AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 4 Octubre  2002
Lengua y globalización
Aleix Vidal-Quadras La Razón 4 Octubre 2

¡Se acabó!
NICOLÁS REDONDO TERREROS ABC 4 Octubre 2002

No fue Franco
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 4 Octubre 2002

Anatomía de un disparate
GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ El País 4 Octubre 2002

Unas Medidas Excepcionales Para Una Situacion Excepcional
Editorial El Mundo 4 Octubre 2002

Independencia
JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española ABC 4 Octubre 2002

La bandera
David Gistau La Razón 4 Octubre 2002

Banderas
ALFONSO USSÍA ABC 4 Octubre 2002

Vinagre nacionalista
Cartas al Director ABC 4 Octubre 2002

Una «provocación intolerable»
EDUARDO SAN MARTÍN ABC 4 Octubre 20

Sacar la bandera del armario
EDITORIAL Libertad Digital  4 Octubre 2002

Garantías de libertad
Editorial El Correo 4 Octubre 2002

PP y PSOE acuerdan hacer frente desde el Pacto a Ibarretxe
FERNANDO GAREA. MANUEL SANCHEZ El Mundo 4 Octubre 2002

Contra los centros culturales
Andrés Freire Libertad Digital  4 Octubre 2002


 

Lengua y globalización
Aleix Vidal-Quadras La Razón 4 Octubre 2002

Joan Solá ha lanzado una seria advertencia sobre el riesgo de desaparición a largo plazo de la lengua catalana. El ilustre filólogo se ha lamentado de que el catalán se estudia más, pero se habla menos. En efecto, la vigente Ley de Política Lingüística impone la «lengua propia» como la única a utilizar en las aulas de primaria y secundaria, además de crear un clima propicio para que el castellano llegue a ser minoritario en la Universidad. Basta recordar la bochornosa persecución sufrida por la profesora Josefina Albert en la Rovira i Virgili para calibrar los extremos de intransigencia que está dispuesta a exhibir la coalición gobernante con tal de mantener vivo el que considera su principal símbolo. El fenómeno sociológico de que unos alumnos que se han pasado toda la mañana utilizando un idioma durante las clases de matemáticas, geografía, historia o ciencias naturales, se pongan a parlotear alegremente entre ellos o con sus familias en otro «no propio» en cuanto abandonan el centro escolar demuestra, entre otras cosas, que ni siquiera Jordi Pujol puede poner puertas al campo. Además, muchos profesores hacen lo mismo y, si no se les vigila, bastantes altos cargos de la Generalitat cometen también este delito de lesa patria. Miles de millones de euros gastados para cambiar los hábitos lingüísticos de una sociedad a través de las escuelas, la administración, el teatro, el cine, los periódicos, la radio y la televisión, y ni por esas.

Cuando en la década de los veinte del siglo pasado los nacionalistas irlandeses consiguieron por fin la independencia para gran parte de su amada y verde isla, se plantearon, como es lógico, la cuestión de la lengua. Aunque en estricta aplicación de su doctrina, deberían haber seguido un camino análogo al del Molt Honorable y dedicar enormes e ímprobos esfuerzos para eliminar el inglés de la esfera oficial y pública de su país a favor de gaélico, tomaron una decisión que demuestra, sin que ello siente precedente, que se puede ser nacionalista y sensato. Su profunda ¬y bastante fundada¬ antipatía a todo lo británico no les impidió seguir utilizando de forma masivamente generalizada en los ámbitos político, educativo, administrativo, empresarial, literario, cultural, científico, deportivo y religioso la lengua de sus enemigos seculares, quedando el venerable idioma irlandés como monumento sonoro digno de máximo respeto y apto básicamente para usos folclórico-emotivos y ceremoniales.
Ese es el porvenir que Joan Solá dibuja para el catalán «si no se reacciona». Por desgracia para él y para la causa que defiende, vivimos en un mundo irreversiblemente globalizado y en la casa con dos pisos que describía Julián Marías en su Consideración de Cataluña, hay uno con vistas al exterior y otro al patio de luces. Y hoy día, lo digo desde Bruselas, o miras hacia fuera o no existes.

¡Se acabó!
Por NICOLÁS REDONDO TERREROS ABC 4 Octubre 2002

Son varios los meses de silencio autoimpuesto. Lo necesitaba, pero sobre todo se lo merecían los ciudadanos. Además, se lo debía al Partido Socialista de Euskadi, del que he sido militante más de la mitad de mi vida, del que soy militante ahora y del que seguiré siéndolo en el futuro; en algunas ocasiones con resignación y en otras, -espero que en muchas más-, con ilusión.

La sucesión de determinados acontecimientos como la aprobación de la Ley de Partidos Políticos o el famoso «auto del juez Garzón», y las escasas repercusiones sociales que han provocado estas dos medidas del Estado de Derecho, provocan en mí algunas reflexiones que considero interesantes. Estos hechos, unido a la eficacia de la policía en la lucha contra ETA, -que a quien desee entender lo que está sucediendo en el País Vasco no le puede ser ajena- y a la declaración pública de Ibarretxe en el Parlamento Vasco del pasado viernes, 27 de septiembre, me impulsan, no sólo a reflexionar sino a hacer públicas estas meditaciones.

Valga como punto de partida que a mí el PNV, ni me ha sorprendido, ni me ha engañado. Se puede criticar a los nacionalistas por muchas razones, algunas de ellas quedarán apuntadas en este artículo, pero no se le puede acusar de haber sido ambiguo estos últimos años. La propuesta del viernes es la culminación del proceso iniciado con la firma del Pacto de Estella. No olvidemos que además hicieron cartel electoral de la superación del Estatuto. La sorpresa sólo esconde cinismo y también oculta una voluntad política de mirar hacia otro lado, de perdonar al PNV, de creer que no llegará la sangre al río y en algún caso de trasladar la responsabilidad política del PNV a ETA o al Gobierno de Madrid, según convenga.

¿Por qué esa actitud de permanente y excesiva comprensión hacia el PNV? Creo que esa inclinación nace hace 25 años, al principio de ese período tan elogiado por todos, denominado «la transición española». En ese tiempo, se realizó un pacto no escrito entre los partidos nacionales y el PNV. El partido de Sabino Arana se encargaba de pacificar las relaciones de la Comunidad Autónoma Vasca con el resto de España y de enfrentarse al terrorismo de ETA. A cambio, el PNV se convertía en un partido con estatus de «partido privilegiado» en un doble sentido: el resto de formaciones políticas le otorgaba un papel en la política española determinante y nosotros aceptábamos su derecho a veto. No se podía, por tanto, realizar políticas trascendentes (culturales y educativas, económicas o contra ETA) sin el acuerdo explícito del PNV.

La sociedad española, presa de un pecado nunca cometido, cerró los ojos, se tapó los oídos y enmudeció cada vez que el nacionalismo vasco hacía una de las suyas. En momentos bien difíciles, rechazaron la Constitución y no pasó nada ante tan clara muestra de insolidaridad e irresponsabilidad del partido de Arzallus. Aprobaron su peculiar derecho de autodeterminación en el Parlamento Vasco y los socialistas seguimos en el Gobierno en aras de una ficticia gobernabilidad. ¡Cuándo iniciaremos una etapa de autocrítica sobre nuestro inmediato pasado! Firmaron el Pacto de Estella, que no era más que un acuerdo para marginar a los no nacionalistas y elaborar con Batasuna una estrategia de superación del Estatuto de autonomía. Así, lograron de ETA una tregua aceptando en nombre de todos los vascos el programa máximo de la banda terrorista. Entonces vimos cómo algunos, -me preocupa que fueran tantos en el resto de España-, presos de un síndrome de Estocolmo muy peculiar, vacilaron ante la «evidente ventaja» que suponía no ser objetivo de ETA.

