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Recortes de Prensa     Miércoles 2 Octubre  2002
Abandonad toda esperanza
Juan Alberto BELLOCH La Razón 2 Octubre 2002

Hablar en serio
JAIME CAMPMANY ABC 2 Octubre 2002

Preverlo todo
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 2 Octubre 2002

La ceguera de Ibarretxe
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 2 Octubre 2002

Imitadores de los intereses creados
LUIS IGNACIO PARADA ABC 2 Octubre 2002

El pacto del PNV
Román CENDOYA La Razón 2 Octubre 2002

La deserción de Ibarretxe
MARIO ONAINDIA El Mundo 2 Octubre 2002

El «aviso» de Pujol
Editorial ABC 2 Octubre 2002

La paradoja del PNV y el guiño nacionalista de Pujol
Impresiones El Mundo 2 Octubre 2002

Las quejas de Pujol
Editorial La Razón 2 Octubre 2002

Entre las dudas y los complejos
 M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Octubre 2002

Lo posible y conveniente
PABLO PLANAS ABC 2 Octubre 2002

Para una generación
JAVIER PRADERA El País 2 Octubre 2002

Jaque al Estado, alarma nacional
Lorenzo Contreras La Estrella 2 Octubre 2002

Mitologías nacionales
Lucrecio Libertad Digital  2 Octubre 2002

El frenesí independentista del PNV
JOSÉ LUIS BARBERÍA San Sebastián El País  2 Octubre 2002

Vergüenza
S. Real de Asua/Getxo. Vizcaya Cartas al Director El Correo 2 Octubre 2002

Imaginemos que ETA no existiese
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Octubre 2002

Los empresarios vascos se rebelan contra el plan de Ibarreche y le exigen que proteja a los amenazados

Redacción - Bilbao.- La Razón  2 Octubre 2002
 

El PSOE propone colegios públicos bilingües, libros gratuitos y permiso laboral para padres
Elabora un texto alternativo a la ley del Gobierno con 83 proyectos y un coste de 3,4 millones de euros
MANUEL SANCHEZ El Mundo 1 Octubre 2002

MADRID.- El PSOE presentó ayer su texto alternativo a la Ley Orgánica de Calidad de la Educación del Gobierno, con memoria económica incluida y una batería de novedosas medidas en el terreno educativo.

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Centros bilingües

El Gobierno, de común acuerdo con las comunidades autónomas, adoptará las medidas necesarias para que determinados centros públicos puedan impartir sus enseñanzas utilizando como lenguas vehiculares la propia y otra lengua de otros país de la UE. Chacón explicó que sería una implantación progresiva de este tipo de centros.
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Pena de muerte para la Lengua Española
Nota del Editor  1 Octubre 2002

Al PSOE, se le podrían perdonar los errores gramaticales, no serían la causa de la muerte de la lengua española, pero si siguen adelante con la "lengua popia", la muerte del español está servida: vivan el caló, el bable, la fabla, el catalán, los vascos, los gallegos, ibicenco, valenciano, etc., etc. (los plurales incluyen las "lenguas propias sintéticas" impuestas para que pueden entenderse entre sí las diversas comarcas).

Abandonad toda esperanza
Juan Alberto BELLOCH La Razón 2 Octubre 2002

En el siempre pastoso y, con demasiada frecuencia apestoso panorama de la vida política en Euskadi, el extravagante Ibarreche ha logrado ¬y no es fácil¬ llamar la atención. La única réplica ideológicamente digna de consideración ha sido la de Forges. No me refiero a ningún teórico o práctico de la cosa pública nacido en Argentina pero de origen, por ejemplo, finlandés. Hablo del pensador español más sólido del tiempo presente que circula por ahí disfrazado de humorista. Uno de sus personajes pregunta: «¿Usted sería partidario de un Estado Libre Asociado Cosoberanizante en un marco plurinacional ibérico Aserejé já dejé?».

Los políticos y comunicadores en cambio han optado por elaborar conspicuos comentarios que nada añaden a tan magistral análisis. Sólo una pregunta despierta levemente mi distraída curiosidad. ¿Arzallus y cía se creen lo que dicen? ¿Se toman en serio sus repetidas profecías de una futura y feliz Arcadia independiente?
El inefable gobierno de Vitoria, vista la polvareda levantada, ha dicho, con la contenida alegría que da hacer trampas en el póker y que no te descubran, que hablar de ruptura «carece absolutamente de sentido» porque se trata de una propuesta de «diálogo» articulada desde «el más absoluto respeto al marco jurídico y a los procedimientos legales».

Si pudiéramos desechar sus simpáticos propósitos de asumir unilateralmente competencias a través del tocomocho de «descontar» su importe económico del cupo o los de convocar un molestamente ilegal referéndum para someter sus propuestas al ámbito vasco, de decisión, si en un momento tonto, diéramos por bueno que sólo se trata de llegar a acuerdos con el «Estado Español», las preguntas se multiplicarían. ¿De verdad se imaginan alguna razón por la cual ahora Aznar y luego Rodríguez Zapatero iban a negociar la reforma de la Constitución a fin de satisfacer sus supuestos deseos? Si no lo ha logrado ni lo logrará ETA asesinando a centenares de personas. ¿A cuento de qué lo iban a conseguir cuatro alborotos callejeros, una pachanguera desobediencia civil, un clamor perfectamente descriptible de esa parte del pueblo vasco que se siente nacionalista, o esa larvada y zigza- gueante actitud de desacato institucional?

Lo evidente es que un diálogo cuyo final satisfactorio para una de las partes ya está definido y cerrado es una simple broma de colegiales que bloquea en su origen cualquier salida. Respetando el marco jurídico y constitucional ni una sola de sus propuestas se tienen en pie. Para empezar (y casi terminar) el único sujeto soberano es el conjunto del pueblo español. Y eso es incompatible, sin que exista ninguna esotérica vía intermedia, con la doctrina del ámbito vasco de decisión. Si apostaran por la vía constitucional su única opción sería «convencer» al conjunto del pueblo español de que lo conveniente para todos sería decirnos adiós. Y no negaré que la posibilidad de no tener que compartir patria con Arzallus es francamente tentadora.

Es una línea que deberían explorar con más rigor. Así, por ejemplo, cuando Arzallus proclama, una y otra vez, que «estamos como Cristo, ante dos ladrones, entre el PP-PSOE y ETA» utiliza un arma de doble filo. Al calumniar a la inmensa mayoría de los españoles pareciera que trabaja en el objetivo de convencernos de lo razonable que sería perder de vista semejante tipo, pero, al propio tiempo, sentimos íntimamente la indecencia de dejar en semejantes manos los destinos del pueblo vasco, lo que refuerza hasta extremos inusitados la tesis de que quienes se tienen que ir del País Vasco son Arzallus y la gentuza incalificable que se permite equipararnos con los asesinos. El nacionalismo vasco sólo pretende imponer las bondades de su proyecto, lo que equivale a colocarse al margen de la Constitución. ¿Cómo, repito, pretenden conseguir sus objetivos? La respuesta obvia es: con una alegre combinación de ilegalidad de baja intensidad y terrorismo, en régimen de subcontrata. La primera parte corresponde al PNV, la segunda a ETA.

Todos saben qué vamos a hacer con los terroristas. También debería ser obvio cómo vamos a reaccionar frente a las ilegalidades para que todos comprendan el alcance del lema que creó Dante para la entrada en el infierno («¿Abandonad toda esperanza!»). Vamos a responder de manera proporcionada pero inexorable a cada uno de los pasos de esa estrategia. De momento puede bastar con acudir al Tribunal Constitucional, y contrarrestar desde el Ministerio de Hacienda cualquier intento de estafa vía cupo. Más adelante si pretenden organizar un referéndum ilegal, habrá que impedir su celebración. Si siguen avanzando por el camino de la rebeldía institucional estudiaremos con pausa y sin acaloramiento, la utilización de todos los instrumentos extraordinarios previstos en la Constitución. De todos.

Un chiste antiguo preguntaba, ¿cuál es la forma de meter en «un 127» ¬aún existían por entonces¬ a cincuenta canarios, vascos, navarros, aragoneses ? Y rápidamente se contestaba: «Diciéndoles que no caben». Es uno de nuestros rasgos de identidad. Se olvida Arzallus de que, si bien tal doctrina afecta a los vascos, no afecta con menor intensidad al resto de los españoles. Y que, por tanto, bravatas voluntaristas de «a ver quién resiste más» que tanto le gusta repetir, conducen al desastre. Debería saber ¬y no sé si lo sabe, ésa es mi duda¬ que a la larga siempre resiste no el más bravucón sino el más sólido en sus convicciones democráticas. Y no es demócrata quien actúa o pretende actuar al margen de la Constitución. Ninguna ideología, ningún sentir por más profundo y legítimo que sea, ningún valor permite saltarse las reglas del juego. De ahí que persista mi duda. El que Arzallus y los suyos se lo crean o no poco afectará al fin del proceso, pero desde luego puede hacerlo ¬en caso afirmativo¬ más largo y doloroso.

Hablar en serio
Por JAIME CAMPMANY ABC 2 Octubre 2002

SEÑORES nacionalistas, así vascos como catalanes, ¿vamos a hablar en serio? Pues lo más serio que se puede hacer con la propuesta de Ibarreche es no tomarla en serio. Lo ha dicho Álvarez-Cascos muy claramente, con su claridad asturiana y sin rodeos: «La propuesta de Ibarreche no se puede tomar en serio». Manuel Fraga ha dicho que se trata de un puro disparate. Rodríguez Zapatero ha abundado en la inviabilidad del proyecto de Ibarreche. Y Aznar ha avisado de que la propuesta del «Estado asociado» y el anuncio del referéndum rompe el Estado de Derecho.

