AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 25 Noviembre   2001
#ETA NO ACABARA CON EL ESTADO PERO PUEDE DAñAR MUCHO AL PNV
Editorial El Mundo 25 Noviembre 2001

#Salón de Grados
Por Jon JUARISTI ABC  25 Noviembre 2001

#El error trágico del PNV
Editorial La Razón  25 Noviembre 2001

#Al borde del precipicio
Ignacio Villa Libertad Digital  25 Noviembre 2001

#En la resaca de un nuevo atentado
José María CARRASCAL La Razón  25 Noviembre 2001

#Les pasó también con los nazis
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  25 Noviembre 2001

#El mismo fin
Carlos DÁVILA ABC  25 Noviembre 2001

#Movilización y seguridad
Editorial El Correo  25 Noviembre 2001

#Infierno
JOSÉ MARÍA ROMERA El Correo  25 Noviembre 2001

#El desconcierto vasco
Enrique de Diego Libertad Digital  25 Noviembre 2001

#Lo normal y lo anormal
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo  25 Noviembre 2001

#La Ertzaintza advierte al Gobierno vasco que no admitirá más «tibieza» frente a ETA
BILBAO. ABC  25 Noviembre 2001

#«Sois unos fascistas. Hipócritas. Vosotros sí que sois el conflicto»
Redacción - Bilbao / San Sebastián.- La Razón  25 Noviembre 2001

#La rechifla del terrorismo
Alberto Míguez Libertad Digital 25 Noviembre 2001

ETA NO ACABARA CON EL ESTADO PERO PUEDE DAñAR MUCHO AL PNV
Editorial El Mundo 25 Noviembre 2001

Una vez más, ayer se repitió el penoso ritual que sigue a cada asesinato de ETA. Hubo concentraciones, manifestación, dolor en las capillas ardientes de los dos ertzainas brutalmente abatidos a balazos cuando regulaban el tráfico. Hubo, como siempre, muchas declaraciones de dirigentes políticos que, lamentablemente, no depararon sorpresas. Arzalluz dijo que se sentía «especialmente triste» porque las víctimas son parte de un Cuerpo «querido» por el PNV, el lehendakari mostró su «desprecio» hacia la falta de «humanidad y dignidad» de ETA y el secretario general del PSOE pidió a Ibarretxe que convoque a todos los partidos democráticos para hacer un frente común contra el terror.

Tiene razón el líder socialista, pero no hay ningún indicio que permita ser optimista sobre un cambio de rumbo en el nacionalismo vasco. No parece que ni siquiera sintiéndose especialmente tristes porque este último atentado haya atacado el corazón de la policía vasca, los dirigentes del PNV vayan a situar el combate contra la banda terrorista por encima de su estrategia política soberanista.Sin embargo, hay que estar ciego para no darse cuenta de que ETA también va a por ellos y que intentará acabar con todo lo que crea que se interponga en su camino, sea de dentro o de fuera del País Vasco.

En cierto modo, el PNV está ante la misma encrucijada que los regímenes de los países islámicos que se autodefinen como moderados.Los integristas se los pueden llevar por delante si no rompen los lazos políticos y financieros con las células terroristas y siguen tolerándolos como a hijos descarriados. Al igual que es más fácil que Bin Laden logre acabar con los regímenes de países como Egipto o Pakistán que con los EEUU; resulta imposible que ETA destruya el Estado español que demuestra su fortaleza tras cada asesinato pero puede desencadenar una guerra civil en la que corra la sangre de los propios dirigentes nacionalistas.Que recuerden lo que ya hicieron con Pertur o lo que le pasó a Collins en Irlanda.

Nadie le pide al PNV que renuncie a su ideario político. Sólo que rompa las amarras que aún mantiene con el entorno etarra.El alcalde nacionalista de Beasain, el pueblo donde fueron asesinados los dos ertzainas es presidente de Udalbiltza, esa organización que nació de la mano de ETA y Batasuna para caminar hacia la independencia.

El lehendakari ha optado por una estrategia en la que la lucha contra el terror vaya en paralelo con el avance hacia el mismo objetivo independentista que persiguen los asesinos. Es una tarea imposible. Ambas líneas no pueden ser nunca paralelas, porque se cruzan, indefectiblemente, en las víctimas del tiro en la nuca. Mientras el PNV siga defendiendo idénticos fines que ETA, los terroristas podrán justificar su existencia y sus crímenes.

Salón de Grados
Por Jon JUARISTI ABC  25 Noviembre 2001

VIERNES veintitrés de noviembre de 2001 en la mañana. Javier Arzalluz Antia, presidente del PNV, acude a un encuentro con estudiantes y profesores de la Universidad del País Vasco en la Facultad de Filología y Geografía e Historia, sita en el campus de Vitoria-Gasteiz. No sé de qué habla Arzalluz. Los telediarios que recogen la noticia del acto en sus ediciones de sobremesa no son muy explícitos al respecto, quizá porque buena parte del mismo se desarrolla en eusquera, pero probablemente se tratan asuntos de actualidad (la nueva ley de Universidades, la negociación del Concierto Económico, etc.). Conozco al profesor que se sienta junto a Arzalluz como presentador y quizá moderador de la sesión. Un buen tipo, Ivan Z.. Nacionalista moderado, aunque él se crea otra cosa, me ha hecho saber con frecuencia y exquisitos modales su desacuerdo con declaraciones o artículos míos que juzgaba exagerados o injustos. Desde luego, ha leído todos mis libros y conservo aún cartas suyas en las que somete alguno de ellos a un detenido escrutinio. No escribe nada mal. Es, insisto, un muchacho agradable. Entre nosotros siempre hemos hablado en eusquera y supongo que le afligen mis extravíos ideológicos. No me consta, sin embargo, que se haya lamentado en público de que algunos de sus compañeros de facultad (los profesores José María Portillo y José Luis Melena, por ejemplo, o yo mismo, sin ir más lejos) nos hayamos visto obligados a dejar nuestra facultad, que es también la suya, y a buscarnos la vida fuera del País Vasco. Nunca ha firmado, que yo sepa, comunicado alguno de protesta por este motivo. Pero no quiero parecer quisquilloso. Z. me cae bien.

