AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 7 Junio  2002
SOBERBIA Y DESAFIO
Editorial El Mundo 7 Junio 2002

Otegui, traducciones y vítores
MIKEL AZURMENDI.  ABC 7 Junio 2002

La Conferencia Episcopal defrauda
Editorial ABC 7 Junio 2002

No hay milagros
GERMAN YANKE El Mundo 7 Junio 2002

Don, don y don
ALFONSO USSÍA ABC 7 Junio 2002

El mal pastor
ANTONIO ELORZA El País 7 Junio 2002

Españolismo rancio
JAIME CAMPMANY ABC 7 Junio 2002

El gran rancio
CARLOS HERRERA ABC 7 Junio 2002

Alonso subraya que el «reto principal» del autogobierno debe ser la derrota de ETA
EL CORREO/VITORIA  7 Junio 2002

El cisma vascongado
Amando DE MIGUEL La Razón 7 Junio 2002

De la confrontación al espacio de encuentro
ANDONI PÉREZ AYALA El Correo 7 Junio 2002

Limitar la libertad
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 7 Junio 2002

Alberto Fernández denuncia el sectarismo de Cataluña Ràdio al informar sobre la Ley de Partidos
I. ANGUERA ABC 7 Junio 2002


 

SOBERBIA Y DESAFIO
Editorial El Mundo 7 Junio 2002

La soberbia es uno de los siete pecados capitales y, según numerosos ejemplos bíblicos, un sentimiento que lleva a la perdición del ser humano. Ayer el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal incurrió en un pecado de soberbia no ya sólo al defraudar toda expectativa de censura a la pastoral de los obispos vascos sino además al poner en la picota a sus críticos en un documento arrogante y lleno de reproches.

Empieza diciendo la Conferencia Episcopal que no es «competencia» suya valorar la citada pastoral, pero a continuación hace una serie de reflexiones sobre ella. Si considera que efectivamente no es quién para enmendar la plana a los obispos vascos, lo mejor que podría haber hecho es guardar silencio.

La Conferencia Episcopal afirma en el primer punto de su comunicado que el Estado está legitimado para regular «la constitución, el funcionamiento y disolución» de los partidos. Faltaría más.Lo que dice la Conferencia es simplemente una obviedad. En modo alguno, supone una rectificación o desautorización del documento de los obispos vascos, que nunca llegaron a cuestionar la legitimidad del Estado. Lo que cuestionaron fue la conveniencia política de la ilegalización de Batasuna, que, según sus palabras, provocaría «consecuencias sombrías». Y fueron más lejos: afirmaron que la ilegalización debía evitarse «sean cuales fueren las relaciones entre ETA y Batasuna». ¿Está de acuerdo la Iglesia en que Batasuna no debe ser ilegalizada aunque financie, justifique, encubra y ayude a la organización terrorista? Seguimos sin respuesta.

Basándose en una única cita literal la Conferencia alega en el segundo punto de su nota que en la pastoral «hay una clara y tajante condena del terrorismo». Es cierto que la condena está, pero queda relativizada por otras afirmaciones y la mejor prueba de que no es ni «clara» ni «tajante» es que no la han percibido así ni los dos partidos mayoritarios ni, sobre todo, las propias víctimas.

Dice también la Iglesia en este segundo punto que «no es justo» que se identifique a los tres obispos vascos con un partido político.Nadie les ha identificado en sentido estricto con el PNV. Lo que se les ha reprochado es que ellos han asumido los planteamientos políticos de los nacionalistas, que están entusiasmados con el documento.

En el tercer punto, la Conferencia Episcopal se lamenta de las «injustas y desproporcionadas críticas» que han recibido los tres obispos y señala que se «ha desfigurado» su documento al omitirse partes esenciales. Invoca incluso el Concordato para defender su libertad a expresarse. La Iglesia puede decir lo que quiera, pero los demás ciudadanos, también, como adecuadamente subrayó ayer el Gobierno. Sobra la referencia al Concordato.Las críticas han sido justas y proporcionadas, incluso moderadas dada la gravedad del asunto. Si alguien ha desfigurado el documento es la propia Conferencia con una cita de dos líneas sacadas de contexto.

Por último, en el cuarto punto, la Conferencia incurre en un arrogante sofisma al alegar que «el desprestigio de la Iglesia» perjudicará a la lucha antiterrorista, pues Dios y el Evangelio les han encomendado a ellos «formar la conciencia moral de las personas». Se trata de un plano muy distinto, pero eso mismo alegaba la cúpula de Interior cuando se denunciaba su vinculación con los GAL. O sea, tabla rasa para los policías de cuerpos...y de almas.

Se pedía una rectificación y la Conferencia Episcopal ha respondido con un escrito que rezuma soberbia y desafío. La sociedad española ya sabe a qué atenerse respecto a la actual jerarquía católica.

Otegui, traducciones y vítores
Por MIKEL AZURMENDI. Profesor de Antropología Social y Cultural ABC 7 Junio 2002

EL magistrado Perfecto Andrés Ibáñez ha demostrado en las páginas de un diario (ABC, 5 de mayo) que no sabía lo que se traía entre manos cuando juzgaba y absolvía a Otegui de la apología de la violencia terrorista que efectuó al terminar su mitin eusquérico en Francia con el grito de «Viva ETA» (Gora Euskadi Ta Askatasuna). ¿Recabó traductor el Sr. Magistrado o no lo necesitó? Si no lo necesitó demostró ser un ignorante, porque el grito de Otegui no significaba lo que el magistrado ha supuesto, «Viva Euskadi libre», sino simplemente «Viva ETA». Y si se fió de su traductor, ya puede ir demandándole daños y perjuicios porque de la consulta ha salido trasquilado como un estúpido. Supongo que ese error es parte de la tibieza con que se han tomado la defensa de la justicia la mayor parte de los Sres. Magistrados y jueces; en cualquier caso ello forma parte del desinterés por penetrar en la sinuosa y sutil trama semántica del infundio, la amenaza y la intimidación del lenguaje cotidiano de los de Batasuna. Hasta el propio alcalde de Bilbao ha denunciado esta pasada semana ante las cámaras que seguían el Pleno Municipal la conexión elocucionaria entre decir y amenazar por parte de aquel concejal de Batasuna que tenía enfrente.

