AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 23 Febrero  2002
Por España
MARTIN PRIETO El Mundo  23 Febrero 2002

Un acuerdo contra Batasuna positivo, pero insuficiente
Impresiones El Mundo 23 Febrero 2002

Multiculturalismo
Editorial ABC  23 Febrero 2002

Mikel Azurmendi: «El Estado no puede tolerar el multiculturalismo porque ha de garantizar la igualdad de todos»
MADRID. Isabel Gallego ABC  23 Febrero 2002

Ajuria Enea, desde abajo
Editorial El País 23 Febrero 2002

Un paso adelante
Editorial El Correo 23 Febrero 2002

Radicales calcinan un autobús y destrozan dos cajeros automáticos en San Sebastián
EFE Libertad Digital  23 Febrero 2002

Democracia y cultura
MIKEL AZURMENDI El País 23 Febrero 2002
Por España
MARTIN PRIETO El Mundo  23 Febrero 2002

Nada hay más equitativo que la policía nacional midiéndole las costillas a la municipal, en esta representación en la que el delegado del Gobierno ante la CAM y el alcalde de la Villa y Corte pugnan por ver cuál de los dos es más de derechas que Ruiz Gallardón, sabiendo todos que Madrid, autonomía y capital, ya no es la tumba del fascismo sino el sepulcro de la izquierda. Nada es más simétrico que la fanfarria de Manuel Fraga pidiendo precisamente ahora una representación gallega ante la Unión Europea, tal como Ibarretxe cuando haciéndose la foto histórica con todo su Gobierno parecía jurar la muerte antes que firmar un concierto económico «con España» que no reconociera su representación ante la UE. Y es que el federalismo asimétrico, como el que patrocina Pascual Maragall, termina resultando clónico si de lo que se trata es de desnudar a España para vestir santos independentistas. Fraga no es separatista ni está en la demencia senil, aunque la edad le va ablandando y algún día le veremos abominando de la pena de muerte o estimando que el mejor terrorista es el arrepentido. Lo que supone el patrón gallego es que la diplomacia europea para todos diluirá en Bruselas el soberanismo de un Gobierno vasco que quiere levantar un Estado propio. Y lo que hay que hacer es otra cosa: reivindicar España ante quienes la niegan, aunque lo hagan democráticamente. Como se ha hecho con el concierto económico, domeñar al PNV hasta que cambie su dirección y reconozca que la independencia es un florón para el frontispicio, y asuma el españolismo del último Sabino Arana, sea por convencimiento o por tactismo. Y ya puestos a la docencia, explicar a los no romanizados que Europa no se está construyendo sobre länders, regiones, nacionalidades de Atapuerca o comunidades, sino sobre los estados ya constituidos. Si hasta Fraga cree que España no es vendible en Galicia, mal estamos, y es entendible que en

Juana la Loca se hurten del escudo el yugo y las flechas de Isabel y Fernando para que la película sea políticamente correcta.El unitarismo de este Gobierno es sostener que España no es lo que resta tras haber separado al País Vasco, Cataluña y Galicia.E incluso si así fuera tal contradiós histórico, ese resto sería más centrípeto que las nacionalidades volanderas de la periferia.Como Aznar es cabezón podremos estar tranquilos mientras gobierne el PP, pero el PSOE, el de González y el de Zapatero, es una amenaza latente para la unidad española porque está dispuesto a volver a hacer de conde don Julián con tal de vengar la afrenta de haber perdido unas elecciones (y por mayoría absoluta) a manos de ese hombre al que tanto menosprecian. España como cajón de sastre socialista. Y hasta Fraga, al borde del federalismo simétrico y equitativo. Urge reivindicar España antes de perderla entre las pasarelas Cibeles y Gaudí.

Un acuerdo contra Batasuna positivo, pero insuficiente
Impresiones El Mundo 23 Febrero 2002

Juan José Ibarretxe se reunió ayer durante seis horas con los líderes de todos los partidos vascos, a excepción de Batasuna.El objetivo era encontrar fórmulas para garantizar la seguridad de los concejales de cara a las próximas elecciones municipales.Y el resultado del encuentro se puede calificar como moderadamente positivo, aunque insuficiente. Los partidos políticos vascos llegaron a un compromiso importante para impedir que Batasuna gobierne en los ayuntamientos donde no logre mayoría absoluta en las elecciones del 2003. El aislamiento político de los cómplices de ETA, en la senda de lo que fue el Pacto de Ajuria Enea, es una medida no sólo necesaria, sino imprescindible. Lo único que cabe lamentar es que el PNV no haya aceptado que esta decisión tenga carácter inmediato hay ayuntamientos en los que este partido permite gobernar a Batasuna y la haya aplazado hasta después de los próximos comicios municipales. También hay que felicitarse porque los partidos representados en el Ayuntamiento de Zumárraga vayan a estudiar la posibilidad de disolver la corporación y crear una gestora para evitar el vacío provocado por la renuncia de todos los concejales del PSOE, uno del PP y una edil de EA. La valoración que del encuentro hicieron los líderes de los partidos vascos fue dispar, si bien todos juzgaron positivamente los acuerdos, después de unos meses en los que la actitud del PNV había hecho imposible cualquier alianza de las formaciones democráticas contra los proetarras. Bastante satisfechos se mostraron tanto Arzalluz como el socialista Ramón Jáuregui, para quien cualquier pequeño cambio en el PNV es un respiro porque refuerza sus tesis. Pero tiene razón el PP al deplorar que los partidos vascos no hayan logrado un mayor compromiso para aislar social y políticamente a Batasuna ya.

