AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 17 Diciembre  2001
#Marcha fúnebra etarra
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 17 Diciembre 2001

#Lo que piensa Arzallus del maketo Ussía
Luis María ANSON La Razón  17 Diciembre 2001

#Síndrome de Estocolmo
Jaime CAMPMANY ABC  17 Diciembre 2001

#Programa de imprevisiones
Valentí PUIG ABC  17 Diciembre 2001

#La indignación de Cataluña
Editorial La Razón  17 Diciembre 2001

#La Generalitat que la nieve cubrió
Impresiones El Mundo  17 Diciembre 2001

#“Madrid” no tiene la culpa
Ignacio Villa Libertad Digital  17 Diciembre 2001

#Jueces vascos se enfrentan a las amenazas de ETA
SAN SEBASTIÁN. ABC  17 Diciembre 2001

#El patriotismo constitucional
José Antonio SÁNCHEZ La Razón  17 Diciembre 2001

#Sólo el PP de Cataluña se muestra favorable a quitar la calle a Sabino Arana en Barcelona
L. R. N. - Barcelona / Bilbao.-La Razón  17 Diciembre 2001

#Patriotismo y Constitución
JOSE MARIA MARCO El Mundo  17 Diciembre 2001

#Tierra de acogida
Cartas al Director ABC  17 Diciembre 2001

#«Internacionalizar el tema de ETA es un error gravísimo»
ALBERTO SURIO AN SEBASTIÁN El Correo  17 Diciembre 2001

#Frentismo independentista
Enrique de Diego Libertad Digital  17 Diciembre 2001

Marcha fúnebra etarra
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 17 Diciembre 2001

Hace tres meses que gobiernos y medios de comunicación de todo el planeta discursean sobre el terrorismo como si este fenómeno moderno fuera una ideología o una concepción del mundo, equiparable en su amenaza a los Estados a la que en otros tiempos representó, con menor potencia operativa, la violencia anarco-sindicalista. Sólo así se puede comprender que el antiterrorismo haya pasado a ser, de la noche a la mañana del 11 de septiembre, el meollo ideológico de la política mundial, la veladura que encubre y justifica la remoción de derechos fundamentales y de pactos internacionales de desarme nuclear.

A causa de la amenaza terrorista se crean tribunales militares, se eliminan garantías jurídicas en las detenciones preventivas, se merman los derechos de defensa de los detenidos, se dan licencias gubernamentales para matar, se declaran guerras a países sospechosos de albergar terroristas, se conciertan nuevas alianzas entre Estados de ideologías antagónicas, se abandonan compromisos internacionales y pactos formales de contención de la carrera armamentística y, en definitiva, se da preferencia a la seguridad y la guerra sobre la libertad y la paz.

Nunca antes había condicionado el terrorismo, como ahora, la política de los Estados. Nunca antes se había visto elevado el terrorismo a la categoría de causa determinante de la política general de los gobiernos. Jamás habían soñado lo terroristas en alcanzar semejante grandeza. La desproporción entre la generalidad de la causa antiterrorista y la particularidad del efecto terrorista no habría podido producirse sin hacer de aquella la nueva versión de la más antigua y permanente de las ideologías estatales, la de seguridad y orden público. Lo que el terrorismo no puede conseguir por sí mismo, la destrucción de la democracia y las libertades, lo puede obtener ofreciéndose como coartada a los gobiernos. El Estado puede disolver en unos días de miedo las costras de libertad cristalizadas en siglos de progreso. No puede olvidarse que la esencia del Estado, el orden y la seguridad, es contraria a la esencia de las libertades y derechos individuales.

La perversión política del terrorismo ¬la humana no necesita argumentarse¬ se demuestra por sus efectos reaccionarios sobre las causas nacionalistas o religiosas que lo inspiran y sobre los Estados que lo padecen. Unas y otros entran en fases de regresión, motivadas por su impotencia ante el terror. El factor nacionalista de donde deriva el terrorismo se sitúa a la defensiva, temeroso de parecer cómplice de lo que no domina. Arafat simboliza el escarmiento que el terrorismo islámico ha dado al nacionalismo palestino. Ben Laden lo destruyó al defenderlo. El primer enemigo del nacionalismo preestatal o secesionista no es el Estado al que combate por medios políticos, sino el hijo que engendra para que persiga lo mismo por medios violentos. El 11 de septiembre legitimó las acciones represivas de Sharon y condenó la política dialogante de Simon Peres.
Los efectos del 11 de septiembre ya se han hecho patentes, y cada vez se harán más, en la política del Gobierno español ante el nacionalismo vasco.

La firmeza de Aznar en la cuestión del concierto económico con Álava es inseparable de su nueva legitimidad internacional en la acción antiterrorista contra Eta. El PNV de Arzallus parece no haber comprendido todavía que las posibilidades de negociación o de tregua con la banda terrorista se han esfumado, tal vez para siempre.
Y sin ese horizonte toda la política nacionalista del Gobierno vasco ha de someterse a una revisión profunda. Aunque no sea justo ni real, tras el 11 de septiembre, el sonido de las palabras autodeterminación, soberanía, independencia y separación sólo armoniza la música de la marcha fúnebre etarra.

Lo que piensa Arzallus del maketo Ussía
Luis María ANSON La Razón  17 Diciembre 2001
de la Real Academia Española

El maketo Ussía no se ha enterado todavía de que, según Arzallus y su maestro Sabino Arana, es «el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin», que «se semeja a un simio» como todos los españoles, y que le parece casi tan bestia como «el gorila», pues su mirada «sólo revela idiotismo y brutalidad».

Asegura Arzallus, conforme a la doctrina de Arana, que oír hablar a un vasco es escuchar «la más eufónica, moral y culta de las lenguas». Cuando habla el maketo Ussía «sólo se le oye rebuznar», sin ofender al asno, pues éste «no profiere voces indecentes ni blasfemias». El maketo Ussía necesita, como el resto de los españoles, «de cuando en cuando una invasión extranjera que le civilice».

