AGLI

Recortes de Prensa    Domingo 24  Marzo  2002
Fin de la cacería
JON JUARISTI ABC 24 Marzo 2002

Los puentes de López
Editorial ABC 24 Marzo 2002

¿Cuántos más tendrán que morir
José María CARRASCAL La Razón  24 Marzo 2002

El chivato asesino
Carmelo BARRIO BAROJA es secretario general del PP del País Vasco La Razón  24 Marzo 2002

LOS DOS CADÁVERES DE JUAN PRIEDE
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo  24 Marzo 2002

Democracia a la vasca
ANTONIO GALA El Mundo  24 Marzo 2002

Indiferencia
ALFONSO USSÍA ABC  24 Marzo 2002

La tragedia del socialismo vasco
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC  24 Marzo 2002

LA LISTA DE ETA
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz  24 Marzo 2002

Gestos sin trascendencia
JOSÉ LUIS BARBERÍA El País  24 Marzo 2002

Fin de la cacería
Por JON JUARISTI ABC 24 Marzo 2002

SI el cambio de actitud del PNV, que tantos dirigentes socialistas parecen advertir, se manifiesta en gestos tales como la defensa de Batasuna ante su posible ilegalización o en el veto del lehendakari a la presencia de miembros del PP en la cabecera de las manifestaciones antiterroristas, cabe dudar legítimamente de la buena fe de aquéllos que, como Jáuregui, Eguiguren y un largo etcétera han defendido durante estos últimos meses la aproximación del PSE a los nacionalistas. Ahora bien, cuestionar la buena fe de quienes han llevado a la dirección de los socialistas vascos al candidato oficialista, Patxi López, no resulta tan sencillo. En gentes como Jáuregui, Eguiguren o Benegas, que necesitaban resarcirse de un fracaso histórico -el cosechado por el PSE bajo su dirección durante casi diez años de intermitentes gobiernos de coalición con los nacionalistas-, parece evidente que la necesidad de encontrar un chivo expiatorio al que cargar las culpas exigía de ellos una alianza contra Nicolás Redondo, auspiciada desde el 14 de mayo del pasado año por los sectores más rencorosos del felipismo. Pero sería injusto atribuir a la mayoría de los delegados presentes en el Congreso Extraordinario del PSE unas motivaciones semejantes. Aunque las descalificaciones vertidas por Benegas contra los «conversos y mediocres» que defendían a Redondo (repetidas por José Blanco con un leve matiz de amenaza) hayan podido restar algunos votos a Carlos Totorica, aunque el asesinato de Juan Priede y la desmoralización masiva de concejales socialistas hayan hecho pesar sobre el Congreso una atmósfera de pesimismo que invitaba a cerrar filas con la dirección nacional y, lógicamente, con el candidato que ésta avalaba, un cincuenta y siete por ciento de votos a favor de López ( y contra el candidato apoyado por Redondo) no se explica sin tener en cuenta el peso de una nefasta tradición de claudicaciones ante el nacionalismo, una tradición que se ha hecho cultura en el socialismo vasco y que se plasmaba, horas después del asesinato del concejal de Orio, en la airada reacción de un viejo militante, que millones de españoles pudieron ver en los noticiarios televisivos, cuando, a una pregunta del reportero, contestaba entre juramentos: «¡Lo que no quieren es que nos entendamos con los nacionalistas!»

Sostiene Benegas que la democracia española tiene una deuda no reconocida con el PSE. Confieso que no lo veo tan claro. «No se ha reconocido en lo que mereciera -escribe- la aportación que los socialistas vascos han realizado no sólo a la consolidación del proceso democrático en el conjunto del país, sino también a que algo del Estado siga perviviendo en medio de la caótica confusión nacionalista en Euskadi (El País, 18 de marzo)». Se me ocurre, de entrada, una objeción -y prescindiré de recordar las aportaciones a la democracia española de socialistas vascos como García Damborenea, Julián San Cristóbal o Julen Elorriaga, que, es cierto, nunca fueron santos de la devoción de Benegas- y es que el propio Benegas, cuando pudo hacerlo, no reclamó para sí la presidencia del Gobierno Autónomo Vasco, permitiendo que los nacionalistas sacaran la conclusión de poseer una suerte de derecho natural a gobernar eternamente en la comunidad autónoma. Es curioso, y asimismo significativo, que muchos detractores socialistas de Nicolás Redondo Terreros le hayan reprochado su pretensión de expulsar al PNV del gobierno vasco, como si en vez de intentar hacerlo en unos comicios democráticos, el antiguo secretario del PSE se propusiera dar un golpe de estado. En la cultura política dominante en el socialismo vasco, la perspectiva de un gobierno autónomo no nacionalista fue algo que ni siquiera se tuvo en consideración como hipótesis de futuro posible. No, al menos, hasta que la planteó Redondo Terreros.

La elección de Patxi López supone una apuesta por el entendimiento con los nacionalistas y el correlativo aislamiento del PP, y ello, a pesar de todas las declaraciones y discursos oficiales, saturados de matizaciones y cautelas e inspirados, en el fondo, en el inveterado oportunismo que constituye la médula de la tradición de la izquierda española, que saltó del marxismo a un progresismo desleído cuya esencia consiste en la improvisación de argumentos políticos para justificar cualquier chapuza ética. La cacería de Redondo y de sus partidarios ha terminado. Empezó en la noche misma del trece de mayo del pasado año. Prosiguió, a golpe de columna y de editorial, hasta mediados de esta semana, produciendo piezas memorables para la historia nacional de la infamia, como el número monográfico que un semanario adicto a Ferraz dedicó, no hace todavía un mes, a «los socialistas de Aznar» (entre los que, por cierto, me incluía una gacetillera no muy bien informada). Pero ahora debe acabar, por meros imperativos pragmáticos. Que Totorica haya obtenido más de un tercio de los votos en el Congreso es algo que debería mover a reflexión al vencedor indiscutible del mismo, Patxi López. Afortunadamente, el PSE no es todavía un apéndice de izquierda del nacionalismo vasco, como la IU del meritorio Madrazo.