Pero todo eso es tomar la propuesta en serio, y lo que hay que hacer es lo que dice Cascos. Claro está que lo que propone Ibarreche es un puro disparate, como apunta Fraga, pero antes que un puro disparate es una estúpida broma. El primero que sabe que esa propuesta está condenada al ridículo es el propio Ibarreche. Eso es como la amenaza de un niño despechado al que no se le ha dado un capricho imposible. Como los nacionalistas de Arzallus están rabiosos porque ven inminente el fin de Batasuna y más cercano que ayer el fin de ETA, organizan la pataleta y a dar patadas a los muebles. En realidad, son como niños malcriados.

Y Jordi Pujol se ha ido detrás de la comparsa. Ya se sabe que Pujol saca a pasear lo del autogobierno y la nación catalana cada vez que se aproximan elecciones municipales o autonómicas. Es natural. Si los nacionalismos vasco y catalán se dieran por satisfechos, ya no tendrían razón de ser. Lo explicó una vez muy bien Leopoldo Calvo-Sotelo. Los nacionalismos, por su propia naturaleza política están condenados a pedir cada vez más. Si no pidieran más, tendrían que disolverse. En este año, lo de Pujol está más justificado porque se encuentra enfrente con ese invento casi ramoniano y superferolítico del «federalismo asimétrico». La tragedia de los nacionalismos es esta: o desbarrar o morir.

Hubo un tiempo, muy cercano aún, en que se pedía diálogo, diálogo y diálogo para intentar resolver el conflicto del País Vasco. Pero los primeros que no quieren hablar en serio son los nacionalistas. En cuanto hubiera un diálogo serio entre las fuerzas políticas vascas, el problema etarra quedaba reducido a unas cuantas detenciones. Eso es, precisamente, lo que no quieren los nacionalistas. No quieren soluciones, sino que prosiga existiendo el problema. Tan pronto como dejara de existir el problema del terrorismo, el nacionalismo dejaría de tener sentido como partido político práctico y se convertiría en un romanticismo platónico.

Dejemos volar la imaginación. Se sientan los políticos vascos a una mesa, hablan en serio y convienen en dos o tres acuerdos fundamentales. 1.-El terrorismo es un mal absoluto y de él no puede derivarse bien alguno. 2.-Antes de hablar de política, hay que acabar con la banda etarra. 3.-Sabino Arana es un pobre loco racista y xenófobo. 4.-Si vamos a hablar en serio, dejémonos de coñas. Y es que ahora estamos de coña.

Preverlo todo
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 2 Octubre 2002

Lo más difícil en las situaciones graves es asumirlas. Cuando el ser humano o los grandes grupos sociales se encuentran ante un problema serio, que afecta a su sistema de valores, a sus instituciones y a su propia integridad física, y que, además, exige un esfuerzo imprevisto, la primera reacción es la de negar la evidencia: «No es tan grave la cosa, hay margen para la negociación, se puede llegar a un punto intermedio, el diálogo es el único camino para lograr la paz, la paz merece todos los esfuerzos, la peor paz es mejor que la mejor guerra...» en fin, lo de siempre.

Desde la Transición venimos escuchando esas frases sobre el nacionalismo en general y el vasco en particular, una retórica calcada de la que en el Pacto de Múnich exhibieron Chamberlain y Daladier y que supuso la rendición de las democracias y el convencimiento por parte de Hitler de que Europa estaba ya madura -léase podrida- para caer en sus manos. Y cayó.

El mecanismo discursivo de los propulsores del apaciguamiento era contradictorio: por un lado, se negaba peligrosidad a Hitler; se decía que el cabo austriaco era simplemente un nacionalista, un anticomunista, un militarista prusiano, pero «con el que se podía pactar», porque era «político serio y hombre de palabra».Bastaba ver lo que Hitler había hecho desde su llegada al poder para comprobar que jamás respetó una sola promesa ni un solo juramento. Pero puesto que no se quería ver, no se miraba. Y los que sí veían, eran tildados de «radicales», «militaristas» y «enemigos de la paz». Curiosamente, los mismos que quitaban importancia y negaban peligrosidad a la amenaza hitleriana decían que la única posibilidad de no ser atacados por ella era pactar una situación en la que «Alemania se sintiera cómoda en Europa», para lo cual eran obligatorios «ciertos sacrificios»: Alsacia, Sarre, Austria, Checoslovaquia...

Obtenidos sin lucha estos objetivos, Hitler se aplacaría y se entregaría a lo que realmente le importaba: la administración de Alemania, el futuro gran socio comercial de los demás países.La naturaleza totalitaria y expansionista del régimen nazi era archivada a beneficio de inventario. Y cuando Hitler decidió acabar de un papirotazo con Europa Occidental, sus vecinos no tenían nada previsto. Empeñados en descartar la guerra como solución, no supieron hacerla como recurso defensivo. El resultado: Vichy.

Las instituciones y los ciudadanos españoles deben estar preparados para todo, si no quieren que la escalada separatista en tres frentes conviertan en régimen de Vichy no al gobierno de Vitoria, que ya lo es, sino al de Madrid, que no puede serlo. Hay que preverlo todo, empezando por lo peor, porque todo puede suceder.Está sucediendo ya.

La ceguera de Ibarretxe
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 2 Octubre 2002

El resultado de las últimas elecciones autonómicas vascas fue una gran decepción para los partidos constitucionalistas y para sus votantes, que habían creído durante unos esperanzados meses que la derrota en las urnas de los nacionalistas era no sólo deseable, sino posible. Las secuelas de aquella profunda desilusión se hicieron notar pronto y no pueden considerarse en modo alguno banales. La dolorosa sustitución de Nicolás Redondo al frente del PSE y la estoica dedicación casi exclusiva de Jaime Mayor al Parlamento de Vitoria y a curar las heridas de sus abnegados correligionarios, son buenas muestras de que las cúpulas popular y socialista acusaron un golpe cuya dureza les condenaba de nuevo a las amenazas, los insultos, las vejaciones e incluso la muerte sin poder utilizar los poderosos recursos que su llegada al gobierno hubiera puesto en sus manos para combatir democráticamente a sus verdugos.

Sin embargo, esta situación indignante e inmoral tuvo una causa de cuya correcta comprensión depende hoy todavía la salida del laberinto de degradación colectiva en el que el nacionalismo ha sumido a la hermosa tierra vascongada. Me refiero al hecho asombroso de que una mayoría, no abrumadora pero suficiente a la postre, de ciudadanos y ciudadanas en Vizcaya, Guipúzcoa y Álava se inclinó, a pesar de la escandalosa evidencia de la necesidad de escapar de la tupida malla de violencia y de vergüenza que les aprisiona desde hace un cuarto de siglo, por otorgar un nuevo mandato a los responsables, ya no se sabe si directos o indirectos, de tanta desolación. Dado que la hipótesis de una epidemia de masoquismo virulento no parece plausible, hemos de esforzarnos en hallar una explicación, si no racional al menos racionalizable, de un fenómeno sociológico en apariencia aberrante.

Pues bien, en los comicios vascos del 13 de mayo de 2001 el motivo fundamental que produjo el inaudito desenlace que actualmente padecemos no fue otro que el miedo, miedo de los abertzales al éxito de la alternativa, con el consiguiente trasvase de sufragios radicales explícitos a radicales hipócritas, y miedo de los vasquistas moderados a que una victoria constitucionalista trajera el caos y la guerra abierta. Ahora bien, el miedo es voluble y cambia fácilmente de humor. El discurso soberanista de Ibarretxe de la semana pasada representa un desafío al orden establecido de tal magnitud y contiene una fuerza desestabilizadora tan virulenta, que los mismos temores que le proporcionaron la victoria hace año y medio se pueden volver ahora contra él y darle un fuerte disgusto en las próximas municipales. Porque ahora los extremistas estarán movidos por el pavor a desaparecer, y los tibios, por la angustia que en las gentes bien instaladas despierta el vacío. Quizá los dioses hayan decidido por fin cegar al «lehendakari» arrastrándole así a una perdición que será la salvación de muchos.

Imitadores de los intereses creados
Por LUIS IGNACIO PARADA ABC 2 Octubre 2002

EN el prólogo de Los intereses creados, tras la conocida frase «He aquí el tinglado de la antigua farsa», dice Crispín: «A estos muñecos como a los humanos, muévenlos cordelillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas, los engaños y todas las miserias de su condición: tiran unos de sus pies y los llevan a tristes andanzas; tiran otros de sus manos, que trabajan con pena, luchan con rabia, hurtan con astucia, matan con violencia. Pero entre todos ellos desciende a veces del cielo al corazón un hilo sutil (...) que nos dice que no todo es farsa en la farsa».

