AGLI

Recortes de Prensa     Martes 22  Enero  2002
#Asunto interno
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 22 Enero 2002

#Una oferta incoherente e inviable de Zapatero
Impresiones El Mundo 22 Enero 2002

#Quiere disimular
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 22 Enero 2002

#Un partido para el desguace
Lorenzo CONTRERAS La Razón 22 Enero 2002

#El comedero
MANUEL HIDALGO El Mundo 22 Enero 2002

#El comedero.
Jaime CAMPMANY ABC 22 Enero 2002

#Equidistancia imposible
Enrique de Diego Libertad Digital 22 Enero 2002

#Hechos y palabras
Ramón PI ABC 22 Enero 2002

#La libertad de informar
Editorial El Correo 22 Enero 2002

Asunto interno
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 22 Enero 2002

En el PSOE están encajando muy mal los comentarios de todo tipo que están apareciendo en los medios de comunicación sobre la crisis en que se debate este partido. Una crisis bien evidente para cualquier observador, incrementada aún más por el problema particular que afecta al socialismo vasco, pero que era bastante anterior pues, de alguna manera, proviene de los momentos finales del socialismo «felipista». Un pasado que no se resigna a serlo y que sigue pesando sobre el PSOE, cuyos dirigentes formales dan toda la impresión de ser marionetas o muñecos de guiñol controlados por esos fantasmas que se niegan a desaparecer, en estrecha alianza con concretos intereses mediáticos, que han renunciado a su misión informativa para actuar como instrumentos políticos.

Las patentes inseguridades y carencias del PSOE en estos últimos años, sus sucesivos líderes, débiles y vacilantes, su incapacidad para fijar un rumbo y mantenerlo coherentemente, las visibles divisiones internas... Todo ello ha multiplicado, inevitablemente, los comentarios sobre el primer partido de la oposición, a los que éste ha contestado, visiblemente molesto, aplicando a la vida partidaria la vieja fórmula diplomática ¬en gran parte superada en la presente vida internacional¬ que prohibe la «injerencia en los asuntos internos». Una fórmula que, en la medida que sobrevive, no impide en absoluto que se comenten las grandezas y miserias de cualquier país, guste o no guste a sus naturales y sus dirigentes. Lo público es siempre público y atrae la atención pública. Y pocas cosas pueden ser más «públicas» que la situación de un gran partido, que ha gobernado durante muchos años y que, previsiblemente, volverá a gobernar en algún momento futuro, si sale de ese camino que le lleva a ninguna parte. No hay, pues, «asunto interno» alguno en la vida política, si nos creemos de veras que la democracia se basa en la transparencia. Todos tienen derecho a opinar acerca de lo que pasa en esa casa grande que es un partido político, pertenezcan o no a alguna otra formación política. La intimidad es un derecho de las personas físicas pero no de los partidos políticos. Otra cosa bien distinta es que las decisiones para remediar las crisis, o para hacerla aún más profunda, correspondan en exclusiva a sus militantes y dirigentes.

En esta época post-ideológica, en la que los partidos ya no se distinguen por contrapuestas visiones del mundo y de la sociedad sino por su estilo, sus equipos y su eficacia en la gestión, los partidos que están en la oposición lo pasan mal porque les cuesta trabajo encontrar mensajes diferenciados. Les pasa a todos los partidos europeos que no gobiernan, sean de izquierdas o de derechas, como el Conservador británico, la izquierda italiana o la multiforme derecha francesa. Casi siempre la única oportunidad que les queda a los partidos de oposición es el desgaste o el fracaso del partido que gobierna. Y cuando, como es el caso en España, no se da ese supuesto la desazón y la desesperanza hacen mella en quienes ven remoto el acariciado objetivo de «tocar poder».

El PSOE es un buen ejemplo de todo ello. Se trata de hacer oposición a cualquier precio pero no se presentan alternativas creíbles. Lo vemos en sectores tan diversos como la inmigración, la educación y la política exterior o europea. Hasta el tono con que Rodríguez Zapatero y su gente presentan las propuestas revela una enorme falta de confianza en sus posibilidades. Pero nada de eso sería demasiado grave al lado de las discrepancias internas en cuestiones de fondo tan importantes como el modelo de Estado o el valor real de la Constitución de 1978 en el momento actual. A pesar de los esfuerzos que han hecho y de los documentos que han publicado nadie sabe con un mínimo de precisión cuál es ese modelo ni qué respeto les merece el marco constitucional. La impresión es que entre lo que proponen Maragall o los guipuzcoanos y lo que piensan y quieren las bases socialistas del resto de España la distancia es insalvable. Afirman que no se quieren salir de la Constitución pero juegan con alternativas que ni de lejos caben en ella. El principio federal es ajeno a la Constitución, que tiene como eje un principio bien diferente, el autonómico, que alberga, incluso, mayores posibilidades de autogobierno, pero que es netamente incompatible con aquel. Por eso tampoco tiene sentido el modelo de Senado federalizante que, para agradar a los catalanes, ha hecho suyo el PSOE.

