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Recortes de Prensa     Domingo 9 Junio  2002
Ora pro nobis
COVITE, COLECTIVO DE VÍCTIMAS DEL TERRORISMO EN EL PAÍS VASCO El Correo 9 Junio 2002

La responsabilidad del lehendakari
EMILIO GUEVARA/ El Correo 9 Junio 2002

Prudencia de Aznar
Luis María ANSON La Razón 9 Junio 2002

Condena teórica
José María CARRASCAL La Razón 9 Junio 2002

¿Apoyará ETA a los obispos
CARLOS DÁVILA ABC 9 Junio 2002

Controversia y silencio
Editorial El Correo 9 Junio 2002

La falsa fórmula «ilegalización = más terrorismo»
D. MARTÍNEZ / J. PAGOLA ABC 9 Junio 2002

Ora pro nobis
COVITE/COLECTIVO DE VÍCTIMAS DEL TERRORISMO EN EL PAÍS VASCO El Correo 9 Junio 2002

El Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco quiere opinar en profundidad sobre la pastoral de los obispos vascos. Nos gustaría explicar nuestra indignación ante este nuevo ataque a nuestra sensibilidad como ciudadanos vascos directamente afectados por el terrorismo, dado que una de las razones de nuestra constitución fue la acción y la inacción de la Iglesia vasca, especialmente su jerarquía, y que entre nosotros existen muchas víctimas creyentes que una vez más se han sentido abandonadas.

Su postura ante la situación de los concejales amenazados, «un desafío a la vida, a la libertad y al sistema democrático», es comedidamente aceptable, aunque no entendemos cómo a estas alturas de la historia del terrorismo, después de tantos asesinatos contra cargos públicos amenazados y la indefensión en la que se encuentran tantos otros ciudadanos representantes de opciones democráticas constitucionalistas, quepan las consideraciones interpelativas como «todos tenemos que preguntarnos si somos suficientemente sensibles al drama que ellos y sus familias padecen». La realidad de victimación de estos ciudadanos y la imprescindible cuota de democracia asediada que representan es una obviedad y un drama que sólo admite compromiso activo y solidario, firme y sin ambigüedades, ante el que hay que ser crítico por no haberse propiciado hace tiempo y que reclama propuestas, actos y actividades encaminadas a reconocer y acompañar el sufrimiento de tantos ciudadanos.

Hasta este punto y sólo hasta este punto llega la mención de nuestros obispos a la realidad de las víctimas del terrorismo. No se nombra a los casi mil asesinados por el terrorismo, las 810 víctimas de ETA, la situación de abandono histórico que han padecido, ni una sola defensa de nuestras reivindicaciones legítimas y que son, nunca nos cansaremos de repetir, memoria, verdad y justicia; ni una mención al trabajo ni al esfuerzo de Covite ni de otras asociaciones y fundaciones de víctimas. En vez de esto, nos vuelven a regalar ausencia y olvido.

Pero sigamos. A partir de este punto el texto cobra toda su crudeza contra los intereses de los miles de amenazados y afectados por ETA, y, desde nuestro punto de vista, abandona a las víctimas para supeditar la hipotética paz de los prelados a la consecución de objetivos políticos en lo que califican «una realidad que viene de lejos». Reivindican una fórmula de convivencia futura que no puede imponerse «por la fuerza ciega o por el puro imperio de la ley». Las víctimas, que nos sentimos amparadas por el Estado de Derecho, que hemos delegado nuestra protección y defensa en las instituciones democráticas, y que, afortunadamente, contamos con una Constitución y un Estatuto de Autonomía que velan por nuestros derechos y libertades, nos sentimos ofendidas por la frivolidad e irresponsabilidad que supone comparar lo que los obispos denominan «imperio de la ley» con la «fuerza ciega», es decir, democracia contra barbarie, Estado de Derecho contra terrorismo totalitario. ¿Qué «proyecto integrador» puede existir entre quienes justifican y practican el tiro en la nuca y las leyes democráticas? Ante la conculcación sistemática y masiva de los derechos humanos más básicos no caben la retórica, las abstracciones, las comparaciones frívolas. Si los obispos pueden vivir, predicar, escribir pastorales y, en parte, ser sostenidos económicamente por el Estado, es porque existió el diálogo, el pacto y el acuerdo político, todo lo contrario a la fuerza bruta, la imposición, la intolerancia y la limpieza ideológica que ETA practica. La pastoral apoya de forma laxa «las fórmulas políticas que el pueblo ha aprobado», pero no se nombran en ningún momento nuestras normas de convivencia fundamentales y sí se hace referencia al «valor y la relatividad de las diferentes fórmulas políticas», también las de Batasuna, se supone, pero, ¿y las de ETA?