Leyendo el quejumbroso discurso de Pujol cuatro días después de la arenga secesionista de Ibarretxe es inevitable recordar que su trasfondo es exactamente el mismo que el de la obra capital de Jacinto Benavente: un arduo trabajo encaminado a demostrar que «mejor que crear afectos es crear intereses». Para no ser menos que el lehendakari el presidente de la Generalitat ha dicho en el Parlamento catalán que dará por finalizada la colaboración de CiU con el Gobierno central, ya sea del PP o del PSOE, si no hay un cambio radical en la próxima legislatura sobre el autogobierno de Cataluña. «¡Bienaventurados nuestros imitadores porque de ellos serán todos nuestros defectos!», podría decir Ibarretxe. No sería original porque lo escribió el propio Benavente muchos años antes de que se convirtiera en el eslogan de unos conocidos zapatos camperos. Y tampoco sería cierto porque la genialidad de los muñecos del guiñol ha demostrado todo lo contrario: que los imitados terminan por parecerse a sus imitadores, y es entonces cuando acrecientan sus defectos y dejan ver esos cordelillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas, los engaños y todas las miserias de su condición de guiñoles que juegan a encontrar un hilo sutil en el tinglado de la antigua y eterna farsa, en la que el telón de fondo es el dinero.

El pacto del PNV
Román CENDOYA La Razón 2 Octubre 2002

Anasagasti es un farsante de los pies a la cabeza. Miente conscientemente cuando dice que «en el año 78 hicimos un pacto con la Corona y ahora proponemos uno nuevo». La Constitución Española no otorga al Rey esa potestad y oportunamente la Casa Real ha destacado, a través de comunicado, que el Rey respeta escrupulosamente la Constitución.

Anasagasti sabe que el pacto que tiene el PNV es el de Lizarra con ETA. Por ese acuerdo los terroristas han impuesto su horizonte político a Ibarretxe. Por ese pacto Arzallus manda a sus huestes, como escudos humanos, a las sedes de los amenazados y asesinados el tiempo que tardan en tomarse un vino. Un vaso de vino es todo el compromiso con la solidaridad y la libertad de los nazionalistas (con z). No dura más porque son cobardes. No van más allá porque son mala gente. Pero lo peor del comentario etílico de Arzallus fue la reacción de los miles que estaban delante. Risas y aplausos. Así es la mala gente: mentirosa, cobarde, insolidaria y capaz de reírse con la desgracia de las víctimas y de los amenazados. Son así porque son nazionalistas (con z) y por eso sólo tienen un pacto. El pacto con los asesinos.

La deserción de Ibarretxe
MARIO ONAINDIA El Mundo 2 Octubre 2002

Como resultado del estado de excepción que se proclamó en enero de 1969, numerosos luchadores vascos antifranquistas entre los que se encontraban sindicalistas como Nicolás Redondo o Lalo López (padres respectivamente de los dos últimos secretarios generales de los socialistas vascos) y abogados como Juan María Bandrés y Enrique Múgica Herzog, fueron desterrados a puntos lejanos del país. Entre ellos no figuraba ningún militante del PNV. Este dato preocupó sobre manera a Juan Ajuriaguerra, a la sazón presidente del Euskadi Buru Batzar, cuya obsesión había sido siempre estar junto con los demócratas antifranquistas.Movido por la compasión y la solidaridad, se dedicó a visitar a todos los desterrados y no cejó hasta que el Gobierno también le desterró a él.

No era la primera vez que llevaba a cabo un acto heroico movido por la compasión. En el verano de 1937 tomó una avioneta en Biarritz y se presentó en Santoña, donde los gudaris iban a entregarse a las tropas expedicionarias italianas en virtud del pacto que firmó el PNV cuando se dio cuenta de que habían sido traicionados.Quiso padecer la misma suerte de las tropas.

En cuanto se enteró en la prisión del Dueso de que el PNV estaba en tratos en París con el coronel Brest, el gobernador nazi de la Francia ocupada, ordenó romper las negociaciones inmediatamente, porque en caso de que firmaran un acuerdo estaba convencido de que sus cuerpos serían arrastrados por las calles de Bilbao.

Este comportamiento heroico surgía, además de la compasión, del convencimiento político de que había sido un error del PNV apostar por un pacto con la extrema derecha antidemocática que luego prepararía el alzamiento del 18 de julio, para elaborar el Estatuto de Estella, y que la patria vasca sólo podría construirse entre los demócratas y en lucha contra la tiranía. Eran otros tiempos.Y lo que es más importante, eran otros hombres.

El plan presentado por el lehendakari Ibarretxe para alcanzar los objetivos que se propone el nacionalismo se inspira en todo lo contrario. En la deserción de la lucha común de los demócratas contra la tiranía terrorista, abandonándolos a su suerte, y en aceptar el protectorado de los nazis de ETA.

El plan de Ibarretxe ha despertado todo tipo de críticas, legítimas y acertadas, tanto por el disparate jurídico que representa como por el error político que comete al romper unilateralmente el pacto con otros partidos autonomistas como las relaciones con España. A mí me gustaría dedicar estas líneas a reflexionar sobre las repercusiones que puede tener para la sociedad vasca y para meditar sobre la Euskadi que puede llegar a alumbrar si lograra imponerse.

La propuesta de Ibarretxe tiene tres planos: el de la ética, el de la normalización y el de la convivencia.

El lehendakari considera que las libertades políticas y cívicas son una mera cuestión ética relacionada con los derechos humanos declarados en los tratados internacionales. Y que la tarea de los gobernantes consiste en convencer a los terroristas para convertirles, aunque la experiencia de 20 años de gobierno nacionalista ha demostrado lo estéril de esta vía. La realidad es muy otra.

Las declaraciones internacionales de los derechos humanos son efectivas solamente en los países donde existen Estados democráticos que velan por su aplicación, de manera que todos los ciudadanos las cumplen. Algunos por convencimiento y otros por miedo a la violencia legítima del Estado de derecho. El plan del lehendakari hace dejación de la defensa del Estado de Derecho, sea el español en su conjunto sea de la comunidad autónoma vasca. Y se manifiesta contrario a toda violencia. Si la policía vasca reprime manifestaciones de Batasuna es porque estarían obligados a seguir las órdenes de Garzón, que a su vez sigue las órdenes del gobierno de Aznar.Pero el gobierno vasco no tendría ninguna responsabilidad. Los nacionalistas no violentos quieren institucionalizar y oficializar su no defensa del Estado frente a la tiranía terrorista para seguir dejándola en manos de alcaldes y concejales constitucionalistas a los que, no obstante, dicen que desearían proteger. Pero no tenemos por qué preocuparnos porque el parlamento vasco aprobará una ley por la que se forme un Observatorio de Derechos Humanos donde el señor Mayor Zaragoza contará con un lujoso despacho al que podremos acudir a quejarnos de los problemas que nos acarrea la defensa del Estado de derecho: quema de tiendas y de sedes, acosos, bombas lapa, tiros en la nuca, etcétera, para que tome buena nota.

La conquista de los objetivos máximos que se propone actualmente el nacionalismo gobernante no se presenta como un proyecto político e ideológico de unos partidos que deba ser contrastado con otros igualmente legítimos e ideológicos para que hallemos una síntesis y creemos un terreno de juego común, como ocurrió con el Estatuto de Gernika, sino que se presenta como la «normalización de Euskadi».De forma que los proyectos de los demás partidos serían contrarios a la normalización y a la paz. De hecho para el lehendakari en Euskadi no habría ideologías y proyectos diferentes de sociedad y de niveles de autogobierno sino sólo «sensibilidades», la sensibilidad de quienes se sienten vascos y la de los que se sienten también españoles, que deben optar necesariamente entre ambas. No hay nada más anormal en la Europa democrática, donde las sociedades se articulan en torno a opciones ideológicas, mayoritariamente las que en Euskadi están perseguidas por los terroristas (socialistas y populares), mientras que la «sensibilidad» a la pertenencia a una comunidad cultural de la naturaleza de Euskal Herria -es decir, países francófonos, la Hispanidad, países anglófonos- no tienen ninguna pertinencia política.

Por otro lado, incluso en el caso de que los partidos no nacionalistas aceptaran el proyecto de Ibarretxe tal cual, este gesto no haría que el PNV defendiera el Estado democrático contra los terroristas y aceptara la legitimidad de la democracia, reconociendo que habría terminado el problema vasco, sino que añadiría al acuerdo una disposición adicional que le permitiera mantenerse al margen de esta lucha. No en vano existe una «soberanía originaria».

El tercer tema es el pacto por la convivencia. No se trata de la convivencia entre ciudadanos vascos de distintas ideologías, sino la convivencia entre la Euskadi nacionalista y España. Los vascos que no estamos de acuerdo con este proyecto etnicista tendríamos que sentirnos representados por el Gobierno español.

Todo esto no sólo divide a la sociedad vasca. Todas las sociedades lo están. El problema es que diseña un proyecto para intentar garantizar la pervivencia del régimen nacionalista por otras dos décadas, porque en el fondo quieren que el lehendakari sólo sea elegido por quienes tienen una sensibilidad vasca, mientras que los otros, o como es mi caso, quienes compartimos con los nacionalistas esa sensibilidad pero no compartimos su proyecto excluyente, tendríamos que conformarnos con votar al alcalde, como los alemanes en Mallorca.

¿Por qué propone el PNV ahora este proyecto que es incluso peor que el de Estella en la medida en que es más concreto y no viene acompañado de la tregua de ETA? Precisamente por eso. El PNV comprobó que la ausencia de violencia de ETA hacía que la gente en Euskadi perdiera el miedo a hablar y mostrara su disidencia al régimen nacionalista. Sabe que su proyecto sólo podría imponerse si quienes se oponen están enmudecidos por el terror y bastante tienen los pobres con esquivar los ataques y el acoso. El protectorado de los nazis, en definitiva.

