AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 6 Junio  2002
El rodillo del realismo
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Junio 2002

Pastoral no, patética
José A. SENTÍS La Razón 6 Junio 2002

Rouco y el Setién-bis
Lorenzo CONTRERAS La Razón 6 Junio 2002

Triunfo de la demagogia
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 6 Junio 2002

Lo que en Euskadi la verdad esconde
FERNANDO LAZARO El Mundo 6 Junio 2002

La policía francesa detiene a dos de los etarras más buscados
FERNANDO LAZARO El Mundo 6 Junio 2002

¿Queda la palabra
VÍCTOR GÓMEZ PIN El País 6 Junio 2002

Los obispos vascos
Francisco Marhuenda La Razón  6 Junio 2002

La eficacia de entenderse
Ignacio Villa Libertad Digital  6 Junio 2002

Imaginario nacionalista e Iglesia vasca
DEMETRIO VELASCO El Correo  6 Junio 2002


 

El rodillo del realismo
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Junio 2002

EL gran acierto de Aznar está consistiendo en hacer coincidir la mayoría absoluta con políticas basadas en las tendencias dominantes de la sociedad. Así, la ley de Partidos ha podido alcanzar el récord del noventa y cinco por ciento de los votos. ¿Qué partido podría oponerse a una propuesta de ese tipo?

A pesar de la comprensión con la que cuentan los nacionalistas vascos en otras fuerzas políticas, una ley dirigida a la ilegalización de Batasuna terminaría por imponerse. Por mucho que lo intentó, el PSOE no consiguió zafarse. El PP planteaba con esta ley un objetivo moral y político frente al cual habría sido muy impopular enfrentarse: la lucha contra el imperio del Terror en el País Vasco. El PSOE e incluso CiU -ésta, a medias- tuvieron que votar con el PP. El error de Llamazares, al activar indebidamente el botón del «sí», fue claramente freudiano: la cordura ambiental dirigió el movimiento del dedo en contra de su propia voluntad. Los Solé Tura, Odón Elorza, Ramón Jáuregui sucumbieron ante el alud de racionalidad democrática que representaba la ley. Derrotados por el rodillo de la sensatez, son muchos los que aún confían en un fracaso de la ley. Por un lado piensan que será difícil de llevar a la práctica y que agudizará aún más la exasperación de la clientela de Batasuna...

Por supuesto esta política basada en las aspiraciones de la inmensa mayoría no tiene nada que ver con fórmulas populistas sino con planteamientos de gran carga racional y moral. Así en este caso de la ley de Partidos, la propuesta es la defensa del derecho a la vida, a las libertades... De ahí que José María Aznar pudiera hablar de la perversión moral que supone la pastoral de los obispos vascos en la que se critica la ilegalización del brazo político de ETA.

Esta búsqueda de la racionalidad ha venido inspirando otras reformas legales como la reivindicación de las Humanidades, la mejora de la calidad de la enseñanza, el Plan Hidrológico Nacional, la ley de Extranjería... Es cierto que el apoyo parlamentario a estos proyectos ha tenido poco que ver con el conseguido por la ley de Partidos pero en los debates ha ido quedando al descubierto una oposición empeñada en negarse a la solidaridad (política del agua), a la elementalidad y al sentido común (ante el fracaso de la enseñanza, por ejemplo).

Yo no creo que la crisis de los socialistas tenga sólo que ver con los problemas de un partido que se está rehaciendo sobre la herencia ruinosa de González. Lo que está dejando en evidencia la escasez de imaginación política de Zapatero es lo que podemos llamar el gran despliegue reformista del PP a partir de unas condiciones tan favorables como las que proporciona la mayoría absoluta. Las reacciones simplemente negativas del PSOE hacen aún más evidente su incapacidad. De ahí que los dirigentes socialistas hayan tenido que convertir en latiguillos los recursos a la «prepotencia» del Gobierno, al «absolutismo de la mayoría absoluta», a la identificación de los intereses del PP y de Aznar con los de España.

El día 20 los empeños voluntaristas de la oposición llegarán a su expresión máxima con la Huelga General ya que, tan sólo 48 horas después, la Cumbre Europea intentará alumbrar una política común para la inmigración. Los principios mantenidos por el Gobierno español coincidirán con los del resto de los Gobiernos. Será un nuevo éxito de estas políticas de Aznar basadas en la racionalidad y en las tendencias dominantes de la sociedad (mayoría absoluta aparte).

Pastoral no, patética
José A. SENTÍS La Razón 6 Junio 2002

Aún no entiendo cómo ningún preclaro obispo de los que viven de la casilla del IRPF en las diócesis vascas ha descubierto algo tan sencillo como que para que su comunidad viva en paz hace falta sólo un requisito: que quienes matan dejen de hacerlo. Les sorprendería lo milagroso que resultaría. Porque es absurdo exigir paz a quienes sufren la guerra. Es como pedir a los judíos bajo el nazismo un acuerdo dialogado con los operarios de las cámaras de gas, o a los esclavos negros de Alabama un esfuerzo de concordia para acabar con la lacra de la esclavitud.