La propuesta de paz de los obispos gira ya inexorablemente en las claves del debate nacionalista respecto a la identidad y sus vericuetos de resolución, donde se recrimina la equiparación entre nacionalismo y terrorismo. Echamos en falta la reprobación de los innumerables insultos, amenazas y humillaciones que sufren los ciudadanos constitucionalistas en su condición de tales, ciudadanos vascos que son intimidados en plenos y tildados de fascistas , españolistas , etcétera, por los totalitarios, víctimas vejadas en tantas otras ocasiones cuando, por ejemplo, se rinde homenaje público a los asesinos. ¿No les produce preocupación expresa a nuestros obispos la campaña de acoso y aniquilamiento que sufren los concejales, intelectuales, profesores, periodistas, etcétera, en tantos y tantos municipios de Euskadi? Ésta sí nos parece una verdadera situación dramática y fácilmente constatable.

Como recordábamos recientemente, Covite apoya la Ley de Partidos porque las víctimas del terrorismo se deben sentir amparadas en el Estado de Derecho y defendidas de sus agresores por las instituciones democráticas, porque esperamos que se impida legalmente la perversión de que las víctimas sean humilladas incluso con dinero público y porque recrimina e imposibilita que, desde la aparente normalidad democrática, un partido político practique la connivencia, la apología, la defensa, la justificación y el apoyo a una organización terrorista facilitando su actividad y capacidad de control social mafioso. Ante esta lacerante situación no criticada por los obispos, su aportación constructiva a esta Ley es la de las supuestas «consecuencias sombrías». ¿Y las causas que la motivan? ¿No merecen un análisis? ¿No les mueven a la preocupación? ¿Qué lógica tiene que los obispos critiquen la Ley de Partidos y no apoyen el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo? Es estremecedora la afirmación «sean cuales fuesen las relaciones existentes entre Batasuna y ETA». ¿Es igual cuáles sean? ¿No hay que investigarlas e incluso felicitarse por su esclarecimiento? ¿No les produce preocupación que ETA pueda estar actuando a través de Batasuna?

Para los obispos vascos, optar por la paz es apoyar a los movimientos sociales que abren caminos (¿a que ya saben ustedes a qué organización?); mejorar la situación de los presos (los de ETA) en un gesto de humanidad; educar para la paz; y orar mientras intentamos mantener la esperanza. Para Covite, conseguir la libertad es apoyar a las víctimas del terrorismo día a día, desde el púlpito, la escuela, el puesto de trabajo y también en sus actos y sus justas reivindicaciones; apoyar el marco político de libertades legalmente refrendado; defender las instituciones democráticas y criticar sin ambigüedades el nacionalismo excluyente, el fanatismo, el totalitarismo y la intolerancia de aquellos que son la principal fuente de nuestros males: ETA y sus cómplices, sin claudicar, sin mezclar la consecución de objetivos políticos particulares con la afirmación y defensa del Estado de Derecho. Para Covite, los obispos vascos no nos ayudan a fomentar ni la memoria, ni la verdad, ni la justicia. Ora pro nobis.