Al maketo Ussía le consideran elegante y se distingue, según muchos españoles, por sus buenas maneras. Antonio Mingote y Anson envidian su camisa mandarina, su corbata azul adornada de cabroncetes, su americana blazer de botones dorados, blasonados de águilas imperiales y áncoras, amén algún que otro delfín, sus zapatos de rejilla, sus calzoncillos camacho y, coño, su sombrero flexible de color verde pavo. Exhibe el maketo Ussía reloj rolex de cadena aurífera y pluma montblanc de oro y lapislázuli. Anda siempre como si se paseara por su yate. Pero Arzallus asegura que, como todos los españoles, «se ha lavado una sola vez en su vida y se muda una vez al año», lo que, sin duda, deteriora un poco la camisa mandarina, la corbata de los cabroncetes y, sobre todo, los calzoncillos camacho.

El maketo Ussía pertenece a la «raza más vil y despreciable de Europa» que es la raza española. Al ayatolá Arzallus le emociona el «baile bizkaino presidido por las autoridades eclesiásticas y civiles» y se le regocija el ánimo «al son del txistu, la alboka o la dulzaina». «Le causan náuseas», sin embargo, los bailes del maketo Ussía por el «liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos». El maketo Ussía no se ha enterado de que «al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez, y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas nacionales son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces no le chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese el bailar al uso maketo, como es el hacerlo abrazado asquerosamente a la pareja, para restaurar en su lugar el baile nacional de Euskeria».

Abrazado, en efecto, asquerosamente cuando baila, el maketo Ussía tampoco se ha enterado de la «espantosa invasión» de los españoles que han llevado «al pueblo bizkaino la blasfemia y la inmoralidad». Blasfemo, pues, e inmoral, el maketo Ussía se dedica a escribir en español sin atender lo que asegura Arzallus: «Es indudable y todo el mundo lo sabe que, allí donde se pierda en el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad; y que la blasfemia, el carácter irreligioso y las costumbres inmorales y criminales del invasor maketo se hacen campo en Bizkaya en razón directa de las conquistas que realiza el idioma castellano».

El maketo Ussía no se da cuenta de que pertenece, para escarnio general y ludibrio de todos, «al pueblo español, menospreciado en esta época por todos los pueblos y objeto de befa para toda nación civilizada». El maketo Ussía se dedica a perder el tiempo leyendo a Mingote y Anson, y discutiendo con Prada, en lugar de recrearse en la meditación de los textos sabios del ayatolá Arzallus y su maestro Sabino Arana. Para colmo, el maketo Ussía escucha todas las mañanas a su compatriota de maketación Luis del Olmo, que es todavía peor que él y no sabe que «el bizkaino no vale para servir, ha nacido para ser señor, el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo». De donde se deduce que para Arzallus, el maketo Ussía no es otra cosa que un siervo indecente que tiene la desfachatez de meterse con el ayatolá cuando ni siquiera es digno de que el gran líder le aplaste con su calcañar.

Síndrome de Estocolmo
Por Jaime CAMPMANY ABC  17 Diciembre 2001

A mí, que me explique el señor López Valdivielso, director general de la Benemérita, qué ha querido decir, al analizar la situación en el País Vasco, con la afirmación de que «es necesario que los conflictos políticos se resuelvan». ¿Es que padece el «síndrome de Estocolmo»? El simple deseo de que terminen los conflictos políticos del País Vasco no resuelve nada. Esos conflictos los plantea una pequeña minoría contra los sentimientos más hondos y las razones más profundas de la inmensa mayoría del pueblo español. Y lo grave no es que una minoría sostenga criterios que choquen con los de la mayoría, que eso sucede cada día del Señor en una democracia, sino que esos criterios sean defendidos con métodos violentos. Con el asesinato.

En una democracia, y España intenta ser eso de una manera plena, se puede defender todo. Todo, esté o no en la Constitución, sea razonable o irrazonable, utópico o realista. Los nacionalistas vascos pueden defender la autonomía, la autarquía, el autogobierno, la autodeterminación y el separatismo. El PNV, EA y HB, EH o como quieran llamarse los batasunos, pueden defender lo que les pete, incluida la independencia, la anexión de Navarra, una parte o el todo de La Rioja, las provincias vascofrancesas además de Marsella, Lyon y el mismísimo París. Por mí como si quieren promover el proceso de santificación de monseñor Setién, y hacerlo confesor y mártir, y beatificar a Arzalluz y ponerlo junto a san Juan Bergman, y nombrar a Juan José Ibarreche monaguillo honorario de san Ignacio.

Si se empeñan los nacionalistas vascos, pueden predicar la expulsión de la nómina de los vascos al ilustre escritor y egregio cascarrabias donostiarra Pío Baroja, y echar de la lista de bilbaínos a don Miguel de Unamuno, «fuerte vasco», y pueden proclamar que nuestros primeros padres Adán y Eva hablaban en el paraíso el euskera por los codos, y propugnar un homenaje universal al filósofo Perurena, y al demóstenes capilar Iñaki Anasagasti, y proyectar la erección de un monumento al navegante vasco, no representado por Juan Sebastián Elcano, sino por José Iríbar, solitario nauta por el Golfo de Vizcaya en cuanto oyó por la radio el esperpento de golpecillo de Estado de Tejero. Todos los partidos nacionalistas pueden unirse para designar a Sabino Arana padre de la patria vasca.

Todo eso y más permite la democracia. Todo eso se puede defender, siempre que se defienda con argumentos, con discursos, con ideas y palabras, con votos, y no se predique con la bomba, con la dinamita, con el tiro, con el crimen, con el cóctel molotov, con el secuestro y con la amenaza. Y ahí está el intríngulis del conflicto del País Vasco: no en lo que defienden sino en cómo lo defienden. Nadie puede resolver el conflicto político que plantea el nacionalismo vasco mientras lo que pide (lo que «exige») sea algo que rechaza esencialmente y desde sus raíces el pueblo español, es decir, el titular de la soberanía de España.