Multiculturalismo
Editorial ABC  23 Febrero 2002

Unas declaraciones de Mikel Azurmendi, catedrático de Antropología, sobre multiculturalismo e inmigración, han desencadenado la penúltima caza de brujas por parte de la vanguardia de la tolerancia. Han llegado a exigir su cese como presidente del Foro para la integración social de los inmigrantes, y le han desafiado a una rápida aclaración o rectificación. En unas declaraciones que publicamos hoy, Azurmendi confirma y aclara sus posiciones que, en general, compartimos.

En principio, no le toleran ni siquiera el planteamiento del problema en los términos que él elige ni la definición del fenómeno. Para él, como para muchos de los teóricos actuales, el multiculturalismo es una teoría que consiste en la defensa de la convivencia de varias culturas, que pueden no ser democráticas, en el seno de una misma sociedad democrática. Un ejemplo de sociedad multicultural sería una democracia en cuyo seno convivieran grupos que, en su funcionamiento interno, rechazaran los principios democráticos y liberales, pongamos por caso, grupos mormones, islamistas ortodoxos y tribus antropófagas. Nada tiene que ver ni con el mestizaje ni con el pluralismo cultural o convivencia de culturas diferentes en un marco común. Lo que caracteriza al multiculturalismo es la negación de ese marco común y la división de la sociedad en compartimentos estancos. A esto es a lo que Azurmendi califica con razón de gangrena de la sociedad democrática. En este sentido el multiculturalismo no sólo no es la consecuencia de la tolerancia sino que además resulta incompatible con la democracia. La inmigración constituye una riqueza si se produce el mestizaje y el pluralismo, si los inmigrantes respetan los principios de la sociedad de acogida. En caso contrario, constituye una amenaza para la democracia.

Otra cosa será, y ésta es una cuestión de hecho, determinar en qué medida el multiculturalismo así entendido está o no vigente en la sociedad estadounidense o en qué medida pueda o no llegar a implantarse en España. La posibilidad, sin duda, existe, y ya hemos asistido a sus primeros síntomas. Pero el repudio del multiculturalismo no puede imputarse, como pretenden sus intolerantes devotos, a la cuenta del racismo y la xenofobia, ni a un pretendido imperialismo occidental. Tolerar la marginación de la mujer no es un acto de generosidad sino de claudicación. Como afirma Azurmendi, existen ciertas conductas que son intolerables. Podremos discutir el límite concreto, pero no el principio. Probablemente, los casos de ablación de clítoris en España sean muy escasos, mas la escasez no atenúa la criminalidad. Sin embargo, no cabe decir lo mismo de los numerosos casos de marginación de la mujer entre los inmigrantes musulmanes: supeditadas al hombre, no se les permite asistir a la escuela o se les impide proseguir sus estudios a una determinada edad. No puede existir un derecho a vulnerar los derechos de alguien, aunque él mismo haga dejación de ellos. El principio de igualdad ante la ley no depende de las prácticas particulares de una determinada comunidad cultural. Si se admiten excepciones por razones culturales, se admite su violación y su destrucción.

Azurmendi tiene razón. Y precisamente sus tesis, lejos de ser incompatibles con el cargo que ostenta, son la consecuencia natural de su obligación de defender la integración de los inmigrantes, no su segregación y su exclusión del disfrute de los derechos de la ciudadanía. Estamos, sin duda, ante uno de los grandes debates de este nuevo siglo, probablemente ante el más acuciante. Conviene, al menos, que los términos de la polémica se planteen con claridad y no bajo el prisma del prejuicio ideológico. Imponer el respeto a la Constitución, aun en contra de creencias y prácticas tribales, no constituye un acto de intolerancia ni una muestra de xenofobia, sino de pura coherencia intelectual y de fidelidad a los principios y valores democráticos.

Mikel Azurmendi: «El Estado no puede tolerar el multiculturalismo porque ha de garantizar la igualdad de todos»
MADRID. Isabel Gallego ABC  23 Febrero 2002

«La alternativa al multiculturalismo es la integración», asegura Mikel Azurmendi, presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, que se reafirma en su teoría de que «el multiculturalismo es una gangrena» porque supone dejar a los inmigrantes que se organicen al margen de nuestra sociedad democrática. Por eso, asegura que «el Estado no lo puede tolerar», ya que «tiene que garantizar la igualdad de todos».