La responsabilidad del lehendakari
EMILIO GUEVARA/ El Correo 9 Junio 2002

Esto no puede seguir así. El deterioro de la convivencia en Euskadi es cada vez mayor. Proliferan los foros, las plataformas, las fundaciones, los manifiestos, las cartas laicas y eclesiales, las conferencias, todas con el afán de ser cauce o instrumento de pacificación, y casi todas acaban como encerradas o ensimismadas en sus planteamientos iniciales, cuando no se incorporan con denuedo a la refriega. Se repiten las apelaciones a la moral, a la ética, al diálogo, a la relatividad de los proyectos políticos, pero cada vez se radicalizan más las posturas y hasta el lenguaje se deteriora, como si se tratara de demostrar quién es capaz de insultar mejor. Aturdidos por la algarabía del ridículo caso Otegi y otros similares, no somos capaces de calibrar la real significación de otros sucesos como, por ejemplo, las declaraciones del nacionalista Ibarrondo en relación con los cargos del PSE y del PP que nos obligan a reflexionar seriamente sobre cómo la ideología partidista pueda afectar a la más elemental capacidad de raciocinio, hasta el punto de enviar a los terroristas, sin quererlo, el mensaje de que están siendo eficaces a la hora de echar a quienes se les enfrentan. Enfrascados en este fragor de declaraciones, nos olvidamos de que, por ejemplo, una edil nacionalista puede ser acosada por apadrinar al hijo póstumo de un asesinado u otra agredida por su hermano y su hijo sólo por anular lo que otra corporación anterior aprobó. Y así se podría seguir citando muchos más ejemplos. Probablemente en el intervalo entre la redacción de este artículo y su publicación se produzcan otros nuevos. Y es que, entre tanto, la enfermedad se extiende y empieza a convertirse en crónica, si ya no lo es. En algún zulo siniestro, el brazo armado de la bestia está preparando su próximo zarpazo. Creo que alguien tiene que llegar y mandar parar, y este alguien sólo puede ser hoy el lehendakari.

En mi opinión, la especial gravedad de la situación actual no se deriva sólo de la existencia de ETA, que desgraciadamente lleva casi cuarenta años actuando, sin que en todos los ámbitos de la sociedad civil, laica o religiosa, haya existido antes este grado de fractura y de crispación. La diferencia con la situación anterior al pacto del PNV con ETA y a la firma subsiguiente de la declaración de Lizarra, está en el hecho de que el nacionalismo democrático ha iniciado, a partir de 1998, y por razones puramente partidistas de orden táctico y no por una necesidad imperiosa e inaplazable, un proceso de suplantación del actual marco jurídico, sin que previamente haya desaparecido ETA y la opresión que sufre una buena parte de los ciudadanos. ¡Cuántas veces hemos dicho todos los demócratas que la violencia pervierte todo aquello a lo que alcanza! Pues bien, ahora estamos ante una muestra paradigmática de esa perversión, y no me explico la resistencia del lehendakari y de su partido a extraer las debidas consecuencias, entre ellas y en primer lugar que hay situaciones en las que se puede disponer del derecho a hacer algo y a la vez carecer de razón para llevarlo a cabo.

No pueden los nacionalistas apelar al diálogo, y al mismo tiempo anticipar que no van a renunciar nunca a la independencia de Euskadi, porque de esta forma están ya condenando al fracaso a todos los intentos e iniciativas en favor de un acuerdo amplio y definitivo. Pero sobre todo no pueden decirlo estando ahí ETA y la violencia de otros nacionalistas, porque es imposible que muchos ciudadanos podamos creer en la buena voluntad y en la sinceridad de unos nacionalistas que ni siquiera son capaces de aplazar su reivindicación hasta que otros nacionalistas dejen de asesinar a quienes no creen en la existencia de una nación vasca -cosa perfectamente legítima, porque pertenece al terreno de lo opinable- o la conciben de otra manera.