Mario Onaindia es presidente del PSE-EE en Alava y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

El «aviso» de Pujol
Editorial ABC 2 Octubre 2002

LA advertencia que ayer lanzó Jordi Pujol de que no apoyará a ningún partido en el Gobierno si se mantiene la «involución» autonómica no debe caer en saco roto, pero tiene más lecturas para la política catalana que para el conjunto de España. Nadie, ni siquiera algunos sectores no precisamente moderados de CiU, hubiera entendido que el Ejecutivo de Pujol o su coalición se hubieran sumado al desafío planteado por Ibarretxe al Estado. La línea argumental y práctica de los nacionalistas catalanes durante los últimos años ha sido la de la colaboración por interés y la lealtad desde el pragmatismo y las convicciones. Es decir, nada que esté fuera de los cálculos de cualquier formación política que no haya sucumbido a desnortamientos del cariz de atacar, aguantar y contraatacar, Arzalluz dixit.

Ayer, en su último debate de política general en el Parlamento catalán, Pujol ni hizo testamento político ni dejó un discurso para la historia tras 22 años como presidente de la Generalitat. En cierto modo, combinó las aristas reivindicativas de su discurso con un mensaje tranquilizador: su proyecto está vigente hasta el 2010 y Artur Mas debe ser el encargado de sostener el timón en la misma dirección. Esto equivale a mezclar la «ruptura» que reclaman quienes han sentido como un grave problema la marcha de Pere Esteve, el «padre» de la Declaración de Barcelona, con la moderación que ha sido la clave del éxito electoral de CiU. El único problema -y no menor- de esta estrategia es que quienes interpretan la partitura tienden a personalizarla. Tal es el caso de Xavier Trias, el portavoz de CiU en el Congreso, que ayer mismo se empeñaba en subrayar los aspectos «positivos» del plan independentista del PNV y Batasuna. Y también el de un desconcertante Duran Lleida, presente en la celebración del Alderdi Eguna y traductor al catalán de las intenciones del Gobierno vasco.

No obstante, no parece que exista el riesgo de «contaminación» del nacionalismo catalán por parte del vasco. Ni siquiera un líder tan proclive al deslumbramiento como Pasqual Maragall ha entrado a debatir las «virtudes» de los planes de Ibarretxe, entre otras razones porque debe ser consciente de que la disensión tiene un límite, incluso para él, en el día a día de los partidos. Cabe suponer que la radicalización del discurso es la que precede a cualquier contienda electoral. La que se acerca en Cataluña presenta los elementos (cambio de ciclo y una incertidumbre mayor de la habitual respecto al resultado) para que sea el marco de una crispación dialéctica que deberá ser combinada con guiños a un electorado poco, por no decir nada, dado a aventuras.

La paradoja del PNV y el guiño nacionalista de Pujol
Impresiones El Mundo 2 Octubre 2002

En la primavera de 1998 el PNV tuvo una buena ocasión para haber conocido la voluntad de los vascos a través de una una consulta popular. En aquella ocasión la Proposición de Ley del Parmento vasco que contemplaba esa posibilidad fue rechazada ya que en el propio informe jurídico que se solicitó al respecto se indicaba que no se debía admitir a trámite dada su «manifiesta inconstitucionalidad». Los votos del PNV fueron en aquel momento esenciales para rechazar la posibilidad de una consulta popular. Lo de menos es que se tratara de una enrevesada propuesta de hacer un referéndum sobre si se debía someter o no a referéndum la independencia. Lo de más es que resulta paradójico que ahora sea el mismo PNV el que se ponga a la cabeza de una consulta sobre el mismo tema aun a sabiendas de la rotundidad con la que se manifestaron entonces en contra los propios servicios jurídicos del Parlamento vasco, que ya en 1998 tenía un claro tinte nacionalista. Abortaron entonces un debate parlamentario, el mismo que ahora han abierto con tanto alboroto. Pujol, mientras tanto, esgrimió ayer la amenaza de una ruptura del Pacto Constitucional, en su último gran discurso a la nación en el Parlament si no se produce por parte de Madrid un «cambio radical en la política autonómica». Dejó claro que esas advertencias no eran para ahora y que CiU esperaría al momento más oportuno. Argumentó que es el Gobierno central el que atenta contra la lealtad constitucional. Todo indica que estamos ante una finta electoral de Pujol, consciente de la necesidad de distanciarse del PP a menos de un año de las elecciones autonómicas y en unos momentos en que sus seguidores le piden que acentúe el mensaje nacionalista de la coalición.

Las quejas de Pujol
Editorial La Razón 2 Octubre 2002

El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, amenazó ayer con romper el pacto constitucional si el Gobierno de la nación no otorga a Cataluña mayores niveles de autogobierno. Para Pujol, PP y PSOE se han unido en un pacto tácito para paralizar el autogobierno catalán, en un intento de herir gravísimamente al nacionalismo. Tras el desafío de Ibarreche al Estado, Pujol se apuntaba así ayer, salvando las distancias, a la reivindicación soberanista que igualmente comparte el minoritario nacionalismo gallego. Era la última vez que el presidente se dirigía al parlamento catalán en un Debate sobre Política General, y se esperaba de él tanto un discurso fuertemente reivindicativo, con sabor a despedida, como un resumen de sus 22 años ininterrumpidos en el poder y un adelanto de las futuras líneas políticas de CiU.

Es ya inevitable que el aire electoral marque en estos momentos la vida política, y el discurso de Pujol no ha sido una excepción. El presidente catalán estaba obligado a enviar un mensaje interno a su partido escenificando una ruptura total con el mismo PP con el que lleva siete años alcanzando acuerdos parlamentarios. Una colaboración que ha terminado ante las malas perspectivas electorales de CiU y la moral de victoria que acompaña al PSC de Maragall.

La opción de pisar el acelerador nacionalista era una tentación demasiado fuerte para Pujol, sobre todo después del desplante de los nacionalistas vascos. Para CiU, Cataluña no puede quedar por debajo de otra autonomía. Hará bien el PP en entender los motivos de Pujol, su compleja situación interna, y en no confundir su queja, su reclamación de transferencias pendientes, con la chulería peneuvista. El mismo cuidado debe extremar el líder catalán en no caer en una electoralista estrategia de ruptura con el Estado, que si puede esconder fallos en su gestión, también puede conducirle a un callejón sin salida.

Entre las dudas y los complejos
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 2 Octubre 2002

Gobernar, titánica tarea, es algo más que tener iniciativas legislativas, vigilar el cumplimiento de las leyes, administrar el Presupuesto, trazar caminos de actividad pública y favorecer los de la privada. Es mucho más que resolver problemas después de haberlos previsto y promover el bienestar material de los ciudadanos. Todo eso, y mucho más, puede hacerlo un tecnócrata aplicado y voluntarioso; pero gobernar, la máxima ambición honesta de un político, es echar a volar la imaginación para extraer de donde no hay la materia con la que construir lo que debe haber. Es un trabajo que exige finura, amor por el género humano, respeto hacia los diferentes y la generosidad suficiente para abdicar de la gloria presente y posible en beneficio de eso tan intangible, impreciso y conveniente que es el bien común o, si se quiere decir con mayor grandilocuencia, el esplendor de la Nación.

Cuando Juan José Ibarretxe, comprometido constitucional y estatutariamente en el gobierno de todos los vascos, nacionalistas o no, lanza una propuesta para convertir al País Vasco en un Estado libre asociado a España, no efectúa un acto de Gobierno. Eso cabría en el partido, en los programas electorales que su PNV somete a la consideración de los ciudadanos en tiempos de comicios. La supuesta alegría de una parte de la población no puede sustentarse en la tribulación de la otra sin que se pueda hablar de sectarismo y, en este caso, de manipulación torticera de la Historia y del Derecho. Eso no es gobernar, sino engurrumir la responsabilidad propia a base de achicarla de responsabilidades.

José María Aznar, desde el Gobierno de España, y José Luis Rodríguez Zapatero, desde la oposición, han estado bien en sus reacciones ante la provocación de Ibarretxe. Las cuestiones de principio no deben adornarse con arabescos y los dos han sabido, sin demasías, decir lo debido. «Euskadi -según el líder del PSOE- no necesita un referéndum, necesita la paz». Sin ella el debate político, cualquiera que fuere, carece de sentido democrático y moral. Aznar, muy en su papel y sin salirse de su estilo admonitorio, ha dejado patente que no tolerará la ruptura que conlleva la delirante propuesta vasca y que por ello aplicará la Ley con tranquilidad y «sin complejos». Está claro que no debe perderse el sosiego y que la Ley es el único punto de encuentro a invocar entre quienes discrepan; pero, ¿a qué viene lo de los «complejos»? ¿Es que, hasta el despropósito del lendakari, se venía aplicando con complejos? Lo pregunto, sencillamente, porque no lo sé, pero cabe sospecharlo tras la enigmática expresión del presidente. En cualquier caso, lo importante en tan enojoso asunto es arrebatarle la iniciativa a los nacionalistas que, por el momento, la tienen. Lo importante es, lisa y llanamente, gobernar.

Lo posible y conveniente
Por PABLO PLANAS ABC 2 Octubre 2002

De igual forma que una parte del nacionalismo catalán se siente seducido, influido y deslucido por el nacionalismo vasco; éste desprecia la tibieza, el pragmatismo y las sutilezas del primero. Esa debe ser la razón por la que formaciones aparentemente hermanadas como el PNV y CiU son las últimas en enterarse de los aldabonazos respectivos. Esto es que CiU conoció con el común el plan de Ibarretxe. Así las cosas, es normal que el democristiano Duran Lleida ostente una vicepresidencia en la misma internacional de partidos que por obra de Aznar excluyó al PNV. Tan normal como que el político de Unió acuda a la celebración del Alderdi Eguna precisamente en el momento en el que más conviene al PNV sacudirse el aislamiento de los demócratas.