Mikel Azurmendi, presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, miembro de la comunidad intelectual vasca plural, profesor de Antropología Social de la Universidad del País Vasco, investigador, escritor, fundador del Foro de Ermua y ex militante de ETA, ha tenido que pagar con el exilio las consecuencias de su compromiso político y humano de defender los derechos de todos los ciudadanos. Su levantamiento contra el nacionalismo racista no ha sido valorado esta semana por todos aquellos que se han lanzado sobre él. Tras afirmar que «el multiculturalismo es la gangrena de la sociedad democrática», Mikel Azurmendi ha sido el blanco de todas las críticas.

«SEREMOS UNA ESPAÑA DISTINTA»
-Resulta cuanto menos extraño que una persona como usted, obligada a abandonar el País Vasco precisamente por plantear el diálogo haya recibido estos días tan duras críticas por sus palabras. ¿Se arrepiente de lo que dijo?
-En absoluto. Me reafirmo en mis declaraciones, que se han utilizado como arma para hacer una política contra el Foro para la Integración Social de los Inmigrantes e ir contra la persona que actualmente dirige la inmigración.

-¿Y por qué para usted el multiculturalismo es la gangrena de la sociedad democrática?
-El multiculturalismo es una teoría en defensa de una sociedad democrática en la que conviven multitud de culturas, que pueden no ser democráticas. Por ejemplo, en el Estado norteamericano democrático conviven culturas en las reservas indias, igual que en determinados cantones conviven religiones tradicionales protestantes que viven a su usanza. Cuando varias culturas se instalan dentro de la cultura democrática y éstas conviven juntas pero no se penetran entre ellas, eso es el multiculturalismo. Y dije que es una gangrena para la sociedad democrática porque organizarse en apartes, sin penetrarse unos con otros empobrece la sociedad. Si fracasamos en la inclusión de los excluidos, la sociedad democrática enfermará y terminará muriendo. Y eso es lo que no nos puede pasar.

-¿Cree que sabremos llevar a cabo con garantías esa inclusión de la que habla?
-España tiene una oportunidad única para lograr ese objetivo. Jamás la España democrática ha tenido la ocasión de hacer de un millón y medio de inmigrantes, que son los que hay actualmente en nuestro país, ciudadanos iguales a nosotros. Tenemos un caso que podemos tomar como ejemplo. En los años 1976, 77 y un poco más adelante, España se transforma radicalmente porque hace una operación de lavado personal. Los que antes estaban excluidos, que eran los rojos y separatistas, se incluyen en la sociedad para dar lugar al pluralismo y la descentralización, y de una España vieja sale una nueva.Hoy, tenemos la oportunidad de incluir a los inmigrantes. Y si logramos hacerlo bien conseguiremos una sociedad operativa porque todo el mundo trabajará mejor, se sentirá mejor y más representado. Cuando este millón y medio de extranjeros se sientan representados en municipios, alcaldías y en todos los lugares, vamos a ser una España diferente, en la punta de la ciudadanía del mundo, mucho más que los americanos, que resolvieron estos problemas con el multiculturalismo, creando reservas para indios.

«TODOS NO SON IGUALES»
-¿Cuál es la alternativa que propone al multiculturalismo?
-La integración. Las cosas que son libres de la determinación de cada persona, dejémoslas en manos de cada persona. Lo que es intransferible es la igualdad y el Estado tiene que garantizar que todos somos iguales. No puede tolerar el multiculturalismo, tiene que favorecer mecanismos pedagógicos e integradores en la convivencia cotidiana. Por eso se deben apoyar las prácticas en la sociedad civil.

-¿Qué mecanismos hemos de utilizar para favorecer la inclusión?
-Primero, hace falta visualizar bien quiénes son los otros, porque todos no son iguales. El excluido, generalmente es una persona más pobre que nosotros, que viene a trabajar, que está dispuesta a hacer incluso cosas humillantes. Lo que podemos hacer es tratar a esas personas con los mismos derechos y obligaciones que nosotros tenemos, de manera que seamos iguales en el ámbito público, pero en el ámbito privado, cada uno puede hacer lo que quiera, Los aspectos religiosos, éticos o estéticos son asuntos de la intimidad de cada cual.