Raya en lo temerario y en lo indecente, en esta situación de falta de libertad primaria, amagar con consultas a la ciudadanía, entrando en la siempre sospechosa democracia plebiscitaria, cuando ya sabemos de antemano, con bastante exactitud, lo que esta sociedad piensa. La consulta hay que reservarla para el momento en que se hayan decantado propuestas concretas y definitivas, por consenso de las fuerzas políticas, y se den las condiciones indispensables para la limpieza democrática de todo el proceso. El nacionalismo democrático, no terrorista, no puede sustraerse al hecho de que en Euskadi hoy el terrorismo es nacionalista, e ignorar que mientras haga coincidir en el tiempo su discurso soberanista con la actuación de ETA las probabilidades de que ésta desista o sea vencida serán tanto menores cuanto mayor sea el grado de radicalidad de aquel discurso. Más aún, negarse a aplazar cualquier estrategia soberanista y de modificación del actual marco jurídico es una actitud desprovista de una razón suficiente desde la perspectiva de la necesidad y del interés general del país. Disponemos del suficiente poder para avanzar en el progreso de nuestro país, y en este caso no hay riesgo de que la moratoria represente la caducidad o la prescripción o la renuncia a cualquier derecho. En todo caso, el sacrificio que para algunos pueda representar el aplazamiento está más que justificado, e incluso es exigible, si se considera el grave mal en que nos hallamos. Cada día podemos estar más cerca del punto de no retorno. Esto no puede seguir así.

Cierto es que no sólo los nacionalistas o las instituciones vascas deben hacer un esfuerzo para salir de esta locura. También los no nacionalistas y el Gobierno de Madrid tienen que asumir y rectificar sus propios errores. Pero a quien es en mayor grado responsable del Gobierno de Euskadi le corresponde, en justa reciprocidad, la responsabilidad de dar el primer paso y de demostrar con hechos que quiere ser el lehendakari de todos y no sólo de quienes le votaron. Estoy convencido de que el clima político de este país mejora radicalmente en el mismo instante en que el lehendakari ordene parar. Si quiere, Ibarretxe tiene la suficiente fuerza para exigir que todos aparquen sus proyectos de futuro, y para liderar un esfuerzo conjunto de los partidos y de los ciudadanos, que de manera eficaz procure la seguridad de los amenazados, garantice el funcionamiento de la democracia, en especial la celebración de unas elecciones municipales y forales genuinas y limpias, y, en definitiva, venza a ETA.

El mismo día en que el lehendakari lance este mensaje, empezará a restablecerse la confianza entre los partidos democráticos, sin la que es imposible cualquier diálogo o acuerdo. A partir de ese día, se podrá comprobar quién desea realmente construir una nación de ciudadanos libres o quién busca solo imponer su particular concepto de España o de Euskadi. Desde ese día, todos los radicales, todos los violentos, todos los asesinos sabrán que jamás van a poder cobrar ningún precio político. Desde ese momento, quienes ya han sido víctimas del terrorismo o quienes están sufriendo su amenaza, sabrán que al menos su sacrificio tiene algún sentido. Yo lo creo firmemente así, pero en cualquier caso le preguntaría al lehendakari, adaptando para la ocasión esa muletilla que le es tan querida: ¿Qué se pierde por intentarlo?

Prudencia de Aznar
Luis María ANSON La Razón 9 Junio 2002
de la Real Academia Española

Los obispos vascos se han equivocado al clavar al pueblo español en una cruz despiadada con esa pastoral en la que se ponen abiertamente a favor del brazo político de Eta y en contra del 96 por ciento de la opinión pública, expresión de la voluntad general libremente manifestada en la representación democrática del Congreso de los Diputados. Podría no tener razón mayoría tan abrumadora porque la Iglesia no está sometida al voluntarismo jurídico sino al de Dios, pero es que además desde el punto de vista del derecho natural y de la doctrina cristiana la razón no está en la pastoral vasca sino en la reacción popular. Por muchas veladuras y matices que se subrayen en el texto episcopal quedan perfiles de atrocidad moral.

Se ha equivocado también la Conferencia Episcopal al lavarse las manos como Pilatos. La Iglesia Católica debe estar a favor de los pobres y los oprimidos. Y los pobres y oprimidos son las víctimas de Eta y el pueblo sencillo que está aterrorizado por los etarras, la kale borroka y el brazo político que informa, financia y ampara a la banda, es decir, Batasuna.

Aznar se ha manifestado duro y firme. Y en esa posición se mantiene. Pero ha pedido expresamente a sus gentes que no soplen sobre el fuego contra la Iglesia. Lo dije hace unos días. Lo repito hoy. Rouco y Juan Pablo II son hombres de buena fe. De lo que se trata no es de provocar un choque Iglesia-Estado sino de negociar con el Vaticano, con la Conferencia Episcopal española y con los obispos de las provincias vascongadas.