Pero el colmo, lo inimaginable, se dio alrededor del 13 de mayo del 2001, con ocasión de las elecciones autonómicas en el País Vasco. Durante la campaña electoral, cuando muchos pensaron que el PNV podía no sólo perder las elecciones -ya las había perdido en otra ocasión-, sino que podía perder todo el poder institucional y económico en el País Vasco, los guardianes del imperecedero espíritu de la transición propusieron un «gobierno de concentración». «Todos los partidos políticos democráticos deberían participar en el Gobierno Vasco». Esto se podía leer y oír con cierta frecuencia aquellos días. La propuesta era inoportuna y desde luego perjudicial para el partido político al que pertenecían esas voces. Les recuerdo que ese partido era precisamente el mío. El 13 de Mayo llegó y no sucedió en el País Vasco lo que muchos anhelábamos y otros temían, porque el nacionalismo ganó las elecciones pudiendo formar gobierno. Fue entonces cuando lo que era maravilloso e imprescindible se olvidó. En definitiva, lo querido, lo deseado, lo que escondía aquella propuesta era mantener al PNV en el poder, en el gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca y a los demás, a las fuerzas políticas de ámbito nacional, que las partiera un rayo.

Estos precedentes hicieron pensar al PNV que nunca iba a pagar por los errores políticos cometidos, que nunca iba a pagar ningún peaje, que todo le saldría gratis ante una apática y meliflua España. A esta realidad se debe unir un manejo sin límites del poder -muy por encima de la representatividad otorgada en las urnas- para poder comprender la inexistencia de sectores o corrientes moderadas en el seno del partido de Arzallus, Eguibar e Ibarretxe. En el nacionalismo vasco las opciones moderadas y alternativas pueden elegir entre la presidencia de Euskaltel o la expulsión. Siendo así, ¿quién se arriesga a mantener un criterio propio, o hacer oposición? Ciertamente, se sentiría reconfortado por vivir en armonía con el sentido común, pero sabe que ésto le lleva a ser expulsado del paraíso y a tener que ser protegido por escoltas.

La propuesta de Ibarretxe nos ha puesto ante la realidad, ha propiciado que todos, unos más que otros, abramos los ojos. Ya no caben las disculpas ni las reprobaciones a no sé que seguidísimos, no hay tiempo para las dudas ni espacio para la comprensión y la equidistancia. Es la hora y el momento de la «respuesta firme e inteligente», como dice mi muy estimado amigo Ramón Jáuregui.

El primer encargo que el PNV aceptó fue el de enfrentarse a ETA, ahora bien, con la cautela de que no se podía hacer nada en materia antiterrorista sin su beneplácito, sin su apoyo. Tal vez por esto mismo, la aprobación de la Ley de Partidos y la iniciativa del juez Garzón les ha causado tanta sorpresa y malestar que se han visto obligados a adelantar la iniciativa del señor Ibarretxe «homologable en Europa» -como si de un producto siderometalúrgico se tratase-. Pues bien, la conclusión que se puede extraer de la respuesta dada por el PNV a esta encomienda es que, mientras organizativamente ETA es cada vez más débil porque la Policía está asestando duros golpes al terrorismo, se ha dado una apariencia de legitimidad política a la estrategia etarra mediante las actuaciones del PNV.

La capacidad de actuación de ETA es cada vez menor porque el Estado está siendo más eficaz en la lucha contra ellos, y por ello, los asesinos van ampliando proporcionalmente sus objetivos. Ahora, todos los autonomistas somos candidatos posibles a sufrir un atentado. Por cierto, quiero señalar que entre el anterior comunicado de ETA -en el que responsabilizaba al PNV, a los obispos y a los empresarios-, y el último -en el que los amenazados son los de siempre-, se sitúa la declaración del lehendakari en el Parlamento Vasco.

El PNV se ha movido en una contradicción evidente entre el rechazo por los asesinatos de ETA y un doble miedo que les ha apresado durante estos años: miedo a ser víctimas de ETA y temor a hacer política sin el terrorismo como telón de fondo. Algunos oídos sensibles no querrán oír esta verdad, no querrán comprender cuán grande ha sido nuestro error durante este tiempo, pero ésta es la realidad. Porque el nacionalismo quiere un fin para ETA que no signifique una derrota. El PNV viviría feliz con una tregua, para así solucionar «el problema moral» manteniendo al mismo tiempo la espada de Damocles.

Quiero concluir afirmando que en esta materia, el Gobierno y el PSOE han hecho lo que tenían que hacer. Se suscribió un acuerdo -el Pacto por las Libertades- entre quien gobierna y quien aspira y puede gobernar. Sin nadie más, porque en contra de la opinión de maestros socialistas muy queridos, ese acuerdo sólo tiene sentido entre el primer partido y su alternativa de gobierno. Hemos aprobado la Ley de Partidos Políticos y hemos apoyado al juez Garzón, como no podía ser de otra manera para quien cree en el Estado de Derecho. Porque para que el Estado de Derecho funcione, no basta con que se defina adecuadamente su estructura, además resulta imprescindible que funcionen correctamente los mecanismos legales de defensa del mismo. Los poderes públicos deben promover, garantizar e impulsar los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos vascos. Esos tres acuerdos terminan con el período en el que debíamos implorar el beneplácito nacionalista. ¡Se acabó!, hemos tomado la iniciativa porque el PNV nunca la iba a tomar.

Seguiremos hablando, en un próximo artículo les explicaré mi opinión sobre la situación de las relaciones de la Comunidad Autónoma Vasca con el resto de España, y lo que es más importante, cómo debemos enfrentarnos al desafío de Ibarretxe.

No fue Franco
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS El Mundo 4 Octubre 2002

Seguramente la mayor mentira de curso legal y obligatorio en los últimos 30 años es que Franco secuestró los símbolos de España y por eso suscitó una aversión visceral en la izquierda contra todo lo nacional, desde la lengua que es su argamasa hasta la bandera que es su símbolo. Y que fue Franco el que les llevó a aliarse con todos los enemigos de España, desde el terrorismo de ETA al separatismo de cualquier pelaje: Pujol, Durán, Arzalluz, Beiras, Cubillo... No es verdad, y la reacción del felipolanquismo de guardia contra un homenaje a la bandera española en Madrid lo demuestra porque se produce justo cuando ETA y PNV, con el respaldo de Pujol, dan un jaque mate a España que, si triunfa, nos llevará a un baño de sangre como el de los Balcanes. La debilidad de una izquierda tarada y una derecha acomplejada («centrista») es lo que anima al separatismo. Los González y Polanco, los María Antonia Iglesias 'Vacías' y Miguel 'Arana' de Miñón son acicates para intentarlo y garantía de conseguirlo.

Pero que no le echen la culpa a Franco. Hace casi 30 años que murió y en ese tiempo se les podía haber pasado. Es el odio a todo lo español de los nacionalistas, centrado en la bandera y en la lengua, lo que buena parte de la izquierda tiene asumido hasta el tuétano. En parte, porque la escuela comunista de odio a todas las patrias menos a la del proletariado, o sea, la URSS, convirtió en enemigos de su nación a todos los leninistas del mundo.

