peseta en los viajes a las cárceles. Lo irritante del caso (si es que no lo es ya el hecho en sí de la subvención) es que ese dinero está destinado a «actividades que divulguen, realicen o promuevan la defensa y protección de los derechos humanos». Los mismos derechos humanos (el de la vida en primer lugar) que ETA se empeña una y otra vez en despreciar.

Agustín Ibarrola acusa al nacionalismo de vulnerar «todas las libertades»
GERARDO ELORRIAGA BILBAO El Correo  30 Octubre 2001

«¿Un hombre que va con escolta puede referirse a algo más duro que la realidad que vive?». Con esta interrogante respondía ayer Agustín Ibarrola a una pregunta sobre sus duras críticas al nacionalismo vasco vertidas momentos antes, en su discurso de agradecimiento por la concesión del Premio ‘Mayores en Acción’. «Yo tengo muchos amigos nacionalistas, algunos de ellos se hacen los distraídos conmigo cuando hay otros nacionalistas delante por miedo a que les afeen su amistad conmigo», lamentó Ibarrola, para quien vivivos un momento «en el que ese modelo común del nacionalismo está vulnerando todas las libertades del país y la convivencia democrática».

El pintor recibió en Bilbao el galardón, concedido por la Confederación Española de Organizaciones de Mayores para reconocer su fecunda actividad artística y también «su decidida defensa de los valores de libertad y paz, con evidente riesgo a su persona y obra». Ibarrola aseguró sentirse halagado «porque no se trata de un homenaje a mi persona, sino a todos los demócratas silenciados de este país».

El artista explicó que su compromiso con el arte ha sido la gran pasión que ha dado sentido a su vida. «Ha situado mi creatividad en muchos planos, en las realidades globales y también en las locales», declaró. «En mi condición de ciudadano, me ha dado voluntad para luchar por la libertad y la democracia bajo el franquismo y en una Euskadi exclusiva y excluyente de un nacionalismo que asiste inerte al atentado y la destrucción, a que sectores jóvenes y formados abandonen su tierra y que presenta como normal que otros vivamos bajo protección», agregó.

Ibarrola acusó al nacionalismo vasco de ser «desleal al sistema» y de considerar a todos «los oponentes enemigos a exterminar». También lamentó el descrédito que conlleva tal situación: «El prestigio de ser ciudadano vasco está siendo lapidado».

El bosque animado
Por Jaime CAMPMANY ABC  30 Octubre 2001

Con el otoño el bosque se anima. Caen las hojas muertas, el parque se cubre de oro viejo, los crepúsculos de apresuran y brotan los hongos. En política, salen y entran personajes (caras, caretas y carotas), florecen los problemas y pujan los renuevos. La entrada en este otoño no ha sido sosegada. Prosigue la guerra en Afganistán, una guerra que no sabemos cuándo y cómo acabará. Los americanos ya han reconocido la dificultad de apresar a Ben Laden, que sería una manera de buscar un desenlace a los bombardeos sobre la desolación y los desiertos. Y entonces, ¿cuál es el objetivo? Quizá sea acabar con los talibanes, pero la fábrica de hacer talibanes se llama Osama Ben Laden, y hasta que una bomba o un comando acabe con él, todo Afganistán será talibanes.

Ya sé yo que la guerra va por dentro, como la procesión de la frase hecha. La guerra importante contra el terrorismo, y ojalá esta sea una guerra contra todos los terrorismos, se riñe en las cajas de caudales, contra el fundamentalismo de algunas políticas y frente al apoyo de la violencia por parte de algunos gobiernos. Pero esa sí que será una guerra larga, nueva, invisible a veces, seguramente interminable. La tentación de recurrir a la violencia terrorista ante enemigos más poderosos ya se ha convertido en costumbre. Y es usada por gobiernos y por gentes que proclaman su pacifismo.

Como muestra, ahí (es decir, aquí) está el terrorismo etarra, que reconoce su intención de seguir matando mientras hace declaraciones de amor a la paz, y que está siendo utilizado desde trincheras políticas. Bien es verdad que desde el 11 de septiembre los etarras no matan, pero no habrá sido porque no lo hayan intentado en tres o cuatro ocasiones. Si no lo han conseguido será por el desconcierto natural ante la nueva situación y por falta de pericia de los jóvenes relevos después de los eficaces golpes policiales tanto en España como en Francia. Lo más triste de todo es el empecinamiento de un partido que se define democrático, incluso cristiano, en proporcionar coartadas políticas al terror. Hay que ver qué cosas han dicho estos días el obispo Setién, el padre Arzalluz y el monaguillo Ibarreche.

Al parecer, la innegable crisis económica la estamos conllevando (ahora se dice mucho «conllevar» por «compartir») mejor que peor y la soportamos con menos daño que el resto de Europa. Pero el sueño de las vacas gordas ha acabado para José. Para José y para José María. Y la guerra, si se prolonga, no puede traer nada bueno a la economía. Esperemos que lo traiga para enfrentar a los terrorismos. Pero florecen los problemas como los hongos de otoño. Veamos.