Ciertamente, el católico medio español seguirá preguntándose por qué ante la alarma social en Estados Unidos, el Papa convocó en Roma a los obispos norteamericanos en cuyas diócesis se produjeron casos de pederastia, por qué no ha hecho lo mismo con los obispos vascos ante el escándalo organizado en toda España.

Navarro Valls puede seguir tocándose delicadamente la cítara celestial entre las colinas de Roma mientras contempla el esplendor del incendio. Pero la opinión pública española espera un gesto del Vaticano que no debiera perder la ocasión de apagar muchos fuegos fugitivos y también algunos fatuos.

Condena teórica
José María CARRASCAL La Razón 9 Junio 2002

El gran, y prácticamente único, argumento de cuantos defienden la pastoral de los prelados vascos, desde la Conferencia Episcopal a Felipe González, es que condena el terrorismo. ¿Faltaría más! Estaría bueno que los obispos no condenasen el terrorismo. ¿Si lo condenan hasta los propios terroristas, que no atreviéndose a llamarle así, le llaman «lucha armada»! Ahora bien, ¿de qué sirve condenar el terrorismo si luego se opone uno a la ilegalización de alguna de sus ramas? Pues esa es la gran contradicción de la pastoral, esa es la vía por la que hace agua, eso es lo que no entienden la gran mayoría de los españoles.

Si el terrorismo es malo, así como «todas las personas o grupos que colaboran con él, lo encubren o defienden», como dice la pastoral, ¿por qué se oponen sus firmantes a que se ilegalice Batasuna, que está archidemostrado colabora, encubre y defiende a Eta? El argumento alegado, que podría empeorar la convivencia en el País Vasco, ofende a la inteligencia. ¿Es que puede empeorar la situación en Euskadi? Para los amenazados, desde luego, no. Sólo para sus verdugos. ¿Es lo que se pretende? Algo parecido puede decirse de la actitud del nuncio, calificando de «inoportuna» la pastoral. ¿Inoportuna en el tiempo o en el espacio? ¿Quiere decir monseñor Monteiro que en otro momento y en otro lugar sería adecuada? Que sepamos, «inoportuno» no implica descalificación alguna, sólo inconveniencia, incomodidad, algo que creíamos reservado a actitudes terrenales, no a quienes se arrogan la representación de lo eterno.

En fin, para no perdernos en la casuística eclesiástica: o se está contra el terrorismo no sólo con palabras, sino también con hechos, o se está con él, rechazando ilegalizar su cobertura política. Y ésta es precisamente la actitud de los obispos vascos, que ha despertado la indignación no ya del gobierno sino de la ciudadanía, con las debidas excepciones. Pues estamos ante una clara manipulación, ante un sofisma evidente, ante una argucia dialéctica para poner una vela a Dios y otra al diablo, encubriendo unos hechos intolerables con una palabras tan solemnes como huecas. A personas así las llamaba Jesús «sepulcros blanqueados». Se escandalizan los obispos por las rotundas críticas que han recibido. También los fariseos se escandalizaban ante la verdad. Su argumentación es, en el mejor de los casos, incorrecta. En el peor, cínica. Dice la Conferencia Episcopal que esas críticas dañan gravemente a la Iglesia. Mucho más daño le ha causado la pastoral de los obispos vascos ¬de la carta de los 358 sacerdotes ni siquiera se han atrevido a hablar¬ y, a la postre, la propia Conferencia, al negarse a combatir el terrorismo apoyando las medidas que tratan de ilegalizar aquellas de sus ramas enquistadas en las estructuras del Estado. Y esto es lo que hay, por más vueltas que le den cardenales, obispos, sacerdotes, sacristanes y monaguillos.

