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Recortes de Prensa     Domingo 8 Septiembre  2002
O socialistas o abertzales
AURELIO ARTETA El
Correo 8 Septiembre 2002

Estado de Excepción
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 8 Septiembre 2002

Nacionalismos
CARLOS DÁVILA ABC 8 Septiembre 2002

Oportunidades
KEPA AULESTIA/ El Correo 8 Septiembre 2002

En nombre de la democracia
Editorial El Correo 8 Septiembre 2002
 

O socialistas o abertzales
AURELIO ARTETA /PROFESOR DE ÉTICA Y FILOSOFÍA POLÍTICA DE LA UPV/EHU El
Correo 8 Septiembre 2002

Les aseguro que no es cuestión de poca monta. Algunos hemos repetido cien veces que las batallas políticas comienzan a ganarse o perderse según el empleo mismo de las palabras por parte de los contendientes. Basta permitir sin protestar que el adversario se apodere de un término clave, le infunda un significado falso o unilateral que favorezca a su causa y consiga extenderlo en el uso de los hablantes, para que la victoria se incline a su
favor. O para que reine una confusión semántica que sin duda le beneficia. Es uno de tantos efectos funestos de la ignorancia y apatía ciudadanas, a falta de conceptos justos, el suponer que las cuestiones terminológicas
carecen de importancia y que cada cual puede llamar a las cosas como le venga en gana. Pues no: pensamos gracias a nuestras palabras. Que un Fernando se haga llamar Pernando es simplemente pretencioso y ridículo, pero
que todo un partido político llame a engaño con su propio nombre resulta incomparablemente más grave.

Una contradictio in terminis
El ejemplo más reciente sería el último cambio de denominación del grupo parlamentario de Batasuna. Nuestros diputados no supieron aprovechar la ocasión para rendir un servicio público que les compete, a saber, el de
ilustrar a la ciudadanía para contribuir a formar la voluntad popular. Les hubiera tocado poner de manifiesto que la nueva denominación - Sozialista Abertzaleak - resulta del todo incongruente, una verdadera contradictio in
terminis . Pero, ¿cómo? ¿Dice usted que no se puede ser a la vez nacionalista étnico y socialista? ¿Que Batasuna no es un partido de izquierdas? Eso digo, pese a que la creencia general sea la impostura contraria. Ellos mismos se han atribuido tales apelativos, nadie -ni políticos, ni periodistas, ni ciudadanos- se los ha disputado y tan grueso
disparate permanece en las conciencias con resultados civiles desastrosos.

Pero ya es hora de aprender a distinguir y de curarse de viejos complejos.

Porque la izquierda abertzale será izquierda tan sólo respecto de la derecha abertzale (PNV), y pare usted de contar. Como abertzale o nacionalista étnico, ni en su teoría ni en su práctica puede ser de izquierdas o, para entendernos, socialista. Un nacionalista no puede ser socialista porque el Pueblo de aquél no coincide con el pueblo trabajador de éste. Un socialista no puede ser nacionalista, por de pronto, porque es internacionalista. El nacionalista se ocupa de razas, lenguas, en definitiva, de fronteras y no del modo como se organice la vida en su interior; al socialista le preocupa ante todo el modo como se produce y distribuye la riqueza, en su país y en todo el mundo.

El primero vive obsesionado por su presunta diferencia como minoría cultural, hasta el punto de poner en cuestión la comunidad que forma con sus iguales, o sea, la ciudadana, para exigir otra exclusiva de él y los suyos . El segundo, que se fija en la condición asalariada de la mayoría, hace de la dependencia y desigualdad social su punto de partida y de la búsqueda de la emancipación e igualdad de oportunidades su meta. En tanto que el uno se
embarca en la «construcción nacional» y anhela un Estado propio, el otro invoca esa justicia social que sólo una unión democrática de Estados hará posible a escala mundial.