No conozco a Patxi López. Nadie conoce a Patxi López. Que tenga un nombre de chiste no es culpa suya. López era, y supongo que lo sigue siendo, el insulto preferido de los nacionalistas vascos desde Sabino Arana hasta el presente. Espero que el nuevo secretario del PSE sea consciente de ello. En circunstancias normales (normales en cualquier tierra de garbanzos) se suele saludar el relevo de un líder veterano por otro bisoño con obligadas expresiones de esperanza. ¿Tendré que decir que, en las circunstancias normales hoy en el País Vasco, prefiero ahorrármelas? Uno de los objetivos tácitos del frente de Estella, que seguía en esto el patrón de la estrategia de los republicanos norirlandeses, era dividir a la población no nacionalista, incorporando al pacto abertzale a uno de los partidos representativos de aquélla. No tuvo demasiado éxito: Madrazo y sus huestes fueron un pobre botín. La menguada porción del voto que ha obtenido la candidata Zabaleta, mozárabe vocacional, demuestra que los socialistas de Euskadi, a pesar de ser de Euskadi y con todo su complejo de inferioridad a cuestas (excluyo, naturalmente, a los votantes de Totorica), siguen sospechando, todo lo confusamente que se quiera, que los nacionalistas son el enemigo.

Los puentes de López
Editorial ABC 24 Marzo 2002

LA clara victoria de Patxi López en el Congreso Extraordinario de los socialistas vascos abre una nueva etapa en la situación política del País Vasco, con más temores que certezas sobre el rumbo que tomará el PSE en el futuro. Es el primer resultado de un Congreso que comenzó como la demostración del vigor político y moral de los socialistas vascos, capaces de remontar el dolor por la muerte de su compañero Juan Priede y de emprender un acto colectivo, difícil y complejo, como está siendo su Congreso, pero que es todo un antídoto democrático contra la violencia del terrorismo ultranacionalista.

López alcanzó la secretaría General con el 57 por ciento de los votos, un resultado que no admite discusión y le otorga una legitimidad democrática tan nítida que, con los rasgos específicos de su discurso de acercamiento al PNV, debe asumir íntegramente la responsabilidad de la dirección socialista. Este parece ser el planteamiento del sector liderado por Totorica, determinados a asumir su derrota con la misma firmeza que emplearán para exigir a López y a Jesús Eguiguren que asuman su victoria. Por eso, los llamados redondistas no estarán en la nueva Ejecutiva, lo que certifica que las diferencias entre los dos principales candidatos no eran de matiz ni de forma, sino de principios, y los del tándem López-Eguiguren han quedado definidos con la voluntad de tender puentes al nacionalismo y evitar la «sumisión» al PP. Ha ganado, por tanto, un discurso conocido, usado y fracasado. Su recuperación es ya toda una fuente de confusión para los propios socialistas vascos, muchos de los cuales, incluso de los que han votado a López, ya no saben si van o vuelven en sus relaciones con el nacionalismo gobernante, si van a seguir siendo oposición continua al PNV o sólo los días en que Ibarretxe decida no ser amable con ellos.

López va a poder comprobar de forma inmediata si su discurso es viable o no, a la vista de que la historia más próxima de su partido parece no haberle servido como referencia, ni siquiera la del último mes, que ha pasado sin que Ibarretxe haya cumplido uno solo de los compromisos supuestamente asumidos en la reunión de partidos, que tuvo lugar en febrero, y que provocó el entusiasmo de Jáuregui. Mientras, los acuerdos alcanzados en la última Comisión de seguimiento del Pacto Antiterrorista se cumplen a rajatabla. Es la diferencia de actitudes que López debe tener presente cuando ponga tierra por medio, en la misma proporción, entre PP y PNV. Y no sólo López, también Zapatero, quien desde ayer tiene muchos más motivos para estar preocupado por la incapacidad de su partido para mantener un discurso coherente frente al nacionalismo. Zapatero no ha sabido controlar la crisis del PSE, resuelta provisionalmente con la peor opción para un partido que quiere tener un mensaje inteligible para todos los españoles y que ya lo había encontrado en el preámbulo del Pacto Antiterrorista. Siguen sin aprender las lecciones de las dos últimas elecciones generales.

Si López ejecuta su propuesta de alejarse del PP para acercarse al PNV, resultado final de la teoría de los puentes, probablemente no conseguirá ni lo uno ni lo otro, porque la cercanía de los militantes socialistas al PP es cordial y vital, tejida por todos los denominadores comunes que impone ser víctimas de la misma violencia y aspirar al mismo estado de libertad plena. López propondrá marcar distancias con el PP y lo hará con acuerdos irrelevantes con el PNV, presentados como grandes avances. Habrá que justificarse. Pero la consecuencia real será su propio aislamiento y el de su partido -no el del PP, resguardado por su coherencia-, porque desde el nacionalismo ya han dicho que no echan de menos al PSE y que quieren dialogar con Batasuna, con discreción y sin foto (Egibar). A López le falta la otra orilla para su puente.

¿Cuántos más tendrán que morir?
José María CARRASCAL La Razón  24 Marzo 2002

Al final, hasta lo más complicado se deja resumir en una pregunta, y la del pandemonium vasco es: ¿Ha cambiado o no ha cambiado el PNV? Porque si ha cambiado, la cosa es de cajón, se pacta con él contra los asesinos y a trabajar. Pero si no ha cambiado, toda aproximación son ganas de perder el tiempo. ¿Ha cambiado, entonces, el PNV? «Algo», dicen buena parte de los socialistas vascos, y especifican: «Su condena de los asesinatos es cada vez más rotunda. Su disposición de defender a los concejales amenazados, más sincera». Lo que es verdad. Pero no es menos cierto que en la cuestión fundamental, el aislamiento político y social de los asesinos y sus cómplices, el PNV no se ha movido un ápice, como demuestra su rechazo de la deslegalización de Batasuna, con quien sigue gobernando en una serie de ayuntamientos. Entre ellos en el de Orio, escenario del último asesinato, donde los batasunos ostentan varias concejalías, bajo una alcaldesa peneuvista. Y así no se detiene a los asesinos. Quien crea que con caricias se apacigua a las fieras está muy equivocado. Claro que en este caso, entre la fiera y el acariciador, hay elementos comunes ¬nacionalismo e independencia¬ que atan mucho.