Paz. Diálogo. Palabras asesinas, cuando el que las pronuncia lo hace como un arma contra los que padecen persecución por causa de sus ideas. Es ahí donde más que de la pastoral hay que hablar de la patética, música de fondo para funerales de los culpables de golpear con sus cabezas las balas de los terroristas. Con oficiantes parapateados en sotanas inmunes y en buenas conciencias impunes.

El armisticio que piden los obispos «vascos», que es el que sueña el PNV, es el que se firma tras las guerras en las que un bando ha vencido a otro por aplastamiento. Se llama rendición. Aceptemos la paz si no queremos que nos sigan matando. No utilicemos instrumentos en nuestra defensa, ni siquiera «el puro imperio de la ley», que tampoco les vale a los señores obispos. Seamos generosos con quienes han matado, han justificado las matanzas o las han jaleado y renunciemos a cualquier iniciativa, por legal que sea, por legítima que resulte. Y, a cambio, el bando vencedor en esta guerra unilateral se pensará la posibilidad de matar menos, incluso de no matar algún día. Porque cualquier respuesta que se dé al terrorismo sólo nos llevaría a un panorama «más sombrío».

Lo sombrío es la figura de los cuervos carroñeros de la violencia terrorista que quieren aprovecharse de la angustia de un pueblo amenazado para quebrar su dignidad y para hacerle comulgar con las ruedas de molino del separatismo. Porque se puede entender más al asesino paranoico que se arriesga que a quienes se benefician políticamente de sus víctimas mientras les rezan un responso.

Me pregunto cuántas patéticas pastorales por la paz habrá que sufrir para que de estos obispos salga una por la libertad. Con la cantidad de misiones en el mundo que estarían encantadas de recibirlos, para que cumplieran con su vocación de mediar por la paz donde verdaderamente hay guerras. Pero de estos prelados se puede esperar poco. Son de los que hubieran pedido diálogo entre los inocentes y Herodes o entre los mártires y Diocleciano. A fin de cuentas, cada uno tiene sus razones y nadie tiene toda la razón. Menos mal que aún quedan otros obispos, otra Iglesia y otros católicos. Descansen, pues, en paz, monseñores nacionalistas. Aprovechen que están en un bando donde no hay víctimas, pero sí están los verdugos y sus mariachis.

Rouco y el Setién-bis
Lorenzo CONTRERAS La Razón 6 Junio 2002

Dicen que Rouco no se hablaba con Setién. Puede que la historia, si es cierta, se repita en el caso de Rouco y Uriarte Gorielaia, tío carnal de la abogada de HB (ahora Batasuna), del mismo apellido, aunque esto último no tenga por qué significar una identificación ideológica entre tío y sobrina. Lo que pasa es que en este mundo de suspicacias todo es verosímil. Y como la Iglesia vasca tiene raíces nacionalistas, e incluso abertzales, lo normal es pensar que el núcleo o la almendra dirigente de esa sensibilidad adquiera forma de familia, con consanguinidad o sin ella.

Rouco tendrá ahora que hablar con el nuevo Setién. Un Setién mucho más peligroso, melifluo (Setién no lo era en absoluto), sospechoso de ser el verdadero inspirador si no autor material del documento llamado «pastoral» que los obispos del País Vasco dieron a conocer anticipándose, según parece, al panfleto explosivo de los 358 clérigos autodeterministas. Una anticipación curiosa, porque el presunto antídoto episcopal potenciaba los efectos del veneno que venía, como los hechos han demostrado.

La Iglesia nacionalista vasca, por mucho que hable de paz y diga condenar la violencia, no cuenta en absoluto para la operación de acabar con Eta, que es de lo que se trata. Al Gobierno le puede interesar poner fuera de la ley al brazo político de la banda, privándole de las ventajas (para ella) de la legalidad. A la Iglesia nacionalista lo que le importa es que Eta con su entramado no desaparezca como motor del independentismo. Y los obispos del País Vasco secundan «de facto» esa mentalidad. Nada nuevo se descubre diciendo esto. Si la Iglesia vasca, aunque sólo fuese a través de la autoridad de su jerarquía, al margen de una parte de su base, quisiera minar los fundamentos de Eta, tal actitud significaría la sentencia de muerte del terrorismo etarra. Una combinación del esfuerzo eclesial y del esfuerzo peneuvista, darían al traste con el invento asesino, aunque el punto final tardara algo en rematar el proceso.
La Conferencia Episcopal, más que el Vaticano, tiene ahora la palabra. Y en ese foro de mitrados se encuentran Rouco y Uriarte. Ya no vale no hablarse, como dicen que ocurría entre Rouco y Setién. Cuando los hechos son tan elocuentes como acaban de ser, las diferencias personales o de cualquier índole no deben paralizar la otra elocuencia, la de las palabras claras y suficientes. No deben pero pueden. Y es precisamente en este punto donde cabe introducir la duda. En la Conferencia Episcopal está también «un tal Carles», de obediencia catalana por impregnación, y no parece tampoco cómoda la línea posible de monseñor Sebastián, que no firmó la «pastoral» y puede creer que ya con eso hizo bastante ante una compleja Navarra. De modo que las palabras claras y suficientes acaso no resulten suficientemente claras. Sólo es cuestión de esperar.

