AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 2 Junio  2002
Unos y otros
Alfonso USSÍA ABC 2 Junio 2002

Conflicto entre Estados
Editorial La Razón 2 Junio 2002

El alma no se serena en Euskadi
M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Junio 2002

Pastoral contra la paz
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Junio 2002

Pastores de ovejas y de lobos
José María CARRASCAL La Razón 2 Junio 2002

Obispos y jueces
CARLOS DÁVILA ABC 2 Junio 2002

Guerras de religión
CONSUELO ÁLVAREZ DE TOLEDO ABC 2 Junio 2002

JUAN PABLO FUSI, HISTORIADOR: «Una consulta sin consenso puede quebrar la convivencia »
ALBERTO SURIO/SAN SEBASTIAN El Correo 2 Junio 2002

Y ASÍ FUE COMO, MIRA POR DÓNDE, EL «LORO VIEJO» APRENDIÓ A HABLAR
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo 2 Junio 2002

Francisco Vázquez, alcalde de A Coruña: «Me preocupa que en España se pueda decir gora ETA y no se pueda decir La Coruña»
LAUREANO LÓPEZ (A CORUÑA) La Voz 2 Junio 2002

Con el máximo respeto
JOSÉ MARÍA MUGURUZA/ABOGADO El Correo 2 Junio 2002

Pastores de un rebaño imposible
ENRIQUE VILLAR MONTERO/DELEGADO DEL GOBIERNO EN EL PAÍS VASCO El Correo 2 Junio 2002



Unos y otros
Por Alfonso USSÍA ABC 2 Junio 2002

Unos y otros se han puesto de acuerdo para detener el impulso del noventa y tres por ciento de los ciudadanos. Unos magistrados del Supremo literalmente inmersos en las consecuencias de la diarrea y cuatro obispos muy desagradables que insisten en confundir el signo de la cruz con el anagrama del hacha y la serpiente. Los magistrados han decidido que la apología y la proclamación verbal del terrorismo no es delito. La sociedad se siente aliviada y feliz con el amparo de estos aparentemente respetables jueces que interpretan las leyes de acuerdo con sus seguridades personales. Lo advertía Carlos Herrera en estas páginas. Gritar «¡Viva ETA!» no es delito, pero escribir que quien tal cosa interpreta es un lerdo, o un cobarde, o un mamarracho puede ser motivo de inmediata orden de detención. No hay mal que por bien no venga. Pueden estar tranquilos los señores magistrados del Tribunal Supremo. Por ahora -nunca el terrorismo garantiza la invulnerabilidad permanente-, nada les va a suceder. Sus nombres han sido borrados de las listas de la muerte.

Lo de los obispos vascos es casi peor, porque meten a Dios y la doctrina de la Iglesia en su zafia y pretendida -que no conseguida- equidistancia entre los asesinos y las víctimas. Son cuatro los prelados firmantes de la sinvergonzonería mayor de los últimos años, aunque los peor pensados intuyen una quinta mano, una influencia emérita en la redacción de la obispal putada. Son los firmantes monseñor Uriarte Goricelaya -me suena ese segundo apellido-, obispo de San Sebastián; monseñor Asurmendi, lo mismo de Vitoria, monseñor Echenagusia, ídem auxiliar de Bilbao -pero el que manda-, y monseñor Blázquez, que se supone obispo de Bilbao cuando en realidad es una cosita colocada allí para demostrar que también la Iglesia padece el síndrome de Estocolmo.

Curiosas reacciones. La Conferencia Episcopal Española se ha desmarcado, pero con mucha tibieza y cautela, con ese lenguaje sutil y retorcido que tanto ha ayudado al descenso de la afición. El Gobierno -ya era hora pero bienvenida sea la reacción-, ha convocado al Nuncio de Su Santidad para expresarle oficialmente su malestar y exigir del Vaticano una desautorización expresa del texto de sus obispos gamberros. Las reacciones de Arzallus y Otegui, las esperadas. El primero es coautor en la distancia de la barbaridad y el segundo ha estado clarísimo: «La iglesia ya se ha retratado. Ahora hace falta que los empresarios hagan lo mismo». Interpreten su mensaje. La Iglesia ha demostrado que está con nosotros y nada tiene que temer. Ustedes, los empresarios, ya pueden ir poniéndose las pilas si no quieren que alguno de los suyos sea secuestrado o salte por los aires. Y para cerrar el capítulo de reacciones miserables, las de Llamazares y Madrazo, del Partido Comunista, que, una vez más, y sin tapujos, se alinea del lado de la defensa de Batasuna y el plan de depuración étnica del Partido Nacionalista Vasco.

Aquí no cuenta ni la soberanía popular, ni los partidos que la representan, ni las voces de las víctimas, ni las tragedias de los muertos, ni el voto de los ciudadanos. Todo eso se difumina cuando la Justicia firma sentencias desde el interés cobarde y la Iglesia se agarra del brazo, en siniestro pasacalles, de los asesinos y los exterminadores. El ministro Piqué poco podrá hacer ante la Nunciatura, porque la Iglesia Vasca, más que Católica, Apostólica y Romana, es Local, nada Apostólica y Bilbaína, con un Papa secularizado que recibe en «Sabin-Echea». Por ahí, nada que esperar. Y por allá, menos aún, si entre unos y otros nos obligan a someternos a los criminales.

Conflicto entre Estados
Editorial La Razón 2 Junio 2002

No parece simple coincidencia, sino todo lo contrario, que inmediatamente después de conocerse la pastoral de los obispos vascos se anuncie una carta supuestamente firmada por 358 sacerdotes de esas mismas diócesis, y de alguna aledaña, en contra de la Ley de Partidos y en apoyo de la «autodeterminación» o, lo que en realidad se quiere decir, la separación del País Vasco del resto de España. La carta supone una vuelta de tuerca más en la sorprendente irrupción de la Iglesia católica del País Vasco en la arena política, manifestada por los obispos de San Sebastián, Bilbao y Vitoria, al optar claramente por los fieles del bando soberanista y salir en defensa de Batasuna. Los sacerdotes, radicalizados en la inhumana «equidistancia» que olvida que los únicos que apelan a la violencia, asesinan, extorsionan e impiden la libertad están en su lado, son más claros que sus prelados: buscan una «Iglesia vasca», una conferencia episcopal separada del resto de España para servir a un Estado independiente.
Cuando los sacerdotes abandonan lo espiritual, que les corresponde, para irrumpir escandalosamente en lo terrenal, que es dominio del César, es preciso una explicación urgente antes de que crezca un conflicto indeseable entre España y la Santa Sede. El silencio del Vaticano, su inactividad en este grave asunto, resulta inexplicable, y más doloroso a medida que pasa el tiempo. El Gobierno ha hecho lo que tenía que hacer: llamar a consultas al Nuncio en España, y enviar además al embajador ante la Santa Sede para exponer, en ambos casos, la protesta por una injerencia inadmisible. Ahora falta conocer la respuesta vaticana, que debería ser lo suficientemente gráfica como para alejar cualquier duda. Los españoles tienen derecho a saber si en la jerarquía eclesiástica vasca se ha apostado ya, unos en silencio y otros de forma activa, por apoyar la vía soberanista ya sea como medio de permanecer en privilegiada posición si triunfa el secesionismo o como recurso para no convertirse en víctima de la misma limpieza étnica que quiere expulsar, vivos o muertos, a todos los que no piensen en clave nacionalista y se atrevan a disentir.