Santiago López Valdivielso ha pronunciado en el Club Siglo XXI una conferencia admirable. Conforta comprobar cómo el director responsable de un cuerpo armado defiende tan claramente la lucha contra el terrorismo utilizando solamente los instrumentos que la ley pone al servicio del orden. Pero al llegar al punto del «conflicto político» parece que el director general de la Guardia Civil propusiera una solución política imposible: la de oponer argumentos contra bombas, y la de situar en plano de igualdad un Gobierno democrático con una banda de criminales. Que dejen las armas y discutan. Ese punto merece una aclaración. Estoy seguro de que tal ambigüedad responde a un simple malentendido.

Programa de imprevisiones
Por Valentí PUIG ABC  17 Diciembre 2001

Es de suponer que algo se cuestiona la sociedad catalana cada vez que la acción o inacción de la Generalitat permite constatar la grave distancia entre todo lo que se reivindica y cómo luego se gestiona. En pleno rifirrafe entre las respectivas pujanzas de Madrid y Barcelona han fallado en hora clave tanto la red de suministro eléctrico de Fecsa-Endesa como los sistemas de previsión y protección civil. Casi agotados los arsenales simbólicos del pujolismo, a su sucesor Artur Mas se le estaba arropando como gestor de lo conquistado. Tras el apagón del viernes y un fin de semana tan caótico en prácticamente todo el territorio de Cataluña, la capacidad gestora queda en duda, incluso en el Departamento de Interior, usualmente efectivo y tutelado con sentido común.

Tiene rasgos de ironía que a las Fuerzas Armadas que ahora están dando pleno apoyo logístico a la contención de la emergencia se les escatimase tanto las dimensiones del desfile en mayo del año pasado. Más concretamente, la contumacia de Fecsa-Endesa va a propiciar que su servicio tan deficiente abra un portón a la Generalitat para el endose de culpas al sesgo. Es lo políticamente fácil frente a las exigencias de una responsabilidad que el ciudadano ya de antemano pone en duda para cuando se dé la próxima lluvia torrencial, un incendio de verano u otro temporal de nieve. La política es previsión, en la medida de lo previsible si no se parte de la inoperancia. Para esta ocasión, las previsiones meteorológicas eran inapelables. No fallaron los hombres del tiempo sino el pulso político. Dejar a la ciudadanía a oscuras casi siempre tiene un precio. Hay indicios de cierta esclerosis en el funcionamiento de la administración autonómica de Cataluña.

La indignación de Cataluña
Editorial La Razón  17 Diciembre 2001

A los ciudadanos de Cataluña les sobran razones para mostrar su indignación por el fracaso del dispositivo de Protección Civil de la Generalitat, porque resulta inadmisible que en una ciudad como Barcelona, de las más modernas de la UE, se deje sin energía eléctrica a un millón de sus vecinos por un temporal previamente anunciado. O que una nevada, de las habituales en otros países más acostumbrados al frío, pueda cortar arterias radiales de la importancia de la N-II y colapsar el sistema de transporte por carretera. Los ciudadanos saben que ninguna Administración está preparada para hacer frente en todo momento a circunstancias extraordinarias. Pero, en el caso de Cataluña, se sabía por anticipado lo que iba a ocurrir y desde su presidente, Jordi Pujol, hasta su consejero de Interior, Xavier Pomés, debieron evitar el caos. Si precisaban ayuda, como así ha ocurrido, lo lógico era pedirla por anticipado en lugar de recurrir al Ejército y otras Administraciones cuando ya era tarde.

Es justo reclamar todas las competencias posibles, cuando con ellas se asume de verdad la responsabilidad de gestionarlas, lo que hubiera supuesto haber alcanzado en su día un compromiso de inversión con la compañía eléctrica afectada. Lo injusto es olvidar la base de la transferencia: dar el mejor servicio a los ciudadanos. Y en esto, el fracaso de la Generalitat ha sido tan evidente que tendrá que afrontar su propia tormenta política y explicar en el Parlament las razones de lo ocurrido.

La Generalitat que la nieve cubrió
Impresiones El Mundo  17 Diciembre 2001

Prever lo imposible no tiene sentido. Prever lo posible es un deber de quienes tienen la obligación de ofrecer servicios a los ciudadanos que con sus impuestos pagan para recibir esa contraprestación.Pero no prever lo previsible roza lo surrealista. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos días en Cataluña. Que un temporal de frío se cernía sobre la Península se conocía con antelación.Que la nieve y el hielo iban a afectar a Cataluña se sabía desde hace varias jornadas. Por eso, resulta incomprensible que la Generalitat tiene transferidas las competencias en materia de comunicaciones y energía se haya visto sorprendida y desbordada.Cataluña lleva tres días inmersa en el caos: carreteras cortadas, ciudadanos atrapados por la nieve e incomunicados y, para colmo de desdichas, un apagón de luz en Barcelona capital. Pujol ha de poner el remedio oportuno para que esto no vuelva a repetirse.

“Madrid” no tiene la culpa
Ignacio Villa Libertad Digital  17 Diciembre 2001

El caótico fin de semana que ha vivido Cataluña ha puesto al descubierto las grandes miserias de las comunidades autónomas que se creen autosuficientes. Es el ejemplo más claro de lo que ocurre frecuentemente con los gobiernos autonómicos de corte nacionalista, que entienden su gestión como una actitud de permanente reivindicación partidista. Momentos como los recientemente vividos son una prueba de fuego para Ejecutivos endebles en la acción política y en la capacidad de gestión, más pendientes de su ideología que de la buena marcha de la comunidad en cuestión. Estar al frente de una comunidad autónoma no se puede convertir en un juego de partido. Gobernar significa compromiso y seriedad, pero sobre todo requiere de responsabilidad para afrontar los problemas de los ciudadanos.

