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Recortes de Prensa    Lunes 18  Marzo  2002
Totorica, la esperanza
JUSTINO SINOVA El Mundo 18 Marzo 2002

La invención del multiculturalismo
MIKEL AZURMENDI. Catedrático de Antropología ABC 18 Marzo 2002

Del liberalismo
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 18 Marzo 2002

Las Fundaciones de San Millán de la Cogolla, Telefónica y FCC ultiman un portal para la investigación del español
Efe- Logroño .- La Razón 18 Marzo 2002

Cuestión de prestigio, no de imposición
Eusebio MURILLO La Razón 18 Marzo 2002
 

Totorica, la esperanza
JUSTINO SINOVA El Mundo 18 Marzo 2002

Por fortuna, la antorcha que tuvo que abandonar Nicolás Redondo, presionado por su propio partido, ha sido recogida por un hombre valiente y templado, el vizcaíno de 46 años Carlos Totorica, alcalde de Ermua, de donde era concejal Miguel Angel Blanco, asesinado por ETA con aquel ritual salvaje. Ahora falta que a Totorica lo secunden sus compañeros y se alce con el triunfo en el congreso del PSE-EE el próximo fin de semana.

El congreso que van a celebrar los socialistas vascos desborda los límites de un partido y se alza en asunto de urgente interés general, pues en él se va a decidir nada menos que la actitud del socialismo español ante el partido gobernante en Euskadi, el PNV, cuestión fundamental para el curso de los acontecimientos en esa región que el PNV quiere desgajar de España.

Redondo mantenía un firme gesto de exigencia al PNV, al que requería para que abandonara sus co- nexiones con el mundo etarra (demanda que PP y PSOE incluyeron en el Pacto Antiterrorista), para impedir que triunfe un día el chantaje de supeditar el fin del terrorismo al logro de la independencia. Tra- bajó en esa dirección honradamente hasta que fue derrotado por la presión de significados compañeros de partido (por cierto, con Rodríguez Zapatero de espectador).

Totorica representa hoy la misma esperanza de firmeza y coherencia, lo que se ve en sus primeros mensajes como candidato. Ha dicho que quiere liderar «la rebelión democrática contra ETA y contra el nacionalismo etnicista» (un caso de verdadera necesidad) y que pretende convertir al PSE-EE en «alternativa al PNV» (o sea, abandonar el absurdo complejo de que el PNV es inevitable, como si fuera el único partido en la historia eximido de estar en la oposición) y lograr «cerrar la transición» (es decir: alcanzar la libertad de que goza el resto de España, de la que carece Euskadi, como su compañero Javier Rojo acaba de recordar).

Es lamentable que los españoles tengamos todavía que explicar lo obvio: que padecemos el terror de un grupo (ETA) que lleva a cabo una limpieza étnica y política sin que otro grupo (el PNV) haga todo lo posible por evitarlo. En esta coyuntura, la mayor esperanza la encarna Totorica, dispuesto a la exigencia, el esfuerzo y la resistencia, junto con el PP, para lograr que Euskadi sea un país habitable. El asunto es de tal trascendencia que interesa dentro y fuera de Euskadi.

Totorica es hoy no ya una esperanza de Euskadi, sino una esperanza de España.

La invención del multiculturalismo
Por MIKEL AZURMENDI. Catedrático de Antropología ABC 18 Marzo 2002

«Multiculturalismo» es un concepto relativamente nuevo que no expresa que existan muchas culturas en el mundo ni  tampoco que existan muchas en convivencia en un sólo país, sino que fue pensado para referir un Estado-nación democrático cuyo pluralismo debía consistir en promover diferencias étnicas y culturales. Seguramente quien primero lo acuñó fue el Gobierno canadiense para referirse a su nueva política de finales de los años 60. Como comenzó por entonces a plantearse allá la cuestión del Quebec como nación diferente de la canadiense y con pretensiones de separación, el Gobierno se sacó de la manga el término «multicultural» para denotar las tres entidades sociales de la Federación, la anglófona, la francófona y la de los aborígenes (indios, inuits y mestizos de once grupos lingüísticos y unos 35 pueblos diferentes) que serían etnias compartiendo conjuntamente una única nación. Los francófonos se disgustaron del nuevo término porque ellos no veían la cosa así, sino que veían que Canadá era un conjunto de naciones diferentes, y el Quebec, la suya, era otra más y con derecho a constituir un Estado aparte. Sucedió por entonces que el Gobierno canadiense alteraba también su clásica política homogeneizadora de la inmigración, para tratar a los inmigrantes como si fuesen otras etnias más, fomentando institucionalmente ciertas diferenciaciones en razón de cada grupo de inmigrantes.