En Euskadi, la frase «Gora Euskadi ta askatasuna» siempre ha significado lo mismo, lo dijéramos nosotros al oponernos a la dictadura franquista o lo digan ahora Otegui y sus conmilitones, cuando la dictadura etarra ha excluido al vasco no abertzale, atemorizado al personal que no le es simpático y fijado el canon de la corrección política. Para decir «Viva Euskadi y la libertad» siempre habíamos dicho «Gora Euskadi askatuta»; lo que sucede es que ahora no hace falta decirlo porque quienes luchamos por la libertad ya vemos que existe Euskadi (aunque sin libertad para los no nacionalistas) y los que dominan las instituciones de Euskadi ya no necesitan decirlo ni utilizar ese nombre, porque ahora necesitan más territorio, más supeditación y también otro nombre: Euskal Herria.

Las frases sólo tienen el significado que se les dé en la interacción locucional, precisamente porque la función del lenguaje es perseguir objetivos humanos de muy distinto calado. No es lo mismo decir algo para describir un hecho, para ordenar que se haga algo, para suplicar un favor o para agradecer otro. Los contextos de uso son, en consecuencia, decisivos a la hora de averiguar el significado de las locuciones, sean frases o, simplemente, palabras sueltas. Por ejemplo, la palabra «fuego» significa algo muy distinto según la diga el jefe de bomberos que acaba de recibir una llamada y, en diciendo «fuego» por un micrófono, sabe que su retén de guardia va a salir de estampía a los camiones. Cuando dices «fuego» a tu compañero de «poteo» con un cigarrillo en la boca, sabes que te va a encender el cigarro; en realidad, le pides fuego. Suponte que eres el piloto de aquel avión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima y que, después de comunicar tu posición al mando del Cuartel General, debías esperar cualquiera de estas dos palabras: o «fuego» o «abandono». Y recibiste la primera, cuyo significado era «lance usted la bomba». Pues bien, cuando Arnaldo otegui lanzó su Gora Euskadi ta askatasuna, solamente dijo lo que quiso decir: «viva ETA». ¿Por qué lo sabemos? Porque el señor otegui es coherente cuando habla y porque conocemos qué mensaje estaba pasando en «iparralde». Fíjense en la imperiosa necesidad de contextualizar este último vocablo de «iparralde» puesto que, quien no sepa de política abertzale, no sabrá cuál es su significado; por ejemplo, ni los eusquera-hablantes Ignacio de Loyola, Axular o el cura carlista Santa Cruz jamás supieron nada de ese significado del término «iparralde».

El señor otegui no ha pronunciado nunca «Euskadi» más que en contextos irónicos y despreciativos, jamás como un vítor final de un mitin con carga conativa, es decir, de impulso a la acción. «Euskadi» gritábamos nosotros en la época franquista, cuando no había libertad ni existía Euskadi más que como proyecto de futuro político, ciertamente muy distinto según quien pronunciase ese término. Y Euskadi decimos hoy únicamente los ciudadanos que defendemos la Constitución, el Estatuto de Autonomía y nos oponemos al nacionalismo étnico. También lo usa el Gobierno Vasco, pero sólo en contextos oficiales, pues ya ni Ibarretxe, ni los del PNV ni su radio y televisión vascas ni ningún nacionalista ni madracista dicen «Euskadi». Ahora todos ellos dicen «Euskal Herria», incluso cuando hablan en castellano; precisamente porque utilizan este término no descriptivamente, sino conativamente, como impulso al proyecto político de «construcción nacional», reservando el término «Euskadi» a la descripción de un proyecto ya políticamente periclitado y sobrepasado. Fíjense que ese mismo par de términos, «construcción nacional», no significa lo mismo para otegui que para Ibarretxe, pero se parecen mucho, cada vez más, en sus contextos de uso, bastante diferente de cuando lo utiliza Joseba Arregi, por ejemplo. Pero este par de términos sólo significa muerte y extorsión, limpieza étnica, exclusión política y amedrentamiento para los que no somos abertzales. Entérense, señores obispos vascos, del uso que hacen ustedes de los términos «paz», «casa común», «imperio de la ley»con uso peyorativo por cierto) y decenas de otros más. Por eso, el señor Otegui solamente gritó «viva ETA» y no significó nada parecido a como cuando «cualquier leonés... grita viva León y la libertad» según acaba de escribir un amigo mío recientemente (El País, edic. País Vasco, 31 de mayo).

Además de ese último error semiótico, mi amigo que lleva escribiendo musculosa y portentosamente a favor de las víctimas y contra el terrorismo, cometía en su artículo «Ascotasuna» (de asco, claro) un error semántico categorial, al suponer que el significado de la frase de otegui dependía de que fuese dicho en euskara de manera que, en el supuesto de que no conllevara intención pro-ETA, condenar el uso de tal frase implicaría cargar el delito sobre la lengua vasca a la que, en adelante, se le prohibiría decir «viva Euskadi y la libertad». Si ha quedado claro que el significado de otegui era «viva ETA», más claro es aún el hecho de que expresarlo sólo se puede expresar significando en euskara lo que es el único acrónimo ETA (Euskadi Ta Askatasuna) y ello no tiene nada que ver ni con la libertad ni ya tampoco con Euskadi sino sólo con lo que significa la cosa ETA. Porque las cosas son lo que son y ETA es un mero acrónimo de una frase en euskara. Tomemos, si no, aquellos célebres versos de Verlaine que sirvieron como contraseña para la operación del desembarco de Normandía y el ataque al unísono de todos los resistentes franceses. Cuando el locutor de radio pronunciaba desde Londres «les sanglots longs/ comme des violons/ de l´automne/ blessent mon coeur/ d´une langueur monotone», su significado no tenía nada que ver con la lengua francesa, su soporte o significante. Es decir, «todos al ataque en todos los frentes». Los versos de Verlaine seguramente fueron escritos para significar la pérdida de un amante importante en su vida, tal vez Rimbaud, pero ni este significado ni su significante mismo, unos versos en lengua francesa, pintaron nada en aquella circunstancia histórica de la guerra contra el nazismo. Es un error categorial confundir también ahora el nombre y la cosa, tan grande como creer que el campo semántico de la última frase de Otegui es lingüístico cuando es puramente conceptual.