El alma no se serena en Euskadi
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Junio 2002

Etimológicamente, que viene del griego epískopos, obispo es el que vigila. Es tanto como celador o mirón; pero, como San Pablo les escribió a los corintios, caminamos por la fe, no por la vista. Quien no tiene fe, o la tiene fofa, no puede mirar al futuro y ha de conformarse con los recuerdos antañones, los pétalos secos entre dos páginas del breviario y las intrigas y arabescos de obispalía. De los cuatro obispos vascongados firmantes de la pastoral Preparar la paz, tres eran nacionalistas antes de entrar en el seminario, de cantar misa y de vestirse de morado; pero uno, el de más abundante feligresía, es un caso sobrevenido de conversión a una causa tan aldeana; es decir, tan poco católica. O universal.

¿Qué es lo que pasa en el País Vasco, en donde los cuerpos caen hacia arriba, el miedo es institucional y los obispos están con la parte y no con el todo? Sabíamos que es aquella una sociedad fracturada en la que la inversión de valores ha puesto a Sabino Arana por delante de Marx o de Ortega, de Jaspers o de Heideguer; pero, lejos de atemperarse tan acusado síndrome, se agudiza y amplía su ámbito a terrenos en los que los sentimientos de cercanías carecen de sentido. La pastoral de los cuatro obispos marca un punto de inflexión en esa crisis que ya supera lo político para entrar en terrenos no comprendidos en los de la razón. El ministro Cabanillas ha estado fino y enérgico a la vez en su recriminación institucional al igual que Piqué, con diligencia, ha llamado a capítulo al nuncio de Su Santidad en España. La Conferencia Episcopal Española no ha tardado en desmarcarse de quienes son parte de ella. Pero, y esto es lo más importante, ¿dónde queda la reacción social?

La ley de Partidos, que no es una panacea que pueda remediar por sí sola el desgraciado problema vasco, es el fruto de un ejercicio de representación política, ¿cuál es la representatividad del cuarteto episcopal? Ahí está justamente lo que convierte en grave este asunto. Los cuatro obispos que, en cuanto ciudadanos, tendrían todo el derecho a manifestarse como lo han hecho, incluso a considerar irrelevante la relación de Batasuna con ETA, son, además de ciudadanos, la máxima jerarquía territorial de una confesión religiosa de aceptación y tradición en el lugar. Se proclaman, ante la gente sencilla, como si la sombra del Espíritu Santo se proyectase sobre ellos para reafirmar sus palabras. ¿Qué pasaría si un imán o un rabino osaran predicar a sus fieles algo parecido e igualmente invasor de lo temporal? A mayor abundamiento, un coro de sochantres del PNV, EA e IU han recordado que el PP y el PSOE deben respetar a la Iglesia. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza son grandes virtudes cristianas, ¿también para los cuatro obispos de la pastoral?

Pastoral contra la paz
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Junio 2002

Escándalo, rabia, consternación... Me sumo a las reacciones de tantos políticos y comentaristas, de tantos ciudadanos, ante la pastoral de los tres obispos vascos. Pasadas las primeras cuarenta y ocho horas, puedo decir fríamente que se trata de una contribución histórica a la radicalización de esa guerra civil encubierta que se vive en el País Vasco. La Iglesia «vasca» es consecuente con la fama que se ha venido ganando desde los comienzos de ETA.

Porque, en efecto, éste no es un texto que sirva para la paz, como pretenden sus autores, sino para agudizar la confrontación. Es una afrenta, envuelta en sofismas tan engominados como perversos, a los partidarios de la ilegalización de Batasuna, y va a servir de caución moral a los dirigentes de esta organización, reconocida por todo el mundo, con razón, como el brazo político de ETA. La pastoral constituye un apoyo real a esta organización en la medida que intenta desautorizar la ley de Partidos.

Los que nunca condenan los asesinatos, los atentados y las extorsiones de todo tipo; los que aprovechan su situación legal para establecer de mil formas el Terror tienen la comprensión de los prelados vascos. No así las víctimas.

La pastoral condena a ETA pero apoya a su brazo político al desautorizar las medidas que permite y que exige el Estado de Derecho y que llevarían necesariamente a la ilegalización de Batasuna. Al oponerse a la ley de Partidos, las descalificaciones a ETA quedan en mera retórica. Suponen un apoyo real a Batasuna. ¿O es que después de tantas experiencias trágicas alguien, limpio de corazón, puede dudar de la condición política de Batasuna, de la ambivalencia orgánica de muchos de sus militantes, de su implicación en acciones destinadas a la creación del Terror?

En la misma medida que la ley de Partidos puede ser eficaz para ganar la batalla contra el Terror, la pastoral de los tres obispos vascos viene a impedirla o retardarla.

Hay en la pastoral no sólo una condena de este nuevo instrumento para la paz que es la ley de Partidos, sino algunas consideraciones de tipo político que podrían ser defendidas si no estuviesen relacionadas directamente con el terrorismo. Por ejemplo, se critica la identificación del nacionalismo con el terrorismo, y tendrían razón los tres obispos en abstracto, pero se equivocan en la práctica por lo que se refiere a la ley de Partidos. Porque es evidente que «el» nacionalismo de Batasuna está vinculado al terrorismo, y que éste es asumido por esta organización como medio de alcanzar los fines de aquél. Sin embargo, las palabras de los obispos vendrían a indicar que la ley de Partidos cae en el error de condenar todo tipo de nacionalismo cuando se refiere al que ha hecho del Terror la partera de un Estado independiente. Del mismo modo, ¿qué sentido tiene en la pastoral la alusión a la lengua y a la cultura vascas cuando nunca en la historia del País Vasco ha sido tan valorado todo lo euskaldún hasta el punto de convertirse no sólo en hegemónico sino en excluyente?

Se plantan los tres obispos vascos contra la voluntad de la sociedad; desafían al Parlamento; toman partido a favor de la parte que lucha contra el Estado con violencia para crear otro Estado... ¿Acaso quieren anunciarnos los tres obispos una Iglesia «nacional» vasca, propia de ese futuro Estado al que aspiran «los» nacionalistas, «estos» nacionalistas? De ese modo se perpetúa aquella guerra de religión que, según Américo Castro, diferenció el caso vasco en la guerra civil última.

