AGLI

Recortes de Prensa     Martes 5 Febrero  2002
La estratagema
Jaime CAMPMANY ABC 5 Febrero 2002

El Minotauro
RAUL DEL POZO El Mundo 5 Febrero 2002

El artículo 155
Enrique de Diego Libertad Digital 5 Febrero 2002

La teoría de Arzalluz
Iñaki EZKERRA La Razón 5 Febrero 2002

El Estado como garante
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 5 Febrero 2002

La izquierda centrifugada
FERNANDO SAVATER El País 5 Febrero 2002
La estratagema
Por Jaime CAMPMANY ABC 5 Febrero 2002

MIRE por dónde aparece ahora la denuncia de que la banda etarra tiene en el punto de mira de sus pistolas a un centenar de dirigentes o miembros destacados del PNV. Es grande casualidad que esa información salga a la luz precisamente ahora, cuando se anuncia una tregua en el trabajo macabro de los terroristas. Claro está que se trata de otra tregua-trampa, esta vez dirigida a conseguir más votos nacionalistas para las urnas de las elecciones municipales. Maquiavelo al canto. Se quejaba Arzalluz en desvergonzada exhibición de hipocresía de que Interior no había comunicado al PNV la existencia de esa documentación con los nombres amenazados. Luego se ha sabido que la lista fue comunicada a ese señor Balza, consejero de Seguridad del Gobierno vasco.

Arnaldo Otegui se queja de que en el PNV hayan dado crédito a las informaciones de Interior. Otra hipocresía. Porque seguramente la relación de peneuvistas incautada a ETA tal vez era un aviso o una advertencia al lendakari y su mariachi para que detengan a la Ertzaintza en su actuación contra los etarras y la kale borroka, y la dejen inválida y paralítica, porque últimamente se la ha visto cumplir, aunque muy tímidamente, con su obligación de guardar el orden e impedir los destrozos y las destrucciones ocasionada por «los chicos de la gasolina». Y para lograr eso, la lista de la fingida amenaza tenía que llegar a conocimiento de los amenazados. Es una manera de instar al PNV a que regrese al pacto de Lizarra o Estella y se olvide de otros acercamientos y amistades.

Tampoco se puede desechar la hipótesis de que todo eso de las listas etarras con miembros del PNV sea un montaje pactado, elaborado y realizado de común acuerdo entre batasunos y peneuvistas, para dar argumentos, en vísperas electorales, en el sentido de que los nacionalistas «moderados» y «demócratas» son víctimas del terror igual que los socialistas y los populares. Vano empeño porque hasta ahora los muertos, las nueces desprendidas del nogal, son todas españolistas, y quienes las recogen para negociar son los dirigentes del PNV. Esa es la estratagema. No deseo la muerte de nadie, pero si esa lista tuviese veracidad y los etarras eliminaran del mundo de los vivos a alguno de los citados en ella, tal vez comprendería mejor el PNV el drama que supone vivir en el País Vasco sin ser nacionalista.

De cualquier manera y sea cual sea el motivo para confeccionar la lista, mientras no se demuestre lo contrario, los que en el conflicto vasco ponen los cadáveres son los dos partidos nacionales, el PP y el PSOE. Y son ellos los que encuentran y encontrarán dificultades para completar las listas de sus candidatos a los concejos y a las alcaldías. De hecho, las dimisiones de ediles no nacionalistas ocurren con frecuencia en ciudades, pueblos y aldeas del País Vasco. Es natural. La lista de víctimas entre socialistas y populares forma ya un largo martirologio. Representar al pueblo vasco sin pasar por el aro de fuego del nacionalismo es sencillamente un ejercicio de heroísmo. Ejercer plenamente en Vasconia la libertad de expresión y la libertad de opción política requiere estar dispuesto a jugarse la vida.

La relación etarra de los peneuvistas amenazados es una filfa. A otro pero con ese hueso. Entre los gobernantes y los concejales del nacionalismo todavía no hemos tenido noticia de cadáveres ni de dimisionarios. Ya verán ustedes como Arzalluz y su partido no hallarán dificultad alguna para presentar sus candidatos en las elecciones municipales, y luego encontrarán la manera de repartirse el gobierno de los ayuntamientos con los alkartasunos y los herritarrokas, ayudándose los unos a los otros, pactando unas veces y disimulando otras el hecho de su entendimiento esencial con vistas al objetivo común: destrozar España.

