AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 25  Enero  2002
#Batasuna y sus presupuestos
Editorial ABC 25 Enero 2002

#Otegi pone en evidencia a Ibarretxe
Impresiones El Mundo 25 Enero 2002

#Nunca es tarde
Alfonso USSÍA ABC 25 Enero 2002

#Quedarse en Euskadi
Iñaki EZKERRA La Razón 25 Enero 2002

#Los joviales asesinos
Jaime CAMPMANY ABC 25 Enero 2002

#PSOE trágico
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 25 Enero 2002

#El presidente del TC dice que el estado federal no es constitucional
TOLEDO. Ep ABC 25 Enero 2002

#Equidad sanitaria
Editorial El País 25 Enero 2002

#España va a menos
JOSEP RAMONEDA El País 25 Enero 2002

#La peligrosa pirueta federal
MANUEL RAMÍREZ El País 25 Enero 2002

#Prodi dice ‘no’ a Ibarretxe
EDITORIAL Libertad Digital 25 Enero 2002

#El intelectual en Euskadi
IÑAKI EZKERRA El Correo 25 Enero 2002

Batasuna y sus presupuestos
Editorial ABC 25 Enero 2002

Sólo en el País Vasco es posible plantearse algo tan absurdo como dudar de la vigencia de una ley, incluso de su propia existencia, después de ser votada por el Parlamento. Esto es lo que sucede con la Ley de Presupuestos, de la que sólo se aprobaron algunos apartados gracias a la abstención selectiva de Batasuna. Los artículos que fueron rechazados se referían, entre otras cosas, a la entrada en vigor de la propia Ley y a las partidas correspondientes a diversos departamentos del Gobierno autonómico. El resultado es otro conflicto con los partidos de la oposición y una prueba más de que no hay ninguna voluntad por parte de Ibarretxe de crear un mínimo nivel de entendimiento con populares y socialistas. El problema jurídico planteado por la aprobación parcial de los presupuestos es la duda acerca de si la Cámara aprobó una ley o sólo unas partidas. En pura lógica parlamentaria y política, la ley que apruebe el legislativo debe contener la estructura financiera de la administración correspondiente para el nuevo ejercicio. El Estatuto de Autonomía del País Vasco lo recoge de manera muy clara en el artículo 44, que afirma que «los Presupuestos Generales del País Vasco contendrán los ingresos y gastos de la actividad pública general». Por su propia naturaleza y por mandato legal, la Ley de Presupuestos no puede ser incompleta y, por eso, populares y socialistas niegan que se haya aprobado una ley de presupuestos.

En términos políticos, con la votación del pasado martes se ha consumado una estrategia de reencuentro entre todos los nacionalistas. Batasuna ha facilitado la aprobación de las partidas que le interesaban, incluida una de 75 millones de pesetas (450.759,08 euros) para Udalbiltza y, lo que es más importante, ha recobrado peso político al aprovechar el flanco que le ofreció el PNV cuando éste partido rompió las reglas del juego de la mano de Atutxa. De aquella Euskal Herritarrok derrotada y desanimada tras las elecciones vascas, hemos pasado a una Batasuna crecida y satisfecha de haber demostrado al PNV que sigue dependiendo de sus votos. Ayer lo dijo Otegi: el Gobierno vasco tiene los presupuestos que ha querido Batasuna. Por su parte, Ibarretxe anunció que su Ejecutivo tomaría medidas para colmar los vacíos de una Ley que da por aprobada. Esta afirmación es una provocación de nuevos conflictos, porque el objetivo marcado por Ibarretxe sólo se puede alcanzar eludiendo al Parlamento y vulnerando la reserva de ley que recae sobre las materias presupuestarias. El PNV parece conformarse con lo que ha sucedido, en particular con la colaboración que ha obtenido de Batasuna y que no dejará de tener a medida que la necesite para superar estos trances. Esta va a ser la directriz de lo que resta de legislatura.

Otegi pone en evidencia a Ibarretxe
Impresiones El Mundo 25 Enero 2002

El Gobierno vasco, que preside Juan José Ibarretxe, está en manos de Batasuna. Su portavoz, Arnaldo Otegui, aseguró ayer que el Ejecutivo vasco «tiene la posibilidad de ejecutar el gasto en lo que Batasuna quiere y no tiene la posibilidad de ejecutar el gasto en lo que Batasuna no quiere». Anteayer, el brazo político de ETA con su abstención permitió al lehendakari aprobar los presupuestos correspondientes a cinco consejerías. Otegui ahondó en esta idea al acusar a Ibarretxe de empeñarse en «no concitar las mayorías que sólo son posibles con Batasuna». Desgraciadamente, ésta es la triste realidad. Por mucho que intenten disimularlo por ejemplo, Otegui también reprochó a Ibarretxe buscar el aislamiento político y social de Batasuna , es cierto que el Gobierno de Ajuria Enea está maniatado por el partido político que sustenta a ETA.

Nunca es tarde
Por Alfonso USSÍA ABC 25 Enero 2002

En diciembre de 1987, Múgica Garmendia, alias «Paquito» y José Antonio Urruticoechea, «Josu Ternera», eran los jefes supremos de la banda etarra. El llamado comando a cargo de Henry Parrot recibió la orden de culminar un sangriento atentado. La casa-cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza voló por los aires cuando los hijos de los guardias civiles se disponían a ir al colegio. Cinco niñas, armadas de mochilas y «donuts», enemigas del Movimiento Nacional de Liberación Vasca, fueron asesinadas. Los criminales huyeron, y pocos años después, el mismo Henry Parrot, por intuición de dos agentes de Tráfico, fue detenido en la carretera, cerca de Sevilla, con mil kilogramos de explosivos en la maleta del coche. Se proponía celebrar al gusto de la ETA la Exposición Universal del año 92. Hace diez años fue detenido, juzgado, y encarcelado, y quince han transcurrido desde el trágico diciembre del pavoroso atentado en Zaragoza. En pocos años, Henry Parrot recuperará la libertad, porque así lo establece nuestra frágil y acomplejada figura de la Justicia. Fue aquel un diciembre triste y oscuro, una Navidad afligida por la sangre de cinco niñas que no llegaron una mañana a su colegio.