Pastores de ovejas y de lobos
José María CARRASCAL La Razón 2 Junio 2002

¿Por qué convivencia temen los obispos vascos en caso de ilegalizarse Batasuna? ¿A qué convivencia se refieren? ¿A la de los asesinatos, secuestros, insultos y vejaciones que allí tienen lugar a diario? ¿A la del «joderos» que deben escuchar por teléfono los familiares de las víctimas tras los atentados? ¿A la de los vivas a Eta lanzados por el portavoz de la organización que se pretende ilegalizar? Si ésa es la convivencia por la que temen los prelados vascos, que Dios nos coja confesados, pues no ofrecen otra solución que el sometimiento a los que machacan en Euskadi los derechos de sus conciudadanos. Rodríguez Zapatero es quien mejor lo ha dicho: esa carta no es ninguna pastoral. Es un manifiesto político. Le faltó sólo añadir «de la peor calaña», pues tergiversa conceptos y crea aún más confusión de la existente.

Se nos dirá que esos mismos obispos condenan cada atentado que se produce. Pero como al mismo tiempo siguen intentado mantener una equidistancia entre quienes los aplauden y sus víctimas, su condena pierde todo valor. El terrorismo no se combate con palabras. Se combate, como delito que es, con hechos, y en la lucha contra el terrorismo, los obispos vascos dejan bastante que desear, al querer estar en misa y repicando. El papel de pastores que les otorga su báculo les autoriza a ir en busca de las ovejas descarriadas. Lo que no dice el Evangelio es que tengan que ir también en busca de los lobos. Aunque igual nos salen con San Francisco. Tratándose de obispos, nunca se sabe.

Ahí tienen a la Conferencia Episcopal tratando de desmarcarse del documento. No dudo que hay en ella prelados indignados con lo que está ocurriendo en el País Vasco. Lo que me disturba es verles actuar como espectadores de los mismos y oír a su portavoz hablar de «pastores de Iglesias». ¿Acaso hay más de una? ¿ O se trata de otra cortina de humo, para no evidenciar las diferencias que, sin duda, existen entre ellos? En cualquier caso, hace ya tiempo que la Iglesia perdió su condición de «católica», en su sentido originario de «universal», para convertirse en parroquial. Y allá se las arregle cada párroco u obispo con sus feligreses y filisteos. Es la mejor receta para perder a los primeros sin ganar a los segundos, pues no creo a los obispos tan ingenuos como para esperar que con su comprensión pueden convencer a los que matan de que dejen de hacerlo. Todo lo más, que no les maten a ellos. ¿Les vale la pena? Es algo que tendrán que decidir a solas con sus conciencias. Pero aquellos que se meten de manera tan directa en la refriega política, deben saber que serán tratados como políticos, no como obispos. En cuanto al resto, ¿sería mucho pedirles que se dejen de templar gaitas? Para gaiteiros, nos basta y sobra con los de Fraga.

Obispos y jueces
CARLOS DÁVILA ABC 2 Junio 2002

«Quienes están tentados de dar el más leve aspecto de justificación a los razonamientos terroristas carecen de la más elemental lógica moral y jurídica de respeto a la dignidad de todo ser humano y sus derechos». Si cualquier político, si cualquier periodista, hubiera descalificado con estas palabras el documento de los obispos vascos, hubiera recibido del nacionalismo y de su repollo -no una flor- Llamazares los más agrios insultos. Pero el párrafo se debe al arzobispo de Valencia, monseñor García-Gasco, antiguo secretario de la Conferencia Episcopal, puesto en el que ahora dormita monseñor Asenjo, lector obligado de una nota en la que los obispos españoles no se atreven del todo a decir a sus colegas vascos cosas tan rotundas como las de García-Gasco, y que, sin duda alguna, son las que piensan en privado la mayoría de los pastores católicos del país.

Los cuatro obispos vascos han cometido, por lo menos, un dislate excepcional y el daño que han perpetrado contra su crédito sacerdotal y su parroquia entera es de la misma magnitud. Daño similar al que ha causado el reciente auto del Supremo exonerando a Otegi de un delito en el que se encuentra perfectamente cómodo: la apología del terrorismo. La primera consecuencia de esta malhadada actuación es que un ex ministro de Pinochet especialmente siniestro, no podrá ser encausado en España. Perfecto Ibáñez y sus cómplices ya saben cómo colaborar con el régimen salvaje del aún vivo dictador chileno. Ellos saben esto, y los obispos españoles del País Vasco han escuchado ya la cerrada ovación con que ETA ha recibido el abyecto documento. Claro está que para los señores obispos la relación -«sea cual sea» (sic)- de ETA y Batasuna, es banal, cosa inocente de nada; lo que importa es tildar de insensatos y radicales a los que se atreven, con gravísimo riesgo de sus vidas, a molestar a la fiera (las víctimas son los verdugos), porque para los señores obispos no hay otro camino que la paz negociada con los asesinos para que ellos obtengan el premio a su razón, la misma razón del nacionalismo.

Jueces y obispos han hecho que millones de españoles se encabronen con la Justicia y se horroricen con la Iglesia vasca. Los amenazados por la banda se sienten aún peor: han sido reñidos, no recibirán una sola bendición de estos jerarcas, y no pueden esperar sentencias favorables de jueces cagones.

Guerras de religión
CONSUELO ÁLVAREZ DE TOLEDO ABC 2 Junio 2002

Afirma la Conferencia Episcopal que «el manifiesto pastoral» elaborado por Uriarte, Blazquez y Asurmendi es de su exclusiva responsabilidad «como pastores de sus propias iglesias particulares». ¿Pues no decían que «la Iglesia es una, católica, apostólica y romana»? Al parecer en España la Iglesia solo es «una» cuando les conviene y según y como... Por ejemplo, según y como convenga a la hora de obtener la aportación de los contribuyentes. Que se sepa, a la hora de poner la cruz en la casilla de la declaración de la renta, no se especifica a «qué iglesia particular» va ese tanto por ciento.

Este distanciamiento pusilánime de la Conferencia Episcopal pone en evidencia las contradicciones de una jerarquía demasiado proclive a poner una vela a Dios y otra al diablo. Ambigüedad que sería respetable, como la de tantas otras instituciones, si no fuera porque en España lo católico va más allá de la pura creencia religiosa y es un hecho social en el que es difícil de deslindar donde acaba el César y donde comienza Dios. Cuando se creían ya superados los tiempos de «los poderes fácticos» viene este trío de ases eclesiales a ratificarnos en la idea de que en Euskadi no hay normalidad democrática. La tentación teocrática de Arzalluz no ha de sorprender a nadie. Lo chusco es el fervor con que Madrazo aplaude a esta «Iglesia particular vasca» en nombre de Izquierda Unida.

La irrupción de la «Iglesia particular vasca" en la política nacional rompe las pretensiones equilibradas de un Fernando Sebastián, obispo de Pamplona, a quien sus cercanos compañeros han dejado con el hisopo en el aire en la condena rotunda "del terrorismo y de quienes lo apoyan o justifican". La falta de caridad, por usar su más propia terminología, que revela el triste manifiesto político/episcopal, ha de ser piedra de escándalo para propios y extraños. Es decir para los que creen y para los no nos sentimos implicados en estas guerras de religión, sino simplemente comprometidos en la lucha por la libertad y el derecho a la vida.