El Minotauro
RAUL DEL POZO El Mundo 5 Febrero 2002

Nuestro laberinto es el País Vasco. Allí ocultamos al hijo que come carne humana y que nos amenaza con doble hacha. Hoy, las hazañas ya no se hacen contra el destino, ni las protagonizan bellos héroes con sandalias y espadas, sino políticos rastreros, que se parapetan en sus traiciones. Ya sabemos que al Minotauro no se le mata a puñetazos, ni a tiros, ni con penas de muerte, ni con el GAL; después de tantos errores necesitamos a alguien que siga el hilo de Ariadna y nos aleje de ese laberinto, alguien que sea capaz de guiarnos hacia la claridad. Hasta ahora, Aznar ha impedido que cayéramos en ese abismo, en ese resentimiento colectivo, pero Aznar se irá y el Minotauro seguirá en las grutas cantábricas, cada vez más fuerte. Y no me refiero a una ETA acorralada, sino a un PNV que se decide por la independencia rodeado de cómplices, muchos de ellos pertenecientes a la izquierda. Arzalluz en el papel de Dédalo prepara una declaración de ruptura y un referéndum de autodeterminación. Nos acercamos, sin duda alguna, a una crisis nacional, al último motín, a un independentismo estercolado de muertos. Ya dijo alguien que si Dios fuera Cíclope España le serviría de ojo; hemos dejado de ser el fanático o el enfermo de Europa, pero carecemos de un proyecto nacional colectivo y democrático. Van a poner la banderita española en Gibraltar y, en unos años, puede enarbolarse la ikurriña en la ONU, lo cual no sería ninguna catástrofe si no fuera porque la mitad de la población se siente amenazada por las pipas.

Se intuye en la España del apogeo económico un cierto vacío político en el horizonte, una increíble irresponsabilidad de partidos y grupos empresariales. Otra vez estamos confusos ante un camino que se entrecruza con otros y no se ve un dirigente de obediencia no nacionalista que nos pueda guiar más allá del laberinto. José María Aznar se va y José Luis Rodríguez Zapatero no llega. Un día, tal vez coincidiendo con una época de confusión de liderazgos, Arzalluz se asomará al balcón para proclamar el derecho de autoderminación, con el aplauso de todos los nacionalistas. Se avecinan tiempos de incertidumbre y de deserciones. Tal vez tiene razón Jesús Caldera cuando dice que cualquier partido que tiene que decidir su liderazgo se divide; pero el PSOE ya se ha dividido, respecto a la Constitución mientras Batasuna y PNV, claramente independentistas, comparten el mismo proyecto político. ¿Quién les va a impedir que proclamen primero la autoderminación y después la independencia? No llega Teseo, seguimos ofreciendo en sacrificio no sólo a doncellas y a muchachos, sino a cientos de ciudadanos que dan su vida al Minotauro, mientras como siempre que llega una fecha decisiva la clase dirigente cree en los príncipes de la paz.

El artículo 155
Enrique de Diego Libertad Digital 5 Febrero 2002

Al margen de las retóricas palentinas, la cacería de Nicolás Redondo es una evidencia contrastada. Que en ella ha participado un grupo de comunicación por intereses empresariales está en las hemerotecas. Que a ella se ha prestado un expresidente de Gobierno que pone sus rencores por encima de la libertad y de la unidad nacional es penoso, y retrata al personaje. Existe el móvil: el rencor. Las pruebas no son de ahora. Vienen desde el mismo momento en que González se presentó en la campaña vasca para poner a parir a Redondo y salir en defensa de sus “amigos nacionalistas”, Arzalluz e Ibarretxe. Aun con esos “apoyos”, Redondo consiguió el mejor resultado de la historia del PSE.

La cacería de Redondo no es inocua, ni está basada exclusivamente en odios de sacristía socialista contra los Redondo, desde la época de las huelgas generales de la UGT. Esa cacería ha tenido y tiene como finalidad favorecer el giro soberanista del PNV, cuya publicidad gestiona el grupo de Polanco-Cebrián, aunque ello signifique la restricción de la libertad de los constitucionalistas y un proceso de limpieza étnica, lingüística e ideológica. Porque no se puede olvidar el contexto actual que pasa por la proclamación del autogobierno-independencia, anunciada en el programa electoral.

El hecho de que dirigentes nacionalistas aparezcan como objetivos de ETA muestra bien a las claras que la independencia no es ni el paraíso terrenal ni la paz, sino el inicio de un proyecto totalitario, que además incluiría una guerra civil dentro del nacionalismo.