Con motivo de la atrocidad, al entonces obispo de San Sebastián, José María Setién, le rogaron una valoración de los hechos, y el señor obispo salió por repugnantes peteneras. Manifestó que él no opinaba sobre sucesos ocurridos fuera de su diócesis. Era aquel diciembre de lágrimas y hastío, cuando en la COPE, en el programa «Protagonistas» de Luis del Olmo, en el espacio «El Debate de la nación», la pesadumbre a todos sus participantes nos vencía. Luis del Olmo nos había pedido, días antes, que aquel programa se cerrara con una cadena de coplas, estrofas y epigramas sobre la Navidad. Nadie sonreía. Cuando me llegó el turno, recité mi breve e indignado villancico. «En el Portal de Belén / nadie toca la zambomba, / porque un hijo de Setién / ha colocado una bomba». Lógicamente, fui expulsado de la COPE, aunque dos semanas después, por la actitud firme y generosa de Luis del Olmo, Antonio Mingote, Antonio Ozores y nuestro inolvidable «Tip», la Conferencia Episcopal me readmitió ante la advertencia de un plante, e incluso, de la denuncia del contrato por parte de Luis del Olmo. De todas las vilezas de Setién, aquella destacó por su frialdad y distancia.

El asesino está en la cárcel, y uno de sus inductores también. Pero sigue en libertad el peor de todos, «Josu Ternera», parlamentario vasco, miembro en la anterior legislatura autonómica del «Comité de Derechos humanos» de la mencionada cámara. Ayer mismo ocupaba su escaño junto al batasuno Arnaldo Otegui, y reían gozosamente mientras ayudaban al Gobierno nacionalista de Ibarreche a aprobar una parte de sus Presupuestos. Dicen que a los criminales se les nubla la alegría con el recuerdo clavado de sus víctimas. A Urruticoechea, la memoria de aquellos pequeños cuerpos despedazados le sigue haciendo muchísima gracia.

Pero queda una posibilidad de que se haga justicia. La Fiscalía, «después de los nuevos elementos indiciarios» aparecidos en la causa, ha pedido la imputación del canalla libre como presunto inductor del atentado contra la casa-cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. Por su condición de aforado, será el Tribunal Supremo la instancia competente para asumir la causa. Menos mal que no andan por ahí los jueces que sueltan a etarras y narcotraficantes. Y menos mal también, que la primera mujer que alcanza el Tribunal Supremo no es Margarita Robles.

La soñada imagen de Urruticoechea ingresando en prisión puede convertirse en una saludable realidad. En los Estados de Derecho, lo decente es que la libertad la disfruten los ciudadanos pacíficos y honrados, y padezcan las cárceles los delincuentes y los asesinos. Falta ocupar esa celda para que las cosas, más o menos, puedan encontrar su sitio.

Días antes de la Navidad de 1987, cinco niñas se disponían a ir al colegio. Era una de las últimas jornadas del trimestre, y ya habían enviado su carta a los Reyes Magos. Esperaban jugando que llegara la hora, cuando sintieron que el mundo se hacía negro y les llegaba un sueño profundo. Cuando las llamaradas y el humo permitieron el paso de la luz, eran cinco fardos de vida asesinada. El que dio la orden se ríe en un parlamento. Es de esperar, que por poco tiempo.

Quedarse en Euskadi
Iñaki EZKERRA La Razón 25 Enero 2002

«Si perdemos estas elecciones, yo hago las maletas». Este comentario se convirtió en un lugar común durante las vísperas del 13-M para los votantes de ese bloque constitucionalista que ahora se resquebraja. Perdimos las elecciones ¬por mucho o poco margen pero las perdimos¬ y algunos cumplieron su promesa y han hecho las maletas. Otros nos quedamos sin una razón convincente para ello, por falta de sentido práctico, por un motivo que probablemente está por encima o al margen de las convicciones, inventando ese motivo, alegando cosas pintorescas que sólo nos creemos a medias como esa de que «ya no es cuestión de ganar la libertad, sino de no perder la dignidad»; en realidad por pura y modesta cabezonería, ya ni siquiera por orgullo, casi porque sí.

Quedarse en Euskadi es preguntarse diariamente si merece la pena quedarse para esto, para preocupar a los tuyos, para ver que nada cambia, que las cosas van a peor, que ahora viene Jáuregui a burlarse de los derrotados y decirles que «dejen la épica de la libertad que dictó la campaña electoral». Es reunirse con todos los derrotados del Orbe, los derrotados del PSE-EE y del PP, los de IU que se opusieron a Madrazo, los de CC OO... Reunirse en las casas diciendo que «no vamos a hablar de política» para, acto seguido, no hablar de otra cosa.

Y es que proponerse no hablar de política hoy en Euskadi es como proponérselo en medio de los estados de excepción franquistas. ¿Pero cómo no reunirse precisamente para eso en esta clandestinidad de los hogares del constitucionalismo vasco, en este destemplado invierno del «tardonacionalismo» que aún no se va? ¿Cómo no cobijarse al calor de una charla y unas carcajadas por la última de Arzalluz, el hombre del que nadie se ríe cuando asoma en las teles de los bares, el gran refrendado por los estómagos agradecidos del régimen? ¿Cómo no comprender entonces que aquel ominoso referéndum de 1947 Franco lo ganó de verdad? Cómo no querer hacerse la ilusión de que se está en «la resistencia» cuando en el fondo se teme estar en un grupo de perdedores y conspiradores de salita ¬los de salón eran en el XIX¬, de gente digna que se arriesga pero que es demasiado educada y tranquila como para movilizarse, para estar a la hora y en el lugar precisos para ganar, para jugar tan fuerte como los otros, como los fascistas que siempre se movilizan, siempre están y a toque de silbato, siempre votan aunque detesten la democracia.

La épica de la libertad... «¿Somos épicos?», se pregunta uno mientras le dan la noticia de que Nico ha tirado la toalla y mientras se sirve más whisky en la sobremesa de una de esas cenas de amigos a las que varios llegan acompañados de unos señores que no pasan y se quedan merodeando por la escalera. «¿Soy épico de verdad?», vuelvo a preguntarme cuando camino por la calle escoltado con la bolsa del pan y los diarios en uno de esos lluviosos días bilbaínos y me cruzo con una vieja que sonríe ante mi humillación, una de esas viejas nazis de novela de Bernhard a la que también yo miro sonriendo y diciendo con la mirada: «Todavía no me he ido», «todavía me tienes que ver».

