AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 23  Enero  2002
#Agur
FÉLIX DE AZÚA El País 23 Enero 2002

#A Zapatero le escriben el guión
Editorial La Razón 23 Enero 2002

#Zapatero es peligroso
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 23 Enero 2002

#¿Patriotismo Constitucional?
Pedro DE VEGA. Catedrático de Derecho Constitucional ABC 23 Enero 2002

#De Jaimito
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 23 Enero 2002

#«Te equivocas, Nicolás, te equivocas»
Luis María ANSON La Razón 23 Enero 2002

#A Gregorio
Román CENDOYA La Razón 23 Enero 2002

#El Pacto Antiterrorista debe estar por encima del juego partidista
Impresiones El Mundo 23 Enero 2002

#La transversalidad socialista es imparable en Euskadi
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL El Correo 23 Enero 2002

#Miedo a la libertad
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL El Correo 23 Enero 2002

#VEN Y (SI SOBREVIVES) CUÉNTALO
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz

#Ideas y personas
JAVIER PRADERA El País 23 Enero 2002

#El error de los moderados
Pío Moa Libertad Digital 23 Enero 2002

Agur
FÉLIX DE AZÚA El País 23 Enero 2002

Los jueces del País Vasco huyen por docenas, y dentro de poco la actividad judicial se habrá paralizado. El PNV convoca plazas de ertzaina y nadie quiere cubrirlas. La mitad de la población está amenazada de muerte. Los concejales, incluido algún separatista de EA, dimiten aterrados. Doscientos mil vascos, una décima parte de la población, ya se ha exilado. ¿Es realmente ETA la única causa de tanta barbarie? Si así fuera, sería la banda más poderosa del mundo. El IRA nunca tuvo tanta influencia en Irlanda. ¿Es sólo culpa de ETA que la vida en el País Vasco sea imposible para media población? Si así fuera, tendría más control sobre los vascos que las FARC sobre los colombianos. Constatada la inepcia del PNV para garantizar la vida de sus contribuyentes, ¿sólo queda esperar a que ETA liquide también al PNV y se adueñe de todo, que es a lo que aspira? ¿Eso es 'dialogar'?

En un artículo de Applebaum sobre los campos de concentración aparece una definición simple y clara de régimen totalitario: aquel que impone un modelo social ideal y luego procede a destruir todo lo que no coincide con el modelo. A diferencia, claro está, del régimen democrático, el cual se esfuerza por representar a la diversa población real. La actual dirección del PNV ha diseñado una Euskadi feliz según el sueño ultraderechista de Sabino Arana y se dedica a cercenar lo que no coincide con el cromo. Los partidos totalitarios, como los comunistas, tienen derecho a existir, pero no suelen obtener apoyo de los partidos democráticos. Por eso es tan extravagante el entusiasmo de la cúpula socialista catalana por el PNV o la decapitación de Redondo por haberse enfrentado a Arzalluz con razones rigurosas y sin mirar el bolsillo. ¿Qué les pasa a los socialistas?

El PNV, como la Iglesia católica, es todo lo totalitario que le permiten las circunstancias. Lo será mucho más cuando se quede a solas, frente a frente, con ETA. O sea, cuando a los ya exilados se les añada otro medio millón. Y ése es el proyecto de la dirección actual del PNV: que se vayan todos los que no caben en el cromo y les dejen a ellos solos. ¿Quieren los socialistas entrar en el cromo? Agur, Nicolás.

A Zapatero le escriben el guión
Editorial La Razón 23 Enero 2002

Defenestrado Redondo, que tenía ideas claras sobre la necesidad de frenar la deriva del nacionalismo y de defender las libertades vulneradas en el País Vasco, un sector dominante en el PSOE ha puesto en marcha una operación política de enormes riesgos, basada en «tender puentes con el PNV» para evitar «el seguidismo al PP». Guión descaradamente procedente del felipismo, que dista mucho de estar extinguido, y del grupo mediático que quiere dominar en la estrategia socialista por intereses políticos y, a veces, económicos. Este movimiento, enmascarado en la «equidistancia» (imposible de mantener cuando de conceptos de Estado se trata, y cuando las libertades y la seguridad de muchos está en juego) puede ser una trampa mortal para el PSOE, si no es capaz de precisar su giro con inteligencia y prudencia.

Por el momento, la victoria parece estar en quienes decidieron laminar a Redondo y utilizar todos los medios posibles para aislar al PP en el País Vasco. El secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, hace un esfuerzo enorme para que no se le noten las influencias subterráneas que le orientan. Pero nada le ayuda. Cada gesto de «neutralidad» que practica se encuentra ahora con la acogida entusiasta de Ibarreche (que ha pasado de una guerra de trincheras con el PP y el PSOE a un desbordante afecto por los socialistas que han acabado con Redondo). Es extraño que a Zapatero no le mueva a la sospecha tal despliegue de alharacas nacionalistas; que no piense que le está dando al PNV un balón de oxígeno (no, como algunos creen, para «atraer» al PNV a la senda constitucional, sino para legitimar su política irrenunciablemente soberanista). Pero Zapatero y la dirección del PSOE están cumpliendo un guión de Felipe González, escrito en sus artículos y grabado en sus intervenciones públicas, como aquella antológica de «no te equivoques, Nico, el PNV son nuestros amigos», pronunciada en el mitin de campaña en Baracaldo. Y está dicho en el diario felipista por sus más conspicuas plumas orgánicas. De todo esto, hoy publica LA RAZÓN documentos suficientemente explícitos que lo demuestran.

González aparece como una sombra delante y detrás de Zapatero. Así ha sucedido con el caso vasco; pero también en el viaje a Marruecos, donde se percibieron con claridad sus oficios. Y ahora, ante el viaje del secretario general socialista a México, país donde González radica una buena parte de su actividad como «lobbista» internacional, y donde coincidirá con Zapatero y con el propio presidente de Prisa.
No hay nada que objetar a que González quiera marcar la pauta a Zapatero. Pero sí lo hay en que quiera, a través de su sucesor, perjudicar internacionalmente al Gobierno de España por ser del PP que le ganó en las urnas. O quiera, por el mismo resentimiento, beneficiar a los nacionalistas vascos con un acercamiento gratuito, sin que éstos hayan cambiado un ápice su posición soberanista.