En parte, porque las grandes hazañas españolas representan en la Historia Universal todo lo que odian los progres, desde la Reconquista hasta el descubrimiento, colonización y evangelización de América; desde la derrota de Napoleón hasta la del proyecto soviético para España en 1934-1936; y, para colmo, la traída de la democracia por los franquistas de UCD en 1977 y la demostración desde 1996 con el PP de que la derecha es menos sectaria y gobierna mejor que la izquierda. El sectarismo: ésa es la clave. La secta, la progresía, la izquierda, es para ellos -no todos, pero sí muchos- más importante que la nación. Lo fue ya para el terrorismo anarquista, el socialismo marxista y el republicanismo antirreligioso; véase el pacto de San Sebastián en 1931, la adopción de la sectaria y antihistórica bandera tricolor y el innecesario pacto del PSOE, Azaña y compañía con los separatistas catalanes. Lo es aún más hoy, pero ante el gravísimo reto separatista vasco lo que molesta a la izquierda es la bandera de España si la iza un Gobierno de derechas. «Es la España de Aznar», dicen, como antes «la España de Franco». No: es España. Detestan el nacionalismo, dicen. No: ahí están Maragall y Odón Elorza. Lo que ignoran, desprecian, temen y odian es a su nación, España. Pero que no le echen la culpa a Franco. Su odio es suyo. Cómanselo.

Anatomía de un disparate
GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ El País 4 Octubre 2002

Gregorio Peces-Barba Martínez es rector de la Universidad Carlos III.

Muchos años pasé, durante el franquismo, defendiendo a nacionalistas vascos ante el TOP y ante tribunales militares, y mi intervención en el consejo de guerra de Burgos me produjo serios problemas en el entorno social y profesional en que vivía. No fue una decisión fácil, pero en aquellas circunstancias volvería a tomarla. También he conocido a muchos dirigentes nacionalistas serios y responsables como el lehendakari Leizaola, o el vicepresidente Rezola o el gran D. Juan Ajuriaguerra, junto con otros muchos dirigentes políticos, sindicales o sociales de esa misma ideología. Luché mucho en la ponencia constitucional, ya con la joven democracia en marcha, para devolver al pueblo vasco la libertad para su lengua y para su cultura, y contribuí con otros muchos, al reconocimiento de una generosa autonomía, desde una Constitución abierta que reconocía la existencia de Euskadi, y de Cataluña y de Galicia, como naciones culturales con hechos diferenciales propios.

Creo que no es injusto decir que Euskadi se encontró con comprensión y con generosidad, que no conquistó nada por su solo esfuerzo, sacrificio y lucha, sino que la voluntad de los constituyentes y de todo el pueblo español, con su clase política al frente, fue decisiva para alcanzar las cuotas de autogobierno de que ahora disfruta y que ha permitido que desde los orígenes de la autonomía, gobernase siempre el Partido Nacionalista Vasco. Tan convencidos estábamos de su buena fe, y de que reconocerían el esfuerzo realizado, que incluso tras una victoria autonómica del Partido Socialista, se les cedió la dirección del Gobierno muy seguros de que estas decisiones contribuirían a la concordia y a la organización normal de la sociedad.

Sin embargo, desde el principio el comportamiento de los nacionalistas vascos fue ambiguo, dio una de cal y otra de arena, y rechazó la autodeterminación pero al tiempo propuso abstenerse en el referéndum de aceptación de la Constitución. Inmediatamente pasó a ser oscuro, enmascarado y desleal. Se abrió paso a una forma de organizar la educación desde el desconocimiento, e incluso desde el odio a España y a los españoles, como no había existido nunca con anterioridad. Las convicciones separatistas, el resentimiento y los agravios ficticios son un producto de esa escuela, o de parte de ella, que no ha sabido respetar en su planificación las exigencias de la probidad intelectual. Fue desleal porque utilizó la libertad para propiciar una educación y un ambiente antiespañol, fue desleal porque no cumplió las partes del pacto que les había devuelto su libertad como pueblo, que no coincidían con su forma unilateral de aplicarlo. La no colocación de la bandera de España junto la ikurrriña, resulta tan inaceptable como la persecución de la ikurriña durante el franquismo; y la no retransmisión del mensaje de Navidad del Rey por las emisoras vascas sería sólo una mezquindad si no tuviese otras consecuencias más graves.

El nacionalismo vasco mezcló, tanto cuando el Partido Socialista perdió la mayoría absoluta, como cuando no la tenía aún el Partido Popular, un pragmatismo rayano en el oportunismo con un rigorismo de principios excesivo, del que obtenían siempre beneficios, y nunca sufrieron el desgaste del poder.

Pero como, pese a los intentos iniciales de desestabilización de ETA, con atentados brutales y con consecuencias horribles, la Constitución se fue asentando y presentaba una imagen de solución adecuada para la estabilidad, el nacionalismo vasco buscó nuevos caminos como el Pacto de Lizarra. No le importó dar la espalda al PSE-PSOE, que le había acompañado en coalición, creyendo en su buena fe y en su lealtad constitucional. Entonces empezó la pérdida de rumbo que acabó en el disparate, con bandazos rupturistas y con espectaculares marcha atrás, con proclamaciones de lealtad institucional y algún que otro '¡Viva Cartagena!' para deslumbrar a los votantes de Batasuna que se habían quedado huérfanos.

Hubo por parte de todos muchos silencios, muchas dejaciones y mucha buena fe derrochada, y los que creyeron en una respuesta decente del PNV serán sin duda los más dolidos por el disparate planteado por Ibarretxe en el Parlamento vasco como propuesta para resolver el futuro de Euskadi. No voy a reiterar aquí sus contenidos, de sobra conocidos, pero sí voy a apuntar algunas reflexiones sobre su oportunidad, su sentido, sus fundamentos y sus posibilidades. Es lo que llamo anatomía de un disparate.

Se podría empezar por una pregunta: ¿está hablando en serio? Un observador imparcial que contemplase el panorama desde el punto de vista externo no comprendería cómo el más alto representante del Estado en la Comunidad Autónoma vasca hace una propuesta de ruptura y cuasi independentista, no sólo por tener esa condición y porque su partido lleva gobernando el País Vasco desde los inicios de la democracia, sino porque no representa a la mayoría del pueblo vasco y habla como si representase a todos y todos estuvieran de acuerdo. Desde la Constitución y el Estatuto, que le dan competencia y le legitiman para gobernar, utiliza sus mecanismos para destruirlos.

Si el asunto se observa desde el punto de vista interno, aparece nítidamente que estamos ante un comportamiento habitual y repetido en el PNV de hacer propuestas rupturistas retóricas para después dar marcha atrás y luego volver a empezar. Es como una necesidad de supervivencia. Mucho tiene que cambiar el panorama para que se comporte normalmente y actúe como un partido que acepta las reglas del juego -que por cierto le han favorecido mucho-, y haga política en beneficio de sus ciudadanos. No parece que ése vaya a ser el futuro inmediato. Algo, sin embargo, ha sucedido en los últimos meses, que ha provocado esta desmesura inútil de la propuesta del Estado libre asociado. La sociedad española, sus partidos más representativos y el Gobierno se han cansado de tanto sofisma y de tanta deslealtad y han decidido responder con la Ley de Partidos a la impunidad con la que Batasuna protegía y amparaba a los terroristas de ETA. Este cambio de actitud ha hecho comprender al PNV que se había acabado la comprensión de sus excesos y que empezaba la era de la consecuencia y del cumplimento de las reglas de juego.