Bruselas reclama más de veinte mil millones de pesetas por el fraude del lino, donde la verdad ha dejado limpia e impecable a Loyola de Palacio y ha desvelado la responsabilidad de José Bono, que armó aquel bochinche, y de las Comunidades Autónomas. Se enredan las relaciones con Marruecos. Tenemos la costa llena de moros y el único que se larga es el embajador, pero sin llevarse a ninguno de los que vienen en las pateras. Gescartera se cerrará en falso, a medio abrir la caja de las galopinadas y del dinero negro. A Rodrigo Rato, uno de los tres delfines mejor perfilados, lo deja tocado sin remedio. Alguien tendrá que explicarnos a quiénes comunicó el Tribunal Constitucional su resolución de inadmitir (como dice la jerga jurídica) el recurso de amparo de la Prisa de Polanco, que eso sí es «prisa» en hacerse rico. Y qué pasa con eso que Martín Prieto llama «mejicanada» en un artículo terrible y luminoso como el rayo de Júpiter. Y encima, entre unos y otros, Pujol el primero, están dejándonos el castellano que no lo reconoce el latín, es decir, la madre que lo parió.

La soledad de ETA
Manuel Martín Ferrand La Estrella  30 Octubre 2001

E
TA, como todo el mundo sabe, es una sigla dolorosa y negra —Euskadi ta Askatasuna— que alude a dos conceptos básicos: Euskadi y Libertad. Es decir, que los etarras mienten, cuando menos, por la mitad de la barba. Dando por bueno, aunque por desviado y enfermizo, su amor por la tierra vasca, la libertad no sangra, ni mata, ni condena, ni explosiona. La libertad es difícil, pero no es asesina.

El último comunicado de ETA, publicado en Gara y en Egunkaria, tiene, al margen de su natural carácter reivindicativo, un nuevo aroma de soledad. Habla de seguir enfrentándose a "quienes impongan sus leyes por las armas al pueblo vasco", todo un ejercicio de desdoblamiento moral; pero añade, y parece algo más que un ejercicio de estilo, que "la paz es posible". No sé cómo puede serlo en el ambiente y desde el tono que mantienen los etarras, pero bueno es que la palabra "posible" no desaparezca del horizonte.

La soledad que yo adivino en ETA, acorralada por la situación mundial creada después del 11 de septiembre, es, por paradoja, como aquella que cantaba José María Pemán, uno de los tres o cuatro mejores articulistas de la prensa española a lo largo del siglo XX:

"¿Qué jardinerito loco
con sus tijeras de plata
le cortó al ciprés la punta,
Soledad?".

No le faltó razón al presidente José María Aznar cuando, en su último sermón toledano, en la —¿inevitable?— comparación entre la situación vasca y la irlandesa, dijo que el proceso de Irlanda del Norte comenzó en España con la amnistía de 1977.

ETA sabe, o puede saber, o debe saber, que sus acciones terroristas ya no son elemento para un cambio en la situación general vasca. La condena internacional a cualquier forma terrorista, de una parte, y la creciente solidificación de la democracia española, por otra, conforman un panorama sin otra salida para la banda armada que no sea la de su estricta profesionalización en el delito.

Lo difícil será encontrar el camino de la paz con una "solución" al problema humano que se personifica en los propios terroristas. Ahí es donde comienza una gran responsabilidad, nueva y definitiva, para el PNV, que, lejos de posturas y grandilocuencias, debe buscar un camino en la espesura en el que todos puedan salvar los muebles, o lo que quede de ellos, en beneficio de la paz. Ya no hay más nueces en el árbol y, en consecuencia, es irrelevante que alguien sacuda o deje de sacudir el nogal

Una crisis del Islam
ANTONIO ELORZA El Correo  30 Octubre 2001

Hace un par de años presidí el tribunal encargado de juzgar la tesis de un estudiante palestino so-bre los orígenes del Islam. Era un hombre amable, de profunda religiosidad, que enjuiciaba todo desde la prioridad de lo sagrado. Así, la conquista de Jerusalén en 638 era presentada en la tesis como «la liberación de al-Quds» que «la nación árabe» había llevado a cabo. Le objeté que no sólo «al-Quds» no existía entonces, pues es una denominación islámica de Jerusalén que se acuña en el siglo X, sino que mal podían sentirse liberados los habitantes de una ciudad donde no había entonces un solo musulmán. ¿Por qué no hablar de conquista? El doctorando me replicó que para un creyente como él toda expansión del Islam sólo podía entenderse como liberación, a lo cual a mi vez repuse que comprendía su punto de vista, pero que también él debía entender que optaba a un grado en una Universidad donde el laicismo era la norma, por contraste con lo que hubiera sido admisible en una Universidad islámica como la de Al-Azahr. Así que obtuvo una calificación discreta. Lo aceptó cordialmente, pero no así el director de la tesis, uno de esos arabistas que parte de considerar que toda pretensión de crítica occidental del Islam es síntoma de odio e ignorancia. Y sobre todo montaron en cólera acompañantes que procedían de la gran mezquita de Madrid. Uno de ellos, tal vez el imam, se dirigió a mí airado, batiendo una cachava contra el suelo: «¡Lo que me faltaba por oír, que la ciencia es laica!».

