AGLI

Recortes de Prensa    Sábado 23  Marzo  2002
Los motivos de la Bestia
JUAN MANUEL DE PRADA ABC 23 Marzo 2002

La interpretación
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC  23 Marzo 2002

Una ley para la democracia
Editorial La Razón  23 Marzo 2002

Más de lo mismo
Lorenzo CONTRERAS La Razón  23 Marzo 2002

El PSE y el falso centro vasco
EDURNE URIARTE, profesora de Ciencia Política de la UPV ABC  23 Marzo 2002

Sin principios
FERNANDO ONEGA El Mundo  23 Marzo 2002

La lógica llevada a los tribunales
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  23 Marzo 2002

Encrucijada socialista
FRANCISCO JOSÉ LLERA RAMO. Catedrático y Director del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UPV ABC  23 Marzo 2002

Redondo Terreros, acosado por todos los frentes
E. L. P. - Madrid.- La Razón  23 Marzo 2002

En abril, aguaceros mil
Fernando JÁUREGUI La Razón  23 Marzo 2002

Pendientes del congreso
EDITORIAL Libertad Digital  23 Marzo 2002

Contra los liberticidas
Editorial El Correo  23 Marzo 2002

Un binomio necesario
Ignacio Villa Libertad Digital  23 Marzo 2002

El fracaso del PNV
Enrique de Diego Libertad Digital  23 Marzo 2002

Ilegalizar lo ilegítimo
Editorial El País  23 Marzo 2002

Muerte, congreso y resultados
JOSÉ MARÍA CALLEJA/ El Correo  23 Marzo 2002

Juan Priede, asesinado por ETA
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL/ El Correo  23 Marzo 2002

Miles de personas se alzan contra ETA en la manifestación multitudinaria de Orio
M. MARÍN | San Sebastián El País  23 Marzo 2002

Once mil sentencias
Redacción - Barcelona.- La Razón  23 Marzo 2002

La exclusión de los españoles en Cataluña
Nota del Editor  23 Marzo 2002

Los motivos de la Bestia
Por JUAN MANUEL DE PRADA ABC 23 Marzo 2002

Ocurre, cada vez que una vida es cercenada, que los hombres, atribulados y confusos, tratamos de encontrar una explicación más o menos consoladora a un hecho que desafía nuestra inteligencia. La muerte, que nos desconcierta incluso cuando la dicta la naturaleza, nos desazona y exaspera cuando la promueve arbitrariamente otro hombre. El horror al vacío, ese hueco de angustia que dejan los cadáveres en su derredor, nos subleva hasta extremos de desesperación. Entonces tratamos candorosamente de imaginar los motivos del asesino, tratamos de meternos en su pellejo y de vislumbrar, siquiera por un instante, ese pudridero de abyectas pasiones donde fermenta su resolución de matar. Incluso cuando ETA, esa Bestia que no cesa, mata a un inocente tratamos de descifrar sus motivos.

Olvidamos, sin embargo, que el Mal es indescifrable: en sus engranajes mentales no interviene la resolución más o menos alevosa del criminal; tampoco el rigor administrativo que justifica al verdugo; ni siquiera ese residuo de atavismo atroz que, en las religiones primitivas, guiaba el puñal del sacerdote encargado de ofrendar sobre el ara la sangre de las víctimas expiatorias. La Bestia no entiende la muerte como un apetito fatal de venganza, ni como un resarcimiento, ni siquiera como un rito ancestral y crudelísimo. La Bestia mata por nada, para nada, con esa gratuidad esmeradamente autista de quien se halla fuera del mundo, encerrada en una burbuja aséptica y blindada a la que ni siquiera alcanza el clamor de la sangre derramada, el sabor amargo de las lágrimas vertidas, el silencio luctuoso de los que sufren sin entender las razones de su sufrimiento. La Bestia vive en la Nada, en la perfecta ingravidez de la Nada.

Aspirar a descifrar los motivos por los que el concejal Juan Priede ha sido asesinado constituye una tarea estéril. Pese a ello, con una testaruda ingenuidad más propia de mulas que de hombres, proponemos hipótesis diversas: que si la Bestia trata de acobardar o desunir a los demócratas, que si intenta reventar con la dinamita del miedo la entereza de los socialistas... ¿Cómo es posible que, después de mil asesinatos fundados en la más cobarde discrecionalidad, en la más aleatoria de las sinrazones, en la más atroz gratuidad, sigamos erre que erre, tratando de explicar unos crímenes que nacen del más puro anhelo de imponer el Mal? ¡Cuánto divertirá a los ejecutores de Juan Priede nuestras cábalas atolondradas, nuestros esfuerzos por zambullirnos en ese lodazal donde reptan las serpientes del terror! ¡Qué carcajadas tan orondas y satisfechas resonarán en esa burbuja aséptica y blindada donde la Bestia ha establecido su residencia!

Nada regocija tanto a la Bestia como comprobar que aún insistimos en indagar unos motivos desquiciados que ella misma renunció a comprender hace mucho tiempo. La Bestia ha elegido la soledad sordomuda y triste de quienes siguen matando para fingir que aún están vivos, que aún defienden una causa, que aún están en el mundo. Mientras tanto, los ilusos y los débiles siguen indagando los motivos de su descontento e intentando agradar a la Bestia con tibias renuncias y claudicaciones vergonzantes. Pero la Bestia, encerrada en su burbuja de irrealidad, ya sólo asesina por rutina, por despecho, por hastío; algún día, descubrirá que está fuera del mundo, enclaustrada en una burbuja en la que sólo se respira el aire infectado del Mal, el aire mil veces inspirado que algún día la matará por asfixia. Que nadie intente explicarse los motivos de la Bestia; y pidamos un día más de vida, para contemplar su agonía en la apoteosis de la soledad.

La interpretación
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC  23 Marzo 2002

Como proclama una vieja máxima jurídica, lo que es claro no necesita interpretación. Los crímenes de ETA merecen condena, mas no son merecedores de un análisis que vaya más allá de la constatación de su única sinrazón de ser: la eliminación de todos los que se oponen a su proyecto totalitario. Vincular el crimen de anteayer con el Congreso socialista es tan natural por la proximidad de los acontecimientos como trivial. Ni ETA necesita la celebración del congreso de un partido para matar, ni importa si quiere influir o no en su desarrollo o en qué sentido. Eso es tanto como humanizarla y tratarla como si fuera un sujeto político. Ni sé ni me importa si ETA y Batasuna prefieren un PSOE claudicante con el PNV o la unidad en soledad de los nacionalistas. Lo único que importa es que forman un grupo revolucionario y totalitario de izquierdas, que utiliza una coartada nacionalista. Le cuadra perfectamente, pues, el calificativo de nacional-socialista, mas no el de fascista. Es un totalitarismo cuyos principales enemigos son España y la democracia libertad, la vida, la libertad y la dignidad. No entro en más cábalas ni exégesis. Decida lo que decida el PSE en su Congreso, seguirá en el punto de mira asesino de ETA, como el PP, como todos quienes se oponen a su proyecto totalitario. Y es mucho más relevante lo que suceda en el Congreso que los cálculos que albergan mentes asesinas, cuyo propósito es tan cristalino como sus métodos.

Si una amenaza como la que encarna el terror etarra no es capaz de poner de acuerdo a sus víctimas, a todos los partidos democráticos (el que no se sienta amenazado que extraiga las consecuencias), es que nada puede ponerlos de acuerdo. Si no lo logra el instinto de supervivencia y el apego a la vida, no lo lograrán el deber, la dignidad o la lucidez política. Se me dirá que hay acuerdo en el fin y discrepancia sólo en los medios, pero habría que recordar que en política son los medios los que justifican el fin. No se trata tanto de atribuir responsabilidades en este trágico desencuentro sino de constatar una cuestión de hecho. ¿Cómo se va a lograr alcanzar la unidad de todos los partidos democráticos si uno de ellos, el segundo en tamaño, no logra alcanzarla en su propio seno? Al menos, hasta ahora.

El problema no es que existan tres candidatos a la secretaría general, cosa irreprochable democráticamente y normal en una situación normal. El problema es que quienes padecen la más criminal de las cacerías no se pongan de acuerdo en la naturaleza del cazador ni en la forma de combatirlo y se acojan al bizantinismo ridículo consistente en discutir el sexo del PNV y tratar de discernir, mirando a la esfinge de Arzalluz, si ha cambiado o no de actitud, en lugar de luchar codo con codo con el PP contra ETA y Batasuna. Por eso el resultado del Congreso de este fin de semana es decisivo tanto para la supervivencia del PSOE como partido con un proyecto nacional como para el futuro de la España unida y constitucional. Para saber lo que hay que hacer no es preciso mirar a ETA e indagar sus preferencias, que son obvias, la destrucción de España, la democracia y la Constitución, sino optar por el candidato y la estrategia política que conduzcan a la unidad con el PP y con los demás partidos nacionales democráticos, si es que hay otros, aunque pudiera resultar contraria al interés de aislar al partido que gobierna. Éste, acierte o no, y pienso que acierta, se encuentra unido en su actitud hacia el terrorismo. Para restaurar la unidad con el PSOE, es condición inexcusable que éste se encuentre unido. La primera unidad antiterrorista que hay que conseguir es, pues, la de los propios socialistas. El problema es que no resulta claro que la voluntad de los dirigentes del partido consista en recomponer la unidad con el PP. Hay ocasiones en las que la letra no entra ni con sangre.