Al margen de las irresponsabilidades patentes del socialismo “español” (sic), la Constitución es clara respecto a cualquier veleidad secesionista. El artículo 155 establece que en ese supuesto de ilegalidad la autonomía ha de ser suspendida y la autonomía administrada por el Gobierno de la nación, depurando las responsabilidades penales prevaricadoras de los responsables políticos de Ajuria Enea y de los funcionarios que les secunden.

La teoría de Arzalluz
Iñaki EZKERRA La Razón 5 Febrero 2002

El suceso pasó en su día desapercibido pero es significativo. Durante la multitudinaria manifestación del 23 de septiembre de 2000 en San Sebastián por la Constitución y el Estatuto un grupo de «radikales» trató de impedir por la violencia a otros jóvenes que repartieran el periódico del partido Unificación Comunista de España. El motivo de tal prohibición extraoficial se debía a que la portada era un montaje fotográfico en el que Arzalluz aparecía disfrazado de Mussulini. Una mujer que terció en el incidente defendiendo a los vendedores de la publicación fue seriamente agredida en el rostro. De ello se hizo eco algún medio de comunicación, pero el fenómeno realmente periodístico y sustancialmente ideológico quedó en la sombra: «la kale borroka se había lanzado rabiosa contra quienes satirizaban y llamaban fascista al presidente del PNV».

Cuento esta anécdota con la mejor voluntad y para animar a Arzalluz en estos momentos difíciles en los que se siente amenazado por Eta. Le confortará saber que hay por lo menos un sector de borrokillas que le apoya y le comprende. En cuanto a la lista de los cien peneuvistas incautada al comando detenido en Francia no seré malintencionado ni me preguntaré por qué Eta la ha redactado de un modo tan maratoniano y con tan pasmosa facilidad, de la noche a la mañana o sin dar la menor pista durante años de esos malévolos planes. No voy a mostrar ninguna desconfianza porque Eta no odie de la misma manera a EA ni a IU, que también están en el Gobierno, ni a los Aralares de Batasuna que la contradicen ni a los de Elkarri. No voy a encontrar sospechoso ese odio exclusivo al PNV.

No voy a buscar tampoco interpretaciones coherentes para la rara, misteriosa y no menos imprevisible reacción del propio Arzalluz contra el Gobierno que acababa de informarle. No voy a preguntarme por qué no ha reaccionado como un amenazado normal, sintiendo gratitud a quien te advierte de su peligro y solidaridad con quien también está amenazado como él. No voy a pensar mal del hecho obvio de que odia más a Rajoy que a Eta aunque el primero intentara ayudarle y la segunda matarle.

No. Lo que voy a hacer es dar la razón a Arzalluz y creer a pies juntillas en su teoría. Eta odia la apuesta soberanista PNV. Por esa razón el mejor modo de derrotarla es darle ya la independencia a Euskal Herria. ¿Ése sí que sería un disparo en su línea de flotación! El problema es el número de escoltas que iban a necesitar entonces el PNV y Batasuna para defenderse de la furia etarra. Mejor nos abstenemos de contrariar a Eta. Aunque sea por solidaridad con la pobre Mesa Nacional. ¿Tiemblo de pensar en el peligro que corre Otegi!

El Estado como garante
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 5 Febrero 2002

Cuando el ministro de Administraciones Públicas, Posada, dice que no hace falta que las autonomías estén representadas en los órganos de la Unión porque para eso está el Estado, no se inventa nada que las regiones no debieran conocer ¿Acaso cree alguien que cuando negocia la Administración central lo hace contra alguna autonomía? Ni podría ser así, ni el tiempo ha demostrado que se haya hecho en alguna ocasión.

Lo que no tiene sentido en el Estado autonómico es que el Gobierno esté de acuerdo en dar transferencias y tenga confianza en que se gestionan bien, y las autonomías piensen que las competencias que quedan en manos de la Administración central se gestionarán mal ¿Puede alguien explicar por qué un consejero de autonomía va a negociar en Bruselas mejor que un ministro con sus equipos, información e influencia? ¿O es que cada región va a contratar a su agencia de lobby para enterarse de algo?

Si el asunto no es sólo evitar un coro de grillos hablando todos a la vez y pidiendo por lo suyo contra lo demás; el problema es que hay que conocerse el laberinto de la burocracia europea para sacar las cosas adelante.

Pocos equipos como los que tiene España en la embajada ante la UE saben tanto y se manejan también en aquella maraña ¿Van a ser sustituidos por 17 aparatos? Eso es una tontería. Las comunidades autónomas que están reivindicando su presencia en los órganos de la UE ni se imaginan qué cosa es lo que están pidiendo.