No. Uno nunca dirá «no pasarán». Esa frase trae mala suerte y tentó históricamente al Diablo porque pasaron, ¿vaya que si pasaron! Uno sólo es consciente de que, pese a todo, tiene algo de hermoso no ser nacionalista en la Euskadi de hoy en la que la consigna es claudicar, en la que los tertulianos de radio que antes del 13-M nadaban y guardaban la ropa hacen profesión de nacionalismo. «¿Es eso épica?». A mí me parece que es lírica.

Lo que dice Jáuregui no me suena a nuevo. Es de la escuela de Aranzadi y de «El escudo de Arquíloco», ese desafortunado libro que nos recomienda la huida antes que matar o morir por una causa, como si los constitucionalistas fuéramos guerreros de la Ilíada en vez de pacíficos ciudadanos a los que nos desbordan el terror etarra y sus complicidades políticas. Aranzadi no entiende que es sólo la Constitución la que puede garantizar que Arquíloco tire el escudo sin que ese gesto le cueste la vida y que ser constitucionalista en Euskadi es justamente negarse a matar o morir por una causa. Quien aquí invoca al Estado de Derecho no lo hace para guerrear en su nombre sino para que éste lo proteja y porque renuncia a tomarse la justicia por su mano. Aranzadi no entiende aquellas palabras de la viuda de Buesa que eran un alegato contra la épica: «Mi marido no dio su vida, se la quitaron». No entiende que Eta le puede quitar a él la vida porque hasta para decir aquí tonterías hay que tener escolta y porque Eta no mira si su víctima tiene escudo o lo ha arrojado al suelo.

Por su partidismo Jáuregui ha pedido perdón a su partido. No sabe que con esa broma del bar de Ferraz ofende a todos los que no somos libres. No sabe, como Aranzadi, que la libertad, por definición, es intimista. Épica, ridículamente épica es esa foto del Gobierno Vasco alineado y jugando a borroka contra el Cupo del Concierto Económico, jugando con las cosas de comer. Lo que faltaba. Nombres para la Historia de la Revolución: Marx, Engels, Bakunin, Ibarretxe, Balza, Zenarruzabeita... Esos oficinistas montando unas barricadas de la señorita Pepis no son épicos. No es épica esa burocracia de la boina y la chistorra. Sólo nosotros. Nosotros siempre somos los culpables de todo, de perder y permanecer en el escenario de la derrota.

No. Uno tiene claro que jamás se pondrá gallito y dirá lo de «no saldré de Euskadi si no es con los pies por delante» porque sabe lo ridículo que es decir esas cosas y luego salir, en efecto, con los pies por delante sea de Euskadi, de Vitigudino o de Lepe; y todo menos hacer el ridículo. Uno simplemente tiene la conciencia tranquila porque sabe que está en el lado que tiene que estar. ¿Pero qué épica de la libertad ni qué niño muerto!

Los joviales asesinos
Jaime CAMPMANY ABC 25 Enero 2002

La Cámara legislativa vasca iba aprobando o rechazando, uno a uno, con un cuentagotas batasuno y siniestro, los artículos de la Ley de Presupuestos. La aprobación y el rechazo dependían de que a los batasunos les gustara o no les gustara la partida del gasto. Por ejemplo, las subvenciones para la Udalbiltza, aprobadas, naturalmente. Los sueldos para la Ertzaintza, rechazados. De aquel berenjenal, ha salido una ley mutilada, monstruosa, deforme y para cualquier democracia regular, inservible. Pero eso es lo mismo. Lo importante es que los votos de los asesinos han hecho posible una apariencia de democracia y parlamentarismo en el País Vasco. Juan José Ibarreche ha quedado cautivo de la voluntad y el apoyo de los asesinos. Pero sigue en el sillón de lehendakari.

En cualquier Parlamento verdaderamente democrático esos votos de criminales, de asesinos de hombres, asesinos de la libertad, asesinos de la democracia y asesinos de la paz, habrían sido rechazados. No sería la primera vez ni será la última que en un Parlamento democrático un gobierno rechaza el apoyo de unos votos que son como cargas de dinamita contra el sistema. Allí, no. Allí se pasa porque sea Herri Batasuna, o Euskal Herritarrok, o como quieran llamarse ahora los mandaderos de ETA, decidan qué es lo que se debe aprobar y qué lo que se debe rechazar en el Parlamento del País Vasco. La serpiente marca la estrategia y el hacha descarga los golpes. Todo es posible en Vasconia. Cosas veremos allí sobre las que haya que seguir llorando.

Otra vez, una más, los «demócratas» del PNV, el nacionalismo dialogante y negociador, pactaban con los representantes políticos de los asesinos, criminales también, tan asesinos como sus representados, para facilitar el gobierno de los que recogen las nueces. Al final, por encima de un montón de cadáveres, por encima de la pirámide de víctimas, todos ellos, los que disparan y los que negocian, se dan la mano y se reúnen para caminar, juntos y hombro con hombro, hacia el mismo objetivo: descuadernar y descomponer España. Para avanzar en ese sentido, todos los caminos son buenos, todos los procedimientos son útiles y todos los aliados serán bienvenidos. Esa es la doctrina y el estilo de Arzalluz, que abandonó la cercanía de la pila de agua bendita para pactar con el diablo.

Hay una fotografía de esa sesión del Parlamento vasco, reveladora y elocuente. Se ve cómo ríen, mejor, cómo se desternillan en sus escaños Arnaldo Otegui y Josu Ternera, asesinos, cómplices de asesinos, inductores de asesinos, encubridores, recaderos de asesinos. Josu Ternera, acusado estos días de la cruel matanza de Zaragoza, se regodeaba quizá en ese recuerdo. Arnaldo Otegui se reía quizá de aquellos días en que intentaba cazar a tiros como a un conejo, a Gabriel Cisneros, mientras Cisneros se esforzaba en redactar una Constitución para la libertad de todos los españoles, incluidos los dos asesinos.