Lo cierto es que Arzalluz habla de asuntos más o menos importantes a una treintena de alumnos y profesores de mi facultad. Reconozco al instante el Salón de Grados. Allí es donde tienen lugar habitualmente las defensas de las tesis doctorales. Hace un año escaso, volví a mi facultad para presidir una comisión de tesis, lo que suele llamarse un tribunal. Razones de seguridad aconsejaron que el acto se celebrase en un aula perdida de uno de los edificios auxiliares. En fin, fue divertido: había miembros de cinco cuerpos distintos velando por mi pobre persona (Policía Nacional, Guardia Civil, Ertzantza, seguridad privada de la Universidad e incluso Miñones alaveses). Con todo, las autoridades de mi facultad juzgaron que mi presencia en el Salón de Grados podía provocar las iras de un sector del alumnado (quizá de los mismos que escuchaban a Arzalluz el pasado viernes). Recordé entonces que razones semejantes se habían esgrimido, un año antes, para suspender una conferencia del periodista José María Calleja en dicho Salón de Grados. Porque en el País Vasco, claro está, todos los ciudadanos somos iguales, pero hay grados, y los Salones de Grados de la Universidad se reservan para los grados superiores de la ciudadanía.

Arzalluz ha terminado de hablar. Un estudiante (o algo parecido) se acerca a la mesa y deposita ante el orador una tarta de mierda, mientras otros asistentes levantan pancartas reclamando Euskal Unibertsitate Bat, una Universidad en eusquera. Es decir, sólo en eusquera, la inveterada reivindicación de los abertzales y, en particular, de Ikasle Abertzaleak, la rama estudiantil de ETA. Al reclamo de esta consigna, yo he visto reventar sesiones claustrales, golpear a profesores y alumnos, destruir despachos, comedores y aulas. Algunos esclarecidos miembros de Ikasle Abertzaleak de nuestra facultad aparecen de vez en cuando en la prensa como miembros de comandos etarras detenidos tras haber asesinado a unos cuantos ciudadanos. Los que hoy ocupan el Salón de Grados parecen bastante tranquilos. Sonríen a Arzalluz, sonríen a las cámaras de televisión. Son muy, muy jóvenes. Quizá no se hayan duchado todavía este año, pero, en general, van guapitos. Arzalluz, el viejo león nacionalista, sonríe con ternura. Aparta con ademán elegante la tarta de mierda hasta situarla bajo la nariz del profesor-presentador, y con dulcísima voz de catequista asegura a los protestones que comparte sus deseos y que espera verlos pronto realizados. Aplausos.

Viernes veintitrés de noviembre de 2001 en la tarde. ETA asesina en Beasain a Ana Isabel Aróstegui y a Javier Mijangos, ertzainas. Llueve mansamente y se va otro día. José María Calleja, periodista, escritor, que no pudo dirigirse a los estudiantes de mi facultad desde la tribuna que Arzalluz ocupó el viernes, ha dado con una fórmula eficacísima para trasladar a sus lectores la realidad del País Vasco. Cuenta lo que pasa. No juzgues. Habla de hechos. De lo que sucede. De los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa y átame esa mosca por el rabo. Ven y cuéntalo. Y si no puedes venir o ir, como es mi caso y el de Calleja y el de Portillo y el de Melena y el de tantos otros, pon la tele. Mira los telediarios y cuenta lo que ves. No juzgues. Si acaso, recuerda, recurre a tu memoria tras quitarle la ganga del dolor. Habla de la facultad que ayudaste a fundar, tú, uno de sus profesores más antiguos y, desde luego, uno de los más viejos. Habla del Salón de Grados y de la tarta de mierda (y, eso sí, llama a las cosas por su nombre). No ofendas a nadie innecesariamente, aunque hables de la facultad donde tu juventud y tus ilusiones se perdieron y del país que era el tuyo y al que no volverás. Cuéntalo con el rigor y la indiferencia de una cámara de televisión, ante cuyo objetivo pasa un pastel inmundo y un estudiante maricuela y un vejete risueño y el cuerpo acribillado de una chica de treinta y cuatro años. Cuéntalo como Calleja. Cuenta tú también los nuevos cuentos de Calleja. Cuenta, por ejemplo, eso: un día cualquiera, pongamos que un viernes veintitrés de noviembre de 2001, en la vida y la muerte del País Vasco.

El error trágico del PNV
Editorial La Razón  25 Noviembre 2001

El análisis que han hecho los dirigentes del PNV del salvaje atentado contra una mujer y a un hombre de la Ertzaintza es la peor noticia que puede recibirse. Porque no sólo no rectifica, sino que abunda en la estrategia que el PNV sigue respecto a Eta y que se ha demostrado radicalmente inútil, cuando no contraproducente. Así, ayer, el presidente del PNV, Javier Arzallus, afirmó que «siguiendo [Eta] por ese camino, vamos a ver cómo en las próximas municipales la desbandada va a ser mayor [que en las autonómicas] y por ahí vendrá la desaparición de Eta si siguen con esas estrategias». Un camino, el de los atentados, que llevará a Eta a la soledad, según cree Arzallus.

Es decir, que el líder peneuvista se reafirma en su línea: el PNV seguirá con su mensaje radicalizado para adoptar a los hijos pródigos de Eta, mientras ellos pierden su base electoral hasta su desaparición final. Y, en la misma línea, Ibarreche, que aseguró ayer que «hay que redoblar los esfuerzos para trasladar a Eta en la calle que tiene que desaparecer». O sea que será la calle, quitando votos al complejo Eta, la que disolverá la banda terrorista.

Son planteamientos trágicamente equivocados. La calle no disuelve ni ha disuelto nunca una banda terrorista. Los votos no han eliminado jamás a un grupo que se cree a sí mismo vanguardia revolucionaria. Si el mensaje del PNV se radicaliza para atraer a Eta, Eta creerá siempre que eso es obra, precisamente, de su acción armada, y por ello la redoblará. Si se aceptan algunos planteamientos de Eta en el terreno de la autodeterminación o la soberanía, Eta verá que avanza e insistirá en su estrategia.
El drama es que Arzallus cree que los avances soberanistas en el País Vasco, desde el Estatuto acá, son obra de su iniciativa política (y ayer lo dijo, al comentar que el esfuerzo del PNV «es el que hizo [a la Ertzainza] ponerse en pie». Pero Eta, que «ayudó» a ese esfuerzo con cuantiosos asesinatos de policías y guardias civiles cuando se debatían las competencias para la Ertzaintza, piensa lo mismo.

La vía del PNV no sirve para nada. Cuanto más se acerque a Eta (aunque fuera para frenarla) más se alejará la banda, para demostrar que la verdadera iniciativa independentista y el verdadero poder para lograrla son los suyos.