Esta coz arzobispal al sentimiento herido de tantos inocentes se inscribe en una tendencia universal regresiva según la cual vuelven las guerras de religión. Disueltas las ideologías clásicas surgidas de las revoluciones burguesas e industriales, emerge un nuevo medioevalismo que enfrenta al cristianismo de occidente contra el Islam; vuelven las guerras santas y contra ellas las nuevas cruzadas y aquí, en España, resuenan otra vez algunos púlpitos contra la soberanía del pueblo. Pero están invocando el nombre de Dios en vano.

JUAN PABLO FUSI, HISTORIADOR: «Una consulta sin consenso puede quebrar la convivencia »
El catedrático cree que el Pacto de Lizarra estuvo «a punto de provocar una ruptura irreversible»
ALBERTO SURIO/SAN SEBASTIAN El Correo 2 Junio 2002

El catedrático Juan Pablo Fusi, experto en la historia contemporánea del País Vasco e integrante del equipo de moderadores de la conferencia de paz de Elkarri, advierte que una consulta unilateral y sin consenso puede provocar una ruptura en la convivencia en Euskadi.

-A vueltas con la cuestión vasca que usted ha analizado en los últimos años como historiador. ¿Hay motivos para el optimismo respecto al futuro?
-La cuestión vasca no da, desde luego, motivos para el optimismo. Yo creo que el resultado de las últimas elecciones autonómicas del año pasado fue muy claro: fue un mandato por una Euskadi moderadamente nacionalista, en la que debe tener plena cabida e integración el hecho no nacionalista y, por supuesto, la paz, para construir no un proyecto sólo nacionalista, sino ante todo una sociedad abierta, progresiva, que garantice la prosperidad y el bienestar de sus integrantes. Por el contrario, creo que el Pacto de Lizarra provocó uno de los peores bienios de la historia vasca porque estuvo a punto de provocar una ruptura moral irreversible.

«Romper la convivencia»
-¿Considera que una eventual consulta popular refuerza el consenso o divide a la sociedad?
-Todo lo que violente el proceso de una Euskadi democrática y común, por ejemplo, la dinámica del Pacto de Lizarra, la autodeterminación o incluso consultas multilaterales y no consensuadas, va contra los intereses de la sociedad vasca, la divide y la polariza: la desvertebra, puede romper la convivencia.

-¿Cuál es su papel como moderador en la conferencia de paz de Elkarri? ¿Ha recibido críticas por ello?
-Quienes aceptamos participar en la conferencia de paz de Elkarri como coordinadores-moderadores para elaborar un folio sobre el que pudieran estar de acuerdo todas las sensibilidades políticas de toda Eukal Herria, hicimos un pacto de discreción sobre nuestro propio papel y quiero atenerme a eso. Sólo le diré que para mí la experiencia ha sido sumamente enriquecedora: me enorgullece haber colaborado con personas, todo el equipo de coordinadores-moderadores, de una calidad humana e intelectual extraordinaria, que han querido contribuir desinteresadamente al entendimiento y la paz en el País Vasco.

-El PP rechaza esta conferencia porque cree que pretende superar la autonomía y que esa es la premisa de partida. ¿No existe ese riesgo?
-Respecto a lo que usted llama «premisas» de la conferencia de Elkarri, sólo pudo decirle que habrá que aguardar a que se haga publico el folio en cuestión para poder opinar sobre ella.

-¿Qué piensa de la vía de los derechos históricos defendida ahora por Ibarretxe para construir un nuevo pacto entre el País Vasco y el Estado?
-Por lo dicho anteriormente, no veo muchos motivos para ser optimista respecto a la actual situación política vasca. En alguna ocasión he dicho ya que, aunque sea escéptico sobre la existencia real, en derecho, de los llamados derechos históricos, la vía de estos últimos, puesto que la recoge la Constitución aunque no la desarrolla, podría contribuir a ese nuevo consenso jurídico-político que el nacionalismo parece exigir. Y me parece obvio que desde Lizarra, la política vasca ha podido entrar en una dinámica de confrontación política e institucional nefasta para los intereses de Euskadi.

-¿Y de la Ley de Partidos?
-En ese contexto, en primer lugar, estoy de acuerdo con la existencia de leyes de partidos en todo sistema democrático que contemple ilegalizaciones de formaciones enemigas de la democracia y de la convivencia social; segundo, no a toda ley retroactiva y con supuestos de ilegalización vagos y mal definidos; tercero, reservas a leyes de partidos ad hoc ; Cuarto, iniciativa y decisión de ilegalización siempre judiciales. El problema para mí no es tanto la Ley de Partidos que, antes o después, era inevitable: la gran cuestión es la redefinición democrática real de la izquierda abertzale, de Batasuna, la gran asignatura pendiente de sus dirigentes. Si se atreven a hacerlo, la historia lo entenderá. Es evidente que un sector minoritario en Euskadi prefiere un nacionalismo audaz, social, radical, al nacionalismo cristiano, tradicional y costumbrista del PNV.

Y ASÍ FUE COMO, MIRA POR DÓNDE, EL «LORO VIEJO» APRENDIÓ A HABLAR
PEDRO J. RAMIREZ El Mundo 2 Junio 2002

Formo parte, naturalmente, del centenar de periodistas incluidos en las listas de casi mil quinientas personas residentes en Madrid que el comando Txirrita tenía catalogadas como potenciales objetivos.Un buen amigo de muchos años me ha ayudado a conseguir una fotocopia de mi ficha, tal y como constaba en ese archivo de la muerte, pulcramente ordenado por orden alfabético. En ella figuran mi nombre, mis direcciones y teléfonos, mis circunstancias familiares, mi trayectoria profesional, mis cargos internacionales, mis vínculos con tal o cual asociación y algunos detalles extraordinariamente precisos sobre mis movimientos habituales. Finalmente, también aparece el motivo por el que debo ser asesinado: soy un kazetari txakurra-terrorista.

Lo de kazetari viene de gaceta. Es decir, soy y a mucha honra un señor que escribe en las gacetas, o sea un gacetillero y por extensión un periodista. Hasta ahí nada que objetar. Lo de txakurra ya es otra cosa, pues acabamos de topar con la palabra clave del imaginario etarra, algo así como la catedral de Burgos de su sistema semiológico. La hemos visto escrita mil veces en las pintadas junto a las casas de los amenazados y la hemos escuchado otras tantas en los labios vociferantes de los amenazadores.Txakurra. Toda la fonética euskérica está en ese vocablo tremendo que te golpea dos veces: primero con el chasquido inquietante del txistu o de la decantación del txakoli compartido con Txomin, Txikia, Txikierdi o Txelis en la intimidad del txoko o de la txozna; y después con el arrastre implacable con que ejecutado el aurresku, concluida la faena de los arrantzales o completada la borroka de cada día se grita: Aurrera!