Ternera y Otegui son ahora aliados parlamentarios de los peneuvistas. Sentados en los escaños de un Parlamento que quiere ser democrático, ríen los dos facinerosos con una mueca entre descarada y vergonzante, enseñando la alegría incontenible pero tapándose a medias la boca de risa. Es la alegría desbordada de los joviales asesinos que se cachondean de sus víctimas y de los que quieren construir una nación y un Estado sobre la labor macabra de estos exterminadores de gentes de bien, destructores de la paz y de la prosperidad del pueblo vasco. Risa macabra, labor macabra, pacto macabro. Gracias a la estupidez de algunos peneuvistas de ambición y delirio, los verdugos siembran de risas las tumbas de sus víctimas. Caen las nueces al mismo tiempo que las carcajadas.

PSOE trágico
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 25 Enero 2002

Al margen de las deyecciones escritas del polanquismo torvo y el felipismo rata, la única crítica seria que he leído contra Redondo a raíz de su dimisión es la de Pío Moa en Libertad Digital. No le reprocha al líder vasco su línea política, al contrario, pero lamenta y en el lamento hay mucho de reproche que se haya rendido ante quienes quieren llevar al partido por la vía de la desestabilización del sistema tras desechar la vía de las urnas para llegar al poder. Moa sostiene que Redondo es sólo el último caso de una tradición dentro del PSOE: la rendición de los moderados ante los radicales.

El más ilustre precedente en esta ritual hecatombe de los moderados es el de Besteiro, que tras breve lucha capituló ante Largo Caballero y los promotores de la bolchevización del PSOE, uno de los mayores crímenes políticos de la historia de España cuyos agentes notorios fueron Araquistáin y Alvarez del Vayo pero cuyo responsable objetivo fue Indalecio Prieto, el falso moderado que siempre inclinó la balanza del lado de los revolucionarios, tanto en el 34 rebelión armada contra la República tras perder las elecciones, por la que pidió perdón luego en el exilio como en el 36, reivindicación y continuación del 34, apelando abiertamente a una Guerra Civil que siempre creyeron ganar, pero perdieron. No hay descripción más dura y detallada de ese proceso interno de radicalización totalitaria que el Anti-Caballero, de Gabriel Mario de Coca, intelectual socialista de la línea de Besteiro que denuncia antes de Julio del 36, ojo, cómo la bolchevización conducía a la guerra civil, de la que, fuese cual fuese el vencedor, sólo podría salir una dictadura tras el baño de sangre. Profecía exacta.

Otra constante en las derivas totalitarias del PSOE que cita Pío Moa es la complicidad con los nacionalistas catalanes en todos sus apuestas de liquidación del sistema político español: contra el sistema constitucional en 1917; contra la Monarquía en 1930; contra la República en 1934 y contra la legalidad republicana en el 36, antes y durante la Guerra Civil. Pero en todos esos episodios, que revelan una especie de golpismo patológico del partido de Pablo Iglesias, siempre hubo un importante sector del PSOE moderado y reformista que se oponía a la ruptura de las reglas del juego y a la voladura del sistema político. ¿Por qué siempre perdió? Pues cada caso es distinto, pero lo permanente es algo que también ahora se ve claro: el PSOE no admite la democracia si no es para usufructuarla en exclusiva. Antes de admitir idéntica legitimidad de la derecha para gobernar, prefiere cargarse el sistema. Pero antes liquida a sus propios moderados, llámense Besteiro o Redondo Terreros. La aventura siempre la paga España.

El presidente del TC dice que el estado federal no es constitucional
TOLEDO. Ep ABC 25 Enero 2002

El presidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, dijo ayer que el estado federal, una fórmula «muy respetable» que funciona bien en algunos sitios y muy mal en otros, no cabe en la Constitución española. «Ni federalismo ni federalismo asimétrico ni ningún tipo de federalismo, salvo que un día el pueblo español decida en uso de su soberanía cambiar la Constitución», explicó.

A su juicio, el Estado de las Autonomías no se puede confundir ni con un estado federal ni con un estado unitario. Así, abogó por un estado de las autonomías bien vertebrado, porque si se desmembra o se produce un funcionamiento anormal, desaparece el Estado y «sin Estado no hay Estado de Derecho».

El presidente del Constitucional manifestó que la meta debe ser llegar a una organización territorial respetuosa con los derechos de los ciudadanos y con las libertades públicas. De ahí, dijo, que la relación entre las Comunidades Autónomas entre sí y con el Estado sea fundamental.

Por su parte, el presidente de la Junta de Castilla-La Mancha, José Bono, que mantuvo una reunión con Jiménez de Parga, aseguró que el presidente del TC es un «hombre que prestigia» las instituciones en las que está. Según Bono, siempre ha estado presente en esos momentos de la Historia de España «donde el acuerdo ha sido el camino y, por eso, podemos decir que tenemos un gran presidente de lo que debería ser un Tribunal constituido por apóstoles del derecho».

Equidad sanitaria
Editorial El País 25 Enero 2002

Tras la transferencia de la sanidad a las 10 comunidades autónomas que no la tenían, falta por definir el marco de garantías para que todos los ciudadanos, cualquiera que sea su lugar de residencia, accedan a las prestaciones en igualdad de condiciones. Está pendiente una ley que determine qué competencias se reserva el Ministerio de Sanidad para armonizar la gestión de la salud de todas las comunidades. Lo lógico hubiera sido sacar adelante esa ley antes del 1 de enero, cuando se consumaron las transferencias, pero más vale tarde que nunca, y lo importante ahora es que el Parlamento y las comunidades alcancen el mayor consenso posible.

Los borradores elaborados por el Gobierno y el PSOE coinciden en muchas de las líneas generales: elaborar un catálogo de prestaciones obligatorias, crear una tarjeta sanitaria válida para toda España, facilitar el acceso a los historiales clínicos desde cualquier hospital español, establecer centros de referencia únicos para las patologías más infrecuentes o los trasplantes más complicados y armonizar las estadísticas sobre calidad y listas de espera, entre otras. Pero todavía hay que resolver algunas discrepancias, y saber la postura de las comunidades no gobernadas por los dos grandes partidos. Es una materia sensible porque, por un lado, plantea tensiones de competencias entre la Administración central y las autonómicas y, por otro, requiere reflejos para gestionar permanentemente la demanda social ante el flujo incesante de innovaciones médicas, quirúrgicas y farmacológicas, por no hablar de las alertas sanitarias que vayan surgiendo.