Se trataría de hacer, justamente, lo contrario. No compartir ni un solo objetivo con los terroristas. No aceptar ninguna relación con su entramado político. Hacer un bloque con el resto de los partidos democráticos españoles que quitara a Eta toda esperanza, no ya de victoria, sino incluso de avance soberanista. Puesto que la estrategia del PNV ha fallado, ¿por qué no prueba con la otra? ¿Es sólo por orgullo, o tal vez porque, en el fondo, siempre ha aprovechado para sus intereses, aunque moralmente le repugne, que Eta siga matando?

Al borde del precipicio
Ignacio Villa Libertad Digital  25 Noviembre 2001

Los dos nuevos asesinatos de la banda terrorista ETA vuelven a situar a los nacionalistas vascos ante sus propios errores, ante sus propias miserias. La nueva acción criminal de los terroristas devuelve al PNV a la realidad de sus equivocaciones estratégicas. Con estos asesinos los nacionalistas comparten objetivos, es cierto que no comparten los medios, pero al tener como intención final la misma realidad que los terroristas les ofrecen ayuda y cobertura, y sobre todo les facilitan el camino para seguir viviendo en un entorno nacional e internacional en el que cada vez existe una mayor sensibilidad en contra del terrorismo.

El PNV, con sus gestos y con sus declaraciones, está más cerca del entorno terrorista que de los partidos democráticos. Eso no es ningún ataque, es una realidad. Con sus palabras se sienten de un lado, de una parte, en donde el objetivo final es la independencia. Y los únicos compañeros de viaje en ese camino son los terroristas y su brazo político. Ellos son los que se han puesto de ese lado. Ellos son los que se han situado en la orilla contraria. Ellos son los que se han enfrentado y aislado del entorno democrático.

Cada nuevo asesinato de ETA, cada nueva acción criminal, es un recordatorio para el nacionalismo vasco, es una llamada de atención. Ellos, los nacionalistas, con su actitud soberanista ofrecen una coartada, una cobertura real a esas acciones asesinas. Unos utilizan la violencia, otros la condenan pero no la atajan; y las dos partes quieren llegar al mismo sitio y, por lo tanto, se utilizan mutuamente.

Los nacionalistas insisten desde hace tiempo en que el terrorismo etarra es “su” terrorismo, es “su” problema y que por lo tanto no necesitan “incursiones” externas para solucionarlo. Los nacionalistas reinciden en sus errores en un momento en el que el terrorismo es problema de todos y afecta a todos, ellos sólo piensan en solucionar su pervivencia política a costa de lo que sea, y ese “lo que sea”tiene sus riesgos, sus graves riesgos como acabamos de ver una vez más.

¿Cuál es la estrategia del PNV para acabar con el terrorismo? Más allá de los “fervorines” de Ibarretxe, ¿qué estrategia están siguiendo los nacionalistas para atajar el terror y los asesinatos? Sencillamente ninguna, sólo se refugian en decir que ellos pueden solucionar sus problemas. Y se atrincheran en la construcción de un “país nacionalista” en el que sólo caben los suyos y donde la divergencia política está castigada con el aislamiento y con el destierro social. Y además corren el riesgo, de que sus propias bases se rebelen contra sus dirigentes por la incapacidad de solucionar el terrorismo. El PNV persiste en sus errores, y con ello lo que están consiguiendo es cerrarse más a la realidad, colocarse al borde del precipicio.

En la resaca de un nuevo atentado
José María CARRASCAL La Razón  25 Noviembre 2001

La polémica sobre las diferencias entre Eta y las organizaciones de su entorno, que tanta saliva está haciendo gastar en España y en Bruselas, se me antoja tan fútil como aquella sobre el sexo de los ángeles, que tan preocupados tuvo a los teólogos medievales. Más substancioso que hablar de las diferencias entre Eta y Batasuna se me antoja hablar de sus semejanzas. Y bastante más fácil. Por lo pronto, el objetivo es el mismo: conseguir la independencia del País Vasco. El odio, también: España. En cuanto al personal, está archidemostrado el trasiego continuo de banda terrorista a Batasuna, y viceversa.

Se nos dirá que se diferencian en los métodos. Eta ha adoptado la violencia, mientras Batasuna acepta la democracia. ¿No será, más bien, «usa» la democracia? Que recordemos, Batasuna no ha condenado ningún atentado de Eta, asesinatos incluidos. Otegui no habla distinto a cualquier dirigente de Eta y, desde luego, no se le ha oído nunca contradecirles ni criticarles. Si ha abierto la boca ha sido más bien para justificarles. Todo apunta, en fin, a dos nombres distintos y una sola organización verdadera, una nada santa dualidad de carácter fundamentalista, gobernada por una sola idea, sostenida por un solo principio y persiguiendo un solo fin. Tanto Eta como Batasuna subordinan las leyes divinas y humanas a la obtención de su objetivo, que adquiere la categoría de imperativo absoluto. La propia realidad tiene que doblegarse ante ese imperativo, no importan los sacrificios propios y ajenos (sobre todo ajenos) que exija. El mundo se convierte así en un escenario de lucha a muerte, mientras la política se reduce a una sola nota, que tiene mucho de redoble de tambor.

A Batasuna se le viene llamando «el brazo político» de Eta. Pero durante treinta años Eta nos ha demostrado que la política le trae absolutamente sin cuidado. La única que concibe es la de la lucha armada. O sea que de «brazo político» nada de nada. Brazo de Eta a secas. Todo lo más, y gracias a la magnanimidad de la democracia, brazo legal. Pero ¿puede ser legal una organización que acepta los asesinatos, los secuestros y la violación de los más elementales derechos humanos? ¿Pueden pedir el amparo de las instituciones aquellos que tratan de dinamitarlas? ¿Pueden continuar en la legalidad quienes no admiten ningún tipo de legalidad? No estoy hablando del derecho a disentir ni del de legítima oposición. Estoy hablando de los que sin admitir la Constitución, la utilizan para actuar anticonstitucionalmente. Porque el terrorista no quiere eliminar la injusticia. Quiere eliminar al que no piensa como él. Extenderle las garantías constitucionales es tanto como entregarle la pistola con que nos mate. Y que sepamos, la Constitución no es una fórmula de suicidio. Más bien lo contrario.

Les pasó también con los nazis
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  25 Noviembre 2001

Les pasó también con los nazis El gobierno socialista alemán está al frente de los países de la Unión que no quieren incluir a Batasuna en el listado de organizaciones que ayudan a los terroristas. Dicen que un partido que se presenta a las elecciones y que tiene representación popular no puede ser incluido en la lista de torturadores. Que si fuera ilegal, que se lo pensarían.