Pero mi amigo Izpizua me temo que incurre aún en otro error, sociológico esta vez, que malinterpreta los logros de ETA. Porque mal que nos pese, es su terrorismo lo que ha conseguido determinados e importantes cambios tanto en el ordenamiento jurídico como en las reivindicaciones y en la práctica cotidiana de la ciudadanía vasca. Que son los tres campos a los que se refiere él, pidiendo que consideremos que ETA únicamente es crimen y terror. Pues no; para nuestra desgracia, en su inmoral y totalitaria conducta existen también importantes logros que afectan a ese triple terreno: el hecho del eusquera como hecho simbólico y ya no meramente lingüístico (al haber transformado la identidad tradicional racista de los nacionalistas vascos haciéndola girar en torno a la diferencia lingüística) como hecho étnico (sin eusquera no hay nación vasca ni construcción nacional y quien disienta es nuestro enemigo) y como hecho aceptación social (aplicación de una política de discriminación cultural). Cuando Ibarretxe dijo el domingo pasado que sin eusquera no había posibilidad de ciudadanía vasca se alineaba en la conformidad de ETA y se plegaba a su terror. Y eso pese a que él mismo no sabía eusquera cuando fue nombrado lendakari ni, por cierto, sabe gran cosa todavía. Pero al afirmarse en ello, el lendakari dice a ETA que está de acuerdo con sus postulados. Los jueces deberían saber estas cosas, al menos si lo que pretenden es hacer justicia y entender a los vascos cuando hablamos de proyectos que causan injusticias y también terror y muerte.

La Conferencia Episcopal defrauda
Editorial ABC 7 Junio 2002

El comunicado final de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal, reunida ayer en Madrid, no ha dado una respuesta satisfactoria al conflicto provocado por la pastoral de los obispos del País Vasco. La jerarquía eclesiástica abordó ayer la polémica de los últimos días como un acoso político y mediático a la Iglesia, lo que se ha traducido en un retroceso evidente de la opinión de los obispos respecto de lo que manifestó la Conferencia Episcopal al día siguiente de la publicación de la pastoral. Tampoco ha hecho suyos los ponderados reproches de inoportunidad que admitió el Nuncio de Su Santidad en la reunión con el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Piqué. El desenfoque de la cuestión ha llevado a la Comisión Ejecutiva a una actitud de repliegue que deja sin respuesta una demanda de claridad que no sólo es reclamada por el Gobierno. La Conferencia Episcopal consumó ayer el error de tratar el problema creado por la pastoral nacionalista de los obispos del País Vasco como una contrariedad del Poder político ante el supuesto ejercicio de la función pastoral. No es así. La discutible pastoral ha indignado a la clase política, pero también ha provocado una oposición interna de una parte de la jerarquía eclesiástica y del clero, así como la desafección, en esta cuestión, de la mayoría de la sociedad católica respecto de algunos de sus prelados. Han sido obispos los que han reclamado una mayor claridad y contundencia de la Conferencia en la valoración de la pastoral vasca y han sido sacerdotes, muchos de ellos prestigiosos profesores de Universidad, los que han plasmado por escrito las más aceradas y respetuosas críticas a un documento en parte pastoral y en parte ideológico.

En algún momento, la jerarquía eclesiástica tendrá que preguntarse por qué genera tanta insatisfacción su actitud ante el más grave problema de España. Las críticas de fondo del Gobierno -pero también de la oposición, de intelectuales, de sacerdotes, de víctimas y de muchos que sólo se identifican como católicos- son la consecuencia de una gestión confusa e irregular del mensaje de la jerarquía eclesiástica. De una jerarquía que tenía que haber trascendido, sin más victimismos recurrentes, el ruido de la polémica y los excesos verbales de los reproches, para entrar en su contenido. No sólo no lo ha hecho, mostrando una notoria incapacidad de reacción, sino que ha rebajado el perfil que apuntaba la reacción inmediata a la pastoral, acumulando nuevos motivos de incomprensión hacia un discurso que resulta ininteligible para la mayoría de la sociedad. Ya no es suficiente poner en valor que los obispos del País Vasco condenen a ETA y a sus cómplices, porque tanta insistencia en este mensaje acaba desnudando un minimalismo moral que hace grande lo básico y exime de mayores compromisos. Ahora sigue siendo inaplazable un pronunciamiento de la jerarquía sobre las legitimidades democráticas que están cuestionadas por el terrorismo y a las que la pastoral vasca no concede mayor valor moral que al soberanismo autodeterminista. Es angustiosa la ausencia de un juicio de condena que incluya el déficit ético que sufre una parte de la sociedad vasca que ve con indiferencia el terrorismo, y cuyas causas tienen mucho que ver con la política nacionalista de los últimos años. Es urgente un pronunciamiento que ampare y reconforte a las víctimas de ETA, las únicas víctimas del llamado conflicto vasco, sin más discursos compensatorios ni juicios de contextualización política extraídos del ideario nacionalista, en los que no se reconocen algunos de los valores universales de la Iglesia, los mismos que, con tanta firmeza, se han hecho valer en otras situaciones de persecución implacable, de odio y de terror como la que actualmente sufren los no nacionalistas. En el País Vasco, la Iglesia no puede mitigar las exigencias de justicia en aras del nacionalismo.

La polémica sobre la pastoral se mantiene y se agrava en un sentido totalmente desaconsejable, porque desde ayer compromete también a la propia Conferencia Episcopal. La respuesta del Gobierno ha observado un oportuno tono de moderación y prudencia, ratificándose en sus primeras valoraciones sobre la pastoral y evitando desmesuras inconducentes e innecesarias para mostrar lo evidente. Sin embargo, ha dejado constancia de que la Conferencia Episcopal ha defraudado las expectativas, no sólo del Gobierno, sino también de la oposición, de las víctimas y de múltiples sectores sociales que se han quedado sin respuestas. Se han acumulado signos suficientes para medir las distancias entre la jerarquía eclesiástica, por un lado, y las instituciones democráticas y la sociedad, por otro. También, para saber todo lo que puede dar de sí la jerarquía de la Iglesia en este tema esencial para España.

No hay milagros
GERMAN YANKE El Mundo 7 Junio 2002

No es ésta, por lo que se ve, época de milagros y, con la Iglesia, las sorpresas suelen ser pocas. No lo fue, a la vista de una tradición reciente pero consolidada, la pastoral de los obispos del País Vasco, inclinados tanto a sermonearnos con la «Iglesia vasca» como con otras especies de la «identidad». En su explicación del «conflicto» han sido, ellos y los muchos curas que componen hoy el resto del carlismo en la sociedad vasca, un desastre como entomólogos y, como tales, demasiado apegados a las miserias de lo que observan con tanta devota atención: el nacionalismo.

No tenía por qué haber sorpresas tampoco en la tan esperada reunión del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal. Menos aún cuando, según la nota, la reflexión ha versado sobre «los acontecimientos acaecidos a raíz de la publicación del documento» y no sobre el mismo ya que, según aclaran, «no es competencia del Comité Ejecutivo valorar las actuaciones de los obispos en sus respectivas diócesis».