Un partido nacionalista como Convergencia i Unió, que está en el poder desde hace años, no puede fundamentar su gestión política desde una posición victimista hacia Madrid como único recurso y camino exclusivo. Gobernar una comunidad autónoma, en este caso una de las llamadas históricas, es mucho más. Como hemos visto, es habitual que el nacionalismo gobernante convierta su trabajo en un simple escaparate de sus objetivos partidistas, pero después, a la hora de la verdad, cuando tienen que asumir con todas las consecuencias el desgaste de su gestión, cuando tienen que resolver problemas sin ideología, como siempre se refugian en la comodidad de trasladar las dificultades a Madrid.

La actitud del consejero de Interior catalán, Javier Pomés, no es de recibo. Declarar a los cuatros vientos que gran parte de lo ocurrido estos días atrás se debe a la actitud irresponsable de los conductores es un auténtico ejercicio de ineptitud política. ¿Se figuran el cacao que se habría montado si el Gobierno central, en caso de que la competencia fuera suya, hubiera dicho lo mismo? ¿Se imaginan, por ejemplo, la polémica parlamentaria en caso de que Mariano Rajoy o Pío Cabanillas hubiesen reaccionado de una manera similar?

Pues bien, en esta cuestión como en otras muchas, todos los políticos deben ser medidos por el mismo rasero, y Javier Pomés no se puede refugiar ahora en una excusa infantil. El Gobierno de la Generalidad ha fallado, y así lo tienen que reconocer. Es más, en una situación política de normalidad, no de artificial emergencia como le gusta al nacionalismo, Pomés habría presentado la dimisión y Pujol se la habría aceptado. Pero la historia es muy distinta. Sólo le falta al Gobierno catalán decir que Madrid ha provocado las nevadas y que por lo tanto la responsabilidad vuelve a ser del “histórico centralismo”.

¡Seamos serios! La Generalidad no ha reaccionado a tiempo, y eso requiere aceptar las responsabilidades políticas. Esta vez lo siento, pero “Madrid” no tiene la culpa.

Jueces vascos se enfrentan a las amenazas de ETA
SAN SEBASTIÁN. ABC  17 Diciembre 2001

Hasta hace un mes, sólo una mínima parte de los jueces y fiscales del País Vasco llevaba escolta; ahora la han aceptado casi todos, tras convertirse en certeza algo que temía la mayoría, que ETA acabaría asesinando a un miembro de la judicatura en Euskadi.

El asesinato el 7 de noviembre de José María Lidón, presidente de la Sección Segunda de la Audiencia de Vizcaya, abrió una brecha anímica entre los profesionales de la Justicia que ejercen en las provincias vascas y navarra. «Sólo faltaba fecha y hora», dijo una magistrada, quien manifestó también que tras el atentado que costó la vida a su compañero ha tomado la determinación de continuar en su puesto. Esta postura es compartida por un gran número de jueces y fiscales, pero no por todos, pues algunos sí han mostrado ya su interés por dejar el País Vasco, un lugar donde el número de sustitutos en la Administración de Justicia está muy por encima del resto de comunidades autónomas. A modo de ejemplo, de los 24 fiscales de Guipúzcoa, 12 son sustitutos, y para las 24 plazas de jueces del partido judicial de San Sebastián hay una lista de 10 sustitutos.

Un fiscal con dos años de ejercicio en Euskadi recuerda que algunos colegas suyos ya habían solicitado protección antes del atentado contra José María Lidón, que les fue negada porque el criterio del departamento vasco de Interior era proporcionar escolta sólo a quien hubiese aparecido en las listas de objetivos de ETA con información «muy elaborada». «Darnos escolta ahora se produce en una situación «in extremis», para evitar una fuga elevada de jueces y fiscales», afirma. También opina que es «lógico» que se incremente el sueldo a los miembros de la carrera judicial y fiscal que trabajan en Euskadi si con ello se quiere compensar la «mayor penosidad» que implica este destino.

Sin embargo, otro fiscal más veterano cree que el complemento de 75.000 pesetas mensuales prometido por el Ministerio de Justicia es «insuficiente» y que en el País Vasco sí se ha dado «un caldo de cultivo» que ha contribuido a preparar el terreno contra la judicatura, como la actitud de algunos abogados que abandonaban los juicios cuando los magistrados no sabían euskera. Considera que no favorecen a la Administración de Justicia palabras como las del presidente del PNV, Xabier Arzalluz, cuando hace cinco años «invitó» a los jueces que no sabían euskera a «irse a otro lado».

El patriotismo constitucional
José Antonio SÁNCHEZ La Razón  17 Diciembre 2001

Este fervor de nuestros políticos por el patriotismo con apellidos, ya sea patriotismo constitucional o patriotismo democrático, no hay quien lo entienda. De momento, cuando hablan de patriotismo constitucional y de patriotismo democrático, hay que suponer que existe un patriotismo no constitucional y un patriotismo no democrático. Ignoramos cuántos patriotismos más existen, aunque gracias a este divertido debate nos enteramos de la presencia de otra modalidad, el «patrioterismo franquista», que será, digo yo, el que practicaban todos aquellos alabanceros, turíferos, adulantes y lisonjeros que compartían el pensamiento único y comulgaban, prietas las filas y alegre el ademán, con los ideales y principios franquistas. En cualquier caso, hay que admitir que nuestros políticos, tanto los del Gobierno como los de la oposición, tienen un coraje y una osadía dignas de los más encendidos elogios. Apostar a estas alturas por un valor que lleva años cotizando a la baja, como es el patriotismo, en cualquiera de sus variantes, es como invertir en diligencias para potenciar el transporte público.