La crisis del socialismo vasco es la apoteosis de la confusión. No se puede estar en contra de la autodeterminación y aspirar a entenderse con un partido, como el PNV, que ha hecho de esa idea su objetivo estratégico. Hace falta tener las ideas muy poco claras para calificar de «seguidismo» la coincidencia con el PP en esas grandes metas políticas que son la libertad y la defensa del derecho a la vida. En situaciones excepcionales ¬y el País Vasco vive en una situación excepcional¬ los partidos democráticos están obligados a hacer causa común por esos grandes objetivos. Cuando se tiene enfrente un enemigo común, como el que representa el terrorismo, los partidos democráticos deben entender inmediatamente que, en esa circunstancia, es mucho más lo que les une que lo que les separa y mantener una conciencia clara de quienes están del lado de la democracia y del pluralismo. La persecución desatada contra Redondo, precisamente por defender esas ideas, hasta conseguir su cabeza, es bien significativa y muestra las obsesivas prioridades del PSOE o de quienes le controlan. Eso sí que es hacer un peculiar «seguidismo»: el del ciego que se deja guiar por otro ciego.

Una oferta incoherente e inviable de Zapatero
Impresiones El Mundo 22 Enero 2002

Tras el éxodo masivo de concejales socialistas de Zumarraga, el PP ofreció este pasado verano al PSOE la posibilidad de formar listas conjuntas en algunos municipios vascos. El PSOE se muestra ahora partidario de las listas conjuntas en las poblaciones donde exista coacción de los violentos, pero con una importante condición: que el PNV, EA e IU estén también presentes en dichas listas. La oferta de Zapatero fue recibida ayer con enorme frialdad en el PP, que considera que no es el momento de convocar el Pacto Antiterrorista, como pretenden los socialistas, ni de discutir sobre listas conjuntas. Los dirigentes del PP creen que la iniciativa es una cortina de humo de Zapatero, que pretende distraer la atención sobre la crisis que atraviesa su partido en el País Vasco. Dejando al margen las intenciones del secretario general del PSOE, su oferta de un gran pacto entre las fuerzas democráticas para concurrir frente a Batasuna es incoherente e inviable. Y ello porque no tiene sentido un pacto de formaciones como el PP y el PSOE, que defienden el actual marco constitucional, con el PNV y EA, que apuestan por la vía del soberanismo. ¿Cuál sería el programa de esta gran coalición municipal¿ ¿El reconocimiento del derecho de autodeterminación? Si en el País Vasco hay miedo y falta de libertad, la culpa la tiene Batasuna y el entorno violento de ETA, con los que no dudó en pactar el PNV y con los que comparte los mismos fines políticos. Tras la dimisión de Redondo Terreros, el PSOE está buscando una equidistancia que no existe. La estrategia de Zapatero y Jáuregui es muy peligrosa, porque los socialistas corren el riesgo de ser fagocitados por un PNV que no está dispuesto a cambiar y que quiere una alianza con los socialistas para hacer más digerible su programa soberanista.

Quiere disimular
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 22 Enero 2002

Después de su rastrero comportamiento con Nicolás Redondo, el todavía secretario general del PSOE (y particular de González) pretende convencernos de que no ha roto un plato, que sigue defendiendo los principios que inspiraban el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, y que lo que realmente está en su voluntad y en su corazón es entenderse con el otro gran partido nacional para luchar contra el terror que en las filas de populares y socialistas siembra cada día la dictadura nacionalista. Lo malo es que todavía lleva las manos manchadas con la sangre del mejor de sus militantes. Lo malo es que tardará mucho tiempo en olvidarse, si es que alguna vez se olvida, la felonía que acaba de cometer Rodríguez Zapatero. Bien está que disimule, pero no cuela. Lo de las listas comunes con el PP, que prácticamente supone o sugiere una lista única, estaría muy bien, porque el acoso del terror contra los dos partidos españoles nunca serán otra cosa debería provocar esa reacción de legítima defensa. El problema es que no hay quien se lo crea. A Zapatero es difícil ya creerle algo. Y en lo que se refiere al País Vasco, es difícil, por no decir imposible, creerle nada.