«EL VELO NO ES PROBLEMA»
-¿Está la sociedad española preparada para admitir determinadas costumbres como por ejemplo que una niña marroquí asista al colegio con chador?
-Lo raro en este caso no es el chador, sino que nadie se hubiera preguntado por qué la niña no iba a la escuela desde hacía cuatro meses. El cómo uno va vestido no es ningún problema. Tenemos que estar mejor informados acerca de las costumbres de los demás. Si lo estuviéramos entenderíamos que esa niña va con «hiyab» simplemente porque ese pañuelo la protege. Cuando se lo pone, todo el mundo sabe que no se la puede tocar porque alguien vela por ella, ya sea su familia o incluso, a los 12 años, su prometido. Mi hijo fue al colegio con una cresta de varios colores durante año y medio y no pasó nada. Ciertamente, en ese tiempo pudo molestar visualmente a alguien, pero se la quitó y ya está.

-Pero su hijo se quitó la cresta porque quiso. No sé si esa niña tiene la misma libertad para desprenderse del pañuelo.
-Probablemente haga más caso a sus padres que nuestros propios hijos porque viene de una cultura en la que no obedecer a los padres es algo sacrílego. Precisamente la importancia del ámbito público está en que le enseñen que es una mujer de pleno derecho y que la Ley es igual para todos. Cuando ella sepa eso, estará todo resuelto. Esa es la diferencia entre nosotros y los marroquíes. Si yo vivo en Marruecos y mi hija no se pone el pañuelo en una escuela la apedrearán. Nosotros dejamos que sigua llevando el velo porque somos una sociedad democrática y no multicultural. Aceptamos otras culturas, siempre que se garantice el uso de la Ley de la misma manera para todos.

SOMETIMIENTO DE LA MUJER
-Hay costumbres que van en contra de los derechos humanos. ¿Cómo permitir estas prácticas aunque sea en el ámbito de lo privado?
-Hay costumbres que son absolutamente condenables, como la ablación del clítoris. Pero hoy en día, este no es el problema fundamental para la integración de los inmigrantes porque no habrá ni cien mujeres que se tengan que enfrentar a esa práctica. Claro que esas cien son una preocupación, pero no son el problema de la integración. El problema de la integración social de las inmigrantes es la supeditación al hombre, que no las deja ir a la escuela, que les impide hacer lo que quieren... Y eso es lo que tenemos que solucionar: que ninguna persona tenga que ser vulnerada en sus derechos y en su dignidad. Por eso, si un padre impide que su hija vaya al colegio, hay que invitarle a que se marche de este país porque los niños aquí están obligatoriamente escolarizados.

«Yo también saqué a mi hijo de una ikastola cuando me preguntó dónde estaban los enemigos»
-¿Cómo valora la decisión del matrimonio musulmán que decidió no escolarizar a sus seis hijos en un colegio de Ripollet porque era católico?
-Creo que, seguramente, esos padres estaban mal informados acerca de lo que es una escuela católica, pero subvencionada por el Estado. Hay veces en las que las personas quieren mantener su propia identidad, a lo cual tienen derecho, y en estos casos, nuestro acceso a ellos tiene que ser prudente y eficazmante pedagógico. Yo también tengo mis prevenciones respecto a las escuelas. Tuve que sacar a mi hijo de una ikastola porque el primer mes me dijo: «Aitá, ¿dónde están los enemigos?» Yo le pregunté inmediatamente que quiénes eran los enemigos y me contestó: «los españoles». La segunda pregunta fue: «Aitá, ¿es verdad que iré al infierno porque no estoy bautizado?» Esa ikastola todavía está abierta y en ella se imparten clases a los niños. Si yo fuera un musulmán y a mi hijo le enseñaran estas cosas, tampoco querría escolarizarle. Ese padre, probablemente esté mal informado sobre lo que se imparte en ese colegio. Por eso hace falta mucha información y para ello es preciso más dinero. La integración es una cuestión de dinero.

«No podemos hacer una política de puertas abiertas a la inmigración»
-¿Es partidario de establecer cupos de inmigrantes?
-Sí. Hoy no podemos tener una política de puertas abiertas precisamente porque la ciudadanía está asimilando la cultura democrática poco a poco, de manera que estas personas sean todo lo diferentes que quieran ser. Para eso, se necesita proteger la convivencia y la seguridad, y el Estado sí que debe garantizar la seguridad de sus ciudadanos y la libertad de todos ellos.

-¿Quiere decir que los inmigrantes tienen que venir poco a poco para que los españoles nos acostumbremos a ellos?
-Mire, España es uno de los países del mundo donde la gente tiene el talante más abierto y acepta más la inmigración, con todo lo xenófobos que podamos ser. Yo he recorrido muchos países y he vivido varios años en algunos de ellos y le puedo garantizar que, pese a todo lo que ha pasado por ejemplo en El Ejido, este es un gran país para con los extranjeros.