Para lo que sí se considera capacitada la Conferencia Episcopal es para valorar a quienes se han rebelado contra la pastoral y a ello dedica buena parte de su «ponderada deliberación». De este modo denuncian la forma de la crítica, aunque no dicen a cuál se refieren en concreto no vaya a ser que tuvieran que adentrarse en el contenido de la pastoral. La ponderación les debía haber llevado a valorar también las alabanzas porque no deja de ser significativo que Arnaldo Otegi esté encantado con el documento y haya pedido a quienes sus amigos de ETA amenazan, los empresarios vascos, que «se retraten» como lo han hecho los obispos. La crítica fundamental ha sido, a mi juicio, seria y no descalificadora hasta el punto de que las miradas de los descontentos se han vuelto hacia la jerarquía y no hacia los enemigos de la Iglesia.Cada cual puede ver el daño que se hace a ésta donde le parezca pero es más que razonable que algunos lo encuentren en ciertos documentos clericales.

Insistir en que la pastoral condena el terrorismo es una obviedad innecesaria. Sólo faltaría que no lo hiciera. Reconoce la Conferencia Episcopal que el Estado democrático tiene legitimidad para regular la «participación de los partidos». Otra obviedad. Pero los obispos vascos, antes de conocer la letra de la reforma de la Ley de Partidos, mostraban su sombría preocupación y más miedo por la reacción de los criminales que respeto por el derecho de las víctimas a ser protegidas y, además, el arzobispo Carles recordaba, antes de entrar en la reunión, otras inmoralidades del Gobierno y el Parlamento. Menos mal que la nota de la Conferencia Episcopal invoca la Ley de Dios y el Evangelio, porque, para sus diatribas contra lo que mayoritariamente acaba de hacer el Parlamento español y con lo que viene haciendo el Ejecutivo democrático en los últimos tiempos invocaban a Amnistía Internacional y a Gesto por la Paz. Lo que hacen los obispos vascos en su pastoral es ponerse del lado y defender el nacionalismo. Dice la nota de ayer que la pastoral no opta «por un partido político determinado». Es verdad, lo hace por todos los de la familia nacionalista y todos ellos lo han comprendido bien. Señala también «su apuesta inequívoca por la eliminación del terrorismo», pero no estaría de más revisar el papel para ver si en realidad se habla de que desaparezca que, incluso combatiéndolo, no es lo mismo que eliminarlo activamente.

Siento de verdad otra perversión intelectual junto a la moral que la Conferencia Episcopal encuentra, con razón, en el terrorismo: no reconocer que las críticas que más pueden doler a un obispo no han sido las que buscan «el desprestigio de instituciones como la Iglesia». Ninguna defensa resulta peor y la «credibilidad moral» de la Iglesia no se ve dañada por estas críticas, sobre todo por las de quienes han padecido y siguen padeciendo la violencia terrorista sin que las instituciones gobernadas por el nacionalismo vasco hayan mostrado la eficacia y la comprensión debidas. Tampoco, como se ve por esta nota y por otras declaraciones, la libertad de la Iglesia garantizada por la legalidad vigente. Cualquier colega de estos obispos que hayan estado o están en países que se sitúan en las antípodas políticas de lo que hoy es España les podría explicar lo que es de verdad una persecución.

Nada peor que no ver las cosas como son y no reconocer, en el discrepante, con el que también habrá que dialogar si los obispos vascos quieren hacerlo con todos, el empeño de buscar lo contrario, es decir, el prestigio de una institución de la que se sienten parte. Y cuando se predica tanto el perdón, no está de más pedirlo de vez en cuando.

Don, don y don
Por ALFONSO USSÍA ABC 7 Junio 2002

Uno, dos y tres. Don Desastre, don Inoportuno y don Sansirolé, también conocido por «compañero Tontucio». Don Desastre fue bautizado como don Perfecto, es decir, don Cabal, don Ideal y don Esmerado. Don Perfecto Andrés Ibáñez, el torpe exégeta, el más cenutrio intérprete de un texto o de una frase. El que ha creído entender en el grito de Otegui -¡Gora Euskadi ta askatasuna!-, una simple oración de fin deseado. Carlos Martínez Gorriarán se lo explica con la paciencia y la sencillez del profesor amable al alumno zote. Sucede que don Perfecto, o don Desastre Andrés Ibáñez, se agarra a la confusión semántica para justificar su interpretación absolutoria, su bajadita de calzas, bragas y bombachas ante el temor de un enfado de Otegui. Don Desastre es de esos magistrados y jueces que una sociedad libre y pacífica no desea excepto en el sosiego de la jubilación.

Don Inoportuno, es decir, monseñor Manuel Monteiro, Nuncio de Su Santidad el Papa en España, portugués fino y diplomático, tan sutil como curial, el que después de leer y releer la pastoral de los cernícalos reconoce en ella algunos «aspectos de inoportunidad». Esta mesura de la Iglesia para reconocer los errores de los suyos, esa manera de hablar que no entiende nadie, es la que ha llevado a la buena gente de la calle a no renovar el abono. Otros obispos, como monseñor García Gascó, o monseñor Estepa, o monseñor Amigo, mantienen la esperanza de la feligresía por su claridad. Don Manuel Monteiro se ha convertido en don Inoportuno, don Nubarrones y don Melindres. Otro exégeta con parálisis anímica.

Y don Sansirolé o «compañero Tontucio». Éste es más divertido. En su Documento Nacional de Identidad figura como Gaspar Llamazares. Su problema, y grave, que no acierta con los botones. Lleva semanas largando sin parar contra la ley de Partidos Políticos. Se ha abrazado a Arzallus y a Batasuna mediante los sudores de su enviado especial Javier Madrazo. Ha dicho que la ley es reaccionaria, antidemocrática e impopular -todas esas cosas que repiten los comunistas desde que se encaramaron al único guindo que les quedaba-, y cuando llega el momento de la votación en el Parlamento, don Sansirolé o «compañero Tontucio», vota a favor de la ley que tanto ha combatido. Me cuenta un diputado que conocida la sandez de Llamazares, las colas en los cuartos de baño del Congreso parecían de tarde de fútbol. Que el noventa por ciento de los representantes de la ciudadanía se pusieron, milagrosamente de acuerdo, para mearse de risa, escrito sea con la licencia y excusas que merece la narración del acontecimiento. Porque no se puede escribir, por respeto a la verdad, que más de trescientos diputados «se hicieron pipí» de la risa, que una cosa es hacer pipí y otra muy diferente mearse. A don Sansirolé los dedos se le hacían huéspedes, y ahora esperamos su reacción, porque ha votado a favor de la ley que puede deslegalizar a Batasuna, y a ver qué hace para recuperar la amistad de los salvajes, tan reacios a perdonar los errores ajenos.