Las dos almas
Es verdad que ambas ideologías han prestado existencia a sujetos abstractos colectivos -la Nación, la Clase- y han sacrificado la vida de incontables individuos a tales ídolos. Pero en general el socialismo ha sabido por fin
renunciar al suyo y ajustarse al espíritu y forma democráticos, al paso que un nacionalismo como el vasco cae siempre en la tentación de otorgar a su tribu unos derechos infundados y una voluntad superior a la de los
individuos mismos. Los dos pueden incurrir en el fanatismo del creyente, pero mientras la fe nacionalista se esfuma del todo en cuanto se deja alumbrar por la razón, la del socialista deja paso a una conciencia
fortalecida con la ayuda del análisis crítico. En suma: el nacionalista se nutre de premisas no sólo primitivas e integristas, sino políticamente reaccionarias; difícil será negar que al socialista le animan principios
universales y progresistas. Claro que, para el cinismo ambiental, también estas palabras están desgastadas.

Admitamos que este o aquel nacionalista puedan creerse o sentirse socialistas, faltaría más, pero es imposible que sus doctrinas y su partido lo sean. Tampoco nos extrañe que este o aquel socialista se adhieran a ciertas reivindicaciones abertzales, sólo que será desde otros presupuestos ideológicos que los que dice profesar cuando no por vergonzante oportunismo. Si uno u otro comparten tesis u objetivos capitales del contrario -y en nuestra izquierda el caso abunda: desde Maragall a Madrazo-, será contra y a pesar de sus propios principios. Es imposible congeniar esas dos almas opuestas; tarde o temprano, una se impondrá sobre la otra.

Salvo añoranza del nacionalsocialismo, no se puede ser a la vez abertzale y socialista. Los que así pretenden llamarse serán, a lo sumo, antes nacionalistas y después (y aún habrá que verlo) socialistas; en su fuero interno, lo primero y determinante es el sustantivo, en tanto que lo segundo y más despreciable el adjetivo. La razón es fácil de entender. Si el nacionalista aspira a conquistar su propia comunidad política, una distinta de la actual, en el fondo le traerá sin cuidado que en ésta (la que rechaza como suya) se adopten medidas de transformación social. Una por una, él ha de disponer de un país soberano y sólo entonces, en caso de ser además socialista, cobrará sentido implantar un programa de mejoras radicales. De  momento, cualquier injusticia social tendrá que subordinarse y aguardar al arreglo de la principal injusticia: la nacional

En fin, los hechos
Por eso no me cansaré de repetir que, entre nosotros, el nacionalismo vasco ha sido y es el mayor obstáculo para una política que merezca el título de socialista. Algún día se caerá en la cuenta de que aquella enfermedad tribal
ha causado no sólo el enfrentamiento y asesinato de muchas personas. Ha causado asimismo la detención, el derroche, el desvío, la contaminación de las mejores energías de nuestra tierra. El actual presidente del Partido
Socialista de Euskadi escribe en documento solemne que «la confrontación entre los modelos sociales de la izquierda y la derecha ha pasado en Euskadi a ocupar un segundo plano». El último secretario de la UGT de esta
Comunidad, a la hora de su despedida, declara: «Se discute más de cuánto de España queremos ser y no de cuánto de izquierdas y derechas. Hay una polarización respecto del modelo de Estado y se oculta el modelo de sociedad».

Y ahora, díganme: esa falta de debate sobre «el reparto de la riqueza y políticas sociales», ¿favorecerá a la derecha o a la izquierda? Los miles de millones invertidos en política lingüística, ¿no estarían mejor dedicados a
remediar muchas necesidades más graves, urgentes y justas? Los votos perdidos por Batasuna ¿adónde han ido a parar? ¿A partidos socialistas o a los abertzales ? La mayoría de muertos a manos de ETA, en fin, ¿no son acaso
gentes de izquierda tanto como de derecha, pero en todo caso no nacionalistas? Pues saquemos la lección, si es que todavía nos importa.

Estado de Excepción
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 8 Septiembre 2002

Tiene razón el ultraderechista Arzalluz: en el País Vasco se ha creado una situación de estado de excepción encubierto. Es un análisis certero: no hay libertad de expresión; no hay libertad de asociación; no se pueden
exteriorizar libremente las ideas por la calle, y no pueden convocarse manifestaciones sin riesgo de ser disueltos a golpes.