Txakurra quiere decir perro, pero no en plan exhibición de razas caninas o retrato de familia de lord inglés con sus animales de compañía, sino refiriéndose a lo peor de lo peor. O sea, perro sarnoso, perro rabioso, perro apestoso... perro al que se descerraja un tiro con una escopeta de caza para que deje de ladrar, perro al que se arrolla apretando el acelerador en una recta cuando más confiadamente se le ve cruzar la carretera y al que se deja morir palpitando destripado sobre la brea derretida por el sol de agosto porque un perro, ese tipo de perro, esa cagarruta con patas, esa excrecencia de la naturaleza no tiene derecho a la vida y si aparece en medio del paisaje, o no digamos nada si se atraviesa en el camino de la Vía Lactea que conduce a Euskal Herria, es exclusivamente para ser exterminado.

Sin embargo, la confirmación de que yo era uno de los mil quinientos txakurras del Txirrita no me había producido hasta el jueves ninguna zozobra especial. Otra cosa sería que hubiera mil quinientos Txirritas y un solo txakurra, pero de momento eso no parece probable.Como cualquiera en mi lugar, cuento con algunas medidas de seguridad y adopto precauciones elementales. La capacidad operativa de ETA es limitada y el Ministerio del Interior, con la creciente colaboración francesa, le tiene cada vez más cogida la medida a la banda. Por otra parte, ¿cómo no aceptar que el ejercicio del periodismo, tal y como yo lo entiendo, tal y como lo practicamos en EL MUNDO, implica un cierto factor de riesgo uncido al destino de cada uno? Es decir, que hasta el jueves, business as usual.

Pero desde el jueves se ha abierto paso la constatación terrible y vomitiva, la indignación sulfúrica, de que los próximos pistoleros que vengan a Madrid a intentar matarnos a algunos de esos mil quinientos chacurrillas cada uno con sus vidas, ilusiones y seres queridos alrededor podrán hacerlo confesados y comulgados e incluso con la sensación de ser depositarios de la bendición apostólica de Su Santidad. Y eso cambia, claro está, las reglas del juego. Cuando se mata en nombre de una idea injusta, equivocada, pervertida y estúpida como es la pretensión autodeterminista de un sujeto colectivo inventado, es posible combatir a los criminales desde la ley y el derecho y a sus mentores desde el debate intelectual y la pedagogía social. La pugna podrá ser dura y prolongada, pero el racionalismo que impregna el curso de la Historia en las democracias desarrolladas terminará imponiéndose de forma tan inexorable que si algún día entran en escena las «tanquetas» evocadas por Atutxa, no se sabe si como una pesadilla o como un anhelo, en sus torretas no figurará la bandera de España sino las veintitantas estrellas de una Unión Europea con política de defensa propia, construida en torno a sus actuales Estados y sin margen de tolerancia para desafíos cantonalistas. Pero incluso esa apabullante correlación de fuerzas queda distorsionada si los que matan pueden llegar a la conclusión de que además lo hacen en nombre de Dios, o por lo menos con una cómplice comprensión divina.

Lo hemos visto en el Líbano y en el Ulster, desde las Cruzadas hasta la destrucción del World Trade Center, lo vivimos un día sí y otro también en Israel y en los territorios ocupados. Cuando es Alá, Yaveh o el Dios de los Ejércitos quien está contigo sobrán ya todas las demás razones y argumentos. Se nublan las inteligencias, se ofuscan los entendimientos y sólo queda esa pulsión telúrica, ese peligroso panteísmo del terruño, ese sanguinario misticismo étnico y tribal que empuja irresistiblemente a segar las vidas ajenas porque el terrorista siempre es el otro, da igual que su única arma sea la ley o la pluma aun a costa de arriesgar la propia en el ara del martirio. De seguir así las cosas, por muy cobardes que se hayan mostrado hasta ahora ante el mínimo riesgo de probar parte de su propia medicina, algún día nos encontraremos con el primer kamikaze etarra.

Es cierto que el documento de los obispos vascos condena de forma expresa a ETA y pide su desaparición. Pero lo hace como si se refiriera a un fenómeno metereológico, esa pertinaz sequía, esas lluvias torrenciales, frente al que poco más se puede y debe hacer que elevar unas piadosas rogativas al cielo, debidamente estampilladas en el despacho parroquial correspondiente. A partir de ahí, todo lo demás, la jerarquización de los epígrafes, la contextualización del conflicto, la sibilina selección de las palabras, la taimada alusión a hipotéticas torturas, la cálida afección a los supuestos derechos de los asesinos más desalmados y muy en especial el precipicio moral por el que grotescamente se despeñan cuando abandonan a las víctimas a la hoguera irremisible, aconsejándoles que es preferible morir de costado y ser asado a fuego lento, antes que correr el riesgo de que alguien intente rescatarte y entonces te apliquen el tratamiento de shock, todo absolutamente todo conduce al relativismo moral que cada día permite vitorear a ETA con el rosario entre las manos y de vez en cuando apretar el gatillo con la hostia consagrada a medio camino hacia el estómago. ¿Excomulgar a los etarras? Por favor, señores periodistas, antes de poner titulares a tontas y a locas estudien el Derecho Canónico.

Constataba ayer Isabel San Sebastián que ni entre los mil asesinados por ETA ni entre los decenas de miles amenazados ha habido nunca ningún cardenal, ningún obispo, ningún teólogo, ningún párroco o clérigo destacado. O sea, que tenemos a los txakurras policías (maketos o cipayos), a los txakurras militares (de tierra, mar y aire), a los txakurras judiciales (de instrucción, primera instancia o tribunales superiores), a los txakurras concejales (del PP, el PSOE o UPN), a los txakurras funcionarios de prisiones, a los txakurras médicos, abogados o ingenieros y a los txakurras de la prensa (escrita, audiovisual o electrónica), pero de la txakurrada episcopal nada de nada. Qué raro. Ni está ni se la espera.

Que Monseñor Uriarte, fiel continuador de la hipocresía anticristiana de Monseñor Setién, haya firmado ese documento no me sorprende nada. En memoria del principal panegirista ensotanado de Adolf Hitler, yo le bauticé como el Obispo Pardo tras escuchar estupefacto la homilía en la que aprovechó el funeral de José Luis López de la Calle para reivindicar las ideas de sus asesinos y pedirle a Jaime Mayor Oreja, abusando maleducadamente de su apesadumbrada presencia en el templo, el acercamiento de los presos etarras al País Vasco. Es curioso también que cuando uno de sus hermanos en la fe, alto cargo de la Conferencia Episcopal de honda raigambre castellana, me transmitió lo dolido que se sentía Monseñor Uriarte por mis palabras, la conversación no incluyera a la vez indagatoria alguna sobre el efecto que las suyas debieron causar en los sentimientos de los desconsolados familiares y amigos del finado.

Lo verdaderamente extraordinario de este manifiesto nacionalista radical en el que se insta a la total pasividad frente a Batasuna «sean cuales sean sus relaciones con ETA» es que junto a las firmas de Uriarte, Asurmendi y Etxenagusía, equipo médico habitual de la enfermedad moral nacionalista, figure la de un tal Blázquez, abulense de nacimiento y palentino por adopción y ejercicio pastoral, a quien Anasagasti descalificó cruelmente cuando al llegar hace siete años a la diócesis de Bilbao anunció que tomaría clases de euskara. «Loro viejo no aprende a hablar», dijo el portavoz nacionalista, demostrando una vez más que su respeto hacia la Iglesia o cualquier otra institución termina tan pronto como entra en colisión con alguno de los delirios de Sabino.