Es en esa clase de contradicciones, tan características del nacionalismo catalán, en las que se asientan los recelos de quienes aprecian en CiU una veleta en vez de un comité ejecutivo. Es, por decir, como si la función de los nacionalistas catalanes en el panorama español fuera suplir lo previsible por un «si, pero» que ha sido hasta ahora una máquina de ganar votos. Pujol, en su último gran discurso en el Parlament, dejó claro que la función de CiU es aprovecharse de las circunstancias -el órdago independentista del Gobierno vasco-; extraer conclusiones -no va con ellos, el horizonte catalanista está definido hasta el año 2010- y lanzar grandilocuentes advertencias fruncidas de condicionales. Si las cosas siguen así, si se insiste en la involución autonómica, si continúan los agravios, si... Pujol ya ha avisado de su disposición a romper con un Gobierno futuro, del color que sea.

El alivio en las filas del PP ha sido considerable. Mientras CiU se mantenga al margen de las derivas del PNV, mientras no le tironeen sus bases hacia un radicalismo que supere el estadio de las palabras, mientras la política catalana sea un contencioso entre lo posible, lo deseable y lo conveniente habrá pocas razones para temer un efecto dominó. En esa tesitura, convendría ayudar a los nacionalistas catalanes, por mucho que para muchos una derrota de CiU en las próximas autonómicas sea posible, deseable y hasta conveniente.

Para una generación
JAVIER PRADERA El País 2 Octubre 2002

El lehendakari Ibarretxe expuso el pasado viernes en el Parlamento de Vitoria, de forma pormenorizada y con un calendario preciso, el argumento de la segunda etapa ideada para construir de manera gradualista e irreversible un Estado independiente formado por el País Vasco, Navarra y los territorios ultrapirenaicos franceses. El instrumento será un Pacto Político encargado de sustituir al Estatuto de Gernika, desguazado unilateralmente por los nacionalistas como chatarra vieja. La naturalidad de Ibarretxe a la hora de ir desgranando ese 'proyecto de convivencia basado en la libre asociación y la soberanía compartida' se revistió de un tono imperativo para anunciar su ejecución: si bien las puertas de la negociación 'van a estar permanentemente abiertas' a los representantes del 40% del electorado no nacionalista, el lehendakari advierte desde ahora de que no tolerará las posiciones críticas (rebautizadas como 'derechos de veto') de la oposición parlamentaria 'que nos encadenen al fondo del pozo'. Ni la cortesía retórica de Ibarretxe avala la corrección de sus tesis, ni la buena voluntad de los arbitristas acredita la deseabilidad de los inventos cuando -como sucede en esta ocasión- son disparatados o están cargados de peligros.

El Pacto Político de Ibarretxe constituye un eslabón en el proceso de construcción nacionalista de una Euskal Herria unificada e independiente -asentada sobre ambos lados de los Pirineos- a través de una larga marcha histórica. Esa propuesta de libre asociación del País Vasco con España -aclaró anteayer el lehendakari a Iñaki Gabilondo en el programa radiofónico Hoy por Hoy- servirá 'para convivir una próxima generación'. Así como el Estatuto de Gernika fue al parecer programado para durar sólo las tres décadas de la anterior generación, el Pacto Político es también un adelanto a cuenta: agotada su virtualidad dentro de treinta años, la insaciable deuda histórica del Pueblo Vasco -siempre con mayúsculas- buscará nuevos pagadores. El ámbito geográfico donde habita desde hace milenios esa esencia colectiva, conocida indistintamente como 'Vasconia, Reino de Navarra, Euskalherria, País Vasco-Navarro, Euskadi o País Vasco', es el blanco irrenunciable de sus reivindicaciones irredentistas. Dado que la presencia electoral nacionalista es minoritaria en Navarra (alrededor del 15%) y prácticamente marginal en la zona vasco-francesa (un 5%), el motor de esa travesía secular no es la población sino el destino manifiesto del territorio sagrado transpirenaico, auténtico titular de los derechos históricos de la soberanía originaria del Pueblo Vasco que fue secuestrada en su día por España y Francia.

Aunque el carácter puramente mitológico de las leyendas inventadas por los nacionalistas para justificar sus reivindicaciones haya sido desmontado hasta la saciedad por los historiadores, el discurso victimista del conflicto secular del País Vasco con España y Francia continúa alimentando al independentismo. La invocación del lehendakari a los principios de la democracia no debe llamar a engaño: la aprobación -por la Cámara o mediante referéndum- del Pacto Político sin el concurso de los vascos no nacionalistas (PP y PSOE sumaron el 40% de los sufragios en las elecciones autonómicas de 2001) implicaría un fraude. En los regímenes democráticos, la regla de la mayoría simple (digamos, el 50,01% de los sufragios emitidos) sirve para dirimir los conflictos situados dentro del sistema; en cambio, las decisiones sobre cuestiones básicas relativas a la convivencia en sociedades atravesadas por profundas divisones identitarias exigen -así lo ha indicado el Tribunal Supremo de Canadá sobre la separación de Quebec- mayorías cualificadas, preguntas inequívocas y negociaciones reñidas con las medidas unilaterales. El lehendakari Ibarretxe no parece dispuesto a mantener o incluso a elevar -como sería deseable- el listón del 53% sobre el censo electoral logrado en el referéndum del Estatuto de Gernika de 1979 (el 90% de síes con una participación del 60%) para hacer aprobar su Pacto Político; todo hace suponer que se conformaría con una eventual mayoría sin cualificar parlamentaria y refrendataria de la que quedarían marginados los ciudadanos vascos no nacionalistas, un segmento cercano a la mitad de la población de la Comunidad Autónoma y mayoritario en territorio alavés.

Jaque al Estado, alarma nacional
Lorenzo Contreras La Estrella 2 Octubre 2002

Atención. Es tan exageradamente grave, aunque parezca exagerado, lo que ocurre en la vida política española, con la actitud del PNV y la incipiente "sublevación" de la autonomía catalana, insinuada por las últimas declaraciones de Jordi Pujol, que no es exagerado pensar en una recapacitación de José María Aznar respecto a su anunciada intención de retirarse de la vida política y renunciar a ser candidato, nuevamente, a la presidencia del Gobierno en las elecciones del 2004.

En su momento, Aznar sólo condicionó por vía conyugal el olvido de su propósito a una situación de "urgencia nacional". O de emergencia, que podría decirse. Y esa situación casi se está dando. Esto significaría un conjunto de consecuencias. La creciente aproximación PP-PSOE cobra un sentido especial. La alarma, sencillamente, cunde y se generaliza aunque no trascienda de momento la intensidad de aquélla. Los nacionalistas vascos han pisado el acelerador porque han visto dibujada la gran oportunidad de la ruptura con España. Esta actitud coincide de manera determinante con la creciente debilidad de ETA, hoy prácticamente contra las cuerdas por la doble persecución judicial y policial. Incluso se da la circunstancia de que Francia está alarmada y en alguna medida presiona al Gobierno español. Pero esto último conviene ponerlo todavía en cuarentena. Lo que, en cambio, procede mantener en el primer plano de la atención política es el planteamiento de un sentimiento de emergencia por parte del Ejecutivo nacional.

Posiblemente no haya un tema más acuciante que éste en el panorama político de nuestro país. Los síntomas parecen elocuentes. El acelerón nacionalista vasco hacia lo que Aznar ha llamado "el abismo" o "la anda" es ya una manera extrema de calificar o valorar la perspectiva política. Y no porque se desprecie o minusvalore la coyuntura emergente, sino precisamente por todo lo contrario. Las encuestas revelan que en estos momentos el PP va camino de retroceder de manera sensible en la aceptación electoral. Un factor que fuerza la transformación de la lógica del presidente. Es decir, ahora lo lógico no es soñar con la gran lección del político que se retira para reforzar su estampa ética ante los ojos de la opinión pública. Lo lógico es considerar que ante el desafío nacionalista y el riesgo de ruptura de la unidad española, el reclamo es continuar al frente de las responsabilidades de poder intentando la reelección como presidente del Gobierno.

El PNV, a través de Ibarretxe, ha anunciado que en su "plan" emancipador piensa contar con Batasuna, que es tanto como diseñar una operación de unidad nacional (más que nacionalista) vasca. En la acera de enfrente, la del terreno constitucional, también se va gestando el sentimiento de una necesidad de unidad de fuerzas. Una suma de poderes a través de una cohesión de los partidos mayoritarios. Sólo el tiempo, y no demasiado remoto por lo que las apariencias dictan, dirá hasta qué punto las luces rojas que han empezado a parpadear se ponen fijas en el panel de las alarmas. Está en marcha, desde el nacionalismo vasco tan sólo por ahora, un auténtico jaque al Estado. O, para ser más precisos, un jaque a España. Y cabe imaginar cuáles pueden ser las consecuencias.

Mitologías nacionales
Lucrecio Libertad Digital  2 Octubre 2002

Un vértigo de anacronismo me envuelve en la voz de Ibarreche, que invoca el sagrado deber hacia la patria vasca. Vértigo de lo ya leído. En textos que tienen más de dos siglos. Textos que llaman a la identificación con la Vaterland, en términos de afectividad y madriguera, frente a los que ningún espacio la razón posee.