«EL PSOE YA HABÍA PEDIDO MI CESE»
-¿Cree que las políticas públicas que se están aplicando actualmente para favorecer la integración son suficientes?
-Siempre se puede hacer más, pero a pesar del enorme interés por parte de ciertos sectores en que las cosas vayan mal, no van tan mal. Mis declaraciones han sido utilizadas políticamente y manipuladas para atacar lo que se está haciendo. No hay otra explicación posible de ese hecho. Pero, finalmente, estoy satisfecho porque la Comisión del Foro, donde hay un alcalde de IU, una persona que representaba a toda la UGT, una persona magrebí, otras dos con mucha experiencia en la integración de inmigrantes..., me han dicho de manera unánime que están conmigo y que me aceptan. Eso es lo que me importa.

-Sin embargo, el Grupo Socialista en el Congreso ha pedido su cese.
-Llevo dos meses como presidente del Foro. A los dos días de mi nombramiento, el PSOE pidió ya mi dimisión y mi comparecencia en el Senado. Y esta comparecencia no se había producido. Ahora parece que piden mi dimisión por unas declaraciones que hago, pero esta solicitud ya estaba hecha.

-¿Y las ONG también le han tendido la mano después de sus palabras?
-Sí a pesar de que reconozco que yo entré en el Foro con una visión parcial de las ONG. Hasta entonces había visto sólo organizaciones de asistencia y beneficencia y creía que su trabajo no era integrador. Con esa experiencia, generalicé y creí que todas las ONG eran así. Pero llevo dos meses recorriendo España de la mano de estas organizaciones y estoy asombrado del trabajo que desarrollan. Es una parte del tejido civil realmente prometedor.

Ajuria Enea, desde abajo
Editorial El País 23 Febrero 2002

La reunión de partidos e instituciones celebrada ayer en Vitoria concluyó en lo que podría ser el germen de un nuevo Pacto de Ajuria Enea. El periodo de Lizarra abrió una sima entre nacionalistas y no nacionalistas que no se ha cerrado. Ello dificulta los intentos de reconstruir la unidad democrática contra ETA y sus cómplices. Pero también el Pacto de Ajuria Enea fue, hasta cierto punto, el resultado de una presión unitaria surgida espontáneamente en muchos pueblos tras los atentados. La presión acabó obligando a los partidos a establecer un diagnóstico conjunto y unos principios compartidos. Tal vez, lo que ahora se inicia como acuerdos de seguridad en los municipios en que hay concejales amenazados por el entorno de ETA acabe forjando un pacto como lo fue el de 1988.

Esa persecución no es la obra de unos locos, sino, como dijo el ex diputado de Álava Emilio Guevara (en el homenaje al socialista Fernando Buesa, asesinado hace dos años), de unos 'fanáticos que aplican fría y calculadamente una estrategia que busca el desistimiento y la renuncia de sus rivales políticos'. Lo que ocurre en tantos ayuntamientos no es de naturaleza diferente al acoso que sufren otras personas (profesores, jueces, ertzainas, periodistas) con el mismo fin de hacer que se achanten: que desistan de oponerse a ETA y a su brazo político. Durante años, la existencia del Pacto de Ajuria Enea -saber que había un marco unitario contra ETA- actuó como paraguas psicológico y parapeto político de esos sectores.

Su ruptura acentuó la sensación de estar a la intemperie que ya experimentaban algunos concejales. Más de 30 han dimitido y son lógicas las dificultades que encuentran sus partidos para completar listas en muchos municipios para las próximas elecciones. De ahí nació la propuesta de Rodríguez Zapatero a Ibarretxe, que desembocó en la reunión de ayer. Su resultado sólo podrá valorarse dentro de algún tiempo, pero el hecho de que el lehendakari haya decidido dar continuidad a este tipo de reuniones, acordado crear una comisión técnica que estudie respuestas a problemas concretos de seguridad, incluyendo eventuales reformas legales, es ya un avance considerable. Pero lo es sobre todo la decisión de constituir en cada localidad mesas de partidos democráticos, con expresa exclusión de Batasuna, que planteen respuestas a las coacciones que sufran los ediles, incluyendo la de personarse en las acciones judiciales que se decidan.

No tiene sentido, por tanto, la decepción que evidenció el representante del PP, Carlos Iturgaiz. Aunque no se aceptara su propuesta de plantear mociones de censura inmediatas a los alcaldes de Batasuna que gobiernan en minoría, sí hubo un compromiso de no gobernar ni hacer oposición con ese partido tras las elecciones de 2003. Es sólo un comienzo, pero es más que el diálogo de sordos que había.

Un paso adelante
Editorial El Correo 23 Febrero 2002

El encuentro convocado por el lehendakari Ibarretxe conformó ayer un foro unitario sin precedentes desde que se disolviera la Mesa de Ajuria Enea y adelantó una serie de medidas que, de ponerse en práctica -como aseguró Ramón Jáuregui a la salida de la reunión-, anunciarían el inicio de un tiempo nuevo en Euskadi. Garantizar al máximo la seguridad de los concejales y la celebración de unas elecciones en mayo de 2003 a las que las distintas fuerzas concurran en igualdad de condiciones representaban dos retos ineludibles y urgentes para el conjunto de las fuerzas democráticas y para las instituciones vascas.