«Multicultural» fue, en consecuencia, un recurso semántico de un Gobierno con mala conciencia democrática que, para reformular la cuestión del Estado-nación y reorientar las prácticas forzadas de anglo-homogeneización, trataba al conjunto de ciudadanos por bloques o etnias separadas en razón de su origen u horizonte lingüístico y se comprometía a tratarlas como minorías, suponiéndose mayoría la anglófona. La confusión de ese concepto estribaba en sostener que el pluralismo debía crear ciudadanía diferenciada según segmentos, olvidando que es el recurso político de la sociedad libre que busca en la diversidad y el disenso no sólo la ocasión de enriquecer al individuo y también a la sociedad sino, además, la ocasión de hallar un consenso social sobre el que establecer el compromiso democrático, el mismo para todos. Porque dividirse en partes aisladas no es bueno por sí mismo; lo es sólo como modo de jugar un único juego común capaz de incrementar en común los bienes y derechos y de solucionar conflictos aplicando la regla mayoritaria. Aislarse para repartir derechos colectivos más allá de los individuales es imponer constricciones a los ciudadanos y abandonar la inclusividad entre iguales para caminar hacia el privilegio. Resultó así que, en aquella década de los 70, «multiculturalidad» empezó a ser referencia de un estado de cosas relativo a variadas ciudadanías segmentadas por territorio, lengua y hasta cierta peculiar historia que se hallan en un Estado democrático donde hasta a los inmigrantes se les trata en segmentos según su procedencia aunque ellos no lo requieran. El multiculturalismo afloró de inmediato en las aulas universitarias como asunto relativo a unas minorías culturales cuyos derechos no se satisfacían. Estas supuestas minorías fueron de inmediato ampliadas al colectivo de gays y lesbianas, mujeres y hasta discapacitados. La cultura pasó a entenderse sin rigor alguno como un hecho diferencial cualquiera que, por el hecho de serlo, ya exigiría su correspondiente derecho. Fue así como los Estudios Culturales de las universidades americanas se convirtieron en perspectivas ideológicas y políticas de búsqueda de hegemonía frente al sistema para colectivos supuestamente discriminados. A falta de proletariado como motor del cambio sociopolítico, los universitarios encontraron el género y la etnia, un singular dispositivo de repulsa del statu quo.

En lo que concierne a la inmigración, la pregunta que se hacen los multiculturalistas (y sigo aquí escrupulosamente a Will Kymlicka, uno de los más conspicuos y editados) es si deberíamos o no permitir que los inmigrantes recreasen entre nosotros sus propias culturas de origen. La respuesta que dan es que hacerlo así no sería ni incoherente ni imposible y hasta sugieren que los gobiernos podrían darles territorios específicos a los inmigrantes, proporcionándoles recursos y competencias para que creasen su propio gobierno según la pauta cultural de su país de origen. Incluso consideran imaginable y hasta justo estimular que determinadas poblaciones de inmigrantes se vengan a nosotros en calidad de colonos y haya que redistribuir las fronteras y las competencias políticas a fin de que se autogobiernen. Pero en un alarde de realismo, los multiculturalistas ya ven que los inmigrantes no vienen adonde nosotros a ejercer precisamente ese «derecho nacional» y por eso aceptan la integración social de los inmigrantes. Sin embargo tampoco son realistas del todo y no quieren reconocer que los inmigrantes vienen uno a uno a salir individualmente para adelante y a mejorar sus vidas personales y familiares, aunque para ello lleguen a menudo a olvidarse de su tierra y de sus costumbres. Y, con suerte, hasta suelen llegar a desvincularse de un pasado comunitarista a veces bastante opresor y miserable. Pero eso no lo quieren ni oír los multiculturalistas y defienden que el inmigrante es un ser que pertenece (por nacimiento, religión o sexo) a alguna etnia, en consecuencia «minoritaria», y que la sociedad «mayoritaria» debe adaptarse a los inmigrantes de la misma manera que éstos a aquélla. De ahí que divaguen sobre supuestos derechos poliétnicos en función del grupo, como el derecho de los judíos y musulmanes a que se les exima de la legislación acerca del cierre dominical de los comercios o el derecho de los sijs a que se les exima de las leyes relativas al uso del casco para circular en moto o para entrar en el ejército. Su teoría supone que esos grupos se verían en situación de desventaja social caso de no ser eximidos del cumplimiento de la ley.