Anacronismo. Tubingen, 1795. Y tres jóvenes seminaristas de inmenso talento. Han compartido habitáculo y edad temprana. También ensueños caóticos acerca de una mítica patria alemana que, en sus cabezas, se confunde con erráticas invocaciones de esa revolución francesa de la cual ignoran todo. Es el drama de la Alemania de final del XVIII. Una tierra asentada en la anacronía. Ninguna burguesía allí podría completar los ideales revolucionarios del 1789 francés. La burguesía no llegará nacer. Y la impotencia de ello derivada habrá de desdoblarse en fantasía. Es el arquetipo de la “miseria alemana” que surcará el siglo XIX: obsesión por suplir con rimbombante palabrería legendaria la esencial incapacidad ante la tarea de constituir revolucionariamente un Estado-nación.

En su lugar, mitologías. Nacionales. Suplencias de la historia ausente. 1795. Tubingen. Schelling, Hegel, Hölderlin. Jóvenes, brillantes. Ayunos de historia, delirantes de suplencia. El mito inventará la nación. A la revolución, la suplirá la magia del Volkgeist, el muy pronto aniquilador “espíritu del pueblo”. La lengua será su teológico instrumento. “Tenemos que tener una nueva mitología, pero esta mitología tiene que estar al servicio de las ideas, tiene que ser una mitología de la razón… Un más alto espíritu, enviado del cielo, tiene que fundar entre nosotros esta nueva religión, será la última obra, la más grande de la humanidad”. Tardará aún en llegar un siglo y medio, ese “más alto espíritu”. Pero llegará (siempre acaban por llegar esos “altos espíritus” sacrificadores). Se llamará Adolf Hitler.

No es el menor asombro que produce la historia del siglo XX constatar hasta qué punto esas mitologías son más fuertes, casi siempre, que el pesado imperio del interés real. Y con cuanto empecinamiento acaban por trocar la política de un universo que se creía laico en la más sacrifical suplencia de la teología.

Nada de lo que está pasando ya en el país vasco –y está a punto de pasar en Cataluña– responde a lógica material inteligible. La secesión, con su forzoso acompañamiento de conflicto civil (pues que, desde su inicio es planteada al margen de legalidad y en confrontación con ella), es una hipótesis catastrófica para los intereses de unas burguesías locales que viven el mayor esplendor económico de su historia. Cabría, en buena lógica capitalista, aguardar su más que enfurecido rechazo. No llegará. En una pirueta fascinante, burguesía catalana como burguesía vasca se alinean incondicionalmente con un movimiento que, de llegar a desencadenar la crisis buscada, daría origen a un desmoronamiento económico sin precedentes. El mito nacional –bajo su espectral forma de sacrificio en sangre– desplaza todo cálculo, tapona todo interés real, ciega cualquier negociación posible.

Se diría que ese universo de mitologías devastadoras tenía su espacio histórico propio: el de la construcción del Estado moderno, a lo largo del siglo XIX. Y que, pasado su tiempo, cedería su altar laico a otras visiones políticas más terrenas. No ha sido así. Bajo la aparente calma de las sociedades europeas, sigue latiendo el viejo monstruo. Yugoslavia fue tan sólo un ejemplo. Vascongadas y Cataluña, ahora. Vendrán tiempos peores.

El frenesí independentista del PNV
El Partido Nacionalista Vasco celebra un nuevo Alderdi Eguna empeñado en una huida hacia adelante ante la presión política y judicial
JOSÉ LUIS BARBERÍA San Sebastián El País  2 Octubre 2002

Con la que ha montado el lehendakari Juan José Ibarretxe, la cita del Alderdi Eguna (Día del partido) de este año se presenta más apasionante que nunca. Ahí es nada, lanzar el programa máximo independentista, justo cuando los partidos de ámbito nacional y Garzón inician la ofensiva contra Batasuna y con ETA otra vez a la carga. El éxito de la convocatoria está asegurado pero es posible que una sombra de preocupación sobrevuele también la fervorosa masa nacionalista porque la sorpresa ha sido grande y porque está claro que más de un afiliado ha debido quedarse perplejo ante el discurso de Ibarretxe en el Parlamento vasco.

Lo que es seguro es que llueva o haga sol, frío o calor, la concentración de hoy en las campas del Alto de Altube (Álava) se desarrollará bajo el síndrome del 'chubasquero': obviamente, la culpa de lo que pasa en Euskadi, piensa la escuela tradicional del nacionalismo, la tiene Madrid y, ¿qué se creían, que el PNV no iba a reaccionar? Seguramente, las decenas de miles de personas que se congregarán para oír y ver a sus líderes esperan que Xabier Arzalluz les repita hoy aquello de 'hemos pasado por peores momentos y aquí estamos', y también esta frase que tanto repite últimamente: 'Estamos como Cristo, ante dos ladrones, entre el PP-PSOE y ETA'.

Aunque la invocación a los agravios y la apelación al victimismo es un recurso sempiterno del nacionalismo, y ahí el líder carismático se mueve como pez en el agua, la trascendencia del momento parece exigir a los dirigentes del PNV una actuación extraordinaria para tranquilizar a la parroquia y mantener al partido más reactivo y compacto que nunca. La ley de Partidos Políticos -contra la que el Gobierno vasco presentó el viernes un recurso ante el Tribunal Constitucional- y, sobre todo, el auto del juez Baltasar Garzón, que suspende las actividades de Batasuna, amenaza con cambiarle la suerte, constriñe su margen de maniobra y le obliga a actuar de protagonista ejecutor en un guión ajeno que considera abominable. 'Quieren que los vascos nos enfrentemos entre nosotros', claman sus dirigentes con Ibarretxe a la cabeza, como si ese enfrentamiento no existiera ya desde hace muchos años.

Desde que la Ertzaintza bloqueó, por indicación judicial, la gran manifestación de Batasuna en Bilbao, el PNV se ha visto enredado en el dilema entre cumplir la ley o dar rienda suelta a sus apetencias políticas. El momento le asusta y hay que decir que, aunque las víctimas han caído casi siempre en otro lado, tampoco este partido está enteramente exento del miedo a ETA.

Así que las previsibles llamadas a rebato de Arzalluz y la consigna de 'prietas las filas' guardan por una vez correspondencia con la alarma desatada en el partido. Los recursos y querellas por prevaricación del Parlamento y el Gobierno vasco, el clima de rebelión instalado en las instituciones autonómicas, la proclamación parlamentaria de que el auto judicial es 'nulo de pleno derecho' responden, en su acusada teatralidad, al deseo de romper el corsé judicial y a las ganas de aplicar la vieja máxima foral 'se obedece pero no se cumple'. Obedece al temor a que los acontecimientos se encadenen fatalmente desbaratando el precario equilibrio del proyecto Ibarretxe. Es una huida hacia delante en toda regla que ha estado larvándose durante los últimos años y que encuentra ahora su momento de oportunidad.

Y es que por primera vez en la democracia española, el nacionalismo vasco en el poder se ha encontrado enfrente a un Estado y a los dos grandes partidos. Ha perdido la condición de privilegiado exégeta del conflicto de que disfrutó desde los albores de la Transición y muchos españoles y no pocos vascos descubren en él más una parte del problema que una parte de la solución. 'No asustarse, hay que resistir y contraatacar', éstas son las instrucciones del presidente del PNV.

Lo que se inagura ahora, con Ibarretxe como gran figura del nacionalismo, es un panorama completamente nuevo, rupturista, que metaboliza al en otro tiempo denostado 'derecho de autodeterminación' planteado por ETA. La preocupación es enorme porque, aunque el programa independentista expuesto por Ibarretxe resulta en su literalidad de una claridad meridiana, no está nada claro si el camino emprendido conduce a la patria feliz con que sueñan los nacionalistas o a un barranco de crispación y más violencia. A 15 meses de su anunciada jubilación, Arzalluz le ha dejado en herencia a Ibarretxe una puerta entreabierta a la independencia, pero sólo entreabierta; así que nadie sabe, en realidad, qué les espera a los vascos.

Abandonada la idea de acabar con ETA por la vía policial y judicial, el nacionalismo en el poder fía la solución del problema de la violencia a la creencia de que el terrorismo vasco se disolverá en algún punto del trayecto soberanista, quizá, cuando la temperatura del contexto político y social le permita integrarse con naturalidad. Aunque el momento es delicado, el PNV y el Gobierno vasco confían en capear los temporales venideros navegando entre las dos aguas de la legalidad y de la desobediencia civil.

Durante estas décadas, Arzalluz, ha mantenido bien engrasada la capacidad reactiva de su partido frente a 'la bota de Madrid', ha adoctrinado sistemáticamente a las bases en la conjugación simultánea de dos posiciones en apariencia antagónicas: el pragmatismo y el doctrinalismo ideológico, el institucionalismo y la dinámica y estética, tan preciada por el nacionalismo, de 'un pueblo en marcha'.

Ese doble lenguaje, que responde a las dos almas históricas del nacionalismo vasco, le ha permitido mantener viva la llama de un agravio permanente sin bálsamo posible, jugar el doble papel, tan provechoso, de Gobierno en Euskadi y oposición en España, rentabilizar el supuesto miedo de los españoles a que los vascos se vayan de España, defenderse políticamente del mundo de ETA e instrumentalizar a su favor la tesis de que, como el conflicto vasco hunde sus raíces en un mundo ignoto, inaprehensible, no caben los análisis y soluciones al uso inspirados en la modernidad o en la aplicación de las puras reglas del Estado democrático.