Triunfo de la demagogia
Antonio GARCÍA TREVIJANO La Razón 6 Junio 2002

La carta pastoral de los obispos vascos contra la Ley de Partidos no está fundada en motivaciones de orden jurídico (ilegalidad de las leyes dictadas para lo particular), como las que basan mi oposición a dicha Ley. La famosa carta tampoco obedece a ningún argumento basado en las exigencias de la razón práctica en materia política.

A nadie le habría molestado que esa declaración episcopal se hubiese limitado a dudar de la utilidad o eficacia de la Ley de Partidos, en el terreno moral o sociológico, como medio de alcanzar los fines antiterroristas perseguidos con ella. Pero lo abominable no está en lo que dice la carta, por inconveniente o perverso que le parezca al Gobierno, sino en que se llegue al extremo de negar al obispado el derecho de expresar su opinión, en un tema sobre el que tenía además el deber de hablar.

El problema lo ha suscitado la falta de equilibrio que la parcialidad ha causado en la intención condenatoria del crimen. No es extraño que las reacciones hayan caído, con el mismo defecto de imparcialidad, en la exageración contraria. Pues ambas posiciones no son expresivas de un desarrollo argumental de la razón política, sino de la excitación emotiva que siempre produce la demagogia inherente a los sentimientos nacionalistas en general y al terrorismo vasco en particular.

La opinión pública no percibe la dimensión exclusivamente demagógica del asunto porque está habituada a ella desde el origen de la Transición. Cuyo espíritu se ha forjado con la perorata típica de la demagogia. Un fenómeno que no ha sido estudiado como debiera, pese a ser el eje central del funcionamiento del Estado de partidos y la causa generadora de la falsedad del discurso público en los medios de comunicación.

Hubo un momento decisivo en la historia de la cultura política donde la demagogia dejó de ser un recurso sentimental que suplía a la razón práctica en los argumentos justificativos de las acciones colectivas, para convertirse, gracias a la propaganda intensiva del pensamiento dirigido, en sistema de razonamiento social y de gobierno.

Ese momento se produjo en España cuando, por temor a la libertad constituyente, se tuvo que sustituir el Estado de partido único por el de varios. Desde entonces rigen las leyes sociales de la demagogia, en lugar de las leyes formales de la democracia. Y de aquí viene no sólo la separación entre los fundamentos teóricos de las instituciones y la realidad no democrática de las mismas, sino la unión con la idea de progreso de falsas causas de la izquierda convencional (antiamericanismo, anticlericalismo, antijudaísmo).

La apelación a sentimientos igualitarios o complacientes de las masas, en ámbitos de acción donde no debe regir por principio la norma de la igualdad ni el criterio del placer, nació con la retórica forense para fundar la justicia pasional y se extendió al discurso de los demagogos en el ágora.

Pero aquella demagogia patética cambió por completo su naturaleza vecindaria, y devino estructura constituyente del discurso público, cuando los Estados totalitarios utilizaron los medios de comunicación para fundar la propaganda del poder en el halago de los sentimientos que engrandecían la potencia de las masas en una sociedad cerrada y monolítica.

El Estado de partidos, para suplir la falta de democracia formal, ha tenido que simular la existencia de democracia social acomodando la demagogia a una sociedad dividida en colectivos de sentimientos particularistas (nacionalismo, feminismo, homosexualidad, parados, inmigrantes, menores, etcétera) que nadie pueda desafiar con la razón sin peligro de ser marginado del ámbito cultural. La demagogia triunfante impide la crítica racional de lo que acontece en el submundo de esos colectivos y sostiene el discurso del Estado y del sistema de gobierno.

Lo que en Euskadi la verdad esconde
Julián LAGO La Razón 6 Junio 2002

Cuando debajo de una sotana se oculta una pistola, aunque la pistola no sea propia, la sotana se convierte en ropaje para la complicidad. Desde el compromiso evangélico del respeto a la vida, la pastoral de los obispos vascos contra la reforma de la Ley de Partidos (aprobada anteayer abrumadoramente en el Congreso) se reafirma como un factor disuasor de la fe: en Euskadi no habrá Dios, nunca mejor dicho, que crea en la Iglesia Católica salvo si se es nacionalista, batasuno o etarra.

No pretendemos aquí descubrir la carga histórica que pesa sobre la jerarquía eclesial vasca en su relación con el nacionalterrorismo, tal como nos lo recuerda Iñaki Ezkerra en su esclarecedor libro «Eta pro nobis». Sólo apuntamos que la jerarquía vasca siempre ha acudido en socorro de los verdugos como antes acudió en socorro de los sublevados franquistas.

A partir de la Transición la sociedad española experimentó un proceso de secularización derivado de la separación Iglesia/Estado. Suscrita la alianza entre la cruz y la espada, Franco había dejado establecido el Estado confesional que quedó arrumbado por la Constitución de 1978. En Euskadi, sin embargo, nunca se ha producido la separación de facto, que sí de iure, entre la Iglesia y el Estado, dado el vínculo de aquélla con el PNV, que es por cierto el único partido-Estado que, junto a Convergencia Democrática de Cataluña, pervive en nuestra democracia.