Por fin, Arzalluz ha dicho algo en favor de las víctimas del terrorismo: viven en un estado de excepción encubierto por las amenazas de Batasuna y los asesinatos de Eta. Ha tardado en darse cuenta, pero bueno es lo bueno.
Lo que pasa es que le echa la culpa a Garzón y es en ese punto en el que ya no estamos de acuerdo. Afortunadamente, Garzón existe y está dejándose las pestañas en todo documento que cae en sus manos para defender la Libertad y la Democracia en España. Garzón no crea un estado de excepción: libera a los
ciudadanos honrados de la amenaza de partidos totalitarios.

Arzalluz sabe que quien no piensa como él en el País vasco tiene que llevar escolta por la calle ¿No le parece eso un estado de excepción? Es imprescindible quitarnos ese yugo. La sociedad vasca está ahogada porque ni
siquiera le dejan gritar. Su burguesía ha decidido mirar para otro lado y cambiar de canal de televisión cuando se habla de la realidad vasca porque no quiere reconocer que no son libres.

Y es Eta y Batasuna quienes han creado ese estado de excepción encubierto.

Dar la vuelta a la historia y decir que Garzón está amenazando libertades porque impide una manifestación de los terroristas de Eta y sus amigos es, simplemente, una necedad.

Sí, Arzalluz: en el País vasco la gente no es libre. Llevas la tarara de años gobernando ¿Quién tiene la culpa?

Nacionalismos
CARLOS DÁVILA ABC 8 Septiembre 2002

Semana la que entra de nacionalismo. Los vascos que esperan a Ibarretxe y a su ultimátum que finaliza -Dios mediante, diría Setién- el día 11, y los catalanes que ese mismo día celebran su clásica Diada, una fecha de derrota
que ahora se conmemora como victoria. Así son las cosas. Aún habría que añadir que vascos, catalanes, formaciones de clásico centroderecha, por no decir claramente de derecha, se añaden en esa misma hora de septiembre a los gallegos del Bloque Nacionalista para reeditar una nueva edición de la fantasmal «Galeuzka» que resurge de vez en cuando como si fuera el Guadiana, y perdón por señalar un río tan alejado de esas geografías.

Para que «Galeuzka» renazca ha sido indispensable el esfuerzo de Egibar en el PNV y de Durán Lleida en la federación de Convergencia i Unió. Los de Pujol, aparte del retirado Esteve, poco quieren ver con esa entidad que
surgió sólo para meter dedos en los ojos del poder central, y que ya no tiene virtualidad alguna, como no sea el eterno y fatigante lamento del nacionalismo.

Lo de Ibarretxe es otra cosa. En este momento poco se puede decir de sus planes, aunque por lo que se conoce lo que hará en este día (o los siguientes) el gobierno secesionista de Vitoria es presentar una suerte de
informe jurídico-político que consagra la formalidad de una consulta popular sobre la autodeterminación vasca. Todavía habrá voces que sigan asegurando que esto en realidad no es más que un nuevo brindis al sol; pues bien, no lo es: es un nuevo capítulo de un proceso de segregación que tendrá otras iniciativas, la más importante, la del puro referéndum, pasa, naturalmente, por un éxito, por lo menos discreto, en las elecciones municipales de la
primavera. Día llegará en que todos estos pronósticos, capítulo, se cumplan, y que continúe la cantinela de la asignatura pendiente. Y no es eso, no es eso, que escribiría el clásico: el proceso hacia la pretendida segregación
está en marcha y el Gobierno de Vitoria, el PNV, Eusko Alkartasuna (el que ayer consiguió tan gran manifestación en Guernica) y la bobez de Izquierda Unida no parará hasta llevar a sus ciudadanos al abismo.