¿Apoyará ETA a los obispos?
Por CARLOS DÁVILA ABC 9 Junio 2002

Los obispos vascos han abierto una grieta definitiva en la Conferencia Episcopal Española. Cabe preguntarse -lo hacía un sacerdote especialmente informado de lo que acontece entre los obispos- si no lo han hecho conscientemente. Por lo pronto, se han cargado varias cosas: la confianza de la fiel catolicidad en su magisterio, la relación Iglesia-Estado, que ya guardaba aspectos inquietantes de entendimiento y, en lo personal, el traslado de monseñor Blázquez a la diócesis de Valladolid, que en poco tiempo será sede vacante. Todo eso se han cargado Uriarte, Echenagusía y los dos pobres colegas que les han acompañado en la patraña pastoril.

Una última cosa se han cargado también: la autoridad del presidente de la Conferencia, monseñor Rouco Varela, ya capitidisminuida tras la elección discutida de hace unos meses. El obispo que le disputó la supremacía de la Iglesia del país, monseñor Carles, se ha mostrado en este episodio como el más leal aliado de Uriarte. Si se juzgara esta disensión como estrictamente política, habría que añadir que Carles le ha pasado factura a Rouco, pero no: los obispos, pastores de la Iglesia universal al fin, no se mueven en la vida por tan cicateras y bajas pasiones ¿O si pecan como los demás humanos? Veamos: de la trayectoria de Carles no podía esperarse un apoyo al documento de sus colegas nacionalistas vascos; antes al contrario, Carles ha sido de siempre uno de los baluartes de la protesta, la oposición y la claridad en el enfrentamiento contra todos los radicales, más contra los asesinos. ¿Qué ha pasado ahora? Júzguese según las trazas.

Los obispos se han quedado prácticamente sin interlocutores en el Gobierno y en la oposición y únicamente han recibido dos apoyos políticos: el de Llamazares,que es como si a Camacho, seleccionador nacional, sólo le apoyara Clemente, y el de Otegi, que es una prueba indubitable de que algo mal deben haber hecho los obispos. Con esta ayuda, hasta Uriarte debería estar preocupado.Ya solo falta que en el próximo «Zutabe», el órgano de expresión clandestino de los asesinos de ETA (el autorizado es «Gara»), la banda de pistoleros se pronuncie oficialmente a favor del trabajo de sus pastores y de la respuesta global de la Conferencia Episcopal. A cualquier obispo se le pondrían los pelos de punta de pensar en esta posibilidad.

Controversia y silencio
Editorial El Correo 9 Junio 2002

Diez días después de que los obispos vascos hicieran pública la pastoral Preparar la paz , la controversia suscitada por el contenido del documento parece desembocar en una situación habitual en diatribas semejantes: que las razones de la prelatura terminen valiéndose de las versiones más extremas de quienes discrepan de la pastoral para eludir el debate sobre sus aspectos más controvertidos. Es cierto que algunas de las reacciones contrarias a la pastoral han incurrido en el exabrupto o la tergiversación de su contenido. La reacción del presidente Aznar y la de su Gobierno han resultado, en ese sentido, tan excesivas como contraproducentes. Pero tanto el habitual silencio de los obispos firmantes ante las críticas recibidas como el enroque táctico con que la Conferencia Episcopal ha querido avalar la pastoral minimizando sus aspectos más discutibles sitúan a los creyentes, y a la opinión pública en general, en la certeza de que la jerarquía eclesiástica vasca no hallará causa para el arrepentimiento ni para la contrición. Y ello a pesar de que ni la más firme de las convicciones sobre la justeza del contenido de la pastoral podría soslayar ni la importancia que entraña el hecho de que su publicación haya exacerbado las discrepancias en Euskadi, ni los convincentes argumentos esgrimidos por el disenso que se ha manifestado en el propio seno de la Iglesia vasca.

Los católicos de las tres provincias reflejan las contradicciones que afectan a la sociedad vasca en su conjunto. Pero su Iglesia no puede seguir proyectando un mensaje pretendidamente moral afirmando, sin género de duda, que coincide con el criterio de la mayoría social. Simplemente porque este segundo argumento obliga a desprenderse de la autoridad que confiere el primer propósito. Si cualquier sistema de valores que pretenda reivindicar la dignidad del ser humano accede a someterse a los postulados de la mayoría social en un determinado momento, correrá el riesgo de dejarse arrastrar por los prejuicios, la intolerancia o los ánimos más primarios que anidan en toda sociedad. En buena medida, la Iglesia vasca viene eludiendo una disyuntiva crucial: o reproduce en su mensaje los valores dominantes en la sociedad, asumiendo como propios los sesgos prejuiciosos, la ausencia de piedad o compasión y el relativismo ético que esos valores encierran, o trata de orientar sus pasos a contracorriente para contribuir realmente a la superación del actual estado de cosas.