Pero es que la Unión Europea no tiene que debatir sobre eso: un partido legal puede estar actuando ilegalmente, y se trata de saber si, bajo la coraza institucional, en Batasuna se preparan las bombas de Eta. No se cuestiona si los concejales de Batasuna deben dimitir, sino si están o no están facilitando a Eta datos, equipamiento y dinero para la comisión de atentados. Y lo están.

Por esa regla de tres, la Policía no podría investigar a nadie: si un banco roba a sus clientes, a los alemanes de Schröeder les debe importar un pepino, ¿como la empresa es legal!

También Hitler se presentó a las elecciones y ganó. Parece mentira que los alemanes no se sepan su propia historia. Se puede decir de Batasuna que tiene respaldo popular, o se puede argumentar con criterio y pruebas que Batasuna chantajea e intimida a buena parte de los electores del País vasco: desde luego, a todos los que no le votan.

La ilegalización de Batasuna nunca ha sido debatida en España y nadie quiere ese debate. No ha pasado tiempo suficiente como para que nuestras instituciones se consideren con fuerza para dar un paso así, que, al final, podría hacer de estos cafres unos mártires. Y la Unión no nos puede llevar a esa discusión. En España queremos saber si nos van a ayudar o no a desenmascarar el entramado de la gente que anteayer mató a dos ertzainas. Y si un concejal ayudó a los terroristas, aunque tenga votos populares, es un asesino. Así de claro.

El mismo fin
Por Carlos DÁVILA ABC  25 Noviembre 2001

Han tenido que ocurrir trece asesinatos de ertzainas para que Anasagasti recaiga en que «ETA va contra el pueblo vasco». Cogiendo sus palabras podrá decirse que también va contra el pueblo español, que ambos son la misma cosa. Ahora para el PNV Otegi es un indeseable al que sólo cabe despreciar. ¿Y cuando el PNV se mantuvo en el poder gracias a sus votos y el acuerdo con el indeseable?

Los errores del PNV, sus desmanes en la colaboración con Batasuna, han sido triturados por el tiempo. Así pasará con la equivocación que está cometiendo en el presente apoderándose del discurso de los batasunos para intentar el monopolio del nacionalismo independentista. Realmente no se sabe por qué se enfada tanto el sensato Durán Lleida cuando Aznar ha denunciado, una vez más, lo evidente: que el PNV y ETA comparten los mismos fines. ETA y PNV desean la secesión cuanto antes, y por eso las continuas presiones de Jauría Enea y de los orates de «Sabin Etxea» engordan la loca y cruenta aventura de la banda terrorista.

En una ocasión le preguntaron a un político de la Transición ya muerto si él y el PSOE, con el que se entendía infielmente, «estaban ya casados», y el ministro -entonces lo era de UCD- replicó: «No hace falta el matrimonio para estar bastante de acuerdo». Pues eso: ETA y el PNV están bastante de acuerdo, y si no que lo nieguen como Egíbar o sus corifeos del nacionalismo radical.

Pero ETA no se conforma con «estar bastante de acuerdo», quiere la identidad total y, mientras el PNV no regrese, como desea, a engendros como el de Estella, seguirá matando a troche y moche. Dentro de unos días el PNV llevará a los asesinos y por los conductos habituales (Gorka Agirre, el secretario de ELA...), su disgusto por los asesinatos de Beasain, y los matarifes contestarán si el PNV regresa al camino de la negociación. Con motivo del aniversario del crimen que acabó con Lluch, se han escuchado y leído cosas nocivas, la principal de las cuales es: «La paz sólo se conseguirá con el diálogo».

Pues bien, las pistolas de ETA han vuelto a dialogar y el PNV se ha sentido dolido en sus propios cadáveres, como si los demás muertos fueran definitivamente de tercera. El juez Lidón, al que Arzalluz despreciaba como a sus colegas, entre ellos. Desgraciadamente puede haber más muertos de las dos clases: nacionalistas y de tercera; los habrá en tanto el PNV no descarte, o aplace, cosa menor, sus objetivos fuguistas. Son diferentes medios para un mismo fin.

Movilización y seguridad
Editorial El Correo  25 Noviembre 2001

En la tarde de ayer miles de ciudadanos inundaron Beasain manifestando su repulsa y su hartazgo ante el asesinato sistemático y la opresiva atmósfera con que ETA pretende atenazar las conciencias en Euskadi. Para las gentes que caminaban en el frío silencio que envolvía las orillas del Oria resultaba inevitable pensar en el asesinato de Ana Arostegi y Javier Mijangos no tanto con el lógico deseo de que sean las dos últimas víctimas de la barbarie como con la descorazonadora convicción de que ETA intentará matar de nuevo, una y otra vez. La propia naturaleza del terrorismo etarra aconseja que los poderes públicos no se dejen llevar, sin más, por el optimismo antiterrorista que suscita el consenso internacional contra el fanatismo violento. La soledad a la que el entorno europeo condena a ETA constituye un paso importantísimo para reducir el demoledor efecto que su mera existencia provoca en la política y en la sociedad. Pero ello no significa que la trama asesina se sienta impedida para prolongar su demencial inercia. De hecho, a lo largo de todas estas décadas el terrorismo no ha perseguido otro objetivo que el de generar las condiciones para su propia perpetuación. Por eso, resulta también inconveniente que el nacionalismo cifre las esperanzas en el declive de ETA en la ampliación futura de la deserción electoral que llevó a Batasuna al fracaso del 13 de mayo.

Toda actitud confiada respecto al inexorable final de la pesadilla terrorista representa, en buena medida, una posición interesada. Y esa confianza, cuando es desmedida, comporta efectos desmovilizadores semejantes al desistimiento social que provocan la fatalidad o la impotencia. Tanto la incidencia de la presión internacional como la evolución de posiciones en el seno de la izquierda abertzale ofrecen datos para un optimismo limitado. Por eso mismo, en ningún caso pueden servir de argumento para que nuestras instituciones y los partidos democráticos soslayen las responsabilidades que les son propias en aras a una acción eficaz por la paz. Esas responsabilidades no son otras que propiciar y preservar la unidad contra el terrorismo e impulsar una estrategia estable capaz de concitar la confluencia de todos los esfuerzos -sociales, políticos, judiciales y policiales- en pos de un mismo objetivo: la erradicación de la violencia.