Oír hablar de patriotismo en los EE UU o en Francia es algo normal, pero hablar aquí y ahora de patriotismo constitucional, o del patriotismo que sea, es como intentar divulgar los autos sacramentales de Calderón de la Barca entre los guerrilleros talibanes. Como decía hace poco en estas mismas páginas el ex ministro de España, Luis González Seara, «el patriotismo de la Constitución es una metáfora vacía, en la que no se reconoce ningún patriota». No nos sorprende, porque nuestros ojos se han habituado a tan normal efecto óptico, contemplar en las diversas pantallas de televisión al presidente norteamericano, George W. Bush, exhibiendo con orgullo en el ojal de la solapa la bandera de los EE UU, pero chocaría, por lo menos visualmente, ver en España a un ministro, a un presidente de Comunidad Autónoma o a un representante de los «órganos constitucionales» con una bandera de la Nación en el ojal de la chaqueta.

En determinados lugares de España, exhibir la bandera puede ser una provocación. Ahora que tanto se habla de los «símbolos constituciones» con motivo del «patriotismo constitucional», hay que subrayar que la palabra «patria» sólo es citada una sola vez en todo el texto constitucional, en tanto que las palabras «himno» y «escudo» no existen en ninguno de los 169 artículos de nuestra Norma Fundamental. Por tanto, ni el himno de España es un símbolo constitucional, puesto que la Constitución ni lo cita, ni el concepto de «patria» ocupa un lugar destacado dentro del texto marco. Puestos a potenciar símbolos constitucionales, la Corona debería ocupar un lugar destacado. También la bandera de España y las enseñas de las Comunidades Autónomas. Pero ni el himno ni el escudo son símbolos constitucionales por muchas relecturas que se le quiera dar a la Constitución. Mucho nos tememos que lo que más necesita, y con urgencia, el llamado «patriotismo constitucional» es la ayuda del marketing y el apoyo de una buena campaña de imagen.

Sólo el PP de Cataluña se muestra favorable a quitar la calle a Sabino Arana en Barcelona
Anasagasti arremete contra la iniciativa, a la que tacha de «burda patraña del Foro Ermua»
Únicamente el Partido Popular de Cataluña se mostró ayer partidario de quitarle a Sabino Arana de la calle que tiene en la Ciudad Condal. El resto de los partidos catalanes se mostraron a favor de que la calle siga llevando el nombre del creador del nacionalismo vasco.El PSC adujo que el cambio de los nombres de las calles debe ser excepcional, sin embargo tanto CiU como ERC se mostraron muy críticos, ya que consideran que se intenta «criminalizar» a Sabino Arana y a los nacionalismos. Por su parte, el peneuvista Iñaki Anasagasti afirmó que la iniciativa es una «burda patraña del Foro Ermua».
L. R. N. - Barcelona / Bilbao.-La Razón  17 Diciembre 2001

Todos los grupos políticos catalanes expresaron ayer su rechazo a la propuesta de la recién constituida Plataforma Ciudadana «Fuera Sabino Arana» de cambiar el nombre de esta calle barcelonesa, dedicada al fundador del Partido Nacionalista Vasco, a excepción del PP, que se adhirió a la petición. La Plataforma tildó a Arana de «racista, machista y sexista».

El presidente del grupo municipal de CiU en el Ayuntamiento de Barcelona, Joan Puigdollers, explicó a Ep que no comparte «en absoluto» la propuesta de la Plataforma, ya que Arana «fue un nacionalista vasco que merece todo el respeto».
El portavoz del grupo parlamentario del Partido Socialista de Cataluña, Miquel Iceta, aseguró también que el criterio de su partido es que, si no son casos «muy excepcionales, los nombres de las calles no se han de cambiar» y añadió que la Plataforma no se nos ha dirigido «en ningún momento» al PSC.

Imagen distorsionada

Desde las filas de Esquerra Republicana de Cataluña, su portavoz, Joan Ridao, comentó a que «desde el respeto», le parece «una tontería» y aseguró que la visión del «personaje histórico» que motiva la propuesta de cambio de nombre «está distorsionada». Ridao comentó que trasladan «una cultura del siglo XIX al día de hoy» y apostó por «contextualizar» el pensamiento de Sabino Arana en el momento histórico en el que vivió. Para el portavoz republicano tras la iniciativa «puede haber un intento de criminalización del conjunto del nacionalismo democrático».
En opinión del portavoz parlamentario de IC-V, Joan Herrera, la propuesta de cambio de nombre es «grave» y aconsejó que «antes de cambiar éste», plataformas como la recién creada «deberían cambiar los nombres de calles de muchos pueblos y ciudades del resto del Estado, de tradición antidemocrática y franquista», aunque matizó que Arana encarna «un tipo de nacionalismo» que no le gusta.

No obstante, el presidente del Partido Popular de Cataluña, Alberto Fernández, aseguró que «respaldaría» la propuesta de dar un nuevo nombre a la calle ya que «no tiene sentido que una ciudad abierta como Barcelona mantenga una calle dedicada a un personaje sectario y excluyente».
Por su parte, el portavoz de los nacionalistas vascos en el Congreso de los Diputados, Iñaki Anasagasti, criticó la creación de la «Plataforma ciudadana fuera Sabino Arana», que tiene como fin conseguir que se retire el nombre del fundador del nacionalismo vasco de una calle de la Ciudad Condal.
En su opinión, esta iniciativa no es más que una «burda patraña» protagonizada por el Foro de Ermua, que siempre «actúan en negativo y con un criterio absolutamente de revancha».

Patriotismo y Constitución
JOSE MARIA MARCO El Mundo  17 Diciembre 2001

Patriotismo constitucional es una expresión de origen alemán.En la última Guerra Mundial, los alemanes protagonizaron algunos de los episodios de barbarie más atroces cometidos en toda la historia de la humanidad. Cuando intentaron reconstruir una identidad nacional de la que no tuvieran que avergonzarse, los alemanes recurrieron a esa expresión. El término "constitucional" intenta sentar sobre bases democráticas y liberales un "patriotismo" teñido de intolerancia y devastación. Lo consiguieron después de un debate muy doloroso. Pocos países como Alemania han asentado el orgullo patriótico sobre bases democráticas tan firmes.