Una ley para la democracia
Editorial La Razón  23 Marzo 2002

El Consejo de Ministros aprobó ayer el proyecto para la reforma de la Ley de Partidos Políticos, elaborado con el acuerdo del PSOE en el seno del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. No hay duda de la oportunidad de presentar una modificación legal que, como la prevista, proporcione a los jueces las armas necesarias para deslegalizar a quienes defienden y apoyan el terrorismo y otras actividades orientadas a acabar impunemente con el sistema democrático de libertades. Se trata por ello de una norma necesaria para garantizar la defensa de los principios democráticos y el imperio de la legalidad. Pero, además, es una clara consecuencia del clamor social de los ciudadanos que hemos asistido a lo largo de demasiados años, tristemente curados de espanto aunque no de indignación, a espectáculos tan bochornosos como los homenajes públicos a los asesinos etarras; el pago de subvenciones a sus cómplices; la presencia en los parlamentos de etarras con las manos aún manchadas de sangre; el acoso permanente y tantas veces mortífero contra quienes no son nacionalistas; la sangría en todos los sentidos que supone el terrorismo callejero o el último y cruel insulto de las bravatas batasunas ante el cadáver aún caliente de sus víctimas.

Era más que evidente la necesidad de una norma que impusiera claridad en el sistema legal y, sin recurrir a recortes en las libertades o crear normas propias de estados de excepción, proporcionar a los tribunales las armas necesarias para desatar el nudo gordiano creado en base a una leyes creadas desde la buena fe y el espíritu más libre, y que ahora son usadas de forma torticera para proteger al brazo político de la banda etarra. El hecho de que deba ser el Tribunal Supremo quien declare ilegal un partido que vulnera los derechos fundamentales o propicia el odio y la violencia, debe ser garantía de legalidad de una norma que han sido bien recibida entre jueces y fiscales de todos los ámbitos.

El Estado de Derecho se defiende con este proyecto, que el Gobierno enviará al Congreso, no sólo de las siglas de un partido, sino de la criminalidad que pueda haber en él. Así, deslegalizar a Batasuna será lo mismo que hacerlo con Herri Batasuna o Euskal Herritarrok u otro nombre bajo el que quisiera ampararse, pues a partir de ahora no bastará el cambio de siglas para que los sicarios y sus cómplices eludan o retrasen la acción de la justicia.
El proyecto es, además, una piedra de toque que permite medir las reacciones de los distintos partidos. A nadie extrañará que Arzallus vea en él oscuros fantasmas y monte en cólera ante una norma que amenaza con dejarle sin las nueces del árbol que agitan los asesinos, y le obligue incluso a medir sus propias palabras.

Pero sí extraña, y de modo alarmante, que personalidades del socialismo vasco rechacen una reforma legal impulsada desde su propio partido y pongan piedras en el camino. Es de esperar que desde el PSOE se advierta a tiempo a sus representantes que en la defensa del Estado de Derecho no puede haber discrepancias oportunistas o electoralistas y que cuando se habla de «persecución fascista» o «limpieza ideológica» no puede existir la menor duda acerca de los principios que es preciso defender. La simple postura de equidistancia entre los que asesinan y quienes son víctimas inocentes, resulta inadmisible. Como lo es también la cacicada equidistante del presidente de la Comunidad autónoma del País Vasco, Juan José Ibarreche, al marginar al PP de la cabecera de la manifestación en protesta por el asesinato del último concejal socialista, en lo que es un intento miserable de situar en un mismo plano de enemigos políticos, aunque opuestos, a Eta y al PP.

Más de lo mismo
Lorenzo CONTRERAS La Razón  23 Marzo 2002

En plena incoación del proceso político para deslegalizar a Batasuna y en vísperas del congreso socialista que ha de elegir al nuevo líder del PSE, en sustitución de Nicolás Redondo Terreros, Eta ha cometido un nuevo asesinato, nuevo en el sentido numérico, pero clásico o sin visos de ofrecer lo que se dice novedad. No hay, en efecto novedad, ni en los hechos ni en las actitudes circundantes ¬incluida la de los batasunos¬ ni en las palabras que se pronuncian ni en los comunicados que se emiten. Nada de nada que no sea más de lo mismo. Dentro de una o dos semanas, cuando el congreso de los socialistas vascos se haya celebrado, se estará en lo de siempre, es decir, a la espera de nuevas acciones etarras cuando la banda pueda o su estrategia le dicte perpetrarlas.

Al igual que en el intento de eliminar a Gemma Zabaleta, el elegido ha sido otro socialista de su tendencia, otro partidario de ir reduciendo distancias con el PNV. Si el crimen facilita o no la cohesión de la militancia dentro del PSE es algo que pertenece al resbaladizo terreno de las conjeturas. Si vuela puentes de aproximación a los nacionalistas no violentos o los fomenta, pura especulación. No habrá cambio del panorama hasta que Eta no asesine a algún nacionalista cualificado del PNV o de EA, o a un miembro distinguido del clero o incluso sin distinguir.

Se proyecta deslegalizar a Batasuna, y del PNV sólo emana hasta hoy una desconfiada reserva que no promete la más mínima solidaridad con el Gobierno. Sin embargo, a Batasuna desaparecida como organización legal, votos que tenderán al nacionalismo. Pero mientras el proceso se sustancia, y aparte de las explicaciones apriorísticas de Joseba Eguíbar sobre la intención peneuvista de «no engordar» a costa de Batasuna, sólo se aprecia una clara reacción negativa del poder nacionalista establecido. Léase Arzallus.

No hay motivos para pensar fuera de las coordenadas del realismo. Eta, con su brazo político fuera de la ley o dentro de ella, no dejará de llevar la manija. Le sigue marcando el paso al nacionalismo no violento y puede, con tregua y sin tregua, radicalizarlo. Cualquier cosa menos moderarlo. Mientras tanto, los muertos periódicos son pura anécdota. Dolorosa, pero anécdota. Es una parte del paisaje, como las figurillas de las maquetas.

El problema de la protección personal de los amenazados ya no es, salvo en lo humano, la cuestión esencial. Lo esencial, políticamente hablando, es el peligro de deserción del combatiente democrático. No hay mucho margen, casi ninguno, para el heroísmo. La «limpieza ideológica» buscada por los asesinos es un proyecto con bastante futuro. El candidato a concejal, para empezar por la zona más desprotegida, se va haciendo cada vez más problemático. En esto no se puede contratar a emigrantes.

El PSE y el falso centro vasco
Por EDURNE URIARTE, profesora de Ciencia Política de la UPV ABC  23 Marzo 2002

El asesinato del concejal socialista Juan Priede Pérez en las vísperas del Congreso del Partido Socialista no sólo ha introducido más dolor, tensión e incertidumbre en las filas socialistas, sino que ha hecho aún más clara, no sólo la trascendencia de este Congreso, sino la incongruencia de quienes pretenden situarse en una especie de tierra de nadie supuestamente centrada, como si el terrorismo fuera accesorio, o como si el PNV no tuviera una clara responsabilidad en la prolongación de la anormalidad vasca.

Si Patxi López triunfa, que nadie se engañe, el PSE pactará con el PNV, pondrá en serio peligro el Pacto Antiterrorista, y alejará la posibilidad de una alternativa al nacionalismo en el País Vasco. Si lo hace Carlos Totorica, el PSE reforzará su estrategia de construcción de una alternativa al nacionalismo y mantendrá el Pacto Antiterrorista hasta que ETA sea totalmente derrotada.

Dada la situación del País Vasco, tan cruelmente clara de nuevo tras el asesinato de Juan Priede, lo sorprendente es que la posición de Patxi López parta con al menos la mitad de los apoyos. O quizá es precisamente esa situación, de anormalidad democrática, de miedo y de tensión, la que explique que una posición como la de los partidarios de López tenga esos apoyos.

Sólo en esta anormalidad democrática en la que cualquier constitucionalista puede ser asesinado por el mero hecho de serlo, se puede entender que un partido de oposición renuncie a ser oposición y se apreste a sostener el poder nacionalista que gobierna desde hace más de veinte años en el País Vasco. O que se empeñe en inventar cambios en el PNV cuando este partido no ha renunciado en ningún sitio al Pacto de Estella. O que mantenga que el PNV debe seguir necesariamente en el Gobierno aunque no haya sido capaz en veinte años de acabar con ETA y con la impunidad de su brazo político.

Y sólo la anormalidad democrática hace explicable que una alternativa sustentada en una quimera tenga serias posibilidades de ganar en el congreso de un partido con la tradición y raigambre histórica del Partido Socialista de Euskadi. Porque el discurso de López y Eguiguren gira alrededor de una quimera, la del centro vasco, la de esa supuesta posición intermedia entre el PNV y el Partido Popular que Patxi López dice que quiere ocupar. Otra cosa es que la quimera sea un mero sueño, una invención interesada o fruto de la confusión.

Probablemente, hay algo de las tres cosas. Hay mucho de confusión sobre los conceptos de izquierda y derecha, bastante de interés para la ocupación de cargos institucionales, y mucho de sueño para imaginar como real una situación que no existe. A estas alturas, no hace falta ser un experto en política vasca para saber que la división tradicional entre izquierda y derecha que aún articula la estructura de los partidos en los países democráticos no tiene apenas sentido en el País Vasco. Porque el eje sobre el que gira, casi en exclusiva, la política vasca, es el del nacionalismo-españolismo.