¿Qué es lo que empuja, entonces, al PSE a buscar la proximidad del PNV, tal como ha quedado en evidencia al elegir nuevo secretario general? ¿La desesperación de ver que ninguna otra fórmula funciona, el síndrome de Estocolmo, que convierte a la víctima en esclavo del verdugo, o los prejuicios ideológicos, que le hacen ver al PP como su mayor enemigo? Sinceramente, no lo sé y lo más grave es que, a la luz de sus discrepancias, tampoco parecen saberlo ellos. Aquí, los únicos que parecen tenerlo claro son los asesinos. Con la metódica frialdad con que los nazis aplicaban «la solución final» a su país para «limpiarle» de todo vestigio judío, los ultranacionalistas vascos están «limpiando» su tierra de todo lo que huela a español. Han empezado por los más débiles, los socialistas, a los que tienen ya contra las cuerdas pese a los esfuerzos heroicos de algunos de ellos. Cuando los tengan fuera de combate, seguirán con los populares, más duros de roer, pero que no podrán resistir solos. Y ya con el campo libre de españolismo, la emprenderán con el PNV. Pues no se crean los nacionalistas moderados que los radicales les perdonarán su moderación. Los talibanes la odian casi tanto como la herejía.

Es lo que está ocurriendo, no en África, no en Asia, sino en la España democrática del siglo XXI. Sin que de momento se le vea solución. La única esperanza nos llega de la ley histórica que dice que los fanatismos criminales, por fuertes que parezcan ¬¿había alguien más fuerte que Hitler en la Europa de 1939?¬, nunca se han impuesto, siempre han terminado derrotados. Pero hasta su derrota en Euskadi, ¿cuántas más personas decentes tendrán que morir?

El chivato asesino
Carmelo BARRIO BAROJA es secretario general del PP del País Vasco La Razón  24 Marzo 2002

El pasado viernes, junto a dos pistoleros asesinos causantes del horrible crimen de Orio, permanece también a la sombra, sin ese gráfico y cruel protagonismo pero con la misma responsabilidad delictiva, el mismo odio e idéntica inhumanidad, la figura vil del chivato asesino.

Ese chivato asesino de Orio, como antes lo fue de Zarauz, de Zumárraga, de Lasarte, de Rentería, de Vitoria o de Irún, que a buen seguro pertenece en un mayor o menor grado en el escalafón al club de la muerte de Otegi y Ternera, que odia a diestro y siniestro, que persigue y amenaza todos los días en ámbitos rurales y urbanos al «españolazo» y que luego le delata ante la dirección abertzale, o sea Eta, sita en algún escondrijo francés, especificando hora de paseo o café y características del inocente, ha promovido la muerte del señor Preide después de haberle seguido por el pueblo y haber estado a su lado tantas veces.

Ese chivato asesino, que puede ser concejal, alcalde o incluso sentarse en el Parlamento vasco en las filas batasunas, que puede ser el aspirante a participar tanto en una lista en las próximas elecciones como a encabezar los actos de la kale borroka en cualquier localidad del país, es tan Eta como Eta, Batasuna es tan Eta como Eta.

Ese batasuno chivato, autodenominado militante de la izquierda abertzale, hoy tiene que empezar a sentirse mal. Se le acaba una buena parte de su impunidad cuando los partidos políticos PP y PSOE, el Gobierno de España y la actuación de los Tribunales van a acabar deslegalizando y neutralizando su capacidad de disfraz. Ese velo que hoy cubre lo que es evidente pero que algunos se niegan a reconocer, ahora se va a destapar. Es decir que si Eta y Batasuna son lo mismo, y lo son, es imposible que Batasuna y sus chivatos puedan funcionar como los demás.
Y ello a pesar de que al PNV y a EA la medida que persigue la ilegalización de Batasuna, igual que en Alemania está prohibido el Partido Nazi, no les guste y no la vayan a apoyar. Mientras son capaces de secundar y defender el diálogo con los chivatos y no les importa mantener en sus alcaldías a quienes no condenan violencia pudiendo organizar y promover mociones de censura.

Al chivato asesino no le afectan las inútiles preguntas del lehendakari, le parecen caricias cuando debiera sentir bofetadas. El lehendakari se equivoca con tanto ¿por qué? y ¿hasta cuándo?, con tanta inconsistencia y fatuo remilgo. Incapaz de buscar y propiciar el aislamiento político, social y legal de los chivatos asesinos en lo único que se concentra es en rebajar el nivel de todas las exigencias y en alegrarse más por las declaraciones de los ultraderechistas de Idaho que por los éxitos de la lucha contra el fascismo de Eta.

LOS DOS CADÁVERES DE JUAN PRIEDE
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo  24 Marzo 2002

Unos han dicho: le han matado para impedir el acercamiento del PSOE al PNV que pondría fin al frentismo de la sociedad vasca, fomentado por igual aunque con diferentes métodos tanto por ETA como por el PP. Y han añadido: a los terroristas les conviene que no haya perspectivas de acuerdo político alguno para fomentar un enfrentamiento civil entre nacionalistas y no nacionalistas que haga inevitable una solución política a través del ejercicio del derecho de autodeterminación. Insistiendo a continución: por eso matan o intentan matar a los partidarios del diálogo como Lluch, como Jáuregui, como el muchacho de las Juventudes que perdió la pierna. Y alegando como colofón: de hecho, la víctima apoyaba a la vasquista Gemma Zabaleta.

Otros han dicho: le han matado para fomentar el acercamiento del PSOE al PNV que acabaría con el Pacto Antiterrorista y con la unidad de los defensores de la Constitución. Y han añadido: a los terroristas les conviene que haya un acuerdo político que posibilite un Lizarra 2 ampliado, que dejaría aislado al PP y haría inevitable el ejercicio del derecho de autodeterminación.Insistiendo a continuación: por eso matan o intentan matar a los contrarios al diálogo como Fernando Múgica, Fernando Buesa o la concejala redondista de Portugalete. Y alegando como colofón: de hecho, si algo caracterizaba a la víctima era su firmeza, reflejada en ese expresivo puño en alto ante la tumba de su compañero Elespe.

Y ahí está, tumefacto, macilento, el bueno de Juan Priede repartido entre las dos tumbas mentales en las que, con el mismo dolor y sufrimiento, le han dado sepultura las dos almas, las dos sensibilidades, las dos corrientes del Partido Socialista de Euskadi, ante la indiferencia de la mayoría de sus convecinos oriotarras, para quienes era más anómala su existencia como único concejal ajeno a la comunidad nacionalista de lo que lo ha sido su propio asesinato.