Esta semana de nacionalismo que empieza hay, pues, que tomarla en serio. El PP, el Gobierno y el PSOE (¿dónde están los socialistas vascos?) se la deben tomar así. Arzalluz calienta al personal (¿qué es esa miserable idea de que «Del Ebro abajo nos odian»?), Ibarretxe piensa con sus cejas en acento circunflejo, y los catalanes, más desorientados que nunca, juegan a la confusión. El momento no es para que nos andemos por las ramas los demás.

Oportunidades
KEPA AULESTIA/ El Correo 8 Septiembre 2002

En un reciente documento, el comité nacional de ELA -sindicato que en su día se adelantó a lo que más tarde conoceríamos como Declaración de Lizarra- ha avanzado las dos condiciones que, a su entender, deberían darse para que las dificultades a las que hoy se enfrenta el soberanismo pudieran convertirse en oportunidades: la exclusión de la acción armada del necesario acuerdo entre abertzales y el compromiso del nacionalismo gobernante para enfrentarse al Estado, a pesar de la «amenaza de retirada de las esferas de poder otorgadas».

El propio documento afirma que «la estrategia armada es un grave error que debilita las opciones del movimiento soberanista y favorece las condiciones para la ofensiva del estado contra nuestro pueblo», en una lectura sin duda
parcial, y nada sensible, de los efectos que la violencia de ETA viene acarreando. Pero esta reflexión, tan constante en los últimos años en ELA como presente en los análisis del nacionalismo democrático, nunca ha llevado a éste a obrar en consecuencia. Y ello porque ni se ha percatado de la verdadera magnitud del daño causado por el terrorismo ni ha sido capaz de imaginar su final al margen de los logros políticos que pudiera obtener el propio nacionalismo.

Cada vez que el nacionalismo gobernante ha coincidido con las demás fuerzas democráticas en levantar un muro de contención frente a ETA, sus dirigentes han terminado sintiéndose incómodos. Sólo la desmemoria podría explicar
semejante reacción por el afán exclusivista del PP en la lucha antiterrorista. Cada vez que el nacionalismo violento ha dado muestras de debilidad frente al Estado de derecho, demasiadas voces del nacionalismo democrático han socorrido argumentalmente al hijo pródigo. El síndrome de la pérdida familiar aflora advirtiendo de que el problema ha de solventarse entre los de casa.

Pero, una vez en casa, el nacionalismo violento vuelve a acomodarse hasta enredar al democrático con su imperturbable afán de imposición. Por una parte, la violencia de ETA requiere del irredentismo soberanista, porque
únicamente una nación de nacionalistas facilitaría su perpetuación. Por otra parte, el nacionalismo gobernante siente que las dificultades legales o judiciales a que pueda enfrentarse la izquierda abertzale merman sus propias fuerzas. También esta vez el nacionalismo democrático corre el riesgo de equivocarse con las oportunidades. La nueva Ley de Partidos o la actuación del juez Garzón presentan aspectos que han de ser sometidos a una abierta crítica; entre otras razones, porque la crítica pública constituye un mecanismo de garantía para que la aplicación de la norma y la actuación de la Justicia se ciñan al cometido del Estado de derecho.

Pero el nacionalismo democrático volverá a cometer un grave error si -como sugiere el documento de ELA- interpreta la actual situación como oportunidad para el reencuentro soberanista. En otras palabras, volverá a cometer un grave error si, aun expresando todas sus dudas y resquemores ante las medidas legales y judiciales aplicadas contra Batasuna, no es capaz siquiera de proyectar hacia la izquierda abertzale el mensaje de que dichas medidas representan algo que la izquierda abertzale se ha ganado a pulso. Si no es capaz siquiera de colocar a la izquierda abertzale ante su propia responsabilidad.