Pero resulta que el único centro imaginable en ese eje es el de la defensa de la Constitución y el Estatuto, y, en estos momentos, el Partido Socialista sólo puede encontrar a un partido cerca de ese centro que es el Partido Popular. Porque en el extremo de lo que podríamos llamar un españolismo máximo, no hay nadie. Pero en el otro extremo, en el del independentismo, sí lo hay. Está Batasuna, y están el PNV y EA desde que han incorporado la autodeterminación-independencia a sus programas.

Ahora bien, incluso este único eje de la política vasca tiene un sentido relativo porque queda en buena medida anulado por la prioridad del terrorismo, que es el problema fundamental sobre el que deben articular propuestas los partidos políticos vascos. Y resulta tremendo que tengamos que asistir a un nuevo asesinato para tener presente que cualquier política que se haga en el País Vasco debe girar prioritariamente sobre la lucha contra el terrorismo. Y frente al terrorismo, no hay centros posibles desde la democracia. O se combate el terrorismo o se permite su perduración, bien justificándola, bien mirando hacia otro lado, o bien no actuando desde las instituciones.

En este contexto, la propuesta de Patxi López de alejamiento del Partido Popular y de apertura hacia los «cambios» en el PNV, no lleva a la ocupación de ningún punto intermedio, sino al acercamiento al extremismo nacionalista, y a la posición Elkarri de diálogo con los terroristas que anteayer han vuelto a asesinar a un socialista.

Otra cosa es que López ni siquiera reconoce explícitamente esta posición, y que su discurso está lleno de ambigüedades y divagaciones. Y lo está por dos cosas. Porque López no tiene un discurso propio, y el que tiene es el de Eguiguren, y porque incluso López es incapaz de defender abiertamente una posición de renuncia a la oposición y entreguismo al nacionalismo dominante.

Dicen algunos que López tiene la organización y que Totorica tiene la ideología y el discurso. Es una buena descripción de los dos candidatos y de las dos posiciones que se enfrentan este fin de semana. Porque la fortaleza de la alianza entre López y Eguiguren se basa en el importante control sobre el aparato que ambos suman y en el conjunto de intereses y ambiciones que sostienen el discurso ideológicamente imposible del abrazo con el nacionalismo.

Totorica tiene la ideología y su discurso es nítido: construir una alternativa al nacionalismo etnicista y derrotar a ETA manteniendo la firmeza del Pacto Antiterrorista. No tiene el control del aparato que tiene López, pero su claridad y autenticidad le pueden atraer los apoyos de bastantes delegados indecisos y conscientes de la debilidad del liderazgo de López que a corto plazo dará de sí algunos acuerdos más o menos cómodos con el PNV, pero a medio plazo provocará una huida de votos socialistas hacia el PP, y, sobre todo, un fortalecimiento del poder nacionalista.

La política vasca es, en el fondo, quizá demasiado sencilla, porque gira en torno a dos claves conectadas, la articulación de la lucha contra el terrorismo y el debate sobre la autonomía y la independencia. Pretender inventar nuevas posiciones equidistantes en ese debate es una huida de la realidad y una irresponsabilidad que, en definitiva, tan sólo puede beneficiar los nacionalistas que siguen sacando rendimientos de esta confusión y a los que esta semana han vuelto a asesinar a un ciudadano vasco más.

Sin principios
FERNANDO ONEGA El Mundo  23 Marzo 2002

Cada vez que matan a un concejal, vemos la misma escena: los ediles batasunos se niegan a condenar el crimen. La víctima era su compañero.Habían hablado. Habían hecho acuerdos municipales. Pero se niegan a condenar su muerte. Los vecinos que asisten al Pleno, llenos de valor cívico, les increpan y les llaman «asesinos». Los concejales cómplices de ETA reaccionan siempre de la misma forma. No se inmutan. No replican. No hacen un gesto. Resisten la bronca popular como si no la escucharan. A veces, un vecino les hace frente, pero tampoco le responden. En Orio sólo respondieron a un gran demócrata que se llama Javier Rojo: le llamaron fascista. «Eres un fascista». Eso le dijeron los cómplices de quienes pasan por las armas a quien piensa de forma distinta.

Hay algo peor que morir: ver que tus compañeros de representación aplauden tu muerte. Y yo me pregunto: ¿qué harán, qué pensarán los votantes de Batasuna? ¿Por qué la siguen votando? En cualquier lugar puede haber un asesino. Pero una parte de la sociedad está enferma, malherida, sin principios morales, cuando respalda con su voto secreto a los cómplices del crimen. Ese es el drama del País Vasco: a los miles de ciudadanos que dan apoyo social al terrorismo les han quitado los principios morales. La vida, derecho fundamental de la persona, no vale nada. Ni tiene la menor importancia una familia destrozada.

Ahora, los dos partidos cuyos cargos públicos son cazados como pajarillos harán una ley que permitirá disolver Batasuna. Será suficiente no condenar un atentado. Es una decisión de dignidad mínima. Es lo menos que puede hacer un Estado de Derecho. Estremece asomarse a unas elecciones locales, donde quienes gritan «¡viva la muerte!» se puedan presentar alegremente en todos los municipios, mientras los demócratas se enfrentan al tiro en la nuca.

Supongo que, para esa fecha, Batasuna estará fuera de la ley. Pero ¿dónde estarán sus votantes? ¿Qué harán sus actuales concejales? ¿Cómo expresarán su apoyo al asesinato? Lo sabemos: con algaradas y expresiones de victimismo. Pero, al menos, los ayuntamientos no serán un lugar donde se justifique un crimen.

Pese a todo, esa ley no será suficiente. Falta que el pueblo vasco, el que todavía planta cara a los cómplices, no olvide la lección histórica: los nazis crecieron e hicieron el holocausto porque se lo permitía la tolerancia. Y en Euskadi se está en ese camino. Porque hay subvenciones públicas a organizaciones que fomentan el odio. Porque hay un peligroso virus que dice que ETA es buena porque coincide en sus fines con el PNV. Y porque, si el fin es bueno, no importa el procedimiento. Pero ahí el Estado puede hacer muy poco. Es un territorio de Ibarretxe.

La lógica llevada a los tribunales
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón  23 Marzo 2002

El anteproyecto de reforma de la Ley de Partidos Políticos aprobado ayer viene a poner sensatez en las reglas del juego de las agrupaciones políticas. Cuando nació la Democracia, quizás ese texto podría haber sonado a enrevesados argumentos para impedir la llegada de determinadas ideologías, pero hoy ya se sabe a lo que jugamos todos. El anteproyecto no es más, ni menos, que decir «usted no puede atacar el sistema de libertades que tenemos, y si lo hace, no puede participar en nuestro equipo».

Lo que pasa es que la ilegalización de Batasuna -por muchas razones políticas, sociales y jurídicas que pongamos sobre la mesa- puede povocar un movimiento de mártires del que no conocemos sus consecuencias porque aún no sabemos cómo reaccionarán las fuerzas socio-político-religiosas que, si no les apoyan claramente, sí les comprenden. Todo el mundo sabe que un asesinato no tiene justificación, igual que un partido que alienta los asesinatos no puede convivir con el resto. Pero, desgraciadamente, la realidad es que hay partidarios de la ultraderecha nacionalista vasca que no comparten exactamente estos principios y que es seguro que intentarán dar la vuelta a las argumentaciones para hacer de la sensatez democrática una suerte de capricho autoritario. Con la reforma, Gobierno y PSOE demuestran qué significa eso del «imperio de la Ley» y qué es eso que dicen después de cada atentado de que será la Ley la que gane la batalla a los terroristas. Pero, cuidado: los que matan y los que les apoyan se van a presentar como mártires, y, normalmente, esta sociedad es muy débil para soportar envites de esa naturaleza.

Encrucijada socialista
Por FRANCISCO JOSÉ LLERA RAMO. Catedrático y Director del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UPV ABC  23 Marzo 2002

LOS socialistas españoles vivimos estos meses una auténtica encrucijada política en el País Vasco. El Congreso extraordinario de los socialistas vascos de este fin de semana es mucho más que un asunto local o, siquiera, una riña interna entre familias. Todo gira, o debe girar, en torno a una cuestión de Estado o, si se quiere, a la principal cuestión de Estado que tiene la democracia española: la falta de democracia existente en el País Vasco por causa de la violencia terrorista y las prácticas de persecución y exclusión social y política producidas por su tupida red subcultural. Aclarar y definir qué hacer con el terrorismo y con quienes lo amparan políticamente, perfilar y calibrar las exigencias de la propia responsabilidad institucional y precisar con nitidez la arquitectura de las alianzas políticas necesarias, son el corolario de un planteamiento estratégico bien articulado en torno a dicha cuestión central: acabar con el terrorismo y su subcultura de la violencia, para aligerar las alas de una democracia cargada de plomo y miseria moral. Este y no la manida retórica de la autonomía del proyecto propio o de las señas de identidad, que sólo ocultan intereses orgánicos de corto alcance, es el meollo de la cuestión. O, si se quiere, más simple aún, mantener el rumbo sacrificado de la rebelión democrática, aun a costa de que algunos no disfruten de la migajas y la complacencia del poder nacionalista o, simplemente, optar por la vía del desistimiento y el acomodo, revestidos de falsa responsabilidad o diálogo vacío.