De ahí que la Iglesia vasca, acomodada en el ventajismo del Estado confesional, siga operando como instrumento político, ora a favor del nacionalismo etnicista, ora a favor del nacionalterrorismo, en su alianza, ésta de la cruz y la serpiente, con quienes justifican, colaboran y corean el crimen organizado en su reprobable perversión del orden moral. ¿En nombre de qué Dios hablan ahora los obispos vascos? ¿En nombre del Dios de Otegi, Josu Ternera y demás secuaces? ¿Qué clase de Iglesia es la que no está al lado de los perseguidos; que aparece presta al perdón de sus verdugos, pese a no observarse en ellos atrición alguna; y que a sabiendas imparte el sacramento de la eucaristía a quienes amenazan, extorsionan y matan? ¿Qué razón tenemos los demás creyentes para contribuir con nuestros impuestos a esta Iglesia asimétrica, sabiniana y pleistocénica?

Desde luego, entre tanta Gescartera, tanta pedofilia y tanto escándalo, no parece que las cosas estén como para permitirse más lujos de deserciones de la fe, por mor de las conductas terrenales de algunos de sus pastores de la Teología de la Aberración. Lo que allí la verdad esconde es que, salvo el testimonio heroico de cristianismo de catacumbas del Foro de El Salvador, la Iglesia vasca en su conjunto no ha dejado de ser una iglesia preconstitucional, predemocrática y franquista. Dicho todo esto, nosotros ahora iremos a confesarnos: suponemos que también nos perdonarán.

La policía francesa detiene a dos de los etarras más buscados
Fermín Vila está incluido en la lista de la UE y Aitor Aguirrebarrena es sospechoso de haber participado en el asesinato de López de Lacalle
FERNANDO LAZARO El Mundo 6 Junio 2002

MADRID. La policía francesa asestó un nuevo e importante golpe a ETA. Como consecuencia de un «control rutinario» fueron capturados dos de los etarras más buscados por las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado.

Se trata de Aitor Aguirrebarrena y de Fermín Vila Mitxelena.El primero pertenecía al comando Ttotto, junto a Ignacio Guridi Lasa y Asier Arzalluz Goñi. El Ministerio del Interior le vincula con el asesinato del colaborador de EL MUNDO José Luis López de Lacalle. El presunto autor de los disparos fue Guridi Lasa mientras Aguirrebarrena esperaba al volante del automóvil utilizado para huir tras el atentado.

También se le vincula con el atentado perpetrado por ETA en Sallent de Gállego (Huesca), en el que fueron asesinados los agentes de la Guardia Civil Irene Fernández Pereda y José Angel de Jesús Encinas, en agosto de 2000.

En cuanto a Fermín Vila Mitxelena, los agentes de la lucha antiterrorista sospechan que formó parte del comando Madrid desarticulado tras la actuación heróica de un ciudadano de Madrid, el pasado año.Vila había abandonado este comando 15 días antes de que se produjera la operación policial contra él en la que fue detenida Ana Belén Egüés y Aitor García Aliaga. Los expertos lo vinculan con el asesinato del general Justo Oreja, en la calle López de Hoyos, y con el del policía Luis Ortiz de la Rosa, que falleció al hacer explosión un coche bomba colocado por ETA, el pasado 10 de julio, en un edificio dependiente de Justicia.

Desde el pasado mes de febrero, el nombre de Fermín Vila está incluido en la lista de miembros de organizaciones terroristas elaborada por la Unión Europea. La captura de estos dos peligrosos etarras se produjo la tarde del pasado martes en la localidad francesa de Aubusson (centro de Francia).

Interrogatorio policial
Agentes de la División Nacional Antiterrorista (DNAT) y del servicio de la Policía Judicial de Limoges, interrogaron a los detenidos durante el día de ayer por orden de la Fiscalía antiterrorista de París.

Vila y Aguirrebarrena fueron arrestados por la Gendarmería, después de que trataran de eludir un control policial, dando marcha atrás a su vehículo, un Ford con matrícula falsa de Gironde (suroeste).

Al percatarse de la extraña maniobra, los gendarmes iniciaron una corta persecución por las calles de Aubusson hasta darles alcance, después de que Vila y Aguirrebarrena estrellaran su coche contra otro vehículo estacionado en la zona. Los dos iban armados, portaban documentación española falsa, y uno se limitó a decir que eran de ETA.

Llevaban una pistola automática con el cargador lleno y una bala en la recámara, así como un fusil con el cañón recortado y un carné de policía española falso.

Está previsto que Vila y Aguirrebarrena sean trasladados a la sede central de la DNAT, en París, y pasen a disposición judicial en un plazo máximo de 96 horas a contar desde el momento de su detención.

Luego, como es habitual, comparecerán ante un juez antiterrorista parisiense con vistas a su procesamiento por asociación de malhechores con fines terroristas, tenencia ilícita de armas y de documentación falsa y uso de matrículas falsas, entre otros cargos, según informa Efe.

Según la policía española, Vila, ex miembro de KAS-EKIN, se dio a la fuga en marzo de 2001, tras la desarticulación del comando Sugoi, y un mes después se integró en el comando Madrid en el que participó en la colocación de un coche bomba junto a una sucursal del BBVA, en mayo, y en la de otro junto a una delegación del Ministerio de Justicia, en julio, en el que murió el policía Luis Ortiz de la Rosa. Aguirrebarrena integraba al parecer el comando Ttotto, uno de los tres que componen el complejo Donosti.