Mientras la pancarta con el lema ‘ETA no, paz y libertad’ recorría las calles de la localidad goiherritarra, un más que significativo número de vascos cuya alma está envilecida por el odio criminal se confortaba empleando el sádico asesinato de los dos ertzainas como argumento en demanda de soluciones «que vayan a la raíz del conflicto». Los miembros activos de Batasuna y sus incondicionales han pasado ya por tantas ocasiones en las que la opinión pública esperaba de ellos alguna palabra de condena o reproche frente al terror que cada día que transcurre les resulta más fácil afrontar el trance de un pleno municipal o de cualquier emplazamiento público sin que les tiemble la voz ante la dolorosa emoción que provocan los crímenes de ETA. La negativa a condenar los asesinatos cometidos es, en realidad, el plácet que Batasuna concede a ETA para que siga perpetrando nuevos crímenes. De ahí que resulte del todo inaceptable conceder a sus posiciones políticas el mismo trato de respeto y consideración que merecen cualesquiera otras opciones. La sociedad democrática no se enfrenta a una coincidencia casual entre lo que dicen defender los dirigentes y cargos electos de Batasuna y el discurso que emplea ETA para justificar sus atrocidades. Se enfrenta a la orquestación de un diabólico plan que sus actores ejecutan con inusitada soltura; de tal suerte que a ETA no le cabe duda alguna sobre la que va a ser la reacción posterior de Batasuna y sus medios afines sea cual sea la actuación de la banda terrorista.

Estos días hemos oído a algunos burukides nacionalistas tratar a los dirigentes de la izquierda abertzale con la palabra desprecio. Pero los voceros que ayer mismo, en los plenos municipales de Beasain y Mungia, propugnaban el trueque de vidas humanas por autodeterminación no se sienten despreciados o conminados a variar de proceder. Más bien descubren que son ellos quienes irradian temor; cómo lejos de suscitar el rechazo de los demás integrantes de esas instituciones provocan una extraña atracción hacia quienes están dispuestos a mostrarse siempre cordiales con los de Batasuna.

Tanto el reciente asesinato del magistrado José María Lidón como el doble crimen de Beasain han vuelto a demostrar que la política de seguridad en Euskadi camina siempre por detrás de los acontecimientos más luctuosos. Tanto los dispositivos previstos como los presupuestos de gasto parecen pensados a partir de la hipótesis más optimista y nunca sobre la base de la máxima amenaza. Esto mismo ha generado en el seno de la Ertzaintza, a lo largo de muchos años, una sensación ambivalente de falsa seguridad y desprotección. La falsa seguridad no era otra cosa que el resultado de las cábalas que algunos mandos fomentaban en torno a un peculiar cálculo de probabilidades basado en un juego especulativo sobre las intenciones de ETA que terminaba presentando la violencia como un problema que precisaba soluciones políticas.

La desprotección es la situación que, paradójicamente, padecen los hombres y las mujeres que tienen como misión proteger a los demás, en una tarea que requiere la proximidad hacia los ciudadanos y que implica un alto grado de riesgo frente al acecho terrorista. Dado que los hechos han demostrado fehacientemente que la sensación de seguridad se sustentaba sobre bases falsas, resulta urgente e inaplazable que las instituciones afronten -asumiendo la ciudadanía los costes que ello pueda suponer en la distribución del gasto público- la tarea de salvaguardar la seguridad de las personas que integran las estructuras básicas del Estado de Derecho, que son precisamente los objetivos prioritarios de la obcecación terrorista.

Infierno
JOSÉ MARÍA ROMERA El Correo  25 Noviembre 2001

El penúltimo episodio de la historia del crimen lo escribieron dos malhechores que, tras herir a una pareja de policías catalanes, se dieron a la fuga y a los pocos días cometieron un homicidio y una violación a la antigua usanza. Acabaron detenidos con barba de varios días, los rostros ojerosos y las ropas mugrientas, como salidos de una estampa de folletín decimonónico o de un capítulo del Pascual Duarte. No creo que a nadie en su sano juicio le hubiera pasado por la cabeza el menor atisbo de simpatía o de lástima hacia esos tipos patibularios guiados por un siniestro sentido de la supervivencia.

Ahora otros sujetos de la misma ralea han matado a dos policías vascos, pero algunos dicen que su móvil es distinto y que por tanto no se les puede encasillar en la misma especie. Sin embargo ambos sucesos presentan la analogía de los calcos, con la única diferencia de que en el segundo caso los criminales llevan denominación de origen. Todavía tenemos que convivir con prestidigitadores mentales capaces de justificar los disparos de un encapuchado por el solo hecho de que dice representar a un pueblo imaginario.

El doble asesinato de Beasain no es menos sucio que los de Cataluña. Es otra página del libro de la España negra, un libro cuyos capítulos más sórdidos están escritos con la pluma terrorista. Estos salteadores de caminos arramblan con lo que pueden, preferentemente con objetivos desprevenidos que salen a comprar el periódico o que, como esta vez, dirigen el tráfico rodado en horas punta. La retórica de sus encubridores siempre encontrará un tropo o un sofisma o una falacia con los que revestir la vileza de proeza. Siempre habrá un argumento descabellado para convertir a una mujer trabajadora de Mungia con tres hijos en un enemigo del pueblo y a un funcionario alavés en un traidor abominable.

En el País Vasco se han construido tantas aberraciones argumentativas que basta con meter la zarpa en la ciénaga de las palabras podridas y sacar de ahí la conclusión de que ahora el diablo lleva uniforme y txapela. Antes las cenas de la juventud alegre y combativa del país acababan con un cántico invariable. Su estribillo decía ‘que se vayan’, y reclamaba la sustitución de los ‘maderos’ del Estado por una policía vernácula y racial a la que los gudaris saludarían por la calle con palmaditas en la espalda. Ha pasado el tiempo, y los gudaris han acabado dándoles por la espalda otra cosa: tiros. Pero todavía la canción suena en las sociedades gastronómicas. Será porque el clamor popular pide que se vayan ellos, los asesinos. Que se vayan al infierno afgano, por ejemplo, o a cualquier otro oscuro rincón de la Tierra donde aún sea posible dar gato por liebre.

El desconcierto vasco
Enrique de Diego Libertad Digital  25 Noviembre 2001

Desde el debate de investidura de Juan José Ibarretxe está meridianamente claro que esta legislatura es la del intento último para obtener la independencia. El hecho de que todos los vientos vayan en contra, y más desde el 11 de septiembre, no hacen entrar en razón al PNV, sino, por el contrario, acelerar la marcha hacia un indudable abismo, por prejuicios totalitarios fundacionales. La ampliación de Europa en el 2.004 es la última estación para un tren desbocado, que hace tiempo rompió los frenos, salvo los de la hipocresía.