Pues bien, hétenos aquí que el Señor ha hecho en ti maravillas y el «loro viejo» ha aprendido a hablar. Vaya que si lo ha hecho.De forma «candente y resbaladiza», hasta hacerse acreedor, tras tanto deslizamiento encendido, del sobresaliente cum laude que le han concedido a medias Arzalluz y Otegi. Después de esto el «tal Blázquez» será ya el aita Blazkez y tendrá su sitio de honor junto a Telesforo Monzón en el Hall de la Fama del Goiherri.Ahora ya sabemos que cuando otros prelados glosaban su «honda espiritualidad» en realidad se referían a su facilidad para los idiomas, pues antes de alcanzar tal grado de perfección en la lengua de aquéllos a quienes sirve con esmero, también había hecho sus meritorios pinitos con el paradisiaco inglés que se habla en Jersey. Confío, por cierto, en que esta impenitente alusión a ello no me haga merecedor de nuevas dosis de pública reprensión fraterna, pues los hechos demuestran que quien se deja arrastrar por el utilitarismo en un ámbito determinado fácilmente sucumbe a tentaciones equivalentes en los demás campos.

Ya saben los Soares Gamboa del futuro que cuanto más lejano sea su lugar de origen, según el ejemplo que este pastor transmite a su rebaño, más entusiasta, rápido y enérgico debe ser el sometimiento al principio asimilacionista de que allí donde fueres haz lo que vieres, escribe lo que te pidan que escribas, actúa según como te requieran que actúes e incluso piensa del modo en que se espera que pienses. A eso se le ha llamado siempre la furia del converso.

¿Y qué opina de todo esto la Conferencia Episcopal? Por Dios, válgame el diablo, que pregunta tan tonta. La Conferencia Episcopal no sabe, no contesta. No sabe porque «no conoció el texto hasta unos instantes antes de su difusión» y no contesta porque lo que dicen los cuatro jinetes lo hacen «bajo su exclusiva responsabilidad como pastores de sus propias iglesias particulares». Subraya, eso sí, a modo de ventana tramposa en medio de la amnesia o, peor aún, de capotillo de San Fermín para distraer a los morlacos españolistas, «la firme condena que hace el documento del terrorismo de ETA».

Más claro agua... bendita. Agua de pretor romano para un reverendísimo Poncio y su jefe, monseñor Pilatos. O sea, que la unicidad y universalidad de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana se convierte a conveniencia en la mera yuxtaposición de «iglesias particulares». O sea, que el portavoz de los obispos españoles puede opinar y opina sobre la divulgación de la condición de homosexual de un cura andaluz, puede opinar y opina sobre la relación extramatrimonial de una profesora de religión, puede opinar y opina sobre la pretensión de una niña musulmana de llevar un pañuelo en la cabeza, pero no tiene nada que decir sobre el hecho de que cuatro de los miembros del órgano colegiado al que representa sostengan públicamente que la actitud de la democracia española respecto a Batasuna debe mantenerse inalterable «sean cuales sean» sus lazos con los terroristas que pretenden asesinarnos a todos menos a ellos.

Si no hubiera detrás tanta tragedia y tanto patetismo, leer que con esta nota escapista y farisea la Iglesia española «marca distancias» con los obispos vascos sólo produciría la mueca con que se recibe un mal chiste. Excepto, claro está, que desde el entreguismo intelectual con que la vieja España ha declinado siempre en la jerarquía eclesiástica el alfa y omega de toda verdad revelada, se considere que es suficiente «distanciamiento» el del automovilista que con un leve giro de volante evita pasar por encima del animal desventrado por el sádico bestia que le ha precedido. Es imposible «poner en evidencia» esa conducta sin tomarle la matrícula, parar en el teléfono más próximo y denunciarle sin pelos en la lengua. Algo que ni ha hecho ni, al parecer, pretende hacer la Conferencia Episcopal.

Aunque el método Anasagasti se haya mostrado eficacísimo, yo no propongo llamar a los obispos españoles, uno a uno y por su orden, «loros viejos», ni nada por ese estilo. Pero sí creo que va siendo hora de que la España constitucional empiece a echar cuentas rigurosas sobre lo mucho que en todos los órdenes el Estado democrático da a la Iglesia católica y lo poco que ésta nos devuelve cuando, como es el caso, llega la hora de las grandes encrucijadas morales en las que la acomodación y el disimulo resultan insoportables e insostenibles. Y lo planteo tanto por decencia como por conveniencia. Porque aunque en esas tres «iglesias particulares» vascas hace tiempo que en la práctica ya no sea así, en el resto de España, que yo sepa, también los txakurras que merecemos la muerte por el tono en que le ladramos a la luna somos todavía hijos de Dios y a lo mejor algunos hasta terminamos ganando el Cielo.    pedroj.ramirez@el-mundo.es

Francisco Vázquez, alcalde de A Coruña: «Me preocupa que en España se pueda decir 'gora ETA' y no se pueda decir La Coruña»
LAUREANO LÓPEZ (A CORUÑA) La Voz 2 Junio 2002

Delgado, con barba cana, purito y una chaqueta Lacoste azul bajo la que se oculta su clavícula lastimada -un accidente doméstico-cultural le dejó fuera de juego el pasado 29 de abril- Francisco Vázquez, alcalde de A Coruña, regresa al tajo con un escepticismo muy acusado. Y un discurso infinitamente más reflexivo de lo acostumbrado: «La vida sigue igual, o sea, no pasa nada. Es como un revival, las mismas noticias y acontecimientos». ¿Es este el Vázquez de hace un mes? La respuesta lleva 'ele': «Me preocupa que al final, en España, se pueda gritar 'gora ETA' y no se pueda decir La Coruña», subraya.

Le apetece tomar el aire, mezclarse con la gente. Por eso prefiere arrancar la entrevista a pie. Se detiene delante de un semáforo y decide desviarse del trayecto para comprar un mont-blanc en una librería, antes de atravesar, por vez primera en un mes, la puerta del Ayuntamiento. Arriba, en la planta noble, le esperan su guardia personal y sus secretarias. Ya en su despacho, apura un café y enciende un purito. Se acomoda, con cierta dificultad, en uno de los sillones.

-Un mes sin apariciones públicas da para pensar en muchas cosas.
-En mi caso, sobre todo, para leer mucho en estas semanas que, evidentemente, he estado muy incómodo. Y para pensar en las cosas en las que puede pensar una persona normal, que reflexiona sobre lo que ha sido su vida y lo que pudo haber sido, porque si en vez de caer hacia la derecha caigo hacia la izquierda probablemente me hubiera matado. Y porque el dolor de las primeras semanas me impedía dormir con normalidad. ¡No sabía yo que fueran tan largas las noches!

-Cuando alguien aparca por un tiempo su actividad puede incluso replanteársela. ¿Pensó en echar pie a tierra?
-No, no, porque hay proyecto para rato. Y creo que La Coruña en estos momentos está iniciando una etapa muy importante que va a marcar el futuro de la ciudad. Es un ejemplo para las otras.