Es un discurso que ha hecho escuela en el conjunto del nacionalismo y maniatado sucesivamente a los dirigentes y cargos institucionales menos radicales. 'A Xabier [Arzalluz] le basta con ir a un batzoki y dar cuatro gritos, o soltar una perla en su artículo dominical en Deia [periódico del PNV] para que tengamos que andar con cuidado de que no nos corran a boinazos', indica un militante identificado con lo que Arzalluz ha calificado como 'michelines del partido'.

En esta compleja y disciplinada formación política, un movimiento en realidad, que aglutina a soberanistas pactistas, soberanistas independentistas y autonomistas -hay un PNV estatutista- no existen verdaderas corrientes, ni tenencias organizadas. 'Es precisamente el asambleariasmo extremo del partido y el respeto reverencial a la dirección, lo que impide que prosperen las corrientes. La capacidad crítica está anulada desde el origen y lo que funciona son las listas y documentos que caen desde la dirección', sostiene un militante crítico.

'El gran giro estratégico que conllevaba la ponencia Ser para decidir fue adoptado sin que se produjera un verdadero debate en el partido', añade, 'porque las enmiendas se quedaron estancadas en las organizaciones de base. Las referencias existentes en el panorama interno del PNV quedan así limitadas a determinadas personalidades, a pequeños grupos y a algunas familias políticas. Bajo la aparente uniformidad general y el disciplinado propósito común de no dividir al partido con declaraciones estridentes, laten actitudes distintas sobre la manera de abordar el futuro. Éste es, entre otros posibles, el mapa orográfico actual del PNV, ilustrado por un nacionalista:

- La familia natural y política de Luis María Retolaza, ex consejero de Interior del Gobierno vasco, dirigente histórico del nacionalismo. 'Anteponen el partido a todo lo demás y piensan que la autoridad de la dirección está por encima de las instituciones. El Gobierno cambia o desaparece, pero el PNV permanece. Creen que el PNV es como la Iglesia, que existirá siempre. Conectan con la cultura de partido de Juan Ajuriaguerra. A ese círculo pertenece más o menos gente como el director general de la Cámara de Comercio de Bilbao. Juan Luis Lascurain'.

- El sector económico. 'El que mejor lo representa es José Luis Zaldibegoitia, el presidente de la sociedad de capital riesgo Talde y miembro del EBB (Ejecutiva nacional). Están por mantener a Euskadi integrada en España. Dicen en voz baja: 'Así no se puede seguir'. Son moderados, bien relacionados con el mundo de las finanzas y de la empresas. Sostienen que los extremismos perjudican los intereses del partido.

- La línea institucional. 'Ahí están el diputado general de Vizcaya, Josu Bergara, y el propio Iñaki Anasagasti, portavoz en las Cortes. Llevan muchos años en la vida institucional y eso marca carácter. Quieren que el PNV siga siendo una fuerza eminentemente institucional. Buscan estabilidad. Piensan que fuera de las instituciones no hay nada'.

- Los reconductores. 'Proponen reconducir la situación generada en Lizarra. Son gentes como José Alberto Pradera, el ex diputado general de Vizcaya, y miembros actuales del BBB (Ejecutiva de Vizcaya). Recelan de las alianzas con EA porque les da un marchamo de radicalismo que no desean. Preferirían un PNV más moderado, más equilibrado. Se puede incluir ahí a Xabier Irala, presidente de Iberia y ahora miembro del consejo de administración de la BBK (Caja de Ahorros de Vizcaya)'.

- El recuerdo de Ajuria Enea. 'Es un grupo formado por el equipo del ex lehendakari José Antonio Ardanza y aquellos ex consejeros que consiguieron el autogobierno actual. Representan el espíritu del Pacto de Ajuria Enea'.

- La comunicación con ETA-Batasuna. 'El mejor representante es Gorka Agirre por los contactos que ha mantenido con ese mundo truculento. Está casado con una hija de Retolaza pero respira por la línea de Joseba Egibar que es Lizarra puro y aparece como heredero natural de Arzalluz. Su problema es que hay mucha gente a la que le gustaría cerrarle el paso'.

- Los guipuzcoanos. 'La mayoría de la Ejecutiva provincial (GBB) no respalda actualmente a Egibar, está más próxima a Román Sudupe, el actual diputado general. Es un nacionalismo más templado, abierto a pactar con los socialistas. De hecho, pactó con el PSE los presupuestos de la Diputación a pesar del criterio de su partido y sin el respaldo de Ibarretxe'.

- Los alaveses. 'Casi todos son moderados. Está el ex consejero Juan Ramón Guevara e Iñaki Generabarrena, la nueva esperanza en esa provincia a reconquistar. Juan María Ollora, al que algunos críticos denominan 'el aprendiz de brujo' porque teorizó 'el ámbito vasco de decisión', se encuentra actualmente apartado de los órganos de decisión'.

A estas alturas y 'con lo que está lloviendo', es iluso esperar a que los afiliados disconformes con el rumbo adoptado en Lizarra tomen la iniciativa. No lo han hecho en momentos más propicios -con las excepciones notables, del ex consejero de Cultura, Joseba Arregui, y del ex diputado general de Álava, Emilio Guevara- y no cabe esperar que lo hagan en las actuales circunstancias. 'Ahora prima más que nunca el sentimiento de estar siendo agredidos brutalmente por el PP, hay apiñamiento interno y miedo a desentonar, prevención, incluso, a ser visto en compañía de gente tibia. La disidencia no se tolera. Hay miedo a criticar a la dirección porque pasas a ser considerado un traidor', confirman militantes críticos. Algunos hablan incluso de 'caza de brujas'. En todo caso, tras la expulsión de Emilio Guevara, todos en el PNV saben cuál es el precio a pagar por el uso en la prensa de la metáfora 'rebelión a bordo'.

La pregunta es: ¿por qué se ha adoptado este rumbo si las tres ejecutivas regionales están en manos de los teóricos sectores moderados?. 'Por el proceso de radicalización abierto en Lizarra, por el peso imponente de Arzalluz, por el radicalismo ideológico del propio Juanjo [Ibarretxe], por la presión de Eusko Alkartasuna (EA) y el marcaje del sindicato ELA', responde un antiguo cargo institucional del PNV. 'En lugar de extraer las lecciones de la experiencia de Lizarra, de reconocer que fuimos nosotros los primeros en agitar el vaso y provocar la tormenta, muchos en mi partido han optado por la huida hacia delante. Y el caso es que tampoco sabemos muy bien a dónde vamos. Esto no se resolverá hasta que Aznar y Arzalluz desaparezcan de la política, porque además creo que hay algo personal entre ellos. Ojalá los socialistas lleguen pronto al poder'. Y apostilla pesaroso: 'Auque tampoco estoy muy convencido de que las cosas puedan ya arreglarse'.

Los exitosos resultados de Ibarretxe en las elecciones autonómicas del 13 de mayo de 2001 -'una auténtica rebelión nacionalista ante la agresión del PP'- suponen un argumento mayor: '¿Y por qué cambiar si nos ha ido tan bien?'.

Desde el pacto de Lizarra, el tradicional equilibrio interno del PNV ha ido quebrándose paulatinamente de la mano de Ibarretxe. La renovación de los cargos ha permitido dar entrada en las altas esferas del partido y en las instituciones a representantes de la nueva generación independentista, esa que no tiene 'complejos', que considera obvio, elemental, que ser vasco y español son términos excluyentes. El nacionalismo vasco llevaba ya años psicológicamente instalado en un terreno post estatutario y pre autodeterminista, con la única duda de si el soberanismo necesitaba apoyarse o no en un marco estatal, para no quedar fuera de la Unión Europea.

Por debajo de las actuaciones de superficie, ha ido acentuando sus rasgos independentistas. Basta con ver el desdén con que los medios de comunicación públicos tratan lo español, la desesperada búsqueda, allende los mares si hace falta, de personajes dispuestos a certificar las bondades del Gobierno vasco o, tanto da, la maldad del Gobierno central. Es un comportamiento que el nacionalismo acepta con toda naturalidad.

Lo que ha cambiado desde Lizarra y la tregua de ETA es que el soberanismo, para conseguir integrar al nacionalismo violento, ha adquirido vida propia y teñido al partido. Las razones que los menos radicales exponen en las discusiones internas, ceden ante el frenesí soberanista.

La acumulación de fuerzas nacionalistas diseñada en Lizarra ha seguido estando en pie, aunque el compromiso electoral de no pactar con Batasuna mientras no condene la violencia adoptado por Ibarretxe en la campaña del 13 de mayo, dificulta y no poco el desarrollo del proyecto. Lo dificulta hasta el punto de que el PNV tiene un problema de gobernabilidad institucional. No consigue aprobar los Presupuestos del Gobierno vasco y puede tropezar con grandes dificultades, tanto en las diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa como en los ayuntamientos.

Así las cosas, puesto que no pueden pactar con el brazo político de ETA en los altos órganos institucionales, menos aún tras la suspensión judicial de ese partido, el objetivo primordial ahora es vaciar el electorado de Batasuna para volver a cosechar en las próximas elecciones municipales los 605.000 que le dieron la victoria. 'La alianza con EA está asegurada', dicen fuentes del PNV, 'porque de lo que se trata en las próximas elecciones es de mostrar la pujanza del nacionalismo'. Eso conlleva ganarse a pulso los votos de Batasuna, dosificar los gestos de desacato y el respeto a la ley, movilizar al nacionalismo en la calle. 'La ley da para mucho, y el pueblo para mucho más', ha dicho Arzalluz. El PNV confía en que el partido no pagará en las urnas la radicalización actual. 'El voto moderado no se nos va a escapar porque la agresividad de la política del PP actúa de muro de contención'.