Zapatero es peligroso
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 23 Enero 2002

Zapatero es peligroso. Al reivindicar un sitio propio, equidistante entre el PNV y el PP, Zapatero trata por igual al que está en la defensa del Estado de Derecho y al que se dedica a administrar el terror, al que está por la autonomía y al que está por el soberanismo.

Es una imparcialidad criminal. Cuando él y otros dirigentes socialistas hablan de la necesidad de unir a todos los partidos democráticos, dando a entender que es democrático el PNV, están legitimando al partido que desde el poder está permitiendo la persecución de media sociedad vasca, la «limpieza» brutal de la parte no nacionalista. Esa situación de país sin libertades que es hoy el País Vasco, verdadera excepción europea, no es algo incontrolado para el PNV sino perfectamente querido y planeado en la perspectiva de la independencia.

Así que esa apelación de Zapatero -y de la Gestora socialista- al «democrático» PNV no es estúpidamente platónica sino que es la absolución para los que tienen un pacto de sangre con los verdugos de los militantes socialistas. ¿Será ese el «sitio» que tenía que encontrar PSE una vez eliminado Redondo? El «sitio» del degolladero asumido; el gusto cobarde por el campo de concentración; siniestro cuando son otros los condenados.

Este juego, peligroso moral y políticamente, suicida en realidad, lo lleva Zapatero a la práctica cuando, a la propuesta de hacer listas municipales conjuntas entre el PP y el PSOE, pone la condición de ampliarlas al PNV. Es una provocación que en una sociedad donde los jueces tienen miedo, los periodistas tienen miedo y los concejales tienen miedo -porque, de hecho, son perseguidos y asesinados- se quiera meter al zorro en el gallinero.

He hablado en otras ocasiones de la inanidad de Zapatero; resulta obligado ya hablar de su peligrosidad.

Al llegar a este punto y después de la eliminación de Redondo, debo confesar a los lectores que para mí la política oficial de los socialistas en el País Vasco se ha convertido en una sarta de sofismas macabros. Hasta ahora su tosquedad me producía melancolía intelectual; ahora me producen una inmensa piedad, porque ¿cómo no pensar en que la seguridad de los militantes de base, de los votantes socialistas, está en manos tan poco fiables como las de sus dirigentes?

Toda esa sucia argumentación de la «equidistancia» y esta inmunda provocación de las listas electorales con el PNV, sólo podría entenderse a partir de la hipótesis de un PNV que abandonara el sueño basado en la limpieza étnica y en la independencia. Pero ¿se puede ser tan insensato como para pensar en una posibilidad semejante? ¿Acaso el PNV no avanza hacia el pacto de Lizarra dos?

Los nacionalistas no sólo no se moverán de donde están sino que aspiran -y no sin razón- a atraer al nuevo y roto PSE al igual que ayer lo hicieron con Madrazo. Será el gran bloque: el abertzalismo más la izquierda, no ya seguidista, sino arrastrada. Al separarse del bloque constitucionalista, los socialistas encontrarán inevitablemente su nuevo sitio en la gran coalición PNV/EA/Batasuna/IU/PSE. Ese y no otro es el sentido de la condición que ha puesto a las listas conjuntas con el PNV.

Son muy peligrosos Zapatero y «la gestora». Para rechazar la propuesta de la lista única de los perseguidos habla de una ampliación al PNV. Hay que tener mala fe para hacer tal propuesta cuando sabe que el Plan del PNV es barrer en las próximas municipales, él solo o con Batasuna, y a partir de esa legitimación electoral plantear el referéndum de autodeterminación.

Peligroso Zapatero: para su propio partido y para la seguridad del Estado.

¿Patriotismo Constitucional?
Por Pedro DE VEGA. Catedrático de Derecho Constitucional ABC 23 Enero 2002

LA aparición de neologismos en el lenguaje político no suele ser fruto de inocentes y casuales creaciones del ingenio humano. Por el contrario, responden casi siempre esas innovaciones lingüísticas a situaciones y requerimientos históricos perfectamente identificables. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la expresión patriotismo constitucional, acuñada en un artículo periodístico por Dolf Sternberger en 1979, y que, asumida luego por Habermas, lograría bajo su patronazgo intelectual cierta resonancia en algunos círculos académicos en los últimos años de la pasada centuria.

Ante la necesidad de reivindicar y rescatar al Estado frente al nihilismo anárquico y la indiferencia política, que se estaban apoderando de sectores cada vez más amplios de la sociedad alemana, y ante la imposibilidad, a su vez, de proceder a ese rescate recurriendo a los viejos esquemas historicistas del volksgeist, del organicismo sociológico, o del irracionalismo nacionalista de la sangre y de la tierra (Blut und Boden), que habían conducido a los horrores del hitlerismo, apareció en Alemania como fórmula taumatúrgica el sintagma patriotismo constitucional. Se trataba de forjar con él un patriotismo nuevo que, asentado en los valores y principios que inspiran los modernos ordenamientos constitucionales (libertad, igualdad, justicia, etc.), fuera capaz de generar entusiasmos y configurar lealtades en torno al Estado, sin tener que recurrir a las ensoñaciones románticas que habían desvirtuado los auténticos conceptos de la Patria o de la Nación.