El incidente sacaba a la luz dos cosas de interés a la hora de analizar la presente crisis. La primera, la aproximación reverencial que muchos islamólogos hacen a los problemas que en la historia concreta presenta su objeto de estudio, apareciendo antes como abogados defensores que como expositores de una realidad que todos debemos conocer. La segunda, el sentimiento de superioridad que caracteriza al creyente, en especial si se trata de un integrista, como cabía suponer de los adscritos a una institución pagada por Arabia Saudí. Todo lo que no fuera reconocimiento de su sacralidad por parte del otro era visto como un insulto que justificaba una respuesta violenta. Si tal es el comportamiento en un país no islámico, resulta fácil adivinar el alcance de la reacción en su tierra sagrada.

Hay que partir, en consecuencia, de algo muy claro: por mucho que desagrade, el macroterrorismo del 11 de septiembre ha existido y sus raíces son inequívocamente islámicas. Eso sí, de un sector muy concreto del Islam. Y se apoyan en esa conciencia de superioridad de la ‘umma’ de creyentes que fijó Alá al designarles como la mejor comunidad, por encima de todo otro colectivo humano. Precisamente conviene partir de este reconocimiento, designando el sujeto de la acción, el integrismo de procedencia wahhabí, porque es el único modo racional de explicar que por supuesto el Islam en su conjunto no es el culpable, aun cuando en sus textos sagrados los integristas puedan encontrar puntos de apoyo para una acción tan irracional como la ejecutada. Con la consecuencia nada irrelevante de que la crisis actual no consiste sólo en una confrontación entre musulmanes radicales y gentes de Occidente, sino que es también un último episodio de la intensa tensión que en el interior del mundo musulmán opone a una minoría de radicales puritanos, dispuestos a una depuración de la fe por la sangre, respaldados por masas de desheredados, con quienes han ido adaptando las formas de vida de la ‘umma’ de creyentes al curso de la historia. Y que esta partida es tan importante como la detención de Bin Laden para el futuro de la convivencia de religiones y formas de vida a escala mundial.

Porque al líder terrorista hay que tomarle completamente en serio. A la vista de la documentación hoy disponible, cabe preguntarse por la alternativa que hubiera podido buscarse a la acción militar. Está muy bien oponerse con todas las fuerzas posibles a la guerra, pero el pacifismo nada tiene que ver con el silencio de los corderos. La yihad puesta en marcha por Bin Laden y Al-Qaida el 11 de septiembre no se hubiera detenido en modo alguno de elegir Estados Unidos una vía de diálogo -¿con quién y para qué?- y de renuncia a ejercer represalias. Sólo habría sido válida la retirada de Oriente Próximo, con la disolución del Estado de Israel, y aún entonces la victoria de Alá exigiría nuevas concesiones de unos ‘paganos’ destinados a la expulsión. No es casual que Bin Laden cifre en 80 años el tiempo de humillación sufrido por los musulmanes: es el plazo que media desde la disolución del Imperio otomano, el último vehículo político de la expansión del Islam, a cuyo desplome habría seguido un periodo de fragmentación y dependencia respecto de aquellos ‘infieles’ a quienes, en la tradición wahhabí, resulta hoy imprescindible aniquilar.

La modernidad en el contexto y en los medios sirve de envoltura a un núcleo ideológico muy sencillo y coherente ‘made in Wahhab’. No cabe compromiso alguno entre el creyente y unos infieles que profanan ‘dar-al-Islam’. Frente a la humillación que eso representa y al reto de las costumbres corruptoras de Occidente, ha de alzarse el muro de los usos islámicos originarios y debe surgir una ofensiva sin cuartel hasta la destrucción del contrapoder satánico. Dado el carácter sagrado de los contenidos de la lucha, no existen límites en cuanto a los medios empleados y al coste en vidas, tanto de ‘paganos’ como de mártires que cumplen el mandato del Corán.

En el orden técnico, la revolución en las comunicaciones y la informática, así como la formación de profesionales que conservan la fe integrista, han sido los supuestos para que surgiera una red terrorista dispersa por todos los países donde viven creyentes. Los ingresos procedentes del petróleo de Arabia Saudí y de los emiratos contribuyeron asimismo a reforzar esa plataforma, tanto a nivel individual con Bin Laden como mediante el establecimiento de instituciones (mezquitas, centros culturales, fundaciones) donde pudo echar raíces la trama. Paradójicamente, la última fase de la modernidad capitalista, la globalización, favoreció el encuentro con la fórmula más arcaica de una religión orientada hacia una implantación universal (no en un reino de otro mundo, sino configurando con su poder la vida de los hombres sobre la tierra). El ataque a Occidente se hizo imprescindible. Pero es también un ataque al Islam realmente existente en gran parte del mundo musulmán, conmovido ahora por la tendencia tradicional a la solidaridad comunitaria frente al no creyente. La disyunción observable entre ulemas y gobiernos musulmanes es el síntoma de esa pugna decisiva.

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