El lehendakari sueña ahora con la mayoría absoluta. Piensa que esa mayoría nacionalista le otorgará la centralidad política y le legitimará para, en nombre del pueblo vasco, aguantar el enorme desafío que acaba de lanzar. En ese escenario hipotético, la negativa del Gobierno a aceptar el estatuto soberanista daría paso a la consulta popular que el Ibarretxe tiene en cartera y abriría un conflicto institucional de primera magnitud que sólo se cerraría con el reconocimiento de la autodeterminación una cláusula de desenganche del Estado jurídicamente inspirada en las disposiciones adicionales del Estatuto y de la Constitución. Decidido a oponerse, a lo que considera 'abusos judiciales', Ibarretxe persigue obsesivamente que este tránsito se haga 'desde la legalidad a la legalidad', o como dice también alguno de sus críticos 'al menos con apariencia de ello'.

Aunque los más entusiastas de su partido y los dirigentes de ELA y Batasuna se muestran dispuestos a arriesgar la autonomía en el empeño, el límite del programa independentista de Ibarretxe reside en la conservación del poder .

Vergüenza
S. Real de Asua/Getxo. Vizcaya Cartas al Director El Correo 2 Octubre 2002

La propuesta del lehendakari, que en un país en circunstancias normales podría resultar aceptable, es absolutamente obscena aquí. Que el PNV plantee esa estrategia, estando la mitad de la población amenazada y buena parte de la otra amedrentada, significa que está caminando hacia la independencia pisando sobre los cadáveres de los no nacionalistas que ETA deja por el camino. Quieren soberanía, y dicen que sin sangre, pero ésta ya está ahí. No hacen nada más que avanzar hacia donde ETA quiere. Los nacionalistas que no ven o no quieren ver por dónde les están llevando, resultan, como sus líderes, además de vergonzantes, inmorales. Yo, vasca y asqueada, grito: ¡Moderados, despertad!

Imaginemos que ETA no existiese
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Octubre 2002

¿QUÉ SUCEDERÍA en el País Vasco en ese caso? Pues que no habría pistoleros. Ni violencia terrorista. Ni una parte de la sociedad amilanada por el miedo. Sucedería que todos los vascos (nacionalistas y no nacionalistas) serían iguales para expresar sus posiciones. Y que al serlo, los no independentistas -la mayoría, según todos los estudios- podrían juzgar tranquilamente las propuestas de sus líderes. Lo que les permitiría, sin angustia, ni complejos, decir con claridad lo que hoy no se atreven a decir por miedo a que les den un tiro en la cabeza: que la propuesta independentista de Ibarretxe expresa las ambiciones de un partido, pero no los deseos mayoritarios de la sociedad a la que ese partido se dirige.

En ese caso -digo, si ETA no existiera- algunos vascos, muy españolistas (que los hay) exigirían, grito en el cielo, la intervención inmediata del Gobierno en defensa de la legalidad constitucional y estatutaria. Otros, más templados, se apenarían por un partido que, controlado por una camarilla fundamentalista, podría embarrancar en sus delirios. Y otros más escépticos, o más cínicos, harían incluso alguna chirigota sobre la idea descabellada de desgajar de España tres provincias que forman parte de la misma desde hace varios siglos.

En fin, en el País Vasco sucedería lo que pasaría por aquí si mañana al BNG se le ocurriera pedir para Galicia el estatuto de libre asociación con el Estado: que muy poca gente se tomaría en serio la propuesta.

No están las cosas en el Norte, sin embargo, para tomarse a broma las propuestas de Ibarretxe, ni menos para hacer con ellas chirigotas. Y no lo están porque ETA existe. Así de simple: la constante y aterradora sombra etarra sobre todo lo que en el País Vasco sucede y no sucede es la que convierte en verosímil una propuesta que de no existir ETA sería sencillamente inverosímil.

Pero ETA existe. Y pistoleros. Y violencia terrorista. Y el miedo, que, salvo para Arzalluz, es la consecuencia natural de todo lo anterior. Al existir todas esas cosas no se dan en el País Vasco las condiciones mínimas para poder hablar de independencia, que es a lo que aspiran los que provocan el terror. Es esta situación inadmisible, y no sus contenidos, la que deslegitima la propuesta de Ibarretxe. La que la convierte en ventajista y, por ventajista, en inmoral. Pues inmoral es pretender debatir con quienes se juegan la vida al defender sus convicciones. Sólo hay algo más inmoral que esa pretensión: que Ibarretexe haga depender el fin de ETA de la aceptación de su propuesta. Y eso, no nos engañemos, es la ausencia de violencia de la que habla el lendakari.

Los empresarios vascos se rebelan contra el plan de Ibarreche y le exigen que proteja a los amenazados
Aseguran que el desafío independentista supone un «grave peligro» y que «ahondará en la fractura social» Le piden la «recuperación de los derechos ciudadanos más elementales» y un «clima mínimo de convivencia»
El Círculo de Empresarios Vascos, que preside José María Vizcaíno, se sumó ayer a las críticas de los partidos políticos al discurso soberanista del «lendakari» Juan José Ibarreche. Para los empresarios, el plan nacionalista genera «importantes incertidumbres» que afectan tanto a la economía como al empleo. Además, el Círculo critica que para Ibarreche, la prioridad principal no sea acabar con «la situación actual de persecución y amenaza». Asimismo, los empresarios advierten de que no se debe forzar «la legalidad vigente» y que el desafío de Ibarreche no hará otra cosa que ahondar en la fractura social. Por ello, los empresarios vascos exigen al «lendakari» que se ponga del lado de los amenazados.
Redacción - Bilbao.- La Razón  2 Octubre 2002

El Círculo de Empresarios Vascos, que preside José María Vizcaíno, expresó ayer su «gran preocupación» por la propuesta política planteada por el «lendakari», Juan José Ibarreche, en la que proponía que el País Vasco fuera un estado libre asociado a España. Los empresarios reprochan a Ibarreche que no con- sidere que la «prioridad absoluta» en el País Vasco debe ser acabar con «la situación actual de persecución y amenaza», y a quien advierte, además, de que está generando una incertidumbre que perjudica a la economía y el empleo.
En una declaración oficial difundida ayer por la noche, el Círculo asegura que el plan del «lendakari» Ibarreche «genera importantes incertidumbres, ya que no es razonable pensar que su resolución depende exclusivamente de la sola voluntad de los ciudadanos vascos, cuando también existen intereses de terceros que se ven muy directamente afectados».

Conflicto institucional
Esta organización patronal avisa de que «nunca deberá forzarse la legalidad vigente», ya que, en caso contrario, «nos encontraríamos inmersos en un conflicto institucional de gravísimas consecuencias». El Círculo recalca que «la incertidumbre y la inestabilidad son los mayores enemigos del empleo y de la actividad económica, ya que pueden poner en riesgo lo logrado, con el esfuerzo de todos, a lo largo de los últimos años».
Para el Círculo, un debate democrático en el País Vasco sólo podría darse en libertad para expresarse, con un clima mínimo de convivencia entre los propios vascos y con «un alto nivel de diálogo y entendimiento entre las instituciones del Estado y las autonómicas». A su juicio, «no se puede obviar la situación actual de persecución y amenaza que se extiende sobre una parte importante de la ciudadanía vasca por el simple hecho de expresar sus ideas. Esta debería ser la prioridad absoluta del Gobierno vasco y de los dirigentes políticos y partidos vascos».
Además, el Círculo concluye su comunicado pidiendo a quienes defienden la propuesta presentada por el «lendakari» que mantengan «un mínimo de rigor para explicar claramente a los ciudadanos vascos lo que va a suceder ante lo que muchos consideran como una imposibilidad, por lo menos en el medio plazo, de inserción plena en Europa».

Conflicto en IU
Mientras, el sector del PCE que discrepa de la línea seguida por el coordinador de IU en el País Vasco, Javier Madrazo, presentará en el Consejo Político de la formación su propia propuesta de resolución al texto del coordinador general, Gaspar Llamazares, y en la que pedirán un mayor distanciamiento del proyecto de autogobierno anunciado por el «lendakari», Juan José Ibarreche, según informaron a Ep en fuentes de IU.
Estas mismas fuentes indicaron que el proyecto planteado por Ibarreche no es del tripartito sino que su es «exclusivamente» del «lendakari», por lo que desde IU se puede proclamar la discrepancia por ser «insolidario, confederal y soberanista». Frente a este Plan, este sector ¬que ayer se abstuvo en la votación del texto que Llamazares presentará el domingo¬ defiende que IU tiene su propio proyecto y otra propuesta, «un Estado federal solidario». Estos dirigentes de IU se quejan de que el lunes, en la reunión de la Presidencia Federal, Llamazares no quiso asumir la necesidad de marcar diferencias respecto a la propuesta de Ibarreche y que pidió asumir el proyecto del «lendakari» alegando que a Madrazo «no se le podía dejar tirado». En este sentido, los discrepantes de Madrazo y Llamazares insisten en la conveniencia de marcar distancia con el lendakari para no dar la impresión de que se va de la mano del PNV. Tampoco asumen la intención de Ibarreche de incluir en su ronda de contactos a Batasuna.

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