Bajo tan nobles propósitos se ocultaban, no obstante, una serie de problemas que no pueden desdeñarse en momentos en los que, como ahora sucede en España, se enarbola la bandera del patriotismo constitucional contra las exigencias, en unos casos abusivas y en otros criminales, de los nacionalismos periféricos. Lo de menos es recordar la escasa fortuna que en Alemania tuvo ese nuevo patriotismo. Lo que importa es dejar constancia del hecho de que, en su formulación teórica, el patriotismo constitucional incurría en una contradicción similar a la de aquel escéptico, del que hablara Diderot, que después de rechazar con enorme esfuerzo intelectual la verdad de los milagros, se hacía el apologeta de la verdad de los augures. Podía el nuevo patriotismo, en nombre de los principios y valores democráticos, condenar las mixtificaciones aberrantes de las ideas de Patria y de Nación de los nacionalismos totalitarios que convirtieron la política en el reino de la violencia y de los mitos. «Nosotros -dijo Mussolini- hemos creado nuestro mito ... Nuestro mito es la Nación y su grandeza». Lo que no podía pretender era liberar a la política de la orgía ideológica fascista, contraponiendo a sus quimeras (la volksgemeinschaft hitleriana o la latinidad mussoliniana) otro tipo de fantasmas, aunque éstos fueran revestidos con democráticos ropajes.

Partió, sin embargo, el patriotismo constitucional, de unos presupuestos teóricos desde los que cualquier ordenación racional de la política resultaba imposible. Al sustituir el sentimiento patriótico de los ciudadanos, cuya existencia nadie puede negar, por el vaporoso sentimiento constitucional (Verfassungsgefühl), del que se venía hablando en Alemania desde la época de Weimar, se estaba erradicando de la historia el mundo de la política, para situarlo impropiamente en la órbita utópica de lo inverosímil. De suerte que, disueltos los sentimientos patrióticos, y las propias ideas de Patria y de Nación, en la abstracción metafísica de los valores constitucionales, y situados, a su vez, esos valores en un universalismo político apócrifo y sin definiciones espacio-temporales precisas, (en El más allá del Estado-Nación al que alude Habermas), se dejaba expedito el camino para proceder a la proclamación extravagante y contradictoria de un patriotismo sin patria y de una Constitución sin Estado. Con lo cual, un nuevo fantasma hacía su presentación en la historia de los Idola de la política.

Fue contra ese universalismo sin patria, que desterraba a la política de la realidad y de la historia, y que intentaron protagonizar ya en el siglo XVIII los despectivamente designados como philosophes cosmopolites, contra el que, sobre las pautas marcadas en su momento por Maquiavelo, reaccionaron con acierto los grandes mentores intelectuales de la democracia moderna.

Corresponde, en efecto, a Maquiavelo el mérito indiscutible de haber sido el primero en asumir el patriotismo como una evidencia histórica de la que el discurso político no podía prescindir. No en vano concluiría El Príncipe con una exhortación patriótica, evocando los versos de La Italia mia de Petrarca: «che l´antico valore / nelli italici cor non è ancor morto.» Consciente, no obstante, por un lado, de que la Patria, como ámbito espacial donde los hombres desarrollan su existencia, «no puede generar afectos entrañables cuando en lugar de procurarse en ella la felicidad de los individuos se destruye su libertad», y convencido, por otro, de que ese marco espacial del patriotismo tenía que coincidir con el de la nueva comunidad política que estaba surgiendo en la historia, y a la que él mismo había bautizado con el nombre de Estado, establecería Maquiavelo como criterios definidores del patriotismo el vivere libero y el vivere civile, sobre los que se vertebraría luego la construcción del Estado Constitucional.

Con la consagración del Estado Constitucional como el espacio político de la libertad (del vivere libero), en el que, abandonando la condición de súbditos, los hombres se convertían en ciudadanos y protagonistas en la gestión y custodia de los asuntos públicos (que es lo que define el vivere civile), quedaban establecidas las condiciones para que los sentimientos patrióticos pudieran ser coherentemente integrados en el proceso político democrático. No es casual que fuera en la batalla de Valmy, en 1792, cuando estallara por primera vez en la historia el grito de: ¡Viva la Nación!; como tampoco lo es que, una vez descubierta la fuerza histórica y política que el nacionalismo podía representar, los antidemócratas apelaran a él y, tergiversando su sentido, lo convirtieran con argumentaciones mendaces en el arma más eficaz para destruir al propio Estado Constitucional, en cuyo seno se había producido paradójicamente su gestación histórica.

Contemplado en esta perspectiva, el patriotismo constitucional no pasa de ser una formulación ideológica más que, desde la moralina de los buenos deseos, termina transformándose en el último baluarte de los nacionalismos antidemocráticos. Su escandalosa fuga de la realidad y de la historia, trasladando a los cielos metafísicos los sentimientos patrióticos de los ciudadanos, abre el portillo para que los nacionalismos se apoderen en exclusiva de un campo abandonado y construyan en él los altares donde impunemente se inmola toda la lógica de la democracia constitucional. Asistimos los españoles al lamentable y cotidiano espectáculo de esa inmolación. En nombre de los valores constitucionales se consagran a diario los derechos de los nacionalismos periféricos, al tiempo que, en nombre de esos nacionalismos, se niegan los derechos de la Nación Española a la que ellos no se limitan a renunciar, sino que consideran un agravio que el resto de los ciudadanos españoles puedan siquiera mencionarla.

Subyace en esta dialéctica perversa el doble olvido en que incurren los teóricos del patriotismo constitucional y del republicanismo del presente que, traicionando a Maquiavelo, forjan doctrinas intelectualmente mediocres y políticamente inservibles. Del mismo modo que no cabe hablar de un patriotismo sin patria, no cabe hablar tampoco de una Constitución sin Estado. Y si resulta patético imaginar la posibilidad de que los españoles nos quedásemos sin patria, no menos alucinante y trágico sería pensar que nos pudiésemos quedar sin Estado. Pero éstas son cuestiones que requieren una consideración más detenida.

De Jaimito
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 23 Enero 2002

La última de Zapatero es de Jaimito. Creíamos que la oferta de ir con el PP a las elecciones municipales vascas, pese al solidísimo argumento del terrorismo nacionalista que impide a populares y socialistas presentarse en muchos municipios, era sólo un truco barato para disimular su traición a Redondo Terreros, al PSE PSOE y a sí mismo. Y que, como tal truco, no colaba. Pero resulta que era algo peor. Esa primera iniciativa falsaria y embaucadora le ha hecho embarcarse en otra todavía más disparatada e irresponsable, tan degradante para los candidatos del PSOE como insultante para los del PP. Ahora Zapatero va y dice que en esa lista única de los pueblos sometidos al terror deberían ir todos los candidatos de todos los partidos, con la exclusión de Batasuna.