Pero para que su opción pudiera ser esta última, debería comenzar por atender las críticas razonadas que la pastoral ha recibido. La Iglesia Católica en Euskadi no puede seguir adjetivando la anhelada paz con términos como justa o verdadera, presentando la búsqueda de una supuesta perfección en el horizonte utópico como tarea más importante que el logro de la desaparición inmediata de la violencia física y de la latente amenaza que sobre sus vidas o su tranquilidad padecen miles de ciudadanos y de feligreses. La Iglesia en Euskadi no puede seguir sumándose sin más a quienes proclaman tantas veces la preeminencia del derecho a la vida que terminan induciendo su puesta en cuestión y, sobre todo, eludiendo el enfrentamiento directo con los ejecutores de la pena de muerte. La Iglesia en Euskadi ha de tener presente que una sociedad libre requiere dotarse de una jerarquía de valores y normas que le permitan discernir, también, los males que le afectan, jerarquizando su importancia hasta reconocer en la coacción terrorista el principal problema, sin cuya resolución es imposible aspirar a una comunidad de ciudadanos en plenitud de derechos.

La Iglesia católica no puede contribuir a la dilución de las culpas personales de quienes asesinan, amedrentan y extorsionan dando pábulo a la coartada política de comportamientos que han de ser perseguidos penalmente y merecen, antes que nada, un reproche moral inapelable que no enjuague esa culpa. Asimismo, los custodios del dogma católico no deberían arriesgarse a que su mensaje sea interpretado como desdén hacia la trascendencia que para la convivencia terrenal adquieren las normas democráticamente acordadas en sociedades abiertas. La Iglesia católica en Euskadi no puede obviar el hecho de que entre la contextualización histórica o política del problema de la violencia y la cobertura argumental con que sus actores tratan de justificar su ignominia dista tan poco que cualquier desliz se puede convertir en baza favorable a la perpetuación del terror. En este sentido, la experiencia de los últimos años de violencia impide que alguien pueda sacudirse toda responsabilidad sobre las consecuencias últimas de sus propios actos, y menos que nadie la Iglesia católica. Hoy, diez días después de hacer pública su pastoral, los mismos jerarcas de la Iglesia vasca, que han expresado sin tapujos su convicción de que la aplicación de la nueva Ley de Partidos recrudecerá la angustia que padecen las víctimas del terror, tienen la obligación de preguntarse si su escrito ha contribuido a aliviar esa angustia o, por el contrario, no habrá añadido mayor dolor a quienes padecen a diario el horror de la extrema injusticia.

La falsa fórmula «ilegalización = más terrorismo»
D. MARTÍNEZ / J. PAGOLA ABC 9 Junio 2002

Un informe de expertos de la Guardia Civil considera «infundados» los temores de que una eventual ilegalización de Batasuna tenga como consecuencia directa una intensificación de la actividad terrorista ya que, recuerda, «ETA golpea cuando puede y todo lo que puede sin más limitaciones que las que le imponen sus capacidades operativas y su propia seguridad».

MADRID. El estudio, del Centro de Análisis y Prospecciones, dice que «la deseable ilegalización de Batasuna» ha provocado un debate «nada positivo», aunque «necesario». Así, precisa que no es positivo porque «crea contradicciones» que «no sólo entorpecen sino que dividen y rompen la unidad de acción frente al terrorismo», porque «crea una cultura de duda e indecisión allí donde más fuerte y firme debe ser la convicción y la acción» y porque «se genera una imagen de debilidad». En este sentido, el documento recuerda que «la estrategia de la negociación puesta en marcha por los terroristas se asienta en el principio de que la debilidad del Estado, en una guerra de desgaste, lo dividirá y le llevará a sentarse en la mesa de una supuesta negociación política».