En España, la expresión patriotismo constitucional la introdujo el PSOE. Como los españoles no cometimos atrocidades ni remotamente parecidas a las que perpetraron los alemanes, habrá que preguntarse para qué servía esta expresión. La respuesta más común es la siguiente: con la Guerra Civil y la dictadura posterior, el patriotismo español lo monopolizó el régimen franquista.

Franco hizo del patriotismo un instrumento de opresión contra todos los opositores: la izquierda y los nacionalistas localistas.Así que para que la izquierda y los nacionalistas localistas volvieran a sentirse identificados con la patria común, había que interponer un adjetivo que demostrara que el patriotismo podía ser democrático, tolerante y plural.

La explicación es razonable. Pero tiene un punto débil. ¿Por qué Franco pudo llegar a monopolizar el patriotismo? ¿No será que Franco ocupó un nicho de mercado, como se diría hoy, que los demás habían abandonado? Los nacionalistas localistas, en particular los catalanistas de izquierda y el nacionalismo vasco, no sentían un amor muy ardiente por España.

Otro tanto ocurría con la izquierda nacional. Los republicanos querían derrocar la Monarquía, que ha sido el cimiento histórico de la nación española. Su patriotismo era muy difícil de entender para el conjunto de los españoles. Los socialistas y los comunistas, por su parte, siempre habían considerado eso de la patria como una tomadura de pelo burguesa, inventada para mejor explotar a las sacrificadas clases laboriosas. Supeditaban la lealtad patriótica a otros valores, derivados de una determinada concepción del mundo.

Así que Franco ofreció un producto que los demás no vendían o incluso querían ver desaparecer del mercado. La importación de la expresión patriotismo constitucional responde a un problema interno de la izquierda española, obligada a reconciliarse con la idea de España. Hoy, al principio del siglo XXI, se ha convertido en una de las últimas banderas de la izquierda clásica. Y como el Partido Popular la ha puesto en circulación para su próximo congreso, esa izquierda que se está difuminando en el aire, como un fantasma que se desvanece, reivindica con virulencia el copyright del patriotismo constitucional.

Pero en estas cosas no hay copyright que valga. Y el patriotismo constitucional no tiene por qué ser patrimonio de nadie. La expresión incorpora dos elementos que parecen contradictorios, o por lo menos difíciles de encajar. La patria es una unidad espiritual o cultural, sentimental y política formada a lo largo de muchos siglos. La Constitución, por lo menos en países como España, es una institución mucho más reciente. El patriotismo, que es el apego a una patria determinada, apela a una lealtad sentimental, irracional por tanto, basada en un hecho ajeno a la voluntad.Por lo menos hasta ahora, no se elige ser español o japonés.Se nace tal, y se educa uno en una historia, en ciertas tradiciones, en cierta cultura, y en cierta sensibilidad que comparte sin remedio con quienes son sus compatriotas.

La Constitución, por su parte, es fruto de la voluntad. Un intento de racionalizar las relaciones entre los hombres que pertenecen a una misma nación. Es verdad que toda Constitución es un texto fundacional. Establece una nueva forma de unidad política basada en la universalidad de los derechos, en la libertad, en el respeto a las minorías y a la pluralidad. Es lo que llamamos la nación moderna. Por eso a principios del siglo XIX, los que defendían la monarquía constitucional frente a los absolutistas se llamaban patriotas. No lo eran más que los absolutistas. Ni menos, por supuesto.

Existen patriotismos que casi se solapan con lo constitucional, como cuando la Constitución funda la patria misma. Así ocurre en Estados Unidos o en otras naciones de inmigración. Pero incluso en estos países el sentimiento patriótico desborda el marco constitucional.Los sentimientos que unen a cualquiera de nosotros con nuestro país y con todos los que contribuyeron a crear la comunidad nacional en la que vivimos no están supeditados a ningún texto legal, ni siquiera a la Constitución. En Estados Unidos, los confederados que lucharon por la independencia en la Guerra de Secesión no están considerados menos patriotas que los yankees. Lo mismo debería haber pasado en España con liberales y carlistas, o con republicanos y franquistas. Parece algo evidente. No lo ha sido en España. Así como la dictadura franquista ocupó el espacio patriótico abandonado por los demás, la Constitución como símbolo fundador se ha superpuesto, hasta negarla incluso, a la lealtad patriótica. Es una actitud mezquina. Por eso lo del patriotismo constitucional suena un poco desagradable. Como si alguien tuviera el derecho de decidir quién es patriota y quién no lo es según criterios políticos.

Hay otra forma, un poco más positiva, de ver las cosas. La Constitución es el marco legal que funda una convivencia basada en la igualdad de derechos y el respeto a la ley. Es una especie de seguro de protección. También es la base de nuestra libertad, el fundamento jurídico y político que nos permite a los españoles imaginar y crear un proyecto propio, llegar más lejos, desafiar nuestras posibilidades, exigirnos más a nosotros mismos.

Gracias a la Constitución, sabemos que pisamos un suelo firme sobre el que avanzar. Gracias al patriotismo, sabemos que nuestro esfuerzo prolonga el de nuestros compatriotas, los que nos han precedido y los que se esfuerzan con nosotros. El orgullo individual por la riqueza creada, por la obra bien hecha, por la mejora que introducimos, acabará traduciéndose en orgullo por la contribución de España a la seguridad y a la libertad en el mundo, a la riqueza y al bienestar de la humanidad.