Si la oferta fuera estúpida pero en última instancia sincera, sería rechazada evidentemente por el PNV EA e IU. Son demasiado inmorales como para no aprovechar la ventaja que la presión terrorista contra PP, UA y PSOE les brinda en esas elecciones, propiciando unos resultados siempre mejores de lo que les correspondería, en la medida en que sus rivales españoles acuden con una mano dialéctica amputada, un esguince organizativo gravísimo y escoltas para entrar y salir vivos del colegio electoral. Precisamente y son palabras de Redondo contra Arzalluz esa imposibilidad física de los dos partidos nacionales para hacer política en democracia, por la amenaza genocida de los etarras, es lo que convierte a PP y PSOE en aliados naturales, agrupables ellos sí en una sola lista, ya que su programa máximo, su empeño esencial, consiste en ser capaces de defender pacíficamente su idea de España y de un País Vasco derrotando a la dictadura nacionalista que las organizaciones españolas allí padecen.

Pero Zapatero pasa por alto esa pequeña diferencia entre su partido y el PP frente a los demás partidos, todos nacionalistas y más o menos cercanos a ETA. Sería una bobada si no fuera inviable.Y si por una súbita conversión del PNV a la democracia se llevara a cabo, equivaldría a abolir las elecciones. Zapatero también se olvida de Udalbiltza, esa asamblea de municipios vascos concebida por PNV y EA con el respaldo de ETA y tras las elecciones organizarán una especie de soviet para crear un poder paralelo y hostil a las instituciones españolas, partidos incluidos, hasta lograr la rendición del Estado. ¿Una lista única de los que defienden con sus vidas a España y a la Constitución con los que lo único que persiguen es cargárselas? Tan imposible como bochornosa.En vez de recurrir a Jaimito, podría hacer chistes de leperos, que a Felipe le gustan. Aunque claro, en Canal+ el lepero es él. Qué calado lo tenían. Delenda est alternativa!

«Te equivocas, Nicolás, te equivocas»
Luis María ANSON La Razón 23 Enero 2002
de la Real Academia Española

Antes de las elecciones vascas, durante la campaña electoral, cuando las encuestas apuntaban a que PP y PSOE derrotarían al PNV, Felipe González tuvo una intervención en Baracaldo, prorrogada en otros foros, que transparentó sus propósitos. «Te equivocas, Nicolás, te equivocas». «Nico, no cometamos más errores». «Es absurdo que el PP demonice al PNV». «PP y PSE no pueden excluir a mis amigos del PNV de un futuro Gobierno». «La Constitución y el Estatuto son tan incluyentes que hasta Aznar está dentro». «Lo de menos es el Gobierno que salga, lo que importa es sumar el PNV al Ejecutivo». «No cometas, Nico, el error de excluir a mis amigos del PNV». Felipe González, en fin, se convertía en lo que más le gusta ser, sumo pontífice, hacedor de puentes, y los tendía hacia el PNV, reclamando integrar a los nacionalistas en un Gobierno PP-PSOE que, entonces, parecía lo más probable.

Por un puñado de votos, por la presión de la dictadura del miedo, por el juego nacionalista de los intereses creados de sueldos, prebendas, subvenciones y comisiones, PP y PSOE perdieron las elecciones. El diario felipista «El País» lanzó alborozadamente las campanas al vuelo. Felipe tenía razón. Redondo, no. Redondo se había equivocado. «Es urgente -sentenció el periódico-, que los respectivos Gobiernos y los partidos políticos democráticos que los apoyan, entre los que todavía el PNV goza de mayor tradición y mejor pedigrí que los populares, lleguen a acuerdos concretos».

Algunos columnistas denunciaron enseguida que un entramado político-empresarial estuvo siempre detrás de la operación entendimiento PSOE-PNV. No voy a entrar en esa cuestión del negocio como telón de fondo. Lo que está claro es que Felipe González y el diario «El País» condenaron a Nicolás Redondo. La sentencia ya se ha cumplido y el líder vasco saltó por los aires. Zapatero se dio cuenta de que le ocurriría lo mismo si no se sumaba a la tesis de Felipe. Ya lo ha hecho. Habrá acuerdo PSOE-PNV con algunas veladuras, pero con grave quebranto, en todo caso, para el bien común de los vascos y del resto de los españoles, con riesgo recrecido para la unidad de España, porque los peneuvistas albriciados políticamente pero cada vez más acollonados ante Eta, galopan hacia Estella II y plantearán agriamente el soberanismo. Ah, y no es seguro siquiera que Zapatero logre salvar la cabeza a pesar de su docilidad. Felipe González tiene crédito de pedernal. Y la sombra de Solana es cada vez más alargada.

A Gregorio
Román CENDOYA La Razón 23 Enero 2002

Hace 7 años que desayunamos juntos por última vez. Como toda víctima de Eta, fuiste sometido a la pena de muerte sin juicio, sin defensa y, lo que es más grave, sin delito. Con tu asesinato aniquilaron una forma de hacer política y de decir las cosas. Otra «muerte inútil» en el intento de romper España, pero especialmente útil para prolongar el espejismo por el que unos nacionalistas matan y otros se benefician. Metieron el miedo en el cuerpo a algunos que fueron reconvirtiendo su discurso hacia posiciones nacionalistas. Si no te hubieran asesinado, tú hubieras sido el alcalde de San Sebastián y Odón no podría utilizar ese puesto para intentar culminar el viaje hacia el nacionalismo que comenzó justo después de que te dispararan en la cabeza. Menos mal que otros muchos, de todo el espectro ideológico, siguen firmes en sus valores y guiados por el ejemplo que nos diste. Tus asesinos ya están en la cárcel. Su estancia en prisión no disminuye el dolor de tu ausencia. Sólo me alegra saber que el estado de derecho que defendiste y por el que te asesinaron funciona. Y eso que, por su seguridad, tus compañeros de partido no podrán hacerte un homenaje en el cementerio.