En el pasado ha habido problemas de competencias, en particular en torno a los medicamentos: por la eliminación de subvenciones en algunos casos (medicamentazos), por la aprobación y accesibilidad de productos polémicos para ciertos sectores ideológicos (píldora abortiva), por la implantación de genéricos, etcétera. Tampoco han faltado conflictos en torno a las negociaciones de precios con los grandes laboratorios. Las diferencias de tamaño y de eficacia entre los sistemas autonómicos de salud generarán, inevitablemente, tensiones financieras cada vez más amenazantes para la equidad en la atención médica. Esa equidad es un derecho básico de todos los ciudadanos y debe ser preservado desde el sentido de la responsabilidad de todas las fuerzas políticas.

España va a menos
JOSEP RAMONEDA El País 25 Enero 2002

1. Hay una técnica política de la que algunos monarcas absolutistas de finales del siglo XVIII fueron maestros: reivindicarse como modernizadores para poder actuar como déspotas. Aznar aplica con sumo acierto esta técnica del poder: se apunta a todo lo que suena a moderno para disimular con su discurso una política muy conservadora. Ahora 'toca' estar contra los nacionalismos. Aznar va y da un paso al frente: 'Nosotros no somos nacionalistas'. Lo dice la ponencia sobre 'Patriotismo constitucional en el siglo XXI', que el próximo Congreso del PP debe refrendar. El 'nosotros' tenemos que entender que se refiere al conjunto del Partido Popular. Es decir, la derecha española, los herederos de Alianza Popular, eslabón de continuidad entre el franquismo y la nueva derecha, se proclama oficialmente no nacionalista. Poco importa que resulte absolutamente incongruente con la práctica del partido, sea en materia autonómica, en inmigración o incluso en política internacional (en Europa, Aznar comparte con Berlusconi el ala dura del frente nacionalista). Da imagen de modernidad y basta. Y, sin embargo, es inevitable una pregunta: ¿por qué el nacionalismo español sigue presentándose de modo vergonzante, como si estuviera en falta, como si desde el propio españolismo se reconociera una cierta incompatibilidad entre nacionalismo español y tradición democrática?

En realidad, la negación de la condición nacionalista del PP es perfectamente coherente con el sentido general de la ponencia: reducir el discurso ideológico a cero para practicar con toda impunidad una política absolutamente ideológica. Es el mensaje de Aznar a Pujol: no le pide que deje de ser nacionalista para entrar en su Gobierno, sólo que se adecue a lo que 'yo creo -dice el presidente- que es lógico y favorable'. Las ideologías, para la intimidad, a la hora de los rezos. Ésta es la modernidad del PP desde que está en el poder: las palabras son irrelevantes, nada es sustancial -excepto las reglas y el poder, por supuesto-, con lo cual no hay necesidad de justificar ni dar explicaciones sobre las razones de lo que se hace.

2. La pieza maestra de esta operación es la sacralización de la Constitución. Es decir, la conversión de las reglas en objeto de la fe. Cualquier 'ismo' es indicativo de un prejuicio compartido. El patriotismo tiene el agravante de que lleva incorporadas unas resonancias de 'ismo' armado que invitan a la desconfianza. En este caso, el prejuicio es la Constitución, elevada a horizonte absoluto de nuestro tiempo. A las reglas -por definición, pactadas y siempre provisionales- se les exige la función de verdad política, como si fueran anteriores a la realidad de la vida en común. Si la Constitución lo resuelve todo, ¿por qué hacer política? La despolitización de la sociedad es la verdadera cruzada del patriotismo constitucional.

Para conseguir este objetivo es necesario sepultar el pasado y minimizar las diferencias del presente. Para ello se descalifica cualquier argumento que pueda venir de lejos: 'Las nuevas generaciones no se merecen que esos nuevos retos sean abordados con viejas ideas, con viejos prejuicios y agravios, con viejas historias'. Se despide a la historia con una arrogante absolución de los pecados de unos y otros, de la izquierda y de la derecha, 'que supieron desprenderse de sus máximas ideológicas, que dificultaban la reconciliación'. Tierra sobre el ayer, como si fuera lo mismo el franquismo que la resistencia, el golpismo que la legalidad republicana. España empieza el día en que Aznar vio la lucecita de la Constitución -fecha, por otra parte, bastante posterior a la aprobación de este texto legal-. Cualquier apelación a lo que haya sucedido antes es 'añoranza de situaciones y problemas que afortunadamente hemos superado'. Y, sin embargo, la propia experiencia personal del presidente -que hoy entroniza la Constitución que ayer rechazó- debería hacerles reflexionar sobre el sentido de esta sacralización. ¿Y si Aznar cualquier día vuelve a cambiar de idea?

Sin tradición cultural a la que referirse, sin una historia que nos explique cómo llegamos hasta aquí, con el instrumento -la Constitución- como doctrina, naturalmente la idea de España que se propone tiene más de tópica campaña de promoción turística que de sólida reflexión política. España como 'realidad pujante y atractiva', dice el texto.

3. La Constitución como nuevo lugar de las adhesiones inquebrantables. Es, sin duda, un progreso extraordinario ver cómo la derecha española ha pasado de la plaza de Oriente a la voluntad popular, del lenguaje de la unidad y del cierra a España al vocabulario corriente de la normalidad democrática. Pero la conversión del marco constitucional en fe y en doctrina, objeto de la pasión patriótica, supone un peligro grave de deterioro democrático.

Las reglas del juego son, en democracia, la garantía de que cualquiera puede desplegar sus doctrinas, sus argumentos, sus propuestas. Si convertimos a las reglas en doctrina, estamos expulsando de la comunidad a aquellos que respetan las reglas aunque no compartan la doctrina. Y estamos olvidando que los que no respetan ni las leyes ni la doctrina están en la ilegalidad, pero no fuera de la sociedad. No hace falta ser patriota (ni español, ni constitucional) para aceptar la obligación de cumplir la ley aunque se discrepe de ella. Al contrario, a menudo los patriotas entienden que su fe les da patente de corso para saltarse la ley, en nombre de la patria, por supuesto. La mayoría no hace verdad, sólo hace ley. Cumplir con la legalidad mayoritariamente establecida no significa adherir a la decisión de la mayoría como si fuera una verdad. Ésta es la razón de la democracia que el PP nos quiere escamotear, convirtiendo la aceptación de la ley en deber patriótico fundamental.