Lo habíamos escrito y repetido. A un individuo que se mantiene en el comunismo de principios del siglo pasado, y cuya principal idea es el resentimiento, lo menos que le puede ocurrir es que se confunda de botón. Un señor que vive en el quinto piso y se empeña en presionar el botón del ascensor que lleva a la segunda planta, induce a pensar al resto de los vecinos que es tonto. Y si el piso es exterior, tonto con balcones a la calle, hallazgo científico de Antonio Burgos.

Don Desastre, don Inoportuno y don Sansirolé. Uno, dos y tres, tres calamidades en el redondel.

El mal pastor
ANTONIO ELORZA El País 7 Junio 2002

Hay algo particularmente irritante en el lenguaje de los eclesiásticos cuando deciden abordar una cuestión polémica, sobre la cual tienen una opinión preestablecida, con el objeto de combatir a alguien o a algo al que designan como adversario. No es un rasgo que se manifieste únicamente en el plano político. La reciente pastoral de los obispos vascos me trajo el recuerdo, por la estrategia del discurso empleado, de una de aquellas famosas causas de nulidad matrimonial en que me vi indirectamente implicado hace ya 30 años. Todo estaba claro por el rechazo del matrimonio expresado antes de su celebración por la vía eclesial obligatoria. Pero entró en juego un clérigo muy influyente apellidado Uriarte, algo versado en psicología -seguramente nada que ver con el hombre fuerte del clero vasco-, y puso las cosas en su sitio tras una cascada de palabras evangélicas sobre el bien del sacramento, la objetividad de la justicia eclesiástica e incluso el reconocimiento de la base jurídica de la nulidad. He aquí que el peticionario escribía en Triunfo, y ello era prueba de que se trataba de 'una personalidad dotada de una ira roja', 'encerrada en el molde de piedra de su ideología'. Y se acabaron las flores a María. El derecho dejó de importar. Denegación y a otra cosa.

En estas décadas ese radicalismo formal ha desaparecido, pero no la mala costumbre de tomar posturas sin otro fundamento que el ideológico, con un alto grado de agresividad contenida, todo ello envuelto en el autobombo por las propias buenas intenciones. Pensando en la pastoral de los obispos vascos, hubiese sido perfectamente lícito que tomaran de forma abierta la posición política que de hecho han asumido, en los distintos aspectos del problema vasco, que denunciaran la tortura de existir datos fehacientes y que sometieran a análisis lo ya conocido del proyecto de Ley de Partidos. Es en cambio una maniobra de encubrimiento, aunque ideológicamente muy significativa, empapar el escrito en la palabra 'paz', para rechazar una eventual 'victoria' del Estado contra ETA en nombre de un 'acuerdo' para cuya proposición nada se tiene en cuenta la condena inmediata del terrorismo.

Menos afortunada aún es la deducción de que existe un grave problema vasco sin resolución posible en el marco actual, a partir de la constatación de la pluralidad de identidades en Euskadi: contra lo que los obispos dicen, es en esa mayoría de vascos con identidad dual (dato que omiten) donde reside el soporte sociológico de esa autonomía que tan insatisfactoria les parece. Y todo culmina con la falsa modestia de que ellos no van a meterse a analizar la Ley de Partidos, que ni siquiera importa la relación existente entre ETA y Batasuna, para luego, como en la historia de la sentencia que nos sirvió de prólogo, olvidarse de todas las premisas pronunciando el veredicto contra la ilegalización. Sólo arguyen que se agudizaría la fractura en la sociedad vasca. Me imagino que se refieren a que entonces los concejales de Batasuna dejarían de manifestar su fraterna solidaridad con los amenazados de PP y PSOE y que los padres de los presos (léase terroristas encarcelados) abandonarían su permanente atención cristiana hacia las familias de las víctimas por aquéllos causadas. ¿Es que los obispos no ven las escenas que se suceden en los ayuntamientos después de cada atentado? Preocupación cristiana se opone en este punto para ellos a conciencia política.

Debieran saber también los cuatro obispos que en una argumentación el orden de los factores sí altera el producto. Es terrible que en su 'pastoral', al ordenar jerárquicamente los problemas, la discrepancia entre los partidos se ponga por delante del texto de condena de ETA en donde las lamentaciones alcanzan al desconcierto de los 'activistas'. Consecuencias políticas de este apartado y del lamento por las víctimas, nada. Por supuesto, ningún reconocimiento al valor que pudiera tener el régimen democrático en que vive Euskadi con el Estatuto. Sólo un discurso evangélico que legitima lo que de verdad cuenta: retratarse con claridad, según las palabras de Otegi, contra la ilegalización de Batasuna. Así que los obispos asumen la iniciativa de una movilización social contra la misma. Rara forma de concebir la paz.

Españolismo rancio
Por JAIME CAMPMANY ABC 7 Junio 2002

Llevo un buen rato preocupado. A ver por dónde me llega la ola de españolismo rancio que ha detectado Jordi Pujol. Seguramente Doña Marta Ferrusola la habrá visto venir desde el parapente, y por eso no ha avisado todavía «el hombre del tiempo». La ola del españolismo rancio debe de ser algo así como la marea negra o la lava volcánica que salen de la España profunda. Digo yo que el molt honorable estará viendo que se nos viene encima el caballo blanco de Santiago, la luz de Trento, los tercios de Flandes, el brazo armado de la Cristiandad, la victoria de Lepanto, Rodrigo de Triana, Agustina de Aragón, la Chelito buscándose la pulga y todo eso, interminable.

Bueno, pues al final la ola de españolismo rancio ha llegado con Rosa la granaína, la Operación Triunfo y la audiencia de Eurovisión. El molt honorable podía haber citado entre las espumas del oleaje españolista la novena Copa de Europa, los tres españoles de las semifinales parisienses del Roland Garros, el triunfo sobre Eslovenia en el Mundial de fútbol y el invento del Gran Hermano. Lo que sucede es que la Operación Triunfo es una conquista de la cultura catalana y del despierto espíritu de empresa de los catalanes, y dos de los tres tenistas de las semifinales del Roland Garros son catalanes, Albert Costa y Alex Corretja, y el tercero es de Valencia, o sea, de los paísos catalans. Total, que en la ola de españolismo que nos invade llegan sucesivas ondas catalanas, menos por el lado de la Copa de Europa, porque ahí lo que llega es Joan Gaspart, qué le vamos a hacer. Y menos mal que llegan ondas catalanas, porque allí se cuecen grandes calderas de arte, de literatura, de ciencia, de riqueza y de gastronomía, donde triunfan las mongetas con botifarra, que yo las honro al menos dos o tres veces al mes.