La detención de los dos presuntos etarras se produce mientras la policía francesa busca al «histórico» miembro de ETA Jose María Zaldua Corta, Aitona, reclamado por España por su presunta vinculación en más de una quincena de asesinatos perpetrados en los años 70 y principios de los 80.

Zaldua Corta, detenido en Francia el pasado 19 de abril, a los pocos meses de volver de Uruguay, fue liberado el pasado jueves por las autoridades galas por un problema en el procedimiento de extradición. Al día siguiente lanzaron una orden de detención contra él.

Por otra parte, el juez de la Audiencia Nacional Guillermo Ruiz Polanco, en sustitución de Baltasar Garzón, dejó ayer en libertad bajo fianza de 60.000 euros (10 millones de pesetas) a Vicente Enekotegui Ruiz de Azúa, administrador único de Eneko S.A, una de las empresas vinculadas al entramado financiero de ETA.

¿Queda la palabra?
VÍCTOR GÓMEZ PIN El País 6 Junio 2002

Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

A mediados de los ochenta, la Universidad del País Vasco y la Universidad de Valencia organizan conjuntamente un coloquio interdisciplinar en el que confluyen filósofos, científicos y artistas. Tras una de las sesiones, algunos de los participantes comparten mesa en un restaurante valenciano, entre ellos el pensador francés Jacques Derrida (hasta poco antes profesor de la Universidad del País Vasco); la coorganizadora del coloquio, la jurista Carmen Alborch (más tarde ministra de Cultura); el lingüista José Luis Álvarez Emparantza (miembro entonces de la Mesa Nacional de Herri Batasuna); el filósofo Fernando Savater; el también filósofo Javier Echeverría; el escultor Eduardo Chillida, y varias personas más, vinculadas a la Universidad del País Vasco. El hecho de compartir mesa tras una jornada de trabajo no implica en absoluto que las posiciones respecto al ya entonces obsesionante problema vasco fueran coincidentes. Desde el enfoque constitucionalista hasta el abertzale, pasando por el entonces cercano al PNV, todos los matices tenían en aquella cena un simpatizante, incluido el que relativizaba el problema desde posiciones de la izquierda radical europea clásica.

Reunión, desde luego, difícilmente imaginable hoy día, y no sólo por la presencia de un miembro de HB junto a un crítico radical de las propias bases teóricas del nacionalismo. Si en algo difiere la situación del País Vasco de los ochenta respecto de la actual es que, entonces, la polaridad nacionalista-no nacionalista carecía de la potencialidad de erigirse en criterio, no ya determinante, sino prioritario, a la hora de establecer lazos culturales, económicos o afectivos entre los miembros de la sociedad civil. Consecuencia de ello era que dicha polaridad (nacionalista-no nacionalista) no se interpretaba en el sentido reductor de nacionalista-antinacionalista, con su corolario letal de división de la ciudadanía en dos bloques.

Y no se trata de que entonces la dirección de ETA no tuviera entre sus ideas la de que la población vasca se viera abocada a un autoposicionamiento radical respecto de su identidad (o vasco o español, con todas sus consecuencias, incluido el repudio de lazos amistosos, profesionales o afectivos). Se trata, simplemente, de que en aquellos años tal política no era viable. No lo era, entre otras razones, porque el País Vasco formaba parte de un mundo en el que aún tenían plena vigencia problemas (universalizados desde la Revolución Francesa) de cuya positiva elucidación parecía depender la dignidad de la humanidad: la vigencia de estos problemas hacía impresentable el intentar reducir el problema vasco a una mera cuestión de afirmación nacional.

Subjetivamente, tal afirmación era, quizá, para muchos nacionalistas lo único que contaba, mas (dada la complacencia de los sectores abertzales en reivindicarse de izquierdas) había que disimular tal sentimiento, incluso ante sí mismos. Recuerdo cuando el ex dirigente abertzale Francisco Letamendía declaraba enfáticamente que muchos estaban interesados en dividir a los trabajadores vascos en razón de su origen, pero que 'ahí está HB para impedirlo'. A los que procedíamos de la izquierda merecedora del nombre nos parecía una broma que tal fuera la función social de HB, pero, sin embargo, esta retórica respondía a una relación de fuerzas que el nacionalismo radical no podía evitar. Recuérdese que, en aquellos años, sectores enteros de la producción habían sido desmantelados y que las reivindicaciones sociales eran permanentes. En Éibar, con sus industrias en ruinas, o en el entorno de Altos Hornos, reducir el problema a la erección de una patria podía hasta resultar un sarcasmo.