El Pacto Antiterrorista debe estar por encima del juego partidista
Impresiones El Mundo 23 Enero 2002

La reunión del Pacto contra el Terrorismo y por las Libertades entre el PP y el PSOE, solicitada por José Luis Rodríguez Zapatero, se ha convertido en el epicentro de un verdadero terremoto político.Los dirigentes del Partido Popular, encabezados por Rajoy y Arenas, hacen oídos sordos o la consideran incluso «inoportuna y carente de sentido» porque el PSOE ha dado un giro radical en el País Vasco. Es preferible «dar tiempo al tiempo», agregan. Los portavoces socialistas, por su parte, claman contra la «mezquindad» del partido del Gobierno. Todo ello suena demasiado al habitual rifirrafe partidista, con la diferencia de que el problema vasco, con cientos de ediles de ambos partidos y miles de ciudadanos corrientes amenazados directamente por los terroristas, es demasiado grave y demasiado atípico como para dejarlo al albur de los altibajos en la relación entre PSOE y PP. Sí, es comprensible la irritación de este último partido y del Gobierno por la operación de acoso y derribo contra Nicolás Redondo Terreros, valedor de una estrategia electoral constitucionalista cuya continuidad es más que dudosa ahora que los partidarios en Euskadi y en la calle de Ferraz del acuerdo con el PNV han conseguido forzar su renuncia. Pero los valores y las vidas humanas que están en juego son demasiado importantes como para retrasar mucho más de un par de semanas la reunión de los firmantes del Pacto. Si el PP está de verdad preocupado por las tentaciones que existen en el seno de las filas socialistas, de abandonar el acuerdo, lo primero que debe hacer es no dar argumentos a quienes propugnan un golpe de timón.El PSOE ya ha desmentido su intención de invitar a los nacionalistas a compartir listas electorales en los comicios locales. Y Zapatero merece un nuevo margen de confianza. No hay motivo real, pues, de postergar esa necesaria reunión.

La transversalidad socialista es imparable en Euskadi
Lorenzo Contreras La Estrella 23 Enero 2002

Los socialistas han empezado a distinguir entre pactar con el PNV a escala de Gobierno o de Administración autonómica y caminar con los nacionalistas por la ancha senda de las listas electorales municipales. Respecto a lo primero, la literalidad de las intenciones del PSE, rama vasca del PSOE, ha sido muy clara en la ponencia base de la Gestora que preside Ramón Jáuregui tras la dimisión de Redondo Terreros. Recordemos: "Mientras el PNV no comparta de verdad y con hechos una estrategia de unidad directa frente a la violencia, no hay condiciones políticas de entendimiento en nada. Mientras el fantasma del soberanismo y la autodeterminación guíen su proyecto de país, que se olviden de los socialistas".

Pero he aquí -y vamos al segundo aspecto- que los socialistas, en abierta contradicción con los populares, proponen listas municipales conjuntas con el PNV y con EA, aunque incluyan también al PP y a IU. Listas para los próximos comicios vascos, en los que de seguro no tendrá efecto la pretensión popular de reducir la colaboración a PP con PSE. Y lo que procede preguntarse es qué significado puede tener entonces la expresión "no hay condiciones de entendimiento en nada", habida cuenta de que hoy por hoy, y se supone que para un largo mañana, los nacionalistas no parecen dispuestos a abandonar sus aspiraciones soberanistas y autodeterministas.

Es perfectamente razonable la sospecha de que la Gestora que preside Ramón Jáuregui, a la vista de la polvareda organizada en torno al "caso Redondo", no se haya atrevido a enfrentarse abierta y frontalmente con su línea de pensamiento y haya preferido copiarle algunas ideas y planteamientos críticos contra el PNV y su proyecto soberanista. Con razón o sin ella, Redondo ha encontrado apoyos notables en el cuerpo social y aun dentro del partido, tanto en Euskadi como en el resto de España. Ahora bien, en mi anterior "Apunte" del pasado día 20 de enero esbocé unas consideraciones que hoy puedo reproducir. Decía así: "La idea de transversalidad socialista esconde la colaboración con el PNV, aunque se niegue desde la Gestora la idea de pactar hoy con los nacionalistas. ¿Pero hasta cuándo dura el hoy?".

Es evidente que ese hoy ha sido muy corto. A fin de cuentas, es la famosa "transversalidad" la que manda. Ya lo dijo la Gestora en la citada ponencia preparatoria del congreso extraordinario que ha de buscarle sucesor a Nicolás Redondo: "Somos el partido de la transversalidad y de la integración social en Euskadi".

En realidad, aquí lo que se ventila es la posibilidad, por parte popular, de acudir a los comicios vascos con el sentimiento de compañía frente a los pistoleros de ETA y sus más que presumibles atentados. Y, por parte socialista, el deseo de quitarse de encima la sombra de la colaboración con el PP, aunque haya sido una colaboración electoral con vistas a aquel 13 de mayo tan prometedor de éxito constitucionalista y estatutario y tan frustrado luego por el resultado de las urnas.

En resumidas cuentas, por parte socialista, la transversalidad es imparable, con soberanismo nacionalista, con autodeterminismo del mismo signo y con todo el bagaje ideológico que en teoría se diga repudiar. La aventura del nuevo abrazo PNV-PSE representa el desafío cripto-felipista al redondismo. La cristalización de viejas añoranzas de poder en Ajuria Enea, aquel poder compartido que hizo del propio Ramón Jáuregui nada menos que vicelehendakari en tiempos de José Antonio Ardanza.

En el fondo, el PSE intenta autroprotegerse en medio del temporal terrorista, que de seguro va a continuar hasta que prospere la conveniencia de una nueva tregua . Un temporal que se abatirá sobre las cabezas de los populares, como ya lo hace también sobre las cabezas de los jueces, y que provocará tarde o temprano la gran desbandada de candidatos y la dramática dificultad de confeccionar listas electorales municipales.