La amplísima representatividad de los reunidos ayer y el inequívoco sentido de las iniciativas adoptadas permiten hoy hablar de un avance hacia la unidad democrática. La unidad establecida en torno al pacto solidario de arropar política y socialmente a quienes más directamente padecen la persecución terrorista. Una determinación que augura el compromiso democrático de renunciar en el ámbito municipal a cualquier coincidencia que acomode políticamente a quienes jalean o dan cobertura a la amenaza, el linchamiento moral y el asesinato de sus propios conciudadanos. Hubiera sido mejor que las decisiones de ayer se hubiesen adoptado hace ya tiempo. Ése era el clamor de quienes se han sentido víctimas desamparadas de un siniestro sistema de coacción ante el que sólo se oían palabras de condena y se veían gestos de reprobación compartidos cada vez que ya era tarde. Pero por tardía que resulte, la reacción comprometida de partidos políticos e instituciones no puede recibir por parte de la sociedad vasca más que un saludo de bienvenida. La noticia suscita alivio y permite recuperar buena parte de la confianza que la ciudadanía ha ido perdiendo tras tantos episodios de división suicida. Pero implica también una llamada para que la propia sociedad active sus mecanismos de respuesta frente a la barbarie y se movilice hasta que su aliento solidario estimule el ánimo de aquellas personas que hoy nos representan en las instituciones para que mañana puedan estar en condiciones de renovar su compromiso o de alentar a otros a incorporarse a la noble tarea de servir a los ciudadanos desde los ayuntamientos.

El funcionamiento de todo sistema democrático se basa en que las coincidencias prevalezcan sobre las divergencias. Sería tan absurdo como estéril olvidar que quienes ayer acudieron a la cita del lehendakari mantienen diferencias sobre aspectos importantes del pasado reciente y del futuro del País Vasco. Pero por eso mismo resulta encomiable el esfuerzo realizado a partir de uno de los flancos más preocupantes que ofrece el problema del terrorismo: la situación de los concejales. Cabría considerar que las iniciativas adoptadas ayer constituyen un tratamiento parcial y limitado del problema. Sin embargo, la experiencia nos dice que todos los intentos previos para abordar en su conjunto el problema de la violencia y la cuestión de la paz no han desembocado en los niveles de acuerdo y compromiso de ayer. Por eso mismo, los frutos del nuevo foro -cuya continuidad constituye precisamente una de sus decisiones más importantes- han de ser el inicio de un proceso que contribuya a superar los desencuentros y acerque las posiciones de las distintas fuerzas políticas y de las administraciones central y vasca comenzando por lo parcial hasta acabar en una visión general compartida para la construcción de la paz sobre los cimientos de una sociedad plural, cada uno de cuyos integrantes asuma la pluralidad como un bien a fomentar.

Pasos como los iniciados ayer son los que deben permitir a los vascos reencontrarse consigo mismos. Los que, por encima de cualquier otra diferencia de orden ideológico o político, establecen la raya infranqueable que ha de distinguir en todo momento la razón y el fanatismo, la víctima y el verdugo. Durante demasiado tiempo los terroristas y sus apologetas han pretendido enseñorearse del país a sabiendas de que la confrontación entre nacionalistas y no nacionalistas contribuía a solapar y ocultar su inmundicia. Hoy -como ocurriera en los tiempos del Acuerdo de Ajuria Enea- ha de ser la unidad democrática la que desbarate el macabro juego urdido por quienes se aprovechan de las libertades para negar su existencia hablando en nombre de una sociedad a muchos de cuyos integrantes persiguen incluso hasta la muerte. Ese compromiso que esta misma tarde se mostrará multitudinario y más vivo que nunca en la manifestación convocada por las juventudes de los partidos democráticos. Un compromiso que encontrará en la esperanzadora reunión de ayer un empuje de determinación para que las relaciones políticas en Euskadi se encarrilen hacia la solución de nuestro principal problema. El diálogo de ayer fue posible, sencillamente, porque los asistentes a la reunión de Ajuria Enea comprendieron que frente a ese gravísimo problema -el problema de la violencia cercenando vidas y alienando conciencias- todos los demás litigios se convierten en minucias que en ningún caso pueden servir de pasto para la perpetuación de la dictadura del terror.

Radicales calcinan un autobús y destrozan dos cajeros automáticos en San Sebastián
EFE Libertad Digital  23 Febrero 2002

Los radicales han vuelto a protagonizar actos de terrorismo callejero en el País Vasco. Por segundo día consecutivo, han destrozado un autobús, esta vez en San Sebastián.