Esta imposibilidad objetiva de polarizar en exclusiva a la ciudadanía en torno a la cuestión nacional explicaba muchas cosas. Los que visitaban el País Vasco con la idea preconcebida de encontrar por doquier una población desgarrada, entristecida y huraña, se sorprendían en ocasiones de todo lo contrario. Al irse tenían incluso la sensación (también errónea) de que el conflicto estaba perfectamente localizado y magnificado de hecho por la difusión mediática. Pues bien, tengo al respecto una tesis:

Si el problema vasco no ha degenerado en confrontación civil generalizada es porque durante muchos años, en la vida cotidiana, muchos hemos compartido proyectos de trabajo o momentos lúdicos y hemos establecido lazos afectivos, no paralelamente a la polaridad nacionalista-no nacionalista, sino mediante relativa superación de la misma, es decir, mediante asunción por cada una de las partes de la alteridad que representaba la otra. De manera concreta: aquellos que en el País Vasco nos identificábamos sin tapujos como españoles (y no utilizábamos nunca la expresión 'Estado español') asumíamos que el vocablo España no podía ser vinculado a la identidad de quienes se autopresentaban como exclusivamente euskaldunes. Recíprocamente, se exigía por parte de éstos que no cayeran jamás en la inclinación a clasificar a la ciudadanía por un grado de legitimidad conferido basándose en criterios de filiación nacionalista. Sin duda, este pacto en lo concreto de la vida cotidiana no funcionaba siempre, pero sí muchas veces, y muy distinta sería la situación del País Vasco si hubiera marcado a la ideología en lugar de que, como parece, ocurra lo contrario.

Constatamos que, lejos de encontrar sutura, la herida se envenena. Desde un lado se lanzan exabruptos llamando a la no colaboración con los ilegítimos (¡la mitad de la población!). En el otro lado, la menor distancia frente al redactado constitucional (aunque tan sólo sea en razón de criterios de operatividad) es interpretada como una forma vergonzante de escaqueo, que expone a ser simbólicamente lapidado (¡no estoy comparando esta lapidación simbólica con un atentado de ETA!). Y en lo cotidiano de la vida mediática proliferan las tertulias en las que (por una suerte de racismo invertido) se destila la idea de que los nacionalistas vascos y hasta los euskaldunes en general son intrínsicamente (¿genéticamente?) cómplices de la violencia. Pues no sólo Arzalluz delira cuando evoca los orígenes (propios o ajenos).

Aquellos que, amenazados por ETA, plantan cara, dan admirable prueba de entereza. Pero no es lo mismo plantar cara a ETA que descalificar a personas que simplemente dudan de que la reiteración de discursos dirigidos a los que ya están convencidos sirva realmente para resolver el problema del País Vasco. Quizá sería útil que se oyera más la palabra de los españoles que, constatando que en el País Vasco hay un objetivo problema de alteridad de una parte de la población, estiman que la aceptación cabal de tal hecho es también una cuestión de valentía.

Dos cosas, y sólo dos, harían que la asunción por los españoles de la alteridad de los euskaldunes supusiera hacer almoneda de la propia dignidad. La primera sería que los nacionalistas no repudiaran con claridad una violencia que no es precisamente ciega, sino provocadora, es decir, que apunta a hacer imposibles los lazos civiles. La segunda sería que esos mismos nacionalistas siguieran empecinados en la aludida clasificación de la población entre legítimos e ilegítimos. No hay, desde luego, pacto digno que sea compatible con tales actitudes. Pero, repito, si éstas (aunque sea incluso como expresión de una mera relación de fuerzas) desaparecieran, las dos partes podrían, y tendrían el imperativo ético, de dirigirse la palabra.

Los obispos vascos
Francisco Marhuenda La Razón  6 Junio 2002

La pastoral de los obispos vascos y la carta de esos trescientos sacerdotes defendiendo el derecho a la autodeterminación del País Vasco es el síntoma de la grave patología que afecta a una sociedad enferma. Esto es lo primero que hay que constatar. A esto cabe añadir que el comportamiento de esos obispos y sacerdotes es indigno de su condición eclesiástica. El nacionalismo se ha convertido en una religión de sustitución, como fácilmente se comprueba estos días. Nos encontramos con unos prelados y sacerdotes que actúan por convicción nacionalista o por cobardía moral, es difícil saber qué es peor. Lo que no se debe hacer es criticar a la Iglesia que es una obra de Dios, pero está dirigida por hombres que se pueden equivocar o actuar, aunque sea una paradoja, de forma amoral.
La Iglesia norteamericana ha afrontado un grave problema y lo ha hecho, finalmente, con rigor y contundencia.

Nadie está obligado a ser sacerdote, pero quien lo sea tiene que actuar de conformidad a unas reglas. Juan Pablo II actúo de forma contundente y se están limpiando las diócesis de prelados o sacerdotes implicados en casos de pederastia. La Iglesia también tiene un problema en España. No es el mismo caso, afortunadamente, sino que está en nacionalismo de las diócesis vascas. Los obispos españoles han actuado con una mal entendida voluntad de mantener la unidad episcopal. Han querido mirar en otra dirección temerosos del riesgo de una escisión o cisma, en este caso no por una cuestión dogmática, sino política. Demasiados sacerdotes se han apartado del camino correcto para abrazar esa nueva religión de sustitución que es el nacionalismo. Por ello, la pastoral y el manifiesto tienen gran importancia porque muestran la crisis que existe en la Iglesia vasca.

No es un tema fácil, pero tampoco lo era el problema de los curas pederastas en Estados Unidos y a Su Santidad no le tembló la mano a la hora de limpiar la Iglesia. Lo que sucede en el País Vasco es insostenible, porque hay sacerdotes que apoyan a los verdugos e ignoran a las víctimas. Por ello, es preciso atajar el mal de raíz. Hay que empezar con esos prelados que pierden el rumbo. Es intolerable que intenten dar lecciones al Gobierno y a las Cortes, que es la representación de la soberanía nacional.