Algunas de las estrategias para 'marear la perdiz' y para seguir mandando eran conocidas ya antes de la guerra civil, como la asamblea de ayuntamientos, y otros han venido a estrenarse a partir de la Constitución de 1978. Es el llamado 'ámbito vasco de decisión', es la defensa de la autodeterminación después de rechazada en el debate constitucional, y es la acusación a la defensa de la Constitución de su nacionalismo español, es el victimismo permanente a través de agravios inexistentes, y es, en definitiva, la deslealtad al sistema político que les devolvió la libertad y el autogobierno, aprovechándose de la autonomía para vulnerarla y proponer sin peligro sus planes independentistas. Cada vez que están en escenario rupturista llaman al diálogo desde sus premisas, sabiendo que por estar trucado y falseado es un diálogo imposible. Pese a sus promesas reiteradas en conversaciones ocasionales conmigo, el lehendakari no ha contestado a una carta de hace meses ofreciéndole la Carlos III para que expusiera sus tesis, con debate posterior.

Y a todo esto, hay una escisión entre las condenas al terrorismo y estas ofertas políticas, donde se pasa como sobre ascuas del problema de los asesinatos y de las coacciones insufribles de ETA, y sobre la falta de libertad de la mitad de la sociedad vasca. Parece que la sociedad vasca es tranquila y pacífica, y que todas las opciones políticas pueden defender sus tesis en igualdad de condiciones. Sabe que no es así, pero ésta es otra de las indignidades de ese mensaje. Igual que sabe que sus palabras no van a tranquilizar ni van a dar seguridad, ni van a producir consenso. Sólo lo van a apoyar sus socios de Gobierno. ¿Por qué, entonces, se plantea? ¿Disfruta el lehendakari creando más confusión y añadiendo más leña al fuego? ¿Le interesa llevarlo a buen puerto o es uno más de esos planteamientos que se sabe de antemano que son imposibles e inútiles?

El lehendakari juega con fuego, y la política del PNV es altamente desestabilizadora. Si ETA no existiera no podría hacer estos planteamientos, porque no se tomarían en serio. Pero ETA mata, y eso es muy serio. Si consiguieran, cosa que no deseo, ni veo posible, y lo planteo sólo a efectos dialécticos, producir un cambio constitucional por sus planteamientos, existe un alto porcentaje de posibilidades de que ese cambio fuera contra sus intereses y limitativo de la autonomía vasca. La Constitución es la garantía de lo que tienen, y si se modifica el status no sería para su bien. Resulta infantil y patético su afán por ignorar la Constitución y el hecho de que el Estatuto trae causa de ella, al tiempo que recurren la Ley de Partidos ante el Tribunal Constitucional, igual que oír al señor Arzalluz que la ley da mucho juego y que le van a usar. ¿Esa ley no es, en primer lugar, la Constitución?

En fin, cada vez resulta más difícil hacer un seguimiento y una valoración racional de las propuestas del PNV. Afirmo, sin alegría ninguna, que la figura del lehendakari pierde a borbotones su prestigio por esos bandazos y por esta falta de seriedad, y por esta proliferación de argumentos estúpidos. Yo, desde luego, renuncio a ello, y es muy probable que no vuelva a intentar analizar el itinerario intelectual del lehendakari y del PNV. Un requisito para el debate intelectual y político es la razonabilidad y la voluntad de comunicar propuestas plausibles y viables. Hablar con alguien sobre el intento imposible de escalar el cielo es un esfuerzo inútil que nadie debe intentar. Sólo hay que descubrir y denunciar la anatomía de este disparate.

Unas Medidas Excepcionales Para Una Situacion Excepcional
Editorial El Mundo 4 Octubre 2002

Lincoln decía que, a veces, es necesario limitar una libertad para preservar el resto. Esta es, sin duda, la intención que inspira los acuerdos adoptados ayer por PP y PSOE en el marco del Pacto Antiterrorista, que se reunió en Madrid.

Los dos grandes partidos aprobaron un paquete de medidas para proteger a sus concejales y frenar al entorno violento de ETA, que ha hecho irrespirable la vida política en el País Vasco.EL MUNDO publica hoy el dramático testimonio de un agente de la Guardia Civil de Leiza, que relata el regodeo de los asesinos de su compañero que veían con prismáticos la escena del crimen y la hostilidad que sufren quienes viven en un desvencijado cuartel, construido hace un siglo. Escenarios como éste, demasiado frecuentes en el País Vasco y parte de Navarra, justifican las medidas drásticas pactadas ayer por PP y PSOE, en este contexto de intimidación y falta de libertad.

Hay que reiterarlo: se trata de medidas excepcionales y no de un estado de excepción, ya que su fin es preservar los derechos de los dirigentes y candidatos de las formaciones no nacionalistas en el País Vasco, pisoteados diariamente por ETA y sus cómplices.Son, por tanto, iniciativas perfectamente legítimas, que serán debatidas en el Parlamento y que no implican ningún atajo ilegal para combatir el terrorismo.

Ello no es obstáculo para que expresemos nuestro desagrado con algunas de ellas, sea porque creemos que van a ser poco eficaces o inapropiadas, sea porque limitan de forma discutible derechos constitucionales.

No nos parece bien, por ejemplo, que los partidos puedan cubrir las vacantes de los concejales que dimitan con personas de libre designación, que ni siquiera tengan que haber residido en el municipio. Y ello porque desnaturaliza el principio de representación, básico en cualquier democracia.

Tampoco nos gusta que el Gobierno tenga capacidad legal para disolver los órganos de una corporación municipal cuando el alcalde y los concejales justifiquen la violencia o presten cobertura ideológica al terrorismo. Se trata, sin duda, de conductas muy graves, que deben ser castigadas penalmente, pero el Ejecutivo no debería tener la potestad de destituir colectivamente a unos representantes que han sido elegidos democráticamente. Y resulta dudosamente constitucional que se puede privar del derecho a presentarse como candidato a personas que no han sido condenadas en firme por la Justicia.

Estamos, en cambio, totalmente de acuerdo en la reforma de la legislación electoral para que Batasuna y sus apéndices o herederos no puedan recibir ni una sola peseta de subvención de ningún organismo público. También nos parece muy positivo que se tipifique como delito el amendrentamiento a un concejal y que los ayuntamientos puedan personarse como acusación particular cuando sus concejales son agredidos o intimidados por los violentos.

Las medidas de reforzamiento de la seguridad de todos los cargos públicos de PP y PSOE en el País Vasco son siempre positivas, por lo que la creación de un fondo de tres millones de euros para dicha finalidad está plenamente justificada. También lo está la preservación de los datos sobre las actividades y los bienes de las personas amenazadas.

Lo ideal sería que estas medidas fueran pasajeras y que la normalidad democrática volviera a la sociedad vasca. Pero mientras esto no sea así, será necesaria esta protección a los dirigentes y concejales no nacionalistas, que hacen su trabajo en una situación de tremenda desigualdad con los nacionalistas.

Independencia
Por JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española ABC 4 Octubre 2002

LA palabra independencia se usa con extraña frecuencia en los últimos tiempos, y con no menos frecuente confusión. Se ha deslizado la absurda convicción de que independencia significa separación, aislamiento, en último extremo atomización. No se piensa que se puede ser independiente en compañía, en grandes unidades sociales e históricas en las que la decisión es plenamente libre. Los españoles, por ejemplo, somos independientes, todos juntos, y precisamente por eso.

Ha habido una ya vieja tentación al error. En los seis años más desordenados de nuestra historia -aparte, claro está, de la disparatada guerra civil-, entre el destronamiento de Isabel II en 1868 y la Restauración con Alfonso XII, promovida por Cánovas, se llegó a una absurda confusión de todas las cosas, de la realidad misma, que culminó en el «cantonalismo», en la creencia de que sólo se podía ser libre e independiente en los minúsculos cantones en que se intentaba dividir España. Recuérdese el «¡Viva Cartagena!», que en un momento fue la consigna. Recuerdo también que uno de esos cantones se ofreció a formar parte de la «República Anglo-Americana», por otro nombre los Estados Unidos.