Si hasta el congreso de este fin de semana los socialistas vascos han estado divididos sobre quién debía ser su líder, cuál ha de ser su estrategia, con quién les conviene pactar o si tiene sentido disolver e ilegalizar Batasuna, es inevitable que también lo estén sobre cuáles son los motivos concretos por los que les matan.

Y, sin embargo, la respuesta a unos y a otros es demoledoramente simple: les matan por ser del PSOE. Hace ya mucho tiempo que la dirección etarra no discrimina individualmente a sus víctimas.Allí donde hay un ser humano ellos sólo ven un uniforme: de militar o de policía, de juez o de periodista, de concejal popular o de concejal socialista. Los estúpidos replicantes que aplican el gatillo lo ignoran todo sobre las ideas, actitudes o conductas de las personas a las que dejan desangrándose en el suelo. Ni habían leído los artículos de López de la Calle ni conocían las sentencias de las que había sido ponente el juez Lidón, ni sabían a quién iba a votar el compromisario Priede. A ellos les marcan el color del trapo y ellos embisten con sus celtibéricos pitones del nueve milímetros parabellum. Ya se encargará la dirección después de relacionar con el CESID, el narcotráfico o lo que haga falta a cualquier víctima cuya identidad resulte difícil de digerir por el propio mundo abertzale.

La guadaña etarra va por barrios pero sus modas siempre son fieles al propósito de astillar y si fuera posible demoler los pilares del Estado de Derecho que sustentan nuestro sistema constitucional.Al comienzo de la Transición hubo momentos en los que parecían capaces de tener éxito, pero la consolidación de la España democrática dentro de la UE y la firmeza de las convicciones de aquellos colectivos a los que atacan hacen que su hacha quede mellada una y otra vez al golpear materiales mucho más resistentes de lo que podían suponer. Ni los militares, ni los policías, ni los jueces, ni los fiscales, ni los funcionarios de prisiones, ni los periodistas hemos pedido que se hagan concesiones a los asesinos tras ver caer a nuestros compañeros. Todo lo contrario.

Por eso la emprendieron directamente con los concejales como eslabón más débil de una cadena que llega al propio puente de mando de los dos grandes partidos que representan a la mayoría de la población y tienen en sus manos todas las decisiones que han de moldear el futuro. Primero fueron lógicamente a por el partido gobernante, pero el reguero de cadáveres que fue quedando en la cuneta de la crónica de estos años no surtió otro efecto que reafirmar la cohesión de todos los estamentos y sectores del PP en torno a la política de intransigencia frente a los terroristas, los amigos de los terroristas y los dispuestos a aliarse con los amigos de los terroristas.

Ahora la siniestra prospección se centra en el Partido Socialista.Con sus golpes mortíferos ETA está poniendo a prueba a un colectivo más indefenso y menos motivado en la oposición siempre hace más frío que en el poder que desde hace casi una década viene arrastrando crisis tras crisis, tanto en su cúpula nacional como en su organización vasca. Y hoy por hoy es innegable que ha habido momentos bien recientes en los que el PSOE se ha tambaleado entre un orfeón de voces discordantes y a veces desafinadas. Salvando todas las distancias, los terroristas pueden estar percibiendo que está a su alcance condicionar a los socialistas de forma equivalente a como lo hicieron con UCD. Al PSOE no lo van a echar de sus feudos del País Vasco, pero aspiran como mínimo a neutralizarlo políticamente y como máximo a convertirlo en comparsa complaciente de su proyecto rupturista.

El mayor obstáculo que han encontrado hasta ahora en ese empeño ha sido la claridad en el análisis y la profundidad en los sentimientos de Rodríguez Zapatero, un líder que desde el primer momento entendió e impulsó el espíritu de resistencia frente a la opresión que anidaba en el sector más combativo del PSE. Pero en acertada metáfora de su dimitido secretario general ese sector ha sufrido no sólo las mortíferas puñaladas etarras, sino también las dentelladas de los jabalíes azuzados desde sus propias filas y ni siquiera Zapatero ha sido capaz de controlar los acontecimientos. Primero se enteró por la prensa de la dimisión de Redondo y luego no consiguió imponer a Javier Rojo lastrado sin duda por su arraigo alavés como candidato de continuidad bajo una apariencia de consenso.

El entusiasmo con que José Blanco acogió ayer la victoria de Patxi López sobre los herederos de Redondo indica que han sido otros quienes dentro de la Ejecutiva Federal han logrado darle la vuelta a la tortilla.

El secretario general del PSOE parece tener claro que el pacto de estabilidad institucional que Eguiguren propugna ofrecer al PNV desmoralizaría y desmovilizaría a todos cuantos han estado en la vanguardia de la confrontación con el nacionalismo, pero tampoco ignora que otra parte de su partido se sentiría más protegida e integrada en la vida cotidiana de sus pequeños municipios si se restablecieran los lazos con quienes de hecho controlan todos los aspectos de la política vasca. Incluso tuvo no hace mucho constancia personal de lo que significa el síndrome de Estocolmo cuando un hijo de Froilán Elespe le dejó estupefacto al afirmar delante de él que el único partido que trabaja por la paz en el País Vasco es el PNV.

Zapatero parece más débil de lo que en realidad lo es. Podrá doblarse en la dirección del viento pero no creo que logren partirle el espinazo. Todo indica que el PSOE mantendrá la cohesión del Pacto Antiterrorista y seguirá respaldando medidas tan expeditivas como la propia ilegalización de Batasuna. El problema es que la política de apertura al PNV y colaboración con Ibarretxe seguirá siendo una tentación permanente tanto en clave estrictamente vasca como en una dinámica de confrontación nacional en la que se pretenda subrayar la intolerancia del PP.

Nada tendría de malo esa búsqueda de una posición propia con margen de autonomía para acercarse a unos y a otros si se dieran dos requisitos: a) que la evolución del PNV fuera sustancial y no meramente cosmética, como hasta ahora; b) que los movimientos del PSE fueran consecuencia de una única estrategia compartida por todos los socialistas vascos y apoyada de igual forma por Maragall y José Bono, y no fruto de los vaivenes espasmódicos según las fluctuantes influencias enfrentadas.