Conocemos demasiado las mañas del felipismo y sabemos lo fácil que resulta en un partido jerarquizado y recién purgado de su dirección es decir, aterrorizado hacer lo contrario de lo que se dice y echarle la culpa al enemigo, al aliado o al empedrado. Zapatero propone ahora ese pacto electoral con el PP para tapar la verdadera causa de su puñalada a Redondo, que es pactar sin condiciones con el PNV según las directrices de González y Cebrián. Por supuesto, tras la proclamación del pacto y las alharacas fotográficas, vendrá el aparato con la rebaja. En dos, tres, muchos lugares del País Vasco, la confección de esa lista PP PSOE tropezará con tantos y tan graves problemas que será imposible. En otros pueblos sucederá todo lo contrario o algo parecido, siempre que desemboque en lo mismo: las bases se oponen a ese pacto. Cuando en realidad los que han roto con el PP han sido Zapatero y sus cuates de Ferraz. En el caso, harto dudoso, de que el proyecto fuera más allá de un brindis al sol, ya se encargarían de cargárselo los erasmianos gremlins del aparato sociata. Mientras, Zapatero habría soltado a Barrabás y crucificado a Jesús, pero volvería a pedir una jofaina para lavarse las manos. Como Pilatos. Disimula, pero mal. Por ejemplo, olvida que una lista única PP PSOE, con el mismo número de votos cosechados el pasado año por Mayor y Redondo, le habría ganado las elecciones a la lista PNV EA. O sea, que si fuera por razones electorales, lo lógico sería estrechar sus relaciones con el PP y no con el PNV. Sabemos que lo que va a hacer es justo lo contrario de lo que dice. Huelgan disimulos.

Un partido para el desguace
Lorenzo CONTRERAS La Razón 22 Enero 2002

En el batiburrillo de la actualidad se mezclan, a la manera de piezas de puzzle, hechos y circunstancias de diversa interpretación. La caída de Nicolás Redondo es, por supuesto, la pieza que más atención reclama, como si el arte de desentrañar su significado fuese lo importante en estos momentos y no tanto lo que anuncia más allá de su condición de episodio conspirativo. Porque lo que más interesa en la relación de hechos concatenados es su repercusión y no el nudo de una intriga demasiado bien adivinada. Una intriga a la que, como remate, se agrega la confusa historia de una presunta aproximación personal entre Redondo Terreros y García Damborenea, el hombre que en su día fue condenado por participar en el secuestro de Segundo Marey y que supo gestionar un indulto basándose en la posibilidad de «tirar de la manta». Un expediente que suele resultar infalible y de seguros efectos, sobre todo cuando las responsabilidades ocultas se ramifican como la hiedra que tapa las grandes fachadas.

La repercusión que, ante el futuro, llegue a tener lo ocurrido con la dimisión de Redondo y su renuncia posterior a todo intento de recuperar las posiciones perdidas en el PSE, plantea una interesante expectativa: cuánto van a durar los saludables propósitos de la gestora que preside Ramón Jáuregui respecto al no entendimiento con el nacionalismo soberanista y qué enseñanza o conclusión sacará el PNV de esa «oferta», cripto-felipista que late en el rondo o trasfondo de las palabras utilizadas por la gestora para maquillarse de moderación después de la aniquilación de Redondo.

Queda en el aire la respuesta a este relativo enigma, si es que hay enigmas relativos. Los socialistas vascos son hoy por hoy, dentro de las consignas de unidad, la familia política más desunida de España. Su alta militancia, la que conspira y vence y la que pierde la batalla, muestra la existencia de tres categorías: el sector «español» que siente verdaderamente el reclamo de los valores constitucionales y estatutarios, con apellidos que no hace falta citar por ser harto conocidos y que hoy se autoconservan en la cámara de los silencios y las discreciones; el sector que podríamos llamar «carguista» o nostálgico de cargos que gira por ahora en torno a Ramón Jáuregui, ex vicelehendakari con Ardanza, y que con toda probabilidad acecha la oportunidad de aplicar a su reciente declaración la regla del olvido estratégico; y, por último, el sector de los nacionalistas encubiertos o todavía no «convictos», cuyo más conocido representante es Odón Elorza, el alcalde de San Sebastián. Un mundo plural, más que pluralista, cuyo destino depende de lo que el PNV decida aprovechar como técnico en desguaces.