En esta misma semana se ha producido un rebrote de esa actitud, con una propuesta que además de ser imposible es simplemente ridícula, reveladora de un desprecio, difícilmente comprensible, a lo que es la realidad.

Paradójicamente la única porción de España en que no existe plena independencia es aquella en que esas protestas y proposiciones brotan como hongos, en que existe un grado de coacción interna y de manipulación que excluye la independencia, y por tanto la legalidad de las elecciones. Si no se puede votar o hay que votar una opción que está a salvo de las amenazas, las elecciones no tienen valor, y eso se refleja en sus resultados públicos, que están lejos de la voluntad efectiva de las personas.

Las reivindicaciones de independencia suelen tener un pretexto regional, como si el aislamiento o separación de las regiones fuera la verdadera independencia. Se pasa por alto el hecho indiscutible de que las regiones son sociedades insertivas, a través de las cuales los individuos se insertan de un modo auténtico en su nación, que es la unidad saturada, que mira hacia una posible unidad futura más amplia, en nuestro caso Europa. La manera normal y plena de pertenecer a una nación es justamente la pluralidad de las regiones, que constituyen una orquesta, a la que es esencial una partitura, es decir, un argumento.

Si esto se olvida o se destruye, se pierde la independencia y se cae en una serie de mutilaciones que precisamente la entorpecen o, en casos extremos, la anulan. Se podría precisar en qué medida son independientes los que participan con mayor o menor plenitud en el conjunto nacional; en algunos casos la independencia real se va adelgazando hasta desaparecer.

Después de la Primera Guerra Mundial hubo una epidemia de afición a una independencia abstracta que llevó a la destrucción de las grandes unidades de convivencia que, con fricciones y descontentos, habían logrado la convivencia de amplias zonas de Europa que no habían llegado a plena fase de nacionalización. Se inventaron entonces múltiples «naciones» que no lo eran ni podían serlo, en realidad pseudonaciones, que nunca gozaron de verdadera independencia. Hubo un predominio de políticos abstractos y casi maniáticos en las potencias vencedoras, que se dedicaron a elaborar fragmentos insuficientes de sociedades, que se intentaron agrupar después en una Sociedad de Naciones que nunca fue verdaderamente operante. Dominó la tendencia a los desmembramientos y por supuesto a la creación de repúblicas, con una oleada de republicanismo que ha sido un factor perturbador ya desde mediados del siglo XIX y que merecería un análisis riguroso de sus fundamentos y consecuencias.

La idea de que independencia quiere decir aislamiento o mutilación es tan absurda que nadie se atreve a formularla, pero de hecho se desliza en el planteamiento efectivo de los problemas y se la mira como solución de ellos, lo cual lleva a su enconamiento y en definitiva a la imposibilidad de resolverlos.

Estos errores se han nutrido de una inmensa falsificación de la historia, que ha prosperado apoyándose en la general ignorancia de ella y en la manipulación organizada de la opinión de las generaciones recientes. Son millones en toda Europa que viven instalados en la «historia ficción» y creen que han sido lo que no podían ser y nunca lo fueron.

La independencia tiene como condición inexorable el respeto a la estructura de la realidad, de sus articulaciones efectivas, de las personalidades cambiantes pero continuas que se han ido constituyendo a lo largo de siglos. Curiosamente, se tienen presentes los momentos de disociación y apartamiento, casi siempre fugaces, y se olvida enteramente su fracaso y la recuperación de la integración anterior. Cuando se recuerdan las veleidades disociativas en España hacia 1640, se omite que duraron muy poco y se restableció la integración que se había ido elaborando durante siglos y duró después otros cuantos. Se hacen, por ejemplo, interpretaciones «regionales» de la Guerra de Sucesión, desde 1700, cuando lo que se ventilaba era quién iba a ser Rey de España -de toda España, por supuesto-, si el Archiduque Carlos o el Duque de Anjou que fue Felipe V.

La confusión es todavía mayor cuando se piensa en las consecuencias; se interpreta como una derrota regional lo que fue el motor de la prosperidad de una región determinada; recuerdo la irritación de algunos catalanistas contra los catalanes del siglo XVIII, que no sintieron en su tiempo la animadversión a Felipe V que dominaba en algunos grupos en los últimos años del siglo XIX. Es una curiosa hostilidad, retrospectiva, a la manera como los hombres han vivido su época propia, en nombre de opiniones recientes que les eran enteramente ajenas.

Urge volver a la cordura, evitar la proyección de manías actuales sobre la realidad de otros tiempos, en que los hombres vivían más cercanos a la realidad, a sus propias experiencias, sin que pesaran tanto como ahora las ideologías, con frecuencia irreales y por ello irresponsables. La vida se ha asentado muy principalmente en sistemas de creencias vitales, sin que gravitaran demasiado «ideas» sin contrastar, sin justificación.

La bandera
David Gistau La Razón 4 Octubre 2002

El ministro Trillo, que ha llegado tarde para recorrer embozado los callejones del Siglo de Oro ¬es un español lepantino atrapado en el cuerpo de un tecnócrata¬, defiende la presencia en Colón de una bandera nacional izada. Algo así como un faro que señale la existencia histórica de otra costa aparte de aquellas en las que hace cabotaje la hermandad pirata ¬Euskadi como Isla Tortuga¬ de los tres nacionalismos periféricos, victoriosos desde la Transición en el monopolio de los simbolismos tolerados.

Hablábamos el otro día de esa coacción moral contra España, recurrente en los caudillos secesionistas y sus bardos orgánicos, que es asociar españolidad y franquismo para perjudicar cualquier intento de cohesión de una nación de la que, aun sin entrar en lo apocalíptico ni tocar zafarrancho de combate, diríamos que está amenazada, en vías de extinción, como un rey león devorado por su propia manada de conspiradores hamléticos.

Este chantaje afecta incluso a la izquierda, afectada todavía por el complejo de que defender España supone algo así como capitular ante los Tercios y decepcionar a la intelectualidad anti-española que se pretende dueña del único pensamiento válido. Que el homenaje a la bandera en Colón divida en vez de vertebrar indica que aquí la cohesión es imposible y que, por eso, España no es sino un trance agónico que irá perdiendo pedazos por la falta de argamasa.

Banderas
Por ALFONSO USSÍA ABC 4 Octubre 2002

QUE me corrijan si me confundo. Soy español, mi nación se llama España, y España tiene una bandera. Esa bandera, que es la de todos, la que simboliza la unión de los españoles, la que designa la Constitución como emblema común de hermandad, libertad y democracia, jamás puede ser considerada instrumento de confrontación. Representa precisamente lo contrario.

La bandera de España vuela por encima de todas las enseñas autonómicas, y en su sentido se reúnen, a partir de 1978, las señeras catalana, valenciana, mallorquina y aragonesa, la convertida por el PNV en bandera autonómica de los vascos, la andaluza de Blas Infante, las castellanas, la navarra, la riojana, la cántabra, la asturiana, la gallega, la extremeña, la canaria, la murciana, la ceutí y la melillense.