Poner al descubierto
Por el contrario, los expertos creen que este debate es «necesario» por cuanto «estamos en uno de los momentos más idóneos para que la lucha en este frente de batalla, tradicionalmente postergado, sea abordada de forma definitiva y siente jurisprudencia». Consideran además que se trata de «una ocasión única para explicar quiénes son los terroristas de la Izquierda Abertzale, qué pretenden y quiénes son los que les apoyan; para poner al descubierto a los que medran a su costa mediante políticas y argumentaciones hiladas por la ambigüedad y el oportunismo».

El Centro de Análisis y Prospecciones advierte dos actitudes entre quienes auguran que la ilegalización de Batasuna puede provocar un incremento del terror. Por una parte, la de quienes «expresan un temor sincero producto de un desconocimiento de la izquierda abertzale, de sus fines, estrategias, métodos y procedimientos». Por otra, la de quienes no actúan por ignorancia, sino por la «falta de sinceridad», ya que «su intención es confundir para desarrollar una política partidista y alcanzar objetivos que nada tienen que ver con la seguridad y la justicia».

«Los temores de los sinceros -dice el informe- son infundados ya que ETA no actúa de forma reactiva, esperando lo que hace el adversario para responder en consecuencia. ETA golpea cuando puede y todo lo que puede sin más limitaciones que las que le imponen sus capaciades operativas y su propia seguridad».

Así, los expertos de la Benemérita argumentan que a lo largo de la historia de ETA se ha comprobado que a momentos de intensa actuación de las Fuerzas de Seguridad suceden, «sin excepción», períodos de mínima actividad terrorista. Y pone como ejemplo el año 1992, cuando «ETA decidió superarse a sí misma aprovechando las celebraciones de ámbito internacional que iban a celebrarse en España» y, sin embargo, «las buenas actuaciones en la lucha antiterrorista convirtieron dicho año y los acontecimientos en un ejemplo de seguridad y eficacia». También recuerda que en los últimos meses, tras las sucesivas caídas de «comandos» e infraestructura, los terroristas se han visto obligados a «reducir su actividad hacia mínimos pese a la importancia de lo que ETA se está jugando en estos momentos». También recuerda que las actuaciones contra EKIN, Haika o Segi no provocaron una intensificación del terror.

«Arma de doble filo»
El estudio del Centro de Análisis y Prospecciones advierte que entre quienes actúan de forma partidista en la actual polémica, en alusión a los nacionalistas vascos, hay quienes ven en la ilegalización de Batasuna «un arma de doble filo para su propia estrategia». «Por un lado, la consideran negativa ya que rompe el juego que esperaban tener de Batasuna. Esta formación debía constituirse en el instrumento que coadyuvara a desarmar y controlar a ETA, convirtiéndose en la nueva Euskadiko Ezkerra y, luego, formar un frente común con el resto de los nacionalistas liderados, lógicamente, por el PNV». «Al mismo tiempo -añade el estudio- consideran que también es negativa porque concede la iniciativa de la lucha antiterrorista al Estado, perdiendo protagonismo y poder Ajuria Enea.

Pero los expertos de la Guardia Civil también creen que estos sectores nacionalistas observan en la ilegalización de Batasuna aspectos positivos para su estrategia. «Piensan que sería su patrimonio electoral el que se viese engrosado por todos aquellos que no optasen por la abstención, asegurándose la mayoría absoluta sin necesidad de pactos y alianzas, pudiendo maniobrar y convencer a ETA para que pacten con ellos el final de la violencia».

En cualquier caso, el informe apunta a que «los votos de aquellos que más pronto que tarde decidieran desoir las llamadas de ETA a la abstención» irían a engrosar, «casi en su totalidad las arcas de los nacionalistas». Sin embargo, el es tajante a la hora de descartar que en ese caso los nacionalistas sumarían sus votos actuales a los abertzales. Para consolidar el trasvase de votos batasunos los nacionalistas deberían abandonar la política ambigua que aplican en las campañas electorales por lo que lesdejarían de apoyar los sectores más moderados.

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