La eficacia de entenderse
Ignacio Villa Libertad Digital  6 Junio 2002

Es el mejor y el único camino, la vía más directa de afrontar la lucha contra el terrorismo. La sintonía entre el Partido Popular y el Partido Socialista no sólo es buena, es absolutamente necesaria. Las dos grandes formaciones nacionales, los dos únicos partidos con posibilidades reales para gobernar el país tienen la obligación de entenderse de forma inequívoca en los grandes temas de Estado. Y uno de ellos, posiblemente el primero, es la lucha contra el terrorismo.

El primer fruto del entendimiento entre populares y socialistas es la posibilidad de trasmitir a la sociedad una posición segura en las actitudes y coherente en los mensajes. En este marco de trabajo conjunto y de objetivos compartidos, se puede incluir precisamente el acuerdo alcanzado entre el PP y el PSOE, en el seno del Pacto Antiterrorista, para incrementar la seguridad de los cargos públicos. Un gesto, más allá de los números concretos, que muestra la necesidad de actuar conjuntamente en un terreno donde sólo se alcanzan frutos concretos trabajando sin fisuras.

Junto a este gesto de importancia, encontramos otro de gran tracendencia, que refuerza la eficacia de los cambios introducidos en la Ley de Partidos. Nos referimos a la reforma de la Ley de Financiación de Partidos. Con esta iniciativa, se pretende cerrar el grifo de las subvenciones públicas a aquellas formaciones cuyos dirigentes apoyen el terrorismo o no condenen la violencia o humillen a las víctimas. Esta decisión significa una importante vuelta de tuerca en un punto que duele y mucho a los terroristas y a su entorno como es el dinero público que reciben.

Con estas decisiones se demuestra que el terrorismo se combate con medios policiales, pero también se necesitan impulsos políticos que sirvan para ir cerrando el espacio de actuación a todas aquellas organizaciones que viven a la sombra de ETA aprovechando de forma simultánea los mecanismos económicos y políticos que les brinda la democracia. Es así como se lucha contra el terrorismo. Es imprescindible que se cierren todas las puertas, que desaparezcan todos los recovecos utilizados por los terroristas para destruir desde dentro los mecanismos democráticos.

El Partido Popular y el Partido Socialista están obligados a entenderse para ser eficaces en la lucha contra el terrorismo. Ojalá estos ejemplos sirvan para que los dos grandes partidos aparquen ya definitivamente protagonismos y viejos enfrentamientos que en la lucha contra el terrorismo se traducen en ceder terreno a los pistoleros etarras. Estaremos en el buen camino si PP y PSOE se siguen entendiendo.

Imaginario nacionalista e Iglesia vasca
DEMETRIO VELASCO/SACERDOTE DIOCESANO Y CATEDRÁTICO DE PENSAMIENTO POLÍTICO EN LA U. DE DEUSTO El Correo  6 Junio 2002

Una vez más, la forma de hacerse presente la Iglesia vasca ante la opinión pública, en esta ocasión a través de su voz más autorizada, la de sus obispos, y, coincidiendo con ellos (aunque, al parecer, la coincidencia no haya sido buscada), la de más de trescientos sacerdotes que se presentan como la voz de la Iglesia de Euskalherria, lejos de ayudar a crear más comunicación en una sociedad tan incomunicada como ésta, sirve para avivar las actitudes polémicas y para alejar más, si cabe, el anhelado objetivo del diálogo como camino para la paz. Dentro de la comunidad eclesial, surge la decepción de numerosos creyentes que, no sintiéndose nacionalistas y viendo a sus obispos expresarse como lo hacen, se ven obligados a tener que cargar con una incomprensión más, que dificulta su sentido de pertenencia eclesial.

No me cabe duda alguna de que es acertado el diagnóstico al que se refieren los sacerdotes en su escrito: la conciencia nacional está creciendo en Euskalherria y, desde ella, se reafirman las exigencias nacionalistas de todo tipo. Pero sorprende que no añadan algo tan obvio como que la explicación de este fenómeno se debe, casi exclusivamente, a un definido y planificado proyecto de nacionalización de la sociedad vasca, que, desde hace décadas, está llevando a cabo el nacionalismo vasco desde su control del poder político, aplicando todos los medios a su alcance, que, como sabemos, son muchos y poderosos. Por esto, no puedo compartir la explicación de que la grave situación que padecemos en el País Vasco sea fundamentalmente fruto de la política de un enemigo exterior, en este caso, el Gobierno del PP.

Como otros muchos ciudadanos, estoy persuadido de que la mayoría de los graves problemas que nos aquejan se debe a la forma en que se ha venido socializando a varias generaciones de ciudadanas y ciudadanos vascos en un imaginario de nacionalismo radical y predemocrático, para el que el destino del pueblo vasco está ya trazado por una religión política , que se resume en el credo nacionalista. Según este credo, el sujeto colectivo de Euskalherria tiene un derecho natural (y, en algunas versiones, también providencial y divino) a autodeterminarse y a ser independiente, sin que este derecho pueda estar mediatizado por ningún ordenamiento jurídico o político, por muy democrático que éste sea. La democracia carece de legitimación, si no sirve para alcanzar el autogobierno tal y como lo concibe la comunidad nacionalista.