-Habla usted de «La Coruña». ¿No teme que el alcalde que algún día tome su relevo le arrebate la L?
-Hombre, a mí me preocupa que, al final, en España, se pueda gritar 'gora ETA' y no se pueda decir La Coruña. Eso es una cosa... Al final lo que se está prohibiendo es el uso de la lengua española. No solamente defiendo un nombre histórico, anterior incluso a ese neologismo, sino que estoy defendiendo el derecho a la tolerancia, a la convivencia, al bilingüismo, el derecho a que cada uno hable de lo que quiera. Y la Real Academia de la Lengua es muy clara: nadie dice London cuando habla en español.

-Se le acusa de excesivamente localista. Defiéndase.
-Quién me diera convertir a La Coruña en la Atenas de Pericles. Dicho esto, lo evidente es que si hay una ciudad que en su espíritu sea lo más lejano al localismo es la ciudad de La Coruña, y mi mentalidad es claramente antilocalista. Localismo son las tendencias nacionalistas excluyentes, que me repugnan cada vez más, porque creo que es uno de los principales problemas de este mundo que tiende a la supresión de fronteras y a la universalización de las ideas. Dicho en plata, yo cada vez me siento más galleguista, sin que ello introduzca un punto de contradicción con mi sentido español y españolista, y cada vez me siento menos nacionalista, más adversario incluso, más contrario a las ideas que constituyen un azote contra la convivencia, la tolerancia y el progreso.

Con el máximo respeto
JOSÉ MARÍA MUGURUZA/ABOGADO El Correo 2 Junio 2002

He leído con gran atención la carta pastoral de los obispos de San Sebastián, Vitoria y Bilbao que se ha difundido a través de los medios de comunicación. Y lo he hecho así porque la opinión de los representantes de la Iglesia católica en debates de actualidad y trascendencia social es siempre importante y, mucho más, para quien ostenta la condición de católico.

A mi juicio, no debe ponerse en cuestión el derecho e, incluso, la conveniencia de que los máximos dignatarios de la Iglesia manifiesten su opinión en problemas de carácter exclusivamente temporal, pues es evidente que una parte importante de su misión evangélica la constituye precisamente la orientación de la sociedad hacia las soluciones que más se correspondan con los principios morales y éticos. Pero creo que igualmente debe considerarse incuestionable el derecho de los fieles a discrepar de sus criterios en tales cuestiones de carácter puramente temporal, en la misma medida en que debemos prestar obediencia cuando ejercen su función de Magisterio.

Es por ello por lo que siento la necesidad de hacer pública mi diferencia de opinión con algunos de los criterios fundamentales que inspiran esta carta pastoral y lo hago con el mayor de los respectos y sin infringir en modo alguno las obligaciones que me impone mi condición de católico. No pretendo en un solo artículo analizar el texto completo de la pastoral, pues ello requeriría una mayor extensión, que quizá debamos abordar en el futuro, pues el debate abierto es, sin duda, de gran trascendencia y puede ofrecer importantes posibilidades.

La carta pastoral contiene reflexiones de altísimo interés, pero, a mi juicio, resulta mucho más acertada en sus planteamientos que en sus conclusiones. Y como muestra de lo que digo, me voy a fijar en dos cuestiones que se plantean en ella, una de carácter general y otra más concreta, que considero de especial relevancia por su profundidad y actualidad: el diálogo y la reforma de la ley de partidos políticos.

Se dice en la carta pastoral que vivimos un momento marcado por la incomunicación y el desencuentro políticos y es cierto. No son los obispos únicamente los que denuncian esta situación, sino que es una desazón muy extendida en nuestra sociedad, que reclama con insistencia un diálogo político. Sin embargo, no podemos dejar de constatar que dicho esto así, sin más precisiones, se convierte en una imputación generalizada, dirigida indiscriminadamente a todas las formaciones políticas, por lo menos a todas las formaciones políticas democráticas, y las acusaciones generalizadas suelen ser a menudo injustas.

Yo creo que cuando se denuncia una situación de estas características, es necesario profundizar más, para tratar de llegar a localizar las causas de la incomunicación, sus responsables y las obligaciones que a cada uno competen para hacer posible ese diálogo.

Visto esto así, y teniendo en cuenta que el desencuentro se produce en relación con la llamada cuestión nacional, no podemos analizar la situación del momento actual como si estuviéramos en un punto de partida, prescindiendo de lo acontecido en la última etapa de nuestra vida política, considerando como tal la transcurrida desde la restauración de la democracia en España. Si recordamos la situación en aquel momento, los tres territorios vascos que hoy constituyen la comunidad autónoma no eran sino tres provincias españolas que no tenían entre sí la más mínima conexión ni política, ni tan siquiera administrativa.

Es la Constitución española de 1978, apoyada por todos los partidos políticos españoles y aprobada por las instituciones españolas, la que abre la vía para que nuestros tres territorios se conviertan en una unidad política por primera vez en su historia, pues no podemos otorgar tal consideración al efímero Estatuto que se aprobó durante la guerra civil. Y a partir de la Constitución, el Estatuto de Gernika consagra esta nueva configuración política de nuestros territorios, también con el refrendo de los partidos e instituciones españolas.

Como consecuencia de ello, resulta una nueva unidad política, País Vasco-Euskadi, con unas importantísimas competencias, a las que se añade un soporte financiero de tanto calado como supuso el restablecimiento de los conciertos económicos. No creo que se pueda negar que todo ello supuso una gigantesca aproximación a la identidad vasca y la apertura de un proceso de diálogo de incalculables posibilidades.

Pero todo proceso de diálogo que tiene como finalidad el encuentro, debe ser necesariamente una sucesión de aproximaciones, por lo que el paso que se había dado hacia el reconocimiento de la identidad vasca requería una respuesta en la misma dirección por parte del pueblo vasco y, muy especialmente, del nacionalismo vasco. Sin embargo, la respuesta no ha sido esa, sino que el nacionalismo vasco, en lugar de corresponder a una aproximación con otra, ha radicalizado sus objetivos hacia la autodeterminación como vía para la independencia, marcando con crudeza diferencias con España y alimentando un clima de distanciamiento.

¿Es posible continuar el diálogo en estas condiciones? A mi juicio, para que ello sea así, el próximo movimiento nos corresponde a los vascos y, sobre todo, a los nacionalistas vascos, en justa reciprocidad al paso dado desde España, con una acercamiento por nuestra parte que excluya cualquier pretensión de secesión por decisión unilateral.

No podemos pretender que instituciones y partidos españoles sigan accediendo a sucesivas reivindicaciones de nuestra parte, sin asumir nosotros ningún compromiso de carácter definitivo. No creo que tenga sentido reivindicar derechos sin asumir obligaciones, después de una relación histórica de varios siglos.