Rendir un homenaje a la bandera de España, y enseñar a los niños lo que significa no puede ser calificado de acto ofensivo o provocador. Esa bandera no pertenece a ningún partido político, a ninguna ideología, a ningún sector de la sociedad. Esa no es la bandera de los militares, ni de la Guardia Civil, ni del Rey, ni de nadie. Lo es de todos ellos por ser de la totalidad de los españoles. No hay pretensión en esa bandera de prepotencia ni de provocación, sino de armonía y entendimiento. Y es una bandera abierta y liberal, que comparte su carácter aglutinador con las enseñas autonómicas, y que permite incluso, desde su espíritu libre y generoso, que algunos españoles -eso no lo consideran Blanco, Caldera, Llamazares, Erías o Anasagasti una provocación- levanten y defiendan banderas tan respetables y efímeras en la Historia de España como la tricolor republicana.

Esa bandera se instituyó en el reinado de Carlos III, inicialmente para uso de la Armada y con posterioridad para simbolizar la convivencia de todos los españoles. Ha cambiado de escudo, por las oportunidades diferentes que la historia procura, y si en la breve y no bien administrada II República Española, se hubiese respetado -como hicieron en Italia, por poner un ejemplo- el arraigo de esa bandera, hoy no tendría para los que no olvidan ni el menor atisbo de rechazo. Yo creía -y ahora empiezo a dudarlo- que los socialistas no albergaban duda de ello, que consideraban a la Bandera de España como el símbolo de todos, y que le atribuían la virtud del abrazo y no la chulería de la prepotencia. Parece que no es así.

De Llamazares poco importa su opinión, que es negativa al respeto a la bandera, pero es más comprensible su animadversión. A Llamazares, de verdad, la bandera que le gusta es la que se vende como recuerdo turístico en los puestos de la calle Arbat de Moscú, entre «matrioshkas» y gorros usados de centinelas del mausoleo de la momia. Y los nacionalistas, que en la sombra de esa bandera común tienen la libertad de amar a los territoriales, ¿no hacen continua exhibición de sus símbolos? ¿Por qué es «patrioterismo barato» -como afirma Anasagasti-, homenajear a la bandera de España y no lo es flamear la «ikurriña»? ¿Qué espíritu se traiciona -según Trias- con el homenaje a la bandera común? ¿Por qué, señor Caldera, la bandera de España puede herir las sensibilidades de regiones históricas? De verdad que no los entiendo, y que han sembrado en mi ánimo la confusión y el despiste más absolutos, cuando no la tristeza.

No es un invento del PP esa bandera. Ni la dimensión. En París, en Roma, en Washington, ondean banderas similares de tamaño y a nadie escandalizan, ni hieren, ni provocan. Son banderas que simbolizan la unión y libertad de unas naciones unidas y libres. Eso no es patrioterismo, sino sentido de la Patria, es decir, patriotismo. Y en el caso de «patrioterismo», señor Anasagasti, cuánto mejor y más decente el barato que el sangriento. Necios.

Vinagre nacionalista
Cartas al Director ABC 4 Octubre 2002

Arzalluz, valiente él, dispuesto como siempre a minimizar las graves amenazas de la banda criminal, ahora dirigidas a los locales y sedes del PSOE y el PP, animaba el domingo a sus huestes, ebrio de poder, a «tomar vinos» en las sedes amenazadas, no sin también afirmar que riesgo, lo que se dice riesgo, realmente hay muy poco; vino y hiel, mano tendida y desprecio, acidez hasta en el vino.

Nadie con un mínimo de dignidad querrá tomar ni vinos ni nada con quienes reían la gracieta del valiente jefe nacionalista. ¿Quieren de verdad proteger a los socialistas y populares amenazados? Lo tienen fácil: que miren los bajos y arranquen los coches de los concejales del PP y del PSE; que se planten en sus portales cuando vayan a salir de casa cada mañana; que les defiendan en los plenos cuando los «comandos municipales» de ETA/Batasuna o los aprendices de terroristas desplazados desde las herriko tabernas les amenacen; que eviten que la alcaldesa Ana Urtxuegia sea insultada y agredida la próxima vez que vaya al frontón, como ocurrió hace poco en presencia de muchos «valientes» del partido de Arzalluz que prefirieron mirar para otro lado. Ya sabemos lo que podemos esperar del jefe del PNV y de los suyos, ¡valiente líder Arzalluz!, pero él hace su «trabajo» en cada mitin y, una vez más, el vinagre está servido.    Fernando Sánchez.  Bilbao.

Una «provocación intolerable»
Por EDUARDO SAN MARTÍN ABC 4 Octubre 2002

En la sobremesa de una velada gastronómica murciana, lo que significa que el reloj no constituía agobio alguno, nos explicaba Fernando Savater con detenimiento hasta dónde alcanzaba su perplejidad sobre lo que constituía la «normalidad» en el País Vasco. En su ciudad, San Sebastián, la normalidad significa, por ejemplo, que durante las fiestas de agosto gentes de todas las condiciones se pasean con toda naturalidad por los jardines de Alderdi Eder, frente al Ayuntamiento, rodeadas de toda la parafernalia que el nacionalismo radical suele desplegar en estas ocasiones y que, en la mayoría de los casos, incluye amenazas de muerte bastante explícitas contra personas concretas. El imperio de esa «normalidad» obliga a que nadie, y mucho menos las autoridades municipales, se atreva a retirar ninguno de esos símbolos de la barbarie, sobre cuya obscenidad casi todo el mundo está de acuerdo, para de esa manera «no empeorar las cosas». El mismo concepto de «normalidad» sentencia, por el contrario, que si un ciudadano vasco defensor de la Constitución y del Estatuto se paseara pacíficamente por esos mismos jardines portando la bandera oficial del Estado, su gesto sería considerado como «una provocación intolerable».

El recuerdo de esa conversación, relativamente cercana en el tiempo, me hace más insoportable la trifulca que se ha organizado a propósito de la decisión del Ayuntamiento de Madrid y del Ministerio de Defensa de solemnizar de forma periódica la izada de una bandera española en el centro de Madrid. Puede ser discutible la oportunidad del acto, aunque nadie ha puesto nunca en cuestión esa misma oportunidad en relación con otros actos de afirmación patriótica en otros territorios en circunstancias mucho más dramáticas; pueden ser inconvenientes las explicaciones de los organizadores del acto, que nadie les había pedido, aunque la capacidad de espanto de los ciudadanos españoles a ese respecto debería estar ya a resguardo de cualquier sorpresa. Algunos incluso han frivolizado a propósito del tamaño del estandarte, sobre lo cual huelga cualquier comentario. Pero concluir que ese acto «pone en riesgo el consenso constitucional» o significa «una falta de sensibilidad» hacia otros nacionalismos no puede provocar sino estupor.

Me temo que el perverso concepto de «normalidad» que Savater denunciaba en relación con su ciudad y con el País Vasco está empezando a tomar carta de naturaleza en toda España. Respetemos los símbolos nacionales de los demás, aunque esos símbolos hayan sido utilizados en ocasiones como instrumento de exclusión, pero no exhibamos los nuestros porque ello constituye una provocación innecesaria. El lendakari Ibarretxe plantea un desafío descomunal al Estado, y quienes creemos que esa iniciativa constituye un ejercicio de deshonestidad política sin precedentes en la España constitucional somos convocados a un ejercicio de contención «para no empeorar las cosas». Pero que no se nos ocurra, en estas circunstancias, realizar un acto solemne de adhesión al símbolo oficial de ese mismo Estado Constitucional, porque eso constituye «una provocación intolerable».