En nombre de este pretendido derecho natural y sagrado, algunos creen que está permitido matar a quienes se oponen a su puesta en práctica. Para muchos más, aunque no está permitido matar, sí lo está relativizar el sentido de la ética pública y de las instituciones democráticas y constitucionales que la posibilitan. Cuando éstas no sirvan para la construcción de la comunidad nacionalista, serán vistas como mera coacción carente del consenso legitimador y, por tanto, legitimadoras, a su vez, del uso de la violencia.

Por lo que conozco de la historia de la Iglesia vasca, creo que su inclinación a alinearse tan fácilmente con las posiciones de los partidos nacionalistas se debe no sólo a que ha compartido con el nacionalismo este imaginario jusnaturalista premoderno y sacralizado, sino a que ha sido ella misma la que, por su autocomprensión y por su forma de entender su relación con la sociedad política, ha alimentado dicho imaginario. El dato sociológico, estadísticamente reiterado, de que los creyentes practicantes vascos y, particularmente, el clero, son mayoritariamente nacionalistas no hace sino reflejar la consecuencia necesaria de un largo proceso histórico de connivencia entre Iglesia vasca e imaginario nacionalista.

En un texto que verá la luz próximamente, espero mostrar con cierto rigor analítico lo que acabo de decir. En la socialización de una parte importante del clero vasco (especialmente a lo largo de su proceso formativo) y en sus diferentes generaciones, ha habido una forma religiosa y/o jusnaturalista tradicional de justificar la cosmovisión nacionalista. Analizando tres momentos decisivos de la historia reciente (la posguerra, los años sesenta y las dos últimas décadas), se puede apreciar que tanto el síndrome antitotalitario , que justificó un uso del jusnaturalismo tradicional para fundamentar los derechos y las libertades frente al fascismo, como el radicalismo democrático , asociado a un síndrome tercermundista , que justificó una experiencia liberadora del pueblo imitando el modelo bíblico del Éxodo, como, finalmente, un afán de inculturación que generó el síndrome de la opción pueblo , que ha venido legitimando, como si fuera una exigencia evangélica, la asunción ideologizada por parte de la Iglesia de las señas de identidad (lengua y hábitos) subrayadas por la concepción nacionalista del pueblo, fueron expresiones de que una gran parte del clero vasco ha sido socializado en una connivencia excesiva con el nacionalismo y de que su credo nacionalista le sigue impidiendo una actitud crítica ante el mismo. Analizando cada uno de estos contextos, que no sólo se han circunscrito a un momento cronológico de la historia vasca reciente, sino que han pervivido e, incluso, se han fecundado mutuamente, uno comprende la magnitud del problema.

Si lo dicho se ajusta a la realidad, parece que la Iglesia vasca debe afrontar sin dilación una reflexión autocrítica sobre su autocomprensión, sobre su relación con la sociedad política, en general, y con el nacionalismo, en particular. La aceptación del plura- lismo de la sociedad vasca pasa por relativizar la opción nacionalista, como una más entre otras, cuya legitimidad y legitimación vendrán dadas exclusivamente por su aportación a la construcción de una sociedad más democrática. La percepción que muchas personas no nacionalistas manifiestan tener de la Iglesia vasca, como carente de afecto y de cercanía suficientes con las víctimas de la deriva totalitaria del imaginario mencionado y como sorprendentemente comprensiva e incluso solícita ante las políticas nacionalizadoras del Gobierno nacionalista, no desaparecerá mientras la Iglesia no haga gestos significativos de que es la Iglesia en la que todos los cristianos y cristianas del País Vasco se sienten en casa. Ni la supuesta demanda de mayorías sociológicas entre sus bases, ni la búsqueda de una posición pretendidamente favorable para llevar adelante la propia misión evangelizadora, como la que le puede garantizar la comunidad nacionalista, pueden servir de argumentos suficientes para justificar intervenciones como la que acaban de hacer los obispos cuestionando la Ley de Partidos que el Parlamento español está gestando, o para obviar la necesaria actitud autocrítica de una Iglesia vasca que se quiera fiel al mensaje cristiano.

Estoy persuadido de que la ética pública no se construye apelando a principios morales abstractos, por lo que hay que atreverse a bajar al terreno concreto de la vida social y política, con el riesgo que esto conlleva de equivocarse. Pero la Iglesia no debe nunca sumarse a quienes, con argumentos de clara oportunidad política, prefieren mantener la impunidad de quienes imponen su voluntad por la fuerza ciega antes que correr el riesgo de aplicar la ley en defensa de los más elementales derechos y libertades: los de las víctimas. Creo que no habríamos llegado a la situación en que estamos si todos, incluida la Iglesia, hubiéramos subrayado la responsabilidad contraída por quienes, habiendo tenido la responsabilidad de gobernar y aplicar la ley en el País Vasco, con todo el rigor necesario, han preferido guiarse por el pío, oportunista e irresponsable lema por la paz un avemaría . Perseguir coherentemente la paz democrática puede crear malestar en la sociedad y en la propia Iglesia. Pero ésta no debe confundir este malestar necesario con lo que, en ocasiones, sólo es la forma injustificada de su mal estar.

Recortes de Prensa   Página Inicial