En nombre de la democracia
Editorial El Correo 8 Septiembre 2002

Desde que se anunciara la intención de PP y PSOE de elaborar una nueva Ley de Partidos que permitiera a la Justicia acordar la ilegalización de Batasuna, las formaciones nacionalistas comenzaron a alegar que tal supuesto
resultaría contraproducente para la desactivación de la trama terrorista y que provocaría una escalada de la tensión en el País Vasco. En la medida en que los acontecimientos posteriores no han validado dicho vaticinio, que,
por sí mismo, tendía a cargar la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir sobre las espaldas de populares y socialistas, las organizaciones abertzales han elevado el tono de sus críticas ante las medidas adoptadas contra
Batasuna, afirmando que «en nombre de la democracia se está dañando la democracia». La caracterización del momento actual como «autogolpe de Estado» o como «estado de excepción encubierto» por parte de los dirigentes
nacionalistas no constituye una apreciación exagerada, sino un auténtico exabrupto que descalifica al sistema democrático por el hecho de que sus mecanismos de defensa tienden a situar el comportamiento político de
Batasuna fuera de la legalidad.

Afirmar que las iniciativas adoptadas vulneran derechos fundamentales como los de expresión, reunión y manifestación; que impiden la defensa abierta de distintos proyectos políticos o que rompen con la necesaria división que ha de mantenerse entre los poderes del Estado representa algo más que un desatino. Constituye la demostración de que el debate en torno a las libertades y la democracia en Euskadi refleja la existencia de dos mundos distintos que, en forma de separación entre nacionalistas y no nacionalistas, muestra hasta qué punto algunos olvidan con facilidad quiénes y cómo vienen coartando los derechos más básicos de la ciudadanía vasca. En
este sentido, ha sido especialmente elocuente el comunicado hecho público por el sindicato mayoritario de Euskadi, ELA, imputando a las medidas adoptadas contra Batasuna el propósito de liquidar la contestación nacionalista, mientras califica de «estrategia armada» o «acción armada» lo que es puro terror.

No resulta admisible que dos partidos de gobierno como PNV y EA jueguen al victimismo haciendo mención al autogolpe o al estado de excepción , ni siquiera en sentido figurado. Entre otras razones, porque tales calificativos sugieren la existencia de una conculcación de derechos y libertades aplicada con carácter general e indiscriminado sobre la población vasca. Al convertir una crítica puntual y argumentada a la nueva Ley de Partidos, a su aplicación concreta o al contenido de las providencias con que el juez Garzón pudiera estar incurriendo en un ejercicio anómalo de su potestad jurisdiccional, en una descalificación del sistema resultante, los portavoces nacionalistas no sólo incurren en un grave falseamiento de las circunstancias que viven sus propios votantes, sino que contribuyen a dar la razón a quienes precisamente desearían arrastrar hacia su difícil suerte al conjunto de la sociedad. Y la concentración de ayer en Gernika -nadie menoscabó el derecho a manifestarse y a expresarse de EA, ni de quienes
secundaron su convocatoria «en defensa de las libertades»-, abunda en ese afán deslegitimador, impropio de una formación que ejerce importantes responsabilidades de gobierno.

Sería absurdo negar que los ciudadanos vascos sienten preocupación respecto a las consecuencias de cuanto está sucediendo. Pero su preocupación se debe más a la inquietud producida por la incertidumbre que siempre genera la
amenazante presencia de ETA que a las dudas que esta misma ciudadanía pueda albergar sobre el futuro de la democracia. Durante demasiados años, la sociedad vasca ha soportado la bravuconería radical como causa suficiente para su propio desestimiento como sociedad libre.

Sea cual sea el desenlace de los procedimientos judiciales abiertos contra Batasuna, ha sido suficiente su inicio para que los ciudadanos vascos hayan podido percatarse de que, tras la iniquidad de su discurso, la izquierda
abertzale no ocultaba más que una enorme debilidad: una clamorosa incapacidad para responder a las dificultades que se le presentan suscitando un verdadero movimiento solidario a su alrededor. Probablemente, donde
Arzalluz o Larreina quieren ver una enorme preocupación social respecto al futuro de las libertades a manos del Estado de Derecho, lo que en realidad se está despertando es un enorme alivio, porque hoy miles y miles de
ciudadanos vascos se sienten un poco más libres de las garras terroristas que atenazan sus vidas.
 

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