Como la integración de los inmigrantes es un proceso que requiere tiempo, los multiculturalistas como W. Kymlicka exigen acomodos transitorios de base, al menos los mismos que tradicionalmente se ofrecieron a las minorías etnoculturales, de manera que haya programas de discriminación positiva; que nuestras reglas, estructuras y símbolos institucionales no les pongan a los inmigrantes en desventaja; que se les reserven escaños específicos según los diversos grupos; que se revisen los programas y horarios de las escuelas públicas y de los empleos a fin de acomodarles según sus propias fiestas; que se financien públicamente estudios étnicos de los inmigrantes; que los servicios públicos les sean prestados en su propia lengua materna o que la educación escolar del inmigrante sea en todo bilingüe. En fin, estas medidas las apoyan además en otra idea de tercermundismo políticamente correcto que dice así: «Si la distribución internacional de recursos fuese justa, entonces sería razonable que los inmigrantes no pudiesen reclamar en derecho recrear su cultura societal en su nuevo país. Pero la distribución internacional de recursos no es justa, y hasta que no se resuelva esta injusticia, quizá los inmigrantes de los países pobres deberán poder recrear su cultura societal entre nosotros». Si ya es discutible sostener que el mal que sufren allí no tiene nada que ver con la cultura de los de allí, resulta infantil suponer que, trasplantada aquí, aquella cultura obraría el milagro de mejorarnos a todos.

El proyecto multiculturalista parte, pues, de que la integración del inmigrante debe ser fraguada como un resurgir étnico y de fortalecimiento de la identidad étnica.

Del liberalismo
FRANCISCO UMBRAL El Mundo 18 Marzo 2002

Algunos columnistas venimos observando que la derecha española se está tomando libertades propias de la izquierda, mientras que la izquierda incurre en viejos vicios de la derecha y los conservadores. Y digo columnistas porque estos matices más sutiles del devenir político no son los que interesan al analista oficial, de modo que somos nosotros, la retaguardia periodística en posición de vanguardia, quienes ponemos el énfasis en detalles y sinuosidades que de otro modo pasarían inadvertidos.

Así, por ejemplo, uno viene repitiendo que las aventuras y mejoras sociales del capitalismo han sido robadas o mimetizadas en los programas del socialismo, que a su vez hace concesiones capitalistas para no perder la circunstancia. La reciente Cumbre de Barcelona es buena prueba de que las derechas europeas, hoy centro derecha, han tirado a gol con iniciativas audaces y eminentemente sociales, como las que España, un suponer, ejercita aquí dentro: supresión de la mili, revolución de la enseñanza, revisión y mejora de las televisiones con programas tan de éxito como Operación triunfo (un encuentro afortunado con la juventud más joven) o Padre Coraje, una crítica muy cruda del provincianismo y la ineficacia de cierta Justicia española.

Para estas revoluciones interiores, que luego repercuten en movilizaciones intelectuales como la Cumbre de Barcelona, se ha encontrado la cobertura lingüística más brillante y aceptable: liberalismo. Todos estamos haciendo liberalismo, a derecha e izquierda, porque la raíz de esta palabra es libertad, y eso siempre suena bien. El liberalismo sirve para realizar aperturas espectaculares hacia la izquierda o hacia la derecha, y también para fingirlas.