La dirección encabezada por José Luis Rodríguez Zapatero, en su estrategia política de recuperación de espacios de consenso, que nuestra democracia nunca debería haber perdido, tuvo la altura de miras de proponer y pactar con el PP el «Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo». De este modo, ambos partidos definían una cuestión de Estado y acordaban un método de consenso y concertación para abordar todo lo relacionado con el terrorismo, la violencia y la limitación de los derechos democráticos en el País Vasco. Es cierto que la administración de este acuerdo aún deja mucho que desear y que todavía le queda mucho territorio por explorar, sobre todo, por los ataques de arrogancia y hasta frivolidad de la parte gubernamental. Es cierto, también, que, además de desarrollarlo y consolidarlo para que dé sus mejores frutos, hay que seguir intentado su ensanchamiento político, mediante la incorporación de los que aún no lo han hecho. Aunque no sea más que para arrebatarles a algunos la coartada de la exclusión, que les facilita la deslealtad constitucional y no deja ver a las claras los límites democráticos de su política populista e instrumental frente a la de los argumentos políticos de los violentos. Esta doble opción estratégica del PSOE, la política de consenso y la cuestión de Estado en el País Vasco, marca inevitablemente los márgenes de la política de los socialistas vascos en Euskadi. Con mayor o menor acierto, así lo entendió el dimitido Secretario General. Fueron sus dificultades para mantener ese rumbo, con nitidez y con un equipo cohesionado, las que le llevaron a poner en manos del partido la opción estratégica a seguir. Ni estaba dispuesto a cambiar el rumbo, ni a desdibujarlo con decisiones y políticas de zig-zag y conchabeo con el poder nacionalista, a cambio de nada. Sobre todo, si no era a cambio de lo importante: la unidad antiterrorista y antitotalitaria, el abandono de las políticas y los acuerdos excluyentes y una clara opción por la lealtad constitucional y estatutaria.

La estrategia socialista es, inevitablemente, de largo alcance y sacrificada, sobre todo, para los socialistas vascos. Por eso, la perseverancia en el rumbo a seguir es algo más que una cuestión de talante. Es, simplemente, parte importante de tal estrategia. Administrarla con inteligencia no impide llegar a acuerdos con otras fuerzas, incluidas las nacionalistas. Todo lo contrario. Pero, estando muy claros los objetivos y los límites: concentración democrática, primero, pactos o alianzas institucionales, después. La estrategia de concentración democrática debe conseguir incorporar a todos los demócratas en torno a consensos básicos y fundamentales. La lealtad constitucional y estatutaria no es el programa electoral o político, ni de un partido ni de un bloque de partidos, como sostiene el nacionalismo gobernante, sino una exigencia del consenso democrático. No entenderlo así, impide su concurso en esta concertación. Y sin tal concertación no se puede avanzar en serio en otros acuerdos de gobernabilidad. Simplemente, harán gestos, más o menos interesados o comprometidos, que habrá que analizar y reconocer, pero siempre habrá un límite estratégico exigible para ir más allá de las buenas palabras y de determinados niveles de recuperación de la necesaria confianza. ¿Dónde está el riesgo a perder la propia autonomía política como partido?

Al nacionalismo gobernante le interesa que parezca que se puede hacer política, como si no pasase nada. Le interesa seguir alimentando el fantasma de su contencioso vasco. A lo más, admite la necesidad de normalización, siempre que se mezcle con su idea de pacificación. Es decir, paz (que nos perdonen la vida) a costa de más nacionalismo (su programa soberanista máximo). Para esto no le repugnó, lo más mínimo, el oprobioso pacto con los terroristas y sus amigos. Su estrategia de modulación transitoria, pero sin renuncias o correcciones en lo fundamental, busca la reedición de un Lizarra II, para lo que es imprescindible el desistimiento socialista y el aislamiento del PP. En definitiva, busca la quiebra de la estrategia de Estado del PSOE y para ello es imprescindible el debilitamiento y la neutralización de los socialistas vascos.

El socialismo vasco, la fuerza política moderna de más solera en Euskadi, ha sido clave, no sólo para el socialismo español, sino también para sus más importantes empresas de democratización y modernización social en España. El propio modelo autonómico, ideado por Indalecio Prieto en los años treinta, fue el lugar de encuentro entre federalistas, fueristas liberales y los recién llegados nacionalistas. Este modelo enriquecido por la Constitución de 1978 ha hecho posible una auténtica y, casi milagrosa, federalización de España. Durante una década larga, en Madrid, en Vitoria y en las Diputaciones Forales, los socialistas contribuyeron, como el que más y con una lealtad inquebrantable, a la implantación y consolidación de unas cotas de autogobierno impensadas en los años de la transición. Sin embargo, el carácter políticamente insaciable del nacionalismo y, sobre todo, su acomplejada deslealtad constitucional, pagó tan generosa responsabilidad con la más alta traición de pactar su exclusión con quienes les asesinaban y perseguían. ¿Es posible que se nos haya olvidado tan pronto?

Ya sé que la política democrática no puede ser una cuestión de épica o de héroes y que el cansancio y, muchas veces, la orfandad nos llevan al abatimiento y a la desmotivación. Pero, éstos no se superan con el desistimiento o con el abandono a medio camino y, menos aún, con la entrega de nuestro capital político. La cuestión no está en que los socialistas vascos le entreguen, sin contrapartida sustantiva, al nacionalismo gobernante parte de su política democrática o de su estrategia, sino de que éste tenga que renunciar a la parte antidemocrática de la suya. Tanto y tan poco como eso, a la vez. Este es el verdadero dilema que el socialismo español tiene que resolver en el congreso de los socialistas vascos. Y para ello, el timonel y la tripulación no sólo no son indiferentes, sino fundamentales.

Redondo Terreros, acosado por todos los frentes
E. L. P. - Madrid.- La Razón  23 Marzo 2002

Nicolás Redondo Terreros acude al cónclave de este fin de semana como delegado por Portugalete. Obvio decir que su apoyo será para el alcalde de Ermua, después de que su amigo de la infancia, Patxi López, se apartara de él como de la peste en los últimos meses de su mandato. El hijo del histórico dirigente sindical verá los toros desde la barrera, pero también con la amargura de que en la «corrida» estarán presentes muchos de los que le hicieron padecer la más abominable forma de guerra sucia que se puede dar en el seno de una formación política.
El periplo empezó durante la campaña electoral del 13-M. Mientras en el País Vasco estaban en juego la libertad, la defensa de los principios y el respeto a los valores democráticos, arreciaban las críticas a Redondo por un supuesto planteamiento seguidista del PP. Él andaba por aquella senda con el respaldo absoluto de la dirección federal. Sin embargo, aunque no hiciera más que seguir la doctrina de Zapatero, en aquellos tiempos no faltaron voces que le pidieron un distanciamiento del PP.

El 13-M el nacionalismo revalidaba su mayoría. La dirección del PSOE dió instrucciones a Redondo de que dejase gobernar a los de Arzallus, no se alinease con las tesis más radicales de Mayor y diera paso a una nueva etapa del socialismo vasco. Pero, en su tierra, Eta seguía matando y Redondo no parecía dispuesto, a diferencia de otros, a acudir de rodillas al «batzoki». Las diferencias con la Ejecutiva Federal eran cada vez mayores y su distanciamiento de Zapatero, notable.

Sin pensar que alguien de los suyos podía segarle la hierba bajo sus pies, el ex líder del PSE encargaba a su número dos, Jesús Eguiguren, un documento base para debatir en la conferencia política que el socialismo vasco iba a celebrar en diciembre. Eguiguren se descolgó con un texto que abría en canal a la federación vasca y apostó por un referéndum de autodeterminación que puso los pelos de punta a los defensores de la Constitución.

Desde aquel instante no pararon las zancadillas. Decidió dimitir, pero dejaba la puerta abierta para la reelección. Durante tres semanas buscó apoyos que, probablemente, no encontró. Entretanto, le crecían los enanos. Desde todos los frentes se desató una caza de brujas. Después de casi cinco meses del encuentro, trascendía a la opinión pública que Redondo había mantenido una entrevista con Aznar en Moncloa, a espaldas de la dirección federal. La compañía tampoco gustó: era el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, y el padre del dimitido, Nicolás Redondo Urbieta. Fue la excusa perfecta. En las vísperas de un debate político, los socialistas se enzarzaban en interpretaciones, hipótesis, objetivos e intenciones de aquella cita secreta.

La puntilla llegó con otra reunión. Alguien filtraba que Redondo se había entrevistado con García Damboronea, ex socialista procesado por los Gal. La resistencia de Redondo disminuía a la velocidad del rayo y ayer, cansado de la guerra sucia, tiraba la toalla.