Varios encapuchados incendiaron a última hora de la noche de este jueves un autobús articulado en la capital guipuzcoana. Los hechos se produjeron pasadas las nueve y media de la noche en el barrio Beriyo, cuando tres encapuchados irrumpieron en el vehículo de la compañía del Tranvía que se encontraba parado y le prendieron fuego. El autobús quedó completamente calcinado.

De momento se desconoce si los autores emplearon cócteles molotov o rociaron el interior con líquido inflamable. Fuentes del departamento de Interior del Gobierno vasco han señalado que un ciclomotor que se encontraba estacionado en las inmediaciones también sufrió diversos daños causados por las llamas. Poco después, los proetarras volvían a actuar en San Sebastián. Un grupo de radicales incendió dos cajeros automáticos de una sucursal bancaria de Kutxa ubicada en la calle Avenida Madrid. En ningún caso se han practicado detenciones.

Democracia y cultura
MIKEL AZURMENDI El País 23 Febrero 2002

Mikel Azurmendi es presidente del Foro para la Integración de los Inmigrantes.

La democracia no es únicamente un Estado de derecho, sino un sistema cultural. Además de un sistema público de leyes iguales para todos y de instituciones políticas para fomentar y salvaguardar el pluralismo, la tolerancia y la igualdad de oportunidades, es una interacción cotidiana de gente que queda como impregnada de muy similares hábitos de obrar y de vivir los acontecimientos. Cultura es ese molde configurador de una conducta compartida; consiste en materiales simbólicos que permiten a las personas predecir las conductas del vecino. En consecuencia, lo que uno espera que el otro haga en determinada ocasión y que es lo que supone haría él mismo se le aparece como lo más cabal, realista y sensato.

Los materiales simbólicos de la interacción en democracia nos conducen a la suposición de que todos somos iguales, somos personas no sometidas una a la otra, individualmente libres y autónomas. La ley, pensamos que sirve para todos por igual y que todos debemos cumplirla por igual. Los tribunales, los concebimos como que solamente son aceptables por su imparcialidad y el derecho a la defensa. Ante la autoridad, creemos que conviene discutirla, controlarla, elegirla, cambiarla. Lo justo se ve como una constante aproximación a un reparto más igualitario de la oportunidad social. La verdad, no la concebimos sino como resultado de un discutir sin constricción alguna para aceptar lo que parezca más adecuado según el mejor argumento en base a lo que se esté buscando en cada ocasión. Ante el Estado, nos parece más sensato intervenir en su constitución y ser titulares de su legitimidad constrictiva que dejárselo a algún jerarca o dictador. Pero por experiencias pasadas, siempre disponemos de signos de temor y tendemos a mostrarnos desconfiados de su avasalladora capacidad de irrupción en otros ámbitos de la vida personal y social, y por eso tendemos a controlar el Estado. Las formas de vida privada se nos vuelven aceptables únicamente porque queda en nuestras manos el expandirnos libremente, pues, de lo contrario, nuestra vida no merecería la pena ser vivida.

Y por eso no creemos que aguantaríamos vivir en el Afganistán de los talibanes, en la Yugoslavia de Milosevic o en la España franquista. Ni concebimos ser españoles sin ser ciudadanos libres, autónomos y con mayores cotas de acceso al reparto de los bienes sociales, ni podríamos ser profesionales o artistas sin ejercitar la más absoluta determinación personal. Así es la base simbólica de nuestra cultura compartida y según ella tomamos cada cual, individual e íntimamente, la decisión de nuestra peculiar forma de vida. Cada yo busca, como mejor le parece, sus propios materiales identitarios de expansión, según las contingencias de tiempo y espacio que le tocan vivir, pero es uno mismo quien elige la propia partitura de su vida y la ejecuta.

Se llama ahora multiculturalismo al hecho de que en el seno del mismo Estado de derecho coexistan una cultura democrática, por ejemplo la nuestra actual, con otra u otras culturas no necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas de manera aparte y sin interactuar con él, estuviesen cohabitando conductas masivas de personas sin igualdad jurídica que interactuasen entre sí mediante recursos simbólicos de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad y derecho, sino de supeditación discriminante entre varón y mujer, mayor y joven, rico y pobre, clérigo y súbdito fiel. U otra cualquiera. Pero, por suerte, en España no existe multiculturalidad todavía aunque sí existen proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo. Cuantos hablan de que los inmigrantes son etnias piensan -lo quieran o no- en algo multicultural, piensan en que grupos enteros de gente inmigrante se coloquen aparte, en ghettos o reservas y mantengan ahí su modo de vida colectivo de allí. Pero a España no nos llegan etnias, sino personas singulares con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia, que quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas y otras y tengan orígenes culturales similares, cada persona llega con su propio proyecto, a intentar realizarlo. Y lo encara desde su cultura de origen, pero renovando constantemente sus interacciones con las personas de la cultura democrática para lograr triunfar personalmente.