Para ese escenario, es preciso previamente un proceso de deterioro de la autonomía y el mismo Estatuto. Un pulso constante con el Gobierno de la nación que, mediante la propaganda, tras los pactos nacionales mediáticos alcanzados con dinero público y parapúblico, dé la idea a los ciudadanos vascos de que el diálogo y la negociación son imposibles. Es un proceso de batasunización, preanunciado en el pacto de Estella. No es anécdota el hecho de que el PNV gobierna hoy gracias a votantes tránsfugas de Batasuna. Y parece dispuesto a gobernar sólo para esos votos.

En ese sentido, cabe interpretar el clima delirante de confrontación en el que se ha movido la negociación del concierto vasco, y que por el cúmulo de despropósitos bien puede llamarse el desconcierto vasco. En lo que es un privilegio, de difícil mantenimiento en Europa, sostenido por la presión del Gobierno español ante Bruselas, el ejecutivo nacionalista no ha venido a negociar sino a plantear exigencias irresponsables impropias de cualquier concertación. Pretender dar pasos soberanistas, como la representación ante la UE, a través de una negociación técnica, en principio sin mayor problemas por parte del Gobierno nacional, es jugar al soka tira, a la tensión por la tensión, poniendo en entredicho intereses económicos por una cuestión de imagen, en una estrategia dictada desde Sabin Etxea.

La postura de Álava no es otra cosa que el rechazo a tal instrumentalización, y la evidencia de que tal provincia, de manera claramente mayoritaria, no está dispuesta ni quiere participar en los aventurerismos de un envejecido Arzalluz ni de un Ibarretxe, cuya moderación es formal, pero no de fondo. La lógica del nacionalismo, que es totalitaria, no conduce a la vertebración. De hecho, el País Vasco es una de las sociedades más desvertebradas de España y esa situación se ha incrementado sin solución de continuidad a lo largo de los gobiernos nacionalistas.

No ceder a estos chantajes es el mínimo democrático exigible al Gobierno, y también a la oposición, porque de fondo está el consenso constitucional, la misma supervivencia de la democracia y la libertad en España. Haber convertido el concierto en un ámbito para aventar las pulsiones independentistas es un grave error del PNV, quien está empezando a poner en riesgo la autonomía misma en un proceso de manifiesta deslealtad institucional.

Lo normal y lo anormal
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo  25 Noviembre 2001

La relación que los vascos hemos establecido con nuestra Policía es del todo singular. No se da probablemente en ninguna otra sociedad. No podemos no sentir hacia ellos un cariño especial, no exento, incluso, de cierta ternura paternal. La Ertaintza es más ‘nuestra’ que cualquier otra institución nacida del autogobierno. Por eso el viernes, cuando unos pistoleros de ETA asesinaron por la espalda a dos ertzainas de a pie que regulaban el tráfico, toda la sociedad vasca sintió un estremecimiento y una conmoción muy particulares. Los aspectos personales de los asesinados prevalecieron en nuestros sentimientos sobre su condición profesional. Podríamos decir que, en el caso de la Policía autónoma, los papeles de protector y protegido se invierten con frecuencia. En este sentido, cuando la Ertzaintza recibe un golpe como el del viernes, nuestro afecto y solidaridad para con ella están asegurados.

Podríamos discutir si esta discriminación sentimental a favor de la Ertaintza es justa o injusta, buena o mala, conveniente o inconveniente. Los sentimientos no siempre son humana, ética o políticamente correctos. Están ahí y, sólo después de que surgen de manera espontánea, pueden y deben ser sometidos al juicio de la racionalidad, que es la que ha de regir, a fin de cuentas, nuestros comportamientos cívicos. Así, analizados desde el punto de vista de la racionalidad, los asesinatos del viernes, aunque nos hayan conmovido de manera muy especial, quizá no deberían habernos sorprendido. Cuando en una sociedad circulan pistoleros que, por motivaciones políticas, asesinan a políticos, empresarios, periodistas, jueces y ciudadanos de toda clase y condición, nada de sorprendente hay, sino todo lo contrario, en que caigan también policías, por muy nuestros que los consideremos. El asesinato de ertzainas forma parte de la normalidad de esta sociedad anormal. Desde este punto de vista, nuestra reacción, más allá de la solidaridad que en este caso concreto nos surge de manera espontánea, tiene que tener como objetivo conseguir que lo que hoy es normal en una sociedad anormal se convierta en anormal en una sociedad normalizada.

Hay dos cosas que en esta sociedad vasca no normalizada resultan todavía normales. La primera es que ETA asesine. La segunda, que Batasuna lo comprenda y legitime. Para que la normalidad del asesinato etarra se convierta en anormalidad, no hay otro remedio que fortalecer la normalidad del Estado de Derecho. En este punto, no queda ya, a estas alturas, duda alguna por despejar. Todos estamos ya de acuerdo en que la eficacia policial y el rigor judicial son las únicas herramientas que el Estado de Derecho ha inventado desde su mismo origen para prevenir y reprimir el delito. Más difícil está resultando todavía en nuestro país el acuerdo político y social sobre cuál es el procedimiento más pertinente para hacer que la comprensión y la legitimación de Batasuna se conviertan, además de en fenómenos humana y éticamente indecentes, en comportamientos políticamente anormales de una sociedad normalizada. Ahí radica nuestro problema. El día que logremos que Batasuna deje de formar parte de nuestra normalidad, habremos recorrido la mitad del camino hacia nuestra definitiva normalización como sociedad.

El doble asesinato del viernes coincidió, a este respecto, con la discrepancia entre el Gobierno español y la Comisión Europea en torno a la inclusión de Batasuna en la lista europea de organizaciones terroristas. Malo sería que el debate político se centrara en este asunto, que, por sus dificultades jurídicas y políticas, está llamado a provocar más desacuerdos que acuerdos, y que no llega además al fondo del asunto. Lo decisivo no es, en efecto, sacar a Batasuna de la normalidad jurídica, sino reducirla a la anormalidad en el ámbito de las relaciones políticas que con ella pudieran entablarse en todos los niveles. Haya o no razones suficientes para proceder a la ilegalización de Batasuna en un Estado de Derecho, o para incluirla en una u otra lista de organizaciones colaboradoras con el terrorismo, sí es, en cambio, incuestionable que la comprensión y legitimación que Batasuna presta a ETA representan un déficit democrático que los partidos institucionales deberían hacerle sentir y pagar. Por legal que sea en el actual ordenamiento jurídico, Batasuna no es un partido más. Su legalidad no le da, por tanto, derecho a moverse, en el ámbito político o institucional, como si fuera un partido que forma parte de la normalidad. Hacérselo sentir, y hacer también que toda la sociedad lo perciba, es la responsabilidad que hoy incumbe, por encima de cualquier otra, a todos los partidos que se proclaman democráticos.