En abril, aguaceros mil
Fernando JÁUREGUI La Razón  23 Marzo 2002

Sólo queda, para concluir políticamente este mes de marzo, que desemboca en los atascos vacacionales de Semana Santa, el congreso de los socialistas vascos. Que ayer enterraban tristemente a su última víctima, un hombre que murió cumpliendo con su deber (¿tendrá la corporación de Orio el coraje suficiente como para dedicar una calle al héroe Priede?). Es el del PSE un congreso de héroes enfrentados a héroes, gentes que luchan por la paz frente a gentes que luchan por la paz. Sólo un entendimiento final puede surgir, debe surgir, de esa confrontación que ha de ser fraternal y no cainita. Gane quien gane. Que, por cierto, todos los recuentos indican que lo ganará la 'vía intermedia' representada por Patxi López. ¿Habrá sido preciso el asesinato de Priede para que el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición se hablen? Porque, al conocer la muerte del concejal socialista, Aznar llamó, desde Monterrey, a Rodríguez Zapatero. Fue una conversación, dicen, "escueta", una mera transmisión de condolencias. No hubo énfasis en la necesidad de reforzar el pacto contra el terror. Ni otras citas explícitas, aunque dicen que hasta existe un principio de acuerdo en que la conveniencia de una «cumbre» Aznar-Zapatero en La Moncloa es ya un clamor. Simplemente, dicen los partes, conversación «escueta». Ni Zapatero le resulta simpático a Aznar, ni viceversa, aseguran.Lo verdaderamente sorprendente es que, en realidad, ambos se valoran.

Distensiones próximas
Abril, mes que dicen los que saben que será de lluvias, debe traer, además del agua, tan necesaria, una distensión en lo accesorio y un acuerdo en lo fundamental entre Gobierno y oposición. Y hay muchos temas que acordar, además del reforzamiento del pacto contra el terror, además de la ilegalización, si se puede, de Batasuna, además de qué hacer con las próximas elecciones municipales vascas, en las que un cuarenta por ciento de los ayuntamientos va a carecer, si nadie lo remedia, de candidaturas de PP y PSE. La gran pregunta que deberán responder los dos hombres que representan a veinte millones de electores en España es si, en tales condiciones, se pueden celebrar elecciones democráticas en una parte de España en la que la normalidad brilla por su ausencia, diga lo que diga el lehendakari.
El entierro, ayer, de Priede, el debate, el jueves, acerca de la conveniencia de aplazar el congreso del PSE (menos mal que triunfaron las tesis de seguir con los planes previstos como si no pasara nada; ETA no puede alterar calendarios), indican bien claramente que no, que no existe una situación de normalidad democrática en una parte muy sensible del territorio nacional. ¿No justificaría, solamente eso, una larga charla entre los depositarios de esos veinte millones de votos? Y, yendo más lejos: ¿no justifica eso una conversación muy en serio de los firmantes del pacto contra el terror con el lehendakari Ibarretxe? Porque mientras el PNV no realice movimientos muy significativos, mientras se encastille en el «aquí no pasa nada», seguirá pasando de todo. A ver en qué registro sale el PNV en el próximo e inminente Aberri Eguna, último día de marzo: ¿volveremos a las bravuconadas de Arzalluz, o aflorará ese peneuvismo mucho más realista, moderado y cooperador que alienta en gran parte de la militancia y en una fracción significativa de la dirección?

«Relaciones públicas internas»
En fin, que abril debe de ser un mes importante en el calendario político español. Con la presidencia europea a todo vapor, con Aznar prosiguiendo con su diplomacia «de todos los frentes» (se entrevistará con Arafat y, si posible fuere, también con Sharon) y, aseguran, apareciendo más en los medios, con el regreso a Madrid del embajador marroquí (dicen que ya están pactados la fecha y un nuevo nombre), no vamos a carecer de noticias...de política exterior. Pero son ya muchas las voces que reclaman a Aznar algo más de atención a lo que un ministro, en charla con este coMfi, llamó «relaciones públicas internas»: por el sofá de La Moncloa tienen que pasar presidentes de comunidades autónomas que son recibidos, hasta ahora, tarde, mal y nunca, empezando por Pujol; tiene que pasar por allí el propio Zapatero, y hasta Llamazares, si posible fuere. Hay toda una operación política pendiente, que habla de pactos y consensos, y sólo Aznar puede ponerla en marcha.

Pendientes del congreso
EDITORIAL Libertad Digital  23 Marzo 2002

Como consecuencia de la eliminación política de Redondo Terreros, puesta en marcha desde Madrid, los socialistas vascos celebran su congreso extraordinario divididos entre los partidarios del “espíritu de Ermua” y los que se sienten más cercanos al “espíritu de Elkarri”. Inspirados por este último, se alinean los que hacen suyo el objetivo común de los nacionalistas (etarras y peneuvistas): romper el frente constitucional en el País Vasco para aislar definitivamente al PP, identificándolo en su mitológico mapa político como el heredero directo del franquismo. Es decir: de un lado los “tolerantes”, los “pacíficos”, los que son capaces de dialogar “sin complejos” con quien haga falta con tal de lograr la “ansiada paz”. Y de otro los intransigentes, los maximalistas, los que al nacionalismo vasco “democrático” oponen el “nacionalismo español”, de “dudosa” patente democrática, los que no están dispuestos a hacer ningún esfuerzo dialogante por la “paz”. ¿Los muertos? Bueno, daños colaterales en el largo camino hacia la “reconstrucción” nacional.

Es comprensible que muchos socialistas vascos, asqueados de tanta coacción física y psíquica, tiren la toalla, abandonen la actividad política y, en bastantes casos, emigren fuera de su tierra. No se puede exigir a nadie la heroicidad; y el abandono, lejos de merecer reproche, exige del resto de los españoles el cálido reconocimiento y la gratitud por los servicios prestados a la libertad y la democracia por quienes ya han llegado al límite de sus fuerzas. Sin embargo, sí merece censura y todo tipo de reproches la actitud de quienes quieren obtener la inmunidad ante el acoso nacionalista y las migajas de poder que Arzalluz e Ibarretxe les quieran otorgar a cambio de negar sus propias convicciones y de entregar una fuerza política a sus adversarios o, mejor dicho, sus enemigos. Es el caso de Gemma Zabaleta y, sobre todo, de Patxi López y Jesús Eguiguren. La primera, porque cree posible una inverosímil posición de “centro” entre los proclives al diálogo con la ETA y los que creen que el terrorismo sólo puede combatirse con la ley en la mano. Y los segundos (patrocinados por la ejecutiva de Ferraz, teledirigida por González y Cebrián), porque tan sólo aspiran ya a ser gratos y útiles a la causa del PNV.

El asesinato de Juan Priede, el único edil no nacionalista del Ayuntamiento guipuzcoano de Orio, en la víspera del Congreso del PSE, ha de marcar quizá definitivamente las diferencias. De un lado, aquellos que con Carlos Totorika al frente apoyan la vía constitucional. Del otro, quienes están dispuestos a hacer almoneda de España y del PSE con tal de dar gusto a Arzalluz, Ibarretxe y Otegui.

Puede que los primeros no consigan hacer valer sus tesis, pero en tal caso, por lo menos habrán conservado intacta la dignidad y el honor. Sin embargo, el problema para los segundos es que los nacionalistas no se contentarán más que con una “conversión” total de los “dialogantes” al credo nacionalista y con su relegación al estatus de “ciudadanos de segunda”, como una especie de “cristianos nuevos”. Ese es el “precio” de la “paz” que predica el PNV. Ojalá que los socialistas vascos lo tengan muy presente en su Congreso.

Contra los liberticidas
Editorial El Correo  23 Marzo 2002

Las estrechas calles de Orio se convirtieron en la tarde de ayer en el caudal solidario que homenajeó a Juan Priede, cuyo asesinato recibió a lo largo de la jornada la condena unánime de miles y miles de ciudadanos de bien que entre la rabia y la emoción decidieron exteriorizar sentimientos que tan a menudo se mantienen aletargados o cohibidos en la sociedad vasca. El pasado jueves, Orio fue el escenario de un crimen de irreversibles consecuencias, pero fue también testigo de la vergüenza y de la desvergüenza. De la vergüenza de tantos paisanos que rehusaron expresar su parecer ante tan ominoso acontecimiento parapetándose tras el miedo o tras un malsano pudor, y de la desvergüenza de quienes tuvieron las entrañas suficientes para dar rienda suelta a su sádico matonismo haciendo ver que, además de informadores, ETA contaba en la localidad guipuzcoana con seguidores dispuestos a mancillar el mismo día de su asesinato la memoria del concejal socialista. Una vez más, la sociedad vasca, sus partidos y sus instituciones se enfrentan a la cohorte de prosélitos y apologetas con que el terrorismo consigue secundar sus crímenes.