Se dirá que todo esto es retórica. Lo es menos que nada. El orgullo de ser español no es cuestión de lealtades abstractas ni de discusiones históricas, sino de realidades contables. El orgullo de ser español depende de la aportación de nuestros compatriotas a la investigación, al saber y a la tecnología, depende de nuestras comunicaciones, de nuestro acceso a la información, de nuestra riqueza y de nuestra capacidad para intervenir en las decisiones que afectan a todo el mundo. En otras palabras, el orgullo de ser español depende de una economía fuerte y de un liderazgo político claro: instituciones respetables, un buen ejército, pequeñas empresas dinámicas, multinacionales con nombre y capital español.

Todo eso requiere actitudes sociales e individuales que antes se llamaban virtudes: ambición, tenacidad, riesgo, generosidad, voluntad de sacrificio. También requiere estrategias políticas que las hagan fructíferas o por lo menos posibles. Esa es la piedra de toque de todo. Para lo que sirve el patriotismo constitucional y de lo que se nutre el patriotismo, a secas. Y si existiese de verdad ese patriotismo, constitucional o no, es probable que muchos de quienes profesan de nacionalistas acabaran sumándose con gusto a la obra común.

José María Marco es historiador.

Tierra de acogida
Cartas al Director ABC  17 Diciembre 2001

Soy un enamorado de Cataluña, me gusta su tierra y su gente; por eso visité con interés, en Badajoz, la exposición itinerante «Cataluña, tierra de acogida». Me resultó espléndida: didáctica y entretenida. Aprovecho para llamar la atención sobre un hecho que cada vez que voy a Barcelona me irrita: la mayoría de las obras de teatro y conferencias se escuchan en catalán. Algunos castellanohablantes no las entendemos, perdemos muchos matices, nos desanimamos... En la exposición a la que aludo, observé unos paneles con datos estadísticos, referidos a 1999, donde se reflejaba que la asistencia a representaciones en catalán era de un 42 por ciento y a las representaciones en castellano de un 34 por ciento. Como sociólogo tengo la costumbre de leer lo que hay por debajo de los fríos datos estadísticos, y resulta bastante curioso y significativo (¿revelador?) que, a pesar de que la cartelera teatral es mayoritariamente en lengua catalana, las obras representadas en castellano han obtenido más de un tercio de asistencia del público (el respetable es el que finalmente decide y paga). El cosmopolitismo que ha hecho de Barcelona la ciudad más bella y sabia de Europa (para mí es como la síntesis perfecta de ciudades como París, Madrid y Roma) pierde fuelle por la lengua. Aquí va una humilde sugerencia para los programadores teatrales y de conferencias: si quieren que sea una verdadera tierra de acogida, no discriminen las obras en castellano. Subvenciónenlas, al fin y al cabo es la lengua materna de más del 60 por ciento de los catalanes que hoy viven y disfrutan en Cataluña (gracias a la inmigración del siglo XX). La cultura es universal y entre todos tenemos que eliminar las barreras para su difusión. Teófanes Galán Sánchez. Badajoz.

«Internacionalizar el tema de ETA es un error gravísimo»
JAVIER ELZO DIRECTOR DEL FORUM DEUSTO El sociólogo cree que la reacción antiterrorista tras los atentados del 11 de septiembre podría convertir a la banda en «un referente de los movimientos antiglobalización»
ALBERTO SURIO AN SEBASTIÁN El Correo  17 Diciembre 2001

Javier Elzo, catedrático de Sociología y director del Forum Deusto, considera que las identidades múltiples y las soberanías compartidas pueden ofrecer una salida al problema vasco, en la que el nacionalismo integrador y el no nacionalismo más flexible construyan una nueva complicidad histórica.

-El último encuentro organizado por el Forum Deusto ha constatado que el terrorismo y la intimidación constituyen el principal problema, pero no el único.

-Yo creo que hay varios problemas; ciertamente, hay un problema dentro del País Vasco, con proyectos políticos y sentimientos de pertenencia muy divergentes respecto a Euskadi y respecto a España. Y también percibo últimamente un problema en las relaciones con el conjunto del Estado, con una quasidemonización de todo lo que suponga el nacionalismo vasco que es muy inquietante. Pero el más grave es el del terrorismo y la coacción.

-¿Cree en la existencia de un conflicto político anterior a la aparición del terrorismo, según el diagnóstico de determinados sectores nacionalistas?
-Evidentemente, y tiene que resolverse dejando muy claro que no existe una relación causa-efecto que justifique el terrorismo. La respuesta estatutaria fue una primera respuesta importante, en gran medida satisfactoria, a esa cuestión política pendiente. Y si en este momento se habla de que hay que reformar el Estatuto, yo diría dos cosas: no me parece que sea lo más urgente y no lo reformaría hacia una visión más soberanista. La solución no es más soberanismo, sino todo lo contrario, buscar gradualmente soberanías compartidas e identidades múltiples.

-¿Qué quiere decir con identidades múltiples?
-Que cada uno de nosotros nos sentimos pertenecientes a la sociedad vasca, a España, a Europa en diferentes cuotas de sentimiento… no al modo de exclusión, sino de inclusión y de integración flexible. No tengo ningún empacho en decir que soy básicamente vasco, y me siento un nacionalista vasco, pero eso no quiere decir que no reconozca lo que hay de español en mí.

-¿Usted cree que la teoría del conflicto político alimenta al final la perpetuación de la violencia?
-La teoría del conflicto puede alimentar la violencia si se plantea como una fórmula de irredentismo de unos contra otros. Pero si se plantea de forma inteligente, a través de una redefinición de las soberanías compartidas, lo que se hace es ahogar el conflicto por completo, disolverlo o desactivarlo. Es necesario que gran parte del nacionalismo democrático se dé cuenta de que la solución no pasa ni necesaria ni primordialmente por un estado independiente. Pero, a la vez, hará falta que el Estado español reconozca la singularidad de la nación vasca, y eso supone reconocer que tenemos derecho a un pacto plurinacional dentro del Estado español. No hay otra salida.