Miedo a la libertad
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL El Correo 23 Enero 2002

Hace como cuatro años un amigo mío dio una conferencia en Polonia y cuando le preguntaron si era nacionalista contestó: «Yo soy nacionalista a pesar de mí mismo». Dos años más tarde yo también di una conferencia allí y contesté a la misma pregunta utilizando una cita del diccionario Jázaro del serbio Milorad Pavic: «A veces la diferencia entre dos síes es mucho mayor que entre un sí y un no».

Me parece a mí que muchos vascos nos adentramos por los territorios del nacionalismo buscando más libertad, queriendo romper las fronteras físicas e ideológicas que nos imponía el franquismo. Siempre hemos tenido esa sensación de que se nos imponía un esfuerzo extra para conseguir lo que de verdad nos interesaba: gentes que, sin dejar de ser, caminaban sin complejos por las libertadas europeas. Hoy, oyendo a Aznar amenazar con aire de jefe de barrio, seguimos pensando lo mismo: somos nacionalistas a pesar de nosotros mismos.

Pero, además, miramos nuestro entorno nacionalista, oímos sus voces airadas, les vemos levantando trincheras defensivas, trincheras que en realidad consiguen cerrarnos a nosotros la salida. Entre nuestro sí y el suyo hay un abismo. Me pongo a pensar qué me separa de estos nacionalistas de cambio de siglo. ¿Ellos son más nacionalistas? No, no eso. Y me viene a la memoria una frase que solía decir Koldo Mitxelena, un nacionalista sin sospechas: «Yo soy primero demócrata y después nacionalista». Ésta es la cuestión crucial. ¿Cuántos de los nacionalistas actuales están dispuestos a rubricar sin reservas esta afirmación sin añadir coletillas como «sí, pero», «hay que tener en cuenta que», «la cuestión no es tan simple». Pues sí, la cuestión es simple. Los objetivos nacionalistas condicionan la democracia o no. Lo importante es tener libertades o no.

El invertir los términos, el modificar el orden produce un cambio total. Y me parece a mí que el nacionalismo oficial de la actualidad ha dado ese salto. La política actual todo lo condiciona al nacionalismo. Yo pensaba que el objetivo primordial del sistema de enseñanza era formar alumnos libres. Pues parece que estoy equivocado. Más importante parece que enseñen euskara. Cuando los pescadores de La Rochelle tiraron las anchoas en el puerto, yo estaba convencido de que era un ataque al libre comercio, pues no. El consejero de Agricultura me sacó de mi error: era involución autonómica.

Siempre que se discrepa de los nacionalistas, se da por hecho que no estamos de acuerdo con su afán nacionalista. Para mí no es ésa la discusión. Lo que me separa de ellos es la falta de zonas de divergencia, un toque de queda a todo planteamiento crítico. Algo está cambiando en el mundo nacionalista estos últimos años. Ahora tenemos menos aire para respirar, y no es por la contaminación.

Me parece, además, que en la sociedad vasca durante los últimos 20 años se está dando un fenómeno no debidamente entendido. La sociedad vasca ha asumido plenamente los planteamientos básicos del nacionalismo, los planteamientos objetivos quiero decir: la defensa de estructuras políticas propias, la gestión y defensa de nuestros intereses directamente por nuestros propios representantes, el no querer renunciar a nuestra propia voz en cualquier ámbito político. Si preguntáramos a los vascos si quieren más capacidad de gestión y decisión, poquísimos serían los que dijeran que no. Independientemente de a qué partido suelen votar. Y paralelamente, y de forma paradójica, se está extendiendo un miedo real a los nacionalistas. La necesidad imperiosa de buscar un freno para que no se desboquen. Este miedo al nacionalista afloró claramente, por primera vez, durante la tregua. Y no por miedo a los asesinatos de ETA -este miedo era, y sigue siendo, otro, diferente-, sino por miedo a los planteamientos políticos que empezó a hacer el pacto nacionalista. Yo fui uno de los que empezó a tener miedo de los nacionalistas oficiales. Esta aparente paradoja, la ampliación de la base social que apoya las estructuras políticas propias de Euskadi y el miedo a la política interna puramente nacionalista, es lo que caracteriza a una parte importante de la población. Y si se ataca al nacionalismo gobernante porque exigen mayor autonomía, estructuras políticas vascas que tengan más poder, se coloca a estas personas en una difícil disyuntiva. Y, salvo que el nacionalismo en el poder ataque gravemente las libertades públicas, optarán al final por apoyar a las instituciones vascas.

Yo no critico al nacionalismo. Yo critico a los nacionalistas que exigen el monopolio de la verdad. A los nacionalistas que poco a poco van desterrando la libre opinión dentro de la cultura nacionalista. Yo quiero romper el síndrome de la lavandería que atenaza a la comunidad nacionalista. El repetir de forma constante que la ropa sucia ha de lavarse en casa es un chantaje permanente que arroja al campo de los traidores al que reivindica el ejercicio de la crítica y la libre opinión y abre la puerta para la tiranía interior (máxima ésta, la de lavar la ropa en casa, que el nacionalismo en el poder no suele respetar, y utiliza los media en su beneficio). Y si alguien de forma ingenua critica dentro de casa, se le dice que tranquilo. Que no es para tanto. Que los otros son peores.

El otro día me llegó un mensaje electrónico de una persona muy conocida en el mundo del euskara. El mensaje dice que Egunkaria le había dedicado «unas líneas, sólo unas líneas» a la publicación de un libro suyo en euskara, mientras que otros medios le dieron una cobertura mucho más amplia. Tuve ocasión de hablar con el autor: Pello Salaburu, anterior rector del UPV y miembro de número de Euskaltzaindia. Estaba preocupado.