Costes electorales al margen, el grave riesgo que encaran el PSOE y el PSE de Patxi López es que, si no se cumple sobre todo esta segunda condición, su imagen de división interna se convierta en el mayor estímulo para que ETA siga cebándose en sus cargos públicos y militantes, pensando macabramente que, con el mismo esfuerzo, cada vez que asesine a uno de ellos no estará dejando sobre el suelo ensangrentado del bar de turno un cadáver sino dos.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

Democracia a la vasca
ANTONIO GALA El Mundo  24 Marzo 2002

Los ciudadanos en el País Vasco viven en estado de sitio. Si a unas elecciones no pueden concurrir los candidatos en igualdad de circunstancias, la democracia no existe. Si hay dimisiones causadas por amenazas, la democracia no existe. Si los responsables del sosiego de los habitantes se lavan las manos ante la agitación y el crimen, la democracia no existe. Si quien gobierna no se opone a la agresión y a la extorsión, la democracia no existe.Si se busca que la sociedad renuncie a sus lógicas aspiraciones pacíficas y progresistas, no existe la democracia. Si el PNV se niega a hacerse cargo de sus obligaciones, la democracia está claro que no existe.

Indiferencia
Por ALFONSO USSÍA ABC  24 Marzo 2002

EL asesinato del concejal socialista en Orio, Juan Priede, me ha llevado de la tristeza honda a la más profunda desmoralización. Lo visto y oído en los diferentes espacios informativos de las cadenas de televisión merece todo nuestro desprecio. Imágenes y sonido también que nos devuelven algo de la esperanza perdida. Esa actitud valiente, decidida y magnífica del dirigente socialista Rojo en el pleno del Ayuntamiento oriotarra, enfrentándose a los miserables hijos de puta de Batasuna, ayudan a la luz. De otros, como Zabaleta, López, Elorza, Jáuregui y Benegas no se puede esperar tanta grandeza. Documento impresionante y preciso. Pero el naufragio de mi esperanza se produjo con anterioridad, cuando las cámaras y los micrófonos de los periodistas nos escupieron la opinión de los vecinos de Orio, de aquellos que conocían, frecuentaban y trataban a Juan Priede. Ha dicho Rosa Díez, la admirable Rosa Díez, que los vascos han convertido su tierra en un país de chivatos y de cobardes. No ella, afortunadamente. No los socialistas ni los populares que se juegan la vida y la tranquilidad todos los días. Sí muchos socialistas que se han entregado, bien a la resignación de los brazos caídos definida por Edurne Uriarte, o a la vergonzosa claudicación ante los nacionalistas, representada por la pobre Zabaleta. Yo añadiría algo más. Chivatos, cobardes e insensibles.

Una vecina de Orio dijo ante las cámaras: «Le habrán matado por las ideas, porque como persona, no lo merecía». Se quedó muy contenta con su valiente «condena». Otro, un jubilado filosófico y nauseabundo, dio en la diana. «Unos, jubilados y a vivir; otros, jubilados y a morir». El más contundente, el más firme y el más apenado por la sangrienta tragedia no pasó de definir el crimen como «una burrada, una brutalidad, no hay derecho. Se tomaba los potes con todos y no hablaba de política». Ésa fue la expresión más dolorosa de los vecinos de Orio.

Ésta es la realidad. El sistema nacionalista ha machacado la sensibilidad de una sociedad que todo lo justifica. Para ella, un asesinato como el de Juan Priede, «no está bien», pero se enmarca en una situación plagada de justificaciones. La reflexión de que «como persona no lo merecía, habrá sido por sus ideas», nos descubre y confirma la miseria moral de un pueblo enfermo. Es el resultado del gota a gota ignominioso de los dirigentes nacionalistas, que han establecido un estado de primitivismo tribal y aldeano en una de las sociedades económicamente más avanzadas -no así culturalmente- de España. Todo se hace y todo se justifica, porque la culpa la tienen «ellos», los de fuera, que no quieren dialogar, ni negociar, ni llegar a acuerdo alguno con los que defienden la singularidad histórica de una supuesta nación subyugada. La gran mentira ha calado, la ignorancia se ha adueñado de la simpleza de unas mentes estrictamente aldeanas y la insensibilidad predomina. ¿Hay fórmulas contra la estupidez colectiva y la insensibilidad popular? Ninguna. Ahí estaba la semilla y la cosecha ha sido abundante.

El punto de referencia es el pote. «Se tomaba los potes con todos». Es la manera que tienen de proclamar la excelencia de una persona. Pueblerismo puro, pasar la vida viendo y callando, adaptar el ánimo al salvajismo del crimen en beneficio de la tranquilidad propia. Un asco de sociedad. Y encima, nos regañan con el cadáver de la víctima aún caliente. Y somos todos, menos ellos, los culpables. Y Azallus defiende a los batasunos. Y el «lehendakadri» les dice a los criminales que no sean malos. Y todo se arregla con una manifestación. Y mugre sobre mugre, se pudre una sociedad entera, que no siente, que no se atreve, que mientras pueda tomarse unos «potes» con sus amigos, nos se conmueve con el cuerpo asesinado de un hombre bueno al que mataron «por sus ideas, porque como persona no lo merecía». Asco de sociedad.

La tragedia del socialismo vasco
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC  24 Marzo 2002

La marcha del socialismo vasco no sólo es trágica porque avanza hacia el desastre final que todos vemos -y no precisamente como espectadores- sino porque camina entre cadáveres. El último, el del concejal de Orio. Pero ni siquiera el resplandor que proporciona el sacrificio de tantas vidas es capaz de sobreponerse a la ceguera con que avanza, opta y argumenta el PSE/PSOE. La tragedia de éste no sólo resulta insoportable por la incapacidad de respuesta ante tanto dolor sino por el hecho de que la víctima confía en el verdugo, coloca su destino en las manos de éste, se deja conducir por él. Ayer mismo Ibarretxe aparecía a la entrada del Kursaal para consolar a la familia socialista; la víspera, el portavoz nacionalista había dicho que el PNV no abandonaría a los socialistas frente a ETA -su socio de Lizarra-, y la manifestación de Orio fue organizada según los criterios del PNV: todo un símbolo. Se eliminó de la primera fila al PP para que pudiera verse con claridad de qué tipo de «frente democrático» viene hablando Ramón Jáuregui, el gestor de la crisis.