Algunas montaron su «embajada» en Bruselas y sería conveniente que los ciudadanos pidieran cuentas de gastos e ingresos. Los representantes del reino de España son el garante de que todo lo que tiene que ver con nuestros intereses se defiende y se defiende bien. Así han funcionado hasta el momento. Deberían dejar de dudar de ello.

La izquierda centrifugada
FERNANDO SAVATER El País 5 Febrero 2002

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.

En un artículo reciente (Por la izquierda, EL PAÍS, 27-I-02), Carlos Fuentes hace reflexiones interesantes, como suelen ser las suyas, acerca de la vigencia y tareas de quienes se reclaman de una orientación política de izquierdas, tras la caída del muro de Berlín, de las Torres Gemelas y sobre todo tras tantas iluminadoras caídas paulinas en la ruta a Damasco como hemos tenido en los últimos años. Por supuesto, queda claro que Fuentes no se refiere en sus consideraciones ni a rezagados de los años del plomo ni a vanguardistas de la edad de oro: ya sabemos que aún hay ministrillos como Javier Madrazo capaces de ir a Cuba para confirmarle a Fidel Castro que su régimen es luz inspiradora para el País Vasco del mañana y mad professors a lo Alain Badiou que escriben libros de ética proponiendo con envidiable jerga esotérica el ejemplo moral invulnerable de los guardias rojos de la Revolución Cultural maoísta. Supongo que en toda doctrina retórica de salvación hacen falta curas de misa y olla no menos que satanistas, pero lo que a Fuentes y desde luego a mí nos interesa es si cabe imaginar una línea política que acepte humildemente los datos de la realidad histórica sin renunciar a orientar mejor su decurso. Es decir, cuya misión sea 'controlar la globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se derivan' sin que eso suponga 'que la izquierda tema a la globalización', sino que, por el contrario, 've en los procesos de mundialización un nuevo territorio histórico en el cual actuar'. Aquí parece que está tanto lo urgente como lo realmente difícil.

Resumamos brevísimamente lo que hoy podríamos entender por una política de izquierdas a la altura de la sociedad globalizada del siglo XXI, que no sea mera herencia de atavismos decimonónicos con incrustaciones totalitarias ni, por supuesto, cualquier cosa que haga mecánicamente un partido de tradición 'izquierdista' (vemos a cada paso que partidos tradicionalmente de derechas tienen a menudo que tomar, aunque sea a regañadientes, medidas progresistas, mientras cierta izquierda se aferra a errores y horrores de cuño inequívocamente reaccionario.) Consistirá en la defensa de espacios públicos de apoyo, litigio y promoción social controlados por el conjunto democrático de la sociedad y no por meras instancias de propiedad particular, orientadas exclusivamente a la maximización de beneficios económicos; y en propugnar formas de riqueza humanizadora (educación, justicia, seguridad, protección del medio ambiente) no calculables en la escala mercantil, que difundan las oportunidades de emancipación individual frente al automatismo triturador de un sistema económico que funciona de manera colectivizante aunque sus rentabilizadores sean grupos privados. Para la aplicación de tales parámetros políticos el proceso mundializador no constituye un obstáculo perverso, sino la apertura de un nuevo territorio histórico, como indica Carlos Fuentes: pero exige algo que la izquierda parece haber perdido, precisamente una visión alternativa de alcance global o mundial, universalista, que no sea mera resistencia fragmentadora ante las pretensiones globalizantes del capitalismo multinacional. El problema de la política de izquierdas no es que haya perdido sus mañas totalitarias, eso es lo bueno y a veces aún no ha ocurrido del todo, sino que junto con ellas parece haber abandonado cualquier punto de vista instituyente de alcance aunador y general, a escala de planeta humanizado. El lavado le sentó muy bien, pero el posterior centrifugado la ha hecho encoger de modo ostensible.

En una palabra, adormecidos los movimientos de clase tradicionalmente sublevatorios, los partidos y grupos de izquierda han abrazado como únicas banderas con potencia de discreta rebeldía las diversas identidades autoafirmativas que nuestra posmodernidad produce tan generosamente. En algunos casos, en efecto, apoyan así a personas que padecen discriminación o exclusión injusta por causa de su condición sexual, étnica, religiosa o laboral. Pero al precio de una particularización centrífuga de la política, pues no han sabido o podido encuadrar lo justificable de tales reivindicaciones como corolarios de una visión de conjunto. Detengámonos un instante en esta cuestión de la 'identidad', entendida tanto subjetiva como políticamente. Seguiré ahora a mi aire las sugerencias que Marcel Gauchet (antiguo compinche de Castoriadis, Lefort y Clastres en la memorable revista Libre) propone en su libro La religion dans la democratie (Folio-Gallimard).