Al día siguiente recibí, para mi sorpresa, otro mensaje de Henrike Knörr, vicepresidente de Euskaltzaindia. Él también había recibido el mensaje de Pello y denunciaba, a su vez, que Egunkaria no le había publicado un artículo suyo. El artículo, que adjunta, se refiere a una crítica que hace de los editoriales de Egunkaria sobre el asesinato por ETA del concejal Froilán Elexpe. Los dos mensajes inciden en la necesidad de mantener un criterio plural en un periódico financiado por el Gobierno vasco. Son dos ejemplos. Dos ejemplos que dan forma a múltiples comentarios de bar, mirando a los lados, por si acaso, manifestando que en el Euskaldunon de Egunkaria (en euskara es algo así como nosotros los vascos ) no cabemos todos los vascos, ni si quiera todos los euskalzales.

Dos ejemplos que, a modo de muñecas rusas, están entre la multitud de ejemplos del vivir, y sufrir, diario en la comunidad nacionalista donde, cada vez más, es necesario medir las palabras, cuidar la propia opinión e intentar forzar a uno mismo para asumir que la libertad de crítica es irrelevante frente a la agresión exterior.

Dos días más tarde recibí otro e-mail de un encargado de la lavandería. Le contesta a Henrike Knörr. Decía que le parecía mal que le censuraran a Pello, pero le dice a Henrike que cómo se le ocurría atacar Egunkaria e, incluso, denunciar las subvenciones públicas que recibe por ser periódico que no respeta la libre opinión. Dice en su corto mensaje, hasta tres veces, que no pretende justificar a Egunkaria , pero que al fin y al cabo, otros censuran más. Lo de Egunkaria es nada comparado con el acoso que sufrimos los vascos.

Cuentan una historia de viejos socialistas que a mí me parece apócrifa pero que está muy bien contada. Una comisión de socialistas españoles fue de visita a la Rusia leninista. Finalizando el viaje, dicen que un socialista le dijo a Lenin: «Esto de la electricidad, del progreso, nos parece muy bien, pero echamos en falta más libertad». Lenin, furioso, le respondió: «Libertad, libertad. ¿Para qué queréis la libertad?». Entonces el socialista contestó: «¡Queremos libertad para ser libres!».

VEN Y (SI SOBREVIVES) CUÉNTALO
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz

Tras el linchamiento de Redondo, sus autores e inductores afirman haber encontrado un buen acuerdo entre las posiciones enfrentadas en el interior del PSE. Según él, los socialistas, supuestamente encenagados en la charca del seguidismo hacia el PP, deberían recuperar autonomía y tender la mano al PNV, pero no sin que aquél haya renunciado al soberanismo y a su consecuencia principal en el plano de la política concreta: la organización de una consulta para la autodeterminación del pueblo vasco.

Esa síntesis quizá fuera razonable si el PSE no hubiera antes compartido responsabilidades de gobierno. Pero, con la experiencia que tiene a sus espaldas, pretender recomponer su entente con los nacionalistas sobre las bases del pasado no puede ser sino la consecuencia de una incomprensión de lo que, a la larga, significó tal experiencia, tanto para el propio PSE como para la convivencia democrática en Euskadi.

Sé bien lo desmesurado que resulta pedir que hagan autocrítica a quienes están siendo diezmados a golpe de pistola, pero me temo que sin una revisión desprejuiciada de sus años de gobierno no podrá el PSE enfrentarse con su responsabilidad en este trance decisivo. Y es que -para decirlo sin tapujos- no es posible suponer que el actual desastre que se vive en las tres provincias vascas, donde la democracia ha sido sustituida por un estado de excepción, no sea la consecuencia dramática final de un proceso desarrollado poco a poco, también durante los años en que el PSE cogobernó.

¿O es que los pueblos de Euskadi se han convertido en un infierno para los no nacionalistas de la noche a la mañana? ¿O es que nadie ha dirigido el sistema educativo en que se han formado los miles de jóvenes que apoyan el terrorismo callejero y las docenas de chavales prestos a engrosar las filas de la banda criminal que lo controla? ¿O es, en fin, que el silencio, y el miedo y la falta de libertad no son directa consecuencia de una intolerable impunidad, que el gobierno vasco estaba obligado a haber cortado de raíz?

Sólo tras responder con valentía a estas preguntas, podrán los socialistas entender que la cuestión no consiste en que el PNV renuncie o no a su reivindicación soberanista, sino en que termine al fin por aceptar que la pluralidad del País Vasco no es una patología a corregir. Mientras eso no sea así, tender la mano de nuevo al PNV no será más que pretender recomponer un pasado que nunca existió según hoy se nos presenta. ¿Se imaginan a Rosa Díez dirigiendo otra vez aquella campaña alucinante del ven y cuéntalo? O, como yo, mas bien se la imaginan dirigiendo ahora otra muy distinta: Ven y lo podrás contar... si sobrevives

Ideas y personas
JAVIER PRADERA El País 23 Enero 2002

Como en una tragedia clásica, la víspera de que Redondo anunciara en Portugalete a los periodistas su decisión de no presentarse a la reelección como secretario general de los socialistas vascos (cargo que ocupó desde 1997 hasta su renuncia el pasado diciembre), la Comisión Gestora le había dado sustancialmente la razón -en términos estratégicos e ideológicos- con la presentación en Vitoria de la ponencia marco del Congreso Extraordinario que se celebrará a finales de marzo. Jáuregui y sus tres compañeros (el vizcaíno López, el guipuzcoano Huertas y el alavés Rojo) han sintetizado los documentos de distinto signo que Eguiguren y Redondo habían preparado para la cancelada Conferencia Política. Si bien la extensión de los textos y las claves sin descodificar de las luchas partidistas aconsejen prudencia a la hora de sacar conclusiones, el cotejo de los tres documentos permite adelantar que la Comisión Gestora ha realizado con éxito su trabajo de integración.