Si hacemos de las reglas del juego una ideología, ¿con qué autoridad podemos exigir a los discrepantes o los que vienen de fuera que se adapten a ella? Las ideologías son muchas. Las reglas del juego son unas y, por definición, cambiantes. Porque son las leyes las que se tienen que adaptar a los cambios sociales y no viceversa. Por eso es regresiva y difícil de defender -salvo por razones de oportunismo partidista- la indignación de los ponentes frente aquellos que proponen una revisión periódica que actualice la Constitución. España ha cambiado mucho en veinticinco años. ¿Qué tiene de perverso sugerir la reforma de la Constitución a la vista de la experiencia adquirida en este periodo?

El PP actúa con los reflejos de un partido profundamente conservador: no toquemos nada. La derecha siempre augura calamidades cuando se proponen cambios. El patriotismo constitucional es el elogio del statu quo. Pero un elogio lleno de trampas, porque se niega a reconocer la España realmente existente. Y la sustituye por un listado de eslóganes de la España abierta. Y centrada, por supuesto.

4. El patriotismo constitucional puede tener un objetivo compartible: cerrar filas en Euskadi. (En realidad, pesa sobre la ponencia el hecho de que está escrita pensando fundamentalmente en el País Vasco, y en el PNV para ser más precisos, de ahí la reiterada apelación al nacionalismo excluyente). Pero, precisamente porque lo que ocurre en Euskadi es profundamente anómalo, no parece muy razonable utilizarlo para reducir los espacios de disentimiento en el resto de España. Definir el patriotismo constitucional como todos contra el terrorismo y afirmar que es 'la mejor actitud para combatirlo' es una confusión de planos. Luchar contra el terrorismo es una obligación democrática, no es un acto de patriotismo. Al convertirlo en acción patriótica se está excluyendo a los que tienen otros patriotismos, a los que no tenemos ninguno y a los que no están de acuerdo con la estrategia del patriotismo constitucional. Demasiada gente queda fuera del retablo nacional que el PP nos pinta.

Hecha la transferencia de Euskadi a España, el discurso deriva en un ejercicio retórico sobre un mito ideológico: la España abierta. 'España es una nación plural', se dice. Pero en ningún caso se asume la pluralidad de naciones. Ni Euskadi ni Cataluña son reconocidas como tales, lo cual choca por lo menos con opiniones mayoritarias en uno y otro lugar. Del reconocimiento de la realidad se pueden deducir consecuencias diferentes: un nacionalista deducirá que toda nación tiene derecho a un estado; un no nacionalista priorizará otros factores de convivencia democrática. El PP, siguiendo el ejemplo de los nacionalistas que tanto critica, fabula una realidad a su medida por la vía de la negación de aquello que no cabe en su diseño político.

La España de las autonomías ha sido un éxito especialmente para aquellas autonomías que en 1975 ni habían soñado en serlo. Esta transformación cultural reclama una plasmación política. El Senado podría ser el lugar adecuado para que las cuestiones territoriales tuvieran normales cauces democráticos. Pero el PP prefiere atraparlo todo en el patriotismo constitucional, es decir, en la negación de cualquier evolución de las reglas del juego. Ni siquiera las que la misma Constitución prevé. En realidad, lo que se presenta como abierto ha sido previamente cerrado.

5. Al proclamarse como 'no nacionalista', el PP está haciendo un salto demasiado grande entre lo que dice y lo que hace. ¿Por qué negarse a sí mismo? ¿Se cree realmente que así se consigue autoridad para descalificar como antiguallas a los otros nacionalismos?

La política democrática no es ni la apoteosis del diálogo -como algunos insisten con falsa ingenuidad- ni la reducción que consiste en convertir las reglas del juego en doctrina, cercenando de este modo la posibilidad de los proyectos alternativos que las propias reglas del juego contemplan. La política democrática es la acción continuada por la vía de la negociación y la palabra para avanzar en la consecución de los objetivos políticos que cada cual se plantea. Estos objetivos no son neutros. Hacernos creer que los objetivos del Partido Popular lo son porque equivalen a las reglas del juego es imponer una lógica de movimiento nacional. No creo que lo que necesite España en este momento sea que la ciudadanía quede atrapada en el corralito constitucional del PP. Más bien lo que se requiere es hacer política para adecuar la Constitución a la nueva realidad del país, antes de que el Partido Popular le haga el peor servicio: patrimonizarla. No hay nada más anticonstitucional que apropiarse de lo que, por definición, es de todos. Nos pensábamos que España era la ciudadanía que la habita y ahora resulta que sólo es la Constitución. Decididamente, con el PP España va a menos.

La peligrosa pirueta federal
MANUEL RAMÍREZ El País 25 Enero 2002

Manuel Ramírez es catedrático de Derecho Político en la Universidad de Zaragoza.

Llevamos ya casi veinticinco años de vigencia de nuestra actual Constitución. Y haciendo un repaso mental a su contenido, no creo errar en demasía si afirmo que, de su totalidad, la parte que más trabajo ha costado y sigue costando asimilar, en fondo y forma, es precisamente aquella que comportaba mayor novedad en el texto de 1978. Es decir, la nueva estructura organizativa jurídico-política que, con no mucha precisión conceptual, ha venido a denominarse el 'Estado de las Autonomías'. Por un lado, el mismo texto constitucional quiso, deliberadamente, dejar abierto el siempre polémico tema de la cesión o traspaso de competencias mediante el casi enigmático número 2 del artículo 150. No se cerró el tema y, como es sabido, ello ha ocasionado un continuo problema que, a mi entender, ha debilitado no poco al Estado. Voces más autorizadas que la mía han lanzado ya la idea de la necesidad de una mayor vertebración y creo que con bastante razón. Pero, por otro, es que el mismo lenguaje autonómico tampoco ha acabado de entrar entre nosotros. Hasta el presente, nunca he oído hablar de 'nacionalidades' (que es lo que dice la Constitución) y sí de naciones (que es lo que ni dice ni puede decir). El pueblo llano sigue utilizando lo de regiones,en general, y la expresión de 'comunidad autónoma' parece haber quedado exclusivamente para la terminología oficial.