A este «frente democrático» se refirió horas antes del Congreso Ramón Jáuregui: el de nacionalistas y socialistas, el de «siempre», el formado por el verdugo y la víctima. La incapacidad para distinguir la identidad de las dos partes que componen este frente es, repito, lo que convierte esta coyunda en algo insoportable desde todos los puntos de vista. ¿Se puede decir a estas alturas mortales que hay que confiar en el comportamiento «democrático» del PNV contra el terrorismo? ¿A quién quiere engañar y por qué el presidente de la «neutral» gestora que ha preparado el Congreso? ¿Acaso no sabe Jáuregui -mejor que nadie- que el PNV tuvo muchos años para elegir el camino de la democracia, el Estatuto y el antiterrorismo y, sin embargo, pactó con ETA y por la independencia? ¿Quiere darle ahora una oportunidad para el arrepentimiento? O quizá lo que buscan este gestor y sus compañeros sea algo tan simple como volver a gozar del poder en Vitoria, de las consejerías y los sueldos. A buen seguro, si ahora están ensangrentados, mañana chorrearán sangre.

Lo que se anuncia después del Congreso de ayer no es una vuelta a aquellas andadas torpes e irresponsables de los gobiernos de coalición PNV/PSE, cultural y políticamente nefastas, aquellos años de rosas y gal, tiempos de entrega a la voluntad nacionalista. Lo de ahora es mucho más grave, sencillamente incomprensible. Al fin y al cabo la experiencia de los gobiernos de coalición se enmarcaba en el discurso de Ajuria Enea, esto es, en la aceptación del Estatuto. El independentismo pertenecía al programa máximo, era un objetivo platónico y por tanto cabía la buena fe, basada en el desconocimiento del nacionalismo «democrático». Pero esto de ahora no tiene perdón de Dios: se monta sobre la experiencia del pacto de Lizarra, del pacto con ETA. El PNV del que esperan arrepentimiento y buena conducta antiterrorista los Eguiguren, Elorza, Jáuregui, Benegas, Corcuera... (Patxi López es un mandado) es el que ha compartido oficialmente los objetivos políticos de ETA, el que considera que el Estatuto es ya una etapa superada, el que plantea de forma práctica la etapa de la soberanía. Éste es el PNV con el que quieren formar el frente «democrático» los socialistas vascos, es decir, más del sesenta por ciento del PSE.

Con el nombramiento de Patxi López se rompe «de hecho» el PSE y se complica trágicamente la cuestión vasca. Todo según el guión previsto por González y Maragall (Zapatero es otro mandado).

LA LISTA DE ETA
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz  24 Marzo 2002

Si Juan Priede hubiera sido el primer ciudadano asesinado por ETA y sus amigos, algunas de las cosas que hoy pasan en Euskadi resultarían comprensibles. Lo serían las palabras de Ibarretxe reclamando a ETA que deje matar, y a sus amigos de HB que condenen la muerte de un representante popular. Y la posición de los que defienden en el interior del PSE una entente con el nacionalismo gobernante. Y los foros planteando la conveniencia del diálogo.
Incluso más. Si Juan Priede hubiera sido la primera víctima de ETA podrían entenderse los emplazamientos de Otegi en pro de una salida negociada a la violencia. Y las reticencias de IU sobre el proyecto de partidos. Y hasta los excesos de Arzalluz comparándolo con la declaración de un estado de excepción.

Pero Juan Priede no es el primero de los ciudadanos asesinados por ETA y sus amigos. No: ¡es el 850! Por eso, tras su muerte y la de las 849 personas que han caído antes que él bajo la saña criminal del independentismo vasco, algunas de las cosas que hoy suceden en Euskadi son sencillamente incomprensibles. Es más: son delirantes.
Es delirante seguir oyendo al lehandakari pedir a ETA, con su insufrible tono santurrón, que deje de matar; y oírle reclamar a HB que se desmarque de sus crímenes, como esperando que una u otra cosa pudieran acabar por suceder, permitiendo así por fin al PNV reivindicar sin ningún tipo de complejos algo similar a lo que por medio de las armas reivindican ETA y HB. Y es delirante que haya aún dirigentes socialistas que se crean de verdad que una nueva entente con el nacionalismo pudiera facilitar ahora lo que no posibilitó durante los muchos años de pacto PNV-PSE: el final del terrorismo. Y lo es, también, que se siga hablando, con buena o mala fe, de diálogo con los que ha decidido imponer su voluntad por el terror de las pistolas y las bombas.

Oír hablar a Otegi de una salida negociada es más que delirante: es vomitivo. Pues la negociación que él plantea, en nombre de ETA y HB, se reduce a lo siguiente: si hacéis lo que queremos, dejaremos de mataros. Y es de un cinismo insoportable oír expresar a IU su preocupación por los derechos ciudadanos, a cuenta del proyecto de partidos, cuando en Euskadi los derechos están siendo violados por los criminales y sus cómplices como en ninguna otra parte.

Oír, en fin, hablar a Arzalluz de estados de excepción da coherencia a todo este cúmulo de despropósitos en que se resumen las cosas increíbles que hoy pasan en Euskadi. Pues Arzalluz, que sabe bien que no hay allí otro estado de excepción que el decretado por ETA y sus amigos, sabe también que de que éstos no sean derrotados con las armas del Estado de derecho depende que él pueda llegar a ver un día una Euskadi independiente. Es, aunque cueste admitirlo, así de fácil. Y así de aterrador.