La ola de españolismo llega también desde Vasconia, donde el lehendakari Ibarretxe o Ibarreche ha decidido, no ya bajarse al moro, sino bajarse al nómada. Le ha dado un ataque de saharauismo y se ha ido al desierto a departir con aquellos camelleros que Carrero Blanco traía al Congreso y se quedaban allí sentaditos escuchando discursos que no entendían. Bueno, al fin y al cabo, también África, desde el testamento de Isabel la Católica pertenece al españolismo rancio. Pero también me preocupa el viaje de Ibarreche porque ya se sabe que el desierto es un lugar peligroso, no ya por las fieras, que también, sino por las tentaciones. Allí habitan unos diablillos que tientan a todo el que se acerca, lo mismo si va a hacer oración, a hacer propaganda de la autodeterminación o a beber leche de camella, y que se atrevieron a tentar de desobediencia al mismísimo Jesucristo. ¡Mira tú que si Ibarreche se viera tentado de desobediencia a Arzalluz y empieza también a detener etarras!

El gran rancio
Por CARLOS HERRERA ABC 7 Junio 2002

Estaba tardando mucho. Yo no lo acababa de entender, conociendo la irritabilidad del personaje en asuntos de esta incumbencia, pero esperaba con cierta ansia que llegara el día en que, por fin, se destapara la olla rancia en la que habitualmente se cocina el ideario nacionalista catalán. Afortunadamente, fiel a sus seguidores, Pujol no nos ha defraudado: han pasado unos cuantos meses pero, finalmente, le ha estallado la costura del traje y ha dejado escapar su indisimulable malestar por el éxito en Cataluña de un programa marcadamente español. O de sentido claramente unificador en lo español. En esos temas es donde se descompone. Tantísimos años de trabajo para educar al buen catalán, al que durante las veinticuatro horas del día debe ejercitar su músculo catalanista, al que debe mirar con recelo todo lo que venga de la España siempre imperial y trasnochada, al que debe diferenciarse a diario de lo que cuelga Ebro abajo, para que vengan ahora unos cuantos zagales de origen vario a unificar en aplausos, ilusiones, ansias, emociones a los catalanes con el resto del colectivo patrio. Mal asunto. Lo que ciertamente me extrañaba era tanta tardanza.

Conociendo el paño, no podían pasar muchos días más antes de que el siempre «moderado» dirigente catalán acusara a su propia población de colaboracionista con el enemigo: que unos jovenzuelos andaluces, canarios, mallorquines (y catalanes: una de ellos pertenece a esa extracción, con lo que yo, muchacha, andaría con pies de plomo por estar donde el máximo jefe no cree que debieras estar), entrecrucen de pasiones el país entero e impliquen a catalanes en las mismas cuitas que a los demás resulta desolador para quien ha hecho de la indolencia con «el resto del Estado» una seña invariable de conducta. Para más escozor, el programa está realizado en Cataluña y por catalanes, dirigido por catalanes, musicado por catalanes y cobrado por catalanes, aspectos estos que podrían incurrir en contrasentido pero que en la esquizofrenia política nacionalista no significan desequilibrio argumental alguno. Si lo hacen catalanes, allá ellos, que lo ganen bien y que dejen los «dinerets» aquí, pero que todos aquellos que lo vean sepan que están traicionando el espíritu de catalanización constante al que debe someterse el buen nativo.

Aun así, no habrán de pasar muchas horas para que aparezca alguien vestido de bombero (si no ha aparecido ya) y trate de «puntualizar» lo que el president ha querido decir en la entrevista que mantenía con mi amigo Justo a través de sus emisoras en castellano. Dirá lo que quiera, pero difícilmente podrá arreglar la metedura de pata del indignado Pujol: parece poco oportuno llamar españolistas rancios a los cientos de miles, millones de personas que en su comunidad han seguido ese programa hasta el hartazgo.

Podría puntualizar que Pujol se ha querido referir a la poco afortunada celebración del séptimo puesto de la cantante Rosa en el festival de Eurovisión o que, simplemente, lamentaba la contumaz machaconería de TVE exprimiendo la fórmula hasta la náusea final, pero difícilmente convencería a quienes conocen sus tics.

Pujol ha escenificado, sencillamente, el freudiano complejo nacionalista que asola el día a día de la política catalana: poco importa el origen, lo que ofende es que cualquier iniciativa de carácter colectivo y, por lo tanto, de inevitable carácter unificador -bien sea la selección de fútbol, bien un programa televisivo-, triunfe en Cataluña de la misma forma que lo hace en Murcia o en Canarias ya que eso quiere decir que los catalanes tienen suficientes puntos en común con los demás integrantes de esta fiesta hispana como para establecer líneas horizontales de identificación. Eso escuece mucho, máxime cuando, como todos sabemos, a excepción de los buenos vascos, sus buenos dirigentes, y, sobre todo, sus buenos obispos, los demás tienen menos Dios en el pan.

Ya me estaba extrañando a mí tanta tardanza.

Alonso subraya que el «reto principal» del autogobierno debe ser la derrota de ETA
EL CORREO/VITORIA  7 Junio 2002

El alcalde de Vitoria, el popular Alfonso Alonso, subrayó ayer que el «reto principal» del autogobierno vasco debe ser la derrota del terrorismo de ETA, la conquista de «un verdadero sistema de libertades» y la recuperación de «espacios de convivencia» en los que todos los ciudadanos puedan expresar libremente sus ideas sin por ello «poner en riesgo su vida, su familia o sus bienes».

Alonso, que compareció ante la comisión de autogobierno del Parlamento vasco, abogó en este sentido por «volver la mirada hacia aquello que preocupa realmente a los ciudadanos» en lugar de «perdernos en debates que nos alejan de los vascos», y recuperar la «democracia local» que, a su juicio, «ha desaparecido» en Euskadi. «Se debe ganar la libertad en las calles para poder afirmar que el autogobierno es una realidad y no una entelequia», insistió el alcalde, que defendió, con estos argumentos, la vigencia del actual marco jurídico-político.