Pues bien, cuando todo esto no parece estar del todo consolidado y, por demás, como si en nuestro país no hubiera problemas más importantes a los que atender de inmediato (desde la inmigración a la Seguridad Social, desde la enseñanza al paro), de pronto, en uno de nuestros hispanos bandazos, algún sector de nuestra clase política nos anuncia como panacea el camino hacia un Estado Federal. Va de suyo que nadie ha recordado la única experiencia que en este punto históricamente hemos tenido. Me refiero al Proyecto de República Federal de 1873, en el que, por primera vez, se definía a la Nación española como algo 'compuesto de Estados', que nunca entró en vigor y que acabó en el cantón de Cartagena separándose del Estado de Murcia y declarando la guerra a Madrid. ¡Mala memoria la nuestra! Incluso la Constitución de la Segunda República supo huir de repetir la experiencia y acuñó la definición de 'Estado integral' compatible con autonomía de algunas regiones. Si en este segundo caso las cosas se salieron de madre y acabaron en el 'eje Bilbao-Barcelona' que denunciara Azaña, no fue por culpa del texto de 1931.

Y es que, lanzarnos ahora a la aventura federal conlleva dos cosas muy importantes y, sobre todo, deja en el aire una interrogante final.

En primer lugar, habría que hacer una Constitución nueva. No hablo de reformar, ni de retocar esto o aquello. Hablo de empezar de nuevo. El federalismo es algo que tiene que estar tanto en la letra como en el espíritu del texto supremo. No es mera descentralización, ni mero rosario de cesiones de competencias. Y, claro está, en este punto vienen dos preguntas muy inocentes. ¿Existe en la actualidad el amplio consenso que en su día hubo para hacer una Constitución para todos? Creo que no. Y, en segundo lugar, puestos a cambiar, ¿hasta dónde se llegaría? Cuando se trata se empezar de nuevo, no es posible precisar a ciencia cierta el alcance de los límites del cambio. Puede que se llegase mucho más allá de lo ahora pensable.

Y, en segundo lugar, se trataría de, por seguir con el símil, hacer la pirueta al revés. Es decir, la construcción de una organización federal se ha hecho siempre, hasta ahora, de abajo arriba. La estructura federal ha servido para unir Estados ya existentes que, libremente y por las razones que fueren, han cedido partes de su propia soberanía a un ente superior. Y lo no expresamente cedido sigue siendo competencia de las partes y no del Estado central. Norma básica del federalismo en cualquier lugar. Lo contrario es pura descentralización, tenga el nombre que tenga. Confundir las cosas es correr no escaso riesgo. Ya lo señalaba Ortega cuando, durante la Segunda República, se discutía la estructura del Estado a crear: 'El federalismo no supone al Estado, sino que a veces aspira a crear un nuevo Estado con otros Estados preexistentes, y lo específico de su idea se reduce exclusivamente al problema de la soberanía. Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que se retrograda y camina hacia su dispersión'. ¿Es ahí el triste destino final que queremos para nuestro país? ¡Menudo salto mortal! Porque, ante nosotros, el Estado está ya hecho, con una soberanía en el pueblo español como conjunto y con una 'indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles'. Más explícito, imposible.

Y la interrogante final. ¿Con una fórmula de Estado Federal se solventaría nuestro secular problema regional? Mirando a la realidad, hay que decir de nuevo que no. Por una parte, lo que oímos es la primacía de Cataluña, que, en base a su llamado 'hecho diferencial', se considera ya nación y reclama mucho más. Y, por otra, las cosas están más claras todavía. Lo que se ve en España es el enemigo. Enemigo a combatir y enemigo del que separarse. Suena fuerte, pero así es. Desde Sabino Arana a nuestros días, pasando por José Antonio Aguirre. Ende, tampoco el experimento federal serviría como solución.

El consejo final no puede ser otro. Dejemos en paz al Estado, no experimentemos con cosas serias y ciñámonos al máximo que ha podido conceder la actual Constitución. Que no es poco, ni mucho menos. La unidad de la patria común no permite ningún referéndum para la secesión de sus partes. Guste o no guste, que ése sería otro cantar. O, a mejor decir, otro llorar.

Prodi dice ‘no’ a Ibarretxe
EDITORIAL Libertad Digital 25 Enero 2002

Arzalluz e Ibarretxe saben que se les acaba el tiempo. Poco a poco han ido perdiendo el favor de un electorado que, ante todo, desea el fin del miedo, de la violencia y de la falta de libertad; y que tolera cada vez peor las aventuras políticas. PP y PSOE han incrementado su cuota electoral, y el PNV no hubiera ganado las elecciones el pasado mayo si no hubiera prometido que su prioridad iba a ser garantizar la vida y la libertad de todos los vascos.

Pero la victoria electoral se les subió a la cabeza, y la identificaron con una adhesión mayoritaria a las tesis soberanistas. Por ello, a las tradicionales -y nunca cumplidas- amenazas de convocar un referéndum por la independencia, que Arzalluz e Ibarretxe renovaron en el Alderdi Eguna -los nacionalistas saben perfectamente que sólo una minoría enfervorizada de sus votantes y militantes apoyan la opción soberanista- unieron una estrategia de confrontación directa con el Gobierno y los partidos defensores del marco constitucional plasmada en la desobediencia civil en el asunto del Cupo y en la insistencia en obtener representación directa en las instituciones europeas. Son guiños al mundo radical y proetarra que le ha prestado sus votos, en un intento desesperado por que ETA no les marque la agenda y poder presentarse antes de que acabe la legislatura como los artífices de la soberanía vasca. Ni qué decir tiene que la defensa de la vida y de la libertad no es precisamente la principal prioridad para el ejecutivo vasco, máxime cuando Balza fue confirmado después de las elecciones como consejero de Interior.

Sin embargo, todas esas descabelladas iniciativas han sido un rotundo fracaso gracias a la unidad de los partidos constitucionalistas y a la mejor comprensión, después del 11-S, del problema vasco fuera de España. Después sufrir la humillación de tener que contar con Batasuna (este era el objetivo de Atutxa con su triquiñuela de votar artículo por artículo) para poder aprobar un “conato de presupuesto” -como lo ha definido Mayor Oreja-, Ibarretxe ha vuelto de Bruselas con una reconvención de Prodi bajo el brazo: “compete a los Estados miembros la definición e la composición de sus delegaciones”, pronunciada por su portavoz oficial, Jonathan Faull.

El gran error de Arzalluz e Ibarretxe es creer que la gran mayoría de los ciudadanos vascos está con ellos y que el momento de la “victoria” está cerca. Pero la realidad es que nunca un gobierno vasco ha sido tan políticamente débil ni ha dependido tanto de los proetarras. Sólo una catástrofe como la ruptura del pacto antiterrorista (ansiada por el clan González y sus brazos mediáticos) podría impedir que Ibarretxe tenga que elegir entre recobrar la cordura o abandonar el poder.

El intelectual en Euskadi
IÑAKI EZKERRA El Correo 25 Enero 2002

En los últimos años, y de una forma clamorosa en la campaña del 13-M, ha quedado bastante explicitado el hecho de que una ineludible mayoría de los intelectuales vascos, la más sólida y representativa, no sólo no está con ETA sino siquiera con el nacionalismo. Si es tan significativo que no puede ignorarse el número de autores que se han manifestado de un modo abierto y beligerante contra la ideología que fundó Arana, no lo es menos la cifra de los que, sin ser públicamente desafectos a esa causa, tampoco saldrán nunca en su defensa porque comparten, bien con matices y entre bastidores, esa actitud crítica aunque no la expresen por motivos que van desde el miedo o la cautela interesada hasta el simple desinterés por la política en general.

Esta verificable falta de sintonía de la inteligencia vasca con el nacionalismo no es un fenómeno nuevo (el antecedente está en la Generación del 98), pero se presenta como tal por el tiempo que ha tardado en escenificarse durante el actual período democrático y en ofrecer una prueba irrefutable. Hay, en efecto, una paradoja entre la espectacular filiación de los intelectuales vascos a la causa constitucionalista y los lustros que ha tardado en representarse mediáticamente esa filiación, así como también hay otra paradoja en que, por un lado, la reacción al nacionalismo haya sido primordialmente intelectual y, por otro lado, en que hayan sido, asimismo, intelectuales las pegas y resistencias que han puesto a esa reacción durante años algunos de los que la han protagonizado.

Es como si ese fenómeno se hubiera producido, en el fondo, a pesar de sus protagonistas y porque realmente no había más remedio. Es como si la representación pública de ese plante al nacionalismo, que se ha ido manifestando a lo largo de este último cuarto de siglo en unas ocasiones de forma individual (a través de libros, artículos, declaraciones...) o en otras de modo colectivo (por medio de manifiestos o colectivos cívicos) y que culminó en la pasada consulta electoral, se hubiera llevado a cabo a trancas y barrancas, con rotundos pasos al frente pero también a la vez, o de manera seguida, con desganas, titubeos y reservas; como algo que sucede más por necesidad que por voluntad; con verdadera convicción pero sin pasión ni afición auténticas, por más que desde el nacionalismo se juzgue toda desafección como gratuita, apasionada y morbosa.

Esos saltos hacia adelante y hacia atrás, esas audacias y resistencias casi simultáneas, esa falta de linealidad en la respuesta intelectual al nacionalismo tiene más explicaciones que la del miedo a ETA o a la pérdida de becas y del reconocimiento oficial. Por propia definición, esa mayoría intelectual proviene abrumadoramente de la izquierda y ante ésta el nacionalismo gozó hasta la muerte de Franco de un gran prestigio y simpatía, que comenzaron a desvanecerse con la Transición y en la medida en que la libertad dejaba a cada uno mostrar su verdadero rostro ideológico. No es extraño que tal desvanecimiento -la dilapidación por parte de los nacionalistas de ese patrimonio afectivo con el que contaban tras la dictadura más allá de sus militantes y votantes- haya producido alejamientos y rechazos inestables, poco lineales. Los prestigios y los afectos no se caen en un día. Por esa falta de linealidad típica del mundo de las emociones precisamente, los divorcios son tan difíciles y se ocupan de ellos los tribunales.

Pero hay otra razón más honda para explicar esa ausencia de linealidad en la reacción intelectual al nacionalismo vasco. No por definición pero sí por tradición, la condición intelectual va unida a la desconfianza hacia el Estado. Ello era lógico teniendo en cuenta que la figura del intelectual es en realidad un invento francés que nace prácticamente con el Yo acuso , de Emile Zola, es decir, como una denuncia al Estado que tiene lugar precisamente en el Estado por excelencia, el jacobino, el Estado más estatalista del mundo. En la formación del intelectual vasco, como en la de todos los intelectuales, la prevención, el rechazo, la aversión al Estado estaba condenada a ser una referencia constante y además una referencia fundamentalmente francesa que va de Zola a Sartre y Foucault.

¿Pero qué pasa cuando ese intelectual repara en que no vive en París sino en un rincón de la Unión Europea donde el Estado de Derecho se halla deslegitimado, donde se cuestiona a los jueces, se cede la silla de los justos y los dignos a los asesinos y se encapuchan los defensores del orden? ¿Qué le pasa al intelectual cuando el partido en el poder le arrebata su papel de desafiar al Estado y se pone a jugar a revolucionario? ¿Qué hace el poeta maldito o el filósofo adolescente que quiere provocar a las damas y ancianos de misa diaria cuando su tía dice estar contra el sistema y el abuelo pide a ETA más metralletas ? ¿Cuál no será su desconcierto al ver que son los burgueses a los que él deseaba inquietar quienes le inquietan renegando de sus instituciones? ¿Cuál no será su perplejidad al comprobar que puede insultar a Aznar y dormir tranquilo pero que enfrentarse a Josu Ternera supone estrenar escolta?

La experiencia del intelectual en Euskadi es única y tan desalentadora como apasionante, porque consiste en entender, contra el dogma de la tradición, que aquí lo revolucionario, lo subversivo, es el Estado de Derecho, o sea, la Constitución y el Estatuto. De ahí muchos de sus titubeos y bandazos o el tiempo que ha necesitado para comprender la singularidad de su caso. Y de ahí que no sea comprendido a veces por otros intelectuales incluso españoles. La verdad que debe afrontar reside en descubrir en propia carne que el intelectual -en el sentido más zoliano de la expresión- no lo es por hacer asquitos al Estado sino por denunciar la injusticia, tanto si viene del Estado como si viene de los enemigos de éste. Y el drama que debe asumir, por comprensiblemente duro que resulte, es el de que no vive en París, la capital del centralismo universal, sino un poco más abajo, en el Estado más descentralizado del mundo.

Siento decírtelo, amigo intelectual vasco, honesto o hipócrita lector de oficio, hermano mío: nunca seremos franceses.

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