El sistema democrático se basa en el flujo libre de ideas y opiniones y en la legítima defensa de los distintos proyectos. El derecho de asociación política contribuye a garantizar el pleno ejercicio de las libertades y a promover la representación de la voluntad ciudadana en las instituciones. Pero ninguno de estos principios puede ser utilizado para vulnerar derechos fundamentales de la persona o con el propósito liberticida de impedir o limitar los derechos que asisten a los demás. Declarar públicamente que el asesinato de Juan Priede es «la desgraciada consecuencia del conflicto que enfrenta a Euskal Herria con los Estados español y francés» al tiempo que se reitera la negativa a condenar dicho asesinato nada tiene que ver con la libre expresión de las ideas, sino que representa un inadmisible desprecio al valor de la vida como el derecho sobre el que se alza el progreso de la Humanidad. Cuando el lenguaje democrático ha convenido en calificar como barbarie el fanatismo terrorista se ha hecho eco del sentido común de una ciudadanía que coincide en ubicar fuera de toda razón la persecución cainita del prójimo por supuestos motivos políticos o ideológicos. Es el sentido común de miles y miles de personas que contienen su indignación cada vez que los dirigentes de Batasuna amparan y secundan con sus argumentos la comisión de los delitos más flagrantes que pueda soportar una sociedad. Porque, lejos de repudiar el crimen cometido el pasado jueves en Orio, se niegan a demandar, a solicitar, a suplicar que aquellos hacia los cuales no dudan en mostrar su simpatía no vuelvan a cometer semejante atrocidad. El mensaje nuclear de la izquierda abertzale no sólo justifica el crimen cometido, sino que excusa por anticipado esos otros asesinatos que los terroristas tratarán de perpetrar. ¿Puede la sociedad democrática permanecer impasible ante tamaña crueldad? El debate no es si Batasuna ha de ser ilegalizada. El debate es si su mensaje preciso, su posición respecto al terrorismo, los actos que promueve o la utilización que hace de las instituciones tienen cabida en una sociedad que se dice democrática.

Ayer el Consejo de Ministros dio su visto bueno a una iniciativa que, tras los pertinentes informes del Consejo de Estado y del Consejo del Poder Judicial, se tramitaría como proyecto de una nueva Ley Orgánica de Partidos Políticos. La complejidad constitucional de dicha iniciativa requerirá, sin duda, la cuidadosa redacción de su versión definitiva y el máximo consenso parlamentario en su próxima tramitación. La prolija casuística de actividades y pronunciamientos en que la trama que rodea al terrorismo incurre en su afán de dar cobertura al mismo obliga a una previsión detallada de supuestos punibles. Pero ello no debiera inducir a la elaboración de una ley que sólo sirva para reducir a su mínima expresión la impunidad en que se mueve el entorno etarra, sin contemplar el resto de los peligros de sectarismo violento que amenazan la convivencia en España.

Nuestro sistema constitucional es eminentemente garantista, y todo proceso ante los tribunales de Justicia ha de basarse necesariamente en la capacidad probatoria de la acusación. Pero sería un sarcasmo que, también en el plano político, la carga de la prueba para demostrar la naturaleza totalitaria de la actividad de Batasuna tuviera que recaer sobre las fuerzas democráticas. A los tribunales corresponderá dirimir, en su caso, sobre la culpabilidad o no de Batasuna. Pero es un dislate que, a partir de una fingida presunción de inocencia, el nacionalismo gobernante corra a exonerar a la formación extremista de toda responsabilidad sobre el estado de excepción que padecen los perseguidos en Euskadi. El argumento de que un eventual proceso contra Batasuna vulneraría los derechos de miles de ciudadanos que han depositado su voto a favor de dicha formación sólo puede sostenerse sobre el falaz argumento de que el voto popular constituye un aval legitimador para que quien se beneficia de él pueda actuar en connivencia política con la coacción violenta. El nacionalismo democrático podrá defender sus legítimas aspiraciones, pero no resulta igual de legítimo que pretenda esperar desde el gobierno de las instituciones vascas a que la izquierda abertzale recapacite, mientras los dirigentes de Batasuna se burlan del dolor de las víctimas del terrorismo haciéndose ellos mismos las víctimas del sistema de libertades que pretenden echar abajo.

Un binomio necesario
Ignacio Villa Libertad Digital  23 Marzo 2002

La puesta en marcha de la reforma de la Ley de Partidos Políticos demuestra la necesidad de una buena sintonía entre el Partido Popular y el Partido Socialista para reconducir la complicada situación en el País Vasco. El texto estudiado en el Consejo de Ministros es el fruto del buen entendimiento que, en este caso, han mantenido los dos grandes partidos nacionales. Estos resultados son satisfactorios en la lucha contra el terrorismo, beneficiosos para todos los ciudadanos, refuerzan el Estado de Derecho y son un claro ejemplo para la presión política internacional que se puede ejercer contra el terror en cualquier parte del mundo. No hay duda de que con el PP y el PSOE de la mano las cosas son más sencillas, pero especialmente resultarían más eficaces.

Los resultados que se están recogiendo del Pacto Antiterrorista, como esta reforma de la Ley de los Partidos Políticos o la posibilidad de disolver un Ayuntamiento que sea utilizado para la apología del terrorismo, son dos ejemplos de que en la medida en que populares y socialistas mantengan una visión de Estado, lejos de los partidismos y de las tibiezas, comenzarán a ser mucho más eficaces en la lucha contra el terrorismo etarra. En este binomio obligatorio, el PSOE es el que debe recapacitar. Los populares se han mantenido fieles a los principios del Pacto Antiterrorista y por lo tanto se han mantenido contundentes a la hora de actuar con la rectitud y coherencia democrática que requiere la situación. Han sido los socialistas, con su secretario general al frente, los que se han mostrado cambiantes, dubitativos, esquivos, temerosos. Han sido ellos los que han pedido relecturas y replanteamientos en un ejemplo claro de flaqueza democrática. Después de laminar el mensaje diáfano de Nicolás Redondo Terreros, la dirección del PSOE ha quedado en evidencia: viven instalados en la desorientación. Y lo que es peor, continúan buscando justificaciones para una estrategia que les está llevando a la esquizofrenia política. Por un lado, buscan desesperadamente acercarse al nacionalismo; por otro, mantienen gestos propios del Pacto por las Libertades. Un auténtico lío y un desastre.

Los buenos resultados que el PP y el PSOE obtienen en la lucha contra el terrorismo cuando reman en la misma dirección, deberían hacer recapacitar a los socialistas. Con un Congreso decisivo este fin de semana en el PSE, tienen ante sí un dilema entre el precipicio y la coherencia. Y Zapatero no debería perder de vista que el mayor peligro para no llegar como candidato socialista a las próximas elecciones generales es el rechazo interno de muchos de sus militantes por el permanente cambio de opinión y estrategia en el País Vasco. Hace falta un socialismo vasco constitucional y razonable. Muchas cosas han pasado estos últimos días. El PSOE debe rectificar en sus actitudes cambiantes. Por el bien de todos.

El fracaso del PNV
Enrique de Diego Libertad Digital  23 Marzo 2002

La ilegalización de Batasuna es un duro golpe al PNV en un doble sentido: porque dificultara la actuación asesina de Eta, que es el matonerismo nacionalista, del que se beneficia políticamente el PNV, al mantener amenazados, amedrentados y asesinados a sus adversarios políticos; porque pone en evidencia que la madre del terrorismo es el nacionalismo, la ideología justificatoria de la violencia. Puede beneficiarle electoralmente a corto plazo, como con el trasvase batasuno sucedió en las últimas autonómicas, pero no a medio plazo porque elimina la ficción de la moderación frente a la radicalidad nacionalista, cuando el nacionalismo es todo él radical, al pensar con criterios colectivos reaccionarios y plantear un proceso de ingeniería social traumático que se conoce con el eufemismo de “construcción nacional”. El nacionalismo es un error intelectual grosero, esencialista, en permamente huida hacia delante crispadora.

No se puede definir mejor el efecto positivo para la salud democrática de la ilegalización de Batasuna que la afirmación de Carlos Totorika de que es “condición para la higiene”. Espléndido Ramón Jáuregui en el análisis totalitario de la situación, pero desbarra cuando llega a lo esencial y titubea. Puro síndrome de Estocolmo, cobardía con instinto suicida.

Con motivo de una manifestación ultra en la Comunidad Valenciana, la izquierda ha pedido la ilegalización de los partidos nazis, pero luego algunos dudan ante Batasuna. No se entiende.

Lo que está en el fondo es el fracaso del nacionalismo y del PNV, incapaces de vertebrar la sociedad vasca, a la que el nacionalismo como ideología rancia y periclitada ha situado en un permanente y terrible estado de excepción, en el que los terroristas nacionalistas asesinan a quien ose discrepar; el genocidio de los valientes, preludio del general. La retórica es uno de los harapos de la hipocresía. Y no hay más que ver las altas dosis de retórica beata en los que se ha sumido Ibarretxe. Y, por supuesto, la pertinaz ineficacia de la ertzaintza, sometida a dictados políticos inmorales.
No se criminaliza al nacionalismo, en su nombre se cometen desde hace demasiado tiempo crímenes terribles, como el del concejal socialista de Orio.

Ilegalizar lo ilegítimo
Editorial El País  23 Marzo 2002

A estas alturas, sólo desde la ignorancia o la complicidad se puede poner en duda que Batasuna forma parte de una empresa de intimidación social dirigida por ETA. No es lógico que una organización que colabora a hacer eficaz la coacción terrorista pueda ampararse en la legalidad e incluso recibir fondos públicos. Por tanto, es una obligación de las instituciones intentar acabar con esa perversión del sistema democrático. Es lo que se intenta mediante la nueva Ley de Partidos Políticos, cuyo borrador envió ayer el Gobierno al Consejo de Estado y al Consejo del Poder Judicial, como paso previo a su remisión al Parlamento.