El comedero
MANUEL HIDALGO El Mundo 22 Enero 2002

Hemos visto a Pujol, en los telediarios del fin de semana, demasiado enardecido para lo que es él. Eso nos ha sorprendido y, con sinceridad, nos ha preocupado. A Pujol, los españoles tranquilos le profesamos un secreto afecto, pese a todo, de modo que nos intranquiliza, lo primero por él, más allá de la política, verle como con el colesterol alto, con la sangre subida a su gran cabeza, como infartado, como a punto del desdichado ictus cerebral, tan de moda. Tranquilo, Jordi, tranquilo, no se ponga usted así, tómeselo con más calma, que no vale la pena, lo primero es la salud, y problemas, vaya que sí, tenemos todos.

Los enemigos acérrimos de Pujol, que tienen sus buenas razones, no le pasan una, y le consideran peligroso en su doblez y en sus argucias ladinas, que siempre se le suponen. Pero otros, quizá más incautos, le contemplamos con sosiego en deuda con el sosiego que nos procura cuando miramos hacia otros lados y vemos a otros colegas suyos por lo corriente mucho más inquietantes.

El caso es que el domingo Jordi Pujol estuvo como electrizado, como electrocutado por la guitarra eléctrica de su propio discurso, como con pulgas en las costuras, como con una lagartija incitándole en los bajos, y entonces dijo lo del comedero.

Uno no entra ni sale, porque es cosa de mucho pensar, en la conveniencia de la oferta de Aznar a Pujol para entrar en el Gobierno. Pudiera ser cosa buena o cosa mala, pero Pujol reaccionó, con solivianto mitinero, como si le hubieran llamado bajito o moco verde.

Una propuesta de coalición chiquitilla, una alianza corta, un pacto medido, una concentración de gobierno a pequeña escala, un apañete beatón de gobernabilidad lo que tanto le priva o le privaba al president , va y merece, entre nervios, ese calificativo bronco y despectivo de comedero.

El Gobierno de la Nación, el Consejo de Ministros, el Ejecutivo, un comedero. Pues vaya. Que ellos no son conejos, dijo Pujol.Ni buitres, cabe decir, a los que arrojan carroña en sus comederos de alta montaña.

Lo que sucede ahora es que cada autonomía, puestos así, ya es un comedero de cargos, un corralito de retribuciones y prebendas, una lobita de mil tetas que amamanta infinidad de rómulos y remos en varias lenguas y acentos, y, claro, no se ve, a simple vista, la necesidad de ir a comer al comedero nacional de Madrid cuando cada animalillo de la granja tiene su buena ración de rancho, de alfalfa aparte.

Vale. Sea. Se comprende. Comederos son todos o ninguno. Pero queremos ver a Pujol con los ojos dentro de sus órbitas.

El comedero.
Por Jaime CAMPMANY ABC 22 Enero 2002

Está claro que el mayor enemigo del político es el político. Perro no come perro, pero político come político. Con frecuencia, la dedicación a la política es un ejercicio de antropofagia, zoon politikon engullendo a otro zoon politikon. En algún despacho de la política tiene Caín su cueva, y desde allí echa a vagar su sombra por las tierras de Alvar González, por las tierras de Celtiberia. Se me ocurre hoy escribir todo esto no por otra razón que la de contemplar una vez más el espectáculo de canibalismo que dan los políticos, a un lado, al otro y en el medio, izquierda, izquierda, derecha, derecha, derecha, adelante y atrás, un, dos, tres. A mi pesar, he llegado a la sospecha de que un político solamente crece y engorda cuando ha devorado las carnes de otro u otros hasta dejar los huesos pelados.

A la lección de antropofagia que están dándonos los socialistas con Nicolás Redondo, se unen otras que nos llegan por otros cotés. A Redondo lo tienen asado, trinchado y devorado. Ni siquiera se ha presentado en la reunión de la Ejecutiva socialista celebrada en Barcelona. ¿Para qué? ¿Para que sirva de escarmiento a unos y de trofeo a otros? Trofeo sin duda para la vitrina cinegética de Felipe González. «No creo que Felipe haya tenido algo que ver en mi cacería», ha dicho el cazado, y eso es una manera de señalar. Ya se sabe que exculpar dudosamente a uno entre todos, es una vieja y consabida fórmula de acusar sin acusar. Y ahora, Rodríguez Zapatero espera su turno. Cuando el correveidile oficial se permitió transmitirle el recado a gritos en la comida de Yuste, la condena estaba firmada.