Hay experiencias multiculturales que nos sirven para no repetirlas nosotros, como por ejemplo el tratamiento en los EE UU a las comunidades indias, a ciertos colectivos religiosos y, de facto, a la mayoría de la comunidad de origen africano esclavo. También Suráfrica decidió practicar la vida aparte de comunidades separadas unas de otras cuando los afrikánder de habla holandesa afrikaans decidieron que era mala para ellos la creciente tendencia a la amalgama entre blancos y negros. El doctor Verwoerd teorizó de esta manera en 1963 la necesidad de multiculturalismo: 'Podremos probar que sólo con la creación de naciones separadas la discriminación de hecho desaparecerá a la larga'. Se trataba, pues, de crear algo que no existía, potenciando institucionalmente la separación existente entre blancos y negros en los deportes, conciertos, playas, bibliotecas, iglesias, sistemas de educación, programas de radio o universidades. A. Brink, célebre escritor surafricano en afrikaans ha escrito en un artículo de 1970 (Cultura y Apartheid) que 'culturalmente, la premisa del apartheid fue que el desarrollo separado ofrecería iguales servicios para todos los grupos. Con la conservación de su 'propia' identidad, todos los grupos desarrollarían plenamente su potencial cultural y serían leales a su propio yo'. Y en su artículo desvelaba cómo 'la separación cultural ha significado carencia cultural para casi todos los grupos no blancos' y cómo la separación cultural fue teorizándose sobre la base de una impotencia física y racial de los negros respecto a los blancos. Plantearía, pues, un proyecto multicultural similar quien tratase hoy a los inmigrantes que nos llegan como si fuesen bloques compactos de culturas y no personas individuales con intereses particulares, aunque es verdad que con costumbres y recursos simbólicos a veces muy distintos de los nuestros.

Pero hay además experiencias históricas hispanas que no nos sirven. Por ejemplo, ante nuestro actual reto por integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad, el senador de Izquierda Unida nos propuso en la Comisión del Senado que el Toledo de las Tres Culturas era un buen modelo. Lo sentimos mucho, señor senador, pero no solamente el modelo toledano es irrepetible, sino que es inservible. No se repetirá nunca más porque en el Toledo de los siglos X o XIII coexistían unos junto a otros tres tipos de cultura no democrática ni igualitaria, sin ni siquiera conocer la palabra 'derechos humanos', que es muy moderna. 'Derecho', tanto entre cristianos, judíos y musulmanes, equivalía allá entonces a dominio o 'facultad para', 'jurisdicción sobre' y se ejercía como poder jerárquico entre señores y súbditos, patronos y aprendices, varones y mujeres, clérigos y fieles. Si bien hubo auténticos momentos de buen entendimiento entre determinados vecinos e incluso entre vecindarios, unos terminaron por expulsarlos a los otros de la ciudad. Los cristianos a judíos y musulmanes por cierto; precisamente porque el derecho era un símbolo del poder del más fuerte, eminente o superior. Y la fuerza física suele ser a la larga el único dirimente de los conflictos en ese tipo de sociedades. Y sin embargo, nuestras relaciones con vecinos y hasta vecindarios judíos y musulmanes hoy, tanto aquí como fuera, pero sobre todo aquí, pueden ser infinitamente mejores que las mejores de aquel Toledo. A condición de que la relación se estructure precisamente sobre la base de nuestros valores democráticos, es decir, reconociendo el derecho de todos a vivir según la misma ley para todos: la que nos facultará a cada cual ser ciudadanos todo lo diferente que queramos. Para juntarnos con quienes queramos a hacer el tipo de cosas que cada cual suele hacer en su casa o con sus amigos: sea comer y beber, rezar y adorar, jugar y divertirse, estudiar y discutir, planificar y proyectar el futuro, o bien hacer el amor y estar en el ocio más completo. En el Toledo democrático actual, con barrios y calles donde cohabitasen más o menos mezclados agnósticos, evangelistas, ateos, judíos y musulmanes en proporciones similares, nadie tendría el derecho de expulsar a nadie ni de molestar a nadie por mor de creencias religiosas, gastronómicas, éticas o estéticas.

El multiculturalismo es hoy una confusión teórica porque imagina que las relaciones son interétnicas, entre nosotros, los de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados en bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto más o menos consolidado de relación interétnica en agrupamientos separados, unos al margen de otros, el multiculturalismo sería una gangrena fatal para la sociedad democrática. Ni nosotros somos cultura mayoritaria ni los inmigrantes son etnias de cultura minoritaria; aquí, de momento y ojalá para siempre, sólo existe una cultura democrática, con bastantes taras y costumbres poco democráticas todavía, en la que ya están integrándose masivamente miles de inmigrantes que hacen en su vida privada lo que buenamente gustan sin menoscabar la dignidad ni el derecho de nadie, como hablar en sus lenguas, rezar a su dios o cubrirse con un pañuelo al ir al colegio.

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