No es ésta una cuestión nueva en nuestro país. Constituye, más bien, un desacuerdo de fondo que la política vasca viene arrastrando desde hace tiempo y que sólo en momentos excepcionales ha logrado superar. Uno de esos momentos fue el que siguió al asesinato de Miguel Ángel Blanco. El estremecimiento social que entonces se produjo obligó a los partidos políticos a adoptar una medida consecuente en relación con Herri Batasuna: romper con ella todas las relaciones políticas e institucionales. Fue el método más eficaz que los partidos democráticos encontraron para despojar a Herri Batasuna de su máscara de falsa normalidad. Hoy, empujados por la conmoción que el asesinato de los dos ertzainas ha causado en la ciudadanía, los partidos deberán sentarse a pensar si no habrá llegado el momento de imitarse a sí mismos. Porque cuanto más anormal consideremos a Batasuna más normal será nuestra sociedad.

La Ertzaintza advierte al Gobierno vasco que no admitirá más «tibieza» frente a ETA
BILBAO. ABC  25 Noviembre 2001

El sindicato mayoritario de la Policía Autónoma vasca, ERNE, ha advertido al Gobierno de Juan José Ibarretxe que «no permitirá más tibieza en las órdenes» contra ETA y exigió las medidas de seguridad «tantas veces reclamadas». A este sindicato pertenecía la agente asesinada, que recibió tres impactos de bala y fue rematada cuando ya estaba en el suelo, según el Departamento de Interior.

La junta rectora del sindicato ERNE difundió ayer un comunicado en el que exige a los responsables políticos de la Consejería vasca de Interior, con Javier Balza a la cabeza, que reflexionen y actúen «con inmediatez», porque no van a permitir «más tibieza» en las órdenes y se deben poner a disposición de todos los ertzainas «las medidas de seguridad y protección indispensables, tantas veces reclamadas por el sindicato».

En un comunicado, en el que muestran su «más enérgica condena y repulsa» por el atentado perpetrado el viernes en Beasain y su profundo pésame a las familias de los dos ertzainas asesinados, ERNE advierte que el dolor «no empaña nuestra forma de pensar». «Seguiremos reivindicando que la Ertzaintza está mal organizada, que el Egunsentia (sistema informático de la Ertzaintza) es un auténtico fraude, en buena parte culpable de estos asesinatos», añaden.

«ESTÚPIDA PALABRERÍA»
Para ERNE, las cosas hubieran cambiado si los responsables autonómicos de Interior hubiesen visitado antes la comisaría de Beasain y comprobado la «precariedad de medios que los ertzainas tienen para protegerse». «Se hubiesen dado cuenta que las tareas cotidianas, marcadas por el Egunsentia, les conducían al abismo por el que ayer ETA les precipitó», aseguran. Además, denuncian que «nos siguen escamoteando las mínimas medidas de seguridad y protección, mientras se les llena la boca con estúpida y fatua palabrería del Egunsentia, ISO y calidad».

El sindicato mayoritario de la Ertzaintza subraya que si este cuerpo policial sigue así, «los ertzainas seguiremos cayendo como lo hicieron nuestros compañeros. De poco sirven las lágrimas y las palabras estériles. Dudamos que hoy sean capaces de mirar a los ojos a un ertzaina».

La dirección de ERNE recuerda a los autores de los atentados terroristas que «han matado a dos padres de familia» y que no tienen ningún futuro en el País Vasco. «¿Cuándo vais a acabar con esta barbarie?», les pregunta en el mismo comunicado.

A este sindicato mayoritario pertenecía la ertzaina Ana Isable Aróstegui, quien recibió tres impactos de bala, uno de ellos en la cabeza, según revela la autopsia, lo que demostraría que el terrorista que disparó contra ella le remató cuando yacía en el suelo, como dijo un testigo presencial del atentado, según informó el Departamento vasco de Interior.

La ertzaina tiene un tiro en la barbilla, otro en la base del dedo pulgar de la mano derecha, al parecer porque levantó la mano para protegerse la cara, en un gesto defensivo, y un tercero en la cabeza, que habría sido efectuado cuando cayó al suelo por los disparos anteriores.

«Sois unos fascistas. Hipócritas. Vosotros sí que sois el conflicto»
Vecinos de Munguía y Beasain se enfrentaron a los ediles de Batasuna y se produjeron forcejeos
Los ayuntamientos de Munguía y Beasain condenaron ayer los asesinatos de los ertzainas Ana Isabel Arostegui y Javier Mijangos. Los ediles de Batasuna se abstuvieron en la moción aprobada, lo que hizo que los vecinos les increparan y les calificaran de «cómplices» de los asesinos de los agentes.
Redacción - Bilbao / San Sebastián.- La Razón  25 Noviembre 2001

«Cuándo respetáis vosotros los derechos humanos, fascistas, vosotros sí que sois el conflicto». Esta fue una de las frases que vecinos de Munguía dirigieron a los concejales de Batasuna antes de que la edil Idoia Gutiérrez intentara leer el comunicado presentado por la coalición proetarra.

Pero no sólo hubo incidentes «verbales». La indignación de los vecinos de este municipio fue «in crescendo» y protagonizaron un forcejeo con militantes de Batasuna, tras salir del salón plenario indignados por la negativa de los concejales abertzales a adherirse al comunicado de condena suscrito por PNV, EA, PSE y PP.

En el Ayuntamiento de Beasain ocurrió algo parecido. Cuando intervenía el concejal de Batasuna varios vecinos comenzaron a gritar frases tales como «sois cómplices, condenad los asesinatos, hipócritas y que dejen las pistolas también». Junto a ello, le interpelaban sobre «cuántos muertos tiene que haber para que condenéis esas acciones, tendrá que haber más muertos para que se den esos pasos».

Con anterioridad a estos enfrentamientos entre vecinos, militantes y ediles de Batasuna, los ayuntamientos de ambos municipios aprobaban mociones de rotunda condena a los asesinatos de ayer.