En su opinión, ninguna propuesta que pudiera ser puesta hoy sobre la mesa suscitaría el mismo grado de consenso que en su día lograron la Constitución y el Estatuto, por lo que resulta imposible, dijo, sustituir el marco actual por otro que genere «un acuerdo menor». Así, Alonso recalcó la «estabilidad institucional» que estas dos leyes aprobadas en los primeros años de la democracia han dado a Euskadi, al posibilitar también su progreso social y económico.

El máximo responsable de la Corporación vitoriana exigió asimismo al Gobierno vasco que impulse un proceso de descentralización para incrementar las competencias municipales porque, dijo, «no nos podemos conformar con sustituir un centralismo por un nuevo centralismo vasco».

El cisma vascongado
Amando DE MIGUEL La Razón 7 Junio 2002

El País Vasco aparece partido por gala en tres trozos ideológicos bien distintos. Los llamaré A, B y C para que nadie se dé por aludido y menos por ofendido. El trozo A agrupa los partidarios de la independencia, esto es, la secesión de España, aunque sea por el terrorismo (para ellos «lucha armada»). La independencia sería la de Euskalerría, esto es, el País Vasco más Navarra. Digamos que ese sector representa algo así como la cuarta parte del electorado en las tres provincias vascongadas. Hay otro 25 por ciento ¬siempre aproximado¬ que vería con buenos ojos la secesión, pero que no le gusta mucho lo de la lucha armada; sería el B. Queda, más o menos, la mitad que no quiere la secesión y que aporta las víctimas al terrorismo; es el C. Mejor llamarlo terrorismo que lucha armada porque no hay tal hecho; sólo resultan dañados los de una parte (C).

La situación descrita es ya bastante insostenible, pero se puede complicar más cuando se introduce el papel de la Iglesia jerárquica. Resulta que los tres obispos vascos insinúan que están con B, pero más cerca de A que de C. En la práctica esa bendición obispal significa que el terrorismo adquiere el estatuto de lucha armada. La mejor prueba de lo que digo es que, ante la carta pastoral de los tres obispos vascos, los representantes de C se enojan, mientras que se alegran los de A y los de B. ¿Quiere decir eso que la Iglesia se decanta por A y B? No exactamente. La prueba es que la citada carta pastoral no la suscribe el arzobispo de Pamplona ni la apoyan los demás obispos españoles. En cuyo caso estamos más bien ante un verdadero cisma dentro de la Iglesia española. Sólo tres obispos apoyan a los luchadores armados, si se puede decir así con ironía. El resto, más de medio centenar, se identificarían con las víctimas del terrorismo. Esa división de la Conferencia Episcopal española es, más o menos, la que se produce en las Cortes Españolas. Es decir, nueve de cada diez obispos o diputados y senadores estarían a favor de C y verían con buenos ojos la ilegalización de A. No puede ser legal quien pretende la disolución de la nación española y además por la violencia. Los tres obispos «cismáticos» no lo entienden así.

El texto de los obispos vascos es doblemente contradictorio. Por un lado, dicen que «Eta debe desaparecer», pero esa es claramente la tesis de B. Los de C quieren hacerla desaparecer, más que nada porque les toca proporcionar las víctimas del terrorismo. Desde luego, el texto de la famosa carta pastoral da alas al vuelo de A.
La segunda paradoja es que los tres obispos hablan «como pastores», pero su feligresía está más en C que en A. Eso es así por mucho que se diga que históricamente A nació en las sacristías, en los seminarios diocesanos. Hoy los de A son mayormente arreligiosos.

Habrá que seguir atentamente la evolución del cisma indicado. Roma debe hablar.

De la confrontación al espacio de encuentro
ANDONI PÉREZ AYALA/PROFESOR DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UPV/ EHU El Correo 7 Junio 2002

Una de las pocas ocasiones, quizá la única en los últimos años, en que ha habido algún motivo para poder sentirse esperanzados, ha sido gracias al reciente acuerdo alcanzado en Eudel entre las fuerzas democráticas en torno a la Declaración cívica en defensa de la democracia, la libertad y el pluralismo , que estos días se está discutiendo en los municipios vascos. Más allá de la literalidad del texto de la Declaración, que siempre puede ser mejorable, lo realmente importante es la posibilidad que abre de recuperar un espacio de colaboración entre las fuerzas democráticas, inexistente durante este último periodo; en particular, desde que se produce la irresponsable voladura del Acuerdo de Ajuria Enea (1998), en el que convergían el conjunto de las fuerzas democráticas sobre unas bases comunes para hacer frente al terrorismo, y su sustitución por el frente nacionalista resultante del Acuerdo de Lizarra, en el que se vinculaba la pacificación a la satisfación de las reivindicaciones soberanistas.

Los hechos que han venido sucediéndose desde entonces han servido para poner de manifiesto la gravedad del error cometido (en el caso de que no trate de algo bastante más grave que un simple error). No sólo se ha revelado inviable la vía soberanista de pacificación sino que, además, ha tenido el efecto de provocar una fractura entre las fuerzas democráticas sin precedente hasta ese momento. A lo que hay que añadir, tras el cese temporal durante algo más de un año (septiembre 1998-noviembre 1999) de la actividad terrorista, el relanzamiento de nuevo de ésta bajo la forma de violencia de persecución dirigida especialmente contra las personas y los cargos electos municipales (los más fáciles de atacar) del PP y el PSOE. No es de extrañar que, en estas circunstancias, haya sido precisamente en torno al ámbito municipal donde se haya gestado la iniciativa que da lugar a la Declaración de Eudel.

Lo que sí resulta más difícil de asumir es que no haya sido posible alcanzar antes un acuerdo como el que nos ocupa; y que haya que celebrar como un triunfo, que además lo es, lo que no deja de ser una manifestación del más elemental sentido común cívico y democrático. Se trata, como en otras muchas ocasiones, de un hecho que revela, una vez más, la falta de normalidad cívica y democrática en la que estamos instalados de forma crónica. Pero, en cualquier caso, bienvenida sea esta Declaración común del conjunto de las fuerzas democráticas que permite reabrir espacios de encuentro y de colaboración hasta ahora inexistentes.

Si bien se trata de un esperanzador paso adelante, ello no debe ocultarnos, sin embargo, la precariedad en la que se da ni las dificultades que van a presentarse para hacerlo efectivo; lo que no es sino el resultado de la inercia generada por la dinámica de confrontación seguida últimamente. Si ya la gestación del Acuerdo ha sido más conflictiva de lo que, a la vista del texto finalmente acordado, sería razonable, las disputas abiertas sobre su interpretación al día siguiente de hacerse pública la Declaración son suficientemente expresivas de las dificultades que va a ser necesario superar a partir de ahora. A lo que se suma la introducción de nuevas cuestiones conflictivas, ajenas al contenido de la Declaración, que van desde el pronunciamiento sobre el rechazo/adhesión al proyecto de Ley sobre Partidos Políticos hasta el del inmediato desalojo o no de las alcaldías de Batasuna.