Pasar factura
-¿Y es posible abordar una salida a este desencuentro político de fondo cuando persiste un grave déficit de libertad en Euskadi?
-Ha sido posible en el encuentro organizado por el Forum Deusto, en el que se ha podido debatir con libertad, aunque es un hecho que distorsiona. Yo creo que una forma de desactivar el conflicto es que busquemos unos consensos más amplios. La clase política no puede ignorar que una mayoría social busca los acuerdos y los pactos y está harta de una confrontación que se está magnificando.

-¿Usted cree que el nacionalismo democrático ha realizado suficientes esfuerzos para distanciarse del radical en ese sentido?
-En el PNV y en EA todavía existen personas significadas que siguen soñando en la recomposición nacionalista mediante una unión con Batasuna. Creo que eso es absolutamente inviable, inconveniente, contranatura y profundamente antidemocrático con la historia pactista del nacionalismo vasco. Yo no tendría inconveniente en que este pacto se realice con Aralar, pero, mientras Batasuna no se oponga a los atentados, no veo ningún resquicio de complicidad.

-¿Y cómo interpreta la actitud de los partidos no nacionalistas?
-Voy a medir mis palabras, pero, muchas veces, tengo la impresión de que los que están en el poder del PP no buscan acabar con el terrorismo, sino acabar con el nacionalismo vasco. Y por duro que sea para mucha gente a la que tenemos que arropar porque lo está pasando muy mal, hay una utilización de las víctimas de la violencia para obtener réditos políticos. Pero eso pasará factura al PP en las elecciones.

-Desde el mundo constitucionalista se reprocha al nacionalismo vasco su enorme falta de clarificación estratégica, su ambigüedad. ¿Qué quiere al final?
-Es verdad, en eso tienen razón; sería muy bueno que dijesen exactamente qué es lo que quieren. El problema es que, si esa pregunta se hace, habría muchas respuestas, porque es evidente que los objetivos de Arzalluz o Egibar no son los mismos que los de un Iñaki Azkuna o un Josu Bergara. ¿O es que estos dos últimos no son nacionalistas? El problema del PNV y de EA es éste, pero ese argumento no justifica de ninguna manera la cerrazón del PP y el despiste generalizado del PSE. Yo estoy muchas veces de acuerdo en que el socialismo es el partido mediador y del puente, pero tiene almas muy dividas. Una Rosa Díez, al final, ¿qué tiene de común con el proyecto de Elorza?

-¿Es el abertzalismo rupturista la secularización del viejo integrismo vasco?
-Yo sí sostengo esa tesis de que aquí se ha producido la secularización de un sentimiento religioso importante. Euskadi se ha sacralizado como mito, como elemento identificador. En ese sentido, sigo las tesis de Joseba Arregi, pero donde me separo de él es cuando dice que es el conflicto de todo nacionalismo vasco. Perdone, pero es el conflicto de un sector del nacionalismo vasco que cree que son los únicos que ponen los muertos. Y podemos llegar a una situación que es la de los terroristas suicidas palestinos. Hasta ahora, ETA estaba dispuesta a matar, pero no a dejarse matar. El problema que plantea este sector es la fanatización.

-¿Los acontecimientos del 11 de septiembre y la reacción antiterrorista posterior introducen una variable de fondo en su análisis?
-No. El 11 de septiembre es una forma extrema de visibilizar que EE UU es vulnerable, que en el mundo ya se ha puesto en marcha un nuevo tipo de guerra, la terrorista, y que gran parte del mundo árabe se siente incomprendido. Cosa que, entre paréntesis, puede pasar también en el mundo de Batasuna.

-¿Tiene esto algo que ver con ETA?
-Pues nada, muy poco. Sólo digo que es un gravísimo error intentar internacionalizar el tema de ETA, porque se podría convertir en uno de los referentes de los movimientos antiglobalización. Así como me parece que es fundamental la colaboración francesa, porque el día en el que Francia actúe hasta el fondo en la lucha antiterrorista, ETA lo va a pasar mucho peor, sinceramente, no veo ninguna ventaja en el hecho de que vuelvan, por ejemplo, dos o tres etarras de México. ¿Dónde está ‘Apala’? Ha desaparecido. ¿Por qué? Pues se ha integrado en la naturaleza. Pues ya está. Punto. ¿Para qué remover el asunto?

Frentismo independentista
Enrique de Diego Libertad Digital  17 Diciembre 2001

Con la correlación de fuerzas existente en el Parlamento vasco, lo lógico, lo sensato y lo democrático hubiera sido que el PNV hubiera pactado los Presupuestos con la oposición. Por encima incluso de los formalismos, esa forma de actuar hubiera demostrado una voluntad cierta de romper el frentismo, eufemismo tras el que se esconde la tentación totalitaria del nacionalismo denominado democrático o moderado, con todas las matizaciones que habría que hacer a tales adjetivos.

Sin embargo, esa negociación hubiera obligado a poner sobre el tapete el nada pequeño pesebre nacionalista sostenido por los fondos públicos; pesebre que linda e incluso entra dentro del campo de los proterroristas. Lejos de ello, el PNV se ha introducido en una modificación de las reglas del juego, mostrando un peligroso aspecto de concepción instrumental de la democracia. Pretender achacar a la oposición los errores propios es casi un instinto en el PNV, siempre incapaz de reconocer equivocaciones. Sobre todo es el intento de mantener la ficción de una victoria abrumadora en las elecciones autonómicas, que nunca se produjo, porque ello mantiene la quimera aún mayor de un deseo de la sociedad vasca por la independencia. Con los datos del 13 de mayo, el ejecutivo nacionalista no tiene capacidad de maniobra para ir hacia la secesión. No la tiene, ni tan siquiera, para aprobar los Presupuestos sin dar una imagen bananera y autoritaria.

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