El momento, pues, es de gran confusión pero tiene climatológicamente, intelectualmente, la confusión esperanzada de lo nuevo, de lo valiente, de lo agresivo. Alguien ha comprendido en algún sitio que no se puede seguir siendo un capitalista de Balzac ni un socialista de Lerroux. Mediante sustracciones sutilísimas, unos y otros acaban aplicando el mismo programa, tomado del enemigo, con lo que forzosamente acaban coincidiendo en muchas cosas. No se trata de abolir la lucha de clases sino de llevarla adelante con mejores modales. El nacionalismo era la piedra fundamental de la derecha conservatista, la justificación de todos los excesos y todos los arbitrismos. Hoy, el nacionalismo se ha vuelto vengativo, violento, rencoroso, localista, y es la derecha frívola y liberal la que tiene que suprimir todo eso con un golpe de abanico o un revoleo de minifalda. Ser nacionalista hermético es ya como ser hincha hermético del Alcoyano.

Quiere decirse que tendemos a una relajación de los fundamentalismos derecha/izquierda, a un entendimiento que nace de un desvalijamiento. El socialismo ha mimetizado a la democracia, la democracia al liberalismo, el liberalismo al internacionalismo capitalista, éste al internacionalismo socialista, y así es como circulan las ideas y los hechos por la Europa actual. Situación de gran fluidez en la que podemos hundirnos o salvarnos, y única respuesta posible al nacionalismo terrorista e integrista que quiere volver a incendiar Roma, quizá sólo para montar una verbena en el Coliseo.

Las Fundaciones de San Millán de la Cogolla, Telefónica y FCC ultiman un portal para la investigación del español
Efe- Logroño .- La Razón 18 Marzo 2002

Las Fundaciones San Millán de la Cogolla y de Telefónica y la empresa Fomento de Construcciones y Contratas (FCC) ultiman la preparación de un portal en Internet, que será «una herramienta de investigación, trabajo y difusión del español», según la coordinadora de la primera, Almudena Martínez.

La coordinadora general de la Fundación emilianense, de la que es presidente de honor el Príncipe de Asturias, añadió que la previsión es que este portal sobre la lengua española funcione a lo largo del próximo mes de abril.
Este portal, que sustituirá al actual web de la Fundación San Millán, que es «muy sencilla», permitirá «difundir y potenciar el conocimiento y las investigaciones sobre el castellano» en distintas áreas. El portal, que también incluirá las actividades y los trabajos de investigación de la propia Fundación San Millán, facilitará el acceso, en una primera fase, a cien destacados libros y documentos de la Biblioteca del Monasterio emilianense de Yuso, cuyo proceso de digitalización se efectúa en la actualidad.

Esta digitalización, patrocinada por la Fundación Telefónica, contempla tres fases, sin que aún se haya determinado el número de libros de la Biblioteca, a la que no se puede acceder habitualmente, que se incluirán en las dos restantes, añadió Almudena Martínez. La selección de esos primeros cien libros la efectuó una comisión formada por expertos, quienes eligieron, fundamentalmente, los más destacados por ser únicos, por ser singulares y extraordinarios, aunque, dijo, no se podrá acceder a la totalidad de los fondos de la Biblioteca, pero sí se permitirá efectuar un «menú a la carta».

La empresa FCC, que colabora con la Fundación San Millán, patrocinará en el portal una sección sobre «Lengua y cultura en español», en la que efectuarán aportaciones las distintas Reales Academias que existen en territorio español y el Instituto de España, que es el organismo que las agrupa. Estas Reales Academias prevén volcar a este portal en la Red, entre otros documentos, sus respectivos diccionarios, libros que no se encuentran en el mercado y diversos trabajos de investigación.

Cuestión de prestigio, no de imposición
Eusebio MURILLO La Razón 18 Marzo 2002

La historia de las lenguas va ligada a la historia de los hombres, evidentemente; pero a veces se yerra al juzgar los motivos de la expansión de las mismas o de su retroceso. Con frecuencia se piensa de una lengua, que las razones políticas son decisivas para conseguir uno u otro efecto, como si esta experiencia la pudiéramos llevar a cabo en un laboratorio, despreciando lo que piensen o sientan los hablantes sobre los que se va a incidir, como si estos fuesen mudos, como si no tuviesen ya «su» lengua.

No hay más que ir a la Historia para comprobar que en la Península Ibérica, en el s.V, habíase ya producido una unificación de todas las hablas prerromanas en lo que los filólogos llaman el latín vulgar. Esta «romanización» fue tan profunda, que la presencia de nuevos conquistadores de habla germánica (suevos, vándalos, alanos y visigodos) no consiguió en dos siglos borrar. Tampoco los invasores árabes, cuyo número fue considerablemente mayor, como su presencia de ocho siglos entre nosotros, consiguieron imponer políticamente la suya.