Las guerras se empiezan a perder cuando se admite la derrota en la batalla del lenguaje y de los símbolos. El nacionalismo vasco -el radical y el otro- ganaron hace ya mucho la batalla del lenguaje cuando introdujeron en el debate político ordinario el concepto de «conflicto» como verdad que no necesitaba ser probada. Desde entonces no hemos hecho sino buscar soluciones a un conflicto imaginario con el grave riesgo, a punto de cumplirse, de convertirnos en las víctimas de un conflicto real. Podemos seguir perdiendo otras batallas, la de la «normalidad», por ejemplo. Pero sería triste que eso se produjera de una forma tan ridícula. Tan ridícula como esta triste «guerra de las banderas» que quienes más practican el fetichismo de los símbolos han conseguido introducir, cual caballo de Troya, entre las filas de quienes todavía tenemos que pedir perdón por hacer ostentación de los nuestros.

Sacar la bandera del armario
EDITORIAL Libertad Digital  4 Octubre 2002

La idea de José María Aznar de “honrar a la bandera de todos los españoles en la capital del Reino por medio de un mástil que pudiera enarbolarla a la máxima altura posible” tomó forma el pasado miércoles en la Plaza del Descubrimiento de Madrid. El homenaje a la bandera, auspiciado por el Ayuntamiento de la capital, tendrá lugar el último miércoles de cada mes en esta céntrica y espaciosa plaza de Madrid. Y como dijo José María Álvarez del Manzano en ocasión del acto inaugural de esta nueva tradición, se trata de un homenaje que “viene bien en estos momentos” para resaltar “lo que significa la integridad de España representada en esta bandera”.

La bandera de una España que ya ha cumplido 25 años de régimen democrático y que hoy representa la unidad de los españoles en torno a más de 500 años de historia y cultura común que han culminado en un régimen de libertades en el seno de un país próspero. Sin embargo, la exhibición del símbolo de la nación que descubrió y colonizó América irrita a los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos –quienes, ante la grandeza de lo que representa, temen que sus obsesiones aldeanas queden eclipsadas– y desazona a la izquierda que, neciamente, todavía la sigue identificando con la dictadura del general Franco, como si una bandera que ya tiene más de doscientos años pudiera identificarse con un periodo tan breve de nuestra historia.

La decisión del Gobierno de “sacar del armario” la bandera de España sin ningún tipo de complejos, además de promover la expresión de un sano patriotismo, ha tenido la virtud de sacar a la luz el irracional e inextinguible odio –en modo alguno atemperado después de 25 años de democracia– de los nacionalistas hacia la idea y el legado de España, los principales obstáculos que se oponen en su camino hacia la homogeneidad tribal que pretenden imponer en los territorios donde gobiernan. Por muchas vueltas que se le dé y por muchos matices que se introduzcan, el ser de los nacionalistas es el no ser de España. Y si bien se mira, son coherentes con sus planteamientos, ya que durante veinticinco años han intentado (y, en buena medida, conseguido) presentar el sano orgullo de sentirse español como un pecado de lesa progresía e identificarlo con posiciones próximas al fascismo.

Sin embargo, lo que no tiene explicación coherente es que el PSOE, con E de español, se preste al trasnochado juego de presentar el patriotismo español como el peor de los pecados o la mayor de las provocaciones, y a los nacionalismos excluyentes como víctimas a las que hay que tributar constantemente muestras de exquisita “sensibilidad” y respeto a fondo perdido, sin que exista la menor reciprocidad. Una muestra de lo hondo que han calado el victimismo y las infamias de los nacionalistas son las declaraciones de Jesús Caldera, quien se encargó de recordar extemporáneamente que en España existe “una serie de culturas con entidad propia que merecen el mismo respeto” y que el homenaje a la bandera puede “herir sensibilidades”, como si exhibir la bandera nacional que la Constitución reconoce como el símbolo común a todos los españoles fuera objetivamente un ultraje.

Hora es ya de que, en el PSOE, empiecen a enterarse de que el progreso no está en la orilla nacionalista, sino en la constitucional, y de que los nacionalistas aprovecharán cualquier ocasión de sentirse “víctimas”. Por mucho que se les conceda y se les mime, jamás se contentarán plenamente hasta que España esté desmembrada.

Garantías de libertad
Editorial El Correo 4 Octubre 2002

Las iniciativas legislativas adoptadas en el seno del pacto antiterrorista PP-PSOE y las medidas de seguridad acordadas en la llamada Mesa de Arkaute conforman -de acuerdo a las atribuciones respectivas del Gobierno vasco y de las Cortes Generales- el conjunto de respuestas y previsiones que el Estado de Derecho ha de habilitar para garantizar la integridad y libertad de los cargos electos y el normal funcionamiento de las instituciones democráticas. La coacción terrorista dirigida contra concejales y alcaldes constituye una amenaza avalada por el asesinato de cuantos representantes públicos han sido en los últimos años presa de ETA. No se trata de una amenaza improbable o lejana, sino de la acechante presencia de conciudadanos que han convertido la persecución ideológica en su forma predilecta de imponerse sobre la voluntad de los demás.

Desgraciadamente, ni las modificaciones que pueden introducirse en las leyes ni las medidas de protección personal pueden evitar del todo los demoledores efectos que la violencia asesina genera entre quienes tratan de ejercer su derecho constitucional a representar o a ser representados en las instituciones. El terrorismo no persigue otro objetivo que el de disuadir a la sociedad del ejercicio responsable de la libertad, conminando a los ciudadanos al desistimiento. La excepcionalidad que el terror introduce con su mera presencia en las sociedades libres no puede arrastrar a éstas a la implantación de medidas de excepción que lastren a la democracia con rasgos de arbitrariedad o autoritarismo. Pero cuantas medidas legislativas fueron acordadas ayer por PP y PSOE constituían desde hace tiempo una necesidad imperiosa para el normal ejercicio de la representación democrática. La libertad no será tal si la voluntad ciudadana se halla imposibilitada de reflejarse fielmente en los órganos de representación porque el sadismo de los violentos logre que los integrantes de una determinada opción electoral renuncien a ejercer su función pública.

Asimismo, el acceso democrático a las instituciones locales no puede seguir siendo un argumento legitimador del proceder de alcaldes y concejales que transgreden los principios básicos de la convivencia y del respeto a los derechos humanos. La democracia tampoco podría enfrentarse al terrorismo renunciando a terminar con los espacios de impunidad que atenazan la libertad de tantos y tantos ciudadanos; renunciando a reducir los espacios consagrados para la exaltación fanática de la violencia o como baluartes del contrapoder liberticida. Pero, a pesar de las desavenencias y de la incomunicación existente entre el Gobierno vasco y los integrantes del pacto antiterrorista, incluso a pesar de que el PP no acuda a las reuniones de la Mesa de Arkaute y el nacionalismo gobernante tome distancias respecto a las decisiones que emanan del acuerdo PP-PSOE, resulta imprescindible que la ciudadanía perciba como complementarias las medidas adoptadas desde ambos foros.

PP y PSOE acuerdan hacer frente desde el Pacto a Ibarretxe
Los 'populares' mantienen su negativa a acudir a la convocatoria del 'lehendakari' y los socialistas defienden la necesidad de ir tras un intenso debate
FERNANDO GAREA. MANUEL SANCHEZ El Mundo 4 Octubre 2002

MADRID.- El PSOE no quería declaración conjunta y no la hubo, pero el PP sí logró en la reunión de ayer del Pacto Antiterrorista un compromiso de los socialistas de que asume que desde dicho Pacto se hará frente a la propuesta del lehendakari Juan José Ibarretxe.