Conviene tener presente que la Declaración civica de Eudel dice lo que dice y no lo que cada uno hubiera querido que dijese; como no puede ser de otra forma, dada la diversidad de fuerzas que la suscriben y las posiciones dispares, e incluso abiertamente enfrentadas, que han venido manteniendo sobre los más diversos temas. Tratar de condicionar los acuerdos alcanzados en un tema, por precarios y limitados que sean como lo es el de Eudel, a los acuerdos sobre otras cuestiones en las que las divergencias son manifiestas -Ley de Partidos Políticos, alcaldías de Batasuna, etcétera- es la mejor manera de abortar no sólo los acuerdos ya conseguidos sino cualquier otro que sea posible conseguir en el futuro. Todo ello, claro está, si de verdad se está por esta opción de búsqueda de acuerdos entre las fuerzas democráticas, lo que a la vista de algunas actitudes está por ver.

Partiendo de la limitación del acuerdo alcanzado en Eudel, cuyo principal objetivo es el de afrontar la violencia de persecución contra los cargos electos municipales, lo más razonable, y también lo más operativo, es basarse en él para caminar en la dirección que marca. Fundamentalmente, la recuperación de espacios comunes de colaboración entre las fuerzas democráticas, inexistentes desde la quiebra del Acuerdo de Ajuria Enea, para poder hacer frente desde posiciones unitarias al grave problema que plantea la utilización de la violencia terrorista como instrumento de acción política; cuestión ésta que, recordémoslo una vez más, además de la gravedad que tiene en sí misma, condiciona todos los demás problemas que hoy tiene planteada la sociedad vasca.

El pronunciamiento de los plenos municipales en torno a la moción de Eudel, proceso que está teniendo lugar estos días, va a ser el mejor test sobre las expectativas que se abren para el próximo futuro. Se trata, de todas formas, de una buena oportunidad, proporcionada por la Declaración cívica en defensa de la democracia, la libertad y el pluralismo , para encontrar el punto de inflexión que nos permita pasar de un periodo marcado por la confrontación y la fractura entre las fuerzas democráticas a otro en el que sea posible tener espacios de encuentro y de colaboración comunes. Éste es, precisamente, el principal papel que puede jugar en el contexto actual esta Declaración, por encima de las lagunas y de los déficits que pueda tener para cada una de las formaciones políticas que la han suscrito.

Como en el célebre aforismo de la botella medio llena o medio vacía, algunos preferimos verla medio llena, o incluso menos, siempre que haya esperanza de poder ir llenándola pacientemente entre todos, aunque sea con dificultades. Lo importante es que no haya nadie, al menos entre los que dicen tener interés en conservarla, empeñado en romperla antes que compartirla, tal y como está, con los demás.

Limitar la libertad
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 7 Junio 2002

Se queja la Conferencia Episcopal de que desde el Gobierno y algunos medios de Comunicación se les está «limitando la libertad» de decir lo que piensan. Falso. Dicen los obispos, además, que la pastoral de los vascos es clara en su defensa de la víctimas por encima de los terroristas. Falso.

No entiende la Conferencia Episcopal que cuando se es tibio en la condena de lo que más está dañando a nuestro país y a nuestro modo de vida, todos salgan a decirles «oiga, se han equivocado».

Y eso no es limitar su libertad, sino preguntarles en qué bando quieren jugar, si en el de la mayoría o en el de los asesinos. Y si quieren estar con los segundos, permítannos que critiquemos su postura con toda nuestra fuerza, que no es otra que la de la palabra.

Y tampoco entiende la Conferencia Episcopal que quienes sufren cada día el chantaje y la amenaza de muerte en el País vasco, estén absortos de las conclusiones a las que llegan los obispos del Norte

¿Cómo es posible que desde Valencia se vea mucho más clara la postura que hay que tener? ¿A qué juegan en el Norte aliándose con la ultraderecha nacionalista?

De la Iglesia Católica se espera que esté con los oprimidos y no con los que oprimen. Quizás en el tercer Mundo esto tenga una traducción sobre las condiciones económicas exclusivamente.

En Occidente, los que oprimen son los narcotraficantes, los terroristas y las mafias. La tibieza que ha mostrado la Iglesia en su rechazo a los que matan al intentar comprender sus razones es lo que ha hecho saltar la voz de alarma en las gentes de bien.

A pesar de todo, ayer han decidido mantener su posición, clamando por la independencia de criterio, lo que se convierte en un nuevo error de la Conferencia Episcopal. Y mezclar este asunto con las clases de religión, como hizo un obispo, es un error más grave aún.

Alberto Fernández denuncia el sectarismo de Cataluña Ràdio al informar sobre la Ley de Partidos
I. ANGUERA ABC 7 Junio 2002

BARCELONA. El presidente del PP catalán (PPC), Alberto Fernández, respondió ayer a las críticas de Jordi Pujol al «nacionalismo rancio» que a su juicio destilan «Operación Triunfo» advirtiendo al presidente de la Generalitat que sus palabras demuestran que «no hay nacionalismo rancio, sino catalanismo caduco».

Alberto Fernández consideró que a Pujol «le ha traicionado el subconsciente», en el que contrapone la identitad española a la catalana «cuando son complementarias». En este sentido, se pregunto «qué le molesta a Pujol, la audiencia de más de dos millones de personas o el hecho de que su productora catalana», y concluyó que el presidente de la Generalitat «no entiende que la identidad catalana es plural y se siente española».

Al margen de «Operación Triunfo», el presidente del PPC se refirió también a las emisoras de la Generalitat para criticar duramente el «sectarismo» de Catalunya Ràdio, especialmente en la información que ofrece esta emisora respecto a cuestiones como la Ley de Partidos o la pastural de los obispos vascos.

Alberto Fernández tachó sus servicios informativos de «auténticos editoriales nacionalistas» con «tertulias unidireccionales e informaciones sectarias» y reclamó unos medios públicos «plurales y objetivos», después de que el ex presidente italiano Francesco Cossiga, que tuvo que dimitir por diversos escándalos de corrucpción, tildara a José María Aznar de «falangista» en una entrevista en esta cadena.

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