En la modernidad clásica e ilustrada, la auténtica identidad del sujeto se conseguía trascendiendo las pertenencias particularizadoras, todos los elementos impuestos por el azar que constriñen a un lugar y a una circunstancia sociocultural. El yo en busca de autonomía relativiza las determinaciones extrínsecas para enlazar con lo valioso a escala universal o al menos general: 'Individualidad, subjetividad, humanidad se consiguen juntas, desde dentro, por la libertad frente a lo que nos determina' (Gauchet, op. cit.). Quizá el último avatar de ese esfuerzo sea la propuesta freudiana de tomar conciencia de las determinaciones ocultas en la psique a partir de acontecimientos del pasado para mitigar su imperio y lograr que donde se imponía el Ello advenga el Yo. También en el terreno político, la entrada en el espacio público se lograba trascendiendo las limitaciones a que nos somete nuestra condición privada. Pero desde hace unos años, y cada vez más, vemos producirse una inversión de este proceso.

Ahora la vía hacia la identidad impone alcanzar interiormente lo que nos es dado desde el exterior. Se trata de sublimar subjetivamente las determinaciones que inevitablemente nos corresponden según la objetividad social, convirtiéndolas en una esfera de pertenencia sentida mucho más íntimamente que el resto de los vínculos legales que nos unen con el conjunto de la ciudadanía. La etiqueta externa se transmuta en íntima convicción y pendón de batalla, amenazado por toda aquella consideración más amplia que difumina o relativiza sus perfiles. Lo que antes eran características privadas (étnicas, religiosas, genéticas o lúdicas) dentro del pluralismo democrático del Estado, que se trascendían para acceder a la actividad política, ahora son el contenido mismo de cualquier política y el título de legitimidad para intervenir en ella. La heterogeneidad de lo particular se convierte en una yuxtaposición de incomunicables homogeneidades, que sólo reclaman de las instituciones públicas la garantía quisquillosa de su derecho a no dejar de ser lo que son tal como lo son y se desentienden del resto. Cada perspectiva diferenciada es tan válida como cualquier otra ysiempre mejor que la que pretenda situarse en un plano que las rebase todas en nombre de un horizonte de alcance más ancho. Apelar a la razón común o a valores universalizables es mirado con reticente suspicacia y, si se insiste, como un auténtico atropello: '¡quieren anular las sacrosantas diferencias y hacer un mundo monocorde!'. No hay pecado mayor.

Buena parte de la izquierda, sobre todo la de pasado más totalitario, ha abrazado con entusiasmo la causa de las identidades irredentas, supongo que por la famosa ley del péndulo. Frente a los derechos humanos individuales (ese pleonasmo, porque nadie conoce humanos que no sean individuos) propugna fantasmagóricos derechos colectivos y condena la busca de valores universales como parte de la 'americanización' del mundo. ¡Vaya, ahora el Espíritu Universal que desfila bajo nuestras ventanas se llama George Bush junior! ¡Quién nos lo iba a decir y, sobre todo, quién se lo iba a decir a él! Puestas así las cosas, la izquierda tiene tantas probabilidades de llegar a controlar los efectos predatorios de la globalización como yo de llegar a obispo de San Sebastián. Lo ha visto muy bien Susan George en su Informe Lugano, haciendo que los maquiavélicos globalizadores preconicen ante todo la política de las identidades: 'Lo ideal es que los individuos de todo el mundo se identifiquen con fuerza con un subgrupo étnico, sexual, lingüístico, racial o religioso... Hay que proporcionar apoyo material y moral a los más agresivos particularismos... Buscamos fundamentalistas de todas las razas y grupos... Que estarían preocupados sobre todo por sus derechos..., entre ellos el derecho a recibir un trato especial en nombre de errores pasados o presentes, reales o imaginarios... En lugar de preguntarse qué puede hacer la gente deberá centrarse en quién es... Los grupos se centran así en sí mismos y los auténticos actores de la escena global permanecen invisibles.

No quisiera yo acabar con una nota pesimista ni desanimar a Carlos Fuentes o a otras personas de buena voluntad. Marcel Gauchet acaba su reflexión diciendo que 'en un momento dado, el ideal de autogobierno volverá a traer al centro de atención, como sus puntos de apoyo indispensables, las dimensiones de la generalidad pública y de la unidad colectiva repudiadas por las aspiraciones de la hora presente'. ¡Dios le oiga! Huy, perdón.

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