Gestos sin trascendencia
JOSÉ LUIS BARBERÍA El País  24 Marzo 2002

El nacionalismo vasco acudió a la concentración contra ETA que los delegados socialistas llevaron a cabo al mediodía ante el palacio del Kursaal en un receso de sus debates. Juan José Ibarretxe y sus consejeros Josu Jon Imaz (Presidencia) y Javier Balza (Interior) sumaron sus manos a las de los dirigentes socialistas y del resto de los partidos políticos vascos que sostuvieron la pancarta del 'No a ETA, ETA ez' durante los 15 minutos silenciosos que duró el acto. Por un momento pareció que los rostros unánimemente graves y cariacontecidos -el PSE-EE es un partido ya demasiado castigado para exteriorizar la crispación- homogenizaban a nacionalistas y no nacionalistas en el dolor por el asesinato de Juan Priede y en la preocupación por los efectos de la campaña de limpieza ideológica que desarrolla ETA. Cualquier observador ajeno habría extraído ayer la impresión de que los partidos vascos están básicamente unidos contra el terror, que componen un bloque sólido frente a la trama asesina. Y, sin embargo, el mensaje enviado implícitamente a la ciudadanía: 'Stop a ETA', 'Todos unidos frente a los criminales', es en gran medida ficticio, destinado a engrosar el largo listado de gestos puramente testimoniales que la política diaria se encarga de vaciar de contenido. El nacionalismo democrático entiende la solidaridad para con los amenazados en el plano del testimonio personal y moral, como un acto piadoso de conciencia, teñido, tantas veces, de moral seudoreligiosa cristiana, que no le interpela verdaderamente sobre su estrategia. Éste es el problema con el que los socialistas vascos volverán a encontrarse al término de su congreso.

Porque más allá de las gastadas palabras e imágenes unitarias, de los gestos tan sinceros como políticamente inútiles, no hay acuerdo con los nacionalistas en el diagnóstico y mucho menos sobre la solución, muy a pesar del clamor ciudadano que exige a los partidos una unidad de acción, una referencia, un liderazgo sobre el que articular la resistencia. Es como si el nacionalismo en el poder tuviera miedo a admitir la trascendencia del momento presente, a aceptar que lo que está en juego es la libertad misma y la democracia en Euskadi, como si la sacrosanta causa nacionalista le impidiera desviarse siquiera momentáneamente de su rumbo, posponer su objetivo, extraer conclusiones incómodas de la dura realidad. Sin duda, las direcciones del PNV y de EA lamentan la persecución y el asesinato de los representantes de los partidos no nacionalistas pero estos lamentos carecen generalmente de toda trascendencia política, se pierden en el foso de las diferencias estratégicas. Todo lo más, dan de sí un acuerdo de mínimos como el de hace ya un mes, en que los partidos se comprometieron a presentar mociones en los ayuntamientos para exigir a Batasuna que condene la violencia. Ya hay contramociones de la propia Batasuna y está por ver si el nacionalismo democrático es capaz de sustraerse al poderoso influjo del gran fetiche de la autodeterminación. Hay una disociación radical entre la conciencia moral personal y la conciencia política, y tras cada atentado, el lehendakari Ibarretxe sigue invocando a los derechos humanos e interpelando moralmente a Batasuna, como si no cupiera más reacción que la retórica y el testimonio, como si la actuación política consecuente estuviera fatalmente fuera de su alcance. Incluso en estos momentos, trágicos para tantos amenazados, el nacionalismo vasco en el poder cree moralmente compatibles su denuncia de ETA y el mantenimiento de su estrategia soberanista. Se ha visto en las maniobras políticas desplegadas por el PNV y Batasuna que han llevado al Parlamento del Estado norteamericano de Idaho a aprobar el supuesto derecho de autodeterminación de Euskadi. Se verá seguramente en los próximos meses a medida en que se cumpla el programa de movilización de las casas vascas en el extranjero, en el proyectado Congreso Mundial Vasco por la Paz que debe presionar al Gobierno español desde la esfera internacional. A nadie se le oculta, tampoco al nacionalismo democrático, que estas iniciativas, vayan acompañadas o no de la denuncia de ETA, cortacircuitan en cierta medida los efectos del 11 de septiembre, minan el propósito del Gobierno español de aislar a ETA y a Batasuna, ofrecen al terrorismo la pantalla discursiva de una Euskadi sojuzgada en sus derechos, víctima de los Estados español y francés.

El debate se retrotrae al 'diálogo para la paz' y a la negociación política, más o menos encubierta, se articula en torno al proyectado referéndum para la autodeterminación en la confianza nacionalista de que la consulta le aportará un importante capital político con el que negociar ante Madrid.

La nueva dirección del PSE-EE tiene ante sí un PNV situado en la perspectiva autodeterminista que reclama su concurso para poder aislar al PP. El PNV de Juan José Ibarretxe es un partido en cuyo seno pugnan soterradamente quienes buscan reconstruir la unidad nacionalista al calor de una nueva tregua de ETA y quienes preferirían reeditar con el resto de los partidos democráticos un segundo pacto de Ajuria Enea. Tiene ante sí, de forma más inmediata, el propósito del Gobierno central de ilegalizar a Batasuna, un panorama, por tanto, sumamente explosivo, complicado doblemente porque el nacionalismo democrático está frontalmente en contra de esta media. Tiene ante sí el reto de llegar entero y en condiciones a las elecciones municipales del año próximo, después de un congreso que parece haber cerrado en falso su crisis interna, que no ha resuelto las diferencias internas. Evitar la desmovilización del sector alineado en torno a Carlos Totorika, confortar a los que se juegan la vida por representar al partido, ofrecerles una alternativa realista y un terreno para la esperanza, constituyen las primeras tareas de la nueva Ejecutiva de Patxi López.