Ilegalización
Así, en el Pleno de Munguía el comunicado suscrito por todos los grupos políticos, excepto por Batasuna, exige a la banda terrorista Eta que cese en sus «actos de barbarie» y se disuelva «inmediatamente», a la vez que se aboga por lograr una paz «sin condiciones, como derecho irrenunciable de nuestra sociedad».

Después de que el alcalde, José Antonio Torrontegui (del PNV) leyera este comunicado, inició la lectura, en euskera, de la moción de Batasuna, aunque cambió de idea e indicó a los ediles abertzales que dieran cuenta ellos mismos de su texto. Fue en ese momento cuando personas del público comenzaron a gritar «no queremos oir eso, Batasuna Laguntzaile (colaboradora), kampora (fuera). Sólo queréis los derechos humanos para vosotros, asesinos, basta ya». Incluso, otro de los vecinos asistentes al Pleno llegó a pedir la ilegalización de la coalición radical proetarra. Cuando la concejal de Batasuna Idoia Gutiérrez intentaba leer su comunicado en castellano, se reprodujeron las muestras de indignación de los vecinos, que querían que no se volviera a dar lectura a esa moción.

Antes de que terminase la sesión, varios vecinos se marcharon muy enfadados del Pleno. A la salida, se encontraron con simpatizantes de Batasuna, con los que protagonizaron un forcejeo y empujones, que no llegó a más por la intervención de la Policía Municipal.

Por su parte, en el comunicado aprobado en Beasain se destaca que los vascos «jamás» aceptarán un proyecto en contra de la mayoría de los ciudadanos.

El texto, leído por el alcalde, Jon Jáuregui, afirma que «una vez más, Eta hace oídos sordos al clamor de los vascos, asesinando a seres humanos y sembrando la desolación de nuestra sociedad». En este ayuntamiento se concentraron ayer cientos de personas, con el «lendakari» Juan José Ibarreche a la cabeza, en repulsa y condena por los asesinatos de los dos agentes de la Policía Autónoma vasca.

A esta concentración también asistieron, entre otros, el secretario general de los socialistas guipuzcoanos, Manuel Huertas; el consejero de Interior, Javier Balza, y la presidenta del PP de Guipúzcoa, María San Gil.

La rechifla del terrorismo
Alberto Míguez Libertad Digital 25 Noviembre 2001

La XI Cumbre Iberoamericana de Lima concluirá dentro de unas horas: dos días de discursos, cenas, homenajes, fotos de familia, sonrisas y declaraciones. Veintiún jefes de Estado y varios de Gobierno (España y Portugal, entre otros), encerrados con un solo juguete, la “Declaración Final” previamente pulida por los ministros de Exteriores y que, como todos los años, constituirá un inventario de buenas intenciones, mejores propósitos y promesas incumplidas. Lo de siempre y más de lo mismo. Un ausente inesperado: Castro. Al final le dio miedo la “inseguridad” de Lima y el encontrarse cara a cara con su peor enemigo, nuestro amigo Carlos Alberto Montaner, en el homenaje iberoamericano a Mario Vargas Llosa. Todo un ejemplo de coraje en este dinosaurio stalinista.

La verdad es que el modelo de las Cumbres está agotado. Estas reuniones se convertirán si acaso mañana en una oportunidad para que los líderes iberoamericanos se reúnan bajo la mirada benevolente del rey de España e intercambien opiniones, se cuenten chistes y, tal vez, coordinen políticas y estrategias. Eso, en el mejor de los casos.

Este año tocaba terrorismo y se redactó una declaración “ad hoc”. Un cúmulo de lugares comunes, tópicos y refritos. O si se prefiere, un subterfugio para que los dirigentes iberoamericanos no hablen del terrorismo propio ni se atrevan a definirlo. Por ejemplo: las FARC y el ELN de Colombia, grupos armados cuya dedicación principal es el crimen, el chantaje, los secuestros y la intimidación, no se consideran grupos terroristas. Para no incomodar al pobre presidente Pastrana que se entregó a ellos atado de pies y manos con la ilusoria aspiración de negociar una paz que no llega ni llegará.

O para que el comandante Chávez no se incomode porque les ayuda, protege y reconoce como interlocutores. Curándose en salud tampoco hay referencia alguna a ETA, tal vez para evitar que Castro, como el año pasado en Panamá, diga a través de su ministro de Exteriores, Pérez Roque, que Cuba no la firma.

Por supuesto nadie se atreverá en este Cumbre a llamar a las cosas por su nombre y señalar como terroristas a estos “grupos armados”, “rebeldes”, “insurgentes”, como púdicamente los denominan los medios de comunicación criollos.

Aunque en la Declaración aprobada se asegura tajantemente que los países firmantes se comprometen a “combatir los actos de terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”, nada se dice en cambio de las organizaciones que cometen estos actos, algunas de las cuales asistieron, por ejemplo, a cursos “de educación cívica” organizados por España en la Comunidad Valenciana como así ocurrió en el pasado con algunos dirigentes de las FARC colombianas.

En otro párrafo de la Declaración iberoamericana sobre terrorismo puede leerse: “Los firmantes se comprometen a no prestar ayuda ni cobijo a los autores, promotores y participantes en actividades terroristas”. Vista desde la perspectiva española, esta frase roza la chacota y el sarcasmo. No menos de 4 países iberoamericanos (Uruguay, México, Venezuela y Cuba) dan cobijo -y, tal vez, ayuda- a los terroristas de ETA y en dos casos (Venezuela y Cuba: Dios los da y ellos...) estos criminales reciben un trato deferente como si se tratara de refugiados políticos. Por eso cuando se lee otro de los párrafos de la Declaración (“Los firmantes se comprometen al intercambio de información, detención, enjuiciamiento, extradición y sanción” de los terroristas que se encuentren en su territorio) la ganas de reírse a carcajadas resultan insoportables.

Iberoamérica fue la región mundial que más tarde y con menos coraje reaccionó a los atentados del 11 de septiembre pese a los lazos estrechos y la historia compartida con Estados Unidos (con sus luces y sombras obviamente). El caso de México fue paradigmático pero hubo otros igualmente llamativos. La Declaración contra el terrorismo pretende neutralizar con una retórica espesa y anticuada aquel fallo garrafal.
Cuando se piensa, por ejemplo, que en Venezuela ha medio centenar de etarras y que gozan de un amable refugio sin que al comandante Chaves le importe mucho, la Declaración de Lima parece un chiste.

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