La historia de los partidos (y de los Gobiernos desde que los votos del centro deciden las elecciones) ofrece ejemplos ad nauseam de la manipuladora utilización de las confrontaciones doctrinales a que suelen recurrir los grupos discrepantes para derribar primero a la dirección y apoderarse luego de sus ideas. Si no fuese porque ese tipo de estratagemas políticas son muy anteriores a las primeras reglas del fútbol (redactadas en 1863 alrededor de una mesa de la londinense Freeman's Tavern), se diría que los militantes de los partidos aprendieron ese eficaz procedimiento de los defensas leñeros que dejan pasar el balón pero no al hombre. Sea o no aplicable de manera estricta al caso de Redondo esa cainita tradición fraccional, el dimitido secretario general ha defendido un patrimonio de valores y de principios compartido por la gran mayoría de los 250.000 votantes de su partido; el abandono de la defensa del derecho a la vida y de las libertades de todos los ciudadanos del País Vasco a cambio de un entendimiento oportunista con el PNV sería no sólo una cobardía moral sino también el suicidio político de los socialistas.

La ponencia de la Gestora ratifica la línea defendida por Redondo desde el Pacto de Estella: de un lado, situarse 'junto a los perseguidos y a los demócratas, es decir, junto al PP' en todo lo relacionado con ' la defensa de la vida y la libertad' y con 'las convicciones democráticas y constitucionales'; de otro, repetir a los nacionalistas que se olviden de los socialistas 'mientras el fantasma del soberanismo y la autodeterminación guíen su proyecto de país'. La dosificada reproducción -a veces literal- de los documentos preparatorios de la frustrada Conferencia Política no impide advertir el estruendoso silencio de la ponencia sobre la propuesta del texto de Eguiguren -cautelosa en la forma e inquietante en el fondo- para iniciar un acercamiento al mundo ideológico del PNV: el primer paso en esa dirección sería la incorporación de los socialistas al debate de los nacionalistas sobre la autodeterminación para aclarar las intencionadas confusiones sembradas en torno a esa polisémica y neblinosa palabra.

Aunque varias páginas del texto realicen una devastadora crítica -incorporada parcialmente a la ponencia- de la maliciosa ambigüedad calculada sobre el independentismo desplegada por los nacionalistas mediante un artificioso vocabulario curialesco (soberanía originaria, derechos históricos, reintegración foral, autodeterminación, ámbito vasco de decisión, conflicto político, soberanismo, territorialidad, etc), el documento de Eguiguren termina cayendo en las trampas terminológicas tendidas por el PNV. Así, el modelo canadiense, patrocinado por Eguiguren y rechazado por Redondo, tomaría el relevo del espejo irlandés hecho trizas por la ruptura de la tregua de ETA: la doctrina del Tribunal Supremo de Canadá de agosto de 1998 sobre los requisitos exigibles a una eventual secesión de Quebec (pregunta clara y mayoría cualificada en la consulta popular, reforma constitucional para acomodar la legalidad a la legitimidad, sustitución de la declaración unilateral de independencia por la negociación con el resto de la federación) podría justificar -según esa tesis- un referéndum de autodeterminación en el País Vasco. De aceptar la Gestora la propuesta de Eguiguren, el equipo de arbitristas, rábulas y enredadores al servicio del PNV habría entrado en éxtasis.

El error de los moderados
Pío Moa Libertad Digital 23 Enero 2002

En el siglo XX, y durante las épocas de libertades, en el PSOE se han impuesto las posturas más radicales y perjudiciales para España. En cambio, el partido se volvía moderado en las épocas de dictadura, traídas en gran medida por la previa demagogia socialista, casi siempre aliada o en concomitancia con la nacionalista. Así, en 1917 el PSOE -y los nacionalistas catalanes, los republicanos, anarquistas y otros- se lanzaron a la destrucción violenta del régimen liberal. Fallida la revuelta, los vencidos utilizaron la amnistía y las facilidades otorgadas por el régimen para seguir atacando a éste sin misericordia, hasta llevarlo al colapso, es decir, a la dictadura de Primo de Rivera. Entonces, el PSOE moderó su lenguaje y acción, y colaboró abiertamente con Primo, mientras sus compañeros de aventuras revolucionarias guardaban una pasividad casi completa.

Finada la Dictadura, lo primero en que piensan los nacionalistas catalanes, los republicanos y finalmente el PSOE, empujado por Prieto, es imponer la república mediante un pronunciamiento militar. Y al llegar, inesperadamente, la república, el partido volvió a radicalizarse y preparó a conciencia la guerra civil - literalmente-, como la vía para alcanzar sus fines marxistas. Y lo hizo otra vez con el acuerdo de los nacionalistas catalanes de izquierda y en parte de los vascos de derecha, siempre atentos a disgregar y destruir España. La aventura, es sabido, terminó muy mal, y durante la dictadura de Franco, el PSOE tornó a moderarse, incluso en exceso: su resistencia al franquismo, en el interior -como la del PNV o los nacionalistas catalanes- resultó casi nula, y en el exterior, ya en los años 40, llegó a aceptar ¡la vuelta a la monarquía!

En las épocas de libertades hubo, con todo, una tendencia socialista moderada y democrática, y atenta a los intereses de España, pero siempre esa tendencia claudicó ante sus contrarias. En 1933-34, Besteiro se puso a la defensiva, y en nombre de la disciplina de partido, que los otros rebasaban cuando les interesaba, se plegó a los extremistas. Lo mismo ocurrió tras el fracaso de la revuelta de octubre. La consecuencia de esta poca combatividad, respeto excesivo a formalismos, y actitud defensiva, fue, en definitiva, la guerra del 36.

Viene esta experiencia histórica a cuento de la actitud de Redondo. Él tiene completa razón en su defensa de la democracia y la libertad contra el terror y sus cómplices separatistas, mientras los Zapatero, Jáuregui González y Cebrián -que parece el verdadero capo del grupo- representan el acuerdo con los liberticidas y destructores de la unidad de España. Pero los defensores de la libertad se han colocado, como Besteiro, a la defensiva, se han dejado rebasar y atar por escrúpulos que los otros no tienen. El resultado puede ser, una vez más, nefasto para el país entero. Antaño se decía que la democracia en Inglaterra perduraba porque allí las personas honradas no tenían menos redaños que los delincuentes. En España, y en el PSOE sobre todo, nunca ha sido así. El peligro es cierto y nadie debería tomarlo a la ligera.

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