Despegados ya de la alianza táctica con el PP vasco, deshecha ya meses atrás, a los socialistas vascos sólo les queda hacerse fuertes contra la adversidad, confiar en sus propias fuerzas, fundirse internamente y depurar sus diferencias hasta convertirse en un bloque duro como el diamante, una roca lo suficientemente sólida como para poder resistir en estos tiempos de tinieblas, a la espera de que lleguen tiempos mejores, en la esperanza de que la imagen unitaria ofrecida ayer ante el palacio del Kursaal por la totalidad de los partidos vascos -el PP se situó en una discreta tercera fila- llegue a convertirse en un verdadero abrazo político solidario entre quienes compartan que la libertad y el derecho a la vida es el fundamento mismo de la democracia y de la vida misma, la cuestión esencial ante la que los proyectos patrióticos y los sueños independentistas quedan, forzosamente, en un segundo plano.El nacionalismo vasco acudió a la concentración contra ETA que los delegados socialistas llevaron a cabo al mediodía ante el palacio del Kursaal en un receso de sus debates. Juan José Ibarretxe y sus consejeros Josu Jon Imaz (Presidencia) y Javier Balza (Interior) sumaron sus manos a las de los dirigentes socialistas y del resto de los partidos políticos vascos que sostuvieron la pancarta del 'No a ETA, ETA ez' durante los 15 minutos silenciosos que duró el acto. Por un momento pareció que los rostros unánimemente graves y cariacontecidos -el PSE-EE es un partido ya demasiado castigado para exteriorizar la crispación- homogenizaban a nacionalistas y no nacionalistas en el dolor por el asesinato de Juan Priede y en la preocupación por los efectos de la campaña de limpieza ideológica que desarrolla ETA. Cualquier observador ajeno habría extraído ayer la impresión de que los partidos vascos están básicamente unidos contra el terror, que componen un bloque sólido frente a la trama asesina. Y, sin embargo, el mensaje enviado implícitamente a la ciudadanía: 'Stop a ETA', 'Todos unidos frente a los criminales', es en gran medida ficticio, destinado a engrosar el largo listado de gestos puramente testimoniales que la política diaria se encarga de vaciar de contenido. El nacionalismo democrático entiende la solidaridad para con los amenazados en el plano del testimonio personal y moral, como un acto piadoso de conciencia, teñido, tantas veces, de moral seudoreligiosa cristiana, que no le interpela verdaderamente sobre su estrategia. Éste es el problema con el que los socialistas vascos volverán a encontrarse al término de su congreso.

Porque más allá de las gastadas palabras e imágenes unitarias, de los gestos tan sinceros como políticamente inútiles, no hay acuerdo con los nacionalistas en el diagnóstico y mucho menos sobre la solución, muy a pesar del clamor ciudadano que exige a los partidos una unidad de acción, una referencia, un liderazgo sobre el que articular la resistencia. Es como si el nacionalismo en el poder tuviera miedo a admitir la trascendencia del momento presente, a aceptar que lo que está en juego es la libertad misma y la democracia en Euskadi, como si la sacrosanta causa nacionalista le impidiera desviarse siquiera momentáneamente de su rumbo, posponer su objetivo, extraer conclusiones incómodas de la dura realidad. Sin duda, las direcciones del PNV y de EA lamentan la persecución y el asesinato de los representantes de los partidos no nacionalistas pero estos lamentos carecen generalmente de toda trascendencia política, se pierden en el foso de las diferencias estratégicas. Todo lo más, dan de sí un acuerdo de mínimos como el de hace ya un mes, en que los partidos se comprometieron a presentar mociones en los ayuntamientos para exigir a Batasuna que condene la violencia. Ya hay contramociones de la propia Batasuna y está por ver si el nacionalismo democrático es capaz de sustraerse al poderoso influjo del gran fetiche de la autodeterminación. Hay una disociación radical entre la conciencia moral personal y la conciencia política, y tras cada atentado, el lehendakari Ibarretxe sigue invocando a los derechos humanos e interpelando moralmente a Batasuna, como si no cupiera más reacción que la retórica y el testimonio, como si la actuación política consecuente estuviera fatalmente fuera de su alcance. Incluso en estos momentos, trágicos para tantos amenazados, el nacionalismo vasco en el poder cree moralmente compatibles su denuncia de ETA y el mantenimiento de su estrategia soberanista. Se ha visto en las maniobras políticas desplegadas por el PNV y Batasuna que han llevado al Parlamento del Estado norteamericano de Idaho a aprobar el supuesto derecho de autodeterminación de Euskadi. Se verá seguramente en los próximos meses a medida en que se cumpla el programa de movilización de las casas vascas en el extranjero, en el proyectado Congreso Mundial Vasco por la Paz que debe presionar al Gobierno español desde la esfera internacional. A nadie se le oculta, tampoco al nacionalismo democrático, que estas iniciativas, vayan acompañadas o no de la denuncia de ETA, cortacircuitan en cierta medida los efectos del 11 de septiembre, minan el propósito del Gobierno español de aislar a ETA y a Batasuna, ofrecen al terrorismo la pantalla discursiva de una Euskadi sojuzgada en sus derechos, víctima de los Estados español y francés.

El debate se retrotrae al 'diálogo para la paz' y a la negociación política, más o menos encubierta, se articula en torno al proyectado referéndum para la autodeterminación en la confianza nacionalista de que la consulta le aportará un importante capital político con el que negociar ante Madrid.

La nueva dirección del PSE-EE tiene ante sí un PNV situado en la perspectiva autodeterminista que reclama su concurso para poder aislar al PP. El PNV de Juan José Ibarretxe es un partido en cuyo seno pugnan soterradamente quienes buscan reconstruir la unidad nacionalista al calor de una nueva tregua de ETA y quienes preferirían reeditar con el resto de los partidos democráticos un segundo pacto de Ajuria Enea. Tiene ante sí, de forma más inmediata, el propósito del Gobierno central de ilegalizar a Batasuna, un panorama, por tanto, sumamente explosivo, complicado doblemente porque el nacionalismo democrático está frontalmente en contra de esta media. Tiene ante sí el reto de llegar entero y en condiciones a las elecciones municipales del año próximo, después de un congreso que parece haber cerrado en falso su crisis interna, que no ha resuelto las diferencias internas. Evitar la desmovilización del sector alineado en torno a Carlos Totorika, confortar a los que se juegan la vida por representar al partido, ofrecerles una alternativa realista y un terreno para la esperanza, constituyen las primeras tareas de la nueva Ejecutiva de Patxi López.

Despegados ya de la alianza táctica con el PP vasco, deshecha ya meses atrás, a los socialistas vascos sólo les queda hacerse fuertes contra la adversidad, confiar en sus propias fuerzas, fundirse internamente y depurar sus diferencias hasta convertirse en un bloque duro como el diamante, una roca lo suficientemente sólida como para poder resistir en estos tiempos de tinieblas, a la espera de que lleguen tiempos mejores, en la esperanza de que la imagen unitaria ofrecida ayer ante el palacio del Kursaal por la totalidad de los partidos vascos -el PP se situó en una discreta tercera fila- llegue a convertirse en un verdadero abrazo político solidario entre quienes compartan que la libertad y el derecho a la vida es el fundamento mismo de la democracia y de la vida misma, la cuestión esencial ante la que los proyectos patrióticos y los sueños independentistas quedan, forzosamente, en un segundo plano.

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