Todavía a mediados de los ochenta se consideraba una evidencia que la consolidación del sistema democrático y autonómico haría entrar en razón a ETA y HB o provocaría, al menos, la ruptura del brazo político con el militar. Muchos políticos y medios de comunicación sostenían que la ilegalización de Batasuna -entonces Herri Batasuna (HB)- sólo serviría para interferir en ese proceso inevitable. Han pasado 23 años desde el nacimiento de HB. Es evidente que aquella esperanza resultó ser un espejismo, y en cambio se han convertido en abrumadoras las pruebas sobre la dependencia de Batasuna respecto a la banda. No puede ser normal que quienes impiden ser libres a muchos ciudadanos, coaccionándoles en connivencia con unos pistoleros, gocen de impunidad amparados en los privilegios que la sociedad concede a los representantes políticos.

Para acabar con esa impunidad se ha elegido la vía de establecer un marco legal más preciso que el de la Ley de Partidos de 1978, anterior a la Constitución. Es una decisión acertada porque, con la ley actual, los seis años de juicios y recursos sobre la legalización de HB desembocaron en la desautorización por parte del Supremo de la decisión del Registro de Asociaciones Políticas de denegar la inscripción de dicha formación. El argumento fue que un organismo administrativo del Estado no puede tener en sus manos la posibilidad de decidir sobre el derecho constitucional de asociación. Ahora se detallan los antes muy genéricos motivos de ilegalización, de manera que los jueces puedan decidirla a instancias del Gobierno, 50 parlamentrios o el ministerio fiscal. Se trata, por tanto, de replantear la cuestión con un instrumento legal más afinado, que recoja la experiencia de estos años, incluyendo la de los eventuales cambios de denominación para burlar la legalidad.

El borrador, avalado por el primer partido de la oposición, y que ahora se intentará consensuar con las demás formaciones, produce la impresión de haber sido estudiado con cuidado, midiendo con rigor los supuestos de ilegalidad. La lista de motivos va desde la vulneración 'de forma reiterada y grave' de los principios democráticos y valores constitucionales a la defensa o exculpación 'sistemática' de los atentados contra la vida, la integridad o la dignidad de las personas. También será motivo de ilegalización 'complementar la acción de organizaciones terroristas' para el cumplimiento de los objetivos de éstas, o tratar de obtener beneficio político de la actuación del terrorismo, etc. La inclusión de términos como 'reiteración', 'práctica sistemática' y similares parece una cautela garantista: un partido no puede ser ilegalizado porque un concejal se niegue a condenar un atentado, pero sí cuando a lo largo de 23 años -como es el caso de Batasuna- ha justificado todos los de ETA en todas las instancias en las que ha estado presente esa formación.

Que la decisión quede en manos de los jueces -una sala especial del Supremo- es también una garantía frente a eventuales arbitrariedades del poder político o interpretaciones abusivas del alcance de la ley. Es cierto que la ilegalización judicial de Batasuna tendría seguramente graves efectos políticos, difíciles de medir por adelantado. El hecho de que Batasuna cuente con miles de votantes deberá ser tenido en cuenta, pero no podrá ser un argumento definitivo para considerar legal lo que es claramente ilegítimo. Debe quedar claro que no se trata de un instrumento para ilegalizar la disidencia; el independentismo pacífico puede defender legalmente sus ideas, como lo hace ERC en Cataluña o Eusko Alkartasuna en Euskadi, por ejemplo. Lo que pretende la ley es que no pueda ser legal una organización que forma parte de un entramado de intimidación social, al que legitima.

Por eso, la equiparación que ayer intentó Arzalluz entre la eventual disolución de Batasuna y los estados de excepción del franquismo, argumentando que 'ya se vio cuál fue su eficacia', supone una ofensa a los miles de demócratas que sufrieron aquella medida destinada a impedir la libertad; ahora se trata de lo contrario.

Muerte, congreso y resultados
JOSÉ MARÍA CALLEJA/ El Correo  23 Marzo 2002

Comprobado de forma empírica, una vez más, que tomarse un café en el bar de la esquina le puede costar a uno la vida, los socialistas vascos se preparan para someterse a una terapia de grupo de la que, gane quien gane, saldrán acongojadamente conscientes de que la dictadura etarra ha decidido ir a por ellos. Suele ocurrir que el terrorismo nacionalista asesina, provoca los muertos en régimen industrial, y los supervivientes ponemos los análisis; es un esfuerzo humano, cada vez más sobrehumano, por tratar de entender lo que en sí mismo es un mensaje muy sencillo: se asesina a socialistas para acabar con los socialistas; se asesina a los del PP para acabar con los que ellos representan, se mata a los jueces para que no haya justicia, se asesina alos periodistas para clausurar la libertad de expresión, y así hasta donde llega la lista de víctimas. Esta evidencia debería ser suficiente, pero el nivel de envilecimiento que propaga la reiteración de la muerte hace que asistamos a espectáculos de contorsionismo, a análisis llenos de retruécanos y a una riada de palabras que, buscando algunas consuelo, enturbian aún más las secuelas de la muerte.

Un jubilado socialista, un hombre de 69 años, ha sido asesinado mientras se tomaba un café en el bar de su pueblo. No debería hacer falta más. Ni teorías del contexto, según las cuales nadie sería culpable de nada, ni despejes del balón a la grada, envueltos en frases del tipo esto es muy complicado , ni esfuerzos desesperados por tratar de ponerse a salvo de la muerte, adobados con latiguillos aparentemente equidistantes. Los socialistas han visto cómo en el último mes se volvía a poner en marcha una campaña de extermino contra ellos: Madina, Cabezudo, los ataques a las sedes y ahora, a la tercera la vencida, muerte de Juan Priede Pérez. Cuando recordaban a Frolián Elespe, asesinado hace un año, los criminales ya habían engrasado la pistola con la que, en un derroche de amor a la patria, asesinarían a un concejal socialista, a uno de esos a los que previamente han estigmatizado,no sólo los que matan, con el calificativo de español , tan xenófobo como reaccionario. Quizá haya llegado el momento de plantear que en este clima de dictadura impuesta por el terror de ETA, sea imposible celebrar elecciones municipales, resulte imposible, como mínimo, decir que sean democráticas. En el equipo nacionalista juegan once, intactos, paseando por la calle, sin miedo, hablando con sus vecinos, escuchando sus problemas; en el equipo del PSE y en el del PP juegan siete, por las bajas, viven en el corredor de la muerte, sobreviven escoltados, en la clandestinidad, y tienen la certeza de que el árbitro está comprado, que las reglas se cambian a voluntad del que no está amenazado y que cuando los asesinables se sacuden la presión, siempre hay un sector del público que acusa a los que juegan con la camiseta de las víctimas de crispar la situación. Está claro que aquí, para que el negocio funcione, se trata de que ETA asesine y las víctimas, ordenadamente, se dejen quitar la vida sin rechistar, sin decir una palabra más alta que otra, renunciando no ya a su condición de ciudadanos, sino clausurando también su condición de humanos, de seres capaces de revolverse ante la injusticia y la muerte.

Los socialistas harán un congreso en el que la inmensa mayoría de sus delegados asistirán escoltados por policías y vigilantes de todo tipo, tratarán de atemperar a golpe de palabras el pánico natural que impone la muerte; malo sería que del Kursaal saliera triunfante, otra vez, la vieja idea de pactar con aquellos que tan pingües beneficios políticos han sacado en los últimos años de esta situación en la que unos, siempre los mismos, ponen los muertos, otros asesinan y quieren presentarse como víctimas, y los terceros rentabilizan todo para el convento.

Juan Priede, asesinado por ETA
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL/ El Correo  23 Marzo 2002

Han matado a otro! El que escucha pregunta con interés, con cierta ansiedad ¿A quién, a quién han matado? A un concejal socialista en Orio, responde el primero. ¡Ah!, dice el segundo relajando su impaciencia. Estoy convencido de que esta conversación se ha repetido cientos de veces entre nacionalistas, al saberse la noticia del asesinato de Juan Priede Pérez. Es una conversación aparentemente normal, inocente; sin embargo, en su simplicidad expresa un montón de cosas diferentes. Vamos a analizarlo brevemente. Ese han matado con sujeto impersonal es especialmente expresivo. No hace falta decir quién porque todos sabemos que ha sido ETA. Ese esconder el autor en tercera persona inconcreta da también cierta seguridad, la confirmación de la normalidad. Pero indica también la renuncia a la verdad, a la brutalidad presente. No nos atrevemos a nombrar al autor, al asesino. Porque al nombrarlo con su nombre nos enfrentamos a él, cara a cara, y no es posible eludir la afirmación sin una valoración moral. En cambio, esa tercera persona han le da a ETA una presencia poderosa, única y le refuerza con un poder que no tiene. Ese han impersonal mantiene al autor, al asesino, en un terreno neutro dentro de la moral y el que lo expresa queda, él mismo, fuera del acto, como si fuera un sujeto imparcial externo a lo que narra. No es casualidad que la mayoría de los nacionalistas, cuando hay un atentado comienzan informando con un han matado . Muy rara vez utilizarán asesinado , prefiriendo el término matar, moralmente más neutro, que junto con la tercera persona renuncia ya totalmente a la calificación moral, eludiendo el narrador todo compromiso personal con el hecho narrado.