Dicen nuestros obispos que el Gobierno español aduce dos razones para justificar esta reforma. La primera de ellas, que no es justo que un partido vinculado a ETA goce de la cobertura de la ley y la segunda, que la ilegalización debilitará el apoyo que Batasuna ofrece a ETA. Es decir, una razón que se sitúa en el orden de los principios, como es la justicia, y otra de carácter más pragmático, como es la previsión de los efectos que producirá.

Cualquiera podría pensar que la autoridad de los representantes de la Iglesia católica es mucho mayor en el análisis de una cuestión de principios que de conveniencia u oportunidad política. Sin embargo, la carta pastoral hace precisamente lo contrario. Elude el análisis de la mayor o menor justicia del proyecto y entra al pronóstico de lo que puede producir su aplicación.

También aquí me permito expresar mi discrepancia. A mi juicio, es mucho más importante saber si una ley es justa o no, que tratar de adivinar sus resultados en cualquier clase de contingencias. Pero, además, lo primero puede hacerse con rigor y lo segundo es una reflexión de pronóstico, en la que todas las opiniones pueden tener su fundamentación y en la que el ejercicio de la función del Magisterio de la Iglesia no se ve revestido de la autoridad moral necesaria en una carta pastoral. Por mi parte, creo que tal como se plantea la cuestión en esta última «si es justo o no que un partido vinculado a ETA goce de la cobertura de la ley», la respuesta no puede ser más que una: de ningún modo puede considerarse justo que semejante partido tenga cobertura legal y financiación de fondos públicos.

En cuanto a la segunda cuestión, las consecuencias inmediatas que producirá en nuestra sociedad, yo ni siquiera me atrevo a predecirlas, pues las habrá de distinto signo, muchas de ellas imprevisibles, pero sí tengo la convicción de que la justicia se impondrá y de que si el proyecto es justo, sus efectos finales serán favorables.

Y termino como he empezado, con una expresión de máximo respeto y sincero ofrecimiento hacia nuestra jerarquía pastoral.

Pastores de un rebaño imposible
ENRIQUE VILLAR MONTERO/DELEGADO DEL GOBIERNO EN EL PAÍS VASCO El Correo 2 Junio 2002

Quiero manifestarle que soy católico, profundo creyente y practicante, aunque en este último aspecto reconozco humildemente que mejorable. Hablo a título personal y no tengo el menor interés en hacer proselitismo».

La Iglesia vasca a la que representan los obispos de Bilbao, Vitoria y San Sebastián se ha pronunciado mediante una carta pastoral sobre la situación que vive la sociedad vasca. Están en su derecho. Reconozco su posicionamiento contra ETA, contra la violencia terrorista y su apoyo a los concejales y personas amenazadas. Pero los obispos vascos, con harto dolor de mi corazón, me vuelven a defraudar, obligándome a mirar a la jerarquía de mi Iglesia con un poso, cada vez más grande, de amargura.

Me decepcionan porque, tras su planteamiento contra la violencia y el terrorismo nacionalista de ETA, vuelven a confundir su discurso salpicándolo de precisiones y consideraciones que, a muchos cristianos, nos hacen ver con tristeza y desamparo su ambigüedad. Nos lleva a pensar que, amparándose en su misión pastoral, mantienen una posición tibia. Da la impresión de que, como pastores, miran con igual preocupación al rebaño y a los lobos. Yo les reconozco como hijos de Dios, pero también como hijos políticos de Sabino. Unos por convicción (Juan María Uriarte y Carmelo Echenagusía) y otros por arrastre (Blázquez y Asurmendi).

A pesar de afirmar en su carta pastoral que «ser nacionalista o no serlo no es ni moralmente obligatorio ni moralmente censurable», estoy cada vez más persuadido de que la Iglesia vasca es decididamente nacionalista. Entre las opciones posibles, los obispos vascos están reflejando en su declaración planteamientos que harán felices a los dirigentes nacionalistas de este país. De la misma forma, sostengo que las familias de las víctimas del terrorismo, que las personas amenazadas por ETA, al leer su escrito, no habrán podido por menos que torcer el gesto. Personalmente, se me ha helado el alma

Ustedes siguen cayendo en el error de pensar que en el País Vasco, si se condena la violencia de ETA, automáticamente hay que sacar a relucir los derechos de los presos, el respeto a los derechos humanos, los malos tratos y las torturas. ¿Por qué? ¿Es acaso por limpiar su conciencia? No tienen ninguna obligación de hacerlo salvo que pretendan agradar a unos y a otros, a las víctimas y a los verdugos.

Quiero que estén tranquilos. El Estado español es un Estado de Derecho en el que los principios de la Ley y la Justicia inspiran la actuación del legislador y de las fuerzas de seguridad. En caso contrario, los jueces están para depurar cuantas responsabilidades puedan derivarse de una actuación incorrecta. No necesitan por tanto colocar en ambos lados de la balanza los muertos de ETA y las denuncias de organismos que, como Amnistía Internacional, siguen considerando a la banda terrorista «un grupo armado».

Para alcanzar la paz es preciso acabar con quien la impide: con ETA. Para los obispos vascos, sin embargo, esto no es suficiente. En un nuevo salto en el trapecio hablan de otros problemas «que es preciso resolver para alcanzar la paz». Y encadenan cuestiones como «españoles», «vascos-españoles», «más españoles que vascos», ... «respetar las identidades», etcétera, para acabar construyendo la teoría de que es perverso unir nacionalismo y terrorismo.

Yo afirmo que el terrorismo de ETA es un terrorismo nacionalista. Que ETA y los partidos nacionalistas vascos validaron con su sello un documento que, a cambio de una supuesta tregua, recogía su conjura para avanzar por el camino de la independencia, comprometiéndose en conseguir el aislamiento de aquellas opciones no nacionalistas, que, representando a más de la mitad de los ciudadanos vascos, siguen sufriendo hoy en día la presión de las pistolas, de los insultos, de las bombas lapa, de las pintadas amenazantes.

Y Batasuna es un partido cómplice de los terroristas, que va a ser situado fuera de la Ley por un tribunal de justicia y cuya ilegalización, espero, nos va a permitir luchar más eficazmente contra el terrorismo y acercarnos a la paz. Ilegalizar a Batasuna no va a ir en perjuicio de los amenazados como insinúan los obispos vascos; los perjudicados van a ser, precisamente, los que amenazan. Si lo que pretenden es mantener a los fieles batasunos contentos en el rebaño, me parece un esfuerzo inútil. Individuos que comulgan en la fe cristiana y que asumen la muerte de un semejante como una expresión del conflicto constituyen despreciables compañeros de viaje. Conmigo, desde luego, no cuenten. Con su pastoral han hecho más dolorosa la herida abierta en el corazón de muchos de sus fieles.

«Señor obispo, a mi juicio, que por supuesto ha sido bien pensado y madurado, usted ha quedado descalificado como pastor de este feligrés y sólo puedo prometerle rezar por su alma, que por lo menos está tan necesitada de luz y de Gracia como la mía».

(P. D.: El primer y el último párrafo de este escrito corresponden a un artículo que publiqué en estas mismas páginas en abril de 1981 siendo yo concejal del Ayuntamiento de Vitoria y monseñor Larrauri, obispo de Vitoria).

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