Cuando España coloniza el Nuevo Mundo americano, Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera Gramática Castellana en 1492, aconseja a la reina Isabel la Católica aquella idea de que la lengua es compañera del Imperio. Pese a ello, los reyes españoles intentaron ser respetuosos con las lenguas aborígenes, y así Felipe II, se negó a poner su firma en una cédula que obligaba a la enseñanza del español a los indígenas. Sin embargo sabemos que, en pro de la eficacia y por problemas de limitación (era imposible para los evangelizadores aprender los centenares e incluso miles de lenguas precolombinas existentes), los españoles intentaron imponer por razones políticas y de fuerza su lengua a aquellos pueblos, pero no lo consiguieron.

De hecho, después de la presencia española en América, en 1810; cuando estos países accedieron a la independencia sólo había unos tres millones de hispanohablantes (menos de la cuarta parte de la población). Precisamente la hispanización lingüística de esos países se produce después de la retirada de España.
Pongo este ejemplo para demostrar de cuán poco valor son las imposiciones políticas en el terreno lingüístico. Franco, tras la fuerte represión del catalán, consiguió lo contrario de lo que se proponía: creó una fuerte defensa de los catalanes sobre su lengua reprimida. Por tanto, ¿piensan que es serio decir que el catalán corre peligro de extinción, cuando se estimula su uso desde todas las instituciones públicas y privadas, desde 1976? Lo que sí es un peligro para el catalán es que se intente su imposición indiscriminada, silenciando a la vez la lengua común española; porque todo lo impuesto a la fuerza, es rechazado de plano.

Y mucho me temo que el hartazgo de inmersión lingüística del catalán en la escuela esté produciendo en ese 70% de escolares, los castellanohablantes, un rechazo de incalculables consecuencias en el futuro, cuando sean conscientes de esa represión. ¿Cuánto mayor prestigio, simpatía e incremento de hablantes de la lengua catalana hubiéramos conseguido, si la enseñanza se hubiera mantenido respetando el bilingüismo real de la sociedad!
Pensando en ese prestigio del catalán como idioma voy a continuar dando ejemplos de esa huella que son los «préstamos» que ha dejado el catalán en el castellano a través de los siglos:
En el valle de los Pedroches en la comarca de la Sierra de Córdoba, hay vivos numerosos catalanismos que ya cité días pasados; agregaré otros ejemplos: Escafador era la olla alta, de chapa, que estaba todo el día al fuego para calentar el agua. Cantero (del cat. «cantó», esquina), es la «costra» del pan redondo dividido en cuatro secciones. Socaire, se utilizaba entre nosotros con preferencia a «parapeto» o «resguardo» procede del mundo marinero, es un lugar para guarecernos del viento. El cántaro, vasija de transporte y conservación del agua fresca, cuando estaba roto por el borde, decíamos que estaba voriquicado (del cat. «vora», borde, orilla). Las bestias de labranza, tirando del carro o del arado, cuando iban por un terreno empapado o pantanoso se atollaban (se usa también en castellano, pero procede del cat. toll, poza de un río, zona fangosa). Al «vestirnos de limpio» cada semana, la ropa interior era la muda; exactamente coincide con la expresión anar mudat que hace cincuenta años significaba llevar ropa limpia y ahora más bien «llevar ropa elegante, de domingo»; y aunque en castellano también exista desde siempre, se utilizan otras expresiones como la que encabeza este ejemplo o «juego de quita y pon» para indicar un solo juego de ropa (una «muda»).

Veamos ejemplos de diferentes campos semánticos: Siguiendo con el mundo marinero son catalanismos: buque (cat. buc), nao, anguila De la rama del trabajo tenemos, junto a tecnicismos como: grúa, otros como faena, jornal y salario, (algo debe indicar esto sobre la importancia que siempre tuvo en esta tierra el trabajo a sueldo); hasta la misma peseta es catalana.

De la industria textil, retal (cat. «retall», recorte) es el trozo de tela que queda de una pieza. De la química vinagre (cat. vi agre, vino agrio). Y muchos ejemplos más que iremos desgranando, pero que, por hoy, tenemos que dejar en el tintero.

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