Cuando pregunta ¿A quién, a quién? no indaga la identidad personal del asesinado, inquiere más bien a qué grupo pertenece, porque rarísimas veces, en esos breves momentos, evaluará la posibilidad de que el asesinado sea alguien que él personalmente conozca. Obviamente la respuesta satisface plenamente lo buscado: «a un concejal socialista». La respuesta a quién , no es un nombre, una persona: es un calificativo, una característica grupal. La pregunta que siempre se esconde detrás de quién es qué han matado. Y con este juego de pregunta y respuesta ya hemos caído totalmente en la trampa del asesino. El asesino de ETA lo primero que mata es la identidad, la humanidad del asesinado, cosifica el objeto de su asesinato, elevando, además, a categoría de culpa y argumento justificador una característica del masacrado. Los dos asesinos miserables que han matado a Juan Priede Pérez, jubilado de 69 años, no han matado una persona: han asesinado un concejal de PSE. Ese ¡Ah! del final de la conversación lo confirma. Ese ¡Ah! que cierra normalmente el traspaso de información genera una breve pausa y silencio esquivando de este modo la necesidad de mostrar de forma expresa su postura personal a los interlocutores, quiere decir también otras muchas cosas. Expresa alivio. Alivio porque los hechos se mueven dentro de una normalidad asumida. Indica, sobre todo, distancia. La confirmación de no pertenecer al grupo marcado. La satisfación perversa de comprobar que no tenemos el estigma de ser socialista por el que ha sido asesinado una persona mayor de 69 años y que hasta ayer a las 14.00 horas se llamaba Juan Priede.

Pero esos músculos tensos de la cara que se relajan cuando dice ¡Ah! tienen escondido otro miedo más profundo. A estas alturas ya no nos podemos engañar a nosotros mismos, aunque queramos. Todos sabemos que ese reparto cruel de culpas y pecados que ETA distribuye a golpe de comunicado burdo es una pantomina. Todos sabemos que ETA amenaza a todos los que de forma servil no cumplen sus órdenes. Por eso, a estas alturas preguntamos con angustia ¿a quién? porque estamos esperando con terror el día que nos digan que ser nacionalista es también una enfermedad que ETA de forma asesina quiere estirpar. Y porque ese día pasarán dos cosas: que nosotros amaneceremos de repente con una estrella amarilla cosida en nuestra chaqueta, estrellas que en los otros procuramos no ver, y sobre todo, caerá de golpe esa estructura tan trabajosamente elaborada para razionalizar la violencia de ETA, con andamios levantados con esfuerzo para cubrir con cierta comprensión sus asesinatos, para dar cierta lógica racional a su locura asesina. Porque tenemos terror a enfrentarnos de frente con el horror. Con ese horror asesino que va matando, estos días, concejales del PSE que tienen nombre y dos apellidos.

Yo sé que esta conversación entre no nacionalistas es diferente. Y sé también que los nacionalistas me dirán que exagero, que no es así. Yo les propongo un ejercicio simple. La vez siguiente, en lugar de la conversación comentada procuren decir lo siguiente: «ETA ha asesinado a un jubilado de 69 años que se llamaba Juan Priede Pérez y que era además concejal del PSE». Yo les aseguro que los que con buena voluntad intentan hacerlo por primera vez lo dirán de la siguiente manera: «oye te has enterado de que»....aquí pondrán una especie de calderón, como en los pentagramas, harán una pausa respirando hondo, y luego por fin dirán todo seguido la frase. Si consiguen terminarla, piensen un poco y me darán la razón. Las frases hechas, nada inocentes y muy elaboradas, son escudos y murallas que protegen nuestros miedos.

Por eso yo digo: ETA ha asesinado a Juan Priede Pérez, un señor mayor de 69 años, que ha querido disfrutar de la libertad elemental de querer ir tranquilamente a tomar un café en un bar de su pueblo.

Miles de personas se alzan contra ETA en la manifestación multitudinaria de Orio
Amigos de Juan Priede y dirigentes socialistas llaman a la rebelión pacífica contra la violencia
M. MARÍN | San Sebastián El País  23 Marzo 2002

'Debemos reaccionar. ¿Se puede tolerar que maten a un vecino? ¿Se puede tolerar que maten a cualquier persona? No se puede seguir mirando hacia otro lado'. Ése era el texto que se podía leer ayer en los cientos de octavillas distribuidas en Orio por los amigos de Juan Priede, el concejal socialista asesinado el jueves por ETA. La respuesta a ese crimen fue una invitación a la rebelión por parte de los allegados de Priede, el silencio de desprecio a los terroristas en las concentraciones contra ETA y una manifestación que aglutinó a los partidos y unió a los tres sectores socialistas en una única familia.

Las manifestaciones de condena a cada atentado parecen haberse convertido en un ritual. Pero no lo son. 'Cada vez recorren las calles de un pueblo, cada vez tocan el sentimiento de alguien que antes se sentía ajeno a la amenaza terrorista. ETA consigue concienciar y volver a más gente en su contra'. Un vecino de Orio hacía ayer esta reflexión cuando ciudadanos y políticos de todos los partidos vascos, a excepción de Batasuna, se preparaban para echar a andar por las calles del pueblo para repudiar el último atentado mortal de la banda terrorista.

Frente a él, la alcaldesa de la localidad, Mirari Arruabarrena (PNV); el lehendakari, Juan José Ibarretxe; el ministro de Administraciones Públicas, Jesús Posada; el secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, y el diputado socialista Ramón Jáuregui, entre otros, sostenían la pancarta de la manifestación con un escueto mensaje: ETA no, paz y libertad. Guardaban silencio en la plaza del pueblo junto a los escoltas, que les recordaban con su presencia que ellos corren también el riesgo de ser próximos objetivos de la banda.

La rabia y la indignación callada recorrieron las calles de Orio hasta volver al punto de partida y convertirse en una llamada a la rebelión. Primero, la alcaldesa, en euskera, y después el secretario general de los socialistas guipuzcoanos, Manuel Huertas, en castellano, pidieron a la sociedad que reaccione pacíficamente contra el terrorismo y por la libertad. 'Que nadie mire para otro lado', exigió el dirigente socialista, 'para luchar contra el totalitarismo'. El asesinato de Juan Priede, dijo, 'nos devuelve a la realidad del País Vasco. No existe libertad política para los que no somos nacionalistas', subrayó.

Retazos de su discurso podrían haberse confundido con la homilia pronunciada por el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, por boca del vicario de la diócesis, Félix Azurmendi, durante el funeral por la muerte del edil. 'No se puede amedrentar a nuestros concejales sembrando en ellos la explicable tentación de abandonar sus puestos', dijo el prelado, porque 'atenta contra el cimiento mismo del sistema democrático'. En el interior de la parroquia de San Nicolás, la familia de Priede lloraba su muerte, arropada por los políticos. 'No se puede destrozar a una familia, marcándola para siempre con un inmenso sufrimiento y obligándola a luchar continuamente contra una espontánea tentación de resentimiento', denunció Uriarte. Pero la del único concejal socialista de Orio, ya no puede hacer nada para evitarlo.

Once mil sentencias
El plan piloto consigue un gran avance en la normalización del catalán en los tribunales
Redacción - Barcelona.- La Razón  23 Marzo 2002

El avance de la normalización de la lengua catalana llegó en 2001 a la administración de Justicia. El año pasado se dictaron un total de 11.717 sentencias en catalán en 82 juzgados, frente a 2.416 redactadas en castellano, según un informe presentado por el departamento de Justicia. Tal avance ha sido posible gracias al plan piloto promovido por la Generalitat. Para participar en el plan, las oficinas judiciales deben contar con un juez, el secretario y la mitad del personal que tenga los conocimientos suficientes para poder escribir y transcribir documentos para atender oralmente en lengua catalana.

En opinión del consejero de Justicia, Josep Delfí Guardia, «el plan piloto ha significado un revulsivo que ha permitido desencallar la situación en la que estaba el catalán en la administración de Justicia. Delfí Guardia añadió que el incremento de los órganos que se han acogido al plan piloto «se ha extendido tanto en lo referente a las jurisdicciones como al territorio». Como ejemplo, señaló las Tierras del Ebro y las comarcas de Lleida, donde prácticamente la mitad de las oficinas judiciales trabajan en catalán. En la provincia de Girona el porcentaje es de 36, mientras que en Barcelona ciudad es del 87 por ciento.

Respecto al número de autos dictados en catalán, durante el año pasado fueron un total de 40.822, mientras que 6.507 fueron escritos en castellano. Por orta parte, el departamento de Justicia destacó que en 1999 había sólo 8 jueces que emitían todas sus sentencias en catalán, mientras que desde que se aplica el plan piloto el número ha aumentado hasta 66. En el caso de los funcionarios, el incremento también es considerable, pasando de 179 en 1999 a los 450 de la actualidad.

Una sala del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) trabaja en catalán, y cinco salas de las Audiencias Provinciales también lo hacen en esta lengua, igual que cinco juzgados decanos y cuatro juzgados contenciosos. En cambio, sólo tres juzgados de primera instancia lo utilizan.

La exclusión de los españoles en Cataluña
Nota del Editor  23 Marzo 2002

Si Vd quiere trabajar como funcionario en Cataluña, está excluído, lo mismo que si quiere estudiar jurisprudencia, asi que hablar de avance, claro, avance nacionalista y retroceso constitucional.

 

Recortes de Prensa   Página Inicial