Los amos del Partido Socialista tienen decididas dos providencias: el pacto de gobierno con el nacionalismo vasco, a costa de lo que sea, incluso metiendo la Constitución en el paquete, y la irresistible ascensión del Catorceavo, pasado por el Colegio del Pilar, por la Alianza Atlántica y por Europa, o sea, pilarista, otanista converso (los conversos son siempre los peores) y europeísta de bombo y bombardeo. En esas dos operaciones habrá necesariamente «muertos», muertos políticos, además de los que ponen siempre los etarras. Es curioso. Al final de todos los bochinches, los socialistas vascos van a seguir el camino señalado y trazado por los comunistas, o sea, por Madrazo. La fascinación que sobre los socialistas ejercen los comunistas es una vieja atracción fatal.

Hay otros ejemplos de antropofagia. Jordi Pujol ha definido la política como un «comedero». Al ofrecimiento de José María Aznar para que los convergentes participen en el Gobierno, dice que a «ellos» no se les puede venir ofreciendo ministerios como en un comedero. Acusa a Aznar de haberlos tomados por aves de corral, pita, pita, pita, tomad gallinitas. Pues ahora resulta que, según el molt honorable Jordi Pujol, los ministerios son piensos para gallinas y el poder político es un comedero de granja o de establo. Formidable. ¿Y las «consellerías»? ¿Qué serán entonces las «consellerías» y los «consellers»? ¿Y de qué se alimentará -pregunto yo- el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya? No es fácil hallar una definición de la política tan desdeñosa como esa: comedero.

Llegará un momento en que tal vez haya que reconocer que la democracia en España, el Estado de Derecho y las libertades, todas las libertades, las públicas y las individuales, han salido a flote después de consumada la Santa Transición a pesar de los nacionalismos radicales y de su idea de las Autonomías y de España. La enseñanza nos viene de lejos. Cuando en España florecen y triunfan las libertades después de períodos de dictadura o autoritarismo, son los nacionalismos radicales los que siempre sufren la tentación de romper la baraja y organizar la marimorena.

Equidistancia imposible
Enrique de Diego Libertad Digital 22 Enero 2002

Si Redondo es un referente del socialismo vasco -Jáuregui dixit-, no se entiende por qué han ido con tanta saña contra él. Si sus ideas merecen ser recogidas en el documento base, se comprenden aún menos las insidiosas críticas de los terminales de Ferraz, y del propio Zapatero, catalizador de la dimisión con su descalificación del plante en el debate de Presupuestos.

Me parece que la estrategia y la ideología de Zapatero, eso del cambio tranquilo, es aquello tan viejo de intentar quedar bien con todo el mundo, que es la mejor forma de quedar mal con todos. Tras la renuncia de Redondo, Zapatero ha hecho espasmódicos acercamientos al PP, pidiendo una reunión urgente del Pacto por las Libertades, sugiriendo listas conjuntas en los pueblos, y al PNV, ofreciendo a Ibarretxe un liderazgo, que por ahora el presidente de ese partido sólo contempla como instrumento para ir a la independencia.

Al margen, de la inconsistencia que este baile de San Vito refleja, todo esto sugiere un desconocimiento de la realidad, como si en el País Vasco hubiera un debate similar al que se da en Albacete o como si el PNV no hubiera ido a las últimas elecciones con un programa en donde se incluye la convocatoria de un referéndum de independencia. La confusión entre las buenas intenciones y las condiciones reales lleva siempre a notables desastres. No parece Patxi López el hombre para introducir la claridad necesaria.

El drama para este caos político en el que se ha sumido el PSOE es que la población votante muestra una clara adhesión a la idea de España, a la convivencia común y a eso del patriotismo constitucional, que él lanzó en la teoría pero que parece incapaz de sostener en la práctica. El modelo PRISA de destruir España, por rencores y negocietes con Arzalluz, es minoritario hasta llegar a marginal.

A lo que vamos a asistir desde ahora es a la escenificación de una nueva equidistancia, de una equidistancia imposible, con la que se va a tensar el Pacto por las Libertades y en la que el constitucionalismo tendrá que ir decidiendo si en el País Vasco compensa concentrar el voto en el PP o tratar de seguir a Zapatero en sus mareantes regates en corto, con sucias tarascadas a... Redondo.