Así se expresaron ayer el portavoz socialista, Jesús Caldera, y el secretario general del PP, Javier Arenas, tras una larga reunión de casi cuatro horas, en la que hubo más diferencias de las que ambos pusieron de manifiesto en la conferencia de prensa.

Los socialistas querían limitar el Pacto y la reunión de ayer a la aprobación de medidas antiterroristas, sin añadir posiciones conjuntas frente a los nacionalistas vascos. Y el PP defendía que en el Pacto se contemplan principios incompatibles con la propuesta de ruptura del lehendakari. A tenor de la breve declaración posterior a la reunión, los socialistas aceptaron la posición de los populares.

La versión oficial es que la reunión fue cordial, con un alto nivel de acuerdo, pero admitiendo que se produjo un debate sobre el modelo de relación con los nacionalistas. Por ejemplo, en lo concreto de si PP y PSOE deben acudir a la convocatoria de Ibarretxe.

Gobierno y PP mantuvieron su negativa y el PSOE defendió la necesidad de acudir. Es decir, la misma posición que mantienen con respecto a la llamada comisión de Arkaute que anteayer aprobó, en ausencia del PP, medidas de protección de cargos y sedes populares y socialistas.

Caldera afirmó tras el encuentro que el Pacto goza de «buena salud» y fijó él mismo los tres objetivos que busca: «Derrotar a ETA, defender la libertad y defender el Estatuto y la Constitución».

El socialista explicó que, en opinión de los firmantes del Pacto, «Ibarretxe confunde las prioridades», y reiteró que el País Vasco necesita sobre todo libertad.

En la reunión, éste fue el mensaje más insistente del PSOE. Zapatero expresó en varias ocasiones que la idea que la reunión debía expresar es que mientras Ibarretxe habla de propuestas disparatadas, el Pacto habla de proteger vidas.

Más claro fue Javier Arenas, quien indicó que entre los dos partidos firmantes del acuerdo «hay una conciencia clara» sobre lo que significa el Pacto Antiterrorista.

«El Pacto quiere terminar con ETA, pero también es un Pacto para defender la Constitución y el Estatuto. Y la reunión de hoy nos ha servido para confirmar estas posiciones que, con nitidez, hemos expresado», afirmó Arenas.

El dirigente popular señaló que «lo primero es lo primero, que es acabar con el terror, pero también es importante que no demos margen políticos a los que quieren hacer planteamientos de ruptura.Daremos respuesta política a cualquier planteamiento que intente romper nuestras reglas de juego y de nuestro marco constitucional y estatutario». Arenas también coincidió en afirmar que ante las nuevas amenazas que sufren los dos partidos, la respuesta de ambos es seguir fortaleciendo el Pacto y mantener su unidad.

Ambos dirigentes felicitaron especialmente a las Fuerzas de Seguridad del Estado por los éxitos policiales de las últimas semanas.

En la reunión, fueron informados por el ministro del Interior, Angel Acebes, de dichos éxitos policiales, así como de un exhaustivo informe sobre cómo está ETA.

Explicó que la organización terrorista está mal pero mantiene su capacidad para actuar. Por ejemplo, el último comando detenido tenía detalles para atentar contra concejales del PP y el PSE.Por eso y como consecuencia del último comunicado de ETA, el ministro del Interior anunció un plan para proteger las sedes, los cargos públicos de ambos partidos y sus actos electorales.

«Comando itinerante»
Añadió que el «comando itinerante» detenido en la frontera iba a cometer cuatro atentados en sitios diferentes de España en una semana para dar imagen de fortaleza.

Según el ministro, tras la reciente detención de parte de la cúpula etarra, la organización terrorista está teniendo muchas dificultades para poder sustituir a los arrestados. Al parecer, ETA no encuentra nuevos dirigentes que aglutinen y tengan autoridad sobre los terroristas.

En la reunión estuvieron los tres ministros de Interior de Aznar: Acebes, Rajoy y Mayor Oreja. También participaron por el Gobierno y el PP Javier Arenas, Javier Zarzalejos, Gabriel Elorriaga, Ana Mato, Luis de Grandes y Esteban González Pons. Por el PSOE, Zapatero, Caldera, Rubalcaba, Carme Chacón y Patxi López.

PP y PSOE harán una gira informativa en Europa para informar de la realidad de ETA.

Contra los centros culturales
Andrés Freire Libertad Digital  4 Octubre 2002

Lo confieso. Fue el diario populista británico The Sun <http://www.thesun.co.uk/> el que me abrió los ojos ante los museos, salas de ópera y demás gastos suntuarios en el campo de la cultura. El periódico publicaba en su portada la foto de un hombre de mediana edad, gordo, satisfecho y sonriente, que entraba todo elegantón (y un tanto achispado) en el Covent Garden del brazo de una joven rubia y hermosa. La fotografía iba acompañada por un texto pleno de matices, de los que tanto gusta The Sun: “Disfruta, gordito, porque tu entrada de ópera nos cuesta 2000 libras”.

Vista desde esa lógica, la cacareada promoción de las artes y la cultura es ante todo un modo de financiar con dinero de todos las diversiones de un reducido grupo de gentes. Yo mismo, lo admito, he colaborado en el expolio. En una ocasión, acudí a una exposición en el Centro Galego de Arte Contemporánea <http://www.cgac.org/esp/default.html> (sic). El edificio es magnífico y lo es más el parque que lo rodea, y por eso fui. Pues bien, tiempo después, tuve ocasión de leer un informe sobre museos españoles en el cultural del ABC. Entre los datos que aportaba, estaba el de que dicho museo costaba 400 millones anuales y en el año que yo fui lo habían visitado 30.000 personas. O sea, mi visita había costado a los contribuyentes gallegos ¡13.000¡ pesetas. Si alguno de ellos lo lee, le pido disculpas. Tampoco disfruté tanto.

Y lo peor está por llegar. El llamado Efecto Guggenheim ha convencido a muchas autoridades de que es posible conciliar un edificio faraónico que perpetúe su nombre con la rentabilidad económica. Varios dirigentes autonómicos se han lanzado a la construcción de su propio Megaproyecto cultural. En Galicia, me temo, la llamada Cidade da Cultura <http://www.cidadedacultura.es/2002/flash/inicio.html> está bastante avanzada.

Su ideólogo es el Conselleiro de Cultura Xesús Pérez Varela. ¿Y qué razones le impulsan a construir un Guggenheim donde ya hay una Catedral como la de Santiago? Son dos los motivos que, según él, justifican esta inversión de 20.000 millones de pesetas. El primero es “la recuperación del orgullo de ser gallego”. El segundo es el de la rentabilidad económica del proyecto gracias a la atracción mediática y turística que generará.

Lo de la recuperación del orgullo de a nosa galeguidade pilla un tanto de sorpresa a los que no sabíamos que teníamos que estar avergonzados de ser gallegos. Y además, nos lleva a una nueva duda: el proyecto lo ha diseñado un arquitecto americano, y lo construye una gran empresa nacional: Por consiguiente ¿qué mérito tiene Galicia en todo ello, aparte de poner el terreno y los millones?

En cuanto al segundo motivo, ojalá tan magna obra sea rentable gracias a su impacto sobre el turismo. Pero si este es el objetivo, lo suyo sería que la Asociación de Hosteleros y Comerciantes de Santiago fuera quien la financiara.

Pero, ¿qué le vamos a hacer?, la opinión pública suele gustar de estos gastos suntuarios. Los intelectuales aplauden el compromiso cultural y los políticos hinchan sus pechos al inaugurarlos (como si los hubieran pagado de su bolsillo). Sólo nos quejamos los malcontentos de siempre, insensibles ante tanta maravilla.

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