Hechos y palabras
Por Ramón PI ABC 22 Enero 2002

La situación de los socialistas vascos empieza a presentar perfiles surrealistas. La «cacería» de Nicolás Redondo Terreros, culminada con todo éxito (ha dimitido como secretario general del PSE y no se presentará a nada en el congreso extraordinario), se ha convertido en un episodio inexplicable a partir del momento en que la gestora ha elaborado un papel en el que se recoge lo básico de la estrategia seguida hasta ahora por el PSE. ¿Por qué derribar de manera tan impúdica a Redondo, en una obscena exhibición de malas artes y de lo peor que los políticos son capaces de hacer con sus propios correligionarios, si al final se acaban asumiendo los criterios del derribado? No hay más remedio que pensar, a la vista de los hechos (que no de las palabras), que de lo que se trata es de acabar con un clima de buen entendimiento entre el PSE y el PP del País Vasco; en otras palabras, se trata de presentar al PP en aquella Comunidad como un partido marginal, un «outsider», una formación enemiga de las buenas relaciones entre partidos democráticos.

Carlos Martínez Gorriarán lo explicaba con claridad meridiana en la Tercera de este mismo periódico el domingo: el enemigo no es ETA, no es el nacionalismo; el enemigo es el PP, y como Redondo no está en esta actitud, hay que descabalgar a Redondo. Que esta suposición no es muy temeraria lo muestra el comportamiento del secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, en su viaje al País Vasco el mismo domingo, dedicándose a atacar al Gobierno y a Aznar en lugar de explicar en términos comprensibles, y no con meras vaguedades, la posición del PSOE en la crisis del partido en el País Vasco, y en lugar de negarse a dar su punto de vista sobre Redondo y lo que le ha ocurrido en los últimos días.

Un papel en blanco lo aguanta todo, suelen decir los abogados para significar que lo importante no es lo que digan los papeles, sino el comportamiento de las personas y la realidad de los hechos. Pues bien, de momento la realidad es que Nicolás Redondo Terreros ha sido objeto de un acoso implacable que lo ha enviado fuera de los ámbitos de dirección del partido; que ha renunciado a presentar su candidatura en el congreso extraordinario, que en el PP reina un profundo disgusto por esta razón, y que en el PNV están muy contentos. Las palabras dirán lo que sea, el documento base del congreso expresará lo que quieran sus redactores; pero los hechos son los que son. Que cada cual saque las consecuencias.

La libertad de informar
Editorial El Correo 22 Enero 2002

La concentración de ayer en Bilbao, en la que periodistas, ciudadanos y representantes políticos quisieron manifestarse unidos frente al triple atentado terrorista perpetrado el pasado jueves contra tres periodistas por el mero hecho de serlo, renovó el compromiso por el ejercicio libre de una profesión de la que en buena medida depende la libertad de todos los ciudadanos. Como objetivos declarados de ETA, los periodistas y los medios de comunicación forman parte de la inabarcable lista de personas y entidades a las que la banda terrorista trata de coaccionar a través del asesinato y la amenaza permanente. Durante años, la aplicación sumaria de la pena de muerte por parte de ETA llevó a demasiada gente a buscar las explicaciones de la barbarie en la identidad de sus víctimas. Era, sin duda, una forma de eludir toda responsabilidad frente al terror evitando sentirse concernido por el mismo. Hasta que la propia inquina terrorista y su estremecedora naturalidad para señalar y matar a cualquier persona que represente un compromiso cívico o profesional con las libertades -o que, simplemente, se ponga al alcance de su afán destructivo- ha ido extendiendo en la sociedad vasca la convicción de que ETA es un enemigo de todos y, por tanto, no puede ser admitido como aliado por nadie.

Sin embargo, hay todavía en Euskadi ámbitos de opinión en los que el cinismo o la cobardía permiten al terrorismo nutrir de indignidad su macabra persecución sobre aquellos que se niegan abiertamente al silencio o a la indiferencia. También por eso son necesarios actos como el que ayer reunió a tanta gente de bien en la explanada del Guggenheim: para recordar a la ciudadanía vasca que lo que ocurrió el pasado jueves atañe a todos; hasta a aquellos a los que jamás se les ha pasado por la imaginación que puedan encontrarse algún día en el mismo trance de esos tres periodistas en los que se